Mostrando entradas con la etiqueta Europa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Europa. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de junio de 2023

Europeos de toda condición

 

                                                "Paisaje pastoril", Giuseppe Zais (s. XVIII)

La inmensa mayoría de los habitantes de Europa durante los siglos XVII y XVIII pertenecían a grupos sociales con grandes necesidades, pero disponían de recursos para dar remedio a las mismas, como eran la caza, la pesca, el bosque donde se obtenía leña, etc. Todo ello si no había que contar con el permiso de un señor que prohibía o cobraba por dichos aprovechamientos. Se llegó a casos de conflictividad más o menos enconada que no por ello cambiaron un ápice las relaciones entre unos grupos y otros.

Una gran parte de la población europea vivía diseminadamente, pues las ciudades –aún habiendo crecido mucho desde la Baja Edad Media- no absorbían más que a una proción reducida de habitantes, y además de forma desigual, pues no eran lo mismo las ciudades italianas o de las costas mediterráneas, algunas francesas y flamencas, inglesas y alemanas, que las de otros territorios. Venecia, Roma, Florencia, Nápoles y otras ciudades italianas absorbieron no poca población para el comercio, el arte o la navegación, e igualmente podemos decir de Valencia y Barcelona, Sevilla, Rótterdam, La Haya y Amberes, Nuremberg y otras ciudades alelamans, además de las capitales de los estados: Londres, París, Madrid, etc.

Naardem, a mediados del siglo XVII, era una población pequeña, e igualmente Bilbao, Arnhem y otras (la primera y la tercera en el oeste y este de la actual Holanda, respectivamente). Se podrían poner muchos ejemplos de poblaciones medianas o pequeñas en el conjunto de Europa. Los habitantes de estas poblaciones –al igual que muchos aldeanos- disponían de pequeños huertos, y los que vivían en zonas rurales, de graneros, cuadras y parcelas para ser cultivadas; esto último si no se trataba de aparceros o arrendatarios de las tierras de otros.

Esta multitudinaria población rural y de las pequeñas ciudades, tenía en la práctica religiosa y en la diversión con ocasión de las fiestas, los principales factores de la sociabilidad, mientras que los niños asistían a la escuela –cuando lo hacían- hasta una edad todavía temprana, para pasar luego a desempeñar un oficio o a trabajar con la familia a la que pertenecían. Bartolomé Molaener nos ha dejado un vívido testimonio de una escuela a mediados del siglo XVII, donde no parecía haber orden ni método predeterminado.

En algunas casas de campo la convivencia con los animales no alarmaba a nadie, aunque esto ha permanecido en las zonas rurales más apartadas de Europa hasta el siglo XX. Los problemas de salubridad eran entonces evidentes, máxime si tenemos en cuenta que la higiene era limitada a las posibilidades de agua: un pozo o un río cercano. A ello se añaden los problemas derivados del consumo de bebidas alcohólicas, sobre todo entre los varones, pero tenemos testimonios sobrados de que en las tabernas de la época también había mujeres de condición humilde que participaban de esa costumbre. Se sumaba a todo ello las enfermedades infecciosas, y tanto los documentos conservados como las pinturas de la época nos suministran datos sobre mortalidad alta aun contando con numerosa prole la mayoría de las familias.

Tanto en la aldea como en la pequeña ciudad tenían sus oficios los barberos (que suplían la falta de cirujanos y dentistas), las cocineras, los zapateros, herreros, toneleros, panaderos, mineros, etc., pero también había en algunos centros talleres de hilados, forjas y otras pequeñas fábricas. Inglaterra, anticipada a la revolución industrial, no tendrá grandes fábicas hasta el siglo XIX. Por el contrario estaban los mendigos, las viudas sin recursos, los inválidos y los que buscaban empleo provenientes de otros lugares, encontrando algunos de ellos remedio enrolándose en las levas para la guerra, mal endémico de todos los tiempos, pero debemos tener en cuenta que se estaban construyendo en Europa los estados-nación, con las consecuencias de ello en cuanto a rivalidades, diplomacia y conflicto generalizado. Pero era en el clero –sobre todo- donde los más pobres encontraban la caridad de la limosna o el alimento.

Muchos de los que formaban la mayoría de la sociedad fabricaban para sí mismos los cestos, ajuares, tinajas, aperos de labranza y otros objetos necesarios para la vida diaria, así como el vestido, si bien las ciudades estaban bien surtidas de plazas para el mercado de todo tipo de artículos: comestibles, cera, sebo, material de construcción, herramientas, vestidos, etc. Delft, por ejemplo, contaba con su mercado periódico, y para garantizar la llegada de mercancías contaba con puertas bien vigiladas. No era el único caso. Entre ciudadanos y aldeanos estaba el clero de toda condición, desde el cura o pastor rural hasta el más encumbrado obispo al frente de sus estados. La sociedad de la época supo distinguir bien lo que era la relgión y lo que era el rito, el dogma, el control.

Los grupos medianos de la sociedad europea vivían en sus modestas casas, casi siempre con algún patio donde llevar a cabo algunas actividades domésticas, como almacenar carbón, leña o lavar la ropa. Estos europeos tenían la intimidad de la que carecían otros, lo que nos ha quedado como testimonio en algunas pinturas de la época. Algo más elevados en rango estaban los prestamistas, que no faltaron en ninguna ciudad, y el oficio no fue desempeñado exclusivamente por judíos, pero esta era otra diversidad en aquella sociedad, donde cristianos de diversas iglesias convivían después de la gran reforma religiosa del siglo XVI. El canto y la música fueron comunes en la Europa de aquellos siglos, sobre todo a partir de la práctica religiosa, pero no solo, de forma que era común ver en las aldeas a alguien que tocaba el violín para animal una fiesta y su baile, al tiempo que la comunidad se daba a juego (sobre todo de naipes).

Entre los europeos que habían abrazado algunas de las iglesias protestantes, fue común la lectura de la Biblia, lo que era motivo para la enseñanza en el seno de la familia, pero también en la iglesia del pueblo o de la aldea. Más elevados en la escala social estaban los miembros de ciertas corporaciones, como los que regían un hospital u hospicio, los pañeros, los cirujanos y médicos, los profesionales del derecho, los jueces, algunos funcionarios municipales y estatales, encontrándose en la cumbre de la pirámide social los caballeros y sus damas, demostrando externamente su estatus en la vestimenta de ricos brocados, sedas y joyas.

Entre estos grupos había una gran diferencia en cuanto a alimentación: sopas, gachas, verduras, patatas, pescado de río o de mar para los más modestos; ricas carnes, caza, selectos preparados con frutas, especias y productos importados para los grupos más pudientes. En medio de todos ellos estaban los hidalgos, nobles solo de nombre que habitualmente pasaban necesidades elementales, de lo que nos ha dejado un documento precioso el pintor Jacob Duck a mediados del siglo XVII: al que se le han confiscado todos sus bienes muebles y, en su casa vacía, viste como un caballero para salvar las apariencias. Son los siglos de los alquimistas y de los grandes avances científicos, sobre los que la mayor parte de la sociedad permaneció ignorante. Disponemos de muchos documentos que hablan del interés por encontrar aquella sustancia que fuese panacea para todos los remedios (alquimia), pero también de cómo unas mnorías inquietas se esmeraban en el estudio de la geometría, de la astromonia, la geografía o la medicina.

viernes, 28 de abril de 2023

La Europa de Galdós

                                           Soldados de Silesia tras la primera guerra mundial*

¿Por qué no considerar el comienzo de la “gran guerra” con la anexión por parte de Austria de Bosnia y Herzegovina? Quizá porque no llevó consigo operaciones militares inmediatas, pero cuando Italia arrebató a Turquía Tripolitania y Cirenaica en 1911 se dio un nuevo paso para un conflicto que –sin embargo- no se vislumbraba. En 1912 los ejércitos de Montenegro, Grecia, Serbia y Bulgaria se movilizaron contra Turquía, que ya no era –dice Galdós- la que contuvo a Rusia en Plewna[i].

España, para protejer a las colonias sefarditas, muchas de ellas todavía de nacionalidad española, estableció en Malta el crucero “Reina Regente”, mientras en la capital turca estallaba una revolución que suspendió las negociaciones de paz tras la guerra de 1912. Había nacido un nuevo estado, Albania, mientras en los Balcanes empezaron a actuar sociedades secretas con nombres como “Mano Negra”, “Unión o muerte”, “Acción revolucionaria”... Puesta Bulgaria de acuerdo con Austria solo faltaba el aniquilamiento de Serbia para realizar el imperio de los pangermanistas.

Pero al mismo tiempo “el lujo y el placer habían llegado a su cima en Europa aquel año de 1914. Todo el Continente parecía girar en un remolino de valses vieneses, interrumpidos por nuevas estridencias de jazz americano, de música negra, en una orgía de tisúes, de plumas, de diamantes, de cigarrillos turcos y egipcios, de fiestas doradas ahítas de faisanes y champaña, de extravagancias infinitas, donde el cubismo levantaba su gesticulante geometría…”. Las fiestas eran para algunos cosa corriente en los casinos, en las playas, en las montañas, en los hipódromos, gastando verdaderas fortunas sobre el tapete verde, en las carreras de Ascott y de Longechanps[ii].

Mientras tanto Alemania era una potencia militar y había conseguido aumentar su flota, pero aún no inquietaban a los grupos dirigentes las revueltas que habían comenzado en 1905. Eran relativamente pocos los obreros sindicados, y solo en las minas estaban asociados en mayor número, señalando Galdós que en Gran Bretaña y Alemania rondaban los cuatro millones en cada caso. Se extendía la influencia del marxismo entre esos grupos y entre los intelectuales, mientras que Europa ejercía una supremacía indiscutible sobre el mundo; era el banquero y la fábrica del mundo, y había heredado de Asia, hacía tres mil años, “la facultad de dirigir la Historia”. En Europa habían nacido las corrientes de pensamiento y los descubrimientos más fecuntos de los últimos siglos, mientras que Rusia y Turquía se consideraban semisalvajes por el resto de europeos.

Los rápidos transportes desde que se superó la depresión económica de 1873-1875, hicieron de Europa “una república mercantil internacional” que funcionaba bajo la égida británica con sus transportes marítimos y la explotación de las riquezas del mundo “en beneficio de la raza blanca”. Después de Trafalgar, nadie se atrevió a disputarle el señorío de los mares a Gran Bretaña, fue la primera en industrializarse, pero a finales del siglo XIX había surgido el poderoso rival que fue Alemania.

El gran territorio social y lingüístico alemán se había hido formando desde la Edad Media, mientras que los suízos se habían independizado con elementos latinos; los holandeses, de procedencia frisia y franca, se desarrollaron mientras Alemania había mandado a millones de sus hijos a la labor colonizadora, en el siglo XIX, hacia Hungría, Rusia y Estados Unidos. Se había apropiado de territorios como Schleswig, Alsacia-Lorena, Posen[iii] y la Silesia Superior[iv]. Polonia había sido repartida entre sus poderosos vecinos, llamándose el territorio adjudicado a Prusia, Posnania (la región de Posen).

Para el personaje del que se vale Galdós, Ignacio Aymerich, los pecados de Europa eran los más soportables porque se gozaba de la libertad que no existía en ninguna otra parte del mundo (recuérdese la vida de la minoría negra y de los indígenas en Estados Unidos). Había problemas internos, por ejemplo en Irlanda, en Polonia, en Alsacia y Lorena, en Finlandia, entre las minorías eslava y latina en Austria-Hungría, donde los nacionalismos estaban en su cúspide. Cualquier guerra redundaría en perjuicio de Europa –razonaba Aymerich- y además aparecían por oriente y occidente las grandes potencias de Japón y Estados Unidos.

Se estilaban las alianzas secretas entre estados. Alemania, hostil a toda expansión eslava, oponía su pangernanismo al paneslavismo. Rusia, dueña del Asia central desde la ocupación de Siberia, codiciaba Constantinopla para tener salida al mar Mediterráneo sin necesidad de combatir a los hielos nórdicos. Francia ocupó Túnez y creció la rivalidad ruso-inglesa en Asia. Alemania agitó los países con motivo de la guerra del Transvaal[v]. El rey Eduardo VII, a quien Galdós califica de “monarca que poseía un conocimiento poco común de los hombres”, y Delcassé[vi] llegaron a un acuerdo para preservar la paz, mientras que Guillermo II de Alemania visitaba al emperador de Marruecos en Tánger reconociéndole como monarca independiente. En 1907 desembarcaron los franceses en Casablanca y Eduardo VII viajó a Berlín sin poder llegar al mismo acuerdo que con Francia, muriendo poco después (1910).

La competencia de las potencias europeas por construir los ferrocarriles en Asia aumentó las tensiones, mientras Francia continuó su penetración en Marruecos y llegó hasta Fez. España, por su parte, desembarcó tropas en Larache y ello motivó la protesta de Alemania, que envió al crucero “Panther” a Agadir, lo que provocó el pánico en toda Europa. Los países alargaron el período de instrucción militar de sus jóvenes preparándose para la guerra[vii].


[i] En el contexto de la guerra ruso-turca de 1877-1878. Plewna está al norte de la actual Bulgaria.

[ii] Al oeste de Londres en ambos casos.

[iii] Provincia prusiana, hoy al oeste de Polonia

[iv] Hoy al sur de Polonia.

[v] Fue una república independiente durante la segunda mitad del siglo XIX, pero los bóeres tuvieron que defenderla contra el imperialismo británico, que se hizo con ella en 1900.

[vi] Del partido radical francés, fue Ministro de Colonias y de Asuntos Exteriores, a quien se reconoce un papel importante en la formación de la Triple Entente.

[vii] El presente resumen parte del volumen 6 de la obra de Galdós, “Episodios Nacionales Contemporáneos”, “España neutral (1914-1918”.

* Fotografía de wikiwand.com/es/Alta_Silesia

domingo, 19 de marzo de 2023

Causas de una guerra

En Usúrbil (hoy al norte de la provincia de Guipúzcoa) se construyó el galeón San José en 1698, que diez años después, mientras Europa se debatía en la guerra de sucesión a la Corona de España, fue atacado por buques enemigos y se hundió en Cartagena de Indias, llevando en sus bodegas mercancías por valor 100 millones de reales de a ocho[i]. El asunto cobró mayor importancia porque, desde 1702, los ejércitos aliados de Austria y los de España y Francia se enfrentaban en una guerra que tuvo –como otras muchas- motivaciones económicas evidentes. La guerra en España no comenzaría hasta 1705, entre partidarios del archiduque Carlos de Austria y de Felipe de Anjou, de la familia Borbón francesa.

Holanda e Inglaterra[ii], en un principio, se habían declarado neutrales en la guerra por la Corona española, aunque la aceptación del testamento de Carlos II de España por el rey francés Luis XIV preocupó a aquellas potencias, pues implicó la ruptura de un pacto firmado solo unos meses antes con Holanda e Inglaterra por el que Nápoles y Sicilia quedarían al margen de las aspiraciones de la dinastía Borbón. Todo ello lo supieron, por información del rey francés, el Parlamento inglés y los Estados Generales de Holanda. La política francesa en los territorios españoles de Italia fue bien vista por Inglaterra y Holanda, cuyos grupos dirigentes mantenían un gran interés comercial, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico.

Así las cosas, Inglaterra y Holanda reconocieron a Felipe de Anjou como rey de España (1701), el cual entró por Irún ese mismo año para ser proclamado por las Cortes de Castilla, reunidas en la iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid: tal decisión contó con las bendiciones de todas las potencias europeas excepto Austria. A continuación, Felipe V viajó a Zaragoza para jurar los fueros de Aragón y luego a Barcelona (1702) para tomar acuerdos muy favorables para Cataluña, pues se condeció la categoría de puerto franco a Barcelona y el permiso de dos embarcaciones al año a América sin el control de Sevilla ni Cádiz, rompiéndose así el monopilio de estos dos puertos andaluces. Se constituyó además la “Compañía Mercantil, Náutica y Universal” según el modelo de las existentes en Inglaterra y Holanda, lo que favoreció a los poseedores de las acciones de aquella. Según la profesora Carmen Sanz Ayán[iii], un dirigente político catalán llegó a proclamar que tales condiciones eran las más favorables que había recibido nunca “la provincia”. Hasta tal punto debió de ser así que los austracistas catalanes pidieron al archiduque Carlos que reconociese lo anterior.

Por su parte Felipe V condeció el gobierno de los Países Bajos del Sur al duque de Berry, alguien de la absoluta confianza del rey francés; quedando rota la franja de seguridad entre Francia y Holanda. También el rey español concedió privilegios comerciales a los franceses para la América española, hasta el punto de que tuvieron el monopolio de importanción de esclavos negros en dichos territorios, obteniendo así Francia una posición de ventaja sobre Holanda e Inglaterra. ¿Por qué era tan importante el asiento de negros, es decir, el permiso para introducir esclavos en la América española? Porque durante el siglo XVII el negocio negrero había sido tan próspero que los grupos dominantes de los estados marítimos no estaban dispuestos a perder nada. A su vez, la gestión del asiento rompió el monopolio español en América.

España no dispuso de territorios en África para la obtención de esclavos, pero se valió de otros estados, ya que no se podía esclavizar a los nativos de la América española. En el Tratado de Tordesillas (1494) se reservó a Portugal el control del territorio entre los ríos de Guinea y Angola a estos efectos, y desde 1640 (independencia portuguesa de la Monarquía española), daneses, franceses, holandeses e ingleses se beneficiaron de los territorios portugueses en África a base del comercio esclavista. Se habían creado compañías inglesas y holandesas en África (Guinea, Costa del Oro) que abastecieron a comerciantes genoveses, los cuales tenían la concesión española para el abastecimiento de esclavos negros con destino a América.

En 1663 el duque de York, hermano del rey inglés Carlos II Estuardo, fundó una compañía para proporcionar 3.000 esclavos anuales para las colonias inglesas en el Caribe (Barbados y Jamaica)[iv], cuyo nombre fue “Cía. de Reales Aventureros del comercio inglés con África”. A su vez Inglaterra construyó una cadena de fuertes en las costas de Guinea para garantizar sus actividades, pero fueron destruidos por Francia aprovechando la guerra angloholandesa entre 1665 y 1667[v]. La Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, a la altura del último año citado, estaba en su apogeo, sobre todo debido al dominio holandés a través de negreros genoveses.

En 1685 España decidió prescindir de los genoveses a estos efectos y acordó con una compañía comercial holandesa el mismo asunto, algo impensable solo unas décadas atrás[vi]. En el Caribe, Holanda tuvo ventaja desde finales del siglo XVII a base del comercio legal e ilegal, por medio del contrabando, sobornos y otras “artes”. Por su parte, el rey inglés Carlos firmó un nuevo asiento con la Cía. de Portugal (Cabo Verde) y volvió a construir una cadena de fuertes en la costa africana (1672), creando la Real Compañía Africana[vii], de la que era accionista el propio rey, llegándose al momento en que los portugueses utilizaron los servicios de la misma (1693), y esta es la que estaba vigente cuando se inicia la guerra de sucesión a la Corona de España.

España puso entonces en manos de un Consorcio de comerciantes franceses[viii] el asiento de esclavos negros, excluyendo a los que hasta entonces se habían estado beneficiando de tal actividad, y solo ahora Inglaterra y Holanda deciden apoyar al cantidato austracista, cuando ya habían reconocido a Felipe V. La guerra, como queda dicho, empezó en 1702, y la posición neutralista de Carlos II fue sustituida por otra intervencionista de Guillermo III, que aunque murió en 1702, fue la que se impondría. El comerciante Mitford Crowe fue el encargado de procurar el levantamiento de Cataluña a favor del archiduque Carlos, lo que consiguió después de trabajar en ello durante 1704, y al año siguiente se firmó el pacto de Génova entre Inglaterra y los más importantes comerciantes catalanes (vigatans)[ix], que pretendieron representar los intereses de toda Cataluña: Inglaterra desembarcaría tropas en Barcelona de acuerdo con Portugal (resultó un fracaso); en un segundo intento tomaron la ciudad soldados austríacos, holandeses e ingleses, pero la intención de Inglaterra era convertir toda la península Ibérica en un centro al servicio de sus intereses comerciales, teniendo como precedente el reciente Tratado de Methuen con Portugal (1703).

La reina Ana, sucesora de Guillermo III, sería accionista principal del asiento de negros firmado con el archiduque Carlos de Austria, intentando Inglaterra un plano de total igualdad con España en América (“Compañía para el Comercio de las Indias Españolas”, formada por españoles e ingleses) pero tal cosa no fue posible porque Carlos de Austria solo dominó Madrid un mes. Otra “Compañía Nova de Gibraltar” fue fundada en 1709 para el comercio con América, pretendiéndose por Inglaterra que Gibraltar (que había ocupado en 1704) sustituyese a Sevilla-Cádiz en el comercio americano, pero hasta el archiduque Carlos se resistió a este plan en un primer momento.

La guerra, en definitiva, fue un pretexto para adueñarse del comercio de todo el mundo, pues las flotas inglesa y holandesa eran imponentes y quizá comparables a la española hasta 1805. La cuestión dinástica nunca interesó más que a los dos candidatos principales, pues cuando murió el emperador austríaco José I (1711), el archiduque Carlos le sustituyó y perdió todo interés por la Corona española, consolidándose así Felipe V como rey de España.


[i] Recientemente ha sido descubierto el pecio.

[ii] No cabe hablar de Gran Bretaña hasta 1707.

[iii] “Una lucha por el dominio económico intercontinental”, conferencia en la que se basa el presente artículo.

[iv] Curaçao ya estaba en manos de Holanda.

[v] El motivo fue la disputa por la captura de esclavos en la costa guineana.

[vi] Entre los siglos XVI y XVII la Monarquía española y las Provincias Unidas habían mantenido una guerra de ochenta años (con treguas).

[vii] Actuó en Senegal y Angola, territorios teóricamente portugueses.

[viii] En estos asuntos se empleaban corsarios o antiguos corsarios para las negociaciones oficiosas, cuando se consideraba que no procedía emplear a funcionarios.

[ix] Vigatá es el gentilicio de Vich, de donde procedían los comerciantes implicados.

jueves, 12 de enero de 2023

"Nada hay tan inocente como la caza"

 

¿Era el imperio español un gigante con pies de barro en el siglo XVII? Si así fuese lo cierto es que aguantó como pudo las embestidas de otras potencias marítimas y aún se recuperó en el siglo XVIII, teniendo fuerzas para guerrear –signo de los tiempos- durante las dos centurias con suerte varia.

Empezó el siglo XVII cuando estaba muy avanzada una guerra con Inglaterra, se vio arrastrada la monarquía española a la guerra de los treinta años, mantuvo una guerra con Portugal por la que este país se independizaría de la monarquía española, participó España en la guerra de los nueve años[i] formando parte de una coalición impresionante contra Francia, y aún los ejércitos españoles, formados por soldados de varias nacionalidades, lucharon durante muchas décadas en Flandes y en Chile. Ello sin contar el esfuerzo bélico para combatir la piratería y el corso en el Atlántico y en otros escenarios europeos. El siglo XVIII empezó con la guerra de sucesión a la corona de España, que fue civil a la vez que europea, y España participó en la guerra de sucesión polaca y en la llamada guerra de Asiento[ii], en los dos últimos años de la guerra de los siete años[iii] y en la de independencia de las trece colonias británicas de Norteamérica; y luego vendrían las guerras derivadas de la Revolución Francesa.

Mantener el imperio en América constituyó otro esfuerzo bélico no desdeñable, sobre todo en Chile y con motivo del levantamiento de Tupac Amaru II en 1780. Los gastos ocasionados por estos interminables conflictos fueron enormes, repercutiendo en la economía interna, pero lo cierto es que el comercio con América continuó y la llegada de riquezas trasatlánticas a España permitió mantener el control sobre vastos territorios en casi todos los continentes. América financió muchas políticas españolas como Castilla había financiado los intereses imperiales de los Austria. África también contribuyó a la financiación de las potencias marítimas con la trata negrera.

Consuelo Maqueda Abreu[iv] constata las diversas interpretaciones que los historiadores han hecho sobre el debate en torno a la decadencia y recuperación de la monarquía y el imperio españoles entre los siglos XVII y XVIII: “en el tratado franco-británico [que pone fin a la guerra de sucesión a la corona de España] se consagra la ruptura del monopolio español en Indias y se afirma la situación establecida desde el siglo XVII en las colonias, pero es Gran Bretaña la que interfiere en las relaciones mercantiles con España… situación que iniciará una obsesión por la recuperación del monopolio español en América que… asumen los comerciantes y ministros de España”.

En cuanto al asiento de negros que comenzó en 1713 con una duración prevista de treinta años, la corona británica se obligó a introducir en la América española 144.000 piezas de indias[v]. La Compañía de Inglaterra, al conseguir este privilegio, se obligó a adelantar al monarca español 200.000 pesos en los primeros cuatro meses del contrato[vi], por lo que algunos historiadores consideran que este “asiento” era en realidad una empresa hispano-británica. De hecho en el tráfico triangular Europa-África-América y vuelta a Europa, se destaca la contribución de la esclavitud al desarrollo del sistema capitalista occidental[vii], y el rey Felipe V exigió repetidamente el estado de las cuentas de acuerdo con lo pactado entre Gran Bretaña y España.

El rey español, contra la opinión del Consejo de Indias, concedió a Gran Bretaña un navío anual de 500 Tm. cuyas mercancías, libres de impuestos, podrían venderse en las ferias que se celebraran con ocasión de la llegada de las flotas a Nueva España o los galeones a Cartagena de Indias o Portobello, lo cual era algo inédito en el imperio español, que había mantenido alejado a todo comerciante extranjero, legítimo o no, y una novedad importante en este asiento es la apertura al comercio extranjero del puerto de Buenos Aires, lo cual no había sido permitido hasta ese momento, o al menos no de forma tan abierta. Para el asentamiento de los ingleses en la ciudad del Plata se peveía la entrega de algunas porciones de tierra, siendo el cobro de este derecho una fuente de conflictos. Así los ingleses podrían plantar, cultivar y criar ganado para su sustento y el de sus esclavos, siempre bajo la supervisión de un oficial español, y los esclavos que se vendiesen en los puestos del Perú debían partir en barcos fletados desde Panamá, debiendo el producto de su venta volver al puerto correspondiente, ya fuesen frutos de la tierra, reales, barras de plata o tejos de oro, todo ello sin pagar derecho alguno, siempre que dichos productos no se hubiesen obtenido del comercio ilícito y fuesen consecuencia únicamente del comercio de esclavos[viii].

No es extraño que durante el proceso de independencia de Argentina las ayudas recibidas desde Inglaterra fuesen cuantiosas. Antes, Guadalupe (1769) y Martinica (1762) fueron conquistadas por los ingleses (Antillas menores), si bien las dos islas habían sido colonizadas por franceses, Martinica fue ocupada por ingleses en los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX. De todo lo anterior se deduce que es perfectamente compatible la intromisión de Inglaterra y otras potencias en posesiones españolas (Jamaica pasó a manos inglesas en 1655) y que el imperio español mantuviese el vigor para continuar hasta que la metrópoli fuese invadida por el más poderoso ejército de Europa a principios del siglo XIX.

No debe olvidarse que un tratado hispano-inglés de 1713, donde la monarquía española pierde Gibraltar y Menorca (provisionalmente) reconocía que España mantendría en su totalidad el territorio americano. Y todo ello se da en el contexto interno de que la monarquía española se ve mediatizada, y en ocasiones controlada, por personal al servicio de Francia: la princesa de los Ursinos, madame de Maintenon[ix], Manuel Portocarrero, Jean Orry y otros. No es extraño, porque Felipe de Anjoy asumió el trono de España a la edad de diecisiete años, por lo que es lógico se dejase aconsejar –aunque menos de lo que pudiera parecer- por su abuelo el rey Luis XIV: “nada hay tan inocente como la caza”, le dijo en una carta, y “al tiempo de disparar cerrar los ojos no es bueno que al dar órdenes a ciegas ocasiona muchos yerros”. Una monarquía mediatizada y sin embargo pudo mantener el imperio.



[i] 1688-1697. La Liga de Augsburgo estuvo formada por España, Austria, Baviera, Brandemburgo, el Sacro Imperio, Portugal, Palatinado, Inglaterra, Sajonia, Suecia y las Provincias Unidas.

[ii] 1739-1748. Los intereses de España y Gran Bretaña en el Caribe estaban enfrentados, resultando un conflicto favorable a España.

[iii] La monarquía española recibió la Luisiana a cambio de Florida.

[iv] “Diplomacia, reformismo y virreinato de Nueva Granada en los inicios del siglo XVIII”. En esta obra se basa el presente resumen.

[v] La pieza de indias era una unidad de medida de los esclavos que se utilizó por primera vez, con fines fiscales, en la segunda mitad del siglo XVII.

[vi] Rafael Donoso Anes, “El asiento de esclavos con Inglaterra (1713-1750)…”

[vii] Id. nota anterior.

[viii] Id. nota vi.

[ix] Segunda esposa del rey francés.

Ilustración: "El cazador", obra de Eugenio Lucas Velázquez, óleo sobre lienzo, Museo del Prado.

domingo, 7 de febrero de 2021

Salinas históricas, hoy

Un estudio sobre nueve salinas en España y tres más en otros puntos de Europa, permite conocer algunos datos sobre su historia, importancia económica y reconversión en la actualidad, ya para la producción de sal o para otros usos[i]. Entre las que se encuentran en España, todas están en el interior, aunque tres de ellas cerca de la costa.

Los espacios difieren mucho entre sí –dice Hueso Kortekaas- aunque también comparten ciertas características. La superficie productiva es relativamente pequeña, no superior, en ningún caso, a 10 ó 12 hectáreas. Las más grandes son las de Añana, Poza de la Sal e Imón. Algunas se encuentran en terreno llano: Imón, Rambla Salada y San Juan, o en el fondo llano y a veces estrecho de un valle: Arcos de Salinas, Gerri de la Sal y Espartinas; también utilizando las laderas (Añana, Poza de la Sal y Peralta de la Sal[ii]).

Históricamente, todas estaban en funcionamiento antes del desestanco de la sal, que tuvo lugar cuando en 1869 las Cortes así lo acordaron, liberalizando la producción y comercio de la sal común, que había sido, durante más de dos siglos, una importante fuente de financiación de la Hacienda pública. Algunas existían desde hacía siglos, pero su limitada productividad y aislamiento geográfico hicieron que se sustituyera por sal industrial, más barata, y fueron progresivamente abandonadas dichas salinas durante el siglo XX.

En cuanto a la cuenca mediterránea, inventarios recientes –según Hueso Kortekaas- aportan el dato de casi mil paisajes de sal diferentes; en España y Portugal tres cuartas partes de dichos espacios se han dedicado o siguen dedicándose a la producción de sal, y el resto son lagos y arroyos salinos naturales. Otros autores han estimado que hubo unas cuatro mil salinas históricas en la cuenca mediterránea. Hoy, sin embargo, existen pocas salinas activas en Europa.

Fuera de España, las salinas de Gérande, en la mitad sur de Bretaña (Francia) están entre las desembocaduras de los ríos Loira y Vilaine, frente al océano Atlántico, formando una zona de humedales muy extensa con una superficie de dos mil hectáreas. En la península de Gérande se obtiene sal desde la Edad del Hierro, pero las primeras salinas, tal y como se conocen hoy, son obra de los monjes de la abadía de Landévennec[iii] a mediados del siglo X. La actividad salinera trajo prosperidad a la zona durante muchos siglos y contribuyó a abrir las primeras rutas comerciales en Europa.

Las salinas de Secovije están en el suroeste de Eslovenia, junto a la frontera con Croacia. En la parte norte se sigue produciendo sal, pero en la sur, separada por el canal Grande-Drnica, no. La producción de sal se remonta a más de setecientos años y se hacía manualmente hasta principios del siglo XX. Estas salinas pertenecieron a familias adineradas, parroquias, monasterios e instituciones benéficas, siendo su edad de oro desde el siglo XV hasta finales del XVIII, bajo el control de la República de Venecia.

Las salinas de Laeso están situadas en el sur de la isla del mismo nombre, al norte de Dinamarca. La sal se produce por ebullición, utilizando la madera como combustible; la salmuera se bombea desde el nivel freático, lo que ya se hacía en la Edad Media, siendo la actividad más importante de la isla y se consideró la primera industria de la época, cuya producción se detuvo a mediados del siglo XVIII porque se había agotado la madera.

En el pasado existieron en España  y Portugal 517 salinas de interior y 182 de litoral, 115 en Alemania, 356 en Grecia pero, salvo en éste último país, donde todavía existen 178 salinas, en los demás citados se ha reducido un 87% el número de salinas, mientras que en toda la cuenda mediterránea, si se admite que hubo 4.000 salinas en el pasado, la reducción ha sido del 99,5%.

Hoy existen políticas para poner de manifiesto los valores culturales de las salinas, declarando protegidos los espacios salineros por su relevancia histórica con resultados diversos. Se han hecho infraestructuras y accesos para que se puedan visitar las salinas, proporcionando empleo directo por medio de la hostelería en las zonas próximas con vistas al turismo. En Laeso, por ejemplo, se ha establecido una escuela-taller donde se enseña cómo se producía sal con los métodos del siglo XVI, al tiempo que se producen 70 toneladas al año. En Secovije se han declarado parque natural las salinas y en Guérande, donde la expansión urbana y el turismo amenazaron las salinas, se ha recuperado la tradición produciéndose 16.000 toneladas de sal gruesa y 700 toneladas de flor de sal[iv] al año.

En los casos de las salinas españolas estudiadas, se han construido infraestructuras siguiendo las tradiciones locales, empleado materiales del lugar y revitalizado las técnicas que en cada caso eran propias. Con anterioridad a estas actuaciones la ruina de las salinas citadas era casi total, según Hueso Kortekaas. En Añana, por ejemplo, se produce sal y se explota el lugar para el turismo de salud.


[i] Katia Hueso Kortekaas, “Patrimonialización de salinas tradicionales…”.

[ii] Añana se encuentra al oeste de la provincia de Álava, Poza de la Sal al norte de Burgos, Imón y San Juan en Guadalajara (al norte la primera), Rambla Salada al sur de Alicante, Arcos de Salinas al sur de Teruel, Gerri de la Sal al norte de Lleida, Espartinas al oeste de Sevilla y Peralta de la Sal al este de Huesca.

[iii] En uno de los “finis terrae”, fue fundada en el siglo VI y disuelta por la revolución francesa.

[iv] Capa delgada de sal que se produce en la superficie marina, obteniéndose una sal muy valorada en la gastronomía actual.

Fotografía: salinas de Imón, Guadalajara. (castillalamanchafilm.com).

martes, 30 de junio de 2020

Adopcionismo: de Hispania a Europa

Catedral románica de Urgel (posterior al adopcionismo)

La situación de la Iglesia en España durante las últimas décadas del siglo VIII presenta unas características que explican la cuestión adopcionista: Jesús tenía naturaleza humana, pero fue elevado a la divina al ser “adoptado” por Dios. La estructura eclesiástica era la heredada de época visigoda, siendo los obispos elegidos canónicamente, se reunían en concilios y la sede metropolitana de Toledo, en poder de los musulmanes de al-Andalus, defendía celosamente su superioridad jerárquica. Este proceso por el que Toledo se había encumbrado fue tan notable –dice José Orlandis[i]- que, a partir del XII concilio de Toledo (681), en tiempo de Ervigio, la institución del Primado había quedado completamente configurada, con tal cúmulo de derechos y facultades que esa potestad ha sido comparada con la que tenía en el Imperio oriental el patriarca de Constantinopla. J. Mac William considera que la larga cohabitación de cristianos con judíos y musulmanes habría inducido a los primeros a intentar salvaguardar sus creencias cristianas conciliando en una doctrina sincretista de diversas creencias religiosas, buscando un acercamiento al monoteísmo coránico y a prácticas culturales mosaicas.

El obispo Julián jugó un importante papel en la promoción de la primacía toledana sobre la Iglesia española, y un siglo más tarde el obispo Elipando (783-808), al frente también de la sede toledana, sufrió que porciones territoriales importantes de la antigua Iglesia visigoda iban quedando al margen de su autoridad: la Septimania o Galia narbonense, incorporada ésta a la Iglesia franca desde los comienzos del reinado de Carlomagno. Ocurrió esto con varias diócesis de la Tarraconense, como Gerona y Urgel, también bajo hegemonía carolingia. En el noroeste de la Península, la autoridad religiosa toledana se debilitó también (Asturias y Galicia). Por otro lado, cuando surgió el problema adopcionista, la Iglesia, en la España musulmana, había sufrido la defección de una parte considerable de sus fieles. La prolongada cohabitación de los mozárabes con musulmanes y judíos, con las consiguientes disputas religiosas entre clérigos, alfaquíes y rabinos, favorecía un cierto irenismo que llevó al sincretismo doctrinal.

Hoy se admite que el preámbulo de la crisis fue un intento de la captación de la Iglesia hispana por parte de la Iglesia franca. Se había producido el envío, hacia el año 782, de un clérigo visigodo, Egila, consagrado obispo en las Galias, el cual tendría la misión de predicar el cristianismo en territorio hispanomusulmán, enmendando ciertas doctrinas, o así se creyó entre los mozárabes. La desviación más llamativa era la doctrina trinitaria profesada en la Bética por Migecio, un heresiarca influyente, pero fue la jerarquía eclesiástica mozárabe, con Elipando a la cabeza, la que salió al paso contra Migecio. En el año 784 se reunió en Sevilla un concilio presidido por Elipando que condenó a Migecio y estableció una profesión de fe en la que se declaró que Jesucristo “es a la vez hizo de Dios e hijo del hombre: hijo adoptivo por la humanidad, hijo no adoptivo por la divinidad”. Y esto fue lo que desencadenó la cuestión adopcionista.

La controversia se mantuvo dentro de ciertos límites en un primer momento, pero la primera reacción contra Elipando vino de la Asturias de Mauregato: un monje, Beato de Liébana, y Heterio, el obispo exiliado de Osma, compusieron en el año 785 un “Tratado apologético” contra Elipando, en el que se declaraba herético el adopcionismo, lo que motivó la reacción del primado: “Jamás se oyó decir que los lebaniegos adoctrinasen a los toledanos”. Las diferencias teológicas estaban entreveradas del temor a perder la primacía de Toledo: “Esta sede ha brillado desde los orígenes de la fe por la santidad de sus doctrinas…”. A partir de entonces el conflicto alcanzaría dimensiones europeas.

El obispo Félix de Urgel se encargó de que el adopcionismo se extendiese hacia el norte de los Pirineos, valiéndose del prestigio que tenía, que además había discutido con musulmanes y judíos. Muchos fieles de la Marca Hispánica y de la Septimania le siguieron. La toma por los francos de Gerona en 785 y de la propia Urgel las integraron en el Imperio carolingio, llegando el adopcionismo a ser un problema para la ortodoxia oficial en el Occidente europeo.

Elipando se dirigió a Félix solicitando su ayuda contra el de Liébana y Heterio, lo que se supo en la corte carolingia y en 789, el principal consejero de Carlomagno, Alcuino de York, escribió a Félix tratando de atraérselo y que no hiciese caso a las demandas de Elipando, lo que no resultó, pues el de Urgel escribió varios libros mostrándose adopcionista. Las consecuencias serán muchas.

Félix hizo valer la autoridad del primado toledano, en lo que demostraba su vínculo con la tradición visigoda y no la franca, convirtiéndose en el principal referente del adopcionismo en Europa occidental. Entonces Carlomagno, en el concilio de Ratisbona (792), se erigió en defensor de la ortodoxia católica, coantando con la colaboración del papa Adriano, mientras que Elipando estaba al margen de la autoridad franca. Félix fue llevado a Ratisbona para asistir al concilio, donde abjuró de su doctrina; luego fue enviado a Roma para presentarse ante el papa Adriano, donde confirmó su arrepentimiento, lo que le valió la libertad, pero parece ser que no volvió a Urgel, sino a tierras bajo dominio musulmán, bajo Elipando, con el que volvió a reafirmarse en el adopcionismo.

El obispo de Toledo, por su parte, respondió a las resoluciones del concilio de Ratisbona, aunque no todos los clérigos cristianos de al-Andalus compartieron las ideas del primado. Por otro lado, desde 791 ocupaba el trono de Asturias Alfonso II, cuya aproximación a Carlomagno –dice Orlandis- está bien documentada. Pero hay más que poco tiene que ver con la religión y la teología: el concilio de Nicea (787), que condenó la iconoclastia, abrió las puertas a un posible acercamiento entre Roma y Bizancio, lo que no sería bien visto por Carlomagno: su imperio era el que él consideraba interlocutor con Roma.

En 798 se intentó el último e infructuoso intento de lograr un arreglo pacífico con los adopcionistas. Alcuino de York, de nuevo, escribió a Félix en términos amistosos y conciliadores, pero el de Urgel no aceptó, moviendo esto a Alcuino a dirigirse a Elipando, que respondió de forma agresiva y no podemos saber si el de Toledo vería con muy malos ojos la interferencia de los francos en los asuntos de la Iglesia hispana (de ser así, otro factor que no tiene que ver ni con la religión ni con la teología).

Tal fue la importancia de esta discordia entre adopcionistas y ortodoxos, que a largo plazo la consecuencia más negativa –según Abadal[ii]- fue la difusión por el Occidente cristiano de un sentimiento de desconfianza hacia la religiosidad hispánica, y de un modo particular ante su liturgia visigótico-mozárabe. “Toda España está infectada por el error adopcionista”, escribió Alcuino de York… y no fue el único caso.



[i] “La circunstancia histórica del adopcionismo español”.
[ii] “La batalla del Adopcionismo”.

martes, 8 de octubre de 2019

El "origen" de Europa

https://www.pinterest.es/pin/494762709061579272/
Durante algún tiempo –dice E. Mitre- el territorio entre el Pirineo y el Loira se convirtió en un importante campo de batalla. En 721, los árabes sufrieron una importante derrota delante de Toulouse a manos de Eudes de Aquitania, siendo el primer fracaso militar de los musulmanes en el Occidente. A partir de 731 una nueva ofensiva más demoledora quebraría la resistencia aquitana. El continuador de la crónica de Fredegario[i] informa de cómo las iglesias en torno a Burdeos y la basílica de San Hilario de Poitiers fueron pasto de las llamas. Los invasores se aproximaron a Tours y en manos de los francos del norte quedó el papel de defender la Galia de los musulmanes.

De acuerdo a la idea más convencional, Europa daría sus primeros pasos como resultado de un movimiento defensivo frente al Islam[ii]. El texto capital que daría nacimiento a esta en un sentido histórico y político se encontraría en la “Crónica mozárabe”, escrita en territorio hispánico en 754, pero bajo dominio musulmán. El anónimo autor hablaría de la importante victoria obtenida por los europenses sobre los musulmanes en las cercanías de Poitiers (732). Por europenses  se entendía el heterogéneo conglomerado de fuerzas capitaneadas por el vencedor del encuentro: el mayordomo o intendente de palacio del reino franco de Austrasia, Carlos Martel.

El choque fue mucho más que una simple escaramuza; los actos heroicos no contaron más que el pillaje al que fue sometido el campamento abandonado por los árabes quienes, en los años siguientes, seguirían hostigando el sur de la Galia. Pirenne sostuvo que ese triunfo de Carlos Martel no fue registrado en los textos históricos francos, lo que demostraría la decadencia cultural bajo la que el territorio vivía. J. Flori[iii] ha destacado, por su parte, que los coetáneos del choque de Poitiers no tuvieron ninguna conciencia de la unidad religiosa y cultural de la Cristiandad frente a un peligro islámico. No hubo colaboración religiosa alguna en el hecho, si nos atenemos a las fuentes. Otros, en cambio, consideran que el cronista que siguió la obra de Fredegario habla de la “perfidia gens sarracenorum”, o de los estragos que las fuerzas de Carlos Martel causaron a los musulmanes “Christo auxiliante”.

Para la posteridad, no obstante, el vencedor de Poitiers aparece como el salvador de Occidente. Las victorias de Martel frente a los musulmanes y otros enemigos de los francos (la nobleza levantisca, los sajones de las fronteras orientales, los frisones del norte), constituyeron una buena baza a jugar por su hijo y sucesor en la mayordomía palatina, Pipino el Breve.

Con la complicidad del papa Zacarías (741-752, de origen griego), Pipino destronó al rey merovingio Childerico III[iv]. Da comienzo entonces la reunificación del reino franco, hasta entonces pasto de las disensiones civiles y de las incursiones musulmanas. También empezaron unas estrechas relaciones con el pontificado, algo inédito porque el emperador bizantino había sido considerado hasta ese momento el continuador del Imperio romano clásico. A través de Bonifacio[v], los carolingios tomaron contacto con Roma, operación clave para la futura política de Carlos (Carlomagno). Pipino vio legitimada su discutible titulación real merced a la unción, recibida primero de Bonifacio y luego del papa Esteban II para él y sus hijos Carlos y Carlomán. El pontífice, por su parte, se beneficiaba de la protección franca frente a las presiones militares de sus vecinos lombardos.

La cancillería franca se hizo receptora de la teología de la alianza entre realeza e Iglesia, y quizá en estos años se redactó en la cancillería pontificia el documento conocido como “Donación de Constantino” (falsa), base para la creación de los Estados Pontificios. El rey franco daba primacía a los papas de Roma sobre los patriarcas de Constantinopla, Jerusalén, Alejandría y Antioquía, y el papa recibió, además, el palacio de Letrán, la iglesia de San Pedro del Vaticano y fue nombrado soberano sobre Roma, Italia y el conjunto de Occidente. Estas maniobras permitían a los papas marcar distancias con Constantinopla y recuperar –con la ayuda de Pipino- algunos territorios ocupados hasta entonces por los lombardos. Al título real Pipino añadió el de Patricio de los Romanos, hasta entonces reservado a representantes del emperador bizantino en Italia, que implicaba su conversión en protector de los intereses de la Iglesia romana. Papas y carolingios dependían mutuamente entre sí.

Aunque ciertas fuentes presenten a Carlomagno como el no va más de los gobernantes (el sacerdote Catulfo, el poeta Angilberto, Alcuino de York y ciertos anales) hablando en algún caso[vi] de “Europa vel regnum Karoli”, refiriéndose a los territorios cubiertos por los títulos que Carlos ostentaba, los de rey (de francos y lombardos) y el de patricio de los romanos, la realidad es menos risueña.

No obstante, la coronación de Carlos como emperador en Roma, a finales del año 800 por el papa León III, que estaba en apuros, se ha considerado como el acontecimiento político más importante del Medievo. Mitre dice que estaríamos ante uno de los primeros injertos de lo romano y lo europeo, y P. Courcelle[vii] escribió que “el Imperio cristiano de Occidente caerá en manos de un bárbaro; pero este bárbaro será él mismo un cristiano que retomará el Imperio y al que todos en Occidente tienen por heredero legítimo de las tradiciones romanas”.

Es lo que se ha llamado “Renovatio Imperii” después de tres siglos de vacancia, pero de esta “renovatio” no hay constancia que tuviesen conciencia sus protagonistas. Aún conservándose vivo el recuerdo de Roma, no era un “Imperium” acorde a las pautas romano-mediterráneas al uso lo que renació en el año 800. P. Riché[viii] ha escrito que “es en la época carolingia cuando puede considerarse Europa como algo más que una expresión geográfica: es una entidad política frente a Bizancio y los países musulmanes”. El problema es que no se podría excluir al mundo griego dominado desde Bizancio de lo que llamamos Europa (digo por mi parte). El debate historiográfico parece reducirse al Occidente tal y como se entendió entonces y aún ahora se distingue (una Europa occidental y otra oriental).

Algunos especialistas –sigue diciendo E. Mitre- recuerdan que para sus coetáneos Carlomagno era emperador antes del año 800: la coronación no sería más que una sanción en la que un papa que tenía problemas con sus súbditos romanos, León III, deseó ostentar un protagonismo que no le correspondía. Como emperador, se podía considerar a un monarca que estuviera por encima de los otros reyes, y Carlos, ya en 781, había establecido en el interior de sus dominios dos reinos cuyo gobierno encargó a sus hijos: Pipino en Lombardía, anexionada en 774; y Luis en Aquitania. Solo quedaba extender la influencia del Imperio al otro lado de los Pirineos, dominar a los sajones, a los frisios, a los bohemos, a los ávaros, y al otro lado de los Estados Pontificios, el Ducado de Spoleto…

Así “resuelven” los historiadores el “origen” de Europa, pero se trata de una Europa occidental, germana y latina, quedando fuera los territorios dominados por Bizancio y la periferia nórdica.




[i] Redactada a mediados del siglo VII en Austrasia (entre Turingia, el canal de La Mancha y Frisia). En el centro se encuentra Aquisgrán.
[ii] E. Mitre, “Una primera Europa”. En un capítulo de esta obra se basa el presente resumen.
[iii] Vivió entre 1936 y 2018 y sus investigaciones abarcan la caballería y las cruzadas durante la Edad Media.
[iv] Había sido alzado al trono de Austrasia y Neustria por el mismo Pipino, mandándolo tras su deposición a un monasterio. Se ha conocido a los últimos merovingios como “reyes holgazanes” o ineptos para gobernar.
[v] Curiosamente de origen inglés y llamado “apóstol de los germanos”, bárbaros en origen.
[vi] Los Anales de Fulda abarcan buena parte del siglo IX.
[vii] Vivió entre 1912 y 1980
[viii] Vivió entre 1921 y 2019, siendo reconocido como un especialista en la Alta Edad Media.
(El mapa refleja la teórica máxima expansión del imperio carolingio).