domingo, 10 de enero de 2021

¿Adueñarse de Marruecos?

Tras la paz de Basilea entre las monarquías española y la república francesa (1795),  Francisco Amorós empezó a desempeñar funciones en la administración pública gracias a un tío suyo que era capitán general y gobernador militar y político de Cádiz. La experiencia que adquirió en esta ciudad le valió su pronta instalación en Madrid, cerca de la corte de Carlos IV. Aquí será secretario de Godoy y luego del propio rey, participando, en 1802, en una de las intrigas palaciegas que tanto se estilaban: en éste caso, el proyecto de colonización del imperio de Marruecos.

Las relaciones diplomáticas hispano-marroquíes se deterioraron por completo desde la muerte, en 1790, del sultán Sidi Muhammad, artífice de una serie de tratados comerciales entre Marruecos y España desde 1767. Estos acuerdos garantizaron un beneficioso intercambio de productos entre ambos países, mientras España llevó a cabo una política de acercamiento al gobierno de Marruecos para una mayor libertad de los barcos españoles en la pesca, la importación de ganado de calidad y la explotación de una serie de puertos estratégicos de las costas atlánticas y mediterráneas marroquíes.


Los españoles se instalaron en estos puertos con fines comerciales, llegando a tener, durante un corto tiempo, la exclusividad de las transacciones por los puertos de Tetuán y Larache. Pero llegaron dos crisis diplomáticas en 1774 y 1779 que provocaron una ruptura temporal de éste floreciente comercio. En 1790, sin embargo, mediante una insurrección el hijo del sultán llegó al poder y las relaciones descritas se quebrantaron definitivamente. Algún tímido intento de recuperar las buenas relaciones tuvo lugar en 1795, con el comienzo del reinado de otro sultán, Muley Solimán, coincidiendo con una agudización de los ataques marítimos del corso inglés a los barcos españoles procedentes de América.

Inglaterra tenía bajo su control, a comienzos del siglo XIX, una serie de territorios estratégicos en el Mediterráneo (Gibraltar, Menorca hasta 1802 y Malta desde éste mismo año) que le daban la llave del comercio marítimo con oriente. Así estaban las cosas cuando se produjo el plan “ideado” por Godoy (según sus propias Memorias), con la finalidad de aumentar las relaciones comerciales de España en África y Asia, para obtener mayores beneficios sin la intermediación de otras naciones, también interesadas. Pero hoy sabemos que tal plan no fue idea del “Príncipe de la Paz”, apareciendo nombres como Domingo Badía[i], Simón de Rojas, Antonio Rodríguez Sánchez (éste, vicecónsul de España en Mogador), el marqués de la Solana (capitán general de Andalucía) y Francisco Amorós, oficial que era entonces de la Secretaría del Despacho de la Guerra.

La génesis del proyecto tuvo lugar en 1801, cuando Badía hizo llegar a Godoy un detallado plan de viaje a África para su estudio por expertos: se trataba de una serie de exploraciones científicas, muy en boga en la época. La Real Academia de la Historia, que estudió el asunto, consideró que España debía quedar a la expectativa de lo que otras naciones como Inglaterra y Francia hiciesen en África, prefiriendo que Badía se dedicase al reconocimiento de las zonas fronterizas de la América hispana septentrional. Badía buscó entonc[ii]es otro camino, hasta que el propio rey Carlos IV decidió por él mismo la acción en África.

Según Barberá Fraguas, a quien cita Fernández Sirvent,“el objetivo político del viaje no pasó de un señuelo utilizado por él [Badía] con el fin de obtener apoyo y financiación para su proyecto de exploración científica…”. Pero la idea de conquistar “manu militari” Marruecos por España no existió en ningún momento. Puede que Badía no pretendiese ir más allá de exploraciones científicas y “adornara el plan” con la posibilidad de ampliar el imperio hispánico.

No cabe duda, sin embargo, de que Amorós, después de conocer las intenciones del aventurero catalán, fue la persona que más amparó la empresa marroquí, razón que le llevó a remitir, a mediados de 1803, una serie de cartas a Godoy, de las cuales Fernández Sirvent extracta la siguiente:

El sujeto que quiere ofrecer un reino a España y un asombro a Europa… quince o veinte mil duros pide para su empresa…”, diciendo a continuación que estaba el marqués de la Solana, “sabio y firme en Andalucía con quien podría contarse para todo lo que conviniese…”. ¿Qué se va a perder? [continúa Amorós] Una corta cantidad. ¿Y qué a ganar? V.E. lo alcanzará con su penetrante vista, sin necesidad de que yo se lo insinúe. Si no se consigue el fin tampoco se perderá.

A mediados de 1803 estaba Badía en Algeciras, mientras que Godoy quiso prescindir de Simón de Rojas para que éste permaneciese en Andalucía, o quizá que su nombre hubiese sido una tapadera para reforzar el carácter científico de la expedición. Mientras, Badía ya se encontraba infiltrado como espía entre los tangerinos, y a estas alturas muy pocos sabían de la intriga política que se estaba gestando en torno a Godoy, pero en muchas instituciones científicas europeas se sabía de las exploraciones que Badía había iniciado por África septentrional bajo la falsa identidad de un rico príncipe sirio, Alí Bey, educado en Europa y con la excusa de ser peregrino a La Meca. No se informó al cónsul español en Tánger porque, según Godoy, poseía una red de intereses en Marruecos que le hacían potencialmente adverso a cualquier política de cambio en el país.

Los correos entre Badía y Amorós comenzaron a hacerse frecuentes, muchos de ellos en clave, siendo Amorós el encargado de descifrarlos para que los conociese Godoy. El proyecto de Marruecos pasó a convertirse en uno de los asuntos que seguía el favorito casi a diario con la estrecha colaboración de Amorós y de Francisco de Orozco, su secretario particular. Avanzado el año 1803 Godoy decidió enviar a Amorós para ultimar los detalles en Tánger, teniendo en cuenta que, según Badía, en torno a Fez se encontraba el mayor número de opositores al despótico régimen de Solimán. Las ciudades costeras de Solé y Rabat se encontraban resentidas de la destrucción del comercio que años atrás había sido próspero. Badía, entonces, organiza pelotones para patrullar por los desfiladeros del Atlas, contando con la colaboración de jeques. Amorós, por su parte, anunció el envío de varios faluchos al vicecónsul de Mogador para que sirvieran de correo, pero Badía pedía 24 artilleros con 3 oficiales; un par de minadores; 3 ingenieros y algunos cirujanos con botica; y que desfilara a Ceuta la columna de Andalucía “si esto puede hacerse”.

Se paralizó entonces el proyecto: a finales de 1803 las relaciones entre los gobiernos marroquí y español eran muy tensas, y los acontecimientos se precipitaron a partir de 1804 debido a la negativa del gobierno marroquí de conceder permisos a los comerciantes españoles para exportar trigo desde los puertos, siendo esto motivo para que Godoy quisiese acelerar el plan. Badía, mientras tanto, había obtenido aprecio en la corte marroquí como “príncipe sirio” y con el nombre de Alí Bey, a quien el sultán regaló un palacio y una finca próxima a la actual Marrakech, pero en cierto momento negoció cerca de Mogador con algunos de los jeques del suroeste de Marruecos que apoyaban al caudillo Sidi Hescham, estando a mediados de 1804 la parte militar del plan lista para ponerse en marcha: nueve o diez mil soldados en Ceuta, cuatro mil bayonetas, dos mil pistolas, etc., pero estos efectivos no llegaron nunca a ser enviados porque Carlos IV decidió paralizar la marcha de las operaciones.

¿La segura oposición de Inglaterra aconsejó prudencia? Parece ser que el rey consideró la cuestión desde un punto de vista moral, pues Alí Bey había fraternizado demasiado con el sultán. Lo cierto es que los últimos acontecimientos de la política internacional habían llevado a la Monarquía hispánica y, sobre todo, a la persona de Godoy, a una situación muy comprometida. A partir de mediados de 1804, en relación con el asunto marroquí, todo es confusión e incluso Badía cayó enfermo, incapacitándole durante varios meses para actuar. Así hasta que en octubre del año citado varias fragatas españolas procedentes de Montevideo, cargadas con mucho oro, plata y otras mercancías, fueron atacadas por buques ingleses. Carlos IV se decidió entonces por apoyar a Francia en el tablero de conflictos internacionales, aunque una epidemia de fiebre amarilla hacía estragos en el sur de España y resurgió el interés, por parte del rey, en el asunto de Marruecos.

Dos meses antes de que la flota hispano-francesa sufriese la derrota en Trafalgar (1805), Alí Bey se encontraba de nuevo en las costas marroquíes para informar a las autoridades militares españolas sobre los movimientos de los buques ingleses, pero el hecho de Trafalgar volvió a situar al rey español ante la necesaria prudencia de no embarcarse en otro conflicto. A partir de entonces el espía español se embarcó en un navío tripolitano que realizaba exclusivamente viajes científicos por Oriente: Trípoli, Grecia, Egipto, Arabia, Palestina, Siria y Turquía.

Que existieron intenciones imperialistas por parte de las autoridades españolas es evidente, como ya existían en Inglaterra con sus intereses en el Mediterráneo, aunque no podamos hablar de un imperialismo como el que conoceremos a partir de unas décadas más tarde, cuando Francia ocupa la costa de Argelia.

Nacido en Valencia en 1770, Amorós tuvo una formación esmerada y, por destinos de su padre (militar) vivió en varias ciudades españolas: Badajoz, Madrid, Cádiz…). Tuvo desde joven gran afición al mundo clásico y pronto destacó en la carrera militar, que ejerció por influencia paterna y por disponer de recursos suficientes, pues su madre pertenecía a una rica familia aragonesa.

Amorós se destacó en los Pirineos para combatir a la Francia de la Convención en 1793: en el Rosellón participó en el sitio del castillo de Bellegarde; después estuvo en la toma de Villefranche y en los sucesos de Montaubán, en la defensa y retirada de Peyrestortes y en el ataque de Vernet. Participó en la batalla de Trullás, donde las tropas de Ricardos sometieron a las de Dagobert; en la batalla de Le Boulou, una de las más sangrientas de la guerra, Amorós destacó y luego participó en la ocupación del puerto de Port-Vendres y de Colliure[iii]

Entre 1805 y 1808 se entregó a un proyecto de educación militar, el Instituto Militar Pestaloziano de Madrid, y cuando se produjo la invasión francesa en el último año citado, formó parte de la Junta de Bayona, por lo que se le abrió causa, pero pronto estará desempeñando el cargo de Comisario (al servicio del rey José) en varios destinos entre 1808 y 1809. Después de la guerra tuvo que exiliarse en París y allí siguió con sus estudios pedagógicos. Viajó a España en 1839 y en 1848 murió en París, capital de la Francia republicana.


[i] Nació en Barcelona en 1767 y murió en Damasco en 1818. Además de otras cualidades, fue un aventurero conocido cuando le convino con el nombre de Alí Bey.

[ii] “Biografía de Francisco Amorós y Ondeano (1770-1848)”. En ésta obra se basa el presente resumen.

[iii] El castillo de Bellegarde se encuentra en Le Perthus; Villefranche se encuentra en el extremo sudeste de Francia, cerca de la frontera italiana; Montaubán está en el sur de Francia; Peyrestortes está al norte de Le Perthus; Le Vernet, al norte de Villefranche; Trullás está a oeste de Sabadell, en Cataluña; Le Boulou se encuentra junto a Le Perthus e igualmente Colliure.

Ilustración: nomadatrek.com/viajar-montañas-atlas/

sábado, 9 de enero de 2021

Sufridos labradores


La pequeña gran novela del “Lazarillo de Tormes” ha sido tomada por José María Alegre para introducir su estudio sobre el campesinado y el mundo rural en la España del siglo XVI[i]. Gran parte de la vida del personaje de ficción –dice el autor citado- está relacionada con el campesinado, desde el momento en que nace en Tejares, una aldea contigua a Salamanca que hoy ya está unida a la ciudad. Los habitantes de esa aldea se dedicarían al cultivo de frutas, hortalizas y cereales.

El padre de Lázaro era molinero y cuando el citado se va con el ciego recorre los caminos del centro de la península, pasando por zonas agrícolas. Se describe Almorox, en el extremo norte de la actual provincia de Toledo, y la villa de Escalona muy próxima. Luego pasa Lázaro al servicio del cura de Maqueda, población también cercana a las dos anteriores, cuyos habitantes se dedicaban al cultivo de hortalizas y cereales. Los fieles ofrecían al cura bodigos o panecillos, describiéndose en la obra citada que en la casa del clérigo solo había de estos y cebollas, mientras que los pobladores acostumbraban a comer, los sábados, cabezas de carnero.

Luego sirve Lázaro a un buldero (el que daba bulas en nombre de la Iglesia a cambio de dinero) y describe los campos cerealeros de la Sagra toledana, entrando en contacto nuestro protagonista con labradores y pastores. Cuando Lázaro se establece en Toledo ejerce el oficio de pregonero y anda por entre los vendedores de vinos y verduras.

El campesinado en el siglo XVI vive miserablemente, aunque en mejor situación estaban los que eran propietarios de su tierra. Otros muchos dependían del trabajo que realizaban como aparceros, arrendatarios o jornaleros, a favor de señores, dueños, o de la Iglesia. Durante esta centuria se produjo un importante trasvase de población del campo a la ciudad, que en la mayoría de los casos no era sino una aglomeración de población agrícola y artesana.

En zonas como el sur de Castilla y Andalucía, el extremo meridional de Cataluña, Aragón, Levante y Mallorca, buena parte de la población agraria era mudéjar, generalmente trabajando tierras de otros. El campesinado, en general, soportaba el mayor peso de la fiscalidad, mientras que la nobleza de toda condición era absentista en la mayor parte de los casos. Las alianzas familiares entre los nobles e hidalgos vinieron a concentrar más la propiedad agraria por medio de la institución del mayorazgo, dejando muchas tierras amortizadas o sin cultivar.

Los pequeños propietarios agrarios, por su parte, residían no pocas veces en las villas y ciudades, desplazándose a sus heredades en ocasiones dispersas, donde podían tener también rebaños. Pero los grandes propietarios de ganado eran los nobles y la Iglesia, organizados –junto con otros- en la Mesta, elemento que ha de tenerse en cuenta para comprender el interés de poseer tierras sin cultivar, dedicadas al pastoreo y a la alimentación del ganado trashumante. La exportación de la lana a otros países europeos representó, para la Corona, fuente de importantes recursos, razón por la que la Mesta gozó de privilegios en detrimento de los intereses agrarios.

El labrador sufría, además, los desmanes de la Administración, hasta el punto de que, en ocasiones, los reyes han de tomar cartas en el asunto para equilibrar la balanza. No pocos campesinos se vieron obligados a vender sus tierras a judíos, conversos y otros como consecuencia de deudas que no podían asumir, y las guerras civiles del siglo XV, junto con las calamidades atmosféricas (heladas, sequías) vinieron a hacer el resto.

La expulsión de musulmanes por parte de los Reyes Católicos dejó no pocas tierras despobladas, disminuyendo sin cesar el número de labradores propietarios, que pasaron a ser jornaleros, mendigos, vagabundos y bandoleros. Los Reyes Católicos establecieron una tasa al precio de los cereales en 1491 para evitar su alza, así como de otros productos agrícolas, y obligaron a venderlos en lugares concretos: alhóndigas y plazas públicas. Cuando se suprimió la tasa en 1504 se vio en qué medida había perjudicado aquella política a los labradores.

La protección real dispensaba al vino un trato especial, por lo que aumentó el viñedo a costa del cereal; con el aumento del nivel de vida en las ciudades se consumió más vino, e incluso las gentes del campo por las calorías que aportaba a sus dietas. La agricultura, en general, daba pocos rendimientos, por lo que hubo muchos años de hambre para buena parte de la población. José María Alegre cita 1507 y 1521, pero también 1529 y los años centrales de la década de los treinta del siglo XVI. Luego no hubo década en la que no se registraran años con hambres generalizadas. 

En el siglo XVI se seguía con la rotación bienal o trienal de la tierra, el arado romano y la escasez de abonos, pero se sustituyó el buey por la mula y aumentó el cultivo de la cebada. El Estado no tenía una política agrícola y cuando alguna vez intervenía en los precios, beneficiaba a los grupos dominantes. El policultivo se dio en el norte y levante, el monocultivo en el centro y el sur.

El cereal ocupó la mayor parte de las zonas cultivadas, particularmente el trigo y la cebada, que fueron sustituidos, en ocasiones, por el centeno en las zonas frías de Castilla la Vieja. En las zonas húmedas se daban las hortalizas y frutas, o bien mediante regadíos por medio de azudas[ii] y acequias. Pero aún así la vida de los campesinos, en general, era miserable. Hablando de ellos a principios del siglo XVII Benito de Peñalosa y Mondragón[iii], dice que comían ajos y cebollas, migas y cecina dura, carne mortecina, pan de cebada y centeno; usaban abarcas y sayos “gyronados”, además de “caperuzas de bobo”, bastos cuellos y camisas de estopa. Los zurrones de los campesinos eran toscos y los zamarros estaban adobados con miera (un aceite espeso que se obtenía de las bayas y las ramas del enebro o de las resinas de los pinos). Tenían ganados flacos –dice- y los ajuares de sus casas provocaban la risa y burla de los cortesanos…


[i] “El campesinado y su mundo rural en la España del ‘Lazarillo de Tormes’”.

[ii] Barreras en los ríos para desviar el agua hacia los campos cultivados.

[iii] Nació en Mondragón (Guipúzcoa) en torno a 1580 y fue benedictino en Nájera, habiendo estado en América. Fue autor del “Libro de las cinco excelencias del español que despueblan a España para su mayor potencia y dilatación…”, 1626.

Ilustración: Paisaje de la Sagra toledana.

viernes, 8 de enero de 2021

Ser o no ser del carlismo

 

En el siglo XIX y hasta 1937, el carlismo era algo definido: defensa del absolutismo y del pretendiente que lo encarnaba, de los fueros locales, de una religiosidad tradicional… Pero con el Decreto de Unificación del año citado, el general Franco comenzó la domesticación del carlismo como, años más tarde, haría con Falange, que se convirtió en un grupo de burócratas al servicio de la dictadura militar.

Durante el franquismo hubo una gran cantidad de tendencias que ponían el acento, cada una respectivamente, en el apoyo a un pretendiente distinto, a una personalidad dirigente distinta, en el regionalismo o en el nacionalismo español, en el conservadurismo, en el integrismo, en el tradicionalismo[i], y en una sola cosa los carlistas estaban unidos: no eran demócratas.

Fal Conde, en una carta de mediados de 1955, dice que “en toda España se nota en el Carlismo el efecto del cansancio”, pero añade que “aún existimos después de diecinueve años…”, considerando al carlismo como oposición al régimen de Franco, lo que, evidentemente, no era.

El carlismo tuvo importancia militar durante la guerra civil de 1936, en algunas provincias, a partir del acuerdo de Fal Conde con el general Mola y la orden de levantamiento armado firmada por el anciano pretendiente Alfonso Carlos y Javier de Borbón, pero el Decreto de Unificación citado puso de manifiesto que Franco no iba a contar con el carlismo, más allá de algunos símbolos como ponerse la boina roja en algunas ocasiones. El confinamiento[ii] de Fal Conde y la expulsión de Javier de Borbón[iii] confirmaron dicha realidad.

El carlismo no se consideró vencedor pleno en la guerra, pero sí disfrutó de algunas mieles, como no ser perseguido salvo muy tardíamente. La “Manifestación de Ideales” de 1939 y la “Fijación de Orientaciones” de 1940 muestran que el carlismo tenía un proyecto propio para España sin contar con el general Franco más que el tiempo necesario: “Los poderes del Generalísimo son circunstanciales…”, recoge M. Martorell[iv], considerando éste autor que el carlismo estaban contra Franco y la Falange, comprensible en éste caso, pero ya se verá que no en el primero.

Mientras tanto el pretendiente carlista estaba en un campo de concentración nazi sin que, al parecer, el general Franco moviese un dedo para liberarlo, y en España se daban sonoros incidentes entre carlistas y falangistas, quizá el más notable de ellos el de un atentado con bomba contra una concentración carlista en el santuario de Begoña, Bilbao, en agosto de 1942.

Tras la segunda guerra mundial, Javier de Borbón reasumió sus funciones al tiempo que se empiezan a sufrir escisiones, la más notable la que encabezó el archiduque Carlos de Habsburgo[v] desde 1943, por la que se proclamó Carlos VIII. También un grupo de carlistas se desplazó a Estoril, donde vivía Juan de Borbón, para reconocerle como sucesor del último “rey carlista”, Alfonso Carlos. Alguna esperanza pudieron albergar unos y otros cuando, en 1947, las Cortes de Franco aprobaron la Ley de Sucesión, en la que se decía que España es un reino y que la monarquía católica, social y representativa, se vería encarnada en su día en la persona de un príncipe español.

Algún trabajo hicieron los carlistas en el ámbito estudiantil mientras el pretendiente Javier hace algunas entradas clandestinas en España: juró los fueros vascos junto al árbol de Guernika (1950) y los fueros catalanes en Montserrat un año más tarde. En 1952 Javier de Borbón, en Barcelona, se titula “rey” ante su Consejo Nacional. En 1954 se llevó a cabo la primera concentración en Montejurra[vi] con un éxito notable si es cierto que acudieron a ella doce mil personas. Será en 1955 cuando cese Manuel Fal Conde como delegado “regio” siendo sustituido por un secretariado presidido por José María Valiente[vii].

Pero también a esta línea política le salieron opositores, pues los más jóvenes dejaron a Javier de Borbón al margen y promocionaron como sucesor a Carlos Hugo. La aceptación del carlismo entre la población, llegados los años sesenta, era muy baja porque no se había infiltrado ni en el movimiento obrero, ni en otros sectores sociales, aunque existían no pocas delegaciones de los “Círculos Vázquez de Mella”[viii], pero seguían produciéndose defecciones, como una nueva visita a Estoril para reconocer a Juan de Borbón (en éste caso por parte del conde de Rodezno y otros). Tomás Domínguez de Arévalo, conde de Rodezno había sido ministro de Justicia con Franco y, más tarde, consejero nacional franquista y procurador en Cortes. Antes se había producido la manifestación liderada por Mauricio de Sivatte, opuesta a Javier de Borbón y al franquismo, pero por considerarlo “izquierdista y masónico”. La recuperación de Sivatte por Javier de Borbón resultó imposible, a pesar de los elogios que le dedicó. Entre tanto, Juan de Borbón, agradecido por las visitas de carlistas para reconocerle, de vez en cuando se tocaba con una boina roja…

Se produjeron transformaciones en el carlismo durante la década de los sesenta, pero sobre todo siguen otras alternativas en su seno, provocando una dispersión que será la ruina definitiva (si no desmiente esto el futuro). Con Carlos Hugo al frente de los jóvenes carlistas, se inicia una política de apartamiento de aquellos que eran más proclives a la colaboración con Franco, no obstante el pretendiente citado se entrevistó en 1962 con el dictador, lo que se repetirá dos veces más. Esto ocurría mientras se formaba “Movimiento Obrero Tradicionalista” (1963) que preconizó la ruptura total con el franquismo y la violencia como método: sin consecuencias.

El general Franco, mientras tanto, consentía las actividades del carlismo porque eran inocuas y, sin embargo, Javier de Borbón, alentado por su hijo Carlos Hugo, decide dar un giro que situó al carlismo “en aguas extremadamente peligrosas”. A principios de 1965 se celebró en el castillo de Puchheim (Austria) una asamblea de dirigentes carlistas, pero con notorias ausencias. Javier de Borbón aceptó el título de “rey” como confirmación a lo que ya se había producido discretamente en Barcelona (1952), apuntando aquella reunión en dos direcciones: posibilidad de “engarce” ente carlismo y franquismo y, en palabras del pretendiente, contar “con la participación del pueblo… igualdad entre los hombres” y la necesidad de convencer a los no monárquicos, “porque la democracia en la Monarquía Tradicional, más aún que el votar, está en el participar…”.

El carlismo se ha caracterizado, en los años a que nos referimos aquí, por muchas reuniones vacías, muchos nombramientos y condecoraciones, muchas escisiones y poca implantación social, mientras se dieron, en esta época, numerosas renuncias. Juan de Borbón contaba con un Consejo Privado del que formaban parte influyentes franquistas: Areilza, Sáinz Rodríguez, Pemán, Sánchez Agesta, Luca de Tena y otros. Javier de Borbón quiso tener un órgano parecido, pero no encontró a quienes quisiesen formar parte de él, o por lo menos no los consagrados como Fal Conde, Álvaro D’Ors y otros. Tuvo que valerse de los más jóvenes, una vez más, que todavía no habían visto el callejón sin salida en que se encontraba el carlismo.

En 1966 se produjo otra reunión carlista en Hendaya para, una vez más, transformar los órganos de gobierno: se creó una Junta formada por dirigentes poco proclives a los cambios mientras se producían tensiones entre Valiente y Zabala, partidario éste último de organizar el carlismo como partido político, que sí se opuso al franquismo sufriendo amenazas que le hicieron replegarse. La celebración de otra magna reunión en el Valle de los Caídos por los carlistas es todo un símbolo (1966).

Javier de Borbón, desde Hendaya, se dirige a ellos recordándoles “las tristes experiencias de la España liberal”, por lo que no parece que el carlismo se tomase el voto y la participación en serio, y proclamaba que “el momento que vivimos está indudablemente muy cerca de la victoria…”, en lo que demostraba la falta de realidad en sus apreciaciones. Del Valle de los Caídos salieron resoluciones como que el carlismo no era criticado por la sociedad, como sí lo era el franquismo (evidentemente la sociedad ignoraba al carlismo) y que los regionalismos debían ser fomentados, que existía una mala distribución de la propiedad, que el sindicato debe estar al servicio de los trabajadores, que se puede defender la propiedad privada y no el capitalismo, que es necesaria una reforma agraria y que el cooperativismo es el mecanismo para ella. Que había un mayor interés por el carlismo que en tiempos pasados, lo desmiente la historia.

En aquella reunión del Valle de los Caídos los carlistas hicieron valoraciones como que su fracaso o situación se debía, sobre todo, a la falta de propaganda, a la falta de dirigentes y por no tener acto de presencia en los problemas de la sociedad. Valoraron positivamente la ley de prensa hecha aprobar por Fraga Iribarne, que eliminaba la censura previa, y les importó la imagen que se tenía del carlismo fuera de España: el 36% de los encuestados, según los carlistas españoles, les reconocían como fascistas (lo que no se corresponde con la realidad) y el 19% les consideraba antidemócratas (lo que parece indudable).

Del Valle de los Caídos salieron acuerdos como el poder aceptar cargos públicos e incluso buscarlos, la continuación del diálogo con el Gobierno y la colaboración con la Falange no oficial, así como con fuerzas políticas ajenas al 18 de julio, pero… criticar al Gobierno no debía suponer hacerlo al Jefe del Estado. Se decidió, por tanto, que el carlismo debía actuar dentro de la legalidad, por lo que quedó descolgado de la oposición democrática cuando murió el dictador y se produjo la transición al régimen de 1978.

La prueba de que los carlistas estaban en el régimen aunque pretendiendo aparentar que no es que, mediante una encuesta hecha por ellos mismos, en 96 ocasiones habían dialogado con Gobernadores Civiles y otro tanto con Jefes Locales del Movimiento; en 88 casos con alcaldes capitalinos; en 67 casos con Presidentes de Diputaciones y en 54 ocasiones con Jefes Superiores de Policía. Solo 25 veces con obispos, en lo que se puede ver la intención de la jerarquía eclesiástica de no mezclarse con quienes no tenían futuro.

En cuanto a la mujer, se proclamó la igualdad de derechos y obligaciones con los hombres, pero sólo 17 congresistas apoyaron que una mujer pudiera alcanzar la Jefatura Delegada” del carlismo, y se propusieron tomar el control de las asociaciones de excombatientes y de los círculos Vázquez de Mella, que en el momento estaban formando parte del Movimiento franquista.

Las autoridades intervinieron en el acto carlista del Valle de los Caídos, pero los congregados se negaron a disolverse como se les pedía saliéndose con la suya, proclamando por fin que habían de ser oposición al régimen pero “constructiva, necesaria y prudente”. Carlos Hugo dijo: “Como el régimen no se abría, había que provocarle para que tomase una postura más opuesta a nosotros. No queríamos aparecer… como tolerados… Mientras toda España era víctima de Franco, nosotros no podíamos ser simplemente tolerados”. Un próximo congreso carlista no sería autorizado y tuvo que celebrarse en Francia.

Tanta retórica, colaboración, oposición “prudente”, tanta falta de compromiso con los verdaderos problemas de la población, llevaron al carlismo a un callejón sin salida. Ya no se trataba del siglo XIX; finalizaba el siglo XX y el carlismo no sabía lo que era…


[i] Carlos Hugo de Borbón se expresó en términos parecidos, fuente que recoge J. C. Clemente en su obra “Carlos Hugo de Borbón Parma…” y que cita Daniel J. García Riol en su tesis doctoral “La resistencia tracionalista…”.

[ii] Habiendo pretendido crear una Real Academia militar carlista, tuvo que exiliarse a Portugal ya durante la guerra, y al volver se opuso a que los carlistas formasen parte de la “División Azul”

[iii] Permaneció fuera de España durante la guerra, pero entró dos veces en 1937.

[iv] “Retorno a la realidad…”.

[v] Miembro de otra rama de los descendientes de Carlos María Isidro.

[vi] Al oeste de Navarra, es una montaña en cuyas proximidades se dieron en el siglo XIX varias batallas carlistas.

[vii] Natural de Chelva (norte de la provincia de Valencia), fue partidario de la colaboración con el franquismo. Había sido dirigente de la CEDA durante la II República.

[viii] Quizá el teórico más notable del tradicionalismo (1861-1928), su labor política se desarrolló durante el régimen de la Restauración.

miércoles, 6 de enero de 2021

Represión contra los carlistas

 


Durante los primeros años tras el trienio liberal (1820-1823) no fueron los futuros partidarios de Carlos de Borbón quienes se hicieron cargo del poder. Algunas fuentes[i] hablan del descontento de los realistas plasmado en sublevaciones como las de Bessieres[ii] o los agraviados. Los acontecimientos de 1830 –dice Bullón de Mendoza[iii]– supusieron un giro en la política del rey Fernando VII, obligado a contar con aquellos a quienes había postergado, pero tras los sucesos de La Granja, el nuevo gobierno se lanzará a la depuración de los realistas más extremos.

Los “Apuntes políticos” que escribió en 1835 un carlista anónimo, citados por Bullón de Mendoza, hablan de destituciones en puestos importantes de la Administración[iv], pero la depuración más importante fue la efectuada en el ministerio de Hacienda, en el que todas las dependencias se llenaron de liberales. Comparando la Guía de Hacienda de 1824 y la de 1833 se ve que muchos fueron perseguidos por ser carlistas.

La pieza maestra de la represión del carlismo fueron los capitanes generales, con importantes atribuciones militares y presidentes de las Audiencias. De un total de 31 intendentes fueron desterrados los de Guadalajara, Mallorca, Salamanca, Soria, Córdoba, Asturias, Cataluña y Extremadura. Pero la llegada de Cea al Gobierno y la recuperación del rey en 1833 supusieron un intento de volver a la política anterior al decreto de amnistía que rehabilitó a muchos liberales. Morillo se había jactado de haber desarmado a los voluntarios realistas en Galicia en contra de las instrucciones del Gobierno y, antes, una circular de mediados de enero había autorizado a los capitales generales para separar de los voluntarios realistas a los que fueran contrarios al espíritu de cuerpo (es decir, carlistas).

Manuel Llauder, siendo capitán general de Cataluña, se distinguió en la labor represiva[v] desarmando a los voluntarios realistas, depurando la Audiencia, destituyendo a buena parte de los militares de alta graduación e imponiendo que se eligieran los Ayuntamientos a favor de quienes él deseaba. En el mismo sentido actuó en Granada y Sevilla el marqués de las Amarillas desarticulando a los realistas, pero no los desarmó en masa, como hizo Morillo.

El Gobierno envió emisarios para que informasen de los diferentes cuerpos de ejército, siendo el general Canterac[vi] uno de los encargados, que pasó revista al regimiento del rey; otro fue el conde Mirasol, que informó desde Córdoba sobre la aceptación o no de la proclamación por las Cortes de la hija del rey, Isabel, como heredera, “pero sus almas no hablaban [dice de los militares], y en ocasión de la Religiosidad [sic] no les hará cumplir su juramento…”, pidiendo un reemplazo de oficiales.

Junto a la depuración a que fue sometido el ejército, también hubo remoción de Ayuntamientos y empleados, prisiones, causas, destierros, etc. Sin duda se cometieron excesos, dice Bullón de Mendoza citando a Pirala. En los regimientos de infantería había partidarios del pretendiente Carlos y la depuración a que fue sometido el ejército desde finales de 1832 fue sin duda la más importante que se llevó a cabo sobre unos cuerpos que no habían sido vencidos en el campo de batalla. El ejército profesional que trató de crear el marqués de Zambrano fue sustituido desde 1832 por otro altamente politizado, destinado a mantener el orden interno, y algunas de las depuraciones masivas estuvieron motivadas por el alzamiento carlista en Morella. No obstante el Gobierno decidió mantener en sus puestos a algunos carlistas en los que prevalecía el espíritu de cuerpo, es decir, su condición de militares antes que sus ideas políticas.

También algunos capitanes generales fueron cesados a principios de 1833 (ocho de los doce existentes), pero el proceso de depuración en el ejército no hubiera sido posible si Carlos de Borbón hubiese defendido su causa por las armas en vida del rey. Si así fuese, la guerra civil hubiese empezado antes y quizá hubiese terminado pocas semanas después, pues la rebelión nunca se hubiera hecho contra el rey, sino contra su gobierno, que no hubiera podido hacer frente a la rebelión[vii].

Estas depuraciones fueron acompañadas de una Real Orden en febrero de 1833 para que los capitanes generales formasen columnas móviles de doscientos o trescientos hombres que recorriesen sus distritos. Mientras, desde el punto de vista jurídico, la represión del carlismo corrió a cargo de una comisión regia suprema para delitos de infidencia, que presidió Matías Herrero Prieto[viii], a raíz de una sublevación carlista o realista a principios de 1833.


[i] Memorias del alcalde de Roa, Gregorio González Arranz. Absolutista, fue el responsable de la ejecución de Juan Martín Díez, “el Empecinado”. Luego fue carlista y se exilió en Francia.

[ii] Jorge Bessières formó parte del ejército de Bonaparte, pasándose a las filas españolas, pero en 1821 participó en una sublevación en Barcelona junto con el franciscano Luis Gonzaga, posicionándose como partidario del absolutismo. En 1825 dirigió un intento realista y, capturado, fue ejecutado. En realidad fue un aventurero.

[iii] “La primera guerra carlista”, Alfonso Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera.

[iv] Ya no aparecen entre 1832 y 1834 en la Guía de Forasteros, fundada en 1722, que es una de las principales fuentes de información para el conocimiento de la organización administrativa, religiosa y social de España desde el siglo XVIII hasta bien entrado el XIX. Suministra información, además, sobre santoral, eclipses, festividades y cronología…

[v] Los condes de España y Villemur

[vi] César José de Canterac, de origen francés pero que se destacó sobre todo en la guerra de 1808 y en las de independencia de las colonias españolas en América.

[vii] Esta valoración es del autor citado en la nota iii, cuya obra sirve de base a éste resumen.

[viii] Fue miembro del Consejo de Castilla y en 1834, cuando se creó el Supremo Tribunal de España e Indias, lo presidió.

Ilustración: Morella a finales del siglo XIX (https://www.pinterest.es/pin/290060032251837903/).

lunes, 4 de enero de 2021

Contradicciones de Herrera Oria

 

                                                             Fotografía del periódico Sur

La formación polifacética y los esfuerzos de Ángel Herrera Oria no le impidieron incurrir en una elemental contradicción al identificarse con el régimen del general Franco, al que no cuestionó por muchos afanes que demostrase en lo que se ha llamado catolicismo social.

La guerra civil le cogió ya con cincuenta años, después de haber vivido la mayor parte de ellos durante el régimen de la Restauración monárquica. Fundador de la Editorial Católica y de la escuela de Periodismo de “El Debate”, también lo fue de la Asociación Católica de Propagandistas. El historiador José Cepeda Gómez[i] señala que es una de las pocas excepciones de intelectual en el episcopado español, de “mediocre calidad”.

No pocos grupos sociales han considerado que la Iglesia “es de los ricos”, explicándose así el anticlericalismo hispano que tantos adeptos ha tenido desde el siglo XIX. Ángel Herrera –dice el autor citado- fue un obispo “distinto”, destacando como organizador dedicado a la formación de minorías selectivas, a lo que también se dedicaría el “Opus Dei”, desde 1928, fundado por Escrivá de Balaguer. Herrera parece querer romper con el “funesto liberalismo del siglo XIX”, capaz de muchos cambios pero no de mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la población.

Uno de los discípulos de Ángel Herrera fue Alberto Martín Artajo, ministro de Franco desde 1945 y hacedor de los acuerdos con el Vaticano y Estados Unidos para sacar a la dictadura de su aislamiento internacional. Si tenemos en cuenta que la época más “social” del franquismo fue la primera, cuando Falange tuvo clara influencia en él, Herrera Oria no se identificó con dicha organización, sino que prefirió recurrir siempre al propio Franco para sus objetivos. Son los años cuarenta del siglo XX, al final de los cuales la colaboración de Herrera con el franquismo empieza a mostrar sus contradicciones más notables.

Herrera consideró, según Cepeda Gómez, que la “íntima trabazón de la Iglesia y el Estado” sería beneficiosa, pero lo cierto es que tal condición se daba desde hacía siglos y no solamente en España, al tiempo que, como ya había establecido el papa León XIII, los eclesiásticos debían acatar a los “gobiernos de hecho”, buscando una política de “concordia”. Herrera fue partidario de un régimen “mixto”, aquel en el que entran elementos de monarquía, aristocracia y de democracia, combinación ciertamente difícil, si no imposible, de formar. No parece haberle importado a Herrera que con el general Franco la monarquía hubiese sido arrumbada hasta la muerte del mismo.

En definitiva, Herrera aceptó la “democracia orgánica” del franquismo, considerada por él en 1959 como una “fórmula feliz” que, como sabemos, no era democracia ni para los estados democráticos del momento ni para la oposición al régimen. Herrera se refirió con frecuencia al escándalo que representaba el enriquecimiento de unos pocos colaboradores del régimen franquista, mientras la mayoría de la población estaba gravemente empobrecida, pero lo cierto es que uno de los grupos que se enriqueció, más aún de lo que lo estaba, fue la Iglesia católica. No dejó de ver Herrera que entre los que controlaban la economía había claros vínculos con el régimen, criticando a terratenientes, industriales y financieros, pero sin cuestionar la esencia del régimen franquista que, en definitiva, era el caldo de cultivo de aquellos escándalos.

La Iglesia estaba encuadrada perfectamente en el sistema, por mucho que, en el plano teórico, se encuentren algunas islas como la Carta de los obispos andaluces de 1945 (sobre la situación del campesinado), las Semanas Sociales de 1949 y 1950, y algunas homilías de ciertos obispos. La aparición de la Hermandad Obrera de Acción Católica, nacida en 1946, y Juventud Obrera Católica[ii] un año más tarde, no pudieron hacer aquello para lo que habían nacido, de la mano de la jerarquía católica, aunque en su seno se formaron sindicalistas que luego dieron origen a lo que serían la Unión Sindical Obrera y las Comisiones Obreras, estas sí, organizaciones enfrentadas al franquismo y que sufrieron su represión, pero ya sin la tutela de la Iglesia.

Los primeros brotes huelguísticos durante el franquismo se dan en 1951, cogiendo a la Iglesia acomodada y a contra pie, aunque hubiese obispos como Herrera que, desde 1947 en la diócesis de Málaga, quisiesen otra cosa sin darse cuenta (o dándose) de que era imposible reivindicar mejoras para la clase trabajadora si se les negaba el más elemental de sus derechos, que era organizarse libremente y expresar por todos los medios lícitos sus reivindicaciones. El historiador Sánchez Jiménez ha constatado sendas cartas de Carrero Blanco y Martín Artajo dirigidas a Herrera y a Ruiz-Jiménez, en 1951, quejándose de la “tolerancia” de la jerarquía católica con la HOAC y la JOC.

En efecto, como obispo de Málaga pudo ver que en su diócesis los católicos practicantes alcanzaban el número más bajo de España, que la provincia se encontraba atrasada aún teniendo en cuenta el atraso del conjunto de España, que el nivel educativo estaba por los suelos dándose las cifras más elevadas de analfabetismo, solo superada por la provincia de Jaén, y que el pueblo vivía sometido a un régimen casi “señorial” (en palabras del propio Herrera recordadas por Cepeda Gómez). Herrera vio que España era una de las naciones más injustas socialmente hablando, pero ello no le llevó a enfrentarse al franquismo porque hubiese supuesto su eliminación como obispo y, probablemente, su expulsión de España.

Escandalizado por la situación social en el campo andaluz, reivindicó una reforma agraria para la que quiso contar con el apoyo del propio Franco (al que Herrera consideraba poseído de gran preocupación por el problema social, según Cepeda Gómez), así como con los católicos adinerados en Málaga y Madrid, sin tener en cuenta (o teniéndolo) que estos adinerados eran causa principal de los males del campesinado. Para Herrera, Franco debía ser la base de toda reforma, pero lo cierto –como sabemos- los que tenían verdadera conciencia social estaban en las cunetas, en las cárceles, en el exilio o en la clandestinidad.

En una de las facetas que más se han destacado de Ángel Herrera, parece que no se hace justicia: sus preocupaciones sociales, de existir, chocaban con una contradicción manifiesta; no tiene sentido poner una vela a Dios y otra al diablo.  



[i] “El cardenal Herrera Oria”.

[ii] No confundir con la Juventud Obrera Cristiana, originaria de Bélgica y que existía ya incluso antes de 1924. Se extendió luego por no pocos países, pero no fue posible en España.

sábado, 2 de enero de 2021

"Espadones" españoles

 


Con relación al papel de algunos militares en la política española durante el siglo XIX, caben varias interpretaciones: que los dirigentes civiles de los partidos políticos no fueron capaces de liderarlos y recurrieron a los que han sido llamados “espadones”; que estos espadones tenían una especial vocación de intervención en los asuntos políticos sabiéndose fuertes; que los militares en general protagonizaron largas guerras en las que se vio involucrada España[i] y esto les hizo verse protagonistas… Pablo González-Pola de la Granja[ii] ha estudiado éste asunto junto con otros historiadores.

Si los jefes militares que se destacaron fueron utilizados por los partidos políticos, quizá sea más correcto interpretarlo como una vez se “pronunciaron”, pues no está claro que desde los mismos partidos se instara a los “espadones” a intervenir. Otra cosa es que se vio como normal que lo hicieran. De ahí que se haya llamado al período que va desde 1840 hasta 1868 (y aún podríamos decir hasta 1875) “régimen de los generales”. Pero de esto no se puede concluir –como advierte el historiador citado- que el ejército ocupase el poder, como así fue en los dos primeros años de la dictadura de Primo de Rivera y durante la del general Franco (sobran los ejemplos en otros países).

El precedente más antiguo de intervención de un militar en la política fue el de Juan José de Austria contra la regente Mariana, cuando el citado hijo del rey Felipe IV se puso al frente de un levantamiento en Cataluña y Aragón, llegando a ejercer durante unos pocos años como primer ministro. Luego siguieron los militares que, con los borbones, recibieron un fuero especial y fueron el nervio del poder al servicio del rey. González-Pola cita a E. Giménez López cuando habla de “una administración fuertemente militarizada a cuyo vértice se encontraba un Capitán General, con audiencias sometidas a su autoridad, y con una malla corregimental extendida sobre el territorio…”.

En las Cortes de Cádiz se elaboró una doctrina castrense para las relaciones de los militares con las juntas de defensa que se formaron en toda España, apreciándose una prevención constante contra los generales, jefes y oficiales del ejército regular, aún antes de que hubieran aparecido los espadones. Alonso Baquer –a quien cita el autor al que sigo- escribió que resulta sorprendente que en plena guerra se pensase más que en ganarla, en la forma de sostener frente al rey y a su ejército, las libertades individuales y municipales.

González-Pola habla del interés en controlar el poder que se otorgaba a las autoridades militares, dándose un enfrentamiento entre junteros y generales, que se concretó en las protestas de estos por los ascensos que consideraban injustificados de junteros regionales. La guerra de 1808 se desarrolló con una exigencia de responsabilidades y desconfianza entre militares profesionales y junteros, la falta de una política coordinada entre las diferentes juntas, y la negativa de las Cortes y juntas a que un militar español ejerciera la unidad de mando, lo que sí se reconoció a Wellington en 1812.

La Constitución de 1812 consagró la idea del ejército como nacional, no real, quedando dividido en dos categorías, las tropas de continuo servicio y la milicia nacional. En 1813 el general Castaños y el conde de la Bisbal (Enrique José O’Donnell, tío de Leopoldo) intentaron ante las Cortes unir las correspondencias militares y políticas, pero la propuesta fue derrotada. Tras la guerra, el ejército estamental borbónico estaba desaparecido en la práctica, pues muchos militares se acercaron al liberalismo, los que habían sido capturados por los franceses tuvieron ocasión de leer a Voltaire y Rousseau, entre otros, y hubo militares que se afiliaron a la masonería. Los que procedían de la guerrilla se incorporaron al ejército y convivieron con los que, como Espartero, se formaron en las academias militares que se habían improvisado.

En 1815 el ejército estaba sobredimensionado, reduciéndose por el marqués de las Amarillas[iii], que depuró a muchos liberales de sus filas, pero en 1826, el general marqués de Zambrano[iv] fue incorporando antiguos mandos liberales. En 1825 habían regresado los generales, jefes y oficiales en América que venían influidos por los principios liberales: son los llamados “ayacuchos” que apoyarán al general Espartero en 1840.

Cuando se produce el conflicto carlista, el posicionamiento del ejército (la mayoría) en el liberalismo sorprende al pretendiente, presionando aquel a la regente para evitar el conservadurismo. Pero la guerra trajo a los militares sinsabores con el retraso en las pagas y las malas condiciones de los abastecimientos, lo que provocó indisciplina en la tropa, que el general Espartero, ministro de la Guerra, tuvo que combatir. La guerra de 1833 encumbró a los vencedores, viéndose a generales al frente del Gobierno, lo que no es un fenómeno exclusivo de España: en Francia más del doble de casos y en Portugal más aún.

El liberalismo arraigó fuertemente en el ejército español, y llegado el año 1894, el periódico “El Imparcial” publicó lo siguiente: “Sin el Ejército los partidos reformadores no hubieran llegado al poder, pero sin el Ejército, una vez llegados, no lo habrían dejado jamás…”. Es decir, tuvo que haber espadones que acabaron con el mandato de otros espadones. El ejército fue propulsor y freno -sigue diciendo el periódico citado- en la política española. Los partidos, por su parte, tenían una escasa base social que los progresistas intentaron aumentar permitiendo el voto sin necesidad de tantas exigencias económicas.

Los espadones, como ha señalado el profesor Pabón, actuaron al margen del ejército, aunque implicaron a éste para el triunfo de sus pronunciamientos, de los que se aprovechaban los diversos partidos ocasionando perjuicios a unos en beneficio de otros: se producían injusticias al recibir ascensos los seguidores del espadón triunfante, mientras que los que permanecían fieles al Gobierno quedaban en situación de reemplazo con media paga. Los generales políticos no aprovecharon su paso por el poder para hacer reformas en el ejército, a excepción de O’Donnell, que hizo importantes inversiones para reformar la Armada. Lo que preocupa a los espadones es la politización del ejército en los pronunciamientos de los que eran protagonistas y sus efectos sobre la disciplina.

Siendo dos veces Presidente del Consejo de Ministros en 1843 Joaquín María López, el general Serrano, ministro de la Guerra, envió una circular a los inspectores de Infantería y Caballería y a los directores de Artillería e Ingenieros, proponiendo que se extinguiese para siempre el espíritu de partido en el ejercito, teniéndose como criterios la mayor capacidad y aptitud, los méritos y los servicios de los militares, cualquiera que hubiese sido el partido al que pudiesen haber pertenecido.

Los espadones –dice González-Pola- quisieron ser los últimos pronunciados, y siendo la disciplina la esencia de la fuerza armada, temieron la politización del ejército, lo que era una contradicción manifiesta. Cuando O’Donnell se adhiere y patrocina al partido Unión Liberal, quizá pensó que no sería necesaria ninguna otra irrupción de generales empujados por los partidos, pero lo cierto es que los militares plebeyos ganaron protagonismo social, siendo la revolución de 1868, según el autor al que sigo, eminentemente castrense. El general López Domínguez, personaje fundamental en el ejército, se dirigió a los diputados en la legislatura de 1869 diciendo que para conquistar la libertad se había tenido que recurrir siempre a las armas, y sin embargo se habían entregado armas al pueblo (el juntismo ya antiguo) contra el ejército…

Espartero fue el que nació antes de todos los espadones españoles, 1793, por lo que fue el único que pudo participar en la guerra de 1808; le siguió Narváez (1799), luego O’Donnell (1809) y Serrano (1810); Prim nació en 1814 y Martínez Campos en 1831, llegando a ser Presidente del Gobierno en 1879 y luego ministro de la Guerra con Sagasta. No importó a estos espadones apoyar a unos o a otros (siempre en las filas del liberalismo): Narváez apoyó una sublevación absolutista en 1822, cierto que era muy joven; O’Donnel participó en la sublevación progresista de 1854 para, dos años más tarde, contribuir a su ruina; Serrano estuvo con la reina y contra ella, con Espartero y con Narváez para derrocar a aquel, y Martínez Campos apoyó a Cánovas y luego a Sagasta…


[i] Contra la ocupación francesa en 1808, las de independencia de sus posesiones en América, la carlista de 1833.

[ii] “O’Donnell el espadón”.

[iii] Pedro Agustín Girón Las Casas, llegó a presidir el Estamento de Próceres en 1834.

[iv] Miguel de Ibarrola llegó a ser senador entre 1845 y su fallecimiento tres años más tarde.

La ilustración, tomada de cronicasderequena.es/la-insurreccion-de-1843-requena-contra-espartero/ ilustra el levantamiento de Narváez en 1843.