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miércoles, 24 de julio de 2019

Rafael Altamira y Silvio Zavala

Rafael Altamira a su llegada a México
 (Bibliota virtual Miguel de Cervantes)

El archivo personal de Silvio Zavala[i] contiene más de 10.500 documentos y cubre 72 años de la larga y fructífera vida del historiador mexicano, nacido en Mérida, Yucatán, en 1909[ii]. La correspondencia entre el historiador español Rafael Altamira[iii] y el mexicano Silvio Zavala (maestro y alumno respectivamente) forma parte de dicho archivo, donde se contiene también la correspondencia que tuvo Zavala con otras personas para hacer posible el traslado de Altamira y su familia a México.

El período que abarcan las cartas va desde 1937 a 1946, predominado las del maestro al alumno, pues algunas de este no se han conservado. Silvio Zavala había llegado a Madrid en 1931, como becario del gobierno español, para terminar los estudios de derecho que había iniciado en su natal Mérida, Yucatán, en 1927, y continuado en México a partir de 1929. Para entonces se había encaminado por la investigación histórica, y en el año 1933 obtuvo el grado de doctor en derecho con una tesis sobre Los intereses particulares en la conquista de la Nueva España, obra que preludió otras.

Luego la violencia de la guerra civil arreció, y Silvio Zavala abandonó España. Llegó a México y, a partir de 1937, fue secretario del Museo Nacional de México, emprendiendo entonces la fundación de la Revista de Historia de América, para la cual procuró contar con trabajos de su maestro Altamira, que en esos momentos se encontraba en La Haya como juez del Tribunal Permanente de Justicia Internacional, habiendo sido electo en 1921 y reelecto en 1930, estando hasta 1940, cuando se produjo la ocupación nazi de Holanda.

Desde 1937, año de la primera carta, Zavala facilitó a Altamira documentación que había obtenido en Quito, Ecuador y disposiciones relativas a la aplicación de las leyes castellanas en América, cedularios en el Archivo General de la Nación de México, el cedulario impreso de Puga, el entonces no localizado de Alonso de Zurita, largas transcripciones y oportunas observaciones sobre diversos textos como la Política indiana de Solórzano.

La preocupación de Altamira por la suerte de su familia se refleja en la carta de 30 de marzo de 1940, en la que Zavala daba a Altamira noticia de su hija Pilar –cuya familia había arribado y establecido en México. Cuando Altamira ya se encontraba en México fue entrevistado por un redactor del periódico Excélsior, que le preguntó “dónde y cómo le sorprendió la guerra”. “¿Qué guerra –pregunta a su vez-, ¿la nuestra, la de España? Porque ahí se inauguró la que todo el mundo padece ahora”. Altamira había logrado llegar con su esposa a México después de años muy difíciles en la Europa sacudida por la guerra mundial que entonces, 1944, alcanzaba momentos de crueldad y desgarramiento gravísimos. La familia había sido su primera preocupación durante años y ponerla a salvo se fue haciendo cada vez más urgente, pero la residencia de Altamira en Bayona, territorio ocupado por los nazis, hacía difícil la intervención diplomática de Estados Unidos con Alemania. Vayamos a las cartas entre los dos historiadores.

Con fecha 26 de diciembre de 1937 escribió Altamira a Zavala diciéndole que salía para París el manuscrito de su obra, Libro de máximas y reflexiones, dirigido al señor ministro de México, el cual se había encargado de remitírselo a Zavala. “El libro es el depósito de todos mis pensamientos [dice] sobre las cuestiones fundamentales de nuestra vida espiritual y que no han logrado expresión en mis otras obras, por falta de tiempo de mi parte. Representa, pues, mi Ideario sobre Moral, Educación, Política [sic] interna e internacional en su más alta acepción, Religión, etc. Quien solo me conoce como historiador –y son casi todos- hallará en él muchas sorpresas, cuyo valor, naturalmente, yo soy el menos calificado para juzgar, pero que en todo caso, representa mi Filosofía personal, y mi experiencia de la vida”. Luego habla de las condiciones económicas que le parecen razonables si se publica el libro.

El 18 de enero de 1938 responde Zavala a Altamira sobre cierta documentación que el segundo necesitaba para sus investigaciones. Por ejemplo: “acerca de los cedularios inéditos no me es posible darle una lista detallada, pero en el gabinete de manuscritos de la Biblioteca Nacional [de México] he encontrado algunos (uno de ellos perteneciente a la Audiencia de Quito) y hay también una colección de cerca de 40 volúmenes de cédulas…”. En otras cartas el discípulo escribe al maestro sobre las dificultades para publicar alguna obra de este en México, ya porque algunos editores pagan muy mal, o porque no son de fiar u otras circunstancias. Por ejemplo sobre la editorial Polis, ante la que tuvo que intervenir el escritor mexicano Camilo Carrancá (más adelante recibirá carta de este, lo que le llenará de satisfacción).

En otra carta Altamira pregunta a Zavala si cuenta con algún libro publicado por este, pues los que aquel tiene en Madrid es imposible recuperarlos. Contesta el discípulo que le pasa lo mismo y el único que tiene está lleno de anotaciones, por lo que es inservible. En carta de 7 de febrero de 1939, desde La Haya, escribe Altamira a su colaborador que “el porvenir de casi todo el mundo –un porvenir próximo-, es cada vez más oscuro y triste. A mis muchas penas, que crecen de momento en momento, se me une la de la eventualidad de que su Revista llegue a desaparecer. No es un sentimiento egoísta, sino un sentimiento movido por la estimación de la obra emprendida por V. y que tanto bien viene ya prestando, no sólo a México, sino a todos los países que cultivan nuestros estudios”.

Muestra Altamira su disgusto, en una de las cartas, por ciertos manuscritos entregados a una revista y que no fueron publicados, a pesar del tiempo transcurrido, sin que se le devolvieran los originales. También muestra su pesar por la falta de noticias que tiene del escritor Camilo Carrancá, con quien dice tiene una buena relación, y del que desconfía está molesto con él por alguna causa que no puede imaginar.

Especial interés mostró Altamira, en sus cartas a Zavala, para que fuese publicada su obra Manual de Investigación de la historia del derecho indiano, pues considera que no existe en la historiografía hasta su momento, una obra de dichas características, donde el autor muestre los métodos utilizados para el objeto de investigación. Es una obra pequeña en extensión, que a la postre fue publicada por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia de México en 1948.

En carta a Zavala desde La Haya, de fecha 5 de marzo de 1939, dice que no ha hecho gestión alguna con respecto a los Estados Unidos en relación a la situación de su familia y de él mismo. “La explicación de que no me decida todavía a llamar a esa puerta, reside en estos dos hechos: que actualmente hay refugiadas en mi casa diez personas de nuestra familia, que con nosotros dos hacen doce, y que es imposible mover esa masa, e incierto si podremos dividirla por hallar varios de aquellos ocupación remunerada aparte; es decir, que ni me las puedo llevar conmigo, ni las puedo abandonar, puesto que soy yo el único que las sostengo. Por otra parte, aunque Francia e Inglaterra puedan decir, desde su punto de vista nacional, frente a los problemas nacionales, que la cuestión española está ya resuelta, nosotros los españoles no podemos decir lo mismo, sino que todavía todo es incierto y oscuro en cuanto a la suerte de miles de nosotros”. Continúa diciendo que “el Tribunal se me acaba este año”[iv] [1939] y que se acababa de fundar en París el Instituto Internacional de Estudios Iberoamericanos, que le habían pedido presidiese y había aceptado.

El 25 de marzo de 1939 escribe informando a Zavala que el catedrático Felipe Sánchez Román[v], “a quien usted conoció en Madrid”, salía con toda su familia para México, como tantos otros españoles a quienes la guerra había arruinado haciéndoles perder todo lo que poseían. Pide a Zavala que ayude a Sánchez Román en lo que pueda. En otra carta muestra el interés por la conversación que Zavala había tenido con el historiador estadounidense Waldo Gifford Leland[vi], pidiendo que si vuelve a hacerlo le hable de él por si pudiera ayudarle, pues ve “la guerra alemana” inminente. Para el Instituto Internacional de Estudios Iberoamericanos le pide información sobre personas de “condición puramente científica” y que en caso contrario “no los queremos, porque el instituto no soportará que le envenenen su camaradería científica con las pasiones de otro orden”.

Desde el hotel Louvois de París escribe a Zavala el 7 de abril diciéndole que está de paso para Bayona y que luego regresará a La Haya. Le da cuenta de que sabe que Sánchez Román va a México “con una ocupación profesional importante asegurada”, pidiéndole apoyo de sus amigos de México para su yerno y familia, pues lo habían perdido todo en España. En otro orden de cosas le dice que va a ponerle en comunicación con el arqueólogo americanista L. Larrea[vii], pues va a ir a México.

Desde Bayona escribe el 21 de julio de 1939 recordando una observación de Elihu Rott (sic: debe tratarse de Root), político norteamericano que, en 1920 había expuesto que la comprensión del alma hispana (la de Europa y la de América) por el alma norteamericana, tiene sus límites. “Además, –continúa- aún los americanistas de ahí que más saben de nosotros, no llegan a la apreciación de conjunto que es necesaria, porque esta se basa en otros conocimientos tocantes a nuestra vida espiritual que están fuera de aquella especialidad, ni menos pueden profundizar en lo íntimo de nuestra ideología y de nuestra sentimentalidad, cosas que sólo la tradición mental de nuestra propia cultura puede conceder a los hombres de lo que, desde ese punto de vista, podemos llamar, con fundamento, ‘nuestra raza’”.

Reconoce luego que no puede dar ya conferencias o lecciones orales, pues hablar mucho le fatiga (tenía Altamira 73 años) “y me inutiliza para lo demás del día”, pero no renuncia a la “conversación individual o con grupos pequeños de los jóvenes que son capaces de trabajar útilmente y quieran ser dirigidos”. Considera que quien quiera hacer algo sólido en americanismo indiano, o en hispanoamericanismo moderno, debe conocer la lengua castellana, pues “el idioma ilumina el espíritu y por sí solo más que las mejores explicaciones en cualquier otra lengua”.

Dice a Zavala que sobre su colaboración con la Fundación Hispánica de la Biblioteca del Congreso, ignora su programa, fines y aspiraciones, y si compite con el Committe of Latin American Studies de Haring, y que si se tratase de lo mismo que está haciendo el Instituto que él dirige en París, prefiere a este: “he creado el Instituto y debo ser fiel a la idea con que he inducido a tantos hombres de autoridad, a que le presten su concurso”.

Habiendo estallado la guerra europea, la indignación de Altamira se aprecia en 1941, cuando Zavala se hacía cargo de la angustiosa situación de Altamira y familia, inmovilizados en Bayona, dentro del territorio ocupado por los alemanes. Como gestor de la publicación de las obras de Altamira, Zavala logró que apareciera en la Antigua Librería Robredo de José Porrúa e Hijos la Técnica de la investigación en la historia del Derecho Indiano. En 1948, cuando Altamira, su esposa y dos de sus hijas se habían establecido en México, el Instituto Panamericano de Geografía e Historia (cuya comisión de historia presidió Silvio Zavala de 1947 a 1965), publicó su Manual de investigación de la historia del Derecho Indiano, en el que recogió la Técnica “perfeccionándola y aumentándola” con otros estudios. No hay duda del interés generoso de Zavala en ésta como en otras obras de su maestro, a quien asistió fiel y afectuosamente, como ayudante de investigación haciendo menos duros los difíciles momentos del exilio.

Propuesto Altamira para el premio Nobel de la paz, la última vez en 1951, se le adelantó la muerte en Ciudad de México. Es, sin lugar a dudas, una de las grandes cumbres de la intelectualidad y de la historia en España y América.



[i] Hoy en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia de México.
[ii] “Exilio político y gratitud intelectual…”, edición de Andrés Lira.
[iii] Alicante, 1866 – Ciudad de México, 1951.
[iv] Formaba parte del Tribunal Permanente de Justicia Internacional con sede en La Haya.
[v] Jurista y político republicano que mostró su oposición al régimen de Primo de Rivera y apoyó la II República española. Fue uno de los participantes en el Pacto de San Sebastián (agosto de 1930).
[vi] Trabajó para la Fundación Carnegie en la Biblioteca del Congreso.
[vii] ¿Se trata de Juan Larrea?

jueves, 4 de enero de 2018

Intentos vanos



Vista parcial de Albi

El exilio fue, para miles de españoles que tuvieron que huir de España durante la guerra civil o a partir de 1939, de una dureza extraordinaria. Muchos no pudieron exiliarse y pasaron por el paredón de los vencedores, otros sufrieron deportaciones, cárcel, entrega a las autoridades nazis, campos de concentración… En este último caso estuvo el que había sido Presidente del Gobierno español entre septiembre de 1936 y mayo de 1937, Francisco Largo Caballero.

Los escasos siete años de vida que pasó en el exilio, sobre todo en Francia, sirvieron a nuestro personaje para plantearse que una solución a los problemas que sufrían los españoles, los de dentro y los de fuera, no era ya volver a la vencida República, sino conseguir la unión de todas las fuerzas antifranquistas, monárquicos y comunistas incluidos, y plantear a la comunidad internacional (sobre todo a Gran Bretaña y Estados Unidos) la necesidad de acabar con el régimen del general Franco para ser sustituido por otro que, previa una transición, fuera sometido a plebiscito.

La idea, planteada de forma general y en otro contexto, fue expuesta a algunos de sus colaboradores por el Presidente Azaña a finales de 1936, y posteriormente, por caminos independientes, Prieto y Largo Caballero la formularon en México y Francia respectivamente, con algunos matices que el primero consideró se podían salvar en pocos minutos.

Largo Caballero se había resistido a abandonar París cuando corría peligro de que los nazis le capturasen y mientras su colaborador y amigo, Rodolfo Llopis, le insistía que fuese a Albi, donde él se encontraba, en territorio que luego sería de la llamada “Francia libre” con capital en Vichy. A la postre no le quedó más remedio que hacer caso a su amigo y comenzar una peregrinación de ciudad en ciudad, de casa en casa, de prisión en prisión (se tratase de cárceles o no); incluso hizo múltiples gestiones para conseguir un visado que le permitiese embarcar a África o a América sin conseguirlo nunca. Hasta que fue entregado a las autoridades nazis y encarcelado en el campo de Sachsenhausen, al norte de Berlín. De allí se le intentó trasladar a otro campo y, mientras se producía el traslado junto con otros a pie, se retiró hacia un lado de la carretera, cansado y enfermo, siendo aleccionado por un guardia que, quizá a propósito, disparó sin alcanzarle. De vuelta al campo de Sachsenhausen sería liberado por los vencedores de la guerra mundial en 1945 y, hasta su muerte en marzo de 1946, aún tuvo energía, aunque enfermo, para plantear soluciones a la situación de España que pasaban, como se dijo, por la ayuda internacional y por la sustitución del régimen del general Franco por otro que tendría que ser plebiscitado (¿república o monarquía?).

En estas maquinaciones no estuvo solo Largo Caballero, sino colaboradores suyos como Cerviño o su secretario Aguirre, Prieto y sus colaboradores desde México, el propio Juan de Borbón, con quien Largo se entrevistó alguna vez y otras veces por medio de terceros. Incluso los monárquicos pensaron en un golpe de estado, con la colaboración de militares españoles que estaban con Franco, que acabase con el régimen de este.

La muerte alcanzó a Largo sin poder ver el resultado de estos esfuerzos, pero hoy sabemos que no llegaron a nada, salvo aquel “Pacto de San Juan de Luz” en 1948 que no resolvió nada porque, como sabemos, Juan de Borbón, al tiempo, negociaba con el general Franco el traspaso del poder a su persona o –más tarde- a su hijo con ciertas condiciones que aquí no vienen al caso.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Los barcos del exilio



El "Sinaia" en el puerto de Veracruz (junio de 1939)

Ya antes de acabada la guerra civil española de 1936, pero sobre todo a partir de 1939, varios barcos fueron utilizados por muchos exiliados españoles, fieles al régimen republicano existente y que fue vencido en el último año citado. En varios archivos, pero sobre todo entre los fondos que conserva la Fundación Pablo Iglesias, constan los nombres y circunstancias de los muchos exiliados que tuvieron que utilizar los buques Ipanema, Méxique, Sinaia, Stanbrook y Winnipeg, entre otros, los tres primeros con dirección a México y los dos últimos a Argelia y Chile respectivamente.

Las edades de los exiliados oscilaban ente los 25 y los cincuenta años en la mayoría de los casos, pero también los había más jóvenes y más viejos. La mayoría eran naturales de las zonas españolas que cayeron más tarde bajo en control del ejército sublevado, como es el caso de Madrid, La Mancha, Alicante y Cataluña, pero también de las provincias vascas, de algunas andaluzas y, menos del resto de España. La mayoría eran personas afectas al Partido Socialista y a la Unión General de Trabajadores, pero también encontramos afiliados a Acción Nacional Vasca, al Partido Comunista y otras organizaciones republicanas y de izquierdas. Algunos se encontraban ya en campos de internamiento en Francia, como es el caso del de Gurs y St. Cyprien, en el extremo suroeste de Francia el primero y en el sureste el segundo, no lejos los dos de los Pirineos. Unos fueron acusados por las autoridades franquistas de ser gudaris, otros de formar parte del ejército republicano, de pertenecer a organizaciones democráticas, de izquierdas o, simplemente, no afectas al levantamiento militar.

Uno de los exiliados en el barco Ipanema fue José Abascal Gómez, de 55 años y casado, natural de Santander y afiliado al Partido Socialista y a la UGT. Antes de embarcar estuvo ocupando la barraca 146 del campo de Pigne-Pres de Braham (Aude) y la acusación que pesaba sobre él, técnico de fortificaciones en el norte… Otro es el caso de Benjamín Cáceres de Cáceres, de 38 años, natural de Castuera (Badajoz), afiliado al Partido Socialista y a la UGT e internado en el campo de Bram (barraca 68); maestro nacional de profesión, fue acusado de fundar la agrupación socialista de Castuera, de ser Administrador de la Unión Provincial de Cooperativas Agrícolas y miembro del servicio de investigación militar en el Ebro. Así podríamos seguir hasta unos seiscientos solo en este barco.

Algo más de mil exiliados fueron trasladados en el buque Méxique: Domingo Belmonte Clares tenía 32 años en el momento de su embarque, natural de Murcia y miembro de la CNT, residente en Fortd de Colliure y acusado de ser jefe de la 119º brigada mixta en el ejército republicano. Ángel Martín González tenía 40 años y era natural de Salamanca, siendo miembro del PSOE y de la UGT; estuvo en el campo de St. Cyprien y fue acusado de ser secretario del Partido Socialista en Málaga e interventor de la Diputación en la misma ciudad…

Más de seiscientos llegaron a México a bordo del buque Sinaia: uno es el caso de Carlos Ysern Llombart, de 34 años de edad y casado; natural de Barcelona y miembro de Esquerra Republicana de Cataluña. Vivía en París, número 68 de la calle de la Tour. Las acusaciones que pesaban contra él fueron ser chofer del Presidente de la Generalitat y agente de policía. Juan Vareo Trujillo tenía 23 años y estaba casado, siendo natural de Albacete; miembro de la UGT, estuvo en el campo número 10 de St. Cyprien y fue acusado de ser “miliciano de la cultura”.

Unos 2.600 fueron embarcados en el buque Stanbrook con dirección a Argelia: algunos eran profesores, otros empleados, contables, agricultores, choferes, mecánicos, carpinteros, sin empleo… En este caso no conocemos sus lugares de nacimiento, pero la mayoría eran jóvenes, siendo minoría los mayores de cuarenta años.

Dos mil doscientos uno exiliados fueron embarcados en el Winnipeg, que saliendo de Pauillac (suroeste de Francia) en agosto de 1939, llegó a la isla Guadalupe en el Caribe, pasó el canal de Panamá, llegando a Arica (norte de Chile) y Valparaíso a principios de septiembre del mismo año. Jaime Ferrer Mir ha publicado la lista de los exiliados españoles en Chile.

Aunque fueron las menos, también hubo mujeres, casi siempre acusadas de colaborar con el ejército republicano y de pertenecer a partidos políticos o sindicatos prohibidos por el franquismo. Uno es el caso de Leocadia Vilavella Jubani (exiliada en Chile), otros los de Angelita Abad Soler (exiliada en Argelia), Josefa Barco Hernández (exiliada en México) de 37 años, viuda y nacida en Madrid; afiliada al PSOE y a la UGT, internada en el campo de Harras (Francia) y acusada de ser “enteladora de aviación”. Sirvan solo algunos ejemplos para comprender el drama de estas personas que, en ningún caso, fueron acusadas de delitos comunes, sino de enfrentarse –de una forma u otra- a un levantamiento militar. 

(La fotografía de arriba ha sido tomada de  http://grupodetrabajohistoriasiglo20.blogspot.com.es/2015/08/de-refugiados-transterrados-el-exilio_16.html)

jueves, 1 de enero de 2015

Espartero el delator

Bañeres (Alicante)
Durante el trienio liberal Espartero estaba en América guerreando contra los independentistas, aunque no participó en la que parece definitiva batalla de Ayacucho en 1824, pues había viajado a España para volver a América sin posibilidades de cambiar las cosas; más bien al revés, estuvo preso de Bolívar durante tres meses. Por lo tanto no pudo ser impregnado de las ideas liberales del "trienio" y con anterioridad al mismo no participó en ninguna intentona liberal contra el rey absoluto: era demasiado joven (ventiún años en 1814) y antes había luchado en favor de dicho rey y contra el francés. Parece que las ideas liberales de Espartero le vienen de la guerra carlista. Durante la guerra de 1808 participó, con derrota española, en la batalla de Ocaña, cuya noticia, al llegar a América, parece que fue decisiva para que las Juntas constituidas allí concibiesen que debían continuar y afianzar su autonomía.

Pero durante la década que comienza en 1823 Espartero se dedicó, según ha podido demostrar José Cepeda Gómez (1), a delatar a los liberales que preparaban tantos cuantos levantamientos fuesen necesarios para obligar al rey a aceptar el régimen liberal. En el expediente relativo a Espartero que se encuentra en el Servicio Histórico Militar de Madrid, se hace una referencia a nuestro personaje diciendo que "comunicó [en 1826] reservadamente al Gobierno que algunos Españoles emigrados... le enteró uno de ellos que en Londres se había formado una Junta presidida por Mina que trabajaba una nueva conspiración". A continuación se añade que "es documento curioso y está todo de su letra, y fue una delación espontánea. Se llama d. Valdomero Espartero...". Aunque Cepeda Gómez dice que dentro de la carpetilla no está el manuscrito de Espartero, en otra, que corresponde a la documentación de 1854, hay otros documentos referidos a Espartero como delator. 

"Acabo de llegar a esta plaza [escribió Espartero] de regreso de los baños de Bañeres (2), a cuyo punto me dirigí en virtud de Real orden con el fin de restablecer mi salud... y me apresuro a participar a V.E. que hallándose en dichos baños y sus cercanías algunos españoles emigrados... supe por uno de ellos de un modo positivo que en Londres se había formado una junta presidida por Mina teniendo por objeto el de trabajar incesantemente en conseguir una nueva conjuración en España para cuyo fin han mandado comisionados a las Capitales de provincia... El fin a que se dirigen los traidores es a destronar el actual gobierno, estinguir  toda la familia real y proclamar por rey de España y Portugal al Emperador de Brasil..." El documento tiene fecha de 29 de noviembre de 1826 y está escrito en Pamplona, va dirigido al Secretario de la Guerra para que este "se digne ponerlo en conocimiento del Rey Nuestro Señor...". No obstante se dice en otro documento de 1854 que el texto es copia del original y que este quedó en poder del Secretario de la Guerra.

Otro documento firmado por Pantaleón Olabe es una certificación que se extiende a favor de Espatero por haber colaborado de la forma que se ha dicho arriba; lleva fecha tres de marzo de 1828, Pamplona. El autor al que citamos en este artículo señala que la delación de Espartero es auténtica a la vista de estos y otros documentos consultados. En relación al emperador Pedro de Brasil, que acababa de "conceder" en 1826 una carta constitucional a los portugueses, como había hecho con los brasileños, se cita la memoria de Antonio Baigues, espía a favor de Fernando VII o doble espía según se interpreten ciertas actuaciones del personaje. En esta memoria se habla de las disensiones entre Mina y otros conspiradores liberales de la época, lo que hoy está ya comprobado por las investigaciones de diversos historiadores. El interés de estas memorias es que su contenido coincide con las denuncias que había hecho Espartero.

También participó Espartero en la política de represión llevada a cabo por Rober d'Espagna de Ramefort, conde de España y descendiente de una familia huía de Francia durante la Revolución. José Segundo Flores (3), a quien cita Cepeda Gómez, relata en la biografía de Espartero que en su destino en Barcelona, como después en Baleares, "hásele atribuido por algunos un odio encarnizado a los liberales, a quienes, dicen, que perseguía de muerte". Luego añade que el furor de Espartero contra los liberales era debido a estar a las órdenes del conde de España y a la necesidad que tenía de ascender profesionalmente, pues no había alcanzado sino el grado de brigadier, que en el siglo XIX no parecía ser muy alto. Respecto de sus servicios en Logroño varios mandos militares informaron, entre 1827 y 1829, que estaba probada su adhesión al rey Fernando VII.
Granátula de Calatrava, en el centro de la provincia de Ciudad Real
Ante la necesidad de contar con personal afecto, que el rey encontró entre sus colaboradores de siempe y entre los liberales moderados, Espartero siguió ascendiendo profesionalmente, hasta que la guerra de 1833 le puso del lado de quien ya estaba, y al tener que luchar con tanto realista, absolutista, carlista, curas y pueblo, no es extraño que, habiendo disfrutado de las mieles del éxito social, abrazase las ideas liberales ya sin temores, atreviéndose además, durante su regencia, a continuar la expropiación de bienes del clero, al que había combatido hasta 1839. La pugna con la regente y sus colaboradores, hasta el punto de que la sustituyó, solo fue posible una vez que Espartero estaba en la cumbre de la gloria militar, victorioso en Luchana o Portugalete, en Oñate...
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(1) "El general Espartero durante la 'década ominosa' y su colaboración con la política represiva de Fernando VII".
(2) Al norte de la provincia de Alicante.
(3) "Espartero. Historia de su vida militar y política...", Madrid, 1947.

sábado, 12 de octubre de 2013

Españoles refugiados en Alemania del este


Hartmut Heine es un historiador al que debemos algunos trabajos sobre el exilio español tras la guerra civil de 1936. Alemania del este fue uno de los destinos de españoles, sobre todo comunistas, aunque no en número tan grande como en Francia o México, por ejemplo. Este exilio comienza en 1950 aproximadamente, después de que los comunistras franceses fueran declarados fuera de la ley (consecuencia de la "guerra fría") y algunos españoles que estaban en Francia tuviesen que encontrar otros países de acogida.
Hay que tener en cuenta que Alemania del este no es un estado propiamente dicho hasta 1949, habiendo recibido entre tanto a millones de refugiados alemanes que fueron expulsados de los territorios anexionados por Polonia y la Unión Soviética. Las ciudades donde fueron a parar la mayor parte de estos españoles fueron Leipzig, Dresden y Chemnitz, además de la pequeña Teupitz, cerca de Berlín, donde los comunistas alemanes, dueños del país, organizaron cursillos para comunistas españoles allí enviados.

Algunos eran estudiantes, otros trabajadores manuales con o sin especialización y también hubo intelectuales. Alemania del este, tras la guerra mundial, se recuperó a base de una política económica centralizada y planificada, poniendo el acento, como en la mayoría de los países comunistas, en la industria. Sajonia fue la región más industrializada y precisamente en sus principales ciudades estaban los exiliados españoles. Cuando los años sesenta toquen a su fin, sin embargo, la economía española habrá despegado lo suficiente como para que ya no se observasen grandes diferencias entre uno y otro estado, aunque con el común denominador de que en ninguno había libertades políticas.

El Partido Comunista de España era el que daba el visto bueno para que los comunistas españoles fueran acogidos en Alemania del este -en particular- y según Hartmut Heine, el gallego Santiago Álvarez hizo de burócrata negando en ocasiones la ayuda que algunos comunistas solicitaron. A partir del año 1970, aproximadamente, el PCE indicó u ordenó a los exiliados en Alemania del este (supongo que también en otros países comunistas y no comunistas) que regresasen a España para colaborar a la implantación del partido aquí, lo que hicieron muchos. Otros, ya viejos, prefirieron esperar la muerte en Alemania y muchos regresaron para alentar la política que luego sería la seña de identidad del último comunismo español. No sin antes haber sufrido varias escisiones, de una de las cuales nació el efímero PCE VIII y IX congreso y el dirigido por Líster PCOE (1973).

jueves, 26 de septiembre de 2013

El campo de Gurs

Al sureste de la Bayona francesa, al norte de los Pirineos atlánticos, se encuentra Gurs, en Aquitania. Ahora es una pequeña población con unos pocos centenares de habitantes. Las montañas angulosas y los valles se dejan ver por estos parajes, con prados y vegetación arbórea, con cursos poco caudalosos de agua. 

En Gurs estuvo el campo de concentración mejor organizado del sur de Francia, en el límite mismo entre la Francia ocupada por los nazis y la gobernada por el mariscal Pétain, la "Francia libre". La mayor parte de los exiliados en Francia a partir de 1940 fueron obligados por las autoridades francesas de Vichy a ingresar en campos de concentración como el de Gurs, según han podido estudiar Encarna Nicolás y Carmen González (1). Estos exiliados escapaban de la represión franquista y se encontraron con la represión al firmar Francia un armisticio con la Alemania nazi, lo cual permitió la existencia de una zona "libre".

Las mismas autoras señalan que las organizaciones francesas que habían apoyado a la II República española fueron la Liga Francesa para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, los Comités de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, Socorro Popular de Francia (Socorro Rojo antes de 1935), los partidos Radical, Radical-Socialista, el Socialista (SFIO), el Comunista, la Asociación de Antiguos Combatientes Republicanos y la Confederación General del Trabajo. Pero todas estas organizaciones no pudieron, vencida Francia en 1940, hacer practicamente nada por los internados en los campos de concentración, incluído el de Gurs.

Gómez-Jordana, ministro de Asuntos Exteriores de Franco y acostumbrado ya desde el régimen de Primo de Rivera a apoyar dictaduras, había acordado en febrero de 1939, cuando la guerra civil española estaba ya inclinada en favor de los sublevados franquistas, que Francia reconocía al régimen de Franco a cambio de la neutralidad española ante la amenaza alemana, pues los nazis ya habían anexionado Austria a Alemania y en Europa se vivian momentos de gran tensión. Desde abril de 1938 los socialistas estaban fueran del gobierno francés y ahora lo presidía el radical-socialista Daladier, el cual persiguió, ante todo, que la España de Farnco no permitiese el establecimiento de bases militares alemanas en España. Franco, por su parte, pretendía que a los exiliados españoles en el sur de Francia se les dificultasen al máximo las cosas para no pudiesen entrar en España en forma de guerrillas organizadas.

Otro de los objetivos de Franco es que el gobierno francés hiciese todo lo posible para que SERE y JARE devolviesen los fondos que administraban en favor de los exiliados españoles, tanto en Francia como en México y otros países. El Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles fue una organización controlada sobre todo por socialistas para atender a las necesidades de dichos refugiados tras la guerra civil. Por su parte la Junta de Auxilio a los Republicanos Españones había sido creada, ya en el exilio, por las Cortes Españolas con el mismo fin.

Pero los que fueron internados en los campos de concentración, particularmente el de Gurs, escaparon a las posibilidades de ayuda de aquelas organizaciones. Encarna Nicolás y Carmen González han consultado la Caja 10258 del Archivo General de la Administración (Asuntos Exteriores) donde consta la respuesta del cónsul de Pau a una circular de la embajada española en la Francia de Vichy: Por lo que respecta -dice el cónsul- al campo de concentración de Gurs, único de importancia situado en el territorio de mi demarcación y actualmente casi por completo evacuado [abril de 1940] , las denuncias señaladas son, en su mayoría infundadas. El jefe de dicho campo, comandante Davergne, ha dispensado, dentro de la indeclinable rigidez disciplinaria, trato siempre atento, bondadoso y hasta paternal a la población española confinada en el mismo... Desde luego, parece ser que la alimentación es más bien escasa y poco escogida...

Por su parte la embajada española hizo poner en todos los campos un cartel en el que se "invitaba" a los refugiados a volver a España porque, según el embajador Lequerica, que solía negar la evidencia, "no había represión en España". En el año 1939, según J. Rubio, a quien citan las autoras mencionadas, el volumen total de repatriaciones fue muy importante en el año 1939, aproximadamente las dos terceras partes del total de exiliados en Francia. En el mes de diciembre, según datos del Ministerio del Interior francés, permanecían en el país "sólo" 140.000 exiliados, la mayoría excombatientes" que, obviamente, no tenían ningún interés en regresar a España. El vicecónsul en Mauleón, que inspeccionaba dirariamente el campo de Gurs, estaba convencido del miedo de los refugiados a las sanciones en España.

Por su parte el Gobierno de Daladier estableció desde abril de 1939 las Compañías de Trabajadores Españoles, por las que estos debían contribuir a la economía francesa. Los trabajadores recibían solo 0,50 céntimos de franco al día; más de la mitad de los refugiados que no volvieron a España se incorporaron a estas Compañías de trabajo, dedicados sobre todo a la agricultura y a trabajos relacionados con la defensa nacional francesa. Tras la movilización bélica cuando Francia fue invadida por Alemania, se recurrió a esta mano de obra española, que según J. Rubio fueron unos 70.000. Ahora ya no interesó a Francia la repatriación, sino la formación de estas Compañías que desaparecerían con el armisticio de 1940.

Las autoras a quienes sigo para este artículo han recogido informaciones orales de exiliados españoles, como es el caso de Francisco Guzmán: luego empezaron a venir las empresas, a buscar mano de obra... habían puesto altavoces en todos los campos y decían 'la empresa tal que tiene trabajo en las minas de tal sitio, busca obreros para tal provincia, tal departamento francés...'. Yo me presenté una vez pero dije 'ya no me presento más'... entonces, te hacían levantar las mangas de camisa, te palpaban... y tenías que abrir la boca, como los caballos para saber la edad cuando los venden... Avilés Farre, por su parte, señala que en 1940, el ministro de Trabajo francés comunicó a Lequerica (embajador español) que existían 150.000 españoles empleados en las fábricas y en la agricultura. Por su parte, Lequerica era partidario -dada su germanofilia- de enviar "un buen número de ellos a Alemania, donde el contraste con el trato que les daba Francia contribuiría a su regeneración". Así se haría.
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(1) "Españoles en los Bajos Pirineos...", Universidad de Murcia.

lunes, 9 de septiembre de 2013

El otro holocausto

Yezhov y Stalin
Según la Real Academia Española de la Lengua holocausto es una gran matanza de seres humanos. Siendo esto así también se dio en la Unión Soviética un holocausto durante los años treinta del siglo pasado. Autores como Oleg V. Naumon señalan que la poblacion encarcelada en la Unión Soviética, al dar comienzo el año 1939, era de más de dos millones de personas, la mayoría por causas políticas. Según ha investigado Hermida Revillas, que ha consultado los archivos del Comisariado Popular de Asuntos Interiores (NKVD), los fusilados entre 1937 y 1938 fueron 681.692 y si se tiene en cuenta el período 1930-1953 la cifra es de 786.098 personas, por lo tanto el bienio 37-38 fue terrible. Si al más de un cuarto de millón de fusilados que he citado, se suman los muertos en los campos de trabajo llegaríamos a 1,5 millones de asesinados. El mismo autor, citando a Viktor Zemskov, señala que la cifra podría haber alcanzado los 2,5 millones de asesinados. 

Las purgas de Stalin afectaron sobre todo a bolcheviques, incluso a muchos de los que habían participado en la revolución de 1917, a estrechos colaboradores suyos, a personas que, habiendo cumplido una misión criminal, luego fueron víctimas de sus sucesores al frente de los cargos que aquellos habían tenido, como es el caso de Yezhov, al frente de la NKVD que, al ser sustituido por Beria, fue mandado ejecuttar por este. Además de bolcheviques fueron asesinados refugiados comunistas procedentes de otros países, finlandeses, kulaks o campesinos ricos, militares, mediante juicios farsa que luego se ha podido demostrar constituyeron arbitrariedades de la más variada crueldad. Stalin llegó a entregar a la Gestapo alemana a refugiados de los que no se fiaba.

Algunas personas que consiguieron sobrevivir, como es el caso de Margarette Buber-Neuman, estuvieron en el gulag soviético y en campos de concentración nazis. La esposa de Bujarin, asesinado también, fue internada en un campo de trabajo y luego pudo escribir unas memorias reveladoras, igual que las de la citada Margarette. Y es que los familiares de los asesinados no se libraron de las vigilancias, persecuciones, ejecuciones... Así pudo mantenerse Stalin en el poder hasta su muerte en 1953, pero este holocausto no fue reconocido en Rusia sino en la década de 1990 pasada, e incluso muchos intelectuales de izquierda occidentales no lo reconocieron por diversas razones; otros sí y dirigentes comunistas europeos, por lo que comenzó un lento apartamiento de Moscú en la época de Kruschev.

Premonitorio fue Lenin, que tampoco se quedó corto en crímenes, cuando en su "Carta al Congreso" señaló: Stalin es demasiado brutal, y este defecto plenamente soportable en las relaciones entre nosotros, comunistas, se hace intolerable en la función de secretario general. Por lo que propongo a los camaradas que reflexionen sobre la manera de desplazar a Stalin de este puesto y de nombrar en su lugar a un hombre que, en todos los aspectos, se distinga del camarada Stalin por su superioridad, es decir, que sea más paciente, más leal, más educado y más atento con los camaradas, menos caprichoso... 

Si a las víctimas de las dos guerras mundiales, que se cuentan por millones, les sumamos las de la guerra civil rusa de 1918 y contra Polonia, además del holocausto stalinista, los pueblos de la Unión Soviética han sufrido más que cualesquiera otros.

sábado, 24 de agosto de 2013

Kantorowicz y las dos Alemanias

Alfred Kantarowicz
El Campo de luz es un barrio de Berlín donde abundan las casas de estilo romántico, al suroeste de la ciudad. Allí se encuentra la Escuela Lilienthal, donde estudió cuando joven Alfred Kantarowicz. 

Cuando terminó la segunda guerra mundial se instaló en la Alemania del Este, pues todavía mantenía vivos los ideales comunistas, pero antes, cuando Hitler accedió al poder no se dirigió a la Unión Soviética, sino a París, y más tarde a Nueva York, porque en la Unión Soviética no habría podido reivindicar a todos los escritores alemanes cuyos libros habían sido quemados por los nazis. Durante la guerra civil española de 1936 se unió a las Brigadas Internacionales.

Kantorowicz es un ejemplo -no el único- de la contradicción entre las dos Alemanias en que quedó dividido el antiguo Reich desde 1945. Como las "dos Españas" que nacieron intelectualmente durante la guerra de 1808, Kantprowicz sintió también las "dos Alemanias" en las que vivió, pues cuando una obra suya fue mutilada por las autoridades comunistas del este pasó a Alemania del oeste, donde no sería bien recibido en los círculos oficiales. Pasaría bastante tiempo hasta su reconocimiento. Es precisamente en Alemania (en una y en la otra) donde más atención se preste al estudio de la guerra civil española que Kantorowicz vivió, según J. A. Ennis. En la del este mitificando el internacionalismo inherente a los ideales comunistas; en la del oeste en la medida en que durante los gobiernos de la democracia cristiana, las relaciones con el régimen del general Franco fueron buenas. Las dos Alemanias se encontraban con las dos Españas.

Según Bernecker, a quien cita Ennis, "si se contempla el número de actividades más o menos oficiales u oficiosas llama la atención que en el extranjero, por ejemplo, en la República Federal de Alemania, hubiera probablemente más actos relacionados con la guerra civil [española] que en la misma España. En las dos Alemanias, igual que en España, después de sus respectivas guerras -la segunda mundial y la de 1936- hubo un tiempo de silencio, de "querer olvidar", tanto oficialmente como entre la población en general (obviamente con excepciones). Tuvieron que ser activistas e intelectuales como Kantorowicz los que recordasen a los alemanes -sobre todo en el oeste, que es donde se podía- que había toda una historia del teror nazi que los juicios de Nüremberg y otros no habían sacado a la luz. Hubo minorías que se dedicaron a investigar sobre nazis que habían quedado impunes y que vivían en la propia Alemania del oeste o en otros países, particularmente en Argentina.

En España incluso durante la transición política iniciada tras la muerte del general Franco hubo un "olvido" más o menos implícito hasta que una nueva generación ha querido saber, han proliferado los libros e investigaciones sobre la guerra y los crímenes del franquismo, se han empezado a exhumar fosas donde yacen, sobre todo, víctimas de Franco y se ha seguido la valoración de Kunisch sobre sobre la obra "Los girasoles ciegos", de Alberto Méndez: "Abre heridas profundamente cicatrizadas, para poder mirarlas de una vez por todas". Kantorowicz sabe bien de abrir heridas para conocer lo ocurrido y el por que, para hacer justicia a la verdad, en una y en la otra Alemania.

viernes, 26 de abril de 2013

Las víctimas del agente E. 8.005

Julián Zugazagoitia, a la derecha, junto a F. de los Ríos
En medio de un apretado caserío se encuentra hoy la prisión de La Santé, en París. Tiene la misma forma que otras en distintos países, con varios cuerpos que convergen en uno central, de planta circular. Construida sobre el solar de un antiguo convento y una casa de salud aún anterior, cuando Francia fue ocupada por el ejército nazi fueron encarcelados aquí exiliados españoles que habían elegido Francia para huir de la represión franquista, entre ellos el que había sido presidente de la Generalitat de Cataluña, Lluis Companys. De allí le le sacó el agente E. 8.005 de acuerdo con las autoridades alemanas para entregarlo en Irún a las autoridades franquistas. Poco después y sin garantías jurídicas, Companys fue fusilado sin piedad alguna. No había cometido crimen alguno. 

Otros destacados españoles que se refugiaron en Francia tras la guerra en 1939, sin saber que dicho país iba a ser ocupado por el ejército alemán, fueron el socialista Julián Zugazagoitia, Mariano Ansó, Juan Morata, Josep Tarradellas y Manuel Portela Valladares. No fueron los únicos aunque la notoriedad de otros fuese menor. Zugazagoitia fue detenido en París por el agente franquista E. 8.005, que había sido policía en España durante la II República y luego sirvió con toda la saña al régimen de Franco. Tampoco Zugazagoitia había cometido crimen alguno, pero sería fusilado en España en cuanto fue entregado por el agente E...

Portela Valladares, hombre templado donde los haya, fue apresado también en Francia con la colaboración del agente español, pero la solicitud de los franquistas de que fuese extraditado a España no fue atendida. Vivía exiliado en Bandol, pequeña localidad provenzal cercana a Marsella.

Este afán por perseguir y  apresar exiliados, fusilarlos sin garantías y sin que consten crímenes en su contra, ha sido una constante durante el primer franquismo, pero también con posterioridad, aunque con menos éxito. Al fin y al cabo las potencias fascistas habían sido vencidas de forma definitiva en 1945 y Franco tuvo que contentarse con el aislamiento a que fue sometido su régimen por algunos años. Los españoles seguirían aislados mucho más tiempo.

¿Quien fue el agente E. 8.005? Su identidad corresponde, como se supo pronto, a Pedro Urraca Rendueles, muerto en 1989, ya anciano, pero oculto a la opinión pública, secretos sus papeles para los investigadores y protegido por el régimen de Franco y luego por la legislación que obliga a no abrir los archivos para su estudio hasta transcurridos venticinco años desde el fallecimiento del potencial investigado. Este plazo está a punto de cumplirse, pero mientras tanto solo mediante la documentación existente en Francia, ha sido posible saber sobre sus correrías y vilezas. 

Las autoridades franquistas no se contentaron con llenar de cadáveres las cunetas (los republicanos exaltados también lo hicieron pero no las autoridades de la II República). Los criminales que ganaron la guerra civil en 1939 establecieron un sistema de persecución de exiliados, ya durante la guerra pero más todavía una vez acabada esta y cuando la amistad con Hitler y Mussolini brindaba ahondar más en el crimen y la persecución. El agente E. 8.005 fue condenado a muerte en Francia en 1948 pero consiguió huir a España y aquí fue tratado, al parecer, a cuerpo de rey, hasta el punto de que trabajó en la embajada de España en París cuando las relaciones entre España y Francia fueron normalizadas. Además, en el país vecino había sido amnistiado en 1953. 

Hoy se sabe que las ciudades de Toulouse, Perpiñán y Marsella fueron centros desde donde se dirigió la persecución y apresamiento de exiliados españoles a partir de 1939. El agente E. 8.005, mientras vivió en París, se quedó con un piso de una familia judía apresada por los nazis: sin escrúpulos, acostumbrado como estaba a la delación, a la persecución, a la colaboración con el crimen. Uno de los objetivos de la red en la que participó Urraca Rendueles fue evitar que los exiliados españoles en Francia pudiesen pasar a México, donde las autoridades eran contrarias al régimen de Franco y no extraditaron nunca a ningún español por razones políticas. 

El historiador Josep Benet ha estudiado, hasta donde ha podido, las "peripecias" de este siniestro personaje y en algún lugar leí que una tesis doctoral está inédita pero preparada para salir a la luz sobre la represión de los exiliados españoles en Francia (su autor es Guixé Corominas). Las características de la transición española a la democracia durante los últimos años setenta y ochenta del pasado siglo, entre las que está la vigilancia de viejos militares que habían participado en la guerra civil, ha hecho que las autoridades españolas no hayan puesto el interés que merece el que se descubran los crímenes cometidos en aquella época, tan negra y feroz como Pedro Urraca Rendueles, el agente E. 8.005.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Los castillos de Montgrand y de la Reynarde

Castillo de la Reynarde

Los exiliados españoles que pudieron organizarse en torno a los partidos políticos y sindicatos, tras la guerra civil a partir de 1939, pudieron adquirir, con los recursos del buque "Vita", dos castillos en el sur de Francia, cerca de Marsella, el de Montgrand y el de la Reynarde. Allí se acogió a muchos españoles. 

Los exiliados españoles vivieron divididos en Francia y México principalmente, antes de que se iniciase la segunda guerra mundial y la mayor parte de Francia quedase ocupada por las autoridades nazis. Luego también cuando la Francia de Vichy fue ocupada, de la que formaba parte la región de Marsella. 

Por lo que respecta a los socialistas, verdadera columna vertebral en torno a la que se adhirieron los exiliados (excepto los que no pudieron hacerlo) existieron fuertes diferencias entre los partidarios del que había sido Presidente del Gobierno durante la mayor parte de la guerra, Juan Negrín, y quien había sido su ministro de Defensa hasta que esta competencia la asumió Negrín, Indaleio Prieto. Este último dirigió la organización de la ayuda a los exiliados desde México, gozando del apoyo del gobierno de dicho país, mientras que Negrín lo hizo desde Francia hasta que no le fue posible por la ocupación alemana.

¿De donde salieron los recursos para que los exiliados españoles pudiesen sobrevivir? La Caja de Reparaciones fue creada por el Gobierno de Largo Caballero poco después de comenzar la guerra civil, con el objeto de que se depositasen los bienes incautados de todas aquellas personas que apoyaron el levantamiento militar: no fueron pocas las joyas y objetos que constituyeron aquella Caja, que luego serían el preciado cargamento del "Vita", una embarcación propiedad de un miembro del Partido Nacionalista Vasco que puso al servicio de la República. 

En 1939 el Presidente Negrín mandó fletarlo para trasladar el tesoro incautado. Desde el puerto francés de El Havre el "Vita" navegó hasta Barcelona antes de que esta ciudad cayese en manos de las autoridades militares sublvedadas. El buque y su cargamento estaban ya en Veracruz (México) a finales de marzo, unos días antes de que el general Franco redactase y diese a conocer su famoso parte final de guerra. El Servicio de Evacuación de los Republicanos Españoles perdió entonces el control sobre los recursos del "Vita", pasando estos a ser administrados por la Junta de Auxilio de los Republicanos Españoles, dirigida por Prieto en México.

El "Vita" transportó depósitos del Banco de España, los fondos de la Caja de Reparaciones, depósitos de varios Montes de Piedad, objetos de culto religioso, depósitos de la Generalitad de Cataluña y de varios bancos, objetos incautados en Alicante en los últimos meses de la guerra, piezas y lingotes de oro y otros materiales. La Junta de Auxilio de los Republicanos Españoles dispuso de 38.837.615,38 millones de pesos mexicanos según la Comisión Administradora de los Fondos de Auxilio a los Refugiados Españoles, creada más tarde en México y ya con la participación del Gobierno mexicano (1). Así fue posible adquirir los castillos de Montgrand y de la Reynarde, pues "cada mes erean enviados a Francia siete millones de francos con los que hacer frente a las necesidades más perentorias de los refugiados" (2).

Pero el comienzo de la segunda guerra mundial y la ocupación francesa por parte de la Alemania nazi harían cambiar las cosas, comenzando entonces la huída hacia México, Santo Domingo y otras partes. Entre los personajes notables que fueron ayudados por la Junta de Auxilio están el que fuera Presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, el general Miaja, las viudas de Cruz Salido (asesinado por las autoridades franquistas en 1940) y de Manuel Azaña, Álvaro de Albornoz, la viuda de Julián Zugazagoitia, el cual corrió la misma suerte que Cruz Salido y otros. Varios miles de españoles pudieron ser auxiliados así durante su exilio que, para muchos, sería la última experiencia de su vida.

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(1) José Carlos Gibaja Velázquez, "Indalecio Prieto y el socialismo español (1935-1950)", 2002.
(2) Idem nota anterior.