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miércoles, 16 de diciembre de 2020

De comuneros a condes

Al oeste de la actual provincia de Jaén se encuentra Villardompardo, sobre una pequeña altura que domina un paisaje más bien llano, por cuyas tierras anduvo oponiéndose al rey Carlos, Bernardino de Torres y Portugal, hijo de un pariente lejano del rey Fernando el Católico. Según Javier García Benítez[i] su linaje experimentó un fuerte contraste en el siglo XVI al quedar relegado a un segundo plano por el ascenso de nuevas familias nobiliarias en la zona.

Quizá un motivo de la pérdida de influencia del señor de Villardompardo fue la participación de don Bernardino en las revueltas comuneras jienenses, concretamente en 1520. De todas formas, como ha ocurrido en otros casos, pasado un tiempo volvió a la mayor relevancia, en éste caso durante el reinado de Felipe II.

García Benítez echa un vistazo a las confrontaciones nobiliarias en Jaén durante el siglo XV, estando por un lado los Torres y por el otro los Mendoza, que a finales de la centuria citada se habían enseñoreado de Torrequebradilla, hoy en el municipio jienense de Villatorres. Por su parte, los Torres eran dueños también de Escañuela, en la misma zona de la actual provincia de Jaén[ii]. La rivalidad entre estas familias era exclusivamente por el poder, que procuraba a su vez riqueza.

Al comenzar el siglo XVI, sin embargo, dos nuevas familias van a tener el protagonismo en Jaén; por un lado los Mesía, señores de Santa Eufemia[iii], y La Guardia[iv], que eran miembros de la nobleza media en ascenso por cualquier medio, incluso el asesinato y el robo. Pero los principales negocios de éste linaje fueron la política matrimonial, no exclusiva de él, y la compra de bienes rústicos, la mayor parte en Mengíbar, Fuentelrey y cortijo Garcíez, todos en la actual provincia de Jaén. Los Mesía llegaron a poseer una riqueza muy superior a la de aquellas otras familias del siglo XV citadas.

Bernardino de Torres y Portugal entroncó familiarmente con los Mesía, que encontraron su oposición en los Fonseca con su aliado el obispo de Jaén, Alonso Suárez de la Fuente Sauce[v], habiendo constituido el otro poder fuerte en vísperas de la rebelión comunera en la que participara don Bernardino como miembro de la familia Torres, una de las perjudicadas tanto por las decisiones administrativas de los reyes como por el devenir de los diversos linajes nobiliarios en la zona.

Jaén, en el siglo XVI, perdió valor estratégico, pues al haber sido integrada Granada en la monarquía hispánica, ya no tuvo la misión fronteriza y defensiva de antaño. Por su parte la población jienense pasó por serias dificultades económicas, debido sobre todo a las malas cosechas que llevaron al hambre en los primeros años de la centuria citada, y por los gravámenes que la nobleza imponía. A modo de ejemplo –dice García Benítez- están los privilegios que los señores de Villardompardo tenían sobre varias actividades económicas (almocatracía); esto propició el descontento para el estallido de cualquier conflicto.

Aunque el levantamiento comunero fue protagonizado por las ciudades y villas castellanas de la meseta norte y Toledo, Jaén constituyó una de las periferias de aquel conflicto, con núcleos en la citada ciudad, Baeza, Úbeda y en algunas localidades del adelantamiento[vi] de Cazorla, ya que el área bética y el reino de Granada se mantuvieron al margen del movimiento. En las poblaciones citadas se trató de luchas entre bandos señoriales o contra la mala administración de un señor.

En agosto de 1520 se amotinó y sublevó la ciudad de Jaén, aunque antes de ello los dos linajes y sus clientelas habían protagonizado algunos enfrentamientos. En el año citado los más perjudicados dirigieron sus quejas al rey o a los gobernadores del reino, acusando a los Mesía de muertes y otros alborotos contra el monarca “a boz de comunidad”[vii]; las fuentes hablan de que las dos familias coaligadas (Mesía y Torres) obligaron a las autoridades a que les entregaran “las varas de la justicia”. Así se convirtió el señor de Villardompardo en una de las cabezas más visibles del movimiento comunero en Jaén.

Además, las dos familias y sus clientes se dirigieron a las casas de quienes consideraban sus peores enemigos en la ciudad por ser acérrimos partidarios de los delegados regios, algunos de los cuales consiguieron huir y otros fueron asesinados a manos de los comuneros (ya vemos que éste movimiento no tuvo las mismas características en todos los lugares donde se produjo). Esta situación, sin embargo, no se mantuvo durante mucho tiempo, pues dos meses después la propia ciudad envió a uno a negociar con el cardenal Adriano el perdón por la participación en las violencias, prometiendo la sumisión al rey a cambio de que se les confirmasen sus privilegios.

Joseph Pérez, a quien cita García Benítez, considera que el movimiento en Jaén tuvo un carácter vacilante, esperando el discurrir de los acontecimientos en otras partes, y particularmente las decisiones de la Junta General de las Comunidades. En marzo de 1521 puede decirse que se apagaban los últimos rescoldos de la revuelta, pero ¿en qué situación quedaron los insurgentes? Parece que se les instó a que abandonasen la ciudad, aunque poco después se les permitió volver. Otra pregunta es si hubo algún tipo de represalia contra los cabecillas, pues aunque fueron perdonados por el rey, Bernardino de Torres tuvo que devolver la vara de alguacilazgo, pero con mendacidad, pues alegó que la vara se la habían entregado contra su voluntad, siguiendo con alusiones a su disposición para servir al rey en adelante. Lo que está claro es que los Torres desaparecen de la escena política jienense (por lo menos en primera línea) durante varias décadas.

También tuvo que dejar don Bernardino su puesto de veinticuatro en 1522, conseguido por medio de su suegro Rodrigo Mesía, pasando a manos de uno de los Mendoza, familia acérrima enemiga de los Torres. No se volvió a tener noticia de los Torres hasta 1553, cuando don Bernardino, ya viejo, volvió a ser veinticuatro de la ciudad de Jaén. Cinco años más tarde su sucesor en el señorío, Fernando de Torres, iniciará un ascenso que dará ocasión a la etapa de mayor esplendor del linaje. Llegó a ser virrey del Perú entre 1585 y 1590, y antes, en 1576, su señorío fue transformado en condado, siendo don Fernando el primer conde de Villardompardo.


[i] “El señor contra su rey…”.

[ii] Luego añadieron las posesiones de Fuensomera, que debe ser el lugar a orillas del río Cañamares (afluente del Azuer), en la actual provincia de Ciudad Real, y Villagordo, en la actual provincia de Jaén.

[iii] Al norte de la actual provincia de Córdoba.

[iv] Al sur de la actual provincia de Jaén.

[v] Había nacido en Fuente el Saúz, al norte de la actual provincia de Ávila, caracterizándose en Jaén por la enorme cantidad de obras que sufragó, sin duda por la riqueza que pudo allegar.

[vi] En éste caso se trata de un adelantamiento de frontera, por la cercanía al reino de Granada.

[vii] Sigo a García Benítez en su trabajo citado en la nota i.

La fotografía ha sido tomada de pantxike.wordpress.com/2015/09/20/villardompardo-2/

miércoles, 19 de agosto de 2020

Un comunero de Villalpando

 

https://www.adripalomares.com/portfolio-item/villalpando/

Uno de los personajes que participó en primera línea en el movimiento comunero castellano del siglo XVI fue Bernardino de Valbuena, hijo del alcaide de Villalpando, por lo que no pertenecía a los sectores más populares de la villa del mismo nombre, aunque tampoco a la más encumbrada nobleza. Su familia llegó a poseer incluso un molino en el río Valderaduey que debió aportarle buenas rentas. Dicho molino fue objeto de litigio entre la familia y Antonio García de Villalpando, canónigo de Toledo.

Cuando la guerra de las comunidades de Castilla terminó, Bernardino de Valbuena fue juzgado y en los papeles de aquel proceso se dice que era “muy mozo”[i], por lo que se ha supuesto que tenía 25 años cuando se inició la guerra. Consiguió el cargo de capitán de la Comunidad y luego el de gobernador y alcaide de la fortaleza de Villalpando, siendo uno de los protagonistas de los acontecimientos. Pero a lo largo del proceso también surgen ciertas dudas sobre su dedicación a combatir a los partidarios del rey.

Lo cierto es que luego se convirtió en uno de los más radicales comuneros, una vez se trasladó a Toledo para continuar la guerra, cuando ya estos habían sido vencidos en Villalar. En la ciudad del Tajo se encontraba el ejército comunero prácticamente intacto bajo el mando de Antonio Osorio de Acuña[ii], obispo de Zamora.

Contrariamente a lo que se había creído con anterioridad, el campo jugó un importante papel en el movimiento comunero, aunque su ideario revolucionario fuese redactado por algún elemento urbano. El caso de Villalpando es paradigmático de lo que decimos, siguiendo a Tomás López Muñoz. Las rentas campesinas fueron las que ayudaron a mantener el grueso del ejército de la Junta en 1520, y los pertrechos militares custodiados en la fortaleza de la villa, los que posibilitaron el reforzamiento de sus tropas.

Desde Villalpando, el programa de la Junta se expandió fácilmente por las localidades de su jurisdicción, implicando de forma estrecha a unos hombres que, en nombre de la Santa Comunidad, se levantaron contra la autoridad del Condestable de Castilla, buscando quizás la restitución de antiguos derechos menoscabados al común por los señores.

Aunque se defina a las Comunidades como un hecho urbano, a medida que el conflicto se prolonga las relaciones de dependencia entre el movimiento y las zonas rurales fueron haciéndose cada vez más evidentes. De éste modo, cuando las zonas rurales queden en manos de los realistas, comenzará a gestarse la derrota comunera, a juicio del autor por tres motivos:

Una vez que los grandes consiguen sofocar el levantamiento en sus dominios señoriales, la Comunidad verá agotada su más importante fuente de recursos y hombres. Controlado el campo, desde el punto de vista militar los nobles solo debían concentrar sus esfuerzos en ahogar los focos revolucionarios de unas ciudades rebeldes que difícilmente podrían resistir largos asedios sin el apoyo de las zonas rurales más cercanas. Con el dominio en el ámbito rural por el bando realista, el programa comunero perdía uno de sus aspectos más radicales, definido por la violencia antiseñorial.

El proceso judicial que se siguió contra Bernardino de Valbuena ofrece numerosos datos sobre la identidad de los líderes y actores del movimiento revolucionario en el campo, y nos permite trazar –dice el autor al que sigo- nuevas e interesantes afirmaciones sobre el heterogéneo grupo comunero. Valbuena, vinculado a la oligarquía de Villalpando, encabezó la rebelión tras ser nombrado por la Junta del Reino gobernador y alcaide del lugar. En otras villas como la citada sucede del mismo modo: la primera actuación llevada a cabo por la Junta fue la de sustituir la figura más representativa del poder señorial, el gobernador. Los cargos concejiles fueron también sustituidos, y los nuevos, representantes de la Comunidad, encontrarán en las clases populares su mayor soporte.

Estas clases populares se resisten contra la consolidación de la nobleza medieval, lo que hace cuestionar la autoridad señorial. Si como en el caso de Villalpando se trata de una cabeza de señorío, aquello tiene una explicación más clara. A los momentos previos a la revolución comunera sigue la violencia y los episodios antiseñoriales, tanto contra los bienes del Condestable como contra los servidores de éste.

Bernardino de Valbuena, después de ser líder comunero, fue exiliado y procesado tras la derrota, y en el proceso que se siguió contra él se ponen de manifiesto los contactos que tuvo con otros líderes comuneros. Dicho proceso se encuentra en la documentación de la Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional y, más concretamente, entre los documentos de la casa ducal de Frías, fondo que comprende la documentación referente a las antiguas casas de Pacheco, Velasco y de los condes de Fuensalida y Oropesa[iii].

(La fotografía de arriba en adripalomares.com/portfolio-item/villalpando/)



[i] “Proceso contra Bernardino de Valbuena…”, obra de Tomás López Muñoz, en la que se basa el presente resumen.

[ii] Natural de Valladolid, murió ejecutado en Simancas en 1526. Fue un clérigo de tortuosa vida: miembro de la Orden de Calatrava, luego se fue a Roma donde encontró acomodo gracias a unos familiares. Fue excomulgado y, de vuelta en España, ejerció como capellán de los Reyes Católicos…

[iii] Ver nota i.

domingo, 15 de octubre de 2017

Villas, ciudades y comuneros



Plaza de Villalar con la iglesia y el rollo

Según Joseph Pérez las regiones donde tuvieron lugar los movimientos comuneros fueron Extremadura, Andalucía, Murcia, las provincias vascas y las dos Castillas. En Galicia también hubo movimientos contra los impuestos excesivos en Santiago y Mondoñedo, donde participaron monjes y otros eclesiásticos. La Junta comunera intentó ganar a Galicia para su causa, pero fue en vano, pues la nobleza gallega aprovechó este conflicto para pedir una Casa de Contratación en A Coruña que comerciase con América y representación en Cortes. La población, de lo que se quejaba era de los altos impuestos y de los abusos señoriales, no de la centralización del poder real, ya que la mayoría del territorio era de señorío.

En Extremadura parece que Cáceres se unió a la Comunidad, dándose en Plasencia vivas a aquella y a los reyes (Juana y Carlos), uniéndose al bando rebelde en una mezcla de deseo de libertad y adhesión al rey con la lucha entre linajes locales, habiéndose dado casos en los que se aprovechó el conflicto para dirimir diferencias entre clanes. La importancia de las comunidades en la zona central de Castilla se debe a la existencia de muchas ciudades de realengo, es decir, libres, con hombres que no soportan una mengua de su libertad por la política del rey y sus colaboradores, y según el cardenal Adriano, las ciudades andaluzas más comuneras fueron Jaén, Úbeda y Baeza, en el primer caso con vacilaciones y predominando reivindicaciones locales; en Cazorla, por ejemplo, el conflicto fue antiseñorial, no comunero, y el caso de Sevilla es también ejemplo de rivalidades aristocráticas.

Entre los comuneros cabe distinguir a los dirigentes, que tenían intenciones más bien políticas y los comuneros de “a pie” que se sumaron más con intenciones sociales. Los núcleos principales del movimiento comunero fueron Toledo y Valladolid, siendo la dirección Sur-Norte: Toledo, Segovia, Valladolid, Palencia; luego Madrid, Ávila y Medina del Campo; Zamora, Toro y Salamanca. Fuera de esta zona la revolución se debilita: Cuenca, Guadalajara, Soria y León. Burgos fue hostil al movimiento y las agitaciones en Murcia y las provincias vascas no siguieron a la Junta central sino accidentalmente. Según el censo de 1530, Sevilla era la ciudad más poblada de la Corona de Castilla con 45.000 habitantes (según Domínguez Ortiz, 60.000), seguida de Valladolid (38.000), Córdoba (33.000), Toledo (32.000), Jaén (23.000), Segovia (15.000, de los que casi 3.000 eran hidalgos y casi 700 clérigos), Baeza (14.200), Úbeda (14.100), Murcia (13.500), Salamanca (13.100) y Medina de Rioseco (11.300)[1]. Madrid solo tenía 4.000 habitantes y, según Domínguez Ortiz, Ávila, Alcalá de Henares, Burgos, Ciudad Rodrigo, Palencia, Plasencia y Zamora tenían menos de 9.000 habitantes (excepto la primera).

Las Comunidades, pues, se originaron y desarrollaron en la región más poblada y con una red de comunicaciones más completa en el siglo XVI, donde se encontraban los más importantes centros textiles: Toledo, Segovia, Palencia y Cuenca. Para Joseph Pérez había causas económicas en el movimiento comunero, pero este fue legalista: no propugnó la sustitución del orden legal vigente; exigen que se respeten las leyes, los fueros, las libertades locales contra la pretendida centralización de la Corte. Por ello no cabe hablar de movimiento revolucionario, no se discute al rey pero se le exige que acepte las posiciones de la Junta.

El movimiento comunero se inició en abril de 1520 en Toledo y terminó ente abril de 1521 en Villalar y febrero de 1522 en Toledo, pero no presentó un frente unido. La principal motivación de la revuelta no estuvo en la oposición a la corte de flamencos, sino a las contradicciones de la Castilla del siglo XVI: centro-periferia, nobleza-tercer estado. Cuando se disolvió la “gente de ordenanza” en 1517, las armas ya adquiridas por los municipios servirían, una vez robadas, para los comuneros, mientras que la burguesía de la época presentaba una división evidente: comerciantes exportadores de Burgos y el Cantábrico contra industriales laneros de Segovia y el interior.

En cuanto a la población campesina pesaban sobre ella derechos señoriales, diezmos, impuestos sobre la tierra, usura… y aún en el caso del campesinado libre, si estaba en territorio de jurisdicción señorial, quedaba sometido a una serie de tributos, especialmente el fuero y la martiniega, cuya finalidad era poner de manifiesto los derechos jurídicos del señor. Otros impuestos eran la pensión y el humazgo, el pedido, el yantar, el servicio, etc., pero no eran coincidentes en todos los lugares. Una prueba del malestar de los habitantes de señorío se pone de manifiesto en un relato de Bartolomé de las Casas: en 1518 reclutaba gente para ir a las Indias y preguntó a un viejo de más de 70 años de entre los varios que se presentaban, cual era la razón de querer ir a América, a lo que contestó que “a morirme y dejar a mis hijos en tierra libre…

Para los campesinos la renta de la tierra (los no propietarios) era la carga más gravosa de cuantas pesaban sobre ellos y entre los comuneros de 1520 se encuentran numerosos contratos de censos, que se habían extendido mucho en Castilla.


[1] Véase la importancia de Andalucía, 5 ciudades de un total de 11, y la meseta: 4 al norte del Sistema Central y Toledo al sur.