Mostrando entradas con la etiqueta movimientos sociales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta movimientos sociales. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de abril de 2023

"... y hacen levantiscos los indios"

 

                                                   Fotografía antigua de Quezaltenango*

En 1545 Bartolomé de las Casas escribió al emperador Carlos diciéndole que si los indios se levantaban era porque los conquistadores abusaban de ellos: “ellos son [los españoles] y no los indios los que hacen alborotos y hacen levantiscos los indios”, continúa el dominico. En muchas otras ocasiones Las Casas pone a los indios como mansos y soportadores de la brutalidad de los conquistadores, porque su intención era conseguir un trato justo para ellos; no tiene sentido atribuirle la ingenuidad de que los indios soportaban todo con resignación.

Cuando nuevos historiadores han querido investigar los movimientos de revuelta de los indígenas americanos contra la colonización española, se han encontrado con que han aparecido muchos más datos que los manejados por la historiografía tradicional en dicha materia. Por tanto se han preguntado por las causas de esos levantamientos en el siglo XVIII, que es cuando han sido más visibles: en primer lugar por la revitalización de la represión de las idolatrías que mantenían las comunidades menos aculturizadas; en segundo lugar por un incremento de la presión económica en forma de impuestos que sufría, con mayor intensidad, la población indígena.

Pero sabemos que también en los siglos XVI y XVII hubo levantamientos indígenas que tuvieron mayor o menor entidad contra la conquista y colonización española. Cierto que durante la primera mitad del primer siglo citado, los ejércitos españoles vencieron a los jefes indígenas con toda su panoplia de caciques y curacas; también es cierto que los españoles consiguieron destruir sus estructuras políticas, sobre todo allí donde eran más reconocibles, mexicas e incas.

Pero los indígenas siempre trataron de conservar, en la medida de lo posible, algunos elementos de su tradición cultural[i], aunque esto no se pueda observar con carácter general, lo que llevó a levantamientos como el de Taqui Onqoy[ii] en Perú, al que se reconoce como una auténtica sublevación. Su duración abarca desde 1564 a 1572, al considerar los indios que las huacas, o todos los elementos de la sacralidad indígena, eran suplantados por el Dios cristiano; se trataba, pues, de preservar sus tradiciones religiosas. El líder religioso Juan Chono fue el que dirigió la protesta, que elevó al intento de expulsar a los españoles, pero estos consiguieron, no sin esfuerzo, vencer a los indígenas y hacerles abjurar de sus creencias públicamente (en la intimidad sería otra cosa).

Más conocida es la guerra del Mixtón, en realidad una serie de levantamientos discontínuos durante la segunda mitad del siglo XVI cuando los españoles quisieron extener su dominio al norte de México, donde vivían pueblos seminómadas como los chichimecas. Se ha considerado que la política brutal de Nuño de Guzmán en lo que los españoles llamaron Nueva Galicia, provocó el levantamiento que luego se extendería, y que tuvo motivaciones de reacción al sometimiento, tanto cultural como económico.

Entre 1679 y 1820 encontramos otros levantamientos indígenas, lo que permite suponer que fue compatible la legislación protectora de los indios con su explotación, como en nuestro tiempo es posible esta aunque exista una legislación social. Durante los años citados se produjeron levantamientos de diversa intensidad en las tierras altas de los mayas, aunque en ocasiones no siempre cuajaron en violencia armada, pero algunos consideran que la aculturación fue “el mejor impulsor del levantamiento”.

A principios del siglo XVIII se levantaron los tzeltales de Chiapas, que se extendieron a los Altos de Guatemala (tzotziles, tzeltales y choleas) con una intencionalidad mesiánica y contra la aculturación de la que eran objeto dichos indígenas, pero el más conocido es el protagonizado por Túpac Amaru[iii] desde Cuzco en 1780, siendo las motivaciones sociales, económicas y políticas, pues incluso se planteó por parte del círculo más próximo al jefe rebelde la independencia de la monarquía española. El movimiento se extendió por parte del virreinato del Perú y del Río de la Plata, comunidados entre sí por las alturas de la actual Bolivia.

En 1820 se produjo la rebelión de los quichés de Totonicapán bajo el liderazgo de Atanasio Tzul[iv], que aunque no llegó a ser tan violento como la guerra de castas en Yucatán[v], estuvo entroncado con el movimiento independentista de Centroamérica.

Por lo que respecta a los pueblos mayas de los Altos sus levantamientos tuvieron el carácter de luchas campesinas más que de tipo cultural, cuestión esta que en el siglo XVIII aparece con fuerza como si se tratase de una maduración tras el largo período de dominación española. De hecho las comunidades corporativas campesinas cerradas perviven entre los mayas de los Altos en la actualidad[vi], quizá como recuerdo de los chinamit o grupos endogámicos de parentesco cuyos miembros tenían tierras en común[vii].

-------------------

[i] Elías Zamora, “Resistencia maya a la colonización: levantamientos indígenas en Guatemala durante el siglo XVI”.

[ii] El término hace referencia a una creencia.

[iii] Mestizo descendiente de Túpac Amaru I, último de los Incas de Vilcabamba, y por lo tanto situado en un plano de superioridad entre la población indígena.

[iv] Indígena guatemalteco que derrotó a las autoridades españolas e impuso durante un breve tiempo un gobierno en la región de Totonicapán.

[v] Protagonizada por los mayas de Yucatán a mediados del siglo XIX contra criollos y mestizos, lo que quiere decir que el sometimiento de la población indígena continuó después de la independencia de la América continental española.

[vi] Véase nota i.

[vii] Diccionario Histórico Biográfico, 2004. Ver aquí mismo "Estas son las gallinas que has de comer" y "Encerrar el sol en un corral".

* Fotografía de diariodelosaltos.com

martes, 24 de septiembre de 2019

Río, Lisboa, campesinos y señores

Monasterio de Alcobaça

Portugal se debatió, en las primeras décadas del siglo XIX, entre el reformismo y la lucha anti-señorial, en medio de las dificultades financieras por las que el reino atravesaba. Esto llevó al Gobierno a tomar urgentes medidas, entre las que estuvieron la venta de los bienes de la Corona[i]. En general la agricultura estaba atrasada, el comercio exterior menguado, el comercio interno pasaba por dificultades y para la industria faltaban capitales, pero la crisis política y moral, resultando de la ausencia de la Corte, trasladada a Brasil, tuvo gran incidencia en los medios rurales.
La agitación revolucionaria en España, con ocasión de las Cortes de Cádiz, contribuyó también a espolear los ánimos de unos y otros. Las propuestas reformistas vinieron de Río de Janeiro, aunque no sean de tinte liberal, y la prueba es que fueron apoyadas por decididos antiliberales. Se trataba de introducir algunas alteraciones para que la monarquía tradicional consiguiese sobrevivir. Los que se opusieron a dichas medidas fueron los titulares de algunos señoríos eclesiásticos, como los monasterios de Alcobaça, Lorvâo[ii], Santa Cruz y otros, y laicos, como el marqués de Marialva[iii], que influían en el Gobierno de Lisboa, enfrentado a la Corte de Río.
Según el autor al que sigo, el tratado de comercio con Gran Bretaña, firmado en 1810, era lesivo para los intereses de Portugal, pero a partir de las reformas de la Corte de Río se irán desarrollando las confrontaciones entre los liberales y los señores, así como entre estos y los campesinos. Las primeras grandes medidas reformistas fueron las Instrucciones para los Gobernadores del Reino (1809) y la Carta Regia (1810), habiendo tenido influencia en ellas don Rodrigo de Sousa Coutinho, conde de Linhares, entonces ministro de Asuntos Extranjeros y de Guerra en Río, de conocidas tendencia anglófilas, pero tras su muerte en 1812, se promulgarán otras medidas más lesivas para los señores, siendo “desembargador” del Palacio y después ministro, Tomás António de Vila-Nova Portugal[iv].
Las Instrucciones establecieron la extinción de las yugadas, tercios y cuartos, sustituyéndolos por otros impuestos menos pesados, y suprimiéndose algunas medidas de trigo y centeno impuestas en algunos foros del norte[v]. La Carta de 1810 exponía que debían alterarse las formas de explotación de la tierra de tal forma que fuesen rentables, y el avance de la agricultura posibilitaría el desarrollo de la industria, siguiendo la experiencia británica. Se admitía en este documento la casi supresión de los foros y se tocaban por primera vez los diezmos. Esto era debido a la influencia de la fisiocracia del siglo anterior, cuya máxima expresión se dio en la Academia Real de las Ciencias de Lisboa. Mientras tanto las presiones antiseñoriales de los agricultores no habían cesado desde finales la década de los setenta del siglo XVIII y luego con la explosión social de 1808.
El Gobierno de Lisboa, sin embargo, puso dificultades a la aplicación de esta legislación, argumentando que habría que hacer las averiguaciones necesarias para las compensaciones a los señoríos. Se argumentó que la extinción de los derechos forales tendrían poco efecto en el erario, y afectarían mucho a algunas encomiendas, corporaciones eclesiásticas e individuos particulares. Desde Río se exigió también que se suprimiesen los derechos banales, que en la práctica ya no eran respetados, y los servicios personales si estaban convertidos en dinero. Se intentó eliminar la luctuosa, considerada por la Corte de Río “el único resto que aún permanecía del feudalismo”.
Entre los diversos movimientos de protesta campesina que recorren por estos tiempos Portugal, las motivaciones principales están en la oposición a los derechos señoriales, sobre todo los banales y las yugadas; al tiempo fueron muy cuestionados los diezmos, a lo que contribuyó la Carta Regia de 1810. Dos años más tarde se estableció una Comisión para el Examen de los Foros y el Mejoramiento de la Agricultura. Pero la medida que iba a desencadenar mayor controversia en el rural sería el Alvará de 1815: con el fin de incentivar el cultivo de las muchas áreas de tierra no roturadas, los que lo hiciesen quedarían exentos de derechos, imposiciones y diezmos entre diez y treinta años. Esto significaba una reforma de los foros, con su abolición en muchas tierras incultas de los señoríos. El año anterior el Desembargo do Paço defendía que uno de los medios de desarrollar la agricultura sería el cultivo de varios pantanos (y no la disminución de las obligaciones forales).
La medida más avanzada se tomó en la línea reformadora de la revolución de 1820, por la que los agricultores se verían liberados de antiguas cargas, tanto en tierras nunca explotadas como en las recientemente abandonadas. El campesinado se animaba así a seguir con sus reivindicaciones contra la reacción señorial, sirviendo de árbitro el Trono, que se decidió por los campesinos. La movilización antiseñorial alcanzó entonces una dimensión global.
Uno de estos movimientos fue el de los campesinos de Martin Anes (ayuntamiento de Guarda), que en 1815 se negaron a pagar derechos señoriales impuestos por los monasterios de Arouca y su enfiteuta; los pueblos de Santo André de Poiares y de Penacova contra la poderosa casa de Cadaval, en el mismo año, consiguiendo terminar con la totalidad de los derechos que cobraba. Desde 1820 se llevó a cabo una fuerte resistencia contra los abusos de los señores; pero la movilización más amplia y de mayores repercusiones fue la que se dio en los cotos del monasterio de Alcobaça. Iniciada en 1815, llegó hasta 1820, y sus ecos se extendieron a todo el país, inclusive a las Cortes liberales cuando discutían la reforma de los foros y de los derechos señoriales.
El movimiento se desencadenó a partir del Alvará Regio de 1815, de forma que los campesinos empezaron por exigir que se ejecutaran las medidas que contenía. Estos quisieron ocupar las tierras incultas, pero el monasterio se opuso, lo que llegó a los campesinos a hacer una “exposición” al Trono en 1816. A finales de 1817 en varias localidades de la comarca de Alcobaça, fueron fijados edictos avisando a los agricultores de que debían presentar sus alegaciones para quedar exentos del pago. De nuevo los campesinos ocuparon las tierras pero el monasterio se opuso, creciendo el número de aquellos que se negaban al pago de diezmos, cuartos y octavos: era una contestación global que subía de tono contra el mayor señorío del reino.
El poder central, por un lado, quiere salvaguardar la legitimidad de los señoríos, pero por otro admite la necesidad de eliminar algunos tributos y cargas señoriales. Se puede hablar, sin duda –dice José Tengarrinha-, de una acción reformista del Trono en Río que encontró grandes obstáculos en el gobierno de Lisboa. Las medidas oficiales eran tímidas en relación a lo que querían los campesinos, que prácticamente ponían en cuestión el sistema. La Corona y su Corte lo que quiso fue evitar que los conflictos redundasen en sacudidas desestabilizadoras de la sociedad, mientras que se produjo el apoyo de la Corte a los jornaleros que se amotinaron en los campos de Santarém, condenando la tasación de los salarios…
Episodios estos que muestran las tensiones entre un tiempo antiguo y el nuevo que alboreaba, dándose incluso alianzas entre “nobles locales” y agricultores pobres.

[i] José Tengarrinha es el autor de un trabajo cuyo título es “Contestación Rural y Revolución Liberal en Portugal”, en uno de cuyos capítulos se basa el presente resumen.
[ii] Hoy en el municipio de Penacova, distrito de Coimbra.
[iii] En este momento don Pedro José Joaquín Vito de Meneses, que dominó diversas villas (Cantanhede, Ferreiras, Atei, Álvaro, Marialva, Mondim, Melres, Ermelo, etc.).
[iv] No obstante ser un antiliberal declarado: cuando en 1821 llegó el rey Juan VI a Lisboa, a Vila-Nova se le impidió hacerlo.
[v] No así los foros provenientes de contratos enfitéuticos.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Abuso y conflicto en Perú

imperiostravel.com/es/urubamba.php

Una de las provincias de Perú es La Convención, y el distrito de Lares está en la de Calca, región del Cuzco. Estos territorios y los valles de Urubamba (Vilcanota), son los que ha estudiado E. Hobsbawn para conocer la naturaleza y actividad de uno de los movimientos campesinos en el siglo XX. La Convención, dice dicho autor, cubre aproximadamente el 54% de la región de Cuzco (unos 45.000 km2) y es una zona de colinas y de selva a 1.000 ó 1.200 metros de altura, separada del resto de la región por montañas y pasos estrechos. Hasta los años treinta o cuarenta del siglo XX, estas zonas estaban totalmente aisladas, con una población escasa y una economía inutilizada que se dividía nominalmente en tierras públicas y unas cuantas fincas gigantescas que alguna vez, dijeron los campesinos, tenían una condición legal dudosa.

La posición de los pocos hacendados era la que cabía esperar en las selvas del Perú, dueños de “vida y hacienda”, y si hay en todos los movimientos campesinos de la región un tema constante es el del resentimiento contra los abusos que los poderes de los terratenientes hacían por sí o por medio de sus gamonales: penas corporales, torturas, muertes, explotación sexual de la campesina, etc. El principal y más impopular de los propietarios era Alfredo de Romainville, cabeza de una familia cuya hacienda original, estimada en unas 500.000 hectáreas, adquirió un tal Mariano Vargas, dividida después la propiedad en unidades algo menores entre Carmen Vargas de Romainville y María Romainville de la Torre.

El proceso de división del territorio original ha proseguido, aunque la hacienda principal, Huadquiña (en cuyo beneficio quizá se construyó el ferrocarril de Cuzco-Huadquiña), tenía todavía, en la década de los sesenta del siglo XX, más de 100.000 hectáreas, incluyendo en ellas epicentros de la rebelión como el bastión del guerrillero Hugo Blanco, Chaupimayo. Hacía 1962, la región tenía 174 haciendas, pero ninguno de sus propietarios tenía la importancia de los Romainville. También eran impopulares los Bartens (hacienda Chacamayo, en el valle de Lares) que tenían unas 45.000 hectáreas, los Márquez y otros.

El ferrocarril de vía estrecha que empezó a funcionar en los años treinta, entre Cuzco y Santa Ana (Huadquiña), abrió esta zona a una economía de mercado, y entonces el café, la caña, la fruta, el cacao y otras cosechas e extendieron con vistas a la exportación. Pero una epidemia de paludismo entre 1930 y 1936 parece haber diezmado la ya de por sí escasa población y habría contribuido a la emigración y venta de tierras. Otros inmigrantes venidos de las montañas ocuparon el lugar de los que se fueron, pero el ser humano no fue el único culpable de las desgracias, pues las sequías y los terremotos fueron frecuentes. Los inmigrantes no tenían tierras y los hacendados tenían muchas, pero sin trabajarlas, no estando dispuestos a pagar salarios decentes a los trabajadores. Por si ello fuese poco se practicó el arrendamiento de parcelas para que fuesen cultivadas, pero sin seguridad alguna para los arrendatarios de que conservarían el arriendo aunque hiciesen mejoras en las explotaciones. Los productos debían venderse a través de los hacendados, por lo que las plusvalías de la comercialización beneficiaban a estos, mientras que los campesinos habían de comprar esos productos a los hacendados a precios abusivos.

Si la cosecha del arrendatario era buena, una parte se daba al hacendado, y hubo así unos 4.000 trabajadores según Hobsbawm, que tenían que subarrendar parcelas más pequeñas en condiciones análogas, haciéndolo a unos 12.000 “allegados”, que cumplían en condiciones de servidumbre. Por debajo estaban aún los braceros o jornaleros, pagados diariamente en metálico o especie. El total de los campesinos de estos valles se calcula, por lo menos, en 60.000, y los arrendatarios distaban mucho de ser proletarios, sino que jugaban el papel de conservar el sistema, aunque en 1962 se vio su oposición a los hacendados. De hecho, las agitaciones campesinas de La Convención tuvieron como líderes a los arrendatarios, que en ocasiones contaron con la colaboración de los “allegados”.

Los arrendatarios quisieron pasar del sistema feudal en que trabajaban la tierra a otro de tipo capitalista, o llegar a la propiedad campesina. Así, las exigencias principales de la huelga general de arrendatarios de 1961-1962 abogaban por los cambios siguientes: abolición de las servidumbres de trabajo, sustitución del arriendo en metálico, nuevos arriendos por un mínimo de seis años (en otros casos, diez), el derecho de sembrar el 10% de la tierra con cultivos alimenticios, el derecho a comprar tierras, prohibición de la obligación de vender las cosechas al hacendado… Así se llegó a un acuerdo con la Compañía Agrícola S. A. de contratos bienales, abolición de las dos semanas de trabajo con salario fijado por el hacendado cada seis meses, reconocimiento por los hacendados de las mejoras hechas por los arrendatarios, que quedarían libres de vender su cosecha de té donde quisiesen, la compañía pondría una escuela e introduciría la electricidad…

No hay pruebas suficientes sobre una agitación independiente de los “allegados”, aunque es evidente que la abolición de las servidumbres personales les beneficiaron. Hacia 1962 la Federación Campesina tenía 110 sindicatos afiliados en la provincia, con 20 a 600 miembros cada uno. Su poder se demuestra porque en ese año el gobierno peruano dictó varias medidas especiales en pro de una reforma agraria en La Convención y hasta la Cámara de Comercio de Cuzco se dirigió oficialmente al gobierno pidiendo la inmediata ejecución del anunciado Plan de Reforma Agraria. Esto fue posible gracias a la solidaridad del campesinado, aunque hemos visto que no todos gozaban de los mismos estatutos. A pesar de la pobreza general, los campesinos de La Convención no eran personas de ciudad, indios y no criollos. Los inmigrados eran en su inmensa mayoría indios, el quechua seguía siendo el idioma hablado en los mítines de los sindicatos, pero el castellano se entendía ampliamente. Los dirigentes sindicales habían superado el analfabetismo y, según Hobsbawm, esto se debe a la organización comunista.

Algunos aspectos de las injusticias sufridas chocaron más a unos campesinos que a otros, pero a los jornaleros y braceros, que no tenían interés directo en las exigencias de los arrendatarios y “allegados”, la existencia de cualquier movimiento de resistencia campesina contra los señores ofrecía la posibilidad de reclamar eficazmente sus derechos, o aún de reconocer la existencia teórica de esos mismos derechos, y esto se demuestra porque los salarios subieron. El autor al que sigo explica el éxito de las reivindicaciones por la tradicional fuerza del partido comunista y otras organizaciones marxistas en la región de Cuzco. En esta parte de Perú el APRA[i] nunca logró afianzar su influencia del modo que lo hizo en el norte. Los comunistas venían trabajando la región desde 1934, e intelectuales junto con abogados, empleados bancarios y maestros prestaron sus servicios al movimiento sindical. Un ejemplo de sindicalista aguerrido fue Andrés González, uno de los jefes del movimiento de Hugo Blanco en Chaupimayo; de niño trabajó en la hacienda Sullupuchyo, de la familia Luna, que estuvo en permanente conflicto con la comunidad indígena. González, en venganza por abusos sufridos, entró en la hacienda y robó los títulos de propiedad que luego quemó. Luego se estableció en Chaupimayo (1946) y estableció contacto con personal político.

Como González hubo otros en las regiones fronterizas de la cuenca del Amazonas, que fueron los cuadros naturales de los movimientos campesinos. En La Convención el movimiento renació al caer la dictadura de Odria en 1956. Puede que empezase como rebelión contra los Romainville de Huadquiña, y parece que la causa inmediata fue que los hombres se indignaron al ver que uno de los líderes era azotado. Romainville fue acusado además de usurpar tierras que no le pertenecían legalmente del otro lado del río Ynacmayo. A partir de entonces se inicio un estado de virtual guerra, abandonando los hacendados sus fincas en manos de sus administradores.

En 1958 existían ya varios sindicatos, y en 1962 Maranura, Huyro, Santa Rosa, Quellouno y una Federación Campesina provincial se organizaron a partir de once sindicatos miembros. El movimiento parece haberse limitado a una agitación de índole sindical, pero la ocupación de tierras empezó en 1961 en las prvincias de Pasco y Huanuco, y a finales de ese año se constituyó una Federación con 214 organizaciones afiliadas, convocando una conferencia de campesinos en Quí Uabamba, donde se formularon peticiones de expropiación (contra “justo precio”) de las fincas de Romainville, y la consigna general pasó a ser la de que los campesinos ya habían “comprado su tierra con el trabajo que llevaban realizando en ellas”. Se dio entonces la ocupación de tierras en masa: la hacienda Chaullay fue invadida en marzo de 1962, y los invasores se construyeron cabañas provisionales. En Lares los hacendados denunciaron en abril la existencia de grupos armados que, según decían, se apoderaban de las tierras, y en la provincia de Calca 300 comuneros de Ipal expulsaron al hacendado y su familia de un fundo que, decían, había sido usurpado de una comunidad por una decisión jurídica injusta.

En mayo un grupo de Chaupimayo impidió que los empleados del hacendado cortasen madera para traviesas de la prolongación del ferrocarril, y en agosto los campesinos armados de Quellomayo y de Huacaypampa expulsaron a los leñadores de las tierras de una hacienda (Santa Rosa), asegurando que ya no pertenecían a los Romainville. En octubre se anunciaban afincamientos en 36 haciendas, por más que esto llevó a litigios: entre las haciendas ocupadas estuvieron Huadquiña, Pavallo, Paltaybamba, San Lorenzo, Pavayoc, Versalles, Echarate y Granja Misión. La mayoría de las haciendas en Lares y Calca estaban, según se decía en la prensa, en manos de los campesinos, y la mayoría, si no todos de los hacendados habían abandonado los valles o se preparaban a ello. En ese mismo mes la prensa anunciaba la publicación del texto de una Ley de Reforma Agraria, pero ello no evitó la intensificación del movimiento, que ya venía desde la primavera anterior, aunque se produjo una división en su seno. Como tantas veces ha ocurrido, parece que se trató de un pulso –dice Hobsbawm- entre los comunistas ortodoxos y otros grupos revolucionarios que los consideraban demasiado moderados y favorecían insurrecciones guerrilleras de índole castrista.

En este contexto, Luis de la Puente, líder del MIR (secesión de APRA), apareció  en Qullabamba y dio un mitin apoyando por 36 sindicatos, queriendo luego hablar en nombre de las Federaciones Provinciales de Quillabamba, pero los principales disidentes eran trotskistas a las órdenes de Hugo Blanco, joven intelectual que llegó a los valles procedente de Cuzco, de donde era oriundo, después de la organización campesina de 1958. Cuatro años más tarde cierta prensa empezó a considerarle como una especie de Castro peruano, destacando sus relaciones con grupos terroristas y profesionales de la insurrección, estando su principal bastión en Chaupimayo. La formación de unidades armadas (fuesen guerrillas o grupos de autodefensa) se debió casi con seguridad a Blanco, y los rebeldes fueron objeto de crecida admiración, y dieron a los revolucionarios de otras partes de Perú buena publicidad romántica.

[i] Partido de orientación socialista.

sábado, 27 de julio de 2019

Masacre en Lisboa

Iglesia de Santo Domingo en Lisboa (1)

Juan Ignacio Pulido Serrano ha estudiado la obra de tres autores de los siglos XVI al XVIII (el obispo Jerónimo Osorio, el padre Mariana y Benito J. Feijoo), en relación a la violencia anticonversa a partir de las jornadas que se dieron en Lisboa en 1506.

El portugués Osorio, en uno de sus libros[i], se muestra crítico y reprobatorio del furor popular. La obra de este fue conocida por el padre Mariana para su “Historia General de España” y se detiene en la masacre de Lisboa de aquel año en uno de los capítulos. Feijoo, en su “Teatro Crítico Universal” pone de manifiesto los errores en los que el pueblo puede incurrir, pero como escribe en el siglo de las luces, aprovecha para atacar al tipo de religiosidad que predominaba en la península Ibérica. Jerónimo Osorio vivió entre 1506 y 1580, por lo que cuando trata en su obra los sucesos del primer año, lo hace a la luz del estudio que había realizado sobre acontecimientos pasados.

Tal fue la magnitud y violencia del motín –dice Pulido Serrano[ii]- que a punto estuvo en pocos días de acabar con todos los conversos de la ciudad. El obispo llama vulgacho a los amotinados, y la acción de estos estuvo conducida por la furia, un acto indigno que puso en peligro de exterminio a los judíos convertidos en 1497, asunto que también critica el obispo, contrario a la forma en que se produjo aquella “conversión” masiva, cuando el rey Manuel había empleado la fuerza y la violencia, “en un acto político que nada tuvo de cristiano”. Debía ser Osorio un buen orador, pues se la ha conocido como “El Cicerón portugués”. Así habla el obispo sobre este asunto:

La ciudad de Lisboa, desnuda de burgueses y huérfana de la corte del rey a causa de la peste, había quedado en manos de la gente menuda y de los marineros extranjeros, alemanes, franceses y flamencos, cuyos navíos estaban atracados en la ribera del Tajo. El domingo… los fieles se encontraban reunidos en la iglesia de Santo Domingo, junto a la Plaza del Rocío, para asistir a los oficios divinos. En una capilla de la iglesia había un crucifijo, al que las gentes tenían mucha devoción, que tenía un cristal engastado en la llaga del costado: “e ora como pozessem nella os olhos muitas pessoas, e com elles a imaginaçao, e vissem sahir della hun luzeiro, entrárâo a bradar [gritando]: Grande milagre! pois que a Divindade Celeste se representava allí com tâo pamosos sinais”.

El milagro que el populacho creyó contemplar nacía de su imaginación, mientras que obispo dice que “aquella visión era solo una ilusión de los sentidos, propia de gente crédula”. La multitud, que además de crédula, se caracteriza por la brutalidad de su proceder –sigue el obispo- se lanzó contra el judío (que allí estaba): primero con insultos y luego deseándole todos los tormentos y la muerte; después se echaron sobre él con violencia colérica. El judío, agarrado por los cabellos, fue arrastrado fuera del templo, donde se le dio muerte y fue despedazado. Se improvisó una hoguera, y en ella, la gentuza arrojó los trozos descuartizados del cadáver.

Si había peste en Lisboa ¿por qué no echar la culpa de ello a los judíos? Máxime cuando al frente de este hecho estuvieron dos frailes que, con un crucifijo en alto a modo de pendón, predicaron venganza en nombre de la religión. A los primeros amotinados se les sumaron los marineros del puerto –franceses y alemanes-, en total unas quinientas personas, dándose a “una despiadada carnicería” que duraría tres días seguidos. La gente de más vil jaez acarreaba leña para mantener vivas las llamas en las que quemaron las primeras quinientas víctimas durante la primera jornada de violencia.

Al día siguiente se unieron personas venidas de las aldeas vecinas: más de mil “facinerosos” en medio de un regocijo monstruoso. Iban por las casas buscando a sus presas, arrumbaban las puertas, entraban en los hogares y allí mismo degollaban a hombres y mujeres, a las doncellas mismas… Muchos conversos se escondieron en los templos cristianos, aferrándose a los altares o abrazados a las imágenes de santos. Allí fueron asesinados brutalmente –dice Osorio-, muchos fueron muertos por ser judíos cuando en verdad eran convertidos y buenos cristianos; hubo quienes aprovecharon el desorden para ajustar las cuentas nacidas de sus rencillas vecinales y asesinar a sus enemigos. Hubo, en cambio, algunos honestos ciudadanos que intentaron proteger a los conversos, nada pudo hacerse para contener “el furor de la multitud”.

Más de 2.000 personas fueron víctimas de la violencia que el obispo llamó “carnicería” y cuando el rey Manuel tuvo noticia de esto, se encolerizó y solo los marineros extranjeros escaparon a la justicia del rey, pues huyeron en sus naves con el botín conseguido en su pillaje.

Mariana[iii], por su parte, veinte años más tarde, hizo un relato del motín lisboeta de 1506 intercalando informaciones de la casa real portuguesa: … un alboroto que se levantó en Lisboa muy grande, por una causa ligera [relata entonces el episodio del crucifijo]. El pueblo, como suele ser en semejantes ocasiones, furioso e indignado que tal hombre hablase de aquella manera [el judío que desmentía fuese milagro lo que allí se produjo], echaron mano de él, y sacado de la iglesia, le mataron, y quemaron en una hoguera que allí hicieron. Según Mariana un fraile habló a la gente animándola a vengarse de los judíos, llevando otros frailes una cruz delante como si fuese estandarte mientras se cometían los ataques y crímenes. Acudieron Flamencos, y Alemanes de las naves que surgían en el puerto, a participar del saco que en las casas se hacía. Tuvo el rey aviso de este desorden. Envió a Diego de Almeida, y a Diego López, para que hiciesen pesquisa sobre el caso. Los dos frailes, caudillos de los demás, fueron muertos, y quemados, y sin ellos justiciados otros muchos...

Más de doscientos años después de aquellos dramáticos episodios, Feijoo[iv] recurrió a ellos para denunciar los errores del vulgo. En el capítulo titulado Milagros supuestos, critica el exceso de credulidad en materia de milagros, cuando en realidad no son otra cosa que vanas supersticiones. Si fuesen verdaderos todos los milagros que corren en el vulgo, justamente pudiera ser notada de pródiga la Omnipotencia. De tales creencias fantásticas –dice- participaban tanto ignorantes como doctos: Es el vulgo, hablando con propiedad, patria de quimeras... El sueño de un individuo fácilmente se hace delirio de toda una región. El daño que se hace a la verdadera religión con este proceder –dice- es enorme: los enemigos de la fe hacen burla de tanta milagrería y justifican así sus ataques a los católicos…

Gente idiota, llama Feijoo, falta de inteligencia, que vive una falsa piedad, llena de aprehensiones y prejuicios… De esta piedad falsa es de la que nace el furor, y aquí introduce el benedictino el episodio de Lisboa, que aparecen en diversos autores judíos contemporáneos a los hechos y posteriores a ellos.

Solo queda por saber cuántos de los que participaron en los hechos –y en otros anteriores y posteriores- creyeron realmente en milagros y designios o simplemente encontraron una excusa para desatar sus pasiones contra quienes, siendo minoría, eran discriminados una y otra vez por la mayoría.



[i] “De rebus Emmanuelis gestis”.
[ii] “La masacre de 1506 en Lisboa…”
[iii] 1536-1624.
[iv] 1676-1764.
(1) https://travellingdijuca.com/2012/12/15/la-igreja-de-sao-domingos-y-la-masacre-de-lisboa-de-1506/

jueves, 27 de junio de 2019

Anarquistas en Andalucía


Paisaje sevillano de olivares
Hobsbawm[i] se inspira en la obra de Gerald Brenan, “El laberinto español” para hablarnos del anarquismo andaluz, la “Sicilia de España”, según aquel autor dice. “Consiste, a grandes rasgos, en la llanura del Guadalquivir y las montañas que la contienen como una concha”. En los pueblos se concentra la población con un campo vacío al que los campesinos iban a vivir durante largos períodos en chabolas y cortijos.

Andalucía, sobre todo la occidental, ha sido país de grandes propiedades pertenecientes a terratenientes absentistas, tierras mal cultivadas, y una población de braceros y jornaleros no propietarios reducidos a un estado casi servil. Una parte de los predios era arrendada a corto plazo por pequeñas parcelas, y solamente una parte exigua de la propiedad era minifundista o estaba arrendada para períodos largos –porciones que formaban islotes políticamente conservadoras en un mar revolucionario-. Lo mismo que en Sicilia –dice Hobsbawm- los braceros trabajaban cuando había tarea para ello y pasaban hambre cuando no la había, como de hecho siguen haciendo hasta cierto punto. Este fue el caldo de cultivo para que las ideas socialistas, particularmente anarquistas, prendiesen en ese proletariado rural, sobre todo en las provincias de Sevilla, Cádiz, Córdoba y Málaga, pero también en las áreas mineras al oeste y al norte (Río Tinto, Pozoblanco, Almadén[ii]) donde sobre todo actuaban los socialistas.

Díaz del Moral y Brenan han demostrado que los pequeños terratenientes y los artesanos desempeñaron un papel tan importante, por lo menos, y algunos aseguran que más sostenido, en la política anarquista, ya que eran menos vulnerables económicamente y no tan apocados socialmente. “La revolución social en Andalucía [dice Hobsbawm], empieza poco después de 1850, aunque se hayan citado ejemplos anteriores como el del pueblo de Fuenteovejuna en 1476, un caso de revuelta contra la opresión de un señor, contando aquella con la colaboración de los cordobeses urbanos”. También hubo asonadas motivadas por el hambre en el siglo XVIII, pero parecen haber sido cosa más de las ciudades que del campo.

De mediados del siglo XIX se tienen noticias de cuadrillas de campesinos que merodeaban y aún de pueblos que asumían el poder. El primer movimiento revolucionario que atrajo atención específica fue la sublevación de Loja y de Iznájar en 1871, varios años antes de que llegaran a España los divulgadores del bakuninismo, pero quizá hubo una cierta influencia masónica en la sublevación de Loja. El período de la Internacional y de las agitaciones republicanas de 1868-1873 fue testigo de ulteriores movimientos: el cantonalismo o “independencia aldeana”, la exigencia de la división de tierras en Pozoblanco y Benamejí, donde los bandoleros habían sitiado con frecuencia a los ricos y donde el Estado no castigaba los delitos porque nadie estaba dispuesto a declarar.

Entonces apareció al anarquismo propagado por los enviados de Bakunin, lo mismo que en otros lugares de Europa, implantándose con fuerza en la Andalucía donde el latifundismo era más extenso: Cádiz y el sur de Sevilla; Medina Sidonia, Villamartín[iii], Arcos de la Frontera, Arahal[iv], Bornos[v], Osuma, El Bosque[vi], Grazalema, Benaocaz[vii], etc. Pero el movimiento se hundió poco antes de 1880 y volvió a resurgir pocos años después. La primera huelga general campesina es de dicha época y tuvo lugar en el área de Jerez, por aquel entonces y luego, fortaleza del anarquismo partidario de la violencia. En 1882 hubo otra llamarada, que culminó en la fácilmente reprimida marcha de varios miles de braceros sobre Jerez. A principios del siglo XX hubo otro brote, esta vez en forma de huelga general, táctica que hasta entonces no había sido considerada de modo sistemático como arma para llegar a la revolución social.

Las huelgas generales campesinas se reprodujeron por lo menos en dieciséis pueblos, en la provincia de Cádiz sobre todo, en los años 1901-1903, para venir luego otro período de quietud e iniciarse el mayor movimiento de masas hasta entonces conocido a consecuencia, según parece, de la revolución en Rusia. Es cuando Cádiz pierde su primacía en el anarquismo andaluz pasando esta a Córdoba. Durante la II República se asistió al último de los grandes rebrotes y en 1936 tuvo lugar la toma del poder en muchos pueblos anarquistas por parte de la población. Sin embargo, con la excepción de Málaga y de la franja cordobesa colindante, la zona anarquista pasó a estar bajo dominación de los militares rebelados. (Ver aquí mismo “Los primeros anarquistas españoles” y “Anarquistas y Tribunales de Urgencias”).



[i] “Rebeldes primitivos…”. En un capítulo de esta obra se basa el presente resumen.
[ii] En la provincia de Ciudad Real.
[iii] Norte de Cádiz.
[iv] Sevilla.
[v] Norte de Cádiz.
[vi]Nordeste de Cádiz.
[vii] Nordeste de Cádiz.

martes, 18 de junio de 2019

Andalusíes en el norte de África

arabia.watch/es/sept2014/sociedad/5833/
Que-sabemos-de-los-Moriscos-de-hoy-en-T%C3%BAnez.htm

La expulsión de los moriscos de España, decretada a principios del siglo XVII, debió de significar la pérdida de trescientos mil “súbditos laboriosos”, según palabras de Domínguez Ortiz, el 3% de la población total, aunque fueron el 16% de la de Aragón y el 38% de la de Valencia. La medida no fue reclamada por la población, como sí se puede decir de los judíos en el siglo XV. Con la marcha de los moriscos perdieron las finanzas municipales, los señores que les tenían como vasallos y hasta la Inquisición. El Consejo de Estado, sin embargo, informó que podrían ser una quinta columna de los turcos en el Mediterráneo.

Fue calamitosa la suerte de los moriscos que cayeron en manos de las tribus berberiscas, pero fueron bien acogidos en ciudades marroquíes[i], donde la presencia de andalusíes era ya antigua. Incluso se formó en Salé[ii] una especie de república pirática cuya base fueron los moriscos de Hornachos[iii]. Tetuán también llegó a tener un estatuto de ciudad casi independiente. En la propia corte de Marruecos el castellano era de uso corriente, reforzado con la presencia de moriscos que usaban poco el árabe y con la de numerosos cautivos y renegados. Ya a finales del siglo XVI andalusíes habían conquistado para el rey de Marruecos la región de Gao-Tombuctú[iv] tras una épica travesía del desierto del Sahara, y aún se conservan allí vestigios hispanos.

A tierras argelinas llegaron más de cien mil moriscos, en su mayoría valencianos. Tras muchos avatares se acomodaron en la capital y en otros lugares; en todas partes dinamizaron la vida económica; introdujeron artesanías, técnicas avanzadas de regadío y, con su dinamismo, introdujeron un elemento de progreso en el país. Mantuvieron bastante tiempo su propia identidad y el recuerdo de la patria perdida, vacilando entre la nostalgia y el odio. Los mejor acogidos fueron los que se dirigieron a Túnez, unos ochenta mil, procedentes en su mayoría de Castilla y Andalucía. Estaban muy hispanizados, ignoraban el árabe y llegaban con cierto complejo de superioridad sobre los indígenas, lo que favoreció su cohesión hasta fechas muy recientes. Formaron bloques autónomos, ya de menestrales en la capital, ya de colonos agrícolas en las mejores tierras, manteniendo un alto nivel de vida y de conciencia andalusí de la que aún quedan restos en poblados que recuerdan los del sur de España. Algunos moriscos quedaron en el sur de Francia, en Italia, otros llegaron hasta Turquía, y no fueron pocos los que volvieron a España desafiando las penas legales.



[i] Antonio Domínguez Ortiz, “España, tres milenios de historia”.
[ii] En las proximidades de la actual Rabat.
[iii] Al sur de Mérida, en la actual provincia de Badajoz.
[iv] Hoy en Malí.

domingo, 9 de junio de 2019

Los campesinos chinos en lucha por la igualdad

Liu Ban (o Pang)

Dice Pérez Ledesma[i] que en toda la historia de China existieron movimientos campesinos que pretendieron cambiar la situación de injusticia en la que vivían y lograr la igualdad. La importancia de la revolución que culminó en 1949 se vio precedida por movimientos campesinos frecuentes e intensos, y el historiador Chesneaux señala que “ningún país dispone… de una herencia tan rica y, sobre todo, tan continua como la de China”.

Una de las rebeliones estudiadas es la que tuvo lugar entre los años 1850 y 1864 (Taiping), que llevó a una guerra civil entre las fuerzas imperiales de los Qing y el Reino Celestial de la Gran Paz[ii], un movimiento teocrático. Puede que se produjeran en este enfrentamiento veinte millones de muertos o más, antes de la intervención de las potencias occidentales a favor de la dinastía Qing. Otros estudios se han dedicado a las sociedades secretas y su participación en los movimientos populares chinos de los siglos XIX y XX.

Es un tópico –dice Pérez Ledesma- que los campesinos tienen dificultades para participar en movimientos político-sociales, de forma que hay una gran diferencia entre la enorme fuerza potencial del campesinado tradicional y su limitada influencia en la evolución social. También se ha hablado de la baja clasicidad del campesinado por su segmentación vertical en comunidades locales, clanes y grupos, que tienen diferentes intereses: los campesinos tienen dificultades especiales –ha escrito Eric Wolf- para pasar del reconocimiento pasivo de los males que sufren a la participación política. Los campesinos son competidores entre sí y las alteraciones momentáneas de la rutina amenazan su capacidad para reiniciarla. El control de la tierra le permite retirarse a la producción de subsistencia y los lazos de parentesco suelen amortiguar las conmociones.

Los campesinos pobres y ricos pueden ser parientes, o un campesino puede ser al mismo tiempo propietario, arrendador, arrendatario, trabajador para sus vecinos y mano de obra estacional, lo que le coloca en una posición distinta con respecto a los demás, y con frecuencia los campesinos carecen del conocimiento para articular sus intereses. Sin embargo, los movimientos campesinos chinos han tenido una gran capacidad combativa con fuertes propensiones a la rebelión.

Estas rebeliones produjeron cambios políticos de importancia y en varias ocasiones las dinastías reinantes cayeron víctimas de revueltas campesinas: la Ch’in (221-207 a. C.) fue sustituida por la dinastía Han (206-23 d. C.), instaurada por Liu Pang[iii]. Otras oleadas campesinas acabaron con la segunda dinastía Han (25-220 d. C.) y con las dinastías Tang y Sung (960-1279). Los Ming, que llegaron al poder tras una rebelión popular contra los mongoles, en 1368, fueron derrocados por otra revuelta campesina en 1644, aniquilada posteriormente por los manchúes. En conjunto, se trataba de rebeliones de ámbito relativamente amplio con claros objetivos políticos.

Parece que la ideología de tales revueltas era esencialmente igualitaria: la lucha contra los poderosos y los ricos y la defensa de los pobres y oprimidos, lo que se refleja en los lemas “ataquemos a los ricos y ayudemos a los pobres” o “los mandarines oprimen, ¡que el pueblo se levante!”. Estos levantamientos solían estar sustentadas por infraestructuras estables: las sociedades secretas, muchísimas en número en China, que proporcionaron dirigentes en los momentos de rebeldía además de cumplir funciones de ayuda mutua, seguridad social, protección de las mujeres y afirmación del principio de igualdad con respecto al hombre; además cumplían una función religiosa fundamental prometiendo la salvación espiritual. Los miembros de esas sociedades secretas no eran solo campesinos desposeídos, sino nobles descontentos, artesanos, pequeños comerciantes, contrabandistas, antiguos soldados o bandidos. Estaban influidas por corrientes heterodoxas del taoísmo y del budismo y participaron en la organización y dirección de numerosos movimientos campesinos en los dos últimos siglos, incluidos los republicanos de la primera década del XX como en los maoístas de los años treinta.

De todas formas, la mayoría de los movimientos campesinos clásicos no consiguieron el triunfo por la dispersión geográfica, la mezcla de la revuelta social con el bandidaje y otras causas. Incluso cuando triunfaron, la falta de un programa hizo que muchos esfuerzos fuesen inútiles. En otro orden de cosas hay una controversia sobre la influencia que en los movimientos campesinos chinos tuvo la penetración occidental tras la guerra del opio (1839-1842) y la firma del tratado de Nankín, que abrió el mercado chino a los productos occidentales y favoreció la actividad evangelizadora de los misioneros europeos.

Sea como fuere, el mayor conjunto de guerras campesinas de toda la historia universal se dio en China con la rebelión Taiping, recogiendo la tradición de rebeldía y teniendo como base los nuevos tipos de opresión importados de occidente.

Empezando en Guangxi, como muchas otras revueltas anteriores, el movimiento Taiping fue fundado por Hung Hsiu-ch-üan[iv], teniendo un carácter sincretista que se reflejó en la multiplicidad de facetas ideológicas. Defendió el colectivismo y la modernización al mismo tiempo, combinando elementos de la religión cristiana con fórmulas budistas y taoístas. El movimiento importó reformas occidentales como la creación de una red ferroviaria y un sistema bancario, pero la conversión progresiva de los dirigentes en una camarilla de privilegiados apartó a muchos campesinos. La necesidad de aumentar los impuestos y la reducida zona geográfica donde había triunfado, establecieron sus límites.

La rebelión de Taiping fue la más espectacular, pero no fue el único movimiento campesino de los años 1850-1870. Existió la revuelta de los Nien (1853-1868) en el norte de China, más apegada a las formas de los bandoleros. Las pequeñas unidades de guerrilla de los Nien atacaban a las caravanas de los mercaderes mientras pretendían derrocar a la dinastía Qing sin conseguirlo, pero sus consecuencias fueron terribles.

Las sociedades secretas, por su parte, demostraron un elevado nivel de combatividad dentro del campesinado chino, y serían necesarias enormes matanzas para acabar con la oleada de estas rebeldías. Pero el repliegue no duró mucho, pues a finales del siglo XIX comenzaban de nuevo las revueltas como respuesta a la penetración extranjera en China y a la presión demográfica. En este período se produjeron cambios de especial relevancia que demuestran la penetración del capitalismo, lo que dio lugar a los nuevos movimientos sociopolíticos del siglo XX: la intensificación de cultivos comercializables en detrimento de la producción para la subsistencia, la subida de los arrendamientos rurales, la ruina de los artesanos tradicionales y la aparición de nuevas capas sociales, que se integraron en organizaciones clandestinas con un decisivo componente nacionalista. Un ejemplo de ello son los bóxers (1897-1900).

Ahora se manifiesta la hostilidad de los campesinos hacia el cristianismo, un protonacionalismo popular, de nuevo la intervención de las sociedades secretas, la resistencia ludita a las máquinas y el apoyo a la política antioccidental de la alta burguesía y la baja nobleza.

Las malas cosechas de 1909-1910 agravaron el problema, lo que coadyuvó a la revolución republicana de 1911. Empezó entonces una nueva fase definida por la politización de las luchas campesinas y su control por organizaciones como el Kuomintang y el Partido Comunista; la “acción dirigida desde fuera”, según se ha dicho. Pero las formas clásicas de rebeldía no desaparecieron, aunque las modernas fueron ahora más determinantes.

En la zona de Hunan, al sureste de China, en los años 1924-1927, se crearon numerosas asociaciones campesinas apoyadas por el Kuomintang o por el Partido Comunista. Formadas por campesinos pobres, se adueñaron del poder local, formaron milicias rurales y su punto central fue luchar para la reducción de impuestos y contra la usura. La participación campesina en el movimiento nacionalista Kuomintang y en la revolución comunista china, tenía numerosos precedentes.



[i] “En torno a los movimientos campesinos chinos”.
[ii] Se inició al sur de China, en la provincia de Guangxi.
[iii]  Junto con Zhu Yuanzhang, fundador de la dinastía Ming, los dos únicos de procedencia campesina.
[iv] Nacido en 1814 y fallecido en 1864, era miembro de una familia de granjeros, pero tuvo estudios.