martes, 5 de febrero de 2019

Geógrafos musulmanes

http://www.regmurcia.com/docs/murgetana/N138/N138-001.pdf

Alejandro García Sanjuán ha estudiado las primeras descripciones geográficas que se hicieron de al-Andalus en la Edad Media por musulmanes, entre los que destacan el iraní Ibn Jurgadbah, el iraquí al-Yaqubi, al-Istajri, al-Muqaddasi e ibn Hawqal, entre otros. El topónimo al-Andalus aparece por primera vez mencionado en un dinar bilingüe árabe y latino del año 716, como nombre árabe que designa al territorio denominado hasta entonces Hispania.  

La literatura geográfica árabe se debe al califato abasí y se desarrolla a partir del siglo IX, ya que el estudio geográfico autóctono de al-Andalus no se da hasta el siglo siguiente con la obra de al-Razi, no conservada en su versión original, y luego con el almeriense al-Udri y el onubense al-Bakri.

Ibn Jurgadbah fue funcionario de la administración abasí como jefe de Correos y su obra geográfica está fechada en 846-885, aunque a al-Andalus le dedica muy poco espacio. Dice que Narbona es el punto limítrofe de al-Andalus con los francos, y que de Toledo a la capital Omeya la distancia era de 20 noches, estimando en un mes de marcha las dimensiones del país. En cuanto al poblamiento urbano habla de cuarenta ciudades de las cuales menciona unas pocas: Mérida, Zaragoza, Narbona, Gerona y al-Bayda (esta, una de las denominaciones de Zaragoza). Añade lo que luego será un lugar común, que al-Andalus es feraz y produce una gran variedad de frutos, y ofrece una etimología original cuando dice que la gente de Córdoba se llaman hispanos debido a la procedencia del rey Rodrigo, vinculado a la ciudad de Ispahán[i].

Incluye a al-Andalus entre los territorios pertenecientes a Europa, una de las partes en que divide a la Tierra, junto con los eslavos, los bizantinos, los francos y Tánger, hasta llegar a Egipto. Vuelve a mencionar al rey Rodrigo al hacerse eco de la leyenda de la casa de los siete candados de Toledo[ii], la más célebre de todas las relacionadas con la conquista musulmana de la Península. Su texto será copiado por Ibn al-Faqih, autor de un tratado fechado en 903.

Al-Yaqubi, vinculado a la administración abasí, es considerado por algunos historiadores como el primer representante del género conocido como “los caminos de los reinos”, y es el primero que dedica un apartado específico a al-Andalus: “La península de al-Andalus y sus ciudades”, en lo que demuestra conocer el carácter peninsular de Hispania; es también la descripción más antigua del territorio andalusí.

El texto está organizado en forma de recorrido por los principales núcleos urbanos, los asentamientos de contingentes árabes y los cursos fluviales. Comienza con la forma de acceder al-Andalus desde la costa norteafricana (Tanas) hasta Tudmir (Murcia), donde menciona, entre otros núcleos, a Lorca. A partir de aquí inicia su recorrido mencionando veintiún núcleos urbanos: Córdoba, Elvira (Granada), Rayya (Málaga), Sidonia, Algeciras, Sevilla, Niebla, Beja, Lisboa, Ocsóbona (Mértola), Mérida, Jaén, Toledo, Guadalajara, Zaragoza, Tudela, Huesca, Tortosa y Valencia. Dedica atención, por primera vez un geógrafo musulmán, a los pueblos no musulmanes[iii]: cuando habla de Mérida dice que limita con los politeístas; de Tudela dice también que es fronteriza e igualmente Huesca. Es también el primero en aludir a las principales vías fluviales, entre las que menciona el Guadalquivir, el Guadiana, el Duero (que confunde con el Tajo, pues lo sitúa en Toledo), el Ebro y el Júcar.

Durante el siglo X surge una verdadera geografía humana por cuatro autores: al-Istajri, Ibn Hawqal, al-Muqaddasi y al-Muhallabi, pero solo los tres primeros aportaron información sobre al-Andalus y al-Muqadassi e Ibn Hawqal pueden ser considerados partidarios de los Fatimíes, rivales de los Omeya. El segundo de ellos es el primero que escribe su obra a partir de datos de su observación directa.

A-Istajri vivía en 951 según García Sanjuán[iv] y su obra incluye algunas características de la producción económica de al-Andalus. En otro apartado distingue los itinerarios entre las ciudades más importantes y se añaden algunas coras como las de Rayya, Valle de los Pedroches (al norte de la actual provincia de Córdoba), Córdoba, Santarem y Elvira. Destaca la preeminencia urbana de Córdoba y señala la existencia de una sola ciudad nueva, Pechina (en las proximidades de la actual Almería). Hace referencia a la rebelión de Ibn Hafsun en la cora de Rayya, iniciada contra los emires cordobeses hacia 880 y no terminada –ya muerto el caudillo- en 920 con la toma de Bobastro, en el interior de la actual provincia de Málaga.

Se refiere a la importancia de la producción de seda en Elvira, de la minería del oro y plata tanto en Elvira como en Murcia y cerca de Córdoba. También destaca en Tudela la importancia de la marta cebellina, apreciada por su piel y la producción de ámbar en Santarem. Estudia tanto a los no musulmanes de al-Andalus como a los beréberes y sitúa la frontera islámica en la línea que une Mérida, Nafza (¿Vascos?), Guadalajara y Toledo, lo que denota que el límite del dominio musulmán se situó, tanto durante el emirato como durante el califato en torno al Sistema Central. Es el primer autor que menciona núcleos del territorio cristiano, como Zamora y Oviedo, donde sitúa al soberano astur y también es el primero en prestar atención a los beréberes, señalando la existencia de dos ramas principales. La segunda parte de su descripción la dedica a los itinerarios, citando a más de treinta núcleos.

Con el hierosolimitano al-Muqaddasi se produce un nuevo avance, a pesar de que nunca estuvo en al-Andalus, aprovechando numerosas fuentes que se manifiestan, por ejemplo, en la descripción de Jaén. Él mismo dice haber contactado con sabios andalusíes que le informaron sobre los distritos de Córdoba, en total trece, con sus correspondientes ciudades y, estando en La Meca en los años 987-988, se dedicó a obtener información sobre Córdoba, siendo su relato el más completo hasta ahora en la descripción de dicha ciudad. Explica en su obra el por qué de la preferencia malikí en al-Andalus, siendo el primer autor oriental que incide sobre este aspecto.

Menciona unos sesenta topónimos, de los cuales describe, con mayor o menos amplitud unos veinte y no deja de hacer juicios de valor sobre la práctica del yihad. En cuanto a la población andalusí aprecia la abundancia de leprosos, eunucos, antipáticos y avaros, pero nota la escasez de predicadores, los que en al-Andalus se consideraban alborotadores, mientras que en el oriente abasí el predicador no oficial era un referente de autoridad que gozaba de prestigio. Comenta, por último, la política sunní de los califas Omeya de Córdoba en oposición al chiísmo oriental.

Ibn Hawqal era natural de Nisibis, al sudeste de la actual Turquía, estando ante un autor que visitó personalmente el territorio que describe, alcanzando la descripción de al-Andalus con él su punto culminante hasta el momento. Su obra es el resultado de los viajes realizados a lo largo de treinta años desde que comenzó una peregrinación en 943, llegando a la península Ibérica a mediados del siglo X, siendo editada su obra en torno a 988.

Es el primer autor que se ocupa de estudiar la fiscalidad y la organización militar de al-Andalus en su tiempo, el de Abderramán III. Habla de un país desarrollado, económicamente próspero, rico en agricultura, diciendo que aún así hay territorios sin cultivar, destacando la abundancia de cursos de agua, bosques y ríos. También le interesaron el poblamiento y el urbanismo, destacando la importancia de Sevilla con su abundancia de frutos, viñas e higos, pero mayor era Córdoba, “la ciudad más grande del Occidente islámico”, con zocos, mezquitas, baños y alhóndigas, equivalente “a la mitad de Bagdad”. De las ciudades de al-Andalus dice que tienen importancia sus cosechas, su comercio y sus viñas, cultivos tanto de secano como de regadío.

Vuelve a Córdoba para decir que sus pobladores vestían prendas de lino fino y seda, con monturas bien equipadas aunque sin silla, y con una ceca que acuñaba 200.000 dinares anuales, datos que afirma haber obtenido de funcionarios de Abderramán III. Sobre los habitantes del estado Omeya dice, en cambio, que muestran desdén por las cualidades bélicas y que el ejército de al-Andalus, en la época, es incapaz, pues ni siquiera se utilizaban estribos en la caballería[v]. De todo ello deduce Ibn Hawqal que el territorio estaba mal defendido de los ataques realizados por normandos, turcos, pechenegos, eslavos o búlgaros, esporádicos sin embargo.

Un siglo más tarde, otro autor no andalusí, el emir granadino de la dinastía beréber de los ziríes, Abd Allah, al hablar de las reformas militares de Almanzor, dice que los andalusíes se negaban a participar en las campañas militares porque ello les impedía dedicarse a trabajar la tierra. La escasa militarización de la sociedad andalusí frente al expansionismo cristiano, dependía de la fuerza bélica de los beréberes.



[i] Quizá en el centro de la meseta irania.
[ii] Hércules habría fundado Toledo y edificó un palacio que cerró con férreas puertas. Al tiempo lanzó una maldición por la que el que se atreviese a entrar en el palacio perecería sin remedio y arrastraría a todo su reino. Rodrigo, el último rey godo de Hispania, irrumpió en dicho palacio y encontró en él un pergamino donde se relataba la inminente conquista musulmana.
[iii] Se llamaba “gallegos” a los habitantes de todo el cuadrante noroeste peninsular, probablemente por el topónimo Gallaecia, de época romana.
[iv] Este resumen se basa en el trabajo “La caracterización de al-Andalus en los textos geográficos árabes orientales (siglos IX-XV)”.
[v] García Sanjuán dice, siguiendo a L. White, que los estribos procedían de Asia central y que se difundieron en Occidente desde comienzos del siglo VIII, traídos probablemente por los ávaros. La iconografía, por su parte, muestra al caballo mucho más presente en el arte islámico oriental que en el andalusí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario