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sábado, 29 de agosto de 2020

Tierra y población en el norte de Portugal

Río Támega

“A terra e o homem” es el título de un capítulo de la obra de Oliveira Martins, “Historia de Portugal”, publicada en 1908 en su séptima edición. En dicho capítulo el autor analiza las características agrícolas y climáticas, la orografía y la geología, que forman la fisonomía natural de las diversas regiones del territorio portugués.

La antigua división de Portugal en provincias –dice- obedecía más a aquellas condiciones naturales que la moderna división en distritos. Las provincias se habían formado históricamente de acuerdo con las condiciones naturales; los distritos actuales fueron creados administrativamente de un modo hasta cierto punto artificial. El autor se inclina por estudiar el norte de Portugal, un resumen de lo cual es éste artículo, que comprende dos territorios al norte del Duero separados por el río Támega: al este, Tras-os-Montes, al oeste, Entre-Douro-e-Minho.

Buscando en los ríos la división de estas dos provincias se consagraban las diferencias esenciales: geológicas (rocas eruptivas dominando el oeste, esquistos al este del Támega) y también las climáticas. Portugal –dice Oliveira Martins- es en general un anfiteatro de montañas levantado frente al océano. Esto condiciona que las provincias se puedan dividir en interiores y marítimas, en cismontanas y transmontanas; las que están directamente expuestas a la acción de las brisas marítimas y los declives orientales, los valles interiores y las pendientes escalonadas (socalcos) de las sierras a cubierto del mar por picachos antiguos.

Esta circunstancia da caracteres diversos a las dos provincias de Douro-Minho e Tras-os-Montes, divididas por las sierras del Gerés y del Marâo, que “roban” a la última la acción de las brisas marítimas. Quien alguna vez traspasó el Támega –dice nuestro autor- seguramente observó la profunda diferencia de paisaje y del carácter y aspecto de los habitantes de más allá de éste río y más acá. El trasmontano, vivo, ágil, robusto, se destaca en comparación con el miñoto, más paciente y laborioso, tenaz, persistente… (en un determinismo geográfico). Más allá del Támega el clima es seco (40-60% de humedad relativa) pocas lluvias (500 a 1.000 mm. y en el verano 70 a 80 apenas), grande el calor en el fondo de los valles apretados, más templado en las alturas; intensos los fríos invernales, que coronan de nieve las montañas y hielan el agua… Al oeste del Támega, las brisas del mar, estancadas en su viaje por las sierras, se condensan y producen lluvias copiosas: por eso en Miño, en el lado occidental de las sierras de oriente, corren numerosos ríos paralelos, cuyos valles, reuniéndose junto a la costa, forman a lo largo de ella la primera de las planicies de Portugal. Habita esta región una población abundante, activa, pero sin distinción de carácter, ni elevación de espíritu: consecuencia necesaria de la humedad y de la fertilidad. Falta esa especie de tonificación propia del aire seco y de los largos horizontes recortados en un cielo luminoso y puro.

Miño es como Flandes, no como Ática –dice-, las lluvias se precipitan abundantes (1.200-2.000 mm. anuales, y en el verano 80 a 200) sobre un suelo lleno de caudales; la humedad (70 a 100%) hace flácidos los temperamentos y entorpece la vivacidad intelectual de quien no soporta un frío excesivo que le irrita, ni un calor excesivo le hace fermentar, de la manera que sucede en los trópicos. Templado el clima (12 a 15 grados), sin excesiva oscilación invernal, la población satisfecha, feliz y bien nutrida de vegetales y aire húmedo, ofrece la imagen de un ejército de laboriosas hormigas sin cosa alguna que brille.

El clima determina el paisaje más allá del Támega y las rubias mieses del trigo, los pámpanos, el roble noble y el castaño gigante, visten las laderas de elevadas sierras, cuyas crestas dentadas de rocas, en el invierno coronadas de nieves, se recortan en el fondo azul del firmamento, dando fijeza y nobleza al cuadro, e infundiendo lo elevado del espíritu. La naturaleza vive en la luz, y el alma siente que los elementos tienen dentro de sí fuerzas que los animan.

Más acá del Támega el escenario cambia: la humedad cría en todo el espacio vegetaciones abundantes; no hay un palmo de tierra donde no broten las plantas; pero como el suelo es pobre, como la roca aflora con frecuencia y los campos nacen del terreno vegetal formado entre los arrugamientos del granito en ramos descompuestos, y en los estuarios de los ríos por los sedimentos de las crecidas, la vegetación es rastrera y humilde, el pino marítimo es de una constitución débil, el roble es un enano entre las vides suspendidas. La densidad de la población completa la obra de la naturaleza en una región donde el vino no madura: el ácido picante le da una semejanza a las bebidas fermentadas del norte, como la cerveza, y con ella, el genio del pueblo tiene también caracteres semejantes a los de bretones y flamencos (debe tenerse en cuenta que el autor habla a principios del siglo XX).

La vegetación, de por sí mezquina, aún se hace más mezquina por la mano del hombre: las necesidades de la población abundante producen una cultura que es más hortícola que agrícola: muy pequeños campos, circundados por pequeños valles, orlados por robles pequeños donde también se encuentran uvas verdes. En medio de esto la familia es como un enjambre de hormigas: el padre, la madre, los hijos, se dedican a labrar los campos o empujan “una miniatura” de carro. Sobre un cielo nuboso casi siempre, encerrado en un valle lleno de maíces, dominado alrededor por florestas y pinos sombríos, sin aire vivificante, sin abundante luz ni largos horizontes, el enjambre de hormigas de los miñotos, no pudiendo despegarse de la tierra, y aún confundiéndose con ella y con sus bueyes, sus arados y otros aperos, forma un todo donde “si no se levanta una voz de independencia moral, sí en cambio con frecuencia se levanta el grito de la resistencia utilitaria”.

El paisaje es rural, no agrícola; la poesía de los campos es naturalista –dice Oliveira- no es idealmente panteísta. Quien ha subido alguna vez a cualquiera de las montañas de Miño y dominó desde ahí las espesuras de las arborescencias, sin contornos definidos, y los valles cuadriculados de muros y robles, seguramente sintió una profunda respiración, una viva inspiración de la luz. Apenas aquí y allá, en la monotonía de los maizales, se ve que en el corazón del miñoto hay lugar para el idilio infantil del amor[i].



[i] El actual resumen es una traducción libre, salvo los entrecomillados y líneas en cursiva, de la obra del autor citado.

domingo, 5 de julio de 2015

Viaje al cabo Roncudo


En el noroeste de Galicia se encuentra Corme, villa del municipio de Ponteceso, y en el extremo occidental uno de los "finis terrae" del viejo continente, el cabo Roncudo. Desde A Coruña se llega en dirección suroeste, desviándose a la derecha en Carballo, y antes de llegar a Malpica de Bergantiños, a la izquierda. Desde Santiago debe seguirse la carretera a Santa Comba, en dirección noroeste, hasta llegar a la ría de Corme, más pequeña que otras de Galicia. El paisaje es montuoso pero no abrupto, pues las alturas no superan los 250 metros sobre el nivel del mar. Muy cerca de la costa, sobre el estuario del río Anllóns, se encuentra monte Branco, a donde se puede subir para ver uno de los paisajes más extraordinarios de Galicia en varias direcciones: mar adentro, el arenal dunar del río Anllóns, la marisma con su riqueza en avifauna, hacia el norte y hacia Laxe con su promontorio costero, hacia el cabo Vilán...

A finales del siglo XIX, según el cronista local, Ferreiro Chans, la villa de Corme tenía 3.800 habitantes (junto con su alfoz), cinco fábricas de salazón, más de cuarenta barcos de cabotaje y una actividad pesquera notable. En Corme había una aduana, la Comandancia de Marina y los petaches de la villa llegaban hasta aguas asturianas, cargados de la madera que bajaba siguiendo la corriente del río Anllóns. La importancia de la marina comercial en Corme -seguimos al mismo autor- duró hasta los años sesenta del pasado siglo. A finales del XIX había más de 90 barcos petaches, y un barco llamado "De Carreira e América" viajaba dos veces por año a La Habana. En 1934 se subastaron en la lonja 100.000 kg. de langosta y 175.000 de sardina... así era la villa de Corme, mientras que Ponteceso tiene a gala haber visto nacer a Eduardo Pondal en 1835, recorriendo con sus poemas todo el romanticismo gallego. Allí está su casa natal, notable frente al puente que da nombre a la villa, y en una aldea vecina el edificio de la Fundación que lleva el nombre del poeta.

Los vecinos de Corme honran a uno de sus antepasados famoso: Francisco A. Mourelle de la Rúa, nacido a mediados del siglo XVIII y explorador del Pacífico. En 1775 participó en una expedición que encontró la bahía de Bucareli, al sur de Alaska. Un diario de Mourelle fue utilizado por James Cook para otros viajes, y en 1779 aquel participó en otra expedición por el golfo de Alasca, al sur de dicho territorio y luego a la península de Kenay, relativamente próxima al golfo citado. Más tarde participó en otras expediciones por Filipinas y China.

En 1886 nació en Corme Joaquín M. Mosquera Manso, verdadero científico que combinó sus investigaciones de cartografía, biología, ictiología e historia. Ya maduro estuvo en la República Dominica y Venezuela, escapando de un dictador para ponerse al servicio de otro.

En direción suroeste, hacia Cabana, hay un museo del lino, recordatorio de los muchos talleres antiguos que había en Galicia, y el topónimo Liñares, alusivo a la planta (en Ares, Poio, A Baña, Brión, Carballo, Cedeira y muchos más municipios de Galicia). Cerca está el castro de Borneiro, con sus casas circulares, pocas y en un paraje verde y escondido. Los pueblos que habitaron estos poblados conocieron el hierro, llevaron a cabo una agricultura rudimentaria, una artesanía elemental y llegaron a conocer la cultura romana en mayor o menor medida. Algunos de ellos sobrevivieron hasta época sueva.

En otro orden de cosas esta es la tierra del percebe, cuya fiesta va ya por el XXIII aniversario; de carne consistente cocida en agua y sal, los percebes se sirven calientes. La delicia de su sabor contrasta con el peligro que corren los que los capturan en las abruptas rocas costeras batidas por el mar bravío. Compite el percebe de Ponteceso con los de Ortegal, Carnota y Malpica de Bergantiños.

sábado, 17 de agosto de 2013

Dos valles leoneses

Puente sobre el río Porma
En la vertiente meridional de la cordillera Cantábrica, al nordesde la provincia de León, nacen los ríos Curueña y Porma. El primero entre los puertos de la Vegarada y San Isidro y el segundo en las proximidades del puerto de las Señales. Estos ríos, caudalosos para su poca anchura, se encajan a veces en los estrechos valles por los que discurren y en ocasiones pasan por entre prados donde pastan vacadas y caballos. Llegan a confluir muy cerca de Cerezales del Condado, relativamente cerca de la ciudad de León. 

El Porma sigue entonces, una vez recibe las aguas del Curueño, y desemboca en el Esla, cerca de Villaverde de Sandoval, donde se encuentra el monasterio de Santa María, obra del siglo XII aunque fue objeto de numerosas reformas, conservándose casi solo la iglesia. Aguas arriba del río Curueño se pueden ver numerosos puentes de factura medieval, aunque quizá conserven algo de época romana. Reformados algunos con dudoso gusto, otros mantienen la estética antigua con acierto. El paisaje es extraordinario y todavía más cuando llegamos a las hoces de Valdeteja, pueblecito que queda un poco desplazado hacia el oeste. Las moles pétreas acompañan a la carretera y al río hasta Nocedo, donde se puede ver una espectacular cascada, y luego Valdepiélago, capital municipal y la aldea de Ranedo de Curueño. Desde La Vecilla el paisaje montañoso va desapareciendo y se abre la meseta camino del sur.

En el alto Porma han quedado lagos quizá de origen glaciar, como es el caso de Isoba; más al sur el hombre ha construído un embalse, entre Camposolillo y Valdecastillo. Poco más al sur se encuentra Boñar, la villa más importante y animada de gente, que quizá deba su nombre a la existencia de alntiguos baños. Por la villa pasa el ferrocarril que se construyó para unir la zona minera que tenía su capital en La Robla hasta Bilbao. Lo más destacado, además del paisaje, es la iglesia de San Pedro, obra del siglo XVII.

El Curueño y el Porma son ríos trucheros y salmoneros, descendiendo con rapidez desde las alturas hasta la meseta. Los prados y los árboles copiosos, junto con las grandes rocas peladas de vegetación por la erosión nivosa, acompañan al viajero durante todo el camino. No es extraño ver en las villas y aldeas grandes pilones con caños que vierten agua a raudales, consecuencia de la bundancia de la misma. Los veranos son calurosos, pero una brisa casi constante hace que a la sobra que esté muy bien y los inviernos son fríos por el aislamiento del mar y la altura. 

Unos kilómetros al este puede visitarse el Museo de la Minería y la Siderurgia, en Sabero. En una gran nave formada por ojivas enormes, junto con otras dos más pequeñas con arcos de medio punto, tuvo lugar la primera experiencia siderúrgica con alto horno en España. La minería del carbón fue, sin embargo, la riqueza de la región. El museo, establecido hace unos pocos años, aprovechó las instalaciones siderúrgicas de mediados del siglo XIX, construídas por la una sociedad palentino-leonesa de capital español. Con su farmacia de la época, sus paneles explicativos, dibujos y recreaciones, reproducciones de la maquinaria, etc., es un museo digno de verse, que rinde tributo a las gentes que trabajaron en condiciones muy peligrosas. 

Cerca de Sabero está la modesta cueva de Valdeajo, con estalagtitas y estalagmitas. No puede compararse a la grandiosa -y cercana- de Valporquero, pero es un atractivo más de esta comarca minera donde se está trabajando para evitar las escombreras de carbón que han quedado de las antiguas explotaciones.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Antas de Ulla


En el centro de Galicia y el el alto Ulla, a unos 550 metros de altitud sobre el nivel del mar, se encuentra la villa de Antas, rodeada por sus parroquias: Amoexa, Castro de Amarante, Olveda (donde nace el río), Queixeiro, San Fiz de Amarante, San Martiño, Santa Mariña, Terra Chá, Vilanuñe son algunas de ellas. Si algo hubiera que destacar son sus carballeiras, de una frondosidad extraordinaria. Los troncos de los carballos son gruesos y nudosos, las ramas descienden mansamente hasta formar una cobertera vegetal que casi se confunde con el follaje de la superficie. Los colores verdes y amarillos, ocres y pardos; los musgos en las zonas más húmedas, soutos en las proximidades del río. Y la piedra. En Antas, como en otras muchas villas y ciudades de Galicia abunda la piedra granítica, que ha hecho posible la construcción de iglesias, casonas, pazos, balaustradas, muros y cruceiros.

La iglesia de Amoexa es de planta rectangular, con un atrio cubierto a su derecha, según se dirige la vista hacia la fachada principal. La espadaña barroca se eleva en contraste con la horizontalidad dominante, un solo ábside cierra la cabecera, decorado con motivos jaqueses, canecillos y una ventana románica. En el alero de la iglesia más canecillos, y los capiteles, con motivos vegetales, animales y rostros de personas. La iglesia se encuentra aislada, dominando un extenso territorio, toda ella de piedra bien labrada, con sillares grandes y la única nave ligeramente elevada.

 Entre las edades media y moderna se levantaron las casas fuertes de la nobleza local: los Noguerol mandaron construir una en Amarante durante el siglo XIII, pero ha sufrido modificaciones. En uno de los dinteles el escudo de armas, en una de las esquinas matacanes sostenidos por ménsulas toscas pero originales. Su altura aún se encumbra más por la gran chimenea, símbolo de una buena lareira que garantiza las fiestas gastronómicas de la familia dominante. En uno de sus lados una gran torre de planta circular, con los sillares irregulares, en contraste con la edificación residencial. Las ventanas altas, para huir de la humedad y posibilitar la defensa en siglos pasados. 

Y el pazo de Santa Mariña tiene la balconada más ostentosa que imaginarse pueda, saliente sobre el edificio, sostenida por un haz de ménsulas que envían un mensaje al vecindario: junto con su portada, su chimenea, su escudo de armas, señala el poderío de los moradores (ver arriba). 

El río baja a veces remansado, en otras ocasiones pequeñas cascadas rompen el silencio de los parajes. La altura, la humedad y los suelos crean las condiciones para que las carballeiras salgan al paso de los caminantes, cerca y más lejos del río, permitiendo mantener molinos que ya no muelen, pero dan una nota de humanidad en medio de tanta naturaleza.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Majada de Trefacio


Entre las provincias de Ourense, León y Zamora se encuentran parajes de una belleza extraordinaria. Forman parte del macizo galaico-leonés las sierra del Eixe, Cabrera y Segundera, donde nace el río Tera, que luego recorrerá los valles que le permiten descender hasta la meseta, en el norte de Zamora y desembocar en el Esla.

Majada de Trefacio es un paraje montañoso, donde antiguamente pastoreaban los vecinos de las aldeas próximas, mientras que ahora se encuentran casi despobladas. La altura de 1650 metros no admite mucha vegetación arbórea, pero sí abundantes pastos y arbustos. Partiendo del sur, desde San Martín de Castañeda, se asciende hasta las proximidades de la Laguna de los Peces, luego se llega a Laguna de la Ventosela, al otro lado según la marcha; se deja al oeste el Alto de Borzabuelo, para llegar al embalse de Vega de Conde. En su extremo norte está Majada de Trefacio, al lado de un puentecillo sobre el alto Tera. Por el valle del río, en dirección opuesta a su corriente, se asciende hasta Peña Trevinca, la cima de Galicia, a 2.127 metros, si bien una de las vertientes se encuentra en la provincia de Zamora. 

Al sur de Peña Trevinca se encuentran los picos de Jancional, Xurbial y Piatorta, con las lagunas del mismo nombre en la ladera, todas ellas de origen glacial. Más al sur está la Laguna de Lacillo, en dirección sur. Nieves invernales y leyendas, aguas fluviales y soledades, edificios religiosos como el monasterio de San Martín de Castañeda, en el muncipio de Galende, santuarios; bosques como el de Tejedo, en Requejo; fauna de zorros, petirrojos y milanos... La alta Sanabria es llamada también As Portelas, topónimo gallego que habla de la estrecha relación de esta comarca alta y apartada, pero que hoy sirve de comunicación entre la meseta y el sur de Galicia. 

El monasterio de San Martín de Castañeda, románico, es del siglo X en su primitiva fábrica, aunque puede ser que antes hubiese otro de época visigoda. Cuando partiendo de él se empieza el ascenso hacia Majada de Trefacio, camino de Peña Trevinca, salen al caminante los tejos, los acebos y serbales, los robles, mientras el río Castro desagua, incesantemente, en el alto Tera comarcano.

El alto Tera serpea por el valle

jueves, 16 de agosto de 2012

Gete y Getino

Llegando a La Robla desde León estamos en uno de los primeros pueblos mineros antes de alcanzar la montaña leonesa, Vegacervera (centro turístico por su paisaje, el río y las hoces entre las que pasa encajado el Torío). Cerca se encuentran las cuevas de Valporquero, de una monumentalidad extraordinaria, con galerías en una y otra dirección, estalagtitas y estalagmitas, nunca habitada por la excesiva altura y, por lo tanto, el frío y la humedad. Algo más al norte está la aldeita de Gete y a su lado la de Getino, encontrándonos ya en uno de los parajes más hermosos de la provincia leonesa.


Luego se llega a Cármenes y, al oeste, a Villamanín, en la carretera que conduce a Asturias por el puerto de Pajares. Girando hacia el sur llegamos a La Vid, y luego hacia el este para Coladilla, pero antes hemos ascendido por una carretera desde la que se ven espléndidos paisajes con vegetación de frondosas. Es estrecha y sinuosa, lo que obliga a ir despacio en automóvil: mejor para no perderse nada. Y mejor aún parando en algunos puntos, como ya en el descenso, en Coladilla, con su fama alfarera. Estamos muy cerca, otra vez, de Vegacervera.


En el corto recorrido hemos pasado por espacios naturales de una belleza extraordinaria: desde peladas rocas que se levantan formando montañas hasta suaves pendientes de prados y arborescencias; pueblecitos diminutos en los que el clima es, en verano, una delicia, sin calores rigurosos, con una permanente brisa refrescante y con el espectáculo de la naturaleza.


La arquitectura popular se muestra en iglesias y casas particulares, mejoradas en los últimos años, aunque la bóveda de la iglesia de Vegacervera (ver más abajo) es moderna.


Bonito balcón en Vegacervera
Iglesia de Vegacervera e inoportuno coche
Bóveda en la iglesia de Vegacervera
Campanario y muro de mampostería
Arcada lateral de la iglesia de Coladilla
Las conchas en las dovelas pueden aludir a un camino de peregrinación que se desviaría de las rutas tradicioanles a Santiago de Compostela.

Inscripción en un muro de la iglesia de Coladilla: PEDRO DE LA /CUESTA/ME FUNDÓ
Casa de Vegacervera
Jardín en La Vid
Casa y jardín de la Chousa Verde (en Vegacervera)

Viaje a las Arribes del Duero


El oeste de las provincias de Zamora y Salamanca está limitado con Portugal por el encajonamiento del río Duero en el terreno: son las Arribes del Duero, una comarca con personalidad propia aunque también con variaciones paisajísticas. Se trata de una penillanura de altitudes algo más bajas que la meseta oriental, con afloraciones rocosas muy erosionadas por el viento y la nieve, cuarteadas y modeladas caprichosamente, con multitud de encinas y robles en un bosque claro donde se alternan los pastos, hoy muy resecados. La economía es fundamentalmente ganadera, aunque el turismo cumple una función complementaria. 

Antiguamente, según rezan algunos carteles informativos, el terrazgo se dividía en hojas o sectores que se cultivaban cada tres años, y en los dos años de barbecho se abonaban con el ganado. En las tierras se fueron cerrando cotos o parcelas dedicadas a cultivos, principalmente a frutales. En algunos lugares hay cruces de piedra donde se bendecían los campos cada primavera en la hoja que tocada sembrar.  Abundan también las dehesas boyales desde tiempos remotos, ya que las escasas lluvias hacen el terreno poco apto para la agricultura. No obstante se cultivan algunos valles, sobre todo para forrajes. El sistema consigue productos excelentes con muy pocos recursos y está considerado como un ejemplo de uso sostenible del monte mediterráneo, porque de un clima mediterráneo continentalizado se trata, donde el arbolado, ordenado con las zonas de pasto, ayuda a conservar el suelo y se mantiene una alta biodiversidad.

Patio de la casa El Sayal (Villaseco de los Reyes)
Nos hospedamos en la casa El Sayal, con dos partes unidas por un patio en cuyo centro se levanta un pequeño olivo. Los sillares de los muros, las comumnas de los pórticos, el frescor de la piedra, combaten el rigor caluroso de un verano sin agua y altas temperaturas. La casa se encuentra en Villaseco de los Reyes, al noroeste de la provincia de Salamanca y en uno de los brazos del embalse de La Almendra, en el río Tormes. Cerca se encuentran los pueblos de Trabanca, Fermoselle (en el extremo suroeste de la provincia de Zamora), Ahigal de los Aceiteros, Saucelle, Vilvestre, Gamones, Aldeadávila, Fregeneda, Lumbrales (que hace de centro comarcal en Salamanca antes de llegar a Ciudad Rodrigo, más al sur), Masueco, Pereña y San Felices de los Gallegos entre otros. Éste último es el que tiene más interés pintoresco, con su iglesia y convento, con sus calles medievales, sus plazas muy distintas a las de la villa, realmente importante por sus monumentos, que es Ledesma.

Molinos aceiteros, buenos bueyes y vacadas, toros de lidia, ganadería ovina y en menor grado porcina se ven en las dehesas, a un lado y otro de las carreteras locales y nacionales, en el paisaje de transición que va de la meseta a las montañas medias del centro portugués. 


Estuvimos en Ciudad Rodrigo, apartándonos de la ruta, pero acercándonos a los pueblos que recuerdo de mi infancia, junto con Águeda, el único con una vega regada por el río del mismo nombre, con huertas trabajadas por arrendatarios desde mediados del pasado siglo. Ciudad Rodrigo es la ciudad defensiva con su muralla que mira hacia el vecino Portugal, con sus plazas y palacios, sus edificios religiosos, su casa de Ayuntamiento renacentista, como tantas otras perfectamente conservadas. Abajo discurre el Águeda camino del Duero, y más al norte el corte de éste río sobre el terreno, formando barrancos enormes, paisajes abruptos y difíciles de cultivar, frontera fácil de definir entre dos estados que una vez fueron objeto de conquista común por las noblezas y los pueblos de distintos reinos y condados.

Hornacina con la estatua de un obispo en Ciudad Rodrigo

Casa de Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo
Juego de la rana (Fermoselle)



Plaza preparada para una corrida de toros en Fermoselle
Portada gótica en una iglesia de Fermoselle
Portada gótica en la misma iglesia de Fermoselle
Las ovejas nos preceden
Ventana en un edificio religioso de San Felices de los Gallegos
Calle medieval de San Felices de los Gallegos
Aljibe en Villaseco de los Reyes
El mismo aljibe anterior
Aljibe en la casa El Sayal
Fuente en la casa El Sayal
Fachada neoclásica en una iglesia de Ledesma
El edificio del casino de Ledesma fue antiguamente propiedad de la Orden de Malta por ser la sede de la encomienda de San Juan de Zamayón, heredera de la Orden del Temple (según reza uno de los carteles informativos en la villa). Se sabe que a finales del siglo XVIII la casa estuvo arrendada a uno de los boticarios de Ledesma y en tiempos más recientes pasó a ser sede del casino para hombres, donde negociantes, políticos y otros hablaban y llegaban a tratos (seguramente) no siempre ejemplares. 

La casa del Procurador es una de las más importantes de Ledesma, contando con caballerizas, corrales, pajares y oficinas. Su fachada es austera, como corresponde al gusto castellano-leonés en las villas durante los siglos del barroco. El nombre se debe a sus arrendatarios, que eran un procurador y su hermano. La Cruz de Malta que se ve en la fachada pudo deberse al abogado José Hernández, miembro de la Orden del Malta y propietario de la casa a finales del siglo XIX.

El palacio de los Nieto
El palacio de los Nieto es uno de los más representativos de la nobleza en la villa de Ledesma. Perteneció a Gonzalo Rodríguez de Ledesma, montero mayor del rey y repostero de la reina. En el siglo XVIII su propietario fue Francisco Nicolás Nieto, hasta que en el siglo XIX pasó a manos de los Tapia. El edificio contiene muchas dependencias, entre las que se encuentran el corral, la cochera y habitaciones residenciales. En la fachada, los escudos.

Rincón en Ledesma

Ventana de una casa en Ledesma
Lienzo de la muralla de Ledesma
Verraco vetón en Ledesma
De las comunidades vetonas prerromanas conservamos algunos verracos, animales esculpidos de forma rotunda y sobria, indefinida. Si los más conocidos son los "toros de Guisando", la cultura de los verracos se extiende entre el Duero y el Tajo, en la parte occidental de la meseta norte, invadiendo tierras del actual Portugal. La romanización posterior vino a reconstruir castros y poblados, que todavía se pueden ver en la comarca, y tras las disputas entre suevos y godos, la larga edad media ha dejado una huella asombrosa, que perdura no solo en la arquitectura, sino en las costumbres, en los usos campesinos, en los avances traídos del norte de África y del oriente próximo, hasta llegar a los siglos de la nobleza castellano-leonesa, mientras que la gran masa campesina y ganadera servía con sus diezmos a una Iglesia que construía sus templos en las villas, entre los ríos y los páramos. Pero hubo un tiempo en que estas fueron tierras de "pan llevar", cerealeras, aceiteras, hortícolas, antes de que la despoblación dejase el paisaje para el turista más o menos curioso, para el viajero que se acerca a estos parajes, que recomiendo por su valor natural, histórico y por el solo placer de conocer a sus gentes.

viernes, 6 de enero de 2012

De Tarso a Aquis Calidis


Al sur de la actual Turquía se encuentra la ciudad de Tarso, patria de Pablo, principal propagandista del cristianismo a mediados del siglo primero de nuestra era. En dirección norte, a muy poca distancia (en grados solo 0,5, en kilómetros 55) se encuentra la antigua Aquis Calidis, estación termal romana que ya había sido utilizada por Alejandro Magno en su viaje guerrero en Asia. Hemos ascendido desde una altura de 100 m. sobre el nivel del mar en Tarso hasta los 1.500 de Aquis Celenis, la actual Çiftehan, en la cordillera que se llamó las Puertas de Cilicia, pues salvándola se accedía a dicha región de Capadocia. En total la pendiente es 2,5%, pero como al principio el terreno es más bien llano, son los últimos kilómetros en los que el terreno se empina vertiginosamente. Arriano, en el siglo II de nuestra era, relata los baños que tomó Alejandro en las aguas termales. Con la altura, y aún encontrándose la localidad a unos 37º norte, el clima se continentaliza y en los inviernos aparecen las nieves.


Atrás queda Tarso, muy cerca del mar Mediterráneo, a orillas del río Cidno, que en su desembocadura forma una laguna que sirvió de puerto a la ciudad. El paisaje es bello, formándose cataratas en medio de algunas frondosidades. Contrariamente a Çiftehan, donde se encuentran las termas, en Tarso el clima es medieterráneo.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Serra da Capelada

Lugar encantado para sentir el mar bravío, los acantilados profundos, los páramos solitarios, la humedad y vientos del norte, los peñascos saliendo de la tierra, los animales estantes, las brumas y un cierto misterio. En el extremo norte de Galicia, más al norte de Ferrol, sobre la misma costa cántabro-atlántica, se puede luego bajar a ver la iglesita de San Andrés de Teixido, de escatológica tradición. (Todas las fotografías se han tomado prestadas).