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lunes, 1 de agosto de 2016

Clérigos masones y comuneros


Ruinas del convento del Carmelo en Budia (Guadalajara)
El profesor Pedro Olea ha publicado una obra[1] en la que muestra las relaciones entre la Iglesia y la masonería, a partir de la documentación que se guardó en el Archivo de la Nunciatura de Madrid y que ahora se encuentra en el Archivo Vaticano.

A finales de 1814 era Secretario de Estado el cardenal Hércules Consalvi, que a finales del siglo XVIII había estado preso en Roma dentro del proceso de la Revolución Francesa. Se trataba de un noble que, a partir de 1814, jugó un importante papel en la defensa de las monarquías absolutas, una vez derrotada la Francia napoleónica. Un noble absolutista y otro, Cipriano Palafox y Portocarrero, conde de Montijo, que en España colaboró con el rey José, se afilió a la masonería y fue un confeso liberal.

Toda la burocracia vaticana se puso en marcha para combatir a la masonería poniendo “un dique” a “la secta de los llamados francmasones, carbonarios…”. En el caso de España se encargó del asunto a la Inquisición, repuesta por el rey Fernando VII tras su vuelta de Francia, y aquella, en manos de Mier y Campillo, se propuso actuar “con suavidad y dulzura” contra la masonería. Se invitó a que las personas que se habían afiliado a la masonería o al liberalismo abjurasen de ello mediante confesión ante los sacerdotes, que expedirían el correspondiente documento acreditativo, pero “si había personas a las que repugnaba el documento, los confesores quedaban facultados para absolverlos igualmente”. Mier había presidido la Junta local de Defensa en Vélez Rubio desde 1808, pero luego tuvo que andar huyendo de Cartagena a Mojácar: un absolutista en toda regla.

Durante el trienio 1820-1823 la masonería –dice el autor al que sigo- volvió a crecer, siendo Gran Maestre del Oriente Nacional el Conde de Montijo y esto fue lo que le llevó más tarde a ser apresado en Santiago de Compostela. En 1818 Pío VII había publicado una bula contra los carbonarios que afectó entre otros al exministro Argüelles, otro que tuvo que sufrir prisión ya en 1814 (Ceuta) y luego en Alcudia.

Los obispos españoles se fueron pronunciando sobre el asunto, el primero el de Jaén, e incluso uno, el de Santander, especuló con la posibilidad de que algún día “no sea posible restablecer el Santo Tribunal de la Inquisición”, lo que añadiría, a su juicio, una dificultad para luchar contra las sociedades secretas, particularmente la masonería. El obispo de Lugo, José Antonio de Azpeitia, consideró que publicar la bula papal “desconfío que produzca nada…”. ¿Y si había miembros del clero afiliados a sociedades secretas? A la Iglesia se le planteó un problema, porque tanto ellos como los laicos eran reos de lesa majestad y “las antiguas leyes de España no habían respetado nunca la exención del clero” en esta materia.

Tras la bula de Pío VII varios miembros de sociedades secretas se presentaron ante las autoridades y aportaron importantes revelaciones, aunque la eficacia de la bula había quedado bastante disminuida. Otro decreto favoreció las retractaciones, que hasta el momento habían sido pocas, además de preservar la inmunidad de los eclesiásticos que se hubieran adherido a las sociedades secretas. Uno de estos –según Pedro Olea- fue el canónigo de Osma, Eusebio Campuzano, que había pertenecido a los comuneros durante el trienio liberal.

Más tarde, el papa León XII publicó una encíclica (Ubi primum) que condenaba de nuevo a las sociedades secretas, lo que llevó a una abierta controversia entre el nuncio y el obispo de Teruel, Felipe Montoya Díez, que no había publicado el documento del anterior papa. Por su parte, Fernando VII, en 1824, publicó un decreto por el que se concedía indulto y perdón a todos, exceptuados los que habían pertenecido a sociedades secretas, pero aún así el obispo de Teruel estuvo en desacuerdo, porque su intención fue que sufrieran persecución no solo los que se habían mostrado anticlericales sino los que habían simpatizado con el liberalismo.

Pero el nuncio siguió recomendando una obra de pacificación entre unos y otros, mientras que el obispo de Teruel había considerado al trienio como una persecución para la Iglesia, e incluso acusó al nuncio, Giustiniani[2], de haber procedido con ligereza en la secularización de religiosos. Este nuncio explicaba al obispo de Teruel que debía considerar si estaba equivocado, pues los demás prelados habían aceptado las medidas papales y del rey, pero Montoya identificaba al conspirador político con el hereje, lo que no estaba dispuesto a hacer el nuncio. Montoya estuvo también en contra de las disposiciones legales sobre el pago del medio diezmo (exigía que el diezmo se siguiese cobrando íntegro por parte de la Iglesia), etc.

El obispo de Tortosa, Víctor Damián Sáez[3], habla de un sacerdote afiliado a los comuneros, mientras que León XII, en 1825, publicó su constitución Quo graviora, que reiteraba las condenas contra las sociedades secretas. Luego vinieron las respuestas a dicha constitución por parte de los obispos: el de Mondoñedo, Bartolomé Cienfuegos, se lamentó de que “faltaba el gran baluarte de la Inquisición”; el de Cartagena, el de Granada, el de Sigüenza, el de Córdoba, el de Zamora… El de Osma, Juan Cavia González, publicó en 1827 una pastoral en la que lamentaba que los trastornos provocados por los masones no se hubieran limitado al orden civil, constatando que estos ya se habían infiltrado en las cortes sin que los reyes los apartasen y recordó la necesidad de los “rayos del Vaticano” para combatirles.

Una logia masónica descubierta en Granada llevó a cinco de sus miembros a ser ajusticiados, “pero fueron más los que lograron huir”. En dicha ciudad y en Málaga hubo abundantes arrestos de masones. A partir de 1850 el autor al que sigo constata la presencia de sacerdotes en las sociedades secretas: Tomás Pastor, párroco del Salvador de Elche, del obispado de Orihuela. Pendiente de una sentencia del tribunal de la Rota para ser o no repuesto en su curato, su obispo, Félix Herrero Valverde, hizo cuantas gestiones pudo para que el tribunal eclesiástico dejase sin curato al acusado, pero la Rota mandó reponer en su cargo al párroco, no obstante haber pertenecido a sociedades secretas. Igualmente repuso en su curato al párroco de Villanueva de Castellón (cerca de Játiva) diócesis de Valencia.

El obispo de Orihuela no cesó en su empeño y consiguió del ministro Calomarde que apartara a los dos curas de sus parroquias, “dejándoles para su sustento la congrua sinodal sobre la renta y productos de su curato".

En 1833 el obispo de Ibiza, Basilio Carrasco Hernando, tenía a tres curas suspensos de sus curatos y a un beneficiado, los cuatro comuneros. Un canónigo tesorero de Granada, Francisco Ruiz Navamuel, fue nombrado obispo de Astorga, pero acusado de pertenecer a los comuneros, fue advertido y renunció al obispado. Una carta de Francisco Lorente, rector de Maicas (norte de la actual provincia de Teruel) dice: “ha llegado a mí noticia … que en esa corte hay una suciedad de malos sacerdotes antipapistas finos…”. La carta va dirigida al nuncio Brunelli (en España a mediados del s. XIX) y le recomienda “guárdese de ellos por Dios”.


[1] “Iglesia y Masonería. El Archivo de la Nunciatura de Madrid. 1800-1850”.
[2] Había sustituido a Pietro Gravina.
[3] Había nacido en Budia, Guadalajara, en 1776.

jueves, 17 de octubre de 2013

Polacos y rutenos


La larga y profunda historia de Europa hace que se den fenómenos que han quedado en el olvido, al menos en parte, y son cosa solo de especialistas. Entre el sureste de Polonia y el oeste de Ucrania, estados actuales, se encuentra el espacio geográfico de Galicia o Galitzia, según la grafía que usan unos y otros. En poder del imperio austriaco y luego austro-húngaro, varias comunidades han convivido, pero sobre todo polacos y rutenos, estos últimos una suerte de ucranianos aunque asimilados tardíamente a esta nacionalidad y con lengua propia (por lo tanto rasgos culturales propios). 

Cuando Stalin, Churchill y Roosevelt se reunieron en la población balnearia de Yalta en febrero de 1945, la guerra mundial ya estaba ganada para los aliados, aunque todavía morirían miles de europeos, asiáticos, africanos y de otros continentes. Al sur de la península de Crimea y al borde del mar Negro, en Yalta se acordó que se separase de Polonia un territorio de unos 177.000 km2 y se anexionase a la Unión Soviética. Los once millones de habitantes que tenía ese territorio al comenzar la II guerra mundial, según Jedrzej Giertych, hablaban lengugas distintas: más de cuatro millones polaco, cuatro millones ruteno, más de un millón bielorruso, un millón hebreo, ochocientos mil polesio (un dialecto ucraniano), ciento treinta mil ruso, ochenta y cuatro mil lituano, ochenta mil alemán y treinta y cinco mil checo. Más de seis millones eran católicos de rito latino y casi tres millones católicos de rito griego, casi cuatro millones ortodoxos griegos, más de un millón judíos, cien mil protestantes y ochenta mil que profesaban diferentes tipos de religión (musulmanes entre otros). Casi no se puede pedir mayor complejidad para un territorio relativamente pequeño. 

Para el que conozca minimamente la historia de Polonia como estado y de los polacos como pueblo, lo ocurrido en Yalta no debe extrañar, pues Polonia ha sido objeto de reparto entre las potencias vecinas en repetidas ocasiones, sobre todo en la segunda mitad del siglo XVIII. Por lo que respecta a la Conferencia de Yalta, Galitzia oriental fue incorporada a la Ucrania soviética y la occidental a Polonia. 

Galitzia, si nos remontamos a la edad media, había pertenecido a la monarquía polaca desde mediados del siglo XIV, aunque poco después pasó a poder de los húngaros para volver a Polonia. Esta inestabilidad se debe a la extinción de la dinastía que gobernaba Galitzia, lo que hizo que unos y otros se la disputasen, pero la mayoría de población polaca inclinó a favor de Polonia aquel territorio. Ya entonces estaba poblado por polacos, rutenos, ucranianos no rutenos, judíos y alemanes.

Cuando terminó la primera guerra mundial se produjo una guerra en Galitzia entre los partidarios de Polonia y un movimiento separatista ruteno, que se desarrolló entre los años 1918 y 1919, aunque según algunos autores estos nacionalistas contaron con apoyo internacional. A las autoridades del vencido imperio Austro-Húngaro les interesaba debilitar al reciente estado soviético y a Polonia, que se beneficiaría de una parte de territorio antes bajo soberanía austríaca, aunque con un cierto grado de autonomía. Un comité separatista, liberado del poder austíaco, proclamó la independencia de la "República de Ucrania occidental", patria de los rutenos. Parece ser que Lloyd George, liberal en materia ideológica, primer ministro británico en el momento, apoyó a los separatistas; puede que porque como galés había apoyado a los nacionalistas de su país contra el centralismo londinense, pero también influiría la intención de debilitar a la que pronto se llamaría Unión Soviética.

Algunas ciudades jugaron un importante papel por su relevancia cultural, política o por haber sido centro de decisiones. Lwów era la capita de Galitzia con su universidad, que pasó por vicisitudes derivadas de la conflictividad en la región. Sufrió mucho durante la primera guerra mundial y su reconstrucción a partir de 1918 coincidió con el intento secesionista ruteno. Cracovia fue centro de la identidad polaca al recobrar los polacos su independencia tras la ocupación rusa desde 1815. Shitomir, por cuanto en 1918 se estableció allí la capital provisional de la República Socialista Soviética de Ucrania, al noroeste del país.

Contra el separatismo se levantó la ciudad de Lwów a comienzos de noviembre de 1918, acaudillada por Czeslaw Maczynski, que como antiguo militar del imperio austró-húngaro tenía experiencia militar, pero en las operaciones no intervino autoridad polaca alguna, ya que Polonia no era todavía independiente. La ciudad había sido sitiada por los separatistas rutenos. Mientras tanto, Cracovia había sido liberada del poder austríaco y poco después lo fue Lublin; Varsovia fue liberada de los alemanes en noviembre y Poznan en diciembre. Wilno no fue liberada hasta abril de 1919, pero con el tiempo Lwów recibió ayuda de otras regiones polacas, lo mismo que ocurrió con ucranianos que apoyaron a los rutenos. En la primavera de dicho año toda la Galitzia oriental fue conquistada por Polonia y las fuerzas militares rutenas y ucranianas fueron desplazadas a la Ucrania dependiente de Rusia.

Esto no fue todo, ya que a la victoria militar siguió la lucha diplomática. Se opuso a que Polonia tuviese la soberanía sobre Galitzia oriental Gran Bretaña, pero dicha soberanía fue reconocida por la Sociedad de Naciones en marzo de 1923. En realidad había muchos polacos en el país consecuencia de migraciones a lo largo de los siglos, sin perjuicio de que, como se ha dicho más arriba, también hubiera rutenos, ucranianos no rutenos y miembros de otros colectivos nacionales y/o religiosos. De todas formas el movimiento ruteno y sus aspiraciones nacionalistas existía desde los movimientos liberales del siglo XIX, particularmente desde 1848, que realizó sus actividades, de muy corto alcance, dentro del imperio Austro-Húngaro.

Habrá que esperar a la ocupación alemana de 1939, que colmó el vaso de la paciencia de los gobiernos británico y francés, para que Polonia volviese a ser ocupada militarmente por nazis y soviéticos, como si el tiempo no hubiese transcurrido: los nazis unieron Prusia oriental a Prusia occidental y Stalin se comportó como el zar Alejandro I en 1815. La liberación de Polonia tras la segunda guerra mundial desplazó su territorio hacia el oeste, pero Galitzia quedaría definitivamente dividida en dos soberanías como muestra el mapa de arriba y de acuerdo con lo decidido -o impuesto por Stalin- en la Conferencia de Yalta.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Contradicciones de la primera República portuguesa

Afonso Costa
La I República portuguesa fue un régimen extremadamente inestable a pesar de su corta duración, dieciseis años, dándose situaciones de "una sigular democracia parlamentaria, varios gobiernos autoritarios, ministerios de izquierda radical, algunas dictaduras militares y hasta un original y pionero ensayo prefascista", según Francisco de Luis Martín. 

Sobre todo entre 1919 y 1926 se repitieron los intentos golpistas y el uso de la fuerza por parte de la Guardia Nacional Republicana y del Ejército. Las huelgas y protestas populares, protagonizadas sobre todo por anarquistas, fueron también numerosas, incluso intentos de monárquicos cuya cabeza actuó desde Galicia, a resguardo de las represalias gubernamentales. Asesinatos de personas anónimas y de altos representantes de los poderes constitucionales y otras formas de desestabilización del régimen, que acabaría con un golpe militar triunfante en 1926 que, pocos años más tarde, daría lugar al Estado Novo de Oliveira Salazar desde 1932.

La monarquía, entre finales del siglo XIX y principios del XX no había servido para que Portugal se modernizase, que es lo mismo que decir mejorase su economía y las condiciones de vida de sus habitantes. Era una institución caduca que había entrado por el aro del liberalismo pero nunca de la democracia, lo cual no tiene nada de extraño porque este sistema es muy tardío en todos los países. Los últimos reyes de Portugal, Luis I, Carlos I y Manuel II (el último con un reinado de solo dos años) no habían conseguido impulsar la democracia en Portugal porque seguramente no creían en ella, dejando que gobernasen las clases dirigentes más conservadoras y ricas del país.

Así los jornaleros del Alemtejo, los viticultores del Douro y de Minho, los pescadores de Nazaré y Porto, los pastores de las Beiras, los pequeños propietarios agrarios del norte y la enormidad de población dedicada a oficios poco cualificados y mal pagados, tanto en las pocas ciudades como en el campo, no estaban representados en el sistema monárquico. Fueron así surgiendo las ideas democráticas, socialistas, anarquistas y comununistas más tarde, pero también las ideas republicanas que no necesariamente eran progresistas, de forma que, como en otras muchas repúblicas, hubo partidos conservadores y progresistas dentro de una misma denominación republicana.

La revolución republicana estuvo madura para llevarse por delante a la monarquía en 1910, pero no para formar un régimen moderno y que incorporase a la mayoría de la población (democrático solo en ocasiones). La Iglesia, que había gozado de muchos privilegios durante toda la historia portuguesa, siguió haciéndolo hasta la I República, en que el laicismo inspirado por masones y algunos republicanos echó al traste la influencia de aquella, sobre todo en las ciudades.

El Partido Republicano se fue dividiendo sucesivamente dando ocasión a una variedad ideológica que descansaba, sobre todo, en la personalidad de sus dirigentes. Los republicanos no se distinguieron de los dirigentes del régimen monárquico en su nacionalismo y en la defensa de las colonias africanas y asiáticas, una vez que Brasil se había independizado a principios del siglo XIX. Es más, hay una constante en la política portuguesa, gobierne quien gobierne, hasta mediados de los años setenta del pasado siglo: Portugal no se concebía sin sus colonias, porque la metrópoli era la cabeza de una cosmovisión de la que formaban parte los territorios africanos y asiáticos. Portugal sin sus colonias no era una potencia a tener en cuenta.

Paisaje de Tras-os-Montes
El Partido Democrático fue el más avanzado y progesista antes de que aparecieran, con alguna fuerza, socialistas y comunistas. Su dirigente más sobresaliente fue Afonso Costa, a quienes algunos han comparado con Manuel Azaña en España, pero Costa fue un político más ambicioso y complicado en varios casos de corrupción o, por lo menos, irrregularidades de diverso tipo. El Partido Evolucionista era la encarnación del conservadurismo, cuyos máximos dirigentes fueron Teófilo Braga y Antonio José de Almeida. El Partido Unionista puede considerarse como el centro ideológico del republicanismo, siendo sus máximos dirigentes Brito Camacho y Augusto de Vasconcelos, pero el primero entró en la contradicción de apoyar más tarde a los dictadores Pimenta de Castro y Sidonio Pais.

Los monárquicos habían quedado noqueados, pero tuvieron sus animadores y el principal luchador fue Henrique de Paiva, que desde Galicia intentó varias veces restaurar la monarquía (ver, aquí mismo, "Galicia, base de operaciones monárquicas"). Un golpe militar dado en Porto a comienzos de 1919 llevó a establecer, de facto, la Monarquía del Norte, disuelta enseguida.

En el otro extremo estaban los anarquistas, que formaron en 1914 la Unión Obrera Nacional, logicamente con trabajadores de otras tendencias ideológicas también y en 1919 nació de aquella la Confederación Nacional del Trabajo. Los partidos Socialista y Comunista tuvieron escasa importancia en relación a los partidos antes señalados, así como al grupo terrorista Legiâo Vermelha, que nació en 1919 a partir -como el Partido Comunista- del triunfo de la revolución bolchevique en 1917.

La masonería, desde el siglo XIX, venía trabajando en Portugal por influencia de los primeros masones ingleses, y la I República fue ocasión -propiciada incluso por la masonería- para influir en la política del país. La "Hormiga Blanca" fue una organización en la que seguramente militó Afonso Costa, por lo que puede que sus miembros lo fuesen a su vez del Partido Democrático.

La Guardia Nacional Republicana, organismo armado al modo que en España la Guardia Civil, fue una creación de la I República y su participación en la vida política -y esta es una contradicción evidente- fue determinante en varias situaciones, casi siempre a favor del Partido Democrático. Este, al que no se puede negar su progresismo, no actuó democráticamente, como hoy lo entendemos, en muchas ocasiones, sino valiéndose de la fuerza.

Algunos notables intelectuales estuvieron integrados en la agrupación Seara Nova (Raúl Brandâo y Jaime Cortesâo) fundada en el año 1921, mientras que los conservadores vinculados a la Action Française de Charles Maurras, se caracterizaban por su conservadurismo: aquí está el joven Oliveira Salazar, Antonio Sardinha (quizá el más importante) Jose Pequito Rebelo, Domingo Araujo y Luis Almeida.

Teófilo Braga
Los golpes de estado, la mayoría fracasados, no fueron pocos: por ejemplo, en mayo de 1921 el capitán Pires Monteiro, de la Guardia Nacional Republicana, consigue derribar al gobierno presidido por Bernardino Machado, pero la situación fue pronto reconducida; en septiembre del mismo año hay otra tentativa dirigida por el teniente coronel Manuel María Coelho, que fue hecho preso aunque liberado pronto. En el mes de octubre se produjo el golpe conocido como Noite Sangrenta, promovido por radicales y disidentes del Partido Democrático, en la que fueron asesinados Machado dos Santos, António Grajo, Carlos da Maia, Freitas da Silva, Botelho de Vasconcelos y otros, mientras que el que había asesinado a Sidónio Pais es liberado y homenajeado.

Cuando en febrero de 1922 se forma el gobierno democrático de António María da Silva, Lisboa está cercada por el ejército, prueba de la inestabilidad reinante, hasta el punto de que en el mismo mes se produce una tentativa de golpe, "octubrista", teniéndose que trasladar el Gobieno a Caxias, al otro lado de la desembocadura del Tajo. No tuvo la naturaleza de golpe de estado por sus objetivos, pero en mayo de 1924 los oficiales de aviación se atrincheraron en el Campo da Esquadrilha y en julio se enfrentan violentamente la policía, el ejército y la Guardia Nacional Republicana en el parque Eduardo VII de Lisboa. En agosto se produce otra tentativa de golpe por parte de radicales y comunistas en Lisboa, que intentaron tomar el fuerte de Ameixoeira. Antes de que acabase el mes los mismos protagonistas ensayarán otra intentona y en septiembre de nuevo con el asalto al Ministerio de la Guerra.

Al comenzar el mes de marzo de 1925 serán oficiales monárquicos los que intenten un golpe pretendiendo ocupar el Cuartel General de Lisboa. Y otro más en abril dirigido por el general Sinel de Cordes con el apoyo de casi toda la guarnición de Lisboa, pero sin éxito. Fue declarado el estado de sitio en todo el país y suspendidas las garantías constitucionales. De nuevo en junio se produce una tentativa de golpe militar dirigido por el comandante Mendes Cabeçadas que pretendía la disolución del Parlamento, pero el militar fue hecho preso. En 1926 de nuevo Mendes Cabeçadas, una vez liberado, inicia los preparativos para un golpe militar que iniciará, sin embargo, Gomes da Costa en Braga (mayo). Esto hace que presente su dimisión el presidente del Gobierno, António María da Silva, pasando a formar gobierno Gomes Cabeçadas, siendo Presidente de la República Bernardino Machado, que presentará su dimisión a finales de mayo. Cabeçadas, sin Parlamento y sin Jefe del Estado, establece una dictadura que es la que perdurará hasta abril de 1974.

Los conflictos sociales fueron incesantes, protagonizados sobre todo por anarquistas, en muchos casos por el encarecimiento del precio del pan; en otras ocasiones fueron los ferroviarios, conscientes de su poder al controlar las comunicaciones y los abastecimientos, los que protagonizan huelgas y actos violentos con intencionalidad social y política. Hubo varios episodios en los que se persiguió a los católicos relevantes ante la situación de privilegio de la que todavía gozaban, pero generalmente de forma impolítica y no pocas veces ilegalmente. Los socialistas accedieron a algunos gobiernos, minoritariamente, durante esta primera República portuguesa, pero las instituciones difícilmente se pudieron considerar representativas cuando en algunas elecciones solo participó el 7% de los electores, como por ejemplo en mayo de 1919.

Lo dicho anteriormente no agota todo lo que se puede decir sobre la inestabilidad de la I República portuguesa, dirigida por las clases cultas de las ciudades, pero también por representantes de los partidos que defendían los intereses agrarios de los terratenientes. No pocos dirigentes demostraron una gran valentía a la hora de tomar medidas reformistas e incluso revolucionarias, pero las condiciones objetivas no estaban dadas: un pueblo mayoritariamente analfabeto, rural y pobre; unas ciudades escasas aunque bien trabajadas por las organizaciones obreras. La vida cultural, como casi siempre en Portugal, fue rica, pero de ella disfrutaron y nos la han legado unos pocos que podríamos situar entre la pequeña burguesía urbana de las primeras décadas del siglo pasado.

Terreiro do Paço, Lisboa
Ante la situación descrita ¿como no comprender -justificar no- el golpe triunfante de 1926 y el rearme conservador de la burguesía portuguesa, con la Iglesia como abanderada ideológica, sobre todo en el campo, que llevaron al Estado Novo, dictadura salazarista que gozó de la coyuntura internacional ("guerra fría" contra el comunismo) como la España del general Franco? La dictadura salazarista no intentó restaurar la monarquía nunca, sabiendo que aquella había perdido ya el sentido del tiempo, aunque minorías monárquicas en Portugal siempre han existido. No hubo en Portugal un general con tanto poder como Franco en España que viese toda solución republicana como sinónimo de comunismo. En Portugal el ejército, con el andar del tiempo, perdió su contacto con la monarquía y estuvo destinado a mantener las colonias, donde vio lo inviable de esa situación y lo injusto que era para los nativos. En España, el ejército franquista estuvo burocratizado y retrasado técnicamente respecto de Europa. Ningún rey portugués jugó el papel de jefe del ejército como sí lo hizo en España Alfonso XIII. Por todo ello la palabra "república" no significa lo mismo en Portugal que en España, más allá de una forma de Estado, como no significa lo mismo en Francia, donde ya a finales del siglo XVIII los republicanos, los partidarios de la revolución liberal, eran considerados patriotas, mientras que los monárquicos eran considerados por aquellos como traidores a los intereses nacionales, atentos solo a los intereses de una familia y de aquellos que la coreaban.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Los Iluminados de Baviera

Texto de la fundación de la Universidad de Ingolstad
Todo empezó en la Universidad de Ingolstadt, al sur de Alemania, que en la época napoleónica pasó a formar parte de la Confederación del Rin. Fundada la Universidad en el siglo XV, languidecería durante el siglo XVIII, pues la oposición a la Iglesia que en ella nació como consecuencia de las ideas ilustradas, hizo que los jesuítas la combatiesen.

Cuatro años después de haberse fundado la sociedad de los Iluminados de Baviera, ingresó en ella (1780) Adolf Freiherr von Knigge, un sajón de la baja nobleza. El objetivo de este y de los Iluminados era conseguir el respeto a los derechos humanos; aunque Knigge se separó de los Iluminados solo cuatro años más tarde, de todas formas su influencia ha sido decisiva en aquella sociedad.

No siendo una sociedad masónica, los iluminados se fueron infiltrando en las logias masónicas para captar adeptos, toda vez que los objetivos eran los mismos: la "república universal". Hasta tal punto es así que, segúnn Santiago del Solar, del total de los miembros de que se tiene conocimiento (1394), el 41% (575), eran masones. El mismo autor ha dicho que la masonería tuvo su "edad de oro" durante la época napoleónica, aunque de aquí a deducir que la masonería contribuyó decisivamente al triunfo de la Revolución Francesa va un trecho. Pero fuera de la época napoleónica la masonería fue perseguida tanto durante el Antiguo Régimen como durante la revolución. En el origen de todo está la sospecha de la conspiración, pues por mucho secreto que guardasen sus miembros, en efecto los masones intentan infiltrarse en los sectores rectores de la sociedad, de la economía y de la política e influir desde ellos hacia sus fines.

Los Iluminados de Baviera otro tanto, sobre todo en la dividida Alemania, Viena, París, Nápoles y Génova. Logró infiltrarse -dice Santiago del Solar- en el aparato del Estado, en instituciones académicas y en los círculos de las elites germánicas, incluyendo al clero. Los iluminados constituyeron una corriente radical de la Ilustración alemana, planteándose la lucha contra los enemigos del la misma; a favor del progreso y de la educación. El secreto se justificaba porque se trataba de estudiar aquellas doctrinas que eran consideradas subversivas. Pero los iluminados crearon una escuela para la formación moral de sus miembros y ofrecerse como verdadera alternativa al Estado, la Iglesia y las instituciones educativas, etableciéndose entre sus miembros relaciones fraternas.

La sociedad como tal se mantiene, pues, al margen de la sociedad, lo que no quiere decir que sus miembros dejen de infliltrarse en los organismos decisorios de la misma; incluso los iluminados buscaron diferenciarse de la masonería, pues evitaban preocuparse de lo sobrenatural. Los Iluminados de Baviera no fueron subversivos, pero la persecución fue generalizada desde que las logias de Berlín les acusaron por intromisión y de complot contra el Estado. Un elector de Baviera prohibió la Orden y la represión se extendió por toda Europa. Durante el siglo XIX las monarquías europeas emprendieron una oleada de persecuciones, destacando en España, tanto contra la masonería como contra los iluminados, Hervás y Panduro, jesuita que, aparte sus indudables méritos académicos, representa uno de los ejemplos más claros de reacción contra las ideas revolucionarias.

Ver: https://www.youtube.com/watch?v=UCZjkp9qmOA

jueves, 27 de diciembre de 2012

Los masones en Galicia

Ferrol: barrio de la Magdalena

Los estudios de Valín Fernández sobre la masonería en Galicia han contribuido decisivamente al conocimiento de estas sociedades secretas. En uno de sus trabajos expone la relación entre los oficios vinculados al mar y la masonería, así como la excepcional presencia de masones en la Galicia rural como en ningún otro territorio. 

"Buscar masonería rural y marinera -dice- en un país como Galicia es encontrarse con la propia Historia (sic) de la masonería gallega". Además de los masones compostelanos, coruñeses, vigueses, buena parte de los masones gallegos llevaron a cabo su labor en zonas rurales, sobre todo a partir de la villa lucense de Monforte de Lemos. En cuanto a las profesiones destacan los militares, sobre todo marinos, quizá por la influencia recibida de otros países visitados; también abundan los obreros y artesanos, muchos de ellos relacionados con el ámbito marítimo en Ferrol, empleados en los astilleros. El autor cita a Vicente de la Fuente cuando, en 1873, dice: "Algo de analogía tiene con esto el observar que casi todos los marinos... están afiliados en la francmasonería, y sobre todo los de los puertos de Galicia; pues tanto allí como en Andalucía abundan las logias...". Escoceses que se instalen en Ferrol contribuirán al fenómeno, abundando los ingenieros, peritos, obreros cualificados, tenderos y hasta el maestro de escuela de la colonia británica de los astilleros.

A partir de Monforte de Lemos se da en Galicia (sigo a Valín) "uno de los modelos de masonería rural más singulares de España. "En Galicia puede decirse que encontramos a masones organizados en cualquier sitio", siendo la provincia de Lugo el caso más particular. Sin embargo, que exista una masonería rural en Galicia (el caso de Córdoba -dice el autor- sería el más parecido) no quiere decir que abunden los masones agricultores: algunos medianos propietarios que cultivarían directamente sus tierras, comerciantes, funcionarios municipales, maestros, abogados, médicos, peritos agrimensores, notarios, etc. Estos masones vivían en la zona rural aunque la logia resisiese en la villa más próxima, por muy pequeña que esta fuese, como son los casos de As Nogais y Rubián. Otros son los de Vilaesteve, O Saviñao, Pantón, San Clodio y Pobra do Brollón.

Hasta tal punto asustó esto a la Iglesia que el obispo de Lugo, Gregorio María Aguirre (1885-1894), denunció el fenómeno, asociándolo a la construcción de la vía férrea que tendría en Monforte de Lemos uno de los nudos más importantes. Una masonería viajera: por la mar y en tren llegaron las ideas masónicas y en Galicia se quedaron, sobre todo a partir del personal especializado en la construcción de barcos y del ferrocarril. La masonería femenina se adelantó en Galicia a la francesa y se dio también aquí el primer caso conocido de masonería ferroviaria de la historia de España.

martes, 9 de octubre de 2012

Las sociedades patrióticas en España


Carl Heinrich Triepel ha estudiado la paulatina incorporación de los partidos políticos al constitucionalismo europeo, muy particularmente en Alemania, considerando que hubo una etapa en la que los Estados se opusieron a la existencia de dichos partidos políticos, otra en la que el Estado los toleró, más tarde los incorporó a los textos constitucionales previa la legalización de los mismos. 

En el caso de España el origen de los partidos políticos está en las sociedades patrióticas, algunas muy ligadas a la masonería, cuyos principales objetivos estaban en dirigir peticiones a las Cortes y al Gobierno (cuando aquellas existieron), incidir en la instrucción de la infrancia y de la juventud y, en general, contribuir al debate político y a propiciar cambios en un sentido liberalizador. Según Portero Molina, al comenzar el trienio liberal en España (1820) las Cortes discutieron sobre la existencia de las sociedades patrióticas, es decir, sobre el derecho a la asociación política, ya que la Constitución de Cádiz recogía, en su artículo 373, el derecho de petición. Pero enseguida surgieron los que se opusieron al reconocimiento legal de toda asociación política al margen de las instituciones del Estado, aunque durante esta etapa también hubo defensores de las sociedades patrióticas y de cualquier otra asociación que pretendiese fundarse con fines políticos lícitos. 

Los llamados "exaltados" (podríamos decir que los más liberales de la época) defendiron el asociacionismo y, por lo tanto, la formación de partidos políticos, aunque entonces no se les llamase así. Los abolicionistas -según Portero Molina- se inspiraron en las tesis roussonianas según las cuales era el individuo, y no el grupo, quien debía mantener una relación directa con el Estado. Rousseau, cuando escribió "El contrato social", sabía muy bien que las asociaciones que se formarían -y de hecho existían- eran las que pretendían frenar todo cambio en orden a un nuevo estado de cosas, es decir, no eran sino "reductos desde los que los estamentos tradicionales pretenden hacer frente al proceso revolucionario que a la sazón avanza triunfante en Francia". 

El diputado por Valencia en las Cortes de 1820, Garelli, "uno de los más infatuados servilones con casaca liberal" (en frase de Gil Novales), se expresó de esta manera: "Todo lo que sea darse existencia política por autoridad particular, y dársela hasta el punto de haber una sociedad central ramificada y en correspondencia con las demás, formando cada una un verdadero cuerpo con presidentes, secretarios, tesoreros, fondos, relaciones, sesiones públicas y secretas, dígase cuanto se quiera, su existencia no puede ser otra que la monstruosa de cuerpos concéntricos, o sea, la de crear un Estado dentro del Estado mismo". Parecía ignorar el diputado valenciano que la Iglesia ya existía hacía mucho como "un Estado dentro del Estado", si es que se aceptase su razonamiento.

En otro momento dice Gaerlli: "Se dice con mucho énfasis que hay una necesidad imperiosa de dinfundir la ilustración entre el pueblo para que marche el sistema. Así es, ciertamente, pero no por los medios que han adoptado las sociedades. La ilustración es un fluido bienhechor, pero que debe distribuirse con suavidad y mesura, no pródigamente sin preparación... El proyecto de crear un pueblo de filósofos sería el proyecto de un loco. La Constitución protege la libertad individual y los derechos de todos los españoles; pero la igualdad de fortunas y de luces sería un delito". (El subrayado es mío). Ejemplo simpar de doctrinario, Garelli estaba con la "moda" del liberalismo, pero que a nadie se le ocurriese instruir excesivamente al pueblo, no fuese que se rebelase ante los abusos de unos pocos, y menos que a nadie se le ocurra repartir la riqueza de forma justa, porque tal cosa es, a ojos de Garelli, "un delito". 

Entre las sociedades patrióticas, que existían aunque la ley no las reconociese, había una suerte de fraternidad, pues muchas de ellas, como queda dicho, estaban alentadas por masones. Con ideas como las de Garelli las Cortes de 1820 no reconocieron legalmente a las sociedades patrióticas, una forma de querer ponerle puertas al campo, porque una vez que el liberalismo había asomado la cabeza, difícil sería frenar el uso de las libertades por unos y por otros, el de asociación en este caso. 

Martínez de la Rosa, entre otros, fue partidario de establecer un cauce legal para la existencia de las sociedades patrióticas; no en vano había sido un liberal convencido en 1812 aunque a la altura de 1820 hubiese moderado sus convicciones, al menos en la práctica. Por su parte Romero Alpuente, como ejemplo de "exaltado", defendió el reconocimiento legal de las sociedades patrióticas que, según Gil Novales, tenían como misión "la creación de una opinión pública sobre la que descansa el régimen liberal. Fundan periódicos, intervienen en la formación de la Milicia Nacional Voluntaria... celebran los fastos revolucionarios por medio de toda clase de actos públicos y rinden homenaje a las víctimas del pasado período absolutista. Se atribuyen la salvaguarda de la Constitución contra los serviles e inmediatamente contra los afrancesados y todos los grupos reaccionarios...". 

El "trienio" no consiguió afianzar legalmente a las sociedades patrióticas, aunque en las Cortes de 1822 se dieron pasos en ese sentido, pero el golpe asbsolutista de 1823 acabó con ello, aunque no con las sociedades, que siguieron existiendo en la clandestinidad, germen de los futuros partidos políticos, aunque estos tuviesen a la postre intenciones menos altruístas que las de aquellas.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Masonería y enseñanza


Aunque los masones franceses siempre fueron una minoría, se empeñaron durante el siglo XIX en difundir la instrucción a las clases populares para restar la influencia que la Iglesia ejercía en las parroquias. Estas ideas fueron asumidas también por los republicanos y por los socialistas. Como esa labor exige recursos el empeño tiene todavía más mérito. La ciudad francesa de Mulhouse es un ejemplo de actuación de la masonería en la instrucción de la infancia y la juventud. Otros casos son los de Lyon, Dunkerque o Estrasburgo.

En algunas poblaciones se establecieron cursos nocturnos para alumnos que trabajaban, mientras la derecha política francesa, para combatir esto, votó en 1850 la ley Falloux, que establecía la enseñanza primaria y secundaria. Con ella el clero podía establecer sus centros educativos y adoctrinar a la infancia y la juventud, pero a los profesores de esos centros no se les exigía más que un certificado, mientras que a los centros laicos se les exigía que su profesorado fuese universitario. El golpe de estado dado por Napoleón III paralizó la obra de los masones y republicanos, pues no estaban las cosas para arriesgar mucho, pero con la liberalización política del régimen en torno a 1860 volvieron a surgir escuelas y centros de formación para los hijos de las clases trabajadoras. Curiosamente esta etapa será de mayor florecimiento de esta labor que los primeros años de la III República francesa, dominada, como se sabe, por los monárquicos.

El ministro Víctor Duruy, historiador y docente, no pudo llevar a cabo todo su programa porque no se lo autorizó el emperador Luis Napoleón, pero es el creador en Francia de la escuela laica secundaria donde se enseñaron lenguas extranjeras; dotó a estas escuelas de recursos para mejorar la calidad de la enseñanza y quiso convertirla en obligatoria y gratuita sin conseguirlo. 

El masón Ernesto Hendlé, junto con otros, luchó para que se estableciese la separación entre la Iglesia y el Estado en la enseñanza, lo que se conseguiría bastante más tarde en la ley de 1905 con el socialista Aristide Briand. Según Andre Combes, en 1874 fue admitido en la logia presidida por Massol, Los émulos de Hiram (el mítico constructor del templo de Salomón), Manuel Vauchez, y en 1875 Jules Ferry, Emilio Littré y Honorato Chavée fueron iniciados en la logia La Clemente Amistad en presencia de republicanos y masones como Leon Gambetta y Luis Blanc.

Jules Ferry, como burgués de su tiempo, fue un imperialista convencido, pero es uno de los grandes reformadores de la enseñanza en Francia, y su experiencia masónica le fue útil para comprender e impulsar el laicismo y el librepensamiento en la docencia. Por su parte Jules Simon, ministro de Instrucción Pública con Thiers, quiso que se estableciese la enseñanza obligatoria, pero tuvo la oposición de la mayoría monárquica. Cuando los republicanos ganen las elecciones en 1877 y luego en 1881, será el momento de las grandes reformas escolares. Muchas de las cosas que discutimos hoy, y que todavía no están logradas, fueron ya inspiradas, conseguidas en parte, extendidas por los masones, republicanos y socialistas en la Francia del siglo XIX.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Un masón pontevedrés

El "periodista, político, novelista y librepensador" Indalecio Armesto es uno de los más sobresalientes pontevedreses del siglo XIX, aunque con una proyección casi exclusivamente local. Participó en logia masónica Helénica y dirigía el periódico republicano El Anunciador. En este clima se manifestó un extraordinario movimiento pedagógico en Pontevedra durante la segunda mitad del siglo XIX, según J. A. Durán, llegando a participar sus miembros en la Asamblea Nacional de Maestros celebrada en Madrid en 1891. Aquí destacaría la personalidad política del republicano Pascual Paz, concejal pontevedrés en 1885 y 1887. De mayor importancia intelectual es el institucionista Federico Sáiz Sánchez, pariente de Indalecio Armesto, personajes ambos que entroncan a Pontevedra con las preocupaciones más avanzadas de la España de la época. (Arriba, un aspecto de Pontevedra a finales del siglo XIX).

Armesto ya es, en 1868, secretario de la Junta de Pontevedra con motivo de la revolución "gloriosa", gobernador provincial interino más tarde e interinamente también presidente de la Diputación Provincial. Por último será elegido diputado en Cortes en el inestable año 1873.

"En aquella España lectora u oyente de los devocionarios y los púlpitos, irreflexiva seguidora [del] tradicionalismo (dice Valín Fernández) era ciertamente una labor ímproba la emprendida por republicanos, radicales, demócratas y socialistas, estos últimos organizados de la mano de Francisco Fernández García. Fueron ellos los que participaron de la filantropía que predicaban los masones: escuelas, sociedades, centros de discusión libre que darán pie a la proyección de ideas venidas de más allá de las fronteras. En este ambiente desarrolló su labor Indalencio Armesto.

(Obra de Indalecio Armesto)