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viernes, 30 de abril de 2021

Campamentos temporales romanos

 

                                       A Cortiña dos Mouros (fotografía de La Voz de Galicia)

Julio Vidal Encinas y otros han estudiado la presencia del ejército romano en las montañas de El Bierzo y han dado a conocer tres recintos fortificados en las montañas que separan El Bierzo de las sierras del interior lucense. Presentan características similares a otros casos estudiados, como Castrocalbón[i] y Valdemeda[ii], aunque estos fuesen campamentos estables de los primeros siglos de nuestra era.

El área estudiada por el autor citado y sus colaboradores es de complicada orografía. A Granda das Xarras[iii] y A Recacha[iv] son dos fortificaciones desde las que se controlaban los pasos de montaña entre los valles de los ríos Ibias y Valouta, que han sido excavados ya.

A Cortiña dos Mouros o Campo do Circo se encuentra entre los municipios de Cervantes, Lugo y Balboa, León. El alto de O Circo se encuentra a casi 1.300 m. sobre el nivel del mar en la Sierra de Ancares, que sirve de divisoria de aguas entre las cuencas de los ríos Navia y Sil. Desde dicha altura se domina un paisaje montañoso y solo a 2 km. del importante paso de O Portelo[v].

Descartado que Campo do Circo fuese un asentamiento prehistórico, la parte lucense del yacimiento está muy destruida por la repoblación forestal, pero en el área leonesa se distingue un parapeto de unos 5 m. de anchura y 0,5 de altura, extendiéndose unos 230 m. Al exterior hay una suave depresión de unos 2 m. de anchura y un foso colmatado con probable sección en V. Las defensas presentan en algunos puntos un desnivel de 2 m., dibujando dos lienzos rectilíneos con un esquinal redondeado. El área campamental tiene una superficie de 4,5 ha.

A Serra da Casiña se encuentra en Balboa (León), cerca del núcleo de Valverde, en la suave cima –dicen los autores- del cerro de A Serra da Casiña, a casi 1.100 m. sobre el nivel del mar. Desde allí se ve el valle de Balboa, siendo un espacio de tránsito, desde época romana, entre la hoya berciana y el oriente gallego.

El yacimiento se ha estudiado a partir del desbroce en algunas parcelas, viéndose un conjunto de estructuras antrópicas no vinculadas a actividades agrarias; también dos accesos al campamento romano. En conjunto está muy deteriorado por la acción de maquinaria pesada en el desbroce, pero se conoce la existencia de terraplenes de, como máximo, un metro de altura y 4 m. de ancho (media); también se ha descubierto un foso y se reconoce en planta un único recinto rectangular con esquinales redondeados.

El yacimiento de As Penas de Perturexe (Villafranca del Bierzo, León) se encuentra en la Serra do Páramo, divisoria de los valles de Balboa y A Teixeira. As Penas está a 1.464 m. sobre el nivel del mar, habiéndose descubierto dos alineaciones, un parapeto allanado de 4 m. de anchura y un foso exterior, siendo la planta dos lienzos rectilíneos con trazados perpendiculares unidos en un esquinal redondeado.

Los estudios llevados a cabo por Vidal Encinas y sus colaboradores se enmarcan en un proceso generalizado de revisión de la presencia militar romano en el occidente peninsular.



[i] Al sur de la actual provincia de León, donde está atestiguada la presencia del ejército romano en sus proximidades

[ii] Al suroeste de la actual provincia de León, en el municipio de Truchas.

[iii] Entre Ibias, Asturias y Candín, León.

[iv] Entre Navia de Suarna, Lugo e Ibias, Asturias.

[v] Aldea en el extremo sur de la Sierra de Ancares, a 1.068 m. sobre el nivel del mar.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Dos militares españoles (2)



Un mes antes de la sublevación militar de 1936, el comandante Manuel Matallana Gómez estaba destinado en Badajoz; desde un año antes había conseguido licenciarse en Derecho, lo que le estaba permitiendo compatibilizar su empleo de militar con el de abogado. En una carta dice encontrarse cada vez más alejado de la política, pues la consideraba la ruina de España. “En los pueblos –dice en dicha carta- son las guardias rojas las que mandan y disponen siendo los comunistas y socialistas los amos… Ahora llevamos más de dos meses con una huelga en Almendralejo en la que se han empleado todas las armas contra los patronos, metiéndolos en la cárcel…”; continúa diciendo que las exigencias de los obreros son imposibles de ser atendidas por dichos patronos. “Y entre tanto –sigue- formaciones y desfiles de milicias socialistas y comunistas uniformadas e instruidas por todos los pueblos y esta Capital… y esperando ya de una vez que explote esto en el sentido que sea…”.

Extremadura era por aquellos días escenario de conflictos agudizados por los intentos del Frente Popular de mejorar las condiciones de los campesinos sin tierra. También era escenario de intensa actividad de las milicias de izquierda, por lo general desarmadas, pero que asustaban a sectores acomodados de la sociedad. Se percibía una quiebra del orden[i].

Matallana hizo la guerra en el bando republicano, pero cabe pensar que quizá fue por encontrarse en una provincia donde el alzamiento no triunfó, y fue uno de los cuatro jefes republicanos que mandaron un grupo de ejércitos. Desde la caída de Cataluña en enero de 1939 fue la máxima autoridad militar en zona republicana después de Miaja, habiendo sido nombrado por Negrín jefe del Estado Mayor Central, cuando Rojo decidió no retornar desde Francia, ya en vísperas de la constitución de la junta de Casado, en la que Matallana participó.

Álvarez-Coque considera que si Matallana permaneció leal a la República se debió a la actitud de su superior jerárquico[ii], que no secundó la sublevación, por tanto hay dudas sobre las intenciones de Matallana. Por otro lado está su complicidad y participación en el golpe del coronel Casado, pero esto tiene fácil explicación, pues en él estaban también Miaja y Besteiro, por poner dos ejemplos nada sospechosos. También se le ha supuesto miembro de la quinta columna, pero se ha descartado porque cuando todo estuvo perdido para la República, aún compareció en Elda (principios de marzo de 1939) en una reunión convocada por Negrín, lo que no hicieron Casado y Miaja, por ejemplo.

Ascendido a general en agosto de 1938, su enturbiada imagen como traidor no le ha abandonado, hablándose de que pudo haber estado en contacto con agentes franquistas. Al finalizar la guerra los vencedores instruyeron una causa contra él, pues no parece haber duda de que fue leal al gobierno republicano hasta el verano de 1938, pero también fue partidario de un final negociado (incluso Prieto dejó de ser ministro de Defensa por derrotista) constituyendo una corriente autónoma de la de Casado, aunque confluyendo con él finalmente.

Matallana había nacido en el seno de una familia cuyo padre era militar y su madre, quizá, de un elevado nivel social, lo que explica su visión negativa del desorden en época republicana. En 1915 tuvo su primer destino en Marruecos y, al año siguiente, vuelve a la península (Badajoz). En una segunda etapa en Marruecos (1922-1923) solicitó ingresar en la Escuela Superior de Guerra, estudios que siguió. En enero de 1929 estaba en Madrid cuando se produjo un movimiento contra Primo de Rivera en Ciudad Real, siendo destinado a esta plaza[iii], pasando luego a Coruña, León y de nuevo Badajoz.

En 1935 llegó a comandante y así hasta el primer año de guerra como ayudante del general Castelló. Ante el avance de los sublevados se temió la caída de Madrid, por lo que no pocos militares planearon ocultarse o refugiarse en embajadas. En la causa contra Matallana, al finalizar la guerra, él argumentó que tenía por segura la entrada en Madrid de las tropas de Franco, por lo que optó por quedarse (hay que tener en cuenta que se está defendiendo), pero lo cierto es que formó parte del Estado Mayor de la defensa de Madrid bajo el mando de Vicente Rojo.

Matallana, como otros muchos militares de la República, tenía recelo de la importancia que había adquirido el Partido Comunista en la dirección de la guerra, habiendo al menos dos focos conspirativos contra Negrín de los que ya hemos hablado: el del coronel Casado y el inspirado por Matallana, partidario éste de que el acuerdo al que se llegase con el general Franco fuese solo entre militares, y hoy se sabe que mantuvo relaciones “oficiales” con los agentes del Servicio de Información y Policía Militar[iv] desde finales de 1938. Por su parte el historiador Ángel Bahamonde, a quien cita nuestro autor, señala una convergencia del antinegrinismo político y militar por parte de Casado en el Ejército del Centro y del Estado Mayor del Grupo de Ejércitos en Valencia.

Se ha señalado también la oposición de Miaja a ceder fuerzas a otros frentes alegando defender Madrid por encima de todo, y cuando esto se constata Casado ya estaba en contacto con los franquistas. Es entonces cuando Rojo jugó su última carta (la propuesta del plan P, que se llevó a cabo solo parcialmente y tarde, fracasando[v]) a la que se opuso también Miaja. Rojo siempre tuvo confianza en Matallana, aunque éste advirtió a Negrín, primero en Los Llanos[vi] y luego en Elda (febrero y marzo de 1939 respectivamente) sobre la imposibilidad de seguir la guerra.

Sospechoso de complicidad con Casado, quedó virtualmente prisionero en Elda pero se le permitió salir hacia Valencia y Madrid, donde se unió a aquel. Se atribuyó ante los franquistas el mérito de derrotar a los comunistas, aunque lo decisivo en esto fue la intervención del IV Cuerpo dirigido por Cipriano Mera. Lo que sí hizo Matallana fue dar las instrucciones para la apertura ordenada de los frentes y la rendición de los ejércitos republicanos.

Ante los franquistas se presentó como promotor del acatamiento total a las condiciones de Franco, pero hay que tener en cuenta que su vida corría serio peligro, pues su elevado rango lo hacía máximo responsable ante los vencedores, además de los méritos que las autoridades republicanas le habían reconocido. Poca credibilidad –dice Álvarez-Coque- tienen sus alegatos de haber participado como espía a favor de los sublevados, y más bien sería un argumento, como otros, de quien se está defendiendo y quiere salvar su vida.

Condenado a 30 años de cárcel, luego Franco le redujo la pena considerablemente, pasando los primeros años del nuevo régimen con privaciones y no se le reconoció graduación militar alguna, muriendo en 1952, a los cincuenta y ocho años.


[i] Álvarez-Coque cita al periódico “Claridad” (18 de mayo de 1936) hablando de los milicianos como “el futuro ejército rojo obrero y campesino”.

[ii] Luis Castelló Pantoja, llamado a Madrid el 19 de julio para un nombramiento militar, aunque cuando llegó se enteró de que había sido nombrado ministro de la Guerra en el Gobierno Giral. Castelló llevó consigo a Matallana.

[iii] Las tropas se lanzaron a la calle estando comprometidos en toda España 21 regimientos de artillería y algunas otras fuerzas, pero lo cierto es que en el resto de España no hubo levantamiento alguno.

[iv] Servicio de inteligencia de los sublevados durante la guerra civil y durante los primeros años de la dictadura subsiguiente.

[v] Una ofensiva republicana hacia Extremadura al tiempo que un desembarco en Motril.

[vi] Provincia de Albacete.

Fotografía: Asalto de la puerta de la Trinidad (bellumartishistoriamilitar.blogspot.com)

Dos militares españoles (1)

 


En su tesis doctoral sobre los militares de Estado Mayor, Arturo García Álvarez-Coque considera oportuno detenerse en dos de ellos que ejercieron como tales en la primera mitad del siglo XX, con diversas actitudes ante el levantamiento de 1936 y con diversa suerte también.

Uno de ellos es el golpista Manuel Goded Llopis, que ni se mantuvo expectante ante los acontecimientos ni permaneció fiel al régimen legítimo, la II República española. Hoy sabemos que éste régimen se caracterizó por el desorden público y la explosión de libertad que había estado reprimida en los años anteriores, pero los desórdenes públicos venían de lejos; solo recordar los últimos años de la Restauración serían suficientes, pero también podríamos citar la “semana trágica” de Barcelona y casi todo el siglo XIX, con sus manifestaciones de anticlericalismo, movimiento sindical, represión patronal y conflictos civiles.

Álvarez-Coque indica que, en el caso de los generales, el sector leal a la República fue mayoritario entre los que detentaban mando de tropas, rebelándose solo uno que pasaba por republicano, Miguel Cabanellas. Por su parte, los generales del cuerpo de diplomados en Estado Mayor encabezaron todas las conspiraciones contra los gobiernos republicanos. El general Emilio Barrera sirvió trece años en Marruecos y, a finales de 1931, constituyó una junta militar golpista, manteniendo al año siguiente contactos con el gobierno fascista italiano. Fue delegado del general Sanjurjo en la preparación del golpe de 1932 y, en una reunión tenida en su domicilio, en 1936, se puso en marcha la trama conspirativa, aún antes de las elecciones que darían el triunfo al Frente Popular. El movimiento estaba previsto para unos días después de las elecciones, pero fue suspendido por el que estaba al frente, el general Goded.

En marzo, tas las elecciones, tuvo lugar otra reunión en la que participaron militares de paso por Madrid para sus destinos[i]: se constituyó una Junta de Generales, nominalmente con Sanjurjo a la cabeza, para un golpe que debía tener lugar el 30 de abril. Por último, en julio de 1936, entre los seis generales de división que se alzaron en armas, tres eran del cuerpo de Estado Mayor: Goded, Fanjul y Saliquet, quienes encabezarían el levantamiento, respectivamente, en Barcelona, Madrid y Valladolid.

Goded fue un general de elite por un doble motivo: por haber alcanzado el generalato y por pertenecer al cuerpo de Estado Mayor, habiendo sido el oficial más joven en ingresar en la Escuela Superior de Guerra, con 15 años. Cuando se proclamó la República y Azaña ocupó la cartera de Guerra, Goded era jefe del Estado Mayor Central, cargo en el que continuó colaborando con Azaña hasta su cese en 1932 por el incidente de Carabanchel[ii]. En su “Diario”, Azaña dice que Goded podría ser “peligroso” por su rencor y ambición, pues le había dicho que “muchos han venido a proponerme locuras, pero gracias a Sanjurjo y a mí, no ha ocurrido ya una barbaridad en el ejército”. Añade Azaña que “el estado de ánimo del general es mucho peor de lo que había sospechado… Que llegue a ser peligroso depende de que rompa su habitual cautela…”.

Desde su cese en el Estado Mayor Central, Goded participó en todas las conspiraciones antirrepublicanas, pero sus actividades en éste sentido se remontan a 1930 cuando, siendo gobernador militar de Cádiz, entró en contacto con militares opuestos a Primo de Rivera, pero era partidario de un movimiento exclusivamente militar, no revolucionario, como pretendían otros[iii].

Cuando triunfó el Frente Popular Goded fue destituido del cargo de inspector general del Ejército y nombrado comandante militar de Baleares. Según el autor al que sigo, al día siguiente de ser destinado acudió al cuartel de la Montaña con ánimo de sacar las tropas a la calle, pero desistió ante la oposición de los coroneles al mando de dicha guarnición[iv]. Goded era uno de los principales aspirantes a erigirse en cabeza del poder militar en un levantamiento triunfante, llevándole su ambición a la dirección del movimiento en Barcelona, cuando inicialmente estaba destinado por Mola a Valencia. Entonces fue destinado a esta plaza el general González Carrasco. Este cambio de última hora (16 de julio de 1936) lo consideran algunos decisivo para el fracaso del levantamiento en Cataluña, permaneciendo Valencia leal al Gobierno.

Los conspiradores de Barcelona pidieron ese cambio a Mola y éste, a regañadientes, aceptó. El citado coronel Carlos Lázaro dijo “que se estaba informando equivocadamente al general Goded con noticias ilusorias; que dicho general no debería ir a Valencia, porque en cuanto llegase sería detenido, ya que el Gobernador Civil y el jefe de la División, Martínez Monje, tenían montado un servicio para vigilar su llegada…”. El propio Lázaro quiso entrevistarse con el coronel de caballería “quien no se atrevió a recibirle”, y el general de la Guardia Civil, Grijalvo, le dijo que estaba con los golpistas, pero no se sumaría hasta que estuviese al frente en Valencia el general Goded.

Goded consideró que dirigir el movimiento en Barcelona le daba más posibilidades de erigirse en determinante, pero ya en su momento hubo quien consideró que ese cambio de planes perjudicó a los alzados: “En el plan primitivo, en el que tuve parte principal y directa [dice Bartolomé Barba]… creo que si esto no se hubiera hecho la guerra no hubiera alcanzado las proporciones que ha tenido…”. El ayudante de Mola, comandante Fernández Cordón, relató que se reunieron enlaces de la guarnición barcelonesa con el “director” en Pamplona solicitando que Goded fuera a Barcelona. También el coronel Mut había dicho que la guarnición había exigido la presencia de Goded “por necesitar Barcelona un general de prestigio”. Y el propio Goded dijo de sí mismo “es que alguien se ha olvidado de lo que pesa el nombre del general Goded”.

Una vez triunfador en Barcelona, Goded marcharía sobre Madrid y cuando el 19 de julio se enteró de que Zaragoza se había sublevado exclamó: “me han abierto el camino de Madrid”. Lo cierto es que en Valencia causó desconcierto el nombramiento de González Carrasco.

Como es sabido, a la llegada de Goded a Barcelona fue detenido por los leales a la República, juzgado y sentenciado a muerte, siendo fusilado en agosto de 1936 cuando no había cumplido los cincuenta y cuatro años.


[i] La reunión tuvo lugar en la casa del diputado cedista José Delgado, estando en ella Fanjul, Franco, Kindelán, Mola, Orgaz, Ponte, Saliquet y Varela, entre otros.

[ii] Ver aquí mismo “Incidente en Carabanchel”. Se trató del enfrentamiento del teniente coronel Mangada con los generales Goded y Villegas.

[iii] Tuñón de Lara dice que en esta conspiración estaban Martínez Barrio, Miguel Maura, Carlos de Borbón y quizá el propio rey.

[iv] Las fuentes citadas son el ayudante de Goded, coronel Carlos Lázaro, y el comandante Arsenio Fernández Serrano.

Fotografía tomada de memoriabcn.cat/sants/index (Castillo de Montjuïc).

martes, 1 de septiembre de 2020

Extranjeros en las guerras de España

Castellar de Nuc
espanafascinante.com/lugar-para-visitar/que-ver-en-cataluna/

Las insurrecciones liberales en diversas partes de Italia, en torno a 1820, y los sucesivos fracasos sufridos, trajo a España a no pocos italianos comprometidos con la causa liberal. Barcelona es una de las ciudades a las que llegaron los italianos, como también Tarragona. En 1822, al calor del aparente triunfo liberal en España de dos años antes, los exiliados italianos se convirtieron en voluntarios para luchar en España contra los numerosos intentos absolutistas, más concretamente en el Ampurdán. Este hecho y otros de parecida naturaleza hicieron que las autoridades españolas pensasen en dar a estos italianos una organización regular dentro del ejército liberal. Algo así como lo que hizo Francia con los polacos que habían sido derrotados bajo la dirección de Kosciusko[i]. También en Francia se formaría años más tarde otro ejército con los italianos vencidos en la batalla de Novara[ii].

Para que la España liberal aceptase a esos italianos inmigrados, tendrían que demostrar que habían formado parte de la lucha a favor del liberalismo en sus países. Por su parte una reacción absolutista que estalló en Manresa, Girona y Castellar de Nuc[iii] en 1821, mientras Barcelona sufría una epidemia de fiebre amarilla, había terminado en derrota para dicha facción, teniendo que refugiarse los antiliberales en Francia.

Siguiendo al general Miláns, los inmigrantes italianos tomaron las armas y muchos oficiales que habían luchado en el ejército del Piamonte, sirvieron como soldados; también estudiantes jóvenes de familias notables, pero éste ejército perdió muchos efectivos en Vic (2 de julio de 1822). En un período de tiempo relativamente corto, todos los inmigrantes italianos que se encontraban en diversas partes de España se unieron a los liberales, entre los cuales Carlo Beolchi, Pacciarotti, el conde Ceppi, Pietro Gilio y Giovanni Allegra.

A finales de 1821, una vez acabada la peste amarilla, otros inmigrados italianos se reunieron en Barcelona y pidieron al capitán general que se les armase para luchar contra los absolutistas, lo que éste aceptó. En Gerona luchó contra Misses[iv] un escuadrón constitucional de voluntarios con bandera italiana, entre los que se encontraba Vittorio Ferrero, héroe de San Salvario, en las proximidades de Turín. También Olot fue cercado por tres decenas de italianos exiliados, consiguiendo expulsar de dicha ciudad a los absolutistas.

En cuanto a portugueses, la primera leva para luchar en España (guerra de 1833) fue la de Granaderos de Oporto, pero no fue tarea fácil el traslado. El Ministerio de la Guerra portugués hizo una relación en 1835 de los voluntarios para luchar en España, entre los cuales hubo recelos porque todavía se le debían pagos por su lucha contra el miguelismo en Portugal. Pero pronto el número de los enrolados aumentó día a día. En el contexto de la Cuádruple Alianza, de la que formaban parte Portugal y España, se firmó un convenio entre los dos países para que llegase a éste último la llamada Auxiliar Portuguesa, que no estuvo preparada hasta finales de año, haciendo su entrada por Zamora, pero también embarcaron para Barcelona 150 belgas, siguiendo luego otras remesas de portugueses.

Los portugueses lucharon sobre todo en Cataluña, pero también en otras partes de España, mandados en ocasiones por oficiales británicos. La recluta se dio por terminada a mediados de 1836, pero el Gobierno español se vio obligado a cubrir las bajas de esas unidades que formaban, frecuentemente, la vanguardia de las tropas isabelinas.

Los regimientos de granaderos y de cazadores de Oporto estuvieron formados por ingleses, portugueses, franceses, italianos, alemanes, belgas, españoles y de otras nacionalidades, como si la causa del liberalismo fuese asumida sin distinción de estados. Otro contingente de Cazadores de Oporto llegó a Barcelona a principios de 1836, pues los soldados fueron cayendo a medida que avanzaba la guerra. Los granaderos procedentes de Portugal, que llegaron a Barcelona a finales de 1835, fueron recibidos con alegría en la ciudad, como reflejó la prensa, saliendo pocos días después para Vilafranca, primer bautismo de fuego para ellos en España.

La segunda intervención la realizaron cuando acababa el año 1836 tras haber ocupado Sant Pere de Ribes los carlistas, siendo estos vencidos de forma contundente. Otro desembarco en Barcelona y otro más en Tarragona completaron la colaboración del liberalismo portugués con el español.

Bonaparte, en su ocupación de la península Ibérica (1808) empleó polacos y soldados de otras nacionalidades, en la guerra de sucesión a la corona de España lucharon soldados de diversas nacionalidades en unos ejércitos y en otros, como en los tercios de Flandes del siglo XVII, pero estos ya es otros contextos distintos del aquí tratamos[v].



[i] Nacido en 1746, murió en 1817. Es considerado un héroe en Polonia y en Bielorrusia. Participó en la guerra de independencia de Estados Unidos. En 1794 participó en una insurrección contra el absolutismo del Imperio Ruso.
[ii] Entre el reino de Cerdeña y el Imperio Austríaco en el marco de las guerras de independencia italiana (1849). Novara se encuentra en el noroeste de Italia.
[iii] En el extremo norte de la actual provincia de Barcelona.
[iv] Tomás Costa, natural de Figueras. Afrancesado durante la guerra de 1808, después anduvo por las montañas como bandido. Prisionero en Gerona hasta finales de 1821 a donde había ido para tomar parte en una conspiración absolutista.
[v] El presente resumen está basado en la obra de Josep Sánchez Cervelló.

martes, 11 de septiembre de 2018

Un ejército para someter a la población


Parece tener razón el historiador Gabriel Cardona cuando dice que fue durante el régimen fascista del general Franco cuando el ejército aprendió a obedecer, es decir, fue disciplinado, más allá de que el dictador tuviese algunos opositores en el ejército que poco o nada asomaron la cabeza. El mismo autor considera, en su libro “El gigante descalzo…”, que el ejército de Franco fue muy eficaz para mantener la represión de la población en el interior del país, pero nulo para ganar una sola batalla en el exterior.

La División Azul en Rusia ya sabemos el casi nulo papel que representó a las órdenes de los militares nazis; cuando la guerra de Ifni en 1957, la derrota del ejército español a manos de irregulares marroquíes habla por sí sola; en 1975, cuando la “marcha verde” organizada temerariamente por el rey Hassan II, el ejército español hizo el más espantoso ridículo, si bien bajo la batuta de un Gobierno en retirada.

Durante las casi cuatro décadas del régimen franquista, más fascista al principio y más católico después, pero siempre cruel, el ejército español abandonó la tradición de indisciplina que le había caracterizado durante todo el siglo XIX y el XX hasta 1939, cuando finaliza la guerra civil. Porque cuando se restablece la democracia en España con la Constitución de 1978, el ejército español (o parte de él) vuelve a las andadas e intenta un golpe de estado en febrero de 1981. Fracasado, se hizo patente que el ejército de Franco estaba vivo y que su integración en la democracia iba a costar, a pesar de las generaciones de militares que habían ido pasando.

El ejército español que luchó en América y contra el invasor francés a principios del siglo XIX no era moderno para la época. La prueba es que tuvo que ser ayudado por el inglés y por las diversas partidas guerrilleras que, muchas veces, se constituyeron a partir de desertores. Los intentos de restablecer el liberalismo contra Fernando VII ya se dan durante el sexenio que va desde 1814 a 1820, triunfando la conjuración de Riego en este último año, pero durante el trienio entre 1820 y 1823 hubo también intentos de reponer por la fuerza al rey en su poder absoluto. En lo que quedaba de siglo otro tanto de lo mismo, con Espartero, con Narváez, con O’Donnell, con Diego de León, Prim, Martínez Campos, Villacampa y otros que sería prolijo citar aquí.

El ejército español se sintió protagonista de la política española durante los siglos XIX y XX por diversos motivos: porque estaba dividido aunque lo más granado de la oficialidad estuviese en el campo liberal; porque los partidos políticos, débiles y de minorías, delegaban con frecuencia en el apoyo de mandos militares para “conducir” una situación en un sentido o en otro; porque la sociedad estaba formada en su mayoría por campesinos, artesanos y pequeños comerciantes con poca capacidad y formación para la iniciativa.

El régimen de la Restauración borbónica, contra la mucho que se ha escrito, estuvo tutelado por el ejército (por Martínez Campos mientras vivió) y por otros militares más tarde, sobre todo cuando el rey Alfonso XIII tuvo al ejército como eje de su política. Así se explica el golpe de Primo de Rivera en 1923, los intentos durante su dictadura en los años veinte, la intentona de Sanjurjo ya durante la II República y de los militares que desencadenaron la guerra civil en 1936. Cuando esta acabó tres años después, la calma y la disciplina en el ejército español reinaron por largas décadas.

El dictador Franco siempre tuvo a militares de alta graduación en puestos de responsabilidad política y económica, desde principio a fin de su régimen. La corrupción en el ejército empezó ya con la “caballería de San Jorge” (ver aquí mismo) y los sobornos de la diplomacia británica a algunos generales franquistas. Continuó con el pluriempleo dándose a muchos militares, de alta y baja graduación, puestos para soportar los bajos sueldos que la mayoría cobraban. Mientras tanto no se les molestaba, pues el nivel de exigencia profesional era mínimo, las dotaciones en material quedaron paralizadas hasta la segunda mitad de los años cincuenta (reconocimiento por parte de Estados Unidos) y el ejército franquista siempre se consideró el verdadero ganador de la guerra, ni Falange, ni los carlistas, ni los católicos, ni nadie más que el ejército; ello sin perjuicio de que hubiese militares falangistas, monárquicos, carlistas, etc.

No se puede considerar a la tardía Unión Militar Democrática, fundada por el historiador y militar Cardona a quien he citado, como una amenaza para el régimen: este estuvo siempre bien apuntalado por un ejército sumiso y disciplinado respecto del dictador… y por si fuera poco la Iglesia echó una importante mano para legitimar el privilegio del que también participaba.

miércoles, 10 de enero de 2018

Militares de extrema derecha

¿Qué relación existió entre la extrema derecha militar española y la civil? ¿Qué relaciones hubo entre las Fuerzas Armadas y la extrema derecha españolas? A estas preguntas da respuesta Carlos Navajas en su obra “La salvaguardia de lo permanente. Las extremas derechas militares en la España del siglo XX" . El autor señala que el ejército español siempre se consideró con autonomía sobre el poder civil, entendido en su conjunto, pues hubo militares de muy diversas formas de pensar y actuar. Un ejército siempre dispuesto a intervenir en la vida pública como garantía de la seguridad nacional, según los militares más conservadores.

Los militares ultraderechistas fueron, a su vez, militaristas; sus ideas corporativas fueron meramente instrumentales y ellos nunca neutrales políticamente. En el siglo XIX –dice el autor citado- hubo militares militaristas pero liberales, y pone en duda la idea de la tradición liberal del ejército español en dicha centuria. Azaña escribió que “el hecho de que los militares españoles se hayan pasado el siglo XIX promoviendo conspiraciones y pronunciamientos, no es prueba de liberalismo, sino de caudillaje e indisciplina, enemigos de un Estado normal, y, en definitva, los peores enemigos de la libertad civil y de la igualdad”.

Solo con Primo –dice Carlos Navajas - cabe hablar de extrema derecha militarista, aunque Paul Preston cree que también existió con anterioridad, sobre todo en el ejército de Tierra. La pluralidad ideológica durante la dictadura de Primo en el ejército fue un hecho, contrariamente a lo ocurrido durante el régimen franquista, donde los militares demócratas representaron un número insignificante y se corresponden con los años finales de la dictadura. Sin embargo cabe matizarse esto a partir de la década de 1960, probablemente al abrirse España a la economía europea y americana y recibir el ejército influencias del exterior.

En general puede decirse que los militares españoles del siglo XX fueron enemigos de la partitocracia, concibieron la patria con connotaciones religiosas y la consideraron equivalente a la nación. La Historia, para estos militares conservadores y/o ultraderechistas era concebida como adoctrinamiento y el ejército y la patria se identificaban. Estos militares eran antiseparatistas, anticomunistas y, curiosamente, la mayoría no eran monarquistas (sic). Los ultraconservadores fueron antiliberales y, por lo tanto, antidemócratas.

Algunos de los diarios políticos de los militares eran “El Ejército Español”, “La Correspondencia Militar” y “Ejército y Armada”, siendo la tirada máxima de 8.380 ejemplares (“La Correspondencia Militar”). Los dos primeros se fusionaron en 1928 y de su lectura se deduce que los militares conservadores equiparaban al liberalismo con gobiernos débiles, la libertad con libertinaje; estos militares eran contrarios al parlamentarismo, partidarios del ultranacionalismo, simpatizantes con ciertas características del fascismo y muy corporativos. El pacifismo socialista, en fin, era interpretado como antimilitar.

La ideología militar conservadora condenó el parlamentarismo oligárquico liberal de la Restauración y no excluía una dictadura transitoria que acabase con el caciquismo. Había militares en esta ideología que simpatizaban con el socialismo moderado y con el fascismo (?). La Unión Patriótica asignó a los militares “una función vigilante sobre la evolución de la vida política y social” y en el manifiesto de presentación de 1939 del Partido Nacionalista Español de José María Albiñana se encomendaba al ejército “la función de garantizar la unidad territorial de España y la estabilidad del sistema político”.

La proclamación de la II República no trajo consigo una agitación política apreciable en el Ejército y de los 58 jefes y oficiales que estaban desempeñando cargos políticos importantes, 44 se retiraron acogiéndose al Decreto “de retiros” azañista. Un ejemplo es el de Emilio Rodríguez Tarduchy, redactor jefe la “La Voz de Castilla” entre 1910 y 1921 y miembro de las Juntas de Defensa, perteneció a la Unión Patriótica y se retiró del Ejército tras la proclamación de la II República. Fue director de “La Correspondencia Militar” y de “La Correspondencia” (este periódico sucesor del otro) ingresando en 1933 en Falange, año en el que también partició en la fundación de la candestina Unión Militar Española. Conspirador tras la guerra pero más tarde procurador en Cortes entre 1951 y 1964.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Incidente en Carabanchel

Carabanchel hoy
El periódico ABC daba cuenta, el día 28 de junio de 1932, de los rumores que había en Madrid sobre la fiesta de compañerismo después de unas maniobras militares y el incidente que, entre el general Goded y el coronel Mangada, se había producido en el campamento de Carabanchel, que no es sino una muestra más de la división en el seno del ejército español, así como en la sociedad, durante el régimen republicano nacido en 1931, pero también con anterioridad y posterioridad.

Un testigo presencial –dice el períodico- explicó que tras un desayudo “un poco ilustrado” en el que participaron unos doscientos jefes y oficiales, “la fiesta transcurrió en sano ambiente de fraternidad”. Habló el general Federico Caballero, resaltando la “perfecta unión de todos los Institutos armados” (vanas palabras). Luego intevino el general Villegas y luego el general Goded, que “entonó un canto a la disciplina” y pidió a la oficialidad “que se alejara de las luchas políticas”, palabras que él mismo traicionaría, pues menos de dos meses más tarde estuvo complicado en el golpe de estado del general Sanjunjo (fracasado en agosto de 1932), como también lo estaría en el golpe de estado (fracasado también) de julio de 1936.

Las palabras del general Goded fueron recibidas con grandes aplausos tras su “Viva España”, pero no dijo “Viva la República”, como al parecer era preceptivo. El coronel Mangada no aplaudió, lo cual fue visto por muchos, incluido Goded, como una ofensa, lo que este le recriminó y Mangada contestó. Intervino entonces el general Caballero y luego Villegas, el cual decidió arrestar a Mangada en ese mismo momento a la vista de sus subordinados. Este abandonó el lugar, arrojó al suelo su gorra y guerrera y dijo a los soldados (no a los oficiales): “Mirad como tratan a un jefe vuestro”.

Los jefes y oficiales, entre tanto, desagraviaron a Goded y a los pocos días el general Villegas dio cuenta al ministro de la Guerra, que era el presidente el Gobierno, Manuel Azaña, el cual confirmó el arreso y se instruyó un “sumario”. El profesor Navajas Zubeldia ha publicado un interesante trabajo sobre los militares de extrema derecha en España, pero incidentes como el de Carabanchel, aquí descrito, y otros más graves se han producido en España durante cualquier régimen político.

El general López Ochoa, en 1929, participó en el golpe de estado (fracasado) dirigido por Sánchez Guerra contra la dictadura de Primo desde Cataluña. Ha sido considerado como liberal y masón, por lo que la indisciplina en el ejército no ha sido cosa solo de los derechistas, monárquicos o conservadores. El general Miguel Cabanellas participó en el alzamiento militar de 1936, aunque algunos consideran que no sin algunas dudas iniciales. Cuando triunfó el Frente Popular en febrero de 1936, el inspector general del Ejército, Rodríguez del Barrio, estuvo en el intento de que se anulasen las elecciones declarándose el “estado de guerra” en España, aunque no fructificó porque se negó a ello el presidente Portela Valladares.

¿Qué decir de Gonzalo Queipo de Llano? Conspirador contra la monarquía durante la dictadura de Primo y contra la II República española. El gobernador militar de Aragón, Gómez Morato, tuvo un encontronazo con Francisco Franco porque este, director de la academia de Zaragoza, se negó a poner la bandera republicana (1931) cuando este mantenía, contra toda lógica, la bandera de la monarquía. El general Villegas, del que hemos hablado en el incidente de Carabanchel, estuvo en la conspiración para el levantamiento militar de 1936, pero no se decidió a secundarlo en Madrid, siendo sustituido por el general Fanjul, lo que no serviría a aquel para salvar su vida, pues sería asesinado por unos milicianos en agosto, ya empezada la guerra civil. Enrique Salcedo, militar, estuvo en la conspiración de 1936, pero no se involucró en ella, lo que le costaría la vida, pues ya empezada la guerra fue detenido por los sublevados, encausado junto con otros en octubre de 1936, condenado a muerte y fusilado en el mes de  noviembre próximo en Ferrol… Son solo algunos ejemplos. 

martes, 12 de septiembre de 2017

El ejército español en 1808



Paisaje de Arroyomolinos (Cáceres)

Leopoldo Stampa[1] ha descrito con mucho detalle la situación del ejército español en 1808, intentando deshacer una serie de tópicos sobre la guerra que empezó en dicho año y sobre la guerrilla y el ejército, contribuyendo con ello a un mejor conocimiento de la historia de España.

El autor señala que el ejército regular español, en 1808, estaba en una situación de debilidad y de fractura, pues se encontraba disperso desde 1807 en varios puntos de Europa. España había contraído compromisos internacionales por medio del Tratado de Fontainebleau, por el que un sólido contingente español estaba en las ciudades hanseáticas, particularmente en Hannover y luego en Dinamarca. También tuvo que desplazarse a Portugal una parte del ejército por el compromiso de Godoy a ocupar el norte y el sur del país: el general Taranco se adueñaría de la zona entre el Miño y el Duero, y el general Solano del Alemtejo y los Algarbes: total, unos 16.000 hombres.

Al norte de Europa (Dinamarca) se enviaron 6.000 soldados españoles que se encontraban en Etruria, pero Godoy (siguiendo exigencias de Napoleón) reunió en España otros 5.500 hombres. De este modo la División del Norte congregó a unos 11.500 efectivos a las órdenes del marqués de la Romana[2]. En otoño de 1807 unos 32.000 soldados españoles se encontraban, pues, fuera del territorio nacional. En España quedaban, en mayo de 1808, según el ministro de la Guerra, O’Farrill, algo menos de 100.000 hombres (infantería y caballería). De entre estos un buen número corresponde a tropas de milicias (30.500) y soldados regulares (68.500). En España había también algunos regimientos extranjeros y las milicias no llevaban ni caballería ni artillería.

En la época –dice el autor- las formaciones masivas de infantería y caballería lo eran todo, y la masa artillera era a menudo resolutiva. Hubo una fiebre creadora de unidades, batallones patrióticos y escuadrones de monjes y labradores, pero un soldado no se improvisa. La medida de incorporar al ejército una recluta formada por jóvenes sin instrucción tuvo las peores consecuencias. Los caballos, en manos de estos jóvenes, no habían sido domados para estar acostumbrados al estruendo de la artillería, muchos de los cuales eran resultado de requisas. Por otra parte en los regimientos de caballería españoles no se enseñaba la esgrima al jinete, lo que llevó a muchas acciones fallidas. El regimiento de los Cazadores Imperiales del Sagrario de Toledo (“mucho nombre para tan poco arrojo”, dice Stampa) fracasó en la batalla de Medellín de forma deshonrosa, según el general Cuesta. Más dramática fue la fuga de la caballería bisoña en la batalla de Alba de Tormes. El príncipe de Anglona dijo: “la caballería de mi mando huyó vergonzosamente”, y el marqués de la Romana calificó la acción de “infamia”.

Los oficiales no eran malos pero sí escasos, según Londonderry, uno de los ayudantes de Wellington. De García de la Cuesta, al que vio en Casas del Puerto de Miravete (Cáceres), dice que cuidaba la disciplina, pero no tiene la misma opinión de los generales, a los que veía viejos y no aptos para soportar batallas. Un ejemplo de la escasez de oficiales era el ejército del centro; tras la retirada de Tudela y antes de la batalla de Uclés, había batallones que tenían 12 oficiales para 519 hombres de tropa.

Sobre la participación del pueblo en la guerra, dice el general Girón antes de la acción de Alcolea (1808): “los más en caballos, otros en mulos; monturas de todo género o sin ella algunos, armas de varios siglos desde la daga al espadín; tal era la confusa organización de aquella gente”. En Villa del Rey (Badajoz), el 1 de mayo de 1808 tuvo lugar una acción: “nuestra caballería, dice el parte, compuesta por unos cincuenta caballos, la mayor parte yeguas, montadas por muchos Clérigos, Frailes y Paisanos… se sostuvo en el punto del camino de Montijo”, pero terminaría retirándose.

Derrotado la mayoría de las veces, victorioso algunas, el ejército regular español acabó rompiendo el esquema estratégico de la “Grande Armée”, acostumbrada a campañas relámpago, por lo que la resistencia fue la base del éxito, así que que no es cierto que a partir de la batalla de Ocaña (1809) el ejército regular fue derrotado y fuera sustituido por la guerrilla. Así lo demostraron el marqués de Campoverde en Mollet[3] (1810), O’Donnell en Margalef[4] (mismo año), en Valls[5], Campoverde derrotando a Palombini (1811), el general La Peña en Chiclana[6] (mismo año), Zayas en La Albuera[7] y Ballesteros en 1811, Blake en Sagunto (mismo año), Copons en Tarifa (1811), en Arapiles (1812), en Vitoria y San Marcial[8] (1813), en Orthez[9] y en Toulouse en 1814.

La deserción fue un fenómeno generalizado ya en el año 1808 (pasándose a Francia y conducidos al Périgueux). En 1811 la deserción seguía siendo un problema crónico, como se demuestra por el bando del brigadier Carlos de España, ordenando que todos los vecinos se armasen para capturar ladrones por los montes y caminos, y “localizar a desertores”. Aunque en menor número los oficiales también desertaron, lo que llevó a la Junta Suprema a ordenar la ejecución de los que se capturasen.

El general Lacy, en 1811, quiso organizar las guerrillas, siendo uno de sus objetivos “la persecución y captura de desertores”, ingenua disposición –dice Stampa- porque una buena parte de las partidas se componían de desertores, que preferían hacer la guerra por su cuenta y evitar así la disciplina militar. Después de la victoria de Arroyomolinos[10] la Regencia decidió indultar a los desertores, con lo que se consiguió que algunos volvieran, pero otros fueron recibidos a pedradas en los pueblos, como sucedió en Almendral (Badajoz). También existió una “deserción de guante blanco” practicada por los que tenían la posibilidad de trasladarse de un lugar a otro; muchas personalidades se corrompieron con el reclutamiento; muchos informes hablan de la protección prestada a los pudientes, familiares y amigos, en ocasiones mediante sobornos.

Fueron muchas las localidades costeras donde los habitantes intentaron librarse de los reclutamientos aduciendo que estaban inscritos al servicio de la armada, y por tanto exentos del servicio militar en tierra. En Andalucía fueron víctimas los trabajadores gallegos emigrantes, que podían ser enrolados como vagabundos. León y las dos Castillas no reclutaron más que algunos miles de hombres, mientras que la Junta de Sevilla se vio obligada a indultar a bandidos para alistarlos.

En la guerrilla encontramos aventureros, oportunistas asesinos y bandoleros, aunque también partidarios de la disciplina militar. Hubo patriotismo o reacción nacionalista, en lo que caben los motivos personales y ambientales según las regiones. En algunas ocasiones el impulso a echarse al monte estuvo mezclado con la venganza; otros por huir de la disciplina militar. Cuando el capitán general Luis Lacy ordenó la incorporación de todos los hombres pertenecientes a los cuerpos francos al ejército de línea[11] hubo tal desbandada que el general se vio obligado a rectificar.

También hubo desertores alemanes, polacos, italianos y franceses que estuvieron al servicio del ejército napoleónico. Entre los jefes guerrilleros se encontraron también desertores franceses, conocidos con el nombre de “barateros”. La avaricia de los “Húsares francos de Camuñas” hizo que se ganasen el odio de franceses y españoles. Jaime Alonso, “El Barbudo”, era un bandolero que lideró una partida de Muxicas en Valencia; “Boquica” en Cataluña fue un depredador. En 1810 surgió en Extremadura la partida de “Los leones irritados” que duró dos meses… En La Mancha se levantó la partida de los “Leones Manchegos” (unos 75) desapareciendo pocos meses después.

Lo dicho no es todo sobre los luchadores contra el francés entre 1808 y 1814, pero aporta aspectos que contribuyen a desmitificar ciertos lugares comunes que no resisten la consulta a la documentación.



[1] “Los tópicos en la historiografía sobre la Guerra de la Independencia”.
[2] Nacido en Palma de Mallorca (1761), murió en Cartaxo (al norte de Lisboa) en 1811.
[3] Cerca de Barcelona, en la comarca del Vallés.
[4] En el Priorato de Tarragona, límite con Lleida.
[5] Nordeste de Tarrogona.
[6] En Cádiz, muy cerca de la capital.
[7] Oeste de Badajoz.
[8] Guipúzcoa, cerca de Irún.
[9] Suroeste de Francia, Pirineos Atlánticos.
[10] Sur de Cáceres.
[11] En el sentido del frente para el combate.