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martes, 25 de mayo de 2021

Don Mariano de la familia de Osuna

 

                              Lo que queda del palacio de los duques de Osuna en Aranjuez (*)

Antonio Sánchez-González, en un interesante artículo[i], refleja el carácter y andanzas de Mariano Téllez-Girón, XII duque de Osuna, que vivió entre 1814 y 1882, desarrollando varias funciones en su vida.

El ennoblecimiento de esta familia comenzó en el siglo XI  y se fue engrandeciendo con la agregación de numerosos “estados” y títulos hasta el siglo XIX. Todo el inmenso patrimonio de la familia lo heredó don Mariano a costa de perder a su hermano, que es a quien estaba destinado el enorme patrimonio hasta su muerte. Don Mariano heredó la fortuna más grande de España y además se vio beneficiado con las medidas que permitieron liberalizar los mayorazgos, por lo que pudo vender dichas propiedades cuando antes estaban vinculadas.

Durante su vida don Mariano consumió todos sus bienes, de forma que, según el autor citado, dejó una deuda a sus herederos del 700% del valor de aquellos en un primer momento. Derrochó en fiestas lo indecible hasta el punto de hacerse famosas dentro y fuera de España, pero también tuvo generosidad con quien consideró y con el Estado, pues nunca percibió, al parecer, estipendio alguno por los muchos servicios militares y diplomáticos que prestó.

En el siglo XI una rama desgajada de la familia Acuña desciendia de los reyes de León: el infante Pelayo Fruela poseyó grandes heredamientos en Galicia y en tierras de Carrión; uno de sus descendientes participó en la conquista de Toledo, siendo rico-hombre de Alfonso VI y participó en la batalla de Sagrajas en 1086 salvando la vida al rey. Así se llega a otro descendiente, este ya del siglo XIV, que participó en el sitio de Algeciras con Alfonso XI.

En dicho siglo se extinguió la línea masculina de la familia y heredó doña Teresa Téllez-Girón. Luego siguieron el marqués de Villena, valido de Enrique IV, y uno de nombre Pedro que destacó en la lucha contra los musulmanes en Andalucía ostentando, entre otros señoríos, el de la villa de Osuna que había permutado con la Orden de Calatrava, de la que formaba parte, por las de Belmez y Fuenteovejuna. Fue dueño también de las villas de Gumiel de Izán, Santibáñez[ii], Ureña[iii] (debe de tratarse de Urueña), Peñafiel, Briones[iv], Frechilla[v], Villafrechós[vi], Ortegícar[vii], Villamayor, Morón, Arahal, Gelves, Olvera y Archidona, más la fortaleza de Cazalla.

Un descendiente recibiría el título ducal de Osuna de Felipe II y otro de ellos, Juan, fundó la iglesia mayor de Osuna, la Universidad de la misma población y dieciséis conventos, además de numerosas obras pías. Otro fue virrey de Sicilia y Nápoles (el protector de Quevedo) aunque terminó sus días en la cárcel acusado de dilapidar el tesoro real y tratar con los turcos. Otro, ya en el siglo XVIII, representó al rey Felipe V en los tratados de Utrecht.

Luego esta familia entroncó con los condes de Benavente y, en el siglo XIX, aparece Pedro de Alcántara Téllez-Girón, aficionado a las letras y las artes, esgrimidor y jinete pero, sobre todo, hombre muy rico. Al parecer estuvo enamorado de una mujer casada, también noble y prima suya, lo que pudo haber acelerado la hora de su muerte a los treinta y cuatro años.

Todo lo contrario, el segundón Mariano del que hemos comenzado hablando, sufrió la orfandad cuando joven y quedó bajo la rígida tutela de su abuela paterna. Ingresó a los diecinueve años en la carrera de las armas (1833) y pronto fue destinado en el norte de España al servicio de la futura reina Isabel, siendo ayudante de don Luis Fernández de Córdova[viii]. Don Mariano luchó en Murguía, el valle de Lodosa, Guevara, Arlabán, Adana, San Adrián, Zubiri y otras plazas. Luego de una tregua volvió al norte a las órdenes de Espartero participando en Zornoza, Durango, Elorrio e Irún.

Su vida duró sesenta y ocho años, para la época no poco, desarrollando muchas labores siempre al servicio de la monarquía y del Estado. Se retiró a un castillo en Beauraing (sur de Bélgica) pareciendo la causa principal el tener en España empeñado casi todo su patrimonio, aunque don Mariano no quiso ver la realidad –según A. Sánchez-González- pretendiendo que su “honor” quedase a salvo de apoderados y acreedores.

(*) investigart.com/2018/10/02/cronica-de-una-muerte-anunciada-el-palacio-de-los-duques-de-osuna-en-aranjuez/


[i] “Mariano Osuna, entre la realidad y la leyenda”.

[ii] Gumiel y Santibáñez al sur de la actual provincia de Burgos.

[iii] Al oeste de la actual provincia de Valladolid.

[iv] Noroeste de La Rioja.

[v] Suroeste de la actual provincia de Palencia.

[vi] Noroeste de la actual provincia de Valladolid.

[vii] En el interior de la provincia de Málaga.

[viii] Nacido en San Fernando en 1798, murió en Lisboa en 1840 habiendo ejercido también como diplomático. Absolutista a machamartillo huyó a Francia durante el trienio liberal pero cuando murió Fernando VII se unió a las tropas isabelinas.

domingo, 31 de enero de 2021

El señor marqués no trabaja

Al sur de la provincia de Alicante se encuentra Orihuela, a orillas del río Segura. Río abajo, en el lado norte está la villa de Rafal, que dio nombre a una casa señorial, la de Rafal/Via-Manuel. Varias familias de la pequeña nobleza propietaria habían adquirido el marquesado de dicho nombre a comienzos del siglo XVII, según han estudiado Jesús Millán y Rafael Zurita[i]. Desde entonces, y aun habiendo tomado partido por el archiduque Carlos en la guerra de sucesión a la corona de España, un siglo más tarde, la familia se integró en el círculo de la aristocracia española desempeñando cargos cortesanos.

Los Rafal, sin embargo, no eran poderosos señores de vasallos sino, ante todo, grandes propietarios de tierra en el bajo Segura. Aunque contaban con algunos pequeños señoríos, gran parte de su fortuna se localizaba en tierras de realengo, por lo que su patrimonio estuvo a salvo de la problemática señorial cuando se produjo la legislación sobre la materia en el siglo XIX. A finales de éste siglo la actuación de éste linaje en la política le confirmó en la cúspide social.

A mediados del siglo XVIII el marquesado de Rafal obtenía en el bajo Segura unas 13.000 libras de renta a partir de los señoríos que, además de jurisdicción, incluían monopolios comerciales, y una superficie como dominio directo de la que el señor percibía censos fijos en metálico. En Rafal y Granja de Rocamora (algo más al norte esta localidad) el señor participaba en el diezmo, y en Benferri (algo más al oeste) el señor explotaba tierras en secano y, en un determinado momento, el señor llevó a cabo contratos enfitéuticos. Entre 1736 y 1770 (aproximadamente) las rentas obtenidas en Rafal fueron en aumento para disminuir luego; en Granja de Rocamora también fueron en aumento las rentas (aunque con algunas oscilaciones) entre 1762 y 1794 para descender después; en Benferri el aumento de las rentas fue moderado entre 1752 y diez años más tarde. Pero en el primer tercio del siglo XIX dichas rentas sufrieron un desplome, bastante común –dicen los autores citados- en los señoríos valencianos.

Pero esto no es todo: un señorío en propiedad plena (Puebla de Rocamora, al este de Rafal), que abarcaba 240 Ha. de huerta, estaba destinado a arriendos a corto plazo, representando en 1777 por éste concepto el 12% de la casa de Rafal, siendo importantes pagos en especie[ii]). Las fincas arrendadas en tierras de realengo, a mediados del XVIII, suponían al menos 28 de huertas (unas 699 Ha.) que rentaban 5.500 libras al año, mientras que 865 Ha. de secano (7 fincas) rendían solo 200 libras. Todo ello significaba un 44% de los ingresos, a los que hay que añadir propiedades urbanas en realengo y censos sobre municipios (Orihuela y Almoradi[iii]).

Los Rafal, así, formaron parte de un escalón superior al de otros influyentes propietarios ennoblecidos de la zona, máxime cuando enlazaron con los Vía-Manuel. En 1808, según la administración francesa, la casa de Rafal percibía 40.000 libras al año, el triple de lo que constituían sus ingresos medio siglo atrás, lo que no evitó que la familia, como otras nobles, sufriese un fuerte endeudamiento[iv]: en el mismo año, más de 13.000 libras sin incluir otras “de consideración” con ciertos comerciantes de la Corte.

En los señoríos los ingresos dependían, sobre todo, de las regalías y, en las áreas de enfiteusis, de los luismos (pagados al señor cuando enajenaba tierras u otras posesiones dadas en enfiteusis). Eran ingresos muy vulnerables por las oscilaciones demográficas, llevando a cabo la casa una política “poblacionista” en Benferri, al restringir la facultad del arrendatario para prescindir de la multitud de modestos “terrajeros” que cultivaban las tierras. Pero el declive demográfico afectó sobre todo a Rafal, que perdió casi un tercio de su población entre 1787 y 1857; La Granja (al norte de Rafal) perdió el 6,6% de sus vecinos, pero en Benferri se registró un amento del 21% debido a un cambio sustancial de la propiedad. Las regalías y los luismos fueron cuestionados con la legislación de Cádiz, lo que se tradujo en largas épocas sin percibirse o entraron en un declive definitivo.

La casa de Rafal fue incapaz de contener la crisis del ciclo agrario cuando se sufrieron epidemias, entraron en competencia otros productos y vinieron malas cosechas, además de la presión fiscal a lo largo del siglo XIX. Con todo, durante el régimen de la Restauración, seguían los miembros de la familia codeándose en la Corte con la alta política española.


[i] “Élites terratenientes y tipos de caciquismo…”.

[ii] En especial 100 cahíces de trigo cuyo valor podía rondar las 1.300 libras. El cahíz es una medida de capacidad equivalente a 690 kg., pero con la misma denominación se daban equivalencias distintas en otras partes.

[iii] Al este y muy cerca de Orihuela.

[iv] Jesús Millán y Rafael Zurita aportan una “Nota de los descubiertos en que se hallaba la Casa de la Excma. Sra. Marquesa de Rafal… al tiempo de su fallecimiento [febrero de 1808]”.

Mapa tomado de Wikipedia.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Usurpando, que algo queda

 

                                           Fuertescusa (Cuenca): facebook.com/Fuertescusa/

En 1473, en una carta dirigida al obispo de Coria, Fernando del Pulgar[i] lamentaba las “muertes, robos, quemas, injurias, asonadas, desafíos, fuerzas, juntamientos de gentes, roturas que cada día hacen … en diversas partes del reino”; y en su “Crónica de los señores Reyes Católicos”, al relatar las circunstancias que concurrieron en la constitución de la Santa Hermandad en 1476, decía que “en aquellos días, los hombres tiranos y robadores, y otras gentes de malos deseos, habían lugar de robar y de tiranizar y señorear a los pueblos”.

Mosén Diego de Valera, en su “Crónica de los Reyes Católicos”, reprodujo una imagen similar de ausencia de autoridad, violencia generalizada y mengua del poder político central en el reino castellano en 1474, año en que finaliza el reinado de Enrique IV y se produce el tránsito al de la reina Isabel[ii]. Ambos cronistas expresan el estado de “desconcierto” –dice Jara Fuente-, de desorden en el que se encontraba Castilla, aunque seguramente aquellos querrían exaltar la labor de la reina Isabel, y luego su esposo, en relación a las etapas anteriores. Lo que sí parece claro es que el papel debido a la nobleza en los desórdenes fue determinante, pues incluso los que estaban en el partido regio quisieron aprovecharlos para beneficiarse personalmente.

En 1465 el concejo de Cuenca –objeto de estudio del autor citado- se dirigió por medio de dos cartas al rey Enrique IV protestando contra la intención del monarca de entregar vasallos de la jurisdicción de Cuenca a un poderoso, y esto fue habitual si tenemos en cuenta otros casos que se encuentran ya durante el reinado de Juan II y continuarán con el de Isabel, como indica otro documento de 1479. En éste se pide la restitución a la ciudad de los lugares y fortalezas de Cañizares, Fuertescusa y Alcantud[iii], así como otros términos ocupados por algunos miembros de la nobleza regional. Se trataba de defender el realengo y los derechos del concejo, pero tanto en éste como en otros casos parece demostrada la incapacidad tanto del rey Enrique como de la reina Isabel.

En 1465 Cuenca recordó a Enrique IV los daños que había venido sufriendo “como muchas veces hemos escrito de los gastos y males y daños y robos que a esta ciudad y su tierra son hechos”. El origen estaba en las donaciones a la nobleza por parte del rey, recordando el concejo el escrupuloso respeto de las obligaciones políticas que le ligaban al monarca. A éste se le hace responsable no solo de su incapacidad a la hora de reducir o eliminar los agravios causados al concejo, sino aún de provocarlos directamente, y en el mismo documento citado se señala al rey como causante de ese estado de cosas, al afirmar su complicidad en las enajenaciones ilegales de partes de la jurisdicción de Cuenca.

Incluso la ciudad hace alusión a los comportamientos de los reyes desde Alfonso VIII de Castilla, el conquistador de la misma y que le había otorgado fuero, llegando a Juan II, que había jurado respetar dichos fueros y la anexó al realengo.

En 1479 la ciudad ya no tuvo necesidad de recurrir a un expediente similar; con el apoyo de la monarquía y de algunos miembros de la nobleza comarcana, Cuenca había empezado a recuperar algunos de sus lugares ocupados por los nobles, aunque esto no signifique más que un comienzo de tendencia. Los reyes habían comisionado a Pero Sánchez de Frías, miembro del Consejo, para hacer una pesquisa y ordenar las restituciones de términos, pero las decisiones de restitución seguían sin ejecutarse tiempo después, por lo que el rey Fernando ordenaría dicha ejecución al Corregidor de Cuenca.

El caso de Cuenca no es único –dice Jara Fuente- ya que en la mayoría de los concejos castellanos se suceden relatos similares de ocupaciones por miembros de la nobleza, reclamaciones ante el monarca y resoluciones incluso bien avanzado el reinado de los Reyes Católicos. Pero entre 1465 y 1479 algo había cambiado, lo que se nota en la carta que en 1476 el Corregidor de Cuenca escribió al concejo informándole que la reina había mandado a Huete a “que faga la más cruel guerra que pudiere”[iv], acompañando la petición de gentes a caballo y ballesteros.

El autor al que sigo se refiere al caso de Segovia, donde las principales agresiones a su jurisdicción se produjeron en el primer tercio del siglo XV, sucediéndose seguramente con posterioridad, aunque con una intensidad menor, según se comprueba a partir de las Cortes de Toledo de 1480, cuando se retoman las denuncias por ocupación ilegítima de tierras y vasallos (siendo el detonante la segregación de términos ordenada por los reyes en beneficio de los marqueses de Moya[v]). En Soria estos pleitos surgen con anterioridad a 1480, incorporando, como en el caso de Cuenca, una sucesión de jueces de términos durante los reinados de Juan II y Enrique IV, e incluso durante el período en que Isabel era señora de la ciudad.

En Talavera, que sufrió con particular intensidad la fuerte señorialización en su zona, los condes de Oropesa llevaron a cabo sucesivas usurpaciones, finalmente “pacificadas” por los Reyes Católicos. Fernando de Monroy[vi] no renunció a la titularidad de los términos ocupados en la zona del río Ibor[vii], pero tampoco cuestionará su posesión por el concejo talaverano, estrategia que permitió a su nieto, Francisco de Monroy, reanudar el conflicto más adelante.

En la “Historia de los Reyes Católicos” su autor Bernáldez, narrando el enfrentamiento entre Castilla y Portugal, dice: “… siempre había cruel guerra…”. Jara Fuente dice que es una guerra sin una clara sujeción a las “leyes naturales” de la misma; se trataría de un tipo de enfrentamiento que se denuncia en el enemigo de religión, o que resulta consecuencia de una de las partes, cuya extrema debilidad la hace incapaz de reducir o poner fin a la escala del conflicto. A diferencia de Enrique IV, la guerra que llevaron a cabo Isabel y Fernando perseguía unos objetivos claros y consecuentes con la dignidad real de la corona y del reino, como se reitera en diversos mandatos dirigidos a la nobleza y ciudades leales ordenando combatir a los rebeldes.

Por el contrario, en 1465, “en lo más crudo del invierno de la rebeldía a su autoridad”, Enrique IV se planteaba ceder la fortaleza de Cuenca al arzobispo de Toledo[viii], un pariente de los Vázquez de Acuña, siempre en contra de la ciudad y contra el rey. Cuenca se opuso amenazando incluso con pasarse al partido del infante Alfonso[ix], quedando la cesión en nada…


[i] Murió en 1492 pero fue cronista al servicio de los Reyes Católicos, quizá dejando sus viñedos en Villaverde (hoy barriada de la ciudad de Madrid).

[ii] José Antonio Jara Fuente, “Violencia y discurso político: conflicto y pacificación en Castilla…”.

[iii] Las tres localidades al norte de la actual provincia de Cuenca.

[iv] Jara Fuente encuentra la expresión “guerra cruel” en 61 ocasiones en diversas fuentes entre 1400 y 1523.

[v] Beatriz de Bobadilla, marquesa de Moya, fue persona próxima a la reina Isabel… Moya se encuentra al este de la actual provincia de Cuenca.

[vi] Muerto a finales del siglo XV, su vida estuvo dedicada al conflicto en Extremadura. No vemos la relación con el condado de Oropesa.

[vii] Discurre de sur a norte hasta desembocar en el Tajo, al oeste del embalse de Valdecañas.

[viii] Alfonso Carrillo de Acuña, cuya influencia en los reinados del siglo XV fue enorme.

[ix] Hermano de la reina y participante en el conflicto sucesorio a la muerte de Enrique IV.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Ambiciones, pactos y traiciones

 


¿Dónde está mi hijo, alegría de mi vida, consuelo en la vejez, único heredero?... Relata Jiménez de Rada que cuando los magnates llegaron a Toledo para informar al rey Alfonso VI de la muerte de su hijo Sancho, aquel les contestó molesto con la frase que da comienzo a éste texto.

O bien en la batalla de Uclés (1108) contra los almorávides, o unos días después en Belinchón[i], donde Sancho huyó a refugiarse con algunos de los suyos, los musulmanes le dieron muerte. Parece que de esta manera quedaba libre el camino para que sucediese al rey Alfonso el conde de Portugal, Enrique de Borgoña, que según la “Primera crónica anónima de Sahagún” lo ambicionaba. De haberlo conseguido sería por poco tiempo, ya que falleció en 1112.

Según Julia Montenegro, que ha estudiado éste asunto, Enrique tenía amplias aspiraciones y fue un guerrero que pertenecía al linaje real de Francia[ii], habiéndose ganado la ira del rey Alfonso de Castilla y León. En la ambición de Enrique no le iba a la zaga su cuñado Raimundo de Borgoña, conde de Galicia, pero lo cierto es que Alfonso VI había decidido que su sucesor fuese el hijo habido con la musulmana Zaida, lo que no compartía buena parte de los magnates que rodeaban al rey.

La “Crónica Compostelana” relata que el gobierno de Toledo había sido encomendado por su padre a Sancho, pero lo cierto es que, habiendo nacido éste en 1093, era muy joven para desarrollar esa labor, por lo que seguramente la ostentó nominalmente y quienes realmente la llevaron a cabo fueron sus colaboradores.

Volviendo a la batalla de Uclés (1108), tenía Sancho muy pocos años, por lo que no parece que su padre le encomendase la lucha en aquella plaza, y otra interpretación es que lo hiciese sin conocimiento del rey, aunque esto lo desmienten diversas fuentes musulmanas y cristianas (Sancho era el único hijo varón de Alfonso). Hay una carta oficial, que citan Julia Montenegro y Huici Miranda, que Tamim ben Yusuf, gobernador de Granada y jefe del ejército almorávide, envió a su hermano el emir Alí, dándole cuenta de la victoria en Uclés, donde no consta Sancho entre los caídos, y así mismo una crónica de Ibn al-Qattan, escrita algo más de un siglo más tarde lo confirma. Lo cierto es que la carta fue escrita antes de comprobar la identidad de los cristianos caídos, y quizá Sancho fue uno de los que consiguieron huir a Belinchón, al noroeste de Uclés y no lejos de esta localidad; en Belinchón sí sería muerto.

Enrique de Borgoña, yerno de Alfonso VI, estuvo entonces en condiciones de aspirar a reinar en Castilla y León a la muerte de éste, pues solo quedaba al rey una heredera viuda (Urraca) y el peligro almorávide acechaba. Pero una vez más las aspiraciones de Enrique se frustraron, pues el rey, en vísperas de su fallecimiento, dejó el reino a su hija, dirigiéndose entonces los nobles a ella en los siguientes términos: “tú no podrás gobernar ni tener el reino de tu padre y a nosotros regir, si no tomas marido. Por lo cual te damos por consejo que tomes por marido al rey de Aragón…”. Así Urraca contrajo nuevo matrimonio con Alfonso I de Aragón, pero el papa lo anularía[iii] en el contexto de una guerra civil entre los partidarios de éste y los del hijo de Urraca, producto de su primer matrimonio.

Diversas fuentes atribuyen a una parte de los magnates la elección del rey de Aragón como nuevo consorte de Urraca, por ejemplo Lucas de Tuy, pero también puede ser que los autores de las fuentes quisieran eximir al rey Alfonso VI de la responsabilidad de un matrimonio que resultó tan desastroso en lo personal como en lo político. Jiménez de Rada no tiene inconveniente, sin embargo, en decir que fueron el rey y el arzobispo de Toledo, Bernardo de Cluny[iv], los que eligieron al aragonés.

El “Pacto Sucesorio” que Enrique y Raimundo de Borgoña habían firmado para apoyarse mutuamente (el segundo, primer esposo de Urraca y conde de Galicia), habría sido considerado por Alfonso VI como una traición, y de ahí su indisposición a considerarlos herederos. Como se ha visto en otras ocasiones de la historia, los seguidores de Raimundo, una vez Urraca reina, se aliaron a ella y abandonaron todo apoyo a Enrique, ejemplo de lo cual son Froila Díaz y Pedro Ansúrez.

Enrique se marchó entonces a Francia[v] en busca de los apoyos que necesitaba, aliándose a su regreso con el rey de Aragón, ya separado de Urraca, de forma que “todo aquello que del reino de la reina ganasen, fuese partido por la mitad entre ambos a dos”. Así se produjo, por ejemplo, el enfrentamiento en Candespina[vi], y en la cercana Sepúlveda se dio la propuesta de los nobles de Urraca a Enrique, ofreciéndole el reparto del reino “con suerte fraternal”, a condición de que éste rompiese su alianza con el aragonés. Así lo hizo Enrique, ignorante de que la reina castellano-leonesa, a su vez, llegaba a un acuerdo con Alfonso I para acabar con las pretensiones de aquel, lo que le llevó a cercar a ambos reyes en Carrión sin consecuencias.

Pero las alianzas, como se ha visto en otras ocasiones, son cambiantes, y de nuevo vemos a Enrique al lado de Urraca y contra el rey de Aragón, donde habrían llegado a ciertos acuerdos que ponían en manos del borgoñón la ciudad de Zamora y el castillo de Cea, aunque la reina ordenó en secreto a los suyos que no hiciesen tal entrega… Y aún Urraca aspiró a reinar sobre territorios al sur del Miño: en un documento aparece Enrique y otros nobles laicos donde se dice que la reina lo es de Toledo, Castilla, León, Galicia y Portugal. Alfonso de Aragón, por su parte, estaba en 1111 en Carrión con sus magnates, haciendo luego donaciones al monasterio de Oña y a la catedral de León.

En medio del caos, donde todos traicionaban a todos, Enrique se había hecho con dominios en Zamora y Astorga, quizá, como dice la Crónica Compostelana, gracias a la ayuda de algunos nobles gallegos. Enrique murió poco después, mientras que Urraca en Saldaña (1126) y Alfonso quizá en Sariñena, donde firmó su último testamento en 1134.


[i] En el extremo oeste de la actual provincia de Cuenca.

[ii] Roberto II, rey de Francia, Roberto I, duque de Borgoña, y Enrique de Borgoña, padre del Enrique aquí estudiado.

[iii] La separación de Urraca y Alfonso como esposos más parece resultado de sus desavenencias de todo tipo que de las órdenes papales.

[iv] Cluniacense y arzobispo de Toledo hasta 1128.

[v] No parece que las fuentes aclaren del todo ese viaje, así como tampoco si recibió la oferta de Urraca para repartirse el reino.

[vi] En el extremo noreste de la actual provincia de Segovia.

En la fotografía, torre de Candespina.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Familias que mandaban en la Corte

destinocastillayleon.es/index/valle-de-mena/

Una tesis doctoral de la que es autor Rafael Guerrero Elecalde[i] demuestra la importancia de las redes sociales formadas por algunas familias para hacerse con diversas parcelas de poder entre los siglos XVII y XVIII. En 1705 fue nombrado secretario del Despacho Universal “de todo lo que no era Guerra y Hacienda”, Pedro Cayetano Fernández del Campo y Salvatierra, segundo marqués de Mejorada, nacido en el seno de una familia muy ligada al servicio del rey. Su padre había sido secretario de Despacho Universal de Felipe IV y Carlos II, teniendo sus raíces en el Valle de Mena, hoy al norte de la provincia de Burgos, pero con principal centro de actuación en la ciudad de Bilbao.

Pedro Cayetano ya fue encumbrado cuando solo tenía 15 años de edad, nombrado comendador de Paralera, en la orden de Alcántara; luego, con Carlos II, fue enviado como embajador a Viena aunque para un tema menor, siendo nombrado a su regreso acemilero mayor del rey y otros cargos. Su fidelidad a Felipe V fue demostrada “con gran dispendio de su propia hacienda” durante la guerra de sucesión a la corona de España.

De todas formas ha sido un servidor de perfil bajo y muy supeditado a las órdenes de los franceses que rodeaban al primer Borbón, falleciendo en 1721 y siendo su sucesor en la secretaría de Despacho su sobrino Manuel Vadillo Estrada y Velasco.

Vadillo nació también en el Valle de Mena y descendía de una familia de infanzones, acogiéndose al primer marqués de Mejorada, quien en 1673 “le introdujo en la covachuela”, término este al que se referían en la época cuando se hablaba de la secretaría de Despacho. En 1706 se produjo la fusión de las secretarías del Norte y la de Italia del Consejo de Estado, manteniendo su propiedad el segundo marqués de Mejorada, por lo que Vadillo ejerció como titular. Su familia fue tradicionalmente patrona de la iglesia de Ciella (en el Valle de Mena) y guardó un asiento al lado del Evangelio.

Como habían hecho sus ascendientes, Vadillo continuó alimentando la cadena de patrocinios y trajo a la corte a jóvenes sobrinos. Dos de estos “parientillos”, dice Rafael Guerrero, fueron los hermanos Manuel y Juan de Viergol Vadillo, del mismo origen. Ambos obtuvieron en 1700 el hábito de la orden de Santiago, y Manuel realizó su carrera al abrigo de uno de los amigos del marqués de Mejorada, el navarro Francisco Castejón Gil Oñate, que en 1699 había sido nombrado “oficial entretenido” de la secretaría de Milán del Consejo de Italia.

Estas posiciones otorgaron a esta gente un amplio poder en materias de Gracia y Justicia y en los asuntos eclesiásticos, situando a sus parientes  en empleos de estos ramos. En 1714, estando vacante el obispado de Calahorra-La Calzada, con una renta de más de diecinueve mil ducados, el confesor del rey, Robinet, promovió a Antonio de Horcasitas y Avellaneda, que era arcediano de Saldaña, al tiempo que tío carnal del tesorero mayor de Guerra en ese momento, conde de Moriana.

Robinet propuso también al rey diversos empleos en iglesias y obispados vacantes: el arzobispado de Zaragoza, los obispados de León, Jaén, Salamanca y Ciudad Rodrigo. El rey confirmó en todo lo que le propuso su confesor. Esta elevación de parientes (Juan Francisco de Viergol era eclesiástico) a través del confesor real se realizó también con otros grupos familiares. Así se nombró al obispo de Coria, mientras que las “piezas” que dejaba vacantes se otorgaron al sobrino de dicho obispo, la prestamera (pensión) de Santa María de Tabladillo, en el obispado de Astorga, y a otro personaje un beneficio simple en la parroquial de San Nicolás de Soria.

Francisco de Viergol, por su parte, se benefició del arcedianato de Saldaña, que había quedado vacante como vimos, y así se cubrió una canonjía de la catedral de Toledo a favor de Francisco Viergol, sobrino de Manuel de Vadillo.

En esta “trama de poder” el marqués de Mejorada fue uno de sus principales componentes, de la que también participaron los parientes de Vivanco y Angulo, el cual, en su testamento, declaró: “los vínculos y mayorazgos que me toca… diezmos, ganados y menudos… libertades de poner y quitar capellán como dueño y señor de las dichas iglesias[ii]… y demás rentas que pertenecen a dichos mis vínculos”.

Otra familia originaria del Valle de Mena era la de los Luyando, uno de cuyos miembros fue protegido del marqués de Villarias, primer director de la Academia de la Historia. La familia Luyando –dice el autor al que sigo- es muy ilustre en Vizcaya, habiendo introducido a dos de sus miembros en las elitistas guardias reales. Lorenzo[iii], uno de ellos, fue llevado a la corte cuando era niño y en 1707 ya le vemos luciendo el hábito de la orden de Calatrava, y más tarde ocupó varios cargos. Leonardo, otro hijo de esta familia, también consiguió el hábito de la orden de Calatrava y luego fue elegido alcalde de hijosdalgo de la Chancillería de Granada.

Estos hermanos fueron parte integrante del gobierno de Felipe V: cuando Melchor de Macanaz dirigió sus últimas reformas y las más extremas (1713), eligió a Lorenzo como jefe de la Sala de Gobierno del Consejo de Castilla y a Leonardo alcalde de Casa y Corte (1714), pero como sabemos, dichas reformas fracasaron. La trama de poder seguía.

Manuel Antonio Acevedo Ibáñez de la Riva, nacido en la merindad de Trasmiera, medró gracias a la influencia de su tío Antonio Ibáñez, arzobispo de Zaragoza, que conociendo la vacante en la Chancillería de Valladolid, influyó para que “por la vía reservada” dicha plaza fuese para su sobrino (la fiscalía de Valladolid[iv]. Así Acevedo continuó ascendiendo en la Administración y en 1706 fue designado fiscal de la Sala de Millones del Consejo de Hacienda…

Estos casos no son los únicos estudiados por Rafael Guerrero: Juan de Golleneche hizo negocios al servicio del rey, la familia de los Villarreal de Bériz también hicieron carrera en la corte durante el siglo XVII, los hermanos “Andicano” lucharon por el control de la producción de armas; Miguel Francisco de Salvador, en la corte, estuvo al frente de las manufacturas reales entre 1705 y 1715; también hubo familias vascas en el abastecimiento de las tropas y el transporte de municiones, arriendos y contrabando; la casa de comercio de Soraburu creó una tupida red de colaboradores; los Aperregui y Miguel Ladrón de Guevara hicieron lo que les correspondió en Tudela; los Idiáquez ya habían labrado su poder en el siglo XVI y luego siguieron al servicio de Felipe V… Los cargos públicos y los negocios, dice Rafael Guerrero, transitaban por el mismo camino.



[i] “Las elites vascas en el gobierno de la monarquía borbónica…”.
[ii] San Juan de Vivanco y San Pedro de Arceo.
[iii] Su padre fue el abad de Vivanco.
[iv] Las cartas del marqués de Mejorada y el arzobispo de Zaragoza han sido estudiadas y citadas por el autor al que sigo aquí.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Nobleza llamada bastarda

Castillo de los Vélez en Mazarrón (Murcia)

La bastardía, a partir del siglo XVI, va a ser penalizada por la Iglesia, que excomulga al casado que viva con concubina, según han estudiado, entre otros, Juan Hernández Franco y Raimundo A. Rodríguez Pérez[i]. También las Cortes, a partir de las leyes de Toro, que consideran se discriminaría, si no, a los hijos legítimos. En 1542 el rey Carlos, por cédula dada en Valladolid, dice que “los hijos de padres hidalgos, legitimados por el rey no se entiendan exentos de pechos y contribuciones”. Felipe II, posteriormente, señaló que “los hijos ilegítimos, legitimados por cartas o privilegios reales no se entiendan serlo para gozar de la hidalguía ni exención de pechos”. No estaban los tiempos para renunciar a recursos que procedían de los que, perteneciendo a las clases privilegiadas, podrían aspirar a no pagar impuestos, aunque el rey hubiese legitimado su situación.

Poco a poco, incluso, el término “bastardo” va a tener una connotación peyorativa, y será una de las cuestiones que las Reglas y Establecimientos de las órdenes militares indicaban que se debían averiguar en los pretendientes al hábito, aunque en la práctica habrá muchos casos de indulgencia en lo referente a la bastardía. Para que no se concediera la indulgencia era más relevante no pertenecer a una familia noble, tener una “mancha” étnica o haber desempeñado oficios “viles”.

Cuando antes se había sido tolerante con los bastardos, hasta el punto de que un hijo ilegítimo de los Médici llegó a ser papa (Clemente VII), el hijo espurio de Fernando el Católico, Alfonso de Aragón, llegó a ser obispo de Zaragoza, y Juan de Austria era hijo ilegítimo del rey Carlos, pero hacia comienzos del siglo XVII ya no será así. Tendrán problemas para adquirir un hábito de orden militar los hijos de solteros o de casados con solteras que no fuesen sus cónyuges, considerándose una ignominia. Pero las casas nobiliarias, tras asimilar a los hijos bastardos como propios, no dudaron en solicitar las dispensas regias correspondientes, no difíciles de lograr ya que los papas actuaban tolerantemente en estos asuntos, lográndose además otro beneficio, pues conseguido el hábito, se reforzaba la cohesión del linaje.

M. Lambert-Gorges ha señalado que “el caballero de hábito es la representación más viva de la ‘armadura’ de la sociedad cristiana”, lo que se complementa con la observación de Domínguez Ortiz de que el hombre del barroco puede pecar contra la moral, pero nunca contra la fe. Y las órdenes militares, a partir de 1516, aunque la santiaguista en la segunda mitad del siglo XVI, insistirán en la legitimidad matrimonial y paternal. Tanto la Iglesia como la Monarquía quieren que las órdenes asuman la noción de familia cristiana establecida en Trento, pero esto no es una “imposición” exclusiva de la Iglesia católica, sino también de otras Iglesias oficiales –particularmente la anglicana-, aunque quienes han estudiado esto convienen en que la efectividad de tales disposiciones como medio de control de la tasa de ilegitimidad personal es dudosa.

En el País Vasco el 81% de los pretendientes a un hábito fueron ilegítimos, y entre las causas que debían haber impedido a los candidatos al hábito, el 46% fueron por el defecto de la ilegitimidad… Luego vendrán las dispensas. Pero –dicen los autores a los que sigo- conseguir el hábito no impidió la ocultación de la mácula de bastardía. En el caso de Mula (Murcia) los informantes del hábito al que aspiraba un miembro de los Fajardo, fueron un caballero y un fraile, hábito que aceptó el rey Felipe III. En dicha localidad, de los 39 testigos examinados, solo uno rehuyó emplear la palabra bastardo.

Otro aspecto interesante es el de la mujer legítima, por ejemplo María Pimentel y Vigil de Quiñones, esposa del IV marqués de Vélez, que asume con naturalidad la existencia de hijos ilegítimos de su esposo, quizá por no molestar la tranquilidad de la forma de vida aristocrática. Pero también el Consejo de Órdenes propone “la solución a la particular actitud desviada de un miembro de una destacada casa aristocrática de Castilla”, que en modo alguno –dice- puede empañar la notoria trayectoria de la familia y sus servicios a la Corona. Y así, el monarca dará el visto bueno para que sus agentes en Roma presenten al papa Pío V una petición de dispensa, lo que este acepta con cierta rapidez (1621). El beneficiario, en este caso, es un bastardo que no podría acceder a la orden militar de Santiago, pero lo consigue por este medio donde los que hacen la ley la incumplen: el aspirante tenía 16 años…

Cuando se ha de informar la solución a una solicitud de hábito, el ser bastardo no es el mayor inconveniente (que ya vemos se dispensaba), sino el ser converso o ejercer oficios “viles”. De todas formas, el valor de los hábitos descendió a lo largo del reinado de Felipe IV, dado el número de ellos que se concedieron. Baltasar Cuart señala que en el caso de Pedro de Portocarrero, hijo bastardo del conde de Medellín, para ingresar en el Colegio del Salvador de Oviedo, aquella condición no fue el problema, sino que se descubre tiene sangre conversa. Con el paso del tiempo la bastardía se considera una ignominia menor, máxime cuando la nobleza española estuvo muy presta a reconocer a la mayoría de sus bastardos, que formaron un grado más de parentesco.

A finales del siglo XVII el VI marqués de Vélez tuvo tres hijas ilegítimas, a las que se recluyó en sendos centros religiosos: una en Oropesa, otra en las Huelgas de Burgos y la tercera en Santa Clara de Madrid. Las dos primeras recibieron pensiones de cuatrocientos ducados anuales cada una, pero la tercera solo trescientos pesos.

Algunos autores han estudiado los casos en Francia y Rusia y ponen de relieve la poca frecuencia con que los nobles legitimaban a sus bastardos, lo que representaba una dificultad para alcanzar un estatus relevante, mientras que en España no pocas veces vive el bastardo en la casa nobiliaria, sino que se sienta a la misma mesa y es tratado como un hijo más. En el siglo XVII ya se empezarán a ver los bastardos de nobles que viven desdichados por haber sido abandonados por sus padres, pero Bernabé Moreno de Vargas[ii] escribió, en sus “Discursos de la nobleza…”, que “hay en Castilla… confirmada por los reyes... que los hijos bastardos y espurios sucedan a sus padres en la nobleza e hidalguía que tuvieren, puesto que sea contra el derecho común y real que dispone lo contrario… lo cual parece se ha de entender con solos los hijos de los Grandes y Ricoshombres…”.



[i] “Bastardía, aristocracia y órdenes militares en la Castilla moderna…”. En este trabajo se basa el presente resumen.
[ii] Emeritense, vivió entre 1576 y 1648.