lunes, 22 de julio de 2019

Gobernantes sin escrúpulos

Lugar donde se produjo el atentado contra el presidente Carrero

Un régimen criminal no puede sostenerse si no cuenta con la colaboración del ejército (o los jefes del mismo), empresarios, banqueros, profesionales y un cierto consentimiento de parte de la población, por miedo o complacencia. El régimen del general Franco en España, con no ser de los más terribles que ha habido, lo cierto es que careció de toda legitimidad democrática y se caracterizó por el crimen, tanto en su origen como en su desarrollo. Contó, efectivamente, con la colaboración de personajes como los que van a salir a lo largo del presente resumen.

Durante la década de 1960, –dicen Giuliana Di Febo y Santos Juliá (1)- el conflicto central que dividió a los políticos del régimen se produjo entre un sector del Movimiento, que pretendía asegurar la continuidad del régimen ampliando la base social y la participación política por medio de una ley de asociaciones (se huyó siempre de utilizar el término “partidos”), y los tecnócratas, que se habían propuesto garantizar, con el apoyo de Carrero Blanco, una solución monárquica en vida de Franco manteniendo la estructura dictatorial y antidemocrática del sistema político. En el consejo de ministros, ese conflicto enfrentó al secretario general del Movimiento, José Solís, responsable también de la Organización Sindical, y al titular de Información y Turismo, Manuel Fraga, con los responsables del área económica, encabezados por López Rodó. La Ley Orgánica del Estado, última de las leyes fundamentales, y la designación de don Juan Carlos de Borbón como sucesor del jefe del Estado a título de rey, consagró aparentemente el triunfo del sector tecnocrático, que pudo bloquear en las Cortes cualquier intento de reforma y de apertura propugnado por los ministros del Movimiento.

Desde principios de 1969 se hizo cada vez más evidente la tensión entre estas dos líneas políticas y la creciente parálisis del gobierno ante los desafíos que planteaba una oposición cada vez más activa de la clase obrera, los estudiantes y un sector importante del clero católico, sobre todo, aunque no exclusivamente, en regiones donde habían resurgido movimientos nacionalistas como Cataluña y el País Vasco. El año comenzó bajo un estado de excepción decretado tras las movilizaciones de protesta por la muerte a manos de la policía del joven Enrique Ruano, y emprendió su último tramo en medio del peor escándalo del régimen, el asunto MATESA, un fraude a la Hacienda por exportación ficticia, fuertemente subvencionada, de telares en que se vieron implicados empresarios y ministros del Opus Dei. Intentando modificar a su favor la relación de fuerza con los tecnócratas, Manuel Fraga y José Solís dieron a este escándalo una publicidad sin precedentes en los anales del régimen.

Lo que nunca esperaron los promotores de mantener vivo el escándalo fue la solución que se dio a la crisis. En octubre de 1969, el vicepresidente del gobierno, Carrero Blanco, presentó al jefe del Estado un amplio memorándum titulado “Consideraciones sobre la conveniencia de proceder a un reajuste ministerial”. Para Carrero, cuatro eran los principales asuntos que aconsejaban un profundo cambio de gobierno. El primero, los intentos del ministro secretario general del Movimiento de aprobar una nueva Ley Sindical y un Estatuto de Asociaciones de acción política que incrementaba para la organización del Movimiento sus atribuciones en esos ámbitos. Carrero temía enfrentarse a una especie de reedición de lo ocurrido en los años cincuenta con Arrese[i] y proponía una solución drástica: despedir al ministro Solís y separar la Organización Sindical de la Secretaría General del Movimiento, de manera que esta no pudiera controlar a aquella.  

En cuanto al asunto MATESA, reconociendo que el fraude había salpicado a los ministros de Economía y Hacienda –pero no al de Industria, López Bravo-, Carrero proponía la salida de ambos del gobierno, pero a la vez planteaba la necesidad de destituir al ministro de Información, responsable de la actitud permisiva ante la publicidad del asunto. Fraga había percibido en MATESA la gran oportunidad para debilitar a la “elite” de poder configurada durante los años anteriores en torno a la Comisaría del Plan de Desarrollo y de su titular, López Rodó, pero en su intento se había ganado la enemistad del vicepresidente del gobierno. Por otra parte, Carrero, hombre de religiosidad integrista, veía con malos ojos los avances de la libertad de prensa, la relajación de la censura, la publicación de libros marxistas, la aparición de películas y revistas que juzgaba como pornográficas y, en general, el abandono de las costumbres y de la moral tradicional.

En fin, Carrero había mantenido una fuerte discrepancia con el ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Castiella, procedente del sector católico o “propagandista” del régimen, cercano a Solís y Fraga en su común objetivo de debilitar a los tecnócratas del Opus Dei. Carrero consideraba a Castiella culpable de haber enajenado la amistad con Estados Unidos planteando exigencias exorbitantes para la renovación de los acuerdos de 1953[ii]; haber hostilizado al Reino Unido con su posición obcecada en la reivindicación de soberanía sobre Gibraltar y las medidas de fuerza emprendidas contra la colonia británica; haber deteriorado las relaciones con la Iglesia tras la celebración del Concilio Vaticano II; no haber adelantado nada en la incorporación de España a la Comunidad Económica Europea[iii] y, en fin, haber agudizado el aislamiento exterior de España cuando más necesitada estaba de apoyos en el contencioso que la enfrentaba a Marruecos por los territorios del Sahara occidental.

El cambio propuesto por Carrero significaba cuantitativamente una de las mayores remodelaciones llevadas a cabo desde 1938. Pero a esa relevancia cuantitativa se añadió una cualitativa. Carrero no era partidario de seguir la pauta de reparto equilibrado de poder entre las distintas facciones del régimen. Por vez primera, argumentando la necesidad de un gobierno fuerte y disciplinado, sin divisiones internas, optó por ofrecer los ministerios que quedaban vacantes a personajes vinculados a uno solo de los viveros que proporcionaban personal político al régimen. Con pocas excepciones, entre ellas las del nuevo ministro secretario general del Movimiento, Torcuato Fernández Miranda, fue un gobierno con una mayoría de ministros del entorno de López Rodó, propuestos por él o por colaboradores suyos en la Comisaría del Plan de Desarrollo. De ahí que se considerara como una prueba del triunfo sin paliativos de los tecnócratas del Opus Dei sobre el resto de “familias” políticas del régimen.

Resuelta la crisis de gobierno, nadie había previsto que su solución marcaría el inicio de una crisis de régimen. La dictadura había nacido de la victoria en la guerra civil de 1936. Fuerzas Armadas, Movimiento e Iglesia habían sido los suministradores tradicionales de personal político. Alejarse de aquel origen para refundar a finales de los años sesenta una “legitimidad” basada en la eficacia, las obras, la administración, esto es, en un Estado gobernado por una alta burocracia sostenida por el poder personal de Franco, constituía una contradicción. La dictadura, para subsistir, necesitaba el concurso de todos los fundadores: sin Iglesia y contra el Movimiento, aunque se mantuviera el ojo vigilante del Ejército, el gobierno se enfrentó a problemas insolubles, sobre todo al de la lucha abierta entre las mismas facciones del régimen.

Franco había nombrado presidente de las Cortes a un falangista, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, que utilizó su puesto para convertir la institución de representación orgánica en una especie de trinchera desde la que los políticos del Movimiento hostilizaron sin tregua al gobierno. Las Cortes mantuvieron vivo el asunto MATESA hasta obligar al jefe del Estado a decretar una amnistía general que impidió el juicio de los responsables políticos del asunto al precio de poner en la calle a tres mil presos por delitos comunes.

A esta sorda lucha entre las facciones del régimen se añadió el mayor activismo de las diversas oposiciones antisistema: obrera, universitaria y nacionalista. En Burgos, la celebración de un consejo de guerra contra miembros de ETA colocó al gobierno al borde de la crisis. La represión se recrudeció y se controló más a la prensa, colofón de lo cual fue el cierre del diario “Madrid”. Un proyecto de asociaciones elaborado por Fernández Miranda, más modesto que el que había presentado Solís, no llegó a ser debatido en el Consejo Nacional. Se dio una involución autoritaria del régimen, ya de por sí una cruel dictadura que tenía el saldo de crímenes sin cuento. Carrero, por su parte, intentó combatir a falangistas y otros formando un nuevo gobierno en 1973, mientras que Franco se decidió a separar la jefatura del Estado de la del gobierno, designando para esta al propio Carrero. Cuando en diciembre de ese año fuese asesinado por ETA, el régimen quedaba herido de muerte, máxime si tenemos en cuenta la avanzada edad de Franco, que moriría dos años más tarde. Herido de muerte pero no sin franquistas, que se manifestaron una y otra vez en plena democracia. El partido más importante de la derecha española fue fundado por uno de los colaboradores de la dictadura, aquel Fraga que no gozó de la simpatía de Carrero, pero unos y otros no tuvieron inconveniente –y esto es lo que les une- en colaborar con un régimen criminal.



(1) "El franquismo...", en uno de los capítulos de esta obra está basado el presente resumen.
[i] Estando por segunda vez al frente de la jefatura del Movimiento, se produjeron los disturbios de 1956 en Madrid: estuvieron involucrados estudiantes contrarios al régimen, falangistas y otros grupos franquistas. Se considera que es el reinicio de la oposición de buena parte del estudiantado al régimen.
[ii] Se instalaron en España cuatro bases militares norteamericanas a cambio de ayuda económica y militar.
[iii] Como sabemos, es imposible para una dictadura la entrada en la CEE (hoy UE).

domingo, 21 de julio de 2019

Temer a los moros

Castillo de Rebollet (Valencia)

La última empresa de Jaime I de Aragón (1276) habría sido, según Jerónimo Zurita[i], “echar del reino de Valencia a los moros”, a lo que le había exhortado el papa Clemente IV, pero tal cosa estuvo lejos de ser realidad.

Durante el siglo XIII la rivalidad castellano-aragonesa se manifestó a la hora de repartirse territorios[ii], y el área valenciana se limitó, en ocasiones, a la prestación del vasallaje de parte de los señores musulmanes locales. La ocupación del territorio valenciano se caracterizó por una serie de tratados, y así se explica la permanencia en el país de un buen número de musulmanes, dándose una política de mantenerlos en el territorio incluso después de las primeras revueltas. También se emprendió una tarea colonizadora con musulmanes llegados del exterior, iniciativa que partió de los señores de lugares con mudéjares.

La inmigración musulmana no sobrevive, en cambio, en el siglo siguiente, quizá como consecuencia del aumento de la población cristiana y los peligros que comportaba la población islámica. Se dieron entonces dos posturas que algunos autores discuten: la de quienes se mostraron favorables a la existencia de musulmanes en Valencia y la de quienes endurecieron su oposición a ellos, lo que se demuestra en las cartas-puebla a partir de mediados del siglo XIV. Puede que los cristianos viesen a los musulmanes como competidores y colaboradores con su trabajo del poder señorial[iii], y de ahí los asaltos a las morerías de Alcira, Liria, Castellnou, Onda y Oropesa en 1276, con ocasión de la revuelta de los caudillos mudéjares; también los asaltos a la morería valenciana en 1309 y 1399, coincidiendo con la cruzada contra Almería y una expedición aragonesa a Berbería, respectivamente. Otro ejemplo es el episodio de 1455, quedando la morería valenciana reducida a la postración.

El último cuarto del siglo XIII se caracteriza por la existencia de una amplia mayoría de población mudéjar sometida a explotación y a desestructuración, lo que provoca recelos y fugas subrepticias al reino de Granada. Los cristianos, por su parte, reaccionaron periódicamente contra ello, mientras que quizá existió una política nazarí en lo tocante a la suerte de los mudéjares de Valencia[iv]. Entretanto se dio el gran alzamiento mudéjar de 1276-1277, que dejaría una fuerte impronta en las comunidades cristianas, en el que tomó parte, como en 1247-1258, Al Azraq, un caudillo que vivió al sur del reino de Valencia, aunque en 1276 se encontraba exiliado en Granada. La tregua fue pactada, pero en 1278 se levantó la población de Montesa (al suroeste de Xátiva) confiando en recibir apoyos de fuera, lo que llevó al rey Pedro III a permanecer en Valencia durante 1279 para evitarlo.

En la década siguiente menguó la alarma al estar los mudéjares privados de sus líderes aristocráticos, mientras que en Granada se intensifica la presencia meriní. A principios del siglo XIV, cuando Murcia está en manos aragonesas, Bernardo de Sarriá[v] escribe a Jaime II alarmado por los éxitos granadinos en Jaén y Alcaudete[vi], y estas no serán las únicas victorias nazaríes que susciten recelos entre los cristianos: la derrota y muerte de los infantes Pedro y Juan en la batalla de la Vega[vii] (1319) causó conmoción en Andalucía y desató una ola de histeria en Valencia. De nuevo se firmaron treguas con Granada, pero en 1323 otra vez las autoridades de Valencia temen lo peor de granadinos y meriníes.

Poco a poco se fue gestando la idea de que norteafricanos y granadinos pretendían llevar a cabo una contracruzada debido a la presencia de zenetes[viii] en territorio granadino. La operación combinada iría acompañada de un alzamiento de los mudéjares de Cocentaina[ix], Oliva, Rebollet[x] y huerta de Alicante. Se extendió el rumor (que se ha atribuido al rey castellano Alfonso XI con el objeto de recibir ayuda del rey Pedro IV de Aragón contra los magrebíes) de que el sultán granadino estaba dispuesto a recuperar Valencia. El rey aragonés solicitó ayuda económica al papa Benedicto XIII (1339), la que no consiguió porque el papa creyó que el rey aragonés quería el dinero para otras empresas, como dominar Cerdeña. El texto de la petición presenta a los meriníes como herederos de la legitimidad almohade, deseosos de recobrar los territorios “de los cuales España es fundada”. Mientras tanto seguían las correrías periódicas de los granadinos por el sur del reino valenciano.

Después de firmarse la paz de Torrellas[xi] (1304), por la que Murcia vuelve al dominio castellano, el rey aragonés escribe a Fernando IV para informarle de una reciente algara nazarí en territorio valenciano, y poco más tarde los zenetes, a sueldo de Granada, atraviesan los campos de Murcia y saquean el término de Orihuela. En 1331 el visir Ridwan corre estos campos y los de Elche para acabar saqueando Guardamar (sur de la actual provincia de Alicante) donde se apodera de veinte mil cahices de trigo. Al año siguiente Elche sufre un cerco granadino gracias a la ayuda que los mudéjares del reino valenciano prestaban, a cambio de lo cual se les permitía incluirse en la tropa hacia Granada, pero otras muchas incursiones modestas incluso resultaban ignoradas por los musulmanes valencianos, todo ello gracias a la facilidad con la que se podía atravesar el territorio murciano (Orihuela-Sangonera-Rio de Sangonera-Totana-cercanías de Lorca-frontera granadina). A fines del siglo XIV concluyó una larga etapa de paz relativa en la frontera terrestre con la muerte de Muhammad V, que había reinado en dos períodos: 1354-1359 y 1362-1391).

La judería valenciana fue asaltada en 1391, lo que se inscribe en los asaltos que ese año se dieron en otras ciudades y villas de la Península. Las autoridades, por su parte, aprovecharon la próxima partida hacia Almería de una embarcación cargada de paños para pedir a los tripulantes que actuasen como espías. Debe tenerse en cuenta que del nuevo sultán, Yusuf II, la burguesía valenciana no se fíaba, además de que el asalto a la judería había provocado una gran intranquilidad entre los mudéjares, justificada porque pocos días más tarde hubo una intentona sobre la aljama de la capital.

El furor antisemita es la principal causa de la movilización en masa de los cristianos valencianos, sobre todo cuando llegan noticias de Elche y Orihuela, víctimas de unas y otras incursiones granadinas; por eso el rey Juan I de Castilla pide al concejo de Lorca que se le dé aviso de cualquier circunstancia en dicho sentido. Martín I de Aragón, por su parte, también toma medidas fortaleciendo las plazas meridionales, sobre todo cuando recibe noticia de la matanza llevada a cabo por los granadinos sobre las huestes del maestre de Alcántara, Martín Yáñez de la Barbuda, que había participado en una incursión sobre Granada en 1394.

Durante el siglo XV continuarán los enfrentamientos: Alonso Yáñez Fajardo inició la guerra con Granada y en 1452 los castellanos vencieron a los granadinos en Los Alporchones, cerca de Lorca…


[i] Vivió en el siglo XVI y fue Cronista Mayor del reino de Aragón.
[ii] “Los mudéjares valencianos y el reino nazarí de Granada…”. En este trabajo se basa el presente resumen.
[iii] Otro tanto ocurre en el reino de Granada cuando es conquistado en 1492. Para el cristiano común su consideración como tal era el único argumento que podía separarle del mudéjar y justificar una pretendida superioridad.
[iv] García Cárcel, para un período posterior, ha señalado la interacción de los cristianos nuevos de Granada y Valencia durante los años previos a la revuelta morisca granadina de 1569. Dicho autor habla de “un inteligente montaje del mito Granada, asociado a unas connotaciones de terror febril al maligno contacto, de horror a la cultura morisca”. En la configuración de este mito jugó un papel el rey Carlos para evitar que moriscos granadinos se trasladasen al reino de Valencia, al tiempo que hubo disposiciones que vedaban el abandono de residencia de los moriscos valencianos. Pero tales medidas no fueron nuevas.
[v] Noble y almirante de la Corona de Aragón.
[vi] Al suroeste de la actual provincia de Jaén.
[vii] En Pinos Puente, al oeste de la actual provincia de Granada. El infante Pedro era hijo de Alfonso X, y Juan, de Sancho IV.
[viii] Grupo de pueblos bereberes que llegaron a formar una importante confederación, siendo otras las de los masmuda y de los sanhaya.
[ix] Al norte de la actual provincia de Alicante.
[x] En el extremo sureste de la actual provincia de Valencia.
[xi] Oeste de la actual provincia de Zaragoza.

sábado, 20 de julio de 2019

"Había logrado quitarme mi onor con título de casamiento"

"Mujeres en la ventana" (Bartolomé E. Murillo, 1675)

Basándose en la documentación existente sobre el Tribunal del Bureo, la profesora María Dolores Madrid Cruz[i] ha estudiado veinticinco expedientes que abarcan desde el año 1661 hasta 1835. Dicho Tribunal tenía una jurisdicción privilegiada y se ocupaba de los procesos del personal que trabajaba en el palacio real, comprendiendo soldados, palafraneros, proveedores de las mercancías al palacio y los delitos que se cometieran en él aunque los acusados no fueran servidores del mismo, en el que se incluían la plaza o el lugar donde el rey se encontrase.

Una evidencia que la autora señala es la relación existente entre ley y moral, ley y contexto social, y el peso que ejercía en las conciencias la idea de virtud y honradez. En un primer momento se estudian los cambios habidos entre los siglos XVII y XVIII y luego en lo previsto para los delitos de estupro y violación en el Código de 1822, aunque de acuerdo con esta legislación solo hubo una persona procesada, en 1823.

El discurso que mantienen los sujetos protagonistas de los procesos, víctimas, culpables, familiares, testigos, médicos y jueces –dice la autora- son parte importante en la investigación, considerándose en la época dichos delitos no en cuanto falta o crimen, sino en cuanto a la lujuria y el pecado. Las sentencias en estos procesos son dispares, por lo que teoría y práctica legal discurrían por caminos diferentes, al parecer. Los jueces, a la hora de valorar el hecho no lo hacían basándose en el acto delictivo en sí mismo, sino en el comportamiento femenino. Se transforman en verdaderos valores a defender la castidad y honestidad de la víctima, así como la intervención de la promesa matrimonial como mera excusa para el logro de la relación carnal.

El matrimonio era un anhelo para la mujer de entonces, por lo que los varones podrían incurrir en la promesa de matrimonio con la intención de engañar y conseguir sus objetivos. Luego se estudia que en buena parte de los casos hubo violencia, pero todos menos dos fueron sustanciados como estupro, por lo que la autora se pregunta si la mujer transformaba, por conveniencia social, la agresión física en seducción.

Había logrado quitarme mi onor con título de casamiento; esta es la expresión más reiterada que pronunciaban las mujeres en los casos de estupro. El honor, la honra, en primer lugar, y son los testimonios de los vecinos los que destacan las virtudes y tachas de la mujer. El engaño es inherente al estupro; honor y engaño pues, son elementos que destacan en aquellos procesos, pero solo de las mujeres honestas cabe hablar de estupro, pues la más mínima muestra de ligereza se entendería como consentimiento de la mujer, no habría sido engañada.

Algunos autores de la época hablan del diferente estado civil de la víctima en uno y otro caso, pues si la mujer era casada y es seducida, más que el engaño del varón, lo que contaba era el consentimiento de la mujer. Otros señalan en el delito de estupro la virginidad de la víctima, pero siempre tenía que preceder al acto carnal la seducción y desembocar en el desahogo de la lujuria.

La mujer era la depositaria del honor familiar, por lo que debía evitar la ociosidad que la llevaría, sobre todo si era de mediana o alta fortuna, a emplearse “en el tocador horas enteras; indagando quantos generos de puro laxo excitan sus afanes; y distrayendo con el mal ejemplo á las hijas y criadas de la vigilancia, y cuidado, que debían tener sobre los objetos de sus obligaciones”. A la mujer se le prohibían los cargos y empleos públicos, aunque no que se graduasen, “y sí por evitar comprometer su honor, y decoro de la libre comunicación con tantos hombres, no obstante ser más astutas y sagaces, que estos…”.

La fama del marido se podía ver afectada negativamente por las conductas de la mujer, hijas o hermanas, por lo que al padre o esposo correspondía guardar la honra de la hija o esposa. Hasta tal punto esto era así que el hombre tenía reconocido un conjunto de medidas vengadoras, para algunas de las cuales estaba exento de sanción penal. Sirvan las palabras en “Guzmán de Alfarache” de ejemplo:  la honra es hija de la virtud, y tanto que uno fuere virtuoso será honrado… Solo podrá la mujer propia quitármela, conforme a la opinión de España, quitándosela a sí misma… Honor y honra son lo mismo pero estas expresiones, en los procesos estudiados, solo se predican del género femenino, pues la honra, en el caso de las mujeres, deriva de su sexo.

Los delitos de estupro y violación no son solo transgresiones sobre las personas, sino sobre el honor, estimando la “flaqueza mugeril” la causa de que una mujer pase de ser honesta a deshonesta. La honra masculina dependía de la debilidad de la mujer, que arranca del matrimonio por rapto, pasando por la potestad del marido en el sentido de pertenencia.

Los cambios jurídicos introducidos en las Cortes de Cádiz no supusieron nada positivo para la mujer, pero se tendió a abarcar a un número mayor de mujeres objeto del delito de estupro. La mujer era despojada de una cualidad en extremo importante para la vida futura, de ahí que los expedientes tiendan a exponer con detalle la base de su defensa: “se la ha educado con toda christiandad procurando el que siempre aya vivido y viva con honestidad y recato que corresponde a su estado…”. Mientras tanto, los procuradores intentaban presentar a las mujeres como frívolas e inmorales, utilizando adjetivos como “mujer publica”, “mundana” o expresiones como “no guardaba su estado” o “vida licenciosa y desembuelta” con el fin de desacreditarlas.

Cuando el deshonor ocurría se intentaba buscar acomodos, componendas entre la familia de la víctima y el estuprador como modo de reparar la honra, evitar la justicia y sobre todo impedir que el desdoro se hiciera público. El concierto se intentaba incluso en los primeros años del siglo XIX a instancias del padre de la víctima. La autora solo ha encontrado constancia de estos tratos en dos expedientes, uno fechado en 1788, donde el cuñado de la víctima es quien intenta el acuerdo, y otro de 1800, cuya reclamación encabeza el padre, siendo así que en ambos casos las víctimas se encontraban embarazadas. En algunas demandas el motivo era el desacuerdo en la cantidad monetaria que debía servir como dote, o porque las circunstancias del estuprador, casado, impedían el matrimonio, promesa del cual era el engaño más corriente y típico.

En cuanto a las penas que se imponían a los estupradores, la autora constata las siguientes: cuatro años de destierro más costas (1661), aunque en este caso el acusado fue absuelto en apelación; absolución (en varios casos), allanamiento[ii] (1765), apercibimiento (1765), sin sentencia (en varios casos); casarse o destierro de cuatro años para ella y un año de trabajos en el Camino Imperial para él (1789); casarse o el pago de cien ducados más las costas (1801); cien ducados más costas (1807); casarse o dos mil ducados y seis reales diarios para la prole, más su reconocimiento y costas (1817); cuatro años de prisión en el castillo de Peñíscola y dos mil ducados en concepto de dote (1819); trescientos ducados en razón de dote más seis reales diarios como gastos de manutención más las costas (1835).

En cuanto a las violaciones, las edades de las víctimas en algunos casos estudiados (diez y quince años), la denuncia partió de los padres de estas, alertados por las señales externas y físicas que delataban la agresión que habían sufrido, pero el forzamiento apenas se menciona, desplazado por el ahínco en defender la moralidad de la víctima. En 1661, en un caso de violación sin testigos, las cinco declaraciones que se hacen sobre la víctima solo sirven para manifestar y asegurar las cualidades de la niña, no se alude a determinadas circunstancias como el miedo…



[i] “El arte de la seducción engañosa…”. En esta obra está basado el presente resumen.
[ii] Vencimiento del asunto.

viernes, 19 de julio de 2019

Lo francés y franceses en España

(1)

En el siglo XVII, según han estudiado diversos historiadores, hubo un importante flujo migratorio de franceses hacia España para trabajar como jornaleros, en la artesanía y en el servicio doméstico, pero también en otras actividades[i] como carbonero, venta ambulante de vinagre y aceite (jarreros), hospederos, aguadores, chocolateros… oficios que solían ser despreciados por los españoles.

La competencia que los naturales sufrieron, les llevó a crearse una mala imagen de estos franceses que perdurará hasta el siglo XVIII, cuando se den las pujantes compañías comerciales francesas. Durante los reinados de Carlos III y Carlos IV los burgueses franceses dinamizaron el comercio y las finanzas de buena parte de las ciudades, llegando a controlar determinados sectores mercantiles. Algunas de las ciudades donde les vemos son Cádiz, Sevilla, A Coruña, Vigo, Santander, Valencia y Madrid, pero también en otros puertos de mar, y estarán representados en la corte por un agente real francés, que velaba por el cumplimiento de los tratados comerciales entre España y Francia.

En 1761 había censados en Madrid 51 mercaderes franceses, el 57% del total, siendo la mayoría “mercaderes de grueso” (mayoristas) y solo unos pocos como “comerciantes de giro”, personas dedicadas a operaciones bancarias. En Cádiz la colonia francesa tuvo un promedio de 50 a 70 compañías a lo largo del siglo XVIII, siendo la mayoría de carácter familiar, y en 1771 existían en la ciudad 154 casas comerciales francesas: grandes y banqueros, 72; detallistas, 32 y otros pequeños mercaderes, 50. En 1792 el consulado francés en Cádiz contabilizó un total de 8.885 extranjeros residentes en la ciudad, de los que 2.500 eran franceses.

La liberalización del comercio americano y la importancia de Cádiz y Sevilla, explican el aumento de los comerciantes en estas ciudades. En Málaga existía en 1765 una colonia francesa dedicada casi en exclusiva a las ropas, y en Jaén la burguesía comercial francesa superaba a la española a finales del siglo XVIII.

La Revolución Francesa supuso un punto de inflexión en esta corriente migratoria, pues a los anteriores hubo que sumar los emigrados por razones político-religiosas, siendo los enclaves portuarios los principales lugares de destino o estancia. Por ejemplo Lérida, en 1791, fue zona de paso de miles de franceses que se desplazaban para trabajar en las almazaras del sur de Cataluña, Aragón y Valencia, y en otras partes de España los franceses se dedicaron al oficio de hornero. Estos emigrados fueron firmes defensores de la monarquía absoluta y constituyeron grupos de presión liderados por el duque e Havré[ii] y el conde de Vauguyon[iii]. En 1793, con motivo de la guerra de la Convención, entraron muchos franceses en España como refugiados, clasificándose en función de su estancia (naturalizados, transeúntes y avecindados). Una Real Cédula de 1791 tuvo como objetivo controlar la colonia francesa y expulsar a los transeúntes, mandando hacer un censo de extranjeros, con lo que perdieron los privilegios para ejercer el comercio que habían tenido hasta entonces. Esto provocó una progresiva desbandada de franceses, sobre todo de Madrid y Cádiz.

La adquisición de la nacionalidad española fue un proceso complicado en el que debía acreditarse buena conducta, prácticas religiosas intachables (por lo que no pocos se afiliaron a cofradías), suficiente integración social y disponer de rentas saneadas. La salida de franceses de España provocó que no pocos deudores españoles escapasen a cumplir con la obligación de satisfacer sus deudas, además de que se depreció la deuda francesa, perjudicando al Banco de San Carlos, que había invertido fuertes sumas en ella.

Lo cierto es que, según Lara López, durante el siglo XVIII se introdujeron en España los moldes culturales galos, naciendo un afrancesamiento distinto al de carácter político durante el reinado de José I. Los emigrados y exiliados franceses (sobre todo los clérigos) inculcaron en las capas populares un sentimiento contrarrevolucionario que rebrotará en 1808, de forma que las diversas colonias de franceses en España sufrirán la ira de los españoles, viéndose choques sociales a partir de 1789.

Al mismo tiempo se dio durante el siglo XVIII un afrancesamiento cultural (también en otros países de Europa) en la literatura, el arte, el teatro, la vestimenta, etc. Feijoo, por su parte, fue un defensor del pensamiento ilustrado francés y el “prurito civilizador” miraba a Francia, de forma que algunas ciudades españolas construyeron paseos señoriales, plazas y edificios con criterios de racionalidad, al tiempo que se intentó, sin éxito por el momento, llevar los cementerios extramuros (en Francia desde 1774).

Desde mediados del siglo XVIII recorrieron España los “linternistas” con una panoplia de artefactos ópticos que permitían visionar placas pintadas con ciudades europeas, entre las que destacaba París. Se montaban espectáculos en las calles, además de en salones de la aristocracia y de la burguesía, lo que constituyó el primer uso de las imágenes como medio de transmisión cultural, si no tenemos en cuenta los romances de ciego, que son muy anteriores. Las imágenes fueron, pues, una forma vicaria (a través de historias ajenas).

El interés por los filósofos franceses fue común entre las “elites” provinciales mucho antes de la explosión revolucionaria, sorteando muchos de sus escritos el control inquisitorial. Los cafés se convirtieron en lugar de debate e información, distintos de las tabernas del pueblo bajo, cumpliendo una función no institucional distinta de las de las universidades y las Sociedades de Amigos del País. Pero esta impregnación ideológica y cultural de lo francés no será el germen del afrancesamiento político de 1808, surgiendo el contrapunto en el “majismo”, o adopción por un sector de la aristocracia en el reinado de Carlos IV de unos usos sociales (lingüísticos, vestimenta, exaltación de festejos populares) tenidos como la quintaesencia de los valores tradicionales hispánicos, llegándose a la figura del "petimetre".



[i] “Lo emigrados franceses…”, Emilio Luis Lara López.
[ii] Escribió a la duquesa de Osuna para que protegiera al marqués de Charitte, que acababa de llegar a España huyendo de la Revolución Francesa.
[iii] Fue instructor de Luis XVI antes de ser rey y luego fue ministro del Consejo de Estado con Luis XVIII.
(1) https://vestuarioescenico.wordpress.com/2015/11/14/la-blanca-peluca-masculina-del-siglo-xviii-y-el-proceso-de-empolvarla/

jueves, 18 de julio de 2019

La retirada de los franceses

Acueducto romano de Lodosa (1)
La victoria hispano-inglesa en Vitoria en 1813 parece que fue determinante para que los ejércitos franceses empezasen la retirada hacia su país, pero esta no fue lineal, sino que estuvo formada de enfrentamientos, escaramuzas y otros episodios bélicos. Desde Vitoria la frontera francesa quedaba al descubierto en su extremo occidental y al mando francés le preocupó que quedasen cortadas las comunicaciones por ese lado.

El ejército del norte mandado por Clausel[i] no había participado en la batalla, pero avanzaba hacia la ciudad y pretendió unirse a las fuerzas imperiales en Salvatierra, donde se enteró de la presencia de los soldados de Mina en las proximidades y cambió de rumbo recogiendo a la guarnición de Logroño, tomando el camino de Pamplona, que hubo de abandonar poco después de cruzar el Ebro por Lodosa[ii]. En todo caso el oficial francés logró alcanzar Tudela y, llevando consigo la guarnición allí establecida, marchó con su ejército a Zaragoza.

La guarnición de Bilbao, las fuerzas francesas que operaban en Guipúzcoa a las órdenes de Foy[iii] y la columna de Macume[iv], que había abandonado Vitoria antes del combate, se vieron comprometidas en distintos momentos de su retirada. Hubo combate en Villafranca (al sur de Navarra) entre Foy y el escocés Graham, que recibió los refuerzos de Mendizábal[v] para atacar Tolosa, muy bien defendida. Tras varias horas de resistencia, Foy, al tener noticia de la llegada de la artillería inglesa, se retiró sobre Andoain y Hernani, punto este donde llegó a concentrar una fuerza de 16.000 hombres[vi], con los que reforzó las guarniciones de San Sebastián y Pasajes y para, una vez cruzado el Bidasoa, cubrir la frontera francesa.

Los tres ejércitos llamados de Portugal, Centro y Sur, que habían combatido en Vitoria, consiguieron, a las órdenes de Reille, que mandaba el primero, crear una retaguardia que contuvo a las avanzadas inglesas. Desde Irurzun, el rey José destacó a Reille (de larga experiencia militar) para que tomase el camino del Baztán y estableciese una línea defensiva en la frontera. En Pamplona dos ejércitos bifurcaron sus caminos: Douet d’Erlon[vii] recibió la orden de defender el valle del Baztán, en tanto que Gazán[viii], con el ejército del Sur, regresaba a Francia a través de Roncesvalles.

Wellington estuvo detenido ante Pamplona durante varios días y luego envió un ejército para echar a los franceses del Baztán y enlazar con las fuerzas que, al mando de Graham, habían seguido la calzada principal desde Villafranca al Bidasoa. Hubo combate en Maya (valle del Baztán), que fue la única resistencia ofrecida por Gazán antes de pasar a Francia, de forma que en esta región de España no quedaban otras fuerzas francesas sino las guarniciones de Pamplona y San Sebastián. Sobre esta ciudad fijó un plan Wellington, que fue confiado a Graham, y el 20 de julio comenzaron los bombardeos sobre la muralla, pero el asalto terminó con muchas bajas por parte de los atacantes, al tiempo que se enteraban de la ofensiva de Soult en la frontera.

Al tener noticia del resultado de la campaña de 1813, Napoleón decidió reorganizar las fuerzas francesas que operaron en el centro de la Península, las cuales formarían en lo sucesivo un único ejército, que llevó el nombre de ejército de España a las órdenes de duque de Dalmacia (Soult), que tendría la misión de la defensa del territorio nacional francés, abandonando la idea del establecimiento dinástico de José en España. Este ejército se aprestó a liberar las guarniciones de San Sebastián y Pamplona, confiando a Drouet la misión de ocupar el valle del Baztán y retrasar con ello la marcha de los ejércitos aliados en socorro de las que bloqueaban Pamplona. El 24 de julio las tropas de Reille volvieron a entrar en España y al día siguiente las fuerzas aliadas, tras nuevos combates, prosiguieron su repliegue hacia Pamplona.

Luego, el inglés Hill terminó por evacuar el paso de Maya, con la intención de acudir a la defensa de Pamplona, sobre la que tomaron decisiones Wellington y Soult. No siendo capaz este último de socorrer a la plaza, marchó a Guipúzcoa para atacar a Graham, movimiento que no pudo completar, mientras que Wellington marchó contra las fuerzas que había dejado en Sorauren (al norte de Pamplona). Así, la invasión concluía con una precipitada retirada a través de Yanci y Echalar[ix] para buscar refugio en Francia el 2 de agosto.

Aún quedaba San Sebastián, donde el 29 de julio se recibió la noticia del combate de Sorauren. Un accidente fortuito –la voladura de un depósito de municiones, que causó grandes bajas entre los defensores- dio a las columnas anglo-portuguesas la oportunidad de entrar en la ciudad, donde se dieron a un sistemático saqueo que llevó a la total ruina de la población, que fue incendiada y destruida en su totalidad. Esto no fue todo, pues aún el 31 de agosto tuvo lugar la batalla de San Marcial (Irún), que se considera como la que puso fin a la guerra de la independencia española. El 31 de octubre, y tras laboriosas negociaciones, el general Cassan entregaba Pamplona a Carlos de España[x], llegando así el final de las hostilidades en la región occidental.

La única fuerza francesa que se mantenía en la Península tras la capitulación de Pamplona estaba formada por los restos de los ejércitos de Levante y Cataluña, mandatos por Suchet, el cual, al estar aislado, se vio obligado a abandonar todo el territorio que conquistara en las campañas de los tres años precedentes. Pero retirarse, como hemos visto en Guipúzcoa y Pamplona, no significa ausencia de hostilidades: aún quedaron los campañas de Levante y de Cataluña, hasta el punto de que en noviembre de 1813, Suchet disponía de unos 35.000 hombres para mantenerse en Cataluña, pero tras la retirada del mariscal a Figueras, uno de los oficiales que formaban en su ejército, Juan Van Halen[xi], logró, mediante supuestas órdenes del mariscal, la rendición de las plazas de Lérida, Mequinenza y Monzón, y Napoleón autorizó a Suchet para que negociase con Copóns[xii] la entrega de las restantes plazas ocupadas por guarniciones francesas. Así terminaba la guerra en la parte oriental de la Península.

Ya en octubre los aliados habían entrado en territorio francés, llevándose las hostilidades fuera de España. Los saqueos de algunas localidades francesas imitaron a los de los ejércitos napoleónicos en España y Portugal, habiendo sido afectadas Burdeos, Toulouse, Bayona, Orthez y otras, pero españoles, ingleses y portugueses fueron frenados en el sur de Francia. En cambio, Cataluña fue liberada de tropas francesas, ordenadamente, a finales de mayo de 1814.




[i] Sería gobernador de Argelia en la década de los treinta.
[ii] Al suroeste de Navarra.
[iii] Además de militar fue escritor, habiendo participado en la guerra de 1808 en Portugal y en España.
[iv] En este momento hacía la escolta de un importante convoy que marchaba hacia Francia por la calzada de Bayona.
[v] De extracción popular, nació en Vergara en 1765 y murió en Madrid en 1838.
[vi] Miguel Artola, “La guerra de la independencia”.
[vii] Destacó durante la Revolución Francesa y tuvo una exitosa carrera militar.
[viii] Participó en la toma de Fregenal de la Sierra y Jerez de los Caballeros (1811), pero el general Ballesteros entró posteriormente en Fregenal e hizo prisioneros a los franceses de Gazán (https://fregenal.hoy.es/fregenal-guerra-independencia-20190123094741-nt.html)
[ix] Ambas localidades, en el extremo noroeste de Navarra.
[x] Militar francés al servicio de España que apoyó a Fernando VII como absolutista.
[xi] Militar español que reconoció al rey José. Luchó en el ejército francés en Baviera y Austria. Fue aceptado por el rey Fernando VII tras la guerra.
[xii] Capitán General de Cataluña desde finales de 1812. En febrero de 1814 recibió al rey Fernando VII a orillas del río Fluviá, acompañándole hasta Gerona. Partidario de que el monarca jurase la Constitución de 1812, aceptó de él, sin embargo, un título nobiliario.
(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Lodosa_-_Acueducto_romano_-_DSC_4630_W.jpg

miércoles, 17 de julio de 2019

Arqueología en Catoira

Torres del Oeste (Catoira)

Algunos municipios hacen un esfuerzo encomiable por recuperar la memoria del pasado mediante la colaboración de estudiantes, profesionales o historiadores. Uno es el caso de Catoira, en el fondo de la ría de Arousa, en la provincia de Pontevedra[i]

Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en 1989 aportaron nuevos datos para conocer el carácter de las torres del Oeste, recurriendo a los orígenes del asentamiento humano en dicho lugar y la función de dichas torres durante la Edad Media. Poblado durante época prerromana y romana, los materiales más importante son cerámicos y objetos de importación.

La historiografía ha venido a decir que las torres del Oeste son de origen romano y luego cumplieron una labor defensiva contra las incursiones normandas. ¿Son estas las Turris Augusti que cita Pomponio Mela, o quizá las Arae Sextianae de Plinio? En cuanto a las fuentes medievales las principales son el Cronicón Iriense y la Historia Compostelana, ambas tendenciosas para consolidar la leyenda jacobea la primera y la segunda para ensalzar el papel de la mitra compostelana, del obispo Gelmírez[ii] en particular.

En las excavaciones de 1989 se pudo comprobar, según explica Juan L. Naveiro, que la obra medieval de las torres había hecho desaparecer casi por completo la obra romana. Durante la Edad Media, las torres tuvieron remodelaciones hasta su definitivo abandono, pero mientras esto no fue así, se produjo abundante cerámica y armamento, restos de alimentación, monedas, etc.

Para la antigüedad de las torres, se constata la adaptación al relieve, típica del “urbanismo” prerromano; plantas redondeadas o con claro predominio de la línea curva, mampostería irregular y muros de doble paramento. Los materiales son esencialmente cerámicos de tipología castreña, similar a los de otros castros costeros: jarras “tipo Toralla”, vasijas “tipo Cíes”[iii], etc. También cerámica importada de la Campania desde época temprana, así como la sigillata itálica y ánforas neopúnicas e itálicas de finales del siglo II y I a. de C. Otros objetos encontrados son molinos planos prerromanos.

De la romanización dan cuenta los materiales encontrados, algunos relacionados con las comunicaciones y con el comercio, siendo la cerámica la clave para este período. La común romana – piezas de cocina, mesa y almacenamiento- supone el conjunto más numeroso dentro del material antiguo, junto con la representación de elementos de molinos manuales circulares. Pero también una gran cantidad de piezas de importación, no tanto cerámicas finas como ánforas, contenedores de vino y salazones del área mediterránea. En otro plano dan idea las inscripciones dedicadas a divinidades romanas, como Pietas y los Lares Viales.

El asentamiento fue un castro costero con importantes contactos comerciales por vía marítima y por vía fluvial, el Ulla, donde se han encontrado restos y en las proximidades de la isla de Cortegada, un pecio. El tráfico marítimo debió de continuar hasta el Bajo Imperio, pues se han encontrado algunas ánforas lusitanas y sigillatas africanas.

Los niveles medievales resultan claros, según ha estudiado Juan L. Naveiro, destacando el complejo fortificado que pervive en la actualidad, y la estrecha relación del mismo con el comercio y el tráfico marítimo y fluvial. Las construcciones defensivas de la segunda mitad del siglo XIII llevó a la modificación del terreno preexistente y se han encontrado numismas de Alfonso X y Fernando IV bajo los pavimentos. Del Medievo destacan los elementos importados del norte de Europa, tales como cerámica vidriada y los sellos de plomo que identificaban las manufacturas textiles inglesas.

Que hubiera un bastión defensivo anterior, del que quedan muestras evidentes (quizá del reinado de Alfonso III y con más seguridad desde el siglo XI). La fortificación del siglo XIII estuvo relacionada con la importancia del río Ulla como vía comercial, por la que circulan productos atlánticos para Compostela.  


[i] “Catoira na historia”, varios autores. En el capítulo de Juan L. Naveiro está basado el presente resumen.
[ii] A partir de 1120, arzobispo.
[iii] Ambos lugares en la ría de Vigo.