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domingo, 15 de diciembre de 2019

Católicos, liberales y krausistas

Cementerio de Glasnevin (este de Irlanda) *

Bélgica y Francia son dos ejemplos donde los católicos liberales se han hecho notar con fuerza, pero en España, existiendo dicha familia ideológica y política, las personalidades no tuvieron la importancia intelectual que en otros países. Un antiguo absolutista, al calor de las Cortes de Cádiz y quizá antes, representa el primer ejemplo de católico liberal en España, Joaquín Lorenzo Villanueva, cuya obra escrita es verdaderamente profusa.

Nacido a mediados del siglo XVIII, murió en 1837 en el exilio, después de haber defendido el reconocimiento de la participación del pueblo en la vida eclesial, la lectura de la Biblia en lengua vernácula, la lucha contra la intransigencia y la polémica que tuvo con otro eclesiástico, el dominico Puigserver, sobre ciertas ideas de Tomás de Aquino, pues cada uno pretendía justificar la defensa del liberalismo o del absolutismo basándose en el filósofo medieval.

Antonio María Fabié[i], nacido en Sevilla en 1832, defendió un catolicismo liberal a partir de las lecturas e interpretaciones que hizo de Hegel. Persona de extraordinaria cultura, nos ha dejado algunas obras filosóficas e históricas, habiendo participado también en la vida política española[ii].

Fernando de Castro se exclaustró después de haber sido sacerdote, defendiendo, antes y después, la conciliación del catolicismo con el liberalismo[iii]. Él y otros fueron influidos por el krausismo, como es el caso de Tomás Romero de Castilla, nacido en Olivenza en 1833, que conoció y se relacionó con Julián Sanz del Río.

El filósofo católico Zeferino González, nacido en Pola de Laviana (1831), señaló que “la Iglesia no oprime ni puede oprimir en temas de libre especulación. El espíritu del católico no puede ser otro, sobre todo con sus hermanos en la fe”. Esta frase no le hace un liberal, pero su visión se enriqueció con la estancia en Filipinas y luego como obispo de Córdoba. En 1891 publicó su obra “La Biblia y la Ciencia” intentando armonizar los descubrimientos científicos con la religión, y llegó a la conclusión de que “cualquiera de las interpretaciones del texto bíblico son compatibles tanto con las enseñanzas actuales de la ciencia como con la ortodoxia exegética”, lo que es discutible, pero reconoce que ha de dejarse el campo libre a la ciencia, que tiene una vida paralela a la de la religión.

Se comprueba hasta qué punto fueron inútiles la encíclica “Quanta Cura” y el “Syllabus” (1864), cuando condenaron la participación de los católicos en la política liberal. Muchos católicos entendieron que una cosa era la fe que profesaban, incluso la obediencia que debían a las autoridades religiosas, y otra el absurdo de no poder participar en los países que, crecientemente, se dotaban de regímenes liberales.

Durante la segunda mitad del siglo XIX se vino a dar en España un enfrentamiento entre krausistas y catolicismo, pues aquellos demandaron un catolicismo distinto del oficial. Krause intentó superar el dualismo que la filosofía católica (aunque no solo) había establecido entre lo divino y lo humano, entre hombre y Dios y que irremisiblemente conducía a buscar medios racionales de acercamiento entre ambos (fe, revelación, misterios, dogmas…)[iv]. Según Krause “Dios contiene al mundo y este trasciende de Dios”. Si esto fuese así sería posible el conocimiento de Dios y la racionalización de la fe; la religión sería la unidad íntima y personal del hombre con Dios, y esa unión se produce por el pensamiento, el sentimiento y la voluntad. Esta idea de religión no puede darse más que en la conciencia del hombre, que se erigirá en el único con criterio sobre sus actuaciones, sin necesidad de ningún refrendo exterior, por lo que no necesita Iglesia ni autoridades religiosas.

Los krausistas, por lo tanto, no necesitan de ritos ni de ceremonias, el resultado es una religión a la que se llega por convicción propia. Gumersindo de Azcárate construyó, sobre esta base filosófica, toda una teoría política en torno al concepto de teocracia, la cual definió para el “Diccionario Enciclopédico Hispanoamericano” de Montaner y Simón[v]. “La teocracia –dice- tiene... en la historia de la humanidad una misión especial que consiste en crear y organizar los pueblos e introducir la civilización entre los hombres que todavía no la conocen”. Pero esta misión, sigue diciendo, es temporal, pues el papel de la teocracia termina cuando la sociedad “asienta sus bases inquebrantables y el hombre se haya ya fijo al suelo y acostumbrado a los deberes de la vida civil”.

La renuncia del catolicismo a dejar atrás esa fase histórica –que los krausistas hacen coincidir con la Edad Media- y evolucionar conforme a lo que la historia exige, retirándose de aquellos planos que no sean el religioso y espiritual, hace ver a los krausistas que la Iglesia se ha ido distanciando de la pureza del cristianismo. La reforma del catolicismo se hace necesaria para los krausistas de acuerdo con la civilización moderna, y esta idea ya la podemos ver expresada en 1857, cuando Sanz del Río escribe el “Programa del racionalismo armónico” (o sea, del krausismo), donde se lee que “el racionalismo armónico profesa en religión y aspira a realizar la unión viva de la humanidad y del hombre en ella con Dios como ser supremo”. La religión no era, pues, algo inmutable, exigiendo la libertad de cultos, la secularización del Estado, la tolerancia y la racionalidad última de todos sus principios.

Donoso Cortés, fallecido en 1853, no pudo conocer estas ideas así expuestas, aunque sí la obra y personalidad de Krause. El primero se alineó con un liberalismo doctrinario que, poco a poco, fue abandonando para defender una filosofía religiosa reaccionaria, cuando vio cómo avanzaban el liberalismo y las ideas socialistas. Contra los católicos liberales, mucho más contra el krausismo, se manifestaron Menéndez Pelayo y, con menos categoría, Hernández Fajarnés[vi], Eduardo Hinojosa (miembro de la “Unión Católica” cuando se formó), Fernando Brieva[vii], Carlos María Perier (defensor del catolicismo tradicional), Juan Manuel Ortí[viii], Alejandro Pidal y, antes de todos ellos, Jaime Balmes.



[i] Fue socio fundador del Ateneo de Madrid.
[ii] Fue ministro de Ultramar a principios de los años noventa.
[iii] Antoni Miliner i Prada, “Ideas reformistas y reformadores en la España del siglo XIX”.
[iv] Gonzalo Capellán de Miguel, “El problema religioso en la España contemporánea…”.
[v] Ramón Montaner y Francisco Simón fueron importantes editores barceloneses desde 1861 hasta principios del XX.
[vi] Inspirado en Balmes.
[viii] Del tradicionalismo derivó al integrismo.
* En este cementerio fue enterrado Joaquín Lorenzo Villanueva. 

jueves, 7 de septiembre de 2017

"Por la Europa católica"



Vista parcial de Gante a finales del s. XIX

Este es el título de un libro que Emilia Pardo Bazán publicó a principios del siglo XX, después de haber realizado un viaje a Bélgica y Holanda y donde nos da una visión del papel social que la Iglesia llevaba a cabo en dichos países, haciendo constantes comparaciones con la situación en España. En dicho viaje se entrevistó con personalidades del clero y visitó obras sociales de la Iglesia, pero no contactó con la incipiente democracia cristiana. También se interesa por los progresos del socialismo belga, informándose en la obra “Le socialisme en Belgique” de Destrée y Vandervelde[1]. En la época, Bélgica vivía una gran conflictividad social y el partido católico se encontraba dividido, entre otras causas por la labor de los socialistas, que algunos católicos consideraban “comía el terreno” en el ámbito social, al catolicismo.

Por un lado estaban los benedictinos, que insistían en la necesidad de la unidad católica, algo bien conocido por Pardo Bazán en España, pero ello no les impide estimar al socialista Vandervelde. Con los benedictinos estuvo la escritora en su abadía de Maredsous, en Denée (Namur), y de allí fue a Lieja, donde la recibió el obispo, que había creado la “Escuela de Lieja”, un foco de pensamiento y de acción sociales a finales del siglo XIX. Emilia Pardo Bazán ve lo que se está haciendo allí en materia de asociacionismo obrero dirigido por la Iglesia, pero con una táctica defensiva ante el empuje del socialismo. Las asociaciones agrícolas, dirigidas por sacerdotes, habían creado un banco agrícola, cooperativas y mutualidades.

Como Pardo Bazán preguntase al obispo sobre la posible ruptura de la Iglesia belga con los moldes de la Edad Media, donde predominaba la caridad y el paternalismo, el obispo contestó: Lo más hermoso de la Edad Media no lo hemos desechado… en lo que demuestra que el tradicionalismo no había desaparecido. Luego Pardo Bazán viaja a Lovaina, donde visita el Instituto Superior de Filosofía, una institución pareja a la Universidad, y allí conoce a Désiré-Joseph Mercier[2], que había tenido que vencer las reticencias de las autoridades de la Universidad y de parte de los obispos para llevar a cabo la renovación de los estudios tomistas. Este sacerdote criticó la situación religiosa en España demostrando conocerla.

El auge del socialismo se había hecho patente: “el socialismo se organiza donde quiera: es un ‘hecho’ gigantesco, el ‘hecho’ por excelencia de nuestra edad”, dijo. De las conversaciones con Mercier, Pardo Bazán saca la conclusión de la falta de responsabilidad de la Iglesia española, que no había llevado a cabo las políticas derivadas de la encíclica “Rerum novarun” de León XIII. En la visión de Mercier había que sacar al trabajador de las garras de la industrialización salvaje e inspirarse en la organización laboral medieval. Para ello, aquellas asociaciones de campesinos dirigidas por sacerdotes, tenían las actividades de ocio indisolublemente unidas a la práctica de la religión, pues mientras los obreros industriales estaban claramente influidos por los socialistas, no así los campesinos, en manos de la Iglesia.

Luego Pardo Bazán visita Gande, cuna del socialismo belga, para lo que llevaba dos cartas de presentación que le había dado Giner de los Ríos, aunque no pudo emplearlas para entrevistarse con algunos intelectuales socialistas, que presentaban comportamientos heterogéneos. Uno de ellos era Edward Anseele, periodista y político, pero las referencias de Pardo Bazán al libro de Vandervelde y Destrée (“El socialismo en Bélgica”) suplen el no haberse podido entrevistar con ellos, visitando la cooperativa socialista “Vooruit” (“Adelante”), con sede en unos almacenes con una caja de ahorros y un banco.

El sufragio universal fue una dura batalla que libró el socialismo belga en las últimas décadas del siglo XIX, pues el sistema que permitía ganar las elecciones a los partidos conservadores era el censitario. Por fin se consiguió una reforma que llevó al sufragio universal “plural”, por el que los varones mayores de edad, sin distinción, tuvieron reconocido el derecho al voto, pero no de forma igual: el voto de unos valía por uno, mientras que el de otros por dos o por tres, según las “capacidades” y la riqueza. Esto llevaría a los socialistas al Parlamento, pero más adelante siguieron las movilizaciones para conseguir la desaparición de la desigualdad en la valoración del voto; la huelga general de 1902 es una muestra de ello. La escritora se refiere en su obra a la fuerza de las cooperativas socialistas, pues fueron estas las que estimularon a la Iglesia para crear las suyas, pero una de las razones del éxito de las de los socialistas era su fuerza económica.

Debe tenerse en cuenta que la despiadada industrialización había acabado con el descanso dominical, cuya recuperación fue una exigencia y un logro de los socialistas, que hicieron hincapié, además, en la necesidad de acabar con el alcoholismo, el juego y otros vicios. Por su parte, los católicos belgas buscaban la reconciliación de las clases, y Pardo Bazán expresa su visión de la experiencia que está viviendo con las siguientes palabras: … he creído ver el suelo belga rayado por dos surcos… que parten de la frontera desde extremos opuestos, y, sinuosos, llegan por fin a juntarse… el calor de sus pliegues habrán de reunirse. Lo cierto es que, como dice la autora cuya obra me ha servido para este artículo[3], los católicos llevaban sus acciones mediante iniciativas privadas, mientras que los socialistas querían que fuesen las instituciones públicas las que se ocupasen del problema obrero.


[1] Jules Destrée nació en 1863 (Bruselas) y murió en 1936. Muy influido por las huelgas en su país de mediados de los años ochenta, se comprometió con el socialismo. Emile Vandervelde nació en Burselas en 1866 y murió en 1938; diputado, miembro de la Segunda Internacional y, por lo tanto, socialista también.
[2] Sacerdote nacido en 1851 en Bruselas que fue rector de la Universidad de Lovaina. Murió en 1926.
[3] “Claves belgas para la lectura de ‘Por la Europa católica’ de Emilia Pardo Bazán”.