jueves, 31 de enero de 2019

"El año que viene en Jerusalén"



Las Cruzadas trastornaron durante varios siglos la vida de Europa, dice Suárez Bilabo en su obra “Los judíos y las cruzadas”. La enorme circulación de materiales, hombres, ideas y bienes creó una nueva Europa y los judíos vieron alterada trágicamente su vida y destino, cavándose un foso entre la civilización occidental y los judíos con los orígenes del antisemitismo y el fervor de los judíos por el retorno a Sion.

Se produjo entonces una mayor presión sobre los judíos, que habían vivido bastante tranquilamente en el Imperio Carolingio y en el oriente musulmán; se produjo una sistematización de hostilidad con origen popular. Los judíos tenían conocimientos y un superior nivel de formación, vivían mayoritariamente en las ciudades y sabían leer y escribir, por lo tanto no era su ignorancia, sino su tozudez lo que les impedía aceptar la verdad cristiana. Los pituyum, los himnos hebreos ponen de manifiesto las dificultades que sufrían y reaccionaron con hostilidad mediante la palabra: en “la luz del Exilio” el rabino Gersom realiza un claro rechazo del cristianismo y desde la diáspora judía, las comunidades extendidas por Europa mantuvieron en Tierra Santa, y sobre todo en Jerusalén, un punto de referencia obligada con la expresión “el año que viene en Jerusalén”.

Mientras los judíos en oriente sofrían en los siglos VIII-X los conflictos entre las dinastías yesibas[i] y los gaones[ii], los de occidente vivieron en la prosperidad, bien bajo el dominio musulmán o en el Imperio Carolingio. Más tarde las cosas cambiaron y se desarrolló la esperanza en el retorno, la aliya, con numerosos viajeros judíos (véase aquí mismo “El viaje de Benjamín de Tudela”). Una crónica judía es “El valle de las lágrimas”, donde se explica lo que fue la historia de los judíos entre finales del siglo XI y finales del XV: un largo camino de expulsiones y de matanzas. Ya en el siglo XI la situación de los judíos europeos era inestable, no tenían derechos y dependían de la protección de los reyes, los grandes señores de las ciudades y de los obispos en Renania. Se daba una paradoja, pues con estos eran privilegiados, al servirles como muy útiles prestamistas, administradores, médicos, etc., pero entre la población menuda se hicieron impopulares.

Al comenzar las Cruzadas muchos eran los que tenían deudas con los judíos y se enrolaron para escapar de pagarlas, mientras que la baja nobleza tuvo la necesidad de endeudarse con los judíos para poder equiparse con vistas a la Cruzada. En la península Ibérica los judíos se habían integrado en el estad musulmán, pero cuando se descompuso se les vio como colaboradores de los enemigos de los cristianos. Con la conquista de Barbastro (1064) los judíos recibieron tan malos tratos que el papa Alejandro II escribió a los obispos de España para recordarles la diferencia entre los judíos y los musulmanes. Pero con Alfonso VI los judíos se fueron instalando en los territorios del norte más protegidos de lo que estaban en el resto de Europa, mientras que el integrismo islámico de los almorávides les obligaba a convertirse al Islam.

Aún antes de la primera Cruzada empezaron los primeros ataques a los judíos: en Otranto en 930, en 1007 en Francia y la primera expulsión de Maguncia, provocando una gran cantidad de conversiones en esta ciudad. La primera Cruzada afectó a los judíos alemanes , la tercera afectó especialmente a los de Inglaterra, pero el tono general seguía siendo de reconocimiento del valor e importancia de los judíos, por lo que las autoridades municipales y eclesiásticas les protegían. En 1084 el obispo de Spira atrajo a su ciudad a los judíos, procediendo sobre todo de Maguncia; en 1090 el emperador Enrique IV hizo lo mismo para atraer a los judíos a Worms: libertad de comercio y respeto a sus leyes religiosas. A finales del siglo XI llegaron noticias de oriente sobre las desdichas de los peregrinos en Palestina, lo que llevó al papa Urbano II a predicar la primera Cruzada en Clermont Ferrand al finalizar el concilio aquí celebrado en 1095[iii] y la ruta terrestre a Palestina pasando por Asia Menor, dada la anarquía reinante aquí, se tuvo que sustituir por otra marítima. El cronista contemporáneo de la primera Cruzada, Sanuel ben Yehuda, habló en 1096 de “una densa oscuridad” refiriéndose a los judíos y otro del siglo XII se refirió a la situación con un versículo de los Proverbios: “las langostas no tienen rey…”. Era el desarrollo de un sentimiento típicamente germano, de la tradición alemana, sobre el fin de los tiempos recogida por el ermitaño Albuino, y fue uno de los mayores enemigos de los judíos, el conde Emicho de Leisingen, el que se presentó como el rey de los últimos días.

Estas leyendas y sentimientos estaban extendidas a finales del siglo XI, de forma que grupos aislados emprendieron su primera expedición en Francia contra los infieles, empezando por los judíos. El concepto de “deicidio” ya existía en el siglo IV pero ahora sirvió para que las calamidades comenzaran en Rouen (Normandía), donde los cruzados arrastraron a los judíos a la iglesia y mataron a los que se negaron a bautizarse, sufriendo la misma suerte otras ciudades francesas. Luego las matanzas se desplazaron al Rhin, donde la protección de obispos y del emperador, que se encontraba entonces en Italia, resultaron inútiles, no obstante lo cual ordenó que todos los nobles y obispos protegieran a los judíos. Pero los “guerreros de Cristo” asaltaron, saquearon y asesinaron durante varios meses a judíos alemanes, aunque las comunidades ofrecieron dinero para ser protegidos. La única autoridad aceptada por estos ejércitos antijudíos fue la de Pedro el Ermitaño, al frente de siervos deseosos de desprenderse de sus cadenas; uno llamado “Sin Hacienda” se separó con otros de Pedro el Ermitaño en Colonia y el sacerdote Gottschalk (Godescal), discípulo del Ermitaño, reclutó una tropa renana con la que realizó todo tipo de violencias, siendo exterminada por los húngaros.

Pero fue el conde Emicho de Leisingen el que tuvo una tropa más numerosa, consiguiendo unir a multitud de sencillos peregrinos y, con el tiempo, otros nobles franceses y alemanes que hicieron estragos en las ciudades mercantiles del Mosela y el Rhin, en Verdún, Tréveris, Metz, Worms… La violencia era generalizada, especialmente contra los judíos, como la que sufrió la comunidad de Salo (Praga) y otras bandas se centraron en Suabia, Baviera y en Bohemia. Era un movimiento laico y popular en el que la Iglesia más bien condenó las crueldades y los bautismos forzosos, como por ejemplo los obispos de Spira o Colonia, que e mantuvieron firmes y frenaron los tumultos. En Maguncia el arzobispo trató de defender a los judíos y tuvo que huir para salvar la vida. Spira había recibido un privilegio a favor de los judíos y las tropas del obispo[iv] restablecieron el orden contra “vagabundos y criminales” protagonistas de una “revolución social”, según han escrito algunos historiadores.  

Las noticias de Spira alertaron a los judíos de Worms, donde un pequeño grupo se atrincheró en el palacio del obispo, pero en esta ciudad se desató una explosión de vandalismo del que fueron víctimas numerosos judíos, algunos de los cuales se dieron muerte a sí mismos antes de caer en manos de los exaltados. A otros se les conminó a que se dejaran bautizar y, como pidieran tiempo para pensarlo, lo aprovecharon para suicidarse, según relata el cronista Salomon bar Simson. Después fue Maguncia, donde el conde Emicho, con soldados de fortuna y bandas armadas fáciles de fanatizar atacaron a los judíos, que pidieron ayuda al obispo y este les permitió refugiarse en su residencia, pero debieron entregarle todo lo que poseyeran de valor. Pero ante la presencia de los “cruzados”, la guardia episcopal dejó de proteger a los judíos y el obispo desapareció. Según el cronista Alberto de Aix los judíos trataron de defenderse con armas pero no pudieron evitar una matanza que fue presenciada por otro cronista, Rabi Selomo, uno de los pocos supervivientes. Esta destaca la actuación de un grupo de mujeres judías refugiadas en el castillo episcopal de Maguncia, desparramando dinero ante los atacantes y, ganando tiempo, “completar el suicidio colectivo”. Emicho mató a los que no se habían suicidado y quemó el barrio judío, sacándose mil trescientos cadáveres del palacio del obispo, mientras que unos sesenta judíos se habían escondido en la catedral, huyeron pero poco después fueron alcanzados y muertos. Los de Emicho incendiaron las casas de los judíos y de la sinagoga, pero las llamas destruyeron buena parte de la ciudad.

El rabino Kalonymos, con unos cincuenta judíos, habían huido hacia Rudesheim[v] pidiendo ayuda al arzobispo, que aprovechó para exigirles su conversión, lo que no aceptaron. Como el rabino se abalanzara sobre el arzobispo, la guardia de este intervino y murieron todos los judíos. La matanza de Maguncia influyó poderosamente en la mentalidad de los judíos por mucho tiempo. Se recogieron en las crónicas relatos que ejemplificaban el valor de los “combatientes” judíos, valorándose la purificación por el suicidio. En algunas ciudades salieron a las puertas para defenderse y, cuando Emicho llegó a Colonia, donde ya había habido algunos tumultos antijudíos, los perseguidos se dispersaron por las localidades cercanas[vi], donde muchos cristianos escondieron a los judíos. El obispo Herman III los distribuyó en grupos por los pueblos, de forma que cuando los perseguidores llegaron a la ciudad encontraron los barrios judíos vacíos, pero semanas más tarde Emicho los descubrió en Neuss, Welfinghofen, Xanten, Moers, Geldern y Alternhar, sufriendo el mismo destino que los demás y suicidándose otros.

Emicho se fue con sus seguidores hacia Hungría mientras que otros se quedaron para expurgar de judíos el valle del Mosela, llegando luego a Tréveris, donde junto a Ratisbona, consiguieron los perseguidores el bautismo en masa de las comunidades, habiendo sido los judíos puestos a salvo en el palacio del arzobispo; en Ratisbona los cruzados echaron a las familias judías al Danubio para ser bautizados allí en presencia de una cruz. En Metz también se llevaron a cabo bautismos en masa, donde las autoridades fueron incapaces de contener a los cruzados, y los judíos de Praga fueron forzados a bautizarse, mientras el obispo Kosmas clamaba en vano contra ello. Otros huyeron a Polonia y Hungría pero en la primera el príncipe Vratislav II ordenó que fuesen desposeídos de sus bienes.

Pero ninguna de las bandas irregulares de cruzados llegó a su destino, Tierra Santa. Por el camino fueron dispersadas; por ejemplo, las tropas del rey húngaro Kolomán las aniquiló, mientras que Emicho, después del asedio de Wieselburgo, en Hungría, tuvo que huir muriendo a continuación. El emperador y el papa condenaron severamente las matanzas y, cuando aquel regresó de Italia, a petición de Moisés ben Jukutiel, de Spira, otorgó oficialmente a los judíos el derecho a volver a su religión, lo que provocó la reacción del papa Clemente III, pero Enrique IV se mostró firme, ordenó una investigación sobre el asesinato de judíos y el arzobispo Rutardo y su corte fueron castigados por haberse enriquecido a costa de aquellos en Maguncia. En 1103 se proclamó una tregua y el retorno al judaísmo se realizó mediante el pago de un canon, que pasó al tesoro real.

En la mentalidad europea, sin embargo, se había producido un cambio, una zanja ya insuperable desde entonces. La consecuencia más destacada de los acontecimientos de 1096 fue el golpe que recibió el clima de tolerancia existente hasta entonces. Es cierto que solo fue en principio un sentimiento popular, pero luego se institucionalizó la discriminación y el odio a los judíos. Aprovechando las Cruzadas que vinieron luego, no cesaron las matanzas de judíos.



[i] De los centros de estudios de la Torá y del Talmud del judaísmo ortodoxo.
[ii] Fueron los dirigentes de dos centros de estudio judío en Babilonia, Sura y Pumbedita.
[iii] Algunos autores soviéticos han acusado al papa de arrastrar con mentiras conscientes a los míseros campesinos a una empresa difícil por solos motivos materiales, pero otros consideran esta interpretación como una manipulación histórica.
[iv] Como castigo mandó cortar el brazo a algunos de los agitadores de la ciudad. Suárez Bilbao advierte de que las fuentes judías deben de ser contrastadas.
[v] Al oeste de la actual Alemania.
[vi] El autor advierte que, aunque las bajas fueron numerosas, la población era muy reducida en aquella época, por lo que el término “millares” referido a judíos muertos hay que entenderlo con reparos. Por otra parte, la lucha fue muy desigual.

miércoles, 30 de enero de 2019

Andalucía y el Atlántico norte


Andalucía bética, que era lo que en la baja Edad Media se entendía por Andalucía[i], fue una encrucijada comercial entre el Mediterráneo, el interior de la península Ibérica y el Atlántico en los últimos siglos medievales. Estas relaciones comerciales fueron intensas aunque las fuentes para su estudio sean tardías, pero aquellas no se limitaban al intercambio bilateral de productos, sino que vamos a ver los que llegan para ser reexportados, los que se exportan procedentes del interior de la península, gestionando este comercio flamencos, andaluces, castellanos, cántabros, gallegos, genoveses, venecianos, franceses, ingleses y de otras naciones. No debe olvidarse la actividad pirática y corsaria.

Los productos eran variados, como la madera, manzanas, pijotas[ii] coquinas[iii], vino, hierro, lana, paños, etc. Entre los puertos conectados por el comercio marítimo estaban los portugueses, ingleses, Burdeos, Bayona, vascos y franceses, pero también Génova y Venecia, entre otros. Los orígenes entre el Mediterráneo y el Atlántico, según Aznar Vallejo[iv] se remontan a la “Crónica General” de Alfonso X de Castilla. Durante el reinado de Sancho IV consta el envío de madera gallega a Sevilla y pocos años después comienzan las referencias al comercio con Portugal. A finales del siglo XIII se enviaron barcas lisboetas hacia Sevilla, y a principios del XIV se prohibió la entrada en dicho puerto, tanto por mar como por tierra, de vino lusitano.

En 1317 consta un envío de trigo andaluz a Inglaterra y, unos años después, Santander y Guetaria obtuvieron ciertos privilegios de pago en relación a otros puertos, entre los que se encontraba Bayona. La intensificación de relaciones entre el Mediterráneo y el Atlántico se culmina con la “batalla del Estrecho”, en realidad una serie de enfrentamientos entre cristianos y musulmanes que se extienden entre el último cuarto del siglo XIII y mediados del XIV, para el control del Estrecho de Gibraltar, cobrando entonces importancia las navegaciones mallorquinas, en las cuales tenían intereses algunos comerciantes venecianos. La regularidad llegó a ser tal –señala el autor citado- que los mercaderes mallorquines que negociaban con Flandes, Sevilla y la costa norteafricana, instituyeron un fondo de garantía para responder de posibles indemnizaciones, y similar era la situación de los genoveses, por lo que en el tratado de paz firmado en 1370 entre Portugal y Génova[v], el monarca portugués acordó compensar a los mercaderes genoveses por las pérdidas que estos habían sufrido.

Ya en 1320 mercaderes gallegos hacían viajes desde Sevilla a La Rochelle, en 1339 un mercader de Brujas negocia aceite en Sevilla y en 1368-1369 un alemán es condenado por haber herido a un marinero en el puerto de Cádiz. Las exportaciones andaluzas eran sobre todo de aceite y vino hacia Inglaterra y Flandes, pero también jabón, frutas, almendras, papel, goma arábiga, añil y especias. Desde Portugal llegaban sardinas y frutas (estas de Sintra), las primeras cargadas por catalanes, sevillanos y aragoneses en Cascais. Un seguro otorgado por el monarca luso salvaguardaba a los que venían por mar “de contra Galicia” y a los que lo hacían “de contra Sevilla”. Galicia jugaba un papel similar en relación al diezmo dado por el rey Enrique III en 1397, destacando e papel de A Coruña como escala del tráfico sevillano hacia el norte, volviendo las nave cargadas de pescado, madera y otras mercancías gallegas hacia Sevilla, donde desde el mismo año los mercaderes flamencos habían obtenido privilegios en dicha ciudad. A petición de montañeses y vascos, Enrique III ordenó que los mercaderes placentines, genoveses, catalanes, franceses, ingleses “u otros extraños”, fletasen los navíos de los naturales antes que los de los extranjeros.  

Estos tráficos sufrieron problemas, como es el caso del mercader lisboeta que, en 1406, con vino de Lepe e higos y cera de Tavira con destino a Flandes, fue asaltado en Viveiro. En el mismo año y mismo puerto varios navíos franceses atacaron a dos de Oporto. Ciertos vecinos de Sevilla, habiendo armado un navío con vino, aceite y cáñamo, yendo para Galicia fue asaltado cerca del cabo de San Vicente. En cuanto a las condiciones de arrendamiento de los diezmos de la mar de Galicia y Asturias, en 1411 establecen “que los paños y pescados y otras mercadurías que se cargaren en cualquier navío en el dicho puerto de La Coruña e en los puertos de Galicia y Asturias para llevar a Sevilla, a Castro, a Santander e a otros cualesquier lugares de nuestros reinos… que las puedan cargar y descargar sin pagar diezmos”.

Se fueron incorporando técnicos especializados, como el caso de los pilotos vizcaínos, diversificándose además los productos objeto de comercio internacional: azafrán, mercurio, etc. La comercialización era, sobre todo, de genoveses pero el transporte estaba dominado por marinos vascos. Galicia tuvo un papel distribuidor de productos, entre los que estaba la sal con destino a Arnemuiden[vi], Llanes y la propia Galicia. Otros productos fueron grana (tinte), cáñamo, cendra (pasta) y fruta seca, algunos de los cuales eran importaciones desde el reino de Granada y otros puntos del Mediterráneo. Andalucía también exportaba cereal, producto que tenía un trato diferencial en los aranceles si los destinos eran Vizcaya y Galicia. Las licencias para distribuir este producto son muy abundantes para el concejo de A Coruña, condado de Vizcaya o la provincia de Guipúzcoa. Las exportaciones andaluzas de loza y jabón, la primera hacia Portugal y el segundo muy relacionado con el aceite. Del norte de África y del Atlántico medio llegaban a Andalucía cueros, cera, malagueta (pimienta), dátiles, orchilla (liquen del que se obtiene un colorante), azúcar, etc.




[i] El otro espacio hoy andaluz era el reino de Granada.
[ii] Tipo de pescadilla
[iii] Tellinas o pequeñas almejas.
[iv] “Andalucía y el Atlántico norte a fines de la Edad Media”.
[v] En el marco de la guerra “de los cien años”, que complicó a muchos estados entre los siglos XIV y XV.
[vi] Suroeste de la actual Holanda.

(En la fotografía un fresco de Dellepiane en el Palacio de Albertis, Génova. Representa a unas carabelas en el río Tinto frente al convento de la Rábida).

martes, 29 de enero de 2019

Las esposas de los clérigos

Fraile y monja. Óleo sobre lienzo de 106 por 103
cm. Frans Halsmuseum (Haarlem). Obra de Cornelis
van Haarlem

Durante la Edad Media no se prestaba atención a la exigencia eclesiástica de que los clérigos tuviesen esposa, hijos, amantes y otras compañeras con fines sentimentales o sexuales. En primer lugar el clérigo en la Edad Media no es solo el hombre consagrado, según Rodríguez Molina[i]. En dicha época existían un gran número de clérigos que no llegan a alcanzar las órdenes sagradas y a los que les está permitido por concilios, sínodos y normativas civiles estar casados y tener hijos. Cuando la Iglesia quiso corregir esta situación se dio una oposición generalizada por parte de los interesados, no estando dispuestos a renunciar al matrimonio.

Las primeras noticias del celibato eclesiástico son del siglo IV en el concilio de Elvira (300-306), pero así como hay iglesias que lo aceptan en otras no, en ocasiones suavizan el cumplimiento conciliar y así la legislación intenta fijar cada vez más el celibato eclesiástico, como cuando en 1215 el concilio de Letrán IV señaló que el celibato y la castidad debía ser “perfecta”[ii], estableciendo sanciones para los incumplidores. Pero los clérigos continuaron con el mismo comportamiento y la venida a España de un legado pontificio, Juan de Abbeville, en 1228, así lo atestigua, aunque pretendía terminar con la acumulación de prebendas y exigir el celibato eclesiástico. De nuevo la ineficacia de los intentos fue casi absoluta, e incluso se dieron casos considerados escandalosos.

Por lo que respecta al poder civil, el rey Fernando III de Castilla y León, en 1238, estableció en Toledo que los clérigos de Guadalajara pudiesen dejar a sus hijos como herederos de sus bienes. También se concedieron privilegios a los clérigos de otros lugares para que pudiesen dejar sus bienes en herencia a sus hijos, lo que Roma parece aceptar como un hecho. De todas formas el amancebamiento de los clérigos estuvo generalizado y a nadie parecía extraño por tratarse de una costumbre antigua. Incluso los hijos de los clérigos eran incluidos en la redacción de documentos públicos sin la menor sombra de escándalo. Esos hijos se confesaban como tales y los clérigos se negaron a abandonar a sus compañeras, mostrándose antes dispuestos a perder el beneficio del cual vivían.

De 1293 es el primer documento no legislativo que nos muestra la naturalidad con que son tratados en el obispado de Jaén los hijos de los clérigos. En un contrato de venta aparecen citados los “filos del dicho arçediano”. De 1354 es otro documento donde se muestra que la situación no había cambiado. En el siglo XIII, en cambio, un grupo de canónigos acusa al obispo de Jaén porque “ha fijos et nietos que le sirven”, pero los testimonios apuntan una generalizada vida conyugal del clero. En una bula de 1318 se muestra como la mayor parte de los prelados de Toledo vivían en compañía de sus mujeres e hijos, a los que proveían de beneficios eclesiásticos, y en 1320 un cardenal vino a España a reformar las costumbres del clero, pero se conformó con que ningún clérigo ordenado “in sacris” se atreviera a ser ministro de los esponsales, bautismo o matrimonio de sus hijos o nietos, de la misma forma que en 1323 el primado toledano debió contentarse con prohibir que la mujer o hijo del celebrante asistiese a la misa como ministro.

El Arcipreste de Hita en su “Libro de Buen Amor” dice “que clérigo nin casado de toda Talavera, que no tuviese mançeba, cassada ni soltera”, pero los clérigos contestaron –sigue diciendo en sus versos del Arcipreste- que ellos eran carnales y que dejar a sus compañeras era gran daño, por lo que antes eran partidarios de dejar sus prebendas. Pero desde mediados del siglo XIV empiezan a aparecer con insistencia normas escritas contra el concubinato de los clérigos y ya en el siglo XIII las Partidas abordaron con todo rigor las sanciones discriminatorias contra las mancebas de los clérigos: “que no pueden casas desque ovieren orden sagrada. E si casaren que non vale el casamiento”. Y así solo un determinado número de mujeres podía canónicamente morar con los clérigos: madre, abuela, hermana y así se cita a una serie de familiares femeninos. Con las demás mujeres se lleva a cabo un tratamiento duro y discriminatorio, quedan marcadas en adelante: no poder casarse después de que el marido clérigo muriese, pasar a servidumbre del obispo, y si ya fuese de condición servil, será vendida a favor de la Iglesia; los hijos que nacieren de estas mujeres deben ser sometidos a servidumbre de la Iglesia y no deben heredar… El clérigo con órdenes sagradas que siguiese con mujer debe amonestársele enérgicamente por parte del obispo, y si insistiesen en vivir juntos la mujer debe de ser encerrada en un convento de por vida.

En el caso de barraganía la legislación la prohíbe y en cuanto a las barraganas de los laicos dicha legislación es más tolerante, pero la considera pecado mortal. Existían, no obstante, ciertas condiciones para tener barragana siempre que esta no fuese virgen (cuestión de comprobación complicada) ni sea menor de doce años. A los clérigos se les prohíbe sin más y los nobles no podían tener barraganas siervas o hijas de siervas, ni juglaresca ni sus hijas, ni tabernera, “nin regatera, nin alcahueta, sin sus fijas”, ni aquellas llamadas viles, porque no podía admitirse que “la sangre de los nobles fuese embargada, nin ayuntada a tan viles mujeres”. La legislación del siglo XIV sigue la línea de la prohibición de la vida conyugal de los clérigos y la discriminación de la mujer, pero la realidad es muy otra sobre todo en lo que se refiere al alto clero, a sus mujeres e hijos.

En el siglo XVI se sigue exigiendo el celibato del bajo clero, pero el alto clero y sus mujeres es tratado con todo respeto, tolerancia e incluso aceptación. Volviendo atrás, en las Cortes de Valladolid de 1351 se denuncia la generalizada situación de clérigos amancebados: “barraganas de clérigos así públicas commo ascondidas e encobiertas”. En las Cortes de Soria de 1380 se pone de manifiesto la vida marital de los clérigos, pero se discrimina a las mujeres respecto de aquellos. Y en las Cortes de Briviesca de 1387 se decidió castigar a las mancebas de clérigos “demás de las otras penas ordenadas, que pague[n] un marco de plata”. En el siglo XV sigue la inoservancia del precepto y olvido de las normas en esta materia.



[i] “Celibato eclesiástico y discriminación de la mujer en la Edad Media andaluza!.
[ii] El presente resumen es resultado del trabajo citado en la nota i.

lunes, 28 de enero de 2019

Puertos vascos en el siglo XVI


Una polémica que duró casi un siglo se desató entre las fuerzas vivas de las ciudades de Burgos y Bilbao durante parte de los siglos XV y XVI. La importancia del puerto bilbaíno contrastó, en dicha época, con la preferencia de la Corona de Castilla por la ciudad de Burgos para establecer un Consulado, donde se centralizase el control del comercio exterior desde los puertos cantábricos y al sur del río Ebro. Los historiadores Gil Sáez, González Arce y Hernández García[i] han consultado y estudiado los fondos documentales que sobre este asunto hay en el Archivo General de Simancas, consistentes en los libros de contabilidad de los mercaderes de la villa de Bilbao y los bienes de extranjeros.

No solo Bilbao en sus relaciones comerciales con Francia, Inglaterra o Flandes, sino otros puertos vascos han generado –conservados- 68 contratos de fletamento entre los años 1504 y 1549. Esta documentación está comprendida en un pleito interpuesto –dicen los citados historiadores- por el prior y Consulado de Burgos contra el Consulado de Bilbao en la Chancillería de Valladolid, que luego pasaría al Consejo Real, a resultas del enfrentamiento que las comunidades mercantiles de ambas ciudades venían manteniendo desde principios del siglo XV.

La rivalidad entre ambos colectivos desató una “guerra” hacia 1451 en Brujas, que tuvo su continuidad hasta mediados del siglo XVI. Tras la intervención de los reyes Juan II y Enrique IV, hacia 1455 el consulado castellano; en Burgos se agrupaban los comerciantes procedentes del sur del Ebro y en Bilbao los vascos, pero en el ámbito exterior y en asuntos comunes actuaban como un solo consulado, para lo que firmaron una concordia en 1465. Pero la lucha continuó más tarde cuando Bilbao, que ya era un puerto importante del Cantábrico merced a su excelente surgidero (lugar donde puede fondear una embarcación), importante flota y comunidad de mareantes. Bilbao empezó a controlar la venta y exportación de hierro y, en 1494, dieron un paso más, consiguiendo que los reyes fundasen el Consulado de Burgos. La ciudad vizcaína reaccionó y, gracias a que su flota servía de base a las armadas reales, consiguió, un año más tarde, que dicho Consulado no tuviese competencias al norte del Ebro.

Esta disputa perjudicaba a ambas partes, por lo que se llegó a tres acuerdos (en 1499, 1500 y 1513) que supusieron una victoria parcial de Burgos, si bien Bilbao mantuvo la independencia con la creación de su Consulado en 1511… A mediados del siglo XVI de nuevo hubo problemas porque los burgaleses consideraban que los bilbaínos no respetaban los textos legales aprobados.

El Consulado de Burgos comenzó entonces negociaciones con Portugalete para trasladar su puerto, más capaz que el de Bilbao por su mayor calado para naves de mayor tamaño, de modo que en 1547 se firmó el tratado entre ambas localidades que causó una serie de litigios entre bilbaínos y burgaleses. Uno de ellos se debió al secuestro de seis naos con lana que los de Portugalete embargaron para reembarcar la mercancía con destino a Flandes. Los de Bilbao acusaron a los de Burgos y Portugalete de haber realizado un monipodio (que tiene una finalidad ilícita) y confederación, lo que estaba prohibido por la ley. Tras una sentencia favorable a Bilbao en 1551, el pleito pasó al Consejo Real, mientras que la guerra con Francia[ii] hizo que se llegase a una nueva concordia en 1553.

De todas formas, de la documentación consultada se deduce que la mayor parte de los que podrían incumplir los acuerdos eran comerciantes y navieros guipuzcoanos, y era con el comercio de la lana y no con el de hierro, más propio este de los bilbaínos. El cantábrico español era, en la época, el principal foco exportador de hierro en barras, herramientas, etc. Y en el caso de Castilla las ferias de Medina del Campo, Medina de Rioseco, Villalón y, en menor medida, Valladolid, estas se convirtieron en foco del comercio europeo por ser núcleos redistribuidores de productos. El puerto de Santander se especializó en la exportación de lana burgalesa, pero su primacía fue disputada por otros puertos guipuzcoanos, siendo puntos de escala para los viajes de vuelta trayendo productos europeos a la península Ibérica: pescados y lujosos paños flamenco, lanas más ligeras de Inglaterra y Flandes, lienzos franceses y holandeses, y artículos de primera necesidad como el cereal. El nivel de intercambios fue grande, lo que da idea del alto grado de desarrollo comercial alcanzado e Europa, a pesar de la inestabilidad que provocaba el corso.

De todo ello se ocupaban fletadores y fletantes, que suscribían contratos por los que el dueño de la nave la prestaba a otro para transportar mercancías, el fletador, que puede a su vez fletar dicha nave a otro, bien en todo o en parte de la embarcación para llevar otras mercancías. Los consignatarios, por su parte, son aquellos a los que iba destinado el cargamento. Encontramos armadores foráneos, como es el caso de los franceses y uno portugués. Entre los fletantes oriundos de la Corona de Castilla el predominio corresponde a los guipuzcoanos, seguidos de los vizcaínos, pero también encontramos un asturiano (Candás), un coruñés, un pontevedrés (Cangas) y tres santanderinos (Castro Urdiales y Santa María del Cesto). Los puertos más importantes, de entre los vascos, fueron Ondárroa, Bilabao, Deva, Portugalete, Pasajes y San Sebastián, siendo este y los dos anteriores los más importantes.

En cuanto a los fletadores estaban más dispersos territorialmente, aunque son mayoría los naturales del reino, sobre todo vascos, pero también riojanos, navarros y andaluces. Los extranjeros eran el 12%, la mayoría ingleses e irlandeses.

Entre los mercaderes (propietarios en todo o en parte de la carga del barco) un producto importante era la lana, pero aún más el hierro, y a mucha distancia el vino, la madera, fruta, resina, pescado salado, alumbre, paños y estameñas. El hierro procedía de las numerosas ferrerías diseminadas por Vizcaya y Guipúzcoa, particularmente a lo largo del río Urumea. Hierro que iba, en su mayor parte, a Inglaterra, comercio que ya se encontraba consolidado al menos desde el siglo XIII, seguida del sur peninsular, bien a Lisboa o a Sevilla y Sanlúcar de Barrameda. De aquí se embarcaba el hierro hacia América de forma creciente, a medida que la demanda en el nuevo continente fue mayor.

La lana iba a los puertos flamencos de Ramua[iii] y La Esclusa[iv], aunque el centro distribuidor estaba en Brujas. El puerto de embarque más importante de este producto estuvo en Santander, pero más tarde fueron puertos vascos los elegidos. El vino iba más que a ninguna otra parte a puertos ingleses, compartiendo sitio en las bodegas con el hierro, la fruta (naranjas, limones y pasas), si bien el contrato se solía cerrar en Valencia, Colindres (Cantabria) y el Puerto de Santa María. El alumbre solía ser propiedad de mercaderes burgaleses, cargado en Mazarrón[v] y enviado a Ruan y Flandes. Las estameñas castellanas eran enviadas a Flandes y los paños de Castilla y de Durango eran remitidos al puerto de A Coruña.

Los puertos flamencos de La Esclusa y Ramusa y los ingleses de Londres, Santa Catalina, La Pola, Bristol, Lim, Exeter y Antona son los que más mercancías recibían, seguidos de los españoles de Ayamonte, Bilbao, A Coruña, Sanlúcar de Barrameda, Málaga, Alicante y Palma. En cuanto a Francia, los puertos de Nantes, Ruan, San Julián y La Rochela. Lisboa y los puertos italianos de Mesina, Nápoles y Palermo, junto con el irlandés de Galway completan esto. Los viajes de vuelta hacían la ruta Nantes-Ondárroa, Sanlúcar-Ramua, Londres-San Sebastián, Lim-San Sebastián, Bristol-Pasajes, Lim-Pasajes, La Esclusa-San Sebastián, Flandes-Bilbao-Laredo e Inglaterra-Bilbao, con cereales, alumbre, fruta, habas, cuero, plomo, cerveza y paños.



[i] “El comercio de los puertos vascos en la primera mitad del siglo XVI a partir de los contratos de fetamento”.
[ii] Es la que enfrenta a las monarquías francesa y española por la hegemonía en Italia, finalizando en 1559 con la paz de Cateau-Cambrésis.
[iii] Amemuiden, actual Middelburg, en el suroeste de la actual Holanda.
[iv] Sluis, en el extremo suroeste de la actual Holanda.
[v] En la costa murciana.

domingo, 27 de enero de 2019

Excomuniones, pleitos y raciones

Iglesia en Urrizola (Navarra)

La convivencia entre los cabildos catedralicios y los obispos, pero también entre los miembros de dichos cabildos, ha estado llena de conflictos, pleitos y medidas coercitivas para hacer cumplir ciertas normas o evitar comportamientos que se consideraban abusivos o erróneos. Podría decirse que el estado de conflictividad entre esos dos poderes –cabildo y obispo- han sido la norma. Por otro lado, detenerse en el caso de alguna diócesis, es un buen ejercicio para comprender la naturaleza humana, el comportamiento social de un grupo reducido pero poderoso e incluso una aportación a la antropología social.

Ángeles García de la Borbolla[i] ha estudiado las desavenencias entre cabildo y obispos, así como las circunstancias de la vida material de los mismos y el clima espiritual en estos grupos. El cabildo de la catedral de Pamplona –dice la autora- quedó formado a finales del siglo XI con el episcopado de Pedro de Roda[ii] y, poco a poco, fue logrando un grado de autonomía mayor respecto a los obispos sucesivos, lo que se sustentó en la creación de un patrimonio propio. Esto mismo se puede observar en otros cabildos peninsulares desde el siglo XIII, llegando a tener un gran peso social y político en los núcleos urbanos. Se trata de grupos que tenían un sólido poder económico y que gestionaban un importante patrimonio, sirviendo estos cabildos para afirmar a los linajes urbanos de los que formaban parte.

A comienzos del siglo XIV se produce la cesión del dominio temporal de la ciudad a los reyes, con la consiguiente compensación económica para el obispo y su cabildo (1319), existiendo ya la división entre las rentas episcopales y las del cabildo, en el cual había canónigos o dignidades con más poder que otros: algunos arcedianos, entre ellos el de la tabla y el de la cámara, priores, chantre, tesorero y enfermero[iii]. Gobernaba entonces la diócesis el obispo Arnalt de Barbazán (1318-1355), de origen francés, terminando el siglo con el obispo Martín de Zalba (1377-1403).

La creación de una mesa capitular conllevaba su división en prebendas para cada uno de los canónigos, cada uno de los cuales recibía una ración, que era distinta según la función que realizaba cada uno de ellos. Esto dificultó, dice García de la Borbolla, las funciones religiosas, relajando la disciplina y entablando numerosos pleitos. Los arcedianos de la tabla y de la cámara son los que más pleitos suscitaron, estando de por medio el número de canónigos que formaban el cabildo, pues cuantos más fuesen menos ración correspondía a cada uno. En general dicho número osciló entre veinte y treinta con algunas excepciones. En 1309 se incorporaron doce nuevos canónigos, a cuatro de los cuales se les envió al studium de Toulouse o París para que completasen su formación durante seis años, correspondiéndoles 12 libras anuales más los corriedos[iv], pitanzas[v], claverías y pimientas como al resto.

La dignidad de la tabla era la mejor dotada y cuando la tuvo el canónigo García de Deza las confrontaciones fueron constantes, de forma que el incumplimiento de sus funciones le supuso la pena de excomunión en varias ocasiones. Cabe pensar que si estaba excomulgado ya no se le podría excomulgar otra vez, por lo que se supone que se arrepentía, se le perdonaba la excomunión y volvía a incurrir en dicha pena. Hubo pleitos porque el cabildo reclamó se repartiesen entre sus miembros las raciones de los capitulares difuntos, por cobrar los honorarios de las visitas que realizaban a este o aquel territorio, por la negativa del de la tabla a pagar las raciones, etc. Se había establecido que los bienes de un canónigo cuando fallecía se debían repartir en tres partes: el oro, plata, dinero y vestidos “para gastos en misas por su alma”, los animales, trigo y utensilios para el sucesor, y los libros para el cabildo. Vemos, pues, a canónigos convertidos en administradores de una fortuna pecuaria, dineraria, en joyas y otros bienes materiales que nada tienen que ver con su teórica función espiritual.

El canónigo Deza se negó en cierta ocasión a pagar al médico del obispo y el cabildo, al maestro de la fábrica de la catedral, dar limosna a los pobres y no pagar a ciertos servidores: capellanes, portero, cocinero, dormitoreros, etc. El cabildo amenazó entonces con suspender todos los oficios litúrgicos, como si estos tuviesen algo que ver con la situación material de sus miembros. Deza recibió en 1308 de una viuda una casa en San Sebastián “por el alma de su marido” y por los 3.000 maravedíes que el arcediano le había prestado y, al año siguiente, recibe de un matrimonio los palacios, casas y collazos[vi] que tenían en Añorbe[vii]; el monasterio de san Juan, cerca de Oloriz[viii], los diezmos, heredades y collazos en Urrizola[ix].

El pertinaz Deza tuvo que ser suspendido a divinis después de que “hayamos amonestado al nuestro amado en Jesús Cristo…” y dado que no causaban efecto en él los sucesivos “excomulgamientos”. Pero los problemas no cesaron por estas penas, pues los canónigos reclamaron al arcediano ausente sus raciones de pan, vino, carne, pescado, huevos y queso… como vemos, asuntos muy espirituales. En 1318 un nuevo conflicto se desata con Deza y de nuevo se le amenaza de excomunión, sentenciándose que el cabildo tomase en arriendo todas las rentas del arcediano por el plazo de 8 años, plazo ampliable si la vida del arcediano se alargara, pagándole por ello 800 cahíces[x] de trigo y una ración. No fuese a ser que el arcediano Deza tuviese larga vida y los problemas se prolongasen…

Luego vinieron los problemas con el arcediano de la cámara, ya que las dignidades llevaban aparejadas unas rentas, y en 1321 el obispo tuvo que mediar como árbitro por haber cierto desacuerdo, además de que se pedía que el número de canónigos debía reducirse a treinta. García de la Borbolla habla de una cadena ininterrumpida de pleitos con penas de excomunión y suspensión “de los oficios divinos”, que quizá no tuviesen tanto de divinos. En 1328 vuelven las quejas de los canónigos por esta o aquella cuestión. Hasta se llega a recordar que los canónigos, cada día, debían comer en el refectorio carne, en concreto un cuarto de carnero para cada dos. En ciertas ocasiones se debía proporcionar “doble ración de queso y huevos”, y proveer a la cocina ollas y sartenes, así como la leña requerida. Lo más curioso es que si se veía a un canónigo “desfallecido” (lo que no sería muy difícil de aparentar) se le debía dar durante tres días doble ración, y los canónigos que se encontrasen enfermos  debían recibir “cada noche un vaso de vino más de la porción acostumbrada”. Toda una casuística elaborada por sesudos canónigos que quizá tuviesen tiempo, aún, para rezar.

Hubo momentos en los que el cabildo vivió con estrecheces, hasta el punto de tener dormitorios para sus miembros muy humildes. Tuvo que ser un hijo del rey Carlos III el que, en el siglo XV, edificase uno nuevo. Más pleitos que incluso llegan a la rota romana hasta que un personaje de gran capacidad administrativa entra en acción. Se trata de García Sánchiz de Reta, canónigo que, entre 1336 y 1343 adquiere una serie de bienes que permiten, mediante arriendo, disponer de más recursos al cabildo; incluso algunos canónigos, a título particular, hacen operaciones de compra y arriendo como si se tratase de seglares. En 1336, por ejemplo, ceden a Sánchiz de Reta una viña en Burlada[xi], y un hortelano de Pamplona y su mujer le venden una viña en Villaba[xii]; un zapatero y su mujer, vecinos también de Pamplona, le venden otra viña, y una operación similar se produce en 1337 con la compra de otra viña que ha de servir para el aumento de la ración de los canónigos. En 1340 Sánchiz de Reta compra otra viña a un miembro del cabildo, Pérez de Itoiz, casi seguro hijo de un mercader franco –dice García de la Borbolla- que llevó a cabo una intensa actividad individual de adquisición de propiedades entre 1329 y 1348. No es de extrañar el abandono de las funciones propias de los canónigos, que eran asistir a la iglesia catedral y a las necesidades espirituales de los fieles. En 1346 compró a un mercader de Pamplona un huerto para hacer frente a las necesidades de leña. En la década de los treinta la economía del cabildo mejora, lo que se demuestra por el volumen de compra de propiedades, sobre todo viñas y huertos. En la mayor parte de los casos estas propiedades serán arrendadas, obteniendo una rentabilidad nada despreciable para poder hacer frente a un importante volumen de gastos.

El arcediano de la tabla era el mejor retribuido, después del obispo, lo que demuestra la autora a la que seguimos aquí mediante un documento de 1363. En él se detalla lo que pagaban en concepto de rediezmos todos los conventos e iglesias de la diócesis en proporción a sus rentas. Así será posible admitir nuevos canónigos que vengan a sustituir a los fallecidos, con los consiguientes nuevos pleitos. En todo caso, entre 1335 y 1336 se registran numerosas compraventas de viñas y huertos, lo que proporciona unos beneficios regulares al cabildo. De nuevo en 1342 está Sánchiz de Reta comprando una viña a un mercero de Pamplona, y en 1343 adquiere a un vecino de Burlada otra viña… Se vendieron unos montes de Guipúzcoa y una viña comprada por un canónigo la arrienda a su antiguo propietario. En 1342 se da un caso particular que pone de manifiesto el abuso de la excomunión para cuestiones totalmente ajenas a lo espiritual: obispo y cabildo exigen que los corriedos paguen en dinero y no en especie y en un plazo de quince días “bajo pena de excomunión”. Ver para creer.



[i] “Encuentros y desencuentros en el seno del cabildo de la catedral de Pamplona (siglo XIV)”.
[ii] Natural de Rodez, sur de Francia, lo que veremos en más casos debido a la vinculación durante mucho tiempo de la monarquía navarra a la francesa.
[iii] El arcediano de la tabla era el encargado de administrar los alimentos, el de la cámara el vestido, el chantre se encargaba del culto, el tesorero se encargaba de la sacristía y objetos valiosos.
[iv] Son divisiones eclesiásticas del territorio.
[v] Porción de comida que corresponde a cada uno.
[vi] Personas sujetas a un poder señorial.
[vii] En el centro de la actual Navarra.
[viii] En el centro de la actual Navarra.
[ix] Al noroeste de la actual Navarra.
[x] Medida de capacidad que en Navarra se empleaba para los cereales.
[xi] Cerca de Pamplona.
[xii] Cerca de Pamplona.

sábado, 26 de enero de 2019

Navegaciones atlánticas

El Viejo Mundo y el Atlántico en un mapa antiguo

Si se prescinde de los monjes irlandeses –dice Céspedes del Castillo- que, con propósitos evangelizadores, navegaron a finales del siglo VIII a Islandia y las islas Far-Oer (1), los primeros grandes exploradores del Atlántico fueron los vikingos. Comenzando en el siglo IX a partir de sus bases escandinavas, se irían asentando en las islas Shetland (2), Orcadas (3) y en Islandia. A Groenlandia llegaron en el año 985 y poco después exploraban las costas de la península de Labrador, la Tierra de Baffin (4) y el estrecho de Hudson. Conocieron la isla de Terranova y muy probablemente un tramo –que llamaron Vinlandia- de la costa noreste de los Estados Unidos. Los pequeños, escasos y dispersos asentamientos vikingos en tierras que hoy sabemos americanas tuvieron una existencia precaria y fugaz. En 1016 fueron abandonados, debido en parte a la hostilidad de los esquimales, en parte a un ligero descenso de las temperaturas medias anuales que hizo ya demasiado peligrosa la navegación en esas latitudes.  La colonia de Groenlandia sobrevivió hasta principios del siglo XV, pero las tierras más al oeste no tardaron en ser olvidadas. Hoy podemos decir que los vikingos fueron los primeros en cruzar el Atlántico.

Ellos remaban en sus serpientes o barcas sin cubierta y con una vela que izaban para aprovechar el viento o arriaban y extendían para protegerse de la lluvia, pero no pudieron imaginarse la existencia de haber estado en un nuevo continente.

Mucho tiempo después se asomaron al Atlántico contra navegantes genoveses, catalanes y mallorquines, llevando consigo lo mejor de sus técnicas navales, cartográficas y comerciales. Sus expediciones al este del estrecho de Gibraltar son poco conocidas, envueltas como estuvieron en el secreto que, desde tiempo de los fenicios, ha sido típico de todo mercader que no desea competidores. Se sabe de una de ellas, que hasta ahora pasa por ser la primera, en el año 1291. Empezaron a lo largo de la actual costa atlántica de Marruecos, sobre la base de información obtenida de pescadores de Andalucía y el Algarve; fueron natural continuación de navegaciones de cabotaje por el litoral mediterráneo de África; su probable objetivo sería alcanzar, hacia el sur, el entonces desconocido lugar de origen del oro y el marfil que llegaba a todas las ciudades portuarias situadas entre Ceuta y Túnez, a través del Sáhara. Las olvidadas islas Canarias, en las cuales habían ya comerciado los romanos, fueron redescubiertas, estableciéndose pasajeramente en Lanzarote un puesto comercial a principios del siglo XIV. Poco antes de 1330 se avistaban las Madeira, posiblemente por pescadores andaluces o portugueses que, en el viaje de regreso desde aguas canarias, conocían ya que alejándose de la costa en dirección N o NW encontraban vientos aprovechables para sus embarcaciones hasta dar con otros muy favorables en la latitud sur de Portugal.

Los navegantes mediterráneos no vuelven a aparecer por estas aguas desde 1389. Genoveses y catalanes sucesivamente, concluyen que los desembolsos y riesgos asumidos en la exploración de un nuevo mercado no ofrecen nada positivo. Recuérdese también que las epidemias de la peste negra habían causado estragos en sus puertos de origen. Además no se encontraban preparados para la navegación atlántica de altura. Habían diseñado tipos de buque aptos para el Mediterráneo y sus cortos trayectos e irregulares vientos. El mejor de sus prototipos fue la galera, larga, fina y de poco calado para evitar bajos fondos y minimizar la resistencia del agua. Dependía de los remos como elemento propulsor, usando una o dos velas auxiliares para aprovechar el viento y aliviar a los remeros; era rápida y segura en aguas tranquilas y entre puertos cercanos donde reabastecerse con frecuencia y hallar refugio en caso de temporal. En el Atlántico, mar abierto y tempestuoso, lejos de puerto, la galera resultaba frágil; su radio de acción muy limitado, ya que había de cargar provisiones para una gran tripulación que incluía muchos remeros; la capacidad de carga útil resultaba insuficiente para compensar las largas distancias y elevados gastos diarios que es preciso multiplicar por los muchos días de navegación.

Entre tanto, los marinos de la costa atlántica europea diseñaban un tipo de nave más adecuado a los agitados mares Cantábrico y del Norte: el barco redondo, en proporción más corto y ancho que el mediterráneo, de perfil transversal redondeado para hacer su esqueleto de madera más resistente a los embates del mar. Era pesado y lento, pero, con su línea de flotación más alta, el centro de gravedad quedaba bajo; esto le proporcionaba estabilidad suficiente para cargar un aparejo de velas cuadradas más elevado y de mayor superficie que el de la galera. Portugueses y castellanos fueron quienes por su situación geográfica se hallaban en condiciones ideales para aprovechar lo mejor de la doble tradición atlántica y mediterránea en construcción naval. A lo largo de un siglo fueron mejorando el diseño y aumentando el tonelaje de sus barcas, inicialmente sin cubierta y con uno o dos mástiles, hasta crear la carabela, un tipo de barco redondo muy ágil y maniobrero, con cubierta y castillo de popa, que evoluciona durante casi todo el siglo XV y aumenta de tamaño hasta alcanzar por término medio 21 metros de largo, 7 de ancho, 2 de calado y carga útil de 60 toneladas castellanas. La carabela utilizada a partir de 1441 en viajes de exploración, heredó de anteriores barcos redondos su solidez, su total dependencia del viento, su pequeña tripulación –ya que no precisa remeros- y su relativa gran capacidad de carga que, permitiéndole llevar abundantes provisiones, le otorgaría un gran radio de acción.

En un esfuerzo empírico por aumentar tonelajes y reducir tripulaciones sin sacrificar demasiada velocidad ni agilidad, fue surgiendo la nao; capaz de cargar hasta el doble de una carabela. Así, la construcción naval europea alcanzaba, por fin, a comienzos del siglo XVI un grado de eficacia y calidad distinto pero comparable al de Oriente.

Porque no olvidemos –dice Céspedes del Castillo- que entre las grandes civilizaciones del Viejo Mundo durante la Edad Media, fue la cristiana europea la más marginal y periférica desde el punto de vista geográfico, la más pobre desde el económico, la más inmadura desde el cultural y estuvo, por añadidura, sometida al embate del Islam dinámico y expansivo. Europa cristiana mostró, sin embargo, una asombrosa vitalidad, una pasión por aplicar conocimientos teóricos a fines prácticos, con resultado de rápidos avances en la tecnología militar, naval y comercial, y una prodigiosa capacidad de adaptación y asimilación. Estas actitudes europeas se forjaron en siglos de contacto con el Islam, que hicieron del Mediterráneo un mundo dividido y en permanente conflicto, pero también una zona de difusión cultural. Teniendo como vehículo principal las migraciones judías, Europa recibió del Oriente no pocos de los que iban a ser elementos esenciales de su civilización: los numerales hindúes (llamados arábigos); las invenciones chinas de la brújula, la pólvora y la imprenta; gran parte de la ciencia clásica, que en Europa casi se perdió tras la caída del Imperio romano, pero que fue conservada por los musulmanes en el Oriente Medio. Así vino el Islam a enriquecer Europa con su tecnología agrícola –uso del regadío, difusión del cultivo de la caña de azúcar y de árboles frutales. La muy europea idea de Cruzada fue una copia modificada de la idea musulmana de Guerra Santa; las órdenes militares tuvieron su primer modelo en comunidades musulmanas de monjes-guerreros…
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(1) Son las Feroe, entre Escocia e Islandia.
(2) Al noreste de Escocia.
(3) Entre Shetland y Escocia.
(4) Al nordeste de Canadá.

(Este texto es copia, casi literal, de una parte de la obra de Céspedes del Castillo, “América hispánica”. El mapa ha sido tomado de https://franciscojaviertostado.files.wordpress.com/2016/11/1280px-vinland_map_hires.jpg).

viernes, 25 de enero de 2019

Lusindo y Batilo

Cementerio de Père-Lachaise (París)

En el cementerio de Père-Lachaise de París se encuentra la tumba de uno de los ilustrados españoles más notables desde finales del siglo XVIII a principios del siglo XIX. La tumba es un templete de planta circular con columnas lisas de orden toscano que sostienen un entablamento y una cúpula rebajada en el más claro estilo neoclásico, sin concesión alguna a la decoración y de una sobriedad extrema. Allí está enterrado Mariano Luis de Urquijo, que murió en París en 1817 después de haber ocupado importantes cargos políticos con el rey Carlos IV y con José I.

Urquijo estuvo abierto a las novedades culturales europeas, pero su voluntad de cambio le fue pagada, según Aleix Romero[i], con el destierro, la prisión y el exilio, lo que era común en una época de transición entre el Antiguo Régimen el alumbramiento de otro nuevo. Estudiante en la Universidad de Salamanca desde 1784, asistió a los enfrentamientos entre ultramontanos y aperturistas, mientras Jovellanos aseguraba que, en dicha ciudad, “toda la juventud era… pistoyense”[ii]. Los estudiantes conocían las ideas de Tamburini entre otros que, aunque se prohibieron sus escritos, profesores de mentalidad aperturista las divulgaron, como es el caso de Ramón Salas[iii] o Diego Muñoz Torrero[iv], entonces rector de la Universidad.

Entre Meléndez Valdés y Urquijo se trataban como Lusindo y Batilo, y así Urquijo se aprovechó de las amistades del segundo: Jovellanos, Eugenio Llaguno[v], Ramón Salas, Nicasio Álvarez Cienfuegos[vi], Juan Bautista Picornell[vii] y otros. Cuando Uquijo dio a la imprenta su traducción de “La muerte de César”, obra de Voltaire que estaba prohibida en España[viii], nuestro ilustrado fue investigado por la Inquisición, según Juan Antonio Llorente, pero la sanción que sufrió fue moderada y la traducción de Uquijo no apareció en el Índice de Libros prohibidos hasta años más tarde.

En 1792 el conde de Aranda propuso al rey Carlos IV que Urquijo se incorporase a la Secretaría de Estado y más adelante consiguió la confianza de Godoy (como luego le combatiría). Por las manos de Urquijo pasaron asuntos como el “Discurso” del conde de Teba[ix], que pretendía levantar a la aristocracia contra Godoy; luego fue nombrado secretario de la embajada en Londres, donde estuvo solo unos meses, dedicándose a estudiar el sistema de gobierno británico. Cuando Francisco de Saavedra[x], Secretario de Estado y Hacienda, enfermó y perdió el habla, el rey habilitó a Urquijo en 1798 para ocuparse de dicha Secretaría, pero tales eran las intrigas que por entonces se daban en la Corte que unos días más tarde Jovellanos, Secretario de Gracia y Justicia, fue cesado y recluido en Gijón.

Como ministro plenipotenciario en la República Bátava, nombrado por Carlos IV, se ocupó de mediar entre la Francia del Directorio y Portugal, deseando aquella el cierre de los puertos de esta al comercio británico. Como Francia no se fio de las gestiones de Urquijo, solicitó al rey de España su sustitución, a lo que el monarca se negó. Ello no fue obstáculo para que en 1799 una escuadra francesa saliera del puerto de Brest con el propósito de unirse en Cádiz a la española de Mazarredo, lo que puso en riesgo a esta de quedar a merced de la inglesa que bloqueaba el Mediterráneo. Fue una muestra de que el Directorio trataba a España subordinadamente, lo que provocó el cese del embajador Azara[xi].

Urquijo también tuvo opositores, sobre todo desde que en 1798 fueran publicados los decretos sobre desamortización de los bienes de obras pías, que tenían el objetivo de contener la devaluación de los vales reales sin conseguirlo. Incurrió en contradicciones que se explican en el contexto de la época, de oposición feroz entre reformistas y reaccionarios: impidió la circulación de dos obras en las que se mostraban las invectivas de unos y otros. Cuando murió el papa Pío VI en 1799, Urquijo publicó el Decreto por el que los obispos y arzobispos españoles podían expedir dispensas matrimoniales, entre otras cosas, lo que supuso un importante ahorro para el erario público. Las disputas que originó esto, que se ha considerado como la máxima expresión del regalismo, llevó a la división del episcopado español. Según algunos solo apoyaron el Decreto los arzobispos de Granada (Moscoso y Peralta) y Tarragona (el agustino Armañá y Font), más los obispos de Astorga (Gutiérrez Vigil), Barbastro (el benedictino Abad Lasierra), Calahorra (Aguiriano y Gómez), Salamanca (Tavira Almazán), Guadix (Magi y Gómez) y Tui (García Benito). El nuncio Casoni se soliviantó por este decreto, uniéndose a ultramontanos como el arzobispo de Zaragoza y el general de los franciscanos, Joaquínn de Campmay, que llegó a proponer, en 1793, cuando estaba a punto la guerra contra la Convención, la formación de un ejército de 40.000 hombres que él mismo dirigiría.

También publicó Urquijo un Decreto en 1799 para que la Inquisición no se extralimitara, lo que tuvo resonancia internacional, pues eran conocidos los excesos del tribunal en toda Europa. Se empeñó nuestro ilustrado en una de las expediciones científicas de Alexander von Humboldt a América, manifestándose su admiración por las ciencias en el establecimiento de un laboratorio de química, cátedras de matemáticas, mineralogía y física experimental; introdujo el telégrafo óptico[xii] y la vacuna de Jenner[xiii]. A Urquijo se debe, en 1799, la firma del tratado de paz firmado con la regencia de Marruecos[xiv] por el que se prohibía la esclavitud para los prisioneros de guerra.

Cuando Godoy fue recuperando el favor real, Urquijo lo fue perdiendo, hasta el punto de que los diplomáticos franceses detectaron la aproximación del primero al partido “católico” o “jesuita”, donde encontramos a personajes como Múzquiz[xv], Arce (inquisidor), Caballero[xvi] y el infante de Parma, miembro de una rama “menor” de los Borbón a quien Napeleón concedió ser rey de Etruria en 1801, pero moriría dos años más tarde.

Aquí no tratamos el trabajo de Urquijo con el rey José, pero puede verse en el que hemos citado al principio, debido a Aleix Romero Peña. Asombra, en todo caso, el esfuerzo que personajes ilustrados como Urquijo realizaron para la modernización de España, enfrentándose a fuerzas poderosísimas y sufriendo por ello penalidades e injusticias, aunque también es cierto que no pocos de estos ilustrados tuvieron un poder que les vino dado por la influencia de otros que confiaron en ellos.



[i] “Mariano Luis de Urquijo. Biografía de un ilustrado”.
[ii] Del sínodo de Pistoya, celebrado en 1786 por partidarios de reformas en la Iglesia en orden a las ideas jansenistas.
[iii] Político y catedrático de Universidad, condenado por la Inquisición y luego rehabilitado. Formó parte de las Cortes de Cádiz.
[iv] Sacerdote y catedrático que participó en la elaboración de la Constitución de Cádiz. Colaboró al fin de la Inquisición.
[v] Realizó diversos estudios en el campo del arte, fue miembro de la Real Academia de la Historia y de la Sociedad Vascongada de Amigos del País.
[vi] Escritor de gusto entre neoclásico y romántico.
[vii] Pedagogo influido por Locke, Rousseau, Beccaría y Montesquieu, entre otros.
[viii] Trataba temas como el tiranicidio.
[ix] Eugenio de Palafox, hijo de la condesa de Montijo. Junto con Aranda y otros fue una muestra de la oposición al encumbramiento de Godoy, pero también una reivindicación del papel de la aristocracia en el gobierno.
[x] Militar y diplomático, desempeño funciones públicas en América con Carlos III: expulsión de los ingleses del golfo de México y apoyo a los colonos británicos de Norteamérica.
[xi] Destacó por su labor de mecenazgo. Colaborador de Roda en la expulsión de la compañía de Jesús, fue el encargado de que las pensiones de los expulsos llegasen a Italia.
[xii] Utensilio que se puede ver a distancia y que permite emitir diversas señales que, a su vez, recibe otro igual, propagándose así un mensaje a grandes distancias con mayor velocidad de la que podía llevar a cabo un jinete.
[xiii] Contemporáneo de Urquijo, fue el descubridor de la vacuna antivariólica, pero también contribuyó a otros avances en el campo de la zoología.
[xiv] En vigor desde 1783 con Estados Unidos.
[xv] Predicador real y confesor de la reina entre otras cosas.
[xvi] Intrigante y reaccionario que participó en el proceso incoado contra el príncipe don Fernando (futuro Fernando VII). Estuvo mucho tiempo en el gobierno, pero sin destacar como otros personajes opuestos a él.