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domingo, 7 de mayo de 2023

Apropiarse de las Californias

 

                                                           Ilustración de News & Events

La ambición sobre las Californias (en realidad no se hacía distinción como en la actualidad) se remonta a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, particularmente por algunos comerciantes norteamerianos, uno de ellos William Shaler[i], que a base de hacer negocios llegó a ser diplomático al servicio de los Estados Unidos. Junto con un socio se dedicó a hacer negocios entre China y América, aunque gozó relativamente pronto del favor oficial. Los orígenes de Shaler, sin embargo, fueron humildes, quedándose huérfano con sus heramnos muy pronto, y a la edad de catorce años se empleó en una empresa comercial de Nueva York.

La independencia de las trece colonias británicas de Noteamérica, a finales del siglo XVIII, puso al nuevo estado ante la situación de expandirse en dirección oeste, toda vez que el Atlántico era un mar dominado por británicos y franceses fundamentalmente, sobre todo cuando España perdió la mayor parte de sus posesiones en América y sufrió la derrota de Trafalgar (1805). Los intentos de salida al Pacífico, por lo tanto, fueron idea de pocos, pero muy tenaces comerciantes.

Una publicación de 1808 dedicada a comerciantes estadounidenses, que se encuentra en la Biblioteca del Congreso, da información sobre los puertos del Pacífico, los del Atlántico y los de Asia, particularmente los chinos. A esto se une el Diario de William Shaler sobre sus viajes en 1803 y 1804, más detallado este último, donde expone las condiciones de los puertos, las bahías, las posibilidades de apropiarse de ellos, las operaciones militares que debían llevarse a cabo, las utilidades económicas, etc. Existía entre unos pocos el convencimiento de que Nueva España no podría hacer frente a un intento de expansión de Estados Unidos en el Pacífico, particularmente en las Californias[ii].

Shaler publicó, pues, su “Diario de un viaje entre China y la costa noroeste de América”, hoy traducido por Guadalupe Jiménez Codinach (1992), y allí se habla del bombardeó que sufrió San Diego[iii] (puerto de Nueva España) sin que los atacantes pudiesen hacerse dueños de él. Shaler había sido combatiente en la guerra contra Gran Bretaña y simpatizante con las ideas de la Revolución Francesa, pero probablemente más por lo que tuvo de defensa de la economía libre. Tradujo también una “Historia de Nuevo Flandes”[iv] (Chile), obra original de un jesuita.

Shaler comerció en Perú, Guatemala, en las islas Sandwich[v] (en realidad Hawái) y en China, viajando desde la costa Este de Estados Unidos por el estrecho de Magallanes y Chile. Aquí pretendió hacer prosélitos para su causa, que se independizase Chile de la monarquía española para poder comercial sin impedimento alguno. Junto con los contactos económicos se dedicó a regalar ejemplares de la Constitución de Estados Unidos, pero sin éxito (corrían los años 1802-1803). Igualmente está documentado que hizo en San Blas (Nueva España), en la costa oeste de México con el mismo resultado.

En 1804 hizo su segundo viaje a la América española, queriendo dar satisfacción al interés que mostraban las cortes rusa y china por las pieles de nutria, que precisamente abundaban en las Californias (no se olvide que bajo soberanía española por medio de su virreinato de Nueva España). Las nutrias eran capturadas y sacrificadas a palos, pues no se les podía disparar para no estropear las pieles, objeto de un muy lucrativo comercio. Otros países interesados en ello fueron Estados Unidos y Gran Bretaña, para lo que Shaler se puso en contacto con los establecimientos rusos en Alaska, llegó a un acuerdo con los de dicha nacionalidad y emplearon a esquimales para la captura de nutrias. La venta en el puerto de Cantón era la más lucrativa.

Pero Shaler tenía una idea fija: Estados Unidos debía apoderarse de las Californias, sobre todo por dos importantes puertos con los que contaba: San Diego y San Francisco. Hizo una detallada explicación de la Columbia británica (Canadá), los actuales estados de Washington y Alta California (EEUU) desde Bodega Bay[vi] hasta San Diego, así como sobre las misiones franciscanas que jalonaban estas últimas regiones, mostrando un desprecio no disimulado por la labor de los clérigos.

El próspero comerciante y luego diplomático, cuyos orígenes fueron tan humildes, y que no tuvo escrúpulos en casi acabar con las nutrias californianas, llegó a ser elegido miembro de la Sociedad Filosófica Americana, y más tarde fue nombrado maestro honorario de la Universidad de Princeton… Cuando falleció Shaler en 1833, faltaban trece años para que se desencadenase una guerra entre Estados Unidos y el México independiente, y entonces sí, este país perdió la mitad de su territorio en favor del primero, incluyendo la Alta California.


[i] Naciáo en 1773 y murió en Cuba en 1833.

[ii] Hoy se habla de Alta California para referirse a la de soberanía estadounidense y de Baja California de soberanía mexicana.

[iii] La misión franciscana que daría origen a la ciudad fue fundada por Fray Junípero Serra y doce familias de Loreto (en la actual Baja California) en 1769.

[iv] En relación a la oposición que ofrecieron los indígenas de la mitad sur del actual Chile a la dominación española, comparable a la del Flandes europeo.

[v] Así denominadas por el inglés James Cook.

[vi] En el noroeste de la Alta California.

viernes, 28 de abril de 2023

Especias, negocio y falsedad

 

Tus renuevos son paraíso de granados, / con frutos suaves. / De flores de alheña y nardos; / Nardo y azafrán, caña aromática y canela, / Con todos los árboles de incienso; / mirra y aloes, con todas las especias aromáticas. Así se puede leer en el “Cantar de los Cantares” (4,14), describiendo las excelencias de la mujer amada.

Las especias, conocidas desde la antigüedad pero puestas muy en valor durante la Baja Edad Media y la Edad Moderna de occidente, eran aromatizantes, conservantes, servían para fabricar cosméticos y fármacos. En todo caso terminaron por ser símbolo de riqueza y poder como el oro.

Se debe a Klaus Wagensonner la transcripción de trablillas de Mesopotamia, particularmente cuatro de una antigüedad aproximada del siglo XVIII a. C. que se encuentran en la Yale Babylonian Collection. En dichas tablillas ya se citan el comino, el sésamo y el hinojo. Muy posteriormente barcos fenicios distribuyeron estas y otras especias por el Mediterráneo, y Alejandro Magno tiene noticia de ellas en la India durante su extraordinaria expedición guerrera.

Tiro y Alejandría, en el Mediterráneo, se convirtieron en centros distribuidores de especias, y posteriormente Roma mantuvo un comercio con Asia a través de la ruta de la seda, comercializándose la canela, el clavo, el jenjibre y la nuez moscada, etre otras. Una ruta marítima entre Roma y la India se estableció desde el siglo I de nuestra era, llegando a Alejandría productos desde oriente.

Con la división del Imperio Romano a finales del siglo IV, Constantinopla se convirtió en un centro privilegiado que comunicaba, a estos efectos, oriente con occidente, y unos siglos más tarde, con la expansión islámica, se establecieron pasos clave en las rutas terrestres. Los árabes controlaron el Índico y el sur del Mediterráneo antes de que los mogoles[i] debilitasen su monopolio. Cogieron el relevo Venecia y Génova, que habían sido ciudades beneficiadas por las cruzadas siglos atrás; particularmente la familia Polo, en Venecia, venía explotando el comercio con oriente desde el siglo XIII[ii].

Lo que está claro es que la India fue el espacio intermediario entre las islas Molucas y occidente. Mientras Génova perdió sus factorías en el mar Negro por la acción de los otomanos en el siglo XV, Venecia siguió llegando a acuerdos con ellos para prolongar algo más su poderío económico, pero aceptando la superioridad turca. Surgieron entonces ciudades como Marsella y Barcelona, donde sus grupos dirigentes se esforzaron en encontrar una solución para seguir manteniendo el comercio con Asia.

Mientras Venecia se alió con Portugal para financiar los viajes de circunnavegación de África, Génova lo hizo con Castilla para los viajes ultramarinos de Colón. El objetivo era controlar el comercio de las especias –entre otros- una vez que por los portugueses se supo de las islas Molucas y el binomio oro-especias se impuso. En 1493 Colón dejó escrito que había visto en las Indias la planta que allí llamaban ají, que nada tenía que ver con la pimienta negra de oriente. En 1497 Vasco de Gama llegó a la India en busca de las especias cuyo comercio habían interrumpido los otomanos, y en 1510 estableció en Goa la capital con dicho fin.

                                                        Ilustración de "La Voz de Galicia"

En 1513 los portugueses llegaron a establecer relaciones comerciales con Java, mientras que nobles gallegos, entre los que destaca Fernando de Andrade das Mariñas, influyeron para que se estableciese en A Coruña (aunque efímeramente) una Casa de la Especiería. En 1529, mediante el Tratado de Zaragoza, el rey Carlos vendió a Portugal las islas de las Molucas, en lo que hizo un buen negocio, pues posteriormente dichas islas serían explotadas también por comerciantes españoles.

Los portugueses establecieron alianzas con poblaciones del sur de la India, y sus carracas surcaban los mares para hacer de Lisboa el único centro de importanción de las especias durante algún tiempo. Luego cobró importancia Amberes, antes de que Hamburgo contribuyese a arruinar a no pocos comerciantes holandeses. De esta nacionalidad fueron los que establecieron una ruta con Java entre los siglos XVI y XVII para el cargamento de especias, origen del imperio comercial holandés, para lo que jugó un papel clave la Compañía de las Indias Orientales, de titularidad privada pero que actuaba como un estado acuñando moneda, con 50.000 empleados a su servicio, cientos de naves y un ejército propio.

Se creó entonces la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, y otra con el mismo nombre en Dinamarca, fundadas en 1600 y 1616 respectivamente. La competencia fue entonces la norma, sobre todo entre las compañías inglesa y holandesa, hasta 1620, en que se llegó a un acuerdo de cooperación antes de volver a los enfrentamientos. A estas empresas se unió, en la segunda mitad del siglo XVII, el comerciante de esclavos británico Elihu Yale[iii], que vio una oportunidad de negocio en las especias junto con otros, estableciéndose así en Massachusetts un floreciente comercio.

Pero para esa época se vio la necesidad de diversificar el comercio dando entrada al té, el café, el azúcar y otros productos, además de que se habían producido cambios en los gustos de la demanda europea. La corrupción en la Compañía holandesa, entre tanto, le había hecho perder importancia en las rutas abiertas con tanto esfuerzo. Durante el siglo XVIII, como consecuencia de las ideas ilustradas que se abrían paso, se vio la posibilidad de cultivar en Europa, mediante invernaderos, las plantas de las que se obtenían las especias orientales, y al dar comienzo el siglo XIX Claudio Boutelou[iv] publicó una serie de obras sobre injertos, los cultivos de huerta, descripción de especias y sus propiedades.

Como se ha dicho (el uso de especias orientales dio la frase “lujo asiático”), fue signo de distinción y poder, por lo que dichas especias solo las consumían las familias pudientes. El resto de la población se valió de especias locales como la salvia, el romero, el hinojo, el perejil, el espliego, el filantro, etc. Algunas tenían la propiedad de conservar los alimentos, pero en Europa se había extendido la costumbre del secado (embutidos), la salazón (pescados), escabeches con vinagre, conservación en aceite y vino, elaboración de salsas para dar mejor sabor a los alimentos, etc. Son de destacar las bebidas reconfortantes elaboradas por los monjes de Poblet que luego siguieron otros cenobios, y en algunas regiones de España se elaboró un aguamiel especiado que se guardaba en cuevas para garantizar su frescor.

Desde el punto de vista terapéutico se impusieron el empirismo y la credulidad de las gentes; mito y magia estuvieron presentes en las cualidades medicinales y curativas de las especias y plantas. Los venecianos “inventaron” un polifármaco en el que el rito tenía más importancia que el producto obtenido. Cervantes nos ha legado su “bálsamo de Fierabrás” como panacea para todos los males de su protagonista quijotesco. La botánica, en el siglo XVI, estuvo en medio del oscurantismo, del que se hace eco Andrés Laguna en 1555 con el escepticismo que le caracteriza: las descripciones terapéuticas adolecían del desconocimiento de las plantas pretendidamente medicinales por sus recomendadores, así como los preparados.

El pimentero es una planta trepadora a la que se dieron facultades que no tiene. El amomo o cardamomo sería el combinado de varias especias aromáticas, pero en realidad es una herbácea perenne y aromática de cierta longitud en altura. El jenjibre tiene un sabor picante y se decía de él que servía como afrodisíaco, lo que no se corresponde con la realidad. Cristóbal Acosta, que a mediados del siglo XVI estuvo como soldado en la India, conoció al naturalista portugués García de Orta, y llegó a publicar un “Tratado de las drogas y medicinas de las Indias orientales”, donde dice que la canela (que tenía un alto coste) combatía los dolores de estómago y muchos males más, igual que la pimienta negra, pero denuncia las descripciones “mágicas” que se hacían en su época.

Del clavo dice que combate los males del hígado, y contra otras enfermedades era buena la nuez moscada. Las plantas que producen las especias, incluso en el siglo XVII, fueron desconocidas en Europa, y de estas nunca fueron descubiertas sus propiedades terapéuticas. Con el impulso de la ciencia en el siglo XVIII las plantas vivas cruzaron el océano a bordo de los buques para su estudio, misión especial de las expediciones de la época. En su “Dorotea”, Lope de Vega hace decir a uno de sus personajes cuando trata de describir la casa de la mujer a la que pretende:

¿Qué humo es este? ¡Qué gentil pastillas! ¿Esto es vuestra casa, señora Dorotea, donde dice mi amo que se retrató el paraíso, los olores de la India oriental, donde nacen el clavo y la canela y espira más fino el ámbar que en los mares de la Florida?[v]


[i] Constituyeron un imperio en la India entre los siglos XVI y XIX.

[ii] Se ha puesto en duda el testimonio de Marco Polo en su obra “Il Milione”, cuyo autor sería alguien a su servicio, Rustichello de Pisa, pero sometida a crítica, es posible sacar algunas conclusiones.

[iii] Benefactor de la Universidad de Yale, que por eso se llama así, en Connecticut.

[iv] De origen francés, desarrolló su labor científica en España.

[v] El presente resumen se basa en un trabajo de Don Antonio González Bueno.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Negocios por mar

 

                                             antiguedadestecnicas.com/productos/C-027.php

En la segunda mitad del siglo XVII los puertos cantábricos reciben pescado salado, bacalao y salmón en salmuera que vienen de Inglaterra e Irlanda. Según ha estudiado Cueto-Felgueroso, desde los puertos asturianos se reenviaban parte de esas mercancías a Medina de Rioseco y León. La primera de las citadas había vivido su momento de máximo esplendor económico en el siglo XVI, pero no solo como herencia de sus ferias medievales, sino por los capitales repatriados desde América de sus naturales.

La sal era importada de las salinas francesas de La Rochelle para los alfolís de Castropol, Luarca, Avilés, Gijón y Llanes. El tabaco se compraba en Bilbao, en polvo o importado en hojas del Brasil para abastecer el estanco del tabaco del Principado. Después de la guerra con Portugal (1668) los mercaderes ingleses exportaron a Gijón tabaco del Brasil y de Virginia.

Las “mercancías lícitas” eran géneros textiles y todo tipo de manufacturas de uso doméstico; la mayor parte llegaba al Principado desde Bilbao mediante el transporte de cabotaje. Otro producto es el hierro, del que hay testimonios como el de la pinaza “La Concepción”, de un vecino de Avilés, que lo trae desde Bilbao haciendo escala en Santander, calderas de cobre, sempiterna y bayeta[i] de Inglaterra, hilos y cintas de Flandes, medias para hombre de Inglaterra, cordellate[ii] de Aragón, pelo de camello de Holanda y otros productos como grasa de arder (aceite de ballena) utilizada para el alumbrado.

Desde la Edad Media el comercio de la sal era común en todo el Cantábrico por su utilización en el tratamiento del pescado, siendo una de las regalías del rey. Asturias contó con alfolís para la sal en Castropol, Luarca, Avilés, Gijón y Llanes, siendo éste comercio el que reportó más beneficios. A pesar de la situación de guerra con Portugal hasta 1668 y con Francia durante casi toda la segunda mitad del siglo XVII, el comercio de la sal se mantuvo mediante permisos de importación, siendo la distribución monopolio de la Corona.

A finales de 1641 el Consejo de la Sal informó al Principado que se autorizaba a los arrendadores a traer de Francia hasta 50.000 fanegas de sal (3.500 toneladas) en cualquier barco de países amigos de la Corona, y en los de aquel reino siempre que no trajesen armas, con los permisos para el Reino de Galicia y Principado de Asturias, y solo por los puertos de Vigo, Pontevedra, Muros, Corcubión, Coruña, Betanzos, Viveiro, Ribadeo, Luarca, Avilés, Gijón y Villaviciosa. También llegaba vino desde Ribadavia.

En cuanto a los productos exportados por los puertos asturianos eran avellana verde y tostada (turrada), limones, naranjas y nueces (90% del total). Cueto-Felgueroso señala que la disminución de las cantidades exportadas no dependió de la coyuntura económica del Principado, sino de la evolución del tráfico internacional de mercancías de Castila con el norte de Europa, estrechamente ligado al devenir de la política. Pero no es éste el caso de las exportaciones de grano, importantes entre 1652 y 1656, que se corresponden con las hambrunas en Levante y Andalucía.

No obstante, el suministro a estas regiones se canalizó a través de San Sebastián junto al trigo importado del Báltico. La gran peste de mediados del siglo XVII (1647 a 1652) que asoló Levante y Andalucía provocó, según se ha calculado, que Sevilla perdiese el 25% de su población, a lo que se unieron las malas cosechas, la hambruna y la falta de recursos en las ciudades para la importación de trigo de Sicilia o del Báltico. Así, unos vecinos de Gijón aprovecharon para llevar a Sevilla avellanas, castañas, naranjas y otros frutos, pero como no disponían de los barcos apropiados recurrieron a Santander y Portugalete para poder cargar sus mercancías en Gijón y seguir viaje a Sevilla. Hay otro ejemplo de 12.000 fanegas de trigo (850 toneladas) para llevar a Sevilla desde Gijón, trigo que había sido cultivado en la villa de Fuentes de Ropel[iii], lo que pone de manifiesto que era más rápido el transporte por mar que por tierra, además de que existiesen comerciantes que se ofreciesen a ello. Otros centros de producción cerealera fueron las villas de Mayorga[iv], Villagonta[v] y Toral de los Guzmanes[vi].

En cuanto a la lucha contra el contrabando, a mediados del siglo XVII seguía la misma estrategia que cincuenta años antes (Cédula de 1604 contra los holandeses), pero desde 1648 (tratado de Münster)[vii], los holandeses eran aliados de los españoles, por lo que buena parte de la canela y otras especias traídas por aquellos eran consumidas en España.

Para la lucha contra el contrabando hubo veedores que tenían como misión inspeccionar la introducción de las mercancías al objeto de que se pagase por ellas el impuesto correspondiente. Existieron, no obstante, redes de contrabando, pues se trataba de burlar a la administración de los Estados, en éste caso la Monarquía española, dándose también un contrabando de cabotaje, consistente en no descargar las mercancías en un puerto importante, y sí en otro que estuviese menos vigilado por los agentes reales.


[i] La sempiterna es una planta herbácea y la bayeta un tejido.

[ii] Tejido basto de lana cuya trama forma un cordoncillo.

[iii] Nordeste de la actual provincia de Zamora.

[iv] Al norte de la actual provincia de Valladolid.

[v] Hoy despoblado en el municipio de Villaveza del Agua, al nordeste de la actual provincia de Zamora.

[vi] Al sureste de la actual provincia de León.

[vii] Se reconoció la independencia de las Provincias Unidas por la monarquía española.

viernes, 25 de diciembre de 2020

"... que la vida es muy amable"

 

                                                                 Cabo Blanco (Asturias)

Según los que han estudiado el fenómeno del corso[i], éste se extendió como instrumento de guerra económica en todo el siglo XVII, siendo su objetivo hacer el mayor daño posible al transporte marítimo enemigo. Para su práctica se requería una licencia, “la patente de corso”, otorgada por los diferentes gobiernos en cuyo nombre actuaban los corsarios y que constituía un elemento esencial para no correr la suerte de los piratas si eran capturados.

Se necesitaba un barco tipo fragata, armarlo con al menos ocho cañones de seis libras, contratar artilleros y un capitán con experiencia en el asunto. El número de tripulantes debía ser suficiente para manejar el propio barco y la presa, siendo todo esto tan caro, que su explotación requería de sociedades mercantiles constituidas a éste fin, con sus inversores, agentes en los puertos y representantes legales ante las autoridades. Las presas podían ser del enemigo o de neutrales e igualmente podían llevarse a puerto propio, aliado, o neutral, donde un tribunal, tras tomar declaración a los capitanes, decidía si la presa era válida. Si así era, el barco y la carga se vendían en subasta a bajo precio.

Del importe resultante se descontaba el quinto del rey y los gastos que procedieran. Del resto, dos tercios correspondían a los armadores del corso y el tercio restante se repartía entre capitán y tripulación de la forma que hubiesen acordado. Los tripulantes del corso “La Virgen del Rosario” (no había inconveniente en el nombre para robar) cuando se les pidió salir a la mar a por más presas replicaron: … hemos tenido hartas y buenas presas y cumplido bien nuestra obligación, y no queremos navegar más y no sea que los castigue Dios por demasiada codicia a los armadores y no queremos morir que la vida es muy amable”.

A comienzos de 1641, poco después de la rebelión de los Bragança en Portugal, el corregidor del Principado de Asturias recibió varias cartas-orden del rey de España con instrucciones sobre el comercio con Portugal: naba bueno para el estado luso.

El corso pretendía obtener beneficio económico con la venta de la presa, no de hundirla ni de intercambiar disparos de artillería que pudieran causar daños al barco. Era necesario abordar a las presas y esto era una operación muy difícil navegando a vela. La forma de hacerlo era sin o con muy poco viento, momento en que las naves de carga no tenían escapatoria posible ante una fragata ligera, incluso remando en las pinazas[ii] transportadas a bordo del corso.

Las zonas de presa dependían de quién fuera el enemigo. Tratándose de la segunda mitad del siglo XVII los corsarios vascos, gallegos y asturianos frecuentaban las costas de Portugal, la francesa del golfo de Vizcaya y el canal de la Mancha, áreas que compartían con los corsarios holandeses dedicados a la caza de mercantes ingleses o franceses.

El tribunal de justicia que declaraba la validez de una presa daba un tinte de legalidad al negocio y ponía de manifiesto que muchas veces no se respetaba su nacionalidad. Un capitán de guerra del Principado de Asturias recibió en 1648 una carta del rey en la que se notificaba que ... habiéndose presentado por parte de Octavio Centurión, marqués de Monasterio, uno de mis factores generales que están encargados de las provisiones para los ejércitos de mis estados de Flandes, que ha hecho embarcar para el cumplimiento de ellas una partida considerable de dinero. En [sic] navío que lo llevaba fue apresado en el canal de Inglaterra… por una de las fragatas que se dieron para mi servicio en Flandes al marqués de Virtin, presidente del Consejo de Irlanda y que ahora se ocupan y andan en corso. El rey ordenó que cuando llegase a algún puerto de España cualquiera de esas fragatas, se embargasen y detuvieran.

Se penaba con la muerte a los jefes y marinería de los barcos que echasen a pique la presa o que abandonasen a su tripulación en alguna isla. El motivo era impedir que no la declarasen, lo que se consideraba un fraude para la Hacienda y convertía a aquellos en piratas. Un tratamiento distinto recibían los esclavos, moros y moriscos, que se podían vender en subasta. Capitanes, pilotos y contramaestres no eran vendidos si se rendían sin pelea; en éste caso se entregaban al Capitán General de la zona para su intercambio por prisioneros españoles, pero los apresados que habían ofrecido resistencia eran ahorcados.

El número de embarcaciones dedicadas al corso en el Cantábrico durante el siglo XVII era de 473 entre Guipúzcoa y Vizcaya, 30 en las Cuatro Villas[iii], 37 en Asturias y 89 en Galicia. A punto estuvieron –dice Cueto-Felgueroso- de colapsar el comercio. Un capitán holandés[iv] llegó en cierta ocasión al puerto de Ribadesella con su presa de anís, tabaco en hoja, tabaco en polvo y azúcar. Como necesitaba dinero  para atender los gastos de la marinería, despachos y al Consejo del rey cierta documentación que encontró en la presa, pidió prestados 100 reales a otro, a quien encargó, además, que ejerciese como factor suyo: vender en Gijón 452 rollos y tres cajas de tabaco, nueve cajones, diez barricas y quince barriles de azúcar. De ahí debía deducir los 100 reales del préstamo.

En su obra “Los corsarios españoles durante la decadencia de los Austrias…”[v] se indica que los corsarios españoles tenían fundamentalmente tres áreas de actuación: corseaban en el golfo de Vizcaya, preferentemente frente a los puertos franceses de Nantes, La Rochelle y Burdeos, costa que por sus características era la zona de crucero preferente para los corsarios vascos. Los gallegos y asturianos lo hacían más al norte, en el Canal de la Mancha y en las costas de Irlanda, llegando a aguas holandesas. Por último había un cazadero común: las costas de Portugal, territorio abierto desde 1640 en el que los vascos usaban como base intermedia los puertos gallegos.

Esta zona suscitaba no pocas dificultades, pues arrojaba a los corsarios y sus presas, de resultas de los vientos dominantes, hacia la propia costa enemiga. El golfo de Vizcaya era la zona en la que se produjeron el 60% de las capturas (1621-1697), el cazadero de gallegos y asturianos supuso un 15% y el 25% restante se sacó de la costa portuguesa.

Razón tenía Domínguez Ortiz cuando dijo que el hombre del barroco podía pecar contra la moral (el corso no se consideraba inmoral pues tenía permiso del propio rey) pero nunca contra la fe, y la prueba son las alusiones a santos, vírgenes y al mismo Dios…



[i] Uno de ellos Luis Cueto-Felgueroso, “Asturias y el comercio con el norte de Europa (1650-1700)

[ii] Su nombre deriva de que estaban construidas con madera de pino.

[iii] Estaban hermanadas San Vicente de la Barquera, Santander, Castro Urdiales y Laredo.

[iv] Su barco se llamaba “Nuestra Señora de Begoña”.

[v] Enrique Otero Lama, a quien cita Cueto-Felgueroso en la obra que sirve de base a éste resumen.

martes, 24 de noviembre de 2020

Coleccionismo, expolio y pillaje

 

                     James Bruce, conde de Elgin (Fotografía de la Biblioteca y Archivos de Canadá)

Es sabido que Thomas Bruce, conde de Elgin, obtuvo en 1801 autorización de las autoridades turcas para trasladar los relieves del Partenon y de los templos de Egina y Bassae[i] que hoy se encuentran en el Museo Británico. Dice Ignacio Rodríguez Temiño[ii] que los expolios del conde provocaron críticas, entre otras la de Byron.

Rodríguez Temiño ha publicado un trabajo donde señala la conexión entre liberalismo, la falta de profesionalización de la Arqueología y el coleccionismo de antigüedades durante la segunda mitad del siglo XIX en España, a lo que contribuyó el subdesarrollo de la potestad del Estado y el auge del derecho a la propiedad privada.

La idea dominante entonces es que quien encontraba una antigüedad era su propietario, quien excavaba un yacimiento (sin ningún tipo de profesionalidad) era dueño de lo que encontrase, y quien compraba antigüedades se hacía pleno propietario de lo adquirido. La exaltación de la propiedad privada produjo estos efectos en la época, sabiendo que los beneficiarios de ello fueron unos pocos, algunos, gozando de una privilegiada posición política. Dominaron la consideración de la propiedad como prueba de preeminencia social y la defensa de la libertad para favorecer el enriquecimiento individual.

Sin embargo –dice al autor citado- aunque hoy resulte evidente la relación entre coleccionismo de antigüedades y expolio arqueológico, al ser el mercado lícito su principal destino y motor, lo cierto es que los coleccionistas pusieron a salvo muchos objetos que se hubiesen perdido o deteriorado de no haberlos adquirido. El coleccionismo ha sido durante siglos el único valladar que protegió a éste tipo de bienes.

La sociedad y el Estado tuvieron que socavar, con el andar del tiempo, esa mentalidad individualista que permitía cayesen en manos de unos pocos tesoros artísticos y arqueológicos que hoy consideramos de todos. El siglo XIX fue el punto de partida de la conciencia sobre el valor de las antigüedades en España, y la Real Cédula del Consejo de 1803 dio instrucciones sobre el modo de recoger y conservar los monumentos antiguos, aunque quedaba mucho camino por andar.

El coleccionismo existe, por lo menos, desde la Edad Media, y los avatares que caracterizan a la España del siglo XIX explican la rapiña que se llevó a cabo: guerras, el concepto de propiedad privada, las desamortizaciones y el empobrecimiento de ciertas casas nobles y de órdenes religiosas, cuyos bienes dieron origen a un floreciente comercio de obras de arte y antigüedades. La legislación, mientras tanto, fue inoperante, recayendo los nombramientos honoríficos en personas sin interés en el asunto.

El autor toma el hito de la aparición del tesoro de Guarrazar[iii] en 1858 para comenzar su estudio, estimando que existe una clara diferencia entre las fechas posteriores y las anteriores al año citado, pero dominó “una narrativa de tono épico en las biografías de coleccionistas” y una “subliminal justificación del propio coleccionismo”. Se solía exonerar cualquier responsabilidad a los coleccionistas aunque sus acciones estuviesen en contra del ordenamiento jurídico del momento.

Un papel primordial lo jugó el “Semanario Pintoresco Español”[iv] en la difusión de los valores estéticos, haciendo gala de su apoliticidad y reuniendo en él a lo más granado de la arqueología. En otro orden de cosas existieron ventas al extranjero de bienes arqueológicos y artísticos españoles y, en el caso de Itálica se produjo una enajenación de las propiedades del convento de San Isidoro del Campo, lo que permitió nuevas excavaciones.

A partir de un determinado momento se nombraron comisiones cuya labor fue la recopilación de los bienes que habían de ser excluidos de subastas, pero solo tras la reorganización de estas comisiones de monumentos por las reales academias, tuvieron entre sus funciones la realización de excavaciones y la custodia de los bienes aparecidos casualmente.

El coleccionismo público, por su parte, fue impulsado por la Real Academia de la Historia y, desde 1844, con la creación de las Comisiones de Monumentos y los museos arqueológicos provinciales, luego el Museo Arqueológico Nacional, la función recolectora pasó a estas instituciones. El autor al que sigo señala que hallazgos declarados y recuperados por las comisiones provinciales, el producto de excavaciones propiciadas por el Estado, especialmente abundantes en la década de los sesenta, los viajes y expediciones científicas tanto por España como por el extranjero y, en no escasa medida, la adquisición mediante compra o donación de colecciones particulares, fueron labores llevadas a cabo por el Museo Arqueológico Nacional, los provinciales y, anteriormente, por el Gabinete de Antigüedades[v].


[i] Al oeste del Peloponeso.

[ii] “Coleccionismo y expolio arqueológico…”.

[iii] Joyas visigodas (cruces, coronas votivas, etc.) que fueron apareciendo entre el año 1858 y los siguientes en el lugar de Guarrazar, cerca de Toledo.

[iv] Fundado por Ramón de Mesonero Romanos en 1836. Se puede consultar en http://www.cervantesvirtual.com/partes/233848/semanario-pintoresco-espanol

[v] Inició su andadura durante la Ilustración, a mediados del siglo XVIII.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Galicia y América

Monte Real en Baiona (Pontevedra)
taperiaamadorra.com/la-zona-en-im%C3%A1genes/im%C3%A

Begoña Fernández Rodríguez[i], en un trabajo sobre el descubrimiento de América y Galicia, aporta importantes datos sobre las relaciones entre la región noroccidental de España y América, que según ella son intensas a partir del siglo XVI, cuando algunos puertos recibieron autorización para comerciar con los territorios americanos descubiertos.

Baiona, en el extremo suroccidental de Galicia, se convierte entonces en un punto de referencia de culturas, tradiciones e intercambios diversos dependiendo del momento histórico (señala la autora citada). Primero fueron las relaciones comerciales; a partir del siglo XIX mediante el fenómeno migratorio, que llevaría a hablar de una Galicia exterior, la población asentada, con mucho la más numerosa de España, en tierras americanas. Pero no todas las comarcas de Galicia tuvieron el mismo papel en este asunto: destacaron las que tenían una “vocación” marinera y, en especial, las que desde los primeros momentos establecieron relaciones con las nuevas tierras descubiertas. Particularmente el puerto de Baiona se transformó como consecuencia de estas relaciones comerciales.

Desde el primer momento hubo una mínima presencia indígena americana en Baiona, pues en La Pinta, embarcación que llegó a dicho puerto de regreso, viajaban junto con la tripulación y la carga, tres “indios procedentes de la isla Guanahani”. Fallecido uno de ellos, fue sepultado en las inmediaciones de la fortaleza de Monte Real (estamos aún a finales del siglo XV). Dice Begoña Fernández que luego se formó una creencia popular de que la embarcación, junto con las labores de carenado para mantener el estado de poder navegar hasta el puerto de Palos, debió de abastecerse en Baiona de víveres y de agua, elemento éste que se obtuvo en el llamado pozo de la aguada, que todavía se conserva en el Paseo de la Ribera.

En el siglo XVI la relación de Baiona con América aumenta gracias al comercio, teniendo importancia la Real Cédula del rey Carlos, en 1529, por la que se concedió autorización para despachar navíos con mercancía hacia Indias, aunque a la vuelta debían pasar por Sevilla para los correspondientes controles; pero el puerto de Baiona reúne las condiciones de abrigo tan necesarias entonces. En 1500 llegó un navío procedente de Margarita con un cargamento de perlas y en 1503 una nao. En cuanto a las mercancías que eran llevadas a Indias, la Real Cédula citada establecía que debían ponerse en conocimiento de los oficiales de destino, que no podían navegar en tiempo de guerra sin licencia y, como queda dicho, que el retorno debía hacerse por el puerto de Sevilla.

La profesora Saavedra Vázquez, a quien cita nuestra autora, considera que entre las condiciones más favorables que presentaba Baiona con respecto a A Coruña, está la mayor conexión que se produjo en aquella con los intereses de los grupos foráneos, como el acuerdo firmado entre el Concejo de Baiona y mercaderes ingleses en 1556.

El progreso de Baiona se reducirá sensiblemente en el siglo XVII, debido en parte a la inestabilidad por los numerosos conflictos bélicos con los países vecinos, entre los que destaca la guerra de restauración portuguesa de 1640, que se prolongo durante varias décadas con mayor o menor intensidad. De ahí los refuerzos de las fortalezas, como el que se encuentra en el núcleo de Monte Real. Esta política de refuerzo defensivo –dice Begoña Fernández- condicionó el desarrollo urbano, tal y como se constata en la capilla de la Misericordia, monumento que recuerda el valor del tráfico comercial entre esta villa gallega y América. Éste templo, sede de la organización asistencial más antigua de la población, alberga –según la tradición- uno de los ejemplos que aluden a la riqueza procedente de América. Otro de los factores que influyó negativamente fue la política de Felipe III contra los países protestantes, prohibiendo el mantenimiento de relaciones comerciales con estos territorios; y también conviene tener en cuenta las incursiones de las flotas holandesas e inglesas en las costas de Galicia, que aunque no atacaron directamente a la villa, sí causaron incertidumbre ante la situación de que se produjeran situaciones parecidas a las de A Coruña o Vigo.


[i] “Un viaje desde Occidente…”.

domingo, 5 de julio de 2020

Zaqueo se sube a una higuera



Dice Paulino Iradiel que en todas las ciudades de tamaño medio y grande de la Península, uno de los conflictos y enfrentamientos más frecuentes entre elite mercantil, artesanado y política fiscal municipal era la compraventa al por menor por los sectores artesanales y de los extranjeros en la ciudad[i]. El mismo autor señala que el punto cardinal de la fiscalidad de la época (se refiere a la Baja Edad Media) es la ciudad, su economía y su cultura político-institucional, y añade que “núcleo del sistema fiscal sobre las manufacturas fueron las ciudades, cada una cabeza de un espacio territorial reducido que comprendía su gobernación o simplemente su territorio”.

Aunque la teoría, desde hacía tiempo, señalaba que el fin de la fiscalidad era la “causa justa” o el bien de la comunidad, en la realidad vemos abusos, fraudes, ilegalidades, conflictos, etc. Con los recursos obtenidos mediante la fiscalidad se reconstruían murallas, fosos, se construían puentes, otras infraestructuras y se pagaba la defensa de la ciudad. Siguiendo al mismo autor citado, en todas las ciudades y centros urbanos menores, la relación entre política y economía revela el papel dominante de las instituciones locales, más que estatales, en la promoción o en la desmotivación de las actividades industriales, siendo así que la mayoría de ellas tuvieron un desarrollo sin precedentes en los sectores artesanales, que va paralelo al ascenso vertiginoso de la fiscalidad indirecta.

El motor principal para las haciendas locales fue el comercio, y el impulso prioritario residió en la actividad crediticia y en la inversión especulativa de arrendamientos. Como en otras partes de Europa, también aquí el mercado externo precedió, con mucho, al mercando interno como estímulo para el crecimiento.

Paulino Iradiel estudia en la obra citada abajo el área mediterránea de la Península (Corona de Aragón y Murcia) señalando la difusa deslocalización de las actividades manufactureras ligadas a privilegios, públicos o señoriales, que benefician a numerosos centros de diversa dimensión y a burgos rurales. Los casos de Barcelona y Valencia son distintos: en estas ciudades –dice- el peso de la industria, del capital y del volumen de población permitió armonizar las economías de sus respectivas regiones, pasando de la pluralidad de centros competitivos (siglo XIII) a uno en que cada “ciudad capital” representaba el punto nodal del crecimiento y de la innovación.

Esto sucede especialmente en la industria textil lanar y sedera, pero también en la construcción, cerámica, construcción naval, cuero, etc. Este fenómeno puede verse también, en parte, en Zaragoza, Lérida, en menor medida en la ciudad de Mallorca e incluso en algunas zonas castellanas de Murcia, Córdoba, Toledo o Ciudad Real. Durante el siglo XV todavía dominaba el proteccionismo local que pocas ciudades dominantes fueron capaces de controlar totalmente.

En Valencia ciudad la fiscalidad directa fue disminuyendo (aunque se mantuvo en los centros menores) hasta desaparecer completamente a partir de inicios del siglo XV, mientras que la indirecta se va imponiendo en las sisas[ii] (desde 1330-1340) sobre draps (paños), cueros, tejidos, lino, esparto y otras manufacturas. El constante volumen de los impuestos estuvo relacionado, como es lógico, con el mayor volumen de mercancías en movimiento (materias primas, instrumentos de trabajo, productos acabados) aunque esto no es lo único que se persigue por las autoridades, sino conseguir “fama y honra”, por eso uno de los objetivos era impedir que los productos de las zonas rurales pudieran hacer competencia a los de la ciudad (aquellos eran tenidos de peor calidad).

Especialmente frecuentes fueron las disposiciones proteccionistas en territorio valenciano, en pugna con la presencia en los mercados del Mediterráneo oriental, por la concentración de la producción en manos de pelaires y tintoreros y por la entrada constante de pañería castellana. Las décadas centrales del siglo XV fueron especialmente críticas para la pañería valenciana cuando, según alguna fuente, el oficio de “perayria” era el más importante de la ciudad. Hasta el mismo Consell de Mallorca prohibió, en 1499, la introducción de paños valencianos, pero ya en 1467 el monarca catalano-aragonés había prohibido la entrada total de paños castellanos que no fueran de “pinte e aparell” (¿lujo?).

Lo cual sucede en Murcia con relación a la pañería rural de Yecla, Chinchilla, Jumilla, Albacete y Molina; en Orihuela impidiendo la entrada de los paños valencianos, y en menor medida en otras ciudades como Córdoba o Toledo. Cada ciudad impuso sus propias reglas de protección del mercado interno, lo que supone la existencia de centros urbanos con autoridad amplia y reconocida para establecer regímenes aduaneros y favorecer fiscalmente a los productos locales, pero se mantuvo la tendencia a admitir la producción rural con la condición de que los paños fueran iguales en calidad, peso y medidas a los de la ciudad, o que entraran crudos para ser tintados y acabados en la ciudad dominante. Nunca se prohibió la entrada de paños extranjeros (flamencos, franceses o florentinos, y a veces ingleses) de calidad superior o inexistentes en la producción local.

Otra cosa es la existencia de personajes como el Zaqueo evangélico, que haciéndose con la contrata pública para cobrar los impuestos, aumentaba las cantidades a que estaban obligados los contribuyentes haciéndose así inmensamente rico.



[i] “Fisco y política económica de la manufactura urbana”.
[ii] Gravaba ciertas cosas que se vendían y para que se mantuviesen los tipos de pesos y medidas.