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domingo, 19 de marzo de 2023

Causas de una guerra

En Usúrbil (hoy al norte de la provincia de Guipúzcoa) se construyó el galeón San José en 1698, que diez años después, mientras Europa se debatía en la guerra de sucesión a la Corona de España, fue atacado por buques enemigos y se hundió en Cartagena de Indias, llevando en sus bodegas mercancías por valor 100 millones de reales de a ocho[i]. El asunto cobró mayor importancia porque, desde 1702, los ejércitos aliados de Austria y los de España y Francia se enfrentaban en una guerra que tuvo –como otras muchas- motivaciones económicas evidentes. La guerra en España no comenzaría hasta 1705, entre partidarios del archiduque Carlos de Austria y de Felipe de Anjou, de la familia Borbón francesa.

Holanda e Inglaterra[ii], en un principio, se habían declarado neutrales en la guerra por la Corona española, aunque la aceptación del testamento de Carlos II de España por el rey francés Luis XIV preocupó a aquellas potencias, pues implicó la ruptura de un pacto firmado solo unos meses antes con Holanda e Inglaterra por el que Nápoles y Sicilia quedarían al margen de las aspiraciones de la dinastía Borbón. Todo ello lo supieron, por información del rey francés, el Parlamento inglés y los Estados Generales de Holanda. La política francesa en los territorios españoles de Italia fue bien vista por Inglaterra y Holanda, cuyos grupos dirigentes mantenían un gran interés comercial, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico.

Así las cosas, Inglaterra y Holanda reconocieron a Felipe de Anjou como rey de España (1701), el cual entró por Irún ese mismo año para ser proclamado por las Cortes de Castilla, reunidas en la iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid: tal decisión contó con las bendiciones de todas las potencias europeas excepto Austria. A continuación, Felipe V viajó a Zaragoza para jurar los fueros de Aragón y luego a Barcelona (1702) para tomar acuerdos muy favorables para Cataluña, pues se condeció la categoría de puerto franco a Barcelona y el permiso de dos embarcaciones al año a América sin el control de Sevilla ni Cádiz, rompiéndose así el monopilio de estos dos puertos andaluces. Se constituyó además la “Compañía Mercantil, Náutica y Universal” según el modelo de las existentes en Inglaterra y Holanda, lo que favoreció a los poseedores de las acciones de aquella. Según la profesora Carmen Sanz Ayán[iii], un dirigente político catalán llegó a proclamar que tales condiciones eran las más favorables que había recibido nunca “la provincia”. Hasta tal punto debió de ser así que los austracistas catalanes pidieron al archiduque Carlos que reconociese lo anterior.

Por su parte Felipe V condeció el gobierno de los Países Bajos del Sur al duque de Berry, alguien de la absoluta confianza del rey francés; quedando rota la franja de seguridad entre Francia y Holanda. También el rey español concedió privilegios comerciales a los franceses para la América española, hasta el punto de que tuvieron el monopolio de importanción de esclavos negros en dichos territorios, obteniendo así Francia una posición de ventaja sobre Holanda e Inglaterra. ¿Por qué era tan importante el asiento de negros, es decir, el permiso para introducir esclavos en la América española? Porque durante el siglo XVII el negocio negrero había sido tan próspero que los grupos dominantes de los estados marítimos no estaban dispuestos a perder nada. A su vez, la gestión del asiento rompió el monopolio español en América.

España no dispuso de territorios en África para la obtención de esclavos, pero se valió de otros estados, ya que no se podía esclavizar a los nativos de la América española. En el Tratado de Tordesillas (1494) se reservó a Portugal el control del territorio entre los ríos de Guinea y Angola a estos efectos, y desde 1640 (independencia portuguesa de la Monarquía española), daneses, franceses, holandeses e ingleses se beneficiaron de los territorios portugueses en África a base del comercio esclavista. Se habían creado compañías inglesas y holandesas en África (Guinea, Costa del Oro) que abastecieron a comerciantes genoveses, los cuales tenían la concesión española para el abastecimiento de esclavos negros con destino a América.

En 1663 el duque de York, hermano del rey inglés Carlos II Estuardo, fundó una compañía para proporcionar 3.000 esclavos anuales para las colonias inglesas en el Caribe (Barbados y Jamaica)[iv], cuyo nombre fue “Cía. de Reales Aventureros del comercio inglés con África”. A su vez Inglaterra construyó una cadena de fuertes en las costas de Guinea para garantizar sus actividades, pero fueron destruidos por Francia aprovechando la guerra angloholandesa entre 1665 y 1667[v]. La Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, a la altura del último año citado, estaba en su apogeo, sobre todo debido al dominio holandés a través de negreros genoveses.

En 1685 España decidió prescindir de los genoveses a estos efectos y acordó con una compañía comercial holandesa el mismo asunto, algo impensable solo unas décadas atrás[vi]. En el Caribe, Holanda tuvo ventaja desde finales del siglo XVII a base del comercio legal e ilegal, por medio del contrabando, sobornos y otras “artes”. Por su parte, el rey inglés Carlos firmó un nuevo asiento con la Cía. de Portugal (Cabo Verde) y volvió a construir una cadena de fuertes en la costa africana (1672), creando la Real Compañía Africana[vii], de la que era accionista el propio rey, llegándose al momento en que los portugueses utilizaron los servicios de la misma (1693), y esta es la que estaba vigente cuando se inicia la guerra de sucesión a la Corona de España.

España puso entonces en manos de un Consorcio de comerciantes franceses[viii] el asiento de esclavos negros, excluyendo a los que hasta entonces se habían estado beneficiando de tal actividad, y solo ahora Inglaterra y Holanda deciden apoyar al cantidato austracista, cuando ya habían reconocido a Felipe V. La guerra, como queda dicho, empezó en 1702, y la posición neutralista de Carlos II fue sustituida por otra intervencionista de Guillermo III, que aunque murió en 1702, fue la que se impondría. El comerciante Mitford Crowe fue el encargado de procurar el levantamiento de Cataluña a favor del archiduque Carlos, lo que consiguió después de trabajar en ello durante 1704, y al año siguiente se firmó el pacto de Génova entre Inglaterra y los más importantes comerciantes catalanes (vigatans)[ix], que pretendieron representar los intereses de toda Cataluña: Inglaterra desembarcaría tropas en Barcelona de acuerdo con Portugal (resultó un fracaso); en un segundo intento tomaron la ciudad soldados austríacos, holandeses e ingleses, pero la intención de Inglaterra era convertir toda la península Ibérica en un centro al servicio de sus intereses comerciales, teniendo como precedente el reciente Tratado de Methuen con Portugal (1703).

La reina Ana, sucesora de Guillermo III, sería accionista principal del asiento de negros firmado con el archiduque Carlos de Austria, intentando Inglaterra un plano de total igualdad con España en América (“Compañía para el Comercio de las Indias Españolas”, formada por españoles e ingleses) pero tal cosa no fue posible porque Carlos de Austria solo dominó Madrid un mes. Otra “Compañía Nova de Gibraltar” fue fundada en 1709 para el comercio con América, pretendiéndose por Inglaterra que Gibraltar (que había ocupado en 1704) sustituyese a Sevilla-Cádiz en el comercio americano, pero hasta el archiduque Carlos se resistió a este plan en un primer momento.

La guerra, en definitiva, fue un pretexto para adueñarse del comercio de todo el mundo, pues las flotas inglesa y holandesa eran imponentes y quizá comparables a la española hasta 1805. La cuestión dinástica nunca interesó más que a los dos candidatos principales, pues cuando murió el emperador austríaco José I (1711), el archiduque Carlos le sustituyó y perdió todo interés por la Corona española, consolidándose así Felipe V como rey de España.


[i] Recientemente ha sido descubierto el pecio.

[ii] No cabe hablar de Gran Bretaña hasta 1707.

[iii] “Una lucha por el dominio económico intercontinental”, conferencia en la que se basa el presente artículo.

[iv] Curaçao ya estaba en manos de Holanda.

[v] El motivo fue la disputa por la captura de esclavos en la costa guineana.

[vi] Entre los siglos XVI y XVII la Monarquía española y las Provincias Unidas habían mantenido una guerra de ochenta años (con treguas).

[vii] Actuó en Senegal y Angola, territorios teóricamente portugueses.

[viii] En estos asuntos se empleaban corsarios o antiguos corsarios para las negociaciones oficiosas, cuando se consideraba que no procedía emplear a funcionarios.

[ix] Vigatá es el gentilicio de Vich, de donde procedían los comerciantes implicados.

jueves, 19 de noviembre de 2020

"Rostro sin género de mudanza"

 

                                                      Plaza de San Francisco de Sevilla (*)

De gran interés me ha parecido el trabajo de Rudy Chaulet[i] sobre los esclavos vistos a través de las relaciones de sucesos en la Edad Moderna. Dicho grupo social era significativo en la población española en el tránsito de la Edad Media a la modernidad, distinguiendo el autor citado a los cristianos esclavos en tierras musulmanas de los esclavos africanos en España, siendo seguramente los primeros los más numerosos.

Las relaciones de sucesos quizá dan una imagen algo distorsionada de los esclavos, pero aportan datos suficientes para que nos podamos acercar a la realidad, apareciendo casi siempre como elementos secundarios, sobre todo en el caso de los poseídos por los españoles. El autor señala que la sociedad de la época era esclavista, no porque la mayor parte de ella fuese esclava, ni porque la mayor parte de la riqueza procediese del trabajo esclavo, como ocurría en la antigüedad, sino porque la existencia de los esclavos era admitida por todos.

Los juristas y teólogos de Salamanca censuraban la esclavitud de los indios en América (prohibida por las leyes desde el reinado de Carlos I), y también la trata de negros en el golfo de Guinea, delegada a los portugueses, pero no condenaban, ni en España ni en América, la esclavitud de estos negros.

Se considera que los esclavos en España debieron ser unos 750.000, la mayor parte de ellos traídos presos a la península durante toda la Edad Moderna. El autor relata el caso de un personaje que, enamorado de una muchacha, se hace pasar por esclavo para, detenido, sea devuelto a la casa donde dice ejercer como tal, y para que su condición de esclavo no fuese puesta en duda, incluso se hace la marca con el carimbo en la cara. Este ejemplo (que no es de un esclavo verdadero) y otros, muestran que los esclavos estaban integrados en la sociedad urbana. El autor cita otro caso, el de una niña esclava de doce años, “herrada con las marcas de una ese y un clavo en los carrillos”.

Hay una “relación” en la que se habla de “como los cristianos esclavos de las cuatro galeras de Rodas, se han levantado con ellas, con ayuda de los renegados” (1627). En éste caso se aplica la denominación de esclavo a todos los cristianos que se encuentra bajo dominación musulmana. Otra relación habla del romance de un caballero, natural de Logroño, herido en el asalto “que se dio a la rendida y esclava Buda” (una de las partes de Budapest), en 1686, lo que constituye –dice Chaulet- una novedad, pues no se trata de una esclavitud individual, sino de toda una ciudad.

Llegó el momento en que pareció que a los españoles repugnaba cada vez más usar la palabra esclavo cuando un cristiano se encontraba privado de libertad, mientras que reservaban dicha palabra a los musulmanes vendidos y comprados por los cristianos. Mientras tanto se consideraba normal la privación de libertad para individuos africanos, e incompatible la esclavitud para quien tenía la dignidad de cristiano.

Pocas veces se alude –dice Chaulet- en las relaciones de sucesos, al modo de abastecimiento de esclavos en España, nunca se menciona la trata negrera y las importaciones de esclavos a través de mercaderes portugueses. Las únicas referencias son las que corresponden a la captura de turcos o berberiscos en el Mediterráneo por barcos españoles o pertenecientes a otras naciones cristianas. Una relación de 1620 habla del conde palatino hereje, rey injusto de Bohemia[ii], que había eliminado de las iglesias todos los altares, imágenes, cruces, etc. A continuación se da cuenta de cómo los malteses habían cogido una embarcación que de Alejandría iba a Constantinopla, “con presentes para el Gran Turco, de valor de setenta mil ducados; y hecho esclavos ciento y diez Turcos”.

Otra relación firmada por Manríquez Sarmiento[iii] habla del apresamiento de varias galeras de Cecilia[iv], Malta y Florencia en la Morca (¿) donde hacía “el Gran Turco una fortaleza… las cuales se pusieron a huir en viendo las nuestras”, citándose a continuación la “infinidad de esclavos” que los cristianos rescataron, además de riquezas y otras mercancías (1615). Se ve la intención de alabar la potencia de las armadas cristianas, siendo cierto que los conflictos en el Mediterráneo contribuyeron a proveer el mercado español de esclavos. Durante la expedición de Túnez, en 1535, se liberaron 20.000 cautivos cristianos, pero también se capturaron 10.000 esclavos musulmanes que fueron vendidos a los mejores postores en Italia y España.

Se conoce el caso de una renegada de Valladolid en varias versiones, eligiendo nuestro autor la que “contiene un dulce tratado” sobre la mujer que, siendo cautiva en Bujía, renegó del cristianismo y se casó con un rico moro con el que estuvo veintiséis años. Al cabo fue hecho cautivo un clérigo hermano suyo que sirvió a la renegada como esclavo durante tres años, descubriéndose luego de ese tiempo su parentesco, lo que llevó al arrepentimiento de la mujer, viajando a Roma (1585).

Otra relación fue hecha por un religioso capuchino que había sido cautivo en 1625 por los turcos, resultando luego arrepentido de haber vivido (probablemente por la fuerza) en la religión musulmana, pidiendo el bautismo a un sacerdote que era esclavo suyo (1626). Aquí el esclavo bautiza a su amo. Relación distinta es la que habla de la conversión, bautismo y muerte “por Justicia, ejecutada en la Plaza de San Francisco de Sevilla, de Francisco Ignacio, antes Moro y esclavo” en 1625. Fue escrita por un jesuita y el protagonista es un norteafricano que, tras haber sido capturado, “por su bien” –dice el narrador- huyó después de servir tres años, matando al que quería detenerle.

Otro es el caso contenido en una carta de un jesuita a otros jesuitas, dándoles cuenta de la “admirable conversión, y dichosa muerte de un Moro” convertido al cristianismo en 1647[v]. Su amo le había otorgado la libertad (carta de horro), pero el liberto, lejos de abandonar Cádiz se quedó, y ello le llevó a la muerte.

Cuando fue condenado, su “rostro sin género de mudanza” mostró una “devotísima suspensión de los sentidos”. Cuando lo llevaron al palo para agarrotarle, rompiéndose el cordel después de cuatro vueltas del garrote, seguía vivo, lo que fue la admiración de todos. Se preparó todo “para otro nuevo sacrificio de la vida”.


[i] “¿Dónde están los esclavos?...”.

[ii] Se trata de Fernando de Habsburgo, que comenzó su reinado un año antes y posteriormente fue emperador del Sacro Imperio y rey de Hungría.

[iii]https://bibliotecavirtualmadrid.comunidad.madrid/bvmadrid_publicacion/es/consulta/registro.do?id=20038

 (*) http://curiosasevilla.blogspot.com/2018/01/plaza-de-san-francisco.html

[iv] Debe tratarse de Cilicia, al sur de la actual Turquía.

[v] El autor anota sobre el papel de los jesuitas en la preparación de los condenados a la pena capital.

jueves, 11 de junio de 2020

Una reflexión de Aristóteles


En su “Política” Aristóteles habla de la sociedad civil, de la esclavitud, de la propiedad, del origen del Estado y de la sociedad, de la adquisición de los bienes, sobre la “República” y sobre las “Leyes” de Platón y de otros muchos asuntos en varios libros y capítulos.

Para Aristóteles, teniendo en cuenta la época en la que habla, los elementos de la economía doméstica, para ser completa, debe comprender esclavos y hombres libres. En primer lugar habla del señor, después de la autoridad conyugal, de los hijos y de la adquisición de la propiedad. Luego pasa a hablar del señor y del esclavo con el objeto de estudiar las relaciones que les unen.

Hay una ciencia propia del señor que se confunde con la del padre de familia, con la del magistrado y con la del rey. Otros –dice- pretenden que el poder del señor es contra naturaleza; que la ley es la que hace a los hombres libres y esclavos, no reconociendo la naturaleza ninguna diferencia entre ellos; y que, por último, la esclavitud es inicua, puesto que es obra de la violencia.

Entre los instrumentos de la propiedad, dice que unos son inanimados y otros están vivos; por ejemplo, para el patrón de una nave, el timón es un instrumento sin vida y el marinero un instrumento vivo, así pues la propiedad no es más que un instrumento de la existencia, la riqueza una porción de instrumentos y el esclavo una propiedad viva. Si cada instrumento pudiese, en virtud de una orden recibida o, si se quiere, adivinada, trabajar por sí mismo, “como las estatuas de Dédalo[i] o los trípodes de Vulcano[ii], que se iban solos a las reuniones de los dioses”; si las lanzaderas tejiesen por sí mismas; si el arco tocase solo la cítara, los empresarios prescindirían de los operarios y los señores de los esclavos”.

Los instrumentos propiamente dichos –sigue diciendo Aristóteles- son instrumentos de producción; la propiedad, por el contrario, es simplemente para el uso. “La vida es el uso y no la producción de las cosas, y el esclavo solo sirve para facilitar estos actos que se refieren al uso; el señor es simplemente señor del esclavo, pero no depende esencialmente de él; el esclavo, por el contrario, no es solo esclavo del señor, sino que depende de éste absolutamente”. Esto prueba, dice, lo que el esclavo es en sí y lo que puede ser. “El que por una ley natural no se pertenece a sí mismo, sino que, no obstante ser hombre, pertenece a otro, es naturalmente esclavo”. Es hombre de otro, en tanto que hombre, se convierte en una propiedad, y como propiedad es un instrumento de uso…”.

Muy distinto a lo que Séneca[iii] relata del filósofo Diógenes, que tenía un único esclavo llamado Manes, el cual huyó, pero sabiendo el filósofo dónde estaba, no hizo nada por recobrarlo, porque “parecería cosa torpe que pudiendo Manes vivir sin Diógenes, no pudiese Diógenes vivir sin Manes”.

(Ver aquí mismo “Los esclavos vistos por Aristóteles” y “El esclavo no necesita al amo”. La imagen de arriba es una obra de Rubens, "Vulcano", óleo sobre lienzo de 182 por 99 cm. que se encuentra en el Museo del Prado, pero no expuesta).



[i] Habría inventado unas estatuas de los dioses que tenían extremidades móviles.
[ii] Vulcano o Hefesto habría hecho unas mujeres mecánicas de oro que le ayudaban en la fragua.
[iii] “Sobre la tranquilidad del espíritu”.

sábado, 1 de junio de 2019

Siervos en la Hispania visigoda


Imagen idealizada
del rey Wamba en
la plaza de Oriente,
Madrid (Wikipedia)
Escribe Domínguez Ortiz[i] que no conocemos la proporción de siervos que había en la sociedad visigótica, pero no cabe duda de que era muy elevada. La Iglesia retomó el cambio de mentalidad que desde el Bajo Imperio había mejorado la suerte de los siervos; se le reconocían ciertos derechos: podían casarse y tener un peculio con el que eventualmente podrían conseguir la libertad. Pero la Iglesia, como gran propietaria, inmersa en el orden social existente, consideraba la esclavitud como una institución necesaria, consecuencia del pecado, en lo que seguía las huellas de Pablo de Tarso; aconsejaba que se tratara bien a los siervos, pero desaprobaba que algunos sacerdotes, llevados por un celo indiscreto, procedieran a manumisiones que podían arruinar a las iglesias; se consideraba que el mantenimiento de una parroquia requería el trabajo de doce siervos, lo que indica que el excedente generado por estos era muy pequeño, de acuerdo con la escasa productividad de unas técnicas completamente estancadas.

La importancia que tenía la esclavitud en aquella sociedad nos lo revela el amplio lugar que ocupaba en la legislación, tanto civil como canónica; el Fuero Juzgo consagra las 21 leyes del libro IX, título I, al solo tema de los siervos fugitivos, que debía ser algo frecuentísimo; se conminaba con graves penas a los pueblos en los que se albergaban, a los que les daban trabajo en sus fincas, a los que facilitaban su huida… Hechos en los que se adivinan deseos de aprovecharse de una mano de obra escasa, a la vez que denuncian el riesgo de un sistema que impulsaba a tantos a intentar la evasión. Una de las leyes prohibía al amo matar a su siervo so pena de destierro y confiscación de bienes, pero podía librarse de la pena simplemente buscando unos testigos que dijeran que el siervo lo había amenazado o que el amo no había tenido intención de matarlo. Otra ley prohibía a los “amos crueles” las mutilaciones corporales de sus esclavos. Los matrimonios entre señores y esclavos se consideraban una abominación digna de las mayores penas, y también las simples relaciones sexuales entre una señora y un esclavo. De los abusos de que hacían objeto tantos señores a sus siervos nada se dice; son lacras permanentes del fenómeno esclavista.

El descontento de la gran masa de la población rural, libre o esclava, se manifestaba en revueltas de las que tenemos poca información. En el movimiento priscilianista, muy activo en el noroeste de la Península Ibérica, quizás hubiera, bajo apariencias religiosas, una inquietud de tipo social, hecho frecuente hasta los comienzos de los tiempos modernos. Prisciliano, de origen galaico, fue condenado por su misticismo heterodoxo, mezclado con ideas gnósticas y de exagerado ascetismo, en varios concilios, pero esta condena de carácter espiritual sirvió de pretexto al emperador Máximo para arrogarse el título de defensor de la fe ordenando su ejecución en Tréveris (385). Fue el primer hispano muerto bajo acusación de herejía, aunque no por el poder eclesiástico, sino por el civil. La muerte de Prisciliano no impidió que sus seguidores se mostraran muy activos, sobre todo en la Gallaecia, hasta finales del siglo VI.

Pueden también rastrearse motivaciones sociales en el extraordinario desarrollo de la vida monacal, posible refugio de seres maltratados, insatisfechos; formaban comunidades numerosas regidas por alguna de las muchas reglas que entonces se dictaron. Su importancia económica era grande: combinaban la oración con el trabajo, laboraban tierras, criaban ganados, por sí mismos y ayudándose de siervos. Procuraban también disponer de artesanías esenciales para ser en todo lo posible autosuficientes. Otros buscaban la evasión por el camino opuesto: se aislaban en vez de agruparse; eran anacoretas, ermitaños, se enclaustraban en un lugar o, por el contrario, se dedicaban a un vagabundeo (los giróvagos); una picaresca con apariencias religiosas que siempre ha existido.

Nada tiene de extraño que en una sociedad muy sacralizada la religión fuese utilizada como válvula de seguridad por los descontentos. En las alturas el problema tenía otros matices; los altos cargos eclesiásticos fueron capturados por los ambiciosos que los utilizaron para sus propios fines. Las luminosas perspectivas abiertas por los Concilios III y IV, la unión religiosa, la unión de razas, el reforzamiento del Estado, todos los propósitos se derrumban después de la deposición de Wamba[ii]. Los sucesos ocurridos en los últimos reinados son muy oscuros; faltan fuentes; las pocas alusiones que pueden espigarse en las crónicas posteriores aluden a la división de la clase dirigente en facciones irreconciliables; sin duda por eso existen dos tradiciones acerca del rey Witiza: una favorable a su memoria y otra que lo describe como un tirano, justificando así la elección de Rodrigo contra las aspiraciones de los witizanos.   



[i] “España, tres milenios de historia”.
[ii] (672-680). Su corto reinado lo pasó sofocando rebeliones de unos grupos contra otros, además de una invasión de norteafricanos en 672 por el estrecho de Gibraltar. Convocó el XI Concilio de Toledo (675), donde se dictaron medidas para corregir los vicios y abusos eclesiásticos, y puede que exista relación con el hecho de que el metropolitano de Toledo, Julián II, interviniese en la conjura para acabar con la vida del rey, que no había querido ser elegido como tal en 672.

domingo, 28 de abril de 2019

Siervos y campesinos



Muy probablemente el campesinado ha tenido un estatus parecido en época tardorromana, visigoda y altomedieval, pero de acuerdo con la legislación visigoda jugaron un importante papel los servi, y otras fuentes hablan de huidas de esclavos. El profesor Martín Viso advierte de que el término servus se utilizó en la época con una gran pluralidad de significados y que el esclavismo, entendido como esclavitud en masa, no parece haber sido una realidad en época hispano-goda.

El sistema socioeconómico romano no se estructuró en torno al uso masivo de mano de obra esclava, aunque pudieron darse situaciones locales que desmientan lo anterior. Lo que sí es posible es que la legislación buscase mantener a la población adscrita a la tierra con fines fiscales, en cuyo caso los servi no serían esclavos. Por otro lado, en zonas de fuerte desarrollo de la gran propiedad, la diferenciación social entre servi y esclavos no debía ser mucha en la práctica, ya que los campesinos dependientes serían casi esclavos, aunque pagaban censos a los propietarios de tierras y estaban vinculados a estos por reglas de patrocinium.

La mayor parte del campesinado debió de ser legalmente libre y económicamente autónomo, poseyendo tierras y sometido directamente al poder central, que trataba de mantenerlo al margen del control aristocrático, y estos campesinos libres se organizaban en instituciones propias. Las pizarras visigodas –un tipo de documentación privada procedente del suroeste de la meseta norte y datadas en los siglos VI y VII- evidencian la existencia de rustici que pagaban tributos. Estos rustici gestionarían libremente la tierra, ya que los propietarios se la habían cedido para ello.

El profesor Martín Viso señala que campesinos y grandes propietarios no eran esferas completamente opuestas, pues la aristocracia se detecta en algunas poblaciones campesinas. Es el caso de Gózquez[i], que se ha excavado en su totalidad y se trata de un asentamiento rural campesino con una actividad orientada al mercado, como sucede con la producción de aceite y un relativamente alto número de équidos, un animal asociado a la aristocracia. Es decir, los campesinos dispusieron de una mayor capacidad de agencia para organizar y gestionar la producción que en épocas anteriores.

Este predominio de campesinos basados en la producción familiar, con tendencia a la subsistencia y al policultivo, puede ser el causante de la imagen de una decadencia de la producción con respecto a la época romana, pero en realidad lo que hay es una disminución de la especialización e intensificación debido a la decadencia de las grandes redes comerciales y también por la menor riqueza de las aristocracias.

En tal sentido cabe destacar el auge de la ganadería. En el entorno de Barcelona se ha observado un incremento de la deforestación de áreas de montaña, unido a un aumento de los materiales de sedimentación en los deltas de los ríos, lo que reconfiguró la geografía del litoral. Por otro lado, los datos polínicos procedentes de la comarca salmantina de La Armuña y de algunos lugares de la Sierra de Gredos revelan un avance de la deforestación asociada a la ganadería, y esta también aparece en la legislación visigoda. Otra cosa es que se trate de un fenómeno generalizado o no.


[i] San Martín de la Vega, Madrid.

viernes, 26 de abril de 2019

El asno de Apuleyo



Lucio es el protagonista de esta obra del siglo II, cuyo autor es Apuleyo pero que debió basarse en otra anterior de un tal Lucio de Patras, ciudad al norte del Peloponeso. Transformado Lucio en asno, está en las mejores condiciones para ver el trato que reciben los esclavos sin levantar sospechas de simpatizar con ellos.
La obra sirve al profesor López Barja de Quiroga[i] para ver en qué medida las leyes y la protección que debieran proporcionar a los débiles son falsas. La novela de Apuleyo –dice el autor citado- se construye sobre el engaño. El asno, que al final se vuelve a transformar en Lucio, anda por Tesalia y Macedonia observando las contradicciones del mundo. Es una obra que “se enraíza en Ovidio y en la sátira romana, desde Lucilio a Juvenal”.
En las “Metamorfosis” no hay alusiones directas al mito de la caverna de Platón pero abundan las alusiones platónicas, mientras que en época del emperador Marco Aurelio (s. II d. C.) se despertó un gran interés por entremezclar verdad y mentira.
El último libro de la novela de Apuleyo (XI) se había considerado como un “postizo”, y López Barja considera que en él se nos relata la iniciación a los misterios isíacos del propio Apuleyo. Sin embargo, a partir de la obra de Winkler[ii], los autores se han inclinado por considerar las “Metamorfosis” como “un prodigioso castillo de fuegos artificiales”. La aventura de Lucio –dice el autor citado- es parecida a la de Acteón, convertido en ciervo al quedarse admirando al ver a Artemis bañándose desnuda.
“Entre las cosas que son falsas, meras apariencias, se encuentran las leyes y las convenciones sociales”. En la novela, los huéspedes traicionan a sus anfitriones, las esposas se burlan del matrimonio cometiendo adulterio, los sacerdotes resultan ser seres depravados. Palabras como “obsequium” o “pietas” han perdido su valor por completo. La invocación a la ley no es capaz de salvar al humilde campesino de la violencia de su vecino rico, al contrario, le enfurece y causa una terrible carnicería.
“Así pues, ¿por qué os asombráis vosotros, despreciables criaturas, ganado del foro, o mejor dicho, buitres con toga, si actualmente todos los jueces trafican con sus sentencias a cambio de dinero…?”. Es importantísima la “curiositas” en la novela: dominado por ella, Lucio desea con todas sus fuerzas ver en acción a las célebres magas tesalias, deseo que le trae la ruina, pues es causa de su transformación en asno.
Cuando Lucio-asno recuerda que Ayax, muy superior en la guerra, fue pospuesto por el mediocre Ulises, se irrita; y cuando Lucio-asno está en un molino y contempla a los esclavos que trabajan haciendo pan, su condición de asno le permite ver las mentiras y los engaños. Esos esclavos que hacen pan le producen lástima, con sus cuerpos escuálidos, las espaldas amoratadas por los constantes latigazos, van casi desnudos y llevan la frente marcada con letras, como esclavos fugitivos[iii].
Lucio, una vez que recobra su forma humana, triunfa en el foro, se ha convertido en uno de los “buitres con toga” a los que antes increpaba. “Viene a ser como el abogado al que la bruja Méroe transformó en carnero, y que como carnero, defiende los pleitos”. Después, el dios Osiris se le aparece a Lucio en sueños y le anima a continuar una carrera, que será triunfal, como abogado en el foro, ya que ha adquirido una laboriosa doctrina durante su época como asno. “Su íntimo contacto con la maldad, la crueldad y la mentira humanas no le han hecho mejor”. Lucio no termina más sabio, sino más astuto.
En realidad el esclavo paradigmático de la novela es el propio Lucio, que pasa por diversos amos haciéndose con él mediante compra o robo. Entonces es sometido a los más crueles castigos; un muchacho al que se le confía el asno para transportar leña, lo muele a palos y luego lo martiriza atando a su cola unas espinas afiladas para que se las clave al moverlas, pero por fin es liberado gracias a la muerte del muchacho.
Para los estoicos –dice López Barja- lo único que importa era la esclavitud interior, la del alma, ya que solo se esclaviza el cuerpo, por eso Epicteto[iv] decía que debemos tratar nuestro cuerpo como a un burro de carga. Pero el esclavo siempre tenderá a librarse de su condición, ya mediante la huida, el suicidio o la ejecución. En este último caso, el dueño ata al esclavo a una higuera y lo embadurna con miel para que acudan las hormigas, y con sus mordiscos le hacen sufrir una interminable agonía.
“Cualquier hombre, sin excepción, apenas, en cualquier momento podía ser robado, apaleado, traicionado, metamorfoseado incluso en un animal, perdida su condición humana. La esclavitud es la metáfora de ese riesgo…”.



[i] “Violencia servil en las “Metamorfosis” de Apuleyo.
[ii] Debe de tratarse de Katharina Winkler, autora de una obra sobre la violencia contra las mujeres.
[iii] Es el carimbo de los esclavos en la América hispana. Ver aquí mismo “El carimbo de los indios esclavos”.
[iv] Vivió parte de su vida como esclavo (siglos I-II d. C.).

viernes, 12 de abril de 2019

"Honra de la nación Etiópica"

Granada en el siglo XVI

Puede parecer extraño imaginar la existencia de negros, en la España del siglo XVI, ejerciendo como catedráticos de universidad o juristas en la Chancillería de Granada, pero lo cierto es que existieron, y este es el objeto de estudio de Magdalena Díaz basándose, sobre todo, en una fuente, los libros escritos por Francisco Bermúdez de Pedraza[i].

Uno de esos personajes de raza negra fue Juan Latino, catedrático de la Universidad de Granada, que vivió durante el siglo XVI como esclavo de un descendiente de Gonzálo Fernández de Córdoba. Liberado de la esclavitud, ascendió socialmente como hicieron otros africanos, pocos, en la España de la época. Latino nació en torno a 1516 en Baena (Córdoba) o en Etiopía[ii], teniendo luego la amistad del arzobispo de Granada, lo que le valió para entrar como profesor en la Universidad de Granada, que no le impidió romper las alabanzas hacia sus protectores, criticando incluso al rey Felipe II, posiblemente por el comercio esclavista hacia tierras americanas.

Otro es el caso de la bordadora Catalina de Soto, a la que Bermúdez de Pedraza califica de negra “ilustre”, “Reyna de negras”, señalando que se paseaba por Granada “con dos criadas blancas detrás della”. Los reyes habían protegido la producción textil al ordenar en 1494 que no se importaran paños, salvo para ornamentar las iglesias. Posiblemente –dice Magdalena Díaz- bordara para la Iglesia, pero lo que sí es seguro es que lo hacía para las damas de la nobleza granadina.

De Catalina, Juan Latino, Cristóbal Meneses y el licenciado Ortiz, dice Bermúdez de Pedraza que eran la “honra de la nación Etiópica”. Meneses era hijo de un noble y una negra, y Elena de Céspedes había nacido en Alhama de Granada en 1545 (su origen era morisco o negro), acusada y encarcelada bajo la sospecha de ser monfi[iii], fue acompañante de la hija de su amo y, una vez liberada, se buscó la vida en diferentes partes de Andalucía como soldado, pastor, calcetera, bordadora y sastre, y después se examinó del título de cirujano en Madrid. Haciéndose pasar por hombre se casó con una mujer, siendo condenada por la Inquisición a servir en un hospital de enfermos.

El licenciado Ortiz fue abogado de la Real Chancillería de Granada, y fray Cristóbal de Meneses sabemos que perteneció a la orden dominica. De ellos y de los anteriores dice Bermúdez de Pedraza que eran “negros ilustres”. Todos ellos estuvieron vinculados, durante más o menos tiempo, con Granada, una ciudad que parecía dulcificar su carácter esclavista proveniente del continuo cautiverio  y rescate de esclavos entre cristianos y musulmanes. Con la población africana parece que se aplicó el patronazgo y el mecenazgo y no debe olvidarse que durante la dependencia de Portugal de la monarquía española, la llegada de esclavos africanos a la Península fue en tránsito hacia las colonias americanas.

Al tiempo la imagen del negro se fue transformando, desde la de un bufón a un ser exótico y vicioso, pero algunos, como los que hemos visto, son el resultado de matrimonios mixtos y, en el caso de Juan Latino, se casó con una granadina, por lo que fue mejor aceptado que los moriscos, a los que se les vio siempre reticentes a aceptar el cristianismo. En Gibraleón (Huelva), donde hubo esclavos africanos que arraigaron fuertemente, todavía hoy se puede observar el mestizaje, según Magdalena Díaz.

En la época los europeos tenían una idea de los africanos como individuos de piel oscura que habitaban un mundo raro, maravilloso y monstruoso, inventando rasgos de crueldad para justificar la dominación sobre ellos; se les veía como una especie que había que civilizar. En España, con respecto a los moriscos, al dar comienzo 1567, entró en vigor la pragmática que les obligaba a dejar sus costumbres (lengua, vestido, baño, religión…) y a adoptar el cristianismo como único credo religioso. Lo que ya había preparado Carlos I en 1526 había quedado sin cumplir hasta que el arzobispo Pedro Guerrero consiguió su aplicación.

Volviendo a nuestros personajes, todos ellos eran hijos de un noble y una negra esclava, lo que dice mucho del papel que jugaban estas en ciertas casas como barraganas u objeto de las apetencias momentáneas de sus amos. Pero lo particular de los que hemos citado es que triunfaron en sus profesiones, consiguieron integrarse en la sociedad de su época e incluso, en la mayoría de los casos, fueron protegidos por sus progenitores.



[i] Nacido en Granada en 1576, fue clérigo e historiador.
[ii] Se hablaba en la época de Etiopía para referirse al África negra al sur del Sahara.
[iii] Desterrados o exiliados por su propia voluntad que no cumplieron las capitulaciones de Granada. Para sobrevivir constituyeron cuadrillas que asaltaban y robaban.

martes, 12 de febrero de 2019

Azúcar brasileño y negros africanos

https://journals.openedition.org/corpusarchivos/192

El azúcar, en la Europa medieval, había sido una medicina rara y costosa que solo a finales del siglo XV comenzó a transformarse en alimento en Portugal gracias a la producción de los archipiélagos atlánticos[i]. Esto mismo se hizo en las colonias castellanas americanas, sobre todo en Nueva España. Sin embargo, a finales del siglo XVI, solo Puerto Rico, La Española y algunas plantaciones próximas a Veracruz enviaron cantidades apreciables de azúcar a Europa.

Brasil, en cambio, disfrutó de todas las ventajas y oportunidades. Primera, la existencia de una franja casi continua de excelentes suelos en la costa, desde Pernambuco (hoy Ricife) hasta Sâo Vicente (cerca de la actual Santos). Segunda, una adecuada pluviosidad, que excusó el regadío e hizo el cultivo más fácil y barato que en ninguna otra parte. Tercera, buenos puertos próximos a los cañaverales, de los que Bahía y Pernambuco serían los más activos. Cuarta, la previa existencia de una organización comercial para la distribución en Europa, montada ya a finales del siglo XV con el azúcar de Madeira y reforzada luego con las especias de Oriente, incluyendo no solo el puerto de Lisboa, sino también socios, instalaciones y crédito en Amberes.

La mano de obra fue reclutada entre los nativos, que vivían en circunstancias paralelas a las que años antes se dieron en el Caribe. Cuando se forzó a trabajar a los indios, huyeron hacia las tierras del interior, protestando los jesuitas por el mal trato que se les daba. El rey portugués proclamó la libertad de los indios en 1570, pero la caza de estos se generalizó mediante la “bandeira”, equivalente a las “compañas” del Caribe. Los “bandeirantes” convirtieron Sâo Paulo en su más importante base de operaciones. Entre 1590 y 1690, las bandeiras paulistas compraron y cazaron esclavos en tierras cada vez más al interior, vendiéndolos en la costa a las plantaciones de azúcar. Comparadas con las compañas, las bandeiras se desplazaron sobre territorios mucho más extensos y con más lentitud, actuaron por muchos años. Dirigidas y financiadas por portugueses, muchos de sus miembros fueron mestizos; sus armas eran arcos y flechas, rara vez espadas y armas de fuego; caminaban a pie, con limitado uso de caballos. Pero también las bandeiras exploraron tierras desconocidas, descubrieron minas y actuaron como una vanguardia mestiza de la europeización.

El cultivo de la caña requería talar y roturar la selva, sembrar los plantones que crecían con rapidez y pocos cuidados, y cortar la caña crecida y madura, una y otra vez hasta el agotamiento del suelo en unos seis años. Este se abandonaba entonces, ya que había terreno de sobra para volver a roturar y plantar; la propiedad del suelo se basó en la concesión de extensas “sesmarias” con carácter hereditario, en parte cultivadas por el dueño y en parte cedidas a largo plazo a “lavradores” o arrendatarios. Pero la preparación del azúcar exigía inversiones fuertes. La caña debía cortarse en el momento oportuno, llevarla al trapiche (“engenho de assucar”) y exprimirla sin demoras. El número de trapiches aumentó debido a la demanda de azúcar.

El azúcar de Brasil, primer monocultivo tropical americano a gran escala, originó un sistema comercial muy flexible y menor organizado que el castellano de la plata. El monopolio de Lisboa, con concentrar la mayor parte del azúcar, fue menos rígido y por menos tiempo que el castellano. A diferencia de los castellanos, que se veían obligados a comprar los esclavos negros a intermediarios portugueses, estos podían conseguirlos directamente sin restricciones legales en sus “feitorias” de Guinea, Angola o Benguela a precios bajos. El viaje entre Angola y cualquier puerto brasileño duraba entre 35 y 60 días, lo bastante largo para que las peores endemias tropicales de África no se transmitieran al Brasil, ya que los enfermos morían en el camino, y resultaba lo bastante corto para que el flete no fuese excesivo y los esclavos no llegasen agotados. La importación de africanos al Brasil comenzó antes de 1550, pero a partir de 1570 creció, pues los dueños de sesmarias había prosperado y podían comprar más esclavos.

La esclavitud, institución tan antigua, por lo menos, como la civilización, estaba en decadencia en Europa y, a finales del siglo XV, en vía de extinguirse, lo que ocurriría, y antes que en el resto del mundo. Pero la colonización de América revitalizó el papel de la esclavitud y, con la trata de negros, se ocasionaría la emigración forzosa de mayor magnitud que registra la historia. Mientras las colonias de Castilla en América desarrollaron su producción para cubrir una gran parte de sus propias necesidades, Brasil dependió por completo de importaciones y exportaciones, al menos hasta 1640.

De igual manera que los beneficios originados por la producción de plata –dice el profesor Céspedes- fueron pagados por muchos indios con la tragedia del trabajo forzoso en las minas, los beneficios conseguidos con el azúcar brasileño tuvieron el precio de la esclavitud de negros africanos e indios nativos y el horror de un tráfico negrero que en el siglo XVIII alcanzaría proporciones masivas. Como siempre sucede, quienes disfrutan los provechos no son los mismos que quienes pagan su precio en trabajo, explotación y sufrimiento.



[i] Céspedes del Castillo, “América Hispánica”. El presente resumen está basado en la obra citada.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Esclavos negros, chinos y otros

Iglesia de San Francisco de Paula (La Habana)

Anúcita es una pequeña población en el oeste de la provincia de Álava, donde a comienzos de 1814 nació uno de los mayores  negreros de España por lo menos en el siglo XIX. Julián de Zulueta, siendo joven, viajó a Cuba y allí heredó un ingenio de azúcar cerca de Cuba. Con el paso del tiempo, gracias al comercio de esclavos, se hizo muy rico y conectó con otros hacendados, sobre todo criollos españoles y peninsulares con intereses en Londres, Cádiz y otras ciudades.

Para amasar su riqueza, Julián de Zulueta vio la necesidad de ocupar cargos públicos y relacionarse con las autoridades españolas en Cuba, siendo alcalde de La Habana entre 1864 y 1876. Cuando ya faltaban pocos años para el de su muerte (1878) fue nombrado Marqués de Álava y años atrás, cuando estalló la guerra de 1868, fue uno de los promotores de los tercios de voluntarios vascos, los chapelgorris, y miembro del Partido Español en la Habana, según ha estudiado, entre otros, Urko Apaolaza.

Durante el siglo XIX emigraron muchos vascos a América, particularmente al Río de la Plata, México y Cuba, en el caso de Álava debido al atraso económico que padecía y a las guerras que sufrieron las provincias vascas y otras del norte. A Cuba fue llamado Julián por un pariente que se había dado cuenta de los grandes negocios que se podían hacer con la trata negrera para la explotación del azúcar, a pesar de que ya existían partidarios del abolicionismo de la esclavitud, particularmente las autoridades británicas, que habían abolido esta institución a principios del siglo XIX y no estaban dispuestas a que los negocios de sus compatriotas tuviesen la competencia de los tratantes negreros. Para Cuba, como es sabido, España no abolió la esclavitud, hasta 1880.

Algunos historiadores consideran a Julián de Zulueta como un negrero cruel (es el caso de Joseba Agirreazkuenaga), dedicado al comercio clandestino, que vio cómo se le acumulaban las denuncias del Gobierno de Gran Bretaña. Incluso con la inmigración de chinos, Zulueta hizo buenos negocios con la trata de estos orientales. Para entonces, nuestro negrero ya tenía varios ingenios azucareros que daban grandes rendimientos, no solamente porque les fue dotando de maquinaria moderna sino porque la mano de obra, en su mayoría esclava, era gratuita.

También Hugh Thomas ha estudiado a este personaje, al que llama “último gran negrero de Cuba”. En La Habana de los años 30 del siglo XIX, Zulueta era un nombre maldito en los diarios de a bordo de las patrullas navales británicas, el cual traía a los negros, sobre todo, desde Kabinda, a orillas del río Congo. Zulueta, para la travesía desde África a Cuba, hacía vacunar a los negros y, como católico, los bautizaba, no fuera que falleciesen y no tuviesen ocasión de salvarse… Esto ocurría –dice Urco Apaolaza- cuatro siglos más tarde de que el papa Pío Ii hubiese condenado la esclavitud de africanos bautizados. Al católico Zulueta le importaba más el negocio, en tiempos ya claramente abolicionistas, que las advertencias religiosas, pues moral cristiana no parece haber tenido.

Para comprender el volumen del negocio digamos solo que el vapor “Cicerón”, propiedad de Zulueta, transportó en una ocasión 1.105 esclavos y que el “New York Times” se hizo eco de una huelga o revuelta de esclavos hartos del negrero alavés, que poco a poco se había hecho con buenas fuentes de financiación, ya por medio de familiares o de otros negociantes. Así, tuvo negocios en Londres con un Pedro Juan de Zulueta, el cual no se sabe si era familiar a pesar del apellido, y heredó toda la fortuna de un tío suyo, ahora sí, de nombre Tiburcio (1842), en la que destacan los cafetales de Pedencias, al norte de Camagüey.

La fortuna que amasó Zulueta por sus negocios con un pariente suyo con la trata de esclavos, sería el origen de su implantación como prestamista y hacendado en Cuba, haciendo importantes ingresos con la trata de negros, chinos y nativos de Yucatán y Venezuela. El capital que se ha calculado a su nombre ascendió, en 1864, a 104,2 millones de reales, una de las mayores fortunas de la época. Siendo tan rico pudo casar a su hija Josefa con el político español experto en falsificar elecciones, Francisco Romero Robledo. Riqueza, crueldad, influencia política y encuadre entre los poderosos, fueron el círculo cerrado en el que, como otros, vivió buena parte de su vida un negrero “moderno”: Julián de Zulueta.