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domingo, 24 de enero de 2021

Comercio en la Roma antigua

El comercio no fue, según Juan José Ferrer Maestro, la actividad económica prioritaria en la antigua Roma (hablamos del imperio), sino que la primacía correspondió a la propiedad de la tierra y sus rentas que, a finales del Imperio superaban en proporción de 20 a 1 las procedentes de la industria artesanal y el comercio[i]. La economía romana se caracterizó por una ausencia total del concepto de inversión productiva; los grandes propietarios consumían riquezas por una razón u otra, pero no invertían.

La idea del lucro entre los ricos se llevó a cabo por medio de la propiedad y el préstamo, pero otra característica de la economía romana fue el proceso dinamizador de intercambio derivado de la expansión territorial: había que mantener a los ejércitos en campaña y también abastecer a Roma. La “annona” imperial se puede interpretar como el organismo encargado del transporte y reparto de los productos, pero también como un tributo en favor de la “Urbs”. El oficio de la “annona” no solo atendía las necesidades de Roma ciudad, sino el abastecimiento del ejército con precios directamente intervenidos, función principal de la “praefectura annonae”[ii]

Uno de los productos intervenidos por el Estado fue el aceite (sobre todo de la Bética), cuyo consumo se ha calculado en seis litros por persona y año entre los siglos I y III. En época de Augusto el cereal transportado para el suministro de Roma fue, por término medio, unas 300.000 toneladas al año. El Estado romano forzó su intervencionismo en los precios, así como en garantizar los suministros básicos. Con éste comercio regulado existió otro en el que sí podemos hablar de oferta y demanda, pero en cantidad menor que el controlado por el Estado.

Ferrer Maestro señala que el largo período que va desde Augusto hasta el primer tercio del siglo III, se caracterizó por condiciones altamente favorables, siendo el siglo II el “momento” álgido del crecimiento económico. Se dieron dos factores esenciales: la importancia de las instituciones imperiales y el liderazgo económico de Italia. El entramado de rutas terrestres fue constantemente mantenido, mientras que la red fluvial facilitaba el movimiento de mercancías en las regiones interiores. La utilización del Mediterráneo pacificado (en las costas que se asoman a él estaba la mayoría de la población), sin piratería y alejado de las zonas terrestres conflictivas y sus puertos estratégicos, facilitó el acelerado crecimiento de la demanda.

Temin[iii], a quien cita Ferrer Maestro, considera que se trató de “un enorme conglomerado de mercados interdependientes” que se complementó con algunos puntos atlánticos y otros continentales, garantizando el suministro del Imperio, excepto de productos exóticos. No resulta verosímil, sin embargo, que el trueque y el autoabastecimiento hubieran desaparecido, pues la mayor parte de la población era rural. Pero también hay estudios que demuestran que durante los dos primeros siglos de nuestra era, el Imperio estuvo plenamente monetarizado con dos sistemas, sestercios en occidente y dracmas en oriente, con una tasa fija de intercambios entre ambos.

El resultado fue un mercado plenamente integrado, pero ello no significa que la moneda estuviese al alcance de toda la población, pues dependía de los centros urbanos y su efecto de atracción sobre los comerciantes y los militares de los campamentos cercanos, en éste caso tratándose de tierras fronterizas. Ferrer Maestro señala que al menos las tres cuartas partes del valor de los intercambios en época romana tuvieron lugar en mercados de ámbito comarcal.

Pero el sistema de valores dominante fue el de la aristocracia de grandes propietarios, de forma que, si hubiesen existido individuos con intención inversora, habrían tenido grandes dificultades, pues el intervencionismo estatal, con su gran voracidad fiscal, lo hubiese impedido. Un ejemplo de ello –dice Ferrer Maestro- lo tenemos en la tasa “collatio lustralis”, una imposición establecida por Constantino a todos los comerciantes que fue una auténtica pesadilla: se recaudaba en oro y plata, pero terminó por ser pagada solo en oro durante el siglo V; se aplicaba cada cuatro años pero se podía diferir a los cuatro siguientes.

El historiador Zósimo, entre los siglos V y VI, habla de que Constantino derrochó mucho dinero de los impuestos en prodigalidades, y el Código Teodosiano gravó a quienes vivían en el palacio, los clérigos, hombres poderosos, etc. si se dedicaban al comercio, “ya que ellos no deben dedicarse” a dicha actividad. También los gobernadores provinciales aplicaban el impuesto. En Pisidia (interior de Anatolia), para evitar el hambre de sus pobladores, la autoridad prohibió se vendiese trigo a más de un denario el modio, lo que indica que dicho precio era alto, pues un denario equivalía a 16 ases.

La sociedad idealizaba al rentista y el predominio era de los especuladores y del afán de lucro de los traficantes. En 301 Diocleciano se declaró defensor de la “utilidad pública” y de los “intereses comunes”, y Juliano, al instalarse con su ejército en Antioquia (362-363) aplicó una política contra la carestía de los bienes necesarios: “a los ricos les prohíbo que lo vendan todo a precio de oro”, pues la presencia del ejército en la ciudad había aumentado la necesidad de bienes, con la consiguiente tendencia al alza de precios. Decidió, debido al encarecimiento del trigo, importarlo de otras partes, “ordené un precio justo”, dice, y “decidí enviar por el [trigo] a Calcis, Hieraópolis y otras ciudades”.

Esto puso de manifiesto el carácter especulativo de aquella crisis, pues el precio se había encarecido por los acaparadores. Libanio, en el siglo IV, habla de otra crisis que vino después de Juliano, entre 381 y 383, de forma que las medidas de las autoridades aumentaron las pérdidas de los artesanos por la especulación con algunos productos de primera necesidad, que se solían vender en mercados físicos semanales de ámbito local (“nundinae”), suavizando las dificultades provocadas por el retraimiento del comercio internacional.

Durante el siglo IV hubo una reanimación del comercio en relación al III[iv], especialmente en las provincias orientales, debido a la estabilidad y paz de dicho siglo, pero el predominio del emperador no disminuyó y la economía se resintió por la falta de confianza en la moneda de vellón, cuyo uso había potenciado Diocleciano. Constantino puso en circulación el “solidus”, de fuerte valoración y notablemente apreciada por el metal que contenía, pero la excesiva circulación de oro perjudicó a las clases inferiores, agrandando las diferencias entre ricos y pobres.

La imagen decadente que proyectó el siglo III en la antigua Roma ha prevalecido sobre lo que se sabe de la recuperación durante el IV. La desaparición de la moneda en gran número de transacciones fue el resultado de la espiral inflacionista y el aumento del precio de los metales nobles, pero también influyeron la inestabilidad política, la permeabilidad fronteriza y la amenaza de los pueblos “bárbaros”. Pero las necesidades de una población habituada al intercambio no desaparecieron, incluso aumentaron las necesidades de abastecer a un complejo ejército vigilante en los márgenes del Imperio. El siglo IV no fue una época decadente económicamente, lo que demuestran los trabajos arqueológicos sobre el mundo rural. La crisis iniciada a finales del siglo II convulsionó los anteriores tiempos de prosperidad, pero la sociedad romana se adaptó a los cambios: se superó el desgobierno, se reformaron las instituciones y el Imperio se cohesionó, aunque al final del proceso la fractura fue aún mayor entre los poderosos y los débiles.

Entre 310 y 370 el precio del oro se incrementó unas 12.000 veces, generando una tremenda caída del poder adquisitivo. La adaptación durante el siglo IV se debió a la tregua de los pueblos bárbaros en sus ataques y el reforzamiento de las líneas fronterizas de defensa. Cuando los ricos fijaron sus residencias en las “villae”, estas se hicieron autosuficientes y se desligaron de la economía y el control de la ciudad, pero esto no afectó al comercio; la ciudad y el campo continuaron su estrecha relación, ahora adaptada a la realidad de estas “villae”. Sabemos que durante el siglo IV se produjo el mayor abastecimiento de productos urbanos a las “villae” de Hispania y el más fluido aporte de monedas como nunca antes había ocurrido. Aquella autosuficiencia, por tanto, tendrá que referirse a unos casos, pero no a todos.


[i] “El mercado en la antigua Roma y la economía agropecuaria en tiempos de crisis”.

[ii] En contra de esto se pronuncia L. Wierschowski, citado por el autor que sigo aquí.

[iii] Puede tratarse de Peter Temin, economista.

[iv] El comercio se regionalizó y la moneda fue frecuentemente manipulada desde Caracalla. El pago de los impuestos en moneda se resintió desde finales del siglo II, por lo que aumentó la tasación en especie. 

Ilustración: mosaico de Sousse, Túnez, con operarios portuarios (romanainsolentia.com/2015/11/29/por-mar-y-por-tierra-hispania-y-el-mediterraneo/)

viernes, 3 de julio de 2020

Mercaderes de Larsa


Una investigación sobre los archivos familiares en la antigua Mesopotamia, ha llevado a Katia María Paim Pozzer a ciertas conclusiones sobre las actividades inmobiliarias en Larsa, la ciudad que existió cercana a la desembocadura del río Éufrates. La compra-venta de inmuebles fue sobre todo de terrenos rurales y cultivables, mientras que en Nippur la tablillas descubiertas hablan de la adquisición de casas en ruinas.

Un mercader llamado Ubar-Samas fue el comprador en muchos de los contratos inmobiliarios que la autora ha estudiado[i], pero también se han descubierto contratos de compra-venta de esclavos. Mientras tanto, otros negociantes de nombre Sep-Sîn y Sîn-uselli, se dedicaron a la compra de tierras cultivables próximas a sus propiedades, sobre todo campos y pomares. Así se puede decir que Amurrum-semi y el llamado Umar-Samas realizaron importantes compras inmobiliarias en Larsa. El primero adquirió, sobre todo, parcelas de tierras cultivables, de entre las cuales varias limítrofes con sus propiedades, ampliando así sus dominios pero solo en varios metros cuadrados. Ubar-Samas compró no solamente un gran número de terrenos cultivables sino parcelas situadas en la zona urbana.

Estas familias de mercaderes –dice Charpin- se enriquecieron rápidamente durante los reinados de Warad-Sîn[ii] y la primera mitad del de Rîm-Sîn[iii], pues la construcción de una propiedad hermoseada era un objetivo de los ricos mercaderes.

En el sitio de Senkereh, según la autora citada, donde antes se encontraba Larsa, se han realizado excavaciones donde se ha descubierto un modelo de ciudad particular, compuesta por barrios “socio-profesionales”, entre los que hay uno residencial formado por grandes mansiones. En la década de 1980 fue descrito el sitio de Senkereh como un lugar desértico, discurriendo el Éufrates más al sur que en la antigüedad.

A principios del siglo XX Larsa fue objeto de una exploración en la que se descubrió el sitio de Kisurra, la actual Tell Abu Hatab, a orillas del Éufrates en el actual Irak. Cuando se excavó varias décadas más tarde se comprobó que había sido objeto de pillajes con vistas a los mercados de antigüedades.

Pero volviendo a los mercaderes y los archivos que nos han dejado, se trata –como queda dicho- de compra de bienes inmobiliarios, esclavos y de empréstitos de plata y bienes, contratos de sociedades comerciales, de  procesos judiciales, cartas, etc. Paim Pozzer dice que la mayoría de la documentación proviene de excavaciones clandestinas antiguas, encontrándose esparcidas por muchas colecciones y museos del mundo (tabletas con escritura cuneiforme). La compra de tierras para la agricultura se entiende por tratarse de una civilización y época en las que la base de la economía era la agricultura irrigada, pero también tiene interés comprobar cómo en el barrio residencial de Larsa algunas casas tenían superficies de más de 800 m2 en un singular urbanismo.

Los documentos estudiados por la autora citada aportan datos sobre descripción de los inmuebles, sus dimensiones y localización, los compradores y vendedores, la cuantía y forma de pago, así como las cláusulas de irrevocabilidad y evicción (pérdida de un derecho), el juramento de los testigos, etc. En una de las tablillas el terreno que se pone en venta es propiedad del dios Samas de Larsa, uno de los más importantes. En otros casos los terrenos comprados estaban junto a canales, había pomares o se trataba de tierras incultas.

Los terrenos cultivables eran más cotizados y los campos inundables constituían una fuente natural de pescado y juncos, en este caso para betún que se usaba en la construcción de casas. Se comprueba la compra de terrenos contiguos a otros que ya pertenecían al comprador, con la intención de aumentar el tamaño de los bienes raíces. Es curioso que en un caso se procedió al alquiler de un terreno con casas en ruinas figurando la duración del contrato hasta el regreso del rey Rim-Sin a Larsa[iv].

Un mercader de nombre Sin-uselli, por su parte, realizó pocos negocios inmobiliarios, prefiriendo el comercio de mercancías con ciudades situadas al norte de Larsa, así como empréstitos de plata. Una de las ciudades con la que tuvo tratos mercantiles fue Ur.

En las tablillas que contienen contratos se hace mención, en ocasiones, a mujeres que son propietarias, aunque son poco numerosas. En un caso una mujer aparece como compradora, aunque está casada. En cuanto a los templos, tenían una gran influencia en la economía, que disminuyó durante la segunda parte del reinado de Rim-Sin, y esto en provecho de personas particulares.


[i] “Arquivos familiares e propiedade privada na Mesopotâmia Antiga”. Katia María Paim Pozzer.
[ii] Fundó una dinastía en Larsa que duró poco tiempo, correspondiendo su reinado al siglo XVIII a. C.
[iii] Parece que hermano del anterior y último rey de ésta dinastía, aunque Larsa consiguió con él un momento de esplendor. Hammurabi, rey de Babilonia, se hizo con el poder en Larsa.
[iv] El reino contó con dos capitales, una en Larsa y otra en la actual Kut al-Amara, al este de Irak.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Guerra y dinero en el Perú de la independencia

Paisaje de Ayacucho

San Martín, el “gran protector” de Perú durante la guerra contra los realistas españoles en los primeros años de su independencia, se encontró con una dificultad añadida a las campañas bélicas, la falta de dinero para financiarlas, además de para hacer funcionar a un nuevo estado.

Dionisio de Haro Romero ha publicado un trabajo muy interesante sobre este asunto[i]. La Casa de la Moneda de Lima, en manos de los patriotas insurgentes, era el principal instrumento monetario con el que contaban, mientras que la Casa de la Moneda de Cuzco estaba en manos de los realistas[ii]. Dándose la circunstancia de que mientras el norte y la costa estaba en manos de los patriotas, el centro y sur lo estaba en manos de los realistas, de forma que los primeros tenían los medios técnicos para acuñar moneda pero no metales preciosos, al contrario que los segundos.

La política monetaria tradicional, que consistía en la exportación y el atesoramiento, estuvieron presentes en el Virreinato, y la política de prohibiciones y rígidas normas de circulación de numerario metálico no impidieron el tráfico ilegal que acabó por “secar” –dice el autor al que sigo- los circuitos monetarios internos peruanos, siendo habitual que en numerosas transacciones mercantiles se recurriese a los ajíes (un tipo de pimiento peruano), cacao u otros medios. El Virreinato oscilaba entre la inflación ocasionada por el dinero de ínfima calidad, y la deflación por la escasez de numerario. Así ocurrió con la emisión de vales reales en la época de Fernando de Abascal[iii] (1815). 

Con la expedición libertadora de San Martín y su desembarco en Pisco (a unos 250 km. al sur de Lima, 1820), el Perú inició un largo ciclo de guerras en el que el dinero y las necesidades  de financiación por parte de los bandos enfrentados  adquirió máxima dimensión, obligando a explorar iniciativas monetarias novedosas. La escasez de numerario se agravó a partir de 1821, de forma que la acuñación de la Ceca de Lima, valorada en unos cinco millones y medio de pesos anuales, casi en su totalidad tomaba el camino de la exportación o se empleaba en la tesaurización. Únicamente el numerario chileno desde 1817, como ya ocurría en España con la moneda francesa desde la guerra de 1808, vino a paliar parcialmente el pobre volumen de circulante interior, acabando por ser legal su curso a partir de 1821. La escasez de numerario era tal que acabó por afectar al comercio minorista limeño, dándose el curioso caso de las fichas de pulpero, piezas de plomo u otro material, emitidas por colmados, pulperías y bodegas con el objeto de poder realizar compras que en el futuro se hiciesen en el mismo establecimiento que las entregaba como cambio. Estas fichas acabaron siendo aceptadas como pago por otros comerciantes y el público en general. Las pulperías consolidaron, a falta de respuesta oficial, una curiosa red monetaria actuando como entidades emisoras en el estrato inferior de la circulación monetaria.

El modelo aún resistirá y competirá con los cuartillos emitidos por San Martín en la fase del Protectorado. En la primera mitad de 1821, la acuñación de plata por parte de la Casa de la Moneda de Lima se redujo a una cuarta parte en comparación a 1820. Previamente, esta Casa de la Moneda había sido descapitalizada por las fuerzas realistas, lo que se unió a la ya larga crisis de la economía peruana, teniendo en cuenta que las minas de metales preciosos permanecían en poder de los seguidores de La Serna, virrey entre 1821 y 1824.

Haro Romero recoge una cita en la que se dice que el Ministerio de Hacienda considera que “habría sido mayor el producto si la casa [de la Moneda] no hubiera sufrido el detrimento de perder todos sus fondos en Ancon [puerto en la costa central]… Con más numerario habría sido mayor el número de compras de marcos de chafalonía[iv] en el banco de rescate… el Excelentísimo Sr. Protector del Perú… ha resuelto que se puedan tomar algunos capitales hasta que completen la suma de cien mil pesos al seis por ciento de interés, pagaderos de seis meses en adelante…”. Es decir, se recurrió a un empréstito a modo de deuda pública.

El objetivo era disponer de los fondos necesarios para financiar el esfuerzo de guerra, al tiempo de tener liquidez para sostener la precaria actividad económica interior: así, se creó en 1821 el Banco Auxiliar de Papel Moneda (banco emisor). Para esto se formó una comisión que tomó como modelo los sistemas de crédito europeos, y en especial el caso británico, para tener papel moneda peruana. La comisión también se inspiró en la obra de José Alonso Ortiz, “Ensayo Económico sobre el sistema de la moneda-papel…”, publicada en Madrid en 1796. Pero la clave es que el mercado tuviese confianza en este sistema, por lo que se siguió un escrupuloso cumplimiento de los compromisos de redención.

El plan arrancó con una garantía de un millón de pesos obtenidos a partes iguales por el estado y de aportaciones particulares procedentes de comerciantes y propietarios. El Perú era pobre, pero el dinero estaba en manos de unos pocos, y el banco emisor, durante su corto recorrido en esta función, realizó aportaciones mensuales a la Hacienda de San Martín que oscilan entre un máximo de 90.000 pesos y 20.000, alcanzando un volumen total de 360.000 antes de la extinción de este modelo en septiembre de 1822. Pero la economía peruana no era solvente, y dicho sistema resultó imposible por el extraordinario volumen de papel-moneda puesto en un mercado muy frágil; en segundo lugar por la imposibilidad de lograr un mínimo de reservas –condición necesaria- para sostener el impulso fiduciario, que se intentó solucionar con el metálico “Perú Libre” aprobado mediante decreto.

Estas monedas –dice Haro Romero- fueron anecdóticas en el mercado, a la espera de que los yacimientos de plata y oro del interior cayesen en manos de los seguidores de San Martín. En definitiva, sin base metálica, comenzó la discusión sobre la viabilidad del sistema, ya que los gastos militares iban en aumento. Se pensó en extinguir el papel-moneda y redefinir las funciones del banco emisor.

Se comisionó a unos comerciantes para la extinción del papel-moneda, pues no estaba sustentado en los metales preciosos que daban fe de aquel; dichos comerciantes serían reintegrados de sus desembolsos con los derechos de aduana; se expendería en la renta de Tabacos cuanto quisiera comprar el público sin necesidad de pagar dinero; el banco no haría circular más papel hasta que se extinguiese en su totalidad… Ganar la guerra no fue suficiente: el nuevo gobierno de Perú tuvo que dar solución a este importante problema, pues la economía no tiene patria…



[i] “Guerra y moneda durante la Independencia del Perú, 1820-1824”. En un capítulo de este trabajo se basa el presente resumen.
[ii] Incluyendo cerro Pasco, en el centro del país y al norte del lago Chinchaycocha.
[iii] Aristócrata español y Virrey del Perú entre 1806 y 1816.
[iv] Hechos con objetos fundidos de plata y oro.

miércoles, 22 de mayo de 2019

El monte y las comunidades agrarias



José María Ramos Santos[i] ha publicado un interesante trabajo sobre lo que la Edad Media legó a la Moderna, en cuanto a los montes como elemento indispensable del paisaje agrario. El autor se refiere a los montes de tres provincias españolas actuales, Ávila, Salamanca y Valladolid, una superficie de unos 650 km2 repartidos por 18 términos municipales. La expansión de la agricultura y la ganadería obligaron a los municipios a reglamentar el aprovechamiento de los montes, pues su explotación presenta una casuística extraordinaria.

Las Ordenanzas que se aprobaron reflejan la valoración del monte por las comunidades campesinas, pero también la complejidad de las relaciones sociales durante la Edad Moderna. Los conflictos a causa de los montes enfrentan a personas, grupos y municipios entre sí, estudiando Ramos Santos las Ordenanzas de Madrigal de las Altas Torres y de Tordesillas contra la tendencia a la disminución de los aprovechamientos en los montes.

En 1663 –dice el autor citado- se planteó un pleito entre vecinos de la villa de Horcajo de las Torres[ii] y la de Madrigal sobre las penas impuestas a los ganaderos de la primera, que entraban con sus ganados en los montes de la segunda, pero este conflicto tiene su origen en diferencias que se remontan al menos al siglo XIV, cuando tuvo que pactarse una concordia para el aprovechamiento de los pastos. En efecto, solían darse incursiones de unos vecinos en los montes de otros pueblos para cortar leña de encina o pino, por lo que se dictaron unas Ordenanzas Antiguas de Montes a finales del siglo XIV, y otras en 1532.

Comparando estas dos Ordenanzas se observa la existencia de un monte mixto en los territorios estudiados, donde la encina y dos especies de pinos (resinero y piñonero) son dominantes. Había también dehesas donde los animales porcinos aprovechaban las bellotas, y otros terrenos, grandes extensiones de pastizales. Del pinar se aprovechaban la piña, la resina y la madera, y era posible el aprovechamiento de esta en turnos de 25 a 30 años, pero hubo casos de fraude, como revelan los investigadores.

Los matorrales de la zona estudiada son diversos tipos de retamas[iii] y el tomillo, consecuencia de las alteraciones producidas en el monte y su degradación, lo que resulta inevitable por la sobreexplotación ganadera y la corta continuada de leña. En las Ordenanzas del siglo XIV no se mencionan aquellos matorrales, mientras que sí figura el royuelo, que estaba protegido y prohibida su corta, aunque seguramente había sido extendido artificialmente por el interés económico que ofrecía, pues de él se obtenía un tinte rojizo para la industria textil.

De todas formas hubo una integración en la economía rural de estas dos plantas, el tomillo y la retama, pues en 1532 se penalizó la corta de ambas con el objeto de evitar su desaparición, aprovechándose para consumo en los hogares (tomillo), como combustible (retama), para la fabricación de colorantes a partir de las flores o como pasto para el ganado. El pastoreo abusivo en el monte es consecuencia de la importancia de la cabaña ganadera. En 1532 se establecieron dos cambios importantes: la prohibición de la entrada de ganado cabrío en el monte y la supresión del límite de 50 cabezas a partir del cual se pagaba una multa, lo que benefició a los grandes propietarios de ganado lanar, mientras que durante el reinado de Isabel I se procedió a una privatización de ciertos aprovechamientos en los bienes comunales, todo lo contrario de lo que había ocurrido durante la Edad Media, cuando los más humildes habían tenido libre acceso a los bienes de propios y comunales. Las cortas fraudulentas de leña constituyeron otra de las causas del deterioro del monte, y así se va creando un monte abierto en el que se extendieron plantas arbustivas como la retama y el tomillo.

En el siglo XVI hubo un intento por parte de la monarquía en extender las superficies forestales, justo cuando se da una lucha entre el interés de los concejos en acrecentar su poder y el de los poderes centrales por el suyo. En 1518 el rey envía a las ciudades y villas de la Corona de Castilla una provisión para el aumento y mejora de los plantíos, en lo que se ve una alarma ante la deforestación del reino, y esto llevó a un aumento de la superficie forestal plantándose pinares en dos grandes zonas del área estudiada por nuestro autor: la Vega, y a lo largo del camino que va junto al río Zapardiel[iv] hacia Foncastín[v], Zofraguilla[vi] y Torrecida del Valle[vii], en el límite con Medina del Campo. La preocupación por los montes va pareja a la de frenar la expansión del ganado, por eso la entrada de vacunos y porcinos se penalizaba con una multa, y con otras la de ganado lanar.

Pero a pesar de las Ordenanzas y de las sanciones a quienes abusasen de los aprovechamientos de los montes más allá de lo permitido, los asaltos a los montes fueron una constante durante toda la Edad Moderna, prueba de la utilidad que representaban para las economías campesinas, siendo muy difícil ponerles freno. No resultó infrecuente que fuesen los propios vecinos de un municipio los más interesados en la realización de “rompimientos” en el monte con el fin de cultivar las tierras: son los montes entradizos, los espacios más cercanos a la villa o mejor comunicados con ella. De hecho, el cultivo planificado del monte durante algunos años seguidos, dejando árboles estratégicamente dispuestos entre las tierras de cultivo, fue un recurso habitual para incrementar la producción de cereal, pero que también revertía en una mejora de la tierra cuando, pasado un tiempo, volvía a destinarse a forestal.



[i] “Ordenanzas de montes y conflictividad social en la Corona de Castilla: de la Baja Edad Media a la Edad Moderna”.
[ii] En el extremo norte de la actual provincia de Ávila.
[iii] Negra o de escobas, de tallo largo, con los tallos muy apretados, etc.
[iv] Nace en la sierra de Ávila y va en dirección a Medina del Campo, desembocando en el Duero. En su curso alto salva una gran pendiente.
[v] En el suroeste de la provincia de Valladolid.
[vi] Cerca de Tordesillas.
[vii] En el suroeste de la provincia de Valladolid.

viernes, 3 de mayo de 2019

El Japón Tokugawa


Se suele leer que es a partir de la era Meihi cuando Japón despierta al mundo, pero ya en los siglos XVII y XVIII experimentó un crecimiento económico extraordinario, en parte debido a la consolidación política. El clan Tokugawa ejerció el poder entre principios del siglo XVII y la segunda mitad del XIX, descendiente al parecer de un emperador de la segunda mitad del siglo IX. En la época de los Tokugawa la corte imperial fue reducida a una importancia simbólica, permaneciendo en la antigua capital, Kioto.

La clave de la estabilidad política fue la supremacía de los Tokugawa sobre los clanes que se repartían Japón, así como sobre los daimyo, o nobles, que los gobernaban. Por su parte, al estamento guerrero hereditario de los samuráis se le reunía en ciudades con castillo como Himeji (al sur) o Nagoya (algo más al este), o asistían a Edo como séquito de los daimyo. Poco a poco fueron transformados en una clase funcionarial nobiliaria, dependiente de sus recursos de clan y cada vez más atraídos por los ideales caballerescos que postulaba el confucianismo, cuya concepción del orden social fue un útil baluarte para su nueva posición[i].

La paz interna estuvo acompañada por un rápido crecimiento de la población, que pasó de 12 millones en 1600 a unos 31 millones en 1721, cifra que era una vez y media la de Francia, el gigante demográfico de Europa occidental. El grado de urbanización era considerable, y Edo (con un millón de habitantes), Kioto (350.000) y Osaka (360.000) eran grandes ciudades consideradas de acuerdo con criterios globales. En 1700 Edo doblaba a Londres en tamaño.

El área cultivada se duplicó entre 1600 y 1720 y había una base sólida de producción artesanal en los textiles, la metalurgia, la cerámica y la edición de libros. La especialización económica regional iba en aumento, favoreciendo así el comercio interior, gestionado por grandes empresarios con centro en Osaka, la “cocina de Japón”, con su gran mercado de arroz, hinterland fértil y proxima a Kioto, que seguía siendo la capital cultural y centro de manufacturas, sobre todo de seda.

A diferencia de Europa occidental, el Japón de comienzos de la Edad Moderna era aún un “mundo de madera”, quizá porque se trataba de una zona propensa a los terremotos, y así se podían reconstruir de forma rápida y barata los edificios. Sus ciudades eran vastas aglomeraciones de edificios de poca altura, pero a los europeos que visitaban el país no les cabía duda de que la japonesa era una civilización rica y avanzada con la que estaban ávidos por comerciar.

Japón había desempeñado un papel dinámico en la expansión del comercio de Asia oriental y sudoriental entre mediados del siglo XVI y mediados del XVII, lo que coincidió con la llegada de europeos a la zona. Los comerciantes y bucaneros japoneses explotaron las nuevas oportunidades comerciales que ofrecía el intercambio triangular entre Japón, China y el Sudeste asiático, mientras que el gran boom de la plata en Japón ayudó a alimentar la expansión comercial y pagar las importaciones del extranjero. Según algunas estimaciones, en 1600 Japón producía un tercio de la plata mundial, siendo esta una de las razones por las que los europeos tenían tanto interés en comerciar allí. Los puertos del sudoeste de Japón, sobre todo Nagasaki, crecían con rapidez, y en ellos surgían barrios en los que se asentaban artesanos y negociantes chinos, unos doscientos solo en la ciudad citada en 1618.

Sin embargo, la actitud del gobierno Tokugawa (en Edo) hacia este comercio exterior en expansión fue ambivalente. El régimen era reciente, y su control sobre los dominios lejanos podía quedar en entredicho como consecuencia de contactos no regulados con el exterior. El catolicismo fue identificado con la rebelión y la subversión, y fue enérgicamente perseguido. En las décadas de 1630 y 1640 el comercio chino y holandés (este, el único europeo autorizado) fue restringido a Nagasaki y a la isla artificiar de Deshima, construida en su bahía. Las prolongadas convulsiones de China y el cierre de sus puertos al comercio legítimo a partir de 1661 contribuyeron a ahogar el comercio exterior de Asia oriental, pero cuando resurgió a partir de 1685, el gobierno japonés vio con alarma la salida de plata japonesa del país y en 1688 prohibió su exportación. El sistema de control en Nagasaki fue reforzado después de 1698 para vigilar aún más de cerca los movimientos del comercio y la información.

El “aislamiento” japonés fue motivado en parte por los temores “lingotistas” para los gobiernos europeos, y en parte por la inquietud acerca de las relaciones con China, la superpotencia de la zona cuyo “sistema-mundo” asiático oriental suponía la negación de la independencia de Japón. El aislacionismo era la solución por defecto al problema de las relaciones sino-japonesas, y cabe la posibilidad de que fuera calculado para disuadir a los emperadores Ching de una invasión (existían precedentes cuatro siglos antes). Pero el aislamiento no fue completo y las ideas y la cultura chinas ejercían atracción en el régimen Tokugawa, que las promovió deliberadamente, ya que China era el gran modelo de un estado imperial asentado y estable. La literatura y el arte chinos marcaban la pauta en los círculos cultos: el dominio del idioma y del estilo pictórico chinos se tenían en muy alta estima.

Se hicieron grandes esfuerzos por adaptar las enseñanzas de Confucio a las condiciones japonesas, y Nagasaki no fue tanto una puerta cerrada como una entrada estrecha y un puesto de escucha donde el gobierno japonés obtenía información de los barcos que llegaban: a los capitanes se les exigía que redactasen informes de noticias que se enviaban a Edo. El “conocimiento holandés” iba filtrándose poco a poco hasta los samuráis, los docentes y los sabios.

El régimen de aislamiento político, pues, no significó el estancamiento económico, y el desarrollo en esta materia de Japón, después de 1600, fue impulsado por el sistema político, que creó una nueva y gran economía urbana al establecerse los daimyo y los samuráis en ciudades con castillo, siendo Edo el caso más notable. Así llegaron a esta ciudad cientos de daimyo con sus familias numerosas y huestes de samuráis. En 1700 la mitad del millón de habitantes de Edo pertenecían al séquito de los samuráis que vivían en los grandes complejos de clan; fueron una gran comunidad de consumo de elite, pero este consumo no dependió (como ocurrió en Europa) del comercio exterior. Los japoneses aplicaron una política de autosuficiencia mercantilista con gran éxito. A diferencia de Inglaterra, por ejemplo, Japón tenía su propia provisión de plata.

También el pescado cobró una importancia mucho mayor desde el siglo XVII, y la demanda interior de artículos de lujo y alimentos nuevos se nutrió de la cerámica coreana, que hacía tiempo gozaba de prestigio. Desde finales del siglo XVI se llevó a Japón artesanos coreanos y se creó una industria propia. La variedad climática en Japón permitió acomodar cultivos comerciales como el algodón, la seda, el tabaco y el azúcar. La seda y el algodón se manufacturaban en Kioto y Osaka, y en la producción de azúcar se llegó al autoabastecimiento.

La visión de que Europa, desde finales del siglo XVIII, pero sobre todo durante el siglo XIX, iba por delante del resto del mundo, debe relativizarse por lo tanto.


[i] John Darwin, “El sueño del imperio”, obra en la que se basa el presente resumen.

viernes, 12 de abril de 2019

Vino y aceite para Roma

Las villae hispanas y otros centros de producción que se pueden asimilar a ellas, desarrollaron una labor económica que fue mucho más allá de la agropecuaria, habiéndose encontrado almacenes, dolia, vasijas para contener cereales, aceite y vino, hornos, molinos, prensas, materiales de construcción, herramientas y envases.

El profesor Manuel Villanueva Acuña ha realizado un estudio sobre la organización económica de las villae de Hispania[i] y ha puesto de manifiesto una amplia muestra de yacimientos con actividad económica para la exportación. Algunas de estas villae estaban próximas al mar y a las arterias económicas fundamentales, todo ello teniendo en cuenta –dice el autor citado- que la unidad que constituía el Imperio Romano no llegó a crear un espacio económico absolutamente integrado, además del peso de la agricultura para la autosuficiencia.

Hubo villae en las que a la actividad agrícola se añadió la minera, la industrial y la de transformación de productos del mar. Una actividad importante fue la fabricación de ánforas, la mayoría de las cuales se han encontrado en Cataluña, Levante y el valle del Guadalquivir, pero también en otras partes de la Península. Ello es debido a que la zona oriental de la Tarraconense y la Bética presentaron una mayor apertura a las corrientes venidas del Mediterráneo.

En cuanto a villae fuera de las áreas con mayor concentración, destaca la de Santervás del Burgo (Soria), estudiada por Ortego y Frías: “toda la parte norte la forman robustas medianeras de dependencias complementarias, indispensables en un régimen de vida agrícola y ganadero [sic], que por las condiciones del medio ambiente habían de constituir la base de la economía de esta villa”.

En los hornos de las villae se fabricaban ánforas y ladrillos, sobre todo. Destacan las de Cataluña, algunos de cuyos ejemplos son las ánforas vinarias para la exportación de vino de Layetania y de Tarraco a Roma. El autor al que sigo cita los casos de Caldas de Montbui, Can Cararach, Platja d’Aro, Llavaneres, Turó del Mujal, etc. En Torre Llauder se descubrió un taller de ánforas de época augustea y en Llafranc se fabricaban también ánforas de varios tipos[ii], dolia, cerámica de mesa, ladrillos, tejas, ímbrices, etc.

En Levante destacan Olocau, La Cargadora (con un horno de sigillata hispánica), correspondiente a los dos primeros siglos de nuestra era; en Oliva fue descubierto un depósito de ánforas vinarias Dressel, indicativas de la existencia de un horno, cuya producción ponen en relación con la existencia de viñedos y también se descubrieron alfares en Sagunto.

En Andalucía se han descubierto restos de hornos, destacando en actual provincia de Cádiz el yacimiento de Casa de la Pintada, en el Puerto de Santa María. En Sevilla se han encontrado en las proximidades de afluentes del Guadalquivir, aunque estos yacimientos no siempre estaban asociados a una villa. En sus hornos se fabricaron tejas, ladrillos y dolia, pero también ánforas para contener aceite y, en menor medida, vino. En Cortijo de Campofrío (Salteras) se han encontrado hornos de ladrillos y tegulae, pero existen una gran cantidad de otros yacimientos con características parecidas. En Guadajoz, al nordeste de Sevilla y cerca de Lora del Río, el período de máximo esplendor de la fabricación de ánforas estuvo a mediados del siglo II[iii].

En otros lugares de Andalucía destacan los hornos de ladrillos o tejas, pero su número desciende notablemente desde la provincia de Córdoba en dirección hacia la de Jaén. Destaca el yacimiento de Higuera, en Lopera. Fuera de las comarcas citadas son muy escasos los hallazgos: en El Faro, Torrox (Málaga) se han encontrado hornos de ladrillos y en El Rinconcillo de Algeciras se fabricaron ánforas Dressel, pero no se agotan aquí los casos.

Otros yacimientos de la Península son Hoy de la Sabina, Villanueva de la Fuente (Ciudad Real); Póvoa de Meadas (Portalegre), donde existió una gran villa o poblado con un horno de cerámica; en Muge, a orillas del Tajo, una villa con posible horno de cerámica y, en sus inmediaciones, un depósito con fragmentos de ánforas; en el Valle de Arrancada, Portimao, un horno de cal…

En cuanto a las instalaciones aceiteras[iv] y vinarias destacan las prensas, molinos y muelas para la fabricación de vino y aceite. En Cataluña destaca Hort del Negre (Badalona), en Mas Castellar se encontró la base de una prensa de vino y en Els Ametllers una prensa y una cuba de aceite. En Levante destaca el yacimiento de El Villar o el Puy (Puzol), con una prensa de vino y otra de aceite en sendos locales, y en Collado (Villar del Arzobispo) se ha encontrado la piedra de una prensa de aceite o vino. En Murcia destaca el yacimiento de Llano de Sahués (Abanilla), con una prensa de aceite. En Andalucía la mayoría de los yacimientos se encuentran a lo largo del bajo Guadalquivir o en sus afluentes, pero son escasos si comparamos el número de los excavados en la Tarraconense. En Málaga destaca Manguarra y San José (Cartama). En Sevilla el Cortijo de Melendo (Lebrija). Los restos encontrados son muelas de molino, contrapesos de prensas, ánforas de aceite y aceiterías (una de ellas en funcionamiento hasta el siglo IV: Cortijo de San Matías, Alcolea del Río). En Córdoba destaca Somonte (Palma del Río): se trata de una villa y aceitería con molino de aceite, y en Hornachuelos el yacimiento llamado Abramadero o Bramadero, una villa prerromana, después romana, con aceitería del siglo IV.




[i] “Aspectos de la organización económica de las villae de Hispania”.
[ii] Las Dressel son muy alargadas y delgadas, con un fino cuello, dos asas y pie puntiagudo para insertarse en una simple estructura metálica.
[iii] Es interesante el estudio de Remesal Rodríguez sobre “La economía oleícola bética…”, 1977.
[iv] Es importante la obra de González Blanco Lillo Carpio, Guerrero Fuster y Ramallo Asensio, “La industria del aceite en la zona de la actual provincia de Murcia durante la época romana”.
(Fotografía de https://vivancoculturadevino.es/blog/2016/05/13/por-que-romanos-cambiaron-anforas-barro-por-barriles-roble/)

domingo, 7 de abril de 2019

Los arrieros de Galicia



Los gallegos de tiempos pasados tuvieron que dedicarse a actividades complementarias para superar, siquiera en parte, sus débiles economías, lo que seguramente ocurrió también en otras regiones. El profesor González Lopo ha estudiado el papel de la arriería en el comercio de algunas comarcas de Galicia a partir de una fuente esencial: el catastro de Ensenada[i].

El autor citado dice que todos los informes sobre la red viaria gallega, que se redactan entre mediados del siglo XVIII y finales del XIX, hablan de insuficiencias y que el tráfico rodado solo era posible en las vías que unían las principales ciudades, todo ello a pesar del interés de los gobernantes, animados de un espíritu ilustrado. Los habitantes también reclamaron mejoras en las comunicaciones, pues los pleitos que llegaron a la Real Audiencia desde la zona de Cotobade o A Cañiza sobre la conservación y mejora de caminos y puentes así lo evidencian, estando interesados, para las comarcas objeto de estudio por González Lopo, en el transporte del vino del Ribeiro y las mercancías que se enviaban a Portugal.

Sin embargo, entre 1840 y 1865, casi el 72% de los 7.500 km. de caminos existentes en Galicia lo eran de herradura, y aquí es donde está la importancia de los arrieros, que ya desarrollaron una importante labor profesional en siglos anteriores. Así, algunas comarcas y ciudades pudieron consumir sal y pescado, y ya durante la segunda mitad del siglo XVI y las primeras décadas del XVII la economía pontevedresa se apoyaba fundamentalmente en la pesca y el vino del Ribeiro, que fue objeto de exportación a Europa y América. Todo ello teniendo en cuenta que el suroeste de Galicia, como casi toda la región, es montuosa, lo que no arredró a los maragatos, que con razón se han llevado la fama de la arriería, siendo algunas comarcas de Galicia “auténticos semilleros” de profesionales del tráfico ambulante.

Las comarcas que estudia el autor citado abarcan más de 600 km2 con características diferentes, pero con dos trazos en común: se trata de una zona muy montañosa cerca de las sierras del Suido, O Cando y Faro, con alturas que oscilan entre 400 y 1.000 metros, abundantes pastos para las caballerías y una importante cabaña ganadera. En la actualidad comprende los municipios de Cotobade, A Lama, Ponte Caldelas, Fornelos de Montes, O Covelo y A Cañiza, además de la feligresía de San Félix de Lougares. Por estas tierras pasaban las vías de comunicación interna de mayor vitalidad de Galicia, pues conectaban la región vitivinícola de O Ribeiro con la costa pontevedresa, así como el camino breeiro que conectaba aquella comarca son Santiago por Terra de Montes. En Camposancos, lugar de la parroquia de Prado (O Covelo) había un importante cruce de caminos. En segundo lugar, durante el siglo XVIII se intensifica el tráfico comercial por la temprana introducción del maíz (primeras décadas del s. XVII), aumentando la población durante la primera mitad del XVIII en un 87% (Caldevergazo), 44,6% (Cotobade) y 47,7% (Terra de Montes). En A Cañiza el número medio de nacimientos se triplica en dos décadas del siglo XVII, si bien desde finales de este siglo se invierte la tendencia, pero el número de bautismos aumenta todavía en un 17% hasta el momento máximo del XVIII. Por lo tanto tenemos, para las épocas señaladas, altas densidades de población: en 1787 la media gallega duplicaba la del conjunto de España.

No obstante cabe hablar de contrastes entre las diversas comarcas objeto de estudio, pero el dinamismo demográfico se reflejó en nuevas entidades administrativas eclesiásticas, cuando antes algunos lugares eran simples anejos parroquiales. González Lopo ofrece datos entre 1702 y 1815, en cuyo período siete lugares pasan a ser parroquias y cuatro más se crean como nuevas. Pero en la década de 1730 se hace evidente un desfase entre población y subsistencias, por lo que la primera tendrá que buscar nuevas soluciones, teniendo en cuenta que en las comarcas estudiadas por González Lopo la superficie de cultivo es escasa: en Cotobade el 16%, en Terra de Montes  el 9%, en A Cañiza el 4,9%. Entonces los labradores se emplearon como jornaleros tanto en España como en Portugal, y los pobladores de las zonas más agrestes se dedicaron a la explotación ganadera, como canteros y otros oficios, uno de ellos el comercio ambulante: arrieros, carreteros, buhoneros… El padrón de 1708 indica que en la jurisdicción de Caldevergazo la proporción de arrieros sobre el total de vecinos era del 14,6%, mientras que cuarenta y cuatro años más tarde, el 18%.

Según el catastro de Ensenada los canteros eran, a mediados del siglo XVIII en Cotobade, el 54,2% del total de la población; en A Lama el 32,3% eran arrieros, mientras que en Ponte Caldelas, Fornelos de Montes, O Covelo, A Cañiza y Pazos de Borbén los porcentajes de labradores oscilaban, a mediados del XVIII, entre el 60 y el 92% sobre el total de la población. El mismo autor señala que en un total de 18 parroquias de la comarca estudiada, el porcentaje de arrieros oscilaba, en las mismas fechas, entre el 20,1 y el 33,7%. Los animales de las recuas eran mulos y mulas además de jacos (equinos del país), siendo el número de animales empleado por cada arriero, en el caso de Cotobade 3,1 y en A Lama 2,8, pero existe un arriero dedicado al transporte de sal que disponía de una recua de ocho animales, seis mulas y dos jacos, siendo en Cotobade donde se daba la mayor utilidad del oficio arriero, seguido de A Lama, O Covelo, Ponte Caldelas y A Cañiza, pero en estos dos últimos casos a mucha distancia del primero, siendo las mulas y mulos eran más productivos que los jacos.

[i] “La arriería en el comercio de la Galicia suroccidental según el catastro de Ensenada”.
(La ilustración es de https://www.amazon.es/Grabado-antiguo-Xilograf%C3%ADa-Oficios-Arriero/dp/B00BSD4ZYK)

viernes, 15 de marzo de 2019

El mayor mercado consumidor del mundo


Fue en el siglo XVIII, según Céspedes del Castillo[i], el conjunto de Nueva España y el Caribe. Descontados los metales preciosos, el tabaco curado y envasado se repartía con el cacao el porcentaje más elevado dentro del valor total de mercancías indianas exportadas a la Península (sumaban ambos entre el 48 y el 70 por ciento a lo largo del siglo, pero dentro de ese porcentaje, el cacao tiende a subir y el tabaco a bajar correlativamente). El empleo del tabaco se había generalizado en toda América, incluidas las regiones no productoras y el estanco movilizó en Nueva España bastante capital privado al admitir depósitos monetarios al interés del 5%, garantizados por la solidez y altos beneficios del monopolio.

Con el nombre de “La Ciudadela”, todavía se halla en el casco urbano de México la inacabada fábrica de tabacos, que fue en su día una de las más grandes obras de arquitectura industrial de fines del siglo XVIII en el mundo, albergó a miles de operarios y presenció la primera huelga obrera acaecida en América.

En conjunto, las reformas que España llevó a cabo en la minería y en los monopolios estatales supusieron el esfuerzo más ambicioso y sostenido de los gobernantes ilustrados por fomentar la producción, esfuerzo apoyado por una verdadera política económica coherente y tenaz en la que se cosecharon no pocos fracasos, pero también algunos de los mayores éxitos. En las restantes ramas de la producción, el Estado se limitó a contemplar la actuación de las fuerzas del mercado y la iniciativa privada, sin ir más allá de medidas legislativas y fiscales de estímulo, o de disuasión y aun prohibición, estas aplicadas al sector doméstico en aquellas ramas de la producción que competían directamente con las exportaciones metropolitanas.

El objetivo de esa política fue un “pacto colonial” en el que los territorios ultramarinos se convirtieron en exportadores de materias primas hacia la metrópoli y en mercado consumidor de las manufacturas que producía la Península. Pero este programa fue, o puramente ilusorio y utópico (dice Céspedes), o de propósitos y alcance limitados. Un ejemplo fueron las inaplicables órdenes secretas dadas a los virreyes para que demolieran los obrajes, con idea de suprimir la industria textil de ultramar.

El tráfico negrero que habían ejercido en exclusiva franceses e ingleses durante la primera mitad del siglo XVIII, se trató de poner en manos españolas, especialmente a partir de la creación de la “Compañía gaditana de negros” (1765) y la adquisición de los primeros dominios españoles en Guinea (islas de Annobón y Fernando Poo, 1778)[ii], pero los resultados fueron modestos.

De todas formas, las mercancías indianas aumentaron tanto en el siglo XVIII su valor que representaron el 25 por ciento, frente a las exportaciones de metales preciosos (75%). Aquellas mercancías fueron el azúcar refinado, el tabaco en rama, el cacao, materias tintóreas, algodón, tardíamente café, cuero, pieles y cobre chileno. Se intentó que de unas regiones a otras de América se intercambiasen productos si no competían con los españoles: los vinos y aguardientes peruanos no pudieron salir del virreinato salvo mediante el contrabando, pero las exportaciones de pieles y cueros en Buenos Aires subieron de unas 150.000 piezas anuales a casi millón y medio; se empezó a comercializar el sebo, antes no exportado, para la fabricación de velas, y poco después la carne (la industria de salazón de carnes se exportaba desde Buenos Aires a Cuba y Brasil, originando la puesta en explotación de las salinas).

La monarquía española mejoró los puertos y caminos, puentes, fortificaciones, edificios públicos y construcciones navales. España exportó a América productos andaluces como el vino de calidad, aceitunas y aceite de oliva, vinagre, frutos secos y cera. A ellos se sumaron aguardientes valencianos y, sobre todo, catalanes. Los productos siderúrgicos vascos conservaron su mercado ultramarino pero la única región española que se abrió a mercados nuevos en América fue Cataluña, con sus tejidos de algodón liso y estampado (colonias e indianas) y sus exportaciones de papel, cuya demanda había crecido a partir de la invención mexicana del papelito o cigarrillo moderno. Los sombreros peninsulares, en parte fabricados con lana peruana de vicuñas, se vendieron en ultramar a partir de 1758 gracias a un fuerte proteccionismo.

Pero la producción industrial ultramarina fue mucho mayor y más diversificada, alcanzando en algunas regiones y épocas del siglo XVIII una autosuficiencia casi completa, aunque la industria sedera de Nueva España se arruinó por la competencia de sedas chinas llegadas desde Manila. Grandes talleres concentraban a cientos de operarios; los obrajes enteros, por ejemplo, producían en casos conocidos hasta cien mil varas de paño anuales; sin embargo, la aparición de licencias y composiciones para legalizar algunos de estos obrajes nos indican que un número considerable de ellos debieron operar sin control alguno, pese al esfuerzo de visitadores y protectores de indios para fiscalizar el trato que recibían, a veces durísimo…



[i] “América Hispánica”.
[ii] Ver aquí mismo “Del asiento al comercio de esclavos”.