Mostrando entradas con la etiqueta edad media. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta edad media. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de junio de 2023

Iluminaciones de códices

 


Las ilustraciones de los códices van más allá de la Edad Media para internarse en el Renacimiento, sobre todo en Italia. La variedad en cuanto a calidad y temas es grande, desde escenas religiosas a las de la vida cotidiana o el trabajo; aparecen nobles, santos, campesinos, etc. No siempre hay color, pero sí en la mayoría de los casos; unas veces las iluminaciones acompañan a la letra inicial del texto y en otras ocupan toda una página del códice. La riqueza artística, histórica y estética de estas iluminaciones quizá no se ha valorado suficientemente.

En el siglo VII, un miniaturista bizantino activo en el norte de África nos ha dejado una escena en la que Moisés recibe la ley; se trata de un manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional de París. Mucho más tarde, en torno a 1200, un miniaturista alemán nos ha dejado la escena de cuatro guerreros luchando, manando sangre del pecho y la cabeza de dos de ellos. La escena es muy movida y los personajes van armados con espadas y escudos, sirviendo de marco un rectángulo de color malva inscrito en un marco de color verde. Se encuentra en un manuscrito donde se habla de la vida monástica femenina (Speculum Virginum) que se conserva en el Museo Kestner de Hannover.

Los hermanos de Limburgo (así denominados), iluminaron “Las tres ricas horas del Duque de Berry”, obra muy conocida, a principios del siglo XV, la cual se encuentra en el Museo Condé de Chantilly. El duque era amante del arte, y se hizo representar frente a una chimenea donde hay un intenso fuego. La mesa está espléndidamente provista, mostrando la abundancia de una fiesta medieval de la nobleza. En el plato grande hay un cisne, uno de los emblemas del duque; pequeñas hogazas de pan redondas y planas etán esparcidas por todas partes, mientras uno de los perros deambula a su antojo sobre la mesa. No falta un representante de la Iglesia, un tallador, los sirvientes y los trajes para la ocasión.


Llegado el siglo XV, los códices se iluminaron con una delicadeza y virtuosismo exquisitos, como en esta alusión a la ”Divina Comedia” de Dante (1440) que se encuentra en el manuscrito Yates Thompson (36,5 por 26,3 cm.), guardado en la Biblioteca Británica de Londres. Fue realizado en Siena para Alfonso V, rey de Nápoles, atribuéndose la inicial a Vecchietta, mientras que otras miniaturas del códice se atribuyen a Giovanni di Pablo. Esta imagen muestra el viaje de Virgilio y Dante hacia el Purgatorio.

A caballo entre los siglos XIV y XV vivió Bartolomeo di Fruosino, en Florencia. En una de sus miniaturas representa el Infierno de la Divina Comedia (1430-1435), en un manuscrito que se encuentra en la Biblioteca Nacional de París. En círculos concéntricos se amontonan los cuerpos de los condenados en posturas diversas, desnudos y dando una visión apocalíptica. Fruosino quizá tuvo en cuenta los frescos de Leonardo di Cione en Santa María Novella, donde el colorido y el abigarramiento de los personajes son norma.

En el Libro de Horación de Dresde encontramos iluminaciones de un Maestro conocido en Brujas entre 1465 y 1515. La iluminación que comentamos aquí se refiere a los “hechos memorables de los romanos”, una compilación de historias sobre antiguas costumbres y héroes escrita en el siglo I por Valerio Máximo, que dedicó su obra al emperador Tiberio. La miniatura muestra a Valerio instruyendo a Tiberio sobre el valor de la templanza: en un comedor, las clases altas aparecen al fondo y se comportan decorosamente, mientras que en primer plano están los personajes vulgares haciendo payasadas. El códice se encuentra en el Museo J. Paul Getty de Los Ángeles.

Luchino Belbello da Pavia, activo en Lombardía en las décadas centrales del siglo XV, iluminó el Libro de Horas de Visconti, un manuscrito que se empezó sobre 1390 y se completó en torno a 1430. Gian Galeazzo Visconti, señor primero y luego duque de Mián desde 1395, encargó este códice que ahora se encuentra en la Biblioteca Nacional Central de Florencia. El que lo empezó a iluminar fue Giovannino de Grassi, que además fue escultor y arquitecto, trabajando en la catedral de Milán. En la miniatura que nos interesa está la creación de Eva mientras Adán duerme ante un fondo dorado; como la pintura adorna la letra C, Dios, Eva y Adán están dispuestos siguiendo su trazo, con estilizadas hojas doradas y zarcillos de vid. En la parte inferior se representan arbustos y animales que remiten a los días anteriores a la Creación.

También el pintor Attavante iluminó varios códices, en uno de los cuales aparece Joannes Corvinus, hijo del rey Matthias Corvinus, entrando en Viena (entre 1487 y 1490). Con un paisaje al fondo, Joannes va sobre un carro a cuyos lados sendas filas de cortesanos; delante, dos caballeros y dos prisioneros. Se trata del Codex Heroica que se encuentra en la Biblioteca Nacional Széchényi de Butapest.

En el siglo XV, Fra Angelico iluminó un misal en torno a 1430, utilizando la técnica del temple y oro sobre pergamino (47,5 por 35 cm. el tamaño de la página): en una de las miniaturas se nos muestra el asesinato de San Pedro Mártir. Fra Angélico se habría formado como iluminador con Lorenzo Monaco en Santa María degli Angeli (Asís, Perugia), también pintor y miniaturista que vivió y trabajó en Florencia entre el siglo XIV y el XV. El misal se encuentra en el Museo di San Marco de Florencia.

Giovanni Pietro Birago, activo en Milán entre 1471 y 1513, iluminó el Libro de Gramática Latina de Maximiliano Sforza a finales del siglo XV, el cual se encuentra en la Biblioteca Trivulziana de Milán. En realidad se trata de la Gramática del retórico romano del siglo IV Aelius Donatus, que además de gramática, contiene textos morales. Las ilustraciones corresponden a varios autores, entre ellos Ambrogio de Predis y Giovanni Pietro Birago. La imagen que hemos elegido muestra al joven Maximiliano siendo instruido por su maestro; aquel está atento a la lección, mientras los demás se distraen o se quedan dormidos (ver arriba).

Jean Bourdichon iluminó Los Cuatro Estados de la Sociedad, en el caso elegido, el artesanal, a principios del siglo XVI. Se trata de un manuscrito que se encuentra en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París. Quizá la obra tuvo una intención moralizante, porque el autor representa a unos hiladores entregados a su trabajo, a los miembros de una familia agrupada, a un enfermo siendo asistido y a dos ermitaños. Bourdichón también iluminó el Misal del Jacques de Beaune, barón de Semblançay (en la región del Loira), que ejerció como funcionario de Francisco I; y también el Libro de Horas de Enrique VII Tudor.

Simón Bening iluminó el Rosario Beatty en torno a 1530, un manuscrito que se encuentra en la Biblioteca Chester Beatty de Dublín. Se trata de un Libro de Horas con los acontecimientos de la vida de Jesús. El término “Rosario” se usó para describir una secuencia de oraciones una vez que surgieron las cofrafías del Rosario en torno a 1470. Del mismo autor es el Calendario flamenco de entre 1520 y 1525, un manuscrito que se encuentra en la Bayerische Staatsbibliothek de Múnich. El códice no se conserva en su integridad, habiendo sido hecho en Brujas para un desconocido, pero con toda seguridad pudiente. Bering mantuvo en dicha ciudad un taller que gozó de fama, y esta es una de las muestras más deslumbrantes de ello: paisajes rurales con la vida de los campesinos y también de ciudades. En el caso que nos ocupa se muestra la cosecha del grano en el mes de agosto. En el mismo manuscrito se muestra otra miniatura de Bening, la actividad del mes de septiembre, con el arado y la siembra.


Bening también iluminó el Libro de oraciones del cardenal Albrecht, arzobispo de Magdeburgo y de Maguncia, además de elector del Sacro Imperio. La iluminación que comentamos aquí fue hecha en torno a 1525, encontrándose el Libro de oraciones en el Mueseo J. Paul Getty de Los Ángeles. Este manuscrito contiene oraciones para la instrucción de los laicos, y es el único que lleva el monograma de Simon Bening, “quien trabajó en la colección completa de 41 miniaturas sin ayuda de nadie”. En una imagen se muestra la negación de Pedro.

De Botticelli conservamos su famosa iluminación de la Divina Comedia hecha en 1480, en un manuscrito que se encuentra en la Biblioteca Apostólica del Vaticano. Botticelli imaginó el Infierno como un abismo con nueve círculos, que a su vez se dividen en varios anillos. La vista transversal del inframundo de Botticelli está dibujada con tanta finura y precisión que es posible rastrear las paradas individualizadas de Dante y Virgilio en su descenso al centro de la Tierra.

En la parte superior, una miniatura de principios del siglo XII, obra de un autor inglés (46 por 32 cm. la página) que se encuentra en la Biblioteca Municipal de Dijon. Se trata del códice "La Moralia de Job", que contiene una serie de iniciales que muestran a monjes ocupados en diversas tareas. Aquí se trata de la I inicial, un elevado árbol donde un monje corta las ramas en la parte superior mientras un lego corta el tronco en la parte inferior...

sábado, 20 de mayo de 2023

Los frescos del castillo de Challant

 


En el valle de Aosta, al noroeste de Italia, se encuentra el castillo que mandó restaurar, a principios del siglo XV, Ibleto di Challant, obra que luego completó Giorgio di Challant con el objetivo de convertirlo en una elegante residencia.

Una de las particularidades de este castillo son sus frescos, debidos a un maestro o maestra desconocidos a finales de dicho siglo XV. El autor o autora fue representando oficios de la época con gran minuciosidad y gracia, como es el caso de una farmacia donde un boticario atiende a un comprador, otro escribe una receta mientras un empleado prepara una “medicina” (arriba). En las estanterías se pueden ver los frascos conteniendo aceites, especias, hierbas secas, así como cera, velas, esponjas, dulces y amuletos.

En otro fresco se representa una carnicería donde además se elabora pan en un horno, mostrándose animales abiertos en canal y los operearios trabajando. Otro es el caso de una tienda de productos secos donde tres personas se afanan en los preparados y, de una estantería, cuelgan embutidos y ahumados.

En otro fresco se representa un mercado donde se venden frutas, alpargatas, hortalizas y otros productos, presentándose los vendedores (mujeres y hombres) junto a los compradores, que comprueban la calidad de la mercancía. La elegancia en el verstir de estos últimos nos habla de una época evolucionada de la Edad Media (en Italia ya en pleno Renacimiento).

En otro fresco representa a una serie de personajes trabajando en una armería o almacén donde se guardan las armas. Colgadas de ganchos hay varias piezas de armadura representadas de forma muy realista, mientras los personajes –como es costumbre en este autor- están pintados con ricos colores.

Otra escena representada es la de unos vendedores de telas en su tienda, ataviados con elegantes ropajes como corresponde a su gremio, y con el colorido que exige la composición. Estos frescos están todos en los lunetos que se forman entre el muro y la bóveda del castillo.

Más que el valor artístico –que lo tiene- estos frescos son una fuente sociológica extraordinaria para adentrarnos en la vida cotidiana de la Europa de finales de la Edad Media y comienzos de la modernidad. La variedad de tipos, oficios, enseres que se muestran en estos frescos, así como el tratamiento popular y realista de los mismos, nos hablan de un ambiente bullicioso en las ciudades, que el autor desconocido ha llevado a los frescos de un aislado castillo.



viernes, 19 de mayo de 2023

Oficiales campesinos en el medievo

 

                                       Ilustración del Libro de Horas de Bedford (1423-1430)*

Hace ya tiempo que se distinguen los diversos estatutos del campesinado, sobre todo desde la baja Edad Media, y se conoce la existencia de rústicos que, necesitados por el poder señorial, se aúpan a ejercer cargos para el gobierno de la aldea o de la comarca. Así se ha hablado de “elites rurales” por Frederic Aparisi y Antoni Furió, mientras que Rafael H. Oliva Herrer ha estudiado el mundo rural en la Corona de Castilla durante la baja Edad Media. R. Tawney, por su parte, “rescata su valoración de un sector campesino emprendedor en los siglos XIV y XV”[i].

Aparecen así campesinos como oficiales para administrar los asuntos de la aldea, la justicia y los recursos locales, y también la representación del lugar frente a terceros. Estos dirigentes de aldea se elevaron a un estatuto superior desde el momento en que fueron los encargados de recaudar la renta, pero ello no quiere decir que quedase anulada la posibilidad de conflicto si el señor incumplía sus compromisos o abusaba de su poder. Autores de diversas regiones –dice Laura da Graca- han comprobado la fundación de preeminencias en la posesión de explotaciones de dimensiones significativas, no teniendo su riqueza una base exclusivamente agraria. Los que formaron estos grupos se apoyaron en redes de parentesco para establecer reglamentaciones agrarias, pero al mismo tiempo fueron los primeros en incumplirlas.

También se ha observado que las diferencias son notables según se trate de agricultura comercial o no, y en el caso castellano los estudios se han centrado en las comunidades de villa y tierra, es decir, aquellas que reúnen a varias aldeas que están supeditadas a una villa políticamente. También se han estudiado regiones señorializadas donde la vida campesina no está nucleada en la aldea, encontrándose entonces un bajo perfil de los oficiales rurales, lo que está asociado al carácter disperso y aislado de los núcleos campesinos. No obstante se ha comprobado una cierta presión de las organizaciones de base mediante la tradición asamblearia, una suerte de reunión abierta del concejo aldeano.

José Luis Martín –a quien cita Laura da Graca- ha señalado que según las leyes de Castilla, una aldea es un lugar que no tiene jurisdicción sobre sí ni privilegio de villazgo, y por lo tanto se sitúa bajo la autoridad de un centro político del que depende. A continuación, la autora a quien seguimos aquí se centra en el caso de Piedrahíta (actual provincia de Ávila) que fue centro de una comunidad de villa y tierra; desde mediados del siglo XV contaba con catorce concejos rurales identificados con una o varias aldeas o pequeños poblados. A su vez estaba integrada en el señorío de Valdecorneja, cuyo titular era la casa de Alba.

De esos catorce concejos rurales, la autora ha podido estudiar el caso de tres: Navarredonda de la Sierra (ahora Navarredonda de Gredos), Navaescurial y Horcajo de la Ribera, teniendo el mayor número de pecheros Navarredonda (diez y un tercio), lo que indica la pequeñez poblacional de estos núcleos aún teniendo en cuenta que las familias fuesen numerosas, lo que es poco probable por la alta tasa de mortalidad en la época. Los dirigentes rurales de estos tres concejos gozaron de una relativa autonomía, pero siempre estuvieron cercanos al señor, que confirmó unas Ordenanzas en 1459, las cuales habían sido elaboradas el año anterior por los vecinos de Piedrahíta, es decir, por los representantes rurales de las aldeas: Ordenaron que de cada un año que tengan cargo de los fechos del conçejo seys onbres buenos con los alcaldes e que sean juramentados. E el conçejo, estando a canpana rrepicada, les dio e da poder conplido para que todas las cosas que ellos fizieren que las da el conçejo por firmes e valederas. 

Los oficiales, por lo tanto, dictan normas y toman decisiones sobre las tierras concejiles, y en algunos casos solo tres o cuatro vecinos figuran como testigos de todas las compraventas y acuerdos; en otros, se observa la participación de unos diez o doce vecinos. Las convocatorias, sin embargo, no estuvieron libres de tensiones, en especial cuando la misión de los testigos juramentados es “ir a ver cosas injuriosas”.

Muchos dirigentes aldeanos –en el caso de Piedrahíta- provienen de familias de oficiales, circunstancia que se ha comprobado como un rasgo del sector de labradores acomodados. En ocasiones un oficial es relevado por su hijo, y así se va formando un linaje que se prolonga hasta un cierto tiempo.


[i] Véase Laura da Graca, “Gobernar la aldea…”.

* Biblioteca Británica, Londres.

lunes, 15 de mayo de 2023

Los relieves de Autun

 

                                                   Eva en un relieve de la catedral de Autun

En la primera mitad del siglo XII trabajó en la catedral de Autun[i] el escultor Gislebertus, decorando tímpanos, capiteles y dinteles, aunque en la actualidad algunas de sus obras se encuentran en el cercano Museo Rolin. La obra de arriba muestra a la Eva bíblica que se encontraba en el dintel de la puerta norte de la catedral citada, no habiéndose interpretado así a Eva en todo el románico (la figura de Adán se ha perdido). El personaje se desplaza por el jardín del Edén “como si fuera la serpiente misma”, mientras cogre con una mano el fruto prohibido. Hay cierta distorsión en la parte superior del cuerpo, que se gira hacia el espectador.

Otro excelente relieve del mismo autor y en la misma catedral es el “sueño de los reyes magos”, que se encuentra en un capitel, como así mismo fue autor Gislebertus de muchos otros capiteles del interior del templo. En la escena de abajo se puede ver cómo dos de los reyes están dormidos, pero uno ya se ha despertado “por el toque suave del ángel señalándole la estrella” que los ha de guiar.

En otros tímpanos, monstruos y demonios, aunque por la factura menos poética pudieran no ser de Gislebertus. También peregrinos que avanzan con sus zurrones, el suicidio por ahorcamiento de Judas (en el tímpano) que -como la traición a Jesús fue inspirada por el diablo según el relato evangélico- aparecen al lado dos figuras diabólicas.

La huída a Egipto está en un capitel y muestra a María que mira al espectador, mostrando a su hijo adherido a la madre. José ocupa un lugar secundario en la composición, mientras que el asno está representado con una naturalidad extraña en el románico. En uno de los tímpanos se muestra el juicio final con la separación de los justos y los réprobos. Los relieves de la catedral de Autun, en definitiva, son un muestrario extraordinario de la plástica románica ya desarrollada del siglo XII.


                               El sueño de los reyes magos en un relieve de la catedral de Autun


[i] En la Borgoña-Franco Condado.

miércoles, 10 de mayo de 2023

Volver al románico

 

En una conferencia pronunciada por el profesor Isidro Bango Torviso el 1 de diciembre de 2022, hizo un repaso de la necesaria vuelta al románico y a la Edad Media después de largos siglos de oscurantismo sobre ella. En efecto, los hombres del Renacimiento valoraron tanto la antigüedad clásica y su propia época que tuvieron a los siglos medievales como algo oscuro y pobre, sin valorar las grandes aportaciones de aquel tiempo.

De igual manera se deformó la historia en beneficio de los siglos del Renacimiento, y habrá que esperar a principios del siglo XIX para que se vuelva a revalorizar el medievo y sus manifestaciones artísticas. Caspar D. Friedrich, que vivió entre 1774 y 1840, aportó su pintura para hacer ver, desde una perspectiva romántica, los valores de la Edad Media: así el monje que pasea por la orilla del mar (ilustración) o las ruinas de monasterios, evocan una época que se estimará de nuevo desde entonces.

Y pronto aparecieron quienes vieron en el arte románico medieval el resultado de viejas fórmulas de la arquitectura romana clásica. El filólogo Charles de Gerville[i], arqueólogo e historiador entre otras aptitudes, empleó por primera vez el término románico para referirse a lo que hoy conocemos por tal arte, y poco después se empezaría a hablar de arte románico primitivo, románico pleno, románico de transición y gótico.

En España serán Jenaro Pérez de Villaamil y Patricio de la Escosura[ii] quienes emprendan una importante obra, no obstante los errores disculpables para su época. Se trata de “España artística y monumental”; los dos están en los ambientes románticos de la época, Villaamil como pintor y Escosura como periodista y crítico, el primero viajó por Europa y estuvo en Madrid, siendo muy singulares sus representaciones de templos medievales. Su obra historiográfica se editó en 1842, siendo los autores de las estampas Pérez de Villamil y otros.

A medida que avanzó el tiempo cobraron importancia el estudio de la catedral de Jaca y el panteón de la basílica de San Isidoro de León, obras representativas del siglo XI, de la misma forma que se estudiaron los monasterios benedictinos, más particularmente cistercienses, representativos del siglo XII. Así se llegó a la composición de “Monumentos arquitectónicos de España”, obra de entre 1852 y 1881, que cuenta con muchas imágenes a las que la crítica ha visto errores, pero volvemos a insistir que los medios técnicos de la época eran muy precarios. Cuenta con monumentos de las tres culturas en España: pagana, musulmana y cristiana.

En la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando se formó José María Avrial Flores[iii], pintor que luego sería miembro de la misma. El “Semanario Pintoresco Español”[iv] fue una revista en la que colaboró y donde se mostraban edificios y obras de arte en España. A comienzos del siglo XX destacan dos personajes de primer orden: Vicente Lampérez y Romea y Josep Puig i Cadafalch[v], arquitectos que aportaron las más importantes obras de la arquitectura medieval española. Se debe a Lampérez su “”Historia de la arquitectura cristiana española” y a Cadafalch “La arquitectura románica en Cataluña”, pero al mismo tiempo nacieron las escuelas geográficas del románico español. Se debe a Lampérez y a Cadafalch[vi] la clasificación de prerrománico o protorrománico (cuyo ejemplo más notable es Santa María de Ripoll), románico francés y románico de transición al ojival.

El norteamericano A. K. Porter (1883-1933) llevó a cabo una monumental obra en su “El románico en los caminos de peregrinación”, si bien dicho arte no está relacionado con el camino de Santiago en lo fundamental, y posteriormente hizo su tesis doctoral sobre la catedral románica de Santiago de Compostela Kenneth Conant, cuya obra no parece haber sido superada hasta ahora.

Manuel Gómez-Moreno, que a juicio de Bango Torviso ha sido un gran teórico sobre el arte medieval, sin embargo fue “un saqueador” en cuanto a la conservación del patrimonio monumental de España. Su obra “El arte románico español” es de gran importancia, además de haber contribuido a la elaboración de los catálogos monumentales y artísticos de España, de muy irregulares resultados dependiendo de las provincias. Dos de estas que Bango Torviso considera privilegiadas son Zamora y León, correspondiendo a Gómez-Moreno el estudio de la primera y a Gratiniano Nieto la segunda.

La monumental obra “Ars Hispaniae” tiene dos tomos dedicados al arte románico, siendo el principal teórico y crítico Gaya Nuño, que es además autor de una importante obra: “El románico en la provincia de Soria”. Joaquín Yarza nos ha dejado una obra de gran interés: “Arte y Arquitectura en España, 500-1200”, donde se puede ver el rigor que no existía en obras anteriores, como es el caso de Miguel Ángel García Guinea con “El arte románico en Palencia”, además de haber animado los seminarios sobre medievalismo durante varios años en el monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campoo.


[i] Charles-Alexis-Duhérissier de Gerville, 1769-1853.

[ii] Villaamil nació en Ferrol en 1807 y murió en Madrid en 1854, y Escosura nació y murió en Madrid (1807-1878).

[iii] 1807-1891.

[iv] Uno de sus colaboradores, Ramón de Mesonero Romanos.

[v] El primero nació y falleció en Madrid (1861-1923)  y el segundo nació en Mataró en 1867 y falleció en Barcelona en 1956.

[vi] Otra obra suya fundamental es “La geografía y los orígenes del primer románico”.

martes, 9 de mayo de 2023

Sefardíes en Túnez

 

Entre los expulsados del reino de Aragón, un número de safardíes que embarcaron en los puertos aragoneses y catalanes [incluye a los puertos del reino de Valencia] eligieron Túnez como destino final, escribió el cronista Andrés Bernáldez[i], y sigue diciendo que muchos llegaron a Italia y otros a tierra de moros, al reino de Túnez y de Tremecén…

Antes de seguir procede conocer la situación política de Túnez durante la Baja Edad Media y los siglos “modernos”, gobernado por la dinastía de los hafsíes, bereberes masmuda, entre 1229 y la segunda mitad del siglo XVI. Tras la muerte de Abou Amr Uthman en 1488, que había gobernado Ifriqiya, el Este de Argelia y el oeste de Libia, se desencadenó el desorden entre sus sucesores: uno de ellos asesinó a su tío y cegó los ojos a su hermano, pero fue vencido en 1489. Gobernó entonces Abû Zakariyâ’ Yahyâ hasta 1494, en que murió de peste, y le sucedió Muhammad IV hasta 1526. En este tiempo es cuando llegarán a Túnez sefardíes procedentes de la península Ibérica.

La inestabilidad política ha sido caldo de cultivo para que las minorías sufriesen más, y la dura política del sultán Mulay al Hassan (1526-1543) llevó a revueltas en varias de las regiones, que propiciaron la derrota frente a los turcos primero y luego frente al ejército del rey de España, Carlos I: esto fue un impacto muy negativo para la comunidad sefardí de Túnez. La matanza y el pillaje de las tropas españolas hizo que los judíos huyeran (1535) al desierto, mientras que otros fueron pasados a filo de espada o cautivados[ii].

Los sefardíes en Túnez fueron conocidos como grana, liorneses o portugueses, siendo los segundos, llegados desde Livorno[iii], durante el siglo XVII. Al igual que Marruecos y Argelia, –dice Houssen Eddine- Túnez fue una plataforma de recepción tradicional de judíos ibéricos, estableciéndose entonces relaciones entre los judíos locales que estaban asentados en el norte de África desde hacía muchos siglos. Ya a finales del siglo XIV hubo judíos que abandonaron España para huir de los “progromos” que tuvieron lugar, estableciéndose relaciones comerciales entre ellos y los tunecinos en el siglo XV. Desde Túnez algunos sefardíes mantuvieron contactos comerciales con Valencia, Mallorca y Almería.

Houssen Eddine encontró un documento que califica de “raro”, fechado en 1495, donde un tal Ruy López de Medina, judío originario de Coria convertido al cristianismo, es acusado de haber sacado de la península Ibérica oro, plata y las demás cosas vedadas. El calificativo de raro se debe a que Ruy López declara en él que de sus seis hijos, cuatro habían sido cautivos de los musulmanes, que volvió a España con su esposa y sus hijos “desnudo y muy pobre”, pero –se pregunta Houssen Eddine- el sufrimiento de Ruy López ¿tuvo lugar en la ciudad de Túnez o en su camino de vuelta a tierras españolas? Y el mismo autor señala que quizá López no era sincero en esto último, porque se trataba de no descubrir el que se hubiese llevado objetos de valor en la época, lo que prohibió el edicto de expulsión de 1492.

Los sefardíes que llegaron a Túnez desde finales del siglo XVI a través de Livorno y otras ciudades europeas, viajaron luego a otros países, tomando Túnez como un destino provisional. Uno conocido como “el tunecino” salió de España en dirección a Túnez y en 1510 se marchó a Roma, Florencia y finalmente Venecia, donde murió. Un caso particular es el de Abraham Zacuto, que quizá podría encabezar la nómina de sefardíes notables; había nacido en Salamanca en 1452 y murió en Damasco en 1515, habiendo estudiado medicina y astronomía, marchándose a Portugal después de la expulsión de 1492. Cuando el rey Manuel decretó la expulsión de los judíos de su reino en 1496, Zacuto se marchó a Túnez. Como este caso hay otros, ya se trate de notables o de simples comerciantes y artesanos, debido en parte a la complicada geopolítica del Mediterráneo en los siglos que estamos tratando.

Un Abraham Levy, mallorquín, se marchó a Tremecén a partir de 1492, y está en Túnez en 1507, pero los grandes desplazamientos probablemente solo fueron posibles en los casos de unos pocos, pues el coste de los mismos era alto. Con la ocupación por los Reyes Católicos de Mazalquivir[iv] en 1505, Orán en 1509, Bujía y Trípoli en 1510, no había tranquilidad para los judíos, y de ahí el trasiego de un lugar a otro, bien a corta distancia o a larga.

Durante el siglo XVII encontramos sefardíes en Livorno y Pisa, pero también había judíos livorneses en Argelia, y en el siglo XVIII destaca la obra del trinitario toledano fray Francisco Ximénez de Santa Catalina, hoy fuente esencial para los estudios orientales españoles. Mostró interés por las crónicas tunecinas y adquirió y copió manuscritos moriscos, así como estudió la regencia otomana de Túnez[v]. Durante el siglo XVII y parte del XVIII hubo prosperidad económica y una relativa tolerancia religiosa, pero esto no es suficiente para evitar el sufrimiento de las minorías, a no ser que algunos hubiesen alcanzado importantes puestos en la Administración pública o en la profesión.

Y cabe preguntarse cuál fue la actitud de los habitantes locales respecto de los judíos venidos de fuera: algunos musulmanes les prohibieron entrar en las ciudades, y en otras ocasiones los sefardíes fueron asentados en barrios destinados a ellos, como ocurría en las ciudades ibéricas. En cuanto a Fez, quizá la capital de los migrantes judíos en el norte de África, parece que dio buena acogida, o al menos tolerancia, a los judíos cristianos de la península Ibérica, pues el interés económico primaría, pagarían el impuesto de capitación (yizia) y así contribuyeron a aumentar los ingresos del estado.

Queda por dilucidar si hubo o no continuidad entre la diáspora sefardí antes y después de 1535: Houssen Eddine considera que tras las acciones militares de Carlos I en Túnez se instaló una crisis financiera en el país que no haría atractivo nuevos avecinamientos; por otra parte, los sultanes hafsíes tuvieron que pagar a los españoles lo que estos les impusieron, y este puede ser el comienzo del fin de la dinastía. Pero hay entonces un factor que vino a favorecer la instalación de liorneses en Túnez por medio de la comunidad morisca de origen ibérico, y cita a Lionel Levy cuando este aporta datos de lo que llama “el siglo morisco en Túnez” (el XVII): colaboración comercial entre sefardíes liorneses y moriscos tunecinos.


[i] Conocido como el cura de Los Palacios, nació en Fuentes de León (Badajoz) a mediados del siglo XV, y falleció en Los Palacios (Sevilla) en 1513. Es autor de la crónica “Historia de los reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel”.

[ii] Houssen Eddine Chachia, “La diáspora sefardí en Túnez: de finales del siglo XV a mediados del siglo XVIII”.

[iii] Ciudad de Italia en el noroeste de la Toscana.

[iv] Actualmente en el noroeste de Argelia.

[v] “El trinitario Fray Francisco Ximénez en Túnez…”, número 13 de la revista Casa de Velázquez, enero de 2014.

lunes, 8 de mayo de 2023

Ser viejo antiguamente

 


Antiguamente se identificaba ancianidad con enfermedad, y Alfonso López-Pulido[i] señala que Aristóteles consideraba la enfermedad como una vejez accidental y la vejez una enfermedad natural. También se ha supuesto que la enfermedad “es una especie de adherencia material que se sobrepone al cuerpo”.

Entre los antiguos griegos hay que esperar a la época helenística para que se represente a ancianos en esculturas, siendo las estatuas anteriores de jóvenes atletas, hermosas mujeres, etc. Hipócrates[ii], a quienes los médicos tienen como el fundador de su profesión, desarrolló una teoría sobre el envejecimiento, defendiendo que era consecuencia de la evolución natural, de índole física e irreversible. Lo contrario defendían los que veían que los ancianos tenían ciertas enfermedades que raramente se daban en quienes no lo eran: luxaciones de la vértebras, asma, ascárides, satiriasis, pleuresías, diarreas crónicas, etc.

Galeno fue uno de los que identificó ancianidad y enfermedad en el siglo II d. C., explicando que “el propio proceso de envejecimiento provoca un deteriro funcional a nivel fisiológico”. En época cristiana no se tendrá especial atención a los viejos, viéndose a estos como una consecuencia del pecado; la misma Iglesia prestó poca atención a los monjes ancianos en un primer momento, pero durante la Edad Media europea los viejos pasaron a depender de la voluntad de su familia o engrosaron el grupo de los indigentes[iii]; también se ve a partir del siglo VI que una minoría de ancianos ricos ingresaron en los monasterios para vivir tranquilamente y garantizar su salvación eterna. En siglos posteriores los monasterios contaron con alojamientos para ancianos, y la vejez se identificó con el cese de la actividad y la ruptura con el mundo.

Los pobres no tenían posibilidad de retiro voluntario y trabajaban hasta que sus fuerzas se lo permitían, si bien han existido enfermerías en los monasterios medievales, hospitales (generalmente asociados a San Juan de Dios), y los señores solían mantener a sus viejos trabajadores agrícolas, lo cual se comprende porque no se alcanzaban edades muy avanzadas.

Según Mari Paz Ortega y sus colaboradoras, a partir del siglo XI la situación empieza a cambiar, en parte debido a las mejoras económicas, y el desarrollo urbano ofreció nuevas posibilidades por medio de sus actividades específicas. Téngase en cuenta que cuando se extendía una enfermedad infecciosa, las puertas de las ciudades se cerraban y sus vecinos quedaban más protegidos que los del campo. Aquellos que se dedicaron al comercio y que pudieron acumular alguna riqueza, ven su vejez con más comodidad que los campesinos dependientes o los que tenían una economía de subsistencia.

La proporción de personas ancianas aumentó bruscamente a partir de mediados del siglo XIV, lo que trajo un cambio en la mentalidad y en la estructura de la sociedad. La desintegración parcial de la familia producida por los estragos de la peste, provocó un reagrupamiento de los supervivientes en familias amplias, incluso en comunidades, que permitían la supervivencia de otra forma imposible o más difícil[iv]. Entonces hay un cambio en la visión de la vejez: los ancianos pasan a ser vínculo entre generaciones, escriben crónicas si saben hacerlo o transmitiendo el saber oralmente.

La Iglesia otorgó entonces autoridad moral a los viejos en materia religiosa, y aumentan los matrimonios en segundas nupcias, generalmente de hombres ancianos con mujeres jóvenes. La mortalidad femenina era altísima, sobre todo a causa de la maternidad, y los viejos con posibilidades económicas encontraron una salida a su situación que también beneficiaba las mujeres candidatas al casamiento (eran tiempos de pocas contemplaciones; lo que interesaba era garantizar el alimento y la seguridad).

En otras ocasiones fueron instituciones religiosas las que atendieron a los ancianos, sobre todo mujeres que, viejas, solas y pobres, representaban el estrato más bajo de la sociedad. Las cosas siguieron cambiando en la Edad Moderna (hablamos de Europa), pues el Renacimiento exaltó los valores de la juventud, que se intenta prolongar a través de la medicina, la magia, la alquimia, la religión y la filosofía.  

Se vuelve a tener una opinión negativa de la vejez, por lo menos en las obras escritas: Erasmo, inspirado en autores griegos y romanos, hizo una despiadada cita de la vejez en su obra “Elogio de la locura”, por más que se trata de un libro extraordinario en calidad, enalteciendo la ignorancia portadora de felicidad frente a los que saben, burlándose de filósofos, teólogos, gramáticos, alto clero, etc. Poco a poco se va haciendo más común la atención a la propia familia (sobre todo entre las clases pudientes), mientras que otros siguieron el camino del retiro monástico.


[i] “La vejez como enfermedad: un tópico acuñado en la Antigüedad clásica”.

[ii] Siglos V-IV a. C.

[iii] Mari Paz Martínez Ortega, María Luz Polo Luque y Beatriz Carrasco Fernández, “Visión histórica del concepto de vejez desde la Edad Media”.

[iv] Ver nota iii.

Ilustración en La Vanguardia: "Anciano" de Ulpiano Checa.

sábado, 29 de abril de 2023

Almohades y cristianos en Alarcos

 

                                           Morabetinos de época de Alfonso VIII de Castilla*

En el centro de la provincia de Ciudad Real se encuentra Poblete, que junto con el municipio de la capital conserva un yacimiento arqueológico excavado parcialmente. En la Edad Media Poblete fue una aldea dependiente del castillo de Alarcos y las excavaciones han dado muestras de poblamiento en la Edad del Bronce, en época ibérica y posteriores.

A finales del siglo XII tuvo lugar en Alarcos una batalla entre almohades y cristianos que fue favorable a los primeros, retrasando el avance conquistador del rey Alfonso VIII hacia el sur. El actual yacimiento arqueológico forma parte de una serie de fortalezas en las provincias de Ciudad Real y de Cuenca: El Cerro, Guadalerzas, Malagón, Caracuel, Mora, Oreja y Amasatrigo, tratándose en este último caso de una fortaleza casi irreconocible.

El protagonismo en el siglo XII correspondió a Calatrava la Vieja y a la Orden Militar del mismo nombre, que tuvo como principal misión defender de los almohades la plaza. También se han excavado en Alarcos tres necrópolis cristianas y otra musulmana que solo ha apuntado los primeros resultados.

En Alarcos quiso el rey Alfonso VIII construir una ciudad a partir de los materiales existentes de épocas anteriores, pero la obra quedó inconclusa: “A su grandiosidad agregó esfuerzo y construyó Alarcos”, dejó escrito Jiménez de Rada, pero ha quedado testimonio del acopio de piedras para construir la muralla, que encierra un recinto casi rectangular con varias torres de planta también rectangular y dos de ellas pentagonal en proa[i]. La muralla, de tres metros de anchura, tenía una fosa a partir de restos ibéricos. Dentro de la muralla el castillo, y en la fosa se ha encontrado el depósito de los restos humanos y animales sin mutilar, arrojados completos.

El número mínimo de individuos estudiados es 34, la mayoría de ellos masculinos con edades entre 14 y 34 años (aptos para la guerra), pocos niños y pocos adultos de más de 40 años. Las patologías que presentan están relacionadas con la batalla de Alarcos (1195), con mayor frecuencia en las extremidades inferiores, por lo que cabe deducir que se trataba de jinetes. Una vez que los cristianos fueron vencidos, el recinto amurallado de Alarcos fue ocupado por población almohade, de lo que nos ha quedado muestra en un arco de herradura y varias casas con tapial de tierra, tejados con teja y vegetación, que han podido ser excavadas, aunque falta por descubrir parte de las construcciones.

En cuanto al ajuar almohade, quizá se trate de lo más interesante desde un punto de vista artístico: cerámica común (jarras, ollas y botella panzudas con asas), una cantimplora, una cajita y un cántaro decorados con trazos rojizos, ataifores (una suerte de fuentes de uso doméstico) con escrituras árabes, en un caso con una estrella de color verde con las puntas en curva; cerámica vidriada en una de cuyas piezas se representa la mano de Dios con dos palomas (0,5 m. de diámietro), loza decorada geométricamente en el centro de las piezas, candiles o lucernas, una tinaja decorada en color verde en su mitad superior y un cubo de abluciones decorado con cuerda seca[ii].

Muchas de estas obras eran producciones locales, habiéndose encontrado también sellos con signos árabes y motivos geométricos para estampillar tinajas, cajas de hueso con pan de oro, yunques para afilar hoces, monedas de la época de Alfonso VIII (dos morabetinos de oro) y una flauta. En cuanto al cementerio almohade han aparecido dos tipos de tumbas: las piramidales y las que constan de un cipo[iii] en la cabecerea, siendo estas las más habituales y estando los enterrados de cúbito lateral derecho, como era común entre los musulmanes.


[i] También se observa esto en la fortaleza de Caracuel.

[ii] No es segura dicha utilidad. La técnica de la cuerda seca consiste en una decoración superficial con trazos muy marcados y definidos con apariencia de estar en relieve.

[iii] Pequeño pilar.

* Fotografía de We are numismatics.

martes, 18 de abril de 2023

Más sobre mozárabes

 

                                                                          El río Torío

Los investigadores continúan suministrando información y reflexiones sobre los mozárabes andalusíes durante la Edad Media, pudiendo verse aquí el resumen “Mozárabes” de la obra de Manuel Acién Almansa[i]. Muy atrás quedan las obras de Francisco Javier Simonet (1829-1897) con su “Historia de los mozárabes en España”, que fue contestada sobre todo por los arabistas de la mayo de Pascual de Gayangos y Arce (1809-1897) y la de Eduardo Saavedra Moragas (1829-1912), discípulo de Gayangos y que nos ha dejado varios estudios sobre la literatura aljamiada, inscripciones árabes, astrolabios árabes y su obra “La Geografía de España del Edrisí”. La historiografía española le debe mucho a Manuel Gómez-Moreno (1870-1970) y su catalogación de monumentos españoles.

Más recientes son los estudios de Giorgio Levi Della Vida (1886-1967), Pieter Sjoerd van Koningsveld, Pedro Chalmeta[ii], Darío Fernández Morera, María Rosa Menocal[iii], Maribel Fierro, Delfina Serrano y otros. Entre todos han contribuido al estudio no solo de las fuentes literarias que se conservan, sino las materiales que se han encontrado en excavaciones, tanto inscripciones como objetos figurativos.

Los mozárabes fueron vistos por los cristianos del norte como cristianos arabizados, y de hecho la palabra nace en al-Andalus de la mano de grupos dirigentes cristianos, pero cada vez parece más claro que no existió una identida mozárabe y –lo contrario- que los diversos grupos siguieron adaptaciones de diversa intensidad a la dinámica islámica en al-Andalus. Los cristianos en cada una de las localidades fueron asimilados por la cultura dominante en mayor o menor medida, hasta el extremo de que, llegando la mitad del siglo XII, no quedaba ningún obispado en al-Andalus.

Algunos indicios apuntan a que en la segunda mitad del siglo IX las estructuras eclesiásticas cristianas se habían derrumbado en al-Andalus, alineándose los obispos con el estado islámico, y ello es más notable en la Bética y en la región al Este de la misma hasta la ciudad de Cartagena. Córdoba, elegida pronto como centro político, floreció, pero durante los primeros taifas resurgieron otras ciudades que habían tenido importancia en época romana y goda: Sevilla, Toledo y Valencia, por poner tres ejemplos.

Comunidades mozárabes, no obstante, migraron hacia el norte cristiano, destacando ciertos espacios geográficos donde se asentaron: el más extenso es el que se extiende desde Tábara hasta Amaya pasando por Astorga; al noroeste la comaca que domina Samos (Lugo), y más al sur las de Ourense y Celanova, Lamego, Viseu y Coimbra; otra región importante de asentamiento mozárabe fue la que comprende Arlanza y Silos; más al norte Cardeña; al Este Albelda y Huesca, bien entendido que las áreas geográficas no se limitaron a las localidades citadas, sino que las rodearon en mayor o menor extensión.

La movilidad mozárabe alcanzó también territorios allende la península Ibérica, en territorio franco y en Italia, donde están documentados “hispani”. Manuscritos visigóticos en árabe y árabo-cristianos fuera de la península se han encontrado en Monte Casino y Cava dei Tirreni (en este caso cerca de Nápoles), en Cairuán, donde hubo una comunidad cristiana[iv], y en Fez, siendo una fuente extraordinaria el llamado “Evangelio de Fez”[v]. Otras fuentes que han sido consultadas son un “libro migrante” o manuscrito número 22 del Archivo de la catedral de León, y un texto del concilio de Córdoba de 839 llegado al monasterio de los santos Cosme y Damián de Abellar[vi], copiado en Córdoba a finales del siglo IX que hoy se encuentra en el Archivo de la catedral de León (manuscrito 15).

Según la idea dominante de que los mozárabes se sumieron en la cultura musulmana aunque mantuviesen su fe, se conoce una familia de médicos cristianos de Córdoba que adoptaron nombres árabes: los Banû Rûmân. Desde mediados del siglo IX hasta la segunda mitad del X diversos miembros de dicha familia ejerciron su profesión, y se conservan las cartas de un médico copto de Fustat[vii] a otro cordobés sobre el diagnóstico de varias enfermedades, particularmene mediante la observación de la orina (no se conservan las del cordobés al copto).

Todo parece indicar que los mozárabes que no migraron fueron insertándose en la cultura islámica, que era la dominante, e incluso debates teológicos de época abasí llegaron a Córdoba.


[i] “Consideraciones sobre los mozárabes de al-Andalus”.

[ii] Su aportación a temas medievales y andalusíes es muy amplia.

[iii] “Ornament of the word”.

[iv] Ha sido descubierta una inscripción cristiana datada en 1007.

[v] Se trata del Evangelio de Lucas tal y como ha sobrevivido en el manuscrito número 730 de la “Khizânat al-Qarawiyyîn” de Fez, correspondiente a los siglos X y XI. Ha sido estudiado por Juan Pedro Monferrer-Sala, “Una perla mozárabe…”.

[vi] En Canaleja de Torío, al norte de la ciudad de León.

[vii] A partir de la cual se creó El Cairo.