sábado, 30 de septiembre de 2017

Señoríos y mayorazgos en la tierra de Ávila


Navamorcuende, hoy al noroeste de la provincia de Toledo

Los primeros señoríos de la tierra de Ávila surgen en la segunda mitad del siglo XIII como consecuencia de repoblar una parte de su extenso alfoz, estando vinculados algunos al patriciado urbano de la ciudad, lo que supuso menoscabar la jurisdicción municipal. El linaje de los Dávila, por ejemplo, que procedía de Salas (Asturias) había participado en la repoblación de Ávila en la primera mitad del siglo XII. La ocupación de cargos por parte de los Dávila (escribano, juez del rey, notario mayor del reino) hizo que recibiesen donaciones de tierras y su jurisdicción sobre los habitantes de las mismas.

Cuando las donaciones se hicieron sobre tierras concejiles (al amparo del derecho eminente del rey) se originaron serias discrepancias entre el poder central y el municipal, dándose también el caso del otorgamiento de donadíos tanto del rey como del concejo. Este, por ejemplo, concedió en 1276 a Blasco Ximénez, las heredades de Navamorcuende y Cardiel, en la parte oriental de campo de Arañuelo, para que “los podades poblar de quienquier”. A favor de Velasco Velázquez, el rey concedió, en 1275, el heredamiento de Guadamora y al año siguiente recibió un total de siete importantes donadíos, uno de ellos el de Segura “para que lo pueble”. Luego, entre 1277 y 1302, siendo juez del rey, arcediano y deán de la catedral a partir de 1297, Velázquez fue comprando casas, prados, huertos y heredamientos.

Los señores intentaban hacerse con un amplio patrimonio mediante adquisición de heredades próximas al núcleo principal del señorío, lo que les convertía en hacendados terratenientes. La venta masiva de sus tierras por parte de pequeños campesinos fue debida a las dificultades por las que pasaron, sobre todo en el siglo XIV. Luego, los herederos solicitaban la confirmación del señorío al siguiente rey, como hizo Sancho Sánchez Dávila a Fernando IV, pero algunas propiedades se cedían luego a la Iglesia, como las que recibió en el siglo XIV el cabildo de la catedral de Ávila. En 1339 Alfonso XI confirmó a Juan Sánchez Dávila las cartas y privilegios que poseía de sus antepasados en el campo de Arañuelo, lo mismo que hizo Enrique II, en 1371, a Sancho Sánchez, del linaje de la Velada.

Por su parte, Blasco Ximénez fundó en 1294 sendos mayorazgos a favor de sus hijos: Navamorcuende para el primogénito y Cardiel para el segundo. En el mayorazgo, el titular se beneficia de todo tipo de fruto rendido por un determinado patrimonio, pero sin poder disponer del valor constitutivo del mismo, ni siquiera tras la muerte. El heredero del mayorazgo indiviso es, generalmente, el primogénito, consolidándose aquel cuando se aplica el Derecho Romano. Alfonso X ratificó de derecho la institución al introducir en las Partidas (V, V, 44) una ley que permitía al testador prohibir a sus herederos la enajenación de sus castillos y heredades. En ocasiones no se cedía a las mujeres y en otras sí, desarrollándose, en esta materia, una amplia casuística.

La consolidación del mayorazgo en Castilla se da entre 1374 (Enrique II lo reconoce oficialmente en su testamento) y 1505, en que las leyes de Toro extendieron y generalizaron los mayorazgos.

Miembro de la casa de Navamorcuende era don Sancho Blázquez, obispo de Ávila ente 1312 y 1355, y estrecho colaborador de Alfonso XI, habiendo habiendo tenido importantes cargos durante la minoridad del rey. Doña María de Molina nombró, por ejemplo, a Blázquez, notario mayor de Castilla, cargo que ocupó desde 1313 hasta 1320 y Alfonso XI le nombró canciller mayor de Castilla, pero luego fue apartado de la política, obedeciendo esto –como supone José I. Moreno Núñez[1]- a los deseos del rey de favorecer al arzobispo de Toledo, a quien tradicionalmente estuvo reservado el oficio de canciller. En realidad, el episcopado castellano tuvo una intensa actividad política en estos siglos, ocupando los más importantes cargos de la administración central: consejeros, notarios, cancilleres y embajadores. También participaron los obispos en campañas militares con frecuencia; Sancho Blázquez debió de hacerlo, pues en su testamento lega sus armas a sus sobrinos: lorigas de cuerpo y de caballo, lorigones, capellina y gorguera, cota y gambaj, las espadas… También asistió al concilio provincial de la metrópoli compostelana, celebrado en Salamanca en 1335 por iniciativa de Benedicto XII, para corregir los abusos, desmanes y escándalos que sufría la Iglesia en León y Castilla.

El patrimonio del obispo Blázquez consistió en bienes relictos en numerario, semovientes y bienes raíces, constituyendo estos últimos el grueso pues fue señor de Villatoro, Villanueva y El Torrico. En conjunto incluía lugares y “algos”, esto es, haciendas de desigual extensión y composición: casas, viñas, tierras, molinos, etc. El señorío de El Torrico estaba enclavado junto a Oropesa, formando parte entonces parte del alfoz de Ávila, que llegaba hasta el Tajo.

En 1236 el concejo de Ávila concedió al obispo Domingo Dentudo el señorío jurisdiccional sobre la aldea de Guadamora, transfiriéndole parte de la potestad pública, tratándose de uno de los primeros testimonios de señorío jurisdiccional que se conocen. E 1272 una carta de Alfonso X ordenó a los alcaldes, hacedores de padrones y cogedores de Ávila que no cobrasen pechos en dicho señorío.

En el señorío de San Adrián se atribuyen a Velasco Velázquez amplias facultades jurisdiccionales –judiciales, administrativas y fiscales- de modo que puede poner en dicho lugar alcaldes y “aportillados”, oficiales y otros oficios que quisiere, eximiendo a los habitantes del lugar de los pechos, gabelas y servicios de índole pública (portazgos, montazgos, cozuelos, yuntería, andanería, cuartillas, guarda de la villa, carrera, yantares, comediría, martiniega y marzadga, fonsado y fonsadera, de toda facendera, de servicio y pedido, de ayuda, de soldado de alcalde y de justicia, de cosechas y faceduría de padrones… De lo único que no les exime es de la moneda forera, que se debía satisfacer al rey. Poco espués el rey Sancho IV confirmó lo acordado por el concejo a favor de Velázquez.

En el señorío de Navamorcuende-Cardiel, el concejo solo expresó que su propietario lo podía poblar con quien Blasco Ximénez (el señor) quisiera. Esto es ejemplo –según el autor al que sigo- de un señorío jurisdiccional pleno, pues el señor podía otorgar fuero a los futuros moradores, que tendrían que pagarle pechos y prestarle facenderas, tributos y servicios de índole pública.


[1] “Ávila y su tierra en la baja Edad Media (siglos XIII-XV)”.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Ilustrados en la América hispana



En la segunda mitad del siglo XVIII había en la América hispana 168 obispos, mientras que en la primera mitad eran 110 y un siglo atrás 130. Todos eran peninsulares o criollos, pero no de los otros grupos étnico-sociales. Hasta mediados del siglo XVII hubo mayoría de regulares, situación que cambió a favor de los seculares más tarde. Las Universidades de Lima y Santiago de Chile estuvieron a la cabeza en la formación de los obispos (21 y 11 respectivamente), siguiéndoles Santa Fe y México con 9 cada una. En España fueron las de Ávila y Valladolid (con 9 cada una), Salamanca y Alcalá (con 8 cada una).

Hubo obispos ilustrados, como es el caso de Lorenzana, leonés de nacimiento; entre 1766 y 1772 fue arzobispo de México. En su demérito está que se opuso a las lenguas indígenas, lo que influyó en el rey Carlos III para ordenar su extinción, cosa vana por otra parte. Fabián y Fuero había nacido en Tergaza, población al este de la actual provincia de Guadalajara, desarrollando en Puebla una gran labor intelectual. Pedro A. de Espiñeira fue obispo de Concepción (Chile), trabajando con los pehuenches. Pérez Calama fue obispo de Quito entre 1791 y 1792, reformador de la Universidad de Santo Tomas. Martínez de Compañón había nacido en Cabredo, al oeste de la actual provincia de Navarra, fue chantre en Lima y obispo en Trujillo y fue el compilador de una lista de lenguas indígenas que se hablaban en su diócesis, trabajo que realizó para que fuese más fácil la labor pastoral.

Antonio San Alberto había nacido en El Frasno, actual provincia de Zaragoza, siendo obispo de Córdoba de Tucumán y arzobispo de Charcas, dedicándose sobre todo a la educación y al auxilio de huérfanos. Manuel Azamor y Ramírez nació en Villablanca, suroeste de la actual provincia de Huelva; como obispo de Buenos Aires ha legado una extraordinaria biblioteca. Juan Baltasar Maciel, igual que el anterior, legó una gran biblioteca, habiendo nacido en Santa Fe, Argentina; miembro de la Inquisición, cultivó la poesía pastoril. Fray Antonio de San Miguel era natural de Revilla, en el actual municipio de Camargo (Santander), siendo obispo de Comayagua (Honduras) y luego de Michoacán (México). Muy activo ante las catástrofes que sufrió la población (hambrunas), una de sus obras fue el acueducto de Morelia para el desarrollo agrícola.

Joaquín de Osés y Azúa era natural de Galbarra (Navarra), habiendo vivido en Cuba, donde fue obispo y luego arzobispo, enfrentándose a la corrupción de los grupos dirigentes de la isla. Antonio Caballero y Góngora nació en Priego de Córdoba, siendo canónigo en Córdoba, pasa a América donde fue obispo de Yucatán (Mérida) y luego arzobispo de Santa Fe de Bogotá. En 1783 patrocinó una exposición botánica Nueva Granada con la colaboración de José Celestino Mutis. Benito María Moxó hació en Cervera (Lérida), siendo el último arzobispo de Charcas antes de la independencia de Argentina, viéndose envuelto en los conflictos propios de dicha independencia.

Otros ilustrados criollos o acriollados fueron Sánchez Valverde en Santo Domingo, Arango y Parreño en Cuba, Abad y la Sierra en Puerto Rico. Valverde nació en Bayaguana (Santo Domingo) siendo un reformador y un estudioso de las posibilidades económicas de la isla Española. Arango y Parreño fue reformista y jurista, viajando por América y Europa contribuyó a la formación de una conciencia patriótica en Cuba y realizó una intensa labor social. Abad y Lasierra era natural de Estadilla (Huesca). Obispo de Barbastro, fue un historiador de Puerto Rico, así como autor de obras sobre América y la Florida.


Las rentas de la mar



Durante la Edad Media en Galicia, la Iglesia recibía diezmos sobre la pesca y el comercio, pero el señorío de Santiago tenía un especial privilegio, con su costa, sus puertos de carga y descarga y el derecho de los arzobispos a percibir –por especial concesión real- la mitad de los diezmos de la mar, un impuesto aduanero prerrogativa de los soberanos, y que nadie más tenía en la Corona de Castilla. El obispo de Tui tenía derecho preferente para la venta de su vino y el monasterio de Sobrado podía introducir en A Coruña cien toneles del suyo, además de exportar hierro y herramientas.

La orientación comercial del císter es bien conocida y, en ocasiones, su interés por conseguir salidas marítimas fue evidente, pero los monasterios gallegos no solían dedicarse al comercio exterior. El voto de pobreza del clero regular –dice Elisa Ferreira Priegue[1]- no pareció estar en contradicción con la práctica comercial, pues parece claro que las grandes cantidades de vino que salían de Galicia provenían, en gran parte, de los señoríos eclesiásticos.

En Pontevedra, a fines del siglo XV, el abad y el convento de Poio tienen concertada con el concejo la introducción franca de “posturas” de 20 toneles de vino, aunque podían introducir y almacenar en la villa todo el que quisiesen, pagando por el que sobrepasase aquella cantidad los mismos derechos que los vecinos. Al menos desde finales del siglo XIV, los carniceros de Ribadeo tenía aforados bienes monásticos, desempeñando, a mediados del XV, un papel semejante al de los administradores monacales, permitiéndoles tener uno de los foros perpetuos que concertó el monasterio de Meira en dicha centuria.

Cuando las guerras nobiliarias de finales del siglo XV, los señores cayeron sobre los puertos arzobispales: en 1476 el conde de Altamira y el de Monterrey le tenían ocupados al arzobispo Fonseca, Padrón, Muros, Noia, Malpica, Finisterre, Laxe, Muxía, Vigo y la villa interior de Caldas, además de Tui, Baiona y Cambados, mientras que los puertos de la ría de Arousa estaban en poder de García Sarmiento. Esta nobleza no ocupa estas plazas porque sí, sino porque sus rentas eran cuantiosas. La monarquía, por su parte, se opuso a que los nobles constituyesen puertos por el valor estratégico de las costas, pero algunos de ellos se hicieron, no obstante, con un puerto importante: Ribadeo. Los Andrade controlaron toda la costa de las Mariñas hasta el cabo Ortegal, teniendo como propios los puertos de Ferrol y Pontedeume y ejerciendo su influencia, a través de cargos gubernativos o usurpando derechos, en Betanzos, A Coruña y Ortigueira.

Fernán Núñez, padre del futuro conde de Camiña, era un señor del bajo Miño con gran poder en Tui y Baiona: “tenía casa de cincuenta de caballo y de vasallos y veetría (sic) tenía dos mil y quinientos hombres… la ciudad de Tui se mandaba por él…”. Desde principios del siglo XV hubo pequeños puertos nobiliarios en las rías de Arousa y Pontevedra: Aldán, Portonovo, Vilagarcía, Vilanova, Cambados, Fefiñanes… Los mareantes eran la clase dirigente entre los pescadores, se trataba de un grupo urbano, siendo más de dos mil en la cofradía del “Corpo Santo” de Pontevedra a mediados del siglo XVI, pero en el gobierno de la villa tuvieron poco papel. Existió un enfrentamiento crónico entre la villa y la Moureira[2] (social y comercial). Los mareantes se enriquecían de la venta del pescado, en lo que entraban en competencia con los mercaderes intramuros. Los mareantes de Combarro ejercieron en Pontevedra como si fueran vecinos por acuerdo de 1491: “fornecer cercos y sacadas, salgar, arengar y cargar”.

Existieron mercaderes de condición hidalga, y la nobleza gallega no desdeñó comerciar, aunque lo hiciese más o menos indirectamente. Entre la burguesía de las ciudades y villas gallegas, aún las más dinámicas, se perpetuó el sistema de valores económicos señoriales, incapaz de confiar aquella en formas de hacer dinero que no sean la renta de la tierra y, por extensión, de la propiedad urbana.

Solamente en seis años de la segunda mitad del siglo XV, descargaron en Valencia alrededor de mil comerciantes residentes en A Coruña y los principales puertos de las Rías Bajas. La autora a la que sigo se pregunta si existió en Galicia un patriciado urbano, contestándose que no si por ello se entiende vida noble y combinación de riqueza, cultura y ocio. Pero Lopo Gómez de Mendoza fue una excepción: promotor de los estudios universitarios en Santiago, fue notario, mercader, armador de buques y procedía de un antiguo linaje de cambiadores compostelanos. Fue uno de los patronos del Estudio Viejo de Santiago, fundado en 1495, precedente de lo que sería luego la Universidad fundada por los arzobispos.

Desde fines del siglo XIV y principios del XV, mercaderes de Santiago y de las villas arzobispales aforaban pequeños puertos para controlar directamente sus negocios: en 1398 el arzobispo da en foro a Diego Rodríguez de Noya, vecino de Muros, el lugar de Noal, en Porto do Son. Pero en Galicia no llegó a formarse nunca nada parecido a una liga urbana tipo Hansa o de la Hermandad de las Marismas; predominaban la insolidaridad y las rivalidades, a lo que contribuían las mas malas comunicaciones terrestres.

Los lugares con los que mantenían relaciones comerciales los propietarios de buques eran, por orden de importancia, Barcelona, Valencia, Inglaterra, Andalucía, Flandes, Mediterráneo, Génova, golfo de Vizcaya, Portugal, Gaeta, L’Ecluse[3] y Francia.


[1] “Galicia y el comercio marítimo medieval”.
[2] Barrio de pescadores de la Pontevedra de la época.
[3] Debe de ser la actual Dinard, en la Bretaña francesa.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Repoblaciones medievales


Brañosera, en la montaña palentina

Son, según Salvador de Moxó, uno de los fenómenos históricos más singulares de la Edad Media peninsular. Es cierto que hay historiadores portugueses que minimizan el fenómeno de la despoblación del valle del Duero, e igualmente Reinhart, García Guinea y Menéndez Pidal. Los defensores de la tesis despobladora son Pérez de Urbel y Sánchez Albornoz, mientras que en Portugal, Alejandro Herculano planteó la idea de la creación, por Alfonso I, de un desierto estratégico en el Duero. Galicia –según Gama Barros- proveyó de pobladores al norte de Portugal en época de Alfonso III (siglos IX y X). Sampaio, Damiâo Peres, Orlando Ribeiro, Avelino de Jesús da Costa y Sousa Soares niegan la despoblación.

La primitiva Castilla foramontana era una región que comprendía Brañosera al oeste, Villarcayo, Medina de Pomar, Castrobarto más al note y el río Tumecillo, que desagua en el Omecillo, este afluente del Ebro. Se trata del norte de la provincia de Burgos y el noroeste de la de Álava. Durante el reinado de Ordoño I (mediados del siglo IX) y con el conde Rodrigo, se repoblaron desde el Bierzo hasta Briviesca, comprendiendo Astorga, León y Amaya. Con Alfonso III una gran franja que comprende Escalada al norte y Zamora, Toro, Simancas y Valladolid al sur, Lara, Lerma y Burgos al este. A principios del siglo X se repoblaron las tierras desde Osma a Roa, a orillas del Duero.

Con Ramiro II (mediados del siglo X) se repobló la tierra de Salamanca y Fernán González lo hizo, por las mismas fechas, en la de Sepúlveda. Con Vifredo, en el último cuarto del siglo IX, se repoblaron regiones hoy francesas (Magalona, Béziers, Narbona, Carcasone…) y desde Figueras hasta Roda (en el sentido este-oeste), Llivia a Barcelona (en el sentido norte-sur). El norte de Portugal fue repoblado hasta el siglo XII por la monarquía astur-leonesa (desde Braga a Coimbra); durante el reinado de Afonso Henríques se repoblaron Tomar, Sntarem y Lisboa; con Sancho I desde Idanha hasta Évora, en el interior de Portugal, y en los reinados de Sancho II y Alfonso III, Beja, Mértola, Lagos, Silves, Faro y Tavira.

Alfonso I, en Aragón, había ocupado Jaca, Huesca, Barbastro y Monzón; más tarde desde Tudela y Ejea de los Caballeros hasta Calamocha y Monreal (sentido norte-sur) y desde Soria y Medinaceli hasta Caspe (sentido oeste-este) comprendiendo Zaragoza. Con Ramón Berenguer IV se repobló Lérida, Poblet y Reus. Durante el reinado de Alfonso II se repoblaron las tierras de Teruel y Aliaga.

El levante se fue ocupando desde Morella hasta Almansa, Ontenient y Gandía durante el reinado de Jaime I, mientras que castellanos ocuparon a principios del siglo XIV desde Villena hasta Lorca y Cartagena, comprendiendo Caravaca, Cieza, Murcia, Elche y Alicante. Con Alfonso X de Castilla se repoblaron las tierras desde el río Odiel (Huelva) hasta Medina y Arcos de la Frontera. Con Sancho IV y Alfonso XI una franja estrecha que va desde Alcalá la Real (al norte) hasta Tarifa (al sur).

Pero también ha habido una repoblación de gentes llevadas desde el sur al norte: en el siglo VIII se formaron las “povoas”, “polas” y pueblas de Asturias y que deberían su origen a los pobladores llevados al norte por Alfonso I y su hermano. Oviedo tuvo un origen agrario y cenobítico, nacido como consecuencia de un monasterio (San Vicente) en un territorio roturado por el abad Fromistano[1], mientras que Sánchez Albornoz señala la colaboración de Fruela I en la fundación de Oviedo.

La región al sur del Duero se repobló después del año 1000. Alfonso I había devastado el valle del Duero y llevado a sus gentes hacia el norte (a Galicia parte de la población del norte de Portugal y del interior de la meseta, lo que llevó a ciertas rebeliones contra los monarcas astures Fruela y Silo)[2]. Odoario (contemporáneo de Alfonso I), obispo procedente del norte de África, repoblaría Lugo, pero a principios del siglo X esta ciudad estaba aún débilmente poblada, lo que explica las órdenes de Ordoño II a los condes del territorio para que se estableciesen en él.

Al monasterio de Samos (Lugo) llegaron, durante el siglo IX, clérigos desde la España musulmana, dándose un gran impulso repoblador durante el reinado de Ordoño I (mediados del s. IX) en el sector central del valle del Miño. La repoblación del bajo Miño se dio en el siglo IX con Tui y Ourense, a donde Alfonso III llevó al obispo Sebastián, expulsado de Arcávica (¿Ercavica?). Chaves (en Portugal) fue repoblada por el conde Odoario. Luego vendrían las cartas pueblas…


[1] Antonio Floriano Cumbreño, “Origen, fundación y nombre de Oviedo”, 1961
[2] M. Rubén García Álvarez, “Galicia y los gallegos en la Alta Edad Media”, vol. I, Santiago, 1975.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Montederramo



El río Mao se encaja en el valle lejos aún de su desembocadura en el Sil, y justo después de que un gran meandro le dirija hacia el norte, se encuentra Montederramo, con su monasterio medieval. Al sur, la sierra de San Mamede, que inicia el quebrado relieve de la provincia hacia el este. El paisaje combina la vegetación con los prados, los sotos y las veredas hacia el río Mao, que llega a helarse en invierno.

El monasterio de Montederramo, al norte de la provincia de Ourense, se fundó en 1124 por otorgamiento de Teresa de Portugal, hija de Alfonso VI, aunque según Souza Soares este documento es falso[1]. Con el tiempo, el priorato de Xunqueira de Espadañedo pasaría a depender de Montederramo, y fueron absorbidos por este los monasterios de Ribas de Sil, Piñeira, San Adrián, San Juan Viejo y el de Castro de Rey. Montederramo llevó a cabo una política muy actual: apropiarse de tierras que, teóricamente, no eran de nadie, llegando a dominar territorios localizados en Portugal.

Recibió donaciones de Alfonso VII, de Fernando II y de Alfonso IX, así como ciertos privilegios por parte del rey portugués Don Dionís. Unidades agrarias llamadas granjas estaban alejadas del monasterio, pero la administración se centralizaba en el mismo por “cellarius” y “subcellarii”, los maestros de granja y el contable[2]. La economía del cenobio se completaba con la cría de ganado para el laboreo y la producción de leche. Así, hasta que pasaron a depender de Montederramo los prioratos de Queixa y Verín.

Las formas de explotación de la tierra solían ser indirectas, sobre todo mediante cesión, arrendamiento, aparcería y foros. En este último caso la renta era pequeña: un cerdo y doce reales anualmente; pero el monasterio se quedaba con las propiedades de los que recibían la cesión. Los arrendamientos se daban cuando el monasterio adquiría tierras que estaban siendo ya trabajadas por familias campesinas. La aparcería era a largo plazo, verbal, y la renta, fija. Este tipo de relaciones implicaba, en ocasiones, el reconocimiento del señorío monástico.

El foro podía llevar aparejado el vasallaje y la prestación de trabajos y en la Edad Moderna se fue estableciendo el plazo largo. El mecanismo más importante de ampliación del dominio fueron las compras, siendo el centro de comercialización de los productos la villa de Castro Caldelas.

Montederramo pasó, en 1590, a ser colegio de artes, dejando entonces de ser casa matriz y adquirió el rango de abadía. Recibió a lo largo de su historia cartas de coto, concesiones reales para que en un territorio se ejerciese la jurisdicción, asumiendo el monasterio competencias judiciales mediante el nombramiento de jueces, cobro de contribuciones, exigencia de prestaciones personales y autoridad administrativa, apareciendo los abades comendatarios en el siglo XIV, pero el conflicto irmandiño del siglo siguiente no afectó a Montederrano, al tiempo que los monasterios cistercienses, uno de los cuales era aquel, vieron una cierta relajación de sus reglas.

Durante el reinado de los Reyes Católicos casi todos los monasterios gallegos estaban empobrecidos en cuanto al estado de sus fábricas y por las intromisiones de la nobleza laica. Las reformas de los Reyes Católicos, entre otras, obligó a los monasterios a invertir sus rentas en la reparación de sus fábricas, desaparecieron los abades vitalicios, se volvió a la primitiva observancia del císter y se impuso en puestos clave a monjes españoles (antes franceses).

En el siglo XVI hubo, por término medio, treinta y dos monjes en Montederramo, por lo que era una de las mayores abadías de Galicia y en 1590 se elaboró allí el primer plan de estudios de un colegio de artes y filosofía, que perdurará hasta 1835.


[1] Revista Portuguesa de Historia, vol. I, 1941.
[2] “Montederramo, el poder monacal a orillas del Mao”, Alberto Cacharrón Mojón, Ourense, 1988.

martes, 26 de septiembre de 2017

Exageraciones romanas



Escalera del palacio Barberini, obra de Borromini

Además del elevado número de cadáveres arrojados al río Tíber desde la antigüedad, costumbre que quizá solo ha cesado en los últimos siglos, Roma es, por su historia, la ciudad de la exageración desde, por lo menos, el Renacimiento, desde que cada papa o familia de la nobleza quiso dejar su impronta para disfrutar de la ciudad o para ser recordados. Roma es la ciudad donde tuvo su origen el barroco, de la mano de los papas y de los jesuitas más tarde, pero también de los artistas, arquitectos y escultores sobre todo, que se han esforzado por mostrar la grandeza, la desproporción, la escenografía y la riqueza.

Ya en el siglo I los emperadores hicieron levantar el más ampuloso y monumental anfiteatro con tres niveles de arcadas de medio punto, donde se superpusieron los órdenes clásicos, el grosor de los muros, la imponencia de su arquitectura. También nos asombra el Panteón como templo para todos los dioses, hoy iglesia, que contiene las tumbas, entre otros, de dos reyes italianos y de Rafael Sanzio (ossa et cineres). Su gran óculo y el pórtico columnario, el frontón del que han desaparecido las figuras iniciales, su interior podría estremecer al visitante si pudiese hacerlo en soledad, no en medio del gentío que se agolpa día a día en la actualidad.

Andando el tiempo se levantó, sin miramiento alguno, pretendiendo solo la magnificencia, la basílica de Santa María Maiore, construida sobre un antiguo templo pagano. Obra de la Edad Media, la fábrica actual es del siglo XVII, pero conservando elementos y materiales anteriores, mármoles, mosaicos, artesonado en su nave central, columnas gigantescas que la separan de las laterales, fachada barroca al exterior, grandes cúpulas sobre los brazos del crucero, ábside monumental… Su interior nos recuerda a la basílica de San Lorenzo, también en Roma, y a la florentina de Bruneleschi, aunque en este caso las columnas de las naves sostienen arcos de medio punto, más clasicista que la romana.

El palacio Barberini alberga hoy un museo de pintura y escultura, desde la Edad Media hasta el barroco en el primer caso. Obra del siglo XVII para la familia Barberini, uno de cuyos miembros, Maffeo, llegó a ser el papa Urbano VIII. El edificio, monumental, tiene planta cuadrada, pero con forma de U en una de sus fachadas, de tres niveles, con arcadas en el inferior y elementos clásicos en los dos superiores, vanos y frontones. Su interior es ampuloso, con el capricho solemne de una monumental escalera de caracol obra de Borromini. En una de sus estancias se representa, en un monumental fresco, el “Triunfo de la Divina Providencia”, obra de Pietro da Cortona, pero también el cuadro“La conducción de los santos Pedro y Pablo al martirio”, obra de Giovanni Serodine, donde la agitación de los personajes contrasta con la serenidad de los santos… Otra de las pinturas es “La expulsión de los mercaderes del templo”, obra de Valentín de Boulogne. Aquí todo es agitación barroca, colorido y ropajes plegados. También están allí las muy conocidas obras de Quentin de Metsys (“Erasmo”), obra de 1529, y de Hans Holbein (“Enrique VIII”), de 1543.

Todo ello contrasta con una escultura marmórea, copia de otra romana del siglo I: un joven desnudo y en movimiento levanta uno de sus brazos mientras vuelve la cabeza hacia atrás. También es excepción un retrato apenas terminado, con tenues colores, una pequeña obra de Rafael.

El urbanismo de la ciudad antigua romana está completado por la iniciativa de papas y señores, que han querido dejar su recuerdo gastando los recursos que no les pertenecían: es el caso de la Fontana di Trevi, mandada esculpir con todo esplendor y exageración por el papa Urbano VIII: escorzos, músculos, movimiento, monumentalidad; se trata de la más espectacular fuente romana.

Anterior es la plaza del Campidoglio, en lo alto, muy cerca del monumental edificio y escultura en honor del rey Víctor Manuel II, obra de finales del siglo XIX pero terminada durante la dictadura de Mussolini. La plaza es obra de Miguel Ángel, flanqueada por dos monumentales esculturas con caballos, desproporcionadas entre sí y con respecto a la plaza, quizá encargada por Alejandro Farnesio en la antigua colina Capitolina, de grandes resonancias sagradas en la Roma antigua. El que sería papa con el nombre de Paulo III perteneció a una familia noble con posesiones en el norte del Lacio, en torno al lago Bolsena, llevando a cabo un nepotismo que escandalizó a muchos, colocando en puestos bien remunerados incluso a nietos suyos.

Miguel Ángel no vio terminada su obra: la plaza oval, al fondo el palacio Senatorio (hoy sede del Ayuntamiento de Roma) y a cada uno de los lados, el palacio Nuevo, así llamado porque sustituyó a otro que estaba arruinado, y el palacio de los Conservadores, hoy ambos edificios sede de los museos Capitolinos. Aquí no podemos hablar de exageración, sino de clasicismo, de proporción y belleza. 

Al otro lado el foro de Trajano con la columna que relata, en relieves singularísimos, las guerras contra los dacios. En el foro también columnas gigantescas, yacimiento arqueológico que seguramente dará nuevos datos a los más interesados.

¿Qué decir de la plaza y basílica de San Pedro? Caminando por entre las columnas de orden gigante berninianas, se tiene la impresión de insignificancia en comparación con esos fustes y basas que se suceden regularmente, pero lo cierto es que la monumentalidad de la basílica (particularmente de su fachada) obligó a Bernini a concebir aquellas columnas gigantescas si no quería que quedasen ridículas y empequeñecidas por la concepción de Maderno. En el interior de la basílica ¿cuántos relieves y eculsturas? ¿cuántos ángeles suspendidos? ¿cuánta exageración y pompa? ¿cuánta riqueza que escandalizó y escandaliza, que embelesa y admira a tantos?

La plaza de España, con su escalinata anexa y la iglesia de la Trinitá dei Monti, en lo alto, presidiendo desde la colina el conjunto. No lejos se encuentra la villa Borghese, gran espacio con campos y arboledas diversas, fuentes y estanques. El edifico de la Galería Borghese conserva obras de los más afamados pintores del renacimiento italiano, pero también del escultor Canova. Edificio pequeño, combina la sencillez con la decoración barroca. La villa ajardinada fue idea del cardenal Scipione Borghese, que no podía admitir quedarse atrás en el afán de inmortalizarse con una obra en la ciudad. Allí la pajarera, edificio rematado por grandes jaulas de formas artísticas, más propio aquel de una mansión señorial; los jardines “secretos”; hay un hipódromo, plazas, caminos que serpean, un zoológico…

En la misma calle romana se encuentran San Andrés del Quirinal, sede jesuítica, y San Carlos de las Cuatro Fuentes, estas en cada una de las esquinas de las calles que se cruzan. La primera, obra de Bernini, la segunda de Borromini: en esta última, sobre todo, las curvas, las formas quebradas, los elementos inverosímiles, la planta singularísima, las estatuas y columnas…

¿Cuántas cúpulas, pilastras, linternas, escalinatas, palacios, frontones, patios y fuentes, esculturas en las que se retuercen en escorzos y contrapostos personajes fornidos, musculosos, en actitudes inútiles, movidos hasta el infinito hay en Roma? ¿Cuántas iglesias y oratorios hay en Roma? Hubo épocas en la historia de la ciudad en las que los más poderosos debieron de enloquecer y quisieron dejar su nombre plasmado en la urbe, y contaron con los artistas que atesoraban el genio y la osadía de llevarlas a cabo.

Hasta el palacio de Justicia, obra de finales del siglo XIX y principios del XX, quiere acompañar a las demás exageraciones romanas: fachada movida con varias alturas, columnas, guirnaldas, vanos y la gran plaza en frente… Parece como si los grandes edificios del Imperio, del manierismo y del barroco, hubiesen condicionado todas las obras posteriores. El monumento al soldado anónimo y al rey Víctor Manuel II, en realidad, obedece a un plan ascendente hasta el gran edificio columnario, levantado sobre el barrio medieval que ya no podremos ver, bajo sus cimientos.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Pagar impuestos por voluntad divina

Relieves de las puertas de Balawat


Gran verdad es que, a lo largo de la historia, el ser humano ha buscado la justificación de sus actos en función de sus objetivos, sin importar muchas veces la licitud de aquellos o de estos. En época del nuevo imperio asirio, el territorio se controló mediante dos formas, el sistema de vasallaje y la conversión de ciertos territorios en provincias. El imperio asirio permitió –como otros muchos- que los reyes nativos gobernasen sus territorios siempre que se aviniesen a cumplir ciertas condiciones: no participar en complots antiasirios y pagar anualmente los tributos impuestos. En caso de que alguna de estas dos condiciones no se cumpliese el territorio era gobernado desde Assur, convertido aquel en una provincia. Así por lo tanto durante el reinado de Salmanasar III (858-824 a. C.) y hasta que a mediados del siglo VIII se cambió en modelo por Tiglath-pileser III.

Las provincias como Harran[1], Guzana[2], Nasibina[3] o Rasappa[4], surgieron en territorio de los hurritas y en los estados arameos a lo largo del Éufrates y el norte de Mesopotamia. Estas provincias quedaron totalmente asirizadas. Los reinos que se encontraban más al norte del imperio asirio tenían una clara influencia hitita, caso de Karkemis, Gurgum, Milid, Kurmmuhi (los tres al este de Anatolia) y Unqi. Sobre ellos ejerció el poder el monarca asirio o el de los hurritas (Urartu), cuyo territorio osciló en torno al lago de Van.

Las ciudades fenicias Tiro y Sidón mostraron una neutralidad que, sin embargo, no las libró de los ataques asirios, y el mismo rey de Israel, Jehu (mediados del s. IX a. C.), se avino a pagar tributo. A cambio de ello, Salmanasar III les concedió una relativa independencia para ejercer el comercio en el Mediterráneo y tener factorías en el interior del continente, concretamente en Siria del norte, Cilicia[5] y en las proximidades del Éufrates. Con respecto a Babilonia, Salmanasar III y otros reyes asirios nunca manejaron con absoluta satisfacción aquel país. Los reyes asirios intentaron anexionarla por el reconocimiento de tratarse de una cultura superior y una religiosidad común. Un acuerdo con su monarca Marduk-zakir-sumi I (855-819 a. C.) llevó a Salmanasar III a intervenir en los asuntos internos de Babilonia. Pero la unidad deseada no se produjo, aunque el rey asirio sí pudo cobrar el tributo de las ciudades caldeas próximas al golfo Pérsico.

Los juramentos por parte de los reyes sometidos fueron considerados por los asirios como expresión de la voluntad divina; el castigo, en el caso de que un rey faltase al juramento, era la organización de una expedición punitiva, a partir de la cual la ira divina se colmaba. El impuesto llegaba a ser equivalente a un botín de guerra. Las inscripciones reales de la época de Salmanasar III están llenas de listas de entrega de productos como metales preciosos, personas cautivas y ganado, entre otros. Además, los reyes sometidos debían pagar el tributo anual, que representaba una dura carga para la población. El pago del tributo daba lugar a una solmene ceremonia en la ciudad de Assur, pero en época de Salmanasar III estas ceremonias no se representaron en monumento alguno.

Los reyes asirios recibían a los representantes de los reinos vasallos en una especie de audiencia ceremonial, como ha dejado patente un documento administrativo de los archivos de Nínive. En el documento se recogen los dones traducidos en oro y anillos de plata, pero durante el reinado de Salmanasar III las inscripciones oficiales no hacen referencia a la imposición de tasas especiales sobre transacciones comerciales. Sí en cambio durante el reinado de Tiglat-pileser III (744-727), quien tras derrotar a las ciudades de Sidón y Tiro les prohibió la exportación de cedros a Egipto y a las ciudades filisteas si no pagan un fuerte impuesto. Era la voluntad de los dioses…

(Fuente: Juan A. Pino Cano, "Política asiria de tributos durante el reinado de Salmanasar III", 2002.


[1] Hoy un yacimiento arqueológico al sudeste de la actual Turquía.
[2] Hoy Tell Halaf, yacimiento arqueológico al noreste de Siria.
[3] Al norte de Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Éufrates.
[4] Debe de ser Resafa, yacimiento arqueológico al norte de la actual Siria.
[5] Zona costera sureste de Anatolia.

El latín y el griego en el imperio Bizantino


Restos de la antigüedad en Beirut

José Soto Chica ha estudiado en profundidad las relaciones entre bizantinos, sasánidas y musulmanes en los siglos que sirven de gozne a las edades antigua y medieval[1]. En relación al imperio Bizantino estudia los efectos de la recuperación, en época justinianea, sobre la sociedad y la cultura. En primer lugar el autor se refiere a la polémica historiográfica sobre quienes consideran que el fin del mundo antiguo se consumó por causa de los excesivos esfuerzos que el emperador Justiniano exigió a su imperio. Soto Chica considera que esta interpretación no es correcta: para él Justiniano dejó tras de sí un estado fuerte y sólido, un estado que pudo afrontar los gastos militares generados por la conquista de Italia y África, de donde consiguió el oro para equilibrar su balanza fiscal.

Justiniano disponía en 565 de un formidable aparato militar que pudo hacer frente a las guerras balcánicas y persas. También pudo encajar el golpe económico resultante de los estragos demográficos de la gran peste de 542 y afrontar con éxito los costes de las guerras que tuvieron lugar entre 533 y 561. El oro solo se agotaría en torno a 578, cuando poco después comiencen los verdaderos problemas económicos del Imperio.

El autor se pregunta si la recuperación de la época de Justiniano quizá fue el factor que dio origen a los cambios y transformaciones culturales y sociales que dieron al traste con el viejo mundo. Tras Justiniano, por lo tanto, se dio un estancamiento inmediato, pero aquí no nos interesa tanto saber cuando se cierne el fin de la antigüedad y comienza el medievo, cuanto que existe ese debate entre los especialistas.

Después de lo que se ha llamado “primera Edad de Oro” de Bizancio, sucedió una época oscura que no terminaría hasta comienzos del siglo IX. Pero algunos autores indican que Justiniano, durante su reinado, no gobernaba ya una koiné cultural similar a la de los siglos IV y V, sino una entidad política en la cual una de las dos partes –la oriental- marginaba y aculturaba a occidente. Ostrogorsky, a quien cita el autor, señala que “al florecimiento literario del reinado de Justiniano sucede, a partir del siglo VII, un período de desolación”. Occidente sería, para el imperio Bizantino, una especie de apéndice colonial.

Soto Chica estudia luego el panorama cultural y social de la Romania entre mediados del siglo VI y mediados del VII. El primer año fue el de la recuperación de la unidad política, económica y cultural del Mediterráneo, a la vez que esa unidad fue definitivamente quebrada por la irrupción del Islam, que comenzaba a definirse con trazos propios a partir de “colores” prestados por los pueblos de la Romania y el Eranshar (Irán), teniendo esta quiebra cultural “proporciones universales”.

El imperio de Justiniano era bicéfalo lingüísticamente hablando, con el latín y el griego como lenguas de cultura, con territorios de cada una de estas dos lenguas y otros donde las mismas se entremezclaban. En Sicilia, Calabria y Apulia (sureste de Italia) pugnaban las dos lenguas principales por la hegemonía, mientras que en Dalmacia, Iliria, las Mesias (en torno al Danubio, entre las actuales Serbia y Bulgaria), la Dardania (el sur de Serbia y Kosovo), el centro y norte de Tracia, la Escitia, el norte de Epiro y la Macedonia septentrional, la población era de lengua mayoritariamente latina. Esta bicefalia se daba también en los campos militar, jurídico, monetario, administrativo, diplomático, cortesano, religioso y cultural.

En todas las unidades militares, ya estuviesen establecidas en oriente o en occidente, o ya estuviesen formadas por soldados armenios, tracios, africanos, capadocios o sirios, la lengua en la que se impartían las órdenes era el latín, y esto siguió así por lo menos hasta mediados del siglo VII. Todo ello aunque la lengua común de los soldados fuese el griego. Los heraldos, por su parte, debían saber hablar y entender griego, latín y persa.

Justiniano fue el reconstructor (o sus colaboradores) de esa bicefalia lingüística y superpuesta a la amplia diversidad de lenguas y culturas locales. Al reintegrar a su imperio a los más de diez millones de habitantes del África latina, Italia, el sureste de Hispania y las islas del Mediterráneo occidental, y sumarlos a los más de un millón de habitantes de lengua latina de Iliria y Tracia, volvía a dar brío a esa característica del antiguo imperio Romano.  

El poeta e historiador Agatías, que vivió en el siglo VI y había nacido en Mirina (costa occidental de la actual Turquía), se hizo célebre por sus epigramas de temas clásicos y de su época, por su poesía erótica y, tras su muerte, por la publicación de sus “Historias”, todo ello en lengua griega. También uso el griego para dejarnos sus estudios sobre los bárbaros alamanes y francos que se enfrentaron al general Narsés[2] a mediados del siglo VI.

El poeta Paulo Silenciario, autor también de epigramas eróticos y otros de géneros variados (amorosos, protépticos, composíacos, epidícticos, fúnebres y votivos), pero conocido sobre todo por su poema yámbico “Descripción de Santa Sofía) conocía perfectamente el griego y el latín, pues como alto funcionario del Imperio se había educado en las dos lenguas. Agatías y Silenciario no fueron dos excepciones, pues por los mismos años redactaron sus obras Juan de Lydo y Pedro Patricio, y ambos hicieron uso de obras latinas. El primero redactó su “De las magistraturas” en latín, y eso que era de la ciudad de Lydo, en el oeste de Anatolia.

Fuera de Constantinopla también tenemos ejemplos: el poeta africano Flavio Cresconio Coripo estuvo en la corte de Justino II y escribió en latín sus obras de poesía, declamando sus poemas ante Juan Troglita, militar, el senado cartaginés y Justino II. Dice de Troglita que supera a muchos otros escritores y filósofos de la antigüedad (Pero las hazañas de Juan me instruyeron para describir sus campañas y referir todos sus hechos a los hombres del futuro – dice-). Coripo conoce sobradamente las obras de Homero, Apolodoro, Platón, Herodoto, Lucano, Claudio Claudiano y otros, y es una muestra del mantenimiento de la cultura clásica entre los siglos VI y VII.

En el imperio Bizantino la gramática, la retórica y la filosofía eran la base de toda educación. Por Agatías se sabe que en 551, cuando el gran terremoto que azotó la cuenca oriental del Mediterráneo arrasó Beritos (Beirut), varios centenares de estudiantes nobles murieron sepultados. Beritos tenía la mejor escuela de derecho de toda la Antigüedad tardía. Tras el terremoto la escuela se trasladó a Sidón, pero luego volvió a Beritos.

Del general de Justiniano, Juan Troglita se dice que era capaz de recordar pasajes enteros de la “Iliada” de Homero y de la “Eneida” de Virgilio. En 551, con ocasión del nacimiento de Germano, el historiador Jordanes presentó ante la corte imperial su obra latina “Getica”, una historia de los godos en latín, pues la lengua materna del emperador Justino[3] era el latín. Se publicó el “Código” de Justiniano en latín, mientras que el “Digesto” en griego. Este emperador tenía al latín por lengua materna, igual que los emperadores desde finales del s. IV hasta finales del VI (excepto dos).

Mientras tanto, una miríada de esclavos contribuían, sin saberlo, a la brillantez de la cultura bizantina en la época estudiada. Franz Georg Maier[4] ha señalado que los esclavos desempeñaron en el imperio Bizantino, el mismo papel que los germanos en Occidente. Al aceptar el cristianismo, los esclavos fueron integrados culturalmente.




[1] “Bizantinos, sasánidas y musulmanes. El fin del mundo antiguo y el inicio de la Edad Media en Oriente. 565-642”.
[2] Persa al servicio de Justiniano.
[3] (518-527), había sido comandante de la guardia imperial; a la muerte de Anastasio se hizo con el poder.
[4] “Historia Universal”, Siglo XXI, vol. 13, Madrid, 1979, 4ª edic.

sábado, 16 de septiembre de 2017

El "Estado da India"



José Antonio Cantón, en una extensa obra, ha estudiado el comercio del opio en relación con el colonialismo europeo en Asia[1], dedicando un capítulo a la expansión colonial portuguesa en India.

El opio fue objeto de mercado tempranamente, por más de que en China había sido una medicina muy utilizada, pero durante el siglo XVI la demanda del mismo aumentó y su producción se extendió a escala mundial. Además existió un comercio intraasiático, en el cual los colonos europeos jugaron un papel. Estos no tardaron en ver en él una herramienta que podía servir a sus objetivos y desde la llegada de los primeros exploradores lusos a India, a inicios del siglo XVI, uno una voluntad expresa de establecer un control privativo sobre el mercado de esta droga, aunque los portugueses, según el autor, no consiguieron llevar esta idea a buen puerto.

La dimensión de los cambios que conllevó la llegada de los europeos a las redes comerciales del Índico ha sido muy discutida, habiéndose considerado, junto con el descubrimiento de América, el comienzo de la historia global, si bien esta conclusión tiene un marcado poso eurocéntrico. En primer lugar hay historiadores que no aceptan que en el siglo XVI Europa tuviese la supremacía sobre el mundo, pero el viaje de Vasco de Gama fue el punto culminante de una prolongada política de expediciones por la costa occidental del continente africano. Tras la conquista de Ceuta por los portugueses en 1415, se sucedieron muchos viajes no solo por portugueses, sino por súbditos de las demás monarquías ibéricas. Estas empresas se han interpretado como un intento de buscar una ruta alternativa a la mediterránea para llegar a Asia, pero hay algunos historiadores que ponen el acento en las necesidades económicas de la población europea para atender la demanda del aumento de la misma. Particularmente parece que está demostrado el mayor consumo de trigo, azúcar y pescado.

No se han de despreciar –dice el autor- otros aspectos como la cuestión militar y el espíritu de cruzada del reciente estado portugués, que impulsará el ataque a plazas de “infieles” en territorio africano. Hubo también factores religiosos, como la búsqueda del mítico Preste Juan en las motivaciones particulares de algún rey portugués. Por otra parte se habían producido avances importantes en la náutica provenientes de Asia, como la llamada vela “latina”.

Conforme los portugueses accedieron a las costas de África, el comercio de esclavos y oro se convirtió en prioridad, unida a la explotación agraria en las islas de Cabo Verde para la producción de azúcar. En paralelo se configuró una red portuaria y de enclaves en esta ruta del oeste de África durante la segunda mitad del siglo XV a través del sistema de encomiendas de monopolio mercantil. El rey Joâo II fue el que dio impulso definitivo a esta política de expansión naviera, siendo el primero el establecer el propósito de alcanzar la India (o alguno de sus colaboradores). Son varias las expediciones en este proceso, como la de Diogo Câo, pero Bartolomeu Días fue el primero en llegar a las aguas del Índico (la actual ciudad de Mossel Bay[2]) en 1488. Así se conoció la desembocadura del río Congo y Agonla, donde se creó uno de los enclaves de mayor importancia para Portugal.

Estas expediciones sirvieron de preludio a los viajes de Vasco de Gama, que hizo el recorrido desde Lisboa hasta la costa sudoccidental de India. Los cuatro buques de la expedición salieron de la península en 1497 haciendo cabotaje hasta Sierra Leona y después internarse en el océano aprovechando las corrientes marinas, haciendo escala en El Cabo. Por el Índico siguió la costa de Mozambique hasta llegar a Malindi[3], en Kenia. Desde aquí la expedición no se vio capaz de alcanzar la costa malabar (suroeste de India) hasta pasados varios meses y sortear los monzones. Llegaron a India en 1408 y el regreso se hizo varios meses más tarde.

A partir de este momento el desarrollo de los dominios portugueses aumentó exponencialmente (reinados de Manuel I y Joâo III), con múltiples enclaves en África, el Índico y los territorios de Brasil. El rey Manuel I (o alguno de sus colaboradores) planteó la idea de legitimación, de fuerte inspiración de cruzada, mientras el poder otomano estaba en su cénit en el Mediterráneo. Así se materializó lo que se dio en llamar Estado da India, nombrándose virreyes y gobernadores en muchos puntos.

Si las expediciones de Pedro Álvares Cabral y la de Vasco da Gama tuvieron un afán exploratorio, con la llegada de los portugueses a la India se inicia el modelo de creación de feitorías, que comenzará con la adhesión de Calicut[4] y Cochín[5], la primera después de haber sido bombardeada. Tras el virreinato de Francisco de Almeida, el Estado da India experimentó su mayor crecimiento con la llegada del virrey Alfonso de Alburquerque (principios del siglo XVI), expandiéndose los dominios portugueses y adquiriendo importancia Goa, al norte de Calcuta, donde se centralizó la presencia portuguesa en Asia, a la que siguió Malaca en 1511, que canalizó el comercio con los archipiélagos de Indonesia y las rutas hacia China y Japón. Este virrey prestó también importancia a los enclaves musulmanes que controlaban el comercio desde el Índico hasta Persia y Egipto: Ormuz y Adén; pudo conquistar la primera pero no la segunda.

Durante la primera mitad del siglo XVI, pues, se configuró el Estado da India como un rosario de ciudades donde la práctica del saqueo y el pillaje fueron casi la única forma de mantener la hegemonía portuguesa. Es más, aquellos fueron el incentivo para los comerciantes, ya que las ciudades en islas y enclaves costeros no contaban con un hinterland y dependían en gran parte de la llegada de provisiones por mar. La práctica del corso, pues, fue común.


[1] “Opio, comercio y colonialismo: el opio en la penetración colonial europea en Asia y China”, 2015.
[2] Sur de Sudáfrica, al este de El Cabo.
[3] Al norte de Mombasa.
[4] Calcuta, en el suroeste de India.
[5] Al sur de Calcuta.