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lunes, 12 de diciembre de 2022

El norte de Chile antes de los incas

 

Valle de Copiapó 

A 27º Sur y a una altura sobre el nivel del mar que no llega a 400 metros se encuentra la ciudad chilena de Copiapó, fundada por los españoles a mediados del siglo XVIII, pero siglos atrás el lugar fue centro de una población indígena que ofreció fuerte resistencia a las pretensiones incaicas de incorporar el territorio a su imperio. En el interior, y en plena cordillera andina, se encuentra el volcán[i] del mismo nombre, cuya cumbre supera los 6.000 metros de altitud sobre el nivel del mar.

Los habitantes de Copiapó desarrollaron una cultura caracterizada por la fabricación de cerámica de cuencos rojizos decorados con espirales, líneas paralelas y en ocasiones máscaras; también recipientes panzudos con dos asas, cuello y boca estrechos con el fin de que el líquido contenido se mantuviese fresco, sobre todo agua. También fabricaron ponchos y fajas en miniatura, quizá como adornos, así como figuras a partir de conchas de espóridos, collares de malaquita y otros materiales. También se han conocido cementerios indígenas donde se da la particularidad de que se enterraba a los seres humanos y a los animales, sobre todo camélidos, de tal utilidad y significado religioso que los ajuares aparecen en los de estos últimos.

Conocieron la metalurgia del cobre, oro y plata, que es lo que a los incas interesaba, más allá de extender sus dominios hacia el sur. En un ajuar mortuorio se ha encontrado la figura de una mujer de plata maciza, con la cabeza desproporcionada y los cabellos peinados, los brazos pegados al cuerpo formando un conjunto estilizado. Los minerales se fundían en el lugar conocido como Viña del Cerro, del que hoy se ha hecho una recreación a partir de los datos aportados por la arqueología, habiendo varias minas en el valle de Copiapó y alrededores. También se han conservado hornos de planta circular (guairas) que se situaban a cierta altura para que el flujo de aire favoreciese la fundición (la del cobre necesita alcanzar 1.100 grados). Se han encontrado cuchillos formados por una especie de pala, cuya arista exterior es cortante, y un mango; cinceles, pinzas de cobre a base de dos planchas redondeadas unidas por un mango, y placas de cobre que se han interpretado como protectoras de los guerreros. A los cuchillos se les ha atribuido una función ceremonial, además de práctica, y en relación con las fundiciones se ha estudiado una especie de mastaba (sin finalidad funeraria) pero con muros verticales, desde donde se dirigía la fundición. También se ha querido ver en ella un sitio ceremonial en relación al calendario estacional[ii].

De época muy anterior es la cultura de Pica, posible por la existencia de un oasis, con construcciones en ladera, casas de planta circular y depósitos para almacenar productos agrícolas cultivados en terrazas regadas por canales. Los espacios públicos en cada aldea y mausoleos de adobe han sido interpretados como culto a los antepasados. Tratándose de una cultura que se remonta a varios siglos antes de Cristo, preexistía en los inmediatos al expansionismo incaico.

Los cacicazgos se habían ido conformando siguiendo el curso de los valles, y cuando los ejércitos incaicos llegaron al de Copiapó no pudieron someter a esos pueblos[iii], por lo que lo intentaron con otros que sí quedaron sometidos. A partir de este momento (siglo XV) los incas extendieron sus caminos desde el actual Perú y el norte de Argentina hasta el norte de Chile, generalmente rectilíneos, siguiendo las zonas bajas pero también las serranas, limitados por el amontonamiento de piedras con el fin de asegurar su reconocimiento, pero en ocasiones formando zig-zags para facilitar el tránsito por grandes pendientes[iv]. Por allí discurrieron las caravanas de llamas y alpacas con mercancías, productos agrícolas y metales, así como los chasquis o correos para transmitir las noticias[v]. Está muy estudiado por los especialistas[vi] el recorrido del “camino del inca”: de norte a sur la Quebrada de Carrizo, Pampa del Carrizo, Quebrada de Ochenta, Cachiyuyo, Quebrada de doña Inés Chica (al oeste se deja El Salvador), Cerro Indio Muerto, Llano San Juan, Río de la Sal, Pampa del Inca (dejando al oeste la Sierra Caballo Muerto), Quebrada Chanaral Alto, Inca de Oro, Tres Puntas, Quebrada Salitrosa, Medanoso (dejando al Este Llano de Campos), Llano de Chulo, Llano de Brea y Copiapó (más de 170 km.). La abundancia de topónimos con el término “quebrada” indica las dificultades de seguir el camino por zonas angostas entre montañas, siendo la principal fuente escrita la obra de Gerónimo de Bibar (1558)[vii].

No es extraño encontrar figuras de felinos, pues se trata de animales totémicos en los Andes, y los estudios arqueológicos han descubierto el “Palacete incaico de la Puerta”, una estructura cuadrada con un patio en el centro y habitáculos regulares alrededor. Las piedras utilizadas no están trabajadas en muchos casos, sino acomodadas en sus formas para dar consistencia al conjunto. También se han documentado “albergues” o tambos (palabra derivada del quechua) para descanso de los viajeros, que seguramente utilizaron Almagro y su hueste en la expedición que hicieron a estas tierras. De hecho, cuentas de vidrio españolas aparecen en los yacimientos próximos al camino inca.

El camino inca se empedraba en ocasiones, sobre todo en las proximidades de las aldeas, y para hacer las tierras del norte de Chile más fértiles, los incas construyeron canales por donde discurría el agua para dar ocasión a una floreciente agricultura de papas, yuca, maíz, coca, zapayos, porotos y algarrobas, entre otros productos[viii]. Particularmente la coca era muy demandada, seguramente para combatir el mal de altura, donde se daba la crianza de llamas y alpacas. La fuerte insolación del clima semitropical permitió muy buenos vinos a partir de la conquista y colonización española. El quipucamayoc era el responsable del quipu, artilugio a base de cuerdas y nudos que permitía llevar la contabilidad de las ventas, producciones, etc. cuya interpretación es motivo de controversia.

Los incas influyeron en las creencias religiosas de los pueblos indígenas del norte de Chile, y una reminiscencia actual es la fiesta de la Cruz del Calvario[ix], que muestra un evidente sincretismo entre religión indígena y cristianismo. Se adorna con flores una suerte de altar, se hacen abluciones y se quema un producto como ocurre con el incienso en otros lugares. Esta fiesta se celebra en diferentes cumbres, no muy elevadas, pero sí lo suficiente para que la ceremonia adquiera el significado deseado, y ello es coincidente con el culto al cerro de los incas. El paisaje es pelado y ceniciento delatando la existencia del cercano desierto, pero a lo largo del camino del inca hay oasis, generalmente pequeños, siendo el de Copiapó el que explica fuese el centro de la primitiva cultura de la que hemos hablado.

El río Tarapacá y la quebrada del mismo nombre (hoy San Lorenzo de Tarapacá[x]) son el centro de una serie de geoglifos con representaciones diversas: figuras humanas muy geometrizadas, círculos con estrellas inscritas, curvilíneas que recuerdan las de Nazca, camélidos asiluetados, etc. Cerca del poblado de Pachica hay algunos de estos geoflifos, y también de esta zona es una cerámica muy antigua y reconocible: cuencos y tinajas, algunos recipientes con asa y decoraciones muy variadas, geométricas en algunos casos.

Por estas tierras altas, valles y quebradas, atravesó el español Diego de Almagro acompañado de más de diez mil soldados (entre españoles, indios, negros…) desde el noroeste de la actual Argentina (Shincal) hasta el norte de Chile (Copiapó); en algunos momentos por alturas superiores a 4.000 m. sobre el nivel del mar, con viento frío, nieve y carencia de casi todo; los indios no llevaban ropa de abrigo, sus pies descalzos (el contacto con pueblos indígenas aliviaba a estos expedicionarios). Era el año 1535 y tras dificultades inmensas, dudas y pérdidas en la hueste, Almagro optó por regresar sin haber conseguido su objetivo de un “nuero Perú”. A la vuelta, según algunas fuentes, encontraron a soldados de pie, apoyados en las rocas, helados y ya muertos, junto a sus caballos también inmóviles y rodeados por el hielo…


[i] Para los incas los volcanes eran lugares sagrados donde viven los dioses, y quizá tuviese un significado parecido para los indígenas del norte de Chile.

[ii][ii] Son de gran interés las aportaciones de Lautaro Núñez, Agustín Llagostera, Luis Biones, María Antonieta Costa y Eduardo Muñoz, entre otros.

[iii] En Punta Brava se produjo un enfrentamiento entre incas y copiapós que fue favorable a estos. Hoy es un yacimiento arqueológico en la región de Atacama, a 60 km. al Este de la ciudad de Copiapó.

[iv] Los autores citados advierten de que no es seguro que todos sean de época incaica.

[v] Ver aquí mismo “Chasquis o correos del Imperio”.

[vi] Octavio Meneses, Rodrigo Zalaquett, Paola González y Carlos González, entre otros.

[vii] “Crónica y relación copiosa y verdadera de los Reynos de Chile hecha por…”. El autor era natural de Burgos según él mismo dice en su obra.

[viii] Se han documentado cerca de Arica, en el extremo norte del actual Chile y en la costa. El zapayo es una fruta carnosa y el poroto es una legumbre. En su valle se cultiva el maíz y se fabricaban tejidos de lana muy vistosos e hilados.

[ix] En la localidad de Socoroma (extremo norte de Chile) se sigue practicando esta fiesta religiosa.

[x] Con este nombre fue fundada esta población por los españoles en el s. XVIII después de haber sufrido una epidemia.

Fotografía de PortalFrutícola.com

lunes, 28 de noviembre de 2022

Tiwanaku

 

                                           Cabezas esculpidas y empotradas entre los sillares

Entre el oeste de Bolivia, el sur de Perú y el norte de Chile se desarrolló, en un largo período de tiempo, la cultura Tiahuanaco. Con sus sacerdotes y cultos, sacrificios y otros ritos, no parece diferenciarse de otras muchas culturas, antiguas y más recientes, pero también presenta características singulares que se desarrollaron durante un largo período antes y después de Cristo. Bajo las casas excavadas se han encontrado enterramientos colectivos, bien conservados en los casos en que las condiciones climáticas así lo han permitido, pero no así en las zonas andinas, donde la abundante humedad y las lluvias ecuatoriales habrían hecho su trabajo.

En la Puerta del Sol de Tiwanaku, centro religioso y yacimiento al sur del lago Titicaca, se ha creído durante mucho tiempo que se representa al dios Wiracocha, pero lo cierto es que esta divinidad es de época inca, muy posterior. Las construcciones presentan grandes sillares bien labrados, precedente de lo que mucho más tarde veremos en Machu Picchu.

Las casas, según muestra la arqueología, eran de planta cuadrangular, y piedras apiladas han sido interpretadas como ofrendas; también se han conservado “observatorios místicos”, consistentes en unas piedras que sostienen, como si de una gran mesa se tratase, otra mayor sobre aquellas. Monolitos y caras encajadas entre los sillares de las edificaciones son propias de esta cultura. Algunas de las áreas donde se desarrollaron las formas de vida tiawanaku son áridas y desérticas, sobre todo en las costas del sur de Perú y norte de Chile, donde el régimen de lluvias es mínimo, pero en las zonas montañosas de Bolivia, los taiahuanacos construyeron canales de regadío que permitieron la agricultura.

Los principales yacimientos se encuentran al sur del lago Titicaca, más concretamente al sur del lago Winaymarka, que está en comunicación con el primero por un estrecho canal a una altura media de 3.900 metros sobre el nivel del mar. Al sureste está el yacimiento de Konchamarka, y más al este el de Cochabamba, entre la selva Chapare y el valle Quillacollo. En el sur de Perú hay varios yacimientos en el valle de Moquegua, y en el norte de Chile está el yacimiento de Azapa, en el valle del mismo nombre y cerca de Arica; más al sur se encuentra el yacimiento de San Pedro de Atacama.

La larga duración de la cultura Tiawanaka, desde mediados del segundo milenio antes de Cristo hasta el s. XII d. de C., ha obligado a los especialistas a hacer una periodización que, no obstante, está hoy puesta en cuestión: la etapa de las aldeas, la de la aparición de ciudades y la del imperio (otros hablan de Tiwanaku I, II, III, IV y V). Los datos apuntan a que se trató de un estado teocrático, siempre que no demos a la palabra “estado” un significado estricto, llegando más adelante a la división del trabajo, la arquitectura colosal, obras hidráulicas, agricultura, sacerdotes y otras culturas absorbidas por Tiwanaku. También se discute si esta cultura llegó a constituir realmente un imperio, lo que implicaria ejércitos y guerras, pues no se han hallado fortificaciones, aunque sí una gran zanja que rodea el yacimiento principal. Se ha llegado a sugerir una guerra más bien ritual que convencional.

La época que se ha conocido como imperial (estando en cuestión hoy en día lo acertado o no de esta denominación) va desde el 700 al 1200 d. C., cuando la decadencia cultural daría paso a una mayor intensidad de las relaciones entre Tiwanaku y el resto de las regiones bajo su influencia cultural. Lo cierto es que no hay evidencias de conquistas, pero sí influencias religiosas desde un centro a todos los territorios bajo su influencia cultural, e igualmente el comercio y la evidencia de migraciones; tampoco han aparecido armas ni siquiera en los ajuares. Sería la época de artesanos especializados, pesca en los lagos, ganadería de llamas y alpacas, etc. El templo de Kalasasaya, por ejemplo, es una muestra del trabajo de la piedra, habiéndose construido, al parecer, orientado según interesó para interpretar las diversas estaciones del año, lo que es común a muchas otras construcciones de diversas épocas y países. Piedra que también fue empleada para esculpir estatuas en monolitos, además de elementos decorativos como serpientes, felinos, y otros antropomorfos, habiendo sido identificada esta iconografía como heredada de época anterior,

En cuanto a la cerámica lo más destacado son los vasos de boca ancha, decorados con colores negro, naranja, rojo, y en ocasiones con incisiones, pero no son la cerámica y los monolitos los únicos soportes para las decoraciones: telas con iconografía muy diversa y madera también se han conservado, sobre todo en los casos donde el clima seco de Perú y Chile lo han permitido.

Tiwanaku, como yacimiento, es el más excavado de Bolivia, según el antropólogo José Luis Paz, habiéndose convertido en un símbolo de identidad sobre todo en La Paz, donde los motivos tiawanakos aparecen en edificios públicos, aeropuertos, etc. También se han descubierto zonas de paso en los valles orientales de los Andes. En todo caso, según el arqueólogo Juan Villanueva, se observa una gran diversidad por la topografía, la costa, el interior y los recursos disponibles. Entre los dos yacimientos estudiados en el norte de Chile no hubo influencia Tiawanaku (Azapa y San Pedro de Atakama), lo que habla de una cierta discontinuidad geográfica. Sin embargo parece evidente la influencia entre la cultura wari (en la zona occidental de Perú) y la tiawanaka, aunque estas interacciones fuesen irregulares en el tiempo

Por lo que respecta al yacimiento de Tiwanaku, no reúne las condiciones de una ciudad en un sentido estricto, pero sí está documentado que albergó a una cantidad de población numerosa y que fue un centro ceremonial. En las zonas montañosas (Bolivia) se han comprobado pisos ecológicos para la práctica de la agricultura, donde fue cultivado el maíz, la yuca, papa y frutales entre otros productos. La evidencia de boleadores habla de sociedades pastoriles donde las llamas serían los animales principales.

Hoy se sabe que el lago Titicaca ha descendido su nivel, en los últimos años, 30 cm., lo que indica que cambios climáticos a lo largo del tiempo pudieron haber producido efectos parecidos, en un sentido o en otro. ¿Qué impresión tendrían las mujeres y los hombres de épocas remotas, que observasen estas variaciones en contacto con la naturaleza, que tenían creencias animistas, que han tenido como dios al Señor de los Báculos en el dintel de la Puerta del Sol?

 

viernes, 13 de diciembre de 2019

El obispo Espiñeira en Concepción

Paisaje de Chillán (*)
En la feligresía de Vilariño, del muncipio de Val do Dubra, en el centro de la provincia de A Coruña, nació en 1727 Pedro Ángel de Espiñeira, que fue franciscano y obispo de Concepción, en Chile. Ya prelado realizó un viaje por su diócesis que empezó en 1765 y terminó en 1769, conociendo así las categorías en las diversas iglesias: curatos, capellanías, doctrinas, etc. Empezó por la catedral de la ciudad de Concepción, siguiendo luego por el Fuerte de San Pedro, el de Colcura, la Plaza de Arauco, el Fuerte de San Antonio de Talcamávida, la villa de Nacimiento, San Juan Bautista de Purén, Nuestra Señora de los Ángeles y así hasta veintidós lugares.

En Concepción había, en su época, veintiuna parroquias atendidas por clérigos de entre 66 y 22 años, aunque diez tenían más de cuarenta, habiendo alcanzado, entre 1765 y 1769, los grados de doctor en Teología (veinte de ellos), un gramático y ocho casos en los que se ignora. En el obispado había seis corregimientos (Itata, Chillán, Concepción, Puchacay, Rere y Valdivia), que tenían en 1765, en total, 48.364 habitantes, correspondiendo la mayor población al corregimiento de Rere (15.544 habitantes) seguido de Chillán (13.794), pero entre 1791 y 1793 el obispado experimentó un aumento en su población del 7,5%.

Por su parte los jesuitas, sobre cuyas misiones tendrá mucho que ver el obispo Espiñeira, habían fundado once en el obispado de Concepción entre 1693 y 1764, de las cuales fueron destruidas cinco (Imperial, Tucapel[i], Arauco, Vervén o Colué y Repocura, que se refundaron entre 1724 y 1764).

Estando Concepción muy cercana a la costa, en la desembocadura del río Biobio, el obispo se dirigió hacia el sur (San Pedro de la Paz, Colcura y Arauco, sin separarse de la costa del Pacífico) para luego internarse hacia Talcamavida[ii], Nacimiento[iii] y, de nuevo hacia el sur, Purén[iv]; luego hacia el norte (Los Ángeles[v], Buena Esperanza), Tucapel[vi] (esta hacia el este) y otra vez hacia el norte (Chillán[vii], Perquitauquién, Putagán y Loncomilla[viii]), para de nuevo en dirección sur, Cauquenes, Ninhue, Quirihue, Coelemu, Florida, Casablanca, Hualqui, Concepción y Talcahuano.

Cuando el obispo Espiñeira llegó a Concepción se encontró con la devastación que había provocado el terremoto de 1751, y que se prolongó durante un mes, de mayo a junio. La primera ciudad de Concepción desapareció y toda la región sufrió sus efectos, dice Jorge Pinto Rodríguez[ix]. Ello fue más grave por cuanto dos décadas antes se había producido otro terremoto que también había arruinado a la zona. Una fuente dice que las nubes descargaron una lluvia continua por ocho días, sin que se quietase por ello la tierra. Pasada la lluvia, crecieron con fuerza los terremotos [y] un loco se entregó al mar.

Concepción, que hasta ese momento se levantaba en Penco, hubo de mudarse, en lo que no dejó de haber controversia. Se tuvieron que reconstruir sus viviendas y hasta el traslado pasaron catorce años. Otra fuente habla del estado deplorable de la población: dispersos en la mayor parte por las faldas de estos cerros…en unas tristes barracas de maderos. Todo estaba en ruina, sigue diciendo Pinto Rodríguez, los sacerdotes sin sus templos, las vírgenes religiosas sin retiro, las doncellas sin cautela y sin recato las casadas.

Escogido el sitio para la nueva Concepción, Espiñeira tuvo destacada participación en ello, al colaborar con las autoridades civiles, lo que no había hecho su predecesor, Toro y Zambrano. El nuevo obispo fue un extraordinario auxiliar del gobernador Guill y Gonzaga[x], que en el valle de la Mocha hizo construir un barracón para catedral interina (1765).

En 1766 la zona se vio afectada por una rebelión mapuche como consecuencia de los intentos de los jesuitas de reducirlos en pueblos. El gobernador había aprobado el propósito estableciendo contacto con los caciques mediante el “parlamento de Nacimiento” en 1764, al que los indígenas acudieron de mala gana y solo porque se les ofrecieron regalos. A la postre se establecieron una serie de pueblos “que de tales tenía[n] apenas el nombre”. El proyecto de los jesuitas se basaba en los estudios que había hecho en 1752 otro jesuita, Joaquín de Villarreal[xi].

Esto llevó a un debate sobre la política fundacional mientras era gobernador Ortiz de Rozas, que debido a la labor que llevó a cabo fue nombrado por Fernando VI conde de Poblaciones en 1754. La razón estaba en lo despoblado que se encontraba el territorio mientras la guerra de Arauco seguía (ver aquí mismo “La guerra de Arauco”). Se proponía para contener a los indios cercanos a los ríos Biobio y Laja, ocho lugares de 80 pobladores, convenciendo estas ideas a los jesuitas respecto de los mapuches, con lo que no estuvo de acuerdo el obispo Espiñeira.

La rebelión empezó a finales de 1766 y Espiñeira tuvo también un papel al gozar de la confianza del gobernador Guill y Gonzaga. Logró manejar adecuadamente la colaboración que ofrecieron los pehuenches, cuyos deseos de vengarse de los mapuches favorecían a los españoles. Sin embargo los militares españoles no estuvieron de acuerdo con Espiñeira, particularmente Salvador Cabritos, pero el obispo consiguió poderes suficientes del gobernador hasta conseguir la paz.

La rebelión obligó al obispo a paralizar el viaje del que hemos hablado, planteándose la controversia entre franciscanos y jesuitas, que tenían diversas formas de actuar ante la cristianización de la población indígena. Lo cierto es que la pacificación y cristianización de los indígenas no era solo una cuestión religiosa, sino una política de la corona española. La expulsión de los jesuitas en 1767 vino a dirimir en la frontera el pleito entre estos y los franciscanos.

Desde que el jesuita Luis Valdivia[xii], a comienzos del siglo XVII, confiriera valor a las conversiones de indígenas, parece que su política no aportó progreso alguno, hasta el extremo de que José Perfecto de Salas, historiador y funcionario español, informó al rey en 1737 en relación a las misiones fronterizas, que estas se encontraban escasas de indios cristianos reducidos, descendientes de otros tales, y que los indígenas se habían dejado bautizar con cierta especie de violencia y propensión a la fuga… al sur del Bio Bio, ya esparciéndose a los partidos, donde los he visto vagantes…

Años más tarde, a pesar del mejor conocimiento que se tenía de la frontera, no se había cambiado de opinión respecto de la superficialidad con la que los indios se cristianizaban: la experiencia de dos siglos ha hecho ver que los medios hasta aquí practicados no han tenido proporción con el fin, pues por el de la guerra no se ha avanzado un palmo de tierra… y el de la predicación no ha cogido el fruto de un indio perfectamente convertido… Los jesuitas, que habían conseguido asumir el control de las misiones entre los mapuches, en el siglo XVIII practicaban su labor por medio de “correrías”, consistentes en enviar a un clérigo para recorrer un territorio, bautizando a los indígenas sin preocuparse después de si dicho bautismo quedaba confirmado por la práctica de la religión y por la fe.

Los franciscanos ofrecían una alternativa, consistente en la fundación de colegios donde los indígenas eran adoctrinados durante el tiempo que fuese necesario, aunque también empleaban aquellos largos recorridos, pero eran contrarios a bautizar si no existía convencimiento de que había llegado el momento.

El obispado de la Concepción, dice Pinto Rodríguez, “se halla a la parte del sur del reino de Chile… desde el caudaloso río Maule, hasta el Cabo de Hornos… y se contiene entre el referido río Maule y el famoso Bio Bio, que sirve de barrera a los indios, toda de fieles; y de infieles, la que intermedia desde este hasta el Cabo de Hornos, a excepción de los fuertes, que se hallan situados de la otra banda, y los neófitos que tienen a su cargo los misioneros”. En todo el obispado había dos ciudades principales: Concepción y Chillán; y además nueve villas y doce fuertes, situados a una y otra orilla del Bio Bio, que servían de defensa, pero aquellas y estos se encontraban muy poco poblados, subsistiendo “con el nombre de villas sin el menor” carácter de tales.

La ciudad de Concepción se encuentra en el lugar de la Mocha o Valle de Mendoza, a donde había sido trasladada, teniendo en época del obispo Espiñeira cuatro conventos de órdenes mendicantes (dominicos, franciscanos, agustinos y mercedarios), “todos tan atrasados por su pobreza y por haberse perdido sus fundos con la arruinada ciudad de Penco". También contaba con un Hospital Real regido por los Hospitalarios de San Juan de Dios, teniendo asignado 1,5 del noveno de las rentas decimales del obispado. Por último, también contaba la ciudad con un monasterio de religiosas trinitarias descalzas…



[i] Durante los años 1691 y 1719 fue misión franciscana.
[ii] A orillas del Biobio.
[iii] Río arriba.
[iv] Al sureste del lago Lanalhue.
[v] De nuevo al norte del Biobio.
[vi] Cerca del río Laja, afluente del Biobio.
[vii] Al sur del río Itata.
[viii] Cerca de la confluencia de los ríos Loncomilla y Maule.
[ix] “Visita general de la Concepción y su obispado…”. En esta obra se basa el presente resumen.
[x] Fundó varias villas y tuvo con los mapuches un “parlamento” importante.
[xi] En 1744 publicó en España un informe para el rey “sobre contener y reducir a la debida obediencia a los indios del reino de Chile”.
[xii] Defendió los derechos de los indígenas y se preocupó por las hostilidades tenidas con los mapuches en Chile.
(*) geocities.ws/jovenescyberneticos/termas_de_chillan.

sábado, 22 de agosto de 2015

La "Crónica del reino de Chile"



Escrita a finales del siglo XVI por Pedro Mariño de Lobeira, aunque el texto que se nos conserva hoy es la versión que hizo posteriormente el jesuita Bartolomé de Escobar, es una obra importantísima donde, con mucho detalle, se nos informa de la difícil conquista de Chile por los españoles, desde Diego de Almagro hasta Martín García de Loyola entre 1593 y 1595, por lo que el jesuita debió completarla, ya que Mariño de Lobeira murió en 1594.

Mariño describe el trayecto seguido por Almagro a través de Jojouí, Chihuana y Querimere, donde se dio una importante batalla. Jojouí debe de ser la actual Jujuy, en el noroeste de Argentina y en plena cordillera andina. Sigue con el relato del recibimiento que “los indios chilenses” dieron a los españoles y con la entrada de estos en Copiapó, “pasando una muy áspera Sierra Nevada". Para ello tuvieron Almagro y los suyos que atravesar la cordillera andina, pues Copiapó se encuentra cerca del desierto de Atacama, en un valle, relativamente cerca de la costa pacífica.

Luego recuerda Mariño “una sangrienta batalla [con] los bárbaros” (mapuches) que había tenido Gómez de Alvarado en Reinohuelén (1536) en la región de Bío-Bío. Desde ese año no habría descanso para los españoles, que cada cierto tiempo debían soportar un levantamiento o ataque de los pueblos indígenas del Arauco, particularmente mapuches. Volviendo a su tiempo, relata nuestro autor que, quizá no viendo Alvarado las cosas claras, hizo regresar a su ejército, acompañándole, hacia Perú. Sigue con lo que se ha venido considerando segunda conquista de Chile por Pedro de Valdivia, que guerreó en estas tierras entre 1541 y 1553, año de su muerte.

Valdivia y su gente tuvieron que atravesar el desierto de Atacama y luego hubieron de contrarrestar la resistencia de los indios de Copiapó, donde se dio la batalla en la que los españoles contaron con refuerzos que vinieron en un navío. Luego fundaría Valdivia la ciudad de Santiago, cuyo nombre se debe –como en otras ocasiones- por haber "aparecido" el apóstol en la batalla (sin duda a favor de los cristianísimos españoles). Mariño de Lobeira se muestra como un buen etnólogo cuando nos habla de las condiciones de los indios de Chile, pero también como un propagandista al relatar la victoria de Valdivia sobre Michimalongo, cacique de los picunche que habitaban las tierras entre los ríos Aconcagua e Itata en el centro de Chile, lo que permitió la ocupación de ciertas minas de oro. Valdivia apresó a siete caciques y luchó en Santiago, matando en ella, Inés Suárez, a siete caciques (siempre según Mariño). Esta mujer, cuya vida es verdaderamente activa, fue encomendera en Cuzco y allí conoció a Valdivia.

Mariño nos habla de una batalla librada en Santiago, así como otra en Penco (hoy en la provincia de Concepción) y al mismo tiempo “de las grandes calamidades que padecieron los españoles [Mariño de Lobeira no tiene aquí en cuenta el sufrimiento de los indígenas], muchos años de hambre y desnudez por no tener comercio con gente de otros reinos. En el capítulo XIX de su obra nos habla del comienzo de la explotación minera y luego de las andanzas de Alonso de Monroy en Perú, además de cómo llevó españoles a Chile. Monroy fue colaborador de Valdivia y luego presidió el cabildo de Santiago de Nueva Extremadura, lo que hoy conocemos como Santiago de Chile.  

La ciudad de Coquimbo se encuentra en la costa chilena y el territorio estaba habitado por indígenas dedicados a la pesca en la época de Lobeira. Allí estableció Valdivia un puerto origen de lo que hoy es la ciudad. Luego narra nuestro autor la destrucción de la ciudad de la Serena y su reconstrucción, cercana a Coquimbo. Francisco de Villagrán reunió gente en Perú para poblar estas ciudades y luego sería en varias ocasiones gobernador de Chile, pero antes intentó la liberación de Diego de Almagro, que estaba en manos de Pizarro. No fue la primera vez, ni la última, en que parcialidades de españoles, o personalidades se enfrentaron entre sí en el fenómeno americano.

Más adelante habla Lobeira del descubrimiento de los habitantes de Arauco, que tendrían con los españoles un siglo de conflictos, estableciéndose una “frontera” de la que no pudieron pasar hasta la segunda mitad del siglo XVII. Antes habían fundado la ciudad de Concepción, en la costa de Chile, que sería atacada por los indígenas araucanos no pocas veces. Es en esta época cuando se descubre la provincia de Cauten, al oeste de Temuco y en el centro de Chile. 
 
Actual Coquimbo
Lobeira describe el descubrimiento de lo que luego será la provincia de Toltén, en la Araucanía y al borde del río Toltén, que nace en el lago Villarrica, en cuya ribera se fundó la ciudad del mismo nombre, así como el descrubrimiento del valle de Marquina, donde se produciría una importante batalla. A continuación sigue describiendo el descubrimiento de las minas de oro de la Concepción y la llegada a Chile de Martín de Avendaño con su ejército, la rebelión de los araucanos y los de Tucapel y el acuerdo al que se llegó "confederándose" -dice Lobeira- contra los españoles en la región del río Bíobio, que se estableció como línea fronteriza por mucho tiempo, aunque la verdadera frontera fue un territorio mucho más ancho de norte a sur. La batalla de Tucapel enfrentó a Valdivia con el indígena Caupolicán, donde moriría el primero y buena parte de su ejército, en parte como consecuencia de la traición del aliado Lautaro, otro indígena. 


Caupolicán era un indio mapuche que ofreció tenaz resistencia a los españoles, sobre todo después de haber sido elegido toqui por su comunidad. Lautaro había estado preso de los españoles, pero logró fugarse y volver a ser reconocido como líder de su parcialidad. El fuerte de Tucapel fue perdido por los españoles en esa batalla y, a partir de ese momento, algunas ciudades que habían sido fundadas fueron destruídas por los indígenas, a partir de cuyo momento fue elegido Villagrán como gobernador de la región. Este tendría luego que enfrentarse a los caudillos mapuche Peteguelen y Colocolo, a causa de lo cual se tuvo que despoblar la ciudad de Concepción, momento que aprovechó Lautaro para entrar en la ciudad, lo que motivó las diferencias que se produjeron entre Villagrán y Aguirre. 

Más adealante describe Mariño de Lobeira lo que para él fue la pacificación de Arauco a manos de García Hurtado de Mendoza, gobernador de Chile y virrey del Perú. Se trata de la batalla de Marigueñu, aunque esta no fue definitiva, pues aún seria derrotado Martín García Óñez de Loyola en 1592, donde este perdería la vida. Tambien se debe a este virrey la victoria sobre Hawkins, corsario al servicio de Inglaterra. La batalla de Marigueñu fue en 1554 y enfrentó a los españoles con los mapuche, pero la victoria fue para estos, por lo que la "pacificación" de la que habla Mariño se debió a conversaciones posteriores. El indígena Lautaro hizo creer a los españoles que Chile estaba perdida.

Las desavenencias entre los españoles vuelven a producirse con un marqués que apresó a Francisco de Villagrán y a Francisco de Aguirre en la ciudad de La Serena, pero no sin batalla. Pero ello no fue obstáculo para que el gobernador enviase a españoles hasta el estrecho de Magallanes, con el objeto de inspeccionar el terreno que aún quedaba por conquistar y para combatir a los corsarios ingleses y holandeses que merodeaban por la zona. Así se descubrió la provincia de Ancud, al norte de la isla de Chiloé, encargándose más tarde a los jesuitas la cristianización de su población a base de la construcción de capillas no solo en la isla, sino en todo el archipiélago.

Mariño ordena las noticias en su "crónica" según se van produciendo y así describe como se descubrieron minas de oro en la Madre de Dios, al sureste del actual Perú, y se fundó la ciudad de Mendoza. Mientras tanto seguían las luchas contra los indios de Aurauco, poniendo cerco estos a la "casa fuerte" del mismo nombre, motivando el depoblamiento de la zona, aunque luego el español Lorenzo Bernal vencería al indígena Quiromanite en la ciudad de los Infantes. Así fue posible crear la real Audiencia en Chile, sin que por ello cesasen las batallas contra los indígenas, al frente de los cuales estuvo el caudillo Millalermo. Hasta de un "espantable terremoto" nos habla Mariño de Lobeira que hubo en la ciudad de Concepción y de una batalla contra otro capitán indígena de nombre Olvera.

La "crónica" es muy pormenorizada, pero insiste mucho en los conflictos armados con los indígenas chilenos, particularmente de Arauco. Por ella podemos conocer los nombres de los más importantes militares que participaron en la conquista de Chile, pero también de sus crueldades, errores, victorias y derrotas. Conocemos así algunas costumbres de los indígenas y su diversidad étnica, siendo la obra de Mariño una fuente extraordinaria para el historiador, bien entendido que está escrita desde el punto de vista de los intereses conquistadores.

Río Bíobio

miércoles, 5 de agosto de 2015

Lucha de chilenos y argentinos por el territorio pehuenche

Cuenca del río Neuquén
La investigación de Carla Manara (1) pone de manifiesto que, tras la independencia de las colonias españolas en América, las clases dirigentes criollas siguieron con la conquista de territorios que habían quedado alejados de los centros de decisión (Santiago, Buenos Aires y otros) de forma que los criollos con grandes intereses económicos intentaron continuar con el aprovechamiento de las riquezas indígenas pero no ya en nombre de la monarquía española, sino de las haciendas particulares o de las repúblicas chilena y argentina, en este caso.

En los valles de la cordillera andina, entre los paralelos de Santiago y Valdivia, tanto en el actual territorio chileno como argentino, vivían (y quizá viven) comunidades o parcialidades indígenas conocidas como pehuenches, que habían desarrollado, a la altura de la segunda mitad del siglo XIX, una importante ganadería (menos importante la agricultura) a base de ponerse de acuerdo con hacendados chilenos, algunos de los cuales llegaron a tener importantes puestos en el ejército y el estado. En Argentina el territorio pehuenche se corresponde, grosso modo, con las provincias de Neuquén y Mendoza; al este quedan las Pampas y al sudeste el norte de Patagonia. Según Carla Manara, los indígenas de estas regiones, junto con los de la Araucanía, habían mantenido su autonomía, tanto de la monarquía hispana como de las posteriores autoridades republicanas.

Como el aprovechamiento de los valles andinos y el establecimiento de circuitos comerciales que abastecían a los principales centros urbanos, implicaban a territorios que las autoridades argentinas consideraron suyos, de ello se hico eco la prensa y, por lo tanto, la opinión pública, con lo que el conflicto entre dos estados de reciente creación estuvo servido. La pretensión de acceder a espacios “frontera adentro” generó intereses en común y ello fue en perjuicio de los pehuenches, entre otros indígenas.

La autora estudia la zona de Varvarco, uno de los principales puntos del dominio pehuenche al noroeste de la actual provincia argentina de Neuquén. De esta zona eran los hermanos Pincheira, que dirigieron una guerrilla a favor de la monarquía española en la época de la independencia de las colonias americanas. Sus actividades se centraron en Chillán (Chile) y Menzoza (Argentina) entre otras ciudades.

Ya la política borbónica, en el siglo XVIII, había intentado controlar las “fronteras” donde habitaban pueblos no sometidos al poder realista, hasta el punto de que, creados los virreinatos, las autoridades de estos no habían conseguido controlar los territorios más apartados de los grandes centros de decisión. En uno de esos espacios apartados, entre Araucanía, Pampas y Patagonia, vivían los pehuenches, que se aliaban a uno u otro en conflicto para sobrevivir. Esto continuó con las rivalidades entre criollos chilenos y argentinos en el proceso de formación de sus respectivas repúblicas y a finales del siglo XIX ambos estados emprenderán, casi al mismo tiempo, las últimas campañas militares “contra las parcialidades nativas autónomas”.

La autora a quien seguimos ha estudiado los testimonios de los militares Manuel Olascoaga (argentino) y el chileno Benjamín Vicuña, empeñados en justificar la conquista de la frontera pehuenche. Olascoaga no fue un militar cualquiera, sino también ingeniero, explorador e intelectual, y estuvo involucrado en las luchas civiles durante la construcción del estado argentino. Como criollo participó en la llamada “campaña del desierto” para someter a los indios (pehuenches y otros). Benjamín Vicuña también participó en las luchas civiles de Chile siendo condenado a muerte, pero consiguió escapar y se exilió. Viajó por Estados Unidos, Inglaterra y otros países americanos, completando así su formación intelectual y como historiador. Cuando pudo regresar a Chile siguió involucrado en las controversias políticas y participó en la revolución de 1858, siendo desterrado por ello. Más tarde volvió a Chile y ocupó cargos parlamentarios.

Los indígenas vivían en grupos pequeños formando tolderías o conjunto de toldos para resguardarse en torno a los ríos Reñileuví (afluente del Neuquén), Curileiví, Neuquén y Varvarco. El valle del río Reñileuví era el camino más usual para comunicar las poblaciones de Chillán, Tucapel  (en la provincia de Biobio) y Los Ángeles.

Otras fuentes a las que acude Carla Manara son Bernard Havesadt, jesuita de nacionalidad alemana, autor de una de las primeras gramáticas de la lengua mapuche, el mapudungun. Excelente políglota, exploró el sur de Chile a mediados del siglo XVIII. Pedro Espiñeiras nació en el actual municipio de Val do Dubra, al noroeste de Santiago de Compostela, llegando a ser obispo de Concepción (Chile). Como franciscano estuvo en Chillán y allí en contacto con los pehuenche.


Como ya ocurriera a principios del siglo XVII en la frontera de Arauco, Chile, en el siglo XIX también se dieron “parlamentos” entre los caciques pehuenches y las autoridades chilenas y argentinas, pero esto no evitó los avances militares del coronel Olascoaga, por Argentina, y Vicuña por Chile, hasta que dichos estados consiguieron la conquista definitiva de la frontera pehuenche y de otros pueblos indígenas. El coronel Julio Roca, más tarde, llevó a cabo en nombre de Argentina la “campaña del desierto” (1879); se trata de un militar y luego presidente de Argentina representante del conservadurismo criollo a partir de la década de 1880. Tanto para Chile como para Argentina se trataba de dar fin al “problema indígena”, que consideraban un estorbo para construir el estado nacional por las clases dirigentes concebido. Chile, por su parte, llevó a cabo la “pacificación de la Araucanía”, con el conflicto de límites, a partir de 1881, entre dicho estado y Argentina.

Carla Manara señala que “a partir de los movimientos insurgentes, los sucesivos gobiernos de Chile como los de Argentina debieron enfrentar el desafío de diversas poblaciones indígenas resistentes que continuaban dominando las extensas tierras del sur, es decir, la Araucanía y la Patagonia respectivamente”. Una de las zonas más conflictivas fue la de Valvarco, centro del territorio pehuenche, hoy al noroeste de Neuquén. Estas tierras formaban parte de una región más amplia ocupada por otros grupos pehuenches, al sur de Mendoza y las cuencas de los ríos Curileivú y Reñileuvú. Estas regiones eran vitales para el funcionamiento del tráfico mercantil desde hacía tiempo y desde tiempo atrás eran los pehuenches los dueños de esos valles.

El territorio al que se refiere el articulo es el oeste del que figura con el año 1879
De todas formas se había dado una convivencia entre indígenas, blancos y mestizos, por lo tanto había asentamientos históricos que los gobiernos chileno y argentino pretendían desarmar. Según la autora a la que seguimos este tipo de relaciones interétnicas se habían ido afianzando en el largo plazo de la política pactista de los Borbones a partir de 1780 y ya los virreyes habían puesto su mirada en el territorio pehuenche. A través de parlamentos con los caciques aquellos fueron logrando permisos de tránsito y de circulación, además de viajes de exploración científica “tierras adentro”. A cambio, los pehuenche recibían ayuda militar contra sus tradicionales enemigos huillinches.

La investigación de Carla Manara aclara más la visión que tenemos sobre la dominación de los pueblos indígenas del cono sur americano, primero por la monarquía española, que no consiguió todos sus objetivos, pues quedaron territorios y pueblos al margen, y después por los estados independientes de Chile y Argentina, que en manos de criollos, se vieron obligados a seguir una conquista a la que se resistieron diversos pueblos indígenas. También este estudio contribuye a darnos una idea certera sobre las dificultades para completar el territorio actual de los dos estados citados.
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(1) "La disputa por un territorio indígena. Argentina y Chile tras Varvarco (siglo XIX)", 2013.


viernes, 31 de julio de 2015

La guerra de Arauco (5)

Visión española de los mártires de Elicura (Alonso de Ovalle) 

La esclavitud de los indígenas se había llevado a cabo como una manera rápida de obtener beneficios económicos con los que compensar los sufrimientos de las campañas, y de forma minoritaria –dice Lázaro Avila- como conmutación de la pena de muerte por rebeldía. Los abusos que se habían llevado a cabo con los indígenas recibieron la crítica y condena de numerosos religiosos, destacando entre ellos el dominico Fray Gil González de San Nicolás (1), “quien en las oraciones que hacía a los soldados les decía se iban al infierno si mataban indios… porque los indios defendían causa justa, que era su libertad, casas y hacienda”. Sin embargo la venta de los indígenas se apoyó en argumentos ideológicos provenientes de influyentes sectores de la Iglesia, razón de más para hacer una clara distinción entre la jerarquía y los misioneros, si bien los franciscanos apoyaron la esclavitud.

Fueron muy numerosos los escritos y pareceres que se enviaron a España solicitando la esclavitud de los araucanos y entre ellos cabe destacar el “Tratado de la importancia y utilidad que hay en dar por esclavos a los indios rebelados de Chile”, del licenciado Melchor Calderón; el “Papel sobre la esclavitud…” de Domingo de Erazo, Fray Reginaldo de Lizárraga (2) y Fray Juan de Vascones.

Todo ello se complicó con las incursiones corsarias que, durante el reinado de Isabel I de Inglaterra, fueron muy abundantes, pues para justificar el apresamiento y esclavización de los indígenas se les acusaba de connivencia con aquellos. Es la época de Francis Drake, Thomas Cavendish, Andrew Merrick, Richard Hawkins y el holandés Oliver van Hoort, este último a principios del siglo XVII. A principios de esta centuria desarrollaron su labor el jesuita Luis de Valdivia y el clérigo Juan de Villela, el primero con su idea de “guerra defensiva” y el segundo con sus teorías sobre la necesidad de establecer una frontera que garantizase la paz entre indígenas y españoles.

El jesuita Valdivia contó con la frontal oposición de quienes se beneficiaban del negocio de la guerra: comercio de esclavos, botines, remesas de dinero para sostener la contienda, etc. Historiadores chilenos del siglo XIX consideraron a este jesuita poseido de una "obsesión neurótica" en la defensa de los indios. La obra de Valdivia coincidió con una política que en toda la Compañía de Jesús se estaba intentando llevar a cabo sobre el trato a los indígenas, la legitimidad de la conquista de América y su colonización. Quizá Valdivia tuvo noticia de las relaciones y guerra de los chichimecas (3) del centro de México entre estos y los españoles (1550-1600). Valdivia llevó a cabo –con la autorización del rey- una serie de discusiones y parlamentos con los dirigentes indígenas que, si bien aliviaron la situación, a la postre resultaría un fracaso porque nunca hubo confianza entre las partes. 
 
La encomienda, los trabajos personales, los tributos y la codicia de no pocos conquistadores se oponían a la labor de Valdivia. En cuanto a la labor de Juan de Villela, ya se habían ensayado ideas parecidas con los chiriguanos (4) en la gobernación de Santa Cruz de la Sierra, en el centro de la actual Bolivia, durante las guerras guaraníes del alto Paraná y el alto Uruguay, y los asaltos guaycurúes (5) del Gran Chaco. 
 
La ventaja de estos clérigos, sobre todo en el caso de Valdivia, es que conocían la lengua de los mapuche, el mapudungun, por lo que se ganaron la confianza relativa de los indígenas, máxime teniendo en cuenta que Valdivia, por ejemplo, se llegó a adentrar en territorio indígena con muy poca guarnición para su defensa, celebrando dos parlamentos que dieron temporalmente algunos frutos. Valdivia y Villela habían permanecido durante años entre los indígenas y habían demostrado sus buenas intenciones, pero estos distinguían bien entre los clérigos y los hombre de armas. En el año 1612 Valdivia participó en un parlamento con los indígenas en el lugar de Catiray (al sur del río Biobio) y algo más tarde junto al fuerte de Paicaví, pero todo ello se hizo sin la aprobación de los encomenderos y comerciantes de esclavos (aunque sí con la autorización del rey, para lo que Valdivia tuvo amplios poderes). En el internamiento de tres frailes autorizados por Valdivia en el lugar de Elicura (del que habla Ercilla en su “Araucania”) resultaron muertos por los indígenas, desacreditó la política llevada por el jesuita y el fracaso de los parlamentos. Se volvería a la guerra, aunque esta nunca había cesado del todo.
 
      (1) Elicura es un lugar junto al lago de Lanalhue, en Chile.
(2)   Nació en Ávila en 1527 y murió a finales del siglo XVI. Empezó su vida religiosa en el virreinato del Perú y allí defendió a los indios. En 1557 estaba en Chile con el gobernador García Hurtado de Mendoza en calidad de consejero. Sus ideas, según http://www.adorarenespiritu.org/index.php?articulo=94, eran oponerse a justificar la guerra contra los indios, pues la causa de la misma era la conquista de los españoles, considerar que los indios, como los españoles, eran súbditos de un mismo rey, que ni el rey ni el papa tenían derecho a autorizar la guerra contra los indígenas… Así se fue ganando enemigos como el encomendero Alonso Escobar, con quien litigó en el Santo Oficio.
(3)   Nació en Medellín en 1545 y murió en Asunción en 1615. Cronista y obispo de Concepción y de Asunción. Marchó a América con solo quince años acompañado de sus padres. Recorrió un amplio territorio desde Quito a Potosí, Tucumán y Chile. Estuvo en Chuquisaca y se opuso a la decisión del virrey Francisco de Toledo de marchar contra los chiriguanas (guaraníes del sur de la actual Bolivia).
(4)   Conjunto de pueblos que habitaron los territorios centrales del actual México, desde el norte de Zacatecas hasta Guadalajara y Guanajuato.
(5)   En realidad guaraníes emigrados hasta el Gran Chaco.
(6)   Pueblos de las Pampas y la Patagonia asentados en el Gran Chaco.