domingo, 29 de septiembre de 2019

Torrigiano y Montañés

"San Jerónimo" de Torrigiano

Dos obras con el mismo tema tienen cierto parecido a pesar de que están muy separadas en el tiempo, como así mismo sus autores. En ambos casos se trata de “San Jerónimo penitente”, que nos han dejado Pietro Torrigiano y Martínez Montañés.

La de Torrigiano está realizada a tamaño natural, una de las dos obras en terracota de dicho autor, se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, y es obra de 1522, cuando llegó a dicha ciudad después de viajar por varios países de Europa: Roma, Siena, Amberes, Inglaterra y España, en este caso en Granada y Sevilla. Torrigiano fue alumno de Bertoldo di Giovanni, que al parecer fue el encargado de organizar la escuela de escultura de los Médici en el jardín de su palacio de la Vía Larga.

El “San Jerónimo” de Torrigiano mide 160 cm. y la arcilla ha sido cocida y policromada, realizada para el Monasterio de Buenavista. Vasari, en el siglo XVI, dijo de Torrigiano que “con más soberbia que arte, aún que mucho valía, vivía Torrigiano escultor florentino, que en su juventud estaba con Lorenzo de Médici el Viejo en el jardín…”. Añade que trabajaba bien la arcilla y que “al adquirir nombre de hábil autor, marchó a Inglaterra, donde al servicio de este rey, hizo infinitas cosas en mármol, bronce y madera; y trabajó en competencia con los maestros de este país, a los que a todos superaba”.

Añade Vasari que “si no hubiera sido tan altivo, hubiera llegado muy lejos, como al contrario pasó. Se dice que de Inglaterra pasó a España [sigue Vasari], donde realizó un crucifijo de arcilla… y fuera de la ciudad de Sevilla, en un monasterio de monjes de San Jerónimo, otro crucifijo y a San Jerónimo en penitencia acompañado del León (*); y retrató a un viejo despensero de los Botti, negociantes florentinos en España…”.
 
"San Jerónimo" de Montañés
Martínez Montañés, por su parte, nació en Alcalá la Real, hoy provincia de Jaén, trabajando en Alcalá, Granada y Sevilla (con toda seguridad conoció aquí el “San Jerónimo de Torrigiano). El de Montañés es obra de 1611, por lo tanto casi un siglo más tarde, y el material es madera policromada, con una altura de 160 cm. Se encuentra en el Monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce. 

El período de 1605 a 1620 generalmente se considera el más importante en la carrera de Montañés. Fue durante este tiempo cuando produjo, entre otras obras, el “San Jerónimo” para el nicho central del altar mayor del convento de San Isidoro del Campo, una obra que normalmente solo se habría visto desde el frente. Sin embargo, la figura está modelada cuidadosamente en todo su derredor, con una gran precisión anatómica, al igual que la de Torrigiano: en la de Montañés el brazo está tenso con una musculatura muy realista y las venas que se muestran debajo de la piel están escrupulosamente detalladas (http://www.wga.hu/index1.html).       

Hay, no obstante, un mayor barroquismo en la obra de Montañés, como es lógico, considerando además la importancia que este movimiento artístico tuvo en España en el arte religioso. La serenidad del “San Jerónimo” de Torrigiano es solo parcial, lo que quizá se deba al temperamento fogoso del autor y al hecho de trabajar para un convento sevillano.

(*) Hay una copia en el monasterio de Guadalupe, Cáceres, donde la escultura del santo aparece con un león, al que hace referencia Vasari.

jueves, 26 de septiembre de 2019

Los otónidas

Interior de la capilla palatina de Aquisgrán

En 936 y tras un fructífero reinado, moría el monarca alemán Enrique I el Pajarero, a quien se definió como “el rey más grande de Europa”[i]. Entonces fue elegido su hijo Otón (por omnis populus Francorum atque Saxonum), que fue consagrado en Aquisgrán. El arzobispo de Maguncia[ii] pronunció la fórmula que le otorgaba toda la potestad sobre el imperio de los francos. El vocablo “franco”, dice Emilio Mitre, indica hasta qué punto el imperio de los otónidas era continuador del de los carolingios, a pesar de que existía un rey de los francos occidentales en ese momento, Luis IV de Ultramar, resultado de la división del imperio carolingio durante el reinado de Luis, sucesor de Carlomagno.

A mediados del siglo X Otón marchó hacia el sur y se coronó rey de Italia, con lo que pretendió imitar a Carlomagno (Rex francorum et langobardorum), pero el papa Agapito II[iii] no le reconoció como emperador. En 952, sin embargo, Otón decretó en una asamblea celebrada en Augsburgo, una paz general que la sociedad de la época identificaba con la necesaria estabilidad de un imperio. Tres años después obtuvo una victoria sobre los magiares, que eran paganos, a orillas del Lech[iv], lo que puso fin a una cíclica pesadilla que había acosado a los dirigentes de occidente durante más de medio siglo.

Otón fue coronado emperador en 962 como reconocimiento a sus méritos sometiendo a “las naciones bárbaras”, confirmando las posesiones otorgadas al papado en tiempo de los carolingios. El monarca se convirtió entonces en defensor de la Santa Sede, poniendo al papado a su servicio. Una idea muy diferente a la del papa Juan XII[v], quien pretendía haber proclamado al emperador para que sirviera a la cristiandad y, sobre todo, a la Iglesia romana. Comenzaba así un conflicto de larga duración entre los dos poderes, pero siendo el del emperador superior en aquel momento, hasta el punto de que Juan XII fue depuesto por Otón, exigiendo además a los romanos que no eligiesen papa sin su consentimiento.

Cabe pensar que no se dan las características para hablar de imperio (romano, sacro y germánico), pero con los otónidas se acentuaron dichas características, en primer lugar que fuese “romano” o, de lo contrario, no sería imperio. Los límites que alcanzaban los dominios de Otón I no coincidían, en efecto, ni con los del imperio de los tiempos clásicos, ni tan siquiera con los del carolingio, pues la Francia occidental escapaba a su control. Una circunstancia que no sería obstáculo para que Widukindo de Corvey[vi] en su “Historia saxonicorum”, redactada como propaganda de la dinastía otónida, considerase emperador a Otón, lo que no es coincidente con otros autores de la época. El monje Richer[vii], en torno a 970, no consideraba a Otón más que “rey de Germania e Italia” (claro que el padre del monje había sido servidor de Luis IV de Ultramar). A su sucesor, Otón II, Lotario le reconoce “gallorum rex" y para otro monje, Raul Glaber[viii], los primeros monarcas del Sacro Imperio, los otónidas, eran “duces” o “Reges Saxonum” además de “Imperatores Romanorum”.

La relación de fuerzas entre el mundo latino-germánico y el griego no era la de tiempo atrás. En el año 800 el gobierno de Constantinopla estaba en manos de una mujer, Irene, y los mentores del imperio Carolingio podían jugar con una suerte de vacío de poder. Se defendía que la debilidad del sexo femenino y la versatilidad de su corazón, no permitían a una mujer ejercer la autoridad suprema. Pero con los primeros otónidas, los emperadores bizantinos se encontraban en un proceso de recuperación política que les llevó a la ofensiva en los Balcanes, en las costas de Cilicia y en las islas del Mediterráneo oriental, buenos avales para presumir de un monopolio de romanidad. Es significativo –dice Mitre- el hecho de que en 968 al embajador de Otón I, Luitprando de Cremona, se le dijera en la corte de Constantinopla: “No eres romano sino longobardo”.

El imperio de los otónidas era “sacro” porque administraba también el ámbito de lo trascendente. En ello jugaban viejas tradiciones desde finales del siglo VI, en que el monarca empieza a titularse “Rex Dei gratia”, fórmula que se hace general en el siglo VIII. Ya con Pipino el Breve se dio la costumbre de ungir a los monarcas, algo que reforzaba su carácter semisacerdotal  -rex et sacerdos-; los monarcas eran vicarios de Dios según la fórmula de Eusebio de Cesarea[ix] convertida en doctrina desde el siglo IX.

El imperio otónida adquirió su dimensión religiosa desde un primer momento: el emperador es un elegido por Dios y así se quiere ver cuando vence a los paganos magiares. Al poco de su coronación, Otón I recibió el poder para crear nuevos obispados donde lo considerara.

El Imperio se convierte en un reino de obispos, elegidos en la práctica mediante la presentación de un candidato de acuerdo con el monarca. Los bienes y derechos que correspondían a los obispos y abadías dependían del rey, que ejercía sobre ellos un “dominium”, lo que implicaba que pudiera detraer parte de esa fortuna para entregarla a otros. El alto clero, por su parte, desempeñó un importante papel en la política; en Sajonia los monasterios de Corvey (con Widukindo) o Gandersheim (con la monja Roswita) se vieron especialmente favorecidos, así como el de Fulda, en Franconia, o los de Saint-Gall o Reichenau en Suabia. En conjunto, abades y obispos constituyeron la fuerza decisiva a la hora de articular territorialmente el imperio otónida; por ejemplo, Bruno, hermano de Otón I, fue canciller, arzobispo de Colonia y pacificador del ducado de Lorena, al que integró en la órbita germana. La Iglesia se “secularizó”: otro hijo del emperador, Guillermo, fue metropolitano de Maguncia; su hija Matilde, abadesa de Quedlinburg; mientras que otros parientes fueron situados en las sedes de Tréveris, Wurzburgo o Verdún.

También tuvieron importancia ciertas fundaciones en el oriente germano. Con Enrique el Pajarero fueron sometidas las tribus de los estodoranos y hobolanos; se levantaron las fortalezas de Brandeburgo (928) y Meissen (929), desde la que se controlará a los sorbios. Bajo Otón I se fundó la metrópoli de Magdeburgo, contrapeso de la prestigiosa Maguncia y residencia favorita del monarca. En 973, con Otón II, se fundó la diócesis de Praga, a cuyo frente se puso a un miembro de la nobleza bohemia, Adalberto.

La rebelión de los obroditas y velitios en 983, aprovechando un descalabro sufrido por el monarca en Italia (*), frenó los proyectos de expansión otoniana en la tierra eslava báltica; entonces, los monarcas cambiaron su política de misión por la de conquista. Las tribus eslavas rebeldes fueron consideradas relapsas ya que, habiendo conocido la fe, habían renegado de ella. Bajo Otón III la política de fundaciones dará un importante paso. Pero volvamos atrás.

La tradición habla de que Otón I fue aclamado emperador por sus soldados en el campo de batalla de Lechfeld[x] en 952, de forma similar a como lo fue su padre Enrique tras su victoria en Riade[xi] en 933. Estos dos pertenecen a esa raza de guerreros que dominan otros pueblos; por su parte, Otón III, en su alocución de 1001 para calmar a los romanos levantados contra su autoridad, utilizará el término “theutonici” para designar la conciencia colectiva bajo la que vivían los cinco grandes ducados de Alemania. Así y todo, Otón I fue coronado en Roma con el título imperial, y así los demás emperadores, casi todos alemanes.

El primer Otón tenía un bagaje cultural limitado, mientras que Otón II tuvo una formación más sólida: tenía “destacado conocimiento de las artes liberales y cuando discutía sabía exponer las proposiciones con método y hacer conclusiones de manera convincente”. Otón II se convirtió en “emperador romano”, en claro intento de fundamentar su posición frente al soberano bizantino Basilio II. Con Otón III, hijo de un monarca alemán –Otón II- y de una princesa bizantina –Teófano- y pretendiente de otra como esposa –Zoé- la romanización del Imperio avanza un paso más.



[i] “Una primera Europa”. En parte de esta obra se basa el presente resumen.
[ii] A orillas del Rin, en Renania-Palatinado.
[iii] Alberico II de Spoleto le nombró papa cuando ejercía un poder absoluto sobre Roma.
[iv] Entre Austria y Alemania, afluente del Danubio.
[v] Nombrado de forma arbitraria, como era común en la época, cuando aún no tenía dieciocho años, sin formación y en medio de un régimen llamado de la pornocracia (influencia determinante de las cortesanas), su pontificado fue muy negativo para la Iglesia por el comportamiento moral del pontífice.
[vi] Corvey está en el centro de la actual Alemania. Widukindo fue un monje y cronista del siglo X.
[vii] Monje en Saint-Remi de Reims.
[viii] Estuvo en varios monasterios de Borgoña hasta que terminó en Cluny.
[ix] Vivió entre los siglos III y IV, fue obispo de Cesarea (Palestina) y uno de los primeros que escribió sobre el cristianismo.
[x] Ver nota IV.
[xi] Contra los magiares en el norte de Turingia.
(*) En 981 contra los sarracenos en Calabria. En la batalla de Stilo (982) la derrota para Otón fue absoluta.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Guerra y dinero en el Perú de la independencia

Paisaje de Ayacucho

San Martín, el “gran protector” de Perú durante la guerra contra los realistas españoles en los primeros años de su independencia, se encontró con una dificultad añadida a las campañas bélicas, la falta de dinero para financiarlas, además de para hacer funcionar a un nuevo estado.

Dionisio de Haro Romero ha publicado un trabajo muy interesante sobre este asunto[i]. La Casa de la Moneda de Lima, en manos de los patriotas insurgentes, era el principal instrumento monetario con el que contaban, mientras que la Casa de la Moneda de Cuzco estaba en manos de los realistas[ii]. Dándose la circunstancia de que mientras el norte y la costa estaba en manos de los patriotas, el centro y sur lo estaba en manos de los realistas, de forma que los primeros tenían los medios técnicos para acuñar moneda pero no metales preciosos, al contrario que los segundos.

La política monetaria tradicional, que consistía en la exportación y el atesoramiento, estuvieron presentes en el Virreinato, y la política de prohibiciones y rígidas normas de circulación de numerario metálico no impidieron el tráfico ilegal que acabó por “secar” –dice el autor al que sigo- los circuitos monetarios internos peruanos, siendo habitual que en numerosas transacciones mercantiles se recurriese a los ajíes (un tipo de pimiento peruano), cacao u otros medios. El Virreinato oscilaba entre la inflación ocasionada por el dinero de ínfima calidad, y la deflación por la escasez de numerario. Así ocurrió con la emisión de vales reales en la época de Fernando de Abascal[iii] (1815). 

Con la expedición libertadora de San Martín y su desembarco en Pisco (a unos 250 km. al sur de Lima, 1820), el Perú inició un largo ciclo de guerras en el que el dinero y las necesidades  de financiación por parte de los bandos enfrentados  adquirió máxima dimensión, obligando a explorar iniciativas monetarias novedosas. La escasez de numerario se agravó a partir de 1821, de forma que la acuñación de la Ceca de Lima, valorada en unos cinco millones y medio de pesos anuales, casi en su totalidad tomaba el camino de la exportación o se empleaba en la tesaurización. Únicamente el numerario chileno desde 1817, como ya ocurría en España con la moneda francesa desde la guerra de 1808, vino a paliar parcialmente el pobre volumen de circulante interior, acabando por ser legal su curso a partir de 1821. La escasez de numerario era tal que acabó por afectar al comercio minorista limeño, dándose el curioso caso de las fichas de pulpero, piezas de plomo u otro material, emitidas por colmados, pulperías y bodegas con el objeto de poder realizar compras que en el futuro se hiciesen en el mismo establecimiento que las entregaba como cambio. Estas fichas acabaron siendo aceptadas como pago por otros comerciantes y el público en general. Las pulperías consolidaron, a falta de respuesta oficial, una curiosa red monetaria actuando como entidades emisoras en el estrato inferior de la circulación monetaria.

El modelo aún resistirá y competirá con los cuartillos emitidos por San Martín en la fase del Protectorado. En la primera mitad de 1821, la acuñación de plata por parte de la Casa de la Moneda de Lima se redujo a una cuarta parte en comparación a 1820. Previamente, esta Casa de la Moneda había sido descapitalizada por las fuerzas realistas, lo que se unió a la ya larga crisis de la economía peruana, teniendo en cuenta que las minas de metales preciosos permanecían en poder de los seguidores de La Serna, virrey entre 1821 y 1824.

Haro Romero recoge una cita en la que se dice que el Ministerio de Hacienda considera que “habría sido mayor el producto si la casa [de la Moneda] no hubiera sufrido el detrimento de perder todos sus fondos en Ancon [puerto en la costa central]… Con más numerario habría sido mayor el número de compras de marcos de chafalonía[iv] en el banco de rescate… el Excelentísimo Sr. Protector del Perú… ha resuelto que se puedan tomar algunos capitales hasta que completen la suma de cien mil pesos al seis por ciento de interés, pagaderos de seis meses en adelante…”. Es decir, se recurrió a un empréstito a modo de deuda pública.

El objetivo era disponer de los fondos necesarios para financiar el esfuerzo de guerra, al tiempo de tener liquidez para sostener la precaria actividad económica interior: así, se creó en 1821 el Banco Auxiliar de Papel Moneda (banco emisor). Para esto se formó una comisión que tomó como modelo los sistemas de crédito europeos, y en especial el caso británico, para tener papel moneda peruana. La comisión también se inspiró en la obra de José Alonso Ortiz, “Ensayo Económico sobre el sistema de la moneda-papel…”, publicada en Madrid en 1796. Pero la clave es que el mercado tuviese confianza en este sistema, por lo que se siguió un escrupuloso cumplimiento de los compromisos de redención.

El plan arrancó con una garantía de un millón de pesos obtenidos a partes iguales por el estado y de aportaciones particulares procedentes de comerciantes y propietarios. El Perú era pobre, pero el dinero estaba en manos de unos pocos, y el banco emisor, durante su corto recorrido en esta función, realizó aportaciones mensuales a la Hacienda de San Martín que oscilan entre un máximo de 90.000 pesos y 20.000, alcanzando un volumen total de 360.000 antes de la extinción de este modelo en septiembre de 1822. Pero la economía peruana no era solvente, y dicho sistema resultó imposible por el extraordinario volumen de papel-moneda puesto en un mercado muy frágil; en segundo lugar por la imposibilidad de lograr un mínimo de reservas –condición necesaria- para sostener el impulso fiduciario, que se intentó solucionar con el metálico “Perú Libre” aprobado mediante decreto.

Estas monedas –dice Haro Romero- fueron anecdóticas en el mercado, a la espera de que los yacimientos de plata y oro del interior cayesen en manos de los seguidores de San Martín. En definitiva, sin base metálica, comenzó la discusión sobre la viabilidad del sistema, ya que los gastos militares iban en aumento. Se pensó en extinguir el papel-moneda y redefinir las funciones del banco emisor.

Se comisionó a unos comerciantes para la extinción del papel-moneda, pues no estaba sustentado en los metales preciosos que daban fe de aquel; dichos comerciantes serían reintegrados de sus desembolsos con los derechos de aduana; se expendería en la renta de Tabacos cuanto quisiera comprar el público sin necesidad de pagar dinero; el banco no haría circular más papel hasta que se extinguiese en su totalidad… Ganar la guerra no fue suficiente: el nuevo gobierno de Perú tuvo que dar solución a este importante problema, pues la economía no tiene patria…



[i] “Guerra y moneda durante la Independencia del Perú, 1820-1824”. En un capítulo de este trabajo se basa el presente resumen.
[ii] Incluyendo cerro Pasco, en el centro del país y al norte del lago Chinchaycocha.
[iii] Aristócrata español y Virrey del Perú entre 1806 y 1816.
[iv] Hechos con objetos fundidos de plata y oro.

martes, 24 de septiembre de 2019

Cielos y agua de Boudin


En el Museo de Bellas Artes de Boston se encuentra esta pintura cuyo título es “Figuras en la playa”, el mismo que el de otras con el mismo tema de Eugène Boudin. Es un óleo sobre lienzo de 37 por 59 cm. de 1893, por lo tanto en la última parte de la vida del pintor.

Al norte de Francia, asomada al canal de la Mancha, se encuentra la población natal de Boudin, Honfleur, donde también estuvieron y pintaron artistas como Monet, Courbet y otros, lo que ha permitido hablar de una “Escuela de Honfleur”. Boudin nació en 1824 y murió cuando el siglo acababa, en Deauville, también en Normandía. Quizá el haber conocido a Millet le animó a dedicarse a la pintura, pero también conoció a Courbet y a Monet.

Es una tendencia en Boudin los paisajes con cielos brumosos, con muchas nubes, algunos con las formas muy descompuestas (“Pescadores en la marea baja”) y otros donde la línea dibujística está más presente (“Canal de Bruselas”). Otra característica es que los paisajes son marinos o en lugares junto al mar, con barcos, personas, escenas de mercado o playa. Boudin fue llamado por Corot “el rey de los cielos”, por la gran cantidad de lienzo que dedica a los mismos. Pintó muchas veces vistas de Trouville, una localidad turística cuando desde 1870 la sociedad burguesa ya iniciaba viajes de placer y descanso.

De 1869 es su obra “Bañistas en la playa de Trouville", y de 1863 su “Escena playera”, donde una carreta tirada por un poderoso caballo, transporta una gran caja cubierta a dos aguas, mientras que los personajes se arremolinan a la izquierda, destacando una pareja, varón y mujer, de porte burgués. También ha pintado molinos de estilo holandés o normando (1884), y mujeres humildes lavando ropa a la orilla de un río (1895-90). Sus “Veleros en Deauville" son de 1895-96, reflejándose en el agua las muchas banderolas que les adornan. En esto recuerda la obra de varios impresionistas, como en otros casos la influencia de los realistas.

De 1865-67 es su pintura “La princesa Pauline Metternich", aristócrata y mecenas de varios artistas en París. La señora aparece en primer plano, de pie, mientras que al fondo se ve a la que puede ser su sirvienta, sentada, o bien una compañera. El tratamiento de esta obra es muy particular, con grandes manchones de pintura de diversos colores, el rostro de la princesa apenas abocetado y el permanente cielo donde unas pequeñas manchas amarillas parecen indicar el esfuerzo de los rayos del sol por asomarse. Quizá su obra “Lavanderas en un arroyo” (1885-90), a la que he hecho alusión antes, es la mejor síntesis de la técnica impresionista y el tema realista, dos aspiraciones bien logradas por Boudin.

Río, Lisboa, campesinos y señores

Monasterio de Alcobaça

Portugal se debatió, en las primeras décadas del siglo XIX, entre el reformismo y la lucha anti-señorial, en medio de las dificultades financieras por las que el reino atravesaba. Esto llevó al Gobierno a tomar urgentes medidas, entre las que estuvieron la venta de los bienes de la Corona[i]. En general la agricultura estaba atrasada, el comercio exterior menguado, el comercio interno pasaba por dificultades y para la industria faltaban capitales, pero la crisis política y moral, resultando de la ausencia de la Corte, trasladada a Brasil, tuvo gran incidencia en los medios rurales.
La agitación revolucionaria en España, con ocasión de las Cortes de Cádiz, contribuyó también a espolear los ánimos de unos y otros. Las propuestas reformistas vinieron de Río de Janeiro, aunque no sean de tinte liberal, y la prueba es que fueron apoyadas por decididos antiliberales. Se trataba de introducir algunas alteraciones para que la monarquía tradicional consiguiese sobrevivir. Los que se opusieron a dichas medidas fueron los titulares de algunos señoríos eclesiásticos, como los monasterios de Alcobaça, Lorvâo[ii], Santa Cruz y otros, y laicos, como el marqués de Marialva[iii], que influían en el Gobierno de Lisboa, enfrentado a la Corte de Río.
Según el autor al que sigo, el tratado de comercio con Gran Bretaña, firmado en 1810, era lesivo para los intereses de Portugal, pero a partir de las reformas de la Corte de Río se irán desarrollando las confrontaciones entre los liberales y los señores, así como entre estos y los campesinos. Las primeras grandes medidas reformistas fueron las Instrucciones para los Gobernadores del Reino (1809) y la Carta Regia (1810), habiendo tenido influencia en ellas don Rodrigo de Sousa Coutinho, conde de Linhares, entonces ministro de Asuntos Extranjeros y de Guerra en Río, de conocidas tendencia anglófilas, pero tras su muerte en 1812, se promulgarán otras medidas más lesivas para los señores, siendo “desembargador” del Palacio y después ministro, Tomás António de Vila-Nova Portugal[iv].
Las Instrucciones establecieron la extinción de las yugadas, tercios y cuartos, sustituyéndolos por otros impuestos menos pesados, y suprimiéndose algunas medidas de trigo y centeno impuestas en algunos foros del norte[v]. La Carta de 1810 exponía que debían alterarse las formas de explotación de la tierra de tal forma que fuesen rentables, y el avance de la agricultura posibilitaría el desarrollo de la industria, siguiendo la experiencia británica. Se admitía en este documento la casi supresión de los foros y se tocaban por primera vez los diezmos. Esto era debido a la influencia de la fisiocracia del siglo anterior, cuya máxima expresión se dio en la Academia Real de las Ciencias de Lisboa. Mientras tanto las presiones antiseñoriales de los agricultores no habían cesado desde finales la década de los setenta del siglo XVIII y luego con la explosión social de 1808.
El Gobierno de Lisboa, sin embargo, puso dificultades a la aplicación de esta legislación, argumentando que habría que hacer las averiguaciones necesarias para las compensaciones a los señoríos. Se argumentó que la extinción de los derechos forales tendrían poco efecto en el erario, y afectarían mucho a algunas encomiendas, corporaciones eclesiásticas e individuos particulares. Desde Río se exigió también que se suprimiesen los derechos banales, que en la práctica ya no eran respetados, y los servicios personales si estaban convertidos en dinero. Se intentó eliminar la luctuosa, considerada por la Corte de Río “el único resto que aún permanecía del feudalismo”.
Entre los diversos movimientos de protesta campesina que recorren por estos tiempos Portugal, las motivaciones principales están en la oposición a los derechos señoriales, sobre todo los banales y las yugadas; al tiempo fueron muy cuestionados los diezmos, a lo que contribuyó la Carta Regia de 1810. Dos años más tarde se estableció una Comisión para el Examen de los Foros y el Mejoramiento de la Agricultura. Pero la medida que iba a desencadenar mayor controversia en el rural sería el Alvará de 1815: con el fin de incentivar el cultivo de las muchas áreas de tierra no roturadas, los que lo hiciesen quedarían exentos de derechos, imposiciones y diezmos entre diez y treinta años. Esto significaba una reforma de los foros, con su abolición en muchas tierras incultas de los señoríos. El año anterior el Desembargo do Paço defendía que uno de los medios de desarrollar la agricultura sería el cultivo de varios pantanos (y no la disminución de las obligaciones forales).
La medida más avanzada se tomó en la línea reformadora de la revolución de 1820, por la que los agricultores se verían liberados de antiguas cargas, tanto en tierras nunca explotadas como en las recientemente abandonadas. El campesinado se animaba así a seguir con sus reivindicaciones contra la reacción señorial, sirviendo de árbitro el Trono, que se decidió por los campesinos. La movilización antiseñorial alcanzó entonces una dimensión global.
Uno de estos movimientos fue el de los campesinos de Martin Anes (ayuntamiento de Guarda), que en 1815 se negaron a pagar derechos señoriales impuestos por los monasterios de Arouca y su enfiteuta; los pueblos de Santo André de Poiares y de Penacova contra la poderosa casa de Cadaval, en el mismo año, consiguiendo terminar con la totalidad de los derechos que cobraba. Desde 1820 se llevó a cabo una fuerte resistencia contra los abusos de los señores; pero la movilización más amplia y de mayores repercusiones fue la que se dio en los cotos del monasterio de Alcobaça. Iniciada en 1815, llegó hasta 1820, y sus ecos se extendieron a todo el país, inclusive a las Cortes liberales cuando discutían la reforma de los foros y de los derechos señoriales.
El movimiento se desencadenó a partir del Alvará Regio de 1815, de forma que los campesinos empezaron por exigir que se ejecutaran las medidas que contenía. Estos quisieron ocupar las tierras incultas, pero el monasterio se opuso, lo que llegó a los campesinos a hacer una “exposición” al Trono en 1816. A finales de 1817 en varias localidades de la comarca de Alcobaça, fueron fijados edictos avisando a los agricultores de que debían presentar sus alegaciones para quedar exentos del pago. De nuevo los campesinos ocuparon las tierras pero el monasterio se opuso, creciendo el número de aquellos que se negaban al pago de diezmos, cuartos y octavos: era una contestación global que subía de tono contra el mayor señorío del reino.
El poder central, por un lado, quiere salvaguardar la legitimidad de los señoríos, pero por otro admite la necesidad de eliminar algunos tributos y cargas señoriales. Se puede hablar, sin duda –dice José Tengarrinha-, de una acción reformista del Trono en Río que encontró grandes obstáculos en el gobierno de Lisboa. Las medidas oficiales eran tímidas en relación a lo que querían los campesinos, que prácticamente ponían en cuestión el sistema. La Corona y su Corte lo que quiso fue evitar que los conflictos redundasen en sacudidas desestabilizadoras de la sociedad, mientras que se produjo el apoyo de la Corte a los jornaleros que se amotinaron en los campos de Santarém, condenando la tasación de los salarios…
Episodios estos que muestran las tensiones entre un tiempo antiguo y el nuevo que alboreaba, dándose incluso alianzas entre “nobles locales” y agricultores pobres.

[i] José Tengarrinha es el autor de un trabajo cuyo título es “Contestación Rural y Revolución Liberal en Portugal”, en uno de cuyos capítulos se basa el presente resumen.
[ii] Hoy en el municipio de Penacova, distrito de Coimbra.
[iii] En este momento don Pedro José Joaquín Vito de Meneses, que dominó diversas villas (Cantanhede, Ferreiras, Atei, Álvaro, Marialva, Mondim, Melres, Ermelo, etc.).
[iv] No obstante ser un antiliberal declarado: cuando en 1821 llegó el rey Juan VI a Lisboa, a Vila-Nova se le impidió hacerlo.
[v] No así los foros provenientes de contratos enfitéuticos.

viernes, 20 de septiembre de 2019

Fundación y nacimiento de Cartago



En la antigüedad se creyó que la fundación de Cartago se había producido antes de la caída de Troya. Uno de los que han inducido al error fue el historiador griego Filisto de Siracusa, que vivió entre los siglos V y IV a. de C., lo que recoge mucho más tarde san Jerónimo, que la data a finales del siglo XIII a. de C., también varias décadas antes de la caída de Troya. Otro historiador griego del siglo IV a. de C., Eudoxio de Cnido, incurrió en el mismo error. En el siglo II de nuestra era, Apiano insistió en que los fenicios habían fundado Cartago cincuenta años antes de la caída de Troya.

Los antiguos habían llegado a creer que los griegos de la época de la guerra de Troya conocían el occidente mediterráneo, como sabían que Cartago ya existía cuando los griegos fundaron sus colonias en el Mediterráneo, por ejemplo Siracusa.

Más realistas son los que sitúan la fundación de Cartago a finales del siglo IX a. C., basándose en que la ciudad de Tiro llevaba al día crónicas que incluían sobre todo listas de reyes, donde se hacían constar los acontecimientos más notables[i]. Un griego de Sicilia, Timeo de Taormina, estuvo en contacto con los púnicos a principios del siglo III a. C., y según él Cartago fue fundada 38 años antes de la primera Olimpíada, es decir en 814-813 a. de C. Así lo recoge Cicerón posteriormente, y en el siglo I d. C., Flavio Josefo.

La fundación está envuelta en el mito, según el cual en Tiro tuvo lugar un drama cuando el rey Pigmalión mató al marido de su hermana Elisa. Esta huyó con algunos fieles, haciendo escala en Chipre después de varios peregrinajes que le valieron el nombre de Dido entre los indígenas, llegando luego a Libia. Cuando Dido hubo fundado Cartago, el rey de los libios, Hiarbas, pretendió desposarla, pero ella, antes de ser infiel a su esposo, fingió llevar a cabo una ceremonia expiatoria y se arrojó a la hoguera que ella misma había encendido. Así –dice Lancel- se muestra el autosacrificio que el rey o la reina debían realizar, en caso de crisis grave, para perpetuar la fundación frente a la amenaza indígena. Posiblemente los sacrificios de niños, inmolados en el fuego del tofet, son continuación de aquello (ver aquí mismo “Túnez cartaginés" y “Un mito cartaginés”).

Dido hizo levantar la hoguera en el extremo de la ciudad, y se ve que el área de sacrificio del tofet se extendió hacia la orilla sur de Cartago. En 146 a. de C., cuando Asdrúbal fue vencido por Escipión Emiliano, aquel se lanzó a las llamas con sus hijos desde lo alto del último bastión de resistencia de la ciudad, en la cima de la colina de Byrsa, según cuenta Apiano.

El nombre de Byrsa dado a la ciudadela fue empleado por Virgilio haciendo alusión a que los tirios “compraron… cuanta tierra –llamada por ello Byrsa- pudieron abarcar con el lomo de un toro”, o lo que es lo mismo, Dido adquirió tanta tierra como pudo “cubrir” la piel de un buey hecha tiras muy finas, que quizá fueron 22 estadios, unos 4 km. de perímetro.

En 1859, el arqueólogo Beulé[ii] ocupó el altiplano de Byrsa, descubriendo el famoso recinto de Cartago, pero solo puso al descubierto un segmento del poderoso muro de sustentación con el que los romanos, en época de Augusto, habían rodeado la colina. Quedaba por descubrir la primera Cartago, siendo los primeros trabajos arqueológicos en las necrópolis de Byrsa, Juno, Douimés y Dermech, al oeste y norte de la superficie teórica de la ciudad. Más al sur se descubrió el barrio de Salambó con los puertos, al este del tofet, todo ello desde las últimas décadas del siglo XIX.

A A. L. Delattre se debe la mayor parte de los descubrimientos, de forma que, a principios del siglo XX, ya se conocía la situación de las necrópolis más antiguas de la ciudad púnica. Los ajuares funerarios constituyen, si no la única, una de las mejores fuentes de conocimiento del arte y artesanado púnicos, sobre todo de la época arcaica; se trata de amuletos, colgantes, joyas, máscaras y navajas de afeitar, pero sobre todo vasos de terracota, y cerámica importada del mundo griego, mientras que la cerámica protoática es rara en contraste con el extremo occidente suribérico y marroquí. Los materiales originarios de Corinto son abundantes en las tumbas arcaicas de Cartago, pero muy pocos objetos de esta procedencia son anteriores a principios del siglo VII a. C. (aríbalos panzudos protocorintios[iii]). En las laderas orientales de la colina de Juno se han excavado algunas tumbas que pueden fecharse a finales del siglo VIII a. C.

Las cerámicas de tradición fenicia son lo esencial de los ajuares funerarios: a mediados del siglo XX, Cintas[iv] trabajó sobre esto, presentando el tofet acumulación, a lo largo de los siglos, de depósitos votivos formados por una estela o un cipo (pedestal) dispuestos sobre una o dos urnas cinerarias. La cerámica griega se caracteriza por cuencos con asas, vasos o jarras con cuellos más bien largos y, al menos, un askos en forma de pájaro para contener vino.

En el nivel que pudo ser la playa lagunar, a donde llegaron los primeros navegantes fenicios, Cintas descubrió una especie de santuario. Se había acondicionado una cavidad natural en la roca para formar un pequeño recinto que contenía dos conjuntos distintos de objetos: en lo más profundo, vasos griegos (protocorintios), y encima, sobre un nivel de sedimentación, un depósito posterior formado por un ánfora fenicia y una lucerna de dos mechas. El askos se corresponde a los modelos chipriotas propios del siglo IX a. C. Cintas también ha descubierto una lucerna de una sola mecha (indicio de cronología alta) y lucernas-escudillas fechables en el siglo VII a. C. de dos mechas. Además un ánfora con asas retorcidas que su descubridor calificó de “submicénica”, datada a finales del siglo X a. C.; también un vaso con decoración geométrica tardía relacionado con los de origen griego. Otras decoraciones cerámicas son estrígilos, zigzags o trazos horizontales y verticales.

La primera Cartago se construyó ex nihilo sobre una península cercana a la isla que luego quedó unida al continente por los aluviones del río Medjerda. De los restos más antiguos tenemos muestras muy pobres; no debe olvidarse lo que puede haber ocurrido en un lugar que ha conocido el paso de quince siglos de transformaciones, hasta casi su último momento a finales del siglo VII d. C. Las excavaciones recientes de los años setenta y ochenta pasados, dieron resultados sobre las necrópolis de la colina de Byrsa desde principios del siglo VI a. C. Las primeras sepulturas se situaron al norte de la llanura litoral, en los lugares llamados Dermech y Douimés, y por otro en las laderas de la colina de Juno. Algunos enseres funerarios nos hablan de finales del siglo VIII a. C. Al sur de estas necrópolis, en el extremo occidental de lo que mucho más tarde será el puerto mercante, se encontró el área de sacrificio del tofet, descubierto en 1922.

Se sabe que en las civilizaciones del mundo clásico las necrópolis se desplazaban hacia la periferia del hábitat, pero nada avala –dice Serge Lancel- que esta separación entre vivos y muertos se observara rigurosamente en medios semitas (sí en cambio entre los griegos, con excepción de la Atenas del siglo VI a. C.). A finales de los años setenta pasados, una excavación al borde del paseo marítimo, descubrió en las tierras de relleno un hábitat púnico de finales del siglo V a. C., pero con materiales fechables a finales del siglo VIII a. C. La orilla actual del mar no está en la misma línea que antiguamente, donde se descubrió un hábitat arcaico subsistiendo dos tramos de muros del siglo VII a. C., y en una excavación realizada en 1983, se descubrió el zócalo de una pared de adobes sin cocer con material cerámico que permite remontarnos a finales del siglo VIII a. C.

En la parte central de la llanura litoral se han descubierto restos de paredes y de suelos fechados a finales del siglo VIII a. C. y principios del VII, y cerca de la actual orilla del mar, una sucesión de once niveles diferentes de pavimento, los más antiguos del siglo VIII a. C. con evidentes restos de actividad industrial: metalurgia (escorias de hierro, toberas para los hornos bajos) y talleres de tinte (murex[v] triturado). Aquí parece haber existido un barrio artesanal periférico, entre la orilla del mar y el hábitat propiamente dicho. Se han encontrado, sobre todo, fragmentos de copas de la isla de Eubea que confirman importaciones desde el mar Egeo a mediados del siglo VIII a. C.



[i] Serge Lancel, “Cartago”. En un capítulo de esta obra se basa el presente resumen.
[ii] Francés, vivió entre 1826 y 1874.
[iii] El cuello puede ser más o menos largo, pero el recipiente propiamente dicho es ancho.
[iv] Nacido en Túnez pero de nacionalidad francesa.
[v] Molusco con el que se podía hacer púrpura.

jueves, 19 de septiembre de 2019

Personajes y lugares de Rabelais

Abadía de Maillezais

En “Pantagruel”, el libro escrito por Rabelais, el capítulo del nacimiento del héroe –dice Mijail Bajtin-, describe el espantoso calor, la sequía y la sed general que éste provoca. Si creemos a Rabelais, esta sequía duró treinta y seis meses, tres semanas, cuatro días y trece horas y pico. Las memorias de los contemporáneos nos informan de que, en el año en que fue escrito “Pantagruel” (1532), hubo efectivamente una sequía terrible que duró seis meses. Rabelais no hace sino exagerar su duración. La sequía y la sed general dieron vida a Pantagruel, el diablillo del misterio que tenía el poder de dar sed. Se encuentra en el mismo libro, el episodio en el cual Panurgo compra las indulgencias, lo que le permite salir a flote. El año en que fue escrito el libro, fue un año jubilar extraordinario; las iglesias que Panurgo recorre se habían beneficiado realmente con el derecho de vender las indulgencias.

En “Pantagruel” encontramos el pasaje siguiente: “leyendo las bellas crónicas de sus antepasados, encontró que Godofredo de Lusignan, llamado Godofredo el del gran diente, abuelo del primo político de la hermana mayor de la tía del yerno del tío de la nuera de su suegra, estaba enterrado en Maillezais[i]; se tomó un día de vacaciones para ir a visitarle, como hombre de bien. Y, partiendo de Poitiers con algunos compañeros, pasaron por Ligugé, donde visitaron al noble Ardillón, abate, y por Lusignan, Sanxay, Celles, Coulomges, Fontenay-le-Comte, donde saludaron al docto Tiraqueau; y de allí llegaron a Maillezais, donde visitó el sepulcro del dicho Godofredo el del gran diente”.

Cuando Pantagruel observó la estatua de piedra de Godofredo, erigida sobre su tumba, quedó impresionado por la expresión furiosa[ii] que el escultor había dado a su figura. Hay dos momentos fantásticos en el episodio (dice Bajtin[iii]): la imagen del girante Pantagruel viajando y sus lazos de parentesco paródico con Godofredo. Todo el resto del texto corresponde con perfecta precisión a la realidad.

Cuando Rabelais era secretario particular de Godofredo d’Estissac, obispo y abad de Maillezais, había viajado muchas veces de esta ciudad a Poitiers, (itinerario de Pantagruel), pasando por los lugares que nombra. D’Estissac hacía frecuentes viajes en su obispado (como a muchos otros señores de su tiempo, le gustaba mucho edificar), y Rabelais lo acompañaba siempre. Conocía así a la perfección el Poitou, citando en su libro más de cincuenta nombres de ciudades y villorrios, comprendiendo los burgos más minúsculos.

Es en el monasterio de los franciscanos de Fontenay-le-Comte, donde Rabelais pasa sus primeros años; allí frecuentó a un grupo de clérigos de ideas humanistas que se reunían con el abogado André Tiraqueau, con quien Rabelais conservaría relaciones amistosas hasta el fin de sus días. Al lado de Ligugé se encuentra un monasterio agustino, que tenía por cura al docto abad Ardillon, a quien Rabelais hacía frecuentes visitas. Por su parte, Godofredo de Lusignan, antepasado de Pantagruel, no era tampoco imaginario, sino un personaje que vivió a comienzos del siglo XIII. Había incendiado la abadía de Maillezais (por eso Rabelais le hizo vendedor de yesca en los infiernos, castigo carnavalesco de ultratumba), pero luego, habiéndose arrepentido, la había reconstruido dotándola ricamente.

La imagen grotesca y fantástica (incluso cósmica, dice Bajtin) de Pantagruel es trazada con una realidad perfectamente precisa y conocida por el autor. En cuanto a las localidades, Rabelais se esfuerza en el relato de alguna particularidad local: el abrevadero en el que se le daba la papilla a Pantagruel, y que, en vida del autor, era exhibido en Bourges con el nombre de “escudilla del gigante”. El pequeño Pantagruel estaba encadenado a su cuna y Rabelais dice que una de las cadenas se encontraba en La Rochelle, otra en Lyon y la tercera en Angers. Existían, efectivamente. En Poitiers, el joven Pantagruel arrancó una piedra de una gran roca e hizo con ella una mesa para unos estudiantes. Esta piedra hendida en dos, existe todavía en Poitiers.

Cuando habla de “Gargantúa”, todos los acontecimientos (con excepción de los de París) se desarrollaron en los alrededores de Chinon (a orillas del río Vienne, poco antes de su desembocadura en el Loira), que es la patria del escritor. Todas las localidades citadas, son reales. El centro de toda la acción se encuentra en la residencia real de Grangousier, padre de Gargantúa. Hoy se sabe donde está dicha residencia, la granja de la Devinière, propiedad del abogado Atoine Rabelais, padre del escritor, y allí le contaron la agresión de Picrochole[iv]. Toda la guerra que provocó esta agresión se basa en hechos reales, la lucha entre panaderos y viñeros en el valle del Négron, al este de Tours, el cerco de una abadía y otros pormenores[v]. En esta guerra la familia de Rabelais estuvo en un bando contra Gaucher de Sainte-Marthe, señor de Lerné y propietario de pesquerías en el Loire. Rabelais se encontró en el centro de los acontecimientos y tomó parte en ellos.

En las cercanías de Devinìere, sobre la margen izquierda del Négron, existe todavía hoy la pradera de la Saulsaye, que sirvió de marco a los diálogos de los buenos borrachos, y en la cual nacería Gargantúa durante la fiesta carnavalesca de la matanza de reses. Algunos acontecimientos fantásticos, como el de los peregrinos comidos, tiene lugar en el patio del jardín de la granja de la Devinière. Muchos personajes han sido identificados: un teólogo era Lefévre de Etaples[vi], y así otros. La villa de Panzoust (en el episodio de la sibila de Panzoust), existió realmente, según Bajtin, y hoy se puede ver aún la gruta donde vivía la pitonisa.

La historia de la mala pasada del maestro François Villon, una “farsa trágica”, se desarrolla en Saint-Maixent (en Poitou). Cuando, por ejemplo, en el curso del banquete que sigue a los caballeros asados, Pantagruel dice que sería bueno enganchar campanas bajo las mandíbulas masticadoras, se está refiriendo a las de los campanarios de Poitiers, Tours y Cambrai…

Bajtin dice que Rabelais es el menos popular y entendido de los grandes escritores franceses, pero los estudiosos le consideran como uno de los autores más importantes. Se le ha comparado con Shakespeare, y Chateaubriand y V. Hugo lo tuvieron como uno de los genios más importantes de la humanidad. Michelet ha dicho que Rabelais ha recogido sus datos de la sabiduría popular, los refranes, los proverbios, las farsas estudiantiles y la acción de los bufones. De sus delirios y de sus sueños nos han quedado frutos fecundos.


[i] Localidad del oeste de Francia.
[ii] Esta expresión se corresponde con la realidad.
[iii] “La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento”. En un capítulo de esta obra se basa el presente resumen.
[iv] El rey que ataca el reino de Grangousier.
[v]  El gran bastonero de la cofradía de los panaderos apaleado de muerte, lleva en el libro el nombre de Marquet, que en la realidad era el yerno de Saint-Marthe. Rabelais enumera los nombres de treinta y dos propietarios feudales, ninguno imaginario. 
[vi] Humanista, teólogo y filósofo francés.