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jueves, 13 de abril de 2023

Unamuno según Carlos París

 

Dice Carlos París[i] que cuando era joven formó grupo con aquellos compañeros de estudios que se sentían unamunianos, cuando otros eran orteguianos. Cita entre los primeros a Miguel Sánchez-Mazas[ii], José María Valverde[iii], José Luis Rubio y Francisco Pérez Navarro; consideraban estos que Unamuno buscaba los temas de su interés en lo popular, en sus viajes por España, mientras que Ortega era más exquisito, pero este, aún joven, ayudó a fundar la “Liga de Educación Política” (1913) con la intención de “curar la enfermedad de España”, según dijo en una conferencia titulada “Vieja y nueva política”.

Causaba Unamuno en París y sus compañeros una “vibración pasional” cuando se adentraban en el concepto de “intrahistoria”, que atiende al alma de las gentes, a sus luchas y preocupaciones, a sus ideas, toscas o elevadas, por oposición a la historia convencional al uso, y también les atraía el quijotismo de Unamuno, que en este caso también fue compartido por Ortega desde otros presupuestos.

El pamplonés Juan David García Baca, filósofo y estudioso de la ciencia, supo ver en la obra unamuniana esa intrincada unidad entre pensamiento y ciencia, que llevaría al filósofo bilbaino a contemplar el universo como un conjunto de fenómenos físicos que tenían la capacidad de hundirle en las más profundas meditaciones. Ciertamente, Unamuno tuvo una preparación científica no desdeñable que ha estudiado Rafael Pérez de la Dehesa.

París recuerda la enemiga de las dictaduras con Unamuno: desterrado este a Fuerteventura por Primo de Rivera[iv] (no volverá a España mientras dure su régimen), el ministro Ruiz-Giménez recomendó a París no conferenciar sobre él a principios de los años cincuenta del pasado siglo, y el obispo Pildain tenía a Unamuno como enemigo público.

París ve en Unamuno un carácter vasco pero “español de profesión”; huérfano de padre muy pronto, educado en el más acendrado catolicismo de niño, serán hitos que le marcarán psicológicamente durante toda la vida. Estudió en Madrid y luego regresó a Bilbao; preparó oposiciones para una cátedra de Psicología, Lógica y Ética que no obtuvo, pero sí la de Griego en la Universidad de Salamanca. Estudió a Darwin y a los materialistas, y a partir de unos marineros noruegos a quienes conoció en el puerto de Bilbao aprendió el idioma en el que se habían publicado las obras de Kierkegaard, por lo que pudo leerle de primera mano dejando copiosas notas en los márgenes de sus libros.

En 1897 Unamuno sufrió una crisis estudiada por Sánchez Barbudo[v], anticipándose a la nacional de un año más tarde, siendo encontrado cierto día angustiado y lloroso. Se encerró entonces en un monasterio y allí escribió su diario, que ha permanecido inédito durante mucho tiempo. Su eterno forcejear con la fe no se apagará en toda su vida, sintiendo la insatisfacción en la ciencia ante su ansia de inmortalidad que ha puesto de manifiesto, mejor que en ninguna obra obra, en “Sentimiento trágico de la vida”.

                                         Unamuno en la Universidad de Salamanca en 1934*

Unamuno no buscó componendas, sino que mantuvo la tensión entre la ciencia y el ambito de lo religioso, cuestión esta que vivió interiormete, en contínuo conflicto y reflexión consigo mismo. Una segunda crisis le lleva a reflexionar en el yo privado y el yo público, el consciente y la proyección que se extiende hacia la sociedad; dijo sentirse como una multitud y se preguntó si no se estaría alienando ante lo público. Vive en una época que ya no es decimonónica y pausada, sino marcada por el ajetreo de los acontecimientos de todo tipo, de los nuevos filósofos, de la modernidad mal digerida…

Lo público, sin embargo, no le abandonaba, y él mismo proclamó el advenimiento de la II República desde el Ayuntamiento de Salamanca, aunque luego se sienta decepcionado por el suceder de los acontecimientos. Cuando se produjo el levantamiento militar de 1936 lo apoyó en un primer momento y se arrepintió pronto: el filósofo angustiado consigo mismo y con el mundo que le rodea no tiene la paz para reflexionar pausadamente sobre los acontecimientos que le abruman.

Unamuno recibió pronto las influencias del marxismo y lo reflejó en un ensayo titulado “La dignidad humana”, donde denucia la concepción del hombre como mera mercancía. Se anticipó al mundo de la industria cultural mercantilizada como todo lo demás, y vio el valor de los braceros (toda la sociedad trabajadora) para que los teóricos de la ciencia y la filosofía pudiesen crear sus ideas. Su preocupación central –dice París- es la inmortalidad y la finalidad del Universo; no es posible que esa enorme máquina inconmensurable e inabarcable para la mente humana no tenga un fin, un objetivo en el que ha de participar la humanidad. Ansía la plenitud, la infinitud del ser humano que quiere ser de todos los tiempos.

Ya Santo Tomás habló de que el alma tiende a ser una con todas las cosas, y en cuanto al tiempo ¿por qué no ha de poder estarse en el antes, en el ahora y en el después al mismo tiempo? Unamuno vuelve a la Grecia presocrática donde aquellos pensadores hablaron de la unidad originaria, y siente la “congoja”, la angustia de los existencialistas que transmite en “Paz en la guerra”, ambientada en el conflicto carlista de 1872, cuando Unamuno era un niño.

Otra idea de Unamuno es la del paraíso perdido, que refleja en su obra de teatro “La Esfinge”, donde el protagonista es conducido al suicidio: el padre lee pasajes del Génesis al hijo y nuestro autor refleja la armonía en el paraíso que luego estará perdido. Luego, la escisión y la muerte en el mito de Caín y Abel, el primero dedicado a desgarrar el seno de la tierra con el arado y a fecundarla con su sudor, teniendo del segundo una visión serena apacentando a su ganado.

La envidia cainita de los españoles que Unamuno siente como clavada en él mismo se refleja en su obra “Abel Sánchez”, donde la figura del predilecto de la fortuna se opone al que trabaja duro y continuadamente. Los instintos y las pulsiones humanas, el hombre como instalado en lo real frente al mundo del pensamiento; “los seres humanos debiéramos darnos los unos a otros en alimento” (reflejo de la eucaristía), y el concepto de alienación reflejado en la dialéctica del señor y el esclavo, el otro es un desafío para el yo.

La finitud, imagen de la conciencia como un cementerio en el que se van agotando las posibilidades, nuestro filósofo se entregó con frecuencia a ejercicios espirituales en recuerdo de los de su niñez como un autoanálisis, descubriendo las barreras que ha de vencer para volver a la infancia. Los sótanos y escondrijos del corazón: creemos que son lugares que es mejor no visitar y sin embargo allí habitan los demonios que nos gobiernan. El hombre –dijo- vive todavía en la prehistoria; si el hombre llega a captarse a sí mismo escapará de la alienación y conseguirá formar la patria de todos los seres humanos.

Poco antes de morir en Salamanca, cuando ya habían muerto asesinados algunos amigos y conocidos suyos, se enfrentó a Millán-Astray; por la tarde fue abucheado en el Casino; ante el brasero y un amigo exclamó –al parecer- su última frase en respuesta a otra: “Dios no puede abandonar a España”. Cuando niño supo de la guerra civil de 1872 y ahora empezaba la de 1936…


[i] Nació en Bilbao en 1925 y falleció en Madrid en 2014. Presidente del Ateneo de Madrid, como hacía tiempo lo había sido Unamuno.

[ii] 1925-1995. Filósofo y matemático español.

[iii] 1926-1996. Poeta, filósofo y crítico literario.

[iv] Había publicado unos poemas mofándose del dictador.

[v] Madrid, 1910 – Florida, 1995. Fue colaborador de La Gaceta Literaria y El Sol, participando en las Misiones Pedagógicas durante la II República. Firmó la Ponencia colectiva de escritores y artistas españoles en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura.

* Fotografía de El País.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Abuso y conflicto en Perú

imperiostravel.com/es/urubamba.php

Una de las provincias de Perú es La Convención, y el distrito de Lares está en la de Calca, región del Cuzco. Estos territorios y los valles de Urubamba (Vilcanota), son los que ha estudiado E. Hobsbawn para conocer la naturaleza y actividad de uno de los movimientos campesinos en el siglo XX. La Convención, dice dicho autor, cubre aproximadamente el 54% de la región de Cuzco (unos 45.000 km2) y es una zona de colinas y de selva a 1.000 ó 1.200 metros de altura, separada del resto de la región por montañas y pasos estrechos. Hasta los años treinta o cuarenta del siglo XX, estas zonas estaban totalmente aisladas, con una población escasa y una economía inutilizada que se dividía nominalmente en tierras públicas y unas cuantas fincas gigantescas que alguna vez, dijeron los campesinos, tenían una condición legal dudosa.

La posición de los pocos hacendados era la que cabía esperar en las selvas del Perú, dueños de “vida y hacienda”, y si hay en todos los movimientos campesinos de la región un tema constante es el del resentimiento contra los abusos que los poderes de los terratenientes hacían por sí o por medio de sus gamonales: penas corporales, torturas, muertes, explotación sexual de la campesina, etc. El principal y más impopular de los propietarios era Alfredo de Romainville, cabeza de una familia cuya hacienda original, estimada en unas 500.000 hectáreas, adquirió un tal Mariano Vargas, dividida después la propiedad en unidades algo menores entre Carmen Vargas de Romainville y María Romainville de la Torre.

El proceso de división del territorio original ha proseguido, aunque la hacienda principal, Huadquiña (en cuyo beneficio quizá se construyó el ferrocarril de Cuzco-Huadquiña), tenía todavía, en la década de los sesenta del siglo XX, más de 100.000 hectáreas, incluyendo en ellas epicentros de la rebelión como el bastión del guerrillero Hugo Blanco, Chaupimayo. Hacía 1962, la región tenía 174 haciendas, pero ninguno de sus propietarios tenía la importancia de los Romainville. También eran impopulares los Bartens (hacienda Chacamayo, en el valle de Lares) que tenían unas 45.000 hectáreas, los Márquez y otros.

El ferrocarril de vía estrecha que empezó a funcionar en los años treinta, entre Cuzco y Santa Ana (Huadquiña), abrió esta zona a una economía de mercado, y entonces el café, la caña, la fruta, el cacao y otras cosechas e extendieron con vistas a la exportación. Pero una epidemia de paludismo entre 1930 y 1936 parece haber diezmado la ya de por sí escasa población y habría contribuido a la emigración y venta de tierras. Otros inmigrantes venidos de las montañas ocuparon el lugar de los que se fueron, pero el ser humano no fue el único culpable de las desgracias, pues las sequías y los terremotos fueron frecuentes. Los inmigrantes no tenían tierras y los hacendados tenían muchas, pero sin trabajarlas, no estando dispuestos a pagar salarios decentes a los trabajadores. Por si ello fuese poco se practicó el arrendamiento de parcelas para que fuesen cultivadas, pero sin seguridad alguna para los arrendatarios de que conservarían el arriendo aunque hiciesen mejoras en las explotaciones. Los productos debían venderse a través de los hacendados, por lo que las plusvalías de la comercialización beneficiaban a estos, mientras que los campesinos habían de comprar esos productos a los hacendados a precios abusivos.

Si la cosecha del arrendatario era buena, una parte se daba al hacendado, y hubo así unos 4.000 trabajadores según Hobsbawm, que tenían que subarrendar parcelas más pequeñas en condiciones análogas, haciéndolo a unos 12.000 “allegados”, que cumplían en condiciones de servidumbre. Por debajo estaban aún los braceros o jornaleros, pagados diariamente en metálico o especie. El total de los campesinos de estos valles se calcula, por lo menos, en 60.000, y los arrendatarios distaban mucho de ser proletarios, sino que jugaban el papel de conservar el sistema, aunque en 1962 se vio su oposición a los hacendados. De hecho, las agitaciones campesinas de La Convención tuvieron como líderes a los arrendatarios, que en ocasiones contaron con la colaboración de los “allegados”.

Los arrendatarios quisieron pasar del sistema feudal en que trabajaban la tierra a otro de tipo capitalista, o llegar a la propiedad campesina. Así, las exigencias principales de la huelga general de arrendatarios de 1961-1962 abogaban por los cambios siguientes: abolición de las servidumbres de trabajo, sustitución del arriendo en metálico, nuevos arriendos por un mínimo de seis años (en otros casos, diez), el derecho de sembrar el 10% de la tierra con cultivos alimenticios, el derecho a comprar tierras, prohibición de la obligación de vender las cosechas al hacendado… Así se llegó a un acuerdo con la Compañía Agrícola S. A. de contratos bienales, abolición de las dos semanas de trabajo con salario fijado por el hacendado cada seis meses, reconocimiento por los hacendados de las mejoras hechas por los arrendatarios, que quedarían libres de vender su cosecha de té donde quisiesen, la compañía pondría una escuela e introduciría la electricidad…

No hay pruebas suficientes sobre una agitación independiente de los “allegados”, aunque es evidente que la abolición de las servidumbres personales les beneficiaron. Hacia 1962 la Federación Campesina tenía 110 sindicatos afiliados en la provincia, con 20 a 600 miembros cada uno. Su poder se demuestra porque en ese año el gobierno peruano dictó varias medidas especiales en pro de una reforma agraria en La Convención y hasta la Cámara de Comercio de Cuzco se dirigió oficialmente al gobierno pidiendo la inmediata ejecución del anunciado Plan de Reforma Agraria. Esto fue posible gracias a la solidaridad del campesinado, aunque hemos visto que no todos gozaban de los mismos estatutos. A pesar de la pobreza general, los campesinos de La Convención no eran personas de ciudad, indios y no criollos. Los inmigrados eran en su inmensa mayoría indios, el quechua seguía siendo el idioma hablado en los mítines de los sindicatos, pero el castellano se entendía ampliamente. Los dirigentes sindicales habían superado el analfabetismo y, según Hobsbawm, esto se debe a la organización comunista.

Algunos aspectos de las injusticias sufridas chocaron más a unos campesinos que a otros, pero a los jornaleros y braceros, que no tenían interés directo en las exigencias de los arrendatarios y “allegados”, la existencia de cualquier movimiento de resistencia campesina contra los señores ofrecía la posibilidad de reclamar eficazmente sus derechos, o aún de reconocer la existencia teórica de esos mismos derechos, y esto se demuestra porque los salarios subieron. El autor al que sigo explica el éxito de las reivindicaciones por la tradicional fuerza del partido comunista y otras organizaciones marxistas en la región de Cuzco. En esta parte de Perú el APRA[i] nunca logró afianzar su influencia del modo que lo hizo en el norte. Los comunistas venían trabajando la región desde 1934, e intelectuales junto con abogados, empleados bancarios y maestros prestaron sus servicios al movimiento sindical. Un ejemplo de sindicalista aguerrido fue Andrés González, uno de los jefes del movimiento de Hugo Blanco en Chaupimayo; de niño trabajó en la hacienda Sullupuchyo, de la familia Luna, que estuvo en permanente conflicto con la comunidad indígena. González, en venganza por abusos sufridos, entró en la hacienda y robó los títulos de propiedad que luego quemó. Luego se estableció en Chaupimayo (1946) y estableció contacto con personal político.

Como González hubo otros en las regiones fronterizas de la cuenca del Amazonas, que fueron los cuadros naturales de los movimientos campesinos. En La Convención el movimiento renació al caer la dictadura de Odria en 1956. Puede que empezase como rebelión contra los Romainville de Huadquiña, y parece que la causa inmediata fue que los hombres se indignaron al ver que uno de los líderes era azotado. Romainville fue acusado además de usurpar tierras que no le pertenecían legalmente del otro lado del río Ynacmayo. A partir de entonces se inicio un estado de virtual guerra, abandonando los hacendados sus fincas en manos de sus administradores.

En 1958 existían ya varios sindicatos, y en 1962 Maranura, Huyro, Santa Rosa, Quellouno y una Federación Campesina provincial se organizaron a partir de once sindicatos miembros. El movimiento parece haberse limitado a una agitación de índole sindical, pero la ocupación de tierras empezó en 1961 en las prvincias de Pasco y Huanuco, y a finales de ese año se constituyó una Federación con 214 organizaciones afiliadas, convocando una conferencia de campesinos en Quí Uabamba, donde se formularon peticiones de expropiación (contra “justo precio”) de las fincas de Romainville, y la consigna general pasó a ser la de que los campesinos ya habían “comprado su tierra con el trabajo que llevaban realizando en ellas”. Se dio entonces la ocupación de tierras en masa: la hacienda Chaullay fue invadida en marzo de 1962, y los invasores se construyeron cabañas provisionales. En Lares los hacendados denunciaron en abril la existencia de grupos armados que, según decían, se apoderaban de las tierras, y en la provincia de Calca 300 comuneros de Ipal expulsaron al hacendado y su familia de un fundo que, decían, había sido usurpado de una comunidad por una decisión jurídica injusta.

En mayo un grupo de Chaupimayo impidió que los empleados del hacendado cortasen madera para traviesas de la prolongación del ferrocarril, y en agosto los campesinos armados de Quellomayo y de Huacaypampa expulsaron a los leñadores de las tierras de una hacienda (Santa Rosa), asegurando que ya no pertenecían a los Romainville. En octubre se anunciaban afincamientos en 36 haciendas, por más que esto llevó a litigios: entre las haciendas ocupadas estuvieron Huadquiña, Pavallo, Paltaybamba, San Lorenzo, Pavayoc, Versalles, Echarate y Granja Misión. La mayoría de las haciendas en Lares y Calca estaban, según se decía en la prensa, en manos de los campesinos, y la mayoría, si no todos de los hacendados habían abandonado los valles o se preparaban a ello. En ese mismo mes la prensa anunciaba la publicación del texto de una Ley de Reforma Agraria, pero ello no evitó la intensificación del movimiento, que ya venía desde la primavera anterior, aunque se produjo una división en su seno. Como tantas veces ha ocurrido, parece que se trató de un pulso –dice Hobsbawm- entre los comunistas ortodoxos y otros grupos revolucionarios que los consideraban demasiado moderados y favorecían insurrecciones guerrilleras de índole castrista.

En este contexto, Luis de la Puente, líder del MIR (secesión de APRA), apareció  en Qullabamba y dio un mitin apoyando por 36 sindicatos, queriendo luego hablar en nombre de las Federaciones Provinciales de Quillabamba, pero los principales disidentes eran trotskistas a las órdenes de Hugo Blanco, joven intelectual que llegó a los valles procedente de Cuzco, de donde era oriundo, después de la organización campesina de 1958. Cuatro años más tarde cierta prensa empezó a considerarle como una especie de Castro peruano, destacando sus relaciones con grupos terroristas y profesionales de la insurrección, estando su principal bastión en Chaupimayo. La formación de unidades armadas (fuesen guerrillas o grupos de autodefensa) se debió casi con seguridad a Blanco, y los rebeldes fueron objeto de crecida admiración, y dieron a los revolucionarios de otras partes de Perú buena publicidad romántica.

[i] Partido de orientación socialista.

jueves, 11 de julio de 2019

Anticlericales e Iglesia en torno a 1900


Barcelona durante los hechos de la "semana trágica"
En torno a 1900, dice Domínguez Ortiz, la extinción de las congregaciones religiosas en Francia, fruto de las pasiones exacerbadas por el “caso Dreyfus”, provocó el éxodo a España de comunidades enteras, que se instalaron en antiguos cenobios abandonados, como el de Silos; fue una invasión pacífica que en número no superó algunos centenares y en calidad aportó a la Iglesia hispana un refuerzo nada desdeñable, muy acorde además con la tradición de un país que por haber recorrido muchas veces las vías amargas del exilio estaba moralmente obligado a otorgar una reciprocidad hospitalaria. Otros motivos igualmente fútiles servían de pretexto para actitudes anticlericales: congresos católicos, peregrinaciones a Roma e incluso episodios individuales sacados de la crónica de sucesos, como el que dio pie a que Pérez Galdós estrenara en 1901 el drama “Electra” (*), con repercusiones en toda España de increíble apasionamiento.

En ese vendaval había, sin embargo, más ruido que nueces; los grados de anticlericalismo eran muchos; en general, era más fuerte en el Sur y el Este que en el centro y Norte; más en las ciudades que en los campos; más en las clases bajas que en las altas y medias; pero las excepciones a estas reglas eran tan numerosas que le quitan mucho valor; había muchas familias de clase media en las que la mujer era asidua practicante, los hijos iban a un colegio de frailes y el padre de familia despotricaba contra la Iglesia en la tertulia vespertina. No había nada de común entre el agnosticismo de correctas maneras de muchos intelectuales como Ortega o Ramón y Cajal y el odio feroz del proletariado anarquizante; durante un siglo se había alimentado de una subliteratura (dice Domínguez Ortiz) en la que se pintaba a los curas como aliados de los capitalistas, enemigos del pueblo, y a los conventos como antros en los que se albergaban los vicios más repugnantes.

La Iglesia observaba estos hechos con indignación, clamaba contra los abusos de la libertad de prensa y algunas veces intentó acudir a los tribunales con nulo resultado. Se aferraba a los procedimientos tradicionales: obras de caridad y misiones. Las “Damas” catequistas reunían grupos de obreros a los que enseñaban artículos del catecismo a cambio de algunos donativos de ropa o alimentos (“¡Las tías zorras…!”, exclamaba un personaje de Baroja).

En principio, ni por su personal ni por su programa podía incluirse a los partidos de turno en el debate clerical, pero la estrategia política fue marcando distancias. Las disensiones llevaron a los integristas a desgajarse del carlismo, siendo así que muchos de los miembros de aquel movimiento se acercaron al partido conservador de la mano de la Unión Católica del marqués de Pidal. Las disensiones alcanzaron tal violencia que el papa Pío X intervino reprobando los excesos del integrismo, siendo él mismo un integrista según Domínguez Ortiz[i], intransigente en las negociaciones con la República Francesa y perseguidor del modernismo. Y que en la Iglesia española no hubiese modernistas indica el escaso nivel intelectual del clero español, mientras los jesuitas se expresaban mediante su revista Razón y Fe, muy conservadora.

En los seminarios se educaba a los alumnos en una atmósfera de aislamiento frente a las influencias exteriores y a los obispos parecía preocuparles más los mínimos grupitos protestantes que la apostasía de las masas con sus supersticiones. Mientras, las relaciones entre anticlericalismo y problemas sociolaborales fueron complejas; había un republicanismo popular anticlerical y agresivo, capitaneado en Valencia por Blasco Ibáñez y Rodrigo Soriano; en Cataluña estaba el demagogo Lerroux, y dentro del socialismo el anticlericalismo era de rigor, pero no prioritario; más bien interesaban a esta familia ideológica las reivindicaciones sobre el bienestar, el trabajo, el salario, la salud, etc. de los asalariados.

En este contexto se produjo la gran protesta contra la guerra en Marruecos, que tuvo en Barcelona su máxima expresión en 1909; como fue reprimida por el Gobierno con dureza, las víctimas fueron muchas y permanecía la injusticia de poder pagar para librarse de ir a la guerra, la repercusión internacional fue enorme, sobre todo cuando se llevó a cabo la pena de muerte contra Ferrer Guardia, pedagogo libertario que, según lo que se ha investigado, las pruebas contra él no fueron terminantes.

Pero el anticlericalismo no era exclusivo de anarquistas, obreros o intelectuales de izquierdas; había católicos anticlericales, como por ejemplo José Canalejas, e incluso hubo clérigos anticlericales por lo menos desde el siglo XVIII.



 [i] "España, tres milenios de historia".
(*) Fue un alegato contra los poderes de la Iglesia y contra las órdenes religiosas, que alimentó al anticlericalismo ya existente.

domingo, 1 de febrero de 2015

La Iglesia en Cuba (en torno a 1900)

Félix Varela Morales, precursor de la indepdencia cubana

Carlos Manuel de Céspedes (1) dice que la Iglesia en Cuba, en el siglo XIX, fue "tironeada", es decir vapuleada de un lado a otro, mientras que la identidad nacional de Cuba se empieza a perfilar, a su juicio, a finales del siglo XVIII aunque no de forma rectilínea. En la independencia de Cuba respecto de España y en el papel de la Iglesia tras la misma jugaron un papel importante los intereses económicos en un país que, según el mismo autor, ha sido y es poco "practicante". Ello puede deberse al "sincretismo de religiones" existente, desde las de origen africano hasta las de los indígenas nunca evangelizados del todo. 

Para Céspedes, entre España y Cuba hubo un vínculo "peculiar" y de la misma manera entre la Iglesia cubana y española, que se vuelve -en este caso- más notable después de la independencia de las otras repúblicas hispano-americanas. "Se trata de un vínculo casi inefable e inasible", consecuencia de relaciones personales a partir de los emigrantes españoles a Cuba durante el siglo XIX y aún después. "En ningún otro país hispano-americano ocurrió una emigración proporcionalmente tan numerosa", lo que determinó vínculos económicos y políticos de gran importancia, de tal manera que Moreno Fraginals -citado por Céspedes- "ha podido demostrar... que si bien no se puede entender la historia de Cuba en ese siglo [XIX] sin apelar a España, tampoco se puede entender la de España sin apelar a la de Cuba", pues este país vivió todo el siglo XIX como parte de España y "casi siempre mal gobernada".

La intromisión de Estados Unidos, que venía de lejos, en el conflicto cubano-español, se manifestó con la enmienda Platt, añadiendo la la Constitución de Cuba una serie de preceptos en favor de los Estados Unidos (sobre la Isla de los Pinos, arrendamiento de servicios en favor de Estados Unidos, intervención militar de esta potencia en la isla y otras). Por su parte, las autoridades católicas de Cuba no hacían buenas migas con los masones protestantes y anglicanos de Estados Unidos. Cuba se vio invadida por misioneros norteamericanos para contrarrestar el peso de la tradición católica española. Pero entre los partidarios de la independencia de Cuba no primaba el ser sacerdote católico o escéptico laico, sino aquel deseo de independencia, que tenían una excelente referencia en el sacerdote Félix Varela Morales, nacido en 1788 y condenado a muerte por la monarquía hispana, aunque no moriría hasta 1853. A contrario, también hubo sacerdotes y obispos cubanos que no estuvieron a favor de la independencia.

Pero que hubiese clérigos contrarios a la emancipación cubana no les arredró para ser críticos con la administración española de la isla, sobre todo con los malos tratos a los esclavos. Cuando la independencia era irreversible, una ola de anticlericalismo recorrío Cuba, lo que hace responder al obispo Santander, ultraconservador y contradictorio, de la siguiente manera: diez y ocho iglesias parroquiales han sido quemadas por los insurrectos y si alguna imagen se ha salvado de las llamas la han destruido con los machetes. Cuando no se han podido sacar las vestiduras sagradas se las han puesto por irrisión, blasfemando la mismo tiempo de todo lo más sagrado. Se han atrevido a publicar que ellos, los insurrectos, estaban autorizados para hacer matrimonios (2).

Y también el obispo Santander, dirigiéndose al nuncio en Madrid, Nava di Bontifé, dice de los patriotas cubanos que demuestran en todos sus actos que al mismo tiempo que la separación de la patria común alimentan un odio satánico contra la Religión... Era y es muy común confundir "religión" con Iglesia católica, tan acostumbrada como estaban sus jerarquías que fuese la única permitida, la única amparada. Tampoco se puede decir que los patriotas cubanos fuesen anticatólicos; eran anticlericales en la medida en que la Iglesia se había comprometido con los poderosos, con la metrópoli y contra la independencia, al menos entre sus más notables jerarquías.

Pero el obispo Santander se pronunciará más tarde en sentido contario o con cierta ambigüedad según las circunstancias vengan dadas. Bien atento estuvo, sin embargo, a adivinar las intenciones de las autoridades estadounidenses, pues en 1898 decía no sabemos aún, de una manera cierta, si se formará un Gobierno Cubano o si los Estados Unidos, por más o menos tiempo, regirán los destinos de esta Isla. Pero en cualquiera de los dos casos la Iglesia no tiene por que temer. No tememos a los cubanos, que no vienen a hacer una revolución religiosa, sino política... ¿En sus programas de gobierno, en sus proclamas han dicho alguna vez que venían a hacer guerra al catolicismo? Nunca. Al contrario, durante la sangrienta lucha que ha terminado ya, gracias a Dios, no ha habido que lamentar ataque alguno a los ministros de la religión; lejos de eso se les ha tratado con respeto por las fuerzas rebeldes... Ya no hablaba Santander de los incendios de iglesias, que fueron una constante en la España del siglo XIX y se preparaba con sus palabras para avenirse con los nuevos "amos".

¡Que accidentalista Santander, que oportuno poniéndose a buen recaudo! 
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(1) "La emancipación antillana y sus consecuencias para la Iglesia Católica", 1998.
(2) Carlos Manuel de Céspedes en la obra citada.

domingo, 11 de enero de 2015

Franciscanos en Cuba

Escuela religiosa en Guanabacoa

Juan B. Amores Carredano ha publicado muchas obras sobre la Iglesia en América latina y especialmente en Cuba. En un trabajo suyo sobre los franciscanos en Cuba explica la secularización que dio comienzo en la isla a mediados del siglo XIX, así como el indiferentiismo religioso (que yo creo más bien eclesiástico) entre las clases superiores (1), pero con la firma del Concordato de 1851 entre España y el Vaticano -dice- se dieron las condiciones para que los franciscanos fuesen autorizados a ir a Cuba, lo que no hicieron, sin embargo, hasta 1887. Se ocuparon estos de la educación elemental, la asistencia social y el asociacionismo laico. 

El autor habla de "ataque frontal" a la Iglesia por parte de los gobiernos liberales americanos, pues estos veían a aquella como "la principal responsable del atraso de las socieades americanas"; sin duda la Iglesia fue la culpable "más fácil de identificar" pero es evidente que no fue la única. El pueblo americano -dice Amores Carredano- hizo caso omiso a la propaganda liberal tras la expulsión de la mayoría de las órdenes relgiosas de la mayoría de los países, contrariamente -añadimos nosotros- a la propaganda eclesiástica que sí tuvo éxito en aquellas y otras latitudes durante siglos. Luego vino la restauración de la Iglesia gracias a los mismos liberales que, bien asentados en la sociedad burguesa, se valieron de la Iglesia para sus fines oligárquicos, incluso tratándose de gobernantes masones, pues vieron en la Iglesia una ayuda para "paliar, con sus escuelas e instituciones de asistencia social, las consecuencias más negativas del modelo económico" capitalista. Esto -dice el autor al que seguimos- "fue palpable en el México de Porfirio Díaz, que coincidió en parte con el papado de León XIII, "el primer papa que aceptó abiertamente el mundo moderno", aunque sabemos que no en muchos aspectos. 

El autor habla de "expolio" a la Iglesia, aunque no cita el expolio institucionado que esta practicó alli donde se estableció con fuerza, sin perjuicio de reconocer el gran esfuerzo de la Iglesia misionera, tan distinta a la Iglesia como institución. Junto con los franciscanos, en la segunda mitadl del s. XIX, llegaron también los "paúles" y sus misiones populares, fundados en el siglo XVII por Vicente de Paúl, quizá francés de las Landas o aragonés de Tamarite de Litera.

Desde la guerra de 1868, no obstante, los deseos de independencia de algunos sectores de la población cubana ya habían prendido y se vio a los franciscanos como un factor de "españolización" de la isla contra aquellas aspiraciones, mientras la influencia de Estados Unidos era ya notable. La población culta de la isla no veía con buenos ojos el mantenimiento de la esclavitud, que se abolió solo en 1886, un año antes del nombramiento como obispo de La Habana del ultraconservador Manuel Santander Frutos, senador en España desde 1893 y que volvería a España en 1898, cuando acabó la última guerra cubano-española. La independencia de Cuba respecto de España "dio una nueva oportunidad a la Iglesia en Cuba, sobre todo gracias a la obra del franciscano Lucas Gartéiz, que en 1887 había solicitado al gobierno de Cánovas ayuda para el asentamiento de los franciscanos en Cuba, los cuales recibieron "un lugar adecuado" para sus fines. Por otra parte, la jerarquía eclesiástica y la mayor parte del clero serían proespañoles en la guerra de 1895, aunque ello no fue obstáculo para que, finalizada esta, "la actitud del nuevo gobierno republicano" fuese de favorecer todo lo español, como un medio de compensar la influencia norteamericana. 

(incompleto)

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(1) "Los franciscanos en Cuba: de la restauración a la revolución (1887-1961)", Hispania Sacra, LVIII, 118, 2006.






sábado, 29 de diciembre de 2012

La mujer también emigra

"Mujeres", de Luis Seoane, 1946

Camagüey está casi en el centro de Cuba, donde la explotación de la caña de azúcar ha dado a la provincia su riqueza principal, en medio de un relieve llano y entre las costas norte y sur de la isla. En la ciudad se comercializaban los productos agrarios, y junto con Oriente y las Villas, conformó la más importante producción azucarera a donde fueron, entre finales del siglo XIX y principios del XX, casi cuatro de cada diez españoles que emigraban a América. 

Ciertos estudios han demostrado (1) que, teniendo en cuenta la procedencia de los "colonos" de la contrata de Goicouría (1845-1846) de un total de 1.208 emigrantes, el 22,7% eran mujeres, pero si tenemos en cuenta la procedencia de algunas regiones en particular, ese porcentaje aumenta, en el caso de Valencia, a 35,7% y en el caso de montañeses (Cantabria) a 28,9%. En cuanto a Galicia, el mismo estudio revela que, entre 1915 y 1925, los porcentajes más altos de emigrantes estaban en las edades de 15 a 24, seguiéndole de 25 a 29, aunque en este caso no se hace distinción entre hombres y mujeres.

Aunque las mujeres tenían restringida la emigración por la Junta del Reino de Galicia en las cuadrillas de segadores que iban a Castilla, en varias ocasiones se saltaron tal prohibición. Las autoras a quienes sigo indican que durante muchos años una tercera parte del éxodo rural a Castilla correspondió a mujeres, tanto para la siega como para faenas vinícolas. Por otra parte, la ausencia del esposo convirtió a algunas mujeres en actoras ante los poderes públicos, antes de que la ley lo estableciese. 

En todo caso, entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, el porcentaje de mujeres emigrantes a América aumentó, mientras que el de hombres disminuyó, lo que no quiere decir que disminuyese la cantidad total de estos últimos. Si en en el período 1882-1889 el porcentaje de emigrantes salidos por puertos gallegos que llegaron a Buenos aires se distribuyó con algo más del 70% de varones y algo menos del 30% de mujeres, en el período 1912-1926, el procentaje de los primeros bajaba de 60 y el de las segundas subía de 40, y esta tendencia se manifestó a lo largo de los años intermedios a los señalados.

La mayor parte de las mujeres emigrantes (salidas de puertos gallegos hacia Buenos Aires) en el período 1882-1926 eran solteras (más del 60%), mientras que las casadas nunca pasaron del 40%; porcentajes muy bajos eran viudas, probablemente porque habían enviudado a edad avanzada o porque por ellas mismas y con la ayuda de algún hijo no les fue necesario emigrar. Es decir, la imagen estereotipada de que el hombre emigró y la mujer se quedó en casa cuidando de la pequeña propiedad familiar (agraria) para trabajarla, pierde peso a medida que nos acercanos a finales del siglo XIX y nos adentramos en el XX.
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(1) "Mulleres e emigración na historia contemporánea de Galicia, 1880-1930", María Xoxé Rodríguez Galdo, María Pilar Freire Esparís y Ánxeles Prada Castro, 1998.

sábado, 30 de junio de 2012

Imperialismo vergonzante

Playa Girón

Si algún imperialismo es bueno -y estoy a la espera de que se demuestre- hay imperialismos que han demostrado la zafiedad más burda de sus mentores y ejecutores. Personalidades políticas tan distintas, y tan distintamente juzgadas por la posterioridad, como el presidente Eisenhower y el presidente Kennedy, protagonizaron el intento de derribar al gobierno cubano, establecido desde 1959, dirigido por Fidel Castro, y que en 1961 ya había llevado a cabo nacionalizaciones y medidas que afectaban a los intereses de empresas estadounidenses. Hasta entonces el régimen cubano no pasaba de ser un populismo más, pero desde entonces, sin mayor preparación, los líderes cubanos se inclinaron hacia el comunismo soviético, viendo que era la única alianza posible en un mundo dividido en bloques irreconciliables. 

Playa Girón está en la bahía de Cochinos, en la costa sur de Cuba, y allí llegaron los pretendidos invasores en abril de 1961 para ser derrotados por el ejército cubano en una de las muestras de mayor inutilidad, indignidad y ridiculez en que imperialismo alguno haya incurrido. La Central de Inteligencia (CIA) con el presidente Eisenhower había preparado la invasión, pero ésta sería llevada a cabo por cubanos opositores al régimen castrista: podemos imaginar que habría de todo, desde terratenientes, banqueros, adversarios ideológicos, incluso delincuentes y personas que creían actual bien, que se valieron de cubanos entrenados por Estados Unidos para invadir Cuba. Los elementos con los que contaron fueron camiones y otros vehículos, cañones, morteros y otro armamento transportado en varias embarcaciones, aviones, tanques y bombarderos. Si los preparativos comenzaron en 1960 el intento de invasión se produjo en abril de 1961, y duró unos pocos días. 

El presidente Kennedy no se pudo sustraer -o no quiso- a lo que su predecesor le había legado, y embarcó en la operación a los incautos cubanos, que morirían en el intento en un número superior a a cien; más de mil serían capturados y algunos de ellos condenados a muerte y ejecutados. Otros serían canjeados por alimentos y dinero con Estados Unidos. Pero el hermano del presidente, Robert Kennedy, intentó una nueva invasión valiéndose del dictador nicaragüense Anastasio Somoza (ambos morirían asesinados). La operación resultó otro fracaso, porque los invasores confundieron un barco español con otro cubano y lo bombardearon. Error tras error, invasión fallida tras invasión fallida, que solo se entiende en el clima de "guerra fría" que vivía el mundo; pero las intervenciones de Estados Unidos en América latina se remontan al siglo XIX, mucho antes de la "guerra fría": es una constante de la política exterior estadounidense en el continente. Es una constante de las clases más pudientes con respecto a los países de América latina, de la que se creían dueñas.

El caso de Playa Girón es un ejemplo de imperialimo vergonzante, porque se utiliza a descontentos cubanos para enviarlos a la muerte, independientemente de la naturaleza del régimen instaurado en Cuba desde hacía poco. Es una muestra de la miseria moral que personas obligadas a respetar el derecho, han preferido el delito. Nunca la justicia internacional les condenó, como tampoco condenará los crímenes de Castro y sus adláteres. Buenos ejemplos -creo yo- para aprender de la historia.

martes, 26 de junio de 2012

Palabras de un hombre justo

Eran las 9 horas y 10 minutos del día 11 de septiembre de 1973 en Chile. Los mandos del ejército habían dado orden a la tropa para que se levantase contra la legalidad constituida. Después de varios intentos, el Presidente electo, Salvador Allende Gossen, se dirige por última vez a su pueblo por las ondas de Radio Magallanes:

Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado comandante de la Armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, y que también se ha autodenominado Director General de carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el general Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.
Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.
Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

(He tomado las anteriores palabras de ciudadseva.com/textos/otros/ultimodi.htm, a quien agradezco las haya puesto para todos).

lunes, 25 de junio de 2012

El "garrote" del norte

Un tren atraviesa una plantación guatemalteca

Nueve años antes de que los guerrilleros castristas entrasen en La Habana y se hiciesen con el poder en Cuba, Guatemala había tenido una experiencia democrática al frente de la cual estuvo Jacobo Arbenz. Había participado en un golpe de estado contra la dictadura de Jorge Ubico, aunque éste ya habia sido sustituido por Federico Ponce en 1944. No se trató de una simple operación militar, sino que en ella participaron elementos civiles y populares. 

El hecho de que Arbenz intentase modernizar Guatemala (que había empezado dicho proceso en 1944), con medidas fiscales que gravaban las rentas más altas, con medidas legislativas que repartían la tierra entre los campesinos, con una democratización sin precedentes en la historia de Guatelama, le ganó la enemiga de Estados Unidos (en plena "guerra fría"), de la United Fruit Company y de la Iglesia católica, que veía en la merma de sus privilegios y en la liberación de la mujer la mano de ideólogos socialistas, comunistas y anticlericales. Por su parte, los políticos estadounidenses que más insistieron en luchar contra las reformas de Arbenz estaban directamente relacionados con los intereses de la multinacional frutera, que controlaba amplias extensiones de plantaciones guatemaltecas. Los terratenientes, poseedores de tierras cultivadas y sin cultivar, no aceptaron que un gobierno elegido pudiese arrebatarles (mediante indemnización) las tierras que hasta entonces habían sido suyas.

A mediados del siglo XX había empezado a germinar un sentimiento antiimperialista en el mundo (India se había emancipado en 1948, la Conferencia de Bandung tuvo lugar en 1955...) pero América era otra cosa, era terreno exclusivo, desde hacía más de un siglo, de los Estados Unidos. De ahí que el presidente Eisenhower no tuviese inconveniente en autorizar la invasión de Guatemala, preparada por la CIA, en el año 1954. ¿Como aceptar que un país mesoamericano tuviese una Constitución democrática, elecciones libres -con el peligro de que fuesen elegidos gobernantes indeseables- derechos sindicales, reparto de la riqueza y, en definitiva, posibles infiltraciones de ideas socialistas y comunistas? 

La invasión se produjo por el sudeste, aprovechando el descontento campesino en uno de los centros de religiosidad más acendrada de América, Esquipulas; campesinos que fueron facilmente manipulados por las autoridades religiosas y por las personas influyentes para sumarse a la protesta contra el gobierno de Arbenz. Con base en éste descontento quedaba "legitimada" la intervención estadounidense, que en realidad defendía intereses estratégicos pero sobre todo económicos de unos cuantos miembros de su gobierno y de las empresas norteamericanas en Guatemala. 

No es el único caso a partir de entonces (antes de la segunda guerra mundial ya Estados Unidos había intervenido "manu mimilitari" en América latina) por lo que no es extraño que cuando los guerrilleros castristas tomen La Habana en 1959 se apresuren a solicitar ayuda económica de Estados Unidos (viaje oficial de Castro), pero negándosela, llegaron a acuerdos con la Unión Soviética, tensando al máximo las relaciones internacionales entre las dos superpotencias. 

Estados Unidos colocó al frente de Guatemala a un militar, Castillo Armas, que ya había intentado acabar muy pronto con la obra de la década (1944-1954), aunque sin éxito, por lo que había sido apartado del puesto que oucpaba en el régimen democrático. Desde entonces los intereses de los terratenientes, de la Iglesia y de las multinacionales quedaron salvaguardados; Estados Unidos explicó al mundo que el peligro comunista había sido conjurado en América y hasta la próxima. Por su parte los colaboradores internos nombraron al Cristo Negro de Esquipulas "comandante" de su acción.


jueves, 21 de junio de 2012

Complejo conflicto cristero


En el México de los años veinte del siglo XX tuvo lugar un conflicto violentísimo y que se cobró varios cientos de miles de vidas por el desencuentro de un Gobierno y la Constitución mexicana de 1917 con parte de la población, esencialmente rural, que veia un ataque a sus costumbres religiosas, la aplicación de una serie de leyes que venían a restar derechos y privilegios que la Iglesia había tenido en el país desde el siglo XVI. 

La "guerra cristera", se le llamó, se desarrolló entre 1926 y 1929, si bien los enfrentamientos habían comenzado antes y se prolongaron durante los años treinta. Que la Constitución mexicana negase la personalidad jurídica a la Iglesia católica solo se entiende (no se justifica) en la pugna entre la Iglesia y el Estado mexicano de la época; es decir, deben tenerse en cuenta las condiciones en las que ésta Iglesia se desenvolvió antes de 1910 y el ambiente revolucionario, por lo menos, hasta 1917. De la no personalidad jurídica de la Iglesia se derivaba que no pudiese tener bienes inmuebles, lo que es lógico si no fuese por lo absurdo de la premisa anterior. Ahora bien, la enorme cantidad de bienes que la Iglesia había acumulado durante la época de la colonia, y que acrecentó durante el siglo XIX, explica la decisión de los legisladores: se intentó acabar con una situación de privilegio por un procedimiento poco racional. 

Otra de las normas aprobadas fue la prohibición del culto fuera de los templos, rompiéndose con una tradición de procesiones y manifestaciones populares que los campesinos, sobre todo, no estuvieron dispuestos a aceptar. Curiosamente la Iglesia jerárquica no aceptó los actos de violencia que se desataron y que llevaron a la formación de un ejército "cristero", pues los obispos siempre han sido partidarios de un primer intento de acercamiento a los regímenes imperantes hasta que no fuese posible dicho remedio. Mientras que sacerdotes rurales participaron en las partidas guerrilleras, las autoridades eclesiásticas mantuvieron contactos con el Gobierno mexicano para encontrar una solución que no se dará hasta mucho más tarde. 

Otro abuso de la legislación mexicana fue obligar a estar casado para poder ser sacerdote, lo que a todas luces contraviene el más elemental derecho individual; más común fue, sin embargo, la prohibición de comunidades religiosas en el país, lo que se compadece con la tradición ilustrada, que tuvo su amplia presencia en América, y la oposición liberal a todo lo que no fuese productivo. También se prohibió a los sacerdotes extranjeros ejercer su ministerio en México. La respuesta de la Iglesia de base fue tan contundente que causó serios apuros a la economía nacional: no pagar impuestos, no consumir determinados productos, la misma acción guerrillera que afectó a buena parte del centro de México, pero también a otros territorios. Todo un campo para la psicología social se abrió con la guerra cristera, pues el radical anticlericalismo del Gobierno chocó con una población católica atada a tradiciones, a veces irrracionales, y que tenían poco que ver con lo religioso, pero que estaban muy arraigadas. 

Cuando a partir de 1929 el Estado renuncie a la aplicación de las leyes más claramente anticlericales, la Iglesia aceptará un pacto de convivencia, aunque muchos sectores populares no lo acataron, prueba de que no se reconocía la autoridad de los obispos para según que cosas. La Iglesia tuvo que renunciar a privilegios que había tenido hasta la Constitución de 1917, y el Estado hizo una serie de reformas en el sistema educativo que levantó la ira de la población rural en algunas regiones, hasta el extremo de que un magisterio obligado -y hasta entusiasta- por dichas reformas, fue objeto de ataques violentos por parte de los cristeros: cortar las orejas a los maestros fieles a la ley fue la norma, demostrándose que una cosa es la concepción religiosa externa y otra la doctrina originaria de la misma. Los actos de violencia nunca estuvieron legitimados, y sin embargo los campesinos los llevaron a cabo contra la autoridad no solo de los gobernadores civiles, sino de las autoridades religiosas. 

Durante las presidencias de Calles, Portes Gil y Cárdenas los conflictos socio-religiosos fueron intensos, pero la jerarquía católica supo sobrevivir en aquel clima que, con la modernización de México, moderó el anticlericalismo revolucionario y postrrevolucionario que, como se ve, tuvo lugar en un país acendradamente católico.




domingo, 17 de junio de 2012

Imperialismo en El Chaco


El mapa refleja los límites entre Bolivia y Paraguay sobre los que solo hubo acuerdo en 2009 con el arbitraje argentino. Desde la independencia hasta la década de los veinte del siglo XX el Gran Chaco habia permanecido sin explorar en la mayor parte de sus 850.000 km2 (téngase en cuenta que España tiene 505.000 Km2 en números redondos). Hoy nadie duda de la intervención de dos grandes empresas petroleras en la instigación mayor o menor de la guerra del Chaco por intereses puramente económicos e imperialistas. 

Después de la imposibilidad de que Bolivia tuviese una salida al Pacífico, que se truncó por la negativa de Perú y Chile, el acceo al Atlántico podría realizarse si Bolivia obtenía la soberanía sobre una porción del Chaco, que le permitiría enviar sus mercancías por el río Paraná. Ante la oposición de Argentina a la construcción de un oleoducto, la opción que le quedó a Bolivia era el acceso al río Paraguay. Los gobiernos de Bolivia y Paraguay mandaron a sus soldados a luchar en una guerra que tenía, no obstante, otros intereses muy ajenos a los de ambos pueblos. La norteamericana Standard Oil (hoy Exxon) fundada en 1870, con el apoyo de las autoridades bolivianas y brasileñas, se interesó por la solución del conflicto en favor de Bolvia, mientras que la Royal Dutch Shell, de capital inglés y holandés (fundada en 1907), apoyó las pretensiones paraguayas y argentinas. 

Los gobiernos paraguayos de Eusebio Ayala y Rafael Franco, así como los bolivianos de Daniel Salamanca, José C. Tejada, Germán Busch y J. Daniel Toro no fueron más que instrumentos de intereses muy poderosos ajenos a los de los bolivianos y paraguayos. La mayor parte del Chaco es de soberanía argentina, siguiéndole Paraguay, Bolivia y Brasil, pero la contienda enfrentó a los ejércitos boliviano y paraguayo, en una contienda muy cruel y cruenta que se llevó la vida de miles de personas, militares y civiles, mientras los dos nacionalismos -alimentados sobre todo por los militares- estaban ciegos sobre los intereses petroleros de aquellas empresas.

Es interesantísimo el libro de Julio José Chiavenato titulado "La guerra del petróleo", porque no otra cosa fue, mientras los pueblos actuaron como agentes ciegos de un destino que ellos no marcaron. Y no lo hicieron porque las oligarquías nacionales de Paraguay y Bolivia estuvieron más atentas a un patrioterismo caudillista que al esfuerzo para buscar una solución negociada al conflicto. No eran tiempos para remilgos: los fascismos estaban en alza en Europa ¿por que no extenderlos a América? Las tentaciones totalitarias se impusieron, los militares gobernaron de facto -como en otras muchas ocasiones en América- y los grandes accionistas de Standard Oil y Shell, expectantes, alimentaban a éste o aquel bando en espera del botín. 

El Gran Chaco era una región bastante inhóspita, pero muy variada en cuanto a su vegetación y pasiaje. Zonas lacustres, vegetación tropical, desierto... Pero bajo el suelo se encontraba el petróleo objeto de disputa. No fue pues, la guerra entre 1932 y 1935 un conflicto por el control de un vasto territorio tan solo; fue una guerra por intereses en los que no estaban -entonces- los pueblos sometidos al hambre, a la dictadura y, eventualmente, a la muerte.

La victoria de Paraguay en la guerra se vive en el país como una reafirmación de su nacionalidad, mientras que en Bolivia se pone el acento en la valentía de sus soldados. ¿Puede hablarse de guerra civil? Simón Bolívar sí lo habría hecho, pero lo cierto es que, contrariamente a las colonias atlánticas de Gran Bretaña y Portugal, que agrandaron su territorio a partir de sus respectivas independencias, las colonias españolas de América se divieron en múltiples estados rivales entre sí. La gran extensión meridiana de las colonias españolas, donde los pueblos no se conocían entre sí, los particularismos de las oligarquías locales, que fueron las que fijaron fronteras en función de sus intereses, hizo que hoy hablemos de Bolivia, Paraguay, Perú, Colombia..., en vez de unos Estados Unidos de América Latina, objetivo que, si se planteó alguna vez, no pasó del papel de algún idealista, incapaz de imponerse a una realidad terca y distante. Al fin y al cabo ¿hubiese sido posible un gran estado desde Tierra del Fuego hasta Nuevo México?

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