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viernes, 8 de noviembre de 2019

Muerte de Darío

https://www.livius.org/articles/place/bactria/ (*)

Hay muchas dudas sobre el escritor Quinto Curcio Rufo, que parece vivió en el siglo I de nuestra era. Quizá fue un rétor[i] que menciona Suetonio[ii] en una de sus obras, pero a tal punto ha existido una controversia sobre Curcio que algunos autores lo sitúan incluso en el siglo III. De su obra “Historia de Alejandro Magno”, formada por diez libros, se han perdido algunos y en el V se relata la muerte de Darío, el rey persa con el que terminó la dinastía Aqueménida, pues el imperio de esta cayó en manos de Macedonia.

Se ha considerado que las fuentes en las que se basa son bastante sólidas, preocupación que parece demostrarse en su obra, pero estuvo muy influido por la historiografía de Tito Livio, coetáneo de Augusto. No obstante se han detectado errores en la obra de Curcio, tanto cronológicos como geográficos. Es uno de los representantes de la historiografía helenística, pintándonos a un Alejandro con sus vicios y virtudes que termina destrozado por el éxito. Su estilo muestra la influencia del estoicismo y destacan las descripciones de lugares exóticos por los que va pasando el ejército de Alejandro, del que nos deja información sobre la clemencia que tuvo con la familia de Darío, pero también de la crueldad que demostró con Clito[iii] y Parmenión[iv].

Vayamos a la narración sobre la muerte de Darío: en una fuente a donde el macedonio Polístrato fue llevado por los del país para saciar su sed, vio que había un cierto número de caballos que morían por las heridas que habían recibido. Entonces, Polístrato se acercó más y “reconoció en un grosero carro cubierto de pieles a Darío, cargado de muchas heridas y ya en los últimos trances de la vida, si bien conservando aún algún corto aliento”. Se acercó a él uno de sus prisioneros para hacer de intérprete, al que Darío dijo que “en aquel deplorable estado a que le había reducido su fortuna le quedaba a lo menos el consuelo de hablar con quien le entendiese y de no malograr sus últimas expresiones”.

Pidió Darío que se le dijese a Alejandro que moría deudor de sus beneficios, dándole gracias por la “suma benignidad” con que, bien lejos de parecer enemigo, había tratado a su madre, a su mujer y a sus hijos, habiéndoles conservado no solo la vida sino también el mismo decoro y grandeza que habían mantenido antiguamente, mientras que sus más cercanos parientes y amigos, debiéndole tanto, le habían privado con torpe ingratitud. Pedía a los dioses que prosperasen las armas de Alejandro, “haciéndole monarca del universo”, mientras deploraba a Beso, sátrapa de Bactria, que le había traicionado (a la postre fue su asesino) haciéndose llamar Artajerjes V durante dos años (en realidad nominal).

Finalmente, faltándole ya el aliento a Darío, pidió beber, y habiendo tomado un poco de agua, se expresó: “¡Oh, tú, cualquiera que seas [Polístrato]…”, añadiendo que esperaba le remunerase Alejandro, que “la única prenda que me ha quedado de mi real fe y afecto es esta mano derecha, ruégote que se la des por mí”. Tomó la mano de Polístrato “y rindió su espíritu”. Informado Alejandro emprendió camino a donde estaba Darío muerto, llegando, tomó su manto y le cubrió, le hizo embalsamar y adornar con pompa regia, enviándolo a Sisigambis[v] “para que le hiciese enterrar a usanza de los persas y poner en el real sepulcro de sus antecesores”.

Pero antes de todo esto narra Curcio la persecución que el ejército de Alejandro había emprendido contra Darío. El primero sabía de la “infelicidad” en la que se encontraba el persa (llegado el año 330 a. de C.), pues Beso, temiendo la presencia del vencedor, dejó con los suyos a Darío cargado de muchas heridas y se dieron a la fuga. El rey persa había salido de Ecbatana (antigua capital de Media) y llegó a Tabas (un oasis), huyendo a Bactria, pero mejor informado el babilonio Bagistanes (colaborador de Alejandro), dijo que Darío se encontraba a corta distancia de donde estaba el macedonio, “abandonado o muerto por los suyos”. Emprendió Alejandro entonces una carrera abierta y llegó a la aldea donde Beso había hecho prisionero a Darío. El resto, con algunas vicisitudes que narra Curcio, es lo dicho sobre la muerte de Darío, su agradecimiento a Alejandro, probablemente para salvar la vida de su familia, y los honores que uno rindió a otro y este pronunció sobre aquel[vi] (ver, aquí mismo, “Terroríficos reyes”).



[i] Que enseña retórica.
[ii] Vive algunas décadas más tarde que Curcio.
[iii] Colaborador de Filipo II de Macedonia y de Alejandro, se atrevió a criticar a este y, en una lucha, fue muerto por Alejandro, no obstante el arrepentimiento que luego atormentó al macedonio. En cuanto a Parmenión, fue acusado de intentar traicionar a Alejandro.
[iv] La base de esta información se ha obtenido de “Interclássica”.
[v] Esposa de Darío.
[vi] Libro V de la obra de Curcio.
(*) Imagen de un bactriano en una de las escaleras de la Apadana de Persépolis.

domingo, 17 de julio de 2016

Una antigua moneda persa

En torno a 546 a. de C. el rey Ciro entró con su ejército en Jonia, Caria y Lidia y en estas tierras encontraron los persas por primera vez acuñaciones de monedas, particularmente en Lidia. Un arquero que representa al rey persa aparece en una de las caras de la moneda, mientras que en la otra cara aparece un rectángulo rehundido. La moneda es de oro y fue acuñada entre 500 y 400 a. de C.; pesa 8,1 gramos.  

El rey (en este caso Darío, uno de los Jerjes o Artajeres) parece estar en movimiento, en acción de combate, con una lanza sobre el hombro derecho. Este motivo se repitió con variaciones, donde el relieve aparece más definido o menos. Una moneda parecida, que se encuentra en el Museo Británico, presenta los ropajes del rey con más pliegues y el borde de la moneda más simple pero igualmente irregular.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Griegos en el desierto de Gedrosia

 Lo que los historiadores han llamado época helenística equivale a los siglos en que la cultura griega se extiende por Asia y llega al Indo, pasando por Anatolia, Siria, Palestina, Mesopotamia, Irán, las regiones desde aquí hasta el Indo y, en África, Egipto, aunque ya desde el siglo VII a. de C. encontramos colonias griegas en el norte de África, por ejemplo, Cirene. (A la izquierda, desierto de Gedrosia).


Pero el sincretismo cultural que se formó desde finales del siglo IV antes de Cristo hasta el I (a mediados del siglo II a. de C. Grecia se convierte en una provincia romana) fue posible por las penalidades que sufrieron soldados, comerciantes, funcionarios, aventureros y artistas. Diodoro nos informa de los esfuerzos y sufrimientos que pasaron los soldados que, siguiendo al visionario Alejandro, tuvieron que atravesar el desierto de Gedrosia, al sur de la meseta irania. Está cerca del mar y allí aquellos soldados conocieron "una nación inhospitalaria y completamente fiera -dice Diodoro-, pues los que habitan allí dejan crecer sus uñas desde que nacen hasta llegar a viejos y permiten llevar el cabello desgreñado". La piel de los nativos que conocieron los soldados les pareció requemada por el sol y les llamó la atención que vistiesen con pieles de fieras. Los habitantes de Gedrosia se alimentaban comiendo carne de las ballenas varadas y construían sus casas con las costillas de las mismas; los tejados se formaban con las escamas de dichas ballenas.

Las penalidades que pasaron los soldados en estos parajes, abrasados por el sol y sin agua ni vegetación, se agravó por la falta de comida, de forma que muchos soldados fallecían irremediablemente. Alejandro se lamentaba -dice Diodoro- porque hombres valientes y jóvenes perecían "sin gloria en zona desierta", por lo que mandó a unos hombres a Partia, a Drangine, a Aria y a Carmania con camellos y otros "animales acostumbrados a transportar carga repletos de alimentos y de otras provisiones".

Se elogia con demasiada ligereza al caudillo Alejandro, pero lo cierto es que solo desde una perspectiva elitista, mítica y poco crítica, cabe olvidar que el macedonio cometió errores enormes que llevaron a sus hombres al sufrimiento y a la muerte. Él mismo la encontraría en Mesopotamia, sin poder alcanzar ya más su patria de origen.

(Gedrosia, al sureste del mapa)

lunes, 28 de noviembre de 2011

Los cismáticos del islam

Existe una corriente historiográfica que considera que, en su momento, el islam fue concebido como un nuevo cisma del cristianismo, y un ejemplo de ello lo tenemos en Juan Damasceno (s. VIII). En el siglo VI la comunidad arábigo-nestoriana de los 'ibad (siervos de Dios) fue una especie de preludio de la comunidad originaria islámica. De hecho el judaísmo y el cristianismo fueron elementos que impulsaron a los árabes a un cambio espiritual. Las comunidades nómadas y sedantarias de Arabia no podían seguir con sus ídolos mientras poco más al norte, con quien mantenian relaciones comerciales y culturales (sobre todo con Siria) se habían desarrollado desde hacía siglos confesiones monoteístas superiores. 

Muhamad fue considerado en un principio como un "hanif" más (uno de tantos predicadores que existían entonces). Algo parecido al "Mesías" cristiano: Jesús se presenta a las comunidades judías como tal, pero otros también lo habían hecho y lo siguieron haciendo. La diferencia es que Jesús tuvo la fortuna de tener seguidores y, según los evangelios, que en mucho son fuentes históricas, una actividad que otros no fueron capaces de llevar a cabo. Como en el caso del primitivo cristianismo, las predicaciones de Muhamad no solo perjudicaban a las creencias politeístas locales, sino -se creía- al lucrativo negocio de las peregrinaciones, y de hecho los hebreos de Medina discutieron a Muhamad.

Al principio la religión islámica se impuso no solo por la convicción de los fieles, sino mediante luchas contra los opositores y el particularismo de las tribus. Cuando la religión islámica llega a la Persia sasánida se impone, pero no la lengua árabe ni la cultura en general, que prevalece gracias a su riqueza, el persa. Tal circunstancia ha podido influir en las diferenes concepciones religiosas dentro del islam chií (persa) y sunní (fuera de Persia) si bien encontramos chiíes también en Irak y otras modernas naciones. 

(Patio de la principal mezquita de Damasco)

domingo, 27 de noviembre de 2011

Griegos en Susa


En el año 331 antes de Cristo llegaron los primeros griegos a la ciudad elamita de Susa, centro de una importante civilización que se remonta al año 4000 antes de Cristo, por lo tanto coetánea de las primeras ciudades-estado mesopotámicas. En el siglo IV antes de Cristo Susa no era más que el centro de una satrapía persa, ya en decadencia respecto de su antiguo esplendor, a no ser por la función administrativa que representaba de la mano de Abulites. Susa se encuentra en las estribaciones de los montes Zagros, en una región feraz que había posibilitado el desarrollo de su civilización, objeto de ambición para muchos pueblos a lo largo de la historia.

Cuando las tropas griegas, a las que se habían ido sumando mercenarios anatolios y mesopotámicos, llegaron a Susa se asombraron de su apadana, de sus calles y edificios notables, de sus esfinges y del paisaje que rodea a la ciudad, entonces como ahora irrigado por el río Coaspis. La información de que disponemos hoy se la debemos, entre otros autores, a Quinto Curcio, a quien ha tradudido Mateo Ibáñez de Segovia y Orellana.


Los griegos fueron obsequiados, pues se presentaban en Susa como vencedores, con dromedarios y elefantes que había hecho traer el rey persa Darío de la India. Curcio dice que con la intención de amedrentar a los macedonios y "así se burla la fortuna de los intentos y disposiciones de los hombres". Los griegos entraron en la ciudad y encontraron muchísimas monedas y cincuenta mil talentos de plata en barras (según el propio Curcio) de las cuales se hicieron dueños por la rapiña y el saqueo.

Alejandro, al frente de los griegos (o macedonios) respetó a Abulites, pero poco después mandó ejecutarlo, así como primero se admiró de los edificios persas y luego mandó destruirlos. Lo mismo haría con el palacio de Persépolis. Los griegos se enseñorearon de la ciudad, ocuparon las mejores casas, comprobaron la brillantez de una civilización que ahora estaba bajo dominio persa, pero que tenía su propia personalidad y transmitieron a la metrópoli una información que luego recogerían, entre otros, Diodoro y Plutarco. También inspeccionaron el paisaje, con abundante agua y vegetación, si bien esta concentrada en algunas zonas para dar ocasión a otras más pedregosas y quebradas.