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domingo, 7 de mayo de 2023

Los gatos negros de Maud

 

La imagen que figura abajo es un óleo sobre tabla obra de Maud Lewis (1903-1970), una mujer humilde, azotada por la enfermedad y por la vida, que según todos los testimonios fiables supo afrontar con entereza y constancia. Se trata de una de esas personas que tienen claro lo que quieren: no una vida convencional, sino llevar a cabo aquello en lo que creen y, con todas las dificultades, nos ha dejado una obra primorosa.

Pintaba sobre las paredes de su humilde casa, en los cristales de las ventanas, sobre tablas que habían sido desechadas, y sus temas eran simples en cuanto a la temática, pero ella sabía combinar los elementos y los colores para darles una vida que no tendrían en la realidad, en la naturaleza. Sus campos con plantas que se repiten incesantemente, las casas coloreadas con una luz particular, los árboles y sus hojas de colores caprichosos, los animales y los cielos rojizos, las bahías y el relieve que las circundan en su Nueva Escocia natal, con su mar azulado y las casas de los pescadores. Estos eran sus temas, ingenuos se podría decir, pero con una aura poética inherente a todo lo sencillo, lo que carece de artificiosidad.

No le pidamos a Maud simbolismos ni visiones oníricas, no le pidamos un vanguardismo que en ocasiones se agota en sí mismo, sin más trascendencia. Veamos su obra con los ojos de quien está dispuesto a volver a lo natural, al colorido de los dibujos infantiles. Maud Lewis supo aplicar los colores y dar forma a las cosas que veía a su alrededor; la podemos imaginar con su carácter apacible dedicada a pintar aquí y allá, a dejarse llevar por la última sensación que percibió su retina.

Nueva Escocia, en el extremo oriental de Canadá, tiene un clima frío y húmedo, y como esas islas que parecen abandonadas por la civilización, conservaba –en época de Maud- los paisajes naturales y las casas sencillas de los parajes aislados, las gentes dedicadas a la pesca, a los trabajos artesanos y a reconstruir permanentemente sus aperos. Todo ello lo vivió Maud y lo plasmó en su obra, como si no quisiera que nada de lo que le rodeaba se escapase, ni la propia atmósfera envolvente.

Y a fuerza de ingenuidad, Maud idealiza su Nueva Escocia, la hace colorista y alegre, viva y optimista, como en su “Lago entre los bosques”, sus escenas costeras con gaviotas, sus gatos blancos, sus gatos negros (abajo) expresivos y dispuestos en un orden natural. Los niños jugando en un día nevado, el campesino arando los campos, el coche de los turistas desde el punto de vista de la vaca en primer plano, los patinadores sobre hielo, los bueyes uncidos, el tren doblando una curva, las rocas y los objetos domésticos; y sobre todo flores, vegetación, prados verdes, cielos luminosos en una tierra tantos días cubierta por las nubes.

Maud tuvo un reconocimiento tardío y luego póstumo. Su obra inspira la honradez y la falta de ambición que presidió su vida, lejos de los círculos del arte y del bullicio ciudadano.  

millerandmillerauctions.com



sábado, 18 de marzo de 2023

"La cosecha (paisaje bretón)"

 


Podría parecer que cuando Louis Anquetin pintó su “Avenida de Clichy, las cinco de la tarde”, tenía in mente a van Gogh y su obra “Terraza de café por la noche” (1888, óleo de 85 por 65 cm. que se encuentra en el Museo Kröller-Müller, en Otterlo, Holanda). Pero la obra de Anquetin es un óleo sobre lienzo de 69 por 54 cm. pintada un año antes (se encuentra en el Wadsvorth Atheneum de Hartford, Connecticut).

Luego vendrían los pintores que, inspirados en la obra de Anquetin, desarrollaron el cloisonismo[i], donde los colores planos, las siluetas, la falta de profundidad y la artificiosidad, constituyen un intento más de avanzar en el frenético devenir de la plástica desde el siglo XIX.

Anquetin nació en 1861 en Éntrépagny, al noroeste de París[ii], y en esta ciudad se formó conociendo a muchos artistas de los más diversos estilos de finales del siglo XIX, así como la pintura japonesa que había llegado a Europa. La obra seleccionada aquí, “La cosecha (paisaje bretón)”[iii], es precisamente donde mejor se nota la influencia de la estética japonesa, con la sencillez y delicadeza del tema a tratar. Es obra de Émile Bernard, nacido en Lille en 1868, que conoció a Louis Anquetín y a otros pintores del París de la época.

Las figuras del fondo son más pequeñas, lo que permite una idea de perspectiva, pero lo bidimensional es dominante, además de los contornos limitados por trazos firmes y los diversos cloisons determinados por sus colores correspondientes: el blanco y el negro de los ropajes y el fondo, el siena y ocre de las mieses. La obra inspira humildad y sencillez, lo callado de las labores campesinas que tan bien captaron los pintores de la escuela de Pont Aven[iv], pequeña localidad que, avanzado el siglo XIX, fue frecuentada por artistas, lo que les facilitó la observación de la sencilla vida en el campo, escuela a la que perteneció Émile Bernard.

Quizá influido por Gauguin, Bernard pintó sus “Mujeres bretonas en un prado”, obra también de 1888[v], donde las masas de color son más toscas, pero el tema es el mismo e incluso hay un personaje de rasgos orientales, quizá como tributo a las estampas japonesas que fueron conocidas por los pintores de esta época. La influencia de Seurat se nota en “Mujeres bretonas con sombrillas”, obra de 1892[vi], que puede compararse con la obra del pintor citado, “Tarde de domingo en la isla de Gran Jatte”, tanto por el tema como por la disposición de las figuras, sentadas y de pie con sombrillas, en el campo. Luego Bernard viajó a Egipto y allí vivió hasta 1904, pero moriría en París en 1941.

Otras obras suyas son el “Retrato de Père Tanguy”[vii] (1887) y “Madeleine en el bosque del amor” (1888), el primero en honor del animador del mismo nombre de los artistas innovadores, y el segundo para su hermana, que representa con los ojos abiertos en un bosque donde Bernard pintaba con frecuencia. La preponderancia de la joven en el paisaje, ocupando todo el primer plano, no resta lirismo a la composición, donde el agua del río, el verdor de la vegetación y el color negro de los troncos, enmarcan esta obra en el cloisonismo, pero podría ser que el pintor se inspirase en la “Ofelia”* del prerrafaelista Jonh Everett Millais, obra de 1852.


[i] Cloisons son compartimentos en los que se divide un objeto, delimitando aquellos mediante alambres de oro o plata. La imitación de esta técnica por parte de algunos pintores dio paso al cloisonismo.

[ii] Murió en París en 1932.

[iii] Obra de 1888; óleo sobre lienzo de 57 por 45 cm. que se encuentra en e Museo de Orsay, París.

[iv] En la costa suroeste de Bretaña.

[v] Óleo sobre lienzo de 74 por 92 cm. Luego se enemistaría con Gauguin.

[vi] Óleo sobre lienzo de 81 por 105 cm. en el Museo de Orsay, París. Fue uno de los últimos cuadros que Bernard pintó en Bretaña.

[vii] También fue retratado repetidamente por van Gogh.

* Noble danesa enamorada de Hamlet en la obra de Shakespeare.

viernes, 13 de enero de 2023

Bóeres en Chihuahua

 

                  Fotografía antigua de Chihuahua (m.facebook.com/groups/1188088568001341/)

Cuando estalló la segunda guerra anglo-bóer, Willem Snyman, residente en la colonia del Cabo, con algunos parientes y amigos se trasladaron al norte para unirse a las repúblicas bóeres, pero tras la guerra se refugió en Estados Unidos y tuvo ocasión de entrevistarse con el vicepresidente Teodoro Roosevelt, de ascendencia holandesa, que estuvo dispuesto a proporcionar asilo a los refugiados bóeres. Así fue en la poco poblada Texas y en el suroeste, pero Snyman estuvo interesado en el norte de México y emprendió viaje, en 1902, para comprar tierras más baratas que en Estados Unidos.

Llevaba una carta de Roosevelt para el presidente Porfirio Díaz, pero en la capital mexicana fue recibido por el secretario de Hacienda, el cual mostró interés por la colonización del norte después de la pérdida de más de la mitad del territorio mexicano en la guerra de 1846-1848; era una forma de garantizar que por parte de Estados Unidos no hubiese más pretensiones expansionistas. Un entusiasta del poblamiento del norte mexicano fue el ingeniero Roberto Gayol y Soto[i], que publicó un informe sobre la colonización de las zonas poco pobladas y la necesaria irrigación, haciendo ya alusión a la posibilidad de reclutar granjeros de Sudáfica, además de otros países europeos.

Por su parte, Snyman se fijó en algunos terrenos en las cercanías de Santa Rosalía[ii] (Chihuahua), que consideró aptos para el cultivo y pastos, encontrando parecido con las tierras que conocía en Sudáfrica. Otro pionero, Viljoen, había avistado terrenos en Nueva Inglaterra y el oeste de Estados Unidos, y a comienzos de 1903 se reunió con Snyman en El Paso, Texas, para emprender juntos otro viaje a México, logrando entrevistarse con el presidente Porfirio Díaz, el cual les invitó a que visitaran unos terrenos baldíos que pertenecían al Estado en el valle del Yaqui, Sonora, y cuando aquellos visitaron los terrenos se quedaron impresionados del clima y el tipo de suelo, así como de la hospitalidad de los sonorenses, pero veían una dificultad en la abundancia de bosques, lo que implicaba la necesidad de invertir una gran cantidad de dinero que no tenían.

Intentaron entonces obtener dinero en Estados Unidos dando conferencias sobre los bóeres, y Viljoen obtuvo ganancias por la publicación de dos libros sobre su participación en la segunda guerra anglo-bóer. A finales de 1903 los bóeres de Viljoen firmaron un contrato de colonización con el gobierno mexicano, el cual les dio un crédito para la compra de más de 33.000 hectáreas en la ex hacienda Santa Rosalía (Chihuahua), un punto cercano a la confluencia de los ríos Conchos y San Pedro. Snyman también obtuvo un crédito bancario hipotecando la hacienda, quedando comprometido, además, a traer un mínimo de 500 personas en un plazo de tres años. Así empezaron a llegar bóeres que fueron exentos de la mayor parte de los impuestos durante diez años, pudiendo importar herramientas agrícolas sin pagar aranceles. También estuvieron exentos del servicio militar, a menos que México fuera invadido (estaba en la memoria la guerra con Estados Unidos en 1846).

En cuanto a la nacionalidad, una ley les invitaba a alegir la que deseasen, pero se esperaba que fuesen aceptando la mexicana, y así fueron llegando bóeres en ferrocarril desde El Paso, después de haber adquirido cada familia herramientas agrícolas, tiros de caballos y una vaca. Los bóeres se quedaron con los trabajadores que lo habían sido de la hacienda Santa Rosalía y todo parecía ir sobre ruedas, pero las dificultades de un idioma ajeno les alejó del resto de la población durante algún tiempo, lo que no afectó a todos, pues algunos bóeres hablaban varios idiomas. Después de unos meses los terrenos estaban listos para la siembra de trigo, y durante los meses de mal tiempo se construían y mantenían casas, establos y corrales. Las mujeres cultivaban jardines y campos de verduras, así como daban de comer a las aves de corral, tejían en sus ratos libres y quizá llevaban la administración de la granja, sobre todo cuando los hombres estaban de viaje.

Así fueron llegando más familias que se incorporaron a la colonia, y Viljoen, que había regresado de Sudáfrica, trajo con él diez familias bóeres, y la primera cosecha de trigo fue abundante: la colonia prosperaba pero Viljoen quiso buscar otros terrenos y viajó hasta El Paso, comprando, a finales de 1906, dos parcelas en las cercanías de Chamberino[iii], pues las tierras de su familia se habían inundado por un desbordamiento de los ríos Conchos y San Pedro como consecuencia de unas fuertes lluevias. Otros colonos también se vieron obligados a abandonar sus terrenos y se mudaron a las zonas mineras de Chihuahua en busca de empleo.

Hubo otros problemas, como no poder hacer frente a los pagos de los préstamos recibidos, y el hecho de que muchos de los bóeres no estuviesen dispuestos a adoptar la nacionalidad mexicana daba a entender que no se quedarían más tarde o más temprano; esto no interesaba al gobierno mexicano. Aún así, en 1908 más de 20 familias bóeres se encontraban establecidas en la colonia de Chamberino, a los dos lados de la frontera. Snyman y su familia permanecieron en Chihahua (rancho La Regina, que había comprado). En otro orden de cosas se había desarrollado la red ferroviaria en la zona y los colonos de un lado y otro podían viajar, lo que facilitó que los bóeres siguiesen con una costumbre adquirida en Sudáfrica, casarse entre sí, aún no siendo todos del mismo grupo étnico.

Viljoen y otros colonos bóeres del valle de La Mesilla (extremo oeste del estado de Texas) se convirtieron en prósperos granjeros y ganaderos, principalmente debido a una eficaz técnica de riego, e incluso Viljoen ocupó cargos públicos en Nuevo México: administrador de correos de Chamberino, presidente del Western Mesilla Valley Farmer’s Unión y coronel de la Guardia Nacional. Otros grupos también llegaron para instalarse como colonos en Chihuahua y los estados próximos en el país del norte, pero el plan colonizador no fue exitoso en líneas generales, ya que a pocos años de haber sido fundada, la colonia chihahuense comenzó a fragmentarse por la decisión de Viljoen de establecer otra colonia al otro lado de la frontera: de nuevo se habían inundado los terrenos por las crecidas de los ríos, a lo que hay que añadir el no poder quedarse como propietarios si no se naturalizaban mexicanos, y es que históricamente los bóeres habían sido un pueblo migrante, acostumbrado a ir de un lugar a otro[iv]. ¿Qué razones habría para que no volviese a ocurrir lo mismo?

Aquellos bóeres que se habían asentado hacía tiempo en Sudáfrica vieron aparecer en el Cabo de Buena Esperanza a los primeros británicos para colonizar el territorio cuando alboreaba el siglo XIX; muchos emigraron entonces a los territorios anexos del norte; décadas más tarde atravesaron los ríos Orange y Vaal, cruzaron la sierra Drakensberg y se asentaron en la zona costera de Natal. Desde ese momento tuvieron contacto con los pueblos indígenas (zulúes) e intentaron establecer repúblicas independientes, enfrentándose a los británicos en Congella hasta que estos anexionaron Natal; de nuevo fueron derrotados los bóeres en Boomplaatz cuando mediaba el siglo.

Los bóeres llegaron a formar dos repúblicas independientes (Orange y Transvaal), lo que contribuyó a considerarse un pueblo integrado. Allí trabajaron, practicaron su calvinismo traído de Europa, establecieron escuelas para niños y escucharon los sermones de los predicadores. En torno al río Vaal se descubrieron diamantes que despertaron el interés de los ingleses, pero también produjo la división en facciones de los bóeres. En 1880 estalló la primera guerra anglo-bóer con victoria para los segundos y se descubrió oro en Transvaal, lo que alarmó al líder Paulus Kruger. Estalló la segunda guerra anglo-bóer en 1899, ahora favorable a los primeros, pero los segundos no aceptaron la derrota y empezaron una guerra de guerrillas: los presos hechos por los ingleses fueron llevados a Santa Elena, Bermudas, Ceilán e India... otros fueron desplazados a Angola, Zambia, Kenia y Rodesia. Bóeres ricos y bóeres pobres, muchos privados de poseer tierras, sequías prolongadas…y esto llevó a algunos a emigrar a América.



[i] 1857-1936. Miembro de la “generación de los científicos”, destacó en obras de drenaje de los suelos.

[ii] Hay otra población con el mismo nombre en la baja California.

[iii] En el extremo sur de Nuevo México, muy cerca de la frontera mexicana.

[iv] Taylor, Lawrence Douglas, “La colonización bóer en Chihuahua y el suroeste de Estados Unidos…”. En esta obra está basado el presente resumen.

sábado, 24 de septiembre de 2022

El barranco de Babi Yar

 

Sergi Leznitsa, director de cine ucraniano, ha hecho una recopilación fotográfica y fílmica de primera importancia para reconstruir las atrocidades cometidas por los nazis desde el verano de 1941, primero en la parte oeste del país y luego en Kiev y en Jarkov, entre otras zonas[i]. Los filmes y las fotografías fueron obtenidos por los servicios de propaganda nazis, y desde 1943 por los soviéticos. Los ucranianos, que habían sufrido la hambruna y la inmisericorde opresión del estalinismo, caían ahora en manos de los nazis para volver más tarde a la situación de origen.

El 22 de junio de 1941 los blindados nazis entraron por la frontera oeste de Ucrania rumbo a Leópolis, una importante ciudad (hoy lo es más) de la histórica Galitzia, incorporando el territorio de su jurisdicción a la administración polaca, en manos de los nazis desde casi dos años antes[ii].

Jinetes, tanques, motoristas militares, camiones y cañones avanzaron por la geografía poniente de Ucrania arrasándolo todo: las aldeas fueron incendiadas, los campesinos apresados, asesinados si ofrecían la mínima resistencia, las vías de comunicación ocupadas, la ciudad de Leópolis no ofreció resistencia alguna; muy al contrario, no fueron pocos los que, apostados en las aceras de las calles, vitorearon al invasor nazi, luciendo galas regionales las jóvenes, aplaudiendo el gentío que, obviamente, no constituía el total de la población. Quizá los nazis fueron vistos como libertadores de la dictadura estalinista; se derribaron los retratos de Stalin y de Molotov, se pusieron grandes retratos de Hitler en las ventanas de los tranvías, en los edificios públicos, proliferaron las esvásticas, las señales de la ciudad, en alfabeto cirílico, fueron sustituidas por el alemán.

En aquel verano ucraniano, mientras los campos cultivados ardían, algunas explosiones en edificios notables de Leópolis, posiblemente obra de los nazis, fueron excusa para fusilar a los sospechosos o a los más significados colaboradores de la república soviética. Los lanzallamas hicieron su trabajo, la aviación filmó el aspecto desolado de la ciudad, atenazada por el miedo de una guerra de la que ya se sabía el horror en los últimos meses.

Los habitantes de Kiev, la capital política de la república soviética, se aprestaron a cavar fosos, con la tierra llenaron cientos de sacos que amontonaron a modo de empalizadas, construyeron paredones de madera para proteger su artillería… La ciudad presentaba un aspecto cetrino mientras las columnas nazis avanzaban sin resistencia. Inútil: los nazis se hicieron con Kiev y los impecables oficiales fascistas salieron sonrientes a los balcones y a las tribunas para saludar a la población. Repartieron credenciales a los habitantes que aceptaron el nuevo sometimiento que se imponía; sonreían unos y otros ante su suerte, salvadas por el momento sus vidas.

Pronto empezaron los cánticos nazis y las celebraciones en los foros públicos, las primeras órdenes, las detenciones de judíos, los desfiles por las calles, los acordes militares, los empujones y los abusos. Mujeres y hombres desnudos, niños asustados, madres apretujadas intentando encontrar unas en las otras la esperanza que les faltaba. ¿Qué se estaba viviendo? ¿Eran los nazis libertadores?

Entre el 29 y 30 se septiembre de 1941, poco más de tres meses después del cruce de la frontera, un “Sonderkomando” nazi, con la ayuda de dos batallones del Regimiento de la Policía del Sur y de la Policía Auxiliar de Ucrania (hasta ese momento al servicio del régimen soviético) fusiló a 33.771 judíos en un barranco llamado Babi Yar, al noroeste de la ciudad de Kiev, hoy ocupado por la trama urbana.

Se entró en las casas, se hicieron llamamientos para el personamiento de los judíos, se amenazó convenientemente: debían ir con ropa de abrigo, con alimentos y con sus bienes más preciados, de lo contrario… La comunidad judía se plegó ante la fuerza del enemigo y en aquellos dos días y sus noches fueron tiroteados con cadencia criminal y certera (un soldado testificaría, en 1946, que a él le correspondió fusilar a 120).

El barranco, tal y como se muestra en el film, es casi una gran depresión en medio de una meseta cortada. Allí fueron cayendo miles de judíos (y quizá algunos que no lo eran; hablemos desde ahora de seres humanos). Una madre, junto a otras, fue tiroteada pero las balas alcanzaron solo a su hijito, que llevaba en brazos. Ella se desmayó y quedó varias horas quieta hasta que pudo escapar, aprovechando la noche, para contarlo. Otros testigos han aportado, en un juicio que se produjo bajo control soviético en 1946, narraciones espeluznantes, escenas dantescas, horrores sin cuento.

Mientras tanto el avance de los nazis seguía hacia el Este del país; los servicios de propaganda lo filmaban todo para mostrarlo a los altos mandos anexos al Führer: ¡qué eficacia en el cumplimento de las ódenes, qué poderío, que lustre el de los oficiales, que aguerrida la tropa! Es para estar orgullosos de que toda la atrocidad pensada fuese siendo superada en el campo de batalla. Da igual si la población es civil o militar; lo importante es que cae sometida ante el armamento alemán.

Los que no murieron en el barranco de Babi Yar fueron rodeados por las moscas, ávidas de las pústulas, medio cubiertos por el barro, apenas reconocidos por sus familiares, temerosos de encontrar a uno de los suyos. Otros huyeron sin suerte, otros colaboraron mezquinamente, pero tenían un miedo atroz, tenían todo menos lo que un ser humano libre tiene. Aquellos miles de aldeanos, de empleados, de carpinteros, médicos, hojalateros, tenderos, obreros de la construcción, empleados de los servicios públicos, ferroviarios, peleteros, zapateros, enfermeros, madres, hijos mozos, niños con la mirada triste y el semblante sucio y desconsolado. Miles de muertos además de los que fueron cayendo en el barranco de Babi Yar.

El barranco de Babi Yar: en 1952 las autoridades locales ordenaron llenarlo de escombros dejando más sepultados aún aquellos cuerpos descarnados. ¿No tuvieron el valor moral de exhumarlos? ¿No tuvieron esperanza de que les fuese permitido por las autoridades soviéticas? Crímenes y más crímenes, vileza y más vileza; una naturaleza humana caída en la máxima depravación imaginable. En el film de Leznitsa se ve la miseria de unos y la miseria de otros, se ve la ignominia, el horror, la humillación infinita, la soberbia infinita.


[i] “Babi Yar. Contex”

[ii] Leópolis había sido ocupada por los soviéticos en 1939, en “virtud” del pacto germano-soviético para repartirse Polonia, a finales de junio de 1941 cayó en manos de los nazis, en el verano de 1944 volvió al control soviético.

lunes, 21 de junio de 2021

Cara y cruz del PNV ante la guerra de 1936

 

A principios de octubre de 1936, por lo tanto ya empezada la guerra de España y nombrado Franco como principal dirigente del Estado, F. Javier Landáburu[i] y Manuel de Ibarrondo[ii] se dirigieron por carta a José Antonio Aguirre en la que le comunicaron lo acordado con jefes militares complicados en el levantamiento contra la II República. En dicha carta dicen estar preocupados por la suerte de Vizcaya y Guipúzcoa (Álava estaba en manos de los sublevados) ya que los militares “se extrañan de que los nacionalistas de ahí estéis de la mano de los rojos, cuando tantas cosas sagradas y fundamentales nos separan de ellos[iii].

Siguen diciendo en la carta que los militares precisan tomar por las armas las dos provincias vascas que aún no estaban en su poder, por lo que “para evitar que vaya derramándose tanta sangre en nuestro País (sic), nos han dicho que si los nacionalistas de ahí os limitáis, mientras ahí manden los rojos, a ser guardadores de edificios y de personas, si no tomáis las armas contra el Ejército, seréis respetados cuando el Ejército se apodere de esa zona”. Siguen diciendo cual creen los autores de la carta debe ser el papel “que a los nacionalistas cuadra”, añadiendo que siempre han sido defensores del orden y de los valores espirituales y materiales “y nuestra doctrina cristiana y democrática nos obliga inflexiblemente a ello”.

Hacen luego recordatorio de las guerras civiles que en el siglo XIX sangraron al País Vasco, considerando que “todavía no se han cerrado del todo las heridas”, en alusión a la existencia de carlistas que estaban comprometidos con el general Franco, sobre todo los de Navarra. Dicen que el envío de la carta es a costa de muchos peligros, pues “hoy podemos interceder por vosotros; después de que las tropas entren ahí, nuestra defensa sería tardía”.

Con la misma fecha los citados Landáburu e Ibarrondo dirigieron una carta a Telesforo de Monzón comunicándole el resultado de sus entrevistas con los jefes militares. Empiezan diciendo que no pueden apartar de la mente la catástrofe que se cierne sobre Guipúzcoa que, “según se dice, tantas víctimas va causando”. Dicen que esta preocupación es compartida por los jefes militares, y luego se confiesan “instrumentos de esos anhelos de pacificación”, refiriéndose a los jefes del ejército como “hombres respetables”.

Telesforo de Monzón[iv] fue diputado del PNV en 1933 y participó en el Estatuto vasco de 1936. Durante la guerra civil desempeñó la cartera de Gobernación y Defensa del Gobierno Autónomo vasco pero en los años cincuenta se separó del PNV y se relacionó con ETA, ayudando en Francia a refugiados políticos españoles huidos a dicho país. En 1977 regresó a España y fue elegido diputado a Cortes, cargo que desempeñó solo un año al ser elegido miembro del Parlamento vasco en las candidaturas de Herri Batasuna, organización de la que había sido fundador.

¿Cómo es posible que los nacionalistas de Guipúzcoa estuviesen junto a los extremistas contra el Ejército? -se preguntaban Landáburu e Ibarrondo- añadiendo que habían estado celebrando conferencias con las autoridades militares de Vitoria “y estos señores nos dicen que si los nacionalistas vascos de Guipúzcoa os limitáis…” (en el mismo sentido de la carta dirigida a Aguirre, reconociendo que las represalias, de no plegarse a los levantados, serían terribles). Landáburu e Ibarrondo se refieren a la situación en Vizcaya y Guipúzcoa como el “imperio de los rojos”.

Ya en agosto de 1936 el obispo Mateo Múgica había firmado, junto con el obispo de Pamplona Marcelino Olaechea, una “Instrucción pastoral” redactada por el cardenal Gomá sobre la colaboración de los nacionalistas vascos con las fuerzas del Frente Popular, a las que consideraban anticristianas.

Por su parte Aguirre, que había sido elegido Presidente del Gobierno provisional del País Vasco, consiguió escapar a Francia cuando la zona norte de España fue tomada por los sublevados (entre junio y septiembre de 1937).

De todas formas José Andrés-Gallego y Antón M. Pazos, en una nota de su obra citada abajo, señalan que el día 7 de agosto Luis de Alava y Alberto Ruiz de Angoitia comunicaron que el PNV había decidido oponerse a los “invasores de su país”[v].

(Fotografía de euskonews.eus/0332zbk/gaia33209es.html).

[i] 1907-1963. Participó en la redacción de lo que se conoció como Estatuto de Estella (autonomía para el País Vasco). Diputado en el Congreso, fue detenido por las autoridades sublevadas pero puesto en libertad porque se había mostrado contrario a que el Partido Nacionalista Vasco apoyase al Frente Popular. A mediados de 1937, cuando ya las tres provincias vascas habían caído en manos de los sublevados, pudo huir a Francia.

[ii] Fue Presidente del Araba Buru Batzar desde 1935 y colaborador de Landáburu, con el que escribió “Cartilla Foral de Araba” en 1920.

[iii] José Andrés-Gallego y Antón M. Pazos, “Documentos de la Guerra Civil”.

[iv] Cuando ETA secuestró en 1970 al cónsul de la RFA en San Sebastián, Monzón ejerció como mediador del secuestro y en los años siguientes se mostró partidario del terrorismo etarra. Al mismo tiempo no tuvo inconveniente en participar en las instituciones democráticas tras la muerte del general Franco.

[v] José Andrés-Gallego y Antón M. Pazos citan a Fernando de Meer en su obra “El Partido Nacionalista Vasco ante la guerra de España…”.

viernes, 18 de junio de 2021

Una carta reveladora

 


José Andrés-Gallego y Antón M. Pazos han estudiado los documentos que forman el Archivo del Cardenal Gomá[i] –antes lo han hecho otros con menor extensión- y ponen de manifiesto el conflicto que dicho cardenal mantuvo con Vidal i Barraquer.

Desde antes que Gomá fuese nombrado Arzobispo de Toledo –dicen los autores citados- había una corriente encabezada por el Cardenal Vidal i Barraquer que pretendía acabar con algunos de los privilegios que tenía el Primado de Toledo. Gomá tuvo enfrentamientos con Barraquer y estuvo aconsejado por el Cardenal Segura[ii]. Un testimonio significativo de los roces que mantenía Gomá con Barraquer es lo que aquel dice en una carta enviada el 1 de febrero de 1936 a su amigo el jesuita W. Ledóchowscki[iii].

Se queja Gomá al jesuita austriaco diciéndole que no debe desconocer “la forma precisa, categórica, con que la bondad de nuestro Santísimo Padre se dignó concretar las atribuciones del Arzobispo de Toledo…”. Le recuerda que el papa le había hablado de los derechos primaciales de la Sede toledana, que nunca había querido modificar dichos derechos y, con respecto a la Acción Católica, recordó a San Cipriano[iv]. También dice que el papa había escrito al Nuncio en España dándole instrucciones coincidentes con lo arriba indicado.

Pero el Nuncio nada le dijo a Gomá de esta carta del papa, teniendo que insinuarle varias veces la situación “difícil” en la que se encontraba. La respuesta del diplomático fue que esperara y –según dice Gomá- “estuvo conmigo algo más que inconveniente”. El cardenal también dice conocer confidencialmente que el Nuncio había escrito a la Secretaría de Estado en sentido “poco favorable a mis derechos”.

Mientras tanto –sigue hablando Gomá- el Cardenal de Tarragona pidió a los Metropolitanos, “incluso a mí”, los datos económicos de las diócesis en orden a las futuras Conferencias de Metropolitanos, y algo que parece molestar al primado es la carta que Barraquer había dirigido al Jefe del Gobierno, Azaña, protestando por los atentados que se estaban cometiendo “contra la religión, como Cardenal más antiguo”. A Gomá le parecen estas cosas insidias que duran ya varios años y que atentarían “contra los derechos primaciales de esta gloriosa Sede”.

Al primado le interesa, ante todo, garantizar la dirección de las cosas eclesiásticas en España y ve que la concordancia ente la Nunciatura y Tarragona le expone a una desautorización “funesta para mi prestigio y para los derechos de esta Sede”. Ve Gomá una dualidad de direcciones en momentos que considera gravísimos para la Iglesia en España, además de por las orientaciones distintas que podrían darse en el orden religioso. Es reveladora su expresión de que “el simple hecho de que desde la ‘región’, que contra el sentir general del pueblo español ha logrado la autonomía política, se orientarán, en el sentido que fuese, las cosas de la ‘nación’, y ello con mengua de una institución secular y querida de los españoles como es la primacía de Toledo…”.

Sigue luego acusando al Nuncio de que con el pretexto de los abusos de la Primacía por parte de su antecesor (Pedro Segura) era reacio a atenderle. A Gomá le preocupaban dos cosas en vísperas de la guerra que no podía adivinar pero que tendría noticia de los movimientos militares preparativos: en primer lugar no perder el poder que le permitiese –como así fue- apoyar a un régimen distinto al establecido en España en esos momentos; luego sería representante oficioso del papa ante Franco. La otra es contrarrestar todo lo posible la influencia de Barraquer a quien parece ver como el que podría dirigir las cuestiones eclesiásticas y religiosas desde una Cataluña que no le gusta a Gomá con el régimen de autonomía alcanzado desde 1932.



[i] “Documentos de la Guerra Civil”.

[ii] Puede verse en cualquier fuente lo conflictivo de este eclesiástico tanto en un régimen político como en otro, así como la particular forma de concebir su acción pública.

[iii] Austriaco e hijo de un conde, su familia estuvo muy relacionada con la Iglesia y con el ejército. Estudió en Viena y sirvió a la emperatriz Isabel de Baviera, por lo que estas experiencias debieron marcar su personalidad.

[iv] Fue obispo de Cartago en el siglo III y no parece haber relación alguna con la Acción Católica del siglo XX.

En la fotografía G. Pizzardo, segundo de la diplomacia vaticana en la época de la carta estudiada.

viernes, 21 de mayo de 2021

Un crimen en Villanueva del Fresno

 

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Aunque durante mucho tiempo se ha considerado al militar Humberto Delgado un representante de la lucha contra el salazarismo portugués, lo cierto es que no solamente colaboró con él desde puestos de alta responsabilidad sino que fue partidario del régimen nazi. Solo el aislamiento de los puestos que ambicionaba por parte del todopoderoso Salazar le llevaron a oponerse a la dictadura, pero no como resultado de un convencimiento ideológico, sino por despecho.

Ya con veinte años participó en el golpe de estado que convirtió a Portugal en una dictadura camino del “Estado Novo”. Como en las elecciones presidenciales de 1958 fue preterido por el régimen a favor de Américo Tomás, hizo un llamamiento para que los militares se levantasen en armas: todo lo contrario a un demócrata. Entonces sí, se convirtió en un acérrimo antisalazarista pero fue traicionado y asesinado en la localidad española de Villanueva del Fresno, al sudoeste de la provincia de Badajoz.

Desde que entra en vigor la Constitución portuguesa de 1933[i], un año después de que Oliveira Salazar fuese nombrado primer ministro, el sistema, sin embargo, es pseudoconstitucional, muy parecido a los fascismos europeos del momento; la sociedad quedaba organizada corporativamente y el Estado no reconocía tanto libertades individuales sino que respondía a grupos de intereses. El primer ministro era nombrado por el Presidente de la República pero este no tenía poder real al ser “irresponsable” por sus actos políticos, por lo que quien verdaderamente detentaba el poder era el primer ministro (hasta 1968 Oliveira Salazar).

Ya en las elecciones de 1951, con la elección de Craveiro Lópes como Presidente de la República, se inicia un distanciamiento entre este y Salazar, pues Craveiro no aceptaba ser una comparsa del régimen. Esto llevará a que en el año 1958, cuando haya que elegir de nuevo a un Jefe del Estado, Craveiro no sea ya el elegido por las instancias del poder real, sino Américo Tomás, que terminará sus días políticos con el triunfo de la “revolución de los claveles” en abril de 1974.

Lo cierto es que Portugal mantenia una guerra colonial que sufrían, en distinto grado, los soldados metropolitanos, los jefes y oficiales del ejército, los nativos de las colonias, principalmente Angola, Mozambique y Guinea Bissau y otro personal funcionario. Salazar defendía la permanencia del estado colonial pues era consciente de que sin las posesiones de ultramar Portugal quedaba reducido a un pequeño país sin relevancia en el mundo (ignoraba las posibilidades que le daría la integración en la Unión Europea).

En 1958, además del candidato del régimen, dos personajes más compiten por la Presidencia de la República: Humberto Delgado y Arlindo Pires Vicente, este sí verdadero antifascista que fue animado por grupos socialistas y comunistas. A la postre se retiraría para favorecer la candidatura de Delgado, que obtuvo el 25% de los votos desafiando por primera vez al poder de Salazar. Pero al comenzar el año 1959 Delgado tuvo que exiliarse en Brasil, desde donde participó en varios intentos infructuosos, como el fracasado de Beja en 1962[ii].

Los destinos internacionales que tuvo Delgado, particularmente en Estados Unidos, quizá le llevaron a considerar que una dictadura no tenía sentido y era injusta, pero su dilatado pasado de colaboracionista no era el mejor pasaporte para ser creíble por los demócratas. Fernando Cortés señala que el régimen salazarista determinó su condena a muerte; a principios de 1965 Delgado fue engañado por miembros de la PIDE, la policía política del régimen portugués y, junto a su secretaria, la brasileña Arajaryr Campos, fueron asesinados entre Olivenza y Villanueva del Fresno (Badajoz).

Sus cuerpos, para mayor escarnio, fueron llevados a las proximidades de esta última localidad y enterrados malamente con cal viva. Otros autores han estudiado este asesinato y el juicio que mereció en España[iii], además de la conexión italiana en el crimen[iv]. Pero Fernando Cortés no se detiene en el caso Delgado, citando otros crímenes de la dictadura portuguesa entre los que destaca la tortura y muerte de Germano Vidigal (Montemor-o-Novo) en 1945, el asesinato de José António Patuleia (Vila Viçosa) en 1947, el de Alfredo Lima  (Alpiarça) en 1950, el de la campesina Catarina Eufémia en 1954 (Baleizâo, Bajo Alentejo), el de José Adelino dos Santos, jornalero de Montemor-o-Novo en 1958, los de António Dângio y Francisco Madeira, de Aljustrel, en 1962…


[i] Fernando Cortés, “Congreso Internacional sobre el asesinato del general Humberto Delgado”.

[ii] lidadornoticias.pt/es/beja-assalto-ao-quartel-foi-ha-58-anos-intentona-de-beja-o-25-de-abril-adiado/

[iii] Juan Carlos Jiménez Redondo.

[iv] Umberto Berlenghini.

miércoles, 19 de mayo de 2021

Pueblos blancos extremeños

 


Desde Villafranca de los Barros, en el centro de la provincia de Badajoz, se llega, en dirección sur, a Los Santos de Maimona, y muy cerca se encuentra Zafra. Más al sur está el pueblo natal de Zurbarán, Fuente de Cantos, y siguiendo en la misma dirección encontramos Montemolín y Monesterio. El dominio es de relieves ondulados y planicies, aunque nos encontramos con dos sierras, en el interior de la provincia la de Hornachos y en el límite con la de Córdoba, la del Pedroche. Al sur la Sierra Morena, que separa a Extremadura de Andalucía

Hornachos habrá dado su nombre a la sierra central de la provincia de Badajoz, levantándose sobre la planicie circundante por donde corren los ríos Matachel y Guadámez, que nacen en las estribaciones de Sierra Morena y discurren hasta el Guadiana en dirección norte, dejando entre ambos la citada sierra de Hornachos. El paisaje es mediterráneo, con matorrales predominantes.

Por Villafranca de los Barros discurren los ríos Pendelías y Valdequemao, convergiendo entre ellos. Parece que es ciudad desde 1877, y tiene una iglesia con una fachada gótica y, en ella, un arco carpanel. En el interior destaca un abigarrado retablo de esos que han tapado tantas cabeceras de las iglesias. Villafranca cuenta con un Museo histórico y etnográfico aprovechando un edificio señorial del siglo XVIII, con una portada clasicista. Dentro vemos cerámica romana, miliarios, alguna escultura en bronce de la misma época, la recreación de una villa romana, monedas y así hasta objetos del siglo XX. También cuenta con fondos de la prehistoria, habiendo sido el solar de Villafranca lugar de una mansio romana.

Hacia el sur llegamos a Los Santos de Maimona, donde se puede ver un molino de aceitunas, y en Zafra destaca el palacio de los Duques de Feria, hoy convertido en Parador para turistas. Siempre hacia el sur está Fuente de Cantos y Montemolín. En esta población hay dos calles que, siendo paralelas, convergen a las afueras del pueblo camino de Fuente de Cantos. Otra calle, al norte, es casi recta, separando el caserío de los campos circundantes. Montemolín cuenta con una alta iglesia donde se ha empleado el ladrillo para alguna de sus partes, con doble espadaña y gárgolas de piedra. Alrededor se extienden los campos de trigo y dentro del pueblo encontramos una famosa corrala de comedias.

Monesterio tiene un Museo del jamón, honor que le hace el tener una de las cabañas porcinas más afamadas. Son cerdos negros que pelan las bellotas al comerlas, dejando fuera la cáscara y distinguiendo las amargas de las dulces. El paisaje es de dehesas con bosques claros, y en ellas se da la ganadería extensiva de la que se obtienen jamones de calidad superior. Las casas de estos pueblos están encaladas para combatir el calor de no pocos meses al año. 

(Arriba, dehesa extremeña: fotografía de elmundo.es/viajes/espana).

viernes, 15 de enero de 2021

Contra liberalismo y socialismo

 

Si el nivel intelectual de las autoridades eclesiásticas españolas, durante el régimen del general Franco, fuese igual que el de los casos estudiados por Mónica Moreno Seco, éste sería bajísimo, con un desconocimiento casi absoluto de lo que los partidos demócrata-cristianos europeos hacían, así como el clero de otros países.

La autora citada estudia[i] los casos de tres obispos de Orihuela y otro que lo fue de León, centrándose entre los años 1939 y 1959. Los cuatro se enmarcan en lo que se ha llamado nacional-catolicismo, defensores de una Iglesia jerarquizada e igualmente la sociedad, identificando patria y religión en algunos casos y con críticas a lo que, desde finales del siglo XIX, se ha llamado modernidad.

La autora detecta una inadaptación evidente a la sociedad que, aunque amordazada, es cambiante, como lo demuestran los propios eclesiásticos elegidos cuando hablan de lo que consideran vicios e inmoralidades. Los escritos pastorales que produjeron, como es costumbre, fueron leídos en todas las parroquias, pretendiendo con ello extender al resto del clero y a los fieles su pensamiento.

Algunos abordaron la cuestión social de forma muy abstracta, pretendiendo separarse tanto del capitalismo como del socialismo, y preconizando un sistema que no existe sino teóricamente, con alusiones a la “fraternidad” que debe existir entre patronos y obreros. Un aspecto en el que hicieron hincapié fue el de la indisoluble unidad entre España y catolicismo, ignorando a minorías que no eran católicas o no concebían dicha religión de la misma forma. Así, la lucha contra el paganismo y el indiferentismo, en palabras de los propios obispos seleccionados, fue una constante, e igualmente contra el laicismo y la política educativa de la II República, sin distinción entre los diversos gobiernos durante dicho régimen.

Como en tiempos anteriores, sus escritos hacen alusión continuamente a los “derechos de la Iglesia, entrando en contradicciones cuando se adhieren al régimen de Franco pero denuncian la relajación de costumbres que ven en la sociedad de dicho régimen. Consideran al pueblo español "entero" cuando se levantó contra la República, ignorando a propósito la radical división de la sociedad española que no nació en la II República.

El obispo que ocupó la sede de Orihuela entre 1923 y 1943 fue Javier Irastorza Loinaz, que había nacido en San Sebastián en 1875. Sus escritos están llenos de alusiones a “la gran España, la gran misionera de la fe y de la civilización que iluminó con sus resplandores toda la Tierra”. Son frases huecas que no se corresponden con la realidad, pues en la historia de España, como en la de cualquier otro país, hay claros y obscuros, crímenes y hechos heroicos. Su exacerbado anticomunismo estuvo muy en consonancia con el del régimen establecido a partir de la guerra civil, atribuyendo a los sacerdotes el papel de mitigar “los ardores rebeldes en las luchas sociales”, ignorando que muchos sacerdotes alimentaron el odio entre españoles no solo durante la reciente guerra sino en siglos anteriores.

“Sin Sacerdote no hay Religión”, dice en otro momento, considerando a aquel la garantía de la moral y de la paz social. La religiosidad interior que los seres humanos han cultivado a lo largo de los siglos no existe para el obispo Irastorza, que dio gran importancia a la enseñanza religiosa y consideró la guerra civil como “cruzada”. Alabó al régimen de Franco, al que atribuyó el mérito de eliminar los odios y prejuicios contra la Religión (con mayúscula).

En cuanto a la Acción Católica por él alentada en su diócesis, fue instrumento para la recuperación del poder eclesiástico colaborador con el régimen de Franco y legitimador del mismo, borrando el “estigma de rojez”. La teoría de la armonía entre las clases sociales proviene del pontificado de León XIII, pero luego lo harán suyo los regímenes fascistas, que no reconocerán sino la unión de todos en beneficio del Estado, y entra en contradicciones cuando, al mismo tiempo que denuncia la relajación moral de la sociedad, elogia los “sentimientos cristianos, tan profundamente arraigados, a través de los siglos”.

Luis Almarcha Hernández sustituyó en numerosas ocasiones a Irastorza, preocupado aquel por el apostolado social. Nacido en 1887 en La Murada, próxima a Orihuela, llevó a cabo diversas obras sociales católicas, como una Casa Social, las Cajas Rurales Católicas, la cooperativa de Sedas Orihuela, la Federación de Sindicatos Agrícolas Católicos, etc. En 1944 fue nombrado obispo de León, y luego fue procurador en Cortes y miembro de varios organismos oficiales: no pudo colaborar más con el régimen.

Almarcha criticó al liberalismo, pero no hizo distinción entre el político y el económico (no a las libertades básicas, no al sufragio, no a la igualdad entre hombre y mujer), y demostró una evidente añoranza del pasado (en palabras de Mónica Moreno). En la práctica legitimó el orden económico del franquismo que, con el sindicalismo vertical, aplicaba la doctrina de la “armonía social”.

La Iglesia –dice- no acepta la concentración del capital en pocas manos (pero la Iglesia es una de las acaparadoras de dicho capital desde hacía siglos, añadimos) y habla del “esfuerzo viril” de los pobres contra los poderosos. ¿Dónde está la armonía social? Almarcha es partidario de superar la libre competencia  y la lucha de clases; el cómo ya es algo que queda en los arcanos. Mostró cierta preferencia por el campo, atacó a la sociedad moderna y al socialismo, siendo partidario de una organización del trabajo cooperativo, algo que intentó poner el práctica como se ha dicho.

José García Goldáraz fue obispo de Orihuela entre 1944 y 1954[ii], nacido en Hernani en 1893. Según la autora a la que sigo tuvo una visión menos apocalíptica de la guerra civil, pero se inscribió en el nacional-catolicismo con otros muchos, aportando una novedad para su época, que los fieles también formaban parte de la Iglesia, como poco después reconocería el Concilio Vaticano II.

En la línea de exageraciones producto de la escasa reflexión, dijo que España era la “primera nación evangelizadora del Orbe” y que el pueblo español era el “elegido por Dios”, como el judaísmo religioso dice de sí mismo. Entró en ese tipo de supersticiones tan en boga cuando se tiene poca formación histórica: “gracias a Santiago España tuvo la Virgen del Pilar”, pues como sabemos ni Santiago el Mayor pudo haber estado nunca en España ni lo del pilar de Zaragoza se sostiene en realidad alguna. En la línea del régimen franquista habló encomiásticamente de “la Reconquista, la Unidad Nacional, el descubrimiento de América y el Imperio”.

Se ocupó de organizar misiones populares en la línea que ya en Francia se había planteado como tierra de misión, lejos de considerar que solo países lejanos debían ser objeto de ello, y denunció la práctica religiosa como algo rutinario, en lo que tuvo mucho que ver la propia Iglesia. Recordó a los ricos que debían dar si querían ser felices (no parece que con éxito) y a los pobres que no debían aspirar sino a lo espiritual, con lo que ya tendríamos esa armonía social tan querida como imposible. No dejó de considerar que la Iglesia estaba ausente entre los trabajadores, pero defendió que las desigualdades sociales eran naturales y de origen divino. Las obligaciones de los ricos eran dar donativos y limosnas y los fieles debían ocupar en la Iglesia el papel que les correspondía según su “calidad”.

Pablo Barrachina Esteban fue el más preparado de los obispos estudiado por Mónica Moreno; nacido en Jérica (Castellón) en 1912, estuvo vinculado a la HOAC de Valencia y a los “hombres” de Acción Católica de Segorbe. Obsesionado con la autoridad y la unidad de los católicos (que era para él lo mismo que los españoles), defendió una Iglesia y una sociedad jerárquicas con un cierto toque de elitismo, como querría el Opus Dei.

“Dulcemente –dijo- manda el que está en puesto de autoridad”, utilizando un léxico en el que frecuentemente entraban palabras como “combate”, “conquista” y otros por el estilo. El pueblo, los fieles, no deben “tener juicio propio” y predicó la indisoluble unión entre España y el catolicismo, como desde el III Concilio de Toledo. Animó, no obstante, al clero, a tratar con obreros y gente humilde, lo que da a entender que no se hacía y, por sus pastorales y escritos se deduce no haber entendido que el cristianismo es un sistema moral, no social, por eso Jesús no entró nunca en política, sino que se limitó –según los Evangelios- a hablar del comportamiento de sus seguidores en cada caso.

Observó que la situación parroquial no era buena, lo que entra en contradicción con esa indisoluble unidad entre catolicismo y España a lo largo de los siglos, considerando el ambiente de su época como “malsano y pestífero”, en lo que demuestra una escasa formación histórica, pues no ha habido momentos sin sus crisis y combates morales. Autoritario, fue partidario de que el papel dirigente correspondiese a grupos selectos y elitistas, muy en consonancia con el fascismo de la época, teniendo como inspiradores a Balmes y Donoso Cortés entre otros.

Tuvo un negativo juicio de la sociedad, considerando que la moral pública se había relajado (con respecto ¿a qué época?): “Pueblo de Dios es España. Predilecto entre los más amados”, contra el protestantismo, que parece ignorar es una doctrina cristiana a la que considerará el Concilio Vaticano II. No fue partidario de la profusión de libros, pues a poca libertad que existiese propagaban matices que consideraba perniciosos, así como censuró que algunos católicos viviesen con personas de otras religiones: “se ha perdido el pudor”, dijo en cierta ocasión. Intransigente como la mayoría de los obispos de su época, consideró que la ignorancia religiosa estaba muy extendida, a pesar del papel preponderante que la Iglesia había tenido en toda la historia de España.

Fue partidario de que a la Iglesia se le reconociese –como así fue- la vigilancia de toda enseñanza, pública y privada y, en general, legitimó el sistema económico y la economía franquista de su época[iii].

El concilio Vaticano II de principios de los años sesenta dejó descolocados a estos obispos, así como a la mayor parte del clero católico español. Otros tiempos eclesiales se abrieron camino y personajes como los estudiados constituyeron la resistencia a los cambios.


[i] “La diócesis de Orihuela-Alicante en el franquismo: 1939-1975”.

[ii] Luego fue nombrado obispo de Valladolid.

[iii] Aquí solo consideramos el período de 1954 a 1959.

En la fotografía (Wikipedia) el obispo Irastorza en su plenitud.