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miércoles, 31 de mayo de 2023

La paleta de Francesco Guardi

 

Fuera de Italia no se habla de Francesco Guardi si no es entre los especialistas; nacido en Venecia en 1712, murió en la misma ciudad en 1793. Aunque la obra más divulgada de él son sus paisajes venecianos, también trabajó en pinturas de otros géneros: retablos, mitología, batallas e incluso murales. No obstante, después de 1760, su obra consistió en seguir los pasos de Canaletto pero con otra técnica; su pintura tiene características poéticas, motivos arquitectónicos que no necesariamente corresponden a grandes palacios o iglesias. Sus colores pastel parecen una premonición de la pintura de Corot en el siglo siguiente, y quizá fue influido por Tiépolo, emparentado con él por medio de su hermana.

En ocasiones, Guardi oscurece su paleta, pero en otras hace reflejar el cielo en las aguas de la laguna o en las del río Brenta. ¿Cuáles son las horas del día que refleja Guardi en sus cuadros? La luz impacta a veces en paredes de ladrillo, en los personajes diminutos, indefinidos, de sus cuadros; en ocasiones elige el gris y en otras una tonalidad plateada, pero no hay colores puros. En “Un capricho arquitectónico” se transita de la sombra a la luz; en “Cuenca de San Marcos con San Giorgio y la Giudecca”, la iglesia de Andrea Palladio es un elmento más, pero no el principal en el tormentoso cielo y en el oscurecido canal donde discurren como sombras las embarcaciones.

Donde Guardi anuncia lo que va a ser el impresionismo, como antes lo hicieran Velázquez, Goya y otros, es en “Puente en Dolo”, donde, desde un punto de vista bajo, aparecen las manchitas que forman las personas en sus embarcaciones y sobre el puente, con una arquitectura propia de almacenes (ver arriba). En “Gran Canal con Santa Lucía y la Iglesia Scalzi”, la paleta oscura hace una excepción para representar a los edificios, religiosos y civiles, con sus diminutas ventanas estos; y en su “Capricho con motivos venecianos” muestra destartaladas arquitecturas aisladas, mientras los personajes se entretienen en sus afanes (ver abajo).

En su “Góndola en la laguna”[i], nos invita a la meditación, qué se encuentra ante nuestros ojos, en ese horizonte fundido con el agua y solo separado por la línea de edificios con sus delgadas torres (ver abajo): “La intensidad emocional del cuadro se condensa en este breve registro del momento en un llanto doloroso” (Goethe). De nuevo la transición entre la sombra y la luz en “Ascenso en globo aerostático”, signo de los tiempos, donde la gente se agolpa en primer plano, confusa en los pigmentos y expectante, ante el globo en el aire luminoso.

En “Capricho de laguna con ruinas” dominan los colores terrosos en primer plano, de nuevo los personajes indefinidos y gesticulantes, las columnas esbeltas que sostienen un entablamento. En la “Plaza de San Marcos de Venecia” no le interesa el palacio de los Dux, ni la iglesia de estilo bizantino, que aparece parcialmente a la derecha, sino los toldos de los mercaderes y el edificio comunal con su campana en lo alto. En su Río dei Mendicanti hace un estudio de perspectiva: el río se aleja dejando en sus riberas los edificios solamente representados como masas con manchas para las ventanas, y al fondo el puente de un solo arco, oscuro, mientras en las aguas faenan los gondoleros.

En “San Giorgio Maggiore” no aparece la fachada paladiana, sino los edificios adjetivos con tonalidades doradas y terrosas, el frontón y la cubierta de la iglesia, la cúpula y la esbelta torre rematada bulbosamente. Por último, en “El Gran Canal con San Simeone Piccolo y Santa Lucía”, oscurece la paleta; la cúpula preside la parte izquierda del cuadro y, en lo alto y en el agua, combaten los azules y los blancos, los colores plata con sus matices.


[i] La crítica considera esta obra, sin duda de Guardi, formando parte de una composición mayor.

sábado, 20 de mayo de 2023

Los frescos del castillo de Challant

 


En el valle de Aosta, al noroeste de Italia, se encuentra el castillo que mandó restaurar, a principios del siglo XV, Ibleto di Challant, obra que luego completó Giorgio di Challant con el objetivo de convertirlo en una elegante residencia.

Una de las particularidades de este castillo son sus frescos, debidos a un maestro o maestra desconocidos a finales de dicho siglo XV. El autor o autora fue representando oficios de la época con gran minuciosidad y gracia, como es el caso de una farmacia donde un boticario atiende a un comprador, otro escribe una receta mientras un empleado prepara una “medicina” (arriba). En las estanterías se pueden ver los frascos conteniendo aceites, especias, hierbas secas, así como cera, velas, esponjas, dulces y amuletos.

En otro fresco se representa una carnicería donde además se elabora pan en un horno, mostrándose animales abiertos en canal y los operearios trabajando. Otro es el caso de una tienda de productos secos donde tres personas se afanan en los preparados y, de una estantería, cuelgan embutidos y ahumados.

En otro fresco se representa un mercado donde se venden frutas, alpargatas, hortalizas y otros productos, presentándose los vendedores (mujeres y hombres) junto a los compradores, que comprueban la calidad de la mercancía. La elegancia en el verstir de estos últimos nos habla de una época evolucionada de la Edad Media (en Italia ya en pleno Renacimiento).

En otro fresco representa a una serie de personajes trabajando en una armería o almacén donde se guardan las armas. Colgadas de ganchos hay varias piezas de armadura representadas de forma muy realista, mientras los personajes –como es costumbre en este autor- están pintados con ricos colores.

Otra escena representada es la de unos vendedores de telas en su tienda, ataviados con elegantes ropajes como corresponde a su gremio, y con el colorido que exige la composición. Estos frescos están todos en los lunetos que se forman entre el muro y la bóveda del castillo.

Más que el valor artístico –que lo tiene- estos frescos son una fuente sociológica extraordinaria para adentrarnos en la vida cotidiana de la Europa de finales de la Edad Media y comienzos de la modernidad. La variedad de tipos, oficios, enseres que se muestran en estos frescos, así como el tratamiento popular y realista de los mismos, nos hablan de un ambiente bullicioso en las ciudades, que el autor desconocido ha llevado a los frescos de un aislado castillo.



lunes, 16 de enero de 2023

Retrato de viejo durmiente

 


En la llanura padana, cerca de Verona, se encuentra Custoza, al sur del lago di Garda: allí tuvo lugar una batalla que se enmarca en la lucha por la independencia de los italianos contra el imperio Austríaco, que en 1848 será favorable a éste. Como es sabido, al frente de la unificación italiana estuvo el reino de Cerdeña, de larga historia antes de ser gobernado por la dinastía saboyana. No había pasado un año y los italianos volvieron a ser vencidos en la batalla de Novara, al este Milán, formando parte del mismo contexto histórico.

Al mismo tiempo algunos reinos de Italia vivían la efervescencia romántica y liberal que en otras partes de Europa por influencia de las ideas ilustradas y de la Revolución Francesa, hasta el punto de que habiéndose establecido en el reino de Cerdeña una legislación liberal en 1821, fue abolida por el rey Carlos Félix en el mismo año: no muy distinto a lo que venía ocurriendo en Europa. El rey Carlos Alberto, en 1848, estableció lo que se ha llamado el “Estatuto Albertino”, por el que su autoridad quedaba limitada por un Parlamento y se asumían ciertos presupuestos liberales. A este rey se debe la fundación de lo que hoy conocemos como “Gallería Sabauda” en 1832 (Turín), aunque la colección de obras se remonta a varios siglos atrás. Se instaló inicialmente en el Palazzo Madama, pero aún no era un museo nacional, sino que dependía de la voluntad del rey[i].

Aquellas derrotas en el campo de batalla hicieron abdicar al rey Carlos Alberto, siendo sustituido por Víctor Manuel II, que en 1861 sería reconocido como rey de Italia. Atrás quedaban los tiempos en que “las ciudades reales del Reino de Cerdeña… tuvieron que gestionar la casi permanente ausencia de sus reyes y señores”. Para ello enviaban frecuentemente sus delegados, que trataban los asuntos de la más diversa índole con el monarca, hasta el fin del Regnum Sardinae en 1847[ii]. Miquel Fuertes aporta datos sobre “los asuntos más importantes que se tenían que tener en cuenta a la hora de entrar a gobernar la isla”, como el funcionamiento de las instituciones delegadas del monarca, los arzobispados, etc. Las ciudades con este privilegio tenían amplia autoridad y jurisdicción para imponer gravámenes, fijar precios, regular el comercio, controlar el orden público… hasta mediados del siglo XIX.

La capital del reino, en realidad, estuvo en Turín desde la caída de Bonaparte, que había ocupado y anexionado Piamonte. De ahí la necesidad por parte de la dinastía saboyana de hacer de la ciudad una verdadera corte con todos los elementos que caracterizaban a las demás europeas: museos, desarrollo urbano, etc. La creación de la Gallería Sabauda forma parte de ello, una de cuyas obras es el “Retrato de viejo durmiente” (Rembrandt).


[i] En 1860 fue entregado al Estado por el rey Víctor Manuel II, y en 1865 el museo fue trasladado a un piso del Palazzo dell’Accademia delle Scienze. Recientemente el museo y sus obras se trasladaron a la Manica Nuova del Palacio Real, un verdadero complejo cultural.

[ii] Miquel Fuertes Broseta, “Los enviados por las ciudades reales de Cerdeña a su rey…”.

lunes, 9 de enero de 2023

"De la flor a las cenizas sagradas..."

 

En la década de 1530 se pusieron de acuerdo los artistas Montorsoli y Ammanati para componer la tumba del poeta Jacopo Sannazaro. Montorsoli era un florentino que aún no había cumplido los treinta años, y además de escultor fue arquitecto y miembro de la orden de los Siervos de María. Conocía bien a Miguel Ángel, pues había trabajado con él en Florencia, y esto seguramente le permitió entrar en contacto con el papado en la misma década en que compuso la tumba de Sannazaro.

Ammanati también era florentino y algo más joven que Montorsoli, fue alumno de Sansovino y su trabajo como arquitecto muy variado. La iglesia de Santa María del Parto está en la misma costa (Nápoles), en un lugar donado por el rey Federico I de Aragón llamado Mergellina. El citado también fue rey de Nápoles durante cinco años en el cambio de los siglos XV al XVI, y en dicho lugar el poeta Sannazaro[i] fundó la iglesia del Parto.

Su tumba es una muestra del renacimiento tardío para tratarse de Italia, cuando ya Miguel Ángel había dejado notar su estilo manierista. A los lados, bajo el sarcófago, se encuentran las figuras sedentes de David y Judith representadas como si se tratase de Apolo y Minerva. En el centro hay un relieve mitológico con Pan, Marsyas, Euterpe, Neptuno y Anfitrite[ii], y en la parte superior el busto laureado de Sannazaro entre dos “putti” en equilibrio sobre la tapa del sarcófago.

Un epitafio del cardenal veneciano Piedro Bembo[iii], secretario del papa León X, en la base la tumba dice: “De la flor a las cenizas sagradas, aquí yace el famoso y sincero Sannazaro, cerca de Virgilio en la poesía como en el sepulcro”[iv]. Tanto Montorsoli como Ammanati estuvieron influidos por Miguel Ángel, que en la década de 1530 era un artista más que consagrado y reconocido. El busto de Sannazaro fue elaborado por Montorsoli a partir de un molde del rostro y el cráneo del poeta.

El movimiento y las formas rotundas son más visibles en la escultura de Judith, mientras que la de David muestra una juventud que exalta el triundo del personaje en su lucha contra el gigante.



[i] También napolitano, nació en 1458 y murió en 1530.

[ii] En alusión al mundo pastoril y poético que representa Pan, además de fauno como Marsyas, que también era músico en la mitología clásica; a la música también hace referencia Euterpe, su musa, y al mundo de los mares Neptuno y su esposa Anfitrite.

[iii] Nació en 1470 y falleció en Roma en 1547. De gran cultura humanista, perteneció a una familia noble.

[iv] La tumba de Virgilio se encuentra cerca, en Nápoles.

viernes, 28 de mayo de 2021

La dignidad de lo humilde

 


Esta “Casa en ruinas” es obra del pintor italiano Domenico Bresolin, nacido en Padua en torno a 1815 y fallecido en Venecia cuando el siglo XIX tocaba a su fin. Es un óleo sobre papel y este sobre lienzo de 36 por 53 cm.; la obra fue pintada a mediados del siglo, por lo tanto en un momento de madurez artística[i].

Se ha dicho de Bresolin que fue un artista comprometido con la realidad física, concediendo dignidad y mérito incluso a edificios abandonados. Prestó una minuciosa atención a los detalles menudos, ya influido por el conocimiento de la fotografía a la que se dedicó con fruición. Véase el pobre tejado hundido en parte, la luz sobre las paredes desgajadas, las sombras en el muro interior y en el suelo, los ladrillos o adobes sobre las ventanas o en el zócalo, las maderas apoyadas, la pobre vegetación que no anima a optimismo alguno.

Sin embargo la luz lo envuelve todo, como quisieron los impresionistas de los que nuestro pintor fue contemporáneo. La luz está no solo en los objetos sino en la atmósfera toda y en las casa del fondo.

Bresolin pintó también paisajes y estuvo en Florencia, Roma y Venecia. Fue menos impresionista en otras obras donde representa escenas al aire libre, como en la que pinta a unos hombres construyendo un barco, y la luz clara vuelve a aparecen en “Sobre el Arno en Florencia”.


[i] Se encuentra en el Museo de Arte Moderno, Ca ‘Pesaro, Venecia. El edificio es un antiguo palacio conteniendo frescos de tema mitológico.

jueves, 27 de mayo de 2021

El marquesado y su túnel

 

En el suroeste de Saboya se encontraba el marquesado de Saluzzo, un territorio montañoso en los Alpes entre Francia e Italia. Cerca nace el río Po y sus valles estuvieron ocupados por glaciares.

Los habitantes, antiguamente, hablaban francés, provenzal y un dialecto local según los casos, teniendo mejores relaciones con Francia que con Saboya, en la que terminarían integrándose.

Durante la baja Edad Media y el Renacimiento se dieron en el marquesado de Saluzzo relaciones comerciales a un lado y otro del monte Viso, bajo el que se construyó en el siglo XV un túnel de más de 70 m. de longitud con una relativa pendiente, siendo la cota más baja la que asoma al territorio italiano. Por dicho túnel, además de comerciantes con sus mulas, pasó –según algunas fuentes- el rey Francisco I de Francia con varios miles de soldados.

Entre Francia y Saboya los marqueses de Saluzzo mandaron construir numerosas fortificaciones en el territorio, algunas de las cuales aún se conservan, pero no solo. Los más importantes edificios, quizá, son la nueva catedral, construida en el solar de otra anterior, y el monasterio cisterciense de Staffarda. Este monasterio se construyó en un terreno boscoso, anegado e inculto que los cistercienses tuvieron que desecar. En el siglo XIII los templarios también contribuyeron a la consolidación del marquesado de Saluzzo.

La catedral fue construida en estilo gótico tardío con una fachada de ladrillo y, como es habitual en Italia, conserva frescos en el interior pero también en el exterior. El altar barroco delata las transformaciones decorativas que tuvieron lugar en el templo.

El marqués Tomás III fue uno de los más notables, habiendo cultivado la poesía y la guerra. Se educó cuando joven en Francia y ello quizá influyó en el acercamiento a dicho país, que propició, pero también sufrió penalidades: estuvo preso en Turín a finales del siglo XIV. Ludovico II, en el siglo XV, fue derrotado militarmente en 1478 por el rey saboyano, habiendo incurrido en algunos desafueros en forma de crímenes e invasiones; no obstante el marquesado gozó de esplendor durante su mandato y de su esposa Margarita de Foix. El marquesado aguantaría hasta el siglo XVII en que se incorporó a Saboya.

Desde el punto de vista de la cultura tiene la mayor importancia el artista Hans Clemer, un pintor de origen picardo que trabajó la mayor parte de su vida en Piamonte. A finales del siglo XV estuvo al servicio de los marqueses de Saluzzo pintando frescos en iglesias con escenas de la virgen María, pero también pintó escenas mitológicas e históricas. Luego se afincó en Aix-en Provence.

También en el siglo XV una familia de apellido Cavassa, al servicio del marquesado, se hizo construir una casa que hoy es orgullo para propios y admiración de viajeros. Fue construida con ventanas ojivales, probablemente aprovechando un edificio anterior. Francesco Cavassa dio al edificio un gusto renacentista conteniendo bodegas, cocinas, habitaciones para unos y otros, vestíbulos, etc. en un terreno inclinado. Pasó a manos de otra familia a finales del siglo XIX, conservando objetos de arte, antigüedades y otros de interés.

(Fotografía tomada de ar.pinterest.com/pin/494762709043503797/),

lunes, 16 de noviembre de 2020

El collado de la Minerva

 

La ocupación de Otranto por los otomanos en 1480 produjo un gran impacto en el mundo cristiano occidental, e incluso con posterioridad a su liberación en 1481, no fueron pocos los autores que, de una forma más extensa o menos, se emplearon en historiar el hecho, las causas y las consecuencias, entre las que están el degollamiento de unos ochocientos cristianos en el collado de la Minerva.

La llegada de las tropas de Gedik Ahmed[i] -dice Roberto Mondola- puso de manifiesto la crisis por la que pasaba la monarquía del rey Fernando de Aragón, siendo la invasión una de las consecuencias de la política imperialista de los otomanos en aquel siglo. La guerra se desencadenó y fue una de las más dramáticas que sufrieron los habitantes del sur de Italia a finales del siglo XV. La llegada de los otomanos a Pulla[ii] puso de manifiesto la fragmentación de los estados italianos, que no consiguieron ponerse de acuerdo para frenar juntos la invasión otomana.

El ejército turco se había concentrado en Valona, principado frente a Otranto, en la costa oeste de la actual Albania, en ese momento en su poder, con la intención de hacerse con las riquezas de las que se tenía noticia en Italia. Por su parte Fernando de Nápoles estaba comprometido en la guerra de Toscana después de lo que se ha llamado conjuración de los Pazzi, una familia rival de los Médici en el control por la ciudad de Florencia. El napolitano dejó a su hijo Alfonso, duque de Calabria, al mando del ejército en Toscana y así estaban las cosas cuando los otomanos alcanzaron Apulia.

Fernando ordenó a su hijo regresar al sur, lo que implicó renunciar a las ambiciones napolitanas sobre Toscana, pero solo con su ejército no era suficiente para hacer frente a los ocupantes de Otranto, por lo que se pidió ayuda a Florencia y Venecia, que no la prestaron, sabiendo que mientras Nápoles estuviese ocupada en Apulia aquellos estados se libraban del acoso fernandino. Por otra parte, Venecia estaba exhausta de la lucha entre 1463 y 1479 contra los turcos, con la pérdida de su predominio naval en el Mediterráneo y el Egeo.

Fernando intentó entonces establecer relaciones diplomáticas con sus adversarios enviando una embajada a Valona para pactar un acuerdo con Gedik Ahmed, que no aceptó la propuesta aragonesa, contestando que Otranto pertenecía a los turcos como herederos del Imperio Bizantino. También empeoraron las relaciones de los napolitanos con el duque de Milán, Ludovico el Moro, mientras que la situación era cada vez más dramática en Otranto.

Fernando comprendió, entonces, que la única manera de recuperar una alianza con los Médici y Milán era devolver Florencia, de la que se había apoderado. Un papel fundamental lo tuvo el papa Sixto IV que, mediante una bula, en 1481, animó a los príncipes cristianos a ponerse de acuerdo, además de aportar veinticinco galeras, llegando estas embarcaciones a Otranto en el verano del año citado, poco después de que hubiese fallecido el sultán Mehmed II. Su sucesor, Bayezid II no pudo seguir con la política imperialista seguida hasta ese momento, pues tuvo que ocuparse de combatir a su hermano Cem.

Así fue posible la reconquista cristiana de Otranto, lo que no evitaría la crisis que llevaría a la conjura de los barones[iii] entre 1485 y 1486. Uno de los que historió la ocupación y reconquista de Otranto fue Giovanni Albino, que emplearía unos quince años en su obra[iv], donde se muestra favorable a la corte aragonesa.

En cuanto a las cartas –dice Roberto Mondola- destaca la del monje benedictino Ilarione Piccolomini[v], con detalles dramáticos, haciendo hincapié en el sufrimiento de la población, en especial de niños y mujeres. De la misma época es el “Lamento” del toscano Vespasiano da Bisticci, escrito en clave providencialista, pues el autor ve en la ocupación de Otranto un castigo de Dios por los pecados de la Iglesia, viciada del nepotismo y corrupción del papa Sixto IV. Mateo María Boiardo, por su parte, dedicó su obra “Orlando Innamorato” (1495) para elogiar a Alfonso, hijo del rey napolitano.

En el siglo XVI Antonio de Ferrariis, el Galateo (1448-1517) publicó una obra de corte corográfico y también en otras obras suyas habló de los sucesos de Otranto. En su obra más conocida, “Liber de situ Iapygiae”, traza un perfil de Japigia, distrito de Bari, en la que se habla de los acontecimientos de 1480-1481. El Galateo estuvo al servicio del hijo de Fernando, Alfonso, en Salento (extremo sureste de Italia), estableciendo la relación entre la muerte del sultán y la recuperación de Otranto a manos de Nápoles.

Andrés Bernáldez, el cura de los Palacios[vi], dedica en su obra un capítulo a los sucesos de Otranto, y Jerónimo de Zurita, en su obra “Anales de la Corona de Aragón”, también dedica otro capítulo a los asuntos de Otranto. No pararon aquí las obras que dedicaron su atención a la ciudad italiana tomada por los turcos en 1480, y aún hubo otros autores que hablaron en sus obras de Otranto durante el siglo XVII, es decir, mientras la amenaza turca fue un hecho.

Pero mucho antes, Alonso Fernández de Palencia, natural de Osma (1423-1492), dedicó su atención a los sucesos de Otranto en su obra “Guerra de Granada”, habiendo trabajado para el cardenal Bessarion (*) y fue cronista de Enrique IV de Castilla. Fue conocedor de la política de su época, los acontecimientos bélicos y diplomáticos y, en el Libro I de la obra citada, dedica una parte a la toma de Otranto por los turcos, la recuperación de la plaza y la muerte de Mehmed II (a quien él llama Mahometo)[vii].


[i] Almirante otomano que fallecería en 1482, un año después que el sultán Mehmet II, lo que influyó, según algunos, en la reconquista cristiana de Otranto.

[ii] Apulia, en el extremo sureste de Italia.

[iii] Surgió en Basilicata (sur de Italia) como reacción a los aragoneses, que se habían asentado en el reino de Nápoles.

[iv] “De bello hydruntino”.

[v] Su verdadero nombre era Nicolò Fontanelli, natural de Verona.

[vi] Nacido en Fuentes de León (sur de la actual provincia de Badajoz), falleció en 1513 en Los Palacios y Villafranca (sur de la actual provincia de Sevilla). Fue un historiador al servicio de los Reyes Católicos.

(*) Nacido en Trebisonda, murió en Rávena en 1472, habiendo sido un erudito bizantino que defendió la unión de las Iglesias oriental y occidental.

[vii] “Guerra de Granada”. La mayor parte del presente resumen se basa en el trabajo de Roberto Mondola, “La conquista otomana de Otranto…”.

sábado, 7 de noviembre de 2020

La Iglesia contra los Saboya

 

                                                                            Gaeta (Italia)

El clero español, durante el proceso de unificación italiana, mantuvo una férrea unidad contra aquella, siendo las posiciones ultracatólicas las que se impusieron a pesar de algunas excepciones. Cuando el clero alardeaba –dice Sergio Cañas Díez[i]- de no injerirse en la política muy al contrario, se vio arrastrado por el papa durante la década de 1849 a 1859 y aún después[ii].

Por parte del papa lo que estaba en cuestión eran dos asuntos: la pérdida o no de su poder temporal (territorios de por medio) y el triunfo del absolutismo o del liberalismo, por lo que condenó los intentos de unificación italiana que, de la mano de Piamonte, proclamaban los principios del liberalismo y, en algunos casos, la aspiración a una república. Éste empeño del papa costó vidas, sufrimientos y trastornos, entre los que está la expedición testimonial española, aportando a la causa papal 8.000 soldados, contribuyendo también de forma más importante la Francia de Luis Napoleón, Austria y Nápoles. Cañas Díez señala que, además, el ejército español llegó tarde a la ayuda que pretendía, de forma que si hubiese estado en Italia antes no se hubiese visto relegado a misiones accesorias.

La reina de España, Isabel II, por una real orden a finales de 1848, ordenó que “en todas las iglesias de los dominios de España se hagan rogativas públicas durante tres días consecutivos, con asistencia de todo el clero, autoridades y corporaciones… a fin de implorar los auxilios del Altísimo…”, pero como se vería años más tarde, el Altísimo no tuvo parte en el asunto, porque éste era puramente mundano.

Entre 1859 y 1861 se consolidó la unificación italiana, quedando excluidas Véneto y Roma, mientras los príncipes depuestos protestaban. En España la población era informada de los acontecimientos por los obispos y los curas, empleando para ello los boletines eclesiásticos y los momentos de culto, por ejemplo durante las misas. El papa pidió que se hicieran rogativas “juro papa” con sus correspondientes “secreta y postcomunio”[iii].

Por su parte, Luis Napoleón trató de convencer al papa de que renunciase a los territorios perdidos a cambio de que el nuevo Estado italiano respetase su poder espiritual, pero Pío IX se negó en rotundo alegando que el liberalismo y la unificación italiana introducían “principios muy perniciosos”, proponiendo entonces la Rusia zarista reunir un Congreso de las cinco grandes potencias europeas, lo que no se llevó a cabo por comenzar la guerra franco-piamontesa contra Austria, que resultó esencial para la unificación italiana.

En cuanto a la prensa española –que ha estudiado Cañas Díez- se empleó a favor de los intereses del papa en el caso de la católica, pero también hubo otros periódicos como “La Iberia” y “La Ilustración” que apoyaron a los unionistas italianos. El Gobierno español, la mayor parte del tiempo citado en manos de O’Donnell, mantuvo la prudencia entre los dos grupos enfrentados, pues ni le interesaba enfrentarse al papa ni a los liberales italianos. La escasa participación militar española puso de manifiesto el nulo interés que tenía España en mezclase con las demás potencias extranjeras.

La política italiana de España mostró su simpatía por la causa del papa y de los Borbón depuestos en Italia, pero siempre que ello no supusiera romper con los intereses que dictaba la prudencia, aunque hubo disputa entre España e Italia por los archivos napolitanos.

La Iglesia española, por su parte, mostró su disconformidad con la invasión piamontesa y se manifestó repetidamente en defensa de los derechos de la Iglesia y de “la doctrina de Dios” (en realidad de la Iglesia), quejándose por los “males morales” en alusión al liberalismo, que entre otras cosas preconizaba la libertad de cultos. Mucho le preocuparon a la Iglesia, también, las agresiones a religiosos y la expropiación de las propiedades del clero italiano. Los obispos y otros miembros de la jerarquía eclesiástica española dirigieron “exposiciones” a la reina, advirtiendo de los peligros y crímenes que la revolución podría llevar a otras naciones de Europa.

El obispo de Lérida, por ejemplo, se manifestó cuando ya la unificación italiana era un hecho (1870): “protestemos y digamos muy alto que el desalojar a la Iglesia de su patrimonio es, según doctrina católica, un atentado sacrílego y herejía manifiesta”. Lo que no quería entender tal obispo es que sus palabras tenían un valor relativo, nulo para los no católicos e incluso para muchos católicos de la época.

La Iglesia española, por los medios de comunicación, consiguió limosnas voluntarias, a la cabeza de las cuales estuvieron los prelados, es decir, los que más recursos tenían. Luego se publicaban los nombres de los dadores y las cantidades entregadas, contraviniendo la máxima evangélica que se explica cuando aquel fariseo tocaba la campanilla en el momento de dar limosna para que todo el mundo se enterase. En realidad se dirimieron, en relación con la unidad italiana, intereses materiales, pues tras ella no dejó la Iglesia de tener una influencia enorme en los países de población mayoritariamente católica.


[i] “Iglesia y prensa española frente a la unificación de Italia…”. En éste trabajo se basa el presente resumen.

[ii] En 1848 hubo actividad revolucionaria en Milán, Mesina y Palermo, así como en otras partes de Europa, declarándose la guerra, por parte de los unionistas italianos, a Austria.  En 1849 se proclamó la República Romana, entre otros hechos, yéndose el papa a Gaeta.

[iii] Secreta es oración en voz baja y “postcomunio” hace referencia al momento tras la comunión.


viernes, 23 de octubre de 2020

Las Dos Sicilias y la Revolución

 

                                         https://www.turitalia.com/ciudades_italia/benevento_italia.html

“Las semillas esparcidas con mano pródiga por los escritores y filósofos…” -dejó escrito Ángel Saavedra, duque de Rivas- y otras circunstancias dieron el fruto de la Revolución Francesa, causando, como en otras partes, gran preocupación en el reino de las Dos Sicilias, que procuró algunas alianzas sin conseguirlo. Preparándose para una guerra que se veía inevitable, se encargó de ello al ministro Acton, empleándose éste en los arsenales, las fundiciones, las levas, “voluntarios y criminales”.

En otro orden cesaron las reformas que se habían llevado a cabo, se cerraron las academias, hubo persecuciones, se retiraron libros de la circulación prohibiéndose y quemándose las obras de Filangeri[i] y otros escritores liberales; el clero y la policía todo lo perseguían, y se produjo la fuga de la familia real de Caserta, donde se encontraba su palacio cerca de Nápoles.

Fue entonces cuando el almirante francés Latouche, con catorce navíos, fondeó en el puerto muy cerca de Castel dell’Ovo[ii], lo que obligó al rey a reunir a su consejo, constatando que en el reino había muchos jacobinos y republicanos que simpatizaban con los mismos de Francia, por ello se prefirió firmar un acuerdo de neutralidad y el almirante francés se retiró con sus naves.

No tardó en dar vuelta debido a un temporal y fondeó en Nápoles, desembarcando la tropa, lo que satisfizo a los perseguidos, a los que estaban escondidos, a los que tenían las nuevas ideas, que se acercaron a sus huéspedes y estos hicieron regalos entre la población. Cuando se hubieron ido al amainar el tiempo, la reina[iii] siguió con los preparativos para la guerra, lo que llevó a debilitar las arcas del Estado, siguiendo persecuciones, y se consideraron perniciosas las reformas que habían hecho Carlos III y Tanucci; al contrario, se dio poder al clero adverso a toda innovación.

Se formó entonces una coalición formada por Inglaterra, España, Cerdeña y las Dos Sicilias, rompiendo la neutralidad que había firmado éste reino: una escuadra se dirigió a Tolón incendiando la ciudad y regresó para unirse a los ingleses en su expedición contra Córcega. De igual manera Dos Sicilias contribuía a la guerra en Lombardía con más de cuarenta mil hombres. La situación económica empeoró, por lo que se recurrió a empréstitos a los que acudieron los bancos. Por si esto no fuese poco se produjo una erupción del Vesubio, cuya lava destruyó gran parte de Torre del Grecco[iv], además de los campos y casas de Resina[v].

Surgieron sospechas de conjuraciones para justificar las persecuciones, llenándose los calabozos, y tuvieron mucho trabajo los verdugos, aunque el ejército de Dos Sicilias combatía con éxito al lado de Prusia en Lombardía; la armada, por su parte, vencía también en los mares de Savona, en Liguria.

Llegó el momento en que los ejércitos franceses de Bonaparte inundaron el norte de Italia con gran éxito de victorias, destruyendo gobiernos y formando repúblicas. Por su parte habían hecho la paz Cerdeña, Prusia y España, negociándola Dos Sicilias en París con la condición de respetar la neutralidad, desarmar a sus ejércitos y el pago de treinta y dos millones de reales. La guerra, por su parte, seguía contra el papa, a pesar del tratado de Tolentino[vi] quedando al mando del general Berthier los ejércitos de Italia, el cual mandó un ataque contra Roma donde parte de la población se sublevó a su favor.

El papa se encerró en el Vaticano, mientras que en 1798 se proclamaba la República Romana, para lo que se pidió al pontífice reconocimiento a la misma. Como Pío VI[vii] no se prestara a ello, sacado de su palacio viajó prisionero de un punto a otro hasta morir en el castillo de Valenza del Po[viii]. Al tiempo llegaron noticias de que se acercaba una escuadra francesa dispuesta a desembarcar sus tropas, por lo que el gobierno de Dos Sicilias aumentó las baterías y defensas de sus costas y estableció un cuerpo de observación en el Garellano (cerca de Nápoles) y en la frontera de Abruzzo.

La Francia revolucionaria exigió la expulsión del embajador inglés, el destierro del ministro Acton y paso franco para las guarniciones de Pancorvo y Benevento; también el vasallaje de Nápoles a la república romana y el pago de un tributo anual de 140.000 ducados. El rey de Dos Sicilias aceptó algunas de dichas exigencias pero no otras, e incluso dejó de cumplir algunas, mientras que la reina, por medio de Acton, llegó a un acuerdo con Austria, Rusia, Inglaterra y Turquía para guerrear contra Francia.

Las noticias que llegaron de la derrota bonapartista en Egipto a manos de los ingleses reanimaron a los partidarios de la monarquía de Dos Sicilias, dando a Nelson un gran recibimiento en Nápoles por su victoria en Abukir (en la costa mediterránea de Egipto). De nuevo la neutralidad pactada era violada por las dos partes; el rey de Dos Sicilias pactó la recepción de grandes subsidios con Inglaterra y se preparó para seguir la guerra contra la Francia revolucionaria. Bonaparte, no obstante, tendría que esperar a 1805 para dominar Dos Sicilias, si bien el Congreso de Viena restauró la monarquía tradicional diez años más tarde y añadió a los antiguos territorios los de Benevento y Pontecorvo (ambos al norte de Nápoles).

Que el nuevo rey Fernando I optase por no modificar gran cosa las reformas hechas por los franceses no evitó que en 1820, al calor de los acontecimientos en España, se rebelasen los liberales contra su monarca, sin éxito por la intervención de un ejército austriaco en 1821.



[i] Gaetano Filangieri murió un año antes de que se iniciase la Revolución Francesa; fue experto en legislación y seguidor de los pensadores ilustrados franceses.

[ii] Fortaleza en la costa napolitana.

[iii] María Carolina de Austria gobernó de facto en dos períodos, pues el rey Fernando IV de Nápoles (I de las Dos Sicilias) así lo permitió dado el carácter decidido de su esposa.

[iv] Hoy forma parte del área metropolitana de Nápoles.

[v] Hoy Ercolano, en la misma área metropolitana de Nápoles.

[vi] Ver aquí mismo “Tolentino”.

[vii] Ver aquí mismo “El ciudadano Braschi y la Revolución”.

[viii] Hoy Valence-sur-Rhône, en el sureste de Francia.


jueves, 30 de julio de 2020

¿El último saqueo de Roma?


Los Colonna formaron una de esas familias aristocráticas en la Italia medieval que llegaron a colocar en la sede pontificia a uno de sus miembros, Odonne, papa con el nombre de Martín V. Una vez elegido prefirió no establecerse en Roma, ciudad que se encontraba decaída desde que los papas se habían instalado en Avignon, residiendo en Mantua y Florencia mientras tanto, muriendo en 1431 tras un pontificado de catorce años.

Casi un siglo más tarde la familia Colonna, particularmente Pompeo[i], aliada al virrey de Nápoles, el borgoñón Carlos de Lannoy, atacó Roma en el contexto de la guerra de Italia que se desarrolló entre 1521 y 1526. Pompeo Colonna colaboró desde las primeras filas en el asalto a Roma en 1526 y en el saqueo del año siguiente, pero su participación en éste conflicto tuvo ante todo motivaciones de ambición personal.

Por su parte el condestable Carlos de Borbón (conocido también como Carlos III al frente de sus estados) había nacido en 1490 de otra familia aristocrática, la formada por Luis de Borbón, francés que fue conde de Montpensier entre otros títulos, a quien sucedió su hijo Gilberto de Borbón, nacido en Pozzuoli[ii], que sería gobernante de Auvernia; su esposa Clara Gonzaga pertenecía a otra importante familia italiana, y ambos fueron los padres del condestable Carlos de Borbón, que mandó las tropas imperiales que saquearon Roma en 1527.

Carlos de Borbón fue acumulando títulos nobiliarios a medida que sus hermanos fallecían, pero ya estaba desposeído de ellos cuando, en 1526, se firmó la Liga de Cognac entre Fancia, el papa Clemente VII, Venecia, Inglaterra, Milán y Florencia. Poderosa alianza contra la que se enfrentaron los soldados del emperador Carlos V en el contexto de la guerra de Italia citada, aunque los conflictos por el control de la península se remontan a finales del siglo XV y no terminarán sino en 1559, cuando Francia se vio obligada a firmar la paz de Cateau-Cambresis.

El palacio papal fue saqueado por los Colonna, así como las casas de aquellos cardenales que se habían mostrado fieles a Clemente VII, el cual se había refugiado en el castillo de Sant’Angelo, donde estuvo prisionero varios meses. Mientras tanto los luteranos avanzaban en Alemania, lo que obligó al papa a llegar a acuerdos con su captor, el propio emperador Carlos V.

El condestable Carlos, que había servido al rey de Francia, Francisco I, se pasó por razones puramente personales al bando del emperador Carlos, participando activamente en el saqueo de Roma en 1527. El alemán y luterano Jorge de Frundsber había sido requerido por las tropas imperiales para colaborar en la lucha contra la Liga de Cognac, encaminándose desde el sur de Italia hacia Roma en compañía de no pocos luteranos que había reclutado. Como su ejército había sido improvisado, carecía de la cohesión necesaria, por lo que muchos soldados se amotinaron contra él y le abandonaron, llegando a Roma y participando en el saqueo.

El “saco” de Roma es una manifestación de intereses muy encontrados entre los que están las ambiciones de las monarquías española y francesa por el control de Italia, las ambiciones de personajes aristocráticos por situarse en la mejor posición posible aprovechando la coyuntura, y la ocasión de mercenarios que se vendían al mejor postor. El papa Clemente VII, que estaba empeñado en la guerra contra la reforma luterana, al mismo tiempo se involucró en las luchas de las potencias por el control de Italia, lo que llevó a esta a un conflicto, solo parte de otro mayor, sin que la población en general tuviese nada que ganar y sí mucho que perder.

No fue la única vez que Roma fue saqueada: a finales del siglo IV, a principios del V, a mediados del mismo, en 472 por los germanos, a mediados del siglo VI, a mediados del IX, en 1084 por los normandos a los que llamó el papa Gregorio VII…


[i] Formó parte de un grupo de condottieros al frente de los cuales estaba un tío suyo; luego eligió la carrera eclesiástica y fue obispo pero no por ello dejó de estar interesado en los avatares políticos de la aristocracia de su tiempo, enfrentándose al papa Clemente VII, un Médici.  

[ii] Junto a Nápoles.


viernes, 6 de diciembre de 2019

Bandoleros italianos

Paisaje actual de Potenza (sp.depositphotos.com/
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)

Dos libros sobre bandolerismo en Italia tienen un interés especial porque las fuentes son directas, procediendo los testimonios de los protagonistas: uno es Il Brigantaggio Político del Mezzogiorno, y el otro Brigand Life in Italy, de A. Lucarelli y P. Maffei respectivamente.

En la primera obra se habla del bandolero Vardarelli, que empleaba su tiempo en extorsionar a los ricos para ayudar a los pobres. Actuaba en las regiones de Apulia y Potenza, en el sur de Italia, en torno al año 1817.

En una ocasión Caetano Vardarelli ordenó se entregase cierta cantidad de pan a los trabajadores de una finca, pero como fuese imposible llevar su orden a cabo, pues no había tanto pan en la despensa para cien trabajadores, Vardarelli dijo al encargado que tenía que cumplir la orden “cuanto antes”, y le anunció que si a su regreso había un solo trabajador que no hubiese recibido su pan, mataría al encargado “del mismo modo que tenía muertos ya a dos de ellos en otras fincas”.

Otro es el episodio en el que Vardarelli se dirige al acalde de Atella (Potenza), ordenándole que convocase a todos los terratenientes del término y les hiciese saber que “tienen que dejar a los pobres recoger las bellotas en sus tierras”, porque de lo contrario “se acordarán de mí sus posaderas, y lo que digo dicho está”.

Como comandante de la tropa montada “Fulminante”, se dirige al alcalde de Foggia (Apulia) en los siguientes términos: “tendrá la bondad de ordenar a todos los terratenientes en mi nombre que deberán dejar de alimentar su ganado con las bellotas de sus tierras para que los pobres puedan recogerlas, y que si hacen oídos de mercader a mis mandatos, quemaré cuanto posean”. A continuación dice al alcalde que haga cuanto le dice “y podrá contar con mi saludo”, pero que si oye quejas responderá el alcalde ante él.

En otro contexto histórico, cuando ya Italia había conseguido su unidad territorial y política, en la obra “Brigand Life in Italy”, se recoge el siguiente interrogatorio de un juez a un “bandolero borbónico”.

El juez le preguntó por qué no se entregaron él y sus compañeros (demostraban tener convicciones religiosas), y advirtió al “bandolero borbónico” que su vida estaba en peligro permanente, y que el pueblo de Sturno (Campania) estaba atemorizado por el número de bandoleros de la comarca, no obstante haberse deshecho de dos y haber levantado la bandera de Víctor Manuel en nombre de  la unidad italiana. El bandolero contestó que él y los suyos estaban luchando por la fe. Le pregunta el juez qué entiende por fe, a lo que el bandolero contesta que la de “nuestra religión”.

El juez le recuerda que la religión católica condena los robos, los incendios, los asesinatos y las crueldades, a lo que el bandolero contesta que “teníamos la bendición del Papa”, pero que el papel que lo acreditaba lo había perdido. Se interesa entonces el juez por dicho papel y su contenido: ¿Qué decía ese papel? “Decía que el que lucha por la sagrada causa del Papa y de Francisco II[i] no peca”, contestó el bandolero.

A nuevas preguntas del juez el bandolero contesta que “los verdaderos bandoleros son los piamonteses [en Piamonte se inició la unificación italiana], que han robado su reino a Francisco II”, añadiendo que el documento perdido “era un mandato en nombre de Francisco II” y que su sello contenía la efigie de dicho rey.

Como el juez dijese al bandolero que le costaba creer que un rey se rebajase a ordenar homicidios, extorsiones e incendios, además de que era inútil “esperar que recobraría su corona”, lo dicho por el bandolero –dice el juez- tenía que ser falso. Aquel contestó que “estando aquí los bersaglieri[ii] y sabiendo yo como lo sé que he de morir y voy a ser fusilado, repito que tuve ese papel”.

El juez le reprochó que llevase en el pecho una medalla con la efigie de Francisco II, pero lo más sorprendente –le dijo- es que pretendiese fuese cómplice de sus crímenes “la Santísima Virgen”, pues llevaba también un escapulario de la Madonna del Carmine. El bandolero contestó que él y sus compañeros tenían a la Virgen por protectora, y al hacérsele saber que se aproximaba la hora de su ejecución, contestó: “Confirmaré cuanto llevo dicho al confesor que, espero, se me concederá”.

En ambos casos cabe pensar si los motivos aducidos por los bandoleros eran una mera excusa para delinquir, o bien lo hacían convencidos de que su causa era justa. El bandolero que robaba para ayudar a los pobres parece querer subvertir el orden; como dicho orden era injusto, se explica bien su forma de vida. En el segundo caso se trata de un bandolero influido por ideas conservadoras y que está contra las novedades del régimen liberal.



[i] Último emperador del Sacro Imperio Romano Gernánico.
[ii] Cuerpo de infantería del ejército italiano.
(*) Ver aquí mismo "Pájaro en medio del bosque..."