martes, 12 de febrero de 2019

Azúcar brasileño y negros africanos

https://journals.openedition.org/corpusarchivos/192

El azúcar, en la Europa medieval, había sido una medicina rara y costosa que solo a finales del siglo XV comenzó a transformarse en alimento en Portugal gracias a la producción de los archipiélagos atlánticos[i]. Esto mismo se hizo en las colonias castellanas americanas, sobre todo en Nueva España. Sin embargo, a finales del siglo XVI, solo Puerto Rico, La Española y algunas plantaciones próximas a Veracruz enviaron cantidades apreciables de azúcar a Europa.

Brasil, en cambio, disfrutó de todas las ventajas y oportunidades. Primera, la existencia de una franja casi continua de excelentes suelos en la costa, desde Pernambuco (hoy Ricife) hasta Sâo Vicente (cerca de la actual Santos). Segunda, una adecuada pluviosidad, que excusó el regadío e hizo el cultivo más fácil y barato que en ninguna otra parte. Tercera, buenos puertos próximos a los cañaverales, de los que Bahía y Pernambuco serían los más activos. Cuarta, la previa existencia de una organización comercial para la distribución en Europa, montada ya a finales del siglo XV con el azúcar de Madeira y reforzada luego con las especias de Oriente, incluyendo no solo el puerto de Lisboa, sino también socios, instalaciones y crédito en Amberes.

La mano de obra fue reclutada entre los nativos, que vivían en circunstancias paralelas a las que años antes se dieron en el Caribe. Cuando se forzó a trabajar a los indios, huyeron hacia las tierras del interior, protestando los jesuitas por el mal trato que se les daba. El rey portugués proclamó la libertad de los indios en 1570, pero la caza de estos se generalizó mediante la “bandeira”, equivalente a las “compañas” del Caribe. Los “bandeirantes” convirtieron Sâo Paulo en su más importante base de operaciones. Entre 1590 y 1690, las bandeiras paulistas compraron y cazaron esclavos en tierras cada vez más al interior, vendiéndolos en la costa a las plantaciones de azúcar. Comparadas con las compañas, las bandeiras se desplazaron sobre territorios mucho más extensos y con más lentitud, actuaron por muchos años. Dirigidas y financiadas por portugueses, muchos de sus miembros fueron mestizos; sus armas eran arcos y flechas, rara vez espadas y armas de fuego; caminaban a pie, con limitado uso de caballos. Pero también las bandeiras exploraron tierras desconocidas, descubrieron minas y actuaron como una vanguardia mestiza de la europeización.

El cultivo de la caña requería talar y roturar la selva, sembrar los plantones que crecían con rapidez y pocos cuidados, y cortar la caña crecida y madura, una y otra vez hasta el agotamiento del suelo en unos seis años. Este se abandonaba entonces, ya que había terreno de sobra para volver a roturar y plantar; la propiedad del suelo se basó en la concesión de extensas “sesmarias” con carácter hereditario, en parte cultivadas por el dueño y en parte cedidas a largo plazo a “lavradores” o arrendatarios. Pero la preparación del azúcar exigía inversiones fuertes. La caña debía cortarse en el momento oportuno, llevarla al trapiche (“engenho de assucar”) y exprimirla sin demoras. El número de trapiches aumentó debido a la demanda de azúcar.

El azúcar de Brasil, primer monocultivo tropical americano a gran escala, originó un sistema comercial muy flexible y menor organizado que el castellano de la plata. El monopolio de Lisboa, con concentrar la mayor parte del azúcar, fue menos rígido y por menos tiempo que el castellano. A diferencia de los castellanos, que se veían obligados a comprar los esclavos negros a intermediarios portugueses, estos podían conseguirlos directamente sin restricciones legales en sus “feitorias” de Guinea, Angola o Benguela a precios bajos. El viaje entre Angola y cualquier puerto brasileño duraba entre 35 y 60 días, lo bastante largo para que las peores endemias tropicales de África no se transmitieran al Brasil, ya que los enfermos morían en el camino, y resultaba lo bastante corto para que el flete no fuese excesivo y los esclavos no llegasen agotados. La importación de africanos al Brasil comenzó antes de 1550, pero a partir de 1570 creció, pues los dueños de sesmarias había prosperado y podían comprar más esclavos.

La esclavitud, institución tan antigua, por lo menos, como la civilización, estaba en decadencia en Europa y, a finales del siglo XV, en vía de extinguirse, lo que ocurriría, y antes que en el resto del mundo. Pero la colonización de América revitalizó el papel de la esclavitud y, con la trata de negros, se ocasionaría la emigración forzosa de mayor magnitud que registra la historia. Mientras las colonias de Castilla en América desarrollaron su producción para cubrir una gran parte de sus propias necesidades, Brasil dependió por completo de importaciones y exportaciones, al menos hasta 1640.

De igual manera que los beneficios originados por la producción de plata –dice el profesor Céspedes- fueron pagados por muchos indios con la tragedia del trabajo forzoso en las minas, los beneficios conseguidos con el azúcar brasileño tuvieron el precio de la esclavitud de negros africanos e indios nativos y el horror de un tráfico negrero que en el siglo XVIII alcanzaría proporciones masivas. Como siempre sucede, quienes disfrutan los provechos no son los mismos que quienes pagan su precio en trabajo, explotación y sufrimiento.


[i] Céspedes del Castillo, “América Hispánica”. El presente resumen está basado en la obra citada.

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