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viernes, 2 de junio de 2023

Garrotazos de Goya

 


Debió tener Goya una visión negativa del ser humano, al menos a partir de cierto momento de su vida, pues nos ha dejado muchas representaciones de la guerra, peleas, garrotazos y escenas parecidas, en ocasiones de forma caricaturesca, pero en otras con grave dramatismo.

Del final de su vida es un dibujo con tiza negra donde representa a un loco en prisión: el hombre saca la cabeza y uno de sus brazos por entre los barrotes, y Goya consigue transmitirnos la indelicadeza de la sociedad de su época con los desafortunados. En  otro dibujo que lleva por título “Carretas al cementerio”, muestra un cadáver que a duras penas es bajado de una carreta para ser enterrado, mientras otros se amontonan: no hay aquí ceremonia ni dignidad. También pintó a un prisionero encadenado de pies y manos y por la cintura, mostrando el rostro una dolorosa pasión.

Quizá el más famoso de los cuadros de este tema es “Duelo a garrotazos”, un óleo sobre lienzo de 123 por 266 cm. que se conserva en el Museo del Prado. Dos mozos, hundidas sus piernas hasta las rodillas, no tienen como prioridad librarse de la fijación al suelo, sino atizarse mutuamente sin piedad, mientras el marco es terroso, con un blanco en el centro donde se han abierto las nubes.

“Aquí tampoco”, titula Goya un aguafuerte y aguatinta donde aparece un hombre ahorcado siendo observado impasiblemente por un soldado. En la Biblioteca Nacional de París se encuentra un aguafuerte con el título “Será lo mismo”, donde unas personas amontonan cadáveres víctimas de la guerra (1810). “Presagio lúgubre de lo que está por venir” es el título de otro aguafuerte de 1810 donde un personaje arrodillado, rodeado de sombras, con los brazos separados del cuerpo y el rostro doliente, parece no tener espereanza alguna.

Con sus títulos enigmáticos, Goya nos invita a la reflexión, a la relación entre la obra y el título: “Nada. El evento del día”, es un aguafuerte y aguatinta de la década de 1810, donde un hombre descarnado y tendido en el suelo, parece soñar la suerte de otros que aparecen como máscaras sobre él. “¡A la caza de dientes!” muestra a una mujer tapándose parcialmente la cara, mientras arranca los dientes de un ahorcado. Dos hombres con muecas parecen querer serrar a una anciana: “Compartiendo a la anciana”, nos dice Goya en otra de sus obras…

Y continúa con “El cautiverio es tan bárbaro como el crimen”: un presonaje retorcido está encadenado, maniatado, con grilletes en sus tobillos. En su “Manicomio”, muestra a unos personajes tumbados, sentados, con gestos arbitrarios en un ambiente lúgubre, sórdido, despojado de todo, con unas luces pálidas y unas sombras. En “Lo mismo”, un hombre levanta su hacha para dar muerte a un soldado francés, ya ha dado muerte a otro, mientras uno está sobre un soldado alzando su puñal. Gestos, movimiento, violencia, tragedia de la guerra.

En “El dos de mayo de 1808: la carga de los mamelucos”, Goya pinta a los soldados egipcios enrolados en el ejército francés que son víctimas de la ira del pueblo madrileño. Uno se cae del caballo, otros ya están en suelo malheridos o muertos; se lucha cuerpo a cuerpo, se levantan espadas y puñales, mientras los edificios de Madrid asisten al fondo; se trata de un cuadro monumental pintado en 1814. Tres hombres matan a otros con azadas, y en “Esto es peor”, un hombre con un brazo amputado, con los cabellos erizados dramátricamente, ha sido empalado en la rama de un árbol, mientras los soldados franceses aparecen al fondo.

En sus “pinturas negras”, en su visión de España, en la influencia ilustrada que Goya recibió por parte de algunos de sus amigos, en la pérdida de sus familiares más queridos, en la guerra de 1808, en su sordera y en su edad avanzada, tuvo que hacer el gran artista la amalgama que dio estas visiones fantasmales, pero no fantasmales, trama y urdimbre de lo humano.

viernes, 20 de enero de 2023

Corrientes y Entre Ríos


                                                Ilustración de EfeméridesArgentina.com.ar

El complejo proceso de independencia de los “reinos” o colonias americanas bajo la soberanía española, conllevó no pocas contradicciones que se explican en unos casos por las ambiciones personales de unos caudillos u otros, pero también por razones de más peso. Sonia Tedeschi y Griselda Pressel[i] han estudiado el caso de Corrientes y Entre Ríos, en el nordeste de la actual Argentina.

Las autoras citadas señalan que no fueron ajenas al fenómeno, en el caso de Corrientes y Entre Ríos, las aspiraciones imperiales de España y Portugal por extender su influencia en la zona, máxime teniendo en cuenta que se trataba de una parte de los “circuitos comerciales entre el Litoral fluvial rioplatense, la Banda Oriental y Río Grande del Sur que potenciaban la circulación de personas, bienes y recursos”. En este contexto interactúan las dinámicas en el establecimiento de la frontera entre los “estados provinciales” de Corrientes y Entre Ríos a finales del siglo XVIII, durante su independencia colonial y en la etapa independiente de la primera mitad del siglo siguiente. Esto involucró a Cabildos, Gobiernos de Intendencia, gobiernos centrales y más tarde a gobiernos provinciales, la base sobre la que se construyó la historia nacional argentina.

Los movimientos de la frontera en la zona estudiada se fueron alternando por diversos factores, uno de los cuales fue el crecimiento económico que tuvo como base la ganadería vacuna, lo que provocó una mayor afluencia de población que en otras provincias, particularmente desde Santiago del Estero y un buen número de indígenas guaraníes de las ex misiones jesuíticas. La necesidad de mano de obra y la amplia disponibilidad de tierras contribuyeron a ello, incentivándose la agricultura de subsistencia a base de maíz, mandioca, zapallo[ii] y frutales. Otro factor fueron las tensas relaciones con los guaycurúes[iii] del valle de Calchaquí (en la parte oriental de los Andes) y con los charrúas[iv] que hostigaban desde la parte oriental del río Uruguay.

En 1750 se había firmado el Tratado de Madrid entre España y Portugal para definir los límites de ambos imperios, lo que pretendía –por parte española- contener las contínuas invasiones portuguesas sobre la Banda Oriental, y entre 1767 y 1810 la “Carrera al Paraguay” se fue expandiendo, multiplicando nodos de comunicación desde Santa Fe[v], en que confluía el circuito mercantil Chile-Perú-Córdoba, y desde aquí se conectaba con Corrientes. La compra de estancias se remonta a siglos atrás (la ciudad de Corrientes fue fundada en 1588), y con el tiempo estas compras se convirtieron en causa de discordia jurisdiccional, que fue zanjada por el virrey Gabriel Miguel de Avilés disponiendo una línea divisoria entre Yapeyú[vi] y Corrientes, y a fines del siglo XVIII las disputas entre los Cabildos de Santa Fe y Corrientes giraron en torno al problema fiscal que originaba la confusión de sus delimitaciones.

La revolución independentista iniciada en 1810 trajo consigo nuevos problemas, pues las fuerzas independentistas de Buenos Aires y las realistas de Paraguay intervinieron en la provincia, y en 1814 se creó la provincia de Corrientes, pero en un nuevo ordenamiento administrativo pasó a formar parte de la de Entre Ríos (República Entrerriana de 1820 y 1821), y no terminarían aquí los problemas: durante las décadas de 1820 y 1830 Corrientes consolidó su estructura institucional con un Congreso Legislativo, un Gobernador y una Administración de Justicia, contando con una Constitución en 1824 que dispuso el cese del Cabildo a partir del año siguiente. 

En el mismo período Entre Ríos se configuró a partir de un Estatuto Provisorio (1822) que no dio estabilidad a la provincia, aunque también se dotó de un Congreso Legislativo, un Gobernador y una Administración de Justicia. Pero ya en 1821 el gobierno provisional de Corrientes había dictado leyes en defensa de su “derecho inmemorial” sobre los pueblos de Santa Rita de la Esquina y Curuzú Cuatiá, reafirmando su soberanía sobre dicha área fronteriza sur, lo que contravenía las pretensiones de Entre Ríos, y esto tensó las relaciones entre las dos provincias o “estados”.

El Tratado del Cuadrilátero de 1822, firmado entre Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, dio solución provisional al conflicto, pero ello no evitó, aún teniendo en cuenta rectificaciones territoriales, acuerdos y desacuerdos, intermediadores y otros avatares, que estallase la guerra que enfrentó a Corrientes y Entre Ríos, dándose en llamar “guerra del Plata”, durante seis meses entre 1851 y 1852. Las dos provincias se aliaron a Brasil y Uruguay contra la Confederación Argentina, quedando patentes los intereses contrapuestos entre Argentina y Brasil. Los gobernantes de este último estado vieron oportuno aliarse con las provincias separatistas de Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe, prueba de que la capitalidad de Buenos Aires no era, aun, un hecho consumado, estando también en la alianza Uruguay. En la batalla de Caseros [vii], Rosas fue vencido por los aliados y se exilió. Aún no estaban las cosas maduras para un estado unificado argentino.

[i] “Zonas de frontera en el litoral rioplatense…”. (Las autoras utilizan el término “litoral” referido a los ríos).

[ii] La mandioca es un fruto con cáscara y pulpa firme, y el zapallo es un tipo de calabaza.

[iii] Conjunto de pueblos que habitan en la región del Gran Chaco

[iv] De origen pampeano, son un complejo formado por pueblos distintos.

[v] Hoy capital de la provincia de Santa Fe, al oeste de Entre Ríos.

[vi] Al oeste del río Uruguay.

[vii] En la cañada de Morón, hoy en plena ciudad de Buenos Aires.

 

jueves, 12 de enero de 2023

"Nada hay tan inocente como la caza"

 

¿Era el imperio español un gigante con pies de barro en el siglo XVII? Si así fuese lo cierto es que aguantó como pudo las embestidas de otras potencias marítimas y aún se recuperó en el siglo XVIII, teniendo fuerzas para guerrear –signo de los tiempos- durante las dos centurias con suerte varia.

Empezó el siglo XVII cuando estaba muy avanzada una guerra con Inglaterra, se vio arrastrada la monarquía española a la guerra de los treinta años, mantuvo una guerra con Portugal por la que este país se independizaría de la monarquía española, participó España en la guerra de los nueve años[i] formando parte de una coalición impresionante contra Francia, y aún los ejércitos españoles, formados por soldados de varias nacionalidades, lucharon durante muchas décadas en Flandes y en Chile. Ello sin contar el esfuerzo bélico para combatir la piratería y el corso en el Atlántico y en otros escenarios europeos. El siglo XVIII empezó con la guerra de sucesión a la corona de España, que fue civil a la vez que europea, y España participó en la guerra de sucesión polaca y en la llamada guerra de Asiento[ii], en los dos últimos años de la guerra de los siete años[iii] y en la de independencia de las trece colonias británicas de Norteamérica; y luego vendrían las guerras derivadas de la Revolución Francesa.

Mantener el imperio en América constituyó otro esfuerzo bélico no desdeñable, sobre todo en Chile y con motivo del levantamiento de Tupac Amaru II en 1780. Los gastos ocasionados por estos interminables conflictos fueron enormes, repercutiendo en la economía interna, pero lo cierto es que el comercio con América continuó y la llegada de riquezas trasatlánticas a España permitió mantener el control sobre vastos territorios en casi todos los continentes. América financió muchas políticas españolas como Castilla había financiado los intereses imperiales de los Austria. África también contribuyó a la financiación de las potencias marítimas con la trata negrera.

Consuelo Maqueda Abreu[iv] constata las diversas interpretaciones que los historiadores han hecho sobre el debate en torno a la decadencia y recuperación de la monarquía y el imperio españoles entre los siglos XVII y XVIII: “en el tratado franco-británico [que pone fin a la guerra de sucesión a la corona de España] se consagra la ruptura del monopolio español en Indias y se afirma la situación establecida desde el siglo XVII en las colonias, pero es Gran Bretaña la que interfiere en las relaciones mercantiles con España… situación que iniciará una obsesión por la recuperación del monopolio español en América que… asumen los comerciantes y ministros de España”.

En cuanto al asiento de negros que comenzó en 1713 con una duración prevista de treinta años, la corona británica se obligó a introducir en la América española 144.000 piezas de indias[v]. La Compañía de Inglaterra, al conseguir este privilegio, se obligó a adelantar al monarca español 200.000 pesos en los primeros cuatro meses del contrato[vi], por lo que algunos historiadores consideran que este “asiento” era en realidad una empresa hispano-británica. De hecho en el tráfico triangular Europa-África-América y vuelta a Europa, se destaca la contribución de la esclavitud al desarrollo del sistema capitalista occidental[vii], y el rey Felipe V exigió repetidamente el estado de las cuentas de acuerdo con lo pactado entre Gran Bretaña y España.

El rey español, contra la opinión del Consejo de Indias, concedió a Gran Bretaña un navío anual de 500 Tm. cuyas mercancías, libres de impuestos, podrían venderse en las ferias que se celebraran con ocasión de la llegada de las flotas a Nueva España o los galeones a Cartagena de Indias o Portobello, lo cual era algo inédito en el imperio español, que había mantenido alejado a todo comerciante extranjero, legítimo o no, y una novedad importante en este asiento es la apertura al comercio extranjero del puerto de Buenos Aires, lo cual no había sido permitido hasta ese momento, o al menos no de forma tan abierta. Para el asentamiento de los ingleses en la ciudad del Plata se peveía la entrega de algunas porciones de tierra, siendo el cobro de este derecho una fuente de conflictos. Así los ingleses podrían plantar, cultivar y criar ganado para su sustento y el de sus esclavos, siempre bajo la supervisión de un oficial español, y los esclavos que se vendiesen en los puestos del Perú debían partir en barcos fletados desde Panamá, debiendo el producto de su venta volver al puerto correspondiente, ya fuesen frutos de la tierra, reales, barras de plata o tejos de oro, todo ello sin pagar derecho alguno, siempre que dichos productos no se hubiesen obtenido del comercio ilícito y fuesen consecuencia únicamente del comercio de esclavos[viii].

No es extraño que durante el proceso de independencia de Argentina las ayudas recibidas desde Inglaterra fuesen cuantiosas. Antes, Guadalupe (1769) y Martinica (1762) fueron conquistadas por los ingleses (Antillas menores), si bien las dos islas habían sido colonizadas por franceses, Martinica fue ocupada por ingleses en los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX. De todo lo anterior se deduce que es perfectamente compatible la intromisión de Inglaterra y otras potencias en posesiones españolas (Jamaica pasó a manos inglesas en 1655) y que el imperio español mantuviese el vigor para continuar hasta que la metrópoli fuese invadida por el más poderoso ejército de Europa a principios del siglo XIX.

No debe olvidarse que un tratado hispano-inglés de 1713, donde la monarquía española pierde Gibraltar y Menorca (provisionalmente) reconocía que España mantendría en su totalidad el territorio americano. Y todo ello se da en el contexto interno de que la monarquía española se ve mediatizada, y en ocasiones controlada, por personal al servicio de Francia: la princesa de los Ursinos, madame de Maintenon[ix], Manuel Portocarrero, Jean Orry y otros. No es extraño, porque Felipe de Anjoy asumió el trono de España a la edad de diecisiete años, por lo que es lógico se dejase aconsejar –aunque menos de lo que pudiera parecer- por su abuelo el rey Luis XIV: “nada hay tan inocente como la caza”, le dijo en una carta, y “al tiempo de disparar cerrar los ojos no es bueno que al dar órdenes a ciegas ocasiona muchos yerros”. Una monarquía mediatizada y sin embargo pudo mantener el imperio.



[i] 1688-1697. La Liga de Augsburgo estuvo formada por España, Austria, Baviera, Brandemburgo, el Sacro Imperio, Portugal, Palatinado, Inglaterra, Sajonia, Suecia y las Provincias Unidas.

[ii] 1739-1748. Los intereses de España y Gran Bretaña en el Caribe estaban enfrentados, resultando un conflicto favorable a España.

[iii] La monarquía española recibió la Luisiana a cambio de Florida.

[iv] “Diplomacia, reformismo y virreinato de Nueva Granada en los inicios del siglo XVIII”. En esta obra se basa el presente resumen.

[v] La pieza de indias era una unidad de medida de los esclavos que se utilizó por primera vez, con fines fiscales, en la segunda mitad del siglo XVII.

[vi] Rafael Donoso Anes, “El asiento de esclavos con Inglaterra (1713-1750)…”

[vii] Id. nota anterior.

[viii] Id. nota vi.

[ix] Segunda esposa del rey francés.

Ilustración: "El cazador", obra de Eugenio Lucas Velázquez, óleo sobre lienzo, Museo del Prado.

miércoles, 11 de enero de 2023

"ilusos Naturales"

 

                                                        Fortaleza de Peniche (Portugal)

En un trabajo de Alfredo Moreno Cebrián y Jorge Chauca García*, se pone de manifiesto que la rebelión capitaneada por el mestizo José Gabriel Condorcanqui Noguera (Tupac Amaru II) entre 1780 y 1781, tuvo lugar también en territorios generalmente no tenidos en cuenta y sus efectos se prolongaron en el tiempo.

Los autores citados hablan de la relevancia del levantamiento, en lo que parece haber acuerdo entre los historiadores. En efecto, la rebelión se extendió más allá de las fronteras del virreinato peruano, una vez que se había creado, unos años antes, el virreinato del Río de la Plata, concretamente en la Audiencia de Charcas en 1781. Por lo que respecta a Chile, con una tradición rebelde que se remonta al siglo XVI y que continuará en los dos siglos siguientes e incluso durante el primer período republicano[i], el irlandés Abrosio O’Higgins[ii], en una carta de 1781 dirigida al secretario de Indias José de Gálvez, le tranquilizaba sobre la situación, que él conocía bien por haber participado en varias campañas contra los araucanos.

Pero en todo caso O’Higgins se había tenido que emplear a fondo para combatir la tentativa rebelde del cacique mapuche Chicaguala en el poblado de Repocura[iii], el cual había planeado imitar a Tupac Amaru II. Por su parte el gobernador Andrés Mestre tuvo que reprimir ferozmente el alzamiento toba en la provincia de Tucumán (1781), que es claramente una extensión de la revuelta peruana y que además interrumpió el comercio con el norte.

Las autoridades españolas, aún tratándose del siglo XVIII, cuando la administración de los territorios americanos estaba más avanzada, se tuvo que valer de la comunicación por mar para hacer llegar noticias sobre la situación en este o aquel territorio, dada la enorme extensión de las posesiones americanas: por ejemplo, embarcaciones que viajaban entre El Callao y Concepción, con la colaboración del obispo[iv] de esta última en alguna ocasión. En relación a la vasta región del Chaco se habla de los indios “infieles” y se da noticia desde Buenos Aires diciendo que se preparaban “para salir a defender a su Rey Inca que los llama”; y lo mismo se informa desde Chile sobre los “Aucaes, Peguenches, y demás naciones bárbaras”, que al parecer tenían intención de unirse a los pampas de Buenos Aires.

Ciertamente, la rebelión tuvo una importancia capital en lo que hoy son Perú y Bolivia, pero vemos que también los pueblos indígenas de otros territorios estuvieron prestos para unirse, con diversa fortuna u oportunidad, al gran movimiento. Una vez concluida la primera fase bélica –dicen Moreno Cebrián y Jorge Chauca- en el sur peruano y en el Alto Perú “operó un segundo eco enhebrado por el paso de los prisioneros cuzqueños por las latitudes extremas de Chile”. En 1784 las autoridades españolas decidieron enviar a España a cuarenta rebeldes desde El Callao[v], veinticuatro hombres y dieciseis mujeres, uno de ellos Fernando Condorcanqui, hijo de Tupac Amaru II, que había sido sentenciado por la Audiencia de Lima a diez años de trabajos forzados en un presidio español. En otro navío[vi] fueron embarcados Juan Bautista y Mariano Tupac Amaru.

El temor a las resonancias de esta rebelión en Perú y en otros territorios hispanoamericanos fue un hecho, siendo una prueba la inquietud entre las poblaciones criolla y mestiza peruanas, que vieron en el levantamiento “la imagen de unos indígenas desenfrenados buscando la inversión del orden social y la recuperación de su antiguo gobierno a través de una guerra racial”. También en la jurisdicción de Charcas se activó el miedo a un exterminio por parte de los indios, sobre todo cuando el aymara Tupac Katari[vii], aliado con tupacmaristas, expresó su intención de formar un gobierno indio “que requería el exterminio de los españoles blancos”; en efecto, había formado un ejército de varias decenas de miles de indios y cercó la ciudad de La Paz hasta que tuvo que desistir. El navío "San Pedro de Alcántara" salió de El Callao con los presos y una carga considerable, pero tuvo que regresar desde Concepción por avería. Cuando de nuevo pudo el “San Pedro de Alcántara” salir hacia Concepción (puerto de Talcahuano), la inquietud de la población local se debió a un brote de viruela que se había desatado en el buque, la que tuvo que ser combatida con acierto, hasta el punto de que muchos fueron curados.

Otro aspecto es la suerte que corrieron unos y otros a partir del momento en que se decidió el traslado de los insurrectos a España. Dicen los autores a los que sigo que debió ser duro el camino a pie desde el Cuzco hasta Lima, como también el traslado en barco desde El Callao hasta Concepción (máxime teniendo en cuenta que, como hemos visto, el “San Pedro de Alcántara” tuvo que volver a El Callao para ser reparado), el viaje por el Pacífico Sur y el estrecho de Magallanes hasta Río de Janeiro, cuando murieron no pocos; la peligrosa travesía por el Atlántico con mal tiempo en ocasiones, el naufragio frente a las costas de Peniche (Portugal) del “San Pedro de Alcántara”, muriendo 128 entre la plana mayor del navío, oficiales de transporte y pasajeros, tanto de una raza como de la otra, de condiciones sociales distintas, etc. Heridos resultaron 58, de los que algunos morirían algo más tarde, y sanos 233. Camino del destierro iban 24 indios presos, de los cuales 18 perecieron, la familia de Tupac Amaru II incluida.

En el navio de guerra iban hacinada una humanidad muy superior a la aceptable, y aún así fueron salvados no pocos gracias a la colaboración portuguesa, y también a la disposición de las autoridades españolas para que se enviasen buques desde Cádiz, El Ferrol y Vigo, que transportaron lo necesario para los auxilios precisos.

El naufragio se llevó por delante considerable cantidad de metales preciosos (153 toneladas de plata y 4 de oro), 600 toneladas de cobre y los equipajes de oficiales y pasajeros, se perdieron muchos frutos naturales del virreinato del Perú, cajones de cascarilla, cacao y cañas de Guayaquil, macetas de plantas vivas (plantones de araucaria y piñas que O’Higgins enviaba a Gálvez), bálsamos, resina, madera y lana, plantas de uso medicinal como canchalagua y calaguala.

A partir de aquí los presos permanecieron un tiempo en Andalucía hasta que fueron enviados a los presidios españoles del norte de África, especialmente Ceuta. Entre los fallecidos en la travesía hubo varios familiares de Tupac Amaru II, españoles que pilotaban la embarcación y auxiliares, lusos y flamencos, e incluso el desterrado agustino Juan Alcedo, autor de una sátira contra el gobierno español en las Indias. Algunos se ahogaron al querer alcanzar la costa portuguesa a nado, y otros irremisiblemente.



[i] Curiosamente, tal era la costumbre que tenían los mapuches de llegar a acuerdos con los españoles, que cuando se produjo la guerra por la independencia del naciente estado chileno, aquellos lucharon a favor de los ejércitos realistas.

[ii] Padre de Bernardo O’Higgins, protagonista en la independencia de Chile.

[iii] El río Repocura es afluente del Cholchol, al noroeste de Temuco.

[iv] Francisco José de Marán y Geldres, natural del Perú (1780-1795).

[v] En el navío “San Pedro de Alcántara”.

[vi] "El Peruano”.

[vii] Para comprender la complejidad del problema debe tenerse en cuenta que los aymaras tuvieron por opositores, en varias ocasiones, a los quechuas. Tupac Katari, al igual que Tupac Amaru II, fueron muertos en 1781.

* "Los ecos indianos del gran levantamiento de Tupac Amaru...". En este trabajo se basa el presente resumen.

sábado, 7 de enero de 2023

Imperios, guerra y reformas

 

                   Edificio del Consulado de Comercio de A Coruña (fotografía de El Ideal Gallego)

Mantener un imperio ultramarino como el español en el siglo XVIII se hizo cada vez más difícil, aunque se consiguió en un contexto complejo de la política europea de dicho siglo, más concretamente en su segunda mitad. Las potencias marítimas europeas no concebían ceder en los avances que había experimentado su expansionismo: España, Portugal[i], Inglaterra, Holanda y Francia, por poner los ejemplos más notables.

Cuando el rey Carlos III llega a España procedente de Nápoles (1759) estuvo decidido, de acuerdo con sus ministros, a mantener el poderío naval y colonial español, aunque permitió que los comerciantes franceses traficaran con Perú, en lo que influyeron los “pactos de familia” de las dos monarquías reinantes (Francia y España). Al acecho estaba Inglaterra, verdadera potancia naval recelosa de esa alianza, que en 1703 había firmado con Portugal y otras potencias un acuerdo en el contexto de la guerra de sucesión a la corona de España (Tratado de Lisboa); el otro agente en América firmó con Inglaterra a continuación el Tratado de Methuen[ii], que extendía la alianza al comercio entre ambos estados.

La política de Carlos III llevó a España a participar en la última fase de la guerra de los siete años (1756-1763), que enfrentó a Inglaterra y Francia con sus respectivos aliados por el control sobre Silesia, América del Norte y la India. Fue una guerra que involucró a muchos países europeos (Prusia, Hannover, Gran Bretaña y sus “trece colonias” de América, Portugal; y por otro lado Sajonia, Austria, Francia, Rusia, Suecia-Finlandia y España con su imperio), pero también a los habitantes de territorios extraeuropeos: Centroamérica, oeste de África, India y Filipinas, siendo precedente de los grandes conflictos mundiales de siglos posteriores.

La Compañía Inglesa de las Indias orientales operaba sobre todo en India, lo que fue contando con la colaboración de los grupos dirigentes nativos. Francia también se había establecido en algunos puntos de la costa oriental de la India desde la segunda mitad del siglo XVII: Yanaon, Pondichéry, Karikal, Chandernagor y algún otro con sus áreas de influencia, que se internaban en buena parte del centro-sur de la península indostánica.

Ante estos intereses “mundiales”, el rey español Carlos III ordenó la invasión de Portugal en 1761 con un ejército de 40.000 hombres, que ocupó Almeida, Tras-os-Montes y entre el Duero y el Miño, aspirando también a Lisboa, lo que no consiguió por la oposición del ejército luso-inglés, teniendo que retirarse el ejército español hasta Valencia de Alcántara, Badajoz y Alburquerque[iii] (una hermana del rey español era la esposa del lusitano José I, y su principal ministro el marqués de Pombal). En todo ello tuvo una intervención decisiva el conde de Aranda, que llego desde Polonia donde era embajador, en 1762, habiéndolo sido en Portugal en 1755-1756. En realidad se trató de la entrada de España en la guerra de los siete años ya citada.

Cuando se llega a un acuerdo de paz, esta se firma en París en 1763, y el imperialismo británico alcanzó su máximo antes de que poco tiempo después se produjese la rebelión e independencia de sus trece colonias en Norteamérica. Antes de dicha paz Carlos III se resitió a ceder Florida a Inglaterra, por lo que Francia intervino (otra vez los pactos de familia) para que lo aceptase a cambio de Luisiana, lo que así se hizo en 1762, jugando Aranda un importante papel. La ocupación de Manila por los ingleses revirtió con el Tratado de París de 1763.

La paz permitió a Inglaterra hacerse con la región de Bengala (1765), y desde aquí fue incorporando buena parte de la India en el siglo XIX. Carlos III, por su parte, estableció buques correo desde A Coruña a La Habana (mensuales) y al Río de la Plata (bimensuales) con mercancías españolas o europeas a la ida y americanas a la vuelta, haciendo esto extensivo a todos los súbditos que comerciasen en Cuba, La Española, Puerto Rico, Margarita y Trinidad, luego Luisiana, Yucatán y Campeche, posibilitando que el comercio se duplicase (en ocasiones se triplicase) en diez años.[iv]

No obstante, la política naval y colonial de Carlos III fue posible gracias a las bases que habían puesto José Campillo[v] y el marqués de la Ensenada[vi] con anterioridad. El primero fue intendente general de marina, Secretario de Estado y Hacienda, Marina, Guerra e Indias entre  otros importantes puestos. Ensenada fue, con Fernando VI, Secretario de Hacienda, Guerra, Marina e Indias,  haciendo importantes reformas en lo primero que posibilitarían atender las necesidades de la marina.



[i] Hasta 1777 la colonia de Sacramento, en Uruguay actual, no queda definitivamente bajo soberanía española, habiendo cambiado de manos sucesivamente con anterioridad.

[ii] Diplomático inglés que intervino en dicho tratado. De tal importancia ha sido que sus efectos se mantienen en la actualidad.

[iii] Adela López Pego, “El conde de Aranda y la españolidad de Luisiana. Su retrocesión”.

[iv] Id. nota ii.

[v] Nació en Asturias en 1693 y falleció en Madrid en 1743.

[vi] Natural de Hervías (noroeste de la actual comunidad de La Rioja), nació en 1702 y falleció en Medina del Campo en 1781.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Chaco indómito

La Casa de América ha tenido el acierto de convocar a varios especialistas para hablar sobre un importante espacio geográfico y étnico de América, corriendo la coordinación a cargo de Carmen Mena García: el Chaco, que se extiende por gran parte de Bolivia, Paraguay, el norte de Argentina y una porción del Mato Grosso brasileño. Predominan las llanuras y los ríos, algunos tan importantes como Paraná, Pilcomayo y Paraguay; al extenderse latitudinalmente se dan diversos climas, desde el húmedo hasta la aridez; y desde el punto de vista humano estuvo habitado durante milenios por pequeños grupos de cazadores nómadas y seminómadas más tarde. En los siglos de la colonización española- escasa- dichas tribus fueron adversarias de los guaraníes.

                       cyt-ar.com.ar/cyt-ar/index.php?title=Archivo:Gran_Chaco_mapa.jpg

Abundando los terrenos pantanosos, los diversos estados interesados en el Chaco, a partir del siglo XIX, han hablado de Chaco boreal, Chaco central y Chaco austral, dándose en todos ellos la aculturación de algunas tribus, la desaparición como identidad cultural y la pervivencia según los casos. Como queda dicho, la colonización española no llegó a dominar este vasto territorio, que sirvió, sin embargo, como tránsito entre los Andes bolivianos y el océano Atlántico. Herib Caballero Campos habla de territorio mítico en la época colonial, consecuencia del desconocimiento que sobre él y sus habitantes se tenía, y fue también una barrera natural para poner en comunicación el oeste y el este de América del Sur.

Pedro de Mendoza, en busca de una supuesta Sierra de la Plata[i], protagonizó con otros una de tantas odiseas como se han dado en la América colonial, pero sin resultado positivo, aunque se trató de la expedición más numerosa en hombres y navíos, pero las dificultades en el remonte de los ríos y la oposición de los indígenas hizo fracasar el intento (1536). El portugués Alejo García, en 1525[ii], había llegado desde el Atlántico a territorio incaico (actual Bolivia) acompañado de varios miles de guaraníes que reclutó durante el viaje, pero los enfrentamientos con los incas hicieron infructuoso el viaje en términos prácticos.

Varias expediciones mandadas por Nuño de Chaves entre los años cuarenta y sesenta del siglo XVI le llevaron a la parte oriental de Bolivia, fundando Santa Cruz de la Sierra. Por las mismas fechas también comandó expediciones Álvar Núñez Cabeza de Vaca, como si no hubiesen sido suficientes los sufrimientos padecidos en su expedición (con tres compañeros) desde Florida, sur de los actuales Estados Unidos, norte y oeste de México, y término en la capital mexica. Hay quien asegura que en otro intento llegó a Lima en demanda de auxilio para el Río de la Plata, siendo entonces el primero en viajar desde el Atlántico al Pacífico por el interior de América del Sur, regresando entre 1549 y 1550, pero esto no está documentado.

En los años cuarenta Domingo Martínez de Irala, gran conocedor de la zona, pero también protagonista con Cabeza de Vaca y Chaves de conflictos, sufrió un feroz enfrentamiento de los pueblos indígenas en número de varios miles de individuos, a los que tuvo que hacer frente con poco más de trescientos hombres. Quizá sea uno de los casos más notables en el que el uso de la artillería fue determinante. En 1553 Irala inició la expedición que más tarde sería conocida como “la mala entrada”: con ciento treinta hombres a caballo y unos dos mil indios, informado de una revuelta en Asunción, tuvo que regresar. Sofocada la revuelta y castigados los que fueron considerados responsables, reinició la expedición en busca de metales preciosos, pero en un determinado momento se rebelaron sus hombres, que querían el reparto de indios en encomienda, cosa que Irala tenía por “embarazosa y aun en parte escandalosa”[iii]. En todos estos episodios fueron constantes las muertes, enfermedades, contagios y ataques de alimañas, pero el afán de aventura, riqueza, honores y tierras pudo más que cualquier temor. En 1548 llegó con una expedición al Alto Perú, sorprendiéndose porque los habitantes hablaban español, y es que los guaraníes ya habían merodeado estas tierras, además de la relativamente reciente presencia de los Pizarro en ellas; tres años antes se había descubierto el cerro rico de Potosí, en las alturas andinas, al sur de la actual Bolivia.

Herib Caballero señala que se cuentan más de ciento treinta expediciones a lo largo de la historia en el Chaco con la intención de someter a los indígenas, siendo los resultados casi nulos. En la actualidad, más de la mitad del Paraguay es territorio chaqueño, pero un porcentaje muy bajo de los nacionales viven en él.

En 1600 se intentó aprovechar las reducciones jesuíticas con los guaraníes para seguir las exploraciones y búsquedas, lo que llevó a un mejor conocimiento del Chaco por parte de los españoles, pero sería en el siglo XIX cuando la región fue colonizada con una finalidad muy distinta: el empresario Carlos Casado del Alisal invirtió en la extracción del tanino, sustancia que permitiría la fabricación de cuero a partir de las pieles de los animales. El militar e ingeniero Félix de Azara[iv], por su parte, dedicó sus esfuerzos al conocimiento del Chaco en varias obras, una de ellas “Informes de D. Félix de Azara, sobre varios proyectos de colonizar el Chaco” (1836).

María Beatriz Vitard dedicó su exposición a las que llamó “olvidadas en las reducciones jesuíticas”, las mujeres indígenas. En la frontera del Chaco occidental, una de las regiones donde actuaron los jesuitas, lindante con la Gobernación de Tucumán, se encuentra la reducción de Santiago de Guadalcázar, fundada en el siglo XVII, hoy en la provincia argentina de Salta. En la centuria siguiente se dio una guerra en el Chaco por el “rescate” de indígenas, ambición de los hacendados rioplatenses, mientras que los del Tucumán habían sido llevados a Potosí.

En la zona había terrenos concedidos por la monarquía española para que los jesuitas fundasen sus reducciones, localizándose en 1710 la primera en el área estudiada por la autora citada, la cual habla de ellas como “crónicas etnográficas” antes de que existiese la etnografía como ciencia. Estas reducciones estaban marcadas por un fuerte patriarcado, no reconociéndose a los cacicazgos femeninos y negándose todo poder de decisión a las indígenas ancianas. Las crónicas jesuíticas dan una visión negativa de la mujer indígena, siendo el modelo para los jesuitas el de la mujer casta, seguramente inspirados en las ideas de Tertuliano en el siglo III.

Las fuentes hablan de una demonización de la mujer, exigiendo un estricto control sobre la sexualidad indígena; particularmente las mocovies[v] fueron reprimidas, pues existía la costumbre de que las mujeres ancianas (“viejas” en la terminología jesuítica) ejerciesen ciertos poderes, acusadas de brujería cuando seguramente se trataba de ritos ancestrales propios de su cultura, y así se dio un exacerbado rechazo a la autoridad de estas mujeres, que la tenían reconocida por sus naturales en los rituales y el aval al varón que ya se podía considerar guerrero. En la vida económica la más anciana era la que controlaba el reparto del agua en un territorio donde a estaciones lluviosas seguían otras de sequía, y es curioso que la información medicinal que los jesuitas han transmitido proviene de los conocimientos que sobre hierbas y otros productos tenían estas mujeres.

Chiara Vangelista, especializada en el Brasil colonial, habló del Chaco en el horizonte portugués, sobre todo en el siglo XVIII con la presencia de los bandeirantes, los indios “canoeiros” y los caballeros[vi], colaboradores entre sí estos últimos en no pocas ocasiones. La autora señala que el término frontera adquiere tres significados en relación con el Chaco: como límite (lo que es ignorado por los indígenas), franja fronteriza de indeterminada anchura, y la que se produce por las sucesivas oleadas en la ocupación del territorio. El “vacío” del Chaco –dice- es ideológico, no humano; los indígenas vivían de forma muy natural, divididos, colaboradores en ocasiones, ambulantes en busca de sustento, pero no tenían concepto alguno de la defensa del Chaco en su conjunto.

Debe tenerse en cuenta que el siglo XVIII es el del oro del Brasil, descubierto en el río Cuiabá, afluente del Paraguay junto a la frontera de la actual Bolivia, no siendo pocos los indígenas del Chaco que fueron obligados a trabajar en las labores de extracción. Estos indígenas vivían en la marginalidad por la extrema pobreza, pero tenían el control estratégico del territorio, conocían las zonas lacustres, las de maleza, las más aptas para la ganadería, las más propicias a la emboscada, etc.

Los indígenas del Chaco se distinguieron por escapar al control incaico y al control español, siendo su diversidad étnica una característica propia de su primitivismo, pues solo se había producido una aculturación relativa y mutua entre ellos. Refractarios a todo poder político, los chaqueños entraron en el comercio, no obstante, a medida que avanzó el tiempo, pero no tuvieron inconveniente en enfrentarse a los intentos de sujeción por parte de Asunción y de Buenos Aires. Ya desde el siglo XVII conocían el caballo, introducido por españoles, y desde entonces entrarán en territorio brasileño –cuando se dio la ocasión- para robar équidos en las haciendas y otra ganadería mayor.

Los “canoeiros” actuaron en corso a favor de los españoles en determinadas ocasiones, mientras que los indios “caballeros” suministraban productos agrícolas a los guerreros, y con el tiempo los indios chaqueños se extendieron más allá del Chaco, en Brasil (véase el concepto de frontera como resultado de oleadas de ocupación) como en la cuenca del río Cuiabá entre otras regiones.


[i] Ciertos indígenas del Chaco informaron a los españoles de un gran centro de metales preciosos, pero no podía tratarse de Potosí porque sus minas no se descubrieron hasta 1545.

[ii] Véase que varios años antes de la expedición de Pizarro, pero sin resultado conquistador alguno.

[iii] Real Academia de la Historia, dbe.rah.es/biografias/11895/domingo-martinez-de-irala

[iv] Natural de Barbuñales, en el centro de la actual provincia de Huesca.

[v] Nativos del Chaco argentino y otras regiones adyacentes.

[vi] No corresponden a denominaciones étnicas, sino a las establecidas por los conquistadores.