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jueves, 18 de mayo de 2023

El expolio de Soult

 


Hoy se sabe que cuando el mariscal Soult se instaló en Sevilla durante la ocupación napoleónica de España, no solo tuvo interés en las obras de arte que encontró en los conventos de la ciudad, sino en la posibilidad de hacerse inmensamente rico. El mariscal atacó principalmente las obras de Bartolomé Esteban Murillo, que ya se encontraba valorado en casi toda Europa y, en particular, en las cortes más ambiciosas.

Cuando en 1852 los herederos de Soult se hicieron con los cuadros robados en España, los pusieron a la venta, y esta es la razón de que ahora muchos de ellos se encuentren dispersos por varias partes del mundo. Es el caso de “Una niña y su dueña”, obra de 1670, en la que Murillo muestra a dos mujeres asomadas a una ventana (se encuentra en la Galería Nacional de Arte de Washington). “La Adoración de los Magos” fue a parar al Toledo Museum of Art (Ohio), y “Regreso del hijo pródigo”, un óleo sobre tela de 236 por 262 cm. se encuentra en la National Gallery of Art de Washington.

A San Petersburgo fue a parar la “Adoración de los pastores”, un óleo sobre lienzo de 197 por 147 cm. En la Wallace Colection de Londres se encuentra otro cuadro con el mismo título pero más monumental: 147 por 218 cm.; e igualmente “Casamiento de la Virgen”. En la National Gallery está el autorretrato de Murillo, una obra de extraordinario interés pictórico e histórico.

La “Cocina de los Ángeles” se encuentra el el Museo del Louvre (París), así como el “Nacimiento de la Virgen”. Ahora se encuentran en El Hermitage de San Petersburgo “Horneado de tortas planas”, una deliciosa obra donde tres mujeres, en un ambiente obscuro, cocinan las tortas; en el mismo museo se encuentra “Niño con un perro” (óleo sobre tela de 70 por 60 cm.), y también la “Inmaculada Concepción” de mediados del siglo XVII.

En Alemania se encuentran varias obras de Murillo: “Bautismo de Cristo”, una monumental obra de 233 por 160 cm., que se encuentra en el Staatliche Museen de Berlín; y “Niños comiendo uvas y melón”, una de las más valoradas pinturas de género del barroco, en la Alte Pinakithek de Múnich. En Kassel (Staatliche Museen) se encuentra “José y la esposa de Putifar”; y en Dresde, “Virgen con el Niño” (Gemäldegalerie). En Colonia (Wallraf-Richartz-Museum) se encuentra “Vieja y muchacho” (ver arriba). En manos de colecciones privadas están “Ecce Homo”, otra versión de “José y la esposa de Putifar” y “Mater dolorosa”.

En Budapest está “Huída a Egipto” y la “Sagrada Familia con San Juan niño” (Szépmûvészeti Múzeum). En el mismo museo se encuentra “María y el Niño con los ángeles tocando música”. En Williamstown, ciudad de Massachusetts, se encuenta la “Visión de Fray Julián de Alcalá”, y en Baltimore (Walters Art Museum) una “Inmaculada Concepción”. “San Francisco de Asís en oración” se encuentra en Amberes (O.L. Vrouwekathedaal).

No fue poco el expolio, sobre todo si tenemos en cuenta que aquí no están todas las obras de Murillo robadas por Soult, ni hacemos mención a obras de arte de otros autores, españoles o extranjeros, que se encontraban en España, así como objetos decorativos.

domingo, 30 de abril de 2023

"... aliviar los ajes de la arruinada vejez..."

 

                                                (peakpx.com/es/hd-wallpaper-desktop-ngqja)

La colonización de la Luisiana y la Florida, en el sureste de los actuales Estados Unidos, fue una labor lenta, penosa y llena de dificultades. Sus costas fueron descubiertas por Ponce de León en 1513, al mismo tiempo que Núñez de Balboa descubría el Pacífico, y aquel le puso el nombre de Florida por ser el domingo de Pascua Florida. La intención de Ponce era la de “navegar hacia las islas de Bimini[i], porque los indios de Borinquen[ii] le habían revelado una quimera: aliviar los ajes de la arruinada vejez comunicando el vigor y gracia de la mocedad”[iii]. Un año después el rey Carlos le dio orden de que tomara posesión y poblara la “isla” de la Florida, para lo que salió de Puerto Rico en 1521 con doscientos hombres y 50 caballos[iv].

Ponce de León había descubierto la Florida a su costa, como era común en el siglo XVI, y predentió establecer una cabeza de puente aunque fracasó, como ocurrió con las expediciones de Vázquez de Ayllón a la Carolina (1526) y la de Pánfilo de Narváez a la Florida (1528). En 1538 Hernando de Soto salió de Sanlúcar de Barrameda con diez barcos y desembarcó en la bahía de Tampa[v] (Florida). En 1549 el dominico Luis Cáncer de Barbastro[vi] lo intentó de nuevo, pero fue muerto por los nativos.

Por orden de Felipe II el virrey Velasco[vii] organizó una expedición en 1558 nombrando gobernador a Tristán de Luna y Arellano, el cual fundó dos establecimientos, uno en Panzacola con el nombre de María de Filipino, que duró muy pocos años, y otro en Santa Helena, precursora de la actual San Agustín, al nordeste de la península de Florida y primer asentamiento definitivo en Norteamérica llevado a cabo por europeos, pero fue obra ya de Pedro Menéndez de Avilés (1565). El objetivo fue expulsar de la zona a los colonos franceses que se habían establecido allí.

Mucho más tarde, en 1682, Robert la Salle reclamó para Francia el valle del Mississippí, al que bautizó con el nombre de la Luisiana en honor del rey Luis XIV, pero en 1698 una expedición española llevó a cabo la fortificación de la bahía de Panzacola (Pensacola, al Este de Nueva Orleáns), de forma que cuando llegaron los franceses fueron rechazados, dirigiéndose entonces hacia el oeste para fundar varias colonias: Biloxi, Movila[viii] y Nueva Orleáns.

En Panzacola hubo convictos desde su fundación, militares, religiosos franciscanos y de San Juan de Dios que dirigían el hospital, e indios que realizaban diversos trabajos. Pero los conflictos con los colonos franceses de Movila fueron frecuentes durante el siglo XVIII, llegándose a capitulaciones y reconquistas, sin contar con los huracanes frecuentes en la zona. La toma de La Habana por los ingleses en 1762 (en el contexto de la guerra de los siete años) obligó a España a entregar la Florida a Gran Bretaña, y en compensación Francia entregó la Luisiana a España en 1763, nombrándose poco después el primer gobernador español, Antonio de Ulloa[ix], sustituido en 1768 por Alejandro O’Reilly, irlandés de nacimiento pero formando en el ejército español.

O’Reilly llegó a Nueva Orleáns en 1769 al frente de un ejército de más de 2.000 hombres con el que pacificó el territorio que se hizo depender militarmente de La Habana y judicialmente de la Audiencia de Santo Domingo. Fue también autor del primer plan español de fortificación de la Luisiana, concentrando la mayoría de las tropas en Nueva Orleáns. En 1776 el coronel Francisco Bouligny[x] redactó una “Memoria de la Luisiana” para el Secretario de Indias José Gálvez, donde explicó su plan de fortificación del país con el objetivo de combatir a los ingleses. Importancia especial tuvo la localización en el río Mississippí de una fragata con no menos de treinta cañones, la cual estaría siempre en el río como batería flotante, y se propuso la reconstrucción de dos baterías en la zona denominada Torno de los Ingleses, la reconstrucción del fuerte de Manchak[xi] español sobre la isla de Nueva Orleáns y la construcción de otro igual en la orilla opuesta.

En cuanto a la ciudad de Nueva Orleáns, Boulingy planteó rodearla con muros, y en el año 1779 el rey Carlos III declaró la guerra a Gran Bretaña en el contexto de las aspiraciones por el control de la zona. Era entonces gobernador de la Luisiana Bernardo de Gálvez, que apoyará la independencia de las colonias rebeldes de Gran Bretaña con el suministro de armas, medicinas, alimentos, dinero y vestuario. Al tiempo expulsó a los ingleses de dos ploblaciones de la costa de Florida, Movila y Panzacola, destruyó la primera y conquistó la segunda, con lo que los ingleses huyeron y Gálvez fue objeto de honores.

Aunque se intentó reconstruir la ciudad de Panzacola en un lugar nuevo, la zona llamada de las Barrancas junto al fuerte de San Carlos, la Hacienda real no etaba para tales gastos, por lo que se desechó el proyecto. En cuanto a Movila su reconstrucción consistió en 25 manzanas, 20 de las cuales estaban destinadas a viviendas y las otras cinco a los edificios públicos. Las manzanas adyacentes al río se dividieron en diez solares, mientras que las restantes tenían ocho. Salvo el costado oriental de la calle Real, que presentaba una hilera de casas con huertas al fondo, cada una de las manzanas disponía de viviendas en las esquinas, y los jardines y las huertas se dispusieron en el centro, si bien no todo lo planificado fue llevado a cabo de tal manera.

También se construyeron presidios y fuertes, y en cuanto a San Marcos de Apalache estuvo ligado a la cadena de misiones de los franciscanos a raíz de la fundación del presidio de San Agustín. Entre 1614 y 1616 se había creado la misión de San Francisco de Apalache, y en 1630 la población urbana con el mismo nombre[xii]. Se construyó un fuerte en Los Nogales, situado a 26 pies sobre la superficie del río Yaroo (Mississippí arriba). Otro fuerte se construyó en San Carlos de Arkansas[xiii], y en 1787 se decidió la construcción del fuerte de San Felipe de Placaminas, terminado en 1792.

La Luisiana fue devuelta a Francia en 1803 por el Tercer Tratado de San Ildefonso que se había firmado en 1800: a cambio recibía España territorios en la Toscana. Cuando a principios del siglo XIX los cazadores de esclavos estadounidenses perseguían a los semínolas negros del norte de la Florida española, surgieron nuevos conflictos. En 1816 los estadounidenses invadieron el norte de la Florida y así comenzó la primera guerra semínola[xiv], y en 1821 fue Estados Unidos quien controló el territorio definitivamente, mientras España se preparaba para perder también el resto de sus territorios en la América continental.


[i] Al oeste de las Bahamas y al sureste de Miami.

[ii] Se identifica con la isla de Puerto Rico.

[iii] José Antonio Cubeñas Pelluzzo, “Presencia española e hispánica en la Florida…”. Citado por José Miguel Morales Folgueras (ver nota iv).

[iv] José Miguel Morales Folgueras, “La última frontera del imperio español en el siglo XVIII…”. En esta obra se basa el presente resumen.

[v] Ripley Bullen (1902-1976) dice que el lugar de desembarco fue Shaw’s Point, a la entrada de un canal al sur de Tampa. Bullen trabajó en el Museo de Historia Natural de Florida y en su universidad; fue también arqueólogo y se le tiene como el mejor conocedor de la arqueología en el sureste de los Estados Unidos.

[vi] Nació en torno a 1480 y se le reconoce su obra como filólogo.

[vii] Era natural de Carrión de los Condes (1511) y murió en México en 1564.

[viii] Las dos al nordeste de Nueva Orleáns.

[ix] Naturalista al que se considera descubridor del platino.

[x] Natural de Alicante (1736), su familia era franco-española, llegando él a ser gobernador interino de la Luisiana.

[xi] Al noroeste de Nueva Orleáns.

[xii] Al noroeste de la península de la Florida.

[xiii] Dio nombre al estado que se encuentra al norte de Luisiana.

[xiv] Los indígenas de la zona resistieron a la dominación estadounidense hasta pasada la primera mitad del siglo XIX.

sábado, 29 de abril de 2023

Almohades y cristianos en Alarcos

 

                                           Morabetinos de época de Alfonso VIII de Castilla*

En el centro de la provincia de Ciudad Real se encuentra Poblete, que junto con el municipio de la capital conserva un yacimiento arqueológico excavado parcialmente. En la Edad Media Poblete fue una aldea dependiente del castillo de Alarcos y las excavaciones han dado muestras de poblamiento en la Edad del Bronce, en época ibérica y posteriores.

A finales del siglo XII tuvo lugar en Alarcos una batalla entre almohades y cristianos que fue favorable a los primeros, retrasando el avance conquistador del rey Alfonso VIII hacia el sur. El actual yacimiento arqueológico forma parte de una serie de fortalezas en las provincias de Ciudad Real y de Cuenca: El Cerro, Guadalerzas, Malagón, Caracuel, Mora, Oreja y Amasatrigo, tratándose en este último caso de una fortaleza casi irreconocible.

El protagonismo en el siglo XII correspondió a Calatrava la Vieja y a la Orden Militar del mismo nombre, que tuvo como principal misión defender de los almohades la plaza. También se han excavado en Alarcos tres necrópolis cristianas y otra musulmana que solo ha apuntado los primeros resultados.

En Alarcos quiso el rey Alfonso VIII construir una ciudad a partir de los materiales existentes de épocas anteriores, pero la obra quedó inconclusa: “A su grandiosidad agregó esfuerzo y construyó Alarcos”, dejó escrito Jiménez de Rada, pero ha quedado testimonio del acopio de piedras para construir la muralla, que encierra un recinto casi rectangular con varias torres de planta también rectangular y dos de ellas pentagonal en proa[i]. La muralla, de tres metros de anchura, tenía una fosa a partir de restos ibéricos. Dentro de la muralla el castillo, y en la fosa se ha encontrado el depósito de los restos humanos y animales sin mutilar, arrojados completos.

El número mínimo de individuos estudiados es 34, la mayoría de ellos masculinos con edades entre 14 y 34 años (aptos para la guerra), pocos niños y pocos adultos de más de 40 años. Las patologías que presentan están relacionadas con la batalla de Alarcos (1195), con mayor frecuencia en las extremidades inferiores, por lo que cabe deducir que se trataba de jinetes. Una vez que los cristianos fueron vencidos, el recinto amurallado de Alarcos fue ocupado por población almohade, de lo que nos ha quedado muestra en un arco de herradura y varias casas con tapial de tierra, tejados con teja y vegetación, que han podido ser excavadas, aunque falta por descubrir parte de las construcciones.

En cuanto al ajuar almohade, quizá se trate de lo más interesante desde un punto de vista artístico: cerámica común (jarras, ollas y botella panzudas con asas), una cantimplora, una cajita y un cántaro decorados con trazos rojizos, ataifores (una suerte de fuentes de uso doméstico) con escrituras árabes, en un caso con una estrella de color verde con las puntas en curva; cerámica vidriada en una de cuyas piezas se representa la mano de Dios con dos palomas (0,5 m. de diámietro), loza decorada geométricamente en el centro de las piezas, candiles o lucernas, una tinaja decorada en color verde en su mitad superior y un cubo de abluciones decorado con cuerda seca[ii].

Muchas de estas obras eran producciones locales, habiéndose encontrado también sellos con signos árabes y motivos geométricos para estampillar tinajas, cajas de hueso con pan de oro, yunques para afilar hoces, monedas de la época de Alfonso VIII (dos morabetinos de oro) y una flauta. En cuanto al cementerio almohade han aparecido dos tipos de tumbas: las piramidales y las que constan de un cipo[iii] en la cabecerea, siendo estas las más habituales y estando los enterrados de cúbito lateral derecho, como era común entre los musulmanes.


[i] También se observa esto en la fortaleza de Caracuel.

[ii] No es segura dicha utilidad. La técnica de la cuerda seca consiste en una decoración superficial con trazos muy marcados y definidos con apariencia de estar en relieve.

[iii] Pequeño pilar.

* Fotografía de We are numismatics.

viernes, 28 de abril de 2023

La Europa de Galdós

                                           Soldados de Silesia tras la primera guerra mundial*

¿Por qué no considerar el comienzo de la “gran guerra” con la anexión por parte de Austria de Bosnia y Herzegovina? Quizá porque no llevó consigo operaciones militares inmediatas, pero cuando Italia arrebató a Turquía Tripolitania y Cirenaica en 1911 se dio un nuevo paso para un conflicto que –sin embargo- no se vislumbraba. En 1912 los ejércitos de Montenegro, Grecia, Serbia y Bulgaria se movilizaron contra Turquía, que ya no era –dice Galdós- la que contuvo a Rusia en Plewna[i].

España, para protejer a las colonias sefarditas, muchas de ellas todavía de nacionalidad española, estableció en Malta el crucero “Reina Regente”, mientras en la capital turca estallaba una revolución que suspendió las negociaciones de paz tras la guerra de 1912. Había nacido un nuevo estado, Albania, mientras en los Balcanes empezaron a actuar sociedades secretas con nombres como “Mano Negra”, “Unión o muerte”, “Acción revolucionaria”... Puesta Bulgaria de acuerdo con Austria solo faltaba el aniquilamiento de Serbia para realizar el imperio de los pangermanistas.

Pero al mismo tiempo “el lujo y el placer habían llegado a su cima en Europa aquel año de 1914. Todo el Continente parecía girar en un remolino de valses vieneses, interrumpidos por nuevas estridencias de jazz americano, de música negra, en una orgía de tisúes, de plumas, de diamantes, de cigarrillos turcos y egipcios, de fiestas doradas ahítas de faisanes y champaña, de extravagancias infinitas, donde el cubismo levantaba su gesticulante geometría…”. Las fiestas eran para algunos cosa corriente en los casinos, en las playas, en las montañas, en los hipódromos, gastando verdaderas fortunas sobre el tapete verde, en las carreras de Ascott y de Longechanps[ii].

Mientras tanto Alemania era una potencia militar y había conseguido aumentar su flota, pero aún no inquietaban a los grupos dirigentes las revueltas que habían comenzado en 1905. Eran relativamente pocos los obreros sindicados, y solo en las minas estaban asociados en mayor número, señalando Galdós que en Gran Bretaña y Alemania rondaban los cuatro millones en cada caso. Se extendía la influencia del marxismo entre esos grupos y entre los intelectuales, mientras que Europa ejercía una supremacía indiscutible sobre el mundo; era el banquero y la fábrica del mundo, y había heredado de Asia, hacía tres mil años, “la facultad de dirigir la Historia”. En Europa habían nacido las corrientes de pensamiento y los descubrimientos más fecuntos de los últimos siglos, mientras que Rusia y Turquía se consideraban semisalvajes por el resto de europeos.

Los rápidos transportes desde que se superó la depresión económica de 1873-1875, hicieron de Europa “una república mercantil internacional” que funcionaba bajo la égida británica con sus transportes marítimos y la explotación de las riquezas del mundo “en beneficio de la raza blanca”. Después de Trafalgar, nadie se atrevió a disputarle el señorío de los mares a Gran Bretaña, fue la primera en industrializarse, pero a finales del siglo XIX había surgido el poderoso rival que fue Alemania.

El gran territorio social y lingüístico alemán se había hido formando desde la Edad Media, mientras que los suízos se habían independizado con elementos latinos; los holandeses, de procedencia frisia y franca, se desarrollaron mientras Alemania había mandado a millones de sus hijos a la labor colonizadora, en el siglo XIX, hacia Hungría, Rusia y Estados Unidos. Se había apropiado de territorios como Schleswig, Alsacia-Lorena, Posen[iii] y la Silesia Superior[iv]. Polonia había sido repartida entre sus poderosos vecinos, llamándose el territorio adjudicado a Prusia, Posnania (la región de Posen).

Para el personaje del que se vale Galdós, Ignacio Aymerich, los pecados de Europa eran los más soportables porque se gozaba de la libertad que no existía en ninguna otra parte del mundo (recuérdese la vida de la minoría negra y de los indígenas en Estados Unidos). Había problemas internos, por ejemplo en Irlanda, en Polonia, en Alsacia y Lorena, en Finlandia, entre las minorías eslava y latina en Austria-Hungría, donde los nacionalismos estaban en su cúspide. Cualquier guerra redundaría en perjuicio de Europa –razonaba Aymerich- y además aparecían por oriente y occidente las grandes potencias de Japón y Estados Unidos.

Se estilaban las alianzas secretas entre estados. Alemania, hostil a toda expansión eslava, oponía su pangernanismo al paneslavismo. Rusia, dueña del Asia central desde la ocupación de Siberia, codiciaba Constantinopla para tener salida al mar Mediterráneo sin necesidad de combatir a los hielos nórdicos. Francia ocupó Túnez y creció la rivalidad ruso-inglesa en Asia. Alemania agitó los países con motivo de la guerra del Transvaal[v]. El rey Eduardo VII, a quien Galdós califica de “monarca que poseía un conocimiento poco común de los hombres”, y Delcassé[vi] llegaron a un acuerdo para preservar la paz, mientras que Guillermo II de Alemania visitaba al emperador de Marruecos en Tánger reconociéndole como monarca independiente. En 1907 desembarcaron los franceses en Casablanca y Eduardo VII viajó a Berlín sin poder llegar al mismo acuerdo que con Francia, muriendo poco después (1910).

La competencia de las potencias europeas por construir los ferrocarriles en Asia aumentó las tensiones, mientras Francia continuó su penetración en Marruecos y llegó hasta Fez. España, por su parte, desembarcó tropas en Larache y ello motivó la protesta de Alemania, que envió al crucero “Panther” a Agadir, lo que provocó el pánico en toda Europa. Los países alargaron el período de instrucción militar de sus jóvenes preparándose para la guerra[vii].


[i] En el contexto de la guerra ruso-turca de 1877-1878. Plewna está al norte de la actual Bulgaria.

[ii] Al oeste de Londres en ambos casos.

[iii] Provincia prusiana, hoy al oeste de Polonia

[iv] Hoy al sur de Polonia.

[v] Fue una república independiente durante la segunda mitad del siglo XIX, pero los bóeres tuvieron que defenderla contra el imperialismo británico, que se hizo con ella en 1900.

[vi] Del partido radical francés, fue Ministro de Colonias y de Asuntos Exteriores, a quien se reconoce un papel importante en la formación de la Triple Entente.

[vii] El presente resumen parte del volumen 6 de la obra de Galdós, “Episodios Nacionales Contemporáneos”, “España neutral (1914-1918”.

* Fotografía de wikiwand.com/es/Alta_Silesia

domingo, 23 de abril de 2023

Quito en 1809

 

                                        Salón del Convento de los Padres Agustinos de Quito*

Sabido es que Napoleón Bonaparte, una vez al frente de Francia, persiguió varios objetivos: engrandecerla y engrandecer a su familia, combatir a las monarquías absolutistas europeas y a Gran Bretaña, hacerse con el control del comercio atlántico y, a ser posible, con la América española.

El vacío de poder que se sintió en España con la captura por Bonaparte de los reyes Carlos IV y Fernando VII se intentó sustituir con la formación de Juntas provinciales y luego una Junta Central, pero no pocas de las instituciones tradicionales, entre ellas el Consejo de Castilla, se plegaron más o menos convencidas al rey José. Era, pues, una situación de extrema confusión que se intentó solucionar recurriendo a la guerra.

En América se tuvieron los mismos sentimientos: en algunos lugares se sustituyó a las autoridades nombradas desde la España borbónica por otras, por ejemplo en el Virreinato de Nueva Granada, donde Quito fue la primera ciudad (agosto de 1809) que formó una Junta Suprema, y este fenómeno se extendió a partir de 1810. La Junta de Quito se revistió enseguida de legitimidad mientras que entre la población circularon noticias confusas, formándose corrillos en la plaza Mayor. El Presidente de la Junta quiteña, para hacer avanzar el proceso, que nada tuvo de independentista, hizo publicar un bando en el que se informaba sobre la ocupación francesa de la Península y el apresamiento de su Junta Central.

Quito se erigió, entonces, en abanderada para la restitución de Fernando VII en el trono: se colgó en el balcón del Cabildo un retrato del rey y se divulgó la idea del gobierno mixto, en el que junto a aquel el pueblo se erigia en su soporte. La Junta quiteña recibió los homenajes de las autoridades civiles y militares y parece que todo rodaba bien, pero hubo detractores de este movimiento acusándolo de “fiesta de toros”.

La Junta, no obstante, tenía un programa propio: abolió el estanco del tabaco, eliminó el “cabezón” o alcabala y redujo a la mitad el precio del papel sellado, demostrando así que la institución estaba en manos de criollos defendiendo sus intereses. A continuación se produjeron reuniones de la Junta en lugares de urgencia, entre los que estuvo la vivienda de su Presidente, pero luego se optó por darles un carácter más solemne y se escogió el salón del Convento de los Padres Agustinos, donde se puso en lugar preeminente un retrato del rey Fernando VII. En cada reunión se hacían alusiones a la religión, al rey y a la patria.

Llegó el momento en que se pensó debía procederse al juramento de los miembros de la Junta y se hizo ante el obispo, sentándose todos ante el altar mayor; se celebró una misa y se cantó un “Te Deum”. Luego se “regaron” monedas a la puerta de la iglesia y, pocos días después, se creó La Orden Militar de San Lorenzo, en lo que la Junta demostraba su mentalidad aristocratizante y antigua. En dicha Orden se integrarían la nobleza de Quito y los extranjeros que se fuesen sumando al nuevo orden. La Junta se concibió a sí misma como el hilo conductor del patronazgo real.

Pero pronto surgió la hostilidad de las regiones vecinas: Guayaquil y Cuenca acudieron al virrey pidiéndole que sometiese a la Junta quiteña, el cual inició un plan de reconquista con tropas opuestas a Quito. Los grupos dirigentes de esas ciudades demostraban que preferían el poder central del virrey a una ciudad, Quito, por encima de las demás. Otros cabildos, no obstante, empezaron a sustiuir a las autoridades borbónicas, ejemplo de lo cual son Caracas, Bogotá, Buenos Aires, Santiago de Chile y México, donde el virrey[i] nombrado por José I tuvo la oposición del cabildo, consiguiendo su nulidad y apoyando a Fernando VII: “nunca un monarca legítimo dejaba de serlo sin el consentimiento de la nación española”.

En México se produjeron entonces las revueltas del bajo clero, siendo exponentes principales los curas Hidalgo y Morelos, formando el primero un ejército de indios y mestizos que se alzaron dando vivas a Fernando VII, a la Virgen de Guadalupe, “a la América y muera el mal gobierno”; es el llamado grito de Dolores, ciudad del centro de México, pero esto inquietó a los criollos, pues temieron un estallido social que afectase a sus intereses. Al sur del país, en la Capitanía General de Guatemala, que comprendía una extensión muy superior al actual estado, se publicaron bandos y se dijeron sermones contra el “cautiverio” del rey Fernando repudiando a José Bonaparte, pero como esta situación causaba inquietud entre los grupos dirigentes, se sofocaron estos movimientos, aunque no se pudo ya impedir la duplicidad gubernativa y la fragmentación territorial.

En 1810 la municipalidad de Buenos Aires estableció un Comité Superior Provisional de las Provincias del Río de la Plata, pero se mostraron discrepancias entre Buenos Aires y otras ciudades como Asunción y Montevideo (fenómeno parecido al de Quito). En Perú, el virrey Abascal resistió contra los juntistas argumentando que mientras en España estaban justificadas las juntas porque estaba ocupada por un ejército extranjero, no era tal la situación en América. Salió a la luz un Catecismo “para la firmeza de los verdaderos patriotas”, donde se proclamaba que “se trataba de vencer o de morir esclavos”, en alusión a una eventual invasión francesa de América.

Los procesos independentistas, contra lo que comúnmente se cree, se produjeron más tarde: en México en 1813, pero como se sabe la independencia real no se dio hasta 1821; en el Río de la Plata el Congreso de Tucumán de 1816 proclamó la independencia en medio de discordias; solo en Caracas la proclamación de independencia se produjo pronto, en 1811, pero Guayana, Coro y Maracaibo no la siguieron (otra vez el caso de Quito). En dicho año Caracas convocó un Congreso Constituyente donde se pusieron de manifiesto los presupuestos económicos y la intervención inglesa, siempre presente desde este momento en el proceso de independencia americana.

La alianza inglesa con Portugal y Brasil contó con el apoyo de la infanta Carlota Joaquina, esposa del rey Juan VI[ii], la cual alegaba que era la única Borbón que no estaba sujeta a Napoleón, y por lo tanto podía decidir por ella misma. Cuando se produjo la alianza inglesa con España para combatir a Francia, Gran Bretaña cambió de estrategia hasta el final de la guerra (1814), y desde 1815 volvió a intervenir en América una vez Fernando VII se ceñía de nuevo la corona de España.


[i] Pedro Catani.

[ii] Considerado rey del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve entre 1816 y 1825.

* Fotografía de la Biblioteca Cervantes.

sábado, 22 de abril de 2023

Geografía de una guerra

 

                                                        La península Calcídica (Wkipedia)

Tucídides, en el largo relato que hace de la guerra del Peloponeso, comienza su libro VIII diciendo que “por no poder sufrir los tributos que les ponían” los persas, los antandrios[i] les echaron de la villa y Tisafernes[ii] “se sintió en gran manera ofendido”, con tanto más motivo por lo que habían hecho los peloponesios en Mileto y en Cnido[iii], que les habían expulsado de ambas ciudades. Entonces Tisafernes decidió ir contra los atenienses en el Helesponto. En realidad es el final de su relato, pero antes, en el libro I y siguientes había relatado los enfrentamientos entre Esparta y Atenas con sus aliados respectivos.

En cierta ocasión Alcibíades salió de Cauno[iv] y de Fasélide, ciudades próximas entre sí, con cartoce barcos en dirección a Samos, queriendo demostrar con ello que había conseguido que “los barcos fenicios” no hubiesen podido ir en ayuda de los espartanos. Después unió a los buques que llevaba otros nueve que encontró en Samos y se dirigió a Halicarnaso (al oeste de las ciudades anteriores), de donde pudo obetener gran cantidad de dinero, cercó la villa con una muralla y volvió luego a Samos.

Al saber Tisafernes que la armada de los espartanos había partido de Mileto para ir al Helesponto, salió de Aspendo[v] dirigiéndose a Jonia, mientras los ciudadanos de Antandro habían tomado para sí cierto número de soldados de Abido (en el estrecho de los Dardanelos), a los que hicieron pasar por el monte Ida[vi] de noche, los introdujeron dentro de Abido y echaron de ella a los persas que estaban dirigidos por Arsaces, uno de los capitanes de Tisafernes que se había caracterizado –según Tucídides- por haber tratado mal a los de la ciudad, y debe ser cierto, pues también había sido cruel con los delios…

Pero desde que en 412 los habitantes de Mileto, Clazómenas y Quíos se rebelaron contra Atenas, las cosas empezaron a ir de mal en peor para la gran polis que da nombre al Ática. Luego vino la alianza entre el rey persa Darío y los espartanos y, en 411, las luchas internas en Atenas, algo muy común cuando la desconfianza cunde entre los ciudadanos. En efecto, una revolución oligárquica llevó al establecimiento del gobierno de los Cuatrocientos, que habrían de dirigir la guerra contra Esparta. No dieron con la solución y serían sustituidos, pero Tucídides no da buena cuenta de estos acontecimientos.

Luego vinieron actos de indisciplina en el ejército ateniense y la defección de Bizancio, ciudad estratégica en el Bósforo, pero aún quedó tiempo a Atenas para vencer en el Helesponto. A tal punto llegaron las cosas entre los griegos enfrentados que espartanos y atenienses se reclamaron, recíprocamente, que se rectificasen las ofensas y los sacrilegios a los dioses (cada uno interpretaba la voluntad divina en su beneficio). Los espartanos, además, reclamaron a los atenienses que estos dieran libertad a los potidenses, que vivían en el istmo de la península más occidental de la Calcidia, al tiempo que debían dejar “vivir en paz a los de Egina según sus leyes”. También les exigieron que revocaran cierto decreto contra los de Megara (ciudad del Ática), por el cual se les prohibía desembarcar en los puertos de los atenienses, acudir a sus ferias y comerciar con ellos.

A todas estas demandas, y sobre todo a la de revocar el decreto, los atenienses determinaron no obedecer, “acriminando a los megarenses porque ocupaban la tierra sagrada y sin término, y recibían en su ciudad los esclavos que huían de Atenas”. Finalmente, llegaron tres embajadores de los espartanos (Ranfio, Melesipo y Agesandro), los cuales “sin hacer mención de ninguna de las otras cosas de que habían tratado antes, les dijeron en suma estas palabras: los lacedemonios quieren la paz con vosotros, la cual podéis gozar si dejáis a los griegos en libertad, y que vivan según sus leyes”. Los atenienses, por su parte, reunieron su Consejo para decidir la respuesta, pero unos eran partidarios de seguir la guerra y otros de aceptar la revocación del decreto contra los megarenses. Entonces se levantó Pericles, hijo de Jantipo, “que a la sazón era el hombre más principal de toda la ciudad”, y habló diciendo que su parecer era “no conceder y otorgar” la demanda de los espartanos, pero tampoco rendirse ante ellos.

El discurso de Pericles fue largo y elocuente, y habiendo acabado, los atenienses siguieron su consejo, de forma que enviaron embajadores a los espartanos con la decisión tomada. “En adelante –termina Tucídides su obra- no curaron de enviar más embajada los unos a los otros…”[vii]. Empezaba así una guerra que duraría casi treinta años.


[i] Habitantes de la ciudad de Antandro, en la Tróade, costa oeste de Anatolia.

[ii] Era el sátrapa persa de Lidia y Caria desde 415 a. C.

[iii] En el extremo sudoccidental de Anatolia.

[iv] En el suroeste de Anatolia.

[v] Al sur de Anatolia.

[vi] Al sur de los Dardanelos, en la Tróade. Hay otro monte Ida en el centro de Creta.

[vii] Ver aquí mismo “Epidamno en el origen de la guerra”.

jueves, 13 de abril de 2023

Mario contra Metelo y Sila

 

                                                     Restos de Utica, en el norte de África

Dice Plutarco que el general romano Mario[i] había nacido “de padres enteramente oscuros, pobres y jornaleros”, pero investigaciones posteriores han venido a suponer que la clase social a la que perteneció era la de los acomodados aunque no ricos. El tribunado de la plebe fue uno de los primeros cargos públicos que ocupó, habiendo sido su solicitador Cecilio Metelo, con quien luego tendría desavenencias, pero también momentos de colaboración.

Aprovechó Mario dicho cargo para que se votase una ley “que parece quitaba a los poderosos su grande influjo en los juicios”, pero contó con opositores y el Senado no la aprobó. Ya apuntaba Mario su inclinación por el partido opuesto a los optimates, siendo uno de esos hombres nuevos o venidos a la política desde posiciones no privilegiadas. Después del tribunado aspiró a la edilidad mayor, lo que algunos consideraron “osado y orgulloso” y no lo consiguió, pero no se arredró y aspiró a la pretura, siendo entonces elegido no sin acusación en su contra de cohecho, aunque aquella no prosperó.

Plutarco, que escribe con mucha posterioridad a la vida de Mario, dice que “nada hizo en la Pretura digno de particular alabanza”, pero reconoce que en la Hispania ulterior limpió de salteadores la provincia, “áspera todavía en sus costumbres”, y cuando el cónsul Cecilio Metelo fue enviado como general a África para la guerra contra Yugurta, nombró como legado suyo a Mario, lo que este aprovechó para demostrar todo tipo de virtudes en su favor, y de esta forma se esforzó en la guerra, no rehusó ningún trabajo ni se separó de sus soldados en la sobriedad y el sufrimiento, lo que le hizo popular entre ellos.  

Llegó no obstante el momento del episodio con Turpilio siendo este huésped de Metelo, que habiéndosele encargado la guardia de Bagá, “ciudad populosa”, se mostró muy condescendiente con sus habitantes, lo que propició la llegada de Yugurta. Esto fue aprovechado por Mario para poner de manifiesto el error de Metelo nombrando a Turpilio para tal misión, y aún pretendió viajar a Roma para presentarse a las elecciones al consulado. Metelo se lo prohibió en un primer momento, pero luego aceptó, de forma que Mario viajó por mar hasta Utica[ii] en dos días y una noche. Aquí hizo un sacrifio y los agoreros le anunciaron que el destino le iba a ser favorable, se presentó en Roma, fue recibido con mucha aceptación y nombrado cónsul, que más tarde lo sería repetidamente.

Dice Plutarco que se empleó en reclutar un ejército “admitiendo en él, con desprecio de las leyes y costumbres, a mucha gene jornalera y esclava”, cuando era costumbre no dar a estos entrada en la milicia; pero no fue esto lo que más le reprocharon algunos, sino el comportamiento altanero de Mario, que “se recomendaba al pueblo con sus heridas propias, no con memorias de muertos ni con imágenes ajenas”. Pasó así a África con su ejército y levantó la envidia de Metelo, pues la guerra estaba prácticamente concluida, quedando solo el apresamiento de Yugurta, por lo que parecía que Mario venía solo a recoger “la corona y el triunfo”.

Es entonces cuando entró en escena Sila, que llegaría a ser importante general romano, cuestor de Mario en ese momento, que se hizo con el triunfo definitivo. Se valió para ello de Boco, rey de los numidas superiores, que dudando si ayudar a Yugurta o traicionarle, optó por esto último y llamó a Sila. Plutarco vio en estas desavenencias la perdición de Roma, que él ya conocía porque vivió con mucha posterioridad a las guerras civiles que terminarían con la República.

Pero viéndose que “de la parte de Poniente” había peligros para Italia, después de muchas dudas y discusiones se decidió encargar a Mario la defensa, que en ese momento se encontraba ausente. Eran los teutones y cimbrios los que amenazaban desde el norte de Europa, llevando a la República una guerra que duraría doce años con algunos momentos de tregua (113-101 a. C.). Plutarco habla de 300.000 hombres armados, pero es muy común las exageraciones que se hacían cuando de números se trataba, viniendo con ellos mujeres y niños “en busca de una región que alimentase tanta gente”, lo que da a entender que se trataba de una migración más que de un ataque decidido de antemano.

Plutarco debió de conocer alguna fuente que hablaba de “la grande estatura de sus cuerpos”, que tenían los ojos azules y que en Germania “a los ladrones les llaman Cimbrios”. A los ojos de un romano aquellas gentes eran terribles –sobre todo si se ignoraba lo que las legiones hacían en los territorios conquistados- “pareciéndose al fuego en la presteza y violencia para los hechos de armas; no habiendo quien pudiera resistir a su ímpetu”. En efecto, los ejércitos romanos que les hicieron frente en la Galia transalpina fueron derrotados, y esto llevó al Senado a nombrar a Mario otra vez cónsul, aunque era ilegal por encontrarse ausente y “sin que se guardase el hueco prefijado”, en alusión al tiempo que debía transcurrir entre un mandato y otro.

La guerra contra los teutones fue el teatro donde Mario se forjó su carrera política desde esos años finales del siglo II a. C. En efecto, antes de la guerra social, el general romano reformó el ejército en su forma de reclutamiento, en su estructura militar, en la edad y condiciones de la jubilación de los legionarios y en cuanto a los bagajes que debía llevar la tropa. Luego vendría la guerra civil en la que se enfrentó a Sila (“la perdición de Roma” de la que habló Plutarco) mucho antes de que este se convirtiese en dictador entre 82 y 79 a. C.


[i] Mediados del s. II a 86 a. C.

[ii] Al noroeste de Cartago.