martes, 25 de abril de 2023

Los tres reinos (2)

 

                                            Castillo de Durham (es.hoteles.com/go/inglaterra)

La revuelta de 1639 intentó atajarla Carlos I con un ejército que resultó insuficiente y fue derrotado, tomando los escoceses las ciudades inglesas de Newcastle y Durham. El rey convocó entonces el Parlamento (1630) pero este le negó todo tipo de ayuda económica en represalia a once años de gobierno personal del rey[i], y al tiempo el virrey de Irlanda, Thomas Wertworth (conde de Stranfford), se dirió al rey para ofrecerle un ejército irlandés en su ayuda, lo que sonó en Inglaterra como una invasión católica.

Irlanda, como Escocia, era predominantemente agrícola y ganadera, y la autoridad del rey en la isla era reducida al área colonial de The Pale, una “zona de seguridad” de Dublín y sus alrededores, donde se encontraba la sede del poder político y militar inglés hasta 1922. Aunque el virrey debía tener en cuenta al Parlamento irlandés, este no tenía los poderes que el de Londres. Ya la reina Isabel I había fundado, en 1592, la universidad protestante de Trinity College, y la cercana catedral de San Patricio era la principal sede de la Iglesia reformada de Irlanda.

En el resto de la isla la población católica vivía del campo y hablaba gaélico; estos habitantes se hacían llamar “antiguos irlandeses” para diferenciarse de los colonos, pero en torno a 1600 los “antiguos ingleses” de Irlanda también se consideraban nativos de la isla, pues eran descendientes de la población anglonormanda que conquistó Irlanda en el siglo XII[ii], siendo también católicos; por otra parte mantenían estrechos vínculos comerciales con Inglaterra y España.

En 1541 el Parlamento de Dublín había aprobado que Irlanda pasaba de señorío a reino, y con Isabel I (1558-1603) y su sucesor Jacobo I se llevó a cabo un control más extenso sobre el territorio con planes estatales de colonización: los “nuevos ingleses” cumplieron en esto un papel “modernizador”, pero encontraron una fuerte resistencia en Ulster, la provincia gaélica por antonomasia. Desde finales del siglo XVI sus dos principales señores, O’Neill y O’Donnell, buscaron conjuntamente el apoyo de Felipe II de España, pero los aliados hispano-irlandeses fueron derrotados, y con el tratado anglo-español de 1604 el objetivo del nuevo rey de España (Felipe III) en Irlanda pasó a conseguir la libertad de conciencia para los católicos de la isla. Desde 1607 la colonización de Ulster fue una realidad, obteniendo los colonos escoceses e ingleses las mejores tierras.

Los nativos irlandeses y los “viejos ingleses” vieron deteriorada su situación jurídica, política y económica fuera de Ulster, y desde 1625 el rey Carlos I Estuardo siguió la política fiscal que ya estaba aplicando en Inglaterra: aumento de impuestos, para lo que fue de utilidad el virrey Thomas Wertworth con proyectos de plantaciones en Connacht (oeste de Irlanda), pero consiguió atraerse por igual el odio de los católicos y de los protestantes de la isla, alzándose en armas los primeros, y los segundos se alinearon en el Parlamento de Londres contra el rey, el cual entregó al virrey de Irlanda para ser decapitado en 1641, poco antes del estallido de la gran rebelión en la isla, lo que provocó la huída en masa de los colonos protestantes[iii] o su atrincheramiento en Ulster.

Con cuatro millones de habitantes (cinco desde 1630) Inglaterra no tenía un gran ejército permanente, y las guerras con los señores irlandeses y con España habían dejado al estado en la ruina. Jacobo I puso fin al conflicto con España (1604, ver más arriba), en 1616 ejecutó a Sir Walter Raleigh[iv], todo un símbolo de la época isabelina, y en 1623 dejó que su hijo Carlos viajase de incógnito a España para ver si sería posible su boda con la infanta María de Austria, hermana del rey Felipe IV. Las exigencias de este sobre la necesidad de que Carlos se convirtiese al catolicismo o, en su defecto, la libertad de conciencia para los súbditos católicos de Jacobo, abortó el intento.

En cuanto a Escocia, Jacobo I advirtió que no la gobernaría por medio de un virrey, y ante el debate de los tratadistas que se fijaban en España[v], Francis Bacon sostuvo que no eran comparables los dos casos, británico y español, augurando la separación de Portugal de la monarquía española (desde 1640)[vi]. Carlos I cambió la política de paz con España que había seguido su padre y se vio envuelto en dos conflictos en el exterior: el intento de restaurar en el Palatinado al príncipe protestante Federico V y, de más envergadura, la guerra con España (1625-1630), por la que Inglaterra se alió con las Provincias Unidas que aspiraban a su independencia de la monarquía española, y también en la ya iniciada guerra de los treinta años contra los Habsburgo.

Los problemas para financiar estos conflictos llevaron a Carlos a una política fiscal muy agresiva: un impuesto sobre los navíos al que se opuso el Parlamento, por lo que decidió disolverlo; acudió entonces a financieros extranjeros, pero salió derrotado en el Palatinado y en Cádiz (1625). Convocó el Parlamento en 1626, pero este quiso investigar lo ocurrido en Cádiz[vii] y algunos parlamentarios fueron arrestados, negándose entonces el Parlamento a discutir hasta que no fueran liberados. El rey volvió a disolverlo. Cuando un nuevo Parlamento le presentó al rey en 1628 una “Petición de Derechos” para que se evitase cualquier detención arbitraria y para que el rey no pudiese exigir nuevos tributos, pues la corona tenía ya una deuda extraordinaria[viii] y se había interrumpido el comercio con España, el rey disolvió de nuevo el Parlamento y nueve parlamentarios fueron arrestados, comenzando un gobierno en solitario del rey por once años.

Durante este tiempo el rey aumentó los ingresos y situó a la Royal Navy a la altura de las tres armadas más potentes del momento (España, Francia y Holanda). Para conseguirlo se pusieron en vigor antiguos impuestos como el Ship Money, una tasa anual sobre la fabricación de buques de guerra sufragada por las ciudades costeras a cambio de su protección. El impuesto se convirtió en permanente desde 1635 y se extendió al interior del país so pretexto de beneficio común por la seguridad de la costa. Algunos pequeños propietarios agrícolas fueron convertidos en caballeros y, como tales, sujetos a una tasa. La voracidad recaudatoria del rey, junto con la excusa de que sus colaboradores discriminaban a los puritanos anglicanos, que llegaron a controlar el Parlamento, llevaron a este a decidir la muerte del rey (1649).


[i] Lo había disuelto tres veces.

[ii] El papa autorizó dicha conquista para combatir los ritos paganos que eran comunes en la isla.

[iii] Los favorecidos por la política real.

[iv] Marino, corsario, pirata y escritor inglés.

[v] Respeto a las instituciones de cada reino bajo un mismo rey.

[vi] Como se sabe, también Cataluña se separó de la monarquía española durante unos años.

[vii] Estaba complicado Georges Villiers, duque de Buckingham y favorito de los reyes Jacobo y Carlos. En 1623 había acompañado a este último a España para negociar el matrimonio con la hermana de Felipe IV. En 1628 un oficial del ejército le asesinó.

[viii] Solo el embargo sobre navíos y mercancías inglesas en Andalucía y Portugal (formando parte de la corona española) sumó cerca de 250.000 ducados.

Los tres reinos (1)

 

Hay una selecta historiografía sobre la construcción  del estado formado por Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda, así como el protagonismo escocés en las revoluciones políticas británicas del siglo XVII. Oscar Recio Morales[i] ha sintetizado en un bien organizado trabajo este asunto, explicando “las dificultades de la Corona en la construcción del Estado moderno en las islas británicas”. La ausencia de una transformación social radical –dice- podría explicar un relativo escaso interés fuera de las islas británicas sobre dichas revoluciones si lo comparamos con la atención que se ha dado a la francesa de 1789. La situación interna de Escocia, Irlanda e Inglaterra han contribuido a aquella dificultad.

Recio Morales considera que la visión anglocéntrica que ha prevalecido sobre las revoluciones británicas del siglo XVII es un error, y hay historiadores escoceses e irlandeses que las consideran como “una etapa más de la expansión imperialista inglesa”. Pero fueron los escoceses de las Lowlands quienes desarrollaron una teoría colonialista para “civilizar” a los “salvajes” de las Highlands, y el más entusiasta de la Unión de las coronas inglesa y escocesa fue el escocés Jacobo VI/I Estuardo[ii], siendo él mismo quien repartió entre escoceses e ingleses las tierras de los irlandeses en Ulster desde 1609. Fue también en territorio escocés donde estalló la rebelión de 1637[iii] que daría origen a la primera revolución política británica del siglo XVII[iv].

El intento de Carlos I Estuardo de llevar al límite la rivalidad con los Austrias españoles “fue una de las principales causas de la ruptura con el Parlamento[v], y con la llegada al trono de Jacobo II Estuardo en 1685 se puso en práctica una política absolutista como la de los Borbones franceses. A principios del siglo XVII las islas británicas estaban formadas por el principado de Gales y los reinos de Inglaterra, Escocia e Irlanda, pero el proceso de unión política comenzó en la Edad Media aunque interrumpido por la guerra de los “cien años” (1337-1453) y las luchas civiles “de las Dos Rosas” (1455-1487), perviviendo estructuras feudales en las partes más remotas de las islas mucho después, lo que provocó permanentes conflictos.

Debe recordarse que Gales había sido conquistado por Eduardo I de Inglaterra en 1282, integrándose su nobleza muy pronto en las instituciones inglesas y llegándose al “Acta de Unión” en 1536. En Escocia e Irlanda las cosas fueron muy distintas: al morir en 1603 Isabel I Tudor sin descendencia, las conexiones dinásticas con los Estuardos escoceses hicieron rey de los tres reinos a Jacobo I (1603-1625), pero este régimen de gobierno único de reinos separados tuvo continuas crisis. Las diferencias eran étnicas, lingüísticas, económicas, sociales y –desde el triunfo de la reforma protestante- también religiosas. Hasta 1560 Escocia había sido un reino católico e independiente con una corte en Edimburgo, y sus conexiones con el continente, especialmente con Francia, le permitieron mantenerse neutral en la guerra entre Felipe II de España e Isabel I de Inglaterra (1585-1603).

Desde 1560 Escocia se convierte en un bastión del calvinismo al mismo tiempo que mantiene sus vínculos con los países protestantes del norte de Europa y el Báltico, estableciendo los escoceses en ellos un pujante comercio, al tiempo que sus ejércitos se alinearon contra los Habsburgo en la guerra de los Treinta Años. La autoridad de la corte de Edimburgo, no obstante, era limitada, concentrándose las principales ciudades en las Lawlands, con Saint Andrews como capital espiritual y sede, desde 1413, de una prestigiosa universidad. La lengua gaélica era hablada por los habitantes de las tierras altas, los cuales tenían más lealtad al clan al que pertenecían que a monarca alguno, y esto se acentuó más cuando Jacobo I abandonó Edimburgo y se instaló en Londres en 1603: su objetivo fue someter a los clanes más díscolos, que a su vez tenían diferencias casi irreconciliables entre ellos. Las Highlands siguieron siendo un territorio de frontera y de inestabilidad política hasta su derrota en Culloden[vi] a mediados del siglo XVIII.

Pero aún cabe hablar de una tercera región de Escocia, la formada por los archipiélagos de las Orcadas[vii], Shetlands[viii] y Hébridas, muy vinculadas culturalmente a Escandinavia desde su conquista vikinga en el siglo VIII. Orcadas y Shetlands fueron transferidas desde Noruega a escocia en 1469, y su independencia política empezó a decrecer con Jacobo I. En el siglo XVII Escocia tenía un millón de habitantes (igual que Irlanda), dándose una emigración al norte de Europa y a Irlanda, y desde la Edad Media las ciudades inglesas de Newcastle, Durham y York fueron objeto de incursiones y saqueos, siendo estas mismas ciudades objeto de los rebeldes escoceses en 1638.

Desde 1603 Jacobo VI de Escocia asumió el título de Jacobo I de Inglaterra, y llevó a cabo un procesdo de “inglesización” de Escocia, pero contó con la oposición del Parlamento inglés a la unificación territorial, pues no quería tener que cargar con el mantenimiento de un territorio mucho más pobre que Inglaterra; también se opuso a que se igualase el estatudo de los vasallos de ambos reinos[ix]. Jacobo era, como rey de Inglaterra, Gobernador de la Iglesia anglicana, lo que le permitió llevar a su país de origen los jueces de paz ingleses y el sistema episcopal. Su hijo Carlos I, ya muy alejado de Escocia, aceleró desde su llegada al trono (1625) la política religiosa de Jacobo I, lo que provocó que el conflicto estallase (1637) cuando William Laud, arzobispo de Canterbury, intentó introducir en Escocia una versión modificada del Libro Común de Oración, produciéndose levantamientos en toda Escocia, y los lídres firmaron un “Pacto Nacional Escocés” (1638) en defensa de la Iglesia escocesa.

Una asamblea general negó la supremacía del rey sobre la Iglesia de Escocia, rechazó el sistema episcopal y reintrodujo la estructura presbiteriana. Fue entonces cuando Edimburgo fue tomada por los rebeldes escoceses, Carlos I perdió su primer reino y la “guerra de obispos” (1639-1640) se convirtió en el inicio de las guerras civiles.


[i] “Las revoluciones del siglo XVII en las islas británicas: una perspectiva multiterritorial”.

[ii] Entre 1602 y 1606 Jacobo intentó la colonización de la isla de Lewis (al noroeste de Escocia), en las Hébridas (al sur de la isla de Lewis) y en el extremo norte de Escocia.

[iii] Es lo que se ha llamado guerra de los tres reinos, cuando estaban bajo la unión personal de Carlos I Estuardo.

[iv] Este resumen está basado en la obra citada en la nota i.

[v] El empeño del rey Carlos en ayudar a Federico V del Palatinado para recuperar las tierras que había perdido a manos del emperador Fernando II de Habsburgo, chocó con el Parlamento, partidario más bien de atacar las posesiones españolas en América en busca de resultados económicos a corto plazo.

[vi] Al norte de Escocia. Los rebeldes (jacobitas) eran partidarios de la vuelta al trono de Jacobo II de Inglaterra y sus descendientes Estuardo, desposeidos tras la revolución de 1688. Desde finales del siglo XIII la corona escocesa había firmado tratados defensivos con Francia, que mantuvo hasta 1560 una guarnición militar en Escocia. Hasta la Unión de las Coronas en 1603 también fue patente la influencia de Francia en la corte de Escocia. Recio Morales considera que el exilio católico escocés y la capacidad de influencia de la monarquía hispánica en Escocia quedan por estudiar.

[vii] En el extremo norte de Escocia.

[viii] Al norte de las Orcadas.

[ix] El Parlamento ratificó la unión de las coronas en un mismo rey, pero no la unión de los dos reinos y la equiparación de sus habitantes.

lunes, 24 de abril de 2023

Fundición de oro y plata en América

 

En la segunda década del siglo XVI ya se había producido una drástica reducción de los indígenas en las Antillas, lo que además del drama humano, representó una merma en el rendimiento de las minas que se estaban explotando. Por ello la Corona redujo a un décimo los derechos que cobraría por la obtención de metales preciosos, siendo desde 1504 muy superiores: la mitad en un primer momento para La Española, lo que se hacía extensivo a los indios, pero en 1504 se rebajaron al quinto en dicha isla[i].

Los que viajaban a Indias debían cumplir lo establecido en una Real cédula sobre los objetos que podían o no llevar a las tierras recientemente descubiertas, y a los que ya estaban en Indias no se les permitía tener en sus casas fuelles ni aparejos para fundir oro, encargándose la vigilancia de esto a los gobernadores, alcaldes, alguaciles y otros funcionarios en La Española, San Juan y Cuba. Debían fundirse el oro, la plata y cualquier otro metal en las casas de fundición establecidas al efecto, siendo las penas por el incumplimiento de esto muy grandes. Al mismo tiempo se exigió que el oro no se fundiera con mezcla de otro metal “y corra por su valor”; de igual manera se estableció “que no se pueda echar liga en la plata para fundirla”.

De todo ello cabe deducir que no existía en las Antillas una producción local de objetos de oro y plata, fundamentalmente para la liturgia católica, pues el comercio de dichos objetos prosperó en la Península incluso teniendo en cuenta los gastos del almojarifazgo[ii] y del largo viaje. Aunque la prohibición absoluta de elaborar objetos de oro y plata en Indias finalizó en 1526, siguieron ciertas restricciones, por lo que los plateros no vieron negocio en viajar a Indias para dedicarse a su oficio; la mayor parte de ellos se dedicaron a la localización y fundición de metales preciosos, pero no a transformarlos.

La mayor parte de los objetos labrados en oro y plata salían del puerto de Sevilla, y era en esta ciudad donde se producía la mayor parte, teniendo que esperarse hasta la segunda mitad del siglo XVI para que se compruebe el trabajo de metales preciosos en Indias. Tampoco se permitió en un primer momento la acuñación de moneda en el nuevo mundo, ni se favoreció la circulación de moneda castellana allí. Había una desconfianza por parte de la Hacienda pública de que se hurtasen los derechos que le correspondían en los metales preciosos, y los medios para controlar los posibles fraudes no existieron hasta más tarde, de forma que no se amonedó en América hasta bien avanzada la primera mitad del siglo XVI.

La inveterada costumbre de la Iglesia de emplear objetos hechos con metales preciosos para la liturgia, hizo que estos se llevasen desde España, y así vemos cálices, báculos, cruces, anillos, patenas y otros objetos de plata y oro llevados a América. La escasez de moneda castellana en Indias llevó al trueque y a la utilización de fragmentos de oro y plata de diversos pesos denominados tejos, por lo que en 1519 se ordenó que los metales preciosos de más de medio peso se ensayaran y marcaran, es decir, tenían que ser valorados por ensayadores sobre su ley y marcados, pero ya en 1502 se enviaron a Indias dos millones de reales de plata para que circulase en América. Llegado el año 1535, una Real cédula estableció las condiciones de emisión de moneda en México, y al año siguiente se autorizó la emisión de moneda en Santo Domingo.

Habrá que esperar a 1544 para que se estableciese el permiso de acuñar moneda en Santo Domingo “de la misma ley, valor y peso que la que se labra en estos reinos”. La escasez de numerario iba en contra del desarrollo de una sociedad que ya había demostrado ser capaz de llevar a cabo un comercio activo. No obstante se prohibía a los mineros, indios o particulares fundir oro o plata por su cuenta, lo cual debía hacerse con la vigilancia de las autoridades locales, las cuales, en ocasiones, fueron sancionadas por no cumplir con la obligación encomendada. Ya en 1505 se había prohibido a los plateros que tuvieran en sus talleres crisoles, fuelles y otros instrumentos para fundir, estableciéndose penas que podían llegar a la muerte.

La obligación de fundir o soldar dentro de las casas de fundición se quiso controlar encargando a los oidores que pusieran celo en ello, así como a los veedores, que debían estar presentes en el acto de fundición para evitar fraudes, extendiéndose esto a México, Cuba, Puerto Rico y Tierra Firme (lo que hoy conocemos como Mesoamérica). En 1533 las autoridades de Lima recibieron instrucciones sobre lo mismo, particularmente que se informasen sobre la fundición de oro por los naturales. En cuanto a México, en 1537 se estableció que en la casa de fundición se trabajase en dos períodos al año, una después de Reyes y otra después de San Juan, de 50 días cada una. A su vez los oficiales debían acudir a la casa de fundición “todos los días de ocho a diez” para que no hubiese fraudes.

Ciertamente, la Corona se dio cuenta muy pronto de la importancia que tenía, para la Hacienda pública, el control de la obtención de metales preciosos, su fundición y su amonedamiento, por lo que no cesó de publicar reales cédulas y ordenanzas poniendo a virreyes, oidores, gobernadores y cualesquiera otros funcionarios sobre aviso de sus obligaciones.


[i] Véase el trabajo de María Teresa Cruz Yábar, “El control del oro y la plata en Indias en la primera mitad del siglo XVI y su repercusión en el arte de la platería americana”. En este trabajo se basa el presente resumen.

[ii] Es un tributo que tuvo su origen en el siglo XII en muchas ciudades y villas de la Corona de Castilla al sur del Sistema Central. Se heredó de al-Andalus y gravaba los derechos de tránsito de las mercancías.

Ilustración de numismaticodigital.com

domingo, 23 de abril de 2023

Quito en 1809

 

                                        Salón del Convento de los Padres Agustinos de Quito*

Sabido es que Napoleón Bonaparte, una vez al frente de Francia, persiguió varios objetivos: engrandecerla y engrandecer a su familia, combatir a las monarquías absolutistas europeas y a Gran Bretaña, hacerse con el control del comercio atlántico y, a ser posible, con la América española.

El vacío de poder que se sintió en España con la captura por Bonaparte de los reyes Carlos IV y Fernando VII se intentó sustituir con la formación de Juntas provinciales y luego una Junta Central, pero no pocas de las instituciones tradicionales, entre ellas el Consejo de Castilla, se plegaron más o menos convencidas al rey José. Era, pues, una situación de extrema confusión que se intentó solucionar recurriendo a la guerra.

En América se tuvieron los mismos sentimientos: en algunos lugares se sustituyó a las autoridades nombradas desde la España borbónica por otras, por ejemplo en el Virreinato de Nueva Granada, donde Quito fue la primera ciudad (agosto de 1809) que formó una Junta Suprema, y este fenómeno se extendió a partir de 1810. La Junta de Quito se revistió enseguida de legitimidad mientras que entre la población circularon noticias confusas, formándose corrillos en la plaza Mayor. El Presidente de la Junta quiteña, para hacer avanzar el proceso, que nada tuvo de independentista, hizo publicar un bando en el que se informaba sobre la ocupación francesa de la Península y el apresamiento de su Junta Central.

Quito se erigió, entonces, en abanderada para la restitución de Fernando VII en el trono: se colgó en el balcón del Cabildo un retrato del rey y se divulgó la idea del gobierno mixto, en el que junto a aquel el pueblo se erigia en su soporte. La Junta quiteña recibió los homenajes de las autoridades civiles y militares y parece que todo rodaba bien, pero hubo detractores de este movimiento acusándolo de “fiesta de toros”.

La Junta, no obstante, tenía un programa propio: abolió el estanco del tabaco, eliminó el “cabezón” o alcabala y redujo a la mitad el precio del papel sellado, demostrando así que la institución estaba en manos de criollos defendiendo sus intereses. A continuación se produjeron reuniones de la Junta en lugares de urgencia, entre los que estuvo la vivienda de su Presidente, pero luego se optó por darles un carácter más solemne y se escogió el salón del Convento de los Padres Agustinos, donde se puso en lugar preeminente un retrato del rey Fernando VII. En cada reunión se hacían alusiones a la religión, al rey y a la patria.

Llegó el momento en que se pensó debía procederse al juramento de los miembros de la Junta y se hizo ante el obispo, sentándose todos ante el altar mayor; se celebró una misa y se cantó un “Te Deum”. Luego se “regaron” monedas a la puerta de la iglesia y, pocos días después, se creó La Orden Militar de San Lorenzo, en lo que la Junta demostraba su mentalidad aristocratizante y antigua. En dicha Orden se integrarían la nobleza de Quito y los extranjeros que se fuesen sumando al nuevo orden. La Junta se concibió a sí misma como el hilo conductor del patronazgo real.

Pero pronto surgió la hostilidad de las regiones vecinas: Guayaquil y Cuenca acudieron al virrey pidiéndole que sometiese a la Junta quiteña, el cual inició un plan de reconquista con tropas opuestas a Quito. Los grupos dirigentes de esas ciudades demostraban que preferían el poder central del virrey a una ciudad, Quito, por encima de las demás. Otros cabildos, no obstante, empezaron a sustiuir a las autoridades borbónicas, ejemplo de lo cual son Caracas, Bogotá, Buenos Aires, Santiago de Chile y México, donde el virrey[i] nombrado por José I tuvo la oposición del cabildo, consiguiendo su nulidad y apoyando a Fernando VII: “nunca un monarca legítimo dejaba de serlo sin el consentimiento de la nación española”.

En México se produjeron entonces las revueltas del bajo clero, siendo exponentes principales los curas Hidalgo y Morelos, formando el primero un ejército de indios y mestizos que se alzaron dando vivas a Fernando VII, a la Virgen de Guadalupe, “a la América y muera el mal gobierno”; es el llamado grito de Dolores, ciudad del centro de México, pero esto inquietó a los criollos, pues temieron un estallido social que afectase a sus intereses. Al sur del país, en la Capitanía General de Guatemala, que comprendía una extensión muy superior al actual estado, se publicaron bandos y se dijeron sermones contra el “cautiverio” del rey Fernando repudiando a José Bonaparte, pero como esta situación causaba inquietud entre los grupos dirigentes, se sofocaron estos movimientos, aunque no se pudo ya impedir la duplicidad gubernativa y la fragmentación territorial.

En 1810 la municipalidad de Buenos Aires estableció un Comité Superior Provisional de las Provincias del Río de la Plata, pero se mostraron discrepancias entre Buenos Aires y otras ciudades como Asunción y Montevideo (fenómeno parecido al de Quito). En Perú, el virrey Abascal resistió contra los juntistas argumentando que mientras en España estaban justificadas las juntas porque estaba ocupada por un ejército extranjero, no era tal la situación en América. Salió a la luz un Catecismo “para la firmeza de los verdaderos patriotas”, donde se proclamaba que “se trataba de vencer o de morir esclavos”, en alusión a una eventual invasión francesa de América.

Los procesos independentistas, contra lo que comúnmente se cree, se produjeron más tarde: en México en 1813, pero como se sabe la independencia real no se dio hasta 1821; en el Río de la Plata el Congreso de Tucumán de 1816 proclamó la independencia en medio de discordias; solo en Caracas la proclamación de independencia se produjo pronto, en 1811, pero Guayana, Coro y Maracaibo no la siguieron (otra vez el caso de Quito). En dicho año Caracas convocó un Congreso Constituyente donde se pusieron de manifiesto los presupuestos económicos y la intervención inglesa, siempre presente desde este momento en el proceso de independencia americana.

La alianza inglesa con Portugal y Brasil contó con el apoyo de la infanta Carlota Joaquina, esposa del rey Juan VI[ii], la cual alegaba que era la única Borbón que no estaba sujeta a Napoleón, y por lo tanto podía decidir por ella misma. Cuando se produjo la alianza inglesa con España para combatir a Francia, Gran Bretaña cambió de estrategia hasta el final de la guerra (1814), y desde 1815 volvió a intervenir en América una vez Fernando VII se ceñía de nuevo la corona de España.


[i] Pedro Catani.

[ii] Considerado rey del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve entre 1816 y 1825.

* Fotografía de la Biblioteca Cervantes.

sábado, 22 de abril de 2023

Geografía de una guerra

 

                                                        La península Calcídica (Wkipedia)

Tucídides, en el largo relato que hace de la guerra del Peloponeso, comienza su libro VIII diciendo que “por no poder sufrir los tributos que les ponían” los persas, los antandrios[i] les echaron de la villa y Tisafernes[ii] “se sintió en gran manera ofendido”, con tanto más motivo por lo que habían hecho los peloponesios en Mileto y en Cnido[iii], que les habían expulsado de ambas ciudades. Entonces Tisafernes decidió ir contra los atenienses en el Helesponto. En realidad es el final de su relato, pero antes, en el libro I y siguientes había relatado los enfrentamientos entre Esparta y Atenas con sus aliados respectivos.

En cierta ocasión Alcibíades salió de Cauno[iv] y de Fasélide, ciudades próximas entre sí, con cartoce barcos en dirección a Samos, queriendo demostrar con ello que había conseguido que “los barcos fenicios” no hubiesen podido ir en ayuda de los espartanos. Después unió a los buques que llevaba otros nueve que encontró en Samos y se dirigió a Halicarnaso (al oeste de las ciudades anteriores), de donde pudo obetener gran cantidad de dinero, cercó la villa con una muralla y volvió luego a Samos.

Al saber Tisafernes que la armada de los espartanos había partido de Mileto para ir al Helesponto, salió de Aspendo[v] dirigiéndose a Jonia, mientras los ciudadanos de Antandro habían tomado para sí cierto número de soldados de Abido (en el estrecho de los Dardanelos), a los que hicieron pasar por el monte Ida[vi] de noche, los introdujeron dentro de Abido y echaron de ella a los persas que estaban dirigidos por Arsaces, uno de los capitanes de Tisafernes que se había caracterizado –según Tucídides- por haber tratado mal a los de la ciudad, y debe ser cierto, pues también había sido cruel con los delios…

Pero desde que en 412 los habitantes de Mileto, Clazómenas y Quíos se rebelaron contra Atenas, las cosas empezaron a ir de mal en peor para la gran polis que da nombre al Ática. Luego vino la alianza entre el rey persa Darío y los espartanos y, en 411, las luchas internas en Atenas, algo muy común cuando la desconfianza cunde entre los ciudadanos. En efecto, una revolución oligárquica llevó al establecimiento del gobierno de los Cuatrocientos, que habrían de dirigir la guerra contra Esparta. No dieron con la solución y serían sustituidos, pero Tucídides no da buena cuenta de estos acontecimientos.

Luego vinieron actos de indisciplina en el ejército ateniense y la defección de Bizancio, ciudad estratégica en el Bósforo, pero aún quedó tiempo a Atenas para vencer en el Helesponto. A tal punto llegaron las cosas entre los griegos enfrentados que espartanos y atenienses se reclamaron, recíprocamente, que se rectificasen las ofensas y los sacrilegios a los dioses (cada uno interpretaba la voluntad divina en su beneficio). Los espartanos, además, reclamaron a los atenienses que estos dieran libertad a los potidenses, que vivían en el istmo de la península más occidental de la Calcidia, al tiempo que debían dejar “vivir en paz a los de Egina según sus leyes”. También les exigieron que revocaran cierto decreto contra los de Megara (ciudad del Ática), por el cual se les prohibía desembarcar en los puertos de los atenienses, acudir a sus ferias y comerciar con ellos.

A todas estas demandas, y sobre todo a la de revocar el decreto, los atenienses determinaron no obedecer, “acriminando a los megarenses porque ocupaban la tierra sagrada y sin término, y recibían en su ciudad los esclavos que huían de Atenas”. Finalmente, llegaron tres embajadores de los espartanos (Ranfio, Melesipo y Agesandro), los cuales “sin hacer mención de ninguna de las otras cosas de que habían tratado antes, les dijeron en suma estas palabras: los lacedemonios quieren la paz con vosotros, la cual podéis gozar si dejáis a los griegos en libertad, y que vivan según sus leyes”. Los atenienses, por su parte, reunieron su Consejo para decidir la respuesta, pero unos eran partidarios de seguir la guerra y otros de aceptar la revocación del decreto contra los megarenses. Entonces se levantó Pericles, hijo de Jantipo, “que a la sazón era el hombre más principal de toda la ciudad”, y habló diciendo que su parecer era “no conceder y otorgar” la demanda de los espartanos, pero tampoco rendirse ante ellos.

El discurso de Pericles fue largo y elocuente, y habiendo acabado, los atenienses siguieron su consejo, de forma que enviaron embajadores a los espartanos con la decisión tomada. “En adelante –termina Tucídides su obra- no curaron de enviar más embajada los unos a los otros…”[vii]. Empezaba así una guerra que duraría casi treinta años.


[i] Habitantes de la ciudad de Antandro, en la Tróade, costa oeste de Anatolia.

[ii] Era el sátrapa persa de Lidia y Caria desde 415 a. C.

[iii] En el extremo sudoccidental de Anatolia.

[iv] En el suroeste de Anatolia.

[v] Al sur de Anatolia.

[vi] Al sur de los Dardanelos, en la Tróade. Hay otro monte Ida en el centro de Creta.

[vii] Ver aquí mismo “Epidamno en el origen de la guerra”.

Las "empresas" de Saavedra Fajardo

                                                                   Imagen de Ratisbona

En el centro de la actual provincia de Murcia se encuentra Algézares, pueblo donde nació, en 1584, Diego de Saavedra Fajardo, cuya obra escrita es reflejo de sus experiencias como diplomático en Europa al servicio del rey Felipe IV. De lo mucho que escribió, no poco se refiere a cuestiones políticas, tando de la época que le tocó vivir como de otras anteriores, cobrando entonces valor histórico.

Nació en el seno de una familia noble, pues de lo contrario le sería difícil haber alcanzado los puestos que desempeñó, y viajó por Europa durante una de las épocas más convulsas, la guerra de los treinta años en la que se vio involucrada la Monarquía española. En 1633 estuvo en la Corte de Baviera con la misión de “fomentar la amistad entre el Duque de Baviera y el Emperador y mantener al corriente a la Corona española de las negociaciones entre dicho Duque y Francia[i]”, y cuatro años más tarde, encontrándose en Ratisbona, envió un discurso sobre el estado de Europa. Pero lo que aquí queremos comentar son las “empresas” a las que se refirió en una obra para “un príncipe político cristiano”, es decir, el rey Felipe IV, publicadas en 1640.

Algunos han considerado las “empresas” de Saavedra Fajardo una obra fundamental de “cuantos libros en España y fuera de ella han tratado el mismo tema”[ii], pero otros han considerado contradictoria esta obra[iii]. La contradicción surge –dice Gómez-Martínez- cuando se trata de establecer dónde radica el valor de la obra, que no cabe duda es muy erudita: Para García de Diego la obra carece de originalidad, viendo similitudes con los “Emblemata” de Jacobo Bruck, llamado Argenmundt[iv]. No obstante –dice Gómez-Martínez- lo que domina en las “empresas” es la reflexión, y así lo da a entender cuando el propoio Saavedra dice que fue “escribiendo en las posadas lo que había discurrido entre mí por el camino”, en lo que se parece a Leibniz y quizá a otros notables personajes. En ocasiones “disfraza las referencias a su momento actual concreto, buscándolas origen clásico”, pareciendo así que las “empresas” son “una culiminación en la tradición literaria del barroco, y Saavedra es el más genuino representante del ensayo filosófico español del siglo XVII[v]”.

Con el Renacimiento cobra importancia la literatura política, ejemplo de lo cual es “El Cortesano” de Castiglione, “El Príncipe” de Maquiavelo, Quevedo con su “Política de Dios” y otros, pero ninguno tuvo la relevancia internacional de Saavedra. Sus “empresas” pretenden ser una teoría sobre la educación del príncipe, que ha de ser a la vez político y cristiano, y así las partes de la obra tratan de las acciones que corresponden al príncipe, las relaciones con sus súbditos y con los extranjeros, con sus ministros, el gobierno de sus Estados, los males internos y externos de estos, cómo debe conducirse el príncipe en las victorias y en los tratados de paz, en la vejez, etc.

Ángel González Palencia[vi] dice que Saavedra se vale de varias fuentes para su obra: la Biblia, Aristóteles, Tácito, Séneca, Alfonso X de Castilla, el Padre Mariana, etc., siendo su erudición bíblica asombrosa, y lo mismo cabe decir de “la facilidad y seguridad con que evoca los pensamientos del historiador romano Tácito”. En otras ocasiones se inspira en la literatura histórica y moralista, pero también se sirve de Horacio, Virgilio y Ovidio, y todos los críticos han coincidido en la intencionalidad antimaquiavélica de Saavedra.

La base religiosa es fundamental en nuestro autor, que en ocasiones busca en la historia de España las pruebas de los derechos que le asisten, siendo en esto el prolífico Mariana su principal fuente. Como causas principales de las caídas de las monarquías cita las discordias religiosas, la indefensión de la vida de los súbditos y el desastre de la hacienda pública. Achaca a “la dura exacción de tributos […] malgastada en impopulares empresas” la ruina de las monarquías, de igual manera que la “embrollada y apicarada administración de justicia”, la prepotencia de consejeros y validos y las intrigas y luchas palaciegas.

Como estaba en plenitud la llamada “leyenda negra”, se desata contra los libelos escritos para difamar a la monarquía española, citando aquí al “obispo de Chiapa” (sic) a quien considera origen de aquella leyenda, pero no por ello deja de reconocer las atrocidades que –dice- se cometieron en los primeros años de la conquista de América, consecuencia de ser empresas privadas sin el control de los reyes, antes de que llegasen las leyes que intentaron poner freno a los abusos sobre los indígenas de América.

No es, pues, su obra, un cúmulo de lisonjas, sino un empeño en equilibrar lo bueno con lo malo, denostando esto, ensalzando aquello, aunque no puede evitar, lógicamente, ser un hombre de su tiempo, cultísimo, fecundo escritor que incluso nos ha dejado poesía, que contrasta con los horrores de la guerra de los treinta años que él describe sin miramientos en otros lugares.  


[i] Rafael González Cañal, “Tres escritos desconocidos de D. Diego Saavedra Fajardo”.

[ii] Vicente García de Diego.

[iii] José Luis Gómez-Martínez, “Reflexiones ante las empresas de Saavedra Fajardo”.

[iv] Han sido estudiados por Jesús María González de Zárate, “Los emblemas de Jacob Bruck inspiran a Saavedra Fajardo”.

[v] Gómez-Martínez, op. cit.

[vi] “Las ‘empresas políticas’ de D. Diego Saavedra Fajardo”.

viernes, 21 de abril de 2023

Las visiones de Munch

 

                                                                  "La chica enferma"

La obra de Munch revela ensayos diversos dentro del deseo primero de expresar el estado de ánimo del pintor o de los personajes representados. Aparecen así la deformidad, la muerte, las masas humanas, la ansiedad, la enfermedad, la melancolía, los celos, los besos, el sueño, la danza… pero también ha titulado sus obras con determinados momentos del día (la tarde, la noche) o del año (la primavera, el verano), y ha representado escenas donde predomina lo negativo de la vida.

Loten, lugar de nacimiento de Munch, era una pequeña villa (lo sigue siendo) en 1873, al sureste de Noruega, por lo que quizá hizo algún viaje a París para conocer el arte que por entonces bullía en la capital francesa, y antes de cumplir los veinte años se fue a Alemania, donde se convirtió en el principal animador del expresionismo pictórico.

Su obra más divulgada, “El grito”, la realizó varias veces con diversas técnicas y soportes: al temple sobre cartón en 1893 (91 por 74 cm.) y dos años más tarde una litografía (35 por 25 cm.); luego vendrían dos más: una al pastel sobre cartulina (74 por 56) y al temple y óleo sobre cartón en 1910. Se ha dicho que el desesperado grito en un puente o pasarela donde solo hay tres personajes, parece extenderse por la atmósfera que se retuerce a base de colores ondulantes.

Representa a los grupos humanos como una masa que languidece y camina en una soledad angustiosa: “La danza de la vida” (una escena decadente), “Tarde en la calle”, “Trabajadores volviendo a casa”.

La muerte está en su “Muerte en la habitación del enfermo”, donde los personajes se distribuyen aisladamente, sin comunicarse entre sí, en un espacio sencillo; y también la enfermedad: “La niña enferma”, una de sus primeras obras (1885-1886), donde el pintor muestra la ternura de la mujer que se duele por la postración de la niña, representada, no obstante, con un lirismo muy poco común en Munch.

A veces el título no parece corresponderse con la escena representada, como en “Cenizas”, donde se ve en un primer plano a un hombre vestido de negro, encogido, y una mujer con la cabellera despeinada, tras la cual objetos indefinidos y, al fondo, un bosque frondoso. En “Ansiedad” las personas con los rostros desfigurados se distribuyen en fondo sobre la misma pasarela que en “El grito”, y el cielo se tiñe del mismo retorcido color. En “Celos (desde la habitación verde)”, una pareja se besa apasionadamente en el umbral de la puerta del fondo, mientras que un personaje en primer plano nos mirá con cara de extrañeza…

En “Tarde, melancolía”, una atmósfera atormentada por rojos y negros, envuelve a un joven de perfil que está pensando, mientras que en “Tarde de verano en Asgardstrand” brillan los colores impresionistas, con la luz natural, dos niños cogen flores en el camino y las casas encaladas se distribuyen a la izquierda y al fondo.

Su “Primavera” está representada por la ventana con flores por donde entra la luz que ilumina a dos mujeres de distinta edad, sentadas, sobrias, vestidas de negro, como contrapunto a la estación del año. Tiene dos obras con el título “Noche estrellada”, una de ellas, quizá, bajo la influencia de Van Gogh (la de 1920), siendo la otra de 1893: en ambos casos lo esencial es el firmamento con las luces pequeñas de las estrellas, mientras que en la tierra las masas deformes se imponen.

Su “Beso en la ventana” deja ver solo a un varón abrazado a “algo” mientras se ve la noche en la calle, y “La chica de la ventana” inspira soledad, melancolía en la noche. Dos veces representó su “Madonna”, al óleo sobre tela y una litografía, las dos de 1895-1896. De nuevo los colores ondulantes, menos cálidos en este caso, orlan a la mujer desnuda.

Su “Mujer en tres etapas” está representada mediante cuatro personajes casi fantasmales, dos de negro, la figura central es un desnudo que podría representar el optimisno si no fuese por el anacronismo de toda la obra, y a la izquierda, la mujer de perfil; todos los personajes –que pretenden ser uno- se ignoran porque quizá les separa el tiempo. El “Sueño de una noche de verano (la voz)” es una composición en la que está una mujer hierática en primer plano en medio de un bosque, y al fondo la playa y el mar… Una invitación más a desentrañar el misterio o a dejarse llevar por la imaginación.

No comentamos aquí toda la obra de Munch, pero terminamos con dos retratos: recostado ante una mesa con una copa, el personaje de “Retrato de Hans Jaeger” (1889), solitario, sin expresión alguna, dejándose llevar por el paso del tiempo; el otro es “Autorretrato con bigote y cuello almidonado”, obra de 1905, en la que el autor marca los perfiles de de su cabeza en tres cuartos, quizá una obra para su divertimento personal.

Lo más importante de su obra quizá fue lo que hizo antes de ir a Alemania, muy joven, y hasta que vuelve a Noruega en 1908, después de conocer todas las vanguardias de su época y las dos grandes guerras del siglo XX, con las que quizá se reafirmó en su visión del mundo.