viernes, 19 de julio de 2019

Lo francés y franceses en España

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En el siglo XVII, según han estudiado diversos historiadores, hubo un importante flujo migratorio de franceses hacia España para trabajar como jornaleros, en la artesanía y en el servicio doméstico, pero también en otras actividades[i], como carbonero, venta ambulante de vinagre y aceite (jarreros), hospederos, aguadores, chocolateros… oficios que solían ser despreciados por los españoles.

La competencia que los naturales sufrieron, les llevó a crearse una mala imagen de estos franceses que perdurará hasta el siglo XVIII, cuando se den las pujantes compañías comerciales francesas. Durante los reinados de Carlos III y Carlos IV los burgueses franceses dinamizaron el comercio y las finanzas de buena parte de las ciudades, llegando a controlar determinados sectores mercantiles. Algunas de las ciudades donde les vemos son Cádiz, Sevilla, A Coruña, Vigo, Santander, Valencia y Madrid, pero también en otros puertos de mar, y estarán representados en la corte por un agente real francés, que velaba por el cumplimiento de los tratados comerciales entre España y Francia.

En 1761 había censados en Madrid 51 mercaderes franceses, el 57% del total, siendo la mayoría “mercaderes de grueso” (mayoristas) y solo unos pocos como “comerciantes de giro”, personas dedicadas a operaciones bancarias. En Cádiz, la colonia francesa tuvo un promedio de 50 a 70 compañías a lo largo del siglo XVIII, siendo la mayoría de carácter familiar, y en 1771 existían en la ciudad 154 casas comerciales francesas: grandes y banqueros, 72; detallistas, 32 y otros pequeños mercaderes, 50. En 1792 el consulado francés en Cádiz contabilizó un total de 8.885 extranjeros residentes en la ciudad, de los que 2.500 eran franceses.

La liberalización del comercio americano y la importancia de Cádiz y Sevilla, explican el aumento de los comerciantes en estas ciudades. En Málaga existía en 1765 una colonia francesa dedicada casi en exclusiva a las ropas, y en Jaén la burguesía comercial francesa superaba a la española a finales del siglo XVIII.

La Revolución Francesa supuso un punto de inflexión en esta corriente migratoria, pues a los anteriores hubo que sumar los emigrados por razones político-religiosas, siendo los enclaves portuarios los principales lugares de destino o estancia; pero por ejemplo Lérida, en 1791, fue zona de paso de miles de franceses que se desplazaban para trabajar en las almazaras del sur de Cataluña, Aragón y Valencia, y en otras partes de España se dedicaron al oficio de hornero. Estos emigrados fueron firmes defensores de la monarquía absoluta y constituyeron un grupo de presión liderados por el duque e Havré[ii] y el conde de Vauguyon[iii]. En 1793, con motivo de la guerra de la Convención, entraron muchos franceses en España como refugiados, clasificándose en función de su estancia (naturalizados, transeúntes y avecindados). Una Real Cédula de 1791 tuvo como objetivo controlar la colonia francesa y expulsar a los transeúntes, mandando hacer un censo de extranjeros, con lo que perdieron los privilegios para ejercer el comercio que habían tenido hasta entonces. Esto provocó una progresiva desbandada de franceses, sobre todo de Madrid y Cádiz.

La adquisición de la nacionalidad española fue un proceso complicado en el que debía acreditarse buena conducta, prácticas religiosas intachables (por lo que no pocos se afiliaron a cofradías), suficiente integración social y disponer de rentas suficientes. La salida de franceses de España provocó que no pocos deudores españoles escapasen a cumplir con la obligación de satisfacer sus deudas, además de que se depreció la deuda francesa, perjudicando al Banco de San Carlos, que había invertido fuertes sumas en ella.

Lo cierto es que, según Lara López, durante el siglo XVIII se introdujeron en España los moldes culturales galos, naciendo un afrancesamiento distinto a aquel (de carácter político) con el reinado de José I. Los emigrados y exiliados franceses (sobre todo los clérigos) inculcaron en las capas populares un sentimiento contrarrevolucionario, que rebrotará en 1808, de forma que las diversas colonias de franceses en España sufrirán la ira de los españoles, viéndose choques sociales a partir de 1789.

Al mismo tiempo se dio durante el siglo XVIII un afrancesamiento cultural (también en otros países de Europa) en la literatura, el arte, el teatro, la vestimenta, etc. Feijoo, por su parte, fue un defensor del pensamiento ilustrado francés y el “prurito civilizador” miraba a Francia, de forma que algunas ciudades españolas construyeron paseos señoriales, plazas y edificios con criterios de racionalidad, al tiempo que se intentó, sin éxito por el momento, llevar los cementerios extramuros (en Francia desde 1774).

Desde mediados del siglo XVIII recorrieron España los “linternistas” con una panoplia de artefactos ópticos que permitían visionar placas pintadas con ciudades europeas, entre las que destacaba París. Se montaban espectáculos en las calles, además de en salones de la aristocracia y de la burguesía, lo que constituyó el primer uso de las imágenes como medio de transmisión cultural, si no tenemos en cuenta los romances de ciego, que son muy anteriores. Las imágenes fueron, pues, una forma vicaria (a través de historias ajenas).

El interés por los filósofos franceses fue común entre las “elites” provinciales mucho antes de la explosión revolucionaria, sorteando muchos de sus escritos el control inquisitorial. Los cafés se convirtieron en lugar de debate e información, distintos de las tabernas del pueblo bajo, cumpliendo una función no institucional distinta de los de las universidades y las Sociedades de Amigos del País. Pero esta impregnación ideológica y cultural de lo francés no será el germen del afrancesamiento político de 1808, surgiendo el contrapunto en el “majismo”, o adopción por un sector de la aristocracia en el reinado de Carlos IV de unos usos sociales (lingüísticos, vestimenta, exaltación de festejos populares) tenidos como la quintaesencia de los valores tradicionales hispánicos. Se llegó a la figura del “petimetre”, identificándose las capas populares con el fenómeno del “majismo”.


[i] “Lo emigrados franceses…”, Emilio Luis Lara López.
[ii] Escribió a la duquesa de Osuna para que protegiera al marqués de Charitte, que acababa de llegar a España huyendo de la Revolución Francesa.
[iii] Fue instructor de Luis XVI antes de ser rey y luego fue ministro del Consejo de Estado con Luis XVIII.
(1) https://vestuarioescenico.wordpress.com/2015/11/14/la-blanca-peluca-masculina-del-siglo-xviii-y-el-proceso-de-empolvarla/

jueves, 18 de julio de 2019

La retirada de los franceses

Acueducto romano de Lodosa (1)
La victoria hispano-inglesa en Vitoria en 1813 parece que fue determinante para que los ejércitos franceses empezasen la retirada hacia su país, pero esta no fue lineal, sino que estuvo formada de enfrentamientos, escaramuzas y otros episodios bélicos. Desde Vitoria la frontera francesa quedaba al descubierto en su extremo occidental y al mando francés le preocupó que quedasen cortadas las comunicaciones por ese lado.

El ejército del norte mandado por Clausel[i] no había participado en la batalla, pero avanzaba hacia la ciudad y pretendió unirse a las fuerzas imperiales en Salvatierra, donde se enteró de la presencia de los soldados de Mina en las proximidades y cambió de rumbo recogiendo a la guarnición de Logroño, tomando el camino de Pamplona, que hubo de abandonar poco después de cruzar el Ebro por Lodosa[ii]. En todo caso el oficial francés logró alcanzar Tudela y, llevando consigo la guarnición allí establecida, marchó con su ejército a Zaragoza.

La guarnición de Bilbao, las fuerzas francesas que operaban en Guipúzcoa a las órdenes de Foy[iii] y la columna de Macume[iv], que había abandonado Vitoria antes del combate, se vieron comprometidas en distintos momentos de su retirada. Hubo combate en Villafranca (al sur de Navarra) entre Foy y el escocés Graham, que recibió los refuerzos de Mendizábal[v] para atacar Tolosa, muy bien defendida. Tras varias horas de resistencia, Foy, al tener noticia de la llegada de la artillería inglesa, se retiró sobre Andoain y Hernani, punto este donde llegó a concentrar una fuerza de 16.000 hombres[vi], con los que reforzó las guarniciones de San Sebastián y Pasajes y para, una vez cruzado el Bidasoa, cubrir la frontera francesa.

Los tres ejércitos llamados de Portugal, Centro y Sur, que habían combatido en Vitoria, consiguieron, a las órdenes de Reille, que mandaba el primero, crear una retaguardia que contuvo a las avanzadas inglesas. Desde Irurzun, el rey José destacó a Reille (de larga experiencia militar) para que tomase el camino del Baztán y estableciese una línea defensiva en la frontera. En Pamplona dos ejércitos bifurcaron sus caminos: Douet d’Erlon[vii] recibió la orden de defender el valle del Baztán, en tanto que Gazán[viii], con el ejército del Sur, regresaba a Francia a través de Roncesvalles.

Wellington estuvo detenido ante Pamplona durante varios días y luego envió un ejército para echar a los franceses del Baztán y enlazar con las fuerzas que, al mando de Graham, habían seguido la calzada principal desde Villafranca al Bidasoa. Hubo combate en Maya (valle del Baztán), que fue la única resistencia ofrecida por Gazán antes de pasar a Francia, de forma que esta región de España no quedaban otras fuerzas francesas sino las guarniciones de Pamplona y San Sebastián. Sobre esta ciudad fijó un plan Wellington que fue confiado a Graham, y el 20 de julio comenzaron los bombardeos sobre la muralla, pero el asalto terminó con muchas bajas por parte de los atacantes, al tiempo que se enteraban de la ofensiva de Soult en la frontera.

Al tener noticia del resultado de la campaña de 1813, Napoleón decidió reorganizar las fuerzas francesas que operaron en el centro de la Península, las cuales formarían en lo sucesivo un único ejército, que llevó el nombre de ejército de España a las órdenes de duque de Dalmacia (Soult), que tendría la misión de la defensa del territorio nacional francés, abandonando la idea del establecimiento dinástico de José en España. Este ejército se aprestó a liberar las guarniciones de San Sebastián y Pamplona, confiando a Drouet la misión de ocupar el valle del Baztán y retrasar con ello la marcha de los ejércitos aliados en socorro de las que bloqueaban Pamplona. El 24 de julio las tropas de Reille volvieron a entrar en España y al día siguiente las fuerzas aliadas, tras nuevos combates, prosiguieron su repliegue hacia Pamplona.

Luego, el inglés Hill terminó por evacuar el paso de Maya, con la intención de acudir a la defensa de Pamplona, sobre la que tomaron decisiones Wellington y Soult. No siendo capaz este último de socorrer a la plaza, marchó a Guipúzcoa para atacar a Graham, movimiento que no pudo completar, mientras que Wellington marchó contra las fuerzas que había dejado en Sorauren (al norte de Pamplona). Así, la invasión concluía con una precipitada retirada a través de Yanci y Echalar[ix] para buscar refugio en Francia el 2 de agosto.

Aún quedaba San Sebastián, donde el 29 de julio se recibió la noticia del combate de Sorauren. Un accidente fortuito –la voladura de un depósito de municiones, que causó grandes bajas entre los defensores- dio a las columnas anglo-portuguesas la oportunidad de entrar en la ciudad, donde se dieron a un sistemático saqueo que llevó a la total ruina de la población, que fue incendiada y destruida en su totalidad. Esto no fue todo, pues aún el 31 de agosto tuvo lugar la batalla de San Marcial (Irún), que se considera como la que puso fin a la guerra de la independencia española. El 31 de octubre, y tras laboriosas negociaciones, el general Cassan entregaba Pamplona a Carlos de España[x], llegando así el final de las hostilidades en la región occidental.

La única fuerza francesa que se mantenía en la Península tras la capitulación de Pamplona estaba formada por los restos de los ejércitos de Levante y Cataluña, mandatos por Suchet, el cual, al estar aislado, se vio obligado a abandonar todo el territorio que conquistara en las campañas de los tres años precedentes. Pero retirarse, como hemos visto en Guipúzcoa y Pamplona, no significa ausencia de hostilidades: aún quedaron los campañas de Levante y de Cataluña, hasta el punto de que en noviembre de 1813, Suchet disponía de unos 35.000 hombres para mantenerse en Cataluña, pero tras la retirada del mariscal a Figueras, uno de los oficiales que formaban en su ejército, Juan Van Halen[xi], logró, mediante supuestas órdenes del mariscal, la rendición de las plazas de Lérida, Mequinenza y Monzón, y Napoleón autorizó a Suchet para que negociase con Copóns[xii] la entrega de las restantes plazas ocupadas por guarniciones francesas. Así terminaba la guerra en la parte oriental de la Península.

Ya en octubre los aliados habían entrado en territorio francés, llevándose las hostilidades fuera de España. Los saqueos de algunas localidades francesas imitaron a los de los ejércitos napoleónicos en España y Portugal, habiendo sido afectadas Burdeos, Toulouse, Bayona, Orthez y otras, pero españoles, ingleses y portugueses fueron frenados en el sur de Francia. En cambio, Cataluña fue liberada de tropas francesas, ordenadamente, a finales de mayo de 1814.



[i] Sería gobernador de Argelia en la década de los treinta.
[ii] Al suroeste de Navarra.
[iii] Además de militar fue escritor, habiendo participado en la guerra de 1808 en Portugal y en España.
[iv] En este momento hacía la escolta de un importante convoy que marchaba hacia Francia por la calzada de Bayona.
[v] De extracción popular, nació en Vergara en 1765 y murió en Madrid en 1838.
[vi] Miguel Artola, “La guerra de la independencia”.
[vii] Destacó durante la Revolución Francesa y tuvo una exitosa carrera militar.
[viii] Participó en la toma de Fregenal de la Sierra y Jerez de los Caballeros (1811), pero el general Ballesteros entró posteriormente e Fregenal e hizo prisioneros a los franceses de Gazán (https://fregenal.hoy.es/fregenal-guerra-independencia-20190123094741-nt.html)
[ix] Ambas localidades, en el extremo noroeste de Navarra.
[x] Militar francés al servicio de España que apoyó a Fernando VII como absolutista.
[xi] Militar español que reconoció al rey José. Luchó en el ejército francés en Baviera y Austria. Fue aceptado por el rey Fernando VII tras la guerra.
[xii] Capitán General de Cataluña desde finales de 1812. En febrero de 1814 recibió al rey Fernando VII a orillas del río Fluviá, acompañándole hasta Gerona. Partidario de que el monarca jurase la Constitución de 1812, aceptó de él, sin embargo, un título nobiliario.
(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Lodosa_-_Acueducto_romano_-_DSC_4630_W.jpg

miércoles, 17 de julio de 2019

Arqueología en Catoira

Torres del Oeste (Catoira)

Algunos municipios hacen un esfuerzo encomiable por recuperar la memoria del pasado mediante la colaboración de estudiantes, profesionales o historiadores. Uno es el caso de Catoira, en el fondo de la ría de Arousa, en la provincia de Pontevedra[i]

Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en 1989 aportaron nuevos datos para conocer el carácter de las torres del Oeste, recurriendo a los orígenes del asentamiento humano en dicho lugar y la función de dichas torres durante la Edad Media. Poblado durante época prerromana y romana, los materiales más importante son cerámicos y objetos de importación.

La historiografía ha venido a decir que las torres del Oeste son de origen romano y luego cumplieron una labor defensiva contra las incursiones normandas. ¿Son estas las Turris Augusti que cita Pomponio Mela, o quizá las Arae Sextianae de Plinio? En cuanto a las fuentes medievales las principales son el Cronicón Iriense y la Historia Compostelana, ambas tendenciosas para consolidar la leyenda jacobea la primera y la segunda para ensalzar el papel de la mitra compostelana, del obispo Gelmírez[ii] en particular.

En las excavaciones de 1989 se pudo comprobar, según explica Juan L. Naveiro, que la obra medieval de las torres había hecho desaparecer casi por completo la obra romana. Durante la Edad Media, las torres tuvieron remodelaciones hasta su definitivo abandono, pero mientras esto no fue así, se produjo abundante cerámica y armamento, restos de alimentación, monedas, etc.

Para la antigüedad de las torres, se constata la adaptación al relieve, típica del “urbanismo” prerromano; plantas redondeadas o con claro predominio de la línea curva, mampostería irregular y muros de doble paramento. Los materiales son esencialmente cerámicos de tipología castreña, similar a los de otros castros costeros: jarras “tipo Toralla”, vasijas “tipo Cíes”[iii], etc. También cerámica importada de la Campania desde época temprana, así como la sigillata itálica y ánforas neopúnicas e itálicas de finales del siglo II y I a. de C. Otros objetos encontrados son molinos planos prerromanos.

De la romanización dan cuenta los materiales encontrados, algunos relacionados con las comunicaciones y con el comercio, siendo la cerámica la clave para este período. La común romana – piezas de cocina, mesa y almacenamiento- supone el conjunto más numeroso dentro del material antiguo, junto con la representación de elementos de molinos manuales circulares. Pero también una gran cantidad de piezas de importación, no tanto cerámicas finas como ánforas, contenedores de vino y salazones del área mediterránea. En otro plano dan idea las inscripciones dedicadas a divinidades romanas, como Pietas y los Lares Viales.

El asentamiento fue un castro costero con importantes contactos comerciales por vía marítima y por vía fluvial, el Ulla, donde se han encontrado restos y en las proximidades de la isla de Cortegada, un pecio. El tráfico marítimo debió de continuar hasta el Bajo Imperio, pues se han encontrado algunas ánforas lusitanas y sigillatas africanas.

Los niveles medievales resultan claros, según ha estudiado Juan L. Naveiro, destacando el complejo fortificado que pervive en la actualidad, y la estrecha relación del mismo con el comercio y el tráfico marítimo y fluvial. Las construcciones defensivas de la segunda mitad del siglo XIII llevó a la modificación del terreno preexistente y se han encontrado numismas de Alfonso X y Fernando IV bajo los pavimentos. Del Medievo destacan los elementos importados del norte de Europa, tales como cerámica vidriada y los sellos de plomo que identificaban las manufacturas textiles inglesas.

Que hubiera un bastión defensivo anterior, del que quedan muestras evidentes (quizá del reinado de Alfonso III y con más seguridad desde el siglo XI). La fortificación del siglo XIII estuvo relacionada con la importancia del río Ulla como vía comercial, por la que circulan productos atlánticos para Compostela.  


[i] “Catoira na historia”, varios autores. En el capítulo de Juan L. Naveiro está basado el presente resumen.
[ii] A partir de 1120, arzobispo.
[iii] Ambos lugares en la ría de Vigo.

martes, 16 de julio de 2019

El puerto de Ferrol

Plano de la ría y puerto de Ferrol

Con la monarquía borbónica Galicia adquirió un valor estratégico que antes no había tenido. La pérdida de Flandes y los territorios italianos hizo que la política atlántica (las colonias americanas) cobrase primacía en la Corte española. Era necesario contar con una flota poderosa que facilitase los intercambios comerciales y que garantizase las rutas marítimas frente a las agresiones británicas, sobre todo.

El Nuevo Mundo desempeñó un papel de gran relevancia en los conflictos internacionales desencadenados por las potencias europeas durante el siglo XVIII. Esto se puso ya de manifiesto en las guerras de sucesión a las coronas de España, Polonia y Austria, cobrando mayor importancia en la segunda mitad del siglo: guerra de los siete años y sublevación de las trece colonias británicas.

Cádiz se convirtió en el puerto central de la reforma llevada a cabo por el ministro Patiño[i], pero dividió el litoral español en tres departamentos marítimos, uno de los cuales tenía su capital en Ferrol (1726), lo que responde a la importancia de su puerto en siglos anteriores. Pero el peso del puerto de Ferrol siguió siendo discreto durante la primera mitad del siglo XVIII[ii], hasta que el marqués de la Ensenada se convirtió en el gran paladín de la opción ferrolana, ya con Fernando VI. Don Zenón de Somodevilla se había formado bajo la protección de Patiño en la administración de la Armada, su verdadera escuela, y durante esta etapa había tenido la ocasión de visitar la comarca de Ferrol: en 1730 residió unos meses en el apostadero de A Graña, dirigiendo la labor de su pequeño astillero.

La marina española ocupó, durante el reinado de Fernando VI, un lugar privilegiado en los planes de Ensenada, recomendándole el monarca que apoyase su política naval “con preferencia a todo”. Por otra parte, siguiendo la tendencia marcada por las grandes potencias navales del momento (Inglaterra y Francia), Ensenada mandó crear cuatro grandes arsenales, tres en la península (Ferrol, La Carraca[iii] y Cartagena) y otro en América (La Habana). Así se formaron, prácticamente de la nada, los arsenales-astilleros de Ferrol, surgiendo fábricas y centros de reparación.

Llama poderosamente la atención –dice Martín García- que casi todos los rivales que le salieron a Ferrol estuvieran ubicados en el propio reino de Galicia. En 1747 fue apremiado Cosme de Álvarez para que preparase los planos de un arsenal en la ría de Ferrol capaz de albergar sesenta navíos de línea y de construir “quatro a un tiempo”, pero en 1749 fue enviado para que estudiase otros puertos, y en la ría de Vigo sondeó y demarcó todos los parajes, desde Redondela hasta las islas Cíes. También analizó las posibilidades en la ría de Pontevedra. Años más tarde, don Juan José Navarro, marqués de la Victoria[iv], ya para el rey Carlos III, expuso algunos inconvenientes que veía en Ferrol (aunque también ventajas): “la escasez, lo estéril, [sic] del clima, siempre variable y expuesto a temporales, lluvias y los ánimos de sus naturales, abatidos, floxos, enemigos del trabaxo…”. Martín García considera que en este informe se ven las rencillas personales y el desprecio que sentía Navarro por el ya caído en desgracia marqués de la Ensenada. Pero se reconocieron varios méritos a Ferrol: sus cualidades defensivas, el fondo de sus aguas y tener la facilidad de poder hacer escuadra para América y en el Canal de Inglaterra.

La bonanza económica y el desarrollo demográfico de los centros urbanos gallegos, como A Coruña y Ferrol, no obsta para reconocer que a finales del siglo XVIII las villas y ciudades de Galicia eran modestas[v]. Según el censo de 1787, la mayoría de ellas no alcanzaban los 5.000 habitantes; solamente tres centros urbanos, según parámetros de la época, alcanzaban tal calificación: la villa de Ferrol y las ciudades de Santiago y A Coruña. En la segunda mitad del siglo XVIII, Ferrol vio un flujo migratorio favorable de importancia, que continuó aunque con menor importancia en la primera mitad del siglo XIX. La Armada necesitaba brazos para las obras, además de los militares que se asentaron en la villa, “las levas honradas” y los maleantes.

La mayoría de estos inmigrantes procedían de la misma Galicia, sobre todos los municipios actuales de la comarca ferrolana y los del norte de la actual provincia de A Coruña. Hacia el sur también fluyeron a Ferrol habitantes del golfo Ártabro y los de los actuales municipios de Monfero y As Pontes. Fuera de este ámbito cercano, vecinos de Santiago y Lugo y los territorios de la Galicia rural. Barceloneses, murcianos y santanderinos se avecindaron en Ferrol, pero también asturianos, franceses, italianos y portugueses. Así, la mayoría de la población ferrolana en 1787 era masculina, joven y solteros.

El nuevo Ferrol trajo consigo nuevas categorías socioeconómicas: en 1797 el 67% eran asalariados por el rey, siguiendo muy de lejos en cantidad los artesanos, jornaleros, tenderos, profesionales liberales, comerciantes, hidalgos y los dedicados al sector primario. Los ahora municipios de Cedeira, Valdoviño, San Sadurniño, A Capela, Pontedeume, Cabanas, Fene, Neda, Narón, Mugardos y Ares, además de Ferrol, experimentaron cambios demográficos que tienen en el puerto ferrolano su principal explicación. Aquí encontraron muchos empleo en la construcción naval, mientras que la villa compraba a su comarca los productos del campo o del mar, destacando en aquellos las harinas.

Las feligresías de la ría ferrolana y sus villas de A Graña, Mugardos, Neda y en menor medida Ares, fueron las que más crecieron durante la segunda mitad del siglo XVIII, pues Ferrol fue incapaz de absorber todo el flujo migratorio.



[i] Nacido en Milán en 1666, falleció en 1736 en La Granja de San Ildefonso, habiendo sido Secretario de Estado con Felipe V.
[ii] “Auge y decadencia… en Ferrolterra…”, Alfredo Martín García. En uno de los capítulos de esta obra se basa el presente resumen.
[iii] Hoy en el municipio de San Fernando, Cádiz.
[iv] Nació en Mesina en 1687 y murió en Isla de León en 1772, habiendo sido Capitán General de la Armada española.
[v] Ver aquí mismo “Las villas gallegas en el siglo XVIII”.

lunes, 15 de julio de 2019

Los primeros estudiantes contra Franco

Universidad Central de Madrid

Para hacerse con el poder tras la guerra, el franquismo contó con unos colaboradores que, en el campo estudiantil, fueron la derecha católica (incluida la Iglesia) y Falange, pues las políticas educativas que imprimieron los ministros del ramo “se encarnaban en la tradición católica integrista de finales del siglo XIX” y las ideologías de extrema derecha de los años veinte y treinta. En la línea de Acción Española, López Ibor publicó en 1938 un “Discurso a los universitarios españoles”, donde denunció la, para él, extranjerización de la universidad española y proponía que la “nueva” universidad se inspirase en la época imperial.

Por su parte, Enrique Herrera Oria escribió en 1940 un libro en el que decía que, “en la España imperial, el Estado se desentendió de la educación confiándola a la Iglesia, y proponía ahora emular aquel tiempo…”[i]. La universidad estuvo en manos del Sindicato Español Universitario[ii]; entre 1940 y 1941, Ruiz-Giménez, católico falangista que luego evolucionó hacia posiciones democráticas, defendió una universidad “rectora” de todo movimiento cultural. El profesorado debía estar sujeto a la “fiscalización sobre su eficacia docente y actualidad científica”, el cual sería vigilado por el SEU.

El “Catecismo” de Ripalda de 1941, a la pregunta de cuáles eran los principales errores condenados por la Iglesia, respondía: el materialismo, el marxismo, el ateísmo, el panteísmo, el racionalismo, el protestantismo, el socialismo, el liberalismo y la francmasonería. Así, un elemento clave –dicen los profesores a los que sigo- para la reordenación educativa fue la depuración del profesorado, considerada esta como “razón de Estado” o “sagrada misión”. Las investigaciones hechas por los historiadores sobre enseñanza primaria, aún parciales, cifran en un 25% los sancionados, de los cuales la mitad fueron “separados definitivamente” de sus puestos. En la enseñanza universitaria, de los 600 catedráticos que había antes de la guerra, en 1940 solo quedaban 380 (un 37% menos), siendo las universidades de Madrid y Barcelona las más afectadas. Cuando Ignacio Bolívar, director del Museo de Ciencias Naturales, se expatrió a sus ochenta y nueve años, fue preguntado que a donde iba, a lo que contestó: “¡A morir con dignidad!”. Los profesores que se exiliaron fueron expulsados del cuerpo y para los que permanecieron y fueron objeto de expedientes depuradores, imperó la arbitrariedad, el sectarismo y la miseria, que afectó también a otros cuerpos de funcionarios.

Los estudiantes universitarios de los años cuarenta del pasado siglo eran, como en el siglo XIX, hijos de profesionales y burgueses, con escasas pinceladas de otros sectores sociales. Antonio Perpiñá, afinando los datos de un estudio hecho por Manuel Fraga y Joaquín Tena, calculó que menos de un 4% de los universitarios españoles eran hijos de pequeños agricultores, y menos de un 2% hijos de obreros. Las estudiantes, en 1940-1941 eran el 13%; en 1945-1946 el 12% y en 1950-1951 el 14%. Desde 1939 hasta 1946 la organización que gobernó y encuadró a los estudiantes fue el SEU de los excombatientes, los rebeldes de 1936, siendo sus jefes José Miguel Guitarte y Rodríguez de Valcárcel, pero el SEU, contrariamente a la época republicana, que era agitador y escuadrista, fue ahora guardián del orden, quedando obligados todos los universitarios a integrarse en el SEU desde 1943.

Al terminar la II guerra mundial, se percibió en las universidades de Madrid y Barcelona el brote de actividades de oposición, pero fueron atajadas de forma expeditiva. En Barcelona, por ejemplo, el SEU tenía un local en la universidad con los retratos de Franco, José Antonio Primo de Rivera, Hitler y Mussolini, donde practicaba interrogatorios, malos tratos y torturas contra estudiantes sospechosos de monárquicos o de otras opciones. El dirigente del SEU Pablo Porta, seleccionó estudiantes por sus antecedentes familiares republicanos o por sospechar de ellos alguna acción subversiva. Las principales tareas del SEU eran, según las revistas que publicaba, la “admiración al Caudillo: somos fanáticos de él y vamos a hacer fanático en él a la juventud”, la “voluntad de imperio” (¡buena estaba España para imperios!), el anticomunismo, el anticapitalismo y el antimonarquismo (se ve que el sindicato estaba en manos de falangistas), “sin faltar algunas gotas de antisemitismo”. Se defendía el catolicismo y el integrismo: “España afirma su personalidad irreductible a toda influencia exterior. El decrépito mundo europeo termina en los Pirineos”.

Los aires bélicos estaban a la orden del día, hasta el extremo de crearse una Milicia Universitaria donde había jefes y oficiales. Nicolás-Sánchez Albornoz, que conoció a fondo esto y sufrió castigo por su rebeldía, ha recordado que “en la España de los primeros años cuarenta había que jugarse el tipo si se quería intercambiar ideas. La cárcel era el único lugar donde se hablaba con plena libertad” (con la discreción debida, claro). La oposición antifranquista de los años cuarenta hubo de hacer frente en España a una eficaz y brutal represión que, más allá de ejecuciones, exilios, encarcelamientos y depuraciones, hubo de resistir y soportar persecución por parte de las fuerzas policiales y el desmantelamiento sistemático de los grupos clandestinos cuantas veces se reorganizaran.

Hasta 1944 la actividad opositora fue reducida, mientras que cuando terminó la II guerra mundial, creyendo que el fin del franquismo podría estar cercano, avivó a algunos estudiantes. Crecientemente, luego, la oposición estudiantil (mayoritaria o no) fue un hecho y “no hay parangón en Europa –aunque sí en América Latina- a esta línea de oposición que perdura hasta la transición democrática”[iii]. La causa última y más determinante de esta continuidad, ha escrito Fernández Buey, fue sin duda “la persistencia de la tiranía franquista”, por más que la protesta no fuese igual en intensidad y contenidos a lo largo de tan dilatado período. En 1946 reaparecieron clandestinamente la FUE y otras organizaciones de estudiantes antifranquistas.



[i] “Estudiantes contra Franco (1939-1975), obra de Elena H. Sandoica, Miguel A. Ruiz Carnicer y Marc Baldó. En un capítulo de esta obra está inspirado es presente resumen.
[ii] Creada por Falange durante la II República española contra la Federación Universitaria Escolar. Durante la mayor parte de la dictadura franquista, el SEU fue el único sindicato estudiantil permitido, pero entre 1956 y 1965 fue perdiendo influencia.
[iii] Autores y obra citados en la nota i.

sábado, 13 de julio de 2019

Pájaro en medio del bosque...


(1)
El bandolero Pascuale Tanteddu había nacido en Orgosolo[i] (1926), echándose al monte –dice Hobsbawm– en 1949, y fue sentenciado en rebeldía pocos años después en Cagliari. Se le acusó de las matanzas de Villagrande y “Sa Verula”, de la muerte de seis carabinieri, de nueve tentativas contra miembros de esta fuerza, de dos robos, de la creación de cuadrillas para delinquir, etc. Fue absuelto, también en rebeldía, del asesinato de dos informadores de la policía. En 1954 se puso su captura a precio de cinco millones de liras.

Pascuale escribió entonces una carta a un doctor de nombre Cagnetta, que ha llevado a cabo un profundo estudio sociológico en el pueblo de Orgosolo, diciendo de aquel que es “un bandido muy popular en el pueblo, porque se dice comúnmente que, frente a lo que por ejemplo hizo Salvatore Giuliano, nunca cometió delitos contra los pobres ni dejó nunca que los señores le pusiesen a su servicio”. Mario Scelba, mencionado en la carta, fue ministro del Interior en Italia, y luego presidente del Consejo de Ministros. La carta a Cagnetta dice lo siguiente[ii]:

Habiéndome enterado de que fue usted a Orgosolo con la intención de denunciar a la opinión pública por medio de la prensa nuestra situación trágica, y ya que no le era posible a usted hablar conmigo personalmente, porque debo evitar los espías y otros liones por el estilo, me hago escribir esta carta por otros, porque ni siquiera sé firmar mi nombre y le dirijo esta carta para hacer la luz sobre todas esas mentiras que se escriben y repiten en los periódicos… y las mentiras que circulan en las bocas de tantos holgazanes que tratan de valerse de mi desdichada situación de bandolero sin instrucción. Ante todo quiero que dé usted una bella forma literaria y exacta a los datos que ahora voy a destacar.

Quiero empezar por mi primera persecución… fui acusado por haberme peleado. Tenía 16 años y era un gañán. Cuando estábamos en el establo, uno de mis compañeros sin ton ni son abusó de su fuerza y me arrastró por las piernas hasta la mitad del cuarto: me encontré con un puñal en la mano y quise asustarle para que me soltara, y cuando hice un gesto con la mano cambió de posición en ese momento y la punta del cuchillo entró en la columna vertebral. Me detuvieron y el tribunal de menores de Cagliari me absolvió después de seis meses de cárcel. En 1945 se me acusó de haber robado caballos, y el que me denunció dio mi nombre y el de otro compañero obligado a ello por los carabinieri que le torturaron.

En 1947, mientras asistía a una sesión del Tribunal de Nuoro[iii], fui de pronto empujado por un carabiniere que dijo que estaba provocando desórdenes. Traté de justificarme, diciendo que no había hecho nada, pero cuando vio que contestaba, se abalanzó sobre mí. Cuando le rechacé, cayó por encima de la barandilla. Un grupo de policías me agarró entonces por el pellejo y me llevaron a las celdas. Se me acusó del delito de desacato y violencia y tras cuatro meses de cárcel me condenaron a catorce meses.

Cumplida mi pena, trabajé en mi casa con un rebaño de ovejas que no me pertenecía y me ocupé de una huerta que, junto con mi hermano Pietro, teníamos arrendada. Pietro había sido guerrillero y había comprendido la verdadera situación de la explotación y opresión de los ricos contra nosotros que somos pobres. Y el hecho de que era un hombre de esta clase hacía que propietarios y espías se enloqueciesen como bestias contra él. Y en 1947 solamente por eso, nos buscaban a mi hermano y a mí, para mandarnos al Confino.

Sigue diciendo Pascuale que trataron de escapar, pues se consideraban inocentes, “…pero cuando se convierte uno en pájaro en medio del bosque, los marescialli, apoyados por los ricos, tratan de acusarle a uno de todo lo que pasa por ahí”. Cuenta luego que el maresciallo Loddo tuvo durante dos o tres años plenos poderes en Orgosolo “para hacer de santo inquisidor, mandando al Confino a todos los que querían librarse de su yugo…”. Habla luego de las maquinaciones criminales de los marescialli Loddo, Ricciu y Serra, “los principales inquisidores de la región de Nuoro”.

Su hermano Pietro y él fueron acusados de una serie de homicidios, y por más que todos los demás cargos hechos contra Pascuale por Loddo, “que ascienden a diez” –dice el autor de la carta- fueron desechados por los tribunales, no así el último, a causa de Mereu Sebastiano, “un digno servidor de esos marescialli sedientos de injusticia y de desorden”. Sigue diciendo Pascuale que iba a ser condenado a trabajos forzados, así como sobre la suerte que corrió su hermano Pietro, que había sido víctima de espías.

No me cabe en la cabeza que los jueces puedan haber querido creer a semejante individuo, [se refiere a Mario Scelba] y espero que se me hará justicia en apelación. Esto vale tanto por lo que toca a “Sa Verula” como a Villagrande, porque soy inocente y no quiero pagar por cosas que la infamia ha puesto sobre mis hombros.

Continúa quejándose Pascuale de la forma de actuar de los carabinieri y de la policía, para continuar: ¿O acaso es que creen que me voy a convertir en oveja a fuerza de ver tanta injusticia, dejando de ser el criminal que no soy? Y termina su carta diciendo que si realmente fuese un criminal, “viendo lo que me han hecho”, tendría que matar por lo menos diez policías cada día, involucrando también a los curas entre los represores. Si no fuese su destino morir, –dice- nunca le cogerían… Odio la vida de bandolero, –termina- pero cien veces prefiero morir que ir a las galeras… Mi solo deseo consiste en ver suprimidos el Confino, las primas de captura de la policía, el paro y la explotación de los trabajadores y en ver a nuestro martirizado país vivir una vida de paz serena y de progreso civil. Sigue la firma: Pascuale Tanteddu.

Es evidente que nuestro personaje era un bandolero que vivió, al menos parte de su vida, fuera de la ley, seguramente también es cierto que fue tratado arbitrariamente y con brutalidad por las fuerzas del orden; sabiendo que el texto, aunque inspirado por él, no se debe a su pluma, pues no sabe leer ni escribir, es obra de alguien que está a su servicio, le quiere ayudar en la medida en que sus actos y los de los demás lo permitan, y también se pone de manifiesto que el que escribe es persona culta que, sin embargo, ha puesto sin más la versión del bandolero. Es muy probable que las apelaciones a la justicia social, sean de la cosecha del que escribe y no de Pascuale.



[i] Localidad del centro de Cerdeña. En la época en que Pascuale actuó contaba entre 3.000 y 4.500 habitantes.
[ii] He corregido lo que podría no entenderse y eliminado lo que carece de interés, pero el documento lo recoge Eric J. Hobsbawm en “Rebeldes primitivos”.
[iii] También en Cerdeña, muy cerca de Orgosolo.
(1) https://www.tripadvisor.es/Attraction_Review-g1065336-d10509157-Reviews-Murals_of_Orgosolo-Orgosolo_Province_of_Nuoro_Sardinia.html Orgosolo está decorado con murales, uno de los cuales, el que figura aquí. 

viernes, 12 de julio de 2019

Goya atormentado

No es seguro si Goya pintó esta obra entre 1793 y 1794 o entre 1810 y 1814, pero está relacionada en cuanto a su estilo con una serie de pinturas con escenas de guerra. “Los presos, no solo los prisioneros de guerra, se encuentran entre las víctimas de la injusticia y la crueldad que figuran en muchos de los dibujos y grabados de Goya”. Junto a escenas como esta hay otras donde un hombre es asaltado o diversas personas están siendo objeto de tortura y castigo. “Esta escena de la prisión, ejecutada con un mínimo de color, es notable por la atmósfera de tristeza y el efecto de sufrimiento anónimo creado por las figuras indistintamente pintadas… La comparación con “El patio de un manicomio”, obra también de Goya, ha llevado a fechar la primera en torno a 1793-1794.

“Escena en una prisión” es un grabado en zinc al óleo de 43 por 32 cm. y se encuentra en el Museo Bowes, en la ciudad inglesa de Barnard Castle[i]. Aquí Goya muestra un ejemplo de la amplia pintura que nos dejó donde se refleja su vida atormentada, tanto por los sucesos en su familia que le hicieron sufrir, como por la sordera que le hizo cada vez más desconfiado. Según Nigel Glendinning[ii], en la correspondencia con su amigo Martín Zapater trasciende la angustiosa conciencia del paso de los años. De los siete hijos que consta le nacieron vivos a Goya y Josefa Bayeu, solo uno sobrevivía. En 1792 se encontró mal y empeoró en pocos días; tras dos meses de “dolores cólicos”, pidió licencia al rey para ir a Andalucía a reponerse. El viaje desencadenó un segundo ataque, al parecer apoplético. En 1781 había fallecido su padre y la sordera no tardaría en atormentar al artista. Contribuyó al estado de ánimo decaído de Goya, en algunas etapas de su vida, la memoria de los hijos y familiares desaparecidos. En los retratados brota la sensibilidad de Goya al registrar no solo la realidad exterior sino la intimidad, adelantando diversas hipótesis sobre el estado climatérico de la vida del pintor.

En este sentido parece lógica la hipótesis de que “Escena en una prisión” puede corresponder a la última década del siglo XVIII, pero también de esta son varios retratos (el de Sebastián Martínez, la marquesa de Solana, la marquesa de Santa Cruz, doña Tadea Arias y la duquesa de Alba, por poner algunos ejemplos); más relación con la “Escena en una prisión” tiene “Fuego por la noche”, pero los frescos de San Antonio de la Florida son también de esta época y nada tienen que ver con esa temática (claro que se pintaron para decorar la cúpula de la ermita).

Durante la guerra contra los franceses pintó retratos como el de Juan Antonio Lorente, el del duque de Wellington o el de su hijo Mariano, pero también bodegones, escenas de la guerra y su autorretrato de 1815. Por lo tanto vemos que las escenas que podrían inspirarle sus momentos depresivos, pesimistas, de angustia, se pueden encontrar en diversas etapas de su vida, para terminar con las pinturas de la Quinta del Sordo, al óleo en las paredes de dos habitaciones, que luego se pasaron a lienzo en 1873. Goya debió de pintar estas escenas (terribles y misteriosas en algunos casos) entre 1820 y 1823, este el año de su muerte.

En la “Escena en una prisión” la única luz viene del exterior, detrás de un túnel, con los personajes solo abocetados, negruzcos, delgados, abatidos, uno de ellos recostado sobre su espalda, teniendo las piernas en un nivel superior al del cuerpo, posiblemente una postura de absoluta desesperación o decaimiento.




[i] Al norte de Inglaterra. John Bowes, nacido en 1811, fue un coleccionista que fundó el museo de su nombre.
[ii] “Goya, la década de los Caprichos”, Madrid, 1992.