Mostrando entradas con la etiqueta s. xvii. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta s. xvii. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de mayo de 2023

El expolio de Soult

 


Hoy se sabe que cuando el mariscal Soult se instaló en Sevilla durante la ocupación napoleónica de España, no solo tuvo interés en las obras de arte que encontró en los conventos de la ciudad, sino en la posibilidad de hacerse inmensamente rico. El mariscal atacó principalmente las obras de Bartolomé Esteban Murillo, que ya se encontraba valorado en casi toda Europa y, en particular, en las cortes más ambiciosas.

Cuando en 1852 los herederos de Soult se hicieron con los cuadros robados en España, los pusieron a la venta, y esta es la razón de que ahora muchos de ellos se encuentren dispersos por varias partes del mundo. Es el caso de “Una niña y su dueña”, obra de 1670, en la que Murillo muestra a dos mujeres asomadas a una ventana (se encuentra en la Galería Nacional de Arte de Washington). “La Adoración de los Magos” fue a parar al Toledo Museum of Art (Ohio), y “Regreso del hijo pródigo”, un óleo sobre tela de 236 por 262 cm. se encuentra en la National Gallery of Art de Washington.

A San Petersburgo fue a parar la “Adoración de los pastores”, un óleo sobre lienzo de 197 por 147 cm. En la Wallace Colection de Londres se encuentra otro cuadro con el mismo título pero más monumental: 147 por 218 cm.; e igualmente “Casamiento de la Virgen”. En la National Gallery está el autorretrato de Murillo, una obra de extraordinario interés pictórico e histórico.

La “Cocina de los Ángeles” se encuentra el el Museo del Louvre (París), así como el “Nacimiento de la Virgen”. Ahora se encuentran en El Hermitage de San Petersburgo “Horneado de tortas planas”, una deliciosa obra donde tres mujeres, en un ambiente obscuro, cocinan las tortas; en el mismo museo se encuentra “Niño con un perro” (óleo sobre tela de 70 por 60 cm.), y también la “Inmaculada Concepción” de mediados del siglo XVII.

En Alemania se encuentran varias obras de Murillo: “Bautismo de Cristo”, una monumental obra de 233 por 160 cm., que se encuentra en el Staatliche Museen de Berlín; y “Niños comiendo uvas y melón”, una de las más valoradas pinturas de género del barroco, en la Alte Pinakithek de Múnich. En Kassel (Staatliche Museen) se encuentra “José y la esposa de Putifar”; y en Dresde, “Virgen con el Niño” (Gemäldegalerie). En Colonia (Wallraf-Richartz-Museum) se encuentra “Vieja y muchacho” (ver arriba). En manos de colecciones privadas están “Ecce Homo”, otra versión de “José y la esposa de Putifar” y “Mater dolorosa”.

En Budapest está “Huída a Egipto” y la “Sagrada Familia con San Juan niño” (Szépmûvészeti Múzeum). En el mismo museo se encuentra “María y el Niño con los ángeles tocando música”. En Williamstown, ciudad de Massachusetts, se encuenta la “Visión de Fray Julián de Alcalá”, y en Baltimore (Walters Art Museum) una “Inmaculada Concepción”. “San Francisco de Asís en oración” se encuentra en Amberes (O.L. Vrouwekathedaal).

No fue poco el expolio, sobre todo si tenemos en cuenta que aquí no están todas las obras de Murillo robadas por Soult, ni hacemos mención a obras de arte de otros autores, españoles o extranjeros, que se encontraban en España, así como objetos decorativos.

lunes, 8 de mayo de 2023

"Discurso contra los judíos..."

 

La obra que aquí comentamos ha sido atribuida a Vicente da Costa Matos, un portugués encarnizado opositor de los judíos en su tiempo (primera mitad del siglo XVII). Una vez cayó el texto en manos de Fray Diego Gavilán Vela[i], se aprestó a traducirlo al castellano con la seguridad de que sería del agrado de todos los lectores, pues una minoría renunciarían a los argumentos que en él se contienen. La obra lleva por título “Discurso contra los judíos…”, y está dedicada al obispo de Valladolid que era, a su vez, Presidente de la Chancillería, Don Juan de Torres Ossorio[ii].

La obra es una muestra del odio incubado desde hacía tiempo contra la minoría judía, en este caso en la península Ibérica, pero también del desconocimiento más elemental de la nueva teología, manifestada profusamente en la llamada Escuela de Salamanca, que había abordado asuntos muy en boga desde el siglo XVI: filosofía, teología, derecho de gentes, etc. Publicada la traducción castellana en 1631, pasó por todos los trámites que eran comunes en la época: aprobaciones y licencia en 1629, tasa en 1630 (a razón de 4 maravedíes cada pliego), prólogo del autor “al discreto lector”, encomendación a la Virgen Nuestra Señora, y se añadieron unas liras, un epigrama de Marcial y unas espinelas de Bautista Pérez que, en sus primeros versos, rezan:

El famoso lusitano Acosta,

A su patria dio

Fuente clara en que ostentó

Licor dulce, y docta mano.

En el capítulo primero de la obra se intenta demostrar cómo Jesucristo es el verdadero Mesías, auténtico caballo de Troya entre cristianos y judíos, para seguir en los siguientes con una defensa de la Iglesia y una larga alusión a “la grande y antigua nobleza de la generación Hebrea, y de los tres nombres que tuvieron, Hebreos, Insraelitas y Judíos”. Luego se siguen las razones por las que los judíos están “desgraciados de Dios y como la observancia de Moisés no les es agradable ahora”.

Se extienden autor y traductor en los castigos que “el Señor infligió a los judíos a la salida de Egipto” y luego sobre los gobiernos que tuvo el pueblo hebreo y sus cautiverios en Babilonia. A continuación se habla de la venida de Jesús al mundo y su muerte en Jerusalén “a manos de los judíos”, gravísimo pecado –se dice- por lo que tienen las presentes miserias, pero también las antiguas, pues detalla sin rigor la destrucción de Jerusalén por el emperador Tito.

Sigue en el capítulo X con el “odio de los judíos a Jesucristo” y por qué fueron echados de casi todos los reinos (capítulo XI). En el capítulo XII relata la entrada de los judíos en Portugal una vez fueron perseguidos en España durante la Baja Edad Media, así como los conciertos a que llegaron con sus reyes, particularmente Juan II. En el capítulo XIII habla la obra del primer Tribunal del Santo Oficio y su extensión posteriormente a Portugal, pues en la época formaba con España una sola monarquía.

Más adelante se extiende en explicar por qué los judíos bautizados se llaman cristianos nuevos y por qué se les ponen sambenitos a los apóstatas. Más adelante se acusa a los judíos de idólatras y sodomitas, de cómo todos los pecados han sido originarios de los judíos y heredados de sus mayores, por lo que son “defectuosos” y pérfidos, inobedientes, vanagloriosos, engañadores… y en el capítulo XXI se habla de “los delincuentes Hebreos” que, aun bautizados, hay pruebas suficientes en muchos casos para expulsarles con sus mujeres e hijos, cuestión en la que se insite en los capítulos siguientes, queriendo ver que con la expulsión de 1492 no era suficiente, y elevando dicha necesidad a “prudencia de estado”, haciéndola extensiva a Portugal.

A partir de la página 261 se cacompaña un Index con “los lugares de la Escriptura” en los que se basan autor y traductor para su “discurso”: se empieza por el Génesis y se sigue por el Deuteronomio, el libro de Josué, el libro de los Reyes, el de Esdras, el de Job, etc. Queriendo encontrar justificación para las pretensiones de la obra se tergiversa por completo el sentido de la Biblia, pero aquella es una buena muestra de la mentalidad dominante entre buena parte de la sociedad cristiana de la época.

Mediante otro Index se da cuenta de lo tratado en la obra alfabéticamente, que termina en la leta “V”: Venta de José, primer pecado de los judíos... Por si no fuese poco se incluye otro Index con los títulos del “discurso”. Lo cierto es que, por mucho que sufriesen los conversos en la España del Antiguo Régimen, no se decidió expulsión alguna que completase la de finales del siglo XV, y los historiadores han podido investigar el importante papel que jugaron en no pocas profesiones.

Especialmente interesante es el trabajo de Irving Fine, “Una experiencia judía en la España del siglo XVII”, o el de José Antonio Ballesteros Díez, “Judíos en Mérida (siglos II al XVII)”. Por su parte María Ángeles Martín Romera ha publicado su “Antes de la libertad religiosa: El antisemitismo en España desde la Baja Edad Media hasta el siglo XVII”; y la muy interesante obra de Miquel de Espalza Ferrer, “Jesús entre judíos, cristianos y musulmanes hispanos (siglos VI-XVII)”. No se agotan aquí los ejemplos.


[i] Cuando se publica la traducción el autor era canónigo regular de la Orden de San Norberto y fraile del monasterio de Santa María de la Caridad, en Ciudad-Rodrigo.

[ii] Nació en Cuéllar en 1562 y murió en Valladolid en 1633, miembro de una familia de la nobleza.

sábado, 22 de abril de 2023

Las "empresas" de Saavedra Fajardo

                                                                   Imagen de Ratisbona

En el centro de la actual provincia de Murcia se encuentra Algézares, pueblo donde nació, en 1584, Diego de Saavedra Fajardo, cuya obra escrita es reflejo de sus experiencias como diplomático en Europa al servicio del rey Felipe IV. De lo mucho que escribió, no poco se refiere a cuestiones políticas, tando de la época que le tocó vivir como de otras anteriores, cobrando entonces valor histórico.

Nació en el seno de una familia noble, pues de lo contrario le sería difícil haber alcanzado los puestos que desempeñó, y viajó por Europa durante una de las épocas más convulsas, la guerra de los treinta años en la que se vio involucrada la Monarquía española. En 1633 estuvo en la Corte de Baviera con la misión de “fomentar la amistad entre el Duque de Baviera y el Emperador y mantener al corriente a la Corona española de las negociaciones entre dicho Duque y Francia[i]”, y cuatro años más tarde, encontrándose en Ratisbona, envió un discurso sobre el estado de Europa. Pero lo que aquí queremos comentar son las “empresas” a las que se refirió en una obra para “un príncipe político cristiano”, es decir, el rey Felipe IV, publicadas en 1640.

Algunos han considerado las “empresas” de Saavedra Fajardo una obra fundamental de “cuantos libros en España y fuera de ella han tratado el mismo tema”[ii], pero otros han considerado contradictoria esta obra[iii]. La contradicción surge –dice Gómez-Martínez- cuando se trata de establecer dónde radica el valor de la obra, que no cabe duda es muy erudita: Para García de Diego la obra carece de originalidad, viendo similitudes con los “Emblemata” de Jacobo Bruck, llamado Argenmundt[iv]. No obstante –dice Gómez-Martínez- lo que domina en las “empresas” es la reflexión, y así lo da a entender cuando el propoio Saavedra dice que fue “escribiendo en las posadas lo que había discurrido entre mí por el camino”, en lo que se parece a Leibniz y quizá a otros notables personajes. En ocasiones “disfraza las referencias a su momento actual concreto, buscándolas origen clásico”, pareciendo así que las “empresas” son “una culiminación en la tradición literaria del barroco, y Saavedra es el más genuino representante del ensayo filosófico español del siglo XVII[v]”.

Con el Renacimiento cobra importancia la literatura política, ejemplo de lo cual es “El Cortesano” de Castiglione, “El Príncipe” de Maquiavelo, Quevedo con su “Política de Dios” y otros, pero ninguno tuvo la relevancia internacional de Saavedra. Sus “empresas” pretenden ser una teoría sobre la educación del príncipe, que ha de ser a la vez político y cristiano, y así las partes de la obra tratan de las acciones que corresponden al príncipe, las relaciones con sus súbditos y con los extranjeros, con sus ministros, el gobierno de sus Estados, los males internos y externos de estos, cómo debe conducirse el príncipe en las victorias y en los tratados de paz, en la vejez, etc.

Ángel González Palencia[vi] dice que Saavedra se vale de varias fuentes para su obra: la Biblia, Aristóteles, Tácito, Séneca, Alfonso X de Castilla, el Padre Mariana, etc., siendo su erudición bíblica asombrosa, y lo mismo cabe decir de “la facilidad y seguridad con que evoca los pensamientos del historiador romano Tácito”. En otras ocasiones se inspira en la literatura histórica y moralista, pero también se sirve de Horacio, Virgilio y Ovidio, y todos los críticos han coincidido en la intencionalidad antimaquiavélica de Saavedra.

La base religiosa es fundamental en nuestro autor, que en ocasiones busca en la historia de España las pruebas de los derechos que le asisten, siendo en esto el prolífico Mariana su principal fuente. Como causas principales de las caídas de las monarquías cita las discordias religiosas, la indefensión de la vida de los súbditos y el desastre de la hacienda pública. Achaca a “la dura exacción de tributos […] malgastada en impopulares empresas” la ruina de las monarquías, de igual manera que la “embrollada y apicarada administración de justicia”, la prepotencia de consejeros y validos y las intrigas y luchas palaciegas.

Como estaba en plenitud la llamada “leyenda negra”, se desata contra los libelos escritos para difamar a la monarquía española, citando aquí al “obispo de Chiapa” (sic) a quien considera origen de aquella leyenda, pero no por ello deja de reconocer las atrocidades que –dice- se cometieron en los primeros años de la conquista de América, consecuencia de ser empresas privadas sin el control de los reyes, antes de que llegasen las leyes que intentaron poner freno a los abusos sobre los indígenas de América.

No es, pues, su obra, un cúmulo de lisonjas, sino un empeño en equilibrar lo bueno con lo malo, denostando esto, ensalzando aquello, aunque no puede evitar, lógicamente, ser un hombre de su tiempo, cultísimo, fecundo escritor que incluso nos ha dejado poesía, que contrasta con los horrores de la guerra de los treinta años que él describe sin miramientos en otros lugares.  


[i] Rafael González Cañal, “Tres escritos desconocidos de D. Diego Saavedra Fajardo”.

[ii] Vicente García de Diego.

[iii] José Luis Gómez-Martínez, “Reflexiones ante las empresas de Saavedra Fajardo”.

[iv] Han sido estudiados por Jesús María González de Zárate, “Los emblemas de Jacob Bruck inspiran a Saavedra Fajardo”.

[v] Gómez-Martínez, op. cit.

[vi] “Las ‘empresas políticas’ de D. Diego Saavedra Fajardo”.

domingo, 16 de abril de 2023

Rabí Moysen y Iacob Cansino

 

                                 Fortaleza de Szigetvár (pinterest.es/pin/350084571017170611/)

En 1638 tradujo Iacob Cansino[i] una obra del hebreo Rabí Moysen Almosnino que lleva por título “Extremos y grandezas de Constantinopla”, encontrándose el primero en Orán, entonces en poder de la monarquía española.

En la obra se relatan los servicios que desde hacía tiempo habían prestado, como traductores e intérpretes, los antepasados de Iacob, remontándose a su bisabuelo en época del rey Carlos I, habiendo además viajado “a Fez y Marruecos” en servicio de dicho rey. Isac Cansino fue su abuelo, y Hayen Cansino su padre, además de un tío suyo que también había servido como intérprete para el que pide un empleo. Por último se refiere a Aron Cansino, hermano suyo.

El autor de la obra, Rabí Moysen, dice residir en Constantinopla “por mis pecados y adversa fortuna, que todo se juntó para tirar contra mí sus ponzoñosas saetas”, cuando estaba en Salónica como comisario (parece que llevaba en esta ciudad dedicado a los negocios año y medio). Ciertamente, la obra se entretiene en aspectos poco relevantes, aunque otros tengan el valor de una crónica de las últimas décadas de la ciudad, que padece un calor intenso en el verano como frío en el invierno, lo que achaca a los vientos que corren en todas direcciones, tanto procedentes del mar Negro como del Mediterráneo y de tierra adentro. Dichos vientos serían los causantes de las lluvias, que son copiosas en determinadas épocas del año, y en consonancia con el clima cita las enfermedades más comunes que él observa: “apostemas”, fiebres, modorras, tabardillos…

En cuando a los precios de los productos habla del encarecimiento de algunos de ellos, pues la mayoría parece que procedían del exterior viajando por mar: carne, pescado, vinos, frutas, etc., lo que provocaba “prodigalidad y avaricia” en cada caso. Habla también de las diversas clases sociales y de la enorme diferencia de riqueza y bienestar en cada una de ellas, dedicando un espacio a los mercaderes, verdadero nervio de la gran urbe, que se valían de dos monedas principales: los ducados y las “hojas de cobre”.

Algunas costumbres son de interés, como el dar limosnas las personas más ricas para demostrar su capacidad y otras por piedad, y también describe la diversidad de “moradas”, desde las más ostentosas y palaciales hasta las más humildes, sin que falte el contínuo deambular de los pretendientes a la Corte en busca de un oficio más o menos cómodo. Dice abundar los mancebos y el número de hijos por familia, lo que contribuía a una sociedad abigarrada y a grandes segregaciones sociales.

En lo que llama “libro segundo” habla de la muerte de Solimán y de los grandiosos edificios que se construyeron en la ciudad durante su reinado: primero el lugar donde está enterrado, llamado “La Marata”, y los alrededores donde se construyeron una mezquita[ii] “con columnas de mármol fino de El Cairo”; una plaza cuadrada con cuatro paredes muy altas de la misma altura que la mezquita; en medio de la plaza “una balsa” cuadrada de agua “que llaman Gadiruan” con cubierta de mármol y sustentada por diez columnas. Otras plazas rodean a aquella y a la mezquita, y hay en La Marata cuatro estudios “que llaman Moderresas” (madrasas) al frente de cada cual está un “catedrático mayor”…

Como Solimán murió al sur de Hungría (1566), cuando el ejército otomano que él mandaba sitiaba la fotaleza de Szigetvár, su cuerpo embalsamado tuvo que ser trasladado a Constantinopla. Luego sigue el autor hablando de la “entrada” de Selim (el segundo de tal nombre) que reinaría solo ocho años, y de las guerras que se hicieron por mar y tierra.

Fuera de La Marata había un gran patio donde solían concentrarse los extranjeros, quizá para intentar relacionarse con los de su misma nación, y es allí mismo donde se distribuía comida para que los necesitados no pululasen peligrosamente por la ciudad al tener su necesidad básica cubierta. En otro patio grande se distribuían muchas casas y aposentos donde curaban a los enfermos pobres, “que es lo que los españoles llaman Hospital y ellos Timarhana”, habiendo médicos, enfermeros y botica. Continúa diciendo que lo que se lee en las madrasas son “leyes de justicia legal”, sabido que el Corán regula toda la vida del musulmán, tanto en lo privado como en lo público.

La “segunda fábrica” que mandó hacer Solimán fue un camino real para “encaminar las aguas de un río”, y así poder abastecer a la ciudad, “y siendo el sitio del origen del manantial muy alto no se podían hacer las acequias […] y así fue necesario hacer unos arcos muy altos en extremo por los cuales pasó el agua y llegó hasta la misma ciudad.”. No obstante un enorme caudal de agua, ocasionado por las fuertes lluvias de unos días, destruyeron la obra y volvieron a dejar a la ciudad sin abastecimiento, continúa diciendo. De nuevo se apresuró Solimán a reconstruir la obra, a pesar de que sus ministros le tuvieron ignorante de la catástrofe durante algún tiempo.

Completa su obra Rabí Moysen con alusión a las joyas que se venden en los mercados y en los comercios especializados, del trajín por las calles, de la diversidad de grupos sociales y étnicos, de las mujeres y sus virtudes, así como de los vicios de algunas, de la oración diaria y semanal, de los judíos que vivían en Constantinopla y de otros extremos que llegan a una casuística inncesaria.


[i] Había llegado a la Corte española en 1633 para servir como traductor e intérprete al rey, lo que había sido autorizado por Antonio de la Cueva, marqués de Floresdávila, a cuyo cargo estaba el gobierno de Orán.

[ii] La de Süleymaniye, que entonces era la mayor de la ciudad.

domingo, 9 de abril de 2023

El amigo de Lope

 

                               Fachada de Nuestra Señora de la Asunción de Buendía (Cuenca)

Al noroeste de la actual provincia de Cuenca, en el límite con la de Guadalajara, se encuentra la villa de Buendía, donde en 1566 nació Juan Izquierdo de Piña, novelista, poeta y dramaturgo amigo de Lope de Vega desde muy pronto, casi de la misma edad que nuestro personaje. Buendía conserva una muralla con varias puertas y su plaza mayor está flanqueada por la casa de Ayuntamiento y la iglesia principal, obra esta de los siglos XV y XVI.

Una de las primeras muestras de la amistad de Piña con Lope fueron los versos que dedicó al “Fénix” a la vuelta de este de un destierro por los libelos que publicó contra una antigua amante suya, Elena Osorio, que había decidido cambiar de cortejo. Como quiera que Piña, de los varios hijos que tuvo, uno también fue poeta, Lope aprovechó para dedicar a los dos unos versos entre los que se dice ni es mucho, si el padre es sol, que el hijo rayo parezca.

Izquierdo de Piña (el primer apellido lo empleará avanzada su vida) fue escribano de actuaciones judiciales pero antes había desempeñado oficios de menor entidad, habiendo sido también familiar y notario del Santo Oficio. De un supuesto viaje a Nueva España y avecindamiento en la ciudad de Puebla, de lo que se ha hablado y escrito, no hay constancia fehaciente, además de que durante su presunta estancia en América se publicaron obras suyas en España y consta su estancia en la misma. En 1624 publicó sus “Novelas morales” y de la misma fecha son sus “Novelas ejemplares y prodigiosas historias”.

Ya en 1620, Piña había participado en la censura de la Parte XIII de las comedias de Lope[i] editadas por la viuda de Alonso Martín, una impresora de nombre Francisca de Medina que propició la publicación de un gran número de obras, entre ellas la “Décima parte de las comedias” (1620). Curiosamente –como señala María J. Moreno Prieto[ii]- Piña cultivó el estilo claro de Lope y el culteranismo de Góngora, dándose al “estilo afectado y artificioso” quizá por el deseo de innovar.

La obra de Piña que destacamos aquí es “Del celoso desengañado”, que trata sobre “los hombres celosos comparados con un palomo y un erizo”, empleando el autor un estilo a base de “subordinadas que se encrespan hasta lo inaudito”. La obra trata de un caballero de Jerez, don Bernardo, que se enamora de doña Teodora de Oliver, hija de Aldonza y señora princial, aunque no demasiado rica. Doña Teodora es uraña, por lo que don Bernardo tendrá que valérselas como pueda: “infamadores paseos y rondas peligrosas”. Aparece aquí la alcahuetería que parece dar sus resultados, y una vez casados, don Bernardo empieza a comportarse de forma extraña, hasta el punto de que decide que el tálamo tenga sábanas de tafeán negro, porque el sueño es “imagen de la muerte”.

Y así sigue el marido con manías que no pueden sino sorprender a la esposa, hasta que un día, dando un paseo, aquel siente “abrasantes celos” de cualquiera que mire a doña Teodora, que no obstante se muestra con todo el recato posible. Pero ello no es suficiente; los celos de don Bernardo van en aumento y llega a atormentarse pensando que su esposa se transforme en “el amor de amores”, cosa que solo está en la cabeza del jerezano.

La concepción de un hijo por parte de doña Teodora aun agita más los celos de su esposo, explicado todo ello por Izquierdo de Piña de manera que se pueda sospechar la existencia de otro galán… un familiar de don Bernardo[iii].


[i] Sus títulos son: La Arcadia, El halcón de Federico, El remedio en la desdicha, Los esclavos libres, El desconfiado, El cardenal de Belén, El alcalde mayor, Los locos de Valencia, Santiago el verde, La Francesilla, El desposorio encubierto y Los españoles en Flandes.

[ii] “Varias fortunas de Juan de Piña: estudio y edición crítica”.

[iii] Ver dbe.rah.es/biografias/29136/juan-izquierdo-de-pina donde constan los títulos de todas las obras de Izquierdo de Piña.

lunes, 3 de abril de 2023

"Toda la España con un olvido general"

 

                              Colegio de San Bartolomé de Salamanca (conocido como Anaya)*

La Biblioteca Sefarad conserva noventa y cuatro folios manuscritos encuadernados en pergamino, conteniendo un “discurso” de Fray Agustín Salucio[i], copia de una carta que dirigió a Don Bernardo de Roxas[ii], Cardenal de Toledo. Como se dice en el documento que se conserva[iii], la primera causa del “discurso” es “tener este negocio por importatísimo al servicio de Dios y bien del Reino, y creer que no cumplía con mi conciencia viéndome tan cargado de [asuntos] y tan vecino de la muerte, si no decía mi sentimiento en cosa de tanta importancia”. En segundo lugar –dice- “me obligo lo que debo a la Orden de Santo Domingo en la cual (aunque indigno) he vivido setenta años”.

¿Cuál era el negocio que preocupaba al dominico? Consideraba que debían reformarse los Estatutos de limpieza de sangre en un sentido benévolo con respecto a los que eran aplicados, pues aunque señala que dichos Estatutos han ayudado al Santo Oficio “y hecho buenísimo efecto”, ahora corre ya peligro de que hagan notable daño si no se limitan. Y razona así: “de la manera que acontece con las medicinas, que al principio de una grande enfermedad combino que fuesen calientes, que ya por haber mudado calidad el humor, combiene después que sean frías o templadas, para que el enferno no muera”. El discurso, por tanto, considera la necesidad de mantener los Estatutos de limpieza de sangre, pero se ataca el alcance y extensión que se le venía dando durante el siglo XVI[iv], y hace una defensa de la necesidad de su “radical reforma”.

El origen de los Estatutos de limpieza de sangre está en una solicitud de Fray Tomás de Torquemada al papa Alejandro VI en 1496, pero antes ya existían proyectos de investigación de limpieza de sangre, y el Colegio Viejo de San Bartolomé de Salamanca pretendió que su Estatuto databa de 1414 por disposiciones pontificias de Benedicto XIII y Martín V, pero Albert Sicroff[v] considera que no se trata de lo mismo. Estas investigaciones de ascendencia o de sinceridad en los conversos estaban dirigidas a la discriminación para acceder a Colegios Mayores, órdenes religiosas y estamentos y corporaciones de toda clase durante el siglo XVI[vi].

En un primer momento el discurso de Salucio parece querer contentar a las autoridades contemporáneas diciendo: “¿Pues quien no ve en cuanto mejor dotado se halla el reino ahora que en tiempo del Arzobispo Don Alonso Carrillo[vii] y cuanto mejor que antes de la institución del Santo Oficio en la seguridad de la fe de los descendientes de judíos? Porque si la conversión voluntaria aseguraba la de la fe de los hijos, detrás de pocos años, cuánta mayor seguridad trae consigo la larga experiencia de haber visto que en más de cien años han dado tan buena cuenta de sí los de la misma casta aunque desciendan de apóstatas. ¿Quién no ve con razón, había entonces mayor recelo de que era fingida la que parecía conversión voluntaria, que ahora de la cristiandad los que por algún lado tienen raza de reconciliados, pero nunca en ellos se ha visto señal de infidelidad, ni en sus padres, ni abuelos, ni bisabuelos?”

Y llega un momento en que Salucio dice que ya se encuentra dificultad en encontrar “quien se esfuerce en defender la causa tenida vulgarmente por odiosa”, si bien esto pudo añadirlo para reforzar su objetivo. Aunque no todos tengan limpieza de sangre –dice Salucio- “a mis ojos no es menor el premio que espera al que solo pretende el beneficio público y bien se puede mostrar a sí mismo”. Antes había razonado de la siguiente manera: “Imaginemos ahora otro caso fingido. ¿No está en mano de Dios hacer que se nos olvide lo que teníamos en la memoria? Pues finjamos que una mañana por milagro amaneció toda la España con un olvido general de todas las razas antiguas de ahora cien años las que tocan a gente honrada y segura, y que no fue posible de ahí adelante acordarse de cosa que pudiese informar a los que vayan ya cristianos de corazón y seguros de la fe. Pregunto ¿este olvido sería en perjuicio de España? ¿o en gran honra y beneficio de ella? ¿no quedarían luego todos cristianos viejos de tiempo inmemorial?”

Y continúa: “¿No cesarían todos los inconvenientes…? ¿no sería en pro de la Religión, de la paz y seguridad y reputación del reino? ¿no se verían los príncipes libres de las quejas y sentimientos de terribles desigualdades y rigores? ¿no cesaría la ocasión del engaño y poco valor de los vasallos? ¿hubiera de quien recelarnos? ¿estuviera mal a la nobleza, a las Órdenes Militares, a los Colegios, a las autoridades del Santo Oficio? Pues este milagro fingido en manos del rey está que sea verdadero, porque la limitación de los Estatutos se seguirá forzosamente dentro de pocos años, y otro semajante olvido y el efecto sería el mismo que el del milagro del cielo”.

¿Habría hecho público su “discurso” Salucio durante el reinado de Felipe II? ¿O esperó a un nuevo rey que, no obstante, se mostró tan temeroso de los moriscos? En todo caso asombra que un importante personaje, cercano al arzobispo de Toledo, cubra no pocas páginas con argumentos a favor de alivio para los conversos a comienzos del siglo XVII.


[i] Nacido en Jerez de la Frontera en 1523 (aunque su familia era oriunda de Liguria) y fallecido en Córdoba en 1601, fue dominico, predicador de Felipe II y escritor (Real Academia de la Historia).

[ii] Se trata de Bernardo de Sandoval y Rojas (Aranda de Duero, 1546 – Toledo, 1618).

[iii] En su momento se hicieron muchas copias, pero la Inquisición se hizo con ellas y las destruyó. Alguna se salvó y es la que comentamos una vez que fue copiada, a su vez, en 1750 por Francisco Xavier de Santiago, nacido en Toledo en 1728 y fallecido en Madrid en 1796. Fue paleógrafo y copista de numerosos documentos antiguos.

[iv] El documento original es de 1602 (nótese que debe haber un error, pues en la nota i se dice que Salucio murió en 1601).

[v] Hispanista estadounidense nacido en 1918 y fallecido en 2013. Su obra se basa en las controversias sobre los estatutos de limpieza de sangre en España durante los siglos XV al XVII y el judaismo clandestino en el Monasterio jerónimo de Guadalupe (Cáceres).

[vi] Antonio Pérez Gómez.

[vii] Nació en Carrascosa del Campo (oeste de la actual provincia de Cuenca) en 1410 y murió en Alcalá de Henares en 1482. En 1446 fue nombrado arzobispo de Toledo y tuvo una actividad política casi incesante.

* Fotografía de "Salamanca al Día".

domingo, 19 de marzo de 2023

Causas de una guerra

En Usúrbil (hoy al norte de la provincia de Guipúzcoa) se construyó el galeón San José en 1698, que diez años después, mientras Europa se debatía en la guerra de sucesión a la Corona de España, fue atacado por buques enemigos y se hundió en Cartagena de Indias, llevando en sus bodegas mercancías por valor 100 millones de reales de a ocho[i]. El asunto cobró mayor importancia porque, desde 1702, los ejércitos aliados de Austria y los de España y Francia se enfrentaban en una guerra que tuvo –como otras muchas- motivaciones económicas evidentes. La guerra en España no comenzaría hasta 1705, entre partidarios del archiduque Carlos de Austria y de Felipe de Anjou, de la familia Borbón francesa.

Holanda e Inglaterra[ii], en un principio, se habían declarado neutrales en la guerra por la Corona española, aunque la aceptación del testamento de Carlos II de España por el rey francés Luis XIV preocupó a aquellas potencias, pues implicó la ruptura de un pacto firmado solo unos meses antes con Holanda e Inglaterra por el que Nápoles y Sicilia quedarían al margen de las aspiraciones de la dinastía Borbón. Todo ello lo supieron, por información del rey francés, el Parlamento inglés y los Estados Generales de Holanda. La política francesa en los territorios españoles de Italia fue bien vista por Inglaterra y Holanda, cuyos grupos dirigentes mantenían un gran interés comercial, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico.

Así las cosas, Inglaterra y Holanda reconocieron a Felipe de Anjou como rey de España (1701), el cual entró por Irún ese mismo año para ser proclamado por las Cortes de Castilla, reunidas en la iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid: tal decisión contó con las bendiciones de todas las potencias europeas excepto Austria. A continuación, Felipe V viajó a Zaragoza para jurar los fueros de Aragón y luego a Barcelona (1702) para tomar acuerdos muy favorables para Cataluña, pues se condeció la categoría de puerto franco a Barcelona y el permiso de dos embarcaciones al año a América sin el control de Sevilla ni Cádiz, rompiéndose así el monopilio de estos dos puertos andaluces. Se constituyó además la “Compañía Mercantil, Náutica y Universal” según el modelo de las existentes en Inglaterra y Holanda, lo que favoreció a los poseedores de las acciones de aquella. Según la profesora Carmen Sanz Ayán[iii], un dirigente político catalán llegó a proclamar que tales condiciones eran las más favorables que había recibido nunca “la provincia”. Hasta tal punto debió de ser así que los austracistas catalanes pidieron al archiduque Carlos que reconociese lo anterior.

Por su parte Felipe V condeció el gobierno de los Países Bajos del Sur al duque de Berry, alguien de la absoluta confianza del rey francés; quedando rota la franja de seguridad entre Francia y Holanda. También el rey español concedió privilegios comerciales a los franceses para la América española, hasta el punto de que tuvieron el monopolio de importanción de esclavos negros en dichos territorios, obteniendo así Francia una posición de ventaja sobre Holanda e Inglaterra. ¿Por qué era tan importante el asiento de negros, es decir, el permiso para introducir esclavos en la América española? Porque durante el siglo XVII el negocio negrero había sido tan próspero que los grupos dominantes de los estados marítimos no estaban dispuestos a perder nada. A su vez, la gestión del asiento rompió el monopolio español en América.

España no dispuso de territorios en África para la obtención de esclavos, pero se valió de otros estados, ya que no se podía esclavizar a los nativos de la América española. En el Tratado de Tordesillas (1494) se reservó a Portugal el control del territorio entre los ríos de Guinea y Angola a estos efectos, y desde 1640 (independencia portuguesa de la Monarquía española), daneses, franceses, holandeses e ingleses se beneficiaron de los territorios portugueses en África a base del comercio esclavista. Se habían creado compañías inglesas y holandesas en África (Guinea, Costa del Oro) que abastecieron a comerciantes genoveses, los cuales tenían la concesión española para el abastecimiento de esclavos negros con destino a América.

En 1663 el duque de York, hermano del rey inglés Carlos II Estuardo, fundó una compañía para proporcionar 3.000 esclavos anuales para las colonias inglesas en el Caribe (Barbados y Jamaica)[iv], cuyo nombre fue “Cía. de Reales Aventureros del comercio inglés con África”. A su vez Inglaterra construyó una cadena de fuertes en las costas de Guinea para garantizar sus actividades, pero fueron destruidos por Francia aprovechando la guerra angloholandesa entre 1665 y 1667[v]. La Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, a la altura del último año citado, estaba en su apogeo, sobre todo debido al dominio holandés a través de negreros genoveses.

En 1685 España decidió prescindir de los genoveses a estos efectos y acordó con una compañía comercial holandesa el mismo asunto, algo impensable solo unas décadas atrás[vi]. En el Caribe, Holanda tuvo ventaja desde finales del siglo XVII a base del comercio legal e ilegal, por medio del contrabando, sobornos y otras “artes”. Por su parte, el rey inglés Carlos firmó un nuevo asiento con la Cía. de Portugal (Cabo Verde) y volvió a construir una cadena de fuertes en la costa africana (1672), creando la Real Compañía Africana[vii], de la que era accionista el propio rey, llegándose al momento en que los portugueses utilizaron los servicios de la misma (1693), y esta es la que estaba vigente cuando se inicia la guerra de sucesión a la Corona de España.

España puso entonces en manos de un Consorcio de comerciantes franceses[viii] el asiento de esclavos negros, excluyendo a los que hasta entonces se habían estado beneficiando de tal actividad, y solo ahora Inglaterra y Holanda deciden apoyar al cantidato austracista, cuando ya habían reconocido a Felipe V. La guerra, como queda dicho, empezó en 1702, y la posición neutralista de Carlos II fue sustituida por otra intervencionista de Guillermo III, que aunque murió en 1702, fue la que se impondría. El comerciante Mitford Crowe fue el encargado de procurar el levantamiento de Cataluña a favor del archiduque Carlos, lo que consiguió después de trabajar en ello durante 1704, y al año siguiente se firmó el pacto de Génova entre Inglaterra y los más importantes comerciantes catalanes (vigatans)[ix], que pretendieron representar los intereses de toda Cataluña: Inglaterra desembarcaría tropas en Barcelona de acuerdo con Portugal (resultó un fracaso); en un segundo intento tomaron la ciudad soldados austríacos, holandeses e ingleses, pero la intención de Inglaterra era convertir toda la península Ibérica en un centro al servicio de sus intereses comerciales, teniendo como precedente el reciente Tratado de Methuen con Portugal (1703).

La reina Ana, sucesora de Guillermo III, sería accionista principal del asiento de negros firmado con el archiduque Carlos de Austria, intentando Inglaterra un plano de total igualdad con España en América (“Compañía para el Comercio de las Indias Españolas”, formada por españoles e ingleses) pero tal cosa no fue posible porque Carlos de Austria solo dominó Madrid un mes. Otra “Compañía Nova de Gibraltar” fue fundada en 1709 para el comercio con América, pretendiéndose por Inglaterra que Gibraltar (que había ocupado en 1704) sustituyese a Sevilla-Cádiz en el comercio americano, pero hasta el archiduque Carlos se resistió a este plan en un primer momento.

La guerra, en definitiva, fue un pretexto para adueñarse del comercio de todo el mundo, pues las flotas inglesa y holandesa eran imponentes y quizá comparables a la española hasta 1805. La cuestión dinástica nunca interesó más que a los dos candidatos principales, pues cuando murió el emperador austríaco José I (1711), el archiduque Carlos le sustituyó y perdió todo interés por la Corona española, consolidándose así Felipe V como rey de España.


[i] Recientemente ha sido descubierto el pecio.

[ii] No cabe hablar de Gran Bretaña hasta 1707.

[iii] “Una lucha por el dominio económico intercontinental”, conferencia en la que se basa el presente artículo.

[iv] Curaçao ya estaba en manos de Holanda.

[v] El motivo fue la disputa por la captura de esclavos en la costa guineana.

[vi] Entre los siglos XVI y XVII la Monarquía española y las Provincias Unidas habían mantenido una guerra de ochenta años (con treguas).

[vii] Actuó en Senegal y Angola, territorios teóricamente portugueses.

[viii] En estos asuntos se empleaban corsarios o antiguos corsarios para las negociaciones oficiosas, cuando se consideraba que no procedía emplear a funcionarios.

[ix] Vigatá es el gentilicio de Vich, de donde procedían los comerciantes implicados.