martes, 20 de octubre de 2020

Quemar a vivos y a muertos

 

                                                     Plano antiguo del centro de Valladolid

“En Valladolid, a veinte y un días del mes de mayo de 1559, se hizo Auto de la sancta Inquisición, en la Plaza Mayor y las personas que salieron son las siguientes: Relaxados y quemados…”. Y a continuación se expuso la lista de los condenados –dice Fernández Álvarez[i]-, encabezada por Agustín de Cazalla, “capellán de la S. M. y su predicador…”.

En un texto del autor citado, titulado “Se encienden las hogueras”, se relata lo ocurrido en Valladolid y Sevilla entre 1559 y 1562, siendo unos doscientos los encausados por la Inquisición, siendo grande la importancia de algunos de ellos, por ejemplo el arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza[ii], que logró su salvación gracias a la intervención del papa Pío V. No así Agustín de Cazalla, orador y acusado de erasmista, al cual de nada le valió haber acompañado al emperador Carlos en varios viajes por el Imperio. Se salvó de ser quemado vivo pero no de morir ajusticiado, probablemente por un pacto con el inquisidor fray Antonio de la Carrera, que le visitó la víspera en la prisión; pero una vez muerto fue quemado su cuerpo en la hoguera.

Ese pacto le fue reprochado por el bachiller de Toro, Herrezuelo, el cual sí sufrió la bárbara pena de ser quemado vivo por “relaxado… herege pertinaz”.

También fue encarcelado por la Inquisición de Valladolid fray Luis de León, debido a las denuncias por herejía que algunos llevaron a cabo. El agustino había explicado en sus clases que la versión latina de la Vulgata no tenía la debida validez, contra lo que había establecido el Concilio de Trento, y había traducido al romance El Cantar de los Cantares del Antiguo Testamento, lo que estaba prohibido por el mismo Concilio.

Que uno de los denunciantes fuese dominico hizo pensar que podría tratarse de la rivalidad entre predicadores y agustinos, pero lo cierto es que la Inquisición envió un comisario para hacer las averiguaciones, el cual comprobó los antecedentes conversos de fray Luis, y esto le predispuso contra él: decidió encarcelarlo, siendo el año 1572, y así estaría fray Luis más de cuatro años antes de que se sustanciase si era culpable o no. Ante las dudas de quienes querían una pena severa y quienes querían castigarle con una pena leve, en 1576 el Tribunal Supremo de la Inquisición, presidido por el cardenal Quiroga[iii], le absolvía.

No obstante se obligó a retirar de la venta su traducción del Cantar de los Cantares, y se le ordenó que guardase secreto sobre todo lo que se había tratado en el proceso, so pena de ser castigado con el máximo rigor, dice Fernández Álvarez. No debían tener la conciencia tranquila los que le habían tratado como aquí se ha dicho.


[i] “El monje y la Inquisición”.

[ii] Ver aquí mismo “Carranza, un reformador condenado”, “Pueblos de inquisidores” y “El Tenebrario”.

[iii] Desde 1577 arzobispo de Toledo.


lunes, 12 de octubre de 2020

Las guerrillas contra el francés

 


Parece que la guerra de guerrillas, por primera vez, se practicó en España a partir de 1809 con motivo de la ocupación francesa de parte de su territorio. Incapaces de mantenerse en campo abierto ante tropas superiores en número, armamento, preparación, técnica y movilidad –dice M. Artola- los españoles abandonaron la guerra regular a partir de los ejércitos concentrados en la línea del Ebro. Perseguidos por el invasor, terminaron por disgregarse en una proporción decisiva, gracias a lo cual el número de víctimas y prisioneros fue pequeño, mientras que los españoles conservaron al terminar la guerra su entera capacidad combativa.

Las catástrofes de Zornoza[i], Gamonal[ii] o Tudela fueron responsables del nuevo planteamiento bélico al dispersar decenas de millares de combatientes por todo el territorio español, desde Galicia a Murcia.

Esto de abandonar las líneas del ejército regular español podría ser considerado como deserción, y de hecho hubo muchos desertores durante la guerra de 1808, pero lo cierto es que la guerra de guerrillas dio sus resultados y los ejércitos bonapartistas fueron vencidos en 1813, aunque la guerra no se dio por terminada sino un año más tarde.

En el caso del ejército de la Izquierda –sigue diciendo M. Artola- de los 37.640 hombres que tenía bajo su mando Blake, no pasaron a las órdenes de La Romana sino unos 10.000. El resto se fue a la guerrilla, formándose partidas con un resultado más que notable. En el caso de Cataluña, donde existía el somatén, las guerrillas se superpusieron a él, aunque corresponden a aquel los éxitos alcanzados en los combates del Bruch (oeste de la actual provincia de Barcelona).

Aunque Juan Martín Díaz, el Empecinado, inició sus ataques a los correos franceses antes de mayo de 1808, el cura Merino se lanzó al campo en enero de 1809 y dos meses más tarde contaba ya con 300 jinetes armados. Las restantes partidas comenzaron con posterioridad, y la Junta Central se vio obligada a redactar un Reglamento de partidas y cuadrillas. En la región del Ebro destacó Renovales, hecho prisionero por los franceses al producirse la capitulación de Zaragoza en febrero de 1809, pero consiguió fugarse con ocasión de su tránsito por Navarra y se refugió en el valle del Roncal. La rendición de Jaca en marzo hizo que entrase en combate Sarasa, y Espoz y Mina se unió al Corso terrestre de Navarra[iii].

El coronel Gayán se convirtió en guerrillero tras la fracasada invasión de Aragón por Blake, que concluyó en el encuentro de María[iv] en junio, y otro es el caso del brigadier Villacampa que, cumpliendo órdenes de Blake, se convirtió en jefe de una partida que hizo del monasterio del Tremedal[v] su base de operaciones.

Julián Sánchez y fray Lucas Rafael actuaron en Castilla y las primeras hazañas de Mina el Mozo en la región de Tudela datan de la primavera de 1809. De los guerrilleros que operaron en el norte, Porlier el Marquesito había combatido en Gamonal antes de convertirse en jefe de partida; Jáuregui el Pastor y Longa surgieron como caudillos por las mismas fechas y, en Galicia, cuando entran los franceses a finales de 1808.

En Cataluña, después de las derrotas españolas a manos de Saint-Cyr, surgirán partidas hasta el fin de la guerra y el somatén se convertirá o será sustituido por el guerrillero, hasta el punto de que los jefes del primero serán los que formen las partidas. Milans del Bosch, un teniente coronel en situación de media paga, fue el primer jefe de los somatenes, cuyos miembros se transformaron en soldados permanentes en pocos meses. Manso y Solá estuvo en Gerona y Rosas antes de convertirse en caudillo de una partida. Franch y Estalella, por su parte, surgieron de los que lucharon en el Bruch.

Como queda dicho, las autoridades se vieron en la necesidad de dar a las partida unas normas para que siguiesen los mismos objetivos: “evitar la llegada de subsistencias, hacerles difícil [a los soldados franceses] vivir en el país, destruir o apoderarse de su ganado, interrumpir sus correos, observar el movimiento de sus ejércitos, destruir sus depósitos, fatigarles con alarmas continuas, sugerir toda clase de rumores contrarios, en fin, hacerles todo el mal posible”.


[i] Al norte de Durango, Vizcaya.

[ii] Hoy un barrio de Burgos.

[iii] Era la partida de Javier Mina.

[iv] A orillas del río Huerva, muy cerca y al sur de Zaragoza.

[v] Al oeste de la provincia de Teruel.

(Fotografía tomada de http://www.guiabizkaia.com/comarcas/duranguesado/duranguesado.php)

Enterramientos al norte de el Argar

 


Un estudio muy interesante muestra las prácticas funerarias realizadas durante el segundo milenio antes de Cristo por las poblaciones que habitaron en el sistema Bético valenciano, particularmente en el llamado Corredor de Villena, pero también en otras comarcas que no estuvieron influidas por la cultura del Argar. Para dichos territorios lo más destacado –dicen los autores del estudio- es el empleo de grietas o covachas para las inhumaciones, fuera de las zonas de hábitat.

El territorio estudiado abarca toda la provincia de Alicante y algunas zonas meridionales de la de Valencia, una superficie cercana a los 6.000 km2, configurándose el paisaje en forma de hoyas o cubetas geográficas de diferentes tamaños y morfologías, siendo una de las más destacadas la de Alcoi, de morfología irregular y atravesada por el río Serpis en un paisaje muy ondulado en los márgenes y más plano en el centro. A esta hoya se abren una serie de valles que le dan forma ramificada .

En Cocentaina, al norte de la provincia de Alicante, están la cova dels Coloms, considerada por algunos de habitación y por otros para enterramiento; también la cova del Piquet del Baladre, excavada pasada la mitad del siglo XX, y de ella proceden varios fragmentos de cerámica y de molinos, lascas y fauna, pero no han aparecido restos humanos; la cova de la Penya Banyada, en una de las laderas del Pic Negre, parece ser que no ha sido excavada, conociéndose solo un hacha de cobre y algunos fragmentos cerámicos.

En Alcoi, muy cerca de Concentaina, se encuentran la cova de la Boira, correspondiendo el nivel estratigráfico quinto a la Edad del Bronce. Se han encontrado dos fragmentos de cráneo humano junto con puntas de flecha de sílex, molinos y hachas de piedra, un diente de hoz y láminas de sílex; la cova del Cau de les Raboses, que fue escavada a mediados del siglo XX, localizándose a casi un metro de profundidad los restos de cinco individuos en posición fetal separados de lo que podría ser el ajuar. Además, molinos de piedra, fragmentos de cerámica, sílex, caracoles y cuentas de collar discoidales de piedra; y Mas del Corral es un yacimiento donde se encontraron restos de inhumaciones. Según J. Trelis, a quien citan Jover Maestre y López Padilla[i], existían dos niveles de enterramiento, correspondiendo los restos a dos individuos en el nivel superior y a varios grupos de huesos en el inferior. A finales de los años ochenta pasados se localizaron al menos restos de dos cráneos, uno de ellos infantil, así como otros huesos, cerámicas y algunos fragmentos de molinos.

En la gruta de les Llometes, también en Alcoi, se encuentran unos enterramientos –hasta seis inhumaciones- considerados de la Edad del Bronce, pero el material se halla en paradero desconocido, conservándose tan solo una laminilla de cobre o bronce. Al parecer los cadáveres estaban con las extremidades extendidas y los cráneos sobre vasijas cerámicas. En el mismo municipio el Barranc del Sint ha dado un enterramiento consistente en una inhumación en fosa abierta en lo más alto de una de las laderas del barranco, aproximadamente a un kilómetro de la boca de entrada al mismo. El esqueleto se hallaba sobre la roca en decúbito lateral derecho y, como único ajuar, al parecer, una mano de molino fragmentada situada junto al cráneo. Una capa de tierra de unos 50 cm. de espesor cubría éste enterramiento, a la que se superponía otra capa de tierra distinta de unos 20 cm. con cerámicas medievales.

M. S. Hernández, a quien citan los autores del estudio, consideró que se podía tratar de un enterramiento en cueva con niveles de habitación superpuestos, idea en la que insistió más tarde J. Vicens. En Alcoi también se encuentra Ull del Moro, con enterramientos que aparecieron en dos grietas situadas en la falda sur del cerro sobre el que se alza el poblado. En una excavación aparecieron dos cadáveres con sendas lajas aprovechando las paredes rocosas de la grieta. El ajuar constaba, al parecer, de un hacha de piedra pulida, una lámina de sílex y algunas conchas marinas. Otro enterramiento doble se localizó en una tercera grieta de 3 metros de profundidad y una boca de 2,50 por 0,70 metros. En su interior se halló el esqueleto de un adulto y el de un niño, y como único ajuar un colgante de piedra de color verdoso.

Los autores concluyen que frente a una sociedad de clases y expansiva como la argárica, con prácticas caracterizadas por la inhumación individual dentro del área de los poblados, con diferencias en los ajuares, las comunidades no argáricas por ellos estudiadas conservan sus códigos evidenciados en las prácticas funerarias en cueva o grieta –preferentemente dobles o triples y en ocasiones múltiples- cercanas al asentamiento de habitación. En algunos casos, estos últimos adoptaron como ajuares funerarios objetos de adorno en cobre, plata y oro como símbolos identificadores de las elites, teniendo su origen, no obstante, en los prototipos argáricos, con independencia de que se trate de manufacturas propias o adquiridas. Por el contrario las armas, auténtico símbolo de las elites del mundo argárico, no fueron adoptadas (que se sepa hasta el momento).


[i] Arqueología de la muerte”.

domingo, 11 de octubre de 2020

Tres mujerzuelas a su servicio

 

El cuadro de arriba fue pintado en el año 1784, obra de Goya, un óleo sobre lienzo de 248 por 330 cm. que se encuentra en Parma, Italia. Para pintarlo se desplazó el artista a Arenas de San Pedro (actual provincia de Ávila) donde se encontraba la familia de uno de los hermanos del rey español Carlos III, Luis de Borbón Farnesio, seguramente hospedado en el castillo del condestable Dávalos, hoy en parte museo, mientras no se construía el palacio que a la postre quedó inconcluso, y que habría de ser su residencia. Se trata de un edificio de planta cuadrada, sobrio, de tres plantas con torres en las esquinas, pero con poco resalte.

Antes, la familia de don Luis había vivido en Velada[i] y Cadalso de los Vidrios[ii]. Cazador tanto como amante de mujeres, por estas localidades y por Arenas de San Pedro emplearía su tiempo.

Este infante, que a los catorce años fue dotado con varias encomiendas para que viviese bien, fue nombrado al mismo tiempo arzobispo de Toledo, también cardenal y poco después designado arzobispo de Sevilla, lo que según Juan Manuel López Marinas, a quien sigo, le representó una renta anual de 160 millones de euros al cambio actual. Es un buen ejemplo para estudiar las mentalidades de ciertas familias en el siglo XVIII, no muy distintas que en el anterior y posterior.

Luis de Borbón Farnesio nació en 1727, y con el andar del tiempo, como no tenía afición notable, se le quiso buscar sitio en la Iglesia. Parece que la formación de éste infante fue deficiente en todos los aspectos, careciendo de carácter decidido y dominado siempre por alguna mujer de la familia (madre o esposa). Algún historiador le ha calificado de “bon vivant”. Un jesuita encargado de su formación, cuando ya reinaba Fernando VI, medio hermano suyo, dejó escrito que “nunca hallé en S.A. en la útil lección de un libro”.

Pero en cambio sí tuvo una agitada vida amorosa, por lo que llegó el momento en que solicitó al papa la renuncia a los “cargos” eclesiásticos que tenía, además de los emolumentos que ellos representaban. No obstante buscó la manera de seguir viviendo bien, pues en 1761 compró el condado de Chinchón a su hermano cuando éste fue nombrado rey de Nápoles, una vez que dejó dicho puesto su otro hermano Carlos III de España. Pagó por dicho condado más de 36.000 euros al cambio actual, según López Marinas[iii].

La agitada vida amorosa de don Luis le ocasionó una enfermedad venérea que, a pesar de querer taparla, trascendió a la opinión pública, lo que molestó al rey Carlos. El embajador francés en España dejó escrito que “el infante D. Luis tiene una afición a las mujeres… [y que] tenía a su disposición tres mujerzuelas, con quienes se solazaba sin que el Rey lo supiera…”. Pero cuando éste lo supo envió a los que servían al infante de tapadera a un presidio en Puerto Rico; desterró a otros por varios años a sesenta leguas de la Corte (más de cuatrocientos kilómetros); alejó y castigó también a las mujeres y a los padres de estas como cómplices…

Pero llegó el momento en que el infante don Luis quiso contraer matrimonio, o más bien fue empujado a ello, para lo que después de varias opciones, se eligió a una noble aragonesa, doña María Josefa Vallabriga y Rozas, treinta y dos años más joven que el infante, la cual se vio presionada y solo aceptó cuando se le explicó que era una unión ventajosa para la familia. La boda se celebró en Olías del Rey (1776), al norte de la actual provincia de Toledo, con discreción y escaso cortejo, dice López Marinas, pero con la presencia del arzobispo de Toledo.

Al rey Carlos no le agradó dicho casamiento –por ser “desigual”- pero quizá le gustaba menos la vida de mujeriego que llevaba antes el infante, y decretó que éste debía salir de la Corte para siempre y solo usase el título de duque de Chinchón; en cuanto a hijos, no podrían usar el apellido Borbón ni heredar el condado de su padre; debían usar solo el apellido de su madre. Pero Carlos III permitió que el infante tuviese criados.

El infante tuvo cuatro hijos, de los que uno murió prematuramente, y un año más tarde de que Goya pintase el cuadro de su familia, don Luis falleció (1785), quedando los hijos bajo la tutela del cardenal Lorenzana, arzobispo de Toledo, pues cuando esta dignidad la había tenido don Luis había dado al ahora prelado una canonjía en su sede. En cuanto a la esposa del infante, por orden del rey debía permanecer en Arenas, aunque en 1786 le permitió que se trasladase a Velada, donde permaneció varios años. Cuando ascendió al trono Carlos IV, éste permitió a la señora vivir en Zaragoza, la tierra de sus padres.


[i] Al oeste de la actual provincia de Toledo.

[ii] En el suroeste de la actual provincia de Madrid.

[iii] “El infante don Luis de Borbón…”.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Tolentino

Exconvento de San Nicolás (Tolentino) en 1940 (*)

Tolentino es una pequeña ciudad del este de Italia donde, a finales del siglo XVIII, se firmó un tratado entre Francia y el papa Pío VI por el que el poder temporal de la Iglesia empieza a decaer antes de que se produzca la unidad política y territorial italiana a mediados del siglo siguiente.

Aunque los historiadores no se ponen de acuerdo en la interpretación de éste tratado, lo cierto es que la Francia de Bonaparte, cuyo régimen en ese momento era el Directorio, se encontraba en un momento en que el poder del militar estaba creciendo de tal forma que se permitió condicionar al papa al margen de las autoridades centrales francesas. El papa no es privado de su condición de guía espiritual de la cristiandad, pero las relaciones del Estado y la Iglesia católica serán, a partir de este momento, distintas a como lo habían sido.

El papa encargó al historiador Gaetano Marini[i] que se hiciese cargo de la documentación que contenía el tratado, lo que así hizo. El documento depositado en el Vaticano consta de ocho folios de 355 por 245 mm., con sellos de lacre del papa y Francia.

Éste tratado se inscribe en la política expansiva de Bonaparte, figura militar ascendente, contra las potencias absolutistas, Gran Bretaña y los estados italianos que estaban bajo la mirada, si no la intervención, del Imperio Austríaco. Bonaparte estaba interesado en tres cosas: su ascenso personal, el engrandecimiento de Francia y la expansión de las ideas ilustradas y liberales moderadas por Europa.

Así los ejércitos bonapartistas ocuparon Módena, Forli, Bolonia y otras ciudades bajo la “protección” pontificia. Entonces el papa envió a Bonaparte una legación para llegar a ciertos acuerdos que evitasen un desastre mayor (quizá la ocupación militar de Roma) para el director de la Iglesia, y en Tolentino se reunieron las dos partes.

El texto del tratado es un ejemplo del lenguaje eufemístico de la diplomacia de todos los tiempos, hablándose de “amistad y buena inteligencia”, cuando en realidad había sido una imposición de Francia al papa, pero es importante que el éste se obligaba a no hacer reclamación alguna sobre Avignon y el condado de Venaissin (sureste de Francia) que en el siglo XIII había sido propiedad de los condes de Poitiers, los cuales lo donaron a la Iglesia. Por ello los habitantes de este territorio, cuyo centro ocupaba la villa de Carpentras, no estaban obligados al pago de impuestos ni al servicio militar. Esto no era admisible para los republicanos y jacobinos franceses ya desde los primeros momentos de la Revolución, aunque hay precedentes de que la monarquía absoluta francesa también había intentado anexionarse el condado.

El tratado hace referencia a una buena cantidad de dinero que el papa debía pagar a Francia, quizá para comprar una paz que nunca estaría segura o para compensar el tiempo de exención fiscal de que habían gozado los habitante de ese enclave papal en Francia. También había alguna cláusula alusiva a la entrega a Francia de algunas obras de arte, además de que el papa tuvo que liberar a presos políticos que la república francesa no admitía.

Quizá Bonaparte y sus colaboradores conocían el pensamiento de Mme. de Lambert[ii] de que “filosofar es devolver a la razón toda su dignidad”, así como a Voltaire cuando escribió en 1765: “el verdadero filósofo labra los campos incultos, aumenta el número de carretas y, por consiguiente, de habitantes, da trabajo al pobre y le enriquece, fomenta los matrimonios, da al huérfano instituciones, no murmura contra los impuestos necesarios y pone al campesino en situación de pagarlos con alegría. No espera nada de los hombres y les hace todo el bien de que es capaz”.



[i] Nacido en 1742, murió en 1815, pero no está claro si era sacerdote (parece que sí clérigo).
[ii] Nacida en París en 1647, falleció en la misma ciudad en 1733 (Anne-Thérèse de Marguenat), inspiradora de un salón para el cultivo de la dignidad, el buen gusto y el progreso en su época.
(*) https://www.pinterest.es/pin/412642384590512136/

¿Una villa romana en Sober?

http://culturagalega.gal/noticia.php?id=30656&soportal=

Al sur de la provincia de Lugo se encuentra Sober, y en una de sus parroquias, Proendos, parece que pudiera encontrarse una villa de época romana después de los trabajos realizados con georradar en una superficie de unos 27.000 m2. Otros trabajos de arqueología han dado algunas columnas, materiales constructivos y cerámica, pero no todos los elementos son de época romana, sino también prehistórica y medieval.

En un espacio de forma irregular y a una profundidad de 1,60 m., el georradar ha permitido reconstruir varias construcciones, una con ábside y muros que se cortan, en general, perpendicularmente, y podrían aparecer algunas vías de canalización. En otra superficie el georradar, a una profundidad de 1,91 m., ha permitido descubrir una construcción rectangular, dividida por muros y, uno de ellos, exterior, hasta otra construcción de planta muy regular.

En una tercera zona de forma acusadamente rectangular, a una profundidad de 1,33 m., se conservan dos construcciones, una de ellas incompleta, pero que parecen cuadradas. En su conjunto se puede afirmar que las construcciones, inicialmente diseminadas y discontinuas, ocupan un espacio no pequeño que permiten especular con una villa[i].

sábado, 12 de septiembre de 2020

El pintor y su obra ante el espejo



Odense es una ciudad danesa donde, en 1804, nació el pintor Wilhelm Ferdinand Bendz, que tendría una corta vida, pues murió en Vicenza (nordeste de Italia) en 1832.
Fue uno de los pintores que hizo valer el papel de los artistas en su tiempo, pues no los consideraba simples artesanos, sino intelectuales que trascendían de conocer las técnicas de la pintura. Para él un artista debía de tener un concepto, una filosofía, debía transmitir algo más que una simple imagen más o menos bien lograda. Tanto es así que pintó varios cuadros de artistas trabajando, representando en la obra que figura arriba a su compañero Ditlev Conrad Blunck, algo mayor que él, pintando un retrato de Jorge Sonne, otro danés que se caracterizó por pintar escenas de batallas.
El título de la obra que se muestra aquí es “Joven artista examinando un boceto en un espejo”, obra al óleo sobre lienzo de 98 por 85 cm., de 1826, cuando Bendz tenía veintidós años. Se encuentra en la Galería Nacional de Dinamarca.
El espejo permite ver de frente al artista, el cuadro que está pintando, el caballete con un retrato y otros elementos, constituyendo todo ello un interesante estudio de la perspectiva.
En otra obra Bendz representa a la familia Waagepetersen, un comerciante de vinos, pintada en 1830 al óleo sobre lienzo de 100 por 89 cm., que encuentra en el mismo museo. En esta obra se ve al señor Waagepetersen y a su familia, algo muy propio de un burgués que dedica todo su esfuerzo al trabajo y a los suyos. La estancia muestra un mobiliario discreto y sin ornamentos, lo que pone de relieve la costumbre de las familias cuyo arquetipo es éste personaje, esforzado por el ahorro. No obstante, algunos cuadros en la pared y un busto, dan a entender el gusto por la cultura de esta familia, dejándose ver otra habitación por la puerta abierta al fondo.
Es una obra de inferior calidad que la del artista ante un espejo comentada antes, dominando en la de la familia Waagepetersen la línea dibujística, pero en ambas el rico colorido, mucho más matizado en la primera.

Las primeras iglesias catedrales en América


                                                                  Catedral de Oaxaca (*)
En el siglo XVI se comenzaron a construir las primeras iglesias catedrales en América, particularmente en Nueva España. Eran muy sencillas y con materiales deleznables, como adobe, paja y madera, por lo que cumplieron una función provisional antes de que las diócesis se dotasen de otros templos hechos con piedra.

Huejotzingo, por ejemplo, en el sur de México y rodeado de las últimas estribaciones montañosas que ocupan México de norte a sur, contó con dos templos de un convento, aunque la monarquía española se ocupó del nombramiento de obispos, en primer lugar, en las islas del Caribe.

En Tlaxcala, no lejos de Huejotzingo, se estableció una diócesis en 1519, y luego otras en Yucatán, Michoacán, México, Oaxaca, Guadalajara, Chiapas, etc. Todas tuvieron iglesias catedrales que se construyeron provisionalmente, mientras no era posible erigir templos más sólidos, solemnes y de fábricas más permanentes, lo que ocurrió a partir de la segunda mitad del siglo XVI.

Las órdenes mendicantes, sobre todo los franciscanos y dominicos, estaban muy implantadas en Nueva España, por lo que en ocasiones fueron los sencillos templos de estas órdenes los que sirvieron de catedrales provisionales para los respectivos obispados. Según Enrique Camacho Cárdenas[i] los modelos arquitectónicos que se llevaron a cabo en el siglo del que estamos hablando respondieron a tipologías eclesiásticas andaluzas, con tres naves y carpintería mudéjar[ii].

En Tlaxcala se aprovechó un templo preexistente para la primera catedral, mientras que en otras sedes las primeras iglesias catedrales se realizaron con rapidez, aunque luego se retrasase tanto la construcción de las definitivas que permanecieron un largo tiempo de vigencia. En Valladolid, hoy Morelia, los materiales del primitivo templo sirvieron para reaprovecharlos en el definitivo, y otro tanto podemos decir de Guadalajara. En otras ocasiones esto no fue posible porque los materiales de la primitiva sede episcopal eran adobe y paja.

La provisional de Puebla –dice Camacho Cárdenas- tuvo sucesivas reparaciones, pero en 1561 se encontraba muy deteriorada. No obstante su sencillez, se tendió a que estas iglesias tuviesen tres plantas, aunque se cubrieran de forma adintelada y con madera. La provisional de México fue realizada por Martín de Sepúlveda, que era maestro de obras de la ciudad, pero no fue terminada por él[iii], y allí se instaló el franciscano Juan de Zumárraga, primer obispo de México[iv]. El emplazamiento de éste templo es el mismo que el que ahora ocupa el atrio de la catedral. Hacia finales del siglo XVI fue restaurada y ampliada, con tres naves pero techumbre de madera.

Otros fueron los avatares de la catedral de Oaxaca, que sufrió permanentes destrucciones y reconstrucciones a causa de terremotos, siendo la fábrica actual del siglo XVIII. El obispado de Michoacán, creado en 1536, estableció su sede en Tzintzuntzan (en el oeste de México pero no en la costa), siendo empleada para primera catedral la iglesia de los francisanos, pero luego se trasladó la sede al barrio de Pátzcuaro, que hoy es municipio independiente, y en 1574 se donó el edificio a los jesuitas, mientras que la catedral definitiva, iniciada en la década de 1540, constaría de cinco naves, pero como se realizó muy rápidamente, a los pocos años presentaba un estado ruinoso.

[i] “Las catedrales provisionales en Nueva España…”.
[ii] R. López Guzmán ha estudiado el mudejarismo en Iberoamérica coordinando una obra con otros investigadores.
[iii] www.catedralmetropolitanademexico
[iv] Nacido en 1468, fue el fundador de la Universidad Pontificia de México, y falleció en 1548.
(*) wikipedia.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Guerrilleros y militares carlistas del cuadrante nordeste

 

                                                             Samper de Calanda (Teruel)

No fueron pocos los que se levantaron contra el liberalismo que representó la ocupación bonapartista de España, el trienio liberal de 1820-1823 y la guerra llamada carlista de 1833. Algunos incluso participaron en la segunda, llamada también de los matiners[i] entre 1846 y 1849 sobre todo en Cataluña.

Está claro que los carlistas eran de extracción popular, aunque estuviesen apoyados por varias categorías del clero y por cierta nobleza; muchos de los guerrilleros fueron verdaderos héroes, guiados por una fe ciega en la tradición, condicionados otros por razones familiares o geográficas, algunos más convencidos que otros e incluso provenientes algunos del ejército liberal (lo que demuestra cierta acomodación a los acontecimientos)[ii].

En este resumen no pretendemos hablar de los más conocidos, como Cabrera, Zumalacárregui, Forcadell o Serrador; más bien nos referiremos a los que han hecho la “pequeña historia” en sus localidades o en regiones enteras, pero con menos notoriedad que los citados.

Algunos fueron víctimas de sus propios correligionarios debido a desavenencias o traiciones, como es el caso del turolense Rafael Ibáñez, otros vivieron en final de su vida en el exilio, sobre todo Francia, otros reunían la condición de clérigos, como Jerónimo Merino o Benito Tristany, o estuvieron próximos a Cabrera, a quien sirvieron personalmente, pero otros fueron menos conocidos incluso en su época.

Algunos demostraron muy poco apego a la vida, negándose a facilitar información y aceptando estoicamente ser fusilados, como es el caso de Viscarro; un ejemplo de empecinamiento es el de José Maestre, aunque no el único, dirigiendo a los menos reflexivos de entre los carlistas; algunos fueron hacendados, otros conocían algún oficio, pero de muchos no se conocen sino sus hechos militares. Algunos fueron crueles, como Mariano Orteu y otros comandaron verdaderos ejércitos, como Juan José de Torres.

Algunos alcanzaron importantes grados militares en el ejército carlista, que luego pudieron hacer valer una vez alcanzada la paz, pero otros no aceptaron esta y huyeron sin aceptar indultos; e incluso uno, Juan de Dios Polo y Muñoz de Velasco, vivió tantos años que participó también en la tercera guerra carlista (década de los años setenta).

Rafael Ibáñez, hacendado de Fuentes Claras (noroeste de la provincia de Teruel), fue un jefe carlista que inició la sublevación en Aragón. Cabrera lo habría mandado fusilar por colaborar con Cabañero[iii] y preparar su desmovilización a finales de 1839.

Pablo Alió Anguera nació en Sarreal, unos 40 km. al norte de Tarragona, en 1810 y falleció en Francia. Estudió en el seminario de Tarragona y en 1835 se integró en las filas carlistas en el primer batallón de Tarragona que mandaba Manuel Ibáñez, Llarg de Capons. En 1836 se incorporó al ejército de la derecha del Ebro a las órdenes de Serrador. Cabrera, por la conquista de Morella, lo ascendió a capitán. En 1840 se exilió en Francia. En cuanto al llamado Llarg de Capons por el supuesto lugar de su nacimiento (Capons o Copons, Barcelona) nació en 1800 y murió en 1839, habiendo participado antes en el alzamiento de los malcontentos[iv] (1826-1827).

Jerónimo Merino Cob (Villoviado, al sur de la provincia de Burgos) nació en 1769 y murió en Alençon[v] en 1844, siendo uno de los guerrilleros más emblemáticos de la guerra de 1808, en la que alcanzó, en 1814, el cargo de gobernador militar, con grado de general, de la plaza de Burgos, aunque concluidas las hostilidades volvió a ser un simple cura de pueblo. En el Trienio retomó las armas contra los constitucionales y apoyó la invasión de Angulema. En la primera guerra carlista apoyó al pretendiente, dirigiendo el alzamiento carlista en Castilla la Vieja, y participó en los sitios de Morella y de Bilbao. Se exilió en Francia tras el Convenio de Vergara.

Domingo Arnau (Tortosa, 1811 – St. Llorenç de la Muga[vi], 1855) fue desterrado a Benicarló por la autoridad militar de Tortosa. Entonces, con otros legitimistas, se unió a la partida de Serrador. Ascendió a sargento y pasó a la división de Forcadell, donde ascendió a capitán por la acción en Ares del Maestre, al noroeste de la provincia de Castellón (1835). Su heroicidad comportó que lo nombrasen ayudante de Cabrera. Ascendió sucesivamente a coronel y Jefe del Estado Mayor de la división de Murcia en 1837, y en 1839 fue nombrado 2º comandante interino de Murcia. En 1840 pasó a ser comandante general de la división de Tortosa. Se exilió en ese año aunque, iniciada la guerra de los matiners, abandonó clandestinamente su lugar de residencia forzada y en 1848 entró en Cataluña por Osséja[vii] con Cabrera. Sin embargo, la persecución del Gobierno le hizo solicitar el indulto, tras lo cual se exilió nuevamente. Trató de regresar clandestinamente en 1855, cuando estuvo previsto un nuevo alzamiento carlista, pero al cruzar la frontera fue tiroteado y murió.

Román Bonet, Chambonet, apodo que recibió por el apellido de un militar carlista tío suyo, nació en Vinaroz, luchó contra el trienio, formó parte de la tropa de Forcadell y actuó especialmente en la los territorios de Tortosa. Por mérito de guerra ascendió a teniente coronel, y Cabrera lo colocó de primer comandante del tercer batallón de Valencia, hasta 1840.

Juan Bautista Viscarro nació en Ulldecona (extremo sur de la provincia de Tarragona), luchó con los agraviados de 1828 y en la primera guerra carlista formó parte de una división. En 1840 fue nombrado comandante del fuerte de Begís (suroeste de la provincia de Castellón). Después de exiliarse en Francia, entró clandestinamente en España en 1844, siendo detenido en Tortosa cuando se dirigía al Maestrazgo y de allí lo trasladaron a Vinaroz, donde fue fusilado tras negarse a confesar los motivos de su regreso.

José Maestre, natural de Morella, donde ejercía de tintorero, había combatido en la guerra de 1808 y en la del trienio, tras la cual fue capitán de los voluntarios realistas. En su casa se reunía la “tertulia de la alpargata”, en la que estaban los realistas más ortodoxos y con menos formación. Por su profesión tenía muchos conocidos ultras en el Bajo Aragón y, en contacto con Carnicer[viii], sublevó Morella a finales de 1833. En 1834 su partida fue disuelta y su prestigio se resintió. Acabó integrándose en la partida de Forcadell como jefe de batallón. En 1837 fue cesado por Cabrera del mando del quinto batallón de Valencia. Participó en la segunda guerra carlista.

Joaquín Andreu, Rufo, nació en Les Coves de Vinromà (provincia de Castellón); en 1835 levantó una partida en su pueblo y se integró en las tropas de Forcadell. Siendo capitán fue designado ayudante de Cabrera y con él formó parte de la expedición de Gómez[ix]. Alcanzó el grado de teniente coronel del ejército carlista. Murió en Valderrobres (en el extremo nordeste de Teruel) en 1838 como consecuencia de una herida que tuvo en la batalla de Maella, en el sudeste de la provincia de Zaragoza.

Juan de Dios Polo y Muñoz de Velasco (Córdoba, 1810 – 1885). En 1833 fue a Portugal siendo capitán en la expedición del general Rodil[x] y desertó a las líneas carlistas a fines de 1834. Formó parte del batallón de guías de Navarra, herido en la acción del Puente de Arquijas (en el extremo este de la provincia de Álava). Fue a Asturias en una expedición y también acompañó al pretendiente carlista en otra. En 1837 pasó al ejército de Cataluña, donde se distinguió en Berga (al norte de la provincia de Barcelona) y Ripoll (al oeste de la provincia de Girona). Después en el ejército de Aragón y se distinguió en la defensa de Morella y en la batalla de Maella. Por las conquistas de Caspe y Calatayud ascendió a general. Se exilió en Francia y luego se acogió a la amnistía concedida por la reina, así como a todas las recompensas y grados, volviendo a España en 1848. Participó en la tercera guerra carlista.

Francisco Eraso nació en 1793 en Garínoain (centro de Navarra) y murió a consecuencia de unas heridas en 1835. Había participado en la guerra de 1808 y más tarde fue comandante de los voluntarios realistas, uniéndose a los carlistas en 1833. A la muerte de Zumalacárregui tomó el mando del ejército del Norte durante algún tiempo.

Miguel Sancho, Fraile de la Esperanza, nació en Liria (Valencia) y siendo niño padeció frecuentes enfermedades. Cuando se curó de una especialmente grave, sus padres le vistieron con hábito de fraile, por lo que se le empezó a llamar “el Fraile de Esperanza”, por ser éste el nombre de su madre. Se sublevó en 1833 y marchó a Morella uniéndose a Carnicer en 1834. En ese año participó en el combate de Salvacañete (al este de la provincia de Cuenca), en el que resultó herido. Luego mandó una pequeña tropa que le encomendó Cabrera para que sublevase la provincia de Valencia. Más tarde aumentó su ejército y en 1837 se unió a Forcadell para saquear la provincia de Cuenca, consiguiendo un gran botín. Con Tallada intentó ocupar Liria pero sin conseguirlo. A partir de finales de 1838 tuvo algunos desencuentros con Cabrera, el cual le quitó las tropas a su mando.

Juan Pertegaz participó en la lucha contra el trienio alcanzando el grado de teniente de infantería. A finales de 1834 se retiró del ejército isabelino e ingresó en las filas carlistas. Mandó un batallón reclutado en Tortosa y formó parte del cuartel de Cabrera (Pertegaz fue el que le comunicó el fallecimiento de su madre). Destacó en la defensa del fuerte de Alcalá de la Selva (sureste de la provincia de Teruel) en 1840. Se acogió al Convenio de Vergara y le fue concedido el rango de teniente retirado. Había nacido en Cabra de Mora[xi] en 1802 y murió en Calatayud en 1857.  

Bautista Martí, Marçal, nació en Alcalá de Chivert (nordeste de la provincia de Castellón), llegando a coronel en la primera guerra carlista. En 1840 rechazó el indulto y continuó combatiendo, siendo traicionado por su entorno y entregado a las autoridades constitucionales, que lo fusilaron en 1844.

Luis Llagostera Casadevall fue general de la división de Aragón. Nació en Manlleu (nordeste de la provincia de Barcelona) y participó en la guerra contra el trienio liberal con la partida del barón de Eroles. En 1834, estando en Lérida, desertó al Bajo Aragón y se unió a Carnicer. Acabada la guerra se exilió en Francia donde murió.

Joaquín Quílez nació en 1799 en Samper de Calanda y murió en Muniesa en 1837 (ambas localidades en el norte de la provincia de Teruel). En el ejército carlista llegó a brigadier de caballería, habiendo servido antes en la Guardia Real, de donde fue expulsado en 1833 por sus ideas realistas.

Antonio Tallada y Romeu nació en Ulldecona en 1799, muriendo en Chichilla en 1838. Luchó en el trienio con Ramón Chambó y en 1824 estaba de guarnición en Alicante cuando se unió a los realistas, iniciando la guerra de 1833 en Valencia, desde donde mandó una expedición a Andalucía en 1838, cayendo prisionero en Borox (al norte de la provincia de Toledo). Fue fusilado en Chinchilla.

Miguel Sancho Gómez Damas (Torredonjimeno, Jaén, 1785 – Burdeos, 1864). Jefe de Estado Mayor de Zumalacárregui, dirigió la expedición que lleva su nombre saliendo de Amurrio en 1836.

Antonio Borgés, nacido en Vernet (sur de Francia) en torno a 1780, murió en Cervera (sureste de Lérida) en 1836, al ser fusilado después de ser detenido en Santa María de Meià (en el centro de la provincia de Lérida). Su hijo José continuó la guerra hasta exiliarse en 1840, habiendo combatido también en la guerra de los matiners.

Juan Antonio de Urbiztondo y Eguía (San Sebastián, 1803, falleció en Madrid en 1857). Marqués de la Solana, luchó contra los liberales durante el trienio y luego fue inspector de los voluntarios realistas. Trató de unirse a Don Carlos en Portugal, pero fue detenido en Mérida en 1833 y deportado a Puerto Rico, de donde huyó volviendo a España.

Bartolomé Porredón, Ros de Eroles, nació en Eroles (al oeste de la provincia de Lérida, en 1796, y murió en Clariana en 1847 (al este de la provincia de Lérida). Participó en la guerra contra el trienio, en la de los agraviados y en la primera y segunda guerra carlistas.

Mariano Orteu Altamir, canónigo en Barcelona, destacó en la 1ª guerra carlista siendo ayudante del conde de España[xii], al que no obstante disparó en 1839 junto con otros de sus colaboradores, acabando con su vida.

José Juan de Torres tenía sus escondrijos en la sierra del Montsec. En sus razias de 1836 arrasó buena parte de la Cerdaña. Los liberales le atribuyeron unos efectivos de 3.000 hombres, más que cualquier otro jefe. En dicho año, cuando intentaba pasar a Navarra, fue detenido con otros colaboradores en Casbas (Huesca). Junto con otros presos fue fusilado más tarde.

Benito Tristany, mossèn Benet, nació en Ardévol en 1794 y murió en Solsona (las dos localidades al este de la provincia de Lérida) en 1847. Sacerdote y general carlista, en 1822 dirigió una partida que ocupó Solsona, combatiendo luego en la guerra de 1833. En 1846 inició la segunda guerra carlista, siendo al año siguiente apresado y fusilado.


[i] Realmente no fue una guerra en el pleno sentido de la palabra. Un levantamiento popular formó un ejército que no podía competir con el ejército regular constitucional. La excusa para el levantamiento fue el fracaso de un intento de acuerdo entre Isabel II y el pretendiente Carlos Luis de Borbón, al que apoyaban también algunos sectores del moderantismo isabelino.

[ii] Véase aquí mismo “Los jefes carlistas” y “El ‘Tigre del Maestrazgo’”.

[iii] Juan Cabañero nació en Urrea de Gaén (norte de la provincia de Teruel) en 1800 y murió en Albalate del Arzobispo, muy próxima a la anterior, en 1850. Participó en la conquista de Zaragoza para los carlistas, pero derrotado poco después, llegó a un acuerdo con los liberales.

[iv] La excusa de los más conservadores del absolutismo fernandino dio origen a esta revuelta (agraviados) que reclamaban el restablecimiento de la Inquisición. Tuvo cierta importancia en Aragón, Valencia, Andalucía y las provincias Vascongadas.

[v] Noroeste de Francia.

[vi] Alto Ampurdán, norte de Girona.

[vii] En la Alta Cerdaña, territorio francés.

[viii] Manuel Carnicer nació en Alcañiz en 1790 y murió en Burgos en 1835, habiendo sido protagonista del alzamiento en Aragón.

[ix] Miguel Gómez nació en Torredonjimeno (Jaén) en 1785 y murió en Burdeos en 1864, habiendo participado en las guerras de 1833 y de los años cuarenta.

[x] José Ramón Rodil fue virrey de Navarra, habiendo nacido en Lugo en 1789 y falleció en Madrid en 1853.

[xi] Al sur de la provincia de Teruel.

[xii] De nacionalidad francesa se puso al servicio de Fernando VII durante desde la guerra de 1808.