domingo, 19 de mayo de 2019

Al-Binya

Al-Binya a la derecha

El “urbanismo doble” no era nuevo en el mundo islámico cuando el emir meriní Abu Yusuf mandó construir, ex novo, la ciudad palaciega de Al-Binya, al lado de Algeciras. Existían otros casos en Oriente, el Norte de África y al-Andalus, como son Tremecén-al-Mansura, Fas al-Bali-Fas al-Yadid, Ceuta-al-Afrag y Rabat-Salé; también, según Antonio Torremocha[i], Mansuriyya-Qairawan, al-Fustat-El Cairo y Córdoba-Madinat al-Zahra[ii].

Al-Binya fue construida entre los años 1279 y 1285, después de que, en el primer año citado, finalizase el cerco que los castellanos habían puesto a la ciudad de Algeciras por mar y tierra. El emir Abu Yusuf estableció en Al-Binya su propia residencia cuando estuviese en al-Andalus, con aljamas, alminares, alcázares, baños, acequias y puentes en los caminos. Esto mismo ocurría con Fez, a cuyo lado se construyó la ciudad de Fas al-Yadid; ambas eran ciudades palaciegas y ambas sirvieron de residencia a los miembros de la corte meriní y a sus tropas.

En 1285 ya estaba terminado el alcázar, con su sala de audiencias (mexuar) y la mezquita. Con anterioridad se había construido un recinto defensivo con foso y cuatro grandes puertas. Hasta el día de su muerte, Abu Yusuf pasó largas temporadas en al-Andalus y, por lo tanto, en Al-Biya. Según M. Acién, desde Algeciras entró en el reino de Granada el modelo de mexuar separado del alcázar.

Según Antonio Torremocha, la intención del emir meriní al construir Al-Binya a la orilla izquierda del río de la Miel, fue reforzar su prestigio personal, de la misma forma que, junto a Gibraltar, se había construido en 1160 otra ciudad. Se trató de una ciudad campamento para poder permanecer el al-Andalus todo el tiempo que fuese necesario, siendo su extensión casi el triple (27 Ha.) de la Algeciras de la época. Aunque los arqueólogos han dado muestras de dudas sobre si se construyeron los espacios vacíos que se dejaron para un futuro crecimiento, parece que dichos espacios aún existían cuando la conquista de la ciudad en época de Alfonso XI (1344), cuyo cerco había empezado en 1342.

Contrariamente a lo que se ve en la mayoría de las ciudades musulmanas de la Edad Media, en al-Binya se desarrolló un urbanismo palacial y programado, con calles anchas, y donde el emir dio las órdenes directamente a los arquitectos, canteros, alarifes (maestros de obras), carpinteros, etc. Fue una ciudad plurifuncional, con un origen portuario pero también mercantil, centro administrativo, base militar y naval que la hicieron muy próspera. La mezquita, como en toda ciudad musulmana, era el centro religioso, pero al mismo tiempo la sede de las magistraturas judiciales y el lugar donde se organizaba la enseñanza y se custodiaba el tesoro público; también se bendecían allí los estandartes antes de las expediciones militares, y se daban las noticias que interesaban al conjunto de la población. Según un autor del siglo X, ninguna madina podía ser tal si carecía de una mezquita aljama.

Al tiempo, como otras ciudades musulmanas, al-Binya tenía un espacio periurbano muy activo donde se encontraba la necrópolis. Los edificios más importantes estaban en lo alto de la colina donde se construyó esta ciudad, reservando algunos espacios para huertas, jardines y descampados, pero cuando se produjo la conquista cristiana se truncó el desarrollo de al-Binya y dio comienzo un proceso de decadencia.



[i] “Ciudades islámicas de nueva fundación en la orilla al norte del Estrecho”.
[ii] Un precedente antiguo puede ser el de Aqaba, fundada en 630 junto a la ciudad bizantina de Aila. Igualmente se puede decir de Wasit, actual Irak, para separar a los sirios del resto de la población. En 969 se fundó una ciudad palatina cuando fue conquistada al-Fustat, en la misma explanada donde se hallaba acampado el ejército.

viernes, 17 de mayo de 2019

Monasterios belicosos

Monasterio de Oña (Burgos)

Los monasterios participaron a favor de Sancho IV cuando se rebeló contra su predecesor, Alfonso X, en la Corona de Castilla; para ello formaron una Hermandad[i] de la que estuvieron ausentes otros monasterios[ii]. En el Capítulo General de la orden de predicadores celebrado en Provenza en 1276, se dio orden de que los monjes no se uniesen a las contiendas de “los príncipes”, pero de poco sirvió porque, como han demostrado varios autores, entre ellos Prieto Sayagués[iii], no fueron pocos los casos en los que monjes de un lado y otro apoyaron a uno u otro bando político.

La intervención de los monjes en las campañas políticas de los reyes les sirvió, con frecuencia, como vía de acceso a la privanza. En las Cortes de Toledo de 1462 se denunció que “algunos obispos e abades e otras personas eclesiásticas” participan en bandos escandalizando a la población. En 1282 el infante Sancho reunió en Valladolid a los abades de las tres grandes órdenes monásticas del momento, cluniacenses, cistercienses y premostratenses, acudiendo a la llamada unos cuarenta que acusaron a quien Sancho combatía, el rey Alfonso X, de desafueros, daños, fuerzas, muertes, despechamientos, deshonras, etc. Las nuevas órdenes monásticas, por su parte, hicieron lo mismo; en la reunión de Valladolid se encontraba presente el procurador dominico fray Munio de Zamora, lo que luego le valió el favor de Sancho IV. Por lo que respecta a la otra gran orden mendicante, la franciscana, el custodio de Zamora y después provincial de Santiago, fray Juan Gil de Zamora, escribió una obra[iv] ensalzando a Sancho. Otro ejemplo lo encontramos en la investigación llevada a cabo ya en su momento (1284) por Pedro Sánchez de Monteagudo para dilucidar si el guardián de San Francisco de Burgos había participado en la revuelta de Sancho. Al lado de este estuvo también el arzobispo de Santiago, fray Rodrigo González (1286-1304).

Mucho después, en la guerra de los dos Pedros, el monasterio de Sahagún aportó ballesteros al rey castellano contra el aragonés, para lo que el concejo y el abad establecieron una nueva alcabala sobre el vino, mosto y vinagre para pagar el sueldo de dichos ballesteros. También participó en esta contienda el obispo dominico de Lugo y confesor de Pedro I, López de Aguilar (1349-1390) que por su largo pontificado se ve no tuvo que pagar precio alguno, pues una vez Enrique II en el trono le sirvió sin más miramientos. De igual forma, el monasterio de Sahagún, establecida la dinastía Trastamara en Castilla, la sirvió, como cuando en 1373 el abad envió al rey cuarenta cargas de trigo.

En el bando contrario pudieron estar los franciscanos, si tenemos en cuenta las donaciones y privilegios que recibieron de Enrique II, y otro tanto puede decirse del monasterio de Bujedo de Juarros, que ayudó a dicho rey en Toledo a comienzos de 1369. En las Cortes de Valladolid de 1385 Juan I (el segundo Trastamara) pidió por primera vez en reunión de este tipo, que los eclesiásticos contribuyeran, comparando las “armas espirituales” con las “temporales”, de forma que en la guerra que a él interesaba[v] pedía colaboración tanto a “clérigos como leygos”.

Durante el reinado de Juan II los religiosos colaboraron con la nobleza levantisca, como en el caso de Fadrique de Luna[vi], resultando complicado un franciscano portugués que fue condenado a cárcel perpetua. Otros religiosos, principalmente dominicos, prestaron su apoyo al rey frente a los nobles, lo que en el caso de la orden citada era norma, sobre todo durante el reinado de Juan II. En la ciudad de Cuenca hubo una gran conflictividad durante el siglo XV, posicionándose los Mendoza a favor de los Infantes de Aragón, aunque aquellos habían sido nombrados guardas mayores de la ciudad. El obispo dominico Lope de Barrientos[vii] (1445-1469) participó en la defensa de Cuenca a favor del rey contra los Mendoza, dirigiendo las tropas concejiles entre 1447 y 1449, y luego a favor de los conversos en los sucesos protagonizados por el alcalde mayor, Pedro Sarmiento, siendo uno de los principales instigadores del alejamiento de Juan II y su hijo Enrique, mientras que fray Pedro de Silva, hermano del conde de Cifuentes, tuvo un destacado papel en Toledo a favor del rey durante el enfrentamiento con su hijo.

Pero no todos los dominicos defendieron la causa regia: en 1453 la Corte se encontraba en Burgos y, oyendo misa el rey en la catedral, un dominico estaba predicando un sermón en el que criticaba a Álvaro de Luna, lo que le valió una reprimenda del rey y el obispo apresó al fraile en la cárcel episcopal. En este episodio resultó asesinado el cómplice del fraile, Pérez de Vivero. Otro caso es el de un franciscano que estaba colaborando con las autoridades para evitar la conquista de una plaza cristiana contra los musulmanes. El guardián del convento de San Francisco de Jerez dio aviso de las intenciones de los habitantes de la villa, que querían venderla a los musulmanes.

Durante el reinado de Enrique IV el dominico Juan López defendió la causa del príncipe Alfonso, acusando al rey de sus costumbres arábigas y su cercanía a los mudéjares y conversos. El príncipe Alfonso contó también con la colaboración del dominico fray Alonso de Burgos en la batalla de Olmedo[viii], fray Rodrigo de Mesa, prior del Parral, y el agustino fray Martín de Córdoba. El primero colaboró con el obispo de Segovia, Juan Arias Dávila; el agustino publicó una obra a favor del pretendiente Alfonso, pero en el bando contrario también nos encontramos a dominicos, mientras que el monasterio de Santo Domingo el Real de Toledo estuvo al lado del príncipe Alfonso e igualmente el convento dominico de Sevilla.

En 1467 se produjo un concierto entre el concejo de Tordesillas y el convento de Santa Clara, ante el rumor de que la villa sería atacada para entregársela a Alfonso, lo que provocó que los vecinos rogasen a la abadesa que designase vasallos para defender la villa, lo que demuestra el poder que ejercían las clarisas.

Los religiosos también fueron árbitros en las disputas internas de la Corona, hicieron prestaciones económicas para causas bélicas, tanto en el interior de Castilla como en guerras exteriores; toda una casuística que demuestra la implicación de los monasterios y el clero regular en asuntos no religiosos durante la Baja Edad Media.


[i] Formaron parte de ella los monasterios de Oña, Arlanza, Silos, San Millán, Cardeña, Montes (al suroeste de la provincia de León), San Prudencio (en Clavijo, La Rioja), Valverde (en la provincia de Madrid, actual carretera de Colmenar Viejo), Santa María de Vega (debe de ser el que se encuentra en Renedo de la Vega, Palencia, ya que hubo otro del mismo nombre en Asturias), La Vid, San Pelayo de Hornillas, Villoria (en la provincia de León), Villamediana (debe de ser Villamediana de Valdesalce, provincia de Palencia), Medina del Campo, San Miguel del Monte (Miranda de Ebro, provincia de Burgos), Valbuena (en la provincia de Valladolid, a orillas del Duero), La Espina, Valparaíso (en Peleas de Arriba, al sur de la provincia de Zamora), Moreruela, Matallana (en Villalba de los Alcores, Valladolid), Palazuelos, San Pedro de Gomello, Sandoval, Valdeiglesias, Aguilar, Retuerta, San Pelayo de Cerrato, Santa Cruz de Monzón, Villamayor, San Cristóbal de Bujedo, San Leonardo de Alba de Tormes y Sancti Spíritus de Alba. Aunque no se cita la localización de todos, puede verse que la geografía de estos monasterios es muy representativa de la expansión de los mismos y su influencia. Véase el número de monasterios implicados en este asunto que se encuentran en la actual provincia de Burgos.
[ii] San Zoilo de Carrión, San Isidro de Dueñas, San Román de Entrepeñas, Santa María la Real de Nájera, Obarenses, San Salvador de Cornellana, San Martín de Castañeda, San Vicente de Segovia, Herrera, Rioseco, Belmonte, Valdediós, Villanueva de Oscos, Brazacorta y algunos monasterios gallegos. Aquí también es significativa la expansión geográfica, sobre todo con los monasterios palentinos y riojanos.
[iii] “La clerecía regular ante los conflictos internos y guerras exteriores de la Corona de Castilla durante la Baja Edad Media”. En este trabajo se basa el presente resumen.
[iv] “De preconiis Hispaniae”.
[v] Juan I sería vencido por el ejército portugués en Aljubarrota, que no permitió el ascenso de aquel a la Corona lusa.
[vi] Pretendió la Corona de Aragón en el Compromiso de Caspe, pero no lo consiguió. Refugiado en Castilla, pretendió apoderarse del castillo de Triana y las Atarazanas para sublevar Andalucía a favor de los Infantes de Aragón.
[vii] Había servido a Fernando de Antequera, padre de los Infantes de Aragón.
[viii] 1467, en relación con los conflictos por la sucesión de Enrique IV.

jueves, 16 de mayo de 2019

El proyecto de Santa Amalia

Puente sobre el Guadiana en Medellín, cerca
de Santa Amalia

Son varios los autores que han estudiado el caso de la población de Santa Amalia, al norte de la provincia de Badajoz, uno de los intentos de repartir tierra a campesinos pobres que se frustró. Santa Amalia tuvo su origen en una legislación de 1827 a petición de un grupo de labradores de Don Benito, ante la falta de tierras labrantías, por lo que se trataba de construir un poblado en unos baldíos comunales, pero no dejó de despertar oposición[i].

Las políticas ilustradas del siglo XVIII se prolongaron, atenuadas, a la centuria siguiente, siendo este un caso más de colonización interior para asentar campesinos que pusiesen en valor zonas despobladas. De todas formas, Santa Amalia resultó un fracaso porque los campesinos, endeudados ante la falta de capitales, debieron entregar sus tierras a grandes propietarios a lo largo del siglo XIX. Otros casos, que han seguido diversa suerte, son los de Villarreal de San Carlos, Valdegamas y las colonizaciones de Sierra Morena llevadas a cabo por Olavide.

En el caso de Santa Amalia –dice Ruiz Rodríguez- se trataba de asentar colonos, crear una sociedad de propietarios agrícolas, dar seguridad a los caminos y aumentar las recaudaciones del Estado. Este es el primer caso de una población establecida en Extremadura que no surgió de la iniciativa estatal, ni de la Iglesia, sino resultado del empuje de unos vecinos; se trata, por lo tanto, de un modelo único, aunque se parece a otro en el trazado de nueva planta racional de sus calles, plaza y viviendas.

El contexto es el de un siglo XVIII expansivo demográficamente, aunque la actual provincia de Badajoz era un espacio con una baja densidad de población, unos 11 habitantes por km2, y la mayoría era pobre. Don Benito, por ejemplo, experimentó un constante crecimiento demográfico hasta mediados del siglo XIX, teniendo en 1837, 12.140 habitantes, el núcleo más populoso de Extremadura, siendo entre 1791 y 1829 cuando más creció, a pesar de estar por medio la guerra de 1808.

Había una gran riqueza agropecuaria, pero una veintena de nobles absentistas, cuando se funda Santa Amelia, poseían más de 40 dehesas extensas en el término municipal de Don Benito. Uno de ellos era el conde de Salvatierra, que vivía en Madrid, dueño de cerca de tres mil hectáreas; otros eran el duque de Uceda, el conde de Arenales o el marqués de Casas Blancas (los dos primeros vivían en Madrid y el tercero en Granada). También eran propietarias de dehesas algunas instituciones religiosas, en primer lugar el monasterio de Guadalupe, dueño de extensas y fértiles dehesas para el mantenimiento de ganados trashumantes. Le seguían siete conventos en Calzada de Oropesa, Badajoz, Trujillo (dos en este caso), Orellana la Vieja, Medellín y Cáceres. Las propiedades de la nobleza estaban amayorazgadas y las de la Iglesia amortizadas. También tenían propiedades los concejos (bienes de propios), existiendo tierras comunales y baldíos. Los bienes de propios se solían arrendar, con lo que los Ayuntamientos disponían de una fuente de ingresos, y los bienes comunales eran aprovechados por los vecinos, pero las dehesas boyales y los baldíos no eran disfrutados por igual por todos, pues “comunal” no quiere decir que su uso fuese democrático ni equitativo. Los más poderosos, al tener más ganados, usufructuaban más aquellos bienes. Los baldíos solían estar alejados de los poblados y sus tierras eran de peor calidad.

A pesar de la legislación favorable a la agricultura promulgada desde 1766, las cosas no debieron mejorar cuando en 1800 más de un centenar de vecinos de Don Benito, propietarios de yuntas, reclaman tierras para labrar acogiéndose a un decreto de 1793. De ellos, solo 73 consiguieron hacerse con algunas pequeñas suertes de tierra, 317 fanegas en total, dispersas por diversas dehesas del término. Los “cabezaleros”, los dos vecinos que encabezaron la petición, se expresaban diciendo que “los terrenos comunales… suelen ser menos el consuelo y alivio del pobre labrador, que el disfrute de los ricos…”, y continuaban diciendo que en el término había una “infinidad de tristes jornaleros o familias pobres”. Añadían que la fundación de un pueblo eliminaría “una guarida o madriguera de ladrones, contrabandistas y gentes sospechosas”.

El Ayuntamiento de Don Benito se opuso a la solicitud de aquellos campesinos, prueba de a qué intereses servía, pero lo cierto es que se procedió al deslinde y amojonamiento del término, se publicó la Real Orden, se produjo el acto de posesión de Santa Amalia con la nueva oposición de Don Benito y ahora de Medellín, se entregaron 25 fanegas de tierra a cada colono, y Santa Amalia comenzó su andadura. Pero la reforma agraria liberal, que se produjo en momentos distintos, favoreció a los que disponían de riqueza y estaban dispuestos a emplearla en bienes raíces, y dándose la circunstancia de que no pocos colonos no pudieron hacer frente a sus explotaciones por falta de capital, terminaron entregando sus tierras a los mejores postores, resultando este intento ilustrado en un fracaso.


[i] Uno de los autores que han estudiado este asunto es Juan A. Ruiz Rodríguez, “Santa Amalia: un intento fallido de mitigar el problema social de la tierra en la Extremadura del siglo XIX”. En este y otros trabajos sobre Santa Amalia se basa el presente resumen.

Cuevas, poblados y santuarios

Vasija de la Cova de la Sarsa (Valencia)

Una enorme cantidad de estudios e intercambio de información se han producido durante el siglo XX, sobre el origen del Neolítico en la península Ibérica y el camino recorrido para que aparezcan aquí la primeras cuevas con población sedentaria, los primeros poblados, los primeros cultivos y la cerámica asociada a ellos.

En el IV Congreso del Neolítico peninsular, Bernat Martí Oliver ha publicado un trabajo[i] que, aparte lo engorroso del mismo (quizá inevitable por las continuas aportaciones y discusiones de los especialistas) trata de arrojar luz sobre el origen, características y yacimientos del Neolítico ibérico.

En un primer momento se supuso que las prácticas agrícolas y la domesticación de animales procedieron del norte de África, lo que implicaría, al no ser este un foco originario, la expansión neolítica por toda la costa sur del Mediterráneo desde Oriente Próximo y Egipto. Dicha expansión ha sido costera, en todo caso, pero otra cosa es si la agricultura entró en Iberia desde el sureste de Francia y la costa mediterránea. El autor al que sigo dice que este asunto “tiene poco que ver con la simplicidad”.

Pudo ocurrir que grupos humanos en estadío epipaleolítico[ii] y otros en estadío neolítico se influyesen. Martí Oliver señala que el primer Neolítico ibérico guarda una profunda semejanza con el de Europa continental, pero no se descarta, como dijimos antes, una difusión démica (culturas que se influyen mutuamente).

En el primer Neolítico ibérico cobran importancia las cuevas, los poblados y los santuarios, entendido que allí donde el ser humano quiso asentarse para dedicarse a la agricultura, podría no haber cuevas, como sí en otros lugares. Los santuarios tienen que ver con el sentimiento trascendente o religioso del ser humano desde mucho antes, y posteriormente el arte que los neolíticos dejaron en las cuevas y en objetos.

En la costa ligur se encuentra la Caverna delle Arene Candide, donde en 1946 se encontraron unos estratos cerámicos, de la misma forma que las regiones italianas donde las cerámicas impresas se encuentran con particular riqueza son la costa oriental de Sicilia, la costa adriática de la Puglia[iii] y el Finalese[iv], lo que sumado a la presencia en Arene Candide de obsidiana procedente de las islas Lípari, demuestra su carácter mediterráneo. Parece que hubo un movimiento de colonización que se dirigió desde la Puglia a la orilla opuesta del Adriático a través de las islas Tremiti[v] y de Corfú, de acuerdo con la presencia de cerámica impresa con cierta afinidad en algunas estaciones de la fase de Sesklo[vi] de la Tesalia.

Así se delimitó la cultura de las cerámicas impresas como Neolítico inicial, entre el Mesolítico y la cultura de los vasos de boca cuadrada, cuyos estratos encontraban paralelos en las culturas neolíticas del valle del Danubio y los Balcanes. De origen externo, su difusión desde Egipto y el Próximo Oriente, se habría producido a través del camino del norte de África, de acuerdo con lo cual, al oeste de Arene Candide la cerámica impresa se detuvo en el arco alpino, pues aunque está presente en algunas cuevas de la Francia meridional, como en el abrigo Châteauneuf-les-Martigues, no puede pensarse que la civilización neolítica haya llegado a Liguria atravesando los Alpes.

En 1946, sin embargo, el panorama ibérico encajaba en su orientación africana, dos décadas después de los hallazgos de cerámica impresa cardial en las cuevas de Montserrat (1925) y en la Cova de la Sarsa (Bocairent, Valencia), consideradas propias de períodos neolíticos avanzados de acuerdo con su perfección y elaborada decoración, que parecía acercarse al vaso campaniforme. Luego se publicó la estratigrafía en la Esquerda de les Roques de Torrelles de Foix (Barcelona), que demostró que el vaso campaniforme es muy posterior (calcolítico o eneolítico).

Después de 1939 el Neolítico ibérico se dividió en dos etapas: las culturas hispano-mauritana e ibero-sahariana, de forma que las cerámicas impresas cardiales serían exponentes del Neolítico hispano-mauritano, con una primacía cronológica respecto a las restantes especies cerámicas, al rechazarse la tosquedad como un indicio de mayor antigüedad. Así se estableció un mismo lugar de origen para la primera cultura neolítica de las cerámicas impresas, el norte de África, y dos caminos para su llegada y proyección sobre el continente europeo, uno por Sicilia y otro por Gibraltar.

En Iberia el Neolítico primitivo con cerámica impresa corresponde a la fase cultural hispano-mauritana, y su distribución fue costera con escasa penetración en la Meseta, siendo su expresión más característica la cerámica cardial montserratina.

Otros han considerado que el Neolítico norteafricano podría ser un desarrollo provincial del Neolítico del Nilo y, de este modo, la vía seguida por la nueva civilización desarrollada en el Oriente Medio para alcanzar el Mediterráneo occidental, España, Sicilia y la península italiana, pero este papel preponderante de África deja paso, para otros, a la hipótesis de una influencia directa desde Oriente mediante una difusión marítima, es decir, costera: el origen del Neolítico del Mediterráneo debería buscarse en el Próximo Oriente, donde se encuentran los tipos cerámicos que lo caracterizan, y no parece verosímil una propagación terrestre desde la zona sirio-anatólica al norte de África porque falta la cultura con cerámica impresa en Egipto. La cerámica impresa que caracteriza el nivel inferior de Arene Candide o Neolítico antiguo, se encuentra en toda la cuenca mediterránea occidental, correspondiendo siempre al nivel neolítico más profundo de las diversas estratigrafías conocidas.



[i] “Cuevas, poblados y santuarios neolíticos: una perspectiva mediterránea”.
[ii] Antes del Neolítico cronológicamente hablando, cuando individuos carroñeros pasaron a ser agricultores en formas muy primitivas.
[iii] Sureste de Italia.
[iv] Nordeste de Italia.
[v] Al este de Italia.
[vi] Al norte del golfo de Corinto.


martes, 14 de mayo de 2019

"Diez galeras tomó, treinta bajeles"

Combate naval. Juan de la Corte (Museo del Prado)

La monarquía española era, en el siglo XVII, el flanco oeste de la batalla contra el Islam, y ya desde la época de los Reyes Católicos la amenaza turca afectó a los intereses económicos hispanos estorbando el comercio y las comunicaciones marítimas, lo que llevó en consecuencia a varios enfrentamientos con la flota española[i]. Tras la derrota de los nazaríes de Granada, la monarquía hispana se enfrentará ahora a los otomanos. El avance de los turcos por el sudeste de Europa llevó a la derrota y muerte del rey de Hungría, Luis II (Mohacs, 1526), lo que les permitió la conquista del reino. Tres años más tarde las tropas de Solimán fueron vencidas por los imperiales de Carlos V, lo que puso fin al primer asedio de Viena. En el Mediterráneo, el emperador decidió organizar dos operaciones navales: el ataque a Túnez (1535) exitoso, y la conocida como Jornada de Argel (1542), que terminó en fracaso.

Bunes Ibarra considera que tanto Carlos como Felipe II establecieron una política defensiva en el Mediterráneo conducente a liberar el norte de África del expansionismo otomano. Cuando se disolvió la Liga que había unido a Pío V, Venecia y España, en 1573, Venecia firmó un tratado con los otomanos renunciando a Chipre y Dalmacia, devolvió a los turcos las plazas conquistadas en Albania y aceptó pagar una indemnización.

Durante el reinado de Felipe III los enfrentamientos con los turcos cesan en buena medida, hasta el punto de que la solicitud de Clemente VIII de rehacer una liga como la anterior, añadiendo ahora a Rusia y Polonia, no se formó. El rey español no apoyó a los cristianos de Hungría durante la guerra austro-turca de 1593-1608, y en 1602 Persia decidió combatir a los otomanos, lo que aprovechó el marqués de Santa Cruz[ii] para echar a estos de las islas Patmos[iii] y Zante[iv], y de la ciudad albanesa de Durrazo[v] (1605). En 1610 la marina española conquistó Larache y en 1614 ocupó el bastión de piratas de La Mamora[vi]. Los escasos enfrentamientos con los otomanos terminaron con victoria cristiana.

Ya con el gobierno del duque de Osuna[vii], en Sicilia y más tarde en Nápoles, se llevaron a cabo empresas antiotomanas, entre las que destacan la toma del puerto de Túnez, La Goleta y Biserta[viii] (1612), así como la victoria del Cabo Corvo[ix] (1613). El éxito de Osuna en el cabo Celidonia[x] (1616) quedó recogido por su secretario, Francisco de Quevedo:

Diez galeras tomó, treinta bajeles,
ochenta bergantines, dos mahonas;
aprisionole al turco dos coronas
y a los corsarios suyos más crueles.

E. Beladiez atribuye a las maquinaciones y financiación veneciana el brote de las revueltas en las Provincias Unidas, las campañas de Francia, los motines en los Grisones y las aventuras del duque de Saboya (Carlos Manuel I), el cual se alió con España o Francia según sus particulares intereses. Para Quevedo, el conflicto entre Venecia y los refugiados cristianos de los Balcanes que gozaban de la protección del emperador alemán (uscoques), sirvió a la República de pretexto para declarar la guerra al Imperio en Friuli y arrebatarle los territorios que este tenía en el Adriático. Quevedo quizá había participado en la llamada conjuración de Venecia (aunque este tema no está claro) que llevó a una revuelta contra los extranjeros. Dicha conjuración pretendía provocar la intervención de la flota española contra la República, y esto sería un precedente de la posición del escritor contra Venecia, recomendando al rey que esa era la verdadera enemiga de España, para lo cual propuso incluso una alianza con los otomanos.

Para Quevedo era peor tener como aliados a los que habían abandonado a la Iglesia (protestantes) que a los que nunca habían pertenecido a ella, en lo que hay precedentes (Tomás de Aquino y el papa Inocencio III). Tras la derrota de Pavía, Francisco I pactó con los turcos y en 1536 firmó con el sultán un tratado comercial. También Catalina de Medici pactó amistad con los turcos, y Enrique IV no renunció a la amistad con ellos manteniendo un embajador en Constantinopla. Vemos, pues, bastantes ejemplos de “realpolitik” antes de que este término tuviese vigencia. En los argumentos de Quevedo a favor de un pacto con los turcos contra Venecia dijo que de aquellos compraba España perlas, oro, plata, ámbar, diamantes, medicinas y drogas… El escritor –según Riandière la Roche- pudo estar enterado de las negociaciones que en 1628 hubo entre turcos y españoles.

Era época en la que las relaciones diplomáticas se cruzaban en todas direcciones y Quevedo creía que había que incentivar el interés de los turcos por la Europa central, pero tras la tregua de los doce años al final del reinado de Felipe III, una alianza franco-holandesa contra España dejó exhausta a la Hacienda española, y esto coincide con una nueva guerra contra Francia por la sucesión del ducado de Mantua y Monferrato: a la muerte de Vicente II (1627) pretendió el trono el duque de Nevers, vasallo de la Corona francesa, y César II, príncipe de Guastalla, contó con el apoyo de España, que decidió intervenir, terminando la guerra en 1631 favorable al primero. Quevedo acusó a Venecia como causante de las intrigas con su “veneno confitado”. España, agotada por los incesantes conflictos, necesita la paz, por lo que Olivares entabla por iniciativa del duque de Buckingham[xi] las negociaciones con Inglaterra y Holanda, habiendo sido derrotada la primera en Cádiz.

Cuando Quevedo no habla como consejero político, sino como literato, reconoce que la amistad con la República de Venecia resulta fundamental para la monarquía española. M. Herrero Sánchez clasifica, por su parte, las estrechas relaciones entre España y Venecia como una especie de simbiosis: “la Monarquía Hispánica fue la encargada de proveer al conjunto de la pertinente protección militar y de amplias posibilidades de promoción para sus elites gracias al acceso privilegiado a sus ricos mercados y a una imponente capacidad de patronazgo regio. Por su parte, la república proporcionó al sistema el crédito y los capitales necesarios para sostener el agotador esfuerzo militar y suministró una serie de recursos navales fundamentales para establecer una adecuada comunicación entre los dispersos territorios de la Monarquía”. 

En cuanto a Génova, tomada por las tropas de Carlos I en 1522, mantuvo una alianza comercial con España, siendo el puerto natural del ducado de Milán, que sirvió de nexo entre los dominios italianos e ibéricos de la Corona.


[i] En Otranto y Rodas en 1480, en el archipiélago de la Cefalonia en 1500 y en el norte de África, la campaña del cardenal Cisneros en Orán en 1504. El presente resumen se basa en el trabajo de Marta Pilat Zuzankiewicz, “Francisco de Quevedo ante la alianza hispano-turca”.
[ii] Álvaro de Bazán Benavides (1571-1646).
[iii] Al sureste del Egeo.
[iv] Al oeste del Peloponeso.
[v] En la costa oeste.
[vi] La actual Mehdía, al noroeste de Marruecos. Estuvo en posesión española entre 1614 y 1681.
[vii] Pedro Téllez-Girón (1574-1624). Virrey en Sicilia y Nápoles.
[viii] Ambas al norte de Túnez.
[ix] Cerca de la isla de Samos, al oeste de Anatolia.
[x] En Chipre.
[xi] George Villiers, 1592-1628.

lunes, 13 de mayo de 2019

Hierro en El Castillón (Zamora)


 Recreación ilustrada del área metalúrgica
(Diseño: Fran Tapias).
En la época prehistórica que conocemos como Neolítico, cuando los seres humanos comenzaron la práctica de la agricultura en cada zona, confeccionaron objetos cerámicos, se fueron haciendo sedentarios, domesticaron animales, fueron dividiéndose el trabajo, etc., dio comienzo la actividad artística (que en otras áreas se remonta al Paleolítico Superior) en el abrigo de El Castillón (Zamora), junto al río Esla. Los seres humanos que habitaron esta localidad hicieron unas figuras esquemáticas que quizá pudieron seguir produciendo en la época posterior, la que conocemos como Calcolítico, descubriendo la metalurgia del cobre.

En la época que conocemos como Edad del Hierro, durante el primer milenio antes de Cristo, los habitantes de El Castillón levantaron un muro que ha sido excavado y produjeron cerámicas. En el siglo V después de Cristo se produce la máxima expansión de El Castillón, construyéndose un gran edificio que constaba de un almacén que, según demuestran los trabajos arqueológicos, se incendió. En el siglo VI se construyó un horno y se enterró a un ovicáprido, lo que también ha sido descubierto por los arqueólogos. Quizá al mismo tiempo se construyeron otros hornos y se enlosaron algunas zonas, luego se construyó una vivienda… Por lo tanto se puede decir que, durante un gran período de tiempo, el Castillón ha sido un lugar de asentamiento humano, aunque no podemos asegurar que de forma continuada. 

La arqueóloga Patricia Fuentes Melgar ha estudiado la práctica de la metalurgia del hierro en El Castillón, considerando que dicha explotación jugó un papel importante en el desarrollo de los pueblos próximos a la sierra de la Culebra, además de estaño, plomo, antimonio, bario, manganeso y turquesas; incluso arenas, gravas y pizarras de uso local.

La sierra de la Culebra se encuentra en el noroeste de la provincia de Zamora, extendiéndose por las comarcas de Tábara, Aliste, Carballeda, Sanabria y la región de Tras-os-Montes en Portugal. Consta de tres ramificaciones[i] y en sus proximidades discurre el río Esla. El trabajo del hierro ha quedado en los numerosos topónimos de esta comarca: Ferreras de Arriba, Ferreras de Abajo, Ferreruela o San Pedro de las Herrerías[ii]. También esta toponimia ha quedado reflejada en nombres de montes, valles, fuentes, arroyos, regatos o lugares: El Ferradal, Valdehierro, La Ferrera, Peña Ferrial, Cabezo Ferrero, Las Herrerías y Los Ferreros. No es de extrañar, pues que los arqueólogos hayan excavado hornos en El Castillón. Se trata de dos grandes estructuras ovaladas, próximas a la muralla, con unas dimensiones de 4 por 2,40 m. Son hoyos excavados en la tierra sobre los cuales se sitúan dos o tres hiladas de piedras regulares y perfectamente trabajadas con trabazón de argamasa. Estos hornos tendrían una cúpula de reverbero de adobe que se retiraría tras la cocción. Además podrían contar con una entrada de 40 cm. de anchura, jalonada por dos grandes bloques verticales de cuarcita.

Los dos hornos se han datado en época tardoantigua y en uno de los dos se pueden ver dos fases constructivas; la primera sobre un posible estrato de la Edad del Hierro, como así lo indica la cerámica asociada al muro de la parte final del horno. Estos hornos se utilizaron para reducir el metal y separarlo de su ganga al someterlo a elevadas temperaturas, enfriando el resultado metálico al aire. Así conocemos cómo sería todo el proceso de la metalurgia del hierro en El Castillón entre los siglos V y VI d. de C.

Algunos de los materiales metálicos encontrados en El Castillón, ya sin distinción de épocas, son un osculatorio de bronce, una fíbula de tipo Vyskok[iii], una punta de jabalina de hierro, unas pinzas de bronce, un anillo de bronce y una plaquita decorada en bronce, algunos de cuyos objetos se encuentran en el Museo de Zamora.



[i] La sierra de las Cavernas, la sierra de las Carbas y la sierra de Cantadores. El Castillón se encuentra próximo a la sierra de las Cavernas.
[ii] Este resumen se basa en el trabajo de Patricia Puentes Melgar, “La metalurgia del hierro en el poblado de El Castillón”.
[iii] Por el parecido con las de la localidad del mismo nombre, en Moravia meridional.

domingo, 12 de mayo de 2019

Antropofagia europea en América


Los cronistas, teólogos y otros escritores españoles han tratado el tema del canibalismo de algunos pueblos indígenas en América como prueba de su inhumanidad o como justificación para conquistarles y hacerles cristianos. Ricardo Piqueras[i] ha estudiado este asunto pero, aún más, le ha interesado la antropofagia practicada por europeos (particularmente españoles) en América, siendo las víctimas los indígenas de dicho continente, o bien la antropofagia practicada inconscientemente, por imperiosa necesidad, siendo indios las víctimas, o bien comiendo cadáveres humanos…

Los europeos que escribieron sobre el canibalismo practicado por caribes, aztecas, mayas, chichimecas, tupinambas o guaraníes, por citar solo algunos pueblos, no está probado en todos los casos, aunque seguramente lo hubo entre algunos de ellos como una forma cultural más. Los taínos informaron a Colón del canibalismo de los caribes y el propio navegante habló de ello. También Álvarez Chanca, “físico principal en el segundo viaje colombino”, y Mártir de Anglería (que nunca estuvo en América) contribuyeron a la controversia. Juan López de Velasco[ii] y Antonio Vázquez de Espinosa[iii] también han escrito sobre este asunto siquiera sea incidentalmente, trasmitiendo la palabra caníbal de la americana “caniba”, utilizada por los taínos que se encontró Colón. López de Velasco, por ejemplo, dejó escrito de los indígenas de Venezuela que “son de poca capacidad, desnudos y sin gobierno… andan derramados por los montes por huir de los españoles: son todos carniceros de carne humana, y muy pobres en extremo”.

El cronista Pedro Cieza de León habla de que “todos los naturales de esta región comen carne humana”, refiriéndose al Perú. El canibalismo entró a formar parte de los pecados contranatura –dice Piqueras- junto a la sodomía, el bestialismo, el incesto, los sacrificios humanos y la idolatría. El mismo Bernardino de Sahagún fue partidario de ejercer el control sobre las sociedades que eran acusadas de canibalismo para delimitar el sistema de valores propio. Francisco de Vitoria dice que “los príncipes cristianos ni aún con la autoridad del Papa, pueden apartar por la fuerza a los bárbaros de los pecados contra la ley natural, ni por causa de ellos castigarlos”, pero en otro momento dice que “aún sin necesidad de la autorización del Pontífice, pueden los españoles prohibir a los bárbaros todas estas nefandas costumbres y ritos, pues les está permitido defender a los inocentes de una muerte injusta”. De parecida manera se pronuncia Domingo de Soto, y el polémico Ginés de Sepúlveda, partiendo de que los indios eran inferiores, fue partidario de “desterrar las torpezas nefandas y el portentoso crimen de comer carne humana”. También de las Casas defendió el derecho a intervenir para evitar que los indios practicasen el canibalismo.

Claro que la antropofagia atribuida a los pueblos indígenas pudo haber sido real en unos casos e interesada o imaginaria en otros, como los aperreamientos, degollamientos y cremaciones. Otra cosa es el canibalismo practicado por los propios españoles: Alberto Cardín señala que se dio la paradoja de “una nación que persigue el canibalismo y que lo emplea como casus belli contra los indígenas que quiere conquistar”. En realidad no se trata de “una nación”, sino de personas que no representaban al conjunto. El autor citado señala que los españoles tienen una larga tradición en la práctica del canibalismo de penuria, si no en otras situaciones con “pasmosa asiduidad”.

Esto ya fue expuesto y criticado en el siglo XVI: Montaigne así lo hizo, y también Fernández de Oviedo, que dice recuerda cosas con espanto y mucha tristeza por los “casos crudos y tan despiadados” de los que recurrieron al canibalismo en “la extrema necesidad”; esto lo escribe Oviedo durante la expedición del alemán Ambrosio Alfinger[iv] por Venezuela. Pero no es necesario llegar a la extrema necesidad para que tengamos muchas referencias de canibalismo hispano en América en el siglo XVI, y ello desde el sur de los actuales Estados Unidos hasta el sur de Argentina.

Alberto Cardín ha hablado de la enorme variedad del canibalismo humano, aunque en el caso de América sea difícil, a veces, de separar los casos reales de los imaginarios. De todas formas, las fuentes hablan de asiduidad de casos y en múltiples situaciones: la primera referencia es la del hijo de Colón, Hernando, cuando de vuelta del segundo viaje dice que era tal el hambre que padecía la tripulación que se pensó en comerse a los caribes que traían para ser enseñados en España, lo que impidió el propio Colón, aunque cabe dudar de que el hijo haya querido dejar este testimonio para engrandecimiento moral de su padre.

Jorge Robledo[v], por su parte, señala que “tanto pudo el hambre que ya deseábamos topar indios, que aunque fuera a bocados, peleáramos por ellos”. De la expedición de Juan de Vadillo por el valle del Cauca (Colombia), Cieza de León informa que “había un año que los españoles no comían carne sino de caballos que se morían, o de algunos perros”, de forma que viendo que una gente huida tenía una gran olla de carne cocida, creyendo que la carne era de curíes (quizá un tipo de conejo), se dieron al hartazgo, pero luego “un cristiano sacó de la olla una mano con sus dedos y uñas [y]… vieron luego pedazos de pies, dos o tres cuartos de hombres que en ella estaban”, por lo que “les pesó de haber comido de aquella vianda”.

Cieza describe también como un hombre negro se abalanzó sobre unas morcillas colgadas de un aposento indígena, “y a punto está de comérselas” cuando se dio cuenta de que su contenido no era el esperado. A veces se emplea el asesinato para procurarse alimento humano, y con mayor frecuencia de lo que pueda pensarse. En el viaje de Juan de la Cosa a Urabá (1504), algunos de sus hombres, viéndose hambrientos, mataron a un indio, que asaron y se lo comieron, pero como de la Cosa se enteró, les derramó la olla –según Fernández de Oviedo- “que estaba en el fuego a cocer aquella carne humana”.

La gobernación de alemanes en Venezuela (1528-1546), dio lugar a varias expediciones cuyo pormenor Felipe de Hutten anotó en su diario, por ejemplo la de Jorge de Espira (1535-1538), con prácticas caníbales llevadas a cabo por españoles. El gobernador alemán consideró que, ante el hambre, “era bien atar a aquellos indios e llevarlos para comer en el camino, porque los que viniesen [luego] no los matasen y comiesen ellos”. Fray Pedro de Aguado, Juan de Castellanos, Oviedo y Baños o Francisco Martín fueron cronistas que han recogido diferentes versiones sobre los hechos acaecidos en dicha expedición.



[i] “Antropófagos con espada: los límites de la conquista”. El presente resumen está basado en este trabajo.
[ii] Cosmógrafo y cronista en la segunda mitad del siglo XVI.
[iii] Teólogo que ha dejado varios escritos sobre las Indias en el siglo XVII.
[iv] Vivió entre 1500 y 1553 y estuvo al servicio del emperador Carlos, llegando a ser gobernador de Venezuela.
[v] Participó en la conquista de los Andes del norte como enviado de Lorenzo de Aldana, fundando localidades como Santa Ana de los Caballeros, Cartago o Santa Fe de Antioquia, yendo acompañado por Pedro Cieza de León.