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viernes, 16 de diciembre de 2022

El Pizarro más astuto

                          Palacio de Hernando Pizarro en Trujillo (fotografía de "Hoy Trujillo")

Como en otras muchas ocasiones, sin la colaboración de los indios no hubiesen sido posibles muchas de las campañas de los conquistadores y pobladores hispanos en América. Los Pizarro fueron buenos exponentes de la explotación de los territorios del imperio incaico desde la década de 1530 hasta pasada la centuria. Hernando fue uno de los hermanos de Francisco, el que se ha llevado la fama por la derrota que infligió a Atahualpa, pero a Hernando se debe la recluta de varios millares de indios de Yatun Tulla. Debía rendir cuentas por el asesinato de Diego de Almagro en el contexto de lo que se han llamado guerras civiles de los españoles en el Perú, y entonces ideó que antes de volver a España para dar explicaciones al rey Carlos, debía explotar unas minas de oro (Porco) en la provincia de Charcas, hoy al oeste de dicha ciudad boliviana.

En las proximidades también se encontraban las minas de Chuitamarca (oro), Aytacara (cobre), Chayanta (estaño) y la de Gunicaba, todas ellas en las inmediaciones del “cerro rico de Potosí”, en el suroeste de la actual Bolivia. Hernando no tenía solo el asunto de Almagro, sino otros problemas judiciales pendientes. Investigadores como Luis Fernández Martín, Rafael Varón Gabai, Esteban Mira Caballos o Mary van Buren, citados por Bartolomé Miranda Díaz (1), han indagado sobre el personaje, sus familiares y las minas mencionadas. El útimo autor citado habla de la prisión que sufrió Hernando Pizarro en el castillo de la Mota (sur de la actual provincia de Valladolid), sobre sus posesiones peruanas, sobre el regreso de Hernando a España y sobre la hacienda de la mina de Porco que poseía.

El descubrimiento y reparto de las minas parece que están ligados a un plan estratégico urdido por los Pizarro para “apaciguar las iras del emperador Carlos V”. Tras el ajusticiamiento de Diego de Almagro y Chalku Yupanki en 1538, Hernando tendría que rendir cuentas al rey y sería mejor hacerlo con las manos llenas por ver si la justicia era así más benigna; por ello Hernando y Gonzalo Pizarro idearon reunir un tesoro similar al del rescate de Atahualpa, sabedores de ciertas minas en la provincia de Charcas de la que Hernando era comendador desde 1534. Además estaba el interés por ampliar el control sobre territorios, que se haría en nombre del rey, por ello Hernando decidió perdonar a un colaborador de Almagro, Pawullu, nombrándolo Inka. En efecto, saliendo del Cuzco recibieron el apoyo del señor de Azangaro, Waku Tupa, y en la campaña de Cochabamba los españoles “pacificaron” el territorio, se anexaron más tierras y, mediante el saqueo de los templos, consiguieron objetos de oro y plata.

Según el obispo de Cuzco, Vicente Valverde, fue entonces cuando Hernando se hizo dueño de las minas de Porto, si bien formalmente después de hablar con Awkimarca en 1538, cuando Inka Pawlu convenció a los otros señores de Charcas para que se sometieran a la obediencia de Pizarro y por lo tanto del rey de España. Así se supo el paradero de las minas de Porco, las del río Chuitamarca, las de cobre de Aytacara y las de estaño de Chantaya, pero se mantuvo el secreto sobre las minas de plata de Potosí. Hernando fundó entonces la Villa de Plata antes de encaminar sus pasos hacia Castilla para rendir cuentas, lo que hizo a finales de 1539.

Hernando no supo la expectación que en la Corte había por su llegada, ni tampoco la suerte que le esperaba; lo cierto es que fue enjuiciado y condenado por el asesinato de Diego de Almagro y recluido en el alcázar de Madrid, donde estuvo unos meses. Cuando obtuvo la libertad escribió al rey para pedirle el perdón mediante el ofrecimiento de las riquezas que poseía. El autor al que seguimos supone que Hernando jugó sus bazas, pero sin saber el rendimiento que aquellas minas darían, no acertó en sus intentos ante el rey y a comienzos de 1543 la Corte y los Consejos, reunidos en Valladolid, decretaron nuevamente su reclusión, esta vez en el castillo de Medina del Campo, donde quedó preso hasta 1559.

Esto no es todo porque mientras tanto la suerte de los suyos en Perú se había deteriorado aún más, hasta el punto de que los almagristas, capitaneados por Diego (el hijo del asesinado), habían asesinado a Francisco Pizarro en 1541, aunque el “festín” no acabó aquí porque el joven Almagro fue asesinado después por Vaca de Castro, al tiempo que, por enfermedad, murieron Diego de Sosa y Diego de Alvarado (por envenenamiento en este último caso dijeron algunos), principales acusadores de Hernando. Pero el fiscal del caso, Juan Villalobos, le acusó entonces de otros delitos mayores ante un tribunal formado por tres miembros del Consejo de Castilla: la reclusión de Fenando en la Monta continuó. Y es curioso –dice Bartolomé Miranda- que estar preso durante tantos años no le impidió mantener contactos en Castilla y Perú. Un colaborador suyo pudo embarcarse a Indias y velar allí por los intereses de Hernando y contra las argucias políticas y militares de Gonzalo Pizarro, su hermano, cuando aquel todavía confiaba en este. Las minas ya habían empezado a explotarse, pero de forma inadecuada y con robos de por medio, siendo el mayordomo de Hernando, Pedro de Soria, el que inició los trabajos sacando inicialmente importantes cantidades de plata, parte de las cuales le fueron arrebatadas por Almagro hijo durante su alzamiento de 1542; luego se hizo cargo de las minas Gonzalo Pizarro, primero en nombre de Hernando y luego como usurpador hasta su muerte en 1548, como consta en una carta enviada por Hernando Pizarro al rey en 1554. Fue mientras Gonzalo estaba al frente de las explotaciones cuando se tuvo noticia de las minas de Potosí, mucho más ricas como se sabe. Luego tuvo que poner orden en aquella situación de ambiciones el obispo de Palencia, Pedro de la Gasca.

Durante la vida de Gonzalo algo recibió Hernando preso en Medina del Campo, pero tras la muerte de aquel solo “dos planchas grandes y unos pedazuelos de plata”, y por información de sus colaboradores en América se le dijo que lo que sus tierras daban (trigo y maíz) se lo llevaban la explotación de las minas. En 1549 ideo Hernando enviar a un colaborador suyo a Flandes para pedir en su nombre el perdón del Emperador, sin resultado alguno. Entretanto, en América la situación de los territorios administrados en nombre de Hernando Pizarro parece que comprendia el de los indios chichas, charcas, chiriguanos y hatunrunas, asentados en Porco y Potosí, así como los indios de Chayanta y la propia Chichas. Y no deja de ser curioso –dice Bartolomé Miranda- que sean solo los indios de Chayanta y Charcas los que pagasen tributo con plata ensayada y marcada; a todos los demás se les cobraban los tributos en maíz, plata y en menor medida trigo. La explotación  de  Porco  estaba  habitada  por  un  destacamento  de  españoles, algunos soldados y un capellán, y había  una  serie  de  casillas destinadas a cobijar a los indios, negros y yanaconas (esclavos de la nobleza indígena) que, o bien desarrollaban labores de servicio o eran trabajadores de la mina.   

Las ambiciones y traiciones iban por un lado y el culto religioso por otro, pues Hernando mandó fundir mineral para hacer una campana que sirviese a la iglesia de Porco, y un mercedario actuó de capellán en dicha localidad, un sacerdote en Charcas, etc., todos los cuales tenían la obligación de enseñar la doctrina a los indios y a los negros, pero es curioso advertir como, pese a la peligrosidad que el proceso implicaba, el mayordomo continuó poniendo en práctica la técnica de abrir galerías, iluminadas con velas sobre candelas, además de sebo. Fue necesario construir una grúa para la limpieza de la mina y para la extracción del material, lo que se encomendó a un carpintero y a un herrero, y sabemos que los indios eran los mayores protagonistas, pues tenían la tarea más masiva y pesada, como era la de picar y sacar la piedra; una vez fuera del yacimiento, el mineral era lavado por los yanaconas, quienes lo dejaban listo para ser sometido al siguiente proceso, el de fundición. Los negros se encargaban entonces de accionar los fuelles para avivar la combustión y conseguir que el metal se separase de la roca, “una tarea tan poco gratificante como peligrosa ya que el calor y el humo les producía a menudo úlceras” -dice Bartolomé Miranda- quedando la mayoría de ellos tullidos de piernas y brazos.

Desde prisión informaba de esto Hernando al rey, quizá por hacer ver que tenía la humanidad suficiente para ser perdonado: los negros que traen los fuelles dicen  que  se  engrasan  mucho  del  humo,  y  los  que  se  engrasan  tollécense  de  piernas y brazos, así que no es posible fundir con negros. A esta crónica dolencia se sumaba además el hecho de que el envío de negros a las Indias  desde  Sevilla  era  extremadamente  caro,  no  sólo  por  los  costes  del  viaje  sino,  fundamentalmente,  por  las  pérdidas  humanas  que  durante  el  trayecto  se  producían  debido  a  las  malas  atenciones  que  sus  custodios les prestaban. Sabemos que Hernando envió  negros  en  dos  ocasiones  para  sus  minas  de  Porco  desde  su  presidio  en  la  Mota. Se ve que pudo administrar su hacienda desde la cárcel y hacer negocios desde ella. Puesto en libertad en 1561, aún vivió diecinueve años más y pudo hacerse el magnífico palacio que luce en la villa de Trujillo.

(1) "Las minas y asiento del Porco: nuevos datos sobre la hacienda rica de Hernando Pizarro en Indias". En este trabajo se basa el presente resumen.

lunes, 12 de diciembre de 2022

Cuzco virreinal

 

Una conferencia de Don Rafael Ramos aporta interesantes datos y reflexiones sobre la ciudad que fuera capital del imperio Inca hasta la primera mitad del siglo XVI. Junto con la ciudad de México –dice- no se trató de colonizar y fundar dichas ciudades por parte de los españoles, porque ya tenían su historia; además, en los dos casos se trató de ciudades extraordinarias, las dos en el interior del continente y en altiplanos, pero a bastante más altura el Cuzco.

El trazado urbano de Cuzco es bastante regular, tanto el de época incaica como hispánica. Asomadas a la plaza mayor se encuentran dos iglesias principales, la catedral y la de los jesuitas, circunstancia inédita, pues la segunda queda equiparada, así, a la sede metropolitana. Toda la ciudad es el imperio de la piedra, lo que contrasta con Lima, configurando un paisaje urbano donde se plasma la tradición del trabajo de la piedra con un resultado plástico, quizá único por sus texturas y la disposición de los sillares, muchas veces irregulares, con una geometría acusadísima. Las calles con muros empedrados corresponden a donde se encontraban antiguos palacios de la gente principal en época incaica, que se han conservado aunque no las residencias. Algunos de los sillares están decorados con animales en relieve, espirales, líneas curvas, lazos, formas sinuosas y cruces, todo ello de época incaica salvo el último caso, donde la influencia hispánica quizá llevó a labrar dichas cruces como muestra del primer mestizaje cultural.

La iglesia de los jesuitas no es la original, pues un terremoto en 1650 obligó a construir otra nueva en estilo barroco, aunque las bóvedas son de estilo gótico con nervaduras muy parecidas a las europeas, quizá porque soportan mejor en el caso de nuevos seísmos. En cuanto a la catedral, predominan las líneas horizontales, muestra de la influencia renacentista aunque la portada es barroca. En su claustro principal, de dos pisos los españoles incorporaron el arco de medio punto; como en el claustro también renacentista de la iglesia de Santo Domingo, construida sobre los restos del antiguo templo del Sol de época incaica: edificio macizo donde aun se conservan elementos prehispánicos, como un muro curvo frente a la cabecera de la iglesia (es obra de la segunda mitad del s. XVI).

En unas iglesias y otras, pero esto no solo en Cuzco sino en en los Andes peruanos, tienen importancia los púlpitos, trabajado su barroquismo con gran habilidad, y en el Museo de Arte Religioso del Arzobispado hay una serie de pinturas alusivas a la festividad del Corpus Christi. El arzobispo Manuel de Molinero Angulo[i], en el siglo XVII, aportó algunos cuadros de Herrera y el Greco entre otros famosos pintores, y fue mecenas de artistas locales indígenas, asombrando cómo estos asimilaron y adaptaron el barroco europeo.

Hoy, dentro de Cuzco, se encuentra uno de los antiguos pueblos de indios con su sencilla iglesia que nada tiene que ver con las que hemos citado arriba, de igual forma que otras de pueblos de indios fuera de Cuzco que tienen en común una sobrecargada decoración interior, sobre todo de pinturas donde dominan vistosos colores, algunas al fresco y otras en cuadros; también encontramos en estas pequeñas iglesias frescos en el exterior cuyo tema es el religioso, pero mostrando también muchos detalles costumbristas: procesiones, los diversos tipos según clases sociales o razas, el mestizaje, etc. En sus fachadas principales suelen tener una balaustrada con una función práctica: la de que se predicase o incluso oficiase la misa para una feligresía en el exterior (cuando el aforo interior no era suficiente).


[i] Nacido en Madrid, falleció en Cuzco en 1699, habiendo sido arzobispo desde 1671.

Fotografía: imachupicchu.com/es/ruta-religiosa-cusco/

martes, 29 de noviembre de 2022

Jefes militares en América latina

 

                                                            eldiario.net/diario/sigl.html

Es correcto decir que las guerras de independencia americanas de la monarquía española fueron guerras civiles, no solamente porque los ejércitos enfrentados estaban formados por peninsulares y americanos, sino porque en los ejércitos patriotas hubo disensiones, enfrentamientos y guerras que alargaron el proceso. La idea simplista de que hubo solo dos bandos, uno realista y otro patriota, no obedece a realidad alguna.

Sobran los ejemplos para confirmar lo dicho, pero aquí nos vamos a referir a Andrés de Santa Cruz, nacido en 1792 de padre español y madre mestiza, heredera esta de un cacicazgo o curacazgo, por lo que pertenecía a la nobleza española[i] y a la andina. El mismo Santa Cruz primero luchó en los ejércitos del rey de España hasta que fue derrotado, y bien por conveniencia, por convicción o por sentido de la realidad (corría el año 1820 y las cosas pintaban mejor para los patriotas) se pasó al bando que había combatido desde 1815, si bien siendo entonces muy joven.

La independencia de Perú y Bolivia, como otros casos[ii], se produjo en combinación de las fuerzas partidarias de la independencia, pero con no pocas desavenencias y traiciones entre ellas. Un ejemplo es la guerra federal entre el sur y el norte, con participación indígena, que enfrentó a ejércitos peruanos, bolivianos y argentinos, contra ejércitos chilenos y argentinos entre 1836 y 1839, por lo tanto cuando ya los ejércitos españoles se habían retirado de sus antiguas colonias[iii]. Parece que Santa Cruz siempre aspiró a una confederación o unión entre Perú y Bolivia (este último país fue conocido durante mucho tiempo como Alto Perú), y el mismo Santa Cruz llegó a ser Presidente del Gobierno peruano durante el mandato de Simón Bolívar; luego aspiró a presidir el país pero fue elegido José de la Mar (1827), dedicándose entonces a conspirar junto con otros hasta conseguir destituirlo. De la Mar había estado al servicio del Virreinato del Perú, luchó en el ejército realista antes de pasarse a los patriotas, y como queda dicho, fue Presidente del Perú después de haber colaborado con Bolívar en tareas gubernativas. Parece un ejemplo más de guerra civil entre americanos, pero hay muchos otros.

A Bolívar se le considera en América latina “el libertador”, pero lo cierto es que su política de unión territorial en la Gran Colombia fue traicionado por sus colaboradores, entre los que se encuentra José de la Mar. El protagonismo de estos caudillos durante las guerras de independencia de la metrópoli española les encumbró social y políticamente, razón por la que aspiraron a llevar adelante sus propios proyectos, en muchos casos personales, como ocurrió en España tras las guerras de 1808 y 1833.

No se entiende la historia política de América latina de los siglos XIX y XX sin tener en cuenta el protagonismo del ejército, un estamento que pretendió sustituir o colaborar con las aristocracias respectivas, con los hacendados o dueños del dinero y con las potencias europeas emergentes, particularmente Inglaterra y Francia.

A tal punto esta interpretación se puede considerar correcta que fueron muchos los casos en que, independientemente de las políticas llevadas a cabo, en ocasiones modernizadoras, la pretensión de perpetuarse en el poder fue constante, como constante la sucesión de constituciones políticas hechas al dictado del grupo hegemónico en cada momento; y de ahí los continuos golpes de estado, asonadas, pronunciamientos y guerras civiles que lastraron a las jóvenes repúblicas. El periplo vital y político de Andrés de Santa Cruz antes, durante y después de la independencia de Perú y Bolivia, muestra en una sola persona lo que decimos, hasta el punto de que de exaltarlo pasó a ser denostado.

Son pocos los casos en los que, tras unos años de servicio al Estado, se produjo una retirada ordenada a los empleos civiles o militares correspondientes. La permanente tentación de los jefes militares (incluso los de mediano escalafón) a interferir en la vida política de los países es evidente.



[i] El ascendiente más antiguo conocido era oriundo de la actual provincia de Cáceres, y ya estaba al servicio del Rey, como militar de alta graduación, a finales del siglo XVII.

[ii] Los Estados que formaron la Gran Colombia, los territorios del istmo americano, el conflicto bonaerense con las provincias, el caso de Venezuela, etc.

[iii] Aunque se suele hablar de reinos y no de colonias cuando se trata de Nueva España, Perú, Guatemala, etc., en otros casos se acepta el término colonia en un sentido amplio. La batalla de Ayacucho, en 1824, se considera la última derrota militar española.

lunes, 28 de noviembre de 2022

Tiwanaku

 

                                           Cabezas esculpidas y empotradas entre los sillares

Entre el oeste de Bolivia, el sur de Perú y el norte de Chile se desarrolló, en un largo período de tiempo, la cultura Tiahuanaco. Con sus sacerdotes y cultos, sacrificios y otros ritos, no parece diferenciarse de otras muchas culturas, antiguas y más recientes, pero también presenta características singulares que se desarrollaron durante un largo período antes y después de Cristo. Bajo las casas excavadas se han encontrado enterramientos colectivos, bien conservados en los casos en que las condiciones climáticas así lo han permitido, pero no así en las zonas andinas, donde la abundante humedad y las lluvias ecuatoriales habrían hecho su trabajo.

En la Puerta del Sol de Tiwanaku, centro religioso y yacimiento al sur del lago Titicaca, se ha creído durante mucho tiempo que se representa al dios Wiracocha, pero lo cierto es que esta divinidad es de época inca, muy posterior. Las construcciones presentan grandes sillares bien labrados, precedente de lo que mucho más tarde veremos en Machu Picchu.

Las casas, según muestra la arqueología, eran de planta cuadrangular, y piedras apiladas han sido interpretadas como ofrendas; también se han conservado “observatorios místicos”, consistentes en unas piedras que sostienen, como si de una gran mesa se tratase, otra mayor sobre aquellas. Monolitos y caras encajadas entre los sillares de las edificaciones son propias de esta cultura. Algunas de las áreas donde se desarrollaron las formas de vida tiawanaku son áridas y desérticas, sobre todo en las costas del sur de Perú y norte de Chile, donde el régimen de lluvias es mínimo, pero en las zonas montañosas de Bolivia, los taiahuanacos construyeron canales de regadío que permitieron la agricultura.

Los principales yacimientos se encuentran al sur del lago Titicaca, más concretamente al sur del lago Winaymarka, que está en comunicación con el primero por un estrecho canal a una altura media de 3.900 metros sobre el nivel del mar. Al sureste está el yacimiento de Konchamarka, y más al este el de Cochabamba, entre la selva Chapare y el valle Quillacollo. En el sur de Perú hay varios yacimientos en el valle de Moquegua, y en el norte de Chile está el yacimiento de Azapa, en el valle del mismo nombre y cerca de Arica; más al sur se encuentra el yacimiento de San Pedro de Atacama.

La larga duración de la cultura Tiawanaka, desde mediados del segundo milenio antes de Cristo hasta el s. XII d. de C., ha obligado a los especialistas a hacer una periodización que, no obstante, está hoy puesta en cuestión: la etapa de las aldeas, la de la aparición de ciudades y la del imperio (otros hablan de Tiwanaku I, II, III, IV y V). Los datos apuntan a que se trató de un estado teocrático, siempre que no demos a la palabra “estado” un significado estricto, llegando más adelante a la división del trabajo, la arquitectura colosal, obras hidráulicas, agricultura, sacerdotes y otras culturas absorbidas por Tiwanaku. También se discute si esta cultura llegó a constituir realmente un imperio, lo que implicaria ejércitos y guerras, pues no se han hallado fortificaciones, aunque sí una gran zanja que rodea el yacimiento principal. Se ha llegado a sugerir una guerra más bien ritual que convencional.

La época que se ha conocido como imperial (estando en cuestión hoy en día lo acertado o no de esta denominación) va desde el 700 al 1200 d. C., cuando la decadencia cultural daría paso a una mayor intensidad de las relaciones entre Tiwanaku y el resto de las regiones bajo su influencia cultural. Lo cierto es que no hay evidencias de conquistas, pero sí influencias religiosas desde un centro a todos los territorios bajo su influencia cultural, e igualmente el comercio y la evidencia de migraciones; tampoco han aparecido armas ni siquiera en los ajuares. Sería la época de artesanos especializados, pesca en los lagos, ganadería de llamas y alpacas, etc. El templo de Kalasasaya, por ejemplo, es una muestra del trabajo de la piedra, habiéndose construido, al parecer, orientado según interesó para interpretar las diversas estaciones del año, lo que es común a muchas otras construcciones de diversas épocas y países. Piedra que también fue empleada para esculpir estatuas en monolitos, además de elementos decorativos como serpientes, felinos, y otros antropomorfos, habiendo sido identificada esta iconografía como heredada de época anterior,

En cuanto a la cerámica lo más destacado son los vasos de boca ancha, decorados con colores negro, naranja, rojo, y en ocasiones con incisiones, pero no son la cerámica y los monolitos los únicos soportes para las decoraciones: telas con iconografía muy diversa y madera también se han conservado, sobre todo en los casos donde el clima seco de Perú y Chile lo han permitido.

Tiwanaku, como yacimiento, es el más excavado de Bolivia, según el antropólogo José Luis Paz, habiéndose convertido en un símbolo de identidad sobre todo en La Paz, donde los motivos tiawanakos aparecen en edificios públicos, aeropuertos, etc. También se han descubierto zonas de paso en los valles orientales de los Andes. En todo caso, según el arqueólogo Juan Villanueva, se observa una gran diversidad por la topografía, la costa, el interior y los recursos disponibles. Entre los dos yacimientos estudiados en el norte de Chile no hubo influencia Tiawanaku (Azapa y San Pedro de Atakama), lo que habla de una cierta discontinuidad geográfica. Sin embargo parece evidente la influencia entre la cultura wari (en la zona occidental de Perú) y la tiawanaka, aunque estas interacciones fuesen irregulares en el tiempo

Por lo que respecta al yacimiento de Tiwanaku, no reúne las condiciones de una ciudad en un sentido estricto, pero sí está documentado que albergó a una cantidad de población numerosa y que fue un centro ceremonial. En las zonas montañosas (Bolivia) se han comprobado pisos ecológicos para la práctica de la agricultura, donde fue cultivado el maíz, la yuca, papa y frutales entre otros productos. La evidencia de boleadores habla de sociedades pastoriles donde las llamas serían los animales principales.

Hoy se sabe que el lago Titicaca ha descendido su nivel, en los últimos años, 30 cm., lo que indica que cambios climáticos a lo largo del tiempo pudieron haber producido efectos parecidos, en un sentido o en otro. ¿Qué impresión tendrían las mujeres y los hombres de épocas remotas, que observasen estas variaciones en contacto con la naturaleza, que tenían creencias animistas, que han tenido como dios al Señor de los Báculos en el dintel de la Puerta del Sol?

 

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Guerra y dinero en el Perú de la independencia

Paisaje de Ayacucho

San Martín, el “gran protector” de Perú durante la guerra contra los realistas españoles en los primeros años de su independencia, se encontró con una dificultad añadida a las campañas bélicas, la falta de dinero para financiarlas, además de para hacer funcionar a un nuevo estado.

Dionisio de Haro Romero ha publicado un trabajo muy interesante sobre este asunto[i]. La Casa de la Moneda de Lima, en manos de los patriotas insurgentes, era el principal instrumento monetario con el que contaban, mientras que la Casa de la Moneda de Cuzco estaba en manos de los realistas[ii]. Dándose la circunstancia de que mientras el norte y la costa estaba en manos de los patriotas, el centro y sur lo estaba en manos de los realistas, de forma que los primeros tenían los medios técnicos para acuñar moneda pero no metales preciosos, al contrario que los segundos.

La política monetaria tradicional, que consistía en la exportación y el atesoramiento, estuvieron presentes en el Virreinato, y la política de prohibiciones y rígidas normas de circulación de numerario metálico no impidieron el tráfico ilegal que acabó por “secar” –dice el autor al que sigo- los circuitos monetarios internos peruanos, siendo habitual que en numerosas transacciones mercantiles se recurriese a los ajíes (un tipo de pimiento peruano), cacao u otros medios. El Virreinato oscilaba entre la inflación ocasionada por el dinero de ínfima calidad, y la deflación por la escasez de numerario. Así ocurrió con la emisión de vales reales en la época de Fernando de Abascal[iii] (1815). 

Con la expedición libertadora de San Martín y su desembarco en Pisco (a unos 250 km. al sur de Lima, 1820), el Perú inició un largo ciclo de guerras en el que el dinero y las necesidades  de financiación por parte de los bandos enfrentados  adquirió máxima dimensión, obligando a explorar iniciativas monetarias novedosas. La escasez de numerario se agravó a partir de 1821, de forma que la acuñación de la Ceca de Lima, valorada en unos cinco millones y medio de pesos anuales, casi en su totalidad tomaba el camino de la exportación o se empleaba en la tesaurización. Únicamente el numerario chileno desde 1817, como ya ocurría en España con la moneda francesa desde la guerra de 1808, vino a paliar parcialmente el pobre volumen de circulante interior, acabando por ser legal su curso a partir de 1821. La escasez de numerario era tal que acabó por afectar al comercio minorista limeño, dándose el curioso caso de las fichas de pulpero, piezas de plomo u otro material, emitidas por colmados, pulperías y bodegas con el objeto de poder realizar compras que en el futuro se hiciesen en el mismo establecimiento que las entregaba como cambio. Estas fichas acabaron siendo aceptadas como pago por otros comerciantes y el público en general. Las pulperías consolidaron, a falta de respuesta oficial, una curiosa red monetaria actuando como entidades emisoras en el estrato inferior de la circulación monetaria.

El modelo aún resistirá y competirá con los cuartillos emitidos por San Martín en la fase del Protectorado. En la primera mitad de 1821, la acuñación de plata por parte de la Casa de la Moneda de Lima se redujo a una cuarta parte en comparación a 1820. Previamente, esta Casa de la Moneda había sido descapitalizada por las fuerzas realistas, lo que se unió a la ya larga crisis de la economía peruana, teniendo en cuenta que las minas de metales preciosos permanecían en poder de los seguidores de La Serna, virrey entre 1821 y 1824.

Haro Romero recoge una cita en la que se dice que el Ministerio de Hacienda considera que “habría sido mayor el producto si la casa [de la Moneda] no hubiera sufrido el detrimento de perder todos sus fondos en Ancon [puerto en la costa central]… Con más numerario habría sido mayor el número de compras de marcos de chafalonía[iv] en el banco de rescate… el Excelentísimo Sr. Protector del Perú… ha resuelto que se puedan tomar algunos capitales hasta que completen la suma de cien mil pesos al seis por ciento de interés, pagaderos de seis meses en adelante…”. Es decir, se recurrió a un empréstito a modo de deuda pública.

El objetivo era disponer de los fondos necesarios para financiar el esfuerzo de guerra, al tiempo de tener liquidez para sostener la precaria actividad económica interior: así, se creó en 1821 el Banco Auxiliar de Papel Moneda (banco emisor). Para esto se formó una comisión que tomó como modelo los sistemas de crédito europeos, y en especial el caso británico, para tener papel moneda peruana. La comisión también se inspiró en la obra de José Alonso Ortiz, “Ensayo Económico sobre el sistema de la moneda-papel…”, publicada en Madrid en 1796. Pero la clave es que el mercado tuviese confianza en este sistema, por lo que se siguió un escrupuloso cumplimiento de los compromisos de redención.

El plan arrancó con una garantía de un millón de pesos obtenidos a partes iguales por el estado y de aportaciones particulares procedentes de comerciantes y propietarios. El Perú era pobre, pero el dinero estaba en manos de unos pocos, y el banco emisor, durante su corto recorrido en esta función, realizó aportaciones mensuales a la Hacienda de San Martín que oscilan entre un máximo de 90.000 pesos y 20.000, alcanzando un volumen total de 360.000 antes de la extinción de este modelo en septiembre de 1822. Pero la economía peruana no era solvente, y dicho sistema resultó imposible por el extraordinario volumen de papel-moneda puesto en un mercado muy frágil; en segundo lugar por la imposibilidad de lograr un mínimo de reservas –condición necesaria- para sostener el impulso fiduciario, que se intentó solucionar con el metálico “Perú Libre” aprobado mediante decreto.

Estas monedas –dice Haro Romero- fueron anecdóticas en el mercado, a la espera de que los yacimientos de plata y oro del interior cayesen en manos de los seguidores de San Martín. En definitiva, sin base metálica, comenzó la discusión sobre la viabilidad del sistema, ya que los gastos militares iban en aumento. Se pensó en extinguir el papel-moneda y redefinir las funciones del banco emisor.

Se comisionó a unos comerciantes para la extinción del papel-moneda, pues no estaba sustentado en los metales preciosos que daban fe de aquel; dichos comerciantes serían reintegrados de sus desembolsos con los derechos de aduana; se expendería en la renta de Tabacos cuanto quisiera comprar el público sin necesidad de pagar dinero; el banco no haría circular más papel hasta que se extinguiese en su totalidad… Ganar la guerra no fue suficiente: el nuevo gobierno de Perú tuvo que dar solución a este importante problema, pues la economía no tiene patria…



[i] “Guerra y moneda durante la Independencia del Perú, 1820-1824”. En un capítulo de este trabajo se basa el presente resumen.
[ii] Incluyendo cerro Pasco, en el centro del país y al norte del lago Chinchaycocha.
[iii] Aristócrata español y Virrey del Perú entre 1806 y 1816.
[iv] Hechos con objetos fundidos de plata y oro.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Abuso y conflicto en Perú

imperiostravel.com/es/urubamba.php

Una de las provincias de Perú es La Convención, y el distrito de Lares está en la de Calca, región del Cuzco. Estos territorios y los valles de Urubamba (Vilcanota), son los que ha estudiado E. Hobsbawn para conocer la naturaleza y actividad de uno de los movimientos campesinos en el siglo XX. La Convención, dice dicho autor, cubre aproximadamente el 54% de la región de Cuzco (unos 45.000 km2) y es una zona de colinas y de selva a 1.000 ó 1.200 metros de altura, separada del resto de la región por montañas y pasos estrechos. Hasta los años treinta o cuarenta del siglo XX, estas zonas estaban totalmente aisladas, con una población escasa y una economía inutilizada que se dividía nominalmente en tierras públicas y unas cuantas fincas gigantescas que alguna vez, dijeron los campesinos, tenían una condición legal dudosa.

La posición de los pocos hacendados era la que cabía esperar en las selvas del Perú, dueños de “vida y hacienda”, y si hay en todos los movimientos campesinos de la región un tema constante es el del resentimiento contra los abusos que los poderes de los terratenientes hacían por sí o por medio de sus gamonales: penas corporales, torturas, muertes, explotación sexual de la campesina, etc. El principal y más impopular de los propietarios era Alfredo de Romainville, cabeza de una familia cuya hacienda original, estimada en unas 500.000 hectáreas, adquirió un tal Mariano Vargas, dividida después la propiedad en unidades algo menores entre Carmen Vargas de Romainville y María Romainville de la Torre.

El proceso de división del territorio original ha proseguido, aunque la hacienda principal, Huadquiña (en cuyo beneficio quizá se construyó el ferrocarril de Cuzco-Huadquiña), tenía todavía, en la década de los sesenta del siglo XX, más de 100.000 hectáreas, incluyendo en ellas epicentros de la rebelión como el bastión del guerrillero Hugo Blanco, Chaupimayo. Hacía 1962, la región tenía 174 haciendas, pero ninguno de sus propietarios tenía la importancia de los Romainville. También eran impopulares los Bartens (hacienda Chacamayo, en el valle de Lares) que tenían unas 45.000 hectáreas, los Márquez y otros.

El ferrocarril de vía estrecha que empezó a funcionar en los años treinta, entre Cuzco y Santa Ana (Huadquiña), abrió esta zona a una economía de mercado, y entonces el café, la caña, la fruta, el cacao y otras cosechas e extendieron con vistas a la exportación. Pero una epidemia de paludismo entre 1930 y 1936 parece haber diezmado la ya de por sí escasa población y habría contribuido a la emigración y venta de tierras. Otros inmigrantes venidos de las montañas ocuparon el lugar de los que se fueron, pero el ser humano no fue el único culpable de las desgracias, pues las sequías y los terremotos fueron frecuentes. Los inmigrantes no tenían tierras y los hacendados tenían muchas, pero sin trabajarlas, no estando dispuestos a pagar salarios decentes a los trabajadores. Por si ello fuese poco se practicó el arrendamiento de parcelas para que fuesen cultivadas, pero sin seguridad alguna para los arrendatarios de que conservarían el arriendo aunque hiciesen mejoras en las explotaciones. Los productos debían venderse a través de los hacendados, por lo que las plusvalías de la comercialización beneficiaban a estos, mientras que los campesinos habían de comprar esos productos a los hacendados a precios abusivos.

Si la cosecha del arrendatario era buena, una parte se daba al hacendado, y hubo así unos 4.000 trabajadores según Hobsbawm, que tenían que subarrendar parcelas más pequeñas en condiciones análogas, haciéndolo a unos 12.000 “allegados”, que cumplían en condiciones de servidumbre. Por debajo estaban aún los braceros o jornaleros, pagados diariamente en metálico o especie. El total de los campesinos de estos valles se calcula, por lo menos, en 60.000, y los arrendatarios distaban mucho de ser proletarios, sino que jugaban el papel de conservar el sistema, aunque en 1962 se vio su oposición a los hacendados. De hecho, las agitaciones campesinas de La Convención tuvieron como líderes a los arrendatarios, que en ocasiones contaron con la colaboración de los “allegados”.

Los arrendatarios quisieron pasar del sistema feudal en que trabajaban la tierra a otro de tipo capitalista, o llegar a la propiedad campesina. Así, las exigencias principales de la huelga general de arrendatarios de 1961-1962 abogaban por los cambios siguientes: abolición de las servidumbres de trabajo, sustitución del arriendo en metálico, nuevos arriendos por un mínimo de seis años (en otros casos, diez), el derecho de sembrar el 10% de la tierra con cultivos alimenticios, el derecho a comprar tierras, prohibición de la obligación de vender las cosechas al hacendado… Así se llegó a un acuerdo con la Compañía Agrícola S. A. de contratos bienales, abolición de las dos semanas de trabajo con salario fijado por el hacendado cada seis meses, reconocimiento por los hacendados de las mejoras hechas por los arrendatarios, que quedarían libres de vender su cosecha de té donde quisiesen, la compañía pondría una escuela e introduciría la electricidad…

No hay pruebas suficientes sobre una agitación independiente de los “allegados”, aunque es evidente que la abolición de las servidumbres personales les beneficiaron. Hacia 1962 la Federación Campesina tenía 110 sindicatos afiliados en la provincia, con 20 a 600 miembros cada uno. Su poder se demuestra porque en ese año el gobierno peruano dictó varias medidas especiales en pro de una reforma agraria en La Convención y hasta la Cámara de Comercio de Cuzco se dirigió oficialmente al gobierno pidiendo la inmediata ejecución del anunciado Plan de Reforma Agraria. Esto fue posible gracias a la solidaridad del campesinado, aunque hemos visto que no todos gozaban de los mismos estatutos. A pesar de la pobreza general, los campesinos de La Convención no eran personas de ciudad, indios y no criollos. Los inmigrados eran en su inmensa mayoría indios, el quechua seguía siendo el idioma hablado en los mítines de los sindicatos, pero el castellano se entendía ampliamente. Los dirigentes sindicales habían superado el analfabetismo y, según Hobsbawm, esto se debe a la organización comunista.

Algunos aspectos de las injusticias sufridas chocaron más a unos campesinos que a otros, pero a los jornaleros y braceros, que no tenían interés directo en las exigencias de los arrendatarios y “allegados”, la existencia de cualquier movimiento de resistencia campesina contra los señores ofrecía la posibilidad de reclamar eficazmente sus derechos, o aún de reconocer la existencia teórica de esos mismos derechos, y esto se demuestra porque los salarios subieron. El autor al que sigo explica el éxito de las reivindicaciones por la tradicional fuerza del partido comunista y otras organizaciones marxistas en la región de Cuzco. En esta parte de Perú el APRA[i] nunca logró afianzar su influencia del modo que lo hizo en el norte. Los comunistas venían trabajando la región desde 1934, e intelectuales junto con abogados, empleados bancarios y maestros prestaron sus servicios al movimiento sindical. Un ejemplo de sindicalista aguerrido fue Andrés González, uno de los jefes del movimiento de Hugo Blanco en Chaupimayo; de niño trabajó en la hacienda Sullupuchyo, de la familia Luna, que estuvo en permanente conflicto con la comunidad indígena. González, en venganza por abusos sufridos, entró en la hacienda y robó los títulos de propiedad que luego quemó. Luego se estableció en Chaupimayo (1946) y estableció contacto con personal político.

Como González hubo otros en las regiones fronterizas de la cuenca del Amazonas, que fueron los cuadros naturales de los movimientos campesinos. En La Convención el movimiento renació al caer la dictadura de Odria en 1956. Puede que empezase como rebelión contra los Romainville de Huadquiña, y parece que la causa inmediata fue que los hombres se indignaron al ver que uno de los líderes era azotado. Romainville fue acusado además de usurpar tierras que no le pertenecían legalmente del otro lado del río Ynacmayo. A partir de entonces se inicio un estado de virtual guerra, abandonando los hacendados sus fincas en manos de sus administradores.

En 1958 existían ya varios sindicatos, y en 1962 Maranura, Huyro, Santa Rosa, Quellouno y una Federación Campesina provincial se organizaron a partir de once sindicatos miembros. El movimiento parece haberse limitado a una agitación de índole sindical, pero la ocupación de tierras empezó en 1961 en las prvincias de Pasco y Huanuco, y a finales de ese año se constituyó una Federación con 214 organizaciones afiliadas, convocando una conferencia de campesinos en Quí Uabamba, donde se formularon peticiones de expropiación (contra “justo precio”) de las fincas de Romainville, y la consigna general pasó a ser la de que los campesinos ya habían “comprado su tierra con el trabajo que llevaban realizando en ellas”. Se dio entonces la ocupación de tierras en masa: la hacienda Chaullay fue invadida en marzo de 1962, y los invasores se construyeron cabañas provisionales. En Lares los hacendados denunciaron en abril la existencia de grupos armados que, según decían, se apoderaban de las tierras, y en la provincia de Calca 300 comuneros de Ipal expulsaron al hacendado y su familia de un fundo que, decían, había sido usurpado de una comunidad por una decisión jurídica injusta.

En mayo un grupo de Chaupimayo impidió que los empleados del hacendado cortasen madera para traviesas de la prolongación del ferrocarril, y en agosto los campesinos armados de Quellomayo y de Huacaypampa expulsaron a los leñadores de las tierras de una hacienda (Santa Rosa), asegurando que ya no pertenecían a los Romainville. En octubre se anunciaban afincamientos en 36 haciendas, por más que esto llevó a litigios: entre las haciendas ocupadas estuvieron Huadquiña, Pavallo, Paltaybamba, San Lorenzo, Pavayoc, Versalles, Echarate y Granja Misión. La mayoría de las haciendas en Lares y Calca estaban, según se decía en la prensa, en manos de los campesinos, y la mayoría, si no todos de los hacendados habían abandonado los valles o se preparaban a ello. En ese mismo mes la prensa anunciaba la publicación del texto de una Ley de Reforma Agraria, pero ello no evitó la intensificación del movimiento, que ya venía desde la primavera anterior, aunque se produjo una división en su seno. Como tantas veces ha ocurrido, parece que se trató de un pulso –dice Hobsbawm- entre los comunistas ortodoxos y otros grupos revolucionarios que los consideraban demasiado moderados y favorecían insurrecciones guerrilleras de índole castrista.

En este contexto, Luis de la Puente, líder del MIR (secesión de APRA), apareció  en Qullabamba y dio un mitin apoyando por 36 sindicatos, queriendo luego hablar en nombre de las Federaciones Provinciales de Quillabamba, pero los principales disidentes eran trotskistas a las órdenes de Hugo Blanco, joven intelectual que llegó a los valles procedente de Cuzco, de donde era oriundo, después de la organización campesina de 1958. Cuatro años más tarde cierta prensa empezó a considerarle como una especie de Castro peruano, destacando sus relaciones con grupos terroristas y profesionales de la insurrección, estando su principal bastión en Chaupimayo. La formación de unidades armadas (fuesen guerrillas o grupos de autodefensa) se debió casi con seguridad a Blanco, y los rebeldes fueron objeto de crecida admiración, y dieron a los revolucionarios de otras partes de Perú buena publicidad romántica.

[i] Partido de orientación socialista.

domingo, 30 de julio de 2017

Castillo, Castilla y otros en Perú


Localización de Ica, origen de la guerra de 1854

Los países iberoamericanos, una vez consiguieron su independencia, se han visto envueltos en continuas luchas civiles y militares, como si imitasen la historia de sus madres patrias, España y Portugal. En muchos casos el pueblo se vio envuelto en simples ambiciones personales de uno u otro general, de uno u otro hacendado. Como se había de organizar el estado, luchas entre liberales y conservadores, revoluciones populares, no pocas veces instrumentalizadas por miembros de la oligarquía, y muchas veces sin fundamentos sólidos, como no fuese la inmadurez de los grupos dirigentes para llegar a un pacto y conducir al país hacia la estabilidad y el reparto de la riqueza: esto sería mucho pedir en unas sociedades que habían heredado complejísimas situaciones por razones étnicas, sociales y políticas.

Víctor Peralta Ruiz[1] ha estudiado los “entresijos” de la guerra civil peruana de 1854 con sus precedentes y resultado, constatando el papel que jugaron en dicho conflicto las poblaciones rurales, “que participaron no solo con las armas sino con el proceso de formación del Estado nacional”. La ruptura del orden constitucional fue un componente esencial en la cultura política peruana y la herencia constitucional gaditana favoreció, según Gabriela Chiaramonti, que la titularidad y el ejercicio de la soberanía no se percibiesen separados, pero es evidente que amplias capas de la población nada sabían de la Constitución de Cádiz, por lo que aquella interpretación la llevaron a cabo los grupos dirigentes, sintiéndose autorizados en todo momento a reapropiársela mediante pronunciamientos.

El conflicto comenzó en la ciudad de Ica a finales de 1853 y culminó con la batalla de La Palma en Lima en enero de 1855, habiéndolo considerado los historiadores como una revolución liberal porque esta ideología era la de importantes personalidades que participaron, pero cabe preguntarse si realmente fue una revolución en el sentido genuino de la misma, porque no parece que cambiara muchas cosas. Ramón Castilla[2], uno de los levantados, dispuso la abolición del tributo y la supresión de la esclavitud, pero al autor le interesa más poner de manifiesto la trama de cooptaciones, negociaciones, aspectos sociopolíticos nacionales e internaciones de esa revolución. También hubo rivalidades territoriales sobre el modelo de estado, pero Castilla no solo venció al Presidente Echenique en el campo de batalla, sino también en las negociaciones para compartir el poder y la concesión de estatus, bienes y prebendas a los cuerpos y sectores sociales que lo apoyaron, para ello contó con la movilización de lo que se ha llamado “el ciudadano armado”.

El ejército, como en España, estuvo presente en la vida política de Perú, y las guardias nacionales (aquellos ciudadanos armados) jugaron un papel importante. Como en otros casos de América latina, estuvo presente el problema del peso que debían tener el ejecutivo y el legislativo, que a la postre dan resultados institucionales diferentes. El uso de la violencia ha sido justificado como una reacción a la venalidad de los gobiernos, en este caso el de Echenique, el problema de la deuda interna y el enriquecimiento de unos pocos por la exportación del guano. Por otra parte se acusaba al gobierno de que no hubiese reivindicado los derechos nacionales ultrajados por Bolivia, lo que correspondería a Ramón Castilla. El conflicto con Bolivia había estallado en 1853 por el incumplimiento por parte de esta de un tratado comercial firmado en 1847. Lo cierto es que Echenique había exigido al boliviano presidente Belzu que admitiese a un representante diplomático en Potosí para verificar el fin de la emisión de la moneda feble, que había provocado que las provincias del sur peruano se vieran inundadas de ese circulante, con el efecto sobre los precios. Desde 1830 Potosí emitió el 70% de la moneda con dos puntos menos que la pura de cien por cien de plata con el objeto de evitar la fuga de la moneda de plata[3].

Yendo a la guerra, el levantado Domingo Elías terminó huyendo a Chile después de que perdieran la vida ciento cuarenta milicianos, mientras que Castilla se asiló en un navío de guerra francés apostado en El Callao. Los levantados en Arequipa señalaron tres causas para justificarse: que la mayor parte de los pueblos del norte había desconocido a la autoridad limeña; la protesta “popular” contra el ultraje de Bolivia ya explicado, y que el Gobierno había hostilizado al movimiento rebelde (cosa perfectamente lógica). Pero, como señala el autor, los rebeldes no hablaron en este momento de la corrupción reinante, pero sí insistían en que se hiciese la guerra a Bolivia para exaltar los ánimos de la población, y en cuanto a las anomalías de las regiones del norte había una clara exageración interesada.

Una prueba de lo que decíamos al principio es que, al mismo tiempo, se produjo el pronunciamiento del general Fermín del Castillo[4] en Junín (febrero de 1854), pero al no tener éxito Castillo huyó hacia el centro del país donde terminó uniéndose a Castilla. Incluso hubo tal confusión en todo el proceso que unos y otros no sabían a quien secundar: Manuel Ignacio Vivanco, que había sido Presidente de Perú en dos ocasiones durante la década de 1840, propagó por el país que “yo debía ser el presidente”. Nuevos pronunciamientos se llevaron a cabo en Puno y Moquegua, y esto llevó a Castilla a extender la “revolución” al conjunto de los departamentos del sur: Castilla asumiría el supremo mando de la República con el título de “Libertador” y se comprometía a convocar una asamblea constituyente, cerrándose así la etapa de pronunciamientos del inicio de la guerra civil.

Para Castilla era necesario abolir la Constitución de 1839 por la que él mismo había luchado en 1845, pero es que aquella era el principal impedimento para su reelección presidencial. Habiéndose iniciado el gobierno de Echenique en 1851 tras al mandato de Castilla, ahora este quería volver a hacerse con el poder. Lo cierto es que Echenique había resultado vencedor en aquel año en una contienda marcada por la violencia, estrenando una forma de gobernar que difería respecto de su antecesor en el cargo: Castilla había concedido parcelas de poder tanto a sus afines como a sus detractores, mientras que Echenique fue más sectario. Castilla fue promotor de un congreso americano celebrado en Lima en 1847, en el que participaron representantes de Bolivia, Chile, Ecuador y Nueva Granada; mantuvo además una estrecha amistad con el boliviano Belzu aún antes de que este fuese proclamado y luego elegido presidente de Bolivia.

Contrariamente a la tranquilidad internacional alcanzada con Castilla, Echenique entró en conflicto con Ecuador por su tácito apoyo a la expedición militar planeada por el general Flores contra el gobierno liberal de Urbina, y en 1853 el conflicto diplomático con Bolivia por la circulación de la moneda feble en el sur peruano, consiguiendo del Congreso la declaración de guerra al vecino país. Esto contrastó con la existente confederación Perú-Bolivia en 1838 y 1839, pero tiene su parecido con la invasión de este último país en 1841, una conflictividad sin fin y una serie de contradicciones que confirman la incapacidad de los grupos dirigentes peruanos (iberoamericanos) para conducir a su país por la tranquilidad institucional.

Queriendo Castilla hacerse con el apoyo de los mandos militares, estos se mantuvieron, en su mayoría, fieles a Echenique, pero ciertas promesas irían rompiendo dicha fidelidad. Las deserciones en el bando gubernamental y la cooptación de las milicias cívicas movilizadas en el sur por Echenique permitieron, en parte, el fortalecimiento del ejército castillista, al tiempo que se producía el apoyo del presidente boliviano Belzu. La participación de la guardia nacional en 1854 tiene sus precedentes en la época de la colonia con las reformas borbónicas. Ahora cada ciudadano estaba obligado a contribuir con las armas al sostenimiento de la República, siendo la intervención más destacada la llamada Semana Magna de 1844, o reacción de aquellas milicias ante las constantes guerras internas en el país.

En Pocsi, a finales de noviembre de 1854, tuvieron los insurrectos el primer éxito sonado, y a principios de enero del año siguiente Echenique tuvo que ser asilado por los británicos. Así Castilla, que no era liberal, se convirtió en Presidente de una República liberal en cuanto se aprobó la nueva Constitución (1856), para la cual los peruanos votaron mediante sufragio directo y universal, anticipándose a otros muchos países. Pero ello llevó al país a una nueva guerra civil entre 1856 y 1858 y a aprobar una nueva Constitución en 1860: no sería la última.



[1] “La guerra civil peruana de 1854. Los entresijos de una revolución”, Madrid.
[2] Nacido en 1797 en Tarapacá, murió en 1867, siendo presidente en dos ocasiones. Fue el segundo presidente en cuanto al número de años al frente del poder político (12) y ha sido considerado como un progresista de la época.
[3] Antezana Ergueta, Luis, “De Túpac Katari a Evo Morales”.
[4] Nacido en Nazca en 1807, murió en Lima en 1895.  En 1856 se rebelaría contra Ramón Castilla sin éxito.

domingo, 23 de agosto de 2015

Velos negros y velos blancos

Huamanga, en el suroeste de Perú

Si la mujer ha sido objeto de la más variada explotación a lo largo de la historia, uno de los ejemplos más notable, dejando aparte situaciones de esclavitud, es el de aquellas que, viviendo en pasados siglos, estuvieron sometidas a una interpretación de la vida hecha a imagen y semejanza de los varones. La época del barroco, con toda la parafernalia de reformas religiosas que vinieron de la mano del concilio de Trento, ha dado lugar a situaciones verdaderamente extremas. A América se trasladaron las costumbres de sumisión femenina que se daban en España, y si nos situamos en Perú -como ha hecho la historiadora Patricia Martínez i Álvarez (1)- encontramos establecidas unas relaciones entre las mujeres indígenas y los conquistadores que dieron paso a un sistema de sumisión mediante el cual aquellas pretendían el modelo de la mujer legítima y esposa española. 

"La colonia -dice Patricia Martínez- fue configurando un tejido social en el que los clérigos, religiosos y colonos se convertían en los actores de la realidad, y los indígenas en el conglomerado poblacional sometido a los primeros...". Los primeros beaterios y casas de recogimiento fueron los lugares donde la mujer hispana y criolla permaneció alejada de la actividad masculina de la colonización. Son numerosos los casos en que las mujeres ingresaban en un beaterio obligadas, dejando al padre o al esposo en el papel de colonizador. Constanza fue una religiosa que confiesa haber ingresado involuntariamente obligada por su padre: "me amenazó otras tantas [veces] de muerte en público y en secreto jurando con enojo que si ponía los pies fuera desta clausura me había de dar de puntaladas con que hube de hacer la dicha profesión por violencia y temor...". 

Pero por otro lado fueron también corrientes los casos en que en los conventos entraban varones (padres y esposos), por ejemlo en el monasterio de Santa Catalina en 1672, por lo que deán y cabildo denunciaron dicho desorden en que vivían las relgiosas. Y es que las primeras experiencias de vida religiosa en América no fueron regladas. En el caso del Perú nacieron en los beaterios, pues estaba prohibida por la Corona la fundación de monasterios propiamente dichos, lo que luego se relajó. El primer monasterio de clarisas fundado en Perú fue el de Santa Clara del Cusco en 1564, nacido para recoger a mestizas que los conquistadores habían tenido con indígenas; el primero fundado en Lima fue en 1606 y la iniciativa parece haber partido del portugués Francisco de Saldaña, que seria también el primer administrador del monasterio.

Pronto se establecieron las "calidades" de las monjas según la clase social y la etnia a la que pertenecían: las de velo negro eran las de procedencia noble, llamadas "doñas" como en la vida mundana; las monjas de velo blanco iban en segundo lugar, con poca capacidad económica y por lo tanto con menos dote. Llevaban a cabo servicios domésticos pero superiores a las mujeres seglares "divorciadas o arrepentidas", además de las niñas que recibían educación en el monasterio. Por último estaba el grupo de las criadas o esclavas. Doña María de Vargas, por ejemplo, hija legítima de Santiago Martínez, aportó una dote de dos mil pesos, además de alimentos, cera y colación... Las monjas de velo blanco aportaban aproximadamente la mitad de dote que las de velo negro, pero podía una religiosa ser pobre y española, característica esta última que la enaltecía: María y Francisca eran pobres, pero la abadesa reseñó que eran españolas y "doncellas virtuosas". En casos como este no era necesario hacer explícitos los nombres de los progenitores. 

Doña Paula de Ulloa y Vargas, mujer legítima de Lucas Hurtado, confesó que entró en el convento por "temor y miedo que tuve del dicho mi marido [pues] si saliese fuera estaría mi vida en peligro". Una vez dentro las mujeres seguían la voluntad de sus padres o esposos, aunque la clausura se violaba con alguna frecuencia, razón por la cual las autoridades eclesiásticas reprendían a la abadesa en cuestión. En 1628 una cláusula eclesiástica advertía de la necesidad de que las monjas tuvieran indias que les sirvieran como criadas, y en 1642 una abadesa pidió licencia para que María, india esclava, pudiera retornar a servirle "dado su arrepentimiento por haber huido". En 1666 Doña Micaela Bravo, monja de velo negro, pedía que su sierva mulata Josefa fuera expulsada de la clausura por desobediente, y en 1668 una abadesa pidió autorización para que una sirvienta judía pudiese entrar en clausura para servir a una monja.

Los oficios en los que se ocupaban las monjas en los conventos eran diversos: cantoras, maestras de seglares y de novicias, porteras, acompañadoras, sacristanas, escuchas, obreras, hortelanas, panaderas, provisoras, celadoras... oficios que eran ejercidos por unas y otras según su "calidad".

Fray Diego de Córdoba dejó escrita una crónica donde nos informa de otros monasterios de clarisas en el Perú, dos de ellos en Huamanga y Trujillo (en este caso al noroeste del país). La monja Luisa Díaz de Rojas fue, al parecer, muy virtuosa, ingresando en el convento cuando enviudó. Durante muchos años se castigó con un cilicio muy riguroso y jamás se sentó a la mesa a comer; tenía una de sus hijas casadas dentro del convento "con un caballero muy principal"... Ocho meses antes de fallecer perdió el habla... Como se ve, no se trataba de una profesión religiosa como las que hemos conocido, sino de internamientos con siervas, hijas y visitas varoniles en ocasiones.

En el monasterio de Huamanga vivió Estefanía de Salazar, castigándose el cuerpo rigurosamente para apartar de ella los malos pensamientos. Según Diego de Córdoba "los primeros caballeros conquistadores del Perú... determinaron de hacer una casa de recogimiento para mujeres mozas y doncellas pobres, donde viviesen con doctrina y virtud hasta el tiempo que, ligadas con el vínculo del matrimonio, se empleasen en el servicio de Dios y cuidado de su casa". Algunas monjas escribían "vidas" que se nos han conservado, gracias a las cuales podemos conocer sus experiencias místicas. 

Una de ellas escribió: "Veinte años ha que sirvo las llagas de mi Padre San Francisco, asistiendo en sus Maytines, y poniéndole Luces, y despavilando en sus maytines. Otros tantos en sus Vísperas... procurando muchas indulgencias que hago ganar a las Religiosas, todo con licencia de la Madre Abadesa". Se trata de Jernónima de San Dionisio, que en otra ocasión dice: "tres veces las de vísperas de Ceniza comí con las morenas, las más viejas y pobres, a mi costado", seguramente como un mérito añadido. "Seis años besé los pies a cinco negros en Reverencia del dulce nombre de Jesús... Tres personas me han azotado por las Benditas Ánimas... y comí tronchos de lechuga muy amargos... Me mandé echar una obediencia para no hablar en el coro". En ocasiones la monja Jerónima entraba en visiones que podemos interpretar de diversas maneras: "He visto más de trescientas ánimas de Purgatorio...", y otras veces delata los prejuicios que estaban también en la sociedad: "De unos días a esta parte doy en pensar que todas son mejores que yo, hasta las negras". 

En un pasaje de su "vida" cuenta cómo fue objeto de un milagro, pues viniendo de un corregimiento de Collaguas a Pilpinto (2) cayó de una mula "más de treinta estados", pues quedó ilesa contrariamente a la mula y la silla. En Pilpinto tenía una encomienda el hermano de la monja, por lo que no sería de familia humilde. 

Úrsula de Jesús tocaba el órgano, pero era hija ilegítima de un tal Juan de Castilla, además de negra, por lo que sería objeto de prejuicios y discriminaciones. En los textos que nos dejó escritos: "... dije que si las negras iban al cielo..."; hasta tal punto debía de ser la pesadumbre y preocupación por caer en el infierno, por ello "puse todo mi pensamiento en el cielo y veo allí apartado un Cristo muy grande y saliendo de sus llagas unos arrollos copiosísimos". Patricia Martínez señala que Úrsula es presentada como una criada a la que Dios tuvo que avisar mediante un milagro para convencerla de que debía ingresar en la vida monástica, y por ende reglada, a lo que ella se había opuesto siempre. 

La obra y autora que cito abajo nos permiten comprender un aspecto fundamental de la religiosidad de unas mujeres discriminadas por ser mujeres, por vivir en una época especial desde el punto de vista religioso (el barroco) y por tener que sufrir las especiales condiciones de una colonia que solo por la fuerza se fue asemejando -y aún así con diferencias- a la cultura española y europea.

(1) "Mujeres religiosas en el Perú del siglo XVII".
(2) Debe tratarse de Collahuasi, con Pilpinto en la región del Cuzco, al sur del Perú.