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sábado, 22 de abril de 2023

Las "empresas" de Saavedra Fajardo

                                                                   Imagen de Ratisbona

En el centro de la actual provincia de Murcia se encuentra Algézares, pueblo donde nació, en 1584, Diego de Saavedra Fajardo, cuya obra escrita es reflejo de sus experiencias como diplomático en Europa al servicio del rey Felipe IV. De lo mucho que escribió, no poco se refiere a cuestiones políticas, tando de la época que le tocó vivir como de otras anteriores, cobrando entonces valor histórico.

Nació en el seno de una familia noble, pues de lo contrario le sería difícil haber alcanzado los puestos que desempeñó, y viajó por Europa durante una de las épocas más convulsas, la guerra de los treinta años en la que se vio involucrada la Monarquía española. En 1633 estuvo en la Corte de Baviera con la misión de “fomentar la amistad entre el Duque de Baviera y el Emperador y mantener al corriente a la Corona española de las negociaciones entre dicho Duque y Francia[i]”, y cuatro años más tarde, encontrándose en Ratisbona, envió un discurso sobre el estado de Europa. Pero lo que aquí queremos comentar son las “empresas” a las que se refirió en una obra para “un príncipe político cristiano”, es decir, el rey Felipe IV, publicadas en 1640.

Algunos han considerado las “empresas” de Saavedra Fajardo una obra fundamental de “cuantos libros en España y fuera de ella han tratado el mismo tema”[ii], pero otros han considerado contradictoria esta obra[iii]. La contradicción surge –dice Gómez-Martínez- cuando se trata de establecer dónde radica el valor de la obra, que no cabe duda es muy erudita: Para García de Diego la obra carece de originalidad, viendo similitudes con los “Emblemata” de Jacobo Bruck, llamado Argenmundt[iv]. No obstante –dice Gómez-Martínez- lo que domina en las “empresas” es la reflexión, y así lo da a entender cuando el propoio Saavedra dice que fue “escribiendo en las posadas lo que había discurrido entre mí por el camino”, en lo que se parece a Leibniz y quizá a otros notables personajes. En ocasiones “disfraza las referencias a su momento actual concreto, buscándolas origen clásico”, pareciendo así que las “empresas” son “una culiminación en la tradición literaria del barroco, y Saavedra es el más genuino representante del ensayo filosófico español del siglo XVII[v]”.

Con el Renacimiento cobra importancia la literatura política, ejemplo de lo cual es “El Cortesano” de Castiglione, “El Príncipe” de Maquiavelo, Quevedo con su “Política de Dios” y otros, pero ninguno tuvo la relevancia internacional de Saavedra. Sus “empresas” pretenden ser una teoría sobre la educación del príncipe, que ha de ser a la vez político y cristiano, y así las partes de la obra tratan de las acciones que corresponden al príncipe, las relaciones con sus súbditos y con los extranjeros, con sus ministros, el gobierno de sus Estados, los males internos y externos de estos, cómo debe conducirse el príncipe en las victorias y en los tratados de paz, en la vejez, etc.

Ángel González Palencia[vi] dice que Saavedra se vale de varias fuentes para su obra: la Biblia, Aristóteles, Tácito, Séneca, Alfonso X de Castilla, el Padre Mariana, etc., siendo su erudición bíblica asombrosa, y lo mismo cabe decir de “la facilidad y seguridad con que evoca los pensamientos del historiador romano Tácito”. En otras ocasiones se inspira en la literatura histórica y moralista, pero también se sirve de Horacio, Virgilio y Ovidio, y todos los críticos han coincidido en la intencionalidad antimaquiavélica de Saavedra.

La base religiosa es fundamental en nuestro autor, que en ocasiones busca en la historia de España las pruebas de los derechos que le asisten, siendo en esto el prolífico Mariana su principal fuente. Como causas principales de las caídas de las monarquías cita las discordias religiosas, la indefensión de la vida de los súbditos y el desastre de la hacienda pública. Achaca a “la dura exacción de tributos […] malgastada en impopulares empresas” la ruina de las monarquías, de igual manera que la “embrollada y apicarada administración de justicia”, la prepotencia de consejeros y validos y las intrigas y luchas palaciegas.

Como estaba en plenitud la llamada “leyenda negra”, se desata contra los libelos escritos para difamar a la monarquía española, citando aquí al “obispo de Chiapa” (sic) a quien considera origen de aquella leyenda, pero no por ello deja de reconocer las atrocidades que –dice- se cometieron en los primeros años de la conquista de América, consecuencia de ser empresas privadas sin el control de los reyes, antes de que llegasen las leyes que intentaron poner freno a los abusos sobre los indígenas de América.

No es, pues, su obra, un cúmulo de lisonjas, sino un empeño en equilibrar lo bueno con lo malo, denostando esto, ensalzando aquello, aunque no puede evitar, lógicamente, ser un hombre de su tiempo, cultísimo, fecundo escritor que incluso nos ha dejado poesía, que contrasta con los horrores de la guerra de los treinta años que él describe sin miramientos en otros lugares.  


[i] Rafael González Cañal, “Tres escritos desconocidos de D. Diego Saavedra Fajardo”.

[ii] Vicente García de Diego.

[iii] José Luis Gómez-Martínez, “Reflexiones ante las empresas de Saavedra Fajardo”.

[iv] Han sido estudiados por Jesús María González de Zárate, “Los emblemas de Jacob Bruck inspiran a Saavedra Fajardo”.

[v] Gómez-Martínez, op. cit.

[vi] “Las ‘empresas políticas’ de D. Diego Saavedra Fajardo”.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Tolentino

Exconvento de San Nicolás (Tolentino) en 1940 (*)

Tolentino es una pequeña ciudad del este de Italia donde, a finales del siglo XVIII, se firmó un tratado entre Francia y el papa Pío VI por el que el poder temporal de la Iglesia empieza a decaer antes de que se produzca la unidad política y territorial italiana a mediados del siglo siguiente.

Aunque los historiadores no se ponen de acuerdo en la interpretación de éste tratado, lo cierto es que la Francia de Bonaparte, cuyo régimen en ese momento era el Directorio, se encontraba en un momento en que el poder del militar estaba creciendo de tal forma que se permitió condicionar al papa al margen de las autoridades centrales francesas. El papa no es privado de su condición de guía espiritual de la cristiandad, pero las relaciones del Estado y la Iglesia católica serán, a partir de este momento, distintas a como lo habían sido.

El papa encargó al historiador Gaetano Marini[i] que se hiciese cargo de la documentación que contenía el tratado, lo que así hizo. El documento depositado en el Vaticano consta de ocho folios de 355 por 245 mm., con sellos de lacre del papa y Francia.

Éste tratado se inscribe en la política expansiva de Bonaparte, figura militar ascendente, contra las potencias absolutistas, Gran Bretaña y los estados italianos que estaban bajo la mirada, si no la intervención, del Imperio Austríaco. Bonaparte estaba interesado en tres cosas: su ascenso personal, el engrandecimiento de Francia y la expansión de las ideas ilustradas y liberales moderadas por Europa.

Así los ejércitos bonapartistas ocuparon Módena, Forli, Bolonia y otras ciudades bajo la “protección” pontificia. Entonces el papa envió a Bonaparte una legación para llegar a ciertos acuerdos que evitasen un desastre mayor (quizá la ocupación militar de Roma) para el director de la Iglesia, y en Tolentino se reunieron las dos partes.

El texto del tratado es un ejemplo del lenguaje eufemístico de la diplomacia de todos los tiempos, hablándose de “amistad y buena inteligencia”, cuando en realidad había sido una imposición de Francia al papa, pero es importante que el éste se obligaba a no hacer reclamación alguna sobre Avignon y el condado de Venaissin (sureste de Francia) que en el siglo XIII había sido propiedad de los condes de Poitiers, los cuales lo donaron a la Iglesia. Por ello los habitantes de este territorio, cuyo centro ocupaba la villa de Carpentras, no estaban obligados al pago de impuestos ni al servicio militar. Esto no era admisible para los republicanos y jacobinos franceses ya desde los primeros momentos de la Revolución, aunque hay precedentes de que la monarquía absoluta francesa también había intentado anexionarse el condado.

El tratado hace referencia a una buena cantidad de dinero que el papa debía pagar a Francia, quizá para comprar una paz que nunca estaría segura o para compensar el tiempo de exención fiscal de que habían gozado los habitante de ese enclave papal en Francia. También había alguna cláusula alusiva a la entrega a Francia de algunas obras de arte, además de que el papa tuvo que liberar a presos políticos que la república francesa no admitía.

Quizá Bonaparte y sus colaboradores conocían el pensamiento de Mme. de Lambert[ii] de que “filosofar es devolver a la razón toda su dignidad”, así como a Voltaire cuando escribió en 1765: “el verdadero filósofo labra los campos incultos, aumenta el número de carretas y, por consiguiente, de habitantes, da trabajo al pobre y le enriquece, fomenta los matrimonios, da al huérfano instituciones, no murmura contra los impuestos necesarios y pone al campesino en situación de pagarlos con alegría. No espera nada de los hombres y les hace todo el bien de que es capaz”.



[i] Nacido en 1742, murió en 1815, pero no está claro si era sacerdote (parece que sí clérigo).
[ii] Nacida en París en 1647, falleció en la misma ciudad en 1733 (Anne-Thérèse de Marguenat), inspiradora de un salón para el cultivo de la dignidad, el buen gusto y el progreso en su época.
(*) https://www.pinterest.es/pin/412642384590512136/

jueves, 17 de octubre de 2019

Repartirse la monarquía española

Mariana de Austria por
Claudio Coello

La última vez que los reyes de la casa de Austria (en el Imperio austriaco y en el español) intentaron una restauración de su colaboración, aunque con dificultades y carencias, fue durante la regencia de Mariana de Austria (la minoridad de Carlos II).

Desde 1569 Polonia formaba parte, junto con Lituania, una Manconumidad que comprendía vastos territorios en Europa del este, hoy bajo soberanía de estados distintos. Al norte los territorios de la Mancomunidad limitaban con el golfo de Riga, a donde se asomaban territorios suecos; por el oeste llegaba a Poznan; por el sur a Breslov[i] y, por el este hasta Smolensko[ii] y Poltava[iii]. Por el oeste la Mancomunidad limitaba con Brandemburgo y con el Imperio austríaco, por el sur con el turco y por el este con el ruso. Dentro de la Mancomunidad había territorios gobernados directamente por la monarquía polaco-lituana y feudos con un diverso grado de autonomía, pero esto en el momento de su mayor extensión (1619), porque luego siguieron pérdidas territoriales, sobre todo en el este. Se trataba, además, de un estado aristocrático donde los reyes estaban mediatizados por los grupos dirigentes de la sociedad.

Durante el corto período de cuatro años[iv], el rey polaco-lituano, Miguel I,  tuvo que hacer frente al ejército turco, además de a otros conflictos en el avispero que era Europa, donde las ambiciones del rey francés Luis XIV estaban en alza. Al frente del Imperio de los Habsburgo estaba Leopoldo I, rey de Hungría a partir de 1655 y de Bohemia desde el año siguiente, que se debatió en restar el poderío de Francia (en realidad tenía un parentesco cercano con el rey Luis XIV) y la amenaza turca en el sudeste de Europa. De hecho, la Triple Alianza[v] formada a principios de 1688 en La Haya, entre Suecia, las Provincias Unidas e Inglaterra, pretendió frenar las aspiraciones francesas, alianza que no tuvo que intervenir militarmente porque su sola existencia disuadió a Luis XIV por el momento.

En el puzle europeo jugó también un papel la monarquía española de Mariana de Austria, llegando a un acuerdo con Francia que puso fin a la llamada guerra de Devolución (1667-1668), favorable a esta desde la invasión francesa de los Países Bajos españoles, aunque por un tratado firmado en Aquisgrán[vi] se devolvió a la monarquía española el Franco Condado[vii], Cambrai y otras plazas a cambio de Charleroi, Tournai y Lille entre otras posesiones. La corte de Mariana de Austria mantuvo también relaciones diplomáticas con Hungría y el Imperio Otomano.

Quien llevó a cabo las relaciones diplomáticas en nombre de la monarquía española fue el tan denostado Everardo Nithard, valido de la regencia, que quiso sacar a España del aislamiento en que había vivido hasta ese momento, toda vez que en solitario, le sería imposible vencer las ofensivas de Luis XIV, sobre todo en los Países Bajos, donde se concentraban gran parte de las tensiones de Europa occidental, dice Miguel Conde Pazos.

Apartado Nithard, el Consejo de Estado reforzó su papel en la diplomacia y a él correspondieron las relaciones de la monarquía española con el resto de los países: España empezó a participar entonces en las sucesivas alianzas que se fueron formando y definió el grado de compromiso con el Imperio austríaco. Se trataba de buscar un equilibrio europeo que, si se dio alguna vez, no es sino tras la guerra de sucesión a la corona de España en 1713. Según Miguel Conde Pazos[viii], los resultados de la política de la reina fueron notables, al lograrse el aislamiento de Francia (en el contexto de la guerra franco-holandesa (1672-1678)[ix] gracias a una serie de alianzas en las que el papel de España fue determinante, aunque desde 1673 obligaron a una reformulación de la política exterior.

Dos fueron los puntos donde la diplomacia española centró más su atención a partir de 1670, tras la firma del tratado de Dover entre Francia e Inglaterra, por el que esta debía ayudar a Francia a conquistar las Provincias Unidas. España, por su parte, hizo un acercamiento a Holanda (que ha sido estudiado por Manuel Herrero) y al Imperio austríaco, con el cual habían existido diferencias. Este último alcanzó mucha importancia en las relaciones exteriores españolas en los siguientes años: el emperador Leopoldo, hermano de la reina española, seguía siendo un apoyo indispensable para mantener Flandes y los territorios italianos, pues en ambos escenarios luchaban, en el ejército español, soldados alemanes, además de por la influencia que el emperador ejercía sobre el resto de los príncipes. No obstante, Leopoldo jugaba a varias cartas, pues mantuvo acuerdos secretos con Francia.

Buena parte de la reconstrucción de la influencia española en Viena se debe a la labor de Pablo Spínola Doria, marqués de los Balbases[x], de origen italiano. El acuerdo (1668) al que habían llegado el rey francés y el emperador austríaco para repartirse[xi] las posesiones del rey español, Carlos II, a su muerte, no tenía nada que ver con una supuesta colaboración entre las dos ramas de la familia Habsburgo. Dicho acuerdo significaba, en toda regla, la desaparición de la monarquía española. Los españoles de a pie, mientras tanto, y muy a su pesar, seguían enviando subsidios para las empresas del emperador austríaco, mientras que España tenía aún sin solucionar la independencia de Portugal, que ya era un hecho, pero solo reconocida por España en 1668.

Este no sería el único intento de repartirse las posesiones españolas entre las potencias, aunque resulta algo quimérico teniendo en cuenta que Inglaterra, en virtud de un teórico equilibrio, y más bien el intento de reducir la influencia de Francia, no lo permitiría, no faltándole aliados para ello. Y aquí entra el papel del marqués de los Balbases, que se esforzó en que la monarquía española recuperase su influencia en la corte de Viena. Spínola fue nombrado embajador y empleó a su importante red de amistades para llevar a cabo la misión. Él fue el encargado de establecer un nuevo marco de entendimiento entre las dos ramas de la dinastía, encauzando la política de Viena en un sentido contrario a Francia (se había producido el cambio del emperador Fernando III por Leopoldo). Para ello –dice Miguel Conde- estructuró unos espacios cortesanos propios, así como nuevos vínculos de carácter político y cultural.

No se trató de una labor sencilla. En 1671 Leopoldo volvió a firmar un acuerdo de neutralidad con Luis XIV, dejando Holanda a expensas de la agresión francesa. Tampoco fue fácil lograr la salida de Gremonville, autor del primer reparto, uno de los objetivos de Spínola solo llegar a Viena, pero en 1673 sus esfuerzos empezaron a dar frutos, firmándose un acuerdo con los holandeses; a este le siguió la salida de Gremonville de la corte vienesa y, poco después, la caída en desgracia de Wenzel von Lobkowitz, que ya venía de conocer la historia europea desde la guerra de los treinta años. Había sido consejero de Fernando III de Austria y luego de Leopoldo I. Así Spínola consiguió salvar a la monarquía española, si es que alguna vez estuvo en peligro en los términos del acuerdo franco-vienés. Es muy probable que el nombramiento de Spínola por parte de la regente Mariana de Austria se explique por la influencia, mediante sus amistades, que aquel tenía en la corte de Viena.



[i] Hoy en Ucrania.
[ii] Hoy en Rusia.
[iii] Hoy en Ucrania.
[iv] 1669-1673.
[v] Impuso pesados subsidios a la monarquía española
[vi] Impuesta por la Triple Alianza.
[vii] Entre Suiza y Borgoña.
[viii] “Miguel I de Polonia…”. En este trabajo se basa el presente resumen.
[ix] Participaron también Inglaterra y los obispados de Münster y Colonia.
[x] Los Balbases es una localidad del oeste de la actual provincia de Burgos.
[xi] Cambrai, el ducado de Luxemburgo o el Franco Condado, Douai, Aire, Saint.Omer, Bergues y Furnes, Pasíes Bajos, Filipinas, Navarra, Rosas, las plazas de Norte de África, Nápoles y Sicilia, etc.  pasarían a Francia. Para el emperador se destinaban los reinos de España (menos Navarra), las Indias, Milán, Finale, los puertos de Longón, Porto Ercole, Orbetello (presidios de Toscana) y las posesiones del mar de Liguria, Cerdeña, Baleares y Canarias.



sábado, 25 de mayo de 2019

España compra armas a Alemania

Fotografía de "El Mundo"

Entre 1940 y 1945 la España de Franco tuvo unas relaciones comerciales con la Alemania de Hitler consistentes en suministrar a los nazis productos para su industria (plomo, wolframio, blenda, mercurio, pirita, estroncio, espato-fluor, pieles, corcho y lana, entre otros) y alimentos (aceite de oliva, conservas de pescado…). En total, según Lucas Molina[i], 32 productos por los que Franco exigió el envío de armas modernas a España, pues no tenía sino un ejército anticuado y un armamento obsoleto.

A finales de 1942 se firmó entre los dos países un Acuerdo Comercial que permitió reactivar el clearing (o compensación por el tiempo que transcurre entre el momento de una compra y el que se paga). El Ejército español, para regular los desfases de la balanza comercial germano-española (muy desfavorable a Alemania) en 1943 reunió en Berlín a una comisión con otra alemana, reuniones que se prolongarían en el tiempo teniendo como sede también Madrid. Los negociadores españoles no estaban dispuestos a que la elevación de los precios de los armamentos por parte alemana le permitiese compensar las muchas exportaciones que España enviaba a Alemania. Esto se consiguió por parte española, pudiendo comprar las armas fabricadas en Alemania a menor precio del pretendido por dicho país.

Según el autor citado, entre 1940 y 1945 Alemania fue el principal destino de las ventas de productos españoles, el 24,74%, mientras que a Gran Bretaña el 20,53%, con la mirada puesta en el saldo definitivo de las deudas de guerra vigentes todavía. A mediados de 1942, el incesante incremento de las importaciones de productos españoles por parte de Alemania (700% en 1941 con respecto a 1940), no era compensado por el aumento de las exportaciones alemanas a España (en el mismo período, un 150%). Tras la invasión de la URSS por parte de Alemania estas cifras se acentuaron, de forma que a finales de 1942 existía un gran desfase en la balanza comercial entre Alemania y España de cerca de 200 millones de marcos (152,8 millones de marcos a finales de 1941 y 198,3 millones de marcos un año después).

Entre 1939 y 1942 la cuenta compensadora del comercio exterior entre ambos países tuvo una tremenda caída que perjudicaba a España, pues no vio compensado el desequilibrio en el clearing, cuestión que correspondió corregir al nuevo ministro de Exteriores, el conde de Jordana, que vino a sustituir a Serrano Suñer. Este era pro-nazi, pero Jordana era un militar que tenía por objetivo defender los intereses de España en esta materia, independientemente de sus responsabilidades como colaborador de las dos dictaduras, la de Primo de Rivera y la de Franco[ii]. Su segundo mandato en el ministerio de Exteriores significó un vuelco en las relaciones comerciales con Alemania, considerando que si España exportaba a Alemania y cobraba más tarde, estaba financiando gratuitamente el comercio alemán, proponiéndose firmar un tratado que corrigiese esa situación, pues el descubierto de los últimos años había crecido mucho.

El armamento alemán sería la válvula de escape que utilizarían ambos países para mantener controlado el déficit máximo aceptado en el Tratado Comercial firmado a finales de 1942[iii]. Alemania accedió a suministrar armas a España, entre otras razones por los rumores de que se preparaba un desembarco aliado en el norte de África, lo que se conoció con el nombre de Operación Torch. España no estaba preparada ni para defenderse ni para rechazar una posible invasión en su “protectorado” africano.

El Programa Bar contenía cláusulas para salvar el desequilibrio monetario entre España y Alemania, de forma que unos meses más tarde los alemanes presentaron un proyecto de entrega en los dos próximos años de armamento por valor de 1.000 millones de marcos. La mayor parte de las entregas se realizarían durante 1943 y el resto hasta 1945. Esto hacía necesaria una revisión de los precios de los productos de ambos países, sirviendo dichos 1.000 millones de marcos para enjugar el desequilibrio del clearing hispano-alemán.

Se produjeron una serie de reuniones en Madrid, donde la delegación alemana propuso considerar un coeficiente de aumento de los precios, el coeficiente de 4 sobre 1 (el valor de las exportaciones españolas debía ser cuatro veces el de las importaciones de armamento alemán). La delegación española no lo aceptó teniendo en cuenta el diferente tipo de cambio que regía en España para la divisa alemana en los años 1939 y 1943, datos que señalaban un coeficiente muy inferior al propuesto por los alemanes. Por ejemplo, en las relaciones comerciales de España con Argentina, Estados Unidos o Brasil, no se empleaba aquel coeficiente. Los españoles quería equiparar el valor de las exportaciones a Alemania con el de las importaciones de armamento alemán, lo que no fue aceptado por los delegados alemanes[iv].

Los españoles plantearon entonces que debían ponerse sobre la mesa los datos exactos de las materias primas que entraban en la fabricación del armamento, algunas de las cuales serían de procedencia española, pues España fue siempre una fuente importante de exportación de minerales a Alemania. Mientras tanto el General Martínez de Campos era Presidente de la Comisión Interministerial para la Adquisición de Material de Guerra en Berlín. Los alemanes argumentaron que para calcular el precio del armamento que se enviaría a España no se podría tener en cuenta el de la época de paz, siendo así que parte de dicho armamento se había fabricado durante la guerra.

Como durante las negociaciones sobre este asunto se había producido un parón en las exportaciones españolas, Berlín quiso desbloquear la situación, mientras que Martínez de Campos enviaba a Jordana un informe derivado de ciertas comparaciones con los precios del armamento alemán en años anteriores: “De esta comparación –decía Campos- … podrá vd. deducir que los precios actuales son superiores, llegando algunos a cuadruplicar los anteriores…”. Los datos que aporta Lucas Molina sobre el aumento de los precios del armamento alemán son muy claros, lo que puso a los ministros de los tres Ejércitos españoles (tierra, mar y aire) sobre aviso de este asunto, hicieron sus propias valoraciones y confirmaron el aumento de precios que los alemanes habían venido practicando y pretendían consolidar, lo que representaba una estafa (usando la expresión del autor al que sigo), teniendo en cuenta la necesidad que Alemania tenía de los productos de primera necesidad y para la industria por parte de España.

A mediados de 1943 se produjeron varias reuniones de miembros de los ministerios de Exteriores y de los ejércitos españoles, llegando a ciertas conclusiones sobre el escrupuloso estudio que había realizado la comisión técnica española para desvelar la ventaja que Alemania había venido teniendo con respecto a España. El Director General de Política Económica del Ministerio de Exteriores, Vicente Taberna, elaboró un informe sobre este asunto en el que se dice que las negociaciones se estaban llevando con ventaja por parte española, pues había un déficit alemán en el clearing comercial de más de 150 millones de marcos, muy por encima de los 115 millones reconocidos por parte alemana.

Entonces se intentó por parte alemana llevar el asunto al terreno político, es decir, no tanto a la objetividad de los datos que se habían aportado, sino a la necesidad que Alemania tenía de los productos que España le enviaba si quería mantenerse en la guerra. A España no le interesaba dejar de recibir el material de guerra alemán, y así el embajador alemán en Madrid envió un escrito al ministro Jordana pidiéndole que hiciese valer su influencia para reconducir este asunto, pero Jordana probablemente sabia que Alemania perdería la guerra, España necesitaba petróleo (entre otros bienes) de los aliados, y el ministro español no era pro-alemán sino muy pragmático, por lo que los aspectos políticos no primaron sobre los técnicos, y así se firmó en agosto de 1943, en San Sebastián, un Acuerdo Adicional al Convenio Comercial hispano-alemán de finales del año anterior. Este acuerdo prorrogaba un año más el de 1942, manteniendo el principio de equilibrio y el posible descubierto del clearing hispano-alemán de hasta 70 millones de marcos al final de 1944, autorizando la exportación a España de armamento alemán por valor de 216,5 millones de marcos.

Un aspecto poco o nada conocido en el que la diplomacia española no permitió que al país se le estafase como se había venido haciendo durante el mandato de Serrano Suñer.



[i] “1943. Entre la estafa y el mito…”.
[ii] Fue Ministro de Exteriores antes que Serrano. Falleció en 1944.
[iii] Un Programa de Armamentos conocido con el nombre de Programa Bar, oso en lengua alemana.
[iv] El que presidía la delegación alemana era Ernst Eisenlohr, diplomático y político alemán que había sido embajador en Grecia entre 1931 y 1936. Murió en 1958.