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martes, 1 de septiembre de 2020

Monjas, confesores y nobleza barroca

Convento de las Descalzas Reales en Madrid

Cuando una de las hijas del rey Felipe III de España, Mauricia, fue enviada a Francia después de contraer matrimonio en Burgos con el ausente rey Luis XIII, recibió instrucciones de su padre pidiéndole creyese en Dios, convertir a Francia e intentar “meter” la Inquisición en aquel reino, ser devota y tener rezo diario, tener “un rato a solas con Dios” y ser misericordiosa con los pobres, además de honrar a los religiosos y religiosas. Demasiado quizá para una niña de catorce años.

Felipe III además, hacía hincapié en lo cuidadosa que debía ser en la elección de sus lecturas, que debían ser supervisadas por su confesor. En España –dice Karen María Vilacoba[i]- se prohibieron muchos libros porque se veía en ellos un peligro para la fe, y de la siguiente manera se expresaba el monarca en esta materia: Si os dieren algunos libros no usareis dellos sin hazellos reconocer a Vuestro Confesor y limosnero mayor, porque por esta vía se suelen meter las cosas que no convienen, y este mismo cuidado haréis tengan todos vuestros criados.

El rey también le encomendaba que después de Dios, era su deber amar a su marido y a la reina madre. En una corte como la francesa –dice la autora citada- donde se tenían especiales esparcimientos, el rey recelaba en cierta manera de que su hija pudiera caer en esos excesos, por lo que le escribía: No seáis amiga de novedades ni entretenimientos demasiados, no juguéis nunca a los Naipes si no fuere para entretener a Vuestro Marido o Suegra o para entreteneros con Vuestras criadas, que esto sea con la moderación que es justo.

La joven Mauricia había nacido en Valladolid en 1601, siendo heredera de los tronos de España y Portugal, aunque como es sabido nunca ocupó trono alguno si no es por la vía consorte, siendo uno de sus hijos Luis XIV de Francia. Su matrimonio con Luis XIII fue resultado de un acuerdo ajeno a su voluntad. Por los intereses dinásticos, Isabel, hermana del rey francés, se casó en Burdeos con el entonces infante Felipe, que en 1621 se convertiría en rey de España (IV de éste nombre).

Todos estos cuidados externos no tienen nada que ver con la costumbre de hacer ingresar en un convento a las hijas tenidas por ilegítimas, como son los casos de las del cardenal-infante[ii] y de Juan José de Austria[iii]. La hija del cardenal-infante, que fue ingresada en el convento de las Descalzas Reales a la edad de cinco años, fue protegida de la abadesa Ana Dorotea, estando el rey Felipe IV, al parecer, muy preocupado por su formación espiritual. Ana Margarita, hija del citado rey, también profesó como monja y fue priora del Real Monasterio de la Encarnación.

Tanto en la Corte como en los conventos había confesores que, para los varones, se preferían de la orden dominica, mientras para las mujeres de la franciscana. Estos confesores debían tener en cuenta si el confesado era conquistador o militar, pues en ello debía prever las injusticias que habrían cometido durante las guerras; si se tratase de señores, qué comportamiento habrían tenido con sus vasallos, pues se supone que habrían abusado poniendo tributos abusivos y haciéndoles trabajar en sus heredades; si se trata de clérigos habrá que preguntarles por el ejercicio que les está encomendado, si visten o no hábito, si han rezado las horas o no, si tienen convivencia con mujeres, si tienen o no los cálices y corporales limpios y en orden, etc. Con esto tenemos una buena muestra del comportamiento de unos y otros en los siglos del barroco, aunque podríamos extenderlo a los anteriores y posteriores.

Las monjas de un convento como el de las Descalzas Reales llevaban una vida austera con algunas excepciones, pues contaban con personal laico que se ocupaba de ciertas obligaciones. En las mesas para el almuerzo se sentaban las oficialas, refitoleras (que cuidan del refectorio) y cocineras. Los lugares preferentes eran ocupados por la abadesa, a su derecha la vicaria y después tres religiosas que servían en el torno; a la izquierda de la abadesa se sentaba la hebdomadaria (que oficiaba en el coro por una semana) y algunas de las monjas más antiguas.

Los alimentos más comunes eran legumbres guisadas con sal y aceite, huevos y alguna fruta de la huerta; ninguna podía beber vino salvo que fuese necesario por razones de salud. Las monjas dormían todas juntas o en celdas individuales (según se tratase del día o de la noche) sobre jergones de paja, vestidas y tocadas. Las celdas eran sencillas, sin arca donde guardar algo, solo un hueco hecho en la pared; las monjas tenían tres pares de velos blancos, algún lienzo, servilletas y los dos hábitos (para invierno y verano). Con licencia, alguna monja podía usar colchones y sábanas, lo que quiere decir que el espíritu de la fundadora, en el siglo XIII, se mantenía. Pero no pocas veces, sobre todo cuando el rey visitaba el convento, personajes de la Corte y otros acompañantes permanecían varias horas en la zona de clausura, lo que fue corregido, con más o menos éxito, por algunas autoridades religiosas.

La obra de Karen María Vilacoba permite hacernos una idea de la mentalidad entre ciertas clases sociales durante los siglos del barroco, pues la gente vulgar tenía unos comportamientos mucho más comunes y pegados a la realidad. 



[i][i] “El monasterio de las Descalzas Reales y sus confesores en la Edad Moderna”.
[ii] Fernando de Austria, hijo de Felipe III, gobernador de Milán y los Países Bajos españoles, virrey de Cataluña y militar.
[iii] Hijo de Felipe IV y notable militar.

domingo, 23 de agosto de 2020

El matrimonio indígena en la antigua diócesis de Tucumán

 


José M. Arancibia ha publicado un trabajo sobre el tratamiento del matrimonio en los sínodos durante el mandato del obispo Trejo, en la diócesis de Tucumán. Se trata de tres sínodos celebrados en 1597, 1606 y 1607.

Hernando de Trejo había nacido en San Francisco de Ybiazá, en la costa sureste de Brasil a mediados del siglo XVI, muriendo en Tucumán en 1616. Los problemas tratados en los sínodos convocados por el obispo Trejo fueron muchos, dándose el acuerdo en el de 1606 de trasladar la sede diocesana de Santiago del Estero a Córdoba.

José M. Arancibia señala que en Indias se presentaba un panorama, en relación al matrimonio, muy laxo a los ojos de un clérigo o un europeo. España encontró en América –dice- una realidad humana completamente nueva: un conjunto de pueblos con costumbres muy diferentes a las europeas; naciones paganas para el catolicismo, pero los conquistadores también se encontraron en una situación nueva, lejos de su hogar, en medio de gente extraña, rodeados de peligros y necesidades, movidos por distintas razones.

Se dieron desde la Corte o por las autoridades en Indias muchas ordenanzas, células, leyes e instrucciones de los gobernadores, pero los pueblos de América meridional eran muy numerosos y sus costumbres diferentes entre sí. Respecto de los matrimonios indígenas se planteó la validez de los mismos, reconociéndose su valor mientras respetasen los principios de la ley natural interpretada al modo europeo. Por ello, si bien el matrimonio entre infieles podía ser considerado válido, no siempre vivían los indios de acuerdo con los principios de la Iglesia, y por este motivo los autores contemporáneos hablan frecuentemente de “amancebamiento”.

En ocasiones las uniones matrimoniales no contaban con el consentimiento de los cónyuges (uno o los dos) y en otras no se aceptaba la indisolubilidad de la unión. De todas formas es conveniente apuntar que entre los incas era reconocida la estabilidad de la unión conyugal. Otras veces se alude a uniones sucesivas, hechas por la iniciativa de los indios varones que, peregrinando de un pueblo a otro, contraían nuevas nupcias. Y también se cita entre los autores de la época la poligamia, que más bien se daba entre jefes, caciques e indios principales, quienes tenían mancebas además de la esposa legítima. De los incas se dice que eran monógamos excepto los caciques y aquellos a quienes estos se lo concedían como premio.

Las uniones indígenas solían ser además, incestuosas, por lo que la Iglesia habla de falta de respeto a la ley natural, pues los indios buscaban esposa dentro del propio clan o ayllo (comunidad extensa). Se daba también el amancebamiento entre solteros como preparación para el matrimonio, pues se tenía como una deshonra llegar virgen al mismo; para las esposas se pensaba que debían probar primero sus condiciones como concubinas. Entre los indios se daba también el estupro, la sodomía y el adulterio (el primero y el último, sobre todo, no desconocidos para los europeos).

Los calchaquíes, que habitaban el norte de lo que hoy es Argentina, se casaban tarde y admitían la poligamia, aunque era practicada solo por los caciques. Vilelas[i] y chunupíes[ii] admitían un solo matrimonio y lo consideraban indisoluble; los lules[iii] se casaban también muy tarde después de una vida sexual muy libre… Los misioneros católicos que intentaron adoctrinar a estos indios comprobaron que no entendían de consanguinidad, afinidad y vínculo, de forma que establecieron las velaciones y las moniciones canónicas que la Iglesia imponía.

El autor al que sigo señala que algunos españoles habían viajado a Indias con una mujer distinta a la suya, haciéndola pasar por la legítima; otros se amancebaron con indias con su consentimiento o sin él; en ocasiones las indígenas seguían de buen grado al conquistador que las había ganado mediante afectos. Por ello existieron leyes que prohibieron a las mujeres ir a Indias[iv] a no ser que probasen estar casadas con los que las acompañaban, mientras que de los encomenderos se decía que “han de ser casados y vivir con su mujer”.

Algunas fuentes hablan de que entre los incas, algunos caciques, curacas e indios principales imponían a su arbitrio mujer a los indios, con la intención de conservar el clan. De otro grupo se dice que los indios necesitaban licencia para casarse, por lo que la Iglesia estableció que los caciques estuviesen presentes en la información para hacerles sentir participes del casamiento. En cuanto a los españoles, la autoridad de los amos, señores y encomenderos hizo que en los años sesenta del siglo XVI la Iglesia les ordenase no poner impedimento a los matrimonios que deseaban los indios yanaconas (esclavos de la nobleza), lo que los encomenderos hacían por temor a que huyesen una vez habían contraído matrimonio con mujeres libres.

En el derecho de guerra americano los indios encomendados eran considerados esclavos cuando se rebelaban, y aunque las leyes españolas lo condenaban, lo cierto es que de hecho se dada esta situación. En 1530 el rey prohibió éste tipo de cautiverios, lo autorizó en 1534 y lo volvió a prohibir en 1542, aunque muchos hicieron caso omiso. Los jesuitas mencionan matrimonios que tuvieron que anular porque habían sido hechos a la fuerza, y en ocasiones de modo atroz. Si un indio se casaba con una india de otra encomienda el patrón corría el riesgo de perderlo, por lo que en ocasiones los forzaban y castigaban corporalmente. Esto hizo que no pocos indios huyesen a los montes.

En otras ocasiones los indios eran casados siendo niños, a fin de que el matrimonio les sujetase al amo correspondiente, lo que la Iglesia castigó con la excomunión, al menos en teoría. Otro de los problemas era la prohibición de la cohabitación de los cónyuges, ya para que las indias pasasen la noche en las habitaciones de las mujeres europeas a fin de asistirlas o por otros motivos, por ejemplo, largas temporadas viajando los varones en misiones comerciales. De esta forma no tenían tiempo de servir a sus maridos, por lo que tendieron a huir de sus casas; esto cuando no decidían –unos y otras- ahorcarse en los caminos, desesperados por verse apartados de sus cónyuges. La Iglesia también penó estos abusos mediante jueces eclesiásticos.

Los sínodos de Tucumán, durante el pontificado del obispo Trejo, vinieron a combatir estas prácticas, al tiempo que se forzaba e inclinaba a los indígenas a contraer matrimonio de acuerdo con los cánones de la Iglesia. En el siglo XVIII, en las zonas ampliamente colonizadas, el problema estaba resuelto a favor de la Iglesia, pero aún quedaban otras zonas donde el conquistador no pudo impedir la libertad de los indios.


[i] En el norte de la actual Argentina.
[ii] En el actual Paraguay y noreste de Argentina.
[iii] Vecinos de los vilelas.
[iv] Ver aquí mismo “Los ‘casados de ultramar’”.

jueves, 26 de diciembre de 2019

Mujer y guerra

https://www.muyhistoria.es/h-moderna/reportaje/las-
mujeres-durante-la-revolucion-francesa-221559128015

Una tesis doctoral ha venido a informarnos sobre la participación de la mujer en la guerra[i]. Ya en el siglo XVII dijo Arthur Raleigh que “se ha olvidado a las mujeres” y que “en las guerras también hay mujeres”.

La difusión de los estudios de género ha permitido aprovechar la abundante documentación sobre la participación de las mujeres en la guerra desde la segunda mitad del siglo XIX, pero antes, dicha documentación es relativamente escasa. En 1989 se reunió en Toulouse un congreso de historiadores para hablar sobre el tema “las mujeres de la Revolución Francesa” y, a partir de ese momento, ha ocupado mucho más a los investigadores este tema.

La mujer ha participado en batallas y lo ha hecho, en ocasiones, disfrazada de hombre, ha participado en las comunidades de campaña en funciones no militares, pues los ejércitos necesitaban a las mujeres para coser y lavar, por ejemplo, pero también en acciones de saqueo, y ha habido mujeres que nos han dejado memorias sobre su participación en la guerra.

Por tanto es conveniente tener en cuenta el papel de la mujer en labores de mantenimiento, aunque en la sociedad del Antiguo Régimen, guerra y uso de armas estuvieron relacionados con la nobleza y la masculinidad, pero lo cierto es que ha habido mujeres que manifestaron su atracción por el mundo militar. Madame de la Guette, en el siglo XVII, escribió unas memorias donde explica que se casó contra la voluntad de su padre y dice a un oficial del ejército su admiración por la milicia.

Francia fue un caso aparte no excluyendo tanto a las mujeres del ejército, que participaron en las guerras de la Fronda y en la Revolución Francesa, pues en dicho país se había aceptado la idea de la colaboración femenina para proteger plazas asediadas, reparación de las murallas, arengar a los combatientes… aunque se consideraba indecoroso ver a una mujer vestida como soldado.

La mayor parte de los estudios que se han hecho sobre la mujer y la guerra se han relacionado con el surgimiento de los partidos políticos, donde había mujeres; en todo caso la mujer se fue incorporando al ejército progresivamente, dedicándose a la defensa de una plaza, al espionaje, el apoyo a las víctimas o a la construcción de sistemas defensivos.

Las mujeres en los ejércitos fueron esenciales hasta mediados del siglo XVII, cuando amplios grupos de aquellas acompañaban a los soldados en los campos de batalla. También formaron parte de la economía de guerra, orientada al pillaje y al saqueo. En la segunda mitad del siglo citado la situación cambia y las mujeres disminuyen en número en los ejércitos, de acuerdo con la milicia de conscriptos. En el ejército británico se llegó a establecer que solo debía haber seis mujeres por cada cien hombres.

Las tropas solían contar con grupos de mujeres soldados, la mayor parte de ellas alistadas siendo muy jóvenes o haciéndose pasar por hombres; algunas eran hijas de soldados que siguieron el ejemplo de sus padres; otras eran huérfanas o pertenecían a familias desestructuradas. En abril de 1793, en el contexto de la Revolución Francesa, el gobierno de la Convención estableció la prohibición de mujeres en el ejército que no desempeñasen un trabajo útil, con excepción de las cantineras y las lavanderas, pero la realidad fue muy distinta porque tal disposición no se cumplió, de forma que muchas mujeres continuaron luchando durante un tiempo.

Es el caso de Thérèse Figueur, conocida como madame Sans Gêne o Angelique Duchemin, que vivió muchos años y había perdido a su padre (no conoció a su madre) a los nueve años. Otras abandonaron el ejército por haber sido mutiladas, heridas o por simple fatiga; en el caso del conflicto de la Vendée (oeste de Francia) en el contexto de la Revolución Francesa, tanto el ejército monárquico como el republicano contaron con mujeres, y los hombres se hacían acompañar de mujeres, ancianos y niños. Un caso célebre es el de René Bordereau, que también combatió en la guerra vendeana al lado de los católicos realistas; arrestada en 1809, sufrió prisión hasta que se le condecoró cuando se restableció la monarquía borbónica (1815). La marquesa de La Rochejaquelein[ii] la recuerda, junto a otras, ante la amenaza de los generales de que despedazarían a cualquier mujer que se vistiese como soldado.

Con el paso del tiempo se eligió a un número restringido de mujeres para acompañar a las tropas en campaña, donde ejercieron como combatientes, suministrando alimentos como cantineras y cocineras, haciendo trabajos de lavandería, confección y reparación de vestimenta, como abastecedoras de carne y frutas (en contacto con el mundo rural), aprovisionaron de material bélico interviniendo en el mercado al por menor, se dedicaron al saqueo y al pillaje, asistieron a los heridos y despojaron cadáveres para preservar la salud de las tropas. Sirvieron como distracción de los soldados, actividad que estuvo relacionada con las prácticas sexuales toleradas, cuando los soldados no se hacían acompañar por sus esposas; también aportaron apoyo moral, pues la presencia de mujeres animaba al combate, estas ocuparon zonas fronterizas y preservaron la práctica religiosa: ocultaron a sacerdotes perseguidos, etc. Las mujeres también se ocuparon del transporte de material pesado, de la sanidad militar y del avituallamiento.

La mujer, en otro orden de cosas, sufrió violencia más allá de la propia de la guerra: el autor al que sigo dice que el desarrollo de la Revolución Francesa trajo consigo un deterioro en las relaciones entre hombres y mujeres por dos motivos principales. Las mujeres no recibían casi ninguna ventaja política y quedaban relegadas a su ancestral esfera privada; por otro lado, la competencia de poderes en sus diversos ámbitos espaciales (central y local) liberó agresividad contra las mujeres, y permitió que las que habitaban zonas menos controladas, quedasen sometidas a los abusos de las autoridades civiles y militares.

El abandono temporal o definitivo del hogar, por parte de los hombres, dejó expuesta a la mujer civil a las amenazas propias de la guerra, cuyas principales concreciones fueron la violación, el reclutamiento forzoso, el trabajo bajo amenaza y el uso de la mujer como botín de guerra. Para las mujeres que acompañaron a las tropas o vivieron en zonas próximas a los conflictos armados, la violencia se convirtió en un elemento cotidiano. Sobre la marcha, en el campamento o durante la lucha, la vida en campaña se planteó para las mujeres en términos de permanente peligrosidad; tuvieron que endurecerse pues el nivel de violencia fue siempre mayor contra ellas.

En cuanto a la modificación de los roles masculinos y femeninos en períodos de guerra, los estudios que se han hecho muestran “que hombres y mujeres viven durante un conflicto bélico experiencias diferentes y no sincrónicas; que los roles femeninos permanecen siempre subordinados a los masculinos; que las identidades sexuales se descompensan y que la posguerra pretende una difícil restauración de las antiguas relaciones entre hombres y mujeres. Hacer la paz, supone también reconstruir un equilibrio amenazado”.


[i] “La percepción femenina de las guerras de la Vendée a través de las ‘Mémoires Historiques’”, José Antonio Feliz Barrio.
[ii] Noble francesa que escribió unas memorias desde el punto de vista de los contrarios a la Revolución, vendeanos.

sábado, 20 de julio de 2019

"Había logrado quitarme mi onor con título de casamiento"

"Mujeres en la ventana" (Bartolomé E. Murillo, 1675)

Basándose en la documentación existente sobre el Tribunal del Bureo, la profesora María Dolores Madrid Cruz[i] ha estudiado veinticinco expedientes que abarcan desde el año 1661 hasta 1835. Dicho Tribunal tenía una jurisdicción privilegiada y se ocupaba de los procesos del personal que trabajaba en el palacio real, comprendiendo soldados, palafraneros, proveedores de las mercancías al palacio y los delitos que se cometieran en él aunque los acusados no fueran servidores del mismo, en el que se incluían la plaza o el lugar donde el rey se encontrase.

Una evidencia que la autora señala es la relación existente entre ley y moral, ley y contexto social, y el peso que ejercía en las conciencias la idea de virtud y honradez. En un primer momento se estudian los cambios habidos entre los siglos XVII y XVIII y luego en lo previsto para los delitos de estupro y violación en el Código de 1822, aunque de acuerdo con esta legislación solo hubo una persona procesada, en 1823.

El discurso que mantienen los sujetos protagonistas de los procesos, víctimas, culpables, familiares, testigos, médicos y jueces –dice la autora- son parte importante en la investigación, considerándose en la época dichos delitos no en cuanto falta o crimen, sino en cuanto a la lujuria y el pecado. Las sentencias en estos procesos son dispares, por lo que teoría y práctica legal discurrían por caminos diferentes, al parecer. Los jueces, a la hora de valorar el hecho no lo hacían basándose en el acto delictivo en sí mismo, sino en el comportamiento femenino. Se transforman en verdaderos valores a defender la castidad y honestidad de la víctima, así como la intervención de la promesa matrimonial como mera excusa para el logro de la relación carnal.

El matrimonio era un anhelo para la mujer de entonces, por lo que los varones podrían incurrir en la promesa de matrimonio con la intención de engañar y conseguir sus objetivos. Luego se estudia que en buena parte de los casos hubo violencia, pero todos menos dos fueron sustanciados como estupro, por lo que la autora se pregunta si la mujer transformaba, por conveniencia social, la agresión física en seducción.

Había logrado quitarme mi onor con título de casamiento; esta es la expresión más reiterada que pronunciaban las mujeres en los casos de estupro. El honor, la honra, en primer lugar, y son los testimonios de los vecinos los que destacan las virtudes y tachas de la mujer. El engaño es inherente al estupro; honor y engaño pues, son elementos que destacan en aquellos procesos, pero solo de las mujeres honestas cabe hablar de estupro, pues la más mínima muestra de ligereza se entendería como consentimiento de la mujer, no habría sido engañada.

Algunos autores de la época hablan del diferente estado civil de la víctima en uno y otro caso, pues si la mujer era casada y es seducida, más que el engaño del varón, lo que contaba era el consentimiento de la mujer. Otros señalan en el delito de estupro la virginidad de la víctima, pero siempre tenía que preceder al acto carnal la seducción y desembocar en el desahogo de la lujuria.

La mujer era la depositaria del honor familiar, por lo que debía evitar la ociosidad que la llevaría, sobre todo si era de mediana o alta fortuna, a emplearse “en el tocador horas enteras; indagando quantos generos de puro laxo excitan sus afanes; y distrayendo con el mal ejemplo á las hijas y criadas de la vigilancia, y cuidado, que debían tener sobre los objetos de sus obligaciones”. A la mujer se le prohibían los cargos y empleos públicos, aunque no que se graduasen, “y sí por evitar comprometer su honor, y decoro de la libre comunicación con tantos hombres, no obstante ser más astutas y sagaces, que estos…”.

La fama del marido se podía ver afectada negativamente por las conductas de la mujer, hijas o hermanas, por lo que al padre o esposo correspondía guardar la honra de la hija o esposa. Hasta tal punto esto era así que el hombre tenía reconocido un conjunto de medidas vengadoras, para algunas de las cuales estaba exento de sanción penal. Sirvan las palabras en “Guzmán de Alfarache” de ejemplo:  la honra es hija de la virtud, y tanto que uno fuere virtuoso será honrado… Solo podrá la mujer propia quitármela, conforme a la opinión de España, quitándosela a sí misma… Honor y honra son lo mismo pero estas expresiones, en los procesos estudiados, solo se predican del género femenino, pues la honra, en el caso de las mujeres, deriva de su sexo.

Los delitos de estupro y violación no son solo transgresiones sobre las personas, sino sobre el honor, estimando la “flaqueza mugeril” la causa de que una mujer pase de ser honesta a deshonesta. La honra masculina dependía de la debilidad de la mujer, que arranca del matrimonio por rapto, pasando por la potestad del marido en el sentido de pertenencia.

Los cambios jurídicos introducidos en las Cortes de Cádiz no supusieron nada positivo para la mujer, pero se tendió a abarcar a un número mayor de mujeres objeto del delito de estupro. La mujer era despojada de una cualidad en extremo importante para la vida futura, de ahí que los expedientes tiendan a exponer con detalle la base de su defensa: “se la ha educado con toda christiandad procurando el que siempre aya vivido y viva con honestidad y recato que corresponde a su estado…”. Mientras tanto, los procuradores intentaban presentar a las mujeres como frívolas e inmorales, utilizando adjetivos como “mujer publica”, “mundana” o expresiones como “no guardaba su estado” o “vida licenciosa y desembuelta” con el fin de desacreditarlas.

Cuando el deshonor ocurría se intentaba buscar acomodos, componendas entre la familia de la víctima y el estuprador como modo de reparar la honra, evitar la justicia y sobre todo impedir que el desdoro se hiciera público. El concierto se intentaba incluso en los primeros años del siglo XIX a instancias del padre de la víctima. La autora solo ha encontrado constancia de estos tratos en dos expedientes, uno fechado en 1788, donde el cuñado de la víctima es quien intenta el acuerdo, y otro de 1800, cuya reclamación encabeza el padre, siendo así que en ambos casos las víctimas se encontraban embarazadas. En algunas demandas el motivo era el desacuerdo en la cantidad monetaria que debía servir como dote, o porque las circunstancias del estuprador, casado, impedían el matrimonio, promesa del cual era el engaño más corriente y típico.

En cuanto a las penas que se imponían a los estupradores, la autora constata las siguientes: cuatro años de destierro más costas (1661), aunque en este caso el acusado fue absuelto en apelación; absolución (en varios casos), allanamiento[ii] (1765), apercibimiento (1765), sin sentencia (en varios casos); casarse o destierro de cuatro años para ella y un año de trabajos en el Camino Imperial para él (1789); casarse o el pago de cien ducados más las costas (1801); cien ducados más costas (1807); casarse o dos mil ducados y seis reales diarios para la prole, más su reconocimiento y costas (1817); cuatro años de prisión en el castillo de Peñíscola y dos mil ducados en concepto de dote (1819); trescientos ducados en razón de dote más seis reales diarios como gastos de manutención más las costas (1835).

En cuanto a las violaciones, las edades de las víctimas en algunos casos estudiados (diez y quince años), la denuncia partió de los padres de estas, alertados por las señales externas y físicas que delataban la agresión que habían sufrido, pero el forzamiento apenas se menciona, desplazado por el ahínco en defender la moralidad de la víctima. En 1661, en un caso de violación sin testigos, las cinco declaraciones que se hacen sobre la víctima solo sirven para manifestar y asegurar las cualidades de la niña, no se alude a determinadas circunstancias como el miedo…



[i] “El arte de la seducción engañosa…”. En esta obra está basado el presente resumen.
[ii] Vencimiento del asunto.

lunes, 20 de mayo de 2019

Mujeres de la revolución soviética



La movilización de mujeres durante la revolución rusa de 1917 fue importante para caldear el ambiente, pero algunas de ellas tuvieron una cierta importancia por tratarse de luchadoras a favor de la mujer como tal, de la educación, o de la revisión del concepto de familia tradicional. Inessa Armand (Elisabeth Setéphane de Herbenville) hació en París en 1874 y murió en Beslán (Osetia del Norte) en 1920. Su familia era de religión judía y ella se casó con el heredero de una boyante industria textil rusa. Desde 1908 mantuvo correspondencia con Lenin, de cual quizá fue amante, contrayendo el cólera en el Cáucaso, falleció a la edad de 46 años.

Quizá se puede decir que la revolución soviética fue pionera en tomar conciencia de la condición de la mujer, habiendo sido Armand jefa de Jenotdel, la organización que reclamaba la igualdad de sexos en el Partido Comunista. Ella misma consideró que la maternidad era una pesada cruz insoportable para la mujer. Inauguró una escuela para niños campesinos cerca de Moscú y promovió una organización caritativa para mujeres prostitutas. Colaboró con Lenin en la propaganda antibelicista durante la primera guerra mundial y criticó la llamada “cocina casera”: para las mujeres –dijo- “y en especial para las obreras [era] un castigo insoportable que les consume todo el tiempo libre, las priva de la posibilidad de ir a las reuniones, de leer y de tomar parte en la lucha de clases”. No se planteó que las labores domésticas debían ser compartidas entre los dos cónyuges, sino que las consideraba un baldón del que debían ser liberadas por el Estado.

No pudo ver que los dirigentes del régimen comunista soviético fueron varones de forma abrumadora, por lo que “la vieja servidumbre familiar” no se superó con el nuevo régimen. Su exigencia de que la educación y el cuidado de los hijos debían ser cosa del Estado no se dio plenamente y, en todo caso, la revolución feminista con la que soñó no se dio en la Unión Soviética.

Aleksandra Kollontai, por su parte, fue embajadora en Noruega, Suecia y México, la primera vez en el mundo que una mujer desempeñaba una función como esta. De familia acomodada, su madre, sin embargo, pertenecía a una familia que había acumulado fortuna con la industria de la madera. Aleksnadra fue a estudiar a Suiza y se unió a las filas revolucionarias en 1905; luego destacó como escritora sobre temas de la mujer, la lucha de clases, la sexualidad y otros. “Para llegar a ser verdaderamente libre –escribió- la mujer debe desprenderse de las cadenas que la arroja encima la forma actual, trasnochada y opresiva, de la familia”, pero sabemos que en la Unión Soviética el modelo tradicional familiar continuó sin cambios. Fue partidaria de hacer desaparecer el matrimonio, pero fue consciente de que otras fórmulas de unión familiar eran utópicas. Aunque relacionó la libertad sexual con el sistema capitalista, como sabemos, aquella se venido imponiendo en sociedades capitalistas, y su idea de que la familia era consecuencia “del monstruoso sistema capitalista”, sabemos que aquella existió siempre, ya fuese en su forma patriarcal o nuclear, en todos los tiempos.

Junto con Inessa Armand creó el Jenotdel, un departamento de mujeres trabajadoras y campesinas del Partido Bolchevique. Se trataba de centrarse en los problemas de la mujer, que entonces iban mucho más allá de lo que hoy tenemos por tales: en 1925, en Azerbaiyán y los territorios del Asia central, más de treinta mujeres activistas perdieron la vida, víctimas de una sociedad anclara en el pasado. Este organismo también combatió los altos índices de analfabetismo, habiendo regiones donde el porcentaje de mujeres que sabían leer y escribir no superaba el 2%. Las revistas, los folletos, las poblaciones de todo tipo, trataban de superar la postración de la mujer, pero chocaban con una población que veía aquellas novedades como impropias, además de que dichas publicaciones pretendían un adoctrinamiento dirigido. Pero sí fue útil la construcción de guarderías, casas infantiles y comedores públicos.

Nadiezhda Krúpskaya destacó por su labor educativa creando las primeras bibliotecas públicas. De origen humilde, en 1894 se unió al Grupo para la Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera, donde conoció a Lenin, su futuro esposo. Detenidos ambos, parece que tuvieron la oportunidad de elegir Siberia como destino, la aldea de Shúshenskoye (Minusinsk), pero ella y Lenin fueron obligados a casarse por el rito religioso.

Allí trabajó para Iskra, el periódico de los socialistas rusos emigrados fundado en Leipzig. Tras el triunfo de la revolución, ocupó importantes puestos en el Ministerio de Educación, donde combatió el tipo de educación que había conocido, compitiendo por tener éxito y superar al otro, por eso critica el sistema de “alabanzas y reprobaciones, notas, premios y castigos”, sostiene que la religión “arranca al hombre de la sociedad”. En realidad se trata de pensamientos muy generales y adaptados a lo que se exigía de una revolucionaria comunista, pero no tiene en cuenta el papel histórico que la religión ha jugado en el mundo, aún antes de que existiesen iglesias de cada una de aquellas.

Valoró el papel que debía realizar el Komsomol con la juventud, pero en realidad este organismo no hizo otra cosa sino adoctrinar críticamente a los jóvenes. No le vendría mal al Konsomol aprender psicología, dijo, como hacen los sacerdotes católicos, con el objeto de que “las escuelas fabriles y de los poblados obreros… los niños y los adolescentes viven las inquietudes de las masas obreras”. Considerar al obrero en la fábrica capitalista como un eslabón de una cadena no evitó que, igualmente, así fuese en la práctica del nuevo estado comunista.

Julia Alexandrovna Kostenko, en 2006, publicó un estudio en el que detectó dos fenómenos: la formulación de un nuevo canon de feminidad y la superación de la idea tradicional de familia, pero la misma autora considera que sigue faltando “un estudio detallado de la actividad de los departamentos de la mujer… Fuera del foco de atención de los investigadores quedan una serie de problemas relacionados con la formación de la nueva identidad de la mujer soviética”[i].


[i] El presente resumen se basa en el trabajo de Dimitrina Jivkova Semova.

jueves, 28 de marzo de 2019

Heredar y pelearse (Aragón en el s. XVIII)

Plaza del mercado de Uncastillo
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Como señalan Encarna Jarque y José Alfaro, los conflictos familiares han existido siempre y han revestido múltiples formas. En un trabajo del que son autores[i] ponen de manifiesto las diversas violencias y conflictos familiares en el Aragón del siglo XVIII. En los primeros momentos –dicen- la atención estuvo centrada en las estrategias de reproducción, pero hoy sabemos de los distintos tipos de violencias y coerciones sobre la mujer.

En general, los conflictos familiares siguieron derroteros distintos: en ocasiones mediante la violencia más irracional[ii], otras veces mediante el arbitraje de terceros y, en tercer lugar, recurriendo a los tribunales, tanto civiles como religiosos. Los autores citados señalan que la viudedad de la mujer estuvo amparada, en Aragón y Navarra, por una mayor protección que en otras partes gracias a las legislaciones forales de dichos territorios, pero también se observan diferencias entre el mundo rural y el urbano, donde las más de las veces la viudedad femenina iba unida a la estrechez económica. En todo caso el papel secundario de la mujer ya había sido establecido por los tratadistas de la familia cristiana, como es el caso de A. Arbiol[iii].

El estudio de Jarque y Alfaro señala que, durante la guerra de sucesión a la Corona de España, Aragón perdió en 1711 sus instituciones particulares, pero recuperaría más tarde su derecho privado, que apenas había experimentado modificaciones desde la baja Edad Media. En esta legislación había algunas discriminaciones positivas para la mujer, como tener compasión “del linaje femenil” y que no pudiese ser detenida. Otro fuero dispensaba a las mujeres llamadas a declarar como testigos en los juicios sin la obligación de decir la verdad, pero en ocasiones la mujer era maltratada en el seno familiar. El citado Arbiol señaló en su obra que el hombre debía comportarse con dignidad ante la “natural imbecilidad y flaqueza” de la mujer, llegando a justificar los malos tratos. Esta actitud fue compartida por las autoridades, que eran cómplices, y muestra de ello es la instrucción dada a los corregidores en 1788 para que no actuaran en situaciones que se dieran puertas adentro de las familias. Las mujeres, en el caso de Castilla, llegaron a protestar por la situación que padecían[iv].

Las tensiones solían aflorar en dos ocasiones: en lo tocante a la autoridad de los padres sobre los hijos y en la transmisión de bienes. En relación a esto último, los padres aragoneses, al igual que los navarros, disponían con total libertad de sus bienes, mientras que en el resto de los territorios peninsulares los padres tenían que reservar una parte significativa de su patrimonio para repartirla igualitariamente entre todos sus hijos. En Aragón las áreas de predominio de heredero único eran los valles pirenaicos, Somontano, Monegros y valle del Cinca, así como las comarcas de Matarraña y Guadalope. En el resto del territorio predominaba el reparto igualitario, aunque se daban múltiples variantes, una de las cuales dejar la herencia al cónyuge supérstite, que era el encargado de repartir la herencia; en ocasiones esta se destinaba a la salvación del alma.

La desigualdad de trato que recibían los hermanos a la hora de heredar fue el origen de muchos conflictos, así como la ausencia de testamento, y en ocasiones los padres dejaban el reparto de los bienes en manos de terceros (con frecuencia un clérigo), como es el caso del Somontano oscense, dándose también el pacto amistoso entre los hermanos.

En capitulaciones matrimoniales también hubo desavenencias entre los padres, el hijo y la nuera, resultando en ocasiones que la convivencia bajo un mismo techo resultara imposible. En este caso se recurría a “quatro hombres parientes más cercanos”, eligiendo cada una de las partes en litigio a dos, “y estar a todo” lo que dichos cuatro hombres decidieran “y no a otra cosa”. El número de pleitos es muy superior en la ciudad de Zaragoza por razón de su mayor número de habitantes, seguida de Huesca, pero los datos que aportan los historiadores citados muestran un reparto por casi todo el territorio aragonés.

La causa más frecuente de conflicto entre esposos fueron los malos tratos que denunciaba la esposa, “haciendo caso omiso a los consejos de la iglesia (sic) o a las recomendaciones del Consejo de Castilla de dejar las diferencias familiares (…) dentro de casa”. Las mujeres en esta situación solicitaban la separación a los tribunales eclesiásticos y civiles. En una ocasión citada por los autores a quienes sigo, se convenció a la mujer para que volviese con su marido, pero en otras el tribunal eclesiástico debió de ver tan grave el maltrato que aprobó la separación. En Zaragoza se dio un caso de dilapidación del patrimonio familiar por la afición al juego del esposo, lo que llevó a esta a solicitar la separación, sufriendo por ello amenazas de ser “arrojada por las escaleras”. La decisión del tribunal eclesiástico fue conminar al marido a mantener el respeto a su mujer e instar a esta a continuar en el domicilio conyugal. En otro caso las autoridades eclesiásticas, en cambio, permitieron a la mujer volver a casa de sus padres. También existieron casos en los que es el marido el que denuncia, pero son los menos.

Los casos en los que la pareja viviese separada fueron denunciados incluso por quienes nada tenían que ver en el asunto, considerándolo impropio. En Daroca unos cónyuges que vivían separadamente fueron amenazados de excomunión, aunque en algún caso la esposa llegó a amenazar con suicidarse antes que volver a vivir con su marido, “aunque se la lleven los demonios”.

Otros conflictos fueron entre padres e hijos, también entre hermanos: una cuestión aducida era la defensa del honor, pues se trataba de impedir un matrimonio que se consideraba deshonroso. Una Real Pragmática de Carlos III, en 1776, estableció que todo matrimonio debía contar con el consentimiento paterno y, a falta de estos, los abuelos o de familiares cercanos. En Sariñena el padre de la novia se opuso a que contrajese matrimonio con uno cuyo abuelo había ejercido la profesión de cortante (debe de ser tablajero carnicero), pues se consideraba infamante. Pero cierta legislación aragonesa permitía separar a la mujer maltratada del marido y custodiarla en tanto no se decidía lo más apropiado: era la manifestación. En un caso la mujer destinada a casarse, sin poder vencer la resistencia de los suyos, se manifestó dándole la justicia la razón.

Otros casos de conflicto son el reparto de herencias, cláusulas testamentarias incumplidas, deudas insatisfechas, alzamiento de bienes, diferencias a la hora de repartir el patrimonio paterno, dotes insuficientes, testamentos inválidos y otros. Los autores registran los casos de hermanos adultos que abusaron de los menores de edad, también las del hermano que aprovechaba su mejor conocimiento del valor de los bienes familiares, la entrega insuficiente de alimentos (como se había acordado o decía el testamento o la capitulación), las reclamaciones por incumplimiento del pago estipulado en el testamento, el irregular pago de la dote…



[i] “Herencia, honor y conflictos familiares en el Aragón del siglo XVIII”.
[ii] Los autores citan la obra de Mantecón Movellán, “Hogares infernales: una visión retrospectiva sobre la violencia doméstica en el mundo moderno”, 2009.
[iii] “La familia regulada”, Zaragoza, 1715.
[iv] “Protestas de las mujeres castellanas contra el orden patriarcal privado durante el siglo XVIII”, Ortega López, M.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Obreros a principios del siglo XX



La jornada laboral de ocho horas, que se ha ido implantado en los diversos países a lo largo del siglo XX, ha sido una reivindicación de los asalariados desde que el movimiento obrero la empezó a exigir en sus manifestaciones del 1º de mayo de cada año. En 1906 la prensa obrera de la época hablaba de que dichas manifestaciones ya no causaban terror a la burguesía, pero sí las temían. Una de las propuestas que se llevaron a la manifestación de ese año fue el abandono del trabajo cuando hubiesen transcurrido ocho horas para poder asistir a la manifestación obrera, lo que seguramente implicaba sanciones y problemas sin número para los trabajadores que llevaban a cabo dicha propuesta.
Otras reivindicaciones fueron, en el año citado, legislación protectora del trabajo, el abaratamiento de las subsistencias y la realización por parte de los estados de obras que paliasen el paro. En la prensa obrera se hicieron premoniciones y denuncias sobre lo que ocho años después ocurriría: el estallido de la guerra de 1914, diciendo que se trataba de un intento de defender los intereses de las clases pudientes, pero que los mayores padecimientos serían para los trabajadores.

Ya existía conciencia, y así se publicó, de que el 1º de mayo había borrado las fronteras, pues representaba la hermandad entre los trabajadores sin distinción de raza o nacionalidad. La consigna de que se abandonase el trabajo al cumplirse las ocho horas fue una resolución aprobada en la Internacional de Ámsterdam durante su cuarta conferencia (1905, 23 y 24 de junio), confirmada por un congreso celebrado en Bourges (centro de Francia).

Pero “La Unión Obrera”, órgano de la UGT, planteó también una reivincación relativa a la mujer trabajadora: en su VIII congreso, celebrado los días 16 al 19 de mayo de 1905 se acordó pedir al Insituto de Reformas Sociales que este acordase la reforma de la ley y reglamento sobre el trabajo de mujeres en “el tiempo” anterior y posterior al parto, teniendo en cuenta las prescripciones de la ciencia médica del momento.  La propuesta fue hecha por la delegada de los “constructores” de calzado de Bilbao, Virginia González. La ley española tenía fecha de 13 de mayo de 1900, y se pedía tener en cuenta “la conservación de la raza” y el bienestar de la clase trabajadora.

Se aportaron entonces informes médicos en los que se hablaba de la particular constitución física y fisiológica de la mujer, “siendo un verdadero delito permitir que se agote en el trabajo”. Se constataba que las enfermedades de las mujeres eran mucho más frecuentes y graves en las regiones industriales que en las demás y que la mortalidad de los niños crece en dichas regiones por el esfuerzo en el trabajo de las embarazadas. Los partos prematuros –se decía- son una lacra que se extiende a los niños recién nacidos, más débiles que los demás.

La legislación española concedía a la mujer descanso del trabajo durante las tres semanas posteriores al parto, pero el Congreso de la UGT  lo consideraba insuficiente, citando a la “Société Obstetricale” de Francia, que recientemente había considerado necesario el descanso de la mujer durante cuatro semanas después del parto como mínimo. Se citan los casos de Austria, Bélgica, Dinamarca, Inglaterra, Hungría y Países Bajos, en los que, entre 1885 y 1901 ya se había recogido esta exigencia. En Alemania y Noruega, por su parte, la ley establecía un descanso para la mujer de cuatro a seis semanas después del parto. 




domingo, 3 de septiembre de 2017

Monjas en la Edad Media de Galicia



Monasterio de Ferreira de Pantón (Lugo)

Uno de los capítulos preliminares de la tesis doctoral de Teresa C. Moure Pena[1] se refiere a las monjas de Galicia antes y después de que adoptasen la regla benedictinaa lo largo de la primera mitad del siglo XII, de forma tardía y dificultosa. En un principio, la mayoría de los monasterios gallegos eran dúplices y familiares, lo que indica la tardía introducción de la influencia cluniacense, que no se abrirá paso en el noroeste peninsular hasta finales del siglo XI.

La autora habla de comunidades dobles presididas por un abad o por una abadesa, como es el caso del monasterio de Sobrado de Trives (año 963), al este de la provincia de Ourense[2]. En el siglo XII la convivencia entre monjes y monjas seguía existiendo, pues hay pruebas de reproches al conocerse que ello era totalmente incompatible con el monacato benedictino. Lo cierto es que los fundadores solían ser familias nobles que empleaban a una o varias de sus mujeres para dirigir los cenobios, como en el caso de Ferreira de Pantón, al sur de la provincia de Lugo. Tiene una arcada flanqueada por dos torres antes del edificio propiamente dicho, un ábside románico y una iglesia pequeña. Estuvo vinculado al linaje de los condes de Lemos hasta finales del siglo XII.

Las fuentes (generalmente indirectas) hablan de la proliferación de estos monasterios dúplices, donde el personal vivía “sin disciplina regular”, sino de acuerdo con normas antiguas. Desde el siglo XII se dio una importante participación de los reyes con apoyo económico, lo que llevó también a la ordenación monástica de acuerdo con los deseos del papado y del arzobispo Gelmírez. Se sabe que en algunos casos excepcionales las monjas se asentaron en monasterios que habían sido antes de monjes (Conxo y Chouzán)[3].

No hay evidencias de que los monjes se hiciesen cargo de la dirección espiritual y material de los monasterios femeninos, por lo que estos debieron gozar de autonomía plena. Una excepción puede ser el monasterio de Chouzán. Los contactos entre los monasterios masculinos y femeninos fueron difíciles en no pocas ocasiones, generalmente por cuestiones mundanas: derechos de patronazgo, heredades, rentas, como fue el caso de las abadías de Celanova y Ramirás, en el suroeste de la provincia de Ourense los dos. En el de Codeseda (A Estrada, al norte de la provincia de Pontevedra) fue armado caballero en 1124 el rey Alfonso VII, que armó a otros nobles gallegos. A mediados del siglo XII será constituida en Codeseda una comunidad femenina benedictina.

En otras ocasiones los monasterios tuvieron que pedir protección, al rey o a otros nobles, contra las intromisiones de poderosos linajes, como es el caso del abad de Chantada (Lugo) contra el caballero Vasco Gómez de Seixas. En general reinó el desgobierno, pues quizá no se podría esperar otra cosa de la dependencia económica de estos monasterios de familias ricas. Un ejemplo es el de la abadesa de Pesqueiras (Chantada, Lugo), emparentada con el conde de Lemos, quien según ella misma solicitó su nombramiento como priora al obispo de Lugo “a cambio de una gratificación económica”.

Durante los siglos XIII a XV se dio el fenómeno de los nobles encomenderos, que se hacían nombrar “dueños” de los monasterios para apoderarse de sus rentas y jurisdicciones, imponiendo pesadas cargas a los vasallos de estos. Fue el fenómeno que precedió a la reforma religiosa llevada a cabo durante el reinado de los Reyes Católicos. Contra los nobles encomenderos tuvieron que intervenir los propios reyes, y es particularmente interesante el caso del monasterio de Dormeá (Biomorto, A Coruña), sobre el que el noble García Díaz de Mesía quiso imponerse, lo que motivó su excomunión decretada por el papa Benedicto XIII.

Los monasterios benedictinos de monjas fueron muy modestos en general, de reducidas dimensiones y con un escaso número de religiosas, que en ocasiones no cumplían con regla alguna. Fueron tantos los monasterios femeninos que se hizo difícil el control sobre sus normas y cumplimiento, cayendo en una decadencia general antes y durante procesos que se dieron contra diversas abadesas, algunas de las cuales no hacían vida monástica, sino que tenían una moral relajada, vivían amancebadas (con clérigos y con laicos) y tenían hijos; en otras ocasiones administraban mal los bienes de los monasterios, supuestamente en su favor. Ello fue lo que llevó a eliminar muchos de aquellos monasterios y concentrar a las monjas en el santiagués de Antealtares, de fábrica monumental, formando parte del núcleo compostelano.


[1] “Los monasterios benedictinos en Galicia en la baja Edad Media: arquitectura y escultura monumental”.
[2] Es pequeño con una iglesia sencilla cubierta a dos aguas, un arco triunfal y frescos en la cabecera. El primer tramo de la nave se encuentra a menor nivel que el resto del templo.
[3] El de Conxo hoy con una fachada barroca, cerca de Santiago de Compostela.