domingo, 15 de noviembre de 2020

Divisiones franciscanas

 

                                              Antiguo convento franciscano en Zaragoza (*)

Desde 1210 en que Francisco de Asís recibe la aprobación del papa Inocencio III para crear su orden religiosa, debido al rápido crecimiento que tuvo, aquel se vio obligado a redactar una Regla donde quedase reflejado el ideal de vida de los frailes, pero esta Regla sería modificada varias veces.

En un primer momento los franciscanos se dedicaron a la asistencia de necesitados: leprosos, asilados, enfermos y, en la península Ibérica, se fundaron numerosos conventos que dieron lugar a las provincias de Santiago, Aragón, Navarra y Castilla. Pero los conflictos dentro de la orden no tardaron en producirse: por un lado estaban aquellos que querían vivir de forma más rigurosa y ponían el acento en la pobreza más que en el estudio; eran los espirituales; por otro lado los de la comunidad, que aceptaban la relajación que las comunidades habían ido adoptando.

Durante los siglos XIV y XV los franciscanos se dividieron en conventuales y observantes. Los primeros vivían en grandes conventos siguiendo una disciplina monástica que admitía la propiedad en común y la recepción de rentas y bienes raíces. Los observantes eran los que rehusaban toda dispensa en materia de pobreza y eran partidarios de la vuelta al ideal primitivo, en realidad una constante en la historia de las órdenes religiosas y en todas las religiones.

Aunque los reformadores fueron apareciendo en todos los países europeos donde los franciscanos habían fundado conventos, en España se tomó la medida de designar visitadores (1373), que intentarían comprobar el grado de relajación en cada convento. Dos años después, en el convento de San Francisco de León se promulgaron unas constituciones para poner freno a los abusos cometidos en la provincia de Castilla, y los movimientos renovadores se fueron imponiendo poco a poco.

En 1415, en el Concilio de Constanza, un decreto[i] reconoció a los observantes, que comenzaron a fundar conventos en todas las provincias, y el papa Eugenio IV fue decisivo para su éxito, ya que una bula[ii] de 1446 concedía a los observantes independencia de los conventuales. No sabemos hasta qué punto había en todo esto una lucha por el poder dentro de la orden, pues la independencia venía a facultar tener vicarios generales, provinciales y locales propios. El Vicariato Cismontano estuvo dirigido por Juan de Capistrano, nacido en Náples en 1386, que predicó por muchos países europeos, y el Vicariato Ultramontano fue dirigido por Juan de Maubert. A partir de éste momento unos franciscanos observantes llevaban una vida eremítica y otros no, llegando a tener los primeros una gran difusión en Castilla, sobre todo debido a la labor de Pedro Villacreces, nacido en 1362. Su reforma se basó en la combinación de una ascesis flexible con notas humanísticas donde la predicación popular era fundamental. Colaboradores suyos fueron Pedro de Santoyo, Pedro Regalado y Lope de Salinas.

Los observantes españoles quedaron organizados en 1447, articulándose tres Vicarías correspondientes con las provincias de Aragón, Castilla y Santiago. Los grupos eremíticos tenían el mismo ideal de vida que los observantes, a pesar de lo cual había diferencias que no se superaron, en Castilla, hasta 1459 por medio de una bula[iii], encontrándose dificultades similares en la provincia de Santiago. En la provincia de Aragón el movimiento eremítico tuvo una gran importancia y la reforma dio sus frutos ya en 1424 con varios conventos: Chelva[iv], Manzanera[v], Santo Espíritu[vi] y Segorbe[vii].

La vida reformada en los conventos franciscanos se parecía a la llevada a cabo por Francisco de Asís en la Porciúncula (en el centro de Italia, Asís): mortificación, oración, silencio, caridad con los enfermos, humildad y obediencia, creciendo la observancia en la península Ibérica de una manera inusitada, creándose a lo largo de la Edad Moderna nuevas provincias, sobre todo en Castilla, donde los conventuales fueron expulsados de algunas ciudades, consolidación que tuvo su artífice ya en época y por obra del cardenal Cisneros, imponiendo la observancia en los centros conventuales (1496). En los territorios orientales de la península, sin embargo, permanecieron muchos grupos conventuales.

Durante el reinado de Carlos I continuó el proceso de reforma, particularmente en Navarra, por la labor de fray Francisco de los Ángeles Quiñónez[viii], pero no todos los conventos le siguieron. Con Felipe II el conventualismo solo estaba arraigado en la Corona de Aragón y en algunas zonas periféricas de la provincia de Castilla, siendo la política del rey la erradicación definitiva en toda la monarquía, uniéndose dos intereses por su parte: la religiosidad del monarca y la lucha que mantenía con las oligarquías urbanas en la Corona de Aragón, la mayor parte de las cuales apoyaban a los claustrales.

El rey tuvo que vencer la oposición del papado, que consideraba excesiva la intromisión de aquel en asuntos eclesiásticos, pero en 1566 un Breve[ix] ordenaba la reforma y supresión de todos los claustrales españoles, medida que se completó con otro Breve que extendía la reforma a la segunda orden franciscana, las monjas clarisas, habiendo tenido estas también numerosas divisiones (**).


[i] “Supplicationibus personarum”.

[ii] “Ut sacra ordinis Minorum”

[iii] “Debitum pastoralis officici”.

[iv] Norte de la actual provincia de Valencia.

[v] Sur de la actual provincia de Teruel.

[vi] Nordeste de la actual provincia de Valencia.

[vii] Sur de la actual provincia de Castellón.

[viii] Nacido en León, falleció en Veroli, centro de Italia, en 1540.

[ix] “Máxime Cuperemus” de Pío V.

(*) iglesiaenaragon.com/ocho-siglos-del-carisma-franciscano-en-aragon

(**) El presente resumen está basado en la obra de Karen María Vilacoba Ramos, "El monasterio de las Descalzas Reales...".

jueves, 12 de noviembre de 2020

Derrota en los Gelves


La isla de los Gelves se encuentra al suroeste de Malta, en el golfo de Caps, tan próxima a la costa de Trípoli como a la boca del río Tritón[i] –dice Cesáreo Fernández Duro[ii]- . En extensión mide la isla unos 40 km. de largo por 26 de anchura, abundando en el siglo XVI en olivos y palmares, cuyos frutos mantenían a la población repartida en aldeas y alquerías, supliendo con pozos la carencia de ríos y fuentes de agua potable.

Siempre fue éste rincón –sigue el autor citado- nido de piratas, como Malta, Sicilia y Cerdeña. El Almirante de Aragón, Roger de Lauria[iii], había castigado los latrocinios de aquellos desembarcando en 1284. Mucho más tarde pensó el rey don Fernando el Católico reprimirlos de nuevo, y esto lo llevó a cabo el Gran Capitán, pues en 1501 no le estorbaban las guerras de Italia.

Años después se organizó la expedición del conde Pedro Navarro[iv] en 1510, quedando sometido Trípoli, saliendo de Málaga una segunda armada a las órdenes de don García de Toledo, padre del duque de Alba y sobrino del rey Católico, ocupando los Gelves con no menos de 16.000 infantes, sin contar la gente marinera . Se empezó la marcha hacia el interior con el ardor del sol, el peso de las armas y, sobre todo, la falta de agua. Unos cuantos moros a caballo, aprovechando que la tropa estaba combatiendo su sed en una arboleda con pozos, sembraron el pánico y en vano quiso alentar a los suyos don García de Toledo.

El resultado fue espantoso: con don García sucumbieron 60 capitanes, calculándose en 4.000[v] los hombres muertos o cautivos, mientras en la costa se perdieron cuatro naos con toda la gente embarcada, y en una isla inmediata, la gente sorprendida y acobardada fue acuchillada por un número inferior de moros.

Diez años después volvió a los Gelves don Hugo de Moncada[vi], virrey de Sicilia, con otra armada de cien velas, 13.500 infantes y 1.000 caballos; los puso en tierra a mediados de 1520 y, no llanamente abriéndose paso, el escuadrón que personalmente guiaba arrolló a los moros, otro de los suyos cejó viéndose en aprieto, pero con todo pidió la paz el jeque de la isla reconociéndose sometido.

Se dijo entonces en España que los Gelves eran malos de ganar, y aún quedaba lo peor en 1560. La expedición que se preparó contó con 3,6 millones de raciones para 30.000 hombres entre españoles, alemanes, italianos, franceses, griegos, sicilianos y 100 caballos. La armada estuvo formada por más de 100 velas entre galeras, galeotes y galeones, naves gruesas, escorchapines[vii], bergantines y fragatas. Pero antes del combate aún tuvieron los capitanes que vencer otros contratiempos, como la sublevación de la compañía de don Lope de Figueroa, formada por bandidos de Sicilia. Estos dieron muerte al sargento, saquearon la carga y pusieron fuego al resto, por lo que algunos tuvieron que escapar a tierra.

Otro tanto quiso hacer la compañía de Vicente Castañola, también de sicilianos, pero el general mandó ahorcar a tres de los culpables, otros perdieron las orejas y fueron sentenciados a galeras los demás. Esto llevó a pensar –al menos por parte de algunos- que la empresa no era ya de provecho, pues entraba el invierno y las tripulaciones se veían mermadas por el hambre y la muerte. Los 8.000 hombres, y no sanos, no arredraron a Juan Andrea Doria[viii], que siguió con las operaciones hasta enfrentarse a los turcos e Pialí Bajá[ix] en mayo de 1560, siendo el resultado favorable a los otomanos, que estaban en el momento de máxima expansión en el Mediterráneo.

El desastre para la armada española fue enorme, además de que algunas de las naves fueron capturadas por los turcos, no poniéndose de acuerdo los historiadores en el número de bajas, que oscilan en torno 14.000[x]. Un empeño contra el islam en la Edad Moderna, por el poder en el Mediterráneo entre dos mundos comandados por personas de mucha ambición, aunque no todas con valor.

Faltaban más de once años para que en Lepanto los ejércitos cristianos vengasen la derrota en los Gelves, ambas, muestras del esfuerzo de guerra en un siglo tránsito entre lo antiguo y lo moderno.


[i] En la costa sureste de Túnez hoy.

[ii] Zamorano nacido en 1830 y fallecido en 1908.

[iii] Calabrés nacido en 1245 y fallecido en Cocentaina (norte de la actual provincia de Alicante) en 1305, estuvo al servicio de la Corona de Aragón.

[iv] Navarro fallecido en Nápoles en 1528, participó en las guerras de Italia y en el norte de África, pero siempre con el mejor postor.

[v] Estas cifras deben tomarse con precaución, probablemente son exageradas, pues el autor no cita fuentes.

[vi] Natural de Chiva (Valencia), murió en 1528, habiendo participado en las guerras de Italia y del norte de África, también a favor de varios estados.

[vii] Una embarcación de guerra más.

[viii] Genovés que también intervino en la batalla de Lepanto.

[ix] Comandante otomano y luego visir.

[x] Ver lo dicho en la nota v.


miércoles, 11 de noviembre de 2020

Jaque a los reyes

 

                                                         P. Duplessis Mornay (1549-1623)

“Nadie nace rey y nadie puede ser rey por sí mismo, ni reinar sin un pueblo”, se dice en una obra publicada en 1579 titulada Vindiciae contra Tyrannos que ha estudiado Mariela Lucia Ferrari.

La monarquía, durante muchos siglos, se ha nutrido de los escritos de Pablo de Tarso, Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, cada uno en su siglo, para hacer creer que el poder de los reyes provenía de Dios, luego si así era ¿cómo discutirlo? Pero primero con la reforma luterana y luego con las guerras de religión en Francia, hubo importantes tratadistas que pusieron esos principios en jaque y explicaron que el rey debía responder de sus actos pues, aun recibiendo su poder de Dios, habría de ser justo, defender los derechos de sus súbditos, en definitiva, haber firmado “un contrato” con ellos.

Fue a partir de la unción de Pipino el Breve, a mediados del siglo VIII, por el papa Esteban II, cuando se puso de manifiesto el papel de la Iglesia en esa transmisión del poder de Dios a los reyes. Por lo tanto, no habría poder legal para obligar al rey, debiendo solo obediencia a Dios. Los demás debían obediencia a los reyes sin miramiento alguno, aunque sabemos que éste precepto se saltó no pocas veces.

Lutero y los príncipes que le siguieron plantearon que estos tenían autonomía para gobernar sus estados sin necesidad de la Iglesia, mucho menos del papa. En Francia se produjo la reacción del rey Enrique II (1547-1559) con la muerte en la hoguera para los calvinistas, y en 1572, con la noche de San Bartolomé, los hugonotes representaron al rey como la bestia del Apocalipsis, y la teoría de la rebelión y del tiranicidio se impuso teóricamente entre ellos. Fue solo el principio.

Así se llega a una serie de tratadistas, el más radical Philippe Duplessis Mornay[i] (1549-1623), que a sus treinta años saca a la luz su obra Vindiciae, muy difundida desde entonces. El poder de los reyes, según él, era limitado y el tema teológico era central, pero también los argumentos políticos, pues los hugonotes planteaban el carácter defensivo de su resistencia y reivindicaban instituciones que en Francia habían ido cayendo en desuso: los Estados Generales y los Parlamentos, sobre todo el de París, que había sido desdeñado por Francisco I.

La venalidad de los cargos hizo que quienes no eran nobles, pero sí habían hecho alguna fortuna con los negocios o el ahorro, llegasen a ejercerlos, lo que molestó a la vieja nobleza, que se vio parcialmente desplazada. Duplessis Mornay argumenta con la tesis del hombre caído, es decir, con el pecado original la estirpe humana estaba manchada y solo la fe salvaría a los que creyesen, sin necesidad de las obras, como querían los católicos. Aquella mancha original no excluía a los príncipes, luego debían tener la misma fe que los demás y ser considerados como hombres, nada de vicarios de Dios. Nuestro autor argumenta aún que cuanto más alto es el cargo que se ostenta, mayores cuentas se deben rendir, y en cuanto a los súbditos, que es mejor morir antes que obedecer a un tirano.

Incluso es preferible –dice Duplessis Mornay- el tirano de ejercicio que el de origen: el título de rey es un derecho, no una propiedad, y una función más que una posesión… “prefiero sin duda que me alimente un ladrón a ser devorado por el pastor; que un bandido me haga justicia a que el juez me haga violencia… prefiero un falso tutor que administre mis bienes al tutor legítimo que los dilapide”. El que así hablaba, además de estar inmerso en las guerras de religión de su tiempo, debía conocer la opinión de Platón, Aristóteles y Cicerón de que el rey nunca está por encima de la ley, por lo que, si la incumple, es lícito que “ni tumultuosamente, ni a la ligera, sino por autoridad pública, reunida en Asamblea”, el pueblo pueda tomar sus decisiones.

Luego vinieron Grocio, Hobbes y Rousseau, entre otros, para profundizar en la necesidad de que hay valores que ni un rey puede discutir y, por el contrario, debe respetar, así como que entre los que gobiernan y los gobernados debe haber un contrato tácito por el que los primeros no pueden ser arbitrarios.

Con la revolución política inglesa de 1688 y la francesa, más profunda por más tardía, de 1789, se pusieron las bases del mundo moderno en los países que han heredado aquellas ideas, expresadas en el Vindiciae contra Tyrannos de forma clarividente.


[i] Tuvo que publicar la obra bajo el pseudónimo Stephanus Junius Brutus, todo un síntoma.

martes, 10 de noviembre de 2020

Delirios de grandeza

 


El loco en la pintura ha sido tratado de forma muy variada, siendo Goya, quizá, el que nos ha dado una visión verdaderamente dramática de su suerte. Ahí está su obra “La casa de los locos”, pintada en 1814, donde se amontonan, de forma irregular unos y otros, desnudos, sentados, movidos en un espacio lúgubre. Y no es el único ejemplo del pintor aragonés.

Siglos antes, El Bosco pintó “La nave de los locos”, un óleo sobre tabla de pequeño formato que se muestra en el Museo del Louvre. Algunos parecen cantar, particularmente un fraile y una monja, otros se han caído al agua y en una pequeña barca se amontonan personajes sin lógica alguna.

Van Gogh parece haberse incluido en el corro de locos que giran en un patio cerrado por altos muros. Podríamos poner otros muchos ejemplos, incluso de retratos expresionistas de personas particulares, a veces el propio autor.

En el caso de Géricault, éste pinto una serie de retratos de locos para el doctor Georget, médico psiquiatra entusiasmado con el estudio de la locura, como es el caso de uno con la mirada perdida en el espacio, desaliñado y con una barba descuidada, no viejo, contrastando el color de la encarnación con el pardo de los ropajes (1822).

Aunque se tiene a Géricault como el pintor de oficiales con sus caballos, el de “La balsa de la Medusa” y otras pinturas románticas y heroicas, lo cierto es que también pintó muchos retratos, tanto de sanos como de locos, y otro ejemplo de estos, el que aquí se ilustra, es el “Hombre con delirios de mando militar”, obra de entre 1819 y 1822, un óleo sobre lienzo de 81 por 65 cm. que pertenece a una colección privada.

Si excelente es la caracterización del loco (o disminuido) de “La hija de Ryan”, película dirigida por David Lean, no menos logrado está el personaje que, de igual manera, tiene delirios de grandeza, en éste caso militar, y se viste con el gorro de soldado, se pone una vieja medalla en el pecho, quizá sin estar relacionada con las armas, mientras no puede esconder ni su semblante alocado ni su pobreza superior. Delgado, otra vez los ojos desviados y la barba descuidada, el fondo oscuro y el rostro pálido, viejo en éste caso, transmite la idea perfecta del que se cree lo que no es.

Un pintor en El Escorial

Son varios los autores que han estudiado, en mayor o menor medida, la obra de Diego de Urbina, pintor del siglo XVI poco conocido salvo por los especialistas, pero la que más ha investigado sobre ello ha sido, mediante su tesis doctoral, Trinidad de Antonio Sáez[i] que, más allá de la obra conservada de aquel pintor en el monasterio de El Escorial, ha descubierto otras, anteriores, que llevan su firma.

La citada autora señala que su yerno, nada menos que Lope de Vega, le cita elogiosamente en algunas de sus obras, pero ni siquiera esto contribuyó a tener en cuenta a Urbina por mucho tiempo. Su nombre quedó unido a la pintura escurialense, donde muestra los ideales estéticos e ideológicos imperantes en la España de su siglo. Por su parte, el historiador Angulo Íñiguez señala que el estilo de Urbina parece “un tardío eco de la elegancia a lo Andrea del Sarto”[ii]. Urbina –dice Trinidad de Antonio- llegó al punto culminante de su arte después de los sesenta años, perteneciendo a la generación de Becerra, Juanes y Morales[iii]. Urbina, por su parte, tiene lo mejor de su obra en El Escorial, siendo fiel a la armonía, aunque unas obras son mejores que otras.

Había nacido en Madrid en 1516, hijo del también pintor Pedro de Ampuero, teniendo otros hermanos también pintores, y quizá murió en 1594. Su actividad artística debió empezarla en el círculo familiar, influido por la pintura que entonces se hacía en Toledo, verdadero foco artístico castellano en aquel siglo, y también por el arte italiano introducido en España por Juan de Borgoña, que falleció en 1536. De éste toma Urbina la nitidez del dibujo y la elegancia de las figuras, y más tarde se vio influido por la obra de Rafael, aunque el pintor madrileño mostró siempre más interés por la figura humana que por la profundidad.

Dice Trinidad de Antonio que pudo haber viajado a Italia, llegándonos noticias documentales sobre Urbina en la década de 1540, entrando en su estilo definitivo con las formas del clasicismo, que el pintor conoce bien. Hoy solo conservamos obras suyas realizadas a partir de 1565: quizá pintó el retablo del “Abrazo en la Puerta Dorada”, tema que ha sido interpretado por otros artistas, tanto pintores como escultores, a lo largo de varios siglos[iv]. En el caso de Urbina, en el retablo de la capilla Sarmiento[v], en la catedral de Burgo de Osma (1568). Joaquín y Ana se abrazan ayudados por un ángel sobre ellos y con la imagen de la virgen y el niño en lo alto, sin guardar proporción con las figuras de los protagonistas. La composición es muy simétrica, con otros personajes a derecha e izquierda y la puerta, al fondo, representada de tres cuartos.

En el mismo lugar pintó el “Salvador bendiciendo”, obra de cierta monumentalidad, el autor se inspira en Tiziano, lo que abona la idea de que Urbina pudo estar en Italia, pues el veneciano[vi] no estuvo en El Escorial. Es una tabla que hoy se encuentra en el archivo capitular, siempre según la autora a la que sigo aquí.

Las sargas o telas para adornar paredes que pintó y que hoy se encuentran en el monasterio del Parral (Segovia) fueron algo posteriores a las comentadas antes. Representa a Cristo flagelado y está casi ausente el color, probable exigencia del soporte. Otra de las escenas es la adoración de los reyes magos.

Por lo que es más conocido Urbina es por su obra en El Escorial, una vez que Navarrete[vii] murió en 1579, completando las figuras de apóstoles y santos, conservando la estilización y elegancia que le caracterizó pero, según la crítica, no fue capaz de adaptarse a las nuevas tendencias de un mayor naturalismo que asomaban.

(Arriba, sargas que hoy se encuentran en El Parral).


[i] “Pintura española del último tercio del siglo XVI en Madrid…”.

[ii] Florentino fallecido en 1531 que ya dio muestras de manierismo.

[iii] Gaspar Becerra era natural de Baeza, habiendo recibido la influencia de Miguel Ángel como escultor. Juan de Juanes era de Fuente la Higuera (suroeste de la actual provincia de Valencia). Luis de Morales nació en Badajoz, siendo su estilo manierista.

[iv] El más importante es el fresco en la capilla Scrovegni, obra de Giotto.

[v] Pedro Sarmiento fue un prior que fundó la capilla de su nombre en 1551.

[vi] En realidad Pieve di Cadore, localidad del Véneto.

[vii] Apodado el mudo y considerado el más importante al servicio de Felipe II en El Escorial.

lunes, 9 de noviembre de 2020

El ilustre cautivo prepara su defensa

 

lamoradadelamelancolia.com

Es sabido que Miguel de Cervantes fue hecho prisionero, junto con su hermano, frente a la Costa Brava catalana, cuando viajaba desde Nápoles a España, convirtiéndose desde ese momento en el esclavo de un griego renegado.

Debieron ser muy duros los cinco años de cautiverio argelino, pues Cervantes recurre a cautivos varias veces en sus obras, y concretamente en “El Quijote”, se refiere a uno con estas palabras: Gracias sean dadas a Dios por tantas mercedes como le hizo; porque no hay en la tierra, conforme a mi parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida.

En septiembre de 1580 sería rescatado por dos frailes trinitarios que tenían como misión redimir cautivos, el que profesaba en el convento de Madrid, Juan Gil, y el que profesaba en Baeza, Antonio de la Bella. Antes se habían producido varios intentos de huída por parte de Cervantes, pero sin éxito, ya porque le faltó la ayuda con que contaban él y sus compañeros de aventura o por otras circunstancias. En una ocasión, teniendo la oportunidad de ser liberado, prefirió que fuese su hermano, que desde su llegada a España se preparó para traer a Miguel.

Al mes siguiente de estar libre, en octubre de 1580, Cervantes prepara una “Información” valiéndose de doce testigos para que su integración en la sociedad, de la que había estado ausente contra su voluntad, tuviese todas las garantías. Los doce testigos habían sido con él cautivos en Argel, entre ellos Antonio de Sosa[i], y se prestaron a dar respuesta a una serie de preguntas hechas por Cervantes en presencia del citado Juan Gil y Pedro de Rivera, “escribano y notario apostólico” éste, lo que el escritor consideró necesario, pues las respuestas de los testigos fueron orales.

Las preguntas que hace Cervantes llevan implícitas, en ocasiones, las respuestas que se van a dar, pues al escritor le interesaba mucho que le fueran favorables, aunque él pretende en todo momento dar la sensación de sinceridad. En primer lugar los testigos identifican a Cervantes, sin lo cual todo lo demás no tendría valor; en segundo lugar dicen que estuvo cautivo en Argel cinco años “después que se perdió en la galera del sol”[ii] (sic) y luego añaden que es cristiano viejo, lo que de ninguna manera podían saber, pues le conocieron en cautividad y nada sabían de sus ascendientes. Ahora bien –dice Pina Rosa Piras-, si las respuestas prueban la reputación de nuestro escritor, lo de cristiano viejo quedaría supuesto. 

Luego relatan los testigos los intentos de huida por parte de Cervantes y otros muchos cautivos, y es curioso que el escritor en sus preguntas pone de manifiesto que, en todos los intentos fracasados, se prestó a cargar con la culpa ante sus carceleros, lo que le llevó a no pocos tormentos y castigos: “encerrado y cargado de grillos y cadenas”. Cervantes, por orden del rey de Argel, fue llevado maniatado y a pie, “haciéndole por el camino, los moros y turcos, muchas injurias y afrentas”. Luego mandó el rey que le metieran en su “baño”, es decir, una cárcel, cargado de cadenas y hierros.

También fue castigado a recibir dos mil palos, pero esto no se llevó a cabo, y luego Cervantes, en su cuestionario de preguntas, introduce al fraile Blanco de Paz[iii], que había traicionado a los cautivos cristianos. Sigue presentándose como católico que se confesó y comulgó preceptivamente durante el cautiverio, según testimonios de sus compañeros, todo ello por si el enemigo Blanco de Paz actuaba contra Cervantes, escribiendo éste que el fraile dominico se había visto en una pelea muy poco bronca, donde se dieron bofetones y coces con gran escándalo.

Hemos dicho que Cervantes perseguía con estas preguntas, cuyas respuestas un notario registraba, integrarse en la sociedad sin problemas, que es lo mismo –dice Pina Rosa Piras- que con la Inquisición, no fuese a ser que por encima de cautivo, fuese condenado por el alto tribunal. Ciertamente ¿se habría escrito “El Quijote” con Cervantes preso? Muy probablemente no, porque las lecturas que le llevaron a escribirlo no hubiera podido tenerlas don Miguel, hecho preso a los veintiocho años y recuperada su libertad a los treinta y tres.


[i] Clérigo portugués que sería liberado en 1581.

[ii] “El Sol” era el nombre de la embarcación que fue apresada por los berberiscos y donde iba Cervantes.

[iii] Dominico y cristiano nuevo, natural de Montemolín, al sur de la actual provincia de Badajoz.

domingo, 8 de noviembre de 2020

El otro Fortuny

 

                                         El palacio adquirido por Fortuny Madrazo en Venecia

Haber nacido en Granada quizá condicionó la vida de Mariano Fortuny Madrazo, hijo de Mariano Fortuny, éste catalán de Reus, pero también el haberse criado en medio de las colecciones orientales de su padre, que desde un viaje a Marruecos se sintió fascinado por lo oriental. La guerra de África de 1854 quizá inspiró al segundo para pintar el monumental cuadro de 9,72 por 3 metros, que se encuentra en el Museo Nacional de Arte de Cataluña.

Mariano Fortuny hijo también se sintió, desde muy pronto, fascinado por lo oriental, tanto el norte de África como Irán y otros territorios asiáticos. Nació en Granada en 1871, a donde sus padres se habían trasladado tres años antes y, adolescente, se siente cautivado por la Alhambra, con sus delicadísimas celosías, los mocárabes, la ornamentación oriental[i].

Huérfano de padre muy pronto, la familia se traslada a París y allí Fortuny conoce el orientalismo francés, habiéndose llevado a la capital francesa los objetos y tejidos de su padre. La traducción de “Las mil y una noches”[ii] en 1889, se ha dicho, influyó mucho, al menos entre minorías, para el gusto por lo oriental, pero también el conocimiento que se va teniendo de la expedición que, casi un siglo antes, había realizado Bonaparte a Egipto, trayendo sus consejeros culturales objetos e información.

La obra de Delacroix, particularmente “La muerte de Sardanápalo”, “El Mulay Abderraman” y, sobre todo “La matanza de Quios”, junto con las impresiones que Flaubert plasmó cuando regresó de un viaje a oriente, también influyeron en Francia y particularmente en París. Fortuny se entrega, desde muy pronto, a la ornamentación y la sensualidad que tan presente está en lo oriental, particularmente árabe.

En su producción destacan las lámparas, que fabrica en Venecia desde los 18 años (con el tiempo se nacionalizó italiano) y la ciudad italiana, “rebosante de oriente”, no hace más que confirmarle en sus predilecciones. El éxito le lleva a la actividad empresarial y viaja a Berlín, Viena y a algunas ciudades españolas, siempre por algún motivo relacionado con su profesión creativa.

En Venecia se instala, en 1902, en el Palacio que ahora es la Casa-Museo con su nombre, edificio construido en el siglo XV, y allí empieza a idear, recién estrenada la electricidad, la iluminación para el teatro. Un viaje que realizó a Bayreuth, donde se representaban las óperas de Wagner, le lleva a comprender que se está entrando en una cultura de masas, ideando la iluminación indirecta con diversos colores.

En cuanto a los tejidos para vestidos se inspira en la antigüedad (desde 1907), pero también en oriente, con plegados sutilísimos y estampados que hablan continuamente de Irán y los países norteafricanos. Los algodones estampados, las influencias persas y ciertas especies vegetales (como la flor de cardo) entran en sus composiciones, incrustando estas últimas en sus vestidos, y así consigue efectos de luz y relieve en los tejidos.

En cuanto al interiorismo no cabe duda que –como el art nouveau- su producción solo tiene sentido para el consumo de la alta burguesía y es quizá ahora cuando más se ve influido por la estética de Ruskin[iii], espiritualista y contraria al funcionalismo de líneas rectas y formas geométricas. Esto se opone a la curva y la estética floral, con motivos estilizados, repetitivos, caligráficos y figurativos.

Fortuny murió en 1949 y hoy, sobre todo desde 1986, ha surgido en Venecia una industria que vuelve sobre los pasos del artista granadino, orientalista y ya definitivamente universal.


[i] Véase aquí mismo “El triunfo de la luz”.

[ii] Cuentos orientales que puede remontarse al siglo IX.

[iii] Nació en Londres en 1819 y murió en 1900, pero su obra se extiende por la crítica, el arte, la sociología, la prosa, etc.

sábado, 7 de noviembre de 2020

La Iglesia contra los Saboya

 

                                                                            Gaeta (Italia)

El clero español, durante el proceso de unificación italiana, mantuvo una férrea unidad contra aquella, siendo las posiciones ultracatólicas las que se impusieron a pesar de algunas excepciones. Cuando el clero alardeaba –dice Sergio Cañas Díez[i]- de no injerirse en la política muy al contrario, se vio arrastrado por el papa durante la década de 1849 a 1859 y aún después[ii].

Por parte del papa lo que estaba en cuestión eran dos asuntos: la pérdida o no de su poder temporal (territorios de por medio) y el triunfo del absolutismo o del liberalismo, por lo que condenó los intentos de unificación italiana que, de la mano de Piamonte, proclamaban los principios del liberalismo y, en algunos casos, la aspiración a una república. Éste empeño del papa costó vidas, sufrimientos y trastornos, entre los que está la expedición testimonial española, aportando a la causa papal 8.000 soldados, contribuyendo también de forma más importante la Francia de Luis Napoleón, Austria y Nápoles. Cañas Díez señala que, además, el ejército español llegó tarde a la ayuda que pretendía, de forma que si hubiese estado en Italia antes no se hubiese visto relegado a misiones accesorias.

La reina de España, Isabel II, por una real orden a finales de 1848, ordenó que “en todas las iglesias de los dominios de España se hagan rogativas públicas durante tres días consecutivos, con asistencia de todo el clero, autoridades y corporaciones… a fin de implorar los auxilios del Altísimo…”, pero como se vería años más tarde, el Altísimo no tuvo parte en el asunto, porque éste era puramente mundano.

Entre 1859 y 1861 se consolidó la unificación italiana, quedando excluidas Véneto y Roma, mientras los príncipes depuestos protestaban. En España la población era informada de los acontecimientos por los obispos y los curas, empleando para ello los boletines eclesiásticos y los momentos de culto, por ejemplo durante las misas. El papa pidió que se hicieran rogativas “juro papa” con sus correspondientes “secreta y postcomunio”[iii].

Por su parte, Luis Napoleón trató de convencer al papa de que renunciase a los territorios perdidos a cambio de que el nuevo Estado italiano respetase su poder espiritual, pero Pío IX se negó en rotundo alegando que el liberalismo y la unificación italiana introducían “principios muy perniciosos”, proponiendo entonces la Rusia zarista reunir un Congreso de las cinco grandes potencias europeas, lo que no se llevó a cabo por comenzar la guerra franco-piamontesa contra Austria, que resultó esencial para la unificación italiana.

En cuanto a la prensa española –que ha estudiado Cañas Díez- se empleó a favor de los intereses del papa en el caso de la católica, pero también hubo otros periódicos como “La Iberia” y “La Ilustración” que apoyaron a los unionistas italianos. El Gobierno español, la mayor parte del tiempo citado en manos de O’Donnell, mantuvo la prudencia entre los dos grupos enfrentados, pues ni le interesaba enfrentarse al papa ni a los liberales italianos. La escasa participación militar española puso de manifiesto el nulo interés que tenía España en mezclase con las demás potencias extranjeras.

La política italiana de España mostró su simpatía por la causa del papa y de los Borbón depuestos en Italia, pero siempre que ello no supusiera romper con los intereses que dictaba la prudencia, aunque hubo disputa entre España e Italia por los archivos napolitanos.

La Iglesia española, por su parte, mostró su disconformidad con la invasión piamontesa y se manifestó repetidamente en defensa de los derechos de la Iglesia y de “la doctrina de Dios” (en realidad de la Iglesia), quejándose por los “males morales” en alusión al liberalismo, que entre otras cosas preconizaba la libertad de cultos. Mucho le preocuparon a la Iglesia, también, las agresiones a religiosos y la expropiación de las propiedades del clero italiano. Los obispos y otros miembros de la jerarquía eclesiástica española dirigieron “exposiciones” a la reina, advirtiendo de los peligros y crímenes que la revolución podría llevar a otras naciones de Europa.

El obispo de Lérida, por ejemplo, se manifestó cuando ya la unificación italiana era un hecho (1870): “protestemos y digamos muy alto que el desalojar a la Iglesia de su patrimonio es, según doctrina católica, un atentado sacrílego y herejía manifiesta”. Lo que no quería entender tal obispo es que sus palabras tenían un valor relativo, nulo para los no católicos e incluso para muchos católicos de la época.

La Iglesia española, por los medios de comunicación, consiguió limosnas voluntarias, a la cabeza de las cuales estuvieron los prelados, es decir, los que más recursos tenían. Luego se publicaban los nombres de los dadores y las cantidades entregadas, contraviniendo la máxima evangélica que se explica cuando aquel fariseo tocaba la campanilla en el momento de dar limosna para que todo el mundo se enterase. En realidad se dirimieron, en relación con la unidad italiana, intereses materiales, pues tras ella no dejó la Iglesia de tener una influencia enorme en los países de población mayoritariamente católica.


[i] “Iglesia y prensa española frente a la unificación de Italia…”. En éste trabajo se basa el presente resumen.

[ii] En 1848 hubo actividad revolucionaria en Milán, Mesina y Palermo, así como en otras partes de Europa, declarándose la guerra, por parte de los unionistas italianos, a Austria.  En 1849 se proclamó la República Romana, entre otros hechos, yéndose el papa a Gaeta.

[iii] Secreta es oración en voz baja y “postcomunio” hace referencia al momento tras la comunión.


viernes, 6 de noviembre de 2020

Un fraile extravagante

 

                                                                    Sierra guatemalteca

Un tinerfeño llamado Luis Meilán fue enviado por su padre a Perú para que se ocupase de las propiedades que allí tenía, conociendo en el viaje a Antonio Peraza, que con el tiempo se convertiría en presidente de Guatemala entre 1611 y 1627, y durante los tres primeros años de éste mandato, Meilán estuvo a su servicio como secretario de cartas.

El presidente encargó en cierta ocasión a Meilán la “visita general de obrajes” en Guatemala y allí conoció a una señora noble de la que se enamoró perdidamente. Como Peraza encargara a Meilán trabajos que le alejaban del lugar donde se encontraba la señora, no los aceptó, abandonó el servicio a Peraza y profesó como religioso en el convento de San Francisco, aunque para ello tuvo que solicitar permiso en Itzapa[i], obteniendo la autorización en el año 1614.

Entregó los bienes que poseía y poco después recibió las órdenes del obispo de Chiapas, estableciéndose en Guatemala, donde fue encargado de la portería del convento. Desde este puesto ayudó a los pobres con tal generosidad que, si no fuese por las extravagancias en las que luego incurrió, a buen seguro se le habría recordado por sus muchas obras de caridad. Recorría las calles con leña para entregar a los que no la tenían y, dentro del convento, llevó a cabo una devoción consistente en arrastrar una pesada cruz que rompía el silencio preceptivo. También pasaba muchas horas colgado de tres clavos retorcidos que él mismo puso en una de las paredes de la iglesia.

A partir de cierto momento se le ocurrió cultivar más devoción a las ánimas de lo que era lógico suponer, teniendo con ellas diálogos pues, según él, venían de noche a su celda. Los difuntos le pedían los sufragios que consideraban necesarios para purgar los pecados, y así tuvo la visita de ajusticiados, perseguidos por la justicia y otros desgraciados, pero siempre ya muertos.

Tanta rareza le llevó a ser considerado como poseso del demonio, pues hacía gestos frenéticos y otros abominables, echaba espuma por la boca, se arrojaba al suelo desde su cama, se mordía y laceraba… Llegó, pues, el momento de exorcizarle, hasta que murió en 1642. Una lástima porque el excéntrico monje no era mal poeta, como lo demostró cuando escribió lo siguiente:

¡Mundo quien te conociere,

cierto estoy que no te alabe;

quiérete quien no te sabe,

sábete quien no te quiere!

Luis Meilán había nacido en Tenerife en torno a 1577, siendo conocido en el ámbito religioso como Fray Luis de San José Betancurt, no abandonando el convento sino en dos ocasiones: para lleva a cabo una misión –a la postre frustrada- con los indios de Taguzgalpa[ii] y otra a Roma en 1636.


[i] Al sur de la actual Guatemala.

[ii] Región este de la actual Nicaragua.