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viernes, 20 de diciembre de 2019

Dos tiranos de Atenas

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Aunque suele considerarse que a mediados del siglo II a. de C., con la caída de Corinto, Grecia ya es una provincia romana, lo cierto es que todavía quedaban a Roma  por conquistar las islas del Egeo, y en el año 88 a. de C. sofocar un levantamiento de algunas ciudades griegas, Atenas entre ellas, en el marco de la primera guerra contra el rey Mitrídates del Ponto (sexto de este nombre), que gobernaba en un territorio desde Cólquida hasta Paflagonia, al este y sur del mar Negro respectivamente.

En el citado año 88 quizá estaba Atenas gobernada por el tirano Atenión, cuya historicidad se ha puesto en duda. Luis Ballesteros Pastor, en un trabajo sobre este personaje[i], aporta argumentos a favor de la existencia real del primero de los tiranos filopónticos de Atenas. Las fuentes son Posidonio[ii], Apiano[iii], Tácito[iv] y Plutarco[v], debiéndose a este una “Vida de Sila”, que fue el general romano que dirigió las operaciones en la primera guerra contra Mitrídates.

El hecho de que Atenas se sumase a la causa de Mitrídates –dice Ballesteros Pastor- dio una especial trascendencia a esta primera guerra, debido a la fama que la ciudad tenía desde hacía siglos. Ello implicó la aceptación de Mitrídates como monarca filoheleno por numerosas póleis, tanto en Asia como en Europa, y también la resistencia de los atenienses contra la embestida de las tropas de Sila.

Atenión, por su parte, habría sido el responsable de la adhesión de Atenas a la causa de Mitrídates, siendo Apiano el que suministra el único texto contemporáneo de los hechos que se nos ha conservado. Atenas llevaba unas décadas con dificultades económicas e irregularidades institucionales, dándose una serie de tensiones internas entre los dirigentes que desembocaron en la tiranía de Atenión en el año 88 a. de C.

Posidonio habla de los bajos orígenes de Atenión, a diferencia de otros tiranos que eran de noble estirpe, acusación que sufrieron otros príncipes en la época para privarles de cualquier derecho dinástico. Hijo de la esclava egipcia de un ateniense, Atenión fue ilegalmente inscrito como ciudadano, pero antes había sido educado en la filosofía peripatética y conseguido una fortuna como maestro de retórica y casándose provechosamente. Enviado como embajador ante Mitrídates por los atenienses, se vio obligado por una tormenta a atracar en Caristo (sur de Eubea), siendo auxiliado por Atenas y traído a la ciudad triunfalmente. Entonces aparece rodeado de lujos con los regalos recibidos de Mitrídates y pronunció un discurso en el que exaltó el poder de dicho rey, denunciando la situación de Atenas, fue elegido estratego de los hoplitas, paso previo para erigirse en tirano y reprimir a sus oponentes, mientras la población padecía una grave carestía de alimentos que aumentó el descontento. Quizá por ello, Atenión envió una expedición para recuperar el dominio de Atenas sobre Delos, en manos de otro peripatético (Apelicón de Teos), pero el ateniense fue derrotado por los romanos e itálicos residentes en la isla. 

El autor al que sigo considera que la versión de Posidonio presenta algunas dudas, porque este es un griego que simpatiza con Roma, es hombre cultísimo que no considera a un tirano de orígenes modestos, además de que el texto de Posidonio nos ha llegado a través de un autor muy posterior, que vivió entre los siglos II y III de nuestra era, Ateneo de Naucratis. Así se pinta a Atenión como venal y corrupto, además de no considerarle filósofo sofista; para Posidonio el carácter cruel y falso de Atenión provenía de su naturaleza de esclavo, y aún más de sangre egipcia (Egipto se tenía en esa época como un país decadente y corrupto), siendo su apoyo fundamental la masa que “irracionalmente”, apoya al líder. Además, el tirano aparece como un ser corrompido por el lujo oriental[vi].

Posidonio y Ateneo comparten el ser antiatenienses; el primero se había nacionalizado rodio y Rodas planteó la más dura resistencia a Mitrídates durante la primera guerra contra Roma, convirtiéndose la isla en refugio de romanos e itálicos huidos del avance póntico en Asia. El relato de Posidonio tendió a exaltar la traición de Atenas y a ridiculizar el glorioso pasado que reivindicaban los atenienses, pero este sentimiento contra Atenas continuaba en tiempos de Tito Livio, el cual se refiere a la ciudad no como tal, sino como parte de una provincia romana. Floro, en el siglo II de nuestra era, tildó a los atenienses de “ingratísimos”.

Posidonio y Ateneo también despreciaron a Mitrídates, a quien consideraban un bárbaro, pues tenía sangre persa, la gran enemiga de la Grecia clásica. El segundo autor, por su parte, se refiere a la deportación de los quiotas, a los que el rey póntico envió a la Cólquide (territorio suyo), además de relatar un grotesco concurso de comer y beber, en el que Mitrídates venció a otro[vii]. El personaje imaginario de Sosípatro sería el equivalente a Atenión, un déspota que mueve a los pueblos a su antojo.

También Posidonio habla de la deportación, por parte de Mitrídates, de quiotas al mar Negro, probablemente la misma deportación que tuvo por destino la Cólquide. Llamar capadocio al rey póntico también es un menosprecio, pues los capadocios eran tenidos por gente ruda y primitiva, no obstante tenerle como un gran rey oriental, igual que los seleúcidas, escoltados por “doríforos” o portadores de lanzas, lo que copiaron los tiranos griegos.

Solo queda hablar de si Atenión fue un personaje histórico o el mismo que las fuentes citan como Aristión, aunque la historiografía se incline hoy por la primera hipótesis. El segundo fue también tirano ateniense partidario de Midrídates, cuyo nombre habría cambiado Posidonio, pues un Atenión fue rey de los esclavos de Sicilia que se sublevaron a finales del siglo II a. de C., por lo que al autor sirio lo utilizaría como insulto[viii] para referirse a Aristión. Este se encuentra bien documentado (en textos y en monedas)[ix] pero se presenta el problema de que Atenión era peripatético, mientras que Aristión era estoico; Atenión llegó al poder aclamado por los atenienses, mientras que Aristión se convirtió en tirano gracias a la ayuda militar de Mitrídates; Atenión trató de contemporizar con Roma, mientras que Aristión se mostró abiertamente antirromano. Estrabón, por su parte, habla en plural de tiranos de Atenas durante la primera guerra contra Mitrídates, pero lo cierto es que Posidonio habla de hechos contemporáneos y Atenión fue tirano durante un breve período de tiempo en el año 88, mientras que Aristión ejerció la tiranía hasta que Atenas fue conquistada por Sila en el año 86.

El argumento que se suele considerar determinante –dice Ballesteros Pastor- es que los magistrados del 88 fueron perdonados por Sila, mientras que este mandó ejecutar a los responsables públicos durante el mandato de Aristión, por lo que Sila habría distinguido entre la personalidad de los dos tiranos.

Pero hay otras consideraciones a tener en cuenta: vencer a un esclavo no revestía gloria para los romanos, por lo que el vencedor de estos no solía celebrar el triunfo, sino solamente una ovatio, y diversos autores clásicos se esforzaron por diferenciar al guerrero enemigo del bandolero o el esclavo. Por lo tanto, si consideramos que la toma de Atenas fue una de las más alabadas hazañas de Sila, el haber vencido a Atenión le habría restado gloria. Pero si Aristión tuvo ayuda militar de Mitrídates, la victoria romana no sería ya sobre un tirano esclavo, sino sobre un estado oriental cuyo rey tenía sangre persa.



[i] “Atenión, tirano de Atenas”.
[ii] Fue contemporáneo de las guerras mitridáticas.
[iii] Vivió entre finales del s. I y el año 165 de nuestra era.
[iv] Vivió entre mediados del s. I y el año 120 de nuestra era.
[v] Idem nota anterior.
[vi] Se tenía el recuerdo de la riqueza del mobiliario persa como proverbial.
[vii] “El banquete de los eruditos” relata una cena de sofistas donde había juristas, gramáticos, músicos, etc., llevando el peso de la discusión Ulpiano de Tiro, un jurista romano.
[viii] También algún otro fue apodado Atenión.
[ix] El nombre de Aristión aparece junto al de Mitrídates en los tetradracmas atenienses del 87-86 a. de C.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Milcíades según Nepote


Cuando los antiguos atenienses acordaron enviar colonos al Quersoneso[i], lo hicieron valiéndose de Milcíades, dice Cornelio Nepote[ii], nacido en algún punto de la Galia Cisalpina cuando daba comienzo el siglo I a. de C. El personaje del que nos habla en su obra sobre los hombres ilustres vivió entre mediados del siglo VI y el año 488 a. C.

Siendo crecido el número de Colonos, y solicitando muchos tener parte en aquella empresa, nombraron a algunos que fuesen, según el Oráculo de Delfos, a quienes convenía confiar el mando. Según Nepote en el siglo VI a. C. ocupaban aquel territorio los tracios, queriendo emplear los griegos contra ellos las armas. Habiendo hecho su consulta, sigue Nepote, el Oráculo les respondió que eligiesen por general a Milcíades, pues así la empresa sería feliz.

De esta forma partió Milcíades hacia el Quersoneso con un cuerpo de tropas escogido para su armada. Acercándose a la isla de Lemnos[iii] con la intención de ponerla bajo la obediencia de los atenienses, propuso a sus habitantes que se sometieran voluntariamente, a lo que le contestaron con risa, diciendo a continuación que estaban prestos a hacerle frente, porque soplando el viento cierzo desde el norte, era contrario al rumbo de las naves de Milcíades.

No arredrándose, Milcíades siguió adelante y, habiéndose apoderado del Quersoneso, levantó castillos en los sitios ventajosos y estableció en los campos a la multitud que llevaba consigo, que se enriqueció con las correrías que Milcíades hacía frecuentemente en las tierras de los vecinos. Pero no obstante fue prudente, que es su fortuna, dice Nepote, pues después de lograda la victoria arregló todas las cosas con suma equidad. Resolvió quedarse allí, pues aunque no tenía el nombre de rey, podía actuar como tal, y no por eso dejaba de cumplir con su deber, siendo esto la causa de que se mantuviese mandando con gusto de los que había instalado, como de los griegos que llegaron más tarde.

Dejando dispuestas de esta forma las cosas en el Quersoneso, volvió a Lemnos y pidió a los habitantes que se entregasen, de forma que, viendo la fortuna que Milcíades había tenido en la península, no fiándose de poder hacerle frente, abandonaron la isla. Con la misma felicidad puso Milcíades bajo la obediencia de los atenienses las demás islas conocidas bajo el nombre de Cícladas.

Por este tiempo era Darío rey de Persia (el primero de ese nombre). Habiendo pasado con sus tropas a Europa para hacer la guerra a los escitas, levantó un puente en el Danubio para el paso de su ejército, dejó una guardia mientras se ausentaba de Jonia y Eólida (al norte de Jonia), siendo su intención hacerse con todas las ciudades que los griegos tenían en Asia.

Entonces fue advertido Milcíades de este suceso y de la necesidad que tenían los escitas de ayuda, además de las colonias griegas en Anatolia. Milcíades exhortó a sus soldados de no malograr la ocasión para liberar a Grecia y, que siendo derrotado Darío con las tropas que estaban a sus órdenes (las de Milcíades), no solamente quedaría segura la Europa sino que también se verían libres del señorío de Persia, y fuera de peligro, todas las Colonias Griegas en Asia. Milcíades repetía que esto se conseguiría fácilmente, pues con solo cortar el puente, Darío y su ejército habrían de perecer en breves días.

Los demás aprobaron este dictamen, pero Histeo (*), natural de Mileto, se opuso diciendo que no eran iguales los intereses de unos y otros, pues en el caso de dicha ciudad, solo con el poder de Darío los que mandaban estaban seguros, y que desaparecido este, serían despojados del mando y sacrificados al furor de sus ciudadanos, por lo que Histeo estaba muy lejos de pensar como los demás. Ahora es este el que se lleva el apoyo de la mayoría, y Milcíades, sabiendo que esto llegaría a oídos del rey persa, dejó el Quersoneso y regresó a Atenas. Su consejo, aunque fue en vano, es sin embargo digno de los mayores elogios, por haber preferido la libertad de todos los griegos al dominio de los persas, dice Nepote.

Mientras, Darío volvió a Asia y aprestó una armada de quinientas velas, cuyo mando confió a Artafernes, además de doscientos mil soldados a pie y cien mil a caballo (evidentes exageraciones), sembrando la voz de que iba contra los atenienses. Los generales persas arribaron con su armada a la isla de Eubea, donde tomaron en poco tiempo la ciudad de Eretria, embarcaron a sus moradores y se los enviaron a Darío a Asia. Desde allí marcharon hacia Atenas y llegaron con sus tropas al campo de Maratón, que dista diez millas de la ciudad. Asustados los atenienses –sigue Nepote- con tanto ruido, pidieron ayuda a los lacedemonios mediante un correo[iv] que llevó la noticia de que los atenienses tenían necesidad de un pronto socorro, nombrando estos a diez para mandar el ejército, ente los que estuvo Milcíades.

Entre ellos hubo una disputa muy reñida –dice Nepote- queriendo unos defenderse dentro del recinto de las murallas, y otros ir a encontrar a los enemigos y presentarles batalla. Milcíades fue el que más se empeñó en que cuanto antes saliesen a la campaña, pues así cobrarían aliento los ciudadanos, sería mejor, y viendo que se hacía confianza en su valor, así se hizo, mientras la ciudad de Platea socorrió en esta ocasión a los atenienses enviándoles mil soldados, que con los que había en Atenas completaron el número de diez mil.

De esta forma los griegos sacaron sus tropas de la ciudad y sentaron sus reales en un lugar ventajoso, dando batalla al día siguiente con sumo valor. Sigue Nepote narrando esta batalla, a pesar de la distancia en el tiempo, lo que le permite fabular, por ejemplo cuando dice que Darío sacó al campo de batalla cien mil soldados de a pie y diez mil de a caballo; salieron con ventaja los atenienses, que derrotaron a un número de persas diez veces mayor que el suyo, infundiéndoles tal terror que huían en derechura a las naves.

Se premió entonces a Milcíades para que se vea que todas las ciudades son una, en alusión a la conciencia que se iba tomando entre los griegos de su “nacionalidad” o cultura común en comparación con los persas. Después de esta batalla los atenienses dieron a Milcíades el mando de su armada, que se componía de sesenta navíos, dispuestos para hacer la guerra a las ciudades que habían estado a favor de los persas (recuérdese el caso de Mileto). A la isla de Paros, por ejemplo, que tenía fama por sus riquezas, la sitió y cortó el acceso a los víveres, pero una noche se produjo fuego en un bosque que se avistaba desde la isla, y viendo las llamas pensaron los sitiados y los sitiadores que era una señal de la llegada de los persas.

Entonces Milcíades fue acusado de traición, pues pudiendo tomar Paros, se dejó sobornar por el rey (según se dijo) y se había retirado sin haber hecho nada. Herido Milcíades no pudo acudir para defenderse, por lo que lo hizo en su nombre su hermano Tisagoras, que consiguió la absolución de la pena capital, pero tuvo que pagar una multa de cincuenta talentos que se habían gastado. No pudiendo pagar esa cantidad al contado, metieron en la cárcel a Milcíades y allí acabó sus días, pero todo esto no fue sino un pretexto –dice Nepote- por el hecho de que los atenienses acababan de verse tiranizados por Pisístrato, y este vio a Milcíades como alguien que, estando tanto tiempo ausente, podría escapar a su control, siendo acusado también de tirano por el poder que ejercía en el Quersoneso.

Termina Nepote sus apreciaciones sobre Milcíades con una serie de elogios: bondad, cortesía, afabilidad, autoridad, etc. La batalla de Maratón, como es sabido, representa una de las grandes victorias de los griegos sobre los persas, en 490 a. C. según es comúnmente admitido, al nordeste de Atenas.



[i] Península en el sureste de Europa separada por el Helesponto de Anatolia.
[ii] “Vida de Milcíades”.
[iii] Isla del Egeo al suroeste del Quesoneso.
[iv] Filípides es citado por Herodoto como el personaje que llevó la noticia a los espartanos, que decidieron no ayudar a los atenienses en esta ocasión.
(*) Tirano de Mileto.

sábado, 26 de octubre de 2019

La inscripción persa de Kartir

Wikipedia

Al suroeste del actual Irán se encuentra Istakhr; muy cerca se puede ver una inscripción y un personaje esculpido de perfil en la roca, tocado en su cabeza, con los cabellos a base de tirabuzones, collar en el cuello y su mano sobre la inscripción, como si la estuviese escribiendo. Pudiera tratarse de un sacerdote sasánida, Kartir, en cuya época parece que dio comienzo una tenaz persecución religiosa contra las demás creencias que no fuesen el mazdeísmo. Hay otras cuatro inscripciones talladas en diferentes rocas de las regiones centrales de Irán, correspondiéndose con la segunda mitad del siglo III, cuando Kartir estuvo al servicio de cinco emperadores persas: Ardasir, Shapur I, Hormuzd I, Bahram I y Bahrum II, a lo largo de buena parte del citado siglo[i].
La inscripción dice que el culto a Ahura-Mazda se convirtió en preeminente, mientras Arhiman[ii] y los demonios fueron castigados y reprimidos. Así, los judíos, los monjes budistas, los brahmanes, los nasoreos (judeocristianos), los gnósticos… y los maniqueos fueron castigados. Se destruyeron los ídolos y en documentos mandados escribir por Bahram, se indicó: Kartir, Cuidador del Alma de Bahran, Maestro de Magos de Ahura-Mazda.
Isabel Campos señala que la interpretación que se he hecho de Kartir es que fue un fanático religioso, empeñado en perseguir a todo aquel que practicase una religión distinta del mazdeísmo. Durante los reinados de los dos primeros sasánidas, Ardasir y Shapur I, existe un testimonio procedente de un sacerdote anterior, Tansar, quien durante el reinado del primero citado dirigió una carta al rey vasallo Tabaristán, donde le hacía una serie de recomendaciones sobre lo que debía hacer con los que se apartasen de la religión oficial: castigos para ciertas transgresiones y, si alguien se obstina y mantiene orgullosamente una práctica prohibida, “que se le dé muerte”. Por lo tanto no hay que esperar a Kartir para ver cierta intolerancia religiosa, aunque algunos consideran que el texto atribuido a Tansar podría ser posterior (siglo VI) con intenciones legitimadoras para la monarquía.
El contexto religioso de siglo III en el Imperio sasánida –dice la autora a la que sigo- sentó las bases de las persecuciones religiosas en los siglos IV y V. Desde el texto inscrito de Kartir hubo una política encaminada a fortalecer la legitimidad de los nuevos gobernantes (que sustituyeron a los partos). Se recurre a la religión (algo nada nuevo y también muy actual) que creó una verdadera unión efectiva entre la iglesia mazdeísta, lo que trajo a favor de su clero puestos importantes en la administración, mientras que la monarquía se presentaba sancionada por el propio dios, hasta el punto de que los emperadores sasánidas llegaron a representar el papel de representantes de Ahura-Mazda en la tierra.
Durante los primeros reyes sasánidas no hay constancia de graves conflictos religiosos, tanto contra otras creencias como dentro del propio mazdeísmo[iii] y el maniqueísmo, que tuvieron en ocasiones el apoyo de algunos reyes sometidos al Imperio. Los judíos, por su parte, parecen estar presentes en Irán desde antes de Flavio Josefo, que hace mención a ellos en Mesopotamia, particularmente en Babilonia. El cristianismo llegó a Irán tempranamente y fue la política de dispersión de Shapur I en Capadocia, Siria y Cilicia, lo que favoreció su expansión, ocurriendo lo mismo con los grupos budistas cuando se produjo la anexión sasánida del Kushan en el norte de la India.
El propio Kartir es consciente de que el conflicto surge cuando la religión mazdeísta se expande, y en algunas inscripciones de Shapur I y Bahran II en monedas se hace ver la identificación entre dicha religión y la “nación” irania. Kartir tuvo una implicación directa en la caída en desgracia y posterior condena del fundador Mani (maniqueísmo) en el año 276. En la inscripción de Kartir se expone todo un programa de represión religiosa, que llevó a situaciones de privilegio a los clérigos mazdeístas, como la construcción de numerosos altares del fuego y prosperidad económica.



[i] Hay un artículo de Isabel Campos Méndez, “Las persecuciones religiosas en la Persia sasánida…”, donde se estudia este asunto.
[ii] Sería el opuesto al dios aunque hermano del mismo.
[iii] Por ejemplo la herejía zurvanista, de Zurvan, un dios mitológico iranio.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Caridemo paga con la vida su sinceridad

Ruinas en Gordion

Celenas es una antigua ciudad de Frigia, en el interior de Anatolia y a orillas del río Menderes (antiguo Meandro), donde Alejandro Magno, según Quinto Curcio Rufo, cortó el nudo gordiano y se preparó para ir en busca del rey persa Darío. Como ocurría con frecuencia, cuando un poderoso rey entraba en una ciudad, sus habitantes la abandonaban, y así hicieron los de Celenas refugiándose en la fortaleza que tenían construída.

El legado que envió Alejandro a la fortaleza para convencer a los habitantes de que se rindieran no tuvo éxito, siendo colocado aquel en lo alto para que viese lo inexpugnable que era, pero como Alejandro acotó cada vez más el espacio, los habitantes pidiereon una tregua de sesenta días en espera de recibir ayuda del exterior, prometiendo rendirse si dicha ayuda no les llegaba, como así ocurrió.

Entonces llegó a Alejandro la noticia de que Darío aún no había atravesado el Éufrates en dirección este, lo que motivó la prisa del rey macedonio en recorrer Frigia, que según Curcio Rufo, sus poblaciones eran más villas que ciudades, con excepción de Gordio, “antigua y famosa corte del rey Midas” a orillas del río Sangario. Alejandro se apoderó entonces de la ciudad y entró en el templo de Júpiter (Curcio era de cultura latina).

Para asegurar la retagurdia encargó a su colaborador Anfótero el gobierno de la flota que estaba en el Helesponto, y a Hegéloco el mando de las demás tropas con orden de liberar de enemigos las islas de Lesbos, Quíos y Cos, para lo que les dio suficiente dinero. También dio dinero a Antípatro y a los que había dejado en defensa de las ciudades de Grecia, dando instrucciones a los aliados para que contribuyesen con determinado número de bajeles que diesen seguridad al Helesponto.

Alejando no sabía entonces que Memnón, uno de los generales más importantes de Darío, había muerto, y entre tanto había llegado a la ciudad de Ancira y luego a Paflagonia, en la costa sur del mar Negro, en la misma frontera de los hénetos, encaminándose hacia Capadocia.

Caridemo, consejero de Darío, trató de hacerle ver que si su ejército era suficiente para vencer a los vecinos, no lo era para enfrentarse con éxito a los madeconios:  “posible es, señor, que te disguste mi verdad; pero si la omito ahora, de nada servirá decírtela después…”. Darío, a pesar de los datos que su consejero le dio sobre el ejército de Alejandro, no le hizo caso y mandó a Caridemo a suplicio, pues “de ordinario la prosperidad pervierte al mejor”, dice Curcio Rufo en su relato. Pero Caridemo, aún en estas circunstancias adversas, siguió opinando lo que honestamente creía: “espero (le dice) que muy en breve satisfaga mi muerte al mismo contra quien te he dado tan saludable consejo”, recordándole que por muy poderoso y capaz que se sea (Darío) todo ello puede no valer nada cuando los resplandores de la fortuna le ciegan.

Darío se dejó llevar por ese resplandor mientras cortaban por su orden la cabeza a Caridemo. Más tarde, viendo que los designios le fueron desfavorables en su lucha con Alejandro, se arrepintió, se acordó de su consejero y mandó dar sepultura a su cuerpo.

 

viernes, 6 de abril de 2012

Los jonios se levantan

En el tránsito del siglo VI al V antes de Cristo algunas ciudades jonias, hartas del hostigamiento persa, se levantan contra el sátrapa de Sardes: Histieo era entonces señor de Mileto, y para levantar a las ciudades jonias tuvo que huir de Sardes, donde se encontraba. Para ello venció ciertas reticencias, por ejemplo de los habitantes de Quio, que no obstante luego confiaron en él. Para la sublevación contaba Histieo con algunos persas no favorecidos por el régimen aqueménida, pero un emisario que envió a Sardes, Hermippo, le traicionó contando a las autoridades el complot. 

Vemos pues que hubo traiciones por ambas partes. No es correcta una interpretación de la hostilidad entre griegos y persas de forma nítida. Muy al contario; habrá griegos colaborando con los persas y al revés, aunque en éste caso, por tratarse de la parte más poderosa, en menor grado. 

Los de Quio, que primero pelearon duro, luego tuvieron que huir, por lo que en el levantamiento jonio ni hubo coordinación general, ni todas las ciudades e islas griegas estuvieron en las mismas condiciones de hacer frente a los persas. Por ejemplo, los samios abandonaron, animando con ello a hacer lo mismo a los lesbios y a algunas ciudades jonias. En efecto, los samios prefirieron plegarse a los persas y los jonios desistieron por la dureza de la resistencia. Mientras tanto aún había quien confiaba en librarse del imperio oriental: el focense Dionisio -cuenta Heródoto- arengó a su población en favor de la resistencia. Por su parte los generales persas intentaron ganarse a los señores jonios agraviados por el milesio Aristágoras para que sus poblaciones no ofrecieran resistencia a Persia contra Mileto, el verdadero objetivo del imperio. 

Cuando cayó Mileto con ella cayó Caria en poder persa. Los samios se habían opuesto a esta solución, pero como no habían ofrecido la resistencia suficiente sus templos no fuern incendiados por el ejército aqueménida. 

"Aquella misma armada, habiendo dejado la Jonia, fue sujetando todas las plazas que caen a la izquierda del que va navegando por el Helesponto, pues las que están a mano derecha en el continente habían ya sido rendidas por los persas -dice Heródoto-. En dicha costa del Helesponto, que pertenece a la Europa, se halla el Quersoneso, en que se cuentan bastantes ciudades; se halla la ciudad de Perinto; se hallan los fuertes de la Tracia, como también las ciudades de Salibria y de Bizancio..." (1).

Una calle de la antigua Mileto
Una prueba más de que la divisoria entre persas y griegos (en éste caso jonios) no es correcta, la aporta el mismo Herótodo: "Los persas no hicieron aquel año otra hostilidad ni violencia en castigo de los jonios, antes tomaron acerca de ellos unas providencias muy útiles y humanas [habla un griego que no debe nada a los persas porque es muy posterior a los hechos], pues aquel año fue cuando Artafernes, virrey de Sardes, convocando a los diputados de las ciudades de la Jonia, les obligó a que hiciesen entre ellos sus estatutos y tratados a fin de ajustar en juicio las diferencias mutuas y no valerse en adelante del derecho de las armas unos contra otros pasándolo todo a sangre y fuego". Dice Heródoto a continuación que el acuerdo a que llegaron las ciudades jonias "se ha matenido hasta mis días en aquella regulación de Artafernes...".
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(1) Libro VI de las "Historias", Erato. 

lunes, 20 de febrero de 2012

Dos estilos

Entre persas y griegos (sabido que los primeros y los segundos son el resultado de sendos mestizajes) si en algo cabe distinguirlos es en su estética, en su arte, en su concepción de lo bello, lo fantástico, lo misterioso. 

Solo dos obras traigo aquí a colación para comprender, y basta con ver, la gran diferencia de gustos y estilos entre los artistas de una y otra civilización, porque en cuanto a brutalidad, contradicciones y ambiciones imperialistas, no se diferencian apenas. 

En el museo del Louvre se conserva un friso de 2,8 por 2,06 metros que representa en relieve al dios Dionysos guiando a las horas, momentos del dia o de la naturaleza: la mentalidad poética de los griegos (en la que sus mitos son un ejemplo) les hizo personificar el amanecer, la paz, el orden, las plantas, el otoño, la justicia, la abundancia, la música, el atardecer, la música, etc. Se trata de una copia romana de época imperial a partir de un original neoático. Las proporciones y el ideal de belleza abstracta, de las que siempre se ha hablado, están presentes; así como el movimiento sereno y poético, el naturalismo y el tratamiento delicado de los ropajes. El dios está representado de una forma inusual, barbado y como caudillo que conduce. Podemos imaginar la parte del friso que no se ha conservado, pues las horas eran muy numerosas.
En el relieve persa que nos sirve de comparación toda proporción está ausente: muy al contrario, se intenta representar la fuerza y la violencia, se exagera la musculatura del león, pero no se persigue dar la sensación de dolor del animal atacado, un toro, símbolo del vigor viril, que se retuerce no obstante en escorzo y donde encontramos un geometrismo arcaizante en el pelaje y en las facciones de los animales. Esta escena ha sido representada en el arte persa en varias ocasiones de diversas maneras. No hay aquí poesía, aunque sí una técnica depuradísima, una capacidad de orbservación extraordinaria para plasmar las garras del animal y otros detalles. 

Puede haber una diferencia de uno o dos siglos entre una escultura y la otra, pero la evolución de uno y otro estilo nunca fueron en la dirección de encontrarse, sino de mantener sus señas de identidad. Cuando Persia esté bajo dominio alejandrino se impondrá, antes que otra cosa, el gusto griego en el arte. 

miércoles, 1 de febrero de 2012

Tracios avasallados


Los primeros, cuando terminaba el siglo VI a. de C., fueron los perintios, que se resistieron a someterse al rey Darío, los cuales a su vez habían tenido que soportar las intromisiones de los peones, otro pueblo tracio, según nos cuenta Heródoto. Los perintios habitaban en el Quersoneso de los Dardanelos, mientras que los peones vivían en torno a la actual Tesalónica. 

Estos dos pueblos tracios se desafiaron "de hombre con hombre, de caballo con caballo, y de perro con perro". Heródoto nos habla de estos y otros pueblos tracios como de "la nación más grande y numerosa de cuantas hay en el orbe, excepto solamente la de los Indios", lo que sin duda no era cierto. Habla de ellos como de tribus que tienen costumbres iguales o muy parecidas, "salvo los Getas, los Trausos y los que moran más allá de los Crestoneos" (al norte de la península Calcídica). Cuenta de ellos que tenían algunas costumbres singulares: cuando nacía un niño o una niña, empezaban todos a dar grandes lamentos porque preveían las penalidades que la vida les tenía preparadas; pero al morir alguien, se alegraban todos, pues la vida de penalidades había terminado, y le daban sepultura. "Los pueblos situaados más arriba [más al norte] de los Crestoneos -dice Heródoto- cuando muere un marido, sus mujeres, que son muchas para cada uno, entran en gran contienda", queriendo cada una demostrar que era la más querida por el difunto. La que resulta victoriosa es aplaudida por todos, pero acto seguido se la degüella y es enterrada junto al marido mientras las demás lo lamentan. 

Los tracios vendían a sus hijos a quienes los quisiesen comprar, y permiten que goce de sus mujeres cualquiera a quienes ellos quieran complacer, a pesar de que eran muy celosos y las habían comprado caras a sus familias. Estar marcados era, entre los tracios, una señal de prestigio, mientras que los no marcados era señal de vileza. "La mayor honra la ponen en vivir sin fatiga ni trabajo alguno, siendo de la mayor infamia el oficio de labrador: lo que más se estima es el vivir de la presa, ya sea habida en guerra o bien, en latrocinio". 

De la región al norte del Danubio no debía saber gran cosa Heródoto, pues dice que era "muy vasta y despoblada... según parece, aquella región... al decir de los Tracios que del otro lado del Danubio no puede penetrarse tierra adentro [habla desde quien está en el mar Negro] por estar el país hirviendo de abejas", pero añade que no le parece cierto, pues estos animales no son de climas fríos.

Algunos griegos estaban en contacto con el rey persa Darío I, pues Histieo de Mileto y Coes de Mitilene se llegaron a entrevistar con él para recibir de él tierras. Al segundo le concedió el lugar de los edonos, llamado Mircirio, donde fundó una colonia. A Megabazo, general persa que se econtraba en Tracia, le ordenó que sacase a los peones de su tierra, de lo que estos fueron avisados. Esperando que los persas atacasen desde el mar se apostaron todos los peones varones en la costa, dejando las ciudades vacías, con solo las mujeres y los niños. Pero Megabazo decidió atacar por el norte y se hizo dueño de las ciudades sin resistencia. Sabido esto, los peones varones no tuvieron más remedio que entregarse. Solo los que moraban cerca del monte Pangeo, los doberes, los agrianes y los odomantos, quedaron libres del dominio persa, siendo este el comienzo de la dominación persa de Tracia.

sábado, 28 de enero de 2012

Persas en Grecia

Griegos y persas en un friso del tempo de Atenea Niké
El recorrido de la flota y el ejército de tierra persas desde Focea y Sardes, en Anatolia (480 a. de C.) es verdaderamente extraordinario para la época. Mardonio mandó el ejército de tierra mientras que el propio rey Jerjes dirigió las operaciones de la flota. Mardonio, desde Sardes, siguió en dirección noroeste hasta Adramitio y Abidos, muy cerca del estrecho de los Dardanelos. Desde aquí, en territorio tracio bajo dominio persa, siguieron por Eno, Doriscos, Maronea, Abdera, y Evón (desde Abidos, el mismo que el ejército persa había seguido dieciocho años antes para la primera guerra médica). Luego la ruta siguió por Estagira y Terma, última ciudad en posesión persa, para entrar en el estado vasallo de Macedonia (Pella, Modona y Pidna) siguiendo por Larisa (ya en Tesalia), Feres, el desfiladero de las Termópilas (donde tendrá lugar la batalla del mismo nombre en 480), Delfos, Tebas (ciudad beocia que no participó en la guerra) y ya en 479 el enfrentamiento en Platea, al oeste de Atenas antes de atacar a esta ciudad.

Estrecho de Dardanelos
La flota se dirigió desde Focea al borde la isla de Lesbos por el norte, el este de la de Imbros y el norte de la de Samotracia (islas frente a la costa noroeccidental de Anatolia). Siguió entre Taxos y la costa Tracia, muy cerca de Abdera, para pasar el canal de Jerjes, en el istmo de la península de Acté, rodear la de Sitonia y luego la de Palene. La flota se dirigió hacia la costa macedonia para girar luego en dirección sur hasta Castania (en Tesalia) y el cabo Artemisión, al norte de Eubea, donde tuvo lugar una batalla en 480. La flota siguió la costa este y sur de Eubea y Ática hasta la isla de Salamina, donde tuvo lugar otra batalla en el mismo año. Otra parte de la flota, desde el cabo Artemisión, pasó por el oeste de Eubea en dirección sur: Calcis y Eretria, muy cerca de donde se había producido la batalla de Maratón en 490. En el extremo sur de Ática las dos partes de la flota ya estaban juntas en dirección a Salamina, aunque disminuidas en sus efectivos debido los naufragios provocados por dos tormentas.

Sardes se encuentra en un ancho valle rodeado de montañas, y para alcanzar la costa hacia los Dardanelos el ejército de tierra tuvo que sortear obstáculos físicos, pues el terreno es irregular aunque no excesivamente montañoso. Especial dificultad debió tener el cruce de algunos ríos: el Bakir en Anatolia, pero sobre todo el Maritza en la actual Bulgaria (antigua Tracia). Luego el ejército siguió por el norte de la península de Calcidia, donde un valle acoge varios lagos, pues al norte y al sur el terreno es montañoso. La flota, por su parte, tuvo que salvar muchos afloramientos rocosos cercanos a la costa y a las islas; como he dicho sufrió dos tormentas, una frente al promontorio del monte Pelión, en Tesalia, y la otra, que arruinó buena parte de la flota, al este de la isla de Eubea.

Río Maritza, en la actual Bulgaria
Las ciudades griegas que participaron en la segunda guerra médica, a la que se refieren las rutas seguidas por los persas en los párrafos anteriores, fueron todas las del Peloponeso menos las de Acaya y la Argólida; Ambracia, Anactorio y la isla de Leucas en la costa adriática; Megara, Atenas, Delfos; Eretria y Calcis (estas dos en Eubea) y las islas de Tinos, Miconos, Naxos, Melos, Sifnos, Serifos, Citnos y Ceos; todas ellas de las Cícladas. 

La movilización de hombres fue extraordinaria, tanto por una parte como por la otra, así como de recursos, adivinos, funcionarios y víveres. Las extorsiones a los campesinos fueron contínuas, acomodándose los tiempos para el avance o las batallas a las cosechas en cada momento. En realidad, un imperialismo frente a otro: no creo que deba reducirse la interpretación de estas guerras a una lucha de los griegos por su libertad. Muchos griegos no la tenían, pues eran esclavos; otros vivían pobremente y otros, en fin, no tendrían inconveniente en someterse al poder persa (como así habian hecho algunas ciudades griegas). Las traiciones entre los griegos fueron contínuas a lo largo de su historia clásica; los recelos, constantes. Otra cosa es que las ciudades griegas que gozaban de prosperidad y de una influencia política notable no estarían dispuestas a perderla, y sobre todo sus clases dirigentes. No cabe duda de que las guerras médicas harían cobrar a los griegos conciencia de su unidad cultural -con matices- frente a un estado oriental que no les era del todo ajeno, pues algunos griegos vivian en Anatolia, visitaron Persia y otras regiones de los aqueménidas. La admiración que les debió de causar debió ser mucha, aunque las fuentes escritas abunden en hablar de bárbaros cuando se refieren a aquellos que no eran griegos, incluso así se califica a los macedonios.

Paisaje de Tesalia

Isla de Salamina, al oeste de Ática

martes, 24 de enero de 2012

Mileto traiciona a Naxos

La isla de Naxos. Mileto en la costa de Jonia
Naxos está en la isla de su nombre y Mileto en la costa occidental de Anatolia, gozando ambas, a principios del siglo V a. de C., de gran prosperidad. Pero antes de esta etapa los milesios habían tenido que llamar a hombres justos de la isla de Paros para que pusiesen orden en su vida pública. En cuanto a Naxos era famosa por su vino y por su mármol verde. Pero no todo era prosperidad: el bajo pueblo se sentía explotado y le levantó, en más de una ocasión, contra los más ricos, especialmente en Naxos, algunos de cuyos dirigentes ya estaban en Susa en poder del rey persa Darío, pues el poderoso estado de los aqueménidas ya había intervenido en la zona.

El gobernador de Mileto, Aristágoras, recibió a los ricos de Naxos expropiados por la plebe, pero no les pudo ofrecer la ayuda militar que pedían: "No me hallo yo, señores, en estado de poderos dar un número de tropas que sea suficiente... Mas no quiero con esto deciros que no piense con todas veras en auxiliaros..., antes bien se me ofrece ahora un medio muy oportuno para serviros con eficacia. Sé que Artafernes es mi buen amigo y favorecedor, y sin duda sabeis quien es Artafernes, hijo de Ilistaspes, hermano carnal de Darío, virrey de toda la marina general de los grandes ejércitos del mar y tierra...". El de Mileto acude a un persa para ayudar a los ricos de Naxos, luego no es tan simple la historia como se ve en algunos librillos, según los cuales griegos y persas fueron encarnizados enemigos: más bien fueron enemigos los griegos pobres de los griegos ricos, y así en todas las sociedades. Obviamente, el imperialismo persa representó dos guerras en las primeras décadas del siglo V a. de C. contra formidables coaliciones griegas, pero la intervención de los reyes persas en los asuntos griegos fue, a veces, a iniciativa de éstos últimos.

Sardes, ciudad lydia desde donde los persas controlaban Jonia
Así se fue Aristágoras a Sardes donde se entrevistó con Artafernes, diciéndole que Naxos, entre otras riquezas, tenía un buen número de esclavos. Le explicó a continuación las ventajas para él de intervenir en Naxos: que se le pagaría con mucho dinero dicha intervención; la otra que podría apoderarse de Naxos, de Paros, de Andros y de las otras islas Cícladas. "Y dando este paso, bien fácil os será acometer desde allí a Eubea, isla grande y rica, nada inferior a la de Chipre, y lo que es más, es fácil de ser tomada". Artafernes contestó que no haría nada sin consultar a Darío.

El rey persa daría el visto bueno para el ataque a Naxos y a toda cuanta agresión fuese posible con la colaboración de Mileto (en realidad de Aristágoras y sus colaboradores) pero una afrenta sufrida por un general persa, a manos de Aristágoras, puso a éste en evidencia, de forma que los mismos persas avisaron a los de Naxos de la traición de su supuesto colaborador. Y esta es una de esas refriegas que van a dar con el levantamiento de las ciudades jonias contra el imperialismo persa, pero ya se ve que no solo por ello, sino por la ambicion, contradicciones y desavenencias entre las mismas ciudades griegas.

sábado, 21 de enero de 2012

Costumbres de los escitas

Joya de oro escita
Los escitas fueron un conjunto de pueblos que habitaron un amplio territorio en torno al mar Caspio en la antigüedad, al oeste, al norte y en buena parte del Turkestán. Las tierras que ocuparon son bajas y llanas, excepto cuando nos aproximamos al Cáucaso y a las montañas del centro de Asia (Afganistán y la gran muralla natural que separa el Turkestán de China). El clima es frío y continental, suavizado en las proximidades del Caspio, si tenemos en cuenta que la latitud de sus tierras está entre los 47 y los 55 grados norte. Son tierras alejadas del Mediterráneo, pues se encuentran entre los 45 y los 57 grados de longitud este. 

Nos dice Heródoto que los escitas cegaban a sus esclavos para que estos revolvieran la leche (uno de los alimentos básicos de estos pueblos) sin "peligro de caer turbada la cabeza si tuvieran vista"; es decir, el proceso de removido de la leche (se supone que en grandes cantidades) implicaba mucho tiempo, lo que podría llevar al mareo a quienes tuviesen vista. La forma en que se extraía la leche de las yeguas era "metiendo una extremidad [de unos tubos parecidos a flautas] en las partes naturales de las yeguas, y aplicando la otra a su misma boca [la de un escita] con el fin de soplar, y al tiempo que unos están soplando van otros ordeñando", pues "al paso que se hinchan de viento las venas de la yegua, sus ubres van subiendo  y saliendo hacia fuera. Extraída así la leche, derrámanla en unas vasijas cóncavas de madera, y colocando alrededor de ellas a sus esclavos ciegos, se la hacen revolver y batir", añadiendo Heródoto que lo que sobrenada en la leche se recogía "como la flor y nata de ella y lo tienen por lo más delicado, estimando en menos lo que se escurre al fondo".

En cierta ocasión, cuando los escitas invadieron Media, la lucha fue tan encarnizada que no volvieron a su tierra hasta pasados más de veinte años. En todo ese tiempo las mujeres de los escitas se unieron a sus esclavos ciegos teniendo descendencia. Temorosas entonces de ser descubiertas por sus maridos cuando regresasen, se ensañaron contra los esclavos, de lo cual hay recuerdo todavía en la accutalidad: la costumbre de las mujeres moscovitas de regalar a sus futuros esposos una vara hecha por ellas...

Targitao parece ser el ascendiente mítico de los escitas, cuyos padres fueron Júpiter y una hija del río Borístenes (el Dnieper). Pero Heródoto dice "téngolo yo por fábula", añadiendo que los escitas se empeñan en citar incluso a los descendientes de Targitao: Lipoxais, Arpoxais y Colaxais. "Cayeron del cielo en su región -sigue el mito- ciertas piezas de oro, a saber, un arado, un yugo, una copa y una segur [hacha u hoz, según las diversas traducciones]. El mayor de los hermanos quiso apoderarse de ellas, pero "el oro se puso hecho un ascua"; hizo lo mismo el segundo y sucedió otro tanto; "pero yendo por fin el tercero... apagose la llama, y él fuese con el oro a su casa. A lo cual atendiendo los dos hermanos mayores, determinaron ceder al menor todo el reino y el gobierno". Para los escitas del siglo V antes de Cristo, Lipoxais descendía de la tribu de los aucatas; Arpoxais de las tribus llamadas catiaros y traspies; y Colaxis de los paralatas, siendo estos escitas expertos ballesteros.

Los reyes escitas -dice Heródoto- guardaron aquel oro sagrado que les vino del cielo con todo el cuidado, y todos los años, en un día de fiesta celebrado con grandes sacrificios, iban sacando y paseando por la comarca el tesoro; "y añaden que si alguno en aquel día, llevándolo consigo, quedase a dormir al raso, ese tal muriera antes de pasar aquel año". Los griegos contemporáneos de Heródoto contaban que Hércules, al volver con los bueyes de Gerión, llegó al país de los escitas, entonces despoblado, habiendo partido de Gades o de una isla llamada Erithrea; y como sorprendiese al héroe "un recio y frío temporal, cubriose con su piel de león y e echó a dormir. Al tiempo que dormía dispuso la Providencia que desaparecieran las yeguas que sueltas del carro estaban allí paciendo".

Territorios escitas al norte el imperio persa a principios del s. V a. C.
En cierta ocasión, persiguiendo los escitas a los cimerios, que eran nómadas del Cáucaso y de las riberas del mar Negro, luego se internaron en tierra de los medos, que los expulsaron de vuelta a su tierra. Cuando se acercaban, les salieron al paso aquellos esclavos hijos de sus mujeres, las cuales se habían ayuntado con los esclavos de la anterior generación, como se dijo más arriba. Empezó la lucha y no parecía tener fin, hasta que un escita se dirigió a los demás y les dijo: "¿Que es lo que estamos haciendo paisanos? Peleando con nuestros esclavos como realmente peleamos, si somos vencidos quedamos siempre tantos señores menos cuantos mueran de nosotros; si los vencemos, tantos esclavos nos quedarán después de menos cuantos fueren sus muertos. Oid lo que he pensado que dejando nuestras picas y ballestas, tomemos cada uno de nosotros el látigo de su caballo, y que blandiéndolo en la mano avance hacia ellos; pues en tanto que nos vean con las armas en la mano se tendrán aquellos bastardos miserables por tan buenos y bien nacidos como nosotros sus amos. Pero cuando nos vieren armados con el azote en vez de lanza, recordarán que son nuestros esclavos, y corridos de sí mismos, se entregarán todos a la fuga".

Reinando el persa Darío I, hizo una expedición contra los escitas, según Heródoto por venganza y por el deseo de obtener tributos; si por lo primero debido a que el rey persa consideró una afrenta que el rey escita no le diese a una hija por mujer... Estaban cerca los tiempos en que esos persas iban a ser los grandes enemigos de los griegos.


domingo, 1 de enero de 2012

Persas en Etiopía

El emperador aqueménida Cambises II es tratado por el griego Heródoto con bastante desprecio e ironía. Separados ambos por un siglo de diferencia, el persa vivió en el VI antes de Cristo, y el historiador griego relata en uno de sus libros el intento de conquista persa de Etiopía. Ha de entenderse, en primer lugar, que la Etiopía antigua no se corresponde exactamente con la actual, sino que así era llamada una vasta tierra que comprendía un territorio mucho más amplio. (A la izquierda, supuesta imagen de Cambises II).

Una vez en Egipto, Cambises envió a unos embajadores-espías a parlamentar con el rey etíope, del que sabía gobernaba un territorio donde abundaban el oro, los elefantes y el ébano. Se trata de los etíopes macrobios, distinción necesaria dado el dilatado terreno que se entendía por Etiopía. Cambises está en Elefantina, mientras que los espías-embajadores que envía eran los que Heródoto llama ictiófagos, por la abundancia de pescado que consumían. Los regalos que estos llevaron al etíope fueron un vestido e púrpura, un collar de oro, unos brazaletes, un bote de alabastro con ungüento y una pipa de vino fenicio.

Llegados los embajadores al rey etiope le exponen los deseos de amistad del persa, entregándole los regalos, pero el etíope -siempre según Heródoto- no se fía y se burla de ellos y de los regalos, que no reconoce como tales. Si Cambises quisiera ser mi amigo -dijo el etíope- "no deseara más imperio que el suyo". Luego hizo alarde de su destreza con el arco e invitó a los persas a que hiciesen la guerra con los macrobios (con su pueblo), añadiendo: "porque [los dioses] no inspiran a los etíopes el deseo de nuevas conquistas para dilatar más su dominio". El rey africano sí se deleitó, en cambio, con el vino fenicio, del cual se relamió varias veces, admitiendo que en la bebida los persas les superaban.

Allí vieron los embajadores de Cambises un estanque con un agua en la que nada flotaba, de forma que habiendo intercambiado el rey etíope y los ictiófagos información sobre la edad que se alcanzaba en uno y otro imperio, siendo así que en el persa eran los 80 años y en el africano los 120 ó más, atribuyeron los embajadores esa longevidad a los poderes salutíferos del agua especialísima que habían visto. Luego el rey etíope les llevó a donde estaban los presos con grilletes de oro. Así las cosas, los ictiófagos salieron de vuelta junto a Cambises, le contaron lo ocurrido y aquel se enfureció, por lo que decidió invadir Etiopía. 



"Príncipe menguado de juicio y de ira desenfrenada", dice Heródoto de Cambises II, pues no preparó a su ejército para una empresa que resultaría imposible. Ceremonias religiosas no servirían de nada ante lo áspero del terreno y del clima. Los víveres se les acabaron cuando no habían andado todavía la quinta parte del terreno; los que podían arrancaban las hierbas del suelo para alimentarse, pero con el tiempo -dice Heródoto- tuvieron que echarse a suertes, los soldados, a quien tocaba sacrificar de cada diez para alimentar a los otros nueve con su cuerpo. Cambises comprendió que así no podía seguir, pues su ejército se diezmaba. Decició entonces el persa emprender el regreso con todas las penalidades, llegó a Tebas y licenció a la parte de su ejército formada por griegos. Luego bajó a Menfis. "Tal fue el éxito de la expedición de Etiopía", dice Heródoto con ironía, si bien sabemos la opinión que un griego del siglo V antes de Cristo tenía de los persas, sus enemigos de siempre. (Arriba, Nubia respecto de Egipto. Véase al sur Meroe y un poco más al norte, Napata).

Hoy sabemos que no existió un solo reino en la Etiopía del alto Nilo, sino dos: Meroe y Napata, pero Heródoto no tuvo noticias de ello. La expedición de Cambises parece estar probada históricamente, pero los detalles que ofrece Heródoto han de ser sometidos a crítica.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Los persas toman Samos


El noble Otanes dispuso las tropas para la expedición de Samos cuando la isla estaba gobernada por Menandrio, hijo a su vez de otro Menandrio, a quien Polícrates había dejado como regente en su asencia. Este Polícrates, tirano de Samos, había llegado al poder en alianza con sus dos hermanos, pero una vez seguro, mandó a matar a uno y exilió a Persia al otro, Silosonte. Después de esto en la propia Samos las cosas no estaban tranquilas: previendo Menandrio que no había de faltar alguno que pretendiera alzarse con el mando en el caso de que él lo dejase, abandonó la idea que tenía de dejar el poder, de forma que se retiró a la ciudadela de la isla y fue llamando a cada uno de sus vasallos para darles cuenta de ciertas cosas, sobre todo del estado de la economía; pero una vez que dichos vasallos se confiaban e iban a presencia de Menandrio, éste ordenaba que los encerrasen en prisión.

Entonces Menandrio cayó enfermo y Licareto, su hermano, creyendo que la muerte de aquel estaba cerca, mandó se matase a los presos. Es entonces cuando los persas llevaron consigo a Silosonte, camino de Samos, escapando las tropas de Menandrio presas del pánico. Otanes decidió entonces firmar un tratado y los persas se hicieron dueños de la ciudadela. Estos no solo se entregaron al saqueo de la isla de Samos, sino "que la barrían como con red, envolviendo a todos sus vecinos y pasándolos a cuchillo, sin perdonar a ninguno la vida. Así vengados, entregaron a Silosonte la isla vacía y desierta, aunque el mismo general Otanes la volvió a poblar algún tiempo después, movido, así de una visión que tuvo en sueños, como por motivo de cierta enfermedad vergonzosa que padeció" (según cuenta Heródoto).

Los hechos ocurrieron en la segunda mitad del siglo VI y los persas se preparaban para el ataque al corazón de Grecia, pero la caída de Samos y de Polícrates causó gran sensación en todo el mundo griego, y hay quien asegura que estó hizo se tuviese desde entondes a los persas como los grandes enemigos de los griegos, una conciencia que no terminará hasta dos siglos más tarde.

 (Naves persas)