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miércoles, 19 de mayo de 2021

Pueblos blancos extremeños

 


Desde Villafranca de los Barros, en el centro de la provincia de Badajoz, se llega, en dirección sur, a Los Santos de Maimona, y muy cerca se encuentra Zafra. Más al sur está el pueblo natal de Zurbarán, Fuente de Cantos, y siguiendo en la misma dirección encontramos Montemolín y Monesterio. El dominio es de relieves ondulados y planicies, aunque nos encontramos con dos sierras, en el interior de la provincia la de Hornachos y en el límite con la de Córdoba, la del Pedroche. Al sur la Sierra Morena, que separa a Extremadura de Andalucía

Hornachos habrá dado su nombre a la sierra central de la provincia de Badajoz, levantándose sobre la planicie circundante por donde corren los ríos Matachel y Guadámez, que nacen en las estribaciones de Sierra Morena y discurren hasta el Guadiana en dirección norte, dejando entre ambos la citada sierra de Hornachos. El paisaje es mediterráneo, con matorrales predominantes.

Por Villafranca de los Barros discurren los ríos Pendelías y Valdequemao, convergiendo entre ellos. Parece que es ciudad desde 1877, y tiene una iglesia con una fachada gótica y, en ella, un arco carpanel. En el interior destaca un abigarrado retablo de esos que han tapado tantas cabeceras de las iglesias. Villafranca cuenta con un Museo histórico y etnográfico aprovechando un edificio señorial del siglo XVIII, con una portada clasicista. Dentro vemos cerámica romana, miliarios, alguna escultura en bronce de la misma época, la recreación de una villa romana, monedas y así hasta objetos del siglo XX. También cuenta con fondos de la prehistoria, habiendo sido el solar de Villafranca lugar de una mansio romana.

Hacia el sur llegamos a Los Santos de Maimona, donde se puede ver un molino de aceitunas, y en Zafra destaca el palacio de los Duques de Feria, hoy convertido en Parador para turistas. Siempre hacia el sur está Fuente de Cantos y Montemolín. En esta población hay dos calles que, siendo paralelas, convergen a las afueras del pueblo camino de Fuente de Cantos. Otra calle, al norte, es casi recta, separando el caserío de los campos circundantes. Montemolín cuenta con una alta iglesia donde se ha empleado el ladrillo para alguna de sus partes, con doble espadaña y gárgolas de piedra. Alrededor se extienden los campos de trigo y dentro del pueblo encontramos una famosa corrala de comedias.

Monesterio tiene un Museo del jamón, honor que le hace el tener una de las cabañas porcinas más afamadas. Son cerdos negros que pelan las bellotas al comerlas, dejando fuera la cáscara y distinguiendo las amargas de las dulces. El paisaje es de dehesas con bosques claros, y en ellas se da la ganadería extensiva de la que se obtienen jamones de calidad superior. Las casas de estos pueblos están encaladas para combatir el calor de no pocos meses al año. 

(Arriba, dehesa extremeña: fotografía de elmundo.es/viajes/espana).

lunes, 1 de febrero de 2021

Calcolítico en Extremadura

 

                                                    Yacimiento de La Pijotilla (Badajoz) *

La comarca de Zafra, en la zona meridional de la provincia de Badajoz, se encuentra en una penillanura a unos 500 m. de altitud sobre el nivel del mar, limitada por la sierra de Salvatierra al oeste. En dicha meseta nacen varios ríos que desaguan en otros para contribuir al caudal del Guadiana. Algo más al norte se encuentra el pueblo de Los Santos de Maimona, y al sur Puebla de Sancho Pérez, Atalaya y Medina de las Torres.

En esta comarca se han excavado diez yacimientos arqueológicos correspondientes al Calcolítico, el estadio en el que se empezó a practicar la metalurgia del cobre, aunque la mayor parte de los útiles fuesen aún de piedra, hueso, etc. En estos yacimientos se han encontrado restos de hachas o azuelas (para trabajar la madera) elaboradas sobre dioritas pulimentadas, y fragmentos de cerámica modelada a mano; algunos otros objetos han sido tallados en sílex[i].

De norte a sur, los yacimientos estudiados son los siguientes: Valle Hermoso, Cerro del Castillo de Los Santos, La Resbalá, Puerto de la Plata I, Puerto de la Plata II (estos tres últimos en dirección sureste) y en dirección suroeste La Vigaría, Cerro de la Encina, Madre del Agua (el más cercano a Zafra), Ermita de Belén y Cortijo de Zayas (éste al sur de Atalaya).

En cuanto a la cerámica, en el Cerro del Castillo de Los Santos, la mayor parte de los restos son platos, siguiendo los cuencos, cazuelas, ollas y otros objetos. En el Cerro de la Encina la mayor parte de los objetos cerámicos son cazuelas, seguidas de ollas y cuencos. En el yacimiento Madre del Agua la mayor parte son también cazuelas, seguidas muy de lejos de ollas y cuencos. En Valle Hermoso siguen a la cabeza las cazuelas y luego los platos y las ollas. En La Vigaría los más numerosos son los platos y luego cazuelas y ollas.

Lo cierto es que no podemos ver estos objetos completos; muy al contrario, se trata de fragmentos, en ocasiones muy pequeños, que solo por comparación se ha podido deducir la parte de los diversos objetos que, con otros no encontrados, formaban un todo. Algunos de los restos cerámicos están carenados, sobre todo las cazuelas, es decir, revestidas de una lámina de cobre, lo que les sitúa con posterioridad al neolítico propiamente dicho. Algunos platos son de borde grueso y algunas ollas tienen perfil de saco, es decir, paredes entrantes y fondo ancho y profundo, pero también hay ollas de paredes ligeramente entrantes, casi en vertical, y otras tienen forma esférica.

En cuanto a la decoración, las cerámicas lisas dominan sobre cualquier otro tipo, pero también se ven incisiones, impresiones y cerámicas pintadas. Los pobladores más antiguos se situaron en los llanos aprovechando la fertilidad de los valles fluviales o los acuíferos subterráneos, pero no parece que se dotasen de sistemas defensivos en un primer momento. Algunos de los poblados fueron abandonados y se fundaron otros, pero más adelante (los autores hablan de Calcolítico Pleno) los habitantes ocuparon cerros elevados que, en alguna ocasión, se reforzaron con cercos amurallados.

Más al norte, entre Solana de los Barros y Talavera la Real, se encuentra el yacimiento en llano de La Pijotilla, que se caracteriza por su gran extensión y la aparición de objetos de lujo, como vasos de mármol y objetos de hueso o marfil. La Pijotilla ha dado ídolos, betilos[ii], placas, falanges decoradas[iii], planos-oculados[iv], antropomorfos, bicónicos, pinas[v], figuras zoomorfas y otras. Algunos de los ídolos tienen forma rectangular o trapezoidal, con ojos circulares, cejas pobladas y tatuaje facial, presentando en el reverso líneas en zig-zag. Los ídolos antropomorfos están fabricados en mármol, los primeros en la península con éste material (masculinos y femeninos), correspondiendo al Calcolítico tardío[vi].

Estos pobladores tendieron a abandonar el llano y asentarse en lugares de mejor defensa, algo elevados, pero hoy por hoy no es posible llegar a conclusiones sobre jerarquización entre unos poblados y otros, relaciones de dependencia, etc. El tercer milenio antes de Cristo, por lo tanto, presenta en Extremadura –particularmente en los casos estudiados- novedades que serán ampliadas con el paso del tiempo.      


[i] F. Javier Jiménez Ávila y Diego Muñoz Hidalgo, “Aportaciones al conocimiento del Calcolítico de la cuenca media del Guadiana…”.

[ii] Piedras a las que se atribuyen cualidades sagradas, generalmente verticales.

[iii] Huesos de animales.

[iv] Con ojos.

[v] Objetos con punta.

[vi] Víctor Hurtado, “Los ídolos calcolíticos de ‘La Pijotilla’…”.

Fotografía: departamento.us.es/dpreyarq/web/investigacion/proyectos-de-investigacion/el-poblamiento-prehistorico-de-tierra-de-barros-badajoz/

miércoles, 23 de octubre de 2019

Brutalidad y rapiña señorial

Restos de la torre del homenaje
de Galisteo (Picota)

Los abusos de un señor sobre la población se pueden comprobar en el caso de Pedro Fernández Manrique, segundo conde de Osorno y duque de Galisteo que, a finales del siglo XV y principios del siguiente, no tuvo escrúpulos para someter a muchos con “males e daños e destierros”. El tal Pedro exigió el pago de impuestos injustificadamente, usurpó tierras, violó los fueros de las villas de sus señoríos, “quiso cobrar alcabalas indebidamente” en Galisteo y en otros concejos, “intentó recaudar de sus vecinos y vasallos de la villa de Galisteo y su tierra” dinero que necesitaba “para ir a la guerra”, además de exigirles cien espingarderos para la de Granada cuando ya había terminado la contienda, etc. Los vecinos se negaron y el conde les confiscó a los labradores cien bueyes, además de recaudar con frecuencia “camas y ropa” para su fortaleza de Galisteo, paja y leña… El conde de Osorno azotó y cortó los dedos de las manos a algunos de los que protestaban por sus abusos, como es el caso de 1502, que llevaron sus denuncias al rey. Tal era la ambición personal del conde como las dificultades económicas para mantener los suntuosos gastos del modo de vida nobiliario[i].

El III conde, García Fernández Manrique, en cambio, tuvo un comportamiento muy distinto, lo que se observa a partir de 1531, cuando se redactan las Ordenanzas de Galisteo. En los muros de la villa aún hoy queda constancia de la inscripción “marco” junto a la puerta del Río o de la Villa. Con esta inscripción se pretendía regular el sistema de medidas que se venía utilizando en el lugar: “que hay dada cañada para los ganados de la Mesta que por este término y por la puerta de esta villa pasan, la cual está amojonada, que tiene de ancho por toda ella un marco que está en el muro y cerca de esta villa, en saliendo por la Puerta del Río… todo el lienzo de la cerca delante hasta la esquina del miradero, y de allí da la vuelta por el muro hacia la puerta falsa de la fortaleza…”. La cañada rodeaba la villa discurriendo por el exterior de la muralla.

La redacción de las Ordenanzas supuso la normalización de las actividades económicas de la villa, deduciéndose de ellas que el concejo gozaba de bastante autonomía, lo que fue posible por la importante participación de la villa y las aldeas en la redacción de las mismas.

El III conde de Osorno fue muy distinto al segundo, probablemente por la vida cortesana que tuvo como servidor del Carlos V, de lo que quedó constancia en las cartas que se conservan. Fue, no obstante, víctima de la Crónica burlesca, escrita entre 1530 y 1532, por el bufón Francés de Zúñiga, el cual da cuenta de las ambiciones del conde cuando dice “y su majestad sea obligado a ensancharle la villa de Galisteo, que es al oriente hacia mediodía, lindando con la villa de Huesca”. En sus territorios el III conde hizo obras de cierta envergadura, como en la villa de Galisteo: mejora de la casa de su padre, contribución para el hospital de la villa, hoy desaparecido, el puente sobre el Jerte, la ampliación y mejora de la iglesia parroquial de la villa, la reforma del palacio intramuros y la erección extramuros del convento, también desaparecido, de la Fuente Santa. En Pasarón de la Vera, al este de Plasencia, construyó un palacio que aún se conserva con el gusto renacentista de la época.

El III conde hizo llevar a Galisteo numerosas antigüedades romanas procedentes de Mérida[ii], en lo que más que una obra de mecenazgo, fue un expolio de los lugares donde tenían sentido aquellas antigüedades. Quizá –dice Margarita Tornay- adquirió también una valiosa colección de manuscritos griegos para estimular al estudio a los dominicos de la Fuente Santa, lo que atrajo la atención del humanista holandés Nicolás Mameranus[iii], quien con la ayuda de Carlos V recorrió parte de España en busca de inscripciones romanas, algo muy querido por ciertas clases dirigentes de la época. Hay dos copias manuscritas que se conservan de su obra, Epitaphia et antiquitates Romanorum per Hispaiam. El viaje se produjo, para algunos, entre 1533 y 1535 y para otros después de 1538.

Dicho viaje comprendió Madrid, Almagro, Barcelona, Córdoba, Sevilla, Salamanca (por la vía de la Plata), tomó notas en Casas de la Reina[iv], Mérida, Galisteo y Cáparra. Gaspar de Castro se asombró de la dificultad para llevar las obras desde Mérida a Galisteo en “más de sesenta carretas” (algunas de estas obras terminaron ubicadas en Plasencia). Mameranus describe 13 inscripciones, guardándose en Galisteo otras obras, al parecer en el palomar del convento de la Fuente Santa, lo que le llama la atención, aunque dicho convento no estaba entonces terminado (1533-1535).

El III conde hizo llevar a Galisteo, a partir de 1530 desde Mérida, un buen número de antigüedades romanas, ya fueran estatuas, inscripciones monumentales o simples lápidas. A su muerte, en 1546, su sucesor empezó a disgregar estas obras, pues cuando Ponz, en el siglo XVIII, visita el convento de la Fuente Santa, ya no se correspondían en número con las traídas desde Mérida. Por su parte, Hübner[vi], cuando visitó Galisteo en 1861, ya vio el convento de Fuente Santa arruinado, cuando en la Memoria de lo que el III conde había dado al convento se recogen datos sobre “cientos de libros, una cruz de plata y dos retablos”. Entre los libros había no pocos códices, uno isidoriano. En el siglo XVI Alvar Gómez de Castro[vii] había recibido la orden de que se acercase a Plasencia e hiciese relación de lo que allí viese. El humanista se desvió entonces hacia Jaraicejo (hoy en la provincia de Cáceres, al nordeste de la capital), donde recibió una relación de los textos más interesantes depositados en el convento de la Fuente Santa, aunque muy desordenada. Ya en Galisteo, Alvar Gómez de Castro tuvo en sus manos algunos códices valiosos, como dos manuscritos griegos de obras de Gregorio Nacianceno sobre pergamino (siglos X u XI).

Otras antigüedades cambiaron de manos en época del IV conde, que no tenía el aprecio por las mismas como su predecesor, no siendo citadas por el humanista italiano Mariangelus Accursius[v] en su Itinerarium, fruto del viaje que le llevó a Mérida en 1527. 



[i] “El señorío de Galisteo y los III condes de Osorno…”, Margarita Tornay Cabrera, en cuya obra se basa el presente resumen.
[ii] Hoy solo se conservan en parte y fuera de Galisteo.
[iii] Fue además militar. Su nombre deriva de la localidad luxemburguesa de Mamer, en el suroeste del país. Estuvo al servicio de Carlos V durante 22 años.
[iv] Al sur de la actual provincia de Badajoz.
[v] Estuvo patrocinado por el emperador Carlos V.
[vi] Emil Hübner vivió entre 1834 y 1901, habiendo sido un importante arqueólogo alemán.
[vii] Fue catedrático de la universidad de Alcalá, conocido como “el Eulialiense” por haber nacido en Santa Olalla, hoy al norte de la provincia de Toledo.

jueves, 16 de mayo de 2019

El proyecto de Santa Amalia

Puente sobre el Guadiana en Medellín, cerca
de Santa Amalia

Son varios los autores que han estudiado el caso de la población de Santa Amalia, al norte de la provincia de Badajoz, uno de los intentos de repartir tierra a campesinos pobres que se frustró. Santa Amalia tuvo su origen en una legislación de 1827 a petición de un grupo de labradores de Don Benito, ante la falta de tierras labrantías, por lo que se trataba de construir un poblado en unos baldíos comunales, pero no dejó de despertar oposición[i].

Las políticas ilustradas del siglo XVIII se prolongaron, atenuadas, a la centuria siguiente, siendo este un caso más de colonización interior para asentar campesinos que pusiesen en valor zonas despobladas. De todas formas, Santa Amalia resultó un fracaso porque los campesinos, endeudados ante la falta de capitales, debieron entregar sus tierras a grandes propietarios a lo largo del siglo XIX. Otros casos, que han seguido diversa suerte, son los de Villarreal de San Carlos, Valdegamas y las colonizaciones de Sierra Morena llevadas a cabo por Olavide.

En el caso de Santa Amalia –dice Ruiz Rodríguez- se trataba de asentar colonos, crear una sociedad de propietarios agrícolas, dar seguridad a los caminos y aumentar las recaudaciones del Estado. Este es el primer caso de una población establecida en Extremadura que no surgió de la iniciativa estatal, ni de la Iglesia, sino resultado del empuje de unos vecinos; se trata, por lo tanto, de un modelo único, aunque se parece a otro en el trazado de nueva planta racional de sus calles, plaza y viviendas.

El contexto es el de un siglo XVIII expansivo demográficamente, aunque la actual provincia de Badajoz era un espacio con una baja densidad de población, unos 11 habitantes por km2, y la mayoría era pobre. Don Benito, por ejemplo, experimentó un constante crecimiento demográfico hasta mediados del siglo XIX, teniendo en 1837, 12.140 habitantes, el núcleo más populoso de Extremadura, siendo entre 1791 y 1829 cuando más creció, a pesar de estar por medio la guerra de 1808.

Había una gran riqueza agropecuaria, pero una veintena de nobles absentistas, cuando se funda Santa Amelia, poseían más de 40 dehesas extensas en el término municipal de Don Benito. Uno de ellos era el conde de Salvatierra, que vivía en Madrid, dueño de cerca de tres mil hectáreas; otros eran el duque de Uceda, el conde de Arenales o el marqués de Casas Blancas (los dos primeros vivían en Madrid y el tercero en Granada). También eran propietarias de dehesas algunas instituciones religiosas, en primer lugar el monasterio de Guadalupe, dueño de extensas y fértiles dehesas para el mantenimiento de ganados trashumantes. Le seguían siete conventos en Calzada de Oropesa, Badajoz, Trujillo (dos en este caso), Orellana la Vieja, Medellín y Cáceres. Las propiedades de la nobleza estaban amayorazgadas y las de la Iglesia amortizadas. También tenían propiedades los concejos (bienes de propios), existiendo tierras comunales y baldíos. Los bienes de propios se solían arrendar, con lo que los Ayuntamientos disponían de una fuente de ingresos, y los bienes comunales eran aprovechados por los vecinos, pero las dehesas boyales y los baldíos no eran disfrutados por igual por todos, pues “comunal” no quiere decir que su uso fuese democrático ni equitativo. Los más poderosos, al tener más ganados, usufructuaban más aquellos bienes. Los baldíos solían estar alejados de los poblados y sus tierras eran de peor calidad.

A pesar de la legislación favorable a la agricultura promulgada desde 1766, las cosas no debieron mejorar cuando en 1800 más de un centenar de vecinos de Don Benito, propietarios de yuntas, reclaman tierras para labrar acogiéndose a un decreto de 1793. De ellos, solo 73 consiguieron hacerse con algunas pequeñas suertes de tierra, 317 fanegas en total, dispersas por diversas dehesas del término. Los “cabezaleros”, los dos vecinos que encabezaron la petición, se expresaban diciendo que “los terrenos comunales… suelen ser menos el consuelo y alivio del pobre labrador, que el disfrute de los ricos…”, y continuaban diciendo que en el término había una “infinidad de tristes jornaleros o familias pobres”. Añadían que la fundación de un pueblo eliminaría “una guarida o madriguera de ladrones, contrabandistas y gentes sospechosas”.

El Ayuntamiento de Don Benito se opuso a la solicitud de aquellos campesinos, prueba de a qué intereses servía, pero lo cierto es que se procedió al deslinde y amojonamiento del término, se publicó la Real Orden, se produjo el acto de posesión de Santa Amalia con la nueva oposición de Don Benito y ahora de Medellín, se entregaron 25 fanegas de tierra a cada colono, y Santa Amalia comenzó su andadura. Pero la reforma agraria liberal, que se produjo en momentos distintos, favoreció a los que disponían de riqueza y estaban dispuestos a emplearla en bienes raíces, y dándose la circunstancia de que no pocos colonos no pudieron hacer frente a sus explotaciones por falta de capital, terminaron entregando sus tierras a los mejores postores, resultando este intento ilustrado en un fracaso.


[i] Uno de los autores que han estudiado este asunto es Juan A. Ruiz Rodríguez, “Santa Amalia: un intento fallido de mitigar el problema social de la tierra en la Extremadura del siglo XIX”. En este y otros trabajos sobre Santa Amalia se basa el presente resumen.

sábado, 13 de abril de 2019

Dos reyes en Extremadura

Muralla de Galisteo (Wikipedia)

Extremadura fue frontera durante casi dos siglos con los territorios del islam almohade[i], por lo que hubo de ser defendida por las dos partes en conflicto dándose casos de conquistas que luego se perdían. Hay dos reyes leoneses que tuvieron esta frontera en sus miras, dado que durante sus mandatos León y Castilla estuvieron gobernados por personas distintas; los dos reyes leoneses a quienes nos referimos son Fernando II y Alfonso IX. Cuando el primero muere en 1288, surgió un problema dinástico al pretender la reina Urraca que le sucediese su hijo Sancho, pero los partidarios de Alfonso hicieron valer sus derechos.

Cuando niño, Alfonso acompañó a su padre en varias ocasiones a Extremadura y cuando ocupó el trono leonés, una de las primeras decisiones que tomó fue apoyar a las dos sedes episcopales implicadas en el territorio, la de Coria y la de Santiago de Compostela, de la que dependía la primera. El ambiente en Extremadura era, durante el siglo XII y primera mitad del XIII, hostil, y su defensa tenía la dificultad de la lejanía respecto de los centros de decisión, León y Compostela, pero en aquella época los reyes se desplazaban por sus reinos, de forma que la Corte estaba allí donde se encontraba el rey.

En la medida en que el rey se desplazaba y aseguraba el control sobre el territorio, se producía el asentamiento de población, y así, ya en el año 1142, se produjo la conquista de Coria durante el reinado de Alfonso VII, aunque se perdería para los cristianos más tarde. Mientras esto no ocurrió, se designó a un obispo para esa sede, pero la frontera cambiaba con gran rapidez al sur del Sistema Central, hasta el punto de que el obispo Iñigo Navarrón tuvo que refugiarse junto a la Curia papal.

Fernando II se desplazó a Extremadura en varias ocasiones en tiempos en que un aventurero portugués, Geraldo Sempavor, avanzaba sobre Badajoz, lo que permitió al rey acercarse al Guadiana. De todas formas, poco después la frontera volvía más al norte. Entre 1180 y 1183 Fernando II hizo varias incursiones con un mismo objetivo, recuperar Coria, pero la empresa representó grandes dificultades, pues no se encontraban repobladores dada la inestabilidad de la frontera, mientras que otros territorios en torno a Ciudad Rodrigo y Ledesma disfrutaban de una posición más segura.

Otro itinerario del rey Fernando tuvo por objetivo Cáceres, que se encontraba en poder musulmán, haciéndose acompañar de diversos condes, obispos y el futuro Alfonso IX. El cerco de Cáceres se prolongó durante algún tiempo en 1184, cuando la Corte se encontraba en Ciudad Rodrigo[ii], y finalizó sin resultado positivo. Sin embargo, en 1188 el rey tuvo ocasión de entregar al obispo Arnaldo de Coria el lugar de Aldeanueva, actual Villanueva de la Sierra, junto al curso del río Trasgas (desagua en el río Arrago). Luego el rey implicó al arzobispo de Compostela con la entrega de La Atalaya de Pelay Velidiz, un lugar situado en la ribera del Alagón, entre Granadilla y Coria, y en los últimos años del reinado el rey aconsejó entregar a la orden militar de Santiago el señorío de Granadilla[iii].

Cuando finalizaba el siglo XII hizo su primer viaje como rey a Extremadura Alfonso IX, cocretamente a Coria, y poco después otra vez a la misma ciudad, donde se irían organizando dos administraciones, una del monarca y otra del obispo. Años más tarde (1213) se produjo la conquista de Alcántara; en 1217 el rey viajó hasta Galisteo y, al año siguiente, a Cáceres, con la colaboración de Fernando III de Castilla. El cronista Lucas de Tuy habla de devastaciones mediante fuego o las armas a todo lo que encontró [el ejército real] en los alrededores de la población, bien fueran árboles, viñedos o mieses, repitiendo la operación en 1222.

En 1226 confirmó la donación de Navasfrías (al norte de la sierra de Gata)a favor de la orden de Alcántara, y luego Salvaleón y San Juan de Marcoras (hoy Santibáñez el Alto). Entre 1222 y 1226 el rey hizo incursiones, una de las cuales para el cerco de Cáceres, que levantó después de una compensación económica por parte de los almohades. Los últimos años de su vida Alfonso IX recorrió los valles del Tajo y Guadiana para consolidar los asentamientos y combatir a los musulmanes. En 1229 se encontraba en las proximidades de Cáceres, a la que sometió a nuevo asedio hasta caer en manos de los cristianos, convirtiendo a la villa en avanzadilla de todo el reino leonés.

La última etapa extremeña del rey fue para la conquista de Mérida, que finalizaría en 1230, reclamada por el arzobispo de Santiago al considerar que la sede emeritense de época visigoda le correspondía heredarla. Así fue a pesar de que el papa había dado orden en el sentido de que Mérida tuviese su propio obispo. Desde Mérida el rey se dirigió a Alange y luego emprendió la conquista de Badajoz, población que cercó en 1230 consiguiendo su objetivo. La última localidad extremeña de la que hay constancia estuvo el rey Alfonso IX fue Galisteo, desde donde se desplazó al valle del Côa, en la frontera con Portugal. El rey murió en Galicia ese mismo año 1230, mientras se aceleraba el proceso de asentamiento de nuevos pobladores en la baja Extremadura.



[i] Ver aquí mismo “La transierra extremeña: musulmanes y cristianos”.
[ii] Ciudad Rodrigo y el puerto de Perales, al sur, eran el paso para controlar la calzada de Dalmacia (unía Coria, Calzadilla y Casas de Don Gómez) a través de la sierra de Gata.
[iii] José Luis Martín, “Itinerarios de Alfonso IX en Extremadura”. En este trabajo está basado el resumen publicado aquí.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Protohistoria en Extremadura

Yacimiento de La Ayuela

De la protohistoria extremeña existen varios yacimientos arqueológicos que han estudiado no pocos autores[1], algunos desde hace casi un siglo. Son los de La Mata de Campanario, Cerro Manzanillo, Mata y Media Legua 2, Los Caños, El Chaparral y La Ayuela, todos ellos correspondientes a los siglos VII-V a. de C., influidos por culturas orientales como un área periférica de Tartessos. Estos yacimientos permiten apreciar una cierta diversidad en la penillanura cacereña y en otros lugares más elevados.

Salvo en el caso de La Ayuela, yacimiento que se encuentra en una loma cercana a un afluente del río Salor, los demás mencionados se relacionan hidrográficamente con la cuenca media del Guadiana. Los habitantes del caserío de Cerro Manzanillo eligieron, hacia finales del siglo VII a. C., el piedemonte septentrional de un pequeño promontorio a una altitud de 262 metros, que les permitía el control visual del entorno. Los pastos y la leña utilizada han sido detectados por los autores citados, encinares entre otros.

La Mata se encuentra en una loma rodeada en parte por un arroyo que desagua en el río Molar, afluente a su vez de Zújar, y se encuentra a 356 metros. Allí los habitantes de la segunda mitad del siglo VI y el V se dedicaron a la ganadería y la agricultura gracias a los espacios ocupados por dehesas. El yacimiento de Media Legua 2, no lejos de La Mata, presenta un caso parecido. La disponibilidad de tierras aptas para la agricultura, bosque y pastos permitió también los asentamientos de Los Caños y El Chaparral, fechados en el siglo V a. C. El primero a unos 536 metros de altura contó y cuenta con tierras de riveras y manantiales, mientras que El Chaparral se encuentra a 265 metros de altura.

El yacimiento de La Ayuela, fechado entre finales del siglo VII y el V a. C., presenta ciertas características diferenciadas de los otros, como su arquitectura, encontrándose a una altura de 372 metros con amplia visibilidad del entorno. Los arqueólogos han ido denominando a estos yacimientos con términos varios: granjas, cortijadas, caseríos, aldeas, etc. Caserío es como denominan nuestros autores al conjunto de Cerro Manzanillo, un pequeño núcleo agrícola de unos 600 m2 de superficie en torno a un amplio patio empedrado, canalizado y no totalmente cerrado. En dicho yacimiento se han podido apreciar un espacio doméstico, otro para el laboreo y el almacenaje y otro para la fabricación de objetos metálicos, además de basureros y varias rampas empedradas para el acceso. El espacio doméstico está formado por varios habitáculos de planta angular, en torno a dos de los flancos del patio, estimándose que podrían vivir ahí unas tres familias (15 personas ligadas por parentesco). Se han excavado dos almacenes elevados y una fragua, teniendo los almacenes una capacidad estimada para más de 7.700 litros de cereal. El lugar fue abandonado pacíficamente a mediados del siglo VI a. C.

La Mata de Campanario es una imponente construcción inspirada en otras orientales de prestigio, con doble planta, fachada torreada y un foso que delimita una superficie de 2.500 m2. Cada una de las estancias (domésticas y de almacén) son estrechas y alargadas, existiendo en uno de los extremos un lagar de vino. También más de cincuenta molinos de vaivén*, y la capacidad de almacenamiento de los trojes para cereal y leguminosas, ánforas y vasos de gran tamaño se ha estimado en 25.000 litros. Se trata de un edificio señorial para 15 ó 20 personas que, en torno a 400 a. C., fue pasto de un incendio. Los autores a los que sigo aportan datos sobre la captación de rocas y sedimentos en este yacimiento, así como sobre su necrópolis.

De la misma época son los yacimientos de Media Legua 2 y La Carbonera, el primero distante 3,5 km. de La Mata. Tiene unos 1.000 m2 de extensión con dos estructuras circulares de piedra de un diámetro de 2,5 m. que parecen ser hornos-tahona. La Carbonera se parece a La Mata, con construcciones que han sido interpretadas como sacras o palaciales. Otras edificaciones tendrían una función habitacional, distribuidas en unos 754 m2: plantas rectangulares, hogares, un empedrado, una zanja de drenaje y una estructura pétrea de planta circular similar a las de Media Legua 2.

En el siglo V a. C. se sitúan los yacimientos de Los Caños (en Zafra) y del Chaparral. El primero fue un caserío para fines agrícolas de unos 200 m2 con diversas estancias alrededor de un patio parcialmente empedrado, siendo la economía exclusivamente local salvo en lo que se trata de unos hornos alfareros. Chaparral tiene una superficie de unos 500 m2, y La Ayuela se encuentra no lejos de Aldea del Campo, con 780 m2: se trata de un edificio único, articulado en torno a un gran patio central de más de 140 m2, obra relacionada con otras orientales, y habría tenido sus funciones entre finales del siglo VII y el V a. C., habiéndose encontrado objetos de prestigio.


[1] Entre otros David Duque Espino, Alonso Rodríguez Díaz e Ignacio Pavón Soldevila: “Tierra y poder…”.
* Se trata de dos elementos, una piedra para realizar el movimiento de vaivén (mano de molino) y otra denominada muleta, sobre la que se sitúa el cereal.

domingo, 27 de agosto de 2017

La región más olvidada


Villarreal de San Carlos, hoy

María Soledad Pita ha hecho un trabajo sobre los intentos de repoblar Extremadura por parte de los ilustrados españoles en el siglo XVIII[1]. La región era una de las más despobladas de España cuando las costas empezaron a recibir población y el interior empezó a perderla, tendencia que no ha cesado desde entonces. Se trataba de poner en cultivo tierras baldías frenando el gran desarrollo de la Mesta; también de construir caminos que uniesen la capital con la periferia; se proyectaron ciudades en torno a dichos caminos, pero la mayoría de estas obras no se realizaron. No bastaba con la voluntad y clarividencia de una minoría ilustrada, faltaba un cambio de régimen que no se dio hasta la centuria siguiente.

Los ilustrados encargaron cartografías de los terrenos que querían conocer y ya durante el reinado de Felipe V se habia promulgado una ordenanza (año 1718)[2] en la que se encargó a los ingenieros militares hacer un reconocimiento exhaustivo del país, levantar planos y mapas, y se hicieron memorias. También se constató el problema del bandidaje, que asaltaba a los viajeros debido a los despoblados. Se vio que la situación reinante hacía imposible el desarrollo, aunque la región fuese rica potencialmente.

En 1767 se promulgó el Fuero de las Poblaciones, obra que ya se había planteado en el siglo XVI y que recibió impulso en el XVIII: ello supuso la creación de cuarenta y cuatro pueblos y once ciudades, estableciéndose unos diez mil colonos extranjeros entre Madrid y Cádiz, ciudad esta a donde llegaban las mercancías procedentes de América. Luego el Estado siguió con otros proyectos, y también particulares; en el primer caso la Real Provisión de 1777 sobre “Reglas para la repoblación de Extremadura”.

Fue Antonio Ponz[3] el que calificó a Extremadura como “la región más olvidada”, dejándonos algunas impresiones en su obra: la mayor parte de la tierra está destinada a dehesas, cotos y rebaños. Hablando de la zona de Alcántara dice “sin descubrir alma viviente por aquellos derrumbaderos”. En el Tajo pudo hablar con un barquero, “figura más extraordinaria, y de peor catadura, que he visto”, comparando el río con el “Acheronte”, río griego del inframundo, el río de los afligidos. Habla también de los malos caminos y de las extensiones despobladas. “Solo en las riberas de Almonte”[4] vio algo de vida en esta “pingüe Provincia de Extremadura”. Añade que en las Corchuelas[5] hay un palacio arruinado, y visitó el puerto de la Serrana, hasta el que llegaban las dehesas. Aquí vio los “vestigios de una venta”, lamentándose en otro pasaje de las “calamidades [que] habré pasado” recorriendo estas tierras.

Otro de los ilustrados que estudia la autora a la que sigo es Campomanes, que ya se había preocupado de imaginar sociedades idealizadas en su “Sinapia”. El rey Carlos III le había regalado una finca en las proximidades de Mérida, que él quiso dedicar al cultivo de moreras. En 1778 Campomanes viajó por Extremadura y dejó plasmada una memoria que presentó al Consejo de Castilla. El documento se estructura en cuatro partes: desde Madrid a la venta y puente del río Alberche, desde aquí hasta el Tajo y el puente de Almaraz, hasta el Guadiana y el puente de Mérida y hasta el arroyo de la Caya, en la frontera portuguesa. Para Campomanes lo principal era el acondicionamiento del camino real, que ya estaba casi acabado pero no del todo, y llega a la conclusión de que el despoblamiento es la cusa del abandono de estas tierras y no su consecuencia, indicando que los más notables despoblados están entre Calzada de Oropesa y Navalmoral de la Mata y Almaraz, entre esta población y Jaraicejo, el puerto de Miravete y Torrejón el Rubio, los montes de Trujillo, las zonas del arroyo de Toro y Pizarrosillo, Don Pedro y Medellín, Mérida y Alburquerque (con la excepción de Nava), el arroyo de Albarregas y el de Lácara, la Puebla de Montijo y el fuerte de San Cristóbal, el santuario de Botova…

La memoria fue tomada con interés por el marqués de Ustáriz (1735-1809), ascendido a intendente de Extremadura en 1770, donde su gestión se vio entorpecida por los grandes propietarios de la Mesta. Las propuestas para la repoblación de Extremadura fueron las siguientes: se pretendía crear una enorme cantidad de nuevas poblaciones, así como dos asentamientos entre Calzada de Oropesa y Navalmoral de la Mata. En esta zona se proyectó Encinas del Príncipe. Se planteó otra población entre el puerto de Miravete y Torrejón el Rubio (Villareal de San Carlos, el único que se llevó a cabo y que hoy existe, entre Plasencia y Trujillo). También se habló de la posibilidad de crear poblaciones en el camino entre Jaraicejo y Cáceres, entre Mérida y Badajoz, entre el río Gévora y Alburquerque.

A la postre, lo hecho fue mucho menos de lo proyectado, pero al interés ilustrado se sumaron algunas iniciativas privadas, de las que son ejemplos los proyectos de Valbanera y Roza de la Pijotilla, que nunca llegaron a ser realidad. María Soledad Pita señala que para Extremadura no existió un plan que se pareciese al de Sierra Morena, sino propuestas más o menos inconexas. La “memoria” de Campomanes sobre Encinas del Príncipe es de 1778, que se proponía entre Calzada de Oropesa y Navalmoral de la Mata; aunque fracasaría, se tuvo la intención de que sus habitantes fuesen labradores, y cada uno recibiría cuarenta fanegas de tierra, sobre todo con la intención de producir trigo y otros granos. Cada agricultor tendría hasta doscientas cabezas de ganado lanar, y se entregaría cincuenta fanegas de tierra a cada uno para pastos, sin que un solo labrador pudiese tener más tierra que la indicada, pagando al Estado el 3% de lo producido, eligiendo los habitantes al alcalde y a los concejales.



[1] “Encinas del Príncipe, Villarreal de San Carlos, Valbanera y la Roza de la Pijotilla…”.
[2] Incluso sobre los ríos que pudiesen hacerse navegables.
[3] Nacido en Torás, Castellón, en 1725, murió en 1792. Clérigo, pintor, académico, fue un verdadero ilustrado, dejándonos una importante obra, entre otras: “Viaje de España”.
[4] Afluente del Tajo en la provincia de Cáceres.
[5] Al sur del Tajo y de Villarreal de San Carlos (es una pequeña sierra).

viernes, 21 de octubre de 2016

La transierra extremeña: musulmanes y cristianos



Entre la sierra de Gata y el Tajo se encuentra la transierra extremeña, poco poblada siempre y más en época medieval, sobre todo cuando ya se había producido la invasión y conquista musulmana de Hispania. El rey Alfonso VI de Castilla llegó a ocupar Coria en 1079 y, a partir de este momento, según la historiadora María Dolores García Oliva, las fuentes solo hablan de algunos hechos de armas relacionadas con Coria y Plasencia[1]. La escasez de población mantuvo estas tierras sin un poder continuado que las gobernase.

Se ha hablado de un sistema defensivo en la región, lo que ha llevado a pensar que el poder político cordobés era efectivo aquí, pero no está claro que ese sistema defensivo existiese. La autora señala que el escaso interés prestado a esta tierra por los cronistas es una muestra de que las autoridades no estaban interesadas en ella más que para defender territorios más al sur (por parte cristiana para defender el norte). El silencio de las fuentes permite deducir que, al igual que en otras partes de la península, no hubo oposición masiva y generalizada al avance de los conquistadores musulmanes. Por ello no habría un arrasamiento de las ciudades y los campos, y que los habitantes permanecieron en la zona. Ibn Hayyan[2] dice que hacia 840 en la zona de Coria había “varias tribus bereberes… y otras, junto a gentes del país y cristianos”; los dos últimos grupos descendientes de árabes y mozárabes respectivamente.

Por todo el territorio estudiado se encuentran topónimos de origen preindoeuropeo y celta, entre los que figuran Gata, el Palancar, los que incluyen el componente nava, como Navalmoral, o los que empiezan por Mal-, caso de Malpartida. Los nombres influidos por la romanización son Eljas, Trevejo, Marchagaz y Cilleros, al norte del río Alagón; o Belvís (de Monroy) y Mirabel en la margen derecha del Tajo. Los restos materiales demuestran que la región debió de ser habitada ininterrumpidamente al menos desde época romana.

En el Ajbar Machmûa se dice que en las últimas décadas del siglo VIII rebeldes de Coria huyeron hacia el norte, indicando que buscaban refugio en el país agreste. A partir de ese momento se produjo un desmoronamiento de la red de poblamiento anterior y la diseminación de los habitantes. De los invasores, parece que el grupo más representado fue el de los norteafricanos. Individuos de este origen instalados en tierras de Coria participaron en el levantamiento general de 741, y en 794 llegaron a Trujillo y Talavera bereberes de Takurunna[3], de donde huyeron escapando del emir por haber participado en una revuelta. En la región castellano-manchega, pero cerca de la extremeña, se ha localizado Nafza, topónimo ligado a ese mismo grupo étnico, que ha sido identificado con el despoblado de Vascos*, al sureste de Puente del Arzobispo, aunque Pierre Guichard considera que hay dos lugares con ese nombre: la fortaleza de Mojáfar, situada entre el Guadiana y el Zújar, frente a Villanueva de la Serena, sería la capital de los Nafza, tribu que daría origen al topónimo.

Parece que en la zona la soberanía omeya era acatada, pues hubo revueltas que obligaron a intervenir a los emires, pero solo Abd al-Rahman I emprendió auténticas expediciones en este sector al norte del Tajo, lo que quiere decir que en estas ocasiones las revueltas significaron algún peligro para la continuidad de la dinastía. La primera actuación del emir se corresponde con la sublevación del bereber al-Wahid, originario de Egitania –Idanha a Velha- el cual se apoderó del distrito de Coria hacia 770. Este coincidió con otros movimientos de oposición al Omeya, de forma que Abd al-Rahman I dirigió personalmente dos expediciones contra el rebelde, una en 772 ó 773 y allí tuvo noticia de la sublevación de árabes yemeníes en Sevilla. Algún tiempo después volvió para perseguir a al-Wahid hasta Castelo Branco o Montalvâo. Y más tarde aún el prófugo venció a una hueste enviada contra él por el emir, pero quizá entonces el encuentro ya no fuese en la transierra extremeña, sino en la zona de Santaver[4], lugar donde terminó sus días, asesinado, en torno a 776-777.

En el año 785 Abd al-Rahman I volvió a Coria contra otro insumiso, Abul-Aswad, quien se había sublevado en Toledo y, tras ser derrotado, se había refugiado entre los bereberes del Alagón. Este Abul-Aswad era hijo del último gobernador de al-Andalus, defenestrado por el emir y derrotado de nuevo en 759-760, cuando intentó recuperar el poder, mientras dicho gobernador fue asesinado.

Otra insurrección es narrada por Ibn Hayyan: la de los bereberes de Mérida en 826, que llegó hasta Coria, y unos años después, hacia 840, los que vivían en el territorio de Coria gozaban ya de gran autonomía según el mismo historiador, cuando narra el final de Abd al-Chabbar, rebelde de Mérida, que buscó refugio en el reino asturiano; tras permanecer unos años al servicio de Alfonso II, parece que quisó regresar a la obediencia omeya y, sabido esto por el rey cristiano envió un ejército contra él.

Más adelante, con motivo de la expedición enviada por Muhammad I en 875 contra unos bereberes, estos se unieron a la causa del emir y combatieron a los muladíes de Mérida, logrando apoderase de esta ciudad, pero Ibn Hayyan dice que el Gallego[5], tras haber derrotado a las fuerzas cordobesas, se instaló en Marvâo (ver aquí mismo "Mahamud de Galicia"). El “hijo del Gallego” hizo luego una correría por el Alentejo pero no tuvo más remedio que volver a la obediencia del emir. Más tarde estuvo operando en la región de Lisboa, de donde fue rechazado por los partidarios del emir, y de Marvâo, desde donde solicitó ayuda a Alfonso III

En 915 el rey Ordoño II hizo una expedición por la cuenca del Guadiana y tuvo como guías a las gentes de la transierra extremeña, pero los cristianos solo se apoderaron de la zona situada al norte del Tajo en un momento en que Coria se encontraba arruinada a causa de los partidismos, y uno de los grupos en disputa había solicitado ayuda al rey asturleonés. Dada la distancia que separaba Coria del núcleo astur-leonés, no parece lógico considerar –dice la autora a quien sigo- que el rey cristiano hubiera pretendido incorporar el valle del Alagón a sus dominios, sino más bien acentuar su despoblación para dificultar aún más el control de al-Andalus.

A finales del siglo IX una fuente musulmana decía que Mérida está enfrente de la tierra de los infieles, y en la primera mitad del siglo X otra fuente decía que las fronteras con los gallegos son Mérida, Nafza, Guadalajara y Toledo, mientras que otra incluye Coria y Trujillo entre las poblaciones de al-Andalus, e Ibn Hawqal[6] cita como en poder musulmán Alcántara, Cáceres, Trujillo y Albalat, núcleos todos ellos al norte de Mérida.

En 889 el territorio de Sevilla fue saqueado por los bereberes de Mérida y de Medellín, los cuales habían sido incitados a hacerlo por rebeldes de Sevilla. Por su parte, no parece que Abd al-Rahman III prestase atención a las tierras al norte del Tajo en el área de estudio, por lo que parece que los habitantes de la transierra gozaron de autonomía, tanto del poder musulmán como del cristiano. La razón quizá esté en la falta de valor estratégico de estas tierras, pues la mayor parte de las expediciones contra tierras leonesas por parte de los dos primeros califas salieron de Toledo o de Medinaceli, y el resto fue por la fachada atlántica.

Durante esta época, al norte del Sistema Central se produjeron cambios importantes, sobre todo la colonización de la margen izquierda del Duero, llevada a cabo por Ramiro II en el valle del Tormes y por Fernán González en el área de Sepúlveda, pero ni el reino de León ni el califato de Córdoba controlaban de manera efectiva la totalidad del territorio respectivo hasta una hipotética línea divisoria.



[1] “Un espacio sin poder: la transierra extremeña durante la época musulmana”.
[2] Nacido en Córdoba a finales del siglo X, fue historiador y funcionario.
[3] Cora o distrito de Ronda.
[4] Cora entre las provincias de Cuenca, Guadalajara y Teruel.
[5] En realidad este apodo era el de Abd Al-Chabbar, mientras que su hijo, Ibn Marwan, es el protagonista de este episodio.
[6] Geógrafo y cronista que a finales del siglo X escribió la obra “La faz de la Tierra”-
* Hoy es un yacimiento arqueológico con los restos de una antigua madina habitada entre los siglos IX y XII. Nafza hace referencia a una supuesta madina, no localizada, de origen bereber.