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martes, 25 de abril de 2023

Los tres reinos (2)

 

                                            Castillo de Durham (es.hoteles.com/go/inglaterra)

La revuelta de 1639 intentó atajarla Carlos I con un ejército que resultó insuficiente y fue derrotado, tomando los escoceses las ciudades inglesas de Newcastle y Durham. El rey convocó entonces el Parlamento (1630) pero este le negó todo tipo de ayuda económica en represalia a once años de gobierno personal del rey[i], y al tiempo el virrey de Irlanda, Thomas Wertworth (conde de Stranfford), se dirió al rey para ofrecerle un ejército irlandés en su ayuda, lo que sonó en Inglaterra como una invasión católica.

Irlanda, como Escocia, era predominantemente agrícola y ganadera, y la autoridad del rey en la isla era reducida al área colonial de The Pale, una “zona de seguridad” de Dublín y sus alrededores, donde se encontraba la sede del poder político y militar inglés hasta 1922. Aunque el virrey debía tener en cuenta al Parlamento irlandés, este no tenía los poderes que el de Londres. Ya la reina Isabel I había fundado, en 1592, la universidad protestante de Trinity College, y la cercana catedral de San Patricio era la principal sede de la Iglesia reformada de Irlanda.

En el resto de la isla la población católica vivía del campo y hablaba gaélico; estos habitantes se hacían llamar “antiguos irlandeses” para diferenciarse de los colonos, pero en torno a 1600 los “antiguos ingleses” de Irlanda también se consideraban nativos de la isla, pues eran descendientes de la población anglonormanda que conquistó Irlanda en el siglo XII[ii], siendo también católicos; por otra parte mantenían estrechos vínculos comerciales con Inglaterra y España.

En 1541 el Parlamento de Dublín había aprobado que Irlanda pasaba de señorío a reino, y con Isabel I (1558-1603) y su sucesor Jacobo I se llevó a cabo un control más extenso sobre el territorio con planes estatales de colonización: los “nuevos ingleses” cumplieron en esto un papel “modernizador”, pero encontraron una fuerte resistencia en Ulster, la provincia gaélica por antonomasia. Desde finales del siglo XVI sus dos principales señores, O’Neill y O’Donnell, buscaron conjuntamente el apoyo de Felipe II de España, pero los aliados hispano-irlandeses fueron derrotados, y con el tratado anglo-español de 1604 el objetivo del nuevo rey de España (Felipe III) en Irlanda pasó a conseguir la libertad de conciencia para los católicos de la isla. Desde 1607 la colonización de Ulster fue una realidad, obteniendo los colonos escoceses e ingleses las mejores tierras.

Los nativos irlandeses y los “viejos ingleses” vieron deteriorada su situación jurídica, política y económica fuera de Ulster, y desde 1625 el rey Carlos I Estuardo siguió la política fiscal que ya estaba aplicando en Inglaterra: aumento de impuestos, para lo que fue de utilidad el virrey Thomas Wertworth con proyectos de plantaciones en Connacht (oeste de Irlanda), pero consiguió atraerse por igual el odio de los católicos y de los protestantes de la isla, alzándose en armas los primeros, y los segundos se alinearon en el Parlamento de Londres contra el rey, el cual entregó al virrey de Irlanda para ser decapitado en 1641, poco antes del estallido de la gran rebelión en la isla, lo que provocó la huída en masa de los colonos protestantes[iii] o su atrincheramiento en Ulster.

Con cuatro millones de habitantes (cinco desde 1630) Inglaterra no tenía un gran ejército permanente, y las guerras con los señores irlandeses y con España habían dejado al estado en la ruina. Jacobo I puso fin al conflicto con España (1604, ver más arriba), en 1616 ejecutó a Sir Walter Raleigh[iv], todo un símbolo de la época isabelina, y en 1623 dejó que su hijo Carlos viajase de incógnito a España para ver si sería posible su boda con la infanta María de Austria, hermana del rey Felipe IV. Las exigencias de este sobre la necesidad de que Carlos se convirtiese al catolicismo o, en su defecto, la libertad de conciencia para los súbditos católicos de Jacobo, abortó el intento.

En cuanto a Escocia, Jacobo I advirtió que no la gobernaría por medio de un virrey, y ante el debate de los tratadistas que se fijaban en España[v], Francis Bacon sostuvo que no eran comparables los dos casos, británico y español, augurando la separación de Portugal de la monarquía española (desde 1640)[vi]. Carlos I cambió la política de paz con España que había seguido su padre y se vio envuelto en dos conflictos en el exterior: el intento de restaurar en el Palatinado al príncipe protestante Federico V y, de más envergadura, la guerra con España (1625-1630), por la que Inglaterra se alió con las Provincias Unidas que aspiraban a su independencia de la monarquía española, y también en la ya iniciada guerra de los treinta años contra los Habsburgo.

Los problemas para financiar estos conflictos llevaron a Carlos a una política fiscal muy agresiva: un impuesto sobre los navíos al que se opuso el Parlamento, por lo que decidió disolverlo; acudió entonces a financieros extranjeros, pero salió derrotado en el Palatinado y en Cádiz (1625). Convocó el Parlamento en 1626, pero este quiso investigar lo ocurrido en Cádiz[vii] y algunos parlamentarios fueron arrestados, negándose entonces el Parlamento a discutir hasta que no fueran liberados. El rey volvió a disolverlo. Cuando un nuevo Parlamento le presentó al rey en 1628 una “Petición de Derechos” para que se evitase cualquier detención arbitraria y para que el rey no pudiese exigir nuevos tributos, pues la corona tenía ya una deuda extraordinaria[viii] y se había interrumpido el comercio con España, el rey disolvió de nuevo el Parlamento y nueve parlamentarios fueron arrestados, comenzando un gobierno en solitario del rey por once años.

Durante este tiempo el rey aumentó los ingresos y situó a la Royal Navy a la altura de las tres armadas más potentes del momento (España, Francia y Holanda). Para conseguirlo se pusieron en vigor antiguos impuestos como el Ship Money, una tasa anual sobre la fabricación de buques de guerra sufragada por las ciudades costeras a cambio de su protección. El impuesto se convirtió en permanente desde 1635 y se extendió al interior del país so pretexto de beneficio común por la seguridad de la costa. Algunos pequeños propietarios agrícolas fueron convertidos en caballeros y, como tales, sujetos a una tasa. La voracidad recaudatoria del rey, junto con la excusa de que sus colaboradores discriminaban a los puritanos anglicanos, que llegaron a controlar el Parlamento, llevaron a este a decidir la muerte del rey (1649).


[i] Lo había disuelto tres veces.

[ii] El papa autorizó dicha conquista para combatir los ritos paganos que eran comunes en la isla.

[iii] Los favorecidos por la política real.

[iv] Marino, corsario, pirata y escritor inglés.

[v] Respeto a las instituciones de cada reino bajo un mismo rey.

[vi] Como se sabe, también Cataluña se separó de la monarquía española durante unos años.

[vii] Estaba complicado Georges Villiers, duque de Buckingham y favorito de los reyes Jacobo y Carlos. En 1623 había acompañado a este último a España para negociar el matrimonio con la hermana de Felipe IV. En 1628 un oficial del ejército le asesinó.

[viii] Solo el embargo sobre navíos y mercancías inglesas en Andalucía y Portugal (formando parte de la corona española) sumó cerca de 250.000 ducados.

Los tres reinos (1)

 

Hay una selecta historiografía sobre la construcción  del estado formado por Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda, así como el protagonismo escocés en las revoluciones políticas británicas del siglo XVII. Oscar Recio Morales[i] ha sintetizado en un bien organizado trabajo este asunto, explicando “las dificultades de la Corona en la construcción del Estado moderno en las islas británicas”. La ausencia de una transformación social radical –dice- podría explicar un relativo escaso interés fuera de las islas británicas sobre dichas revoluciones si lo comparamos con la atención que se ha dado a la francesa de 1789. La situación interna de Escocia, Irlanda e Inglaterra han contribuido a aquella dificultad.

Recio Morales considera que la visión anglocéntrica que ha prevalecido sobre las revoluciones británicas del siglo XVII es un error, y hay historiadores escoceses e irlandeses que las consideran como “una etapa más de la expansión imperialista inglesa”. Pero fueron los escoceses de las Lowlands quienes desarrollaron una teoría colonialista para “civilizar” a los “salvajes” de las Highlands, y el más entusiasta de la Unión de las coronas inglesa y escocesa fue el escocés Jacobo VI/I Estuardo[ii], siendo él mismo quien repartió entre escoceses e ingleses las tierras de los irlandeses en Ulster desde 1609. Fue también en territorio escocés donde estalló la rebelión de 1637[iii] que daría origen a la primera revolución política británica del siglo XVII[iv].

El intento de Carlos I Estuardo de llevar al límite la rivalidad con los Austrias españoles “fue una de las principales causas de la ruptura con el Parlamento[v], y con la llegada al trono de Jacobo II Estuardo en 1685 se puso en práctica una política absolutista como la de los Borbones franceses. A principios del siglo XVII las islas británicas estaban formadas por el principado de Gales y los reinos de Inglaterra, Escocia e Irlanda, pero el proceso de unión política comenzó en la Edad Media aunque interrumpido por la guerra de los “cien años” (1337-1453) y las luchas civiles “de las Dos Rosas” (1455-1487), perviviendo estructuras feudales en las partes más remotas de las islas mucho después, lo que provocó permanentes conflictos.

Debe recordarse que Gales había sido conquistado por Eduardo I de Inglaterra en 1282, integrándose su nobleza muy pronto en las instituciones inglesas y llegándose al “Acta de Unión” en 1536. En Escocia e Irlanda las cosas fueron muy distintas: al morir en 1603 Isabel I Tudor sin descendencia, las conexiones dinásticas con los Estuardos escoceses hicieron rey de los tres reinos a Jacobo I (1603-1625), pero este régimen de gobierno único de reinos separados tuvo continuas crisis. Las diferencias eran étnicas, lingüísticas, económicas, sociales y –desde el triunfo de la reforma protestante- también religiosas. Hasta 1560 Escocia había sido un reino católico e independiente con una corte en Edimburgo, y sus conexiones con el continente, especialmente con Francia, le permitieron mantenerse neutral en la guerra entre Felipe II de España e Isabel I de Inglaterra (1585-1603).

Desde 1560 Escocia se convierte en un bastión del calvinismo al mismo tiempo que mantiene sus vínculos con los países protestantes del norte de Europa y el Báltico, estableciendo los escoceses en ellos un pujante comercio, al tiempo que sus ejércitos se alinearon contra los Habsburgo en la guerra de los Treinta Años. La autoridad de la corte de Edimburgo, no obstante, era limitada, concentrándose las principales ciudades en las Lawlands, con Saint Andrews como capital espiritual y sede, desde 1413, de una prestigiosa universidad. La lengua gaélica era hablada por los habitantes de las tierras altas, los cuales tenían más lealtad al clan al que pertenecían que a monarca alguno, y esto se acentuó más cuando Jacobo I abandonó Edimburgo y se instaló en Londres en 1603: su objetivo fue someter a los clanes más díscolos, que a su vez tenían diferencias casi irreconciliables entre ellos. Las Highlands siguieron siendo un territorio de frontera y de inestabilidad política hasta su derrota en Culloden[vi] a mediados del siglo XVIII.

Pero aún cabe hablar de una tercera región de Escocia, la formada por los archipiélagos de las Orcadas[vii], Shetlands[viii] y Hébridas, muy vinculadas culturalmente a Escandinavia desde su conquista vikinga en el siglo VIII. Orcadas y Shetlands fueron transferidas desde Noruega a escocia en 1469, y su independencia política empezó a decrecer con Jacobo I. En el siglo XVII Escocia tenía un millón de habitantes (igual que Irlanda), dándose una emigración al norte de Europa y a Irlanda, y desde la Edad Media las ciudades inglesas de Newcastle, Durham y York fueron objeto de incursiones y saqueos, siendo estas mismas ciudades objeto de los rebeldes escoceses en 1638.

Desde 1603 Jacobo VI de Escocia asumió el título de Jacobo I de Inglaterra, y llevó a cabo un procesdo de “inglesización” de Escocia, pero contó con la oposición del Parlamento inglés a la unificación territorial, pues no quería tener que cargar con el mantenimiento de un territorio mucho más pobre que Inglaterra; también se opuso a que se igualase el estatudo de los vasallos de ambos reinos[ix]. Jacobo era, como rey de Inglaterra, Gobernador de la Iglesia anglicana, lo que le permitió llevar a su país de origen los jueces de paz ingleses y el sistema episcopal. Su hijo Carlos I, ya muy alejado de Escocia, aceleró desde su llegada al trono (1625) la política religiosa de Jacobo I, lo que provocó que el conflicto estallase (1637) cuando William Laud, arzobispo de Canterbury, intentó introducir en Escocia una versión modificada del Libro Común de Oración, produciéndose levantamientos en toda Escocia, y los lídres firmaron un “Pacto Nacional Escocés” (1638) en defensa de la Iglesia escocesa.

Una asamblea general negó la supremacía del rey sobre la Iglesia de Escocia, rechazó el sistema episcopal y reintrodujo la estructura presbiteriana. Fue entonces cuando Edimburgo fue tomada por los rebeldes escoceses, Carlos I perdió su primer reino y la “guerra de obispos” (1639-1640) se convirtió en el inicio de las guerras civiles.


[i] “Las revoluciones del siglo XVII en las islas británicas: una perspectiva multiterritorial”.

[ii] Entre 1602 y 1606 Jacobo intentó la colonización de la isla de Lewis (al noroeste de Escocia), en las Hébridas (al sur de la isla de Lewis) y en el extremo norte de Escocia.

[iii] Es lo que se ha llamado guerra de los tres reinos, cuando estaban bajo la unión personal de Carlos I Estuardo.

[iv] Este resumen está basado en la obra citada en la nota i.

[v] El empeño del rey Carlos en ayudar a Federico V del Palatinado para recuperar las tierras que había perdido a manos del emperador Fernando II de Habsburgo, chocó con el Parlamento, partidario más bien de atacar las posesiones españolas en América en busca de resultados económicos a corto plazo.

[vi] Al norte de Escocia. Los rebeldes (jacobitas) eran partidarios de la vuelta al trono de Jacobo II de Inglaterra y sus descendientes Estuardo, desposeidos tras la revolución de 1688. Desde finales del siglo XIII la corona escocesa había firmado tratados defensivos con Francia, que mantuvo hasta 1560 una guarnición militar en Escocia. Hasta la Unión de las Coronas en 1603 también fue patente la influencia de Francia en la corte de Escocia. Recio Morales considera que el exilio católico escocés y la capacidad de influencia de la monarquía hispánica en Escocia quedan por estudiar.

[vii] En el extremo norte de Escocia.

[viii] Al norte de las Orcadas.

[ix] El Parlamento ratificó la unión de las coronas en un mismo rey, pero no la unión de los dos reinos y la equiparación de sus habitantes.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Los campos ingleses en la Edad Moderna

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La idea de que los cercamientos en el campo inglés, que se remontan a antes del siglo XVIII, fueron el motor de la revolución agrícola que tuvo lugar en dicho país, ha sido puesta en tela de juicio por varios historiadores, aunque otros siguen defendiendo dicha tesis.

Uno de los partidarios de revisar las “conclusiones” tradicionales es Robert C. Allen, que en un trabajo algo engorroso[i] quiere demostrar que, al lado de los cercamientos, hubo otros factores que posibilitaron el crecimiento agrícola inglés. No obstante este autor acepta que los terratenientes emprendedores desempeñaron un papel clave en el desarrollo del cultivo del nabo, la cría de ovejas de la raza New Leicester[ii] y el sistema Norfolk de rotación cuatrienal. Estas explotaciones proporcionarían una mayor producción con menos manos de obra.

Para Allen y otros la revolución agrícola se adelantó al siglo XVII y en ella jugaron un importante papel los “yeomen” (campesinos acomodados) en sus campos abiertos (“open field”). Estos serían los “auténticos héroes” de la revolución agrícola, en palabras de Allen. Las tenencias de sus tierras eran muy variadas pero fueron capaces de soportar el aumento de los arrendamientos mediante el aumento de la producción o ahorrando costes. Las ganancias obtenidas por estos “yeomen” fueron un incentivo para la innovación, pero las instituciones comunales en los campos abiertos –dice al autor citado- actuaron como cunas de progreso. Otro aspecto es el de la adopción de nuevos cultivos.

Algunos autores han insistido en el crecimiento de la producción de cereales a partir del aumento de población durante el siglo XVIII, pero la producción habría aumentado poco durante la primera mitad y lo habría hecho rápidamente durante la segunda mitad. El comercio internacional antes del siglo XIX, por su parte, solo desempeñó un pequeño papel en la mayoría de los casos. Otros han señalado que la producción, durante dicho siglo, creció menos que la población, hallando muy poco crecimiento de la producción entre 1740 y 1800.

Si vamos más atrás, el crecimiento de la producción agraria habría sido sostenido desde 1520 hasta 1740, y esto se debe a los medianos agricultores, “yeomen”, en los campos abiertos. Solo después de 1800 empezó a incrementarse la producción de alimentos, y si nos preguntamos cómo alimentó la agricultura inglesa a la población durante la Revolución Industrial, la respuesta es, según Allen, que mal. Los elevados precios de los alimentos en torno a 1800 trajeron consigo una disminución del consumo alimentario por habitante, y ello se tradujo en la reducción de la estatura de los ingleses.

Otro aspecto es el de la productividad del trabajo: el autor al que sigo compara el caso inglés con el de otros países europeos[iii] entre 1500 y 1800. Para ello ha distinguido entre población rural agrícola y no agrícola, utilizando los censos agrícolas del siglo XIX. Siguiendo a otros, considera que el 80% de la población rural era agrícola en 1500, aunque tiene algunas reservas sobre dicho dato. Bélgica siempre habría alcanzado una elevada productividad, aunque expresada en índices, a la baja durante todo el período, mientras que la mayoría de los países del continente muestran una reducción de la productividad. Destacan las dos revoluciones agrícolas, la holandesa y la inglesa, y resulta chocante constatar que la producción por trabajador se incrementó en la agricultura inglesa entre 1600 y 1750, experimentando a continuación un ligero retroceso en la segunda mitad del siglo XVIII. Esto –dice Allen- constituye un juicio negativo sobre el papel de los cercamientos.

Luego se pregunta qué hizo aumentar la productividad: ¿quizá los nuevos cultivos? Los viajes de Arthur Young[iv] hacia 1770 y los informes de una Junta de Agricultura a principios del siglo XIX ofrecen muchos datos. Allen reconoce que los cercamientos lograron un impacto positivo sobre la productividad, pero hay que demostrar la proporción que les corresponde en la duplicación de los rendimientos agrícolas que se produjo entre la Edad Media y 1800. Mediante tablas estadísticas parece demostrar que el diferencial de rendimiento varía según los tipos de suelos; en los ligeros la mayor parte de la tierra seguía siendo de labor después del cercamiento, y el sistema Norfolk de rotación cuatrienal (nabos-cebada-trébol-trigo) era lo más rentable. La ventaja sobre las explotaciones abiertas era mayor en los distritos ganaderos y en dichas explotaciones se logró el 90% de la mejora de rendimientos.

La única zona donde aparece que los agricultores de las zonas cercadas presentaban una gran ventaja en rendimientos eran los distritos agrícolas de suelos pesados[v], no adecuados para pastos, por lo que se siguieron cultivando cereales después del cercamiento. En el siglo XVIII el sistema de drenaje profundo fue una gran ventaja, pero exigía la concentración parcelaria, y los rendimientos relativamente elevados de las explotaciones cercadas se explican por esta causa, pero aún así, los agricultores de los campos abiertos lograron tres cuartas partes del aumento de rendimientos desde los niveles medievales hasta 1800.

Antes del sistema de drenaje profundo la norma eran las explotaciones alargadas que formaban una especie de lomo (elevación leve del terreno en el centro y caída hacia los extremos), pero el drenaje profundo exigió excavar surcos lo más hondos posibles y acentuar luego la profundidad con una laya (pala de hierro grande y fuerte). En los distritos que experimentaron una conversión ganadera, por su parte, el valor total de la producción agrícola disminuyó, puesto que la producción pecuaria producía menos ingresos por hectárea que los cereales.

Los cercamientos tuvieron otras implicaciones: en los distritos donde predominaba la tierra de labor el impacto fue mínimo, ni siquiera se dejó de emplear la rotación tradicional (barbecho-trigo-judía) de los campos abiertos. Los agricultores de las zonas cercadas, no obstante, tenían más posibilidades de cultivos innovadores, empleándose el sistema Norfolk y provocando la condena de las tierras abiertas. La renta por hectárea era más elevada en los pueblos cercados que en los abiertos, haciéndose allí los cultivos más intensivos, lo que llevó a un aumento del valor económico de la tierra, funcionando dichos cercamientos en los distritos de tierras pesadas, pero en ninguna otra parte. En otros distritos las rentas se incrementaron mucho más de lo que aumentaba la producción; resulta difícil negar la realidad –dice Allen-: los cercamientos supusieron unas buenas rentas para la nobleza rural tipo “gentry” y para la aristocracia.

¿Aumentó la producción y la productividad en explotaciones más extensas? La ampliación de las explotaciones por quienes se beneficiaron de las “enclosures act” aprobadas por el Parlamento, comenzó en el siglo XVII y culminó en el siguiente. El autor ha estudiado los inventarios “post mortem”, donde se reflejan los rendimientos explotación por explotación y los relaciona con su tamaño. Parece que no hubo correlación entre el tamaño y su rendimiento, y que en realidad los rendimientos se dispararon en explotaciones de todos los tamaños entre 1550 y 1725. Sin embargo, el paso a explotaciones mayores tuvo efectos sobre la productividad por otra vía: empleaban menos trabajadores por hectárea que las pequeñas, por lo que el salto a grandes explotaciones tendió a prescindir de mano de obra agrícola y aumentó la producción por trabajador.

Las explotaciones de mayores dimensiones tenían poco efecto sobre la producción, y los cercamientos del siglo XVIII lograron un impacto mínimo sobre la producción por hectárea cuando la tierra seguía dedicándose al cultivo. Por su parte, la conversión ganadera llevada a cabo en ciertos distritos influyó escasamente sobre el rendimiento por unidad de superficie. Durante el siglo XVIII, en cambio, se extendió la mejora de los suelos y esto compensó las desventajas explicadas. En definitiva, los cercamientos que no reducían la superficie dedicada al cultivo del cereal no repercutieron en la ocupación obrera. Los cercamientos que pasaron de tierra de labor a pasto y, en general, las explotaciones más grandes, redujeron el número de trabajadores por hectárea.

Allen concluye que la reorganización agraria del siglo XVIII apenas tuvo algún efecto sobre la producción o el empleo. La productividad venía siendo alta desde la Edad Media y el crecimiento de la producción y la productividad tuvieron lugar entre 1600 y 1740, pero fue obra de los pequeños agricultores de los campos abiertos, aquellos "yeomen", aunque dice no comprender como lo hicieron. Se produjeron, sin embargo, tres cambios: el cultivo de legumbres, la mayor productividad del ganado y la mejora de semillas. 



[i] “Revolución en los campos: La reinterpretación de la Revolución Agrícola inglesa”.
[ii] De Northumberland, para la producción de carne.
[iii] Calcula su extensión de acuerdo con la que tenían tras la segunda guerra mundial.
[iv] Estudioso de la agricultura.
[v] Abundancia de arcillas.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Ciudades romanas en Francia e Inglaterra

Restos de la muralla romana de Silchester
(Inglaterra) (1)
Lugdunum (Lyon) fue la capital administrativa de las Galias, fundada en el año 43 a. de C.; probablemente fue una idea de César, que fue llevada a cabo por Munatius Plancus[i]. Según Pierre Grimal[ii] es fácil discernir la intención de los fundadores: en el punto donde se cruzaban dos de las más importantes rutas de las Galias, la del Rin al Mediterráneo y la del Leman[iii] al Atlántico. Lugdunum estaba llamada a ser una colonia que fuese capaz, a la vez, de ser un puesto avanzado de romanidad y encrucijada del mundo céltico unificado en el seno de la “paz romana”.

Desde los últimos años que precedieron a la conquista, Vienne[iv] había sido la más septentrional de las grandes ciudades del valle del Ródano, pero los comerciantes romanos que se instalaron en ella fueron expulsados en una revuelta, y pidieron asilo a los galos segusiavos[v], que los acogieron en la confluencia del Saona con el Ródano. Fue en este núcleo romano donde se apoyó César en los inicios de su intervención en las Galias, con motivo de la campaña contra los helvéticos en el año 58 a. de C. El valor estratégico y comercial del lugar fue de esta manera puesto en evidencia, incluso antes de que las Galias fueran anexionadas. Solamente existía entonces en la colina que ahora llamamos de Fourvière, al oeste de Lyon, un poblado celta. La primera preocupación de los fundadores fue la de rodear la colina con una sólida muralla que siguió el contorno triangular de aquella. Esta muralla no ha sido encontrada, aunque sí la localización de sus puertas, pasando por ella los convoyes que iban y venían de las diferentes regiones de las Galias a Italia.

 El foro se edificó en una terraza que lo situó por encima del decumanus y el cardo, con los que se comunicaba solamente por dos rampas. El emplazamiento del Capitolio y de otros edificios públicos no se conoce, ya que la ciudad medieval y moderna se han superpuesto. De la colonia de Lyon, propiamente dicha, solamente conocemos con detalle el teatro de Fourvière, descubierto por los arqueólogos y restaurado. Allí podían tomar asiento unos 10.000 espectadores y en un odeón muy cercano cabían unos 3.000. Al pie de las murallas de Fourvière se instalaron muy pronto barrios populares y de comerciantes, cuyo recuerdo es conservado en la epigrafía.

Fue en la isla formada entonces por el Saona y el Ródano donde se construyó el barrio de las Cabanas, agrupados en él los comerciantes del vino con sus almacenes. En la orilla derecha del Saona se encontraban los “nautas”, es decir, los patronos de los buques de transporte, cerca del puerto y los depósitos. Aguas arriba, en el mismo ángulo de la confluencia, el barrio de Condate, donde a partir del 12 a. de C. se construyó un santuario consagrado a la divinidad de Roma y de Augusto. Este altar, donde venían a sacrificar cada año representantes de diversas partes de las Galias, exigió la ampliación del barrio con un templo y un anfiteatro.

La historia de Lugdunum diseña fácilmente el desarrollo de las funciones para las que fue creada la ciudad: puesto avanzado romano, transformado en una encrucijada comercial, estratégica y fluvial, y muy pronto centro espiritual de la nueva provincia. Nuevos barrios fueron surgiendo para responder a las necesidades que se iban creando, por lo que no hubo planificación desde una nueva planta, y así Lyon tuvo una duradera prosperidad.

Vaison (la ciudad de los voconces), es un ejemplo de lo que fue una ciudad galo-romana, donde las sucesivas excavaciones han puesto de relieve barrios antiguos y, sobre todo, mansiones privadas muy propias de la Narbonense. Encontramos en Vaison ejemplos de casas con atrium y peristilo de tipo tradicional, especialmente en la casa conocida como “del Busto de plata” o la “de los Messii”, en la colina de Puymin, en la Provenza. La primera está bastante bien datada a finales del siglo I de nuestra era, y es interesante ver en ella la supervivencia del atrium, pero tendía a imponerse ya otro tipo de vivienda privada, el de la insula. No lejos de la Casa de los Messii se han descubierto edificios, en muchos casos comparables a mansiones de Ostia y Roma que, en lugar de estar orientadas hacia los patios interiores, se abren a la calle, y de esta partían las escaleras que conducían a los pisos superiores. Algunos barrios de las urbes romanas de las Galias –los más populares- se parecían, pues, a algunas de las actuales ciudades viejas de Génova o Niza. A medida que nos vamos alejando del Mediterráneo, las casas particulares tomar formas diferentes.

En la actual Gran Bretaña se ve que las viviendas privadas presentaban un aspecto muy diferente del las mediterráneas. Una primera diferencia la encontramos en que, en Gran Bretaña, no ocupaban completamente toda una manzana, sino que estaban rodeadas de un gran jardín. De ello se deduce que su planimetría no estaba determinada por el terreno, formando las casas más simples una especie de corredor o hall, cuya fachada estaba rodeada por una varanda. El interior, dividido en compartimentos transversales, formaba habitaciones distintas que se comunicaban entre sí mediante la varanda anterior. A veces, en un extremo de la casa, una habitación formaba un saliente que dominaba la varanda. En las mansiones más amplias, a menudo eran dos los halls que estaban dispuestos en forma de escuadra, con lo que tenemos así el esbozo de una casa con patio, donde las habitaciones de la vivienda estaban simplemente dispuestas en torno a un espacio dejado libre.

Finalmente, a veces este espacio se cerraba sobre sí mismo y se transformaba en un verdadero patio, lo que nos recuerda la casa africana, pero completamente diferente por sus orígenes. En una ciudad como Silchester existían menos casas verdaderamente “urbanas” que viviendas rurales trasladadas a la ciudad y adaptadas, bien que mal, a las necesidades del urbanismo romano. Aquí vemos formas arquitectónicas extrañas a la tradición italiana, salvaguardando las tradiciones locales. Es quizá por esta razón que Roma pudo permitirse, según los climas, las necesidades sociales y económicas, y también el genio particular de cada uno de los pueblos “acogidos” en el Imperio, aceptar tantas particularidades.




[i] Vivió entre 87 y 15 a. de C., desarrollando funciones políticas y militares cambiando de bando continuamente.
[ii] “Las ciudades romanas”.
[iii] Lago al norte de los Alpes.
[iv] Al sur de Lyon y a orillas del Ródano.
[v] César los sitúa en el ángulo entre el Ródano y el Saona. Junto con otros, fronterizos con la provincia narbonense, de forma que Lugdunum se fundó en territorio de estos segusiavos.

(1) https://www.tripadvisor.com/LocationPhotoDirectLink-g186363-d948655-i17835988-Silchester_Roman_City_Walls_and_Amphitheatre-Reading_Berkshire_England.html

jueves, 9 de julio de 2015

Las potencias se quieren comer las Indias

Del trabajo publicado por Carmen María Fernández Nadal (1) se deduce que durante el siglo XVII (puede decirse lo mismo en la siguiente centuria) las grandes potencias marítimas, España, Inglaterra, Francia, Holanda y Portugal, siguieron una carrera de enfrentamientos, diplomáticos en el caso estudiado por la autora, para obtener ventajas sobre las riquezas de América y el comercio que se podía establecer en ella. 

La enemistad de Luis XIV con la monarquía española (los reyes de España eran de la misma familia que los emperadores germánicos) fue un primer condicionante para que los embajadores españoles pudiesen defender los intereses de la monarquía frenta a Francia e Inglaterra, pronto aliadas contra España. El tratado firmado en Dover en 1670 entre las dos monarquías no tuvo nada que ver con España, pero de resultas, la monarquía española quedó afectada. Dicho tratado, en realidad, servía a los intereses de Francia sobre los Países Bajos y el rey inglés Carlos II Estuardo pretendía la ayuda de Francia para vencer al anglicanismo en su país.

Ya desde 1604 España firmó un tratado con Inglaterra para no hostilizarse en el comercio con América: España mantendría el monopolio sobre las tierras colonizadas e Inglaterra no daría patentes de corso, lo que reiteradamente fue inclumplido, y prueba de ello son los sucesivos tratados firmados entre ambas potencias marítimas, violados uno tras otro, sobre todo por Inglaterra, que era la que quería entrar en un comercio monopolizado "de iure" por los españoles. Hubo otro tratado en 1630 y otro en 1656, este último firmado por el rey Carlos II Estuardo en el exilio (su reinado efectivo no empezó hasta 1660) que, dando muestra de su debilidad y para conseguir la ayuda española, dejó abierta la posiblidad de restituir a España la isla de Jamaica, que había sido atacada por ingleses a finales del siglo XVI, a principios y mediados del XVII, hasta que en 1655 cayó definitivamente en manos inglesas (obra del cuáquero, inteligente y nogociante William Penn, ayudado por el marino Robert Venables).

Siguieron otros tratados entre Inglaterra y España entre 1660 y 1680, lo que demuestra la ineficacia de unos y otros, pues siempre Inglaterra como estado o piratas ingleses, atacaban intereses españoles en América, intereses que podían ser puestos en cuestión -sobre todo a partir de como fueron adquiridos- por parte de cualquiera. 

Jamaica, como se sabe, nunca volvió a manos españolas, lo que a los nativos pocó importó, pues daba igual ser explotados por unos o por otros. España, por su parte, siempre defendió en los tratados con Inglaterra que los acuerdos a los que se llegaba incluían América, a lo que Inglaterra se resistía. Era demasiado el botín potencial como para renunciar a él. 

Hubo numerosas instrucciones dadas a los embajadores españoles en Inglaterra, tanto en el caso de que su monarquía decidiese atacar intereses españoles en América como si no. Algunos de los episodios consistieron en ataques de ingleses a navíos españoles con palo de Campeche y tabaco. El primero es un árbol originario de Yucatán de cuya madera se obtiene un tinte rojo; su importancia estribaba en la utilidad para la industria textil, entre otras. La monarquía española se esforzó en defender determinadas costas y puertos en América, pero ello no evitó el asalto inglés as Portobelo (en la costa atlántica de Panamá) y Santa Catalina, en el golfo de Chiriquí (costa pacífica de Panamá). Los embajadores españoles -según la autora a quien sigo- nunca vieron la solución al problema mientras Inglaterra poseyera Jamaica. 

Lo que aquí se quiere poner de manifiesto es como el comercio, que en sí mismo es un factor civilizador, fue también objeto de conflictos y enfrentamientos armados entre dos potencias, no aisladas en sus pretensiones, sino incardinadas en la diplomacia de una época tan "mundial" como el siglo XVII.
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(1) "Las negociaciones diplomáticas por las Indias...".

lunes, 14 de octubre de 2013

Esclavitud: ¿racismo o economía?


José Andrés Gallego ha estudiado la polémica entre historiadores sobre la esclavitud negra en diversas partes y por diversos estados, citando para ello la obra de Eric Williams, Capitalism and slavery (1944) y la de Frank Tannembaum, Slave and citizen: The Negro in the Americas (1946). Williams defiende que los británicos no practicaron la esclavitud en América por racismo sino por razones económicas, lo que luego llevó al racismo. También este autor defiende que gracias a la explotación de la mano de obra esclava se acumuló el capital que llevaría a la revolución industrial inglesa, sobre todo en Bristol, Liverpool y Glasgow. Para la práctica del esclavismo se llegaron a elaborar una serie de leyes que justificaban la esclavitud y ello dio ocasión a una crueldad extraordinaria. Cuando la esclavitud fue abolida no intervino al humanitarismo -siempre según el autor citado- sino la decadencia en la que había caído dicha práctica, pues eran más rentables otras formas de explotación. 

Williams contrastó el mundo ibérico con el anglosajón señalando que el paternalismo ejercido en el primero contrasta con la crueldad en el segundo, aunque ello deba ser matizado (digo yo) cuantas veces sea necesario. Así fueron apareciendo diferentes formas de esclavismo según se tratase de la tradición que esta institución tuviese en unos países y en otros. Para los ibéricos el negro era un ser humano (las leyes le pretegían pero se cometieron abusos sobre ellos) mientras que para el anglosajón el negro era una cosa como cualquier otra objeto de comercio. La Iglesia anglicana, cuando se empezó a practicar la esclavitud por comerciantes, funcionarios y la nobleza inglesa no movió un dedo, mientras que la Iglesia católica sí, aunque los resultados dependiesen más del voluntarismo de ciertos clérigos que de la propia jerarquía. Por otra parte, el los países Ibéricos la esclavitud era una tradición de origen romano -lo que no existió en Gran Bretaña- y dicha tradición continuó durante la ocupación musulmana de la península Ibérica por espacio de varios siglos: había por tanto una costumbre más arraigada de "aceptar" al otro que no se dio en el mundo anglosajón. 

El hecho de que en la América latina no abundasen las plantaciones no hizo tan necesaria la explotación del negro con el fin de sacarle el máximo beneficio, pero esto no parece una explicación suficiente porque sí existió la esclavitud doméstica y se utilizó a los negros para otros menesteres. La legislación anglosajona fue de nueva planta, lo que implicó considerar al negro inferior en tanto que tal negro: racismo. También habrá que matizar la actitud de la Iglesia católica con respecto a los esclavos negros, pues solo salió en defensa de aquellos que fueron bautizados: los consideraba "suyos" y no así los no bautizados. 

(Incompleto)

sábado, 5 de octubre de 2013

La economía lo primero


La contemporización e incluso colaboración de las autoridades británicas y francesas con la Alemania nazi y la Italia fascista antes de estallar la segunda guerra mundial, tuvo un precedente en la guerra civil española de 1936. El primer ministro Stanley Waldwin primero y Neville Chamberlain después por parte británica, y León Blum, Camille Chautemps y Édouard Daladier por parte francesa, demostraron, desde diferentes puntos de vista e intereses, la cortedad de miras que llevaría a una larga guerra en España y a otra más larga en Europa y en alejadas partes del mundo. 

Los intereses británicos en el continente (Alemania con una economía saneada sería una buena cliente para las empresas británicas) y en el Mediterráneo (las bases británicas eran amenazadas por la Italia fascista) primaron a la hora de decidir si ayudar a la II República española, un estado democrático, o dejar que el fascismo se extendiese entre el Mediterráneo y el Atlántico. Por su parte las autoridades francesas no hicieron tanto hincapié en los intereses económicos exteriores, sino en la seguridad de Francia por su posición estratégica (fronteras con una Alemania amenazante y dolida por la dureza del Tratado de Versalles).

Además, el signo político de los gobiernos británico y francés durante la guerra civil española fue distinto, pero lo arriba expuesto y el temor acérrimo de las autoridades británicas a la expansión del comunismo (si es que este riesgo era cierto) hicieron que se pusiesen de acuerdo para no intervenir en ayuda de la república española mientras que las potencias fascistas sí lo hacían en favor de un ejército sublevado contra la democracia. 

Son muchos los investigadores que han estudiado ya este tema: P. Kennedy, A. Furnia, M. Alpert, J. Colton, E. Moradiellos y Rocío Navarro entre otros. Esta última ha consultado Les Evénements Survenus, publicación con los informes de las autoridades francesas para una comisión parlamentaria en 1947. Todas estas fuentes revelan que la política exterior -y por lo tanto de ayuda a la república española por parte de Francia- estuvo mediatizada por Gran Bretaña, en manos de gobiernos conservadores, aunque también el Partido Laborista y los sindicatos ingleses hicieron lo suyo para que Gran Bretaña no se viese involucrada en una guerra por ayudar a la España democrática, lo que al final no fue posible evitar porque las ambiciones de Hitler no parecían tener límite.

¿Por que una vez que se comprobó que el acuerdo de "no intervención" en la guerra de España había sido violado por Alemania, Italia, Portugal y la Unión Soviética, las democracias occidentales siguieron empeñadas en ajustarse a él? Los intereses económicos de las empresas británicas y del Estado como tal prevalecieron sobre consideraciones humanitarias, ideológicas y de otro tipo. ¿Hasta que punto el fracaso de la Sociedad de Naciones no es consecuencia de la actitud británica ante la guerra de España y ante la Alemania de Hitler? Nunca podremos contestar categóricamente a esta pregunta, pero lo cierto es que si la guerra europea se hubiese adelantado al año 1936 -con la intervención en la guerra de España de las potencias que luego se enfrentarían en la II mundial- no se hubiese dado la imagen de debilidad de las democracias ante los fascismos. Quizá Austria, Polonia y Checoslovaquia no hubiesen sido invadidas, al estar Alemania involucrada en el frente español. No tiene sentido seguir haciendo especulaciones de este tipo salvo que se consideren simples reflexiones.

La gran depresión económica de los años treinta estaba todavía cercana y no muy lejana la I guerra mundial, que había dejado a los países europeos contendientes con una economía exhausta. Esto explica -otra cosa es que lo justifique- la cautela de Gran Bretaña y, en menor medida Francia, con respecto al rearme alemán y al expansionismo mediterráneo italiano. Contrasta la prudencia de las autoridades francesas, pendientes en todo momento de Gran Bretaña, con la osadía de Raymond Poincaré en 1923, intentando la ocupación de la cuenca del Rurh aunque en vano. Quizá influyese en esta decisión la proximidad de la gran guerra y el mayor nacionalismo del partido al que pertenecía Poincaré, de centro-derecha. En cuanto a la política de colaboración con Gran Bretaña (aparte la entente cordiale) quizá el que la estableció fue el radical-socialista Édouard Herriot en 1925 en los Tratados de Locarno, aunque estos involucraron a más países.

Rocío Navarro constata el telegrama que el jefe del Gobierno español dirigió el 19 de julio de 1936 a Leon Blum: Hemos sido sorprendidos por un peligroso levantamiento militar, requerimos urgentemente vuestra ayuda con armas y aviones. Fraternalmente tuyo, Giral. Lo de "sorprendidos" sorprende, pues había claras muestras de oposión militar a la república española desde el intento golpista de Sanjurjo en agosto de 1932; mucho más desde que el Frente Popular ganó las elecciones en febrero de 1936. El telegrama de Giral sirvió para que Blum consultase días más tarde con Yvon Delbos, ministro de Exteriores francés, y con Edouard Daladier, ministro de la Guerra: acordaron ayudar a la república española, entre otras cosas porque entre España y Francia existía un tratado comercial firmado en 1935 por el que España podía comprar armas a Francia. Con Pierre Cot, ministro del Aire, se determinó el envío de armas al Gobierno español aunque en el más absoluto secreto. Pocos días después fue descartado, sin embargo, el envío de aviones y municiones. Puede que ya hubiese intervenido en el cambio de actitud la diplomacia británica.

Leon Blum y otros miembros de su gobierno fueron partidarios de ayudar con armas a la España republicana y democrática, pero hasta que se firmó el pacto de "no intervención" (en el mismo año 1936, a propuesta de Francia) las dudas y los cambios de parecer fueron constantes en Francia. El 31 de julio, en un mitin en honor de Jaurès, los asistentes gritaron a Blum: "aviones para España". Fueron ventisiete países los que firmaron el pacto de "no intervención", entre ellos Alemania, Francia, Italia, Portugal, Reino Unido y Unión Soviética, pero lo violaron todos los citados menos Francia y Reino Unido. Así, la República española quedó abandonada a su suerte. Lo primero, al menos para Reino Unido, fue la economía.

jueves, 25 de julio de 2013

Los servidores de Hogarth

Óleo sobre lienzo (Tate Gallery)
Dice Eva-Gesine Baur que originalmente, Hogarth quiso ser un pintor de historia, pero ni sus contemporáneos ni sus sucesores mostraron especial interés por estas ambiciones. Lo que buscaban era el Hogarth del "Mundo al revés", el Hogarth de la sátira moralizante... Y se interesaban por el retratista. Su capacidad de caracterización, de descubrir lo único en la típico, su inclinación a extraer los aspectos  históricos fuera del contexto... para conseguir ejemplos irónicos de la naturaleza humana, hicieron que estuviera considerado como el pintor de la vida privada, de los aspectos ocultos u olvidados. Entre sus obras tardías se encuentra este retrato de sus servidores. Hogarth retrata a un grupo, pero se niega a ordenarlos en forma de un retrato de grupo, de "conversación". Hace un cuadro con el carácter de un estudio, emplea los medios del boceto y, al mismo tiempo, realiza cada uno de los rostros con cuidado. Los sirvientes llevan su triste traje doméstico, se apiñan en su espacio mínimo y, sin embargo, son individuos completamente libres. Cada uno de ellos mira en una dirección distinta, ninguno de ellos se relaciona con el otro. No revelan nada sobre sí mismos. 

En el Londres de la primera mitad del siglo XVIII ya se comercializaba el arte profusamente, no era cosa solo de señores y aristócratas, y muchas de las obras de Hogarth se adaptaron perfectamente a un nuevo público. De la época en la que pinta a sus sirvientes es la obra "Eligiendo entretenimiento, en la que una serie de personajes tratados de forma jocosa tocan instrumentos musicales, beben, se mueven y amontonan en torno a una mesa. No hay orden, cada uno a está a lo suyo y algunos departen entre sí, pero en juerga ilimitada (se encuenta en el Sir John Soane's Museum de Londres). Otro cuadro es el que lleva por título "Solicitando votos", en el que dos personajes, a la puerta de una taberna, piden el voto a otro, mientras las demás personas a lo suyo y el simbolismo de un león en una puerta que parece querer comerse una flor de lis (se encuentra en el mismo museo).

"La boda de Stephen Beckingham y de Maria Cox" es el título de un cuadro pintado en 1729 que se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte, Nueva York. Representa un contraste porque el marco es una arquitectura neoclásica, cierto barroquismo escenográfico y la formalidad de los personajes. Pero pronto vuelve de nuevo a "La orgía", obra de 1735, con los personajes en torno a una mesa, bebiendo, cortejándose, con un pie levantado, con las piernas femeninas  al descubierto en una explosición de las costumbres "licenciosas" de la clase media de su época.

sábado, 18 de mayo de 2013

Los socialistas fabianos


Les viene el nombre del cónsul romano que, en el siglo III antes de Cristo, se enfrentó a los ejércitos cartagineses demostrando en todas sus acciones un sentido pausado y progresivo, práctico y corriendo los mínimos riesgos (Quinto Fabio Máximo). Los socialistas fabianos son una familia del socialismo o laborismo inglés que desarrollaron su labor más importante durante el siglo XIX, antes de que muchos de ellos se integrasen en el Partido Laborista, creado a principios del siglo XX.

Su interés por los problemas sociales fue evidente, además de su permanente contacto con el movimiento sindical, que en Inglaterra fue más temprano que en otros países europeos. Enseguida se dieron cuenta de que la tendencia hacia los monopolios en el sistema capitalista era un vicio que había que corregir, algo con lo que no había contado la economía clásica enunciada por Adam Smith. Pretendieron "la socialización de todas las rentas económicas por medio de la tributación o la nacionalización, de forma que pudieran ser usadas para fines públicos (seguros sociales, provisión de capital para inversión pública, etc.)", según explica Ramos Gorostiza, y se inspiraron, en materia económica, en David Ricardo. Empezaron a conocer las grandes concentraciones empresariales y se dieron cuenta de que los trabajadores se disociaban, de esa manera, de los antiguos patronos, haciéndose las relaciones entre unos y otros impersonales. Por ello llegaron a la conclusión de que el capitalismo tenía poco que ver con la democracia que todavía estaba por alcanzar, incluso en Gran Bretaña.

Fueron partidarios de una intervención decisiva del Estado en la economía, particularmente en la industria, en el crédito y en los servicios sociales; fueron partidarios también de la planificación económica estatal, aunque nunca fueron partidarios de la abolición de la propiedad privada. Un ejemplo de esto es Henry George, que se distanció del marxismo al no reconocer la lucha de clases como motor de la historia. En realidad aprendieron mucho del movimiento cartista y de los socialistas utópicos de Owen. 

Nunca fueron partidarios del acceso al poder político por métodos revolucionarios o insurreccionales, influyendo en esto de manera decisiva en el laborismo británico posterior, centrándose en la propaganda, en la educación, en el contacto con los trabajadores en sus barrios, en sus asociaciones, para conseguir adeptos y explicar su doctrina. Beatrice Potter vivió entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, siendo uno de los ejemplos más vivos del activismo fabiano: propagandista, escritora, fue una de las fundadoras de la London School of Economics and Political Science. Viajó por Europa y ello le permitió comprobar de primera mano las condiciones de vida de la clase trabajadora, aunque ella perteneciese a una familia acomodada. Quizá su sensibilidad social y su pensamiento religioso influyeron en esa vocación hacia la lucha contra las lacras sociales. En Londres desarrolló una importante labor en favor de los pobres, su educación básica, las condiciones sanitarias que consideró imprescindibles y la mejora de sus viviendas. No se trató de una dirigente solo reivindicativa, sino activa en la búsqueda de soluciones inmediatas.

Su casamiento con Sidney Webb acentuó y enriqueció su pensamiento y su labor y es cuando plantearon la necesidad de que el Estado debía garantizar "un mínimo nacional de salud, vivienda, ingreso, ocio y educación", algo que más tarde llamaremos "estado del bienestar". También preconizó un sistema de pensiones y un seguro médico, además de fondos para el desempleo. Una característica de los fabianos es que hicieron recaer una buena parte de la responsabilidad en la solución de los problemas de las clases humildes en los poderes locales, no tanto en el Estado, para el que reservaron los programas más ambiciosos. 

La progresividad del impuesto, la extensión de la propiedad pública y otras ideas que luego hará suyas el socialismo internacional, también fueron asumidas por Ramsay McDonald, que llegó a ser jefe del Gobierno en 1924. Como señala Ramos Gorostiza "la explotación laboral [para los fabianos] era la consecuencia lógica de permitir la actuación incontrolada de la libre competencia" por lo que eran partidarios de que los poderes públicos asumiesen un papel decisivo en la economía. No fueron marxistas, pero tienen claras concomitancias con el marxismo, pues los métodos de análisis son distintos, pero el afán de transformar la sociedad es común. Cuando Beatrice Potter y Sidney Webb visiten la Unión Soviética tras el triunfo de la revolución, siendo antibolcheviques, no dejaron de admirar la mejora en la sanidad y en la educación, así como el papel protagonista que se dio a la mujer. Obviamente el socialismo fabiano, que ya estaba encaminado hacia el laborismo, nunca preconizó una revolución bolchevique ni en Gran Bretaña ni para ningún país.