Mostrando entradas con la etiqueta Cuba. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuba. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de noviembre de 2022

No poca osadía y mucha miseria


Casa de Diego Velázquez de Cuéllar en Cuba

El gobierno de Cuba por parte de Diego Velázquez de Cuéllar estuvo lleno de infortunios con final muy desfavorable para él, pero antes de la definitiva traición de Hernán Cortés, el de Cuéllar había fundado no pocas villas en la isla con el resultado de que aún permanecen con su correspondiente desarrollo histórico.

Velázquez acompañó a Colón en su segundo viaje a las Indias, pero no sería gobernador de Cuba hasta 1511 valiéndose de Nicolás de Ovando, al que consideró buen conocedor de los indios, tanto de La Española como de Cuba. En la primera isla citada había sido criado de Diego Colón, pudiendo ver cómo este, para hacer valer su autoridad, produjo la matanza de ochenta caciques indígenas. Velázquez colaboró en pacificar la isla y se hizo, mientras tanto, inmensamente rico, lo que luego le permitiría, a su costa, armar varias naves y contratar a trescientos hombres para llegar a Cuba.

Ya en esta isla no dejó de tener opositores, como es el caso de Francisco Morales, el cual denunció a nuestro hombre cuando ya Cortés era uno de los secretarios de Velázquez. En tales circunstancias se deshizo de la autoridad de Diego Colón, causando un precedente de lo que luego haría Cortés con respecto a su persona, mientras el rey, en España, estaba informado de casi todo, porque no faltaban quienes le dirigían cartas por las que se podía hacer una idea del desorden que reinaba en las tierras recién conquistadas.

Pánfilo de Narváez, que tendrá su protagonismo más tarde, empezó por desembarcar con 300 flecheros en Baracoa, extremo este de la isla de Cuba, donde fue atacado por los indígenas con tal furor que se vio obligado a pedir socorro. Recibido este, se dedicó a repartir indios a cada cristiano de los que le habían acompañado, comenzando algo que será común más tarde, en realidad herencia de lo que ocurría en Europa, pero en las Indias conocido con el nombre de encomienda. Al tiempo pidió reunirse con varios caciques y les anunció que, desde ese momento, el señor de todos sería el rey de España.

Velázquez en Cuba no consiguió evitar los abusos sobre los indios, uno de los cuales, caracterizado por su resistencia a la dominación española, cuando un franciscano le ofreció el bautismo antes que la hoguera, contestó que si los españoles estaban en el cielo prefería el fuego, lo que sabemos por los cronistas de la época. Comenzó entonces una gran mortandad debida a las viruelas llevadas por los españoles a la isla, para lo que los indígenas no tenían defensas biológicas, y esto ya cuando Bartolomé de las Casas se encontraba por primera vez en Cuba (1512).

En uno de los muchos episodios fueron llevadas dos mujeres y un hombre ante Velázquez, los cuales tres habían sobrevivido durante varios años desde el naufragio que sufrieron en anteriores viajes, y esto habla –si no tuviésemos el homérico viaje de Cabeza de Vaca- de las enormes penalidades que muchos tuvieron que sufrir en esa aventura y esperanza por encontrar metales preciosos. Decidió entonces Velázquez visitar la parte oriental de la isla.

Lo cierto es que no disponemos de ninguna información por parte de la población indígena cubana, habiéndose conservado solo algunos vocablos que aún perduran y los topónimos que dan nombre a no pocas localidades. En este caso sí se puede hablar de genocidio, no buscado, aunque no faltaron las crueldades, y este es el origen de la abundante población negra en Cuba, ya que la indígena fue extinguida por completo. El curso de los acontecimientos, sin embargo, continuaba: llegaron algodón, vacas, puercos, ovejas y esclavos negros, además de otras mercancías procedentes de Castilla, Jamaica y La Española.

Como no existían monedas para el intercambio de mercancías, el poco oro encontrado se fraccionaba para las transacciones, pero Velázquez no permitió la venta de esclavos, y solo aceptó que realizaran trabajos en el servicio doméstico para los que los habían llevado. Unos y otros veían en sus iniciativas la posibilidad de gloria, pues en 1515 Pánfilo de Narváez informó al rey sobre la gobernación de Velázquez en Cuba, pero ello no impidió que recibiese permiso de Velázquez para armar una flota con destino a Yucatán, poco después de que hubiesen llegado a Cuba unos españoles entre los que se encontraba el joven Bernal Díaz del Castillo. La llegada a Yucatán resultó un desastre para el ejército de Narváez a manos de los naturales, de lo que tuvo noticia Velázquez, pues le fueron enviados dos indios que hicieron de “lenguas” (intérpretes).

Otro viaje fue el de Juan de Grijalba con cuatro naves para bordear la isla, en el curso del cual hizo acopio de recursos (aceite, tocino, ovejas, gallinas…), de lo que fue informando el gobernador. Por su parte Pedro de Alvarado llegó a Santiago de Cuba con oro, hombres heridos, enfermos y mantas mexicanas, pudiéndose comprobar el colorido y calidad de las mismas. También Grijalba regresó a Cuba desde México, informando a Velázquez de que los indígenas no tenían nada de amigables (era la zona que luego se llamaría Veracruz) habiendo sido recibido, no obstante, por una representación de Moctezuma.

Quizá estas noticias hicieron al gobernador renuente para dar el salto al continente, lo que haría Hernán Cortes desobedeciéndole. En todo caso Grijalba fue el primer español que pisó tierra continental de América, pero no le estaría a él reservada la fama. Cortés, por su parte, estaba en Indias desde 1504, dedicándose en La Española a criar ganado, y más tarde sería nombrado alcalde de Santiago de Cuba. Este ascenso quizá le hizo concebir –además de las noticias que tuvo de Grijalba y Alvarado- con el andar del tiempo, la posibilidad de capitanear el salto al continente, lo que llevó a cabo en 1519 con 11 navíos y seiscientos hombres, poco después del regreso de Grijalba.

Una vez en territorio mexica, Cortés y sus hombres entran en contacto con grupos tlaxcaltecas, sometidos y opositores de los aztecas, reclutándolos para embestir, si se diera el caso, al rey de aquellos mexicas. Pero antes envió un cargamento de oro al rey, quizá para legitimar su acción al margen de su superior, el gobernador Velázquez. Este se quejó ante el monarca reiteradamente, pero sin éxito alguno. Reclutó entonces a hombres de la isla en buen número contra Cortés, mientras testigos ante Velázquez se prestaron a informar al rey sobre la desobediencia de enviar oro a España sin permiso del gobernador, rogando este que se diese orden de que los cargamentos fuesen reenviados a Cuba, a lo que el rey hizo caso omiso. La armada de Velázquez tampoco tuvo éxito, pues una epidemia de viruela se lo impidió. Además, el Oidor de La Española no autorizó dicha armada, a lo que Velázquez desobedeció, y en esta ocasión no tuvo inconveniente en embarcar a mil indios cubanos con viruela, entrando la enfermedad en el continente. Así estaban las cosas entre unos y otros.

La intención de Velázquez era deslegitimar a Cortés ante las autoridades mexicas, llevando la capitanía de la expedición Páfilo de Narváez, que fue vencido por Cortés, aunque más tarde fue perdonado por este. Lo curioso es que las naves enviadas por Velázquez al continente sirvieron a Cortés para aumentar su ejército, y los que se opusieron al conquistador sufrieron ahorcamientos o fueron apresados. El rey español estuvo informado de la traición de Cortés, pero debía interesarle más el oro que parecía le podría proporcionar, e incluso este se quejó ante el monarca diciendo que enviar combatientes contra él debía ser castigado. Lo que vino luego ya es más conocido…

 

 

domingo, 20 de diciembre de 2020

El arzobispo se escapa

 

                                         santiaguerosdelmundo.wordpress.com/author/onaird/

Torrejón de Velasco es un pueblo situado al sur de la actual provincia de Madrid donde nació, en 1781, Cirilo Alameda y Brea, que llegaría a ser arzobispo de Santiago de Cuba, Burgos y Toledo. A la corta edad de quince años entró a profesar en la orden franciscana, pasando luego a los conventos de Pastrana y Guadalajara.

En Cuba estuvo pocos años pero antes, cuando se dio el proceso de independencia de la América española, se mostró como un acérrimo españolista, partidario del absolutismo fernandino y luego carlista. En 1810 formó parte de una comisión de franciscanos a Moquegua, en el extremo sur del Perú, donde pretendían llevar a cabo labores misioneras, pero dicha comisión no podrá hacerlo y Alameda permaneció en Montevideo, donde dirigía la “Gaceta de Montevideo”, al frente de la cual había sido puesto por el Gobernador Gaspar Vigodet[i], al tiempo que enseñaba filosofía en el convento de San Bernardino.

Luego fue enviado por Vigodet a Río de Janeiro, donde negoció el enlace matrimonial de las hijas de Carlota Joaquina con Fernando VII y Carlos María Isidro, y esto fue lo que le abrió el camino hacia la corte española y luego su estrecha colaboración con el pretendiente carlista.

Volviendo atrás, Alameda era hijo de una familia de campesinos acomodados que, en cuanto a su vocación religiosa caben dudas, según Higueras de Ancos[ii], por la vida aventurera, enigmática y política que llevó con posterioridad, a lo que quizá contribuyó el clima de decadencia de las órdenes religiosas en la época. A la edad de 50 años fue nombrado arzobispo de Santiago de Cuba, muy a su pesar, pues no quería abandonar la península; lo cierto es que el rey Fernando VII influyó en ello para alejarlo de la metrópoli, pues Alameda se había mostrado opuesto al casamiento del rey con María Cristina de Borbón, ya que habiendo descendencia se alejaban las posibilidades de ser entronizado Carlos María Isidro.

Ya en Cuba viajó a Puerto Príncipe en 1833, visita que se prolongó hasta tres años más tarde, y que tuvo por misión el control de los enormes abusos en la jurisdicción eclesiástica[iii]. Aunque parece que su labor fue predominantemente religiosa, no por ello dejó de mezclarse en cuestiones políticas, por ejemplo apoyando al capitán general Tacón, partidario tanto del absolutismo como de la política colonialista de España en Cuba. Algunos suponen que Alameda colaboró en las intrigas secretas llevadas a cabo por militares españoles en el contexto de la aplicación de la Constitución de 1812 desde 1836, no jurándola el arzobispo en un primer momento aunque sí con posterioridad, probablemente para evitarse problemas.

La actitud de Alameda no fue compartida por todo el clero cubano, pero sí los frailes dominicos de Bayamo[iv]. Según Navarro García la Iglesia se identificaba con la aristocracia latifundista por sus enormes riquezas, por sus esclavos y porque muchos de sus miembros procedían de familias adineradas criollas, a diferencia del clero secular, que era mayoritariamente peninsular. Un sacerdote llamado Wenceslao Callejas dejó escrito que el clero cubano se caracterizó “por su conducta prudente” y que “todos se prestaron obedientes si no contentos” (al acatamiento de la Constitución), añadiendo: “sabemos que algunos eclesiásticos tuvieron un compromiso liberal claro en los sucesos de 1836”. En todo caso –siguiendo a Navarro García- las riquezas del clero cubano en esos años eran enormes: los franciscanos y clarisas confesaron censos por más de 700.000 pesos sin contar las caballerías; los dominicos declararon censos por más de 200.000 pesos anuales, además de varios miles de caballerías. Los diezmos ascendían en el obispado de La Habana (1837) a 870.845 pesos, que iban a parar a manos del obispo, canónigos, racioneros y otros prebendados.

Durante la primera guerra carlista en España, Cuba fue destino de prisioneros partidarios de don Carlos, pero también de liberales exaltados, por ejemplo los sublevados en 1836 en Málaga. Navarro García dice que independentismo (minoritario en aquella época) y carlismo no anduvieron en ocasiones muy distanciados, pues de lo que se trataba era de aprovechar las dificultades de la metrópoli para sacar partido propio, lo que también se puede decir de Puerto Rico y Filipinas. En el año citado existió un plan carlista en Cuba que fue apoyado por el arzobispo Alameda, por lo que las autoridades dispusieron su traslado a España. Alameda consiguió entonces fugarse a Jamaica sin encomendarse al Cabildo ni darle cuenta de ello, haciendo nombramientos para su ausencia que en nada se compadecían con las normas establecidas, a cuyos individuos encargó la administración de sus “temporalidades”. Se llevó con él 127.500 pesos de los fondos del arzobispado, valiéndose de unos criados que le ayudaron a embarcar el pontifical[v], alhajas, libros y joyas, todo ello sin oposición de los empleados de la real Hacienda, lo que dice mucho de sus preferencias políticas. El arzobispo había vendido muebles, esclavos y bestias de tiro para disponer de recursos, sabiendo que no estaba autorizado a dejar su sede sin permiso.

Alameda alegó que temía por su vida, pero está demostrado que cuando realizó su fuga y demás actos delictivos la situación era más bien favorable a él y los suyos que a los liberales cubanos; otra cosa es que se negó a regresar a España como se le exigió quizá temiendo algún castigo, tanto de las autoridades civiles como eclesiásticas. La pretensión de Alameda, al parecer, era allegar el mayor número de recursos para contribuir a la causa del pretendiente español, pero en Jamaica permaneció solo unos meses, pasando luego a Inglaterra y luego se incorporó al Cuartel General de Pretendiente, pero parece que aceptó al tratado de 1839. El Cabildo, con ironía, se quejó a las autoridades diciendo si tendría que acatar las órdenes del arzobispo dadas en Jamaica, Inglaterra o en la corte de Oñate[vi]…

Tras la paz fue a Francia por temor a que algunos exaltados carlistas se quisieran vengar de él, pero en dicho país también estuvo poco tiempo, pasando luego a Génova, desde donde consiguió ponerse en contacto con amigos cubanos para que pidiesen el levantamiento de su destierro (en realidad estaba huido). Así fue, y se le nombró arzobispo de Burgos en 1849, llegando a España un año antes, seguramente aprovechándose de la necesidad del régimen liberal de acordar con la Iglesia un acercamiento, que tuvo su expresión en el “Arreglo del clero”. Luego la reina le nombró senador vitalicio.

En 1857 fue nombrado arzobispo de Toledo, por lo tanto primado de España, pero no cejó en su empeño y colaboró en el intento carlista de San Carlos de la Rápita (1860): consiguió seguir como si nada hubiese pasado; para un franciscano no parece una carrera muy apropiada, pero como se ha dicho, el hábito no hace al monje.



[i] Nacido en Sarriá de Barcelona en 1764, falleció a finales de de 1835. Miembro de una familia de origen francés, en 1811 será la máxima autoridad del Río de la Plata.

[ii] “De la facción a la monarquía constitucional…”. Hay un artículo de Jesús Raúl Navarro García sobre la etapa cubana de Alameda: “Actitudes políticas del Fr. Cirilo Alameda y Brea…”.

[iii] Navarro García no aclara éste asunto, por lo que no sabemos si los clérigos eran el objeto de los abusos o al revés.

[iv] En el sureste de Cuba.

[v] Conjunto de ornamentos del arzobispo.

[vi] En alusión a la villa guipuzcoana (suroeste de la actual provincia) donde tenía su cuartel general el pretendiente.

viernes, 15 de marzo de 2019

El mayor mercado consumidor del mundo


Fue en el siglo XVIII, según Céspedes del Castillo[i], el conjunto de Nueva España y el Caribe. Descontados los metales preciosos, el tabaco curado y envasado se repartía con el cacao el porcentaje más elevado dentro del valor total de mercancías indianas exportadas a la Península (sumaban ambos entre el 48 y el 70 por ciento a lo largo del siglo, pero dentro de ese porcentaje, el cacao tiende a subir y el tabaco a bajar correlativamente). El empleo del tabaco se había generalizado en toda América, incluidas las regiones no productoras y el estanco movilizó en Nueva España bastante capital privado al admitir depósitos monetarios al interés del 5%, garantizados por la solidez y altos beneficios del monopolio.

Con el nombre de “La Ciudadela”, todavía se halla en el casco urbano de México la inacabada fábrica de tabacos, que fue en su día una de las más grandes obras de arquitectura industrial de fines del siglo XVIII en el mundo, albergó a miles de operarios y presenció la primera huelga obrera acaecida en América.

En conjunto, las reformas que España llevó a cabo en la minería y en los monopolios estatales supusieron el esfuerzo más ambicioso y sostenido de los gobernantes ilustrados por fomentar la producción, esfuerzo apoyado por una verdadera política económica coherente y tenaz en la que se cosecharon no pocos fracasos, pero también algunos de los mayores éxitos. En las restantes ramas de la producción, el Estado se limitó a contemplar la actuación de las fuerzas del mercado y la iniciativa privada, sin ir más allá de medidas legislativas y fiscales de estímulo, o de disuasión y aun prohibición, estas aplicadas al sector doméstico en aquellas ramas de la producción que competían directamente con las exportaciones metropolitanas.

El objetivo de esa política fue un “pacto colonial” en el que los territorios ultramarinos se convirtieron en exportadores de materias primas hacia la metrópoli y en mercado consumidor de las manufacturas que producía la Península. Pero este programa fue, o puramente ilusorio y utópico (dice Céspedes), o de propósitos y alcance limitados. Un ejemplo fueron las inaplicables órdenes secretas dadas a los virreyes para que demolieran los obrajes, con idea de suprimir la industria textil de ultramar.

El tráfico negrero que habían ejercido en exclusiva franceses e ingleses durante la primera mitad del siglo XVIII, se trató de poner en manos españolas, especialmente a partir de la creación de la “Compañía gaditana de negros” (1765) y la adquisición de los primeros dominios españoles en Guinea (islas de Annobón y Fernando Poo, 1778)[ii], pero los resultados fueron modestos.

De todas formas, las mercancías indianas aumentaron tanto en el siglo XVIII su valor que representaron el 25 por ciento, frente a las exportaciones de metales preciosos (75%). Aquellas mercancías fueron el azúcar refinado, el tabaco en rama, el cacao, materias tintóreas, algodón, tardíamente café, cuero, pieles y cobre chileno. Se intentó que de unas regiones a otras de América se intercambiasen productos si no competían con los españoles: los vinos y aguardientes peruanos no pudieron salir del virreinato salvo mediante el contrabando, pero las exportaciones de pieles y cueros en Buenos Aires subieron de unas 150.000 piezas anuales a casi millón y medio; se empezó a comercializar el sebo, antes no exportado, para la fabricación de velas, y poco después la carne (la industria de salazón de carnes se exportaba desde Buenos Aires a Cuba y Brasil, originando la puesta en explotación de las salinas).

La monarquía española mejoró los puertos y caminos, puentes, fortificaciones, edificios públicos y construcciones navales. España exportó a América productos andaluces como el vino de calidad, aceitunas y aceite de oliva, vinagre, frutos secos y cera. A ellos se sumaron aguardientes valencianos y, sobre todo, catalanes. Los productos siderúrgicos vascos conservaron su mercado ultramarino pero la única región española que se abrió a mercados nuevos en América fue Cataluña, con sus tejidos de algodón liso y estampado (colonias e indianas) y sus exportaciones de papel, cuya demanda había crecido a partir de la invención mexicana del papelito o cigarrillo moderno. Los sombreros peninsulares, en parte fabricados con lana peruana de vicuñas, se vendieron en ultramar a partir de 1758 gracias a un fuerte proteccionismo.

Pero la producción industrial ultramarina fue mucho mayor y más diversificada, alcanzando en algunas regiones y épocas del siglo XVIII una autosuficiencia casi completa, aunque la industria sedera de Nueva España se arruinó por la competencia de sedas chinas llegadas desde Manila. Grandes talleres concentraban a cientos de operarios; los obrajes enteros, por ejemplo, producían en casos conocidos hasta cien mil varas de paño anuales; sin embargo, la aparición de licencias y composiciones para legalizar algunos de estos obrajes nos indican que un número considerable de ellos debieron operar sin control alguno, pese al esfuerzo de visitadores y protectores de indios para fiscalizar el trato que recibían, a veces durísimo…



[i] “América Hispánica”.
[ii] Ver aquí mismo “Del asiento al comercio de esclavos”.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Esclavos negros, chinos y otros

Iglesia de San Francisco de Paula (La Habana)

Anúcita es una pequeña población en el oeste de la provincia de Álava, donde a comienzos de 1814 nació uno de los mayores  negreros de España por lo menos en el siglo XIX. Julián de Zulueta, siendo joven, viajó a Cuba y allí heredó un ingenio de azúcar cerca de Cuba. Con el paso del tiempo, gracias al comercio de esclavos, se hizo muy rico y conectó con otros hacendados, sobre todo criollos españoles y peninsulares con intereses en Londres, Cádiz y otras ciudades.

Para amasar su riqueza, Julián de Zulueta vio la necesidad de ocupar cargos públicos y relacionarse con las autoridades españolas en Cuba, siendo alcalde de La Habana entre 1864 y 1876. Cuando ya faltaban pocos años para el de su muerte (1878) fue nombrado Marqués de Álava y años atrás, cuando estalló la guerra de 1868, fue uno de los promotores de los tercios de voluntarios vascos, los chapelgorris, y miembro del Partido Español en la Habana, según ha estudiado, entre otros, Urko Apaolaza.

Durante el siglo XIX emigraron muchos vascos a América, particularmente al Río de la Plata, México y Cuba, en el caso de Álava debido al atraso económico que padecía y a las guerras que sufrieron las provincias vascas y otras del norte. A Cuba fue llamado Julián por un pariente que se había dado cuenta de los grandes negocios que se podían hacer con la trata negrera para la explotación del azúcar, a pesar de que ya existían partidarios del abolicionismo de la esclavitud, particularmente las autoridades británicas, que habían abolido esta institución a principios del siglo XIX y no estaban dispuestas a que los negocios de sus compatriotas tuviesen la competencia de los tratantes negreros. Para Cuba, como es sabido, España no abolió la esclavitud, hasta 1880.

Algunos historiadores consideran a Julián de Zulueta como un negrero cruel (es el caso de Joseba Agirreazkuenaga), dedicado al comercio clandestino, que vio cómo se le acumulaban las denuncias del Gobierno de Gran Bretaña. Incluso con la inmigración de chinos, Zulueta hizo buenos negocios con la trata de estos orientales. Para entonces, nuestro negrero ya tenía varios ingenios azucareros que daban grandes rendimientos, no solamente porque les fue dotando de maquinaria moderna sino porque la mano de obra, en su mayoría esclava, era gratuita.

También Hugh Thomas ha estudiado a este personaje, al que llama “último gran negrero de Cuba”. En La Habana de los años 30 del siglo XIX, Zulueta era un nombre maldito en los diarios de a bordo de las patrullas navales británicas, el cual traía a los negros, sobre todo, desde Kabinda, a orillas del río Congo. Zulueta, para la travesía desde África a Cuba, hacía vacunar a los negros y, como católico, los bautizaba, no fuera que falleciesen y no tuviesen ocasión de salvarse… Esto ocurría –dice Urco Apaolaza- cuatro siglos más tarde de que el papa Pío Ii hubiese condenado la esclavitud de africanos bautizados. Al católico Zulueta le importaba más el negocio, en tiempos ya claramente abolicionistas, que las advertencias religiosas, pues moral cristiana no parece haber tenido.

Para comprender el volumen del negocio digamos solo que el vapor “Cicerón”, propiedad de Zulueta, transportó en una ocasión 1.105 esclavos y que el “New York Times” se hizo eco de una huelga o revuelta de esclavos hartos del negrero alavés, que poco a poco se había hecho con buenas fuentes de financiación, ya por medio de familiares o de otros negociantes. Así, tuvo negocios en Londres con un Pedro Juan de Zulueta, el cual no se sabe si era familiar a pesar del apellido, y heredó toda la fortuna de un tío suyo, ahora sí, de nombre Tiburcio (1842), en la que destacan los cafetales de Pedencias, al norte de Camagüey.

La fortuna que amasó Zulueta por sus negocios con un pariente suyo con la trata de esclavos, sería el origen de su implantación como prestamista y hacendado en Cuba, haciendo importantes ingresos con la trata de negros, chinos y nativos de Yucatán y Venezuela. El capital que se ha calculado a su nombre ascendió, en 1864, a 104,2 millones de reales, una de las mayores fortunas de la época. Siendo tan rico pudo casar a su hija Josefa con el político español experto en falsificar elecciones, Francisco Romero Robledo. Riqueza, crueldad, influencia política y encuadre entre los poderosos, fueron el círculo cerrado en el que, como otros, vivió buena parte de su vida un negrero “moderno”: Julián de Zulueta.

domingo, 1 de febrero de 2015

La Iglesia en Cuba (en torno a 1900)

Félix Varela Morales, precursor de la indepdencia cubana

Carlos Manuel de Céspedes (1) dice que la Iglesia en Cuba, en el siglo XIX, fue "tironeada", es decir vapuleada de un lado a otro, mientras que la identidad nacional de Cuba se empieza a perfilar, a su juicio, a finales del siglo XVIII aunque no de forma rectilínea. En la independencia de Cuba respecto de España y en el papel de la Iglesia tras la misma jugaron un papel importante los intereses económicos en un país que, según el mismo autor, ha sido y es poco "practicante". Ello puede deberse al "sincretismo de religiones" existente, desde las de origen africano hasta las de los indígenas nunca evangelizados del todo. 

Para Céspedes, entre España y Cuba hubo un vínculo "peculiar" y de la misma manera entre la Iglesia cubana y española, que se vuelve -en este caso- más notable después de la independencia de las otras repúblicas hispano-americanas. "Se trata de un vínculo casi inefable e inasible", consecuencia de relaciones personales a partir de los emigrantes españoles a Cuba durante el siglo XIX y aún después. "En ningún otro país hispano-americano ocurrió una emigración proporcionalmente tan numerosa", lo que determinó vínculos económicos y políticos de gran importancia, de tal manera que Moreno Fraginals -citado por Céspedes- "ha podido demostrar... que si bien no se puede entender la historia de Cuba en ese siglo [XIX] sin apelar a España, tampoco se puede entender la de España sin apelar a la de Cuba", pues este país vivió todo el siglo XIX como parte de España y "casi siempre mal gobernada".

La intromisión de Estados Unidos, que venía de lejos, en el conflicto cubano-español, se manifestó con la enmienda Platt, añadiendo la la Constitución de Cuba una serie de preceptos en favor de los Estados Unidos (sobre la Isla de los Pinos, arrendamiento de servicios en favor de Estados Unidos, intervención militar de esta potencia en la isla y otras). Por su parte, las autoridades católicas de Cuba no hacían buenas migas con los masones protestantes y anglicanos de Estados Unidos. Cuba se vio invadida por misioneros norteamericanos para contrarrestar el peso de la tradición católica española. Pero entre los partidarios de la independencia de Cuba no primaba el ser sacerdote católico o escéptico laico, sino aquel deseo de independencia, que tenían una excelente referencia en el sacerdote Félix Varela Morales, nacido en 1788 y condenado a muerte por la monarquía hispana, aunque no moriría hasta 1853. A contrario, también hubo sacerdotes y obispos cubanos que no estuvieron a favor de la independencia.

Pero que hubiese clérigos contrarios a la emancipación cubana no les arredró para ser críticos con la administración española de la isla, sobre todo con los malos tratos a los esclavos. Cuando la independencia era irreversible, una ola de anticlericalismo recorrío Cuba, lo que hace responder al obispo Santander, ultraconservador y contradictorio, de la siguiente manera: diez y ocho iglesias parroquiales han sido quemadas por los insurrectos y si alguna imagen se ha salvado de las llamas la han destruido con los machetes. Cuando no se han podido sacar las vestiduras sagradas se las han puesto por irrisión, blasfemando la mismo tiempo de todo lo más sagrado. Se han atrevido a publicar que ellos, los insurrectos, estaban autorizados para hacer matrimonios (2).

Y también el obispo Santander, dirigiéndose al nuncio en Madrid, Nava di Bontifé, dice de los patriotas cubanos que demuestran en todos sus actos que al mismo tiempo que la separación de la patria común alimentan un odio satánico contra la Religión... Era y es muy común confundir "religión" con Iglesia católica, tan acostumbrada como estaban sus jerarquías que fuese la única permitida, la única amparada. Tampoco se puede decir que los patriotas cubanos fuesen anticatólicos; eran anticlericales en la medida en que la Iglesia se había comprometido con los poderosos, con la metrópoli y contra la independencia, al menos entre sus más notables jerarquías.

Pero el obispo Santander se pronunciará más tarde en sentido contario o con cierta ambigüedad según las circunstancias vengan dadas. Bien atento estuvo, sin embargo, a adivinar las intenciones de las autoridades estadounidenses, pues en 1898 decía no sabemos aún, de una manera cierta, si se formará un Gobierno Cubano o si los Estados Unidos, por más o menos tiempo, regirán los destinos de esta Isla. Pero en cualquiera de los dos casos la Iglesia no tiene por que temer. No tememos a los cubanos, que no vienen a hacer una revolución religiosa, sino política... ¿En sus programas de gobierno, en sus proclamas han dicho alguna vez que venían a hacer guerra al catolicismo? Nunca. Al contrario, durante la sangrienta lucha que ha terminado ya, gracias a Dios, no ha habido que lamentar ataque alguno a los ministros de la religión; lejos de eso se les ha tratado con respeto por las fuerzas rebeldes... Ya no hablaba Santander de los incendios de iglesias, que fueron una constante en la España del siglo XIX y se preparaba con sus palabras para avenirse con los nuevos "amos".

¡Que accidentalista Santander, que oportuno poniéndose a buen recaudo! 
----------------------
(1) "La emancipación antillana y sus consecuencias para la Iglesia Católica", 1998.
(2) Carlos Manuel de Céspedes en la obra citada.

domingo, 11 de enero de 2015

Franciscanos en Cuba

Escuela religiosa en Guanabacoa

Juan B. Amores Carredano ha publicado muchas obras sobre la Iglesia en América latina y especialmente en Cuba. En un trabajo suyo sobre los franciscanos en Cuba explica la secularización que dio comienzo en la isla a mediados del siglo XIX, así como el indiferentiismo religioso (que yo creo más bien eclesiástico) entre las clases superiores (1), pero con la firma del Concordato de 1851 entre España y el Vaticano -dice- se dieron las condiciones para que los franciscanos fuesen autorizados a ir a Cuba, lo que no hicieron, sin embargo, hasta 1887. Se ocuparon estos de la educación elemental, la asistencia social y el asociacionismo laico. 

El autor habla de "ataque frontal" a la Iglesia por parte de los gobiernos liberales americanos, pues estos veían a aquella como "la principal responsable del atraso de las socieades americanas"; sin duda la Iglesia fue la culpable "más fácil de identificar" pero es evidente que no fue la única. El pueblo americano -dice Amores Carredano- hizo caso omiso a la propaganda liberal tras la expulsión de la mayoría de las órdenes relgiosas de la mayoría de los países, contrariamente -añadimos nosotros- a la propaganda eclesiástica que sí tuvo éxito en aquellas y otras latitudes durante siglos. Luego vino la restauración de la Iglesia gracias a los mismos liberales que, bien asentados en la sociedad burguesa, se valieron de la Iglesia para sus fines oligárquicos, incluso tratándose de gobernantes masones, pues vieron en la Iglesia una ayuda para "paliar, con sus escuelas e instituciones de asistencia social, las consecuencias más negativas del modelo económico" capitalista. Esto -dice el autor al que seguimos- "fue palpable en el México de Porfirio Díaz, que coincidió en parte con el papado de León XIII, "el primer papa que aceptó abiertamente el mundo moderno", aunque sabemos que no en muchos aspectos. 

El autor habla de "expolio" a la Iglesia, aunque no cita el expolio institucionado que esta practicó alli donde se estableció con fuerza, sin perjuicio de reconocer el gran esfuerzo de la Iglesia misionera, tan distinta a la Iglesia como institución. Junto con los franciscanos, en la segunda mitadl del s. XIX, llegaron también los "paúles" y sus misiones populares, fundados en el siglo XVII por Vicente de Paúl, quizá francés de las Landas o aragonés de Tamarite de Litera.

Desde la guerra de 1868, no obstante, los deseos de independencia de algunos sectores de la población cubana ya habían prendido y se vio a los franciscanos como un factor de "españolización" de la isla contra aquellas aspiraciones, mientras la influencia de Estados Unidos era ya notable. La población culta de la isla no veía con buenos ojos el mantenimiento de la esclavitud, que se abolió solo en 1886, un año antes del nombramiento como obispo de La Habana del ultraconservador Manuel Santander Frutos, senador en España desde 1893 y que volvería a España en 1898, cuando acabó la última guerra cubano-española. La independencia de Cuba respecto de España "dio una nueva oportunidad a la Iglesia en Cuba, sobre todo gracias a la obra del franciscano Lucas Gartéiz, que en 1887 había solicitado al gobierno de Cánovas ayuda para el asentamiento de los franciscanos en Cuba, los cuales recibieron "un lugar adecuado" para sus fines. Por otra parte, la jerarquía eclesiástica y la mayor parte del clero serían proespañoles en la guerra de 1895, aunque ello no fue obstáculo para que, finalizada esta, "la actitud del nuevo gobierno republicano" fuese de favorecer todo lo español, como un medio de compensar la influencia norteamericana. 

(incompleto)

------------------------
(1) "Los franciscanos en Cuba: de la restauración a la revolución (1887-1961)", Hispania Sacra, LVIII, 118, 2006.






jueves, 25 de diciembre de 2014

Realistas, autonomistas y separatistas cubanos

El artículo de Rafael E. Tarragó es clarificador sobre la situación vidida en Cuba durante las últimas décadas del siglo XIX, cuando el país pasó de depender de España a ser una colonia de Estados Unidos. Se puede interpretar que las ideas del autor citado, que maneja muchísimas fuentes de todo tipo, obedecen a una corriente historiográfica como otra cualquiera, pero tienen un valor extraordinario porque aportan razonamientos difícilmente rebatibles (1).

Cabe distinguir, citando a Tarragó, personajes distintos en el proceso estudiado: los militares que habían participado en la guerra de 1868 y que terminó con la paz de Zanjón (aunque luego habría la "guerra chiquita") y los que pertenecen a épocas posteriores, como por ejemplo José Martí, que lanzó la proclama para iniciar la guerra contra España a principios de 1895 desde Estados Unidos, donde allegó recursos que luego se demostrarían insuficientes. Hasta tal punto pudo haber sido temeraria esta actitud que en febrero de 1895, "el conocido separatista Manuel Sanguily" señaló que se trataba de una aventura sin futuro. En el mismo año, no obstante, la invasión del occidente de Cuba por Máximo Gómez y Antonio Maceo "entusiasmó a muchos cubanos con la insurrección", al tiempo que la represión con el general Weyler desde 1896 pudo haber puesto a no pocos cubanos contra España, máxime si tenemos en cuenta que la autonomía de Cuba, planteada ya desde el año 1878 por Martínez Campos, no se pondría en práctica hasta finales de 1897, aunque la esclavitud se había abolido a finales de los años ochenta.

Desde el punto de vista militar -apunta Tarragó- "ni una sola ciudad cayó en poder de los insurrectos permanentemente entre febrero de 1895 y abril de 1898", fecha esta última del final de la guerra. Cuando el ejército español abandonó Cuba en Bayamo (extremo sureste), lo hizo porque Estados Unidos ya había iniciado las hostilidades contra España. 

Hay, además de Martínez Campos, dos personajes que tuvieron ideas muy claras sobre la necesidad de un régimen de autonomía para Cuba, que era aceptado por uno de los partidos existentes en la isla y por no pocos cubanos: Maura y Abarzuza, este último cubano, que hizo aprobar una serie de leyes muy bien recibidas en Cuba (1895) en orden a una amplia autonomía, hasta el punto de que se puede afirmar que equivalía a una independencia de facto aunque se mantuviesen ciertos vínculos institucionales con España. Maura también  había propuesto medidas en un sentido aún más favorable a la autonomía de Cuba dos años antes (1893), contando incluso con la anuencia de Romero Robledo, anteriormente opuesto a todo aquello que pudiese afectar a los intereses económicos de los españoles en Cuba. 

Tarragó señala que Raimundo Menocal, en una obra publicada en 1947, dice que "el proyecto Abarzuza era el reconocimiento y la aceptación por la Metrópoli del comienzo de su liquidación en sus últimos reductos de América, dado que con la descentralización se abandonaba el lucro que se hacía al amparo del régimen colonial" (2).

Otro aspecto interesante es de las relaciones de los jefes militares independentistas con José Martí, que oscilaron entre el reconocimiento del liderazgo de este, hasta la discusión sobre su impericia en materia militar. Cuando Estados Unidos decidió entrar en guerra contra España -ya había muchos intereses de ese país en Cuba- lo cierto es que los líderes independentistas aceptaron la "anexión" de Cuba a Estados Unidos, otros se disolvieron con facilidad y, como es sabido, Martí había muerto en 1895. En este sentido parece que la política norteamericana no fue clara al respecto: en un primer momento incluso alertó a las autoridades españolas de conspiraciones que se preparaban en Estados Unidos contra España; más tarde el Presidente Mckinley se planteó si una intervención por su parte tendría respuesta entre las potencias europeas. Visto que Gran Bretaña apoyó a Estados Unidos y que España tuvo durante el régimen de la Restauración una política exterior muy débil, se decidió a hacerse con Cuba, máxime teniendo en cuenta que había partidarios de la anexión en la isla, un ejemplo de lo cual es José Ignacio Rodríguez. En un banquete en Santiago de Cuba (1890) "cuando José J. Herández brindó por la anexión de Cuba a los Estados Unidos, Antonio Maceo le dijo: 'Creo, joven, aunque me parece imposible, que ese sería el único caso en que tal vez estaría yo al lado de los españoles". El caso de Tomás Estrada es aún más claro: en el poder desde 1898 y con su anuencia, fueron vendidas las mejores tierras a ricos norteamericanos, además de contraer grandes deudas con la banca estadounidense, terminando por pedir la intervención norteamericana en Cuba (la segunda, se ha llamado).

Desde finales de 1897 existía en Cuba un gobierno autónomo que los separatistas ignoraron, como ignoraron también el riesgo que corrian si Estados Unidos se inclinaba por anexionarse Cuba. Lo que parece claro es que la gran potencia (que entonces no erea la actual) improvisó la intervención militar en Cuba contra España y cabe preguntarse: ¿hasta que punto el control de la isla por Estados Unidos no deriva de los partidarios cubanos del anexionismo? (3).
--------------------
(1) "La guerra de 1895 en Cuba y sus consecuencias", Arbor, enero-febrero de 2009.
(2) "Origen y desarrollo del pensamiento cubano", La Habana, edit. Lex, 1947.
(3) Además de la isla mayor, el estado cubano está formado también por la isla de la Juventud (o de los Pinos) y varios miles de islotes e islas menores.

miércoles, 29 de mayo de 2013

¿Anexión de Cuba a Estados Unidos?

Antiguo ingenio azucarero cubano
En el siglo XIX, después de que se hubiesen producido las independencias de las colonias españolas en América, ya se daban las condiciones en Cuba para que una parte de la sociedad se plantease también la indepencia de la monarquía española, un régimen de autonomía o incluso la anexión a los Estados Unidos. Aquella sociedad cubana estaba muy polarizada: a un abultado número de esclavos se oponía la rica burguesía criolla y la burguesía peninsular, esta más dedicada al mando y a la burocracia, pero también a los negocios, aquella a los negocios, a la trata negrera, a las haciendas y, sobre todo, a la producción de azúcar, producto que hizo de Cuba "la perla de las Antillas" para las autoridades españolas. 

Hay un libro de Eduardo Torres-Cuevas, titulado "Obispo Espada. Ilustración, reforma y antiesclavismo" (1) donde se pone de manifiesto como a pesar de la condena formal por parte de España, el comercio de esclavos se siguió practicando en Cuba hasta finales del siglo XIX; la Iglesia participó del esclavismo aunque no de su comercio, pero hubo individualidades que se opusiron a él, uno de ellos el obispo Espada y el sacerdote Félix Varela, uno de los mentores de la independencia cubana, aunque este desarrolló su labor durante la primera mitad del siglo XIX.

Las ideas liberales se han extendido suficientemente en Cuba a partir de la década de 1830, máxime cuando las autoridades españolas, desde 1833, nombren personal en la isla afín al doctrinarismo de la época. Es también momento de gran desarrollo de los ingenios azucareros donde trabajaban muchos esclavos: los eclesiásticos, más que discutir la institución, abogaron por una mejora en las condiciones de vida de los esclavos. Mientras los negocios enriquecían a la burguesía más encumbrada, surgió el deseo de autonomía por parte de los criollos ante el centralismo practicado por las autoridades españolas. Si esta autonomía no se conseguía -como no se consiguió nunca- ¿por que no pensar en la anexión de Cuba a Estados Unidos? Al fin y al cabo los negocios estaban ligados a la potencia del norte, aunque esta no fuese a escala mundial lo que sí a partir de 1918. 

Empresas estadounidenses estaban interesadas en el azúcar cubano tanto como los criollos ricos de la isla, se establecieron lazos entre aquellas y estos y de ahí surgió la idea de incorporar Cuba a Estados Unidos. Es cierto que no pasó de eso, pero se planteó en términos teóricos como una posibilidad para hacer más negocios. Cierta intelectualidad no estuvo nunca por esa opción, sino más bien por conseguir un régimen de autonomía o incluso la independencia, y de eso se trató cuando estalló la guerra de 1868 que duraría diez años y que en Cuba se conoce como "guerra larga". Durante la misma se produjeron hechos que cuestionan gravemente el régimen ideado por Prim en España, gestionado luego por la monarquía amadeísta y por la I República: un Cuerpo de Voluntarios que se formó para luchar contra los independentistas cometió los más atroces crímenes, a muchos cubanos presos del ejército español se les envió a sufrir prisión en África y en España, se les maltrató, se les fusiló sin garantías jurídicas... De todo ello tenían que estar enteradas las autoridades del "sexenio".

Venticinco años antes se había producido la conspiración y posterior represión conocida con el nombre de "La Escalera" (una escalera era utilizada con frecuencia para atar a los esclavos negros de pies y manos que recibían todo tipo de latigazos y azotes). No es extraño que una población crecientemente concienciada sobre lo que oía acerca de la libertad, de los derechos individuales, del sufragio, etc. se sublevase en los ingenios azucareros de La Aurora, Las Nieves, Alcancía, La Trinidad y La Luisa, así como en algunos cafetales y contando también con los negros que construían la vía férrea entre Bemba y Cárdenas. Luego aún hubo más levantamientos, sobre todo de naturaleza social, hasta que una delatora permitió a las autoridades saber la verdadera entidad de la revuelta: no se trataba de algo espontáneo, sino de un complot en toda regla, con cabecillas, planes, objetivos...

La conspiración de "La Escalera" no tiene nada que ver con las aspiraciones independentistas de los criollos cubanos, sobre todo los más ilustrados, ni con las aspiraciones a que Cuba fuese anexionada por Estados Unidos en función de fuertes intereses económicos: se trata de dos manifestaciones del descontento en Cuba con respecto a la política salida de Madrid. Ni el problema social fue atendido por aquellos dirigientes liberales ni el problema político de los vínculos con Cuba fue atendido debidamente. Al norte, grandes negociantes estadounidenses esperaban el momento propicio: Cuba no se anexionó a Estados Unidos en 1898 formalmente, pero la isla pasó a ser una colonia de aquel país durante décadas.
-----------------
(1) La Habana, 1990.

sábado, 30 de junio de 2012

Imperialismo vergonzante

Playa Girón

Si algún imperialismo es bueno -y estoy a la espera de que se demuestre- hay imperialismos que han demostrado la zafiedad más burda de sus mentores y ejecutores. Personalidades políticas tan distintas, y tan distintamente juzgadas por la posterioridad, como el presidente Eisenhower y el presidente Kennedy, protagonizaron el intento de derribar al gobierno cubano, establecido desde 1959, dirigido por Fidel Castro, y que en 1961 ya había llevado a cabo nacionalizaciones y medidas que afectaban a los intereses de empresas estadounidenses. Hasta entonces el régimen cubano no pasaba de ser un populismo más, pero desde entonces, sin mayor preparación, los líderes cubanos se inclinaron hacia el comunismo soviético, viendo que era la única alianza posible en un mundo dividido en bloques irreconciliables. 

Playa Girón está en la bahía de Cochinos, en la costa sur de Cuba, y allí llegaron los pretendidos invasores en abril de 1961 para ser derrotados por el ejército cubano en una de las muestras de mayor inutilidad, indignidad y ridiculez en que imperialismo alguno haya incurrido. La Central de Inteligencia (CIA) con el presidente Eisenhower había preparado la invasión, pero ésta sería llevada a cabo por cubanos opositores al régimen castrista: podemos imaginar que habría de todo, desde terratenientes, banqueros, adversarios ideológicos, incluso delincuentes y personas que creían actual bien, que se valieron de cubanos entrenados por Estados Unidos para invadir Cuba. Los elementos con los que contaron fueron camiones y otros vehículos, cañones, morteros y otro armamento transportado en varias embarcaciones, aviones, tanques y bombarderos. Si los preparativos comenzaron en 1960 el intento de invasión se produjo en abril de 1961, y duró unos pocos días. 

El presidente Kennedy no se pudo sustraer -o no quiso- a lo que su predecesor le había legado, y embarcó en la operación a los incautos cubanos, que morirían en el intento en un número superior a a cien; más de mil serían capturados y algunos de ellos condenados a muerte y ejecutados. Otros serían canjeados por alimentos y dinero con Estados Unidos. Pero el hermano del presidente, Robert Kennedy, intentó una nueva invasión valiéndose del dictador nicaragüense Anastasio Somoza (ambos morirían asesinados). La operación resultó otro fracaso, porque los invasores confundieron un barco español con otro cubano y lo bombardearon. Error tras error, invasión fallida tras invasión fallida, que solo se entiende en el clima de "guerra fría" que vivía el mundo; pero las intervenciones de Estados Unidos en América latina se remontan al siglo XIX, mucho antes de la "guerra fría": es una constante de la política exterior estadounidense en el continente. Es una constante de las clases más pudientes con respecto a los países de América latina, de la que se creían dueñas.

El caso de Playa Girón es un ejemplo de imperialimo vergonzante, porque se utiliza a descontentos cubanos para enviarlos a la muerte, independientemente de la naturaleza del régimen instaurado en Cuba desde hacía poco. Es una muestra de la miseria moral que personas obligadas a respetar el derecho, han preferido el delito. Nunca la justicia internacional les condenó, como tampoco condenará los crímenes de Castro y sus adláteres. Buenos ejemplos -creo yo- para aprender de la historia.