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sábado, 6 de febrero de 2021

"El pueblo es como la hierba..."

 

Cuando China se constituyó en imperio, a finales del siglo III antes de nuestra era (dinastía Ch’in) y luego se consolidó como tal con la dinastía Han durante los siguientes cuatro siglos (hasta 220 de nuestra era), la sociedad china era –como cabe suponer- eminentemente agraria, pero muy desarrollada, no marítima, y utilizaba técnicas tradicionales en un espacio que carece de articulación geográfica definida. Las familias campesinas vivían autárquicamente y enviaban sus productos o se desplazaban por medio de una red de canales. Los intercambios eran propiciados desde el gobierno en manos de los mandarines, una casta de funcionarios preparados para administrar el imperio que solían tener conocimientos de arquitectura, ingeniería, administración y gobierno, además de ser los principales propietarios.

El Estado era burocrático y los mercaderes y artesanos eran minoría. Los mandarines tenían todos los poderes y privilegios, incluso el de reproducirse en el mando, pues tenían el monopolio de la educación. Era una elite improductiva, pero necesaria para coordinar el trabajo productivo. Los mandarines confeccionaban el calendario, organizaban el transporte y los intercambios, ordenaban la construcción de caminos, canales, diques, represas y estaban a cargo de todas las obras públicas, especialmente las destinadas a prevenir las sequías e inundaciones; guardaban las reservas contra el hambre e impulsaban los proyectos de irrigación, pero estaban en contra de toda especialización.

Los mandarines habían de pasar por una serie de exámenes que demostrasen su capacidad para ejercer la administración; la filosofía imperante y única era el confucianismo; a pesar de que el taoísmo se oponía, el Estado era poderosamente intervencionista, lo controlaba todo, enemigo de los inventos[i], si se producían se aprovechaba de ellos. Era un estado jerárquico y autoritario, paternal (en el peor sentido de la palabra) y tiránico, se valía de una policía secreta que alentaba sospechas mutuas, incluso entre los mandarines, y la justicia era arbitraria, descansando el orden en el terror. Las razones de Estado estaban por encima de todo e incluso los mandarines, que tenían mucho poder, individualmente no eran nada[ii]. El Estado era contrario a toda empresa privada, aunque lógicamente debió haberlas, sobre todo en el comercio y el transporte.

Los intelectuales del imperio formularon la idea de que el cielo, la tierra y el hombre formaban una triada eterna, por lo que el deber principal era comprender las leyes del cielo, tanto en lo religioso como en lo físico. Se debía atender siempre a los asuntos relacionados con la tierra, en especial los que atañían a la irrigación. Los sabios Han insistieron en que el bienestar económico era la base de la moralidad, pero probablemente esto no fue más que una teoría, pues habría multitudes de chinos pobres. Lo que la gente deseaba –decían- era tener riqueza, de forma que si no se podía adquirir por medios honestos se recurriría a otros, por ello el gobierno era el responsable de la conducción moral del pueblo.

El confucianismo fue un sistema filosófico que predicaba la paz y la prosperidad, la moral y la educación, los ritos en la religión, la música y la literatura, conocimiento éste último que solo era accesible para unos pocos. Los sabios tuvieron varios éxitos rodeando al emperador sin responsabilizarlo de las decisiones que tomaban ellos; el emperador debía perdurar por medio de su dinastía, y esta era la forma de limitar el poder absoluto (teórico) del emperador. Pero no siempre éste fue una figura pasiva, pues era el representante viviente de todo el orden, al que se debía piedad filial, que era extensiva en las familias, como se comprueba en la obra “Clásico de la piedad filial”, donde al autor atribuía a Confucio la frase de que “la piedad filial es la base de la virtud…” y esta piedad tenía precedencia sobre todas las demás responsabilidades.

Los efectos políticos de esta doctrina fueron enormes en el período Han y posteriormente. En cuanto a las malas acciones de los gobernantes, ocasionaban dislocaciones en la naturaleza, y de ahí los eclipses, las plagas de langostas, los animales raros, que eran atribuidos al mal gobierno. Esta forma de pensar se extendió a Corea y Japón.

Con el paso del tiempo estas ideas sufrieron cambios, pero de nuevo se pusieron en vigor durante la dinastía Sung, interrumpida por la dinastía Yüan (mongola) y se reanudó con la dinastía Ming (segunda mitad del siglo XIV-primera del XVII). Así se llegó al neoconfucianismo, liberado de los elementos budistas y taoístas. Cuando unos gobernantes eran sustituidos por otros, los primeros se retiraban en silencio a lugares solitarios, preparándose para la vuelta cuando ello fuese propicio, pero todo lo dicho no evitó sufrimientos innumerables a la población.

La clase mercantil nunca se atrevió a desafiar al Estado, aunque el intervencionismo de éste privase a aquella de libertad para hacer. Predominó la inversión en riegos y en la tierra, antes que fundar empresas industriales, por ello los mercaderes se acercaron al Estado y llegaron a formar parte de él; si algunos podían pagar la educación de sus hijos, estos podrían llegar a ser preparados gobernantes, pero también se dio la compra de puestos…

Contrasta el centralismo político con la descentralización económica, pues las explotaciones agrarias, las pequeñas empresas artesanas y los comerciantes estaban atomizados en una miríada de casos; el clan predominaba sobre el individuo, de forma que la sociedad china se desarrolló en dirección opuesta a occidente, donde las ideas racionalistas e ilustradas –antes durante el Renacimiento- hicieron de los derechos individuales un objetivo primordial. Pero gracias a la centralización del poder se pudieron llevar a cabo obras grandiosas, como la Gran Muralla o el Gran Canal[iii].

En un imperio tan extenso pero conexo, con una población tan numerosa, el Estado solo pudo sobrevivir mediante ideas como la de que “el pueblo es como la hierba, el gobernante como el viento”, según sopla el viento así se inclina la hierba...”.


[i] El papel permaneció ignorado por el mundo exterior durante mucho tiempo, al igual que la imprenta, utilizada por los budistas para la propaganda religiosa, y la letra de cambio fue empleada por los empresarios privados a pesar de la propensión a que el Estado lo controlase todo.

[ii] Omar Martínez Legorreta, “El servicio civil en la China imperial”. En éste trabajo se basa el presente resumen.

[iii] Obra del siglo VII en un primer momento.

Ilustración: entreorienteoccidente.wordpress.com

sábado, 2 de noviembre de 2019

Una antigua ciudad china

Pieza de jade

El lago Taihu y el yacimiento de Liangzhu se encuentran al este de China, donde están las ruinas de una antigua ciudad cuyo momento de esplendor estuvo, según los expertos, en el cuarto milenio antes de Cristo. El hallazgo de una gran pieza de jade tallado en esas ruinas confirma la existencia de una cultura que tuvo su centro, o uno de ellos, aquí.

La pieza pertenece un tipo de artilugios de jade (“El País”, 29 de agosto de 2019) en forma de tubo, pero con la parte exterior de sección cuadrada. Por su enorme tamaño y sus 6,5 kg. de peso, se ha tomado muy en consideración, pues no solo se trata de uno de los más grandes encontrados en dichas ruinas, sino también el que tiene una de las decoraciones de emblemas sagrados más complejas.

No obstante, el yacimiento contiene mucho más que tallas de jade, pues el área central de la ciudad abarca 14,3 km2. e incluye once presas y varios cementerios, habiendo estado habitada esta ciudad durante más de un milenio. Según la UNESCO, “las ruinas de Liangzhu… revelan que existió un antiguo estado en época neolítica china que se basaba en el cultivo del arroz”. Destacan también sus monumentos, el sistema de conservación del  agua y enterramientos, que parecen revelar cierta jerarquización social.

Los estudios están siendo dirigidos por Liu Bin, del Instituto provincial de Reliquias y Arqueología de Zhejiang, revelando que solo el interior de la ciudad ocupaba 2,8 km2. y la parte exterior, 6,3 km2. Las investigaciones que se han llevado a cabo entre 2010 y 2016 muestran que contaba con un complicado sistema de represas, y el experto Wang Ningyuan ha señalado que “los canales no solo evitaban las inundaciones, sino que servían de vías de transporte en una época en la que no había vehículos ni caballos domesticados. El agua de las vías navegables se almacenaba en un depósito artificial que se estima tenía unos 13 km2.

En 2007 las excavaciones desvelaron que las murallas del recinto, levantadas en barro con cimientos de piedra, tenían un grosor enorme, pero ya en 1936 se habían excavado más de diez yacimientos neolíticos y se encontraron distintos objetos de cerámica negra. En la década de los cincuenta del siglo pasado salieron a la luz piezas similares alrededor del lago Taihu, pero no fue hasta 1986 cuando los expertos encontraron la pieza que hoy se considera emblemática y que se ha llamado “rey de los cong”. Apareció en un cementerio bajo tierra durante la construcción de una fábrica.

En la región citada aparecieron también once tumbas con, aproximadamente, 1.200 objetos, el 90% de ellos de jade. Luego se desenterraron doce tumbas más con unos 700 objetos. Desde entonces se sabe que en Liangzhu adoraban a una deidad con forma humana montada sobre una máscara animal, cuya representación se repite en todos los objetos de jade. Los expertos creen que la autoridad aunaba divinidad y realeza, y el jade era símbolo de estatus social (por su belleza, decoración, etc.), habiendo pertenecido el “rey de los cong”, probablemente, a algún alto gobernante que además tendría el poder religioso[i].




[i] Fuente: “El País”, 29 de agosto de 2019.
Ver: https://www.youtube.com/watch?v=spvY5IQXnZw

domingo, 9 de junio de 2019

Los campesinos chinos en lucha por la igualdad

Liu Ban (o Pang)

Dice Pérez Ledesma[i] que en toda la historia de China existieron movimientos campesinos que pretendieron cambiar la situación de injusticia en la que vivían y lograr la igualdad. La importancia de la revolución que culminó en 1949 se vio precedida por movimientos campesinos frecuentes e intensos, y el historiador Chesneaux señala que “ningún país dispone… de una herencia tan rica y, sobre todo, tan continua como la de China”.

Una de las rebeliones estudiadas es la que tuvo lugar entre los años 1850 y 1864 (Taiping), que llevó a una guerra civil entre las fuerzas imperiales de los Qing y el Reino Celestial de la Gran Paz[ii], un movimiento teocrático. Puede que se produjeran en este enfrentamiento veinte millones de muertos o más, antes de la intervención de las potencias occidentales a favor de la dinastía Qing. Otros estudios se han dedicado a las sociedades secretas y su participación en los movimientos populares chinos de los siglos XIX y XX.

Es un tópico –dice Pérez Ledesma- que los campesinos tienen dificultades para participar en movimientos político-sociales, de forma que hay una gran diferencia entre la enorme fuerza potencial del campesinado tradicional y su limitada influencia en la evolución social. También se ha hablado de la baja clasicidad del campesinado por su segmentación vertical en comunidades locales, clanes y grupos, que tienen diferentes intereses: los campesinos tienen dificultades especiales –ha escrito Eric Wolf- para pasar del reconocimiento pasivo de los males que sufren a la participación política. Los campesinos son competidores entre sí y las alteraciones momentáneas de la rutina amenazan su capacidad para reiniciarla. El control de la tierra le permite retirarse a la producción de subsistencia y los lazos de parentesco suelen amortiguar las conmociones.

Los campesinos pobres y ricos pueden ser parientes, o un campesino puede ser al mismo tiempo propietario, arrendador, arrendatario, trabajador para sus vecinos y mano de obra estacional, lo que le coloca en una posición distinta con respecto a los demás, y con frecuencia los campesinos carecen del conocimiento para articular sus intereses. Sin embargo, los movimientos campesinos chinos han tenido una gran capacidad combativa con fuertes propensiones a la rebelión.

Estas rebeliones produjeron cambios políticos de importancia y en varias ocasiones las dinastías reinantes cayeron víctimas de revueltas campesinas: la Ch’in (221-207 a. C.) fue sustituida por la dinastía Han (206-23 d. C.), instaurada por Liu Pang[iii]. Otras oleadas campesinas acabaron con la segunda dinastía Han (25-220 d. C.) y con las dinastías Tang y Sung (960-1279). Los Ming, que llegaron al poder tras una rebelión popular contra los mongoles, en 1368, fueron derrocados por otra revuelta campesina en 1644, aniquilada posteriormente por los manchúes. En conjunto, se trataba de rebeliones de ámbito relativamente amplio con claros objetivos políticos.

Parece que la ideología de tales revueltas era esencialmente igualitaria: la lucha contra los poderosos y los ricos y la defensa de los pobres y oprimidos, lo que se refleja en los lemas “ataquemos a los ricos y ayudemos a los pobres” o “los mandarines oprimen, ¡que el pueblo se levante!”. Estos levantamientos solían estar sustentadas por infraestructuras estables: las sociedades secretas, muchísimas en número en China, que proporcionaron dirigentes en los momentos de rebeldía además de cumplir funciones de ayuda mutua, seguridad social, protección de las mujeres y afirmación del principio de igualdad con respecto al hombre; además cumplían una función religiosa fundamental prometiendo la salvación espiritual. Los miembros de esas sociedades secretas no eran solo campesinos desposeídos, sino nobles descontentos, artesanos, pequeños comerciantes, contrabandistas, antiguos soldados o bandidos. Estaban influidas por corrientes heterodoxas del taoísmo y del budismo y participaron en la organización y dirección de numerosos movimientos campesinos en los dos últimos siglos, incluidos los republicanos de la primera década del XX como en los maoístas de los años treinta.

De todas formas, la mayoría de los movimientos campesinos clásicos no consiguieron el triunfo por la dispersión geográfica, la mezcla de la revuelta social con el bandidaje y otras causas. Incluso cuando triunfaron, la falta de un programa hizo que muchos esfuerzos fuesen inútiles. En otro orden de cosas hay una controversia sobre la influencia que en los movimientos campesinos chinos tuvo la penetración occidental tras la guerra del opio (1839-1842) y la firma del tratado de Nankín, que abrió el mercado chino a los productos occidentales y favoreció la actividad evangelizadora de los misioneros europeos.

Sea como fuere, el mayor conjunto de guerras campesinas de toda la historia universal se dio en China con la rebelión Taiping, recogiendo la tradición de rebeldía y teniendo como base los nuevos tipos de opresión importados de occidente.

Empezando en Guangxi, como muchas otras revueltas anteriores, el movimiento Taiping fue fundado por Hung Hsiu-ch-üan[iv], teniendo un carácter sincretista que se reflejó en la multiplicidad de facetas ideológicas. Defendió el colectivismo y la modernización al mismo tiempo, combinando elementos de la religión cristiana con fórmulas budistas y taoístas. El movimiento importó reformas occidentales como la creación de una red ferroviaria y un sistema bancario, pero la conversión progresiva de los dirigentes en una camarilla de privilegiados apartó a muchos campesinos. La necesidad de aumentar los impuestos y la reducida zona geográfica donde había triunfado, establecieron sus límites.

La rebelión de Taiping fue la más espectacular, pero no fue el único movimiento campesino de los años 1850-1870. Existió la revuelta de los Nien (1853-1868) en el norte de China, más apegada a las formas de los bandoleros. Las pequeñas unidades de guerrilla de los Nien atacaban a las caravanas de los mercaderes mientras pretendían derrocar a la dinastía Qing sin conseguirlo, pero sus consecuencias fueron terribles.

Las sociedades secretas, por su parte, demostraron un elevado nivel de combatividad dentro del campesinado chino, y serían necesarias enormes matanzas para acabar con la oleada de estas rebeldías. Pero el repliegue no duró mucho, pues a finales del siglo XIX comenzaban de nuevo las revueltas como respuesta a la penetración extranjera en China y a la presión demográfica. En este período se produjeron cambios de especial relevancia que demuestran la penetración del capitalismo, lo que dio lugar a los nuevos movimientos sociopolíticos del siglo XX: la intensificación de cultivos comercializables en detrimento de la producción para la subsistencia, la subida de los arrendamientos rurales, la ruina de los artesanos tradicionales y la aparición de nuevas capas sociales, que se integraron en organizaciones clandestinas con un decisivo componente nacionalista. Un ejemplo de ello son los bóxers (1897-1900).

Ahora se manifiesta la hostilidad de los campesinos hacia el cristianismo, un protonacionalismo popular, de nuevo la intervención de las sociedades secretas, la resistencia ludita a las máquinas y el apoyo a la política antioccidental de la alta burguesía y la baja nobleza.

Las malas cosechas de 1909-1910 agravaron el problema, lo que coadyuvó a la revolución republicana de 1911. Empezó entonces una nueva fase definida por la politización de las luchas campesinas y su control por organizaciones como el Kuomintang y el Partido Comunista; la “acción dirigida desde fuera”, según se ha dicho. Pero las formas clásicas de rebeldía no desaparecieron, aunque las modernas fueron ahora más determinantes.

En la zona de Hunan, al sureste de China, en los años 1924-1927, se crearon numerosas asociaciones campesinas apoyadas por el Kuomintang o por el Partido Comunista. Formadas por campesinos pobres, se adueñaron del poder local, formaron milicias rurales y su punto central fue luchar para la reducción de impuestos y contra la usura. La participación campesina en el movimiento nacionalista Kuomintang y en la revolución comunista china, tenía numerosos precedentes.



[i] “En torno a los movimientos campesinos chinos”.
[ii] Se inició al sur de China, en la provincia de Guangxi.
[iii]  Junto con Zhu Yuanzhang, fundador de la dinastía Ming, los dos únicos de procedencia campesina.
[iv] Nacido en 1814 y fallecido en 1864, era miembro de una familia de granjeros, pero tuvo estudios.

martes, 23 de abril de 2019

Del caos al orden

https://filipinassite.wordpress.com/tag/china/

El libro de John Darwin, “El sueño del imperio”[i] está basado en la tesis de que Europa no ha sido, desde Tamerlán (muerto a principios del siglo XV), el continente hegemónico, sino que ha tenido que contar con la competencia, o incluso con la ventaja, por parte de China, el Irán de los safávidas, la India de los mogoles, Rusia con su extensión hacia el este de Asia, Japón, en suma, a pesar de su apartamiento. Y ello a pesar de las grandes rutas por el Atlántico y el Índico de españoles y portugueses –otros más tarde- rumbo a América, a África y a Asia. El autor utiliza términos como Euroasia para referirse a un espacio donde convivieron civilizaciones y estados que se fueron aventajando y retrasando unos respecto de otros desde el siglo XV. Y solamente cuando llegamos a la segunda mitad del siglo XVIII, y luego con claridad durante el siglo XIX, cabe hablar de una Europa “a la cabeza” del mundo.

En cuanto a China, llegada la década de 1670, tres generales (los llamados feudatarios) gozaban de una autonomía prácticamente total de Pekín, enfrentándose los manchúes a nuevas amenazas a su autoridad en el interior de Asia: la de los calmucos[ii], la del imperio teocrático del Dalai Lama en el Tíbet y, en la región al sur y al este del lago Baikal, la de los funcionarios zaristas y los comerciantes de pieles rusos. En el mar de la China meridional, la caída del poder Ming[iii] había engendrado el estado comerciante y corsario del filibustero Koxinga (Cheng Ch’eng-kung)[iv], en la isla de Taiwán.

La amenaza más inmediata para la supervivencia de los manchúes era su falta de verdadero control del sur de China. Conscientes de que el emperador Kangxi estaba decidido a aplastarlos, en 1673-1674 los feudatarios se rebelaron y el general Wu, el más poderoso de los tres, ofreció a la corte manchú una partición en la que no les dejaba más que Manchuria y Corea. Una posibilidad más real era la división de China a lo largo del río Yagtsé, privando al norte y al gobierno imperial la reserva de alimentos y reduciendo Pekín a un estado precario.

Tras una lucha prolongada, el emperador Kangxi se encontraba en una posición favorable a principios de la década de 1680, en parte porque Wu había muerto poco antes y en parte, quizá, porque los generales feudatarios resultaban poco atractivos para los leales a los Ming en el sur[v] y porque los mandarines preferían la continuidad imperial, aunque fuese bajo los manchúes, al gobierno de los señores de la guerra. En 1683 el emperador Kangxi había liquidado también al estado rebelde de Koxinga con una política drástica de evacuar la zona costera.

Entonces se dio un entorno favorable para el progreso económico y el renacimiento cultural. Según algunas estimaciones, la población de China se triplicó entre 1723 y 1796, bajo los sucesores del emperador Kangxi. Se produjo una gran extensión del área cultivada, que posiblemente se doblara entre 1650 y 1800. Los chinos de etnia han colonizaron áreas de bosque en el sur y sudoeste y el estado reparó canales dañados y construyó otros nuevos. Nuevos cultivos como el maíz (traído por los portugueses) y la batata (que llegó a Fukien en el siglo XVIII) suplementaron al arroz, y se cultivaron también té, añil y azúcar para la exportación, sobre todo en provincias costeras como Fukien y Kwagtung. En la provincia fronteriza de Hunan, en el Yagtsé medio, los funcionarios promovieron los cultivos alternos con su consejo, con incentivos fiscales y suministrando semillas. La China del siglo XVIII vio el fin de la servidumbre, que fue abolida por el emperador Yung-cheng, así como la nueva libertad de comprar y vender tierras.

El número de poblaciones dedicadas al comercio creció continuamente. En la región de Kiangnan, en el bajo Yangtsé, donde las comunicaciones acuáticas habían favorecido el crecimiento de grandes ciudades comerciales, los artesanos de las aldeas manufacturaban tela de algodón a gran escala. Shangai exportaba productos textiles a regiones del interior hasta a 1.300 km. de distancia, y los artículos de hierro, seda y porcelana eran objeto de un amplio comercio. Era una economía mercantil sofisticada en la que el papel moneda lo suministraba la empresa privada y el crédito se basaba en la venta de contratos para el suministro futuro de sal al Estado, por ser un bien para el que la demanda era muy estable. El papel de China en el comercio internacional puede haber sido relativamente  pequeño, pero es posible que su comercio interior fuera grande, cuando no mayor, que el de la Europa contemporánea.

Sin embargo, el rasgo más llamativo del gobierno de los  Qing fue quizá que promoviera una fase de renovación cultural muy vigorosa. Al propio emperador Kangxi le gustaba conversar con jesuitas en la corte (su misión había sobrevivido a la convulsión dinástica), y hasta aprendió a tocar el clavecín, pero rechazó la idea de un tráfico regular entre China y Europa. Los occidentales, como los jesuitas, eran libres de venir a China, pero debían quedarse y adaptarse a la ética confuciana, y no creerse con derecho a ir y venir como les viniera en gana. Cuando el papa le envió un mensaje al emperador pidiéndole que le devolviera a los europeos que para Roma eran sospechosos de herejía, se negó, añadiendo sarcásticamente que les cortaría la cabeza y le enviaría estas a su lugar, para que el papa pudiera ver que se habían “reformado”. El interés principal del emperador era la cultura china. Él y sus sucesores patrocinaron la recopilación y publicación de la literatura clásica, y el propio emperador encargo una enciclopedia. Los niveles de alfabetización se incrementaron, y el volumen de literatura impresa aumentó para satisfacer la demanda. Se publicaron novelas, poesía, historia, biografías, diccionarios geográficos, enciclopedias, antologías y otros sobre antigüedades. Era esta una cultura de aristocracia rural que propagaba los valores tradicionales de los clásicos confucianos: la búsqueda de la armonía en la sociedad y con la naturaleza; la importancia de la jerarquía (sobre todo entre las generaciones) y de los rituales y códigos de conducta para mantener el orden y la cohesión sociales, así como la necesidad de autocontrol y subordinación de los deseos individuales. A través de la literatura y el arte, y los “cultos” y sacrificios oficiales proporcionados por el Estado como foco de la religiosidad popular, la influencia de la cultura confuciana se difundió de forma más extensa y profunda que nunca antes. Así, a la integración política y económica de China le acompañó una creciente unidad cultural lograda en la última era anterior al encuentro más intenso y luego violento con Occidente.

Pero gran parte de China seguía atrapada en el localismo, aunque no en mayor medida quizá que extensas regiones de la Europa contemporánea. Más grave fue la notoria incapacidad de China de recuperar poderío naval, al que había renunciado unos siglos antes: los comerciantes y colonos chinos del Sudeste asiático no podían contar con la protección del imperio, y las salvajes masacres de chinos en las Filipinas españolas no suscitaron respuesta alguna por parte de Pekín. La fascinación europea por China (por muy ignorante y mal informada que fuese) no tenía contrapartida en los círculos intelectuales chinos, lo que quizá dé la medida de la confianza que tenían en su propia cultura y en el prestigio de una ininterrumpida tradición clásica de amplitud y sutileza excepcionales.

En algunos aspectos, la China del siglo XVIII se estaba replegando incluso más marcadamente sobre sí misma: el emperador Yung-cheng acabó con la limitada tolerancia otorgada a los misioneros cristianos desde tiempos de los mongoles. Aun cuando se importaban ideas europeas, parecían impracticables o irrelevantes en el contexto chino.


[i] En un capítulo de esta obra está basado el presente resumen.
[ii] Nómadas que rivalizaron con China por el control de Pekín.
[iii] Gobernó entre la segunda mitad del siglo XIV y mediados del XVII.
[iv] Líder militar que se forjó en la lucha contra los holandeses.
[v] Hubo emperadores Ming en el sur y en el norte (separadamente).