sábado, 9 de febrero de 2019

De las misiones al caudillo Jatñil

Grabado tomado de Grau Erectus

En la parte más occidental de la frontera entre México y Estados Unidos se encuentra el territorio de los asentamientos indígenas kamiai. El curso bajo del río Colorado se encuentra al este de dicho territorio, en cuyo extremo norte está el mar Saltón, en el sur la población mexicana de Ensenada y la antigua misión de Santo Tomás.

Otras misiones son las de San Miguel Arcángel,  Guadalupe, San Diego de Alcalá, San Vicente Ferrer, Santa Catalina, El Descanso, San Pedro y San Pablo Bicuñer, fundada esta en 1781. Dos fueron las órdenes religiosas que actuaron en estas misiones, franciscanos y dominicos, estos en la baja California, y fueron los kamiai los que más muertes violentas causaron a los religiosos. A diferencia de otros indígenas, lucharon más años en contra de la ocupación novohispana y mexicana, desde la fundación de San Diego en 1769 hasta la destrucción de Santa Catalina en 1840. En el siglo XIX aún existían comunidades indígenas en la parte más occidental y central del territorio, tanto mexicano como estadounidense. Los kamiai disponían de una gran extensión territorial, teniendo su límite al norte del río San Dieguito, algo más de diez mil kilómetros cuadrados, bastante más que otras etnias circundantes.

El paisaje en torno a la misión de Santo Tomás es semidesértico con palmeras, pero también otra vegetación; fue fundada a finales del siglo XVIII por José Loriente y Juan Crisóstomo Gómez, ambos dominicos, siendo la última en ser abandonada a mediados del siglo XIX. La misión de San Miguel Arcángel todavía conserva la iglesia con una alta espadaña y cinco campanas, un coro alto y formas barrocas indigenizadas por el colorido, el patio porticado y una fuente; fue fundada por Fermín Francisco de Lasuén en 1797.

La misión de Guadalupe, la que se encuentra más al norte, pero en territorio mexicano, fue fundada también a finales del siglo XVIII, cuando el sistema fundacional estaba tocando a su fin con los procesos de independencia de Iberoamérica y la secularización que caracterizó al siglo XIX. Las primeras noticias de los kamiai de la costa son de la expedición de Rivera y Moncada[i] en 1769, escribiendo el franciscano Crespí sobre la belicosidad de los kaimiai, y en una segunda expedición el padre Serra tuvo una impresión totalmente distinta de estos indígenas. Lo cierto es que en 1787 convocaron a cincuenta rancherías para atacar a los novohispanos, aunque estos pudieron sofocar la rebelión.

David Andrés Zárate Loperena[ii] ha estudiado la actividad del jefe indígena Jatñil, el cual luchó al lado de los soldados mexicanos por la pacificación que entonces todavía se consideraba “frontera” de la civilización occidental. El conocimiento de Jatñil se debe, sobre todo, a la tradición oral, recogida por Clemente Rojo, subjefe político, y a Ros Mishkwish. También han aportado información al autor citado Calista Tenjil, que describe a Jatñil como un hombre enorme y muy fuerte.

Jatñil comandaba a todos los indios de un vasto territorio hasta donde se encontraban los curapá, viviendo, al parecer, noventa años. Entre los kamiai cuando un indígena fallecía no se volvía a pronunciar su nombre, porque si se hacía, su espíritu no encontraba sosiego y regresaría a importunar a sus familiares.

El primer trabajo sobre Jatñil –dice Zárate Loperena- se basó en las noticias etnográficas que la historiadora norteamericana Florence Shipeck obtuvo de la indígena Delfina Cuero. Cuando México ya era independiente de la monarquía española, le quedaba mucho para ordenar el territorio de acuerdo con las pautas de un estado moderno, existiendo centros de oposición a dicho estado, que a la postre estaba en manos de criollos y no de indígenas. En torno a 1837 destaca el teniente Macedonio González, sucesor de otros en el control de la “frontera” de la que venimos hablando. Con motivo de una derrota sufrida por Macedonio González, Jatñil vino en su auxilio y le salvó la vida, además de la de otros veinticinco soldados. El episodio es resultado de un levantamiento indígena en Jacumé[iii] (1836), que tuvo que sofocar Macedonio González y su tropa, a la que se unió con sus hombres Jatñil.

Este debió de nacer a finales del siglo XVIII, participando de la educación que los padres daban a sus hijos, bastante esmerada en cuanto al comportamiento que debían seguir con los visitantes, las obligaciones y el bautizo, que solía ser a los siete u ocho años de edad, a partir de cuyo acto recibían el nombre por el que debían ser conocidos, se les consideraba seres humanos y empezaban en las actividades de recolección y preparación de alimentos junto a las mujeres. A partir de los nueve o diez años se iniciaban en la caza y la guerra.

Durante la primera década del siglo XIX la resistencia indígena se estableció en las montañas de Santa Catalina, mientras el comandante de la “frontera”, Ruiz Carrillo, realizaba expediciones punitivas. En 1803 se produjeron asesinatos de dominicos de la misión de Santo Tomás y los catecúmenos huyeron a las montañas para, más tarde, refugiarse en el desierto. En realidad, los primeros cuarenta años del siglo fueron de constante inestabilidad, tanto por diferencias interindígenas como por la oposición de parte de ellos a ser sometidos por los españoles o criollos mexicanos.

Durante los años de la independencia de México la situación se calmó algo porque los soldados patriotas no recibían apoyo, armas y caballos suficientes para someter a los indígenas, pero a partir de 1825 se dieron episodios de guerra y crueldad, particularmente por parte de los soldados criollos. Mientras tanto, Jatñil vivió una paradoja, pues no aceptaba el sometimiento a una religión que le resultaba extraña pero colaboró –al parecer por recomendación de su padre- con el régimen criollo, considerando que era el que tenía futuro. El padre Félix Caballero, en 1834, fundó una misión en Guadalupe auxiliado por Jatñil, trayéndose todo el ganado que pudo conseguir de los ranchos aledaños.

Por su parte, los indígenas lo que querían es que se les reintegrasen sus tierras, que estuvieron a salvo mientras dominicos y franciscanos les habían tutelado, pero no ya cuando, en el proceso de formación del estado mexicano, los rancheros se habían hecho propietarios de ellas por la fuerza. En cierta ocasión Jatñil se vio obligado a replegarse con su gente hacia la costa, dejando el siguiente testimonio: me retiré de la sierra a la costa, porque eran muchísimos los enemigos que allí podían alcanzarme.

En relación al trato que recibieron los indígenas por los rancheros, Clemente Rojo ha dejado el siguiente testimonio: los indios de las reducciones misionales de la frontera vivían sin libertad, privados de todos los goces de la vida y obligados a trabajar por la fuerza sin recompensa alguna [una vez que estas misiones ya no estaban en manos de los frailes sino bajo el control de los rancheros]. El mismo Jatñil fue apresado para ser reducido al cristianismo: me alcanzaron y arrastraron un largo trecho, estropeándome mucho con las ramas… me amarraron los brazos para atrás y me llevaron por delante a la misión de San Miguel haciéndome andar casi a la carrera para igualar el trote de sus caballos… Jatñil fue encerrado con el fin de que aceptase el cristianismo: un día me echaron agua en la cabeza y me dieron a comer sal, y con esto me dijo el intérprete que ya era cristiano.

Pero Jatñil consiguió huir, fue capturado por soldados, y recibiendo golpes perdió el conocimiento, de forma que cuando estuvo en condiciones decidió escapar de nuevo, estando dos meses después atacando la misión de Guadalupe y deshaciéndose de una vez por todas de los que le obligaban a lo que él no quería: sin acordarse de mis servicios y de todos nuestros trabajos… comenzó a bautizar por la fuerza… Esto me dio mucho coraje… Entre 1839 y 1840 se produjo el ataque de Jatñil a la misión de Guadalupe y Caballo Negro. Jatñil entró en la iglesia preguntando por el padre Caballero: busco al padre porque está bautizando a fuerza a la gente de mi tribu para esclavizarla, pero como no diera con él, el jefe kamiai se retiró y regresó a la sierra.

Luego siguieron más guerras intertribales mientras en las siguientes décadas Jatñil continuó auxiliando al ejército mexicano en la persecución de los alzados y transgresores de la ley, dice Zárate Loperena. Un indígena que no acepta le fuercen a una religión que no es la suya pero que, viviendo en el tránsito de un mundo a otro, se ofrece a colaborar con el ejército para “pacificar” aquella apartada región respecto del altiplano.



[i] Nacido quizá en 1725, murió en 1781. Militar que participó en expediciones en la baja y alta California, llegando a ser gobernador durante tres o cuatro años.
[ii] “Nñait Jatñil, soy Caballo Negro”.
[iii] Hoy está construida una alta valla metálica de acuerdo con la política de contención de inmigrantes iberoamericanos hacia Estados Unidos.

jueves, 7 de febrero de 2019

Monasterios polacos

Capilla de San Martín de Breslau

Al suroeste de Cracovia, a orillas del río Vístula, se encuentra el monasterio benedictino de Tyniec, fundado en el siglo XI, cuando Polonia estaba reciente e incompletamente cristianizada. Está sobre un promontorio rocoso y rodeado de árboles, presentando el aspecto sobrio y elegante de los monasterios centroeuropeos. Con dos torres no muy altas en relación al cuerpo central de la iglesia, el edificio abacial forma una L en cuyo vértice se encuentra el templo. Pero el aspecto actual de la abadía no es el que tenía en el siglo XI, con reconstrucciones sobre todo en el siglo XV y también posteriores.

Al oeste de la actual Polonia se encontraba la abadía de Zmigrod, fundada por el rey Mieceslao y su esposa Richeza, empeñada sobre todo ella, de nacionalidad alemana, en extender el cristianismo. El cronista medieval Jan Dlugosz, varios siglos más tarde, habla de los fundadores, considerado uno de los primeros historiadores de Polonia.

Richeza, que vivió en el siglo XI, tuvo una formación esmerada como nieta del emperador Otón II, en Gandersheim[i] o en Quedlinburg[ii], donde sus tías, según Anna Dzialak, desempeñaban altas funciones conventuales. Hay que decir que en la Alemania de la época, vivir en un convento era una válvula de escape para estudiar y formarse fuera de la opresión que la mujer vivía en otros ámbitos. Por otro lado, los ataques normandos que forzaron a los monjes irlandeses a abandonar sus conventos, hicieron de Lotaringia el corazón del occidente cristiano. Las monjas, por lo tanto, eran privilegiadas respecto a las otras mujeres, y si como en el caso de Richeza, era de estirpe real, las ventajas que tuvo fueron evidentes. El cronista Gallus Anonymus, que vivió entre los siglos XI y XII, llegó a acusar a Richeza de la antipatía que sentía hacia los polacos, lo que no se puede entender sino por los prejuicios respecto de las mujeres.

Richeza conocía varios idiomas y se había educado en la cultura latina y bizantina, emparentando con un príncipe de la dinastía de los Piastas, Miecislao, que falleció en 1025. Fue entonces cuando Richeza se lanzó a las fundaciones monásticas, aunque quizá lo hizo desde su natal Alemania, pero teniendo siempre en cuenta el interés por cristianizar Polonia como ya lo estaba la parte occidental de Europa. El interés fundacional, de todas formas, no fue exclusivo de Richeza, pues ya su madre había participado en la fundación de la abadía alemana de Brauweiler[iii], en el oeste de la actual Alemania.

Parece que cuando Richeza y Miecislao contrajeron matrimonio –que duraría poco- el rey Boleslao les regaló unos terrenos en Malopolska (“pequeña Polonia”), junto a Cracovia y a aquellos se atribuye la construcción de la capilla de San Martín de Breslau (oeste de Polonia). Richeza habría invitado a los benedictinos a instalarse en Polonia, teniendo ella una larga tradición monástica y seis hermanas suyas fueron abadesas de otros tantos conventos: Adelaide en Nivelles[iv], Theophanu en Essen[v], Heylewig en Neuss[vi], Matilde en Dunquerque[vii], Ida en Colonia y Sofía en Gandersheim. Richeza, por su parte, fundó la abadía de Zmigrod, al norte de Breslau.

Richeza no ha sido bien tratada por la historiografía polaca, ya porque los cronistas medievales estaban atados al patrón de considerar a la mujer como demoníaca en unos casos, débil e inepta en otros, pero modernamente este personaje femenino se ha reivindicado por su labor cultural, lógicamente con los recursos que la población humilde aportaba. Fue ella –dice Anna Dzialak- quien envió a Polonia a Aarón, que llegaría a ser obispo de Cracovia (1046-1059), mientras que el hermano de la reina fue obispo de Colonia. Es un ejemplo claro de confusión entre la construcción de un estado cristiano y la colaboración estatal.

Es muy interesante una crónica del siglo XI para entender el contexto histórico en el que se va a desarrollar la política de fundaciones monásticas de Richeza; se trata de la de Thietmar, que nos habla de las guerras del Sacro Imperio contra polacos y wendos, pero como toda crónica de esa época ha sido objeto de una crítica severa por parte de los historiadores. Y también es útil conocer la obra de Hroswitha, una canonesa y escritora alemana algo anterior, que escribió una obra demostrativa de las posibilidades de una religiosa de la época en relación a una mujer convencional.

La crónica de Wincenty Kadlubek (siglos XII-XIII) aporta también importantes datos sobre la vida religiosa en la Polonia de su época, pero en lo que respecta a Richeza llega a decir que era una mujer violenta y los historiadores conceden solo un valor relativo a sus aportaciones en este sentido.



[i] En la baja Sajonia.
[ii] Igualmente en Sajonia.
[iii] En Renania-Palatinado
[iv] En la zona valona de la actual Bélgica.
[v] Al oeste de Alemania.
[vi] Junto a Düsseldorf, al oeste de Alemania.
[vii] Extremo norte de Francia.

martes, 5 de febrero de 2019

Geógrafos musulmanes

regmurcia.com/docs/murgetana/N138/N138-001.pdf

Alejandro García Sanjuán ha estudiado las primeras descripciones geográficas que se hicieron de al-Andalus en la Edad Media por musulmanes, entre los que destacan el iraní Ibn Jurgadbah, el iraquí al-Yaqubi, al-Istajri, al-Muqaddasi, e ibn Hawqal entre otros. El topónimo al-Andalus aparece por primera vez mencionado en un dinar bilingüe árabe y latino del año 716, como nombre árabe que designa al territorio denominado hasta entonces Hispania.  

La literatura geográfica árabe se debe al califato abasí y se desarrolla a partir del siglo IX, ya que el estudio geográfico autóctono de al-Andalus no se da hasta el siglo siguiente con la obra de al-Razi, no conservada en su versión original, y luego con el almeriense al-Udri y el onubense al-Bakri.

Ibn Jurgadbah fue funcionario de la administración abasí como jefe de Correos, y su obra geográfica está fechada en 846-885, aunque a al-Andalus le dedica muy poco espacio. Dice que Narbona es el punto limítrofe de al-Andalus con los francos, y que de Toledo a la capital Omeya la distancia era de 20 noches, estimando en un mes de marcha las dimensiones del país. En cuanto al poblamiento urbano habla de cuarenta ciudades de las cuales menciona unas pocas: Mérida, Zaragoza, Narbona, Gerona y al-Bayda (esta, una de las denominaciones de Zaragoza). Añade lo que luego será un lugar común, que al-Andalus es feraz y produce una gran variedad de frutos, y ofrece una etimología original cuando dice que la gente de Córdoba se llaman hispanos debido a la procedencia del rey Rodrigo, vinculado a la ciudad de Ispahán[i].

Incluye a al-Andalus entre los territorios pertenecientes a Europa, una de las partes en que divide a la Tierra, junto con los eslavos, los bizantinos, los francos y Tánger hasta llegar a Egipto. Vuelve a mencionar al rey Rodrigo al hacerse eco de la leyenda de la casa de los siete candados de Toledo[ii], la más célebre de todas las relacionadas con la conquista musulmana de la Península. Su texto será copiado por Ibn al-Faqih, autor de un tratado fechado en 903.

Al-Yaqubi, vinculado a la administración abasí, es considerado por algunos historiadores como el primer representante del género conocido como “los caminos de los reinos”, y es el primero que dedica un apartado específico a al-Andalus: “La península de al-Andalus y sus ciudades”, en lo que demuestra conocer el carácter peninsular de Hispania; es también la descripción más antigua del territorio andalusí.

El texto está organizado en forma de recorrido por los principales núcleos urbanos, los asentamientos de contingentes árabes y los cursos fluviales. Comienza con la forma de acceder al-Andalus desde la costa norteafricana (Tanas) hasta Tudmir (Murcia), donde menciona, entre otros núcleos, a Lorca. A partir de aquí inicia su recorrido mencionando veintiún núcleos urbanos: Córdoba, Elvira (Granada), Rayya (Málaga), Sidonia, Algeciras, Sevilla, Niebla, Beja, Lisboa, Ocsóbona (Mértola), Mérida, Jaén, Toledo, Guadalajara, Zaragoza, Tudela, Huesca, Tortosa y Valencia. Dedica atención, por primera vez un geógrafo musulmán, a los pueblos no musulmanes[iii]: cuando habla de Mérida dice que limita con los politeístas; de Tudela dice también que es fronteriza e igualmente Huesca. Es también el primero en aludir a las principales vías fluviales, entre las que menciona el Guadalquivir, el Guadiana, el Duero (que confunde con el Tajo, pues lo sitúa en Toledo), el Ebro y el Júcar.

Durante el siglo X surge una verdadera geografía humana por cuatro autores: al-Istajri, Ibn Hawqal, al-Muqaddasi y al-Muhallabi, pero solo los tres primeros aportaron información sobre al-Andalus y al-Muqadassi e Ibn Hawqal pueden ser considerados partidarios de los Fatimíes, rivales de los Omeya. El segundo de ellos es el primero que escribe su obra a partir de datos de su observación directa.

A-Istajri vivía en 951 según García Sanjuán[iv], y su obra incluye algunas características de la producción económica de al-Andalus. En otro apartado distingue los itinerarios entre las ciudades más importantes y se añaden algunas coras como las de Rayya, Valle de los Pedroches (al norte de la actual provincia de Córdoba), Córdoba, Santarem y Elvira. Destaca la preeminencia urbana de Córdoba y señala la existencia de una sola ciudad nueva, Pechina (en las proximidades de la actual Almería). Hace referencia a la rebelión de Ibn Hafsun en la cora de Rayya, iniciada contra los emires cordobeses hacia 880 y no terminada –ya muerto el caudillo- en 920 con la toma de Bobastro, en el interior de la actual provincia de Málaga.

Se refiere a la importancia de la producción de seda en Elvira, de la minería del oro y plata tanto en Elvira como en Murcia y cerca de Córdoba. También destaca en Tudela la importancia de la marta cebellina, apreciada por su piel, y la producción de ámbar en Santarem. Estudia tanto a los no musulmanes de al-Andalus como a los beréberes y sitúa la frontera islámica en la línea que une Mérida, Nafza (¿Vascos?)*, Guadalajara y Toledo, lo que denota que el límite del dominio musulmán se situó, tanto durante el emirato como durante el califato en torno al Sistema Central. Es el primer autor que menciona núcleos del territorio cristiano, como Zamora y Oviedo, donde sitúa al soberano astur, y también es el primero en prestar atención a los beréberes, señalando la existencia de dos ramas principales. La segunda parte de su descripción la dedica a los itinerarios, citando a más de treinta núcleos.

Con el hierosolimitano al-Muqaddasi se produce un nuevo avance, a pesar de que nunca estuvo en al-Andalus, aprovechando numerosas fuentes que se manifiestan, por ejemplo, en la descripción de Jaén. Él mismo dice haber contactado con sabios andalusíes que le informaron sobre los distritos de Córdoba, en total trece, con sus correspondientes ciudades y, estando en La Meca en los años 987-988, se dedicó a obtener información sobre Córdoba, siendo su relato el más completo hasta ahora en la descripción de dicha ciudad. Explica en su obra el por qué de la preferencia malikí en al-Andalus, siendo el primer autor oriental que incide sobre este aspecto.

Menciona unos sesenta topónimos, de los cuales describe, con mayor o menos amplitud, unos veinte, y no deja de hacer juicios de valor sobre la práctica de la yihad. En cuanto a la población andalusí aprecia la abundancia de leprosos, eunucos, antipáticos y avaros, pero nota la escasez de predicadores, los que en al-Andalus se consideraban alborotadores, mientras que en el oriente abasí el predicador no oficial era un referente de autoridad que gozaba de prestigio. Comenta, por último, la política sunní de los califas Omeya de Córdoba en oposición al chiísmo oriental.

Ibn Hawqal era natural de Nisibis, al sudeste de la actual Turquía, estando ante un autor que visitó personalmente el territorio que describe, alcanzando la descripción de al-Andalus con él, su punto culminante hasta el momento. Su obra es el resultado de los viajes realizados a lo largo de treinta años desde que comenzó una peregrinación en 943, llegando a la península Ibérica a mediados del siglo X, siendo editada su obra en torno a 988.

Es el primer autor que se ocupa de estudiar la fiscalidad y la organización militar de al-Andalus en su tiempo, el de Abderramán III. Habla de un país desarrollado, económicamente próspero, rico en agricultura, diciendo que aún así hay territorios sin cultivar, destacando la abundancia de cursos de agua, bosques y ríos. También le interesaron el poblamiento y el urbanismo, destacando la importancia de Sevilla con su abundancia de frutos, viñas e higos, pero mayor era Córdoba, “la ciudad más grande del Occidente islámico”, con zocos, mezquitas, baños y alhóndigas, equivalente “a la mitad de Bagdad”. De las ciudades de al-Andalus dice que tienen importancia sus cosechas, su comercio y sus viñas, cultivos tanto de secano como de regadío.

Vuelve a Córdoba para decir que sus pobladores vestían prendas de lino fino y seda, con monturas bien equipadas aunque sin silla, y con una ceca que acuñaba 200.000 dinares anuales, datos que afirma haber obtenido de funcionarios de Abderramán III. Sobre los habitantes del estado Omeya dice, en cambio, que muestran desdén por las cualidades bélicas y que el ejército de al-Andalus, en la época, era incapaz, pues ni siquiera se utilizaban estribos en la caballería[v]. De todo ello deduce Ibn Hawqal que el territorio estaba mal defendido de los ataques realizados por normandos, turcos, pechenegos, eslavos o búlgaros, esporádicos sin embargo.

Un siglo más tarde, otro autor no andalusí, el emir granadino de la dinastía beréber de los ziríes, Abd Allah, al hablar de las reformas militares de Almanzor dice que los andalusíes se negaban a participar en las campañas militares porque ello les impedía dedicarse a trabajar la tierra. La escasa militarización de la sociedad andalusí frente al expansionismo cristiano dependía de la fuerza bélica de los beréberes.



[i] Quizá en el centro de la meseta irania.
[ii] Hércules habría fundado Toledo y edificó un palacio que cerró con férreas puertas. Al tiempo lanzó una maldición por la que el que se atreviese a entrar en el palacio perecería sin remedio y arrastraría a todo su reino. Rodrigo, el último rey godo de Hispania, irrumpió en dicho palacio y encontró en él un pergamino donde se relataba la inminente conquista musulmana.
[iii] Se llamaba “gallegos” a los habitantes de todo el cuadrante noroeste peninsular, probablemente por la Gallaecia, de época romana.
[iv] Este resumen se basa en el trabajo “La caracterización de al-Andalus en los textos geográficos árabes orientales (siglos IX-XV)”.
[v] García Sanjuán dice, siguiendo a L. White, que los estribos procedían de Asia central y que se difundieron en Occidente desde comienzos del siglo VIII, traídos probablemente por los ávaros. La iconografía, por su parte, muestra al caballo mucho más presente en el arte islámico oriental que en el andalusí.
* Hoy es un yacimiento arqueológico de una antigua madina de la que hay constancia estuvo habitada entre los siglos IX y XII. Se encuentra al sureste de Puente del Arzobispo. Ver aquí mismo "La transierra extremeña: musulmanes y cristianos".

lunes, 4 de febrero de 2019

Estelas de la antigüedad

En color oscuro, extensión máxima de Mitanni (Wikipedia)

En el mundo antiguo los reyes aniquilaban a sus enemigos, conquistaban tierras hasta entonces de otros, capturaban a los vencidos, se hacían con animales como asnos, elefantes y toros, armamento, calificaban de maldito a un rey enemigo o a un río infranqueable, pisoteaban a los que se oponían, estos huían ante la presencia del ejército propio, arrasaban, prendían fuego, mataban y saqueaban, asolaban poblaciones, etc.

Las fuentes arqueológicas, generalmente tablillas con escrituras cuneiformes y estelas con jeroglíficos, están llenas de estos términos, con estilos hímnicos si se trata de alabar al propio rey y donde la piedad no parece existir para con los enemigos. A mediados del segundo milenio antes de Cristo, cuando Mitanni parece haber alcanzado el máximo de su expansión territorial en la alta Mesopotamia, aprovechando un período de pérdida de poder hitita, el rey egipcio Tutmosis III, que gobernó entre los años 1479  y 1425[i], mandó que se redactaran unos “anales” (o así se han llamado por los historiadores) en los que se dice que “su majestad estaba en la tierra de Retenu[ii], alcanzando la región de Qatna[iii] en la octava campaña de victoria, vadeando el río de Naharina [deber de ser el Éufrates] al frente de su tropa, hasta alcanzar la orilla oriental del río. Él dejó una estela al lado de la de su padre, el rey de Egipto Aheperkara. Su majestad viajó hacia el norte saqueando ciudades y asolando poblaciones debido a aquel enemigo de la maldita Naharina [Mitanni]”.

En ocasiones los más poderosos reyes tenían que librar batallas contra otros que solo poseían una ciudad y sus alrededores, como es el caso de Qadesh. En la batalla de Megido[iv], en el siglo XV a. de C., el rey Tutmosis III se enfrentó a una coalición cananea al frente de la cual estaba el rey de la citada ciudad, en el contexto de la lucha por Retenu. De esta batalla tenemos datos en los jeroglíficos del templo de Amón en Karnak y en la llamada estela de Armant (cerca de Luxor), donde se dice: “Os contaré lo que se hizo. Él mató siete leones disparando en un instante y se trajo un grupo de doce toros salvajes a la hora del almuerzo, sus colas colgándose por detrás. Abatió a ciento veinte elefantes en el país de Niya, volviendo de Naharina. Cruzó el Éufrates y pisoteó las poblaciones de ambos lados consumidas por el fuego para siempre. Inscribió una estela de victoria en su lado. Capturó rinocerontes con los arcos, en el país meridional de Nubia, cuando fue a Miu en busca del rebelde de aquel país. Erigió una estela allí como había hecho en los confines”.

En la estela de Gebel Barkal[v] se dice de Tutmosis III: “Él es el rey, el valiente como Montu [dios solar], quien conquista y a quien no se conquista, quien pisotea a todas las tierras extranjeras desobedientes, sin que haya quien les proteja en aquella tierra de Naharina, pues su señor ha huido por miedo. Yo he arrasado sus ciudades y sus asentamientos, les he prendido fuego, he hecho de ellos montículos de ruinas sin que puedan volverse a fundar. Mi majestad marchó luego a los confines de [Siria-Palestina]. Navegaron delante de mi majestad para cruzar aquel gran río que fluye entre esta tierra extranjera y Naharina. El rey es él, de quien se alardea como consecuencia de sus acciones en batalla, quien cruza el [Éufrates] al frente de su tropa persiguiendo a quien le atacó, en busca de aquel maldito enemigo [a través] de los países de Mitanni. Él había huido delante de su majestad hasta otra tierra lejana por miedo. Mi majestad erigió entonces una estela en aquella colina de Naharina, esculpida en la vertiente del lado oeste del Éufrates”.

En ocasiones parece que habla el rey, en otras alguien a su servicio, teniendo que hacer el lector un esfuerzo de trasposición de una situación a otra.

La ciudad de Cárquemis, en la actual frontera sirio-turca, perteneció a la soberanía hitita, mitania y asiria; fue centro de comunicaciones que permitieron un comercio muy fructífero ya en el tercer milenio antes de Cristo y un milenio más tarde cayó en manos del egipcio Tutmosis III. Parece no haber tenido nunca la suficiente independencia para tener sus propios reyes, pero sí Alepo, que también sufrió una batalla a manos del rey egipcio citado.

Al este de Cárquemis, dejando un espacio de por medio, se extendió el “imperio” mitanio, que no comprendió, en el momento de su máxima expansión, Harrán (al oeste), pero sí Urkish y Nagar, cerca del río Habur, afluente del Éufrates.  



[i] Entre 1504 y 1450 según otros.
[ii] Palestina y Siria.
[iii] Yacimiento arqueológico al este de Ugarit.
[iv] Al norte del actual Israel.
[v] Antigua Napata, hoy al norte de Sudán del Norte.

domingo, 3 de febrero de 2019

Taínos, caribes, oro y perlas


En los primeros tiempos de la conquista de América, cuando los expedicionarios españoles no habían salido del Caribe y de la península de Yucatán, se dividió a los indios –dice Céspedes del Castillo[i]- en dos grupos: taínos o indios de razón, refiriéndose a aquellos que no resistieron a los intrusos o fueron vencidos con poco esfuerzo; y caribes o indios de guerra, los que resistieron porfiadamente. Casi todos ellos tenían en común el ser cultivadores de subsistencia, que se alimentaban de plantas tuberosas (mandioca, yuca, batata) y del complejo maíz-frijol-calabaza, que cultivaban en montones artificiales de tierra (conucos) de los que, a modo de despensa, iban tomando aquello que precisaban; el cacahuete o maní, la pesca y la caza completaban una dieta fácil y equilibrada.

En cuanto a formas de organización social, la tribu predominaba en las Pequeñas Antillas y en algunos tramos de Tierra Firme; en otros y en las Grandes Antillas, la forma dominante era el señorío incipiente o desarrollado, con acusada estratificación social, desde jefes (caciques) hasta siervos perpetuos (naborías), en estratos que los europeos asimilaron a sus reyes, nobles, pueblo llano y esclavos. Cabe decir que los contactos con civilizaciones aborígenes fueron casi nulos durante estos años.

Los colonos, por su parte, hartos de pasar hambre, de comer tortas de harina y de mandioca (pan cazabí o cazabe), de sufrir las para ellos nuevas enfermedades tropicales, y todo ello a cambio de un sueldo, se rebelaron contra Colón en 1497. Pedían manos libres en la explotación del oro y compensar tantas miserias enriqueciéndose rápidamente. Entonces Colón fue llamado a España y su administración concluyó en 1499.

Comenzó entonces el inseguro negocio del rescate o trueque con los nativos, tal como se había practicado en las costas de África. Recogían aquello que consideraban valioso, en general maderas como el palo de Brasil, usado como tinte en la industria textil. Si aparecían indios, les obsequiaban, les solicitaban información como podían y permutaban sus manufacturas y baratijas por oro nativo o labrado, perlas o esclavos. Pronto los indígenas manifestaron su preferencia por herramientas de hierro y acero, mientras que los colonos, en uno de las primeras exploraciones, rescataron no menos de 150 libras de perlas en la costa venezolana, pero desde 1504 el comercio entre Sevilla y Santo Domingo mejor negocio que el rescate.

El problema de la mano de obra se solucionó en las mismas Antillas con los pacíficos taínos, en cuyas tierras se encontró la mayor parte del oro aluvial. Los taínos acogieron bien a los europeos, muy probablemente porque temían a los indios caribes, entonces en proceso de expansión a través de las Pequeñas Antillas y, por ser caníbales, en proceso también de comerse a los taínos. Estos trabajaron para los colonos en la producción de alimentos y en el lavado de las arenas auríferas, hasta el punto de que pronto fue tan terrible esto que ser comidos por los caribes. Los colonos consideraba a los taínos como holgazanes por negarse a trabajar a cambio de un jornal, sucediendo lo que era de esperar: la organización de repartimiento de repartimientos de indios o distribución organizada de mano de obra indígena. Era un trabajo forzoso que desencadenó una larga cadena de tragedias: huída de los indios, rebeliones de los hasta entonces pacíficos taínos, matanzas de colonos, matanzas de rebeldes, esclavitud de indígenas vencidos, hundimiento físico y psicológico de los nativos por desesperación y por enfermedades ocasionadas por la contaminación de suelos y aguas en los lugares donde se les concentraba para trabajar…

Entre 1503 y 1520 llegaron a Sevilla 14.118 kilos de oro del Caribe legalmente registrados. A ello habría que sumar –dice Céspedes del Castillo- los obtenidos entre 1494 y 1502, más lo que arribó a Europa como contrabando. Una estimación del total podría cifrarse en no menos de 30.000 kilos, cantidad muy superior a toda la producción de Europa durante esos años y aún por encima de la totalidad de oro recogido por los portugueses en África. A cambio, la práctica desaparición de los indígenas en las Antillas mayores y en las Lucayas a los cuarenta años de la llegada de los europeos.

Entre 1515 y 1519 un reducido grupo de frailes llegó para evangelizar a los indios, estableciéndose en Cumaná[ii], pero fracasaron ante la oposición de los indios, escarmentados por anteriores abusos. Pero se descubrieron los más ricos yacimientos de perlas; fue en Cubagua[iii], una pequeña isla próxima a Cumaná. Con un pequeño grupo de atrevidos buceadores –en su mayoría esclavos negros- se obtenían las ostras, pero para ello debían evitar a los tiburones. Una ciudad, Nueva Cádiz, existió en Cubagua entre 1519 y 1541, y durante los primeros años de su existencia, se obtuvieron 10.000 marcos de perlas (un marco equivale a 230 gramos), pero el agotamiento de los bancos de ostras, unido a los huracanes, acabaron por destruir económica y físicamente a la ciudad, de forma que los colonos se desplazaron mil kilómetros hacia el oeste para fundar Río de la Hacha[iv] y continuar allí su pesca de perlas.

Bancos de ostras perlíferas se descubrieron también el Pacífico (1515), dando su nombre a las islas de las Perlas, frente a Panamá. Las perlas rindieron más que el palo Brasil del Caribe, la cañafístula[v] y otras hierbas medicinales que en pequeña cantidad se exportaron a Europa, y aún que la caña de azúcar. Esta se llevó desde Canarias a la Española, que ya en 1503 disponía de un tosco ingenio azucarero.



[i] “América Hispánica”.
[ii] En la costa de Venezuela.
[iii] Isla al nortes de Venezuela.
[iv] En el extremo norte de Colombia.
[v] Árbol grueso y alto cuya hoja tiene propiedades laxantes y aromáticas.

León de Arroyal

Paisaje conquense

El ilustrado León de Arroyal era miembro de una familia de abogados e hidalgos, nacido en Gandía en 1755. Estuvo muy en contacto con otros ilustrados de la época como Roda, Lerena, Forner, Cadalso y Alcalá Galiano, por citar algunos. En Vara de Rey, al sur de la actual provincia de Cuenca, poseyó un rico patrimonio agrario por parte de su madre, y durante su vida residió en Tordesillas, Vara de Rey, Ávila, Salamanca y Madrid.

Dice Enrique Moral Sandoval[i] que a diferencia de sus compañeros de la Universidad de Salamanca, Meléndez Valdés, Forner o Ramón Salas, que terminaron sus estudios de Leyes, Arroyal los abandonó en 1776. Inclinado a la poesía por influencia de Cadalso, se asentó en Madrid entre 1777 y 1785 y asistió a las tertulias literarias de Estala[ii], frecuentó la Biblioteca Real y puede que contase con el apoyo del ministro Manuel de Roda. Por medio de Forner, entre 1781 y 1785 asistió a las tertulias de las hermanas Vicenta y Rita Piquer (con esta se casaría más tarde), donde tomó contacto con la ciencia económica. Invitado a verse con López de Lerena, ya ministro, pudo este escuchar a Arroyal sus ideas sobre el sistema de rentas existentes en España y la reforma que consideraba necesario, lo que llevó a publicar sus “Cartas económico-políticas” dirigidas a Lerena.

En 1785 se instaló con su familia en Vara de Rey (al sur de la actual provincia de Cuenca) y allí repasó sus “Cartas”, que constituyen un repaso a fondo –dice Moral Sandoval- del sistema hacendístico y fiscal español, desde la antigüedad hasta el momento, aportando datos sobre los países más destacados y demostrando una gran erudición. Ejerció como contador entre 1789 y 1797 en San Clemente (Cuenca), cargo al que fue designado por Lerena. Empezó entonces a perder visión hasta el punto de que, en 1807, estaba casi ciego, lo que se unió a la enajenación mental, falleciendo en 1813.

La influencia de Beccaria y de Adam Simith en sus “Cartas”, escritas entre 1786 y 1790, tiene más mérito por cuanto la obra del primero estuvo prohibida en España desde 1774, pero ediciones en castellano o en otros idiomas caían en manos de ilustrados como Arroyal, que estudió una variedad de temas, como las causas principales de la pobreza del reino; luego analiza la evolución histórica de la monarquía española, considerando que “la constitución de España ha declinado muchas veces a la anarquía y el despotismo”; más adelante habla de los límites de la autoridad del soberano y plantea un ambicioso programa de reformas.

En plena efervescencia revolucionaria francesa, plantea las necesarias reformas eclesiástica, la de la nobleza y la de la administración pública, mostrándose en esto último muy actual, pues habla del “origen plural de la nación española… La España debemos considerarla –dice- compuesta por varias repúblicas confederadas”, y luego se fija en la complejísima división territorial del Estado, con las trabas que se oponían al comercio, la diversidad institucional y la disparidad normativa: “El mapa general de la Península –dice- nos presenta cosas ridículas de unas provincias encajadas en otras, ángulos irregularísimos por todas partes, capitales situadas en las extremidades de sus partidos, intendencias extensísimas e intendencias muy pequeñas…”. En realidad viene a anticiparse a la división provincial de 1834, de inspiración francesa. Es partidario, por otro lado, de la centralización de la administración (a pesar de aquella constatación de “varias repúblicas confederadas”), y a través de la educación, conseguir una ciudadanía más homogénea.

En cuanto a la Administración de Justicia considera que es “el primer paso de la felicidad”, sentando siempre el principio de proximidad y acusando la lentitud de los procesos, en lo que también se muestra muy actual. Acusa a los propios servidores de la justicia por valerse de ella y el excesivo número de “curiales” que se movían en torno a los estrados. Todo ello provocaba, según él, que “los pobres, a pesar de las leyes, gimen sin el miserable consuelo de poder llevar sus clamores adonde sean oídos”.

Se centra luego en la seguridad jurídica por influencia de Beccaria, contra el despotismo y la tiranía propios de “los siglos bárbaros”. Luego –con el escritor italiano- habla de la proporcionalidad entre los delitos y las penas, así como de la necesidad de una legalidad previa que impida toda arbitrariedad. A los jueces hace depositarios exclusivos de la imposición de penas, pero restringiendo al máximo su capacidad de interpretación de las leyes y exigiéndoles que se ciñan a la letra de las mismas. Si hay “vacíos legales –dice- acúdase al legislador”, ya que “es menor inconveniente que un delito quede sin castigo, que no el que se le imponga sin estar señalado por la ley”, en lo que se muestra un garantista más propio de hoy que de su época. Denunció los perjuicios de los procesos inacabables, y como Beccaria, rechazó la tortura y las penas lacerantes, siguiéndole en la máxima de que “si es un mal la interpretación de las leyes, es otro evidentemente la oscuridad”, en relación a la poca claridad con la que muchas estaban redactadas, solapándose unas con otras por la sucesión del tiempo.

Las ideas que Arroyal presentó a Lerena[iii] fueron radicales, presentando como un mal que la justicia se administrase en función de la clase social a la que se perteneciese, contrariamente a su defensa de la igualdad ante la ley.



[i] “Influencia de Beccaria y Adam Smith en León de Arroyal”, 2015. En esta obra se basa el presente resumen.
[ii] Pedro Mariano Estala Ribera fue un religioso, traductor, escritor, helenista… español.
[iii] Ministro con Carlos III y con Carlos IV.

sábado, 2 de febrero de 2019

Un episodio de la guerra del Peloponeso

Hoplita en una cerámica griega

El pueblo ateniense recibió enojándose las noticias de la derrota en Sicilia, protestando contra políticos y agoreros, aunque él mismo había tomado parte en la decisión. Atenas no poseía más naves ni dinero, ni marineros y obreros para reanudar la batalla contra Esparta y sus ciudades asociadas. Se temía además que el enemigo vendría hacia el Pireo y se veía como algunos de los aliados se habían pasado al otro bando. Era por mar y por tierra por donde se temía atacaría Esparta, según cuenta Tucídides en su “Guerra del Peloponeso”[i]. Por todo ello los atenienses se prepararon para allegar dinero y madera para la construcción de nuevas naves y se inició una política de ahorro en gastos prescindibles.

Poco después casi todos los griegos comenzaron a cambiar de opinión por la derrota de los atenienses en Sicilia y muchos se pasaron al partido de los peloponesios. Con Sicilia como aliada, Esparta esperó la victoria en la larga guerra que conocemos hoy como del Peloponeso, en las décadas finales del siglo I a. de C. Así, Agis[ii], rey de los lacedemonios, partió de Decelia (*) y fue recorriendo las ciudades de los aliados para inducirles a que construyesen barcos, pasó por el gran golfo de los Eteos, llamado Melíaco (al sur de Tesalia), hizo allí un gran apresamiento que convirtió en dinero, obligó a los aqueos, a los ftiotas[iii] y a otros pueblos sujetos a los tesalos, a que le diesen una buena suma de moneda y cierto número de rehenes, porque eran sospechosos. Estos rehenes los envió a Corinto mientras entre los lacedemonios y sus aliados se fabricaron cien galeras que costearían a prorrata beocios, locros, foceos, corintios, arcadios, pelenenses, scionios, megarenses, trecenios, epidaurios y hermionenses.

Por su parte, los atenienses fortificaron con una muralla su puerto de Sunión (en el extremo sur del Ática) para que las naves que les trajesen vituallas tuviesen seguridad, aunque en lo que emplearon más empeño es en conseguir que sus súbditos y aliados no se rebelaran. Pero los eubeos enviaron mensajeros a Agis diciéndole que querían unirse a él. Los lesbos, que también querían rebelarse, enviaron igualmente a pedir a Agis gente de guarda para ponerla en su ciudad, lo que este les otorgó.

Tucídides dice que Agis no consultaba ninguna de estas decisiones con los lacedemonios, dando la impresión de que el rey actuaba con total independencia y poder, como un monarca absoluto. Los de Quíos y Eritras, que así mismo querían rebelarse contra los atenienses, hicieron un tratado con los gobernadores y consejeros de Lacedemonia sin saberlo Agis; con ellos fue a dicha ciudad Tisafernes, sátrapa del persa Darío, el cual estaba interesado en la continuidad de la guerra entre espartanos y atenienses, para lo que prometió a los primeros proveerles, y todo ello porque los griegos próximos a donde gobernaba Tisafernes se habían negado a pagarle un tributo.

En estas circunstancias, Caligito de Megara y Timágoras de Cizico, ambos desterrados de sus ciudades, fueron a Lacedemonia con el objeto de demandar a esta ciudad barcos y llevarlos al Helesponto, ofreciéndole su apoyo, al tiempo que pretendían la amistad del persa Darío, su señor. En Lacedemonia, por su parte, surgió la discordia, pues unos eran partidarios de enviar los barcos a Jonia y Quíos, mientras que otros al Helesponto. Predominando los partidarios de Quíos, no obstante se enviaron espías para ver si los de esta ciudad tenían suficientes barcos como decían y si era tan rica como decía la fama. Volviendo los espías y confirmando que los de Quíos eran lo que decían, se hizo enseguida alianza con los quiotas y los eritrieos, enviando cuarenta trirremes para reunirlas con las de los quiotas.

Cuando Agis supo que los lacedemonios habían deliberado enviar primero los barcos a Quíos, no quiso ir contra su determinación, habiendo celebrado consejo en Corinto. En esto el rey se mostró cauto, pues lo que él había decidido tampoco fue discutido por el pueblo, que cuando instó a Corinto para que se aliase con Esparta, aquella ciudad contestó que no mientras no se celebrasen los juegos ístmicos, lo que Agis aceptó porque consideró que tal cosa era como un juramento para los corintios, tan relacionados estaban los juegos con los sentimientos religiosos del pueblo griego. Mientras tanto ya había llegado a Atenas la noticia de que Quíos estaba con Esparta.

Finalizados los juegos ístmicos, en los cuales estuvieron los atenienses, pues tenían salvoconducto para ello, regresaron a Atenas y aparejaron sus trirremes para guardar la mar de sus enemigos, y recibiendo ayuda de treinta y siete trirremes más, siguieron a sus enemigos hasta un puerto desierto y desechado –dice Tucídides- que está en los extremos, al fin de la tierra de los epidaurios, que ellos llaman Espireo, dentro de cuyo puerto se habían refugiado todos los barcos del Peloponeso salvo uno que se había perdido en alta mar. A este puerto fueron los atenienses a darles caza por mar, y también pusieron en tierra una parte de sus gentes, de manera que les hicieron gran daño, les destrozaron bastantes trirremes y mataron a muchos tripulantes, entre ellos a Alcámenes[iv], pero también los atenienses sufrieron algunas pérdidas.

Este episodio, uno de los últimos de la guerra del Peloponeso, nos pone de manifiesto que muchas ciudades griegas estaban aliadas a Esparta o a Atenas a la fuerza, por la importancia y poder que estas habían adquirido, de forma que las alianzas eran muy volátiles, pudiéndose cambiar de bando con facilidad y siempre a favor del que tenía las de ganar. Se pone también de manifiesto el gran esfuerzo económico y humano que representó la guerra en la antigüedad, particularmente en la época clásica griega, y la relación de los juegos con la religión y los dioses.

Tucídides era un griego periférico, pues parece que procedía de Tracia. Habiendo fracasado en una gestión militar que se le encomendó, se vio obligado al exilio, probablemente a Esparta, por lo que dispuso de mucha información sobre la guerra del Peloponeso, tanto por parte lacedemonia como ateniense, aunque algunos historiadores consideran que no fue realmente un exiliado.



[i] Libro VIII. Traducción de Diego Gracián de Alderete (1494-1584).
[ii] Agis II, sucesor de Arquidamo.
[iii] Ftia es el nombre de una antigua región griega al sur de Magnesia. Debe de tratarse de los que en época de la guerra de Troya se llamaban mirmidones.
[iv] No confundir con el escultor griego del siglo V.
(*) Al norte del Ática.