miércoles, 10 de abril de 2019

El patrimonio de la Iglesia pobre


El emperador Constancio II decidió eximir a la Iglesia del pago de impuestos cuando aquella estaba procediendo a la apropiación de los templos paganos y de otros bienes. Cuando reinó Juliano entre 361 y 363 hubo un freno a esa política y el Código Teodosiano, escrito en el siglo IV, nos permite conocer lo que era la Iglesia y lo que había sido en cuanto a propiedades y privilegios.

A mediados del siglo IV la religión cristiana fue considera por la autoridad romana como licita y Amiano Marcelino[i] escribió su Res Gestae, momento en que las tradiciones y creencias en la adivinación y la magia recobraban cierto auge. La Iglesia, por su parte, estaba empeñada en usar sus bienes para ayudar a las personas necesitadas, animada por una moral que nada tenía que ver con la institución benéfica de los alimenta desde el emperador Trajano, pero los primeros indicios de acumulación de bienes por parte de la Iglesia se remontan a los mismos orígenes del cristianismo[ii].

Ya en el siglo I algunos miembros de la gens Flavia simpatizaron y fueron adeptos de la religión cristiana y, avanzando el tiempo, los bienes de la Iglesia fueron parejos a la actividad de los laicos por medio de las “iglesias domésticas”: están estudiados los casos de Lyon y de Vienne, en el sur de Galia. Desde un primer momento la Iglesia es una comunidad jerárquica y, al menos hasta tiempos del emperador Valeriano (253-260), los cristianos fueron atacados como falta religiosa individual, no colectiva, al margen de las prohibiciones de Septimio Severo contra el proselitismo cristiano. Valeriano aprobó un edicto de persecución, condenando a muerte a los obispos y confiscando los bienes de las comunidades cristianas; era la primera condena de los cristianos como Iglesia, y seguirían otros edictos de dicho emperador en el mismo sentido.

La prohibición del derecho de reunión contrasta con el reconocimiento de la Iglesia por Galieno entre 257 y 260, devolviéndole sus bienes, aunque en el siglo III probablemente su patrimonio no se formase a partir de las herencias. En el siglo siguiente fue un paso sustancial la política religiosa de Constantino, que concedió libertad absoluta a la Iglesia por medio de los acuerdos de Milán, incluyendo la predisposición favorable de Licinio[iii] a devolver la libertad de culto a las comunidades cristianas. Comenzaron entonces las subvenciones estatales y la exención clerical de las funciones públicas; más tarde las exenciones fiscales. En torno a 320 la Iglesia se pudo considerar libre y favorecida por el poder político romano.

En 321 un edicto autorizó a la Iglesia a recibir donaciones y herencias y el emperador hizo donativos a la comunidad cristiana, el Estado romano reparó los edificios de culto cristianos y construyó otros de nueva planta, asignó fondos para su mantenimiento y dotó a los cristianos de un cuerpo sacerdotal (324) y de abundantes objetos litúrgicos de oro y plata, destinados especialmente a los cristianos de Roma. Luego vinieron los beneficios a la jerarquía eclesiástica y las manumisiones por parte de los componentes del clero, lo que está relacionado con la filosofía estoica respecto a la esclavitud en tiempos de Adriano.

Constancio II inicia un período especialmente notable para la configuración del patrimonio eclesiástico, pues además de dar permiso para la apropiación, “con visos de expolio”, dice Santos Yanguas, de los templos paganos, en el año 353, durante los años de imperio compartido con Constante, renovaron la exención a favor de los clérigos, diáconos y quizá catecúmenos de los munera civilia, o servicios que los ricos debían dar a favor del pueblo. También quedaban exentos del impuesto que gravaba a los comerciantes, con el objeto de que ese dinero pudiese ser repartido entre los pobres. Debe tenerse en cuenta que, en la época, los sacerdotes compatibilizaban sus funciones religiosas con el comercio, la ganadería y otras profesiones; dichos sacerdotes tenían caballos y acémilas para trasladarse de un lugar a otro. Pronto se hicieron extensivas dichas exenciones a las esposas y a los hijos, así como a los libertos y esclavos de los clérigos, de forma que muchos abrazaron las órdenes sacerdotales animados por tales ventajas.

Constancio II emitió sendas “constituciones” a favor exclusivo del clero romano en un momento en que el emperador había mandado al exilio al papa-obispo de Roma, Liberio[iv], sustituyéndolo por el archidiácono Félix (inconvenientes de la temprana confusión con el Estado), además de recompensar a la nueva máxima autoridad de la Iglesia. La primera de las constituciones otorgó numerosas inmunidades al clero romano; la segunda dirigida al obispo-papa Félix, reiteraba la exención de impuestos, inmunes Semper. Algunos historiadores ven también la exención del impuesto fundiario (propiedades raíces), pero otros consideran que, al no citarse la iugatio[v], dicha interpretación no sería correcta. También eximió Constancio II al clero del impuesto que tendrían que pagar los clérigos que se dedicasen al comercio, tuviesen talleres y cuadras.

Ya en el concilio de Sárdica[vi] se dispuso que los obispos no pasasen demasiado tiempo en sus latifundios personales y, en el de Rímini (359), tanto los obispos arrianos asistentes como los católicos, solicitaron la completa inmunidad de los impuestos ordinarios para los fundos eclesiásticos, puesto que la elite aristocrática había empezado a protestar contra los obispos por subvertir el cursus honorum de la administración civil. Debe tenerse en cuenta que numerosos obispos pertenecían a la clase senatorial, compatibilizando sus funciones religiosas con la administración de sus patrimonios personales.

El emperador Constancio II decidió recortar los privilegios en materia comercial y se negó a conceder la inmunidad que los obispos solicitaban, distinguiendo el patrimonio de la Iglesia de los patrimonios personales de los clérigos.



[i] Militar e historiador pagano.
[ii] El presente resumen se basa en el trabajo de Narciso Santos Yanguas, “El Régimen Fiscal de los bienes de la Iglesia durante el siglo IV”.
[iii] El imperio estuvo dividido entre Constantino y Licinio, gobernando este Tracia, Asia Menor, Siria y Egipto hasta ser derrotado definitivamente por el primero.
[iv] El emperador quería favorecer al arrianismo en todo occidente, a lo que se opuso el papa.
[v] Un tributo territorial.
[vi] Actual Sofía, Bulgaria, en 343.

martes, 9 de abril de 2019

Los mudéjares se rebelan

Castillejo de Abrucena (foto de Pako Manzano)

En el contexto de la guerra de Granada, a finales del siglo XV, se dieron algunas características que pone de manifiesto Cristina Segura Graíño en uno de sus trabajos[i]. En primer lugar la desproporción temporal que hay entre las distintas fases de dicha guerra, pues las tierras malagueñas cayeron en manos cristianas a lo largo de 1482-1487, mientras que las orientales del reino granadino fueron sometidas en apenas dos años. La autora se pregunta si ello es debido a la pérdida de combatividad de los nazaríes o a la benignidad de las capitulaciones en zona almeriense en comparación a la dureza de las malagueñas. También, obviamente, está la crisis del régimen nazarí, dividido internamente.

Los habitantes del reino de Granada, convertidos a la fuerza en moriscos, mantuvieron una situación de guerra endémica durante los dos primeros tercios del siglo XVI, hasta la explosión de la guerra en las Alpujarras. En cuanto a las capitulaciones que tuvieron que aceptar los granadinos, más que queridas por la población, fueron firmadas por sus autoridades colaboracionistas, lo que explica los levantamientos populares y lo deficiente de la conquista cristiana. Los habitantes de la actual provincia de Almería y este de la de Granada debieron tener noticia de los incumplimientos por parte cristiana de las capitulaciones firmadas en la región malagueña. Y tanto Boabdil como Al-Zagal –dice Segura Graíño- fueron insolidarios con su pueblo, aunque este prefiriese a dichas autoridades que al poder cristiano.

La inestabilidad de la conquista cristiana se demostró en 1490, lo que llevó a los reyes Isabel y Fernando a ordenar la expulsión de los mudéjares de las ciudades fortificadas que habían sido conquistadas. Poco después de las capitulaciones ya hay transgresiones de las mismas por ambos bandos: los mudéjares se levantaron entre 1489 y 1490 y los reyes cristianos, con esa excusa, incumplen lo pactado expulsando a los mudéjares de Almería, Baza, Guadix, Almuñécar y Fiñana[ii], centro este último de la revuelta. Tras un largo asedio, la ciudad de Baza se entregó a finales de 1489, pero los caudillos musulmanes tuvieron que vencer las reticencias de la población. Se pactó la entrega de Almería y Guadix respetando –como para todo el territorio- la hacienda a toda la población, sus modos de vida, su religión y sus equipos militares, excepto las armas de fuego, como se ha estudiado para el caso de Purchena, villas y lugares del río Almanzora y sierra de Filambres. La capitulación de Almería se habría dado en Baza a finales de 1489 o en Écija en 1490, y los habitantes de la ciudad de Baza fueron forzados a instalarse en sus arrabales.

Los reyes cristianos permanecieron en Baza hasta finales de 1489, para encaminarse con su ejército, penosamente durante el invierno, a las plazas fuertes de Almería y Guadix. La primera de estas ciudades se entregó fácilmente, pues previamente Yayah Al-Nayar había convencido a Al-Zagal de lo inútil de la resistencia. Desde aquí se fueron a Guadix las fuerzas reales, pernoctando en Fiñana y llegando a aquella ciudad al día siguiente, pero descontento el pueblo musulmán, los reyes obligaron también a los habitantes a situarse en sus arrabales, pues no se quería que aquellas tierras quedasen despobladas si se procedía a una expulsión generalizada. La población mudéjar debió jurar fidelidad a los nuevos amos y a no prestar ayuda a las fuerzas nazaríes aún no sometidas.

Los más beneficiados con las capitulaciones fueron Al-Zagal[iii], que recibió el señorío de Andarax[iv], el valle de Alhaurín[v], la mitad de las salinas de Maleha, cuya renta anual era de cuatro millones de maravedíes, y el señorío sobre dos mil mudéjares; Al-Nayar[vi] se benefició de la taha[vii] de Marxena y el tratamiento de infante, y Mahomad Haçen recibió la villa de Serón[viii].

A principios de 1490 todo el sector oriental estaba en manos de los cristianos, pero sin llegar a consolidar su dominio. Los reyes, que se han ido a Córdoba, esperan que Boabdil cumpla lo pactado en 1487, la entrega de Granada, pero no será así y se reanudaron las hostilidades con la toma de la posición de Padul[ix] por los nazaríes, y parece ser que la actitud de Boabdil se debió a la exigencia de la población, de forma que los reyes se tuvieron que dirigir a los gobernadores nazaríes, no al propio Boabdil, que proyectó una ofensiva convocando a las poblaciones mudéjares a la rebelión, con resultados positivos. Lúcar[x] sufrió un ataque por tropas procedentes de Tíjola[xi]; en la costa se produjo la rebelión de Adra, donde la población mudéjar sometió a los cristianos y esperó socorro por mar (los benimerines), pero la plaza fue recuperada por cristianos al mando de los cuales estuvo Al-Nayar. Mientras, Boabdil sitió Salobreña[xii] y penetró en la Alpujarra; luego el ejército musulmán se dirigió a las tahas de Andarax, Marxena y Alboloduy[xiii], rebelándose los mudéjares al llegar Boabdil y poniéndose bajo su mando, pero según las crónicas árabes solamente recuperó Andarax.

El sometimiento conseguido por los cristianos, en todo caso, era deficiente, y el riesgo de levantamiento mudéjar continuó. De hecho se observa una revuelta general contra los cristianos y los caudillos musulmanes aliados, que habían llegado a pactos personales. Boabdil tuvo un éxito rápido, mientras las protestas de la población musulmana iban en aumento ante los incumplimientos de las capitulaciones.

El levantamiento de Fiñana, lugar próximo a Gudadix, revistió especial virulencia, pero los cristianos sofocaron la insurrección esclavizando a toda la población y siendo expoliada en sus bienes: muebles, oro, plata, joyas, ganado, etc. constituyó el botín de los vencedores, que eran las milicias concejiles de Baza, Úbeda, Jaén, Lorca, Murcia y Cartagena. La represión cristiana terminó con la diáspora y, como medida preventiva, el rey Fernando ordenó que se evacuasen todas las plazas fuertes, siendo entonces expulsados los habitantes de Baza, Almería, Guadix y Almuñécar, además de los de otras poblaciones fortificadas. Los mudéjares debían permanecer en las huertas que rodeaban sus respectivas ciudades en espera de la llegada del rey, que partió de Córdoba talando la vega de Granada, intentó castigar a los cabecillas y volvió otra vez a Córdoba. Por su parte el concejo de Murcia recibió orden de atacar a Marxena y Alboloduy, de nuevo en manos de los musulmanes.

La rebelión fue endémica, volviendo las tahas del alto valle del Andarax a manos musulmanas, pero otra vez, intermitentemente, a poder de los cristianos. Las tahas alpujarreñas se levantaron también  y Guadix fue reprimida, lo que quizá provoco el levantamiento de los musulmanes de Fiñana, aunque otros autores dicen que esta población se rebeló antes que la de Guadix…


[i] “Notas sobre la revuelta mudéjar de 1490. El caso de Fiñana”.
[ii] Al oeste de la actual provincia de Almería.
[iii] Hermano de rey y sobrino de Boabdil.
[iv] El río Andarax está al sur de la actual provincia de Almería.
[v] En la provincia actual de Málaga.
[vi] Hijo de rey granadino e infante de Almería.
[vii] Una división administrativa del reino granadino.
[viii] Al oeste de la actual Almería y al norte de Fiñana.
[ix] Al oeste de Sierra Nevada.
[x] En el interior de la actual provincia de Almería.
[xi] Al sur de Lúcar.
[xii] Era útil para mantener contacto con África.
[xiii] Al noroeste de la ciudad de Almería.

lunes, 8 de abril de 2019

Asturica Augusta

La forma de vida de los pueblos indígenas del noroeste de la península Ibérica, en el siglo I a. de C., era muy distinta de la que impuso Roma a partir del momento en que fundó la ciudad de Asturica Augusta en el mismo lugar donde hoy se encuentra Astorga. En los orígenes de esta ciudad romana, como en otros casos, está el emplazamiento de un campamento romano, para luego, ex novo, levantar la ciudad con las características de otras romanas, aunque el plano no fue exactamente hipodámico.

Los profesores Santos Yanguas y Dopico Caínzos[i] aportan en un estudio datos muy importantes sobre los pueblos indígenas del conventus asturicensis, sensiblemente distintos de los que habitaban en los otros dos conventos del noroeste, lucense y bacarense, pero también distintos de los que vivían al norte de la cordillera Cantábrica. Estos tres conventos tienen en común la conquista simultánea por Roma en época de Augusto y la ausencia de ciudades si los comparamos con los demás territorios de la Hispania Citerior. Pero si los conventos bracarense y lucense comparten una misma cultura, la castreña, en el asturicense la diversidad es mayor.

Las tierras llanas de la Meseta norte propiciaron la aplicación por parte de Roma de estrategias de comunicación distintas que en la cordillera Cantábrica y en la llanura litoral. Al oeste del convento asturicense la arqueología ha descubierto formas de habitación parecidas a las de la Galicia y Portugal actuales al norte del Duero, poniendo de ejemplo los castros de San Chuis[ii] y Coaña. Sin embargo en la Meseta hay claras influencias celtibéricas: no se trata de pequeños poblados, sino de centros de mayor tamaño, como Puentecastro o Lancia[iii], algunos de los cuales se convirtieron en oppida. También hay diferencias en la onomástica.

La epigrafía muestra denominaciones como civitates, gentes, gentilitates, cognationes y castella, sin que los especialistas se hayan puesto de acuerdo sobre el significado y las diferencias que los romanos quisieron mostrar con esta diversidad. Algunas de aquellas denominaciones parecen tener un carácter territorial (la civitas de tal área geográfica) y los castella parecen ser las poblaciones indígenas donde los romanos observaron unidades militares, pero como estas fueron generadas por Roma ¿lo eran con anterioridad? En la zona occidental del convento asturicense se han encontrado castella, mientras que en la oriental, cognationes que se integran en las civitates; en la zona meridional del futuro conventus se documentan gentilitates, y las gentes tuvieron una naturaleza territorial y política. Como vemos, nada claro.

Lo que sí está claro es el enorme impacto que Roma causó en estos pobladores, máxime teniendo en cuenta que la conquista acababa de producirse, y que Roma impone aquí una organización administrativa sin precedentes dentro de la historia de Roma. La génesis del conventus asturicensis está en torno al Ara Augusta[iv]. El “ara” dota a diversos pueblos indígenas, forzados por Roma, de un elemento de cohesión mediante una fuerza ideológica de lo sagrado y al culto imperial.

Pues sobre estos precedentes se construye Astúrica, sobre la que, sin dejar de estar poblada en ningún momento, se encuentra la Astorga actual. Es la urbs magnifica a la que se refiere Plinio (el viejo), que nada tiene que ver con Lancia, a la que Floro llama urbs, que debió ser importante desde el siglo IV a. de C. sobrepasando las 10 Ha., pero para los romanos era un oppidum que la alejaba de Astúrica. A finales del siglo I d. de C. se extendía por casi 30 Ha. y contaba con foro en la parte más alta, edificios religiosos, infraestructuras del agua (cloacas y termas) probablemente –dicen los autores citados- anteriores al siglo II d. de C. y también contó con domus privadas.

La administración de la ciudad estaba en manos de procuratores para diversas funciones (una de ellas el control de las minas del noroeste), letati también con varias funciones (jurídicas, militares, etc.) mayoritariamente de procedencia itálica. La mayoría de las inscripciones descubiertas, tras más de 150 intervenciones arqueológicas, están datadas a partir del siglo II de nuestra era, algunas sobre grandes soportes, con dedicatorias a divinidades romanas y orientales.

Asturica fue la residencia de los procuratores Augusti con funciones para los tres conventos del noroeste, habiéndose encontrado epígrafes de ocho de aquellos. Los procuratores metallorum, de cuatro de los cuales tenemos noticia en inscripciones halladas en Villalis, a menos de 20 km. de Astorga. Igualmente se han encontrado cuatro inscripciones sobre beneficiarii procuratoris en Villaris, datadas en la segunda mitad del siglo II, y otra en Astorga de entre los siglos I y II. La onomástica de estos funcionarios delata su procedencia: uno de ellos era de Tergeste (Trieste), de finales del siglo I, otro, itálico de la primera mitad del s. II, y otro probablemente de Roma de mediados del mismo siglo. En Astúrica había gran variedad de estratos sociales, desde los de rango senatorial y milites hasta los de libertos y esclavos privados, pero también imperiales, una nueva sociedad muy diferente a la indígena. En la ciudad no habitaba solo población romana, sino también los indígenas de otras zonas. No sabemos qué estatuto jurídico tuvo Astúrica pero la mención a una Res Publicae Asturicae Augustae per magistratos…nos habla de algo desconocido para los indígenas; aunque no estemos ante un municipio, sí había poderes anuales y electivos que no tiene paralelo con la población indígena antes de la llegada de los romanos.

Asturica introduce la escritura, desconocida por los indígenas hasta entonces y conocemos el Edicto del Bierzo[v], emitido por Augusto en el año 15 a. de C., el documento más antiguo sobre el Noroeste. En realidad se trata de dos edictos que muestran la política tradicional de conquista romana: favorecía a los pueblos que le eran fieles y castigaba a los rebeldes. Este tipo de documento fue imitado por los indígenas, como es el caso de la tabula de hospitalidad de los Zoelae, viéndose cómo los acuerdos entre indígenas también se dotan de soportes en bronce y en la lengua latina de los conquistadores.

Se introdujeron nuevos cultos y divinidades romanas y orientales, especialmente el dedicado a Iuppiter Omptimus Maximus, muy extendido por el Noroeste, y al emperador. Como capital de un convento, en Astúrica tenía su sede el culto imperial conventual, donde residía el sacerdote encargado del mismo.



[i] “El impacto de Asturica Augusta como ciudad del poder en su ámbito”. El presente resumen está basado en este trabajo.
[ii] Cerca de San Martín de Beduledo, Celón, Allande.
[iii] Ver aquí mismo “Las dos Lancia”, sobre las dudas de si esta denominación corresponde al poblado prerromano en Villasabariego (León) o el de Arrabalde (Zamora).
[iv] En otras “aras” hay una evidente unión de lo político, al ser usadas como elemento aglutinador de pueblos indígenas. Es el caso del altar Lugdunum, fundado en 12 a. de C., o el ara Ubiorum (por las mismas fechas), el situado junto al Elba, etc.
[v] Ver aquí mismo “El edicto de El Bierzo”.
(La fotografía es de asturicaromana.wordpress.com/)

domingo, 7 de abril de 2019

Los arrieros de Galicia



Los gallegos de tiempos pasados tuvieron que dedicarse a actividades complementarias para superar, siquiera en parte, sus débiles economías, lo que seguramente ocurrió también en otras regiones. El profesor González Lopo ha estudiado el papel de la arriería en el comercio de algunas comarcas de Galicia a partir de una fuente esencial: el catastro de Ensenada[i].

El autor citado dice que todos los informes sobre la red viaria gallega, que se redactan entre mediados del siglo XVIII y finales del XIX, hablan de insuficiencias y que el tráfico rodado solo era posible en las vías que unían las principales ciudades, todo ello a pesar del interés de los gobernantes, animados de un espíritu ilustrado. Los habitantes también reclamaron mejoras en las comunicaciones, pues los pleitos que llegaron a la Real Audiencia desde la zona de Cotobade o A Cañiza sobre la conservación y mejora de caminos y puentes así lo evidencian, estando interesados, para las comarcas objeto de estudio por González Lopo, en el transporte del vino del Ribeiro y las mercancías que se enviaban a Portugal.

Sin embargo, entre 1840 y 1865, casi el 72% de los 7.500 km. de caminos existentes en Galicia lo eran de herradura, y aquí es donde está la importancia de los arrieros, que ya desarrollaron una importante labor profesional en siglos anteriores. Así, algunas comarcas y ciudades pudieron consumir sal y pescado, y ya durante la segunda mitad del siglo XVI y las primeras décadas del XVII la economía pontevedresa se apoyaba fundamentalmente en la pesca y el vino del Ribeiro, que fue objeto de exportación a Europa y América. Todo ello teniendo en cuenta que el suroeste de Galicia, como casi toda la región, es montuosa, lo que no arredró a los maragatos, que con razón se han llevado la fama de la arriería, siendo algunas comarcas de Galicia “auténticos semilleros” de profesionales del tráfico ambulante.

Las comarcas que estudia el autor citado abarcan más de 600 km2 con características diferentes, pero con dos trazos en común: se trata de una zona muy montañosa cerca de las sierras del Suido, O Cando y Faro, con alturas que oscilan entre 400 y 1.000 metros, abundantes pastos para las caballerías y una importante cabaña ganadera. En la actualidad comprende los municipios de Cotobade, A Lama, Ponte Caldelas, Fornelos de Montes, O Covelo y A Cañiza, además de la feligresía de San Félix de Lougares. Por estas tierras pasaban las vías de comunicación interna de mayor vitalidad de Galicia, pues conectaban la región vitivinícola de O Ribeiro con la costa pontevedresa, así como el camino breeiro que conectaba aquella comarca son Santiago por Terra de Montes. En Camposancos, lugar de la parroquia de Prado (O Covelo) había un importante cruce de caminos. En segundo lugar, durante el siglo XVIII se intensifica el tráfico comercial por la temprana introducción del maíz (primeras décadas del s. XVII), aumentando la población durante la primera mitad del XVIII en un 87% (Caldevergazo), 44,6% (Cotobade) y 47,7% (Terra de Montes). En A Cañiza el número medio de nacimientos se triplica en dos décadas del siglo XVII, si bien desde finales de este siglo se invierte la tendencia, pero el número de bautismos aumenta todavía en un 17% hasta el momento máximo del XVIII. Por lo tanto tenemos, para las épocas señaladas, altas densidades de población: en 1787 la media gallega duplicaba la del conjunto de España.

No obstante cabe hablar de contrastes entre las diversas comarcas objeto de estudio, pero el dinamismo demográfico se reflejó en nuevas entidades administrativas eclesiásticas, cuando antes algunos lugares eran simples anejos parroquiales. González Lopo ofrece datos entre 1702 y 1815, en cuyo período siete lugares pasan a ser parroquias y cuatro más se crean como nuevas. Pero en la década de 1730 se hace evidente un desfase entre población y subsistencias, por lo que la primera tendrá que buscar nuevas soluciones, teniendo en cuenta que en las comarcas estudiadas por González Lopo la superficie de cultivo es escasa: en Cotobade el 16%, en Terra de Montes  el 9%, en A Cañiza el 4,9%. Entonces los labradores se emplearon como jornaleros tanto en España como en Portugal, y los pobladores de las zonas más agrestes se dedicaron a la explotación ganadera, como canteros y otros oficios, uno de ellos el comercio ambulante: arrieros, carreteros, buhoneros… El padrón de 1708 indica que en la jurisdicción de Caldevergazo la proporción de arrieros sobre el total de vecinos era del 14,6%, mientras que cuarenta y cuatro años más tarde, el 18%.

Según el catastro de Ensenada los canteros eran, a mediados del siglo XVIII en Cotobade, el 54,2% del total de la población; en A Lama el 32,3% eran arrieros, mientras que en Ponte Caldelas, Fornelos de Montes, O Covelo, A Cañiza y Pazos de Borbén los porcentajes de labradores oscilaban, a mediados del XVIII, entre el 60 y el 92% sobre el total de la población. El mismo autor señala que en un total de 18 parroquias de la comarca estudiada, el porcentaje de arrieros oscilaba, en las mismas fechas, entre el 20,1 y el 33,7%. Los animales de las recuas eran mulos y mulas además de jacos (equinos del país), siendo el número de animales empleado por cada arriero, en el caso de Cotobade 3,1 y en A Lama 2,8, pero existe un arriero dedicado al transporte de sal que disponía de una recua de ocho animales, seis mulas y dos jacos, siendo en Cotobade donde se daba la mayor utilidad del oficio arriero, seguido de A Lama, O Covelo, Ponte Caldelas y A Cañiza, pero en estos dos últimos casos a mucha distancia del primero, siendo las mulas y mulos eran más productivos que los jacos.

[i] “La arriería en el comercio de la Galicia suroccidental según el catastro de Ensenada”.
(La ilustración es de https://www.amazon.es/Grabado-antiguo-Xilograf%C3%ADa-Oficios-Arriero/dp/B00BSD4ZYK)

sábado, 6 de abril de 2019

Los enemigos de Hatti

Puerta y muralla de Hattusa, capital hitita

El río Kizilirmak, conocido en época hitita como Marrassantiya, recorre el este y centro de la península de Antatolia a lo largo de más de 1.300 km. Su curso va primero en dirección suroeste, gira hacia el norte y desemboca en el mar Negro. Era la única frontera natural del imperio hitita, aunque fácilmente vadeable, y por lo tanto no evitaba invasiones y amenazas de pueblos enemigos de los reyes hititas. El imperio estuvo continuamente sufriendo amputaciones territoriales, pero reponiéndose también a partir de nuevas conquistas y sometiendo territorios y pueblos vasallos en Anatolia, Siria y más al este.

El segundo milenio a. de C. es el de los hititas, más concretamente los siglos XVII a XIII, aunque su civilización se prolongase por más tiempo. Durante dicho período algunos territorios hititas estuvieron ocupados por enemigos, sobre todo en el norte y nordeste. En la zona del Ponto, al norte, vivían los kaskas, conglomerado de grupos montañeses que invadieron el territorio hitita y lo ocuparon varias veces; fueron ocasión para grandes devastaciones que llevaron a pactos, intercambios y conflictos entre hititas y kaskas, de los que hablan las fuentes estudiadas por los historiadores[i].

Hacia el sudeste estaban los hurritas, que invadieron la frontera oriental hitita por lo menos durante el reinado de Hattusili I, en la segunda mitad del siglo XVII a. de C. En otras ocasiones continuaron amenazando los territorios hititas tanto en Anatolia como en Siria.

En el siglo XIV las conquistas de Suppiluliuma I dieron a los hititas cierta tranquilidad antes de que llegase el tiempo de la desaparición del imperio. Hacia el sudoeste estaba Arzawa, un territorio más o menos definido cuyos habitantes llegaron a ser vasallos de los hititas, pero con rebeliones frecuentes contra ellos e incluso invadiendo el territorio de Hatti.

Los reyes hititas tuvieron que defender con frecuencia el curso inferior del río Kizilirmak (cerca del mar Negro); en el sudeste, el llamado país de Isuwa, tapón entre Hatti y Mitanni, y en el sur de Anatolia el llamado país de Kizzuwadna, que cayó en manos de los hititas y de los hurritas en momentos distintos. En definitiva, el territorio imperial hitita variaba mucho y -en ocasiones- los habitantes de una región más o menos extensa eran tan solo vasallos nominales de Hatti. Los reyes hititas llevaron a cabo una política de repoblaciones en las zonas que habían sido devastadas, e incluso ocupadas en algún caso por los kaskas. La amenaza hurrita en el este y sudeste intentaron combatirla con operaciones militares y con la diplomacia.

Pero los hititas tuvieron gran número de estados vasallos en Anatolia y el norte de Siria, obra de empresas militares, que alcanzó su máximo desarrollo con las conquistas de Suppiluliuma I y de Mursili II en el siglo XIV. Los estados vasallos permanecían con sus gobernadores locales y el vasallaje se detallaba minuciosamente en los tratados que se imponían por parte de Hatti. Teóricamente estos tratados eran contratos entre dos personas, el rey hitita y el gobernador vasallo, de forma que cuando uno de ellos fallecía había de redactarse otro tratado. Los tratados obligaban a los vasallos a ciertas contribuciones militares, pero podían recibir ayuda de este tipo en caso de necesidad; lo más importante, sin embargo, era el pago del tributo anual por parte de los estados vasallos[ii]. Luego venía una alianza matrimonial entre el gobernador vasallo y una princesa de la familia real hitita, pasando a ocupar esta la primacía entre las demás mujeres del vasallo, lo que se manifestaba cuando llegaba el momento de la sucesión, que debía recaer en la estirpe de la princesa.

Si el trono hitita era usurpado, lo que fue frecuente hasta Telepinu (finales del siglo XVI a. de C.), el vasallo quedaba libre de las obligaciones contraídas, pero volvía a tener que cumplirlas si el rey hitita depuesto volvía al poder. En bastantes casos los gobernantes locales gozaron de lo que se llamó kuirwana, traducido a veces –según Trevor Bryce- como “protectorado”. Se aplicó a los reyes de Arzawa (al oeste de la península de Anatolia) antes de ser sometidos al vasallaje, y a los reyes de Kizzuwadna (al sureste) y de Mitanni. En teoría eran gobernantes independientes aliados, por lo tanto en una posición más ventajosa que la del gobernante vasallo, lo que se reconocía cuando llegaban a Hattusa para rendir homenaje al rey hitita. No pagaban tributos, pero en la práctica disponían de poca libertad para actuar por su cuenta y ni siquiera podían tener una política exterior propia.

Los fugitivos disidentes del régimen hitita eran perseguidos con saña, poniendo todo el empeño en recuperarlos para el castigo que les correspondía, y aquí cumplían un papel importante los gobernadores vasallos. Debe tenerse en cuenta que los reyes de Hatti sufrieron rebeliones con frecuencia hasta la estabilidad que consiguió Suppiluliuma I en Siria; Mursili II, por su parte, pudo dedicarse a la total conquista de Arzawa, lo que completó la tan deseada “estabilidad”.

Aunque hay mucho de reiterativo y formulario en los tratados, estos demuestran un buen conocimiento de la región de que se tratase, así como las particularidades históricas de los vasallos en cada caso. Hubo también virreinatos a partir de Suppiluliuma I en Siria: uno en Alepo y otro en Carkemish, al frente de los cuales estuvieron dos de sus hijos, Telepinu[iii] y Piyassili, que imprimieron la civilización hitita en estas regiones, perdurando varios siglos después del hundimiento de Hatti. Tarhuntassa, en el sur de Anatolia, fue un virreinato durante breve tiempo, y en el siglo XIII a. de C. fue puesto bajo la autoridad directa de un miembro de la familia real hitita.

Hatti fue llevado en no pocas ocasiones al borde del desastre por sus enemigos, entre los que se encuentran los luvitas (en el oeste y sudoeste) y los hurritas, sobre todo durante los tres primeros siglos. Los luvitas ocuparon extensas áreas del oeste de Anatolia desde principios del segundo milenio, y quinientos años más tarde ya se conocía la región como Luwiya, aunque dicha denominación no implicaba entidad política alguna, apareciendo luego otra denominación: Arzawa. Esta abarcaba cierto número de estados vasallos en el oeste y sudoeste de Anatolia; además de Arzawa propiamente dicha formaban parte de ese territorio Miza-Kuwaliya, el País del río Seha, Hapalla y Wilusa[iv].

Durante los siglos XV y XIV parecen haberse formado confederaciones en Arzawa[v], donde Arzawa propiamente dicha ejercía como primus inter pares respecto a los otros jefes, pero nunca se formó un reino unido, no obstante haber conseguido una profunda invasión en territorio hitita en el siglo XIV. Incluso a mediados del segundo milenio los habitantes de habla luvita habían ocupado buena parte de la costa sur de Anatolia.

Uno de los subgrupos de Arzawa fue el pueblo Lukka, aunque esta diversidad no está atestiguada antes del siglo XIII. Tampoco Lukka fue nunca una entidad política, no se conocen reyes ni tratados de vasallaje con el rey hitita, pareciendo tratarse de un conglomerado de comunidades independientes. Los habiru, por su parte, eran grupos nómadas o seminómadas que incluían marginados sociales, fugitivos y mercenarios que vagaban por las montañas y bosques de Siria.

¿Cómo gobernar un imperio con tantos peligros y con los medios del segundo milenio a. de C.? Es evidente que no se trata de un imperio como los que mucho después conoceremos.


[i] Trevor Bryce entre otros: “El reino de los hititas”.
[ii] En alguna ocasión el pago de tributos solamente se impuso con los vasallos sirios.
[iii] Obviamente es otro personaje distinto al que fue rey de Hatti.
[iv] Próximos a las costas del Egeo, en concreto Wilusa en el noroeste y, más al sur, el País del río Seha y Arzawa menor (el núcleo del país).
[v] El mayor asentamiento de luvitas.

viernes, 5 de abril de 2019

Viaje a Ciudad Rodrigo

El "ídolo" de Ciudad Rodrigo

A 658 m. de altitud sobre el nivel del mar, al suroeste de la provincia de Salamanca y cerca de la frontera portuguesa, se encuentra Ciudad Rodrigo, una plaza militar históricamente, hasta el punto que a la primitiva fortificación romana le siguieron otras sobre todo en los siglos XVII y XVIII.

Según Fernando R. de la Flor, pasada la primera mitad del siglo XVII se convierte en centro estratégico que va a llevar a esta ciudad a una dilatada historia militar, tanto durante la guerra de independencia portuguesa, como durante la guerra de sucesión a la corona de España y en la guerra de 1808. En un principio la arquitectura militar fue barroca y más tarde clasicista, de forma que la “fortificación real” rodea al núcleo primitivo de Ciudad Rodrigo.

Hoy, la mayor parte del caserío se extiende a un nivel inferior, fuera de las murallas. Al oeste del promontorio amurallado discurre el río Águeda, y en dirección contraria a su curso, una carretera local nos lleva al pueblo de colonización del mismo nombre: construido en los primeros años cincuenta del siglo XX, a los colonos les fueron entregadas casa y tierras por parte del Estado, que luego ellos, con el fruto de su trabajo, debían ir pagando. Así se formaron explotaciones agrarias de regadío, en medio de la depresión que es la comarca de Ciudad Rodrigo en el conjunto de la provincia de Salamanca.

Intramuros se encuentra la catedral, obra inicial del siglo XII, que consta de tres ábsides en la cabecera, correspondientes con las tres naves longitudinales. Orientado al oeste se encuentra el pórtico “del perdón” y en las dos fachadas del crucero otros dos, situándose al norte el claustro, uno de cuyos ángulos fue eliminado para la construcción de la muralla. En la fachada sur del crucero hay un friso esculpido con doce personajes bíblicos.

Asombra el pórtico del perdón, con capiteles vegetales e historiados y esculturas de los apóstoles. Como el estilo de la catedral es el románico tardío, en el curso de su construcción ya se incorporaron elementos góticos, como las arquivoltas apuntadas y un tímpano dividido en tres registros.

De época romana quedan tres columnas de fuste liso que sostienen un entablamento en esquina. La Plaza Mayor, en cambio, se configuró en el siglo XVI sobre la base de otra anterior, construyéndose la casa de Ayuntamiento, con dos torres de planta circular en las esquinas de la fachada y seis arcos carpaneles, tres en cada uno de los dos niveles (bajo y superior)[i]. La casa del marqués de Cerralbo también se encuentra en la Plaza Mayor, obra del siglo XVI con ornamentación plateresca, escudos y balcones.

La ciudad cuenta con otras plazas, como la del Buen Alcalde, del Conde, de Herrasti y de Dámaso Ledesma. En la primera hay soportales; en la del Conde se encuentra el palacio de los Ávila y Tiedra, con fachada renacentista que bien podría estar influida por el gusto manuelino del vecino Portugal. También está aquí el palacio de los Condes de Alba de Yeltes, apellido que coincide con el del río que recorre la comarca y donde se encuentran pueblos como Aldehuela, Alba, Villavieja, Villares, Puebla y Castraz, todos ellos con el añadido “de Yeltes”, al norte y nordeste de Ciudad Rodrigo.

La plaza de Herrasti se encuentra al lado de la muralla y la catedral, debiendo su nombre a un militar de dicho apellido que luchó contra el francés en la guerra de 1808, pero también se recuerda en ella a otros héroes populares. La plaza de Dámaso Ledesma recuerda a un musicólogo local, encontrándose en ella la casa de los Sánchez Robles, con escudos; y el Palacio de los Águila, obra del siglo XVI ampliada en el siguiente, tiene un patio renacentista con decoración plateresca, pero le falta un lado al haber sido ocupado por el muro de otro edificio. Otros edificios más o menos notables se despliegan por todo el recinto urbano, como torres, palacios y casas nobiliarias. La de los Velasco, contra lo que pueda parecer, es obra del siglo XX; la de los Miranda, en cambio, es del siglo XVI y cuenta en el exterior de uno de sus muros con una moldura en forma geométrica. La plaza de la marquesa de Cartago, construida a finales del siglo XIX, sigue el gusto modernista, y así podríamos seguir citando otras.

Uno de los mejores miradores, en el borde de la muralla, es el que permite asomarse al río Águeda, bien encajado en un surco del terreno. Por esta comarca hay vestigios de los vettones, pueblo protohistórico que fue sometido, como otros, por las legiones romanas. Más o menos cerca se encuentran los yacimientos de Lerilla, Irueña, La Genestosa[ii] y Las Merchanas[iii], por citas solo algunos.

De época visigoda se han encontrado no pocas pizarras numerales, muy propias de esta zona y del Sistema Central. El canónigo Serafín Tella[iv], interesado en la arqueología, “recopiló una importante colección de objetos, entre los cuales destacaron las pizarras numerales[v] de Lerilla, que entraron a formar parte de la colección arqueológica del obispado de Ciudad Rodrigo".



[i] A principios del siglo XX se añadió, formando un ángulo, otro edifico de parecida factura, pero los arcos tienen menos luz que los renacentistas.
[ii] Fue ocupado por romanos en los siglos I y II d. de C. y los trabajos que se llevan a cabo buscan una villa.
[iii] Se encuentra más al norte, en el municipio de Lumbrales. Aquí la muralla es de gran interés.
[iv] 1880-1948
[v] Para cierta contabilidad.