lunes, 14 de octubre de 2019

Obispos, emires e impuestos

Paisaje de los Pedroches (Córdoba)

Durante el gobierno de los Omeya en al-Andalus, los cristianos en dicho territorio conservaron algunas de las instituciones que tenían desde el período visigodo[i], y dichas instituciones representaron a la población cristiana ante el poder musulmán. Esto es importante porque los cristianos en al-Andalus fueron muchos, siendo los obispos los que más claramente colaboraron con las autoridades musulmanas.

Dichos obispos estaban en condiciones de controlar el territorio y, aunque la red eclesiástica evolucionó a lo largo del período omeya, gran parte de las sedes episcopales visigodas continuaron activas, siendo Córdoba el centro de la organización eclesiástica cristiana. Hubo, en cambio, una parte del territorio de al-Andalus donde se produjo una desestructuración, siendo esto más patente a medida que nos alejamos de aquella ciudad.

Martínez de Marigorta -a quien sigo- se centra en los casos de Eliberri y Urci[ii], teniendo en cuenta que los grupos dominantes visigodos pactaron, en muchos casos, con los invasores musulmanes seguir gozando de sus privilegios, practicando su religión y otros asuntos, a cambio de comprometerse a pagar los tributos que se les impusiesen por parte de los musulmanes. Entonces, los dominados se convertían en “dimmíes”, cristianos o judíos que eran “protegidos”. En los últimos años –dice Martínez de Marigorta- se han encontrado muchos precintos de plomo que en una de sus caras va acuñada la frase “pacto de paz”.

El método de conquista árabe consistió en que el ejército siguiese los itinerarios que pasaban por las ciudades del reino visigodo; una vez tomada una ciudad, la nueva administración andalusí instalaba en ella un gobernador con su guarnición militar, encargándose del cobro de tributos por medio del obispo si dicha ciudad contaba con él. Esto explica el manteniendo de la mayor parte de las sedes episcopales, mientras que los prelados lograban una mayor suma de recursos.

El obispo de Eliberri pactó con los invasores, habiendo sido dicha ciudad una importante “civitas” y, hasta bien avanzado el siglo X, sabemos que siguió activa. El litoral del sudeste peninsular, sin embargo, no siguió la misma suerte, pues no estuvo entre los itinerarios de la conquista árabe. Urci no contó con ceca en época visigoda, y de hecho no la mencionan los cronistas árabes entre las ciudades tomadas.

Pero la colaboración entre gobernadores musulmanes y obispos quizá no dio el resultado esperado por aquellos. La mayoría de los terratenientes visigodos continuaron con sus posesiones en tanto que la autoridad andalusí cambió de estrategia a partir de 743, consistente en el encargo a las tropas sirias el cobro de los impuestos, de forma que acapararon un tercio de los bienes de los cristianos. Y es curioso que a partir de la fecha citada los autores árabes no vuelvan a hablar de Eliberri como ciudad, al contrario, al hablar de las personas con responsabilidades, estas se sitúa en el campo. El autor habla de descentralización administrativa, algo que se tornará en centralización, a favor de Córdoba, más tarde.

A partir de 743 el sur de al-Andalus fue más estrechamente controlado desde Córdoba, donde vivía un conde al que se le encargaron las funciones que antes realizaban los obispos en materia tributaria. Este sistema ya estaba implantado cuando se habla de emirato al frente del cual está ‘Abd al-Rahmân I (756-788), siendo este el que eligió a sus sucesivos condes, el primero Artubâs[iii], un noble visigodo que se había aliado con los árabes en la conquista, gracias a lo cual conservó sus muchas propiedades rurales. Al parecer había sido este Arubâs el que aconsejó que se encargase a las tropas sirias el cobro de los tributos en las zonas rurales.

Otro conde fue Rabî’ b. Tudulf, que por aumentar la presión tributaria provocó una revuelta en el arrabal de Córdoba (818). El emir, entonces, decidió ejecutarlo, pero la población de la cora de Ilbîra, quejosa también por el mismo motivo, envió a sus representantes a Córdoba, y el emir, que pretendía continuar con la misma política tributaria, reprimió militarmente a la delegación de Ilbîra. El autor al que sigo dice que esta cora contribuía con más de 109.000 dinares al año, siendo la segunda después de Córdoba (120.000).

Tras la conquista árabe cesó la celebración de concilios en el siglo VIII, y hay que esperar a la siguiente centuria para constatar cuatro sínodos, en 839 y 862 en Córdoba, ya no en Toledo, en los que participaron mayoritariamente obispos del sur de al-Andalus (Sevilla, Medina Sidonia, Écija, Málaga, Cabra, Córdoba, Eliberri, Urci, Guadix, Baza, Baeza y Elche), y de más lejos solo los de Toledo y Mérida. Con ‘Abd al-Rahmân II (822-852) vemos un creciente número de cristianos que desempeñaban funciones administrativas o diplomáticas en Córdoba. Es ahora cuando se produce la centralización de la que antes hablábamos y de nuevo la importancia del papel fiscal de los obispos, existiendo fuentes que hablan de Ostegesis, obispo de Málaga, que habría obtenido el cargo gracias a la simonía, desempeñando sus tareas fiscales en estrecha colaboración con el conde de Córdoba de aquella época, Servando, quien estaba casado con una prima de Ostegesis.

Lo que está claro es que esta colaboración de cristianos con la administración cordobesa les fue transformando en minoría arabizada, siendo Córdoba la ciudad donde más rápidamente se dio este fenómeno, y esto es lo que llevó a la protesta de algunos, que veían el triunfo de la cultura musulmana sobre la cristiana; es la época de los martirios voluntarios[iv] que se llevaron a cabo en Córdoba entre 851 y 859, movimiento que fue protagonizado por miembros de la aristocracia indígena estrechamente vinculada a los monasterios de la región cordobesa. Las familias de estos aristócratas tenían un origen visigodo y continuaron siendo grandes terratenientes, peros sus ingresos estaban menguando por dos motivos principales: la centralización fiscal supuso un control más eficaz de la administración omeya sobre el campo, y gran parte de los nuevos habitantes de Córdoba serían campesinos procedentes de la zona rural de la cora cordobesa.

La importancia de los monasterios en el movimiento de los mártires voluntarios estuvo motivada por su gran distancia geográfica y simbólica respecto del modelo árabe-musulmán. La mayoría de los monasterios se encontraban en áreas montañosas, habiendo sido construidos por familias aristocráticas dentro de sus tierras, de modo que estos dueños trataban de mantenerlos fuera del control del episcopado, el cual estuvo en contra del martirio voluntario.



[i] Eneko López Martínez de Marigorta, en cuyo trabajo se basa el presente resumen.
[ii] Eliberri era una “civitas” donde existía obispo desde época anterior, encontrándose en el Albaicín granadino. Urci se encontraba al sur de Alba (Almería), muy cercana a Pechina, según el “Itinerario de Antonino”. Otros consideran que Urci se encontraba en la costa, entre Villaricos (Cuevas de Almanzora, Almería) y Águilas (Murcia).
[iii] En ese momento el emir requisó sus propiedades.
[iv] Entre el medio centenar de mártires, 31 eran de Córdoba y 13 del sur de al-Andalus, la zona andalusí dividida en coras donde la centralización se había llevado a cabo. El clérigo Eulogio expuso el peligro para la cultura cristiana que representaba la arabización de los cristianos, siendo ejecutado en 859.

sábado, 12 de octubre de 2019

La construcción de un monasterio

monestirs.cat/monst/annex/espa/calleo/zamora/cmoreruela.htm

La adquisición del monasterio de Moreruela (Zamora) por la Junta de Castilla y León, ha detenido el agónico deterioro anterior, señala S. Prieto Morillo en un trabajo sobre la gliptografía en el mismo. Así se han descubierto marcas de las logias de canteros que no eran conocidas hasta ese momento, aunque existe una falta de acuerdo entre los investigadores sobre el devenir histórico del monasterio.

En los años sesenta y setenta pasados se realizaron labores de restauración y, posteriormente, se emplearon medios informáticos para el estudio del monasterio. Parece que los primeros monjes que se asentaron en Moreruela lo hicieron en el siglo IX, pero entonces se debieron hospedar en pequeñas construcciones[i] que solo tenían de monasterio la vida espiritual y de comunidad que hacían. Hubo que esperar al siglo XII para que se levantara la fábrica que nos ha quedado, hoy en ruinas, pero suficiente para ver el prototipo de un monasterio cisterciense, con una iglesia de tres naves, girola y capillas radiales, el claustro orientado al norte y la fachada al oeste. Alrededor del claustro se encontraban las demás dependencias del cenobio, así como una estructura alargada en dirección este y otra de planta cuadrada en dirección oeste.

En la primera mitad del siglo XII los monjes recibieron del rey castellano Alfonso VII el lugar denominado Moreruela de Frades, por medio de Ponce de Cabrera, ricohombre y ascendiente de la poderosa familia de los Ponce de León. A partir de este momento es cuando los monjes decidieron afiliarse al císter e iniciaron una importante expansión económica, no obstante el endeudamiento que las abadías de la época sufrirían, según Prieto Morillo, por empeñarse en construcciones muy ambiciosas.

Lo primero que destaca en los monasterios del císter es la ausencia de figuras escultóricas, pues nacieron como respuesta al esplendor que caracterizaba a los cluniacenses. La concesión de bienes y la exención de obligaciones, las donaciones de particulares y de señores permitieron la construcción del monasterio con el esplendor que aún hoy se aprecia.

Los monjes tuvieron entonces autosuficiencia económica arrendando predios en régimen de explotación señorial y ejerciendo derechos jurisdiccionales, que por ambos medios percibían rentas. Pudo así incrementarse su patrimonio gracias a la ganadería y a la minería, además de al cultivo de la vid, trabajada por conversos al menos durante la etapa inicial del monasterio en el siglo XII.

Lo primero fue construir la iglesia empezando por la cabecera, es decir, por la girola y el presbiterio, para que fuese posible oficiar cuanto antes en ella. Está documentado el trabajo de asalariados, sobre todo para aquellas funciones de mayor especialización. Antes hubo que preparar el suelo y cimentar los edificios, lo que se hizo en los primeros años de la segunda mitad del siglo XII; en las hiladas inferiores del muro exterior de una de las capillas de la girola hay una inscripción donde se puede leer el año MCC, que corresponde al 1162 de la era cristiana.

La disposición de la cabecera –dice nuestro autor- recuerda a los monasterios de Veruela, Fitero, Poblet y Gradefes, así como a algunas iglesias de Borgoña de la misma época. Las logias de canteros que trabajaron en la elaboración de los sillares, así como en la construcción de la iglesia y demás dependencia monásticas, dejaron sus marcas, de una variedad y originalidad extraordinarias.

Algunas de las marcas son espiriformes, pero también las hay muy sencillas: una línea horizontal, otra ondulada, línea horizontal con pequeños ángulos en los extremos, cruz con uno de los trazos inclinado, una línea quebrada, otras en forma de V, dos triángulos unidos por un ángulo respectivo, flechas, círculos con símbolos inscritos (en ocasiones cruces, estrellas, lunas), signos en forma de F o de E invertida, otros en forma de A, de P, de p invertida, en forma de llave… A medida que avanzaba la edificación, los signos son más abundantes, como es lógico, condensándose tanto en los muros exteriores como en el interior. La mayor frecuencia y variedad de signos va menguando a partir del transepto, y un signo cuya interpretación está por hacerse es el denominado “pentalfa”, en forma de estrella con cinco puntas, signo que se ha internacionalizado, como demostró el autor al que sigo en su estudio sobre San Martín de Castañeda.

La existencia de varios signos en el mismo sillar es escasa, y cuando se da puede deberse a sillares desechados y retallados en los que no ha desaparecido la marca primigenia. Un signo muy característico es el de forma de sombrerillo, y otro que presenta cuatro marcas idénticas en disposición cruciforme, en los sillares localizados en las hiladas inmediatas al lado izquierdo del rosetón de la portada meridional, apareciendo con cierta profusión en la girola…

viernes, 11 de octubre de 2019

"Esta es la historia de nuestra codicia pequeñita..."


Así se expresa Gaya Nuño en su obra “La pintura española fuera de España”, publicada en 1958[i]. En 1911 el cabildo de la catedral de Zamora vendió a un anticuario unas arquetas, entre ellas un bote de marfil de época califal valorado en 52.000 pesetas. Enterado Gómez Moreno, que años antes había descubierto dicho bote en el relicario de la catedral, lo comunicó al diputado nacional Guillermo de Osma, ante el temor de que la pieza saliera de España. El asunto llegó a debatirse en las Cortes con la intervención del presidente del Gobierno, José Canalejas, y generó una polémica sobre la propiedad del patrimonio artístico de la Iglesia, de la que se hicieron eco los diarios nacionales. Finalmente, el Estado intervino y compró la pieza, que quedó depositada en el Museo Arqueológico Nacional.

El llamado Bote de Zamora parece que lo labró un joyero al servicio del califa al-Hakán II en la segunda mitad del siglo X (964). A pesar de ignorarse su existencia desde hacía tiempo, todas las arquetas árabes de la catedral de Zamora se encontraban registradas en 1367, formando parte del tesoro de la catedral. Ya en el siglo XX el Bote fue llevado a una exposición que se celebró en Santiago de Compostela. El epígrafe que tiene en caracteres árabes dice: Bendición de Dios para el Imán ‘Abd Allah al-Hakin al Mustansir billah. Príncipe de los creyentes. Esto es lo que ordenó se le hiciera…”.

El descubrimiento del Bote –siguen los autores citados- se produjo durante una de las visitas (1903-1904) que Gómez-Moreno y su esposa realizaron a la provincia de Zamora para la redacción del Catálogo Monumental de la misma. Esta idea de un catálogo que abarcase todas las obras de arte de España está muy relacionada con el espíritu regeneracionista de la época, siendo el mentor de la obra Juan Facundo Riaño[ii], algo sin precedentes en Europa.

La dilapidación de buena parte del patrimonio histórico y artístico de la Iglesia venía de lejos, desde la cabecera de los obispados hasta los rincones más apartados, lo que en algunas ocasiones motivó protestas de los feligreses. En el mismo año en que se vendieron las arquetas que contenían el Bote y otros objetos, tuvo lugar en Villafáfila una manifestación de protesta protagonizada en su mayoría por mujeres y niños, en la que tuvo que intervenir la Guardia Civil, por las sospechas de que el cura había vendido a un anticuario una efigie de Jesús Nazareno. En 1904 se vendieron dos cuadros de El Greco por los canónigos de la catedral de Valladolid (hoy se encuentran en la “Frick Collection” de Nueva York y en el “Museum of Fine Arts” de Montreal). Martín Benito y Regueras Grande siguen diciendo que durante los años sesenta y setenta del siglo XX se llevó a cabo un gran expolio eclesiástico en España.

No serían los únicos objetos que el cabildo zamorano vendería a coleccionistas, lo que contó con la autorización del Nuncio Apostólico, con la excusa de que “la fábrica de la iglesia se halla bien necesitada de recursos”. El dinero obtenido, sin embargo, se invirtió en obligaciones de la sociedad hidroeléctrica “El Porvenir de Zamora”, aunque parte del cabildo no estuvo de acuerdo en esto.

Y entonces intervino del Ministro de Instrucción Pública, mientras que el obispo Luis Felipe Ortiz y Gutiérrez[iii], que ha sido considerado un hombre culto, solicitó se pidiese autorización al papa. En 1926, no obstante, las arquetas que no habían sido vendidas en 1911 fueron a parar al coleccionista Pedro Castillo Olivares sin formalidad legal alguna (así comenta este asunto Gómez-Moreno en su Catálogo).

Cuando el asunto llegó a las Cortes las relaciones entre el Estado y la Iglesia estaban en un momento crítico (gobierno de Canalejas y Ley "del Candado”). De 1910 a 1914 tuvieron lugar por primera vez en España varias sesiones de Cortes a propósito de la venta de la “Epifanía” de Monforte, cuyo autor es Hugo van der Goes, al káiser Guillermo II. La suerte del cuadro llegó a apasionar de tal forma a la opinión pública que el asunto pasó desde la Cámara baja al terreno de la prensa y al Ateneo madrileño.

Cuando los escolapios de Monforte de Lemos, vendida la pintura, se preparaban para exportar la tabla en 1910, el nombramiento de Julio Burrell[iv] como Ministro de Instrucción Pública, supuso la incautación gubernativa del cuadro, desde entonces vigilado por la Guardia Civil. Un acto insólito, recordó Gaya Nuño. Entonces, G. J. de Osma, diputado por Monforte entre 1891 y 1919, mantuvo una posición tibia en el caso de las pinturas, cuando había sido reivindicativo en el del Bote de Zamora.

Dicen Martín Benito y Regueras Grande que, cuando con motivo de la IX edición de “Las Edades del Hombre”, se exhibió el Bote, la mayoría de los visitantes desconocían las vicisitudes del mismo, así como que era el primer episodio (conocido) de un rosario de ventas eclesiásticas que salpican todo el siglo XX. El caso es extensivo a toda España desde las andanzas de Guerra Junqueiro[v], los tapices de Tideo (héroe de la mitología griega desterrado a Calidón[vi]) hasta el expolio detectado en 1996 de casi quinientos volúmenes, entre ellos diez incunables, del fondo antiguo de la Biblioteca del Archivo diocesano (solo recuperados menos de la mitad).

El siglo XIX –dicen Martín Benito y Regueiras Grande- marcó la época de los grandes descubrimientos patrimoniales nacionales e internacionales; por ejemplo, la entrega por Fernando VII de 165 pinturas recuperadas en la batalla de Vitoria (1813) al duque de Wellington, que dio ocasión a una gran expatriación patrimonial que no ha cesado. Más tarde, el rey francés Luis Felipe de Orleáns envió a España una comisión que realizó una compra masiva de cuadros, constituyendo estos la Galería Española de Luis Felipe, instalada en el Louvre entre 1838 y 1848, que se convirtió en un revulsivo naturalista, antesala del impresionismo y clave en la evolución del arte moderno[vii].

Durante la desamortización de Mendizábal tuvo lugar la primera interpelación parlamentaria con la protesta del diputado de Cádiz  y el propio Mendizábal por la venta de los “zurbaranes” de la Cartuja de Jerez, sin éxito.

La importancia del Bote de Zamora radica en su componente oriental (aparte el mérito artístico) que tiene muchos ejemplos de arte eborario, muy propio de la corte de los Omeyas. "... de nuestra dejadez y de nuestro despilfarro”, termina la frase del título que debemos a Gaya Nuño.



[i] Esta cita aparece en un artículo de J. I. Martín Benito y F. Regueras Grande, que es la fuente para este resumen.
[ii] Granadino, vivió entre 1829 y 1901; historiador, realizó estudios de árabe. Fue senador entre 1886 y 1900.
[iii] Poseyó una nutrida biblioteca que hoy forma parte de la Diocesana de Zamora. Era políglota y mantuvo contacto con intelectuales de la época, entre ellos Menéndez Pelayo y José María de Pereda (véase dbe.rah.es/biografias/34071/luis-felipe-ortiz-y-gutierrez).
[iv] Liberal y periodista.
[v] Diputado republicano, periodista y poeta portugués. La colección que lleva su nombre se conserva en su Casa Museo de Oporto y el “Museu Nacional de Arte Antiga” de Lisboa. El término “elginismo” deriva del británico lord Elgin, que se llevó ilegalmente los mármoles del Partenón de Atenas a Londres a principios del siglo XIX
[vi] Ver aquí mismo “El jabalí de Calidón”.
[vii] Se ha valorado el papel de los pintores españoles en la revolución antiacadémica del siglo XIX.

miércoles, 9 de octubre de 2019

El "Palacio sin rival"

Relieve en Nínive con el ataque asirio a una ciudad amurallada
wikipedia.org/wiki/Asiria

A mediados del siglo XIX Austen Henry Layard[i] realizó trabajos arqueológicos en este palacio con un resultado verdaderamente sorprendente: los relieves realizados durante el reinado de Senaquerib[ii] de Asiria, estudiados en un trabajo reciente por Arturo Sánchez Sanz[iii], corresponden al salón del trono y a otras estancias adyacentes.

Asistimos así a una serie de escenas de asedio y escaramuzas en los bosques cercanos a la ciudad de Laquish (en el actual Israel), o el asalto a otra ciudad situada en la costa, la cual aparece en el centro mientras por un lado llegan los soldados asirios, y por el otro se ve a los habitantes huyendo y siendo evacuados en barcos. La llamada sala I conserva una puerta en el centro del muro.

En la sala III se han conservado ocho paneles con el saqueo de una ciudad situada entre dos ríos y junto a bosques de palmeras; por su parte, el rey aparece representado dos veces en sendos paneles, en uno de ellos con epígrafe donde se indica que la ciudad era Dilbat[iv]. La sala IV estaba pavimentada con ortostatos (bloques que forman la parte inferior de un muro) donde se representaron procesiones de soldados y cautivos atravesando un bosque en una región montañosa. En uno de esos ortostatos aparece un personaje sin la parte superior de su cuerpo (perdida), y en la parte inferior de las jambas de la puerta se han esculpido unos pies con garras de ave. Cada jamba estaba decorada con dos figuras, una con pies humanos y otra con patas de ave, identificándose esta sala como un lugar de baño.

Casi todos los paneles de la sala V (51 relieves) muestran campañas militares, en una de ellas cruzando las tropas, a lo largo de un río, una región montañosa y boscosa. En estos paneles se muestra una secuencia temporal de cinco años en los que la escena se repite, los soldados asirios capturan una ciudad mientras el rey examina a los presos y el botín para, después, ponerse de nuevo en camino hacia las siguientes ciudades a asediar: Kasubi y Aranzias. Esta sala habría servido para que esperasen los que habían de ser recibidos.

En el llamado patio VI se representa una campaña militar comandada por el rey a través de una región montañosa con árboles y viñedos. Los soldados asirios están persiguiendo a sus enemigos, mientras que en otros paneles se muestra la extracción de piedra para la fabricación de los toros colosales, así como el transporte de estos toros hacia el palacio, primero a través de montañas y luego atravesando lo que parecen un pantano y un río. En otros paneles aparece un epígrafe con el nombre de Balatai, una localidad cercana a Nínive. La puerta de acceso a este patio estaba flanqueada por dos toros colosales que Layard encontró sin cabeza.

Los relieves neoasirios fueron el elemento decorativo principal de los palacios. Vemos, pues, que los relieves del palacio de Senaquerib muestran, principalmente, estos tipos de representaciones: campañas militares del rey, que no aparece cuando se trata de batallas campales; desfiles o procesiones y escenas de transporte, donde el rey aparece para demostrar que es un rey constructor y que el éxito de las operaciones se debe a su supervisión[v]. La primera campaña militar de Senaquerib fue en Babilonia, fechada entre 704 y 702 a. C., donde estableció el control de las ciudades fortificadas que estaban bajo la influencia de dicha ciudad, haciéndose con las ciudades rebeldes que encontró en su camino de regreso a lo largo del Tigris.

Con respecto a la segunda campaña del rey, la fuente principal es el cilindro de Bellino[vi], de donde se deduce que era característica de estos reyes llevar a cabo una campaña anual en el verano. Esta segunda campaña fue contra los “kassi” y los habitantes de los montes Zagros; después continuó hacia Ellipi[vii], y acabó con la recepción de tributo por parte de los medos. Parece que esta campaña tenía dos objetivos –dice Sánchez Sanz-, el control de las rutas comerciales que discurrían por esas regiones y el control sobre Ellipi como zona fronteriza con Elam. En cuanto a la tercera campaña se llevó a cabo, quizá, en 701 a. C. en tres fases que conocemos por el cilindro Rassan, descubierto por el arqueólogo Hormuzd Rassan: el ejército de Senaquerib marchó por la costa fenicia para recoger el tributo de las ciudades sometidas (tributo que estaba perfectamente reglado); luego vino el enfrentamiento con los filisteos y egipcios, y finalmente el intento de apoderarse de Judea, logrando victorias en algunas ciudades fortificadas de la región pero sin poder tomar Jerusalén. Ello lleva a los especialistas a relacionar los relieves de este palacio con las tres primeras campañas de Senaquerib, aunque no se puede descartar que otros relieves se refieran a campañas posteriores.

Senaquerib fue el rey que trasladó la capital de Asiria desde Dur Sharrukin (hoy Khorsabad) a Nínive (700 a. C), donde en la zona suroeste mandó construir un palacio que llevó el nombre del título. Sus restos se hallarían en uno de los dos grandes montículos que abarcaban los muros de la antigua ciudad de Kouyunjik (Nínive). La mayor parte de los muros del palacio se recubrieron con ortostatos, como era tradicional, haciéndose muchísimos relieves que narran, en un tono elogioso, las hazañas del rey. Cuando Nínive cayó en manos de una coalición de medos y babilonios en 612 a. C., el palacio fue saqueado y quemado, de forma que el piso superior cayó sobre el inferior, quedando sepultadas sus ruinas durante más de 2.500 años.

Desde Asurnasirpal II (883-859) hasta Sargón II (predecesor de Senaquerib), se fijó el modelo del palacio neoasirio, aunque se establecieron algunos cambios que aquí no nos interesan. Destacaban las salas del trono y las anexas, empleadas para las audiencias reales; también formaban parte de estos palacios la parte para vivienda de la familia real y los cortesanos. En la sala XXXVI del “Palacio sin rival” se encontraron las inscripciones cuneiformes y las imágenes que representaban el asedio a la ciudad de Laquish, en Judea, y Jerusalén.

La situación política de los reyes neoasírios muestra un fortalecimiento de su poder, aumentando la magnificencia de las representaciones palaciegas. Los palacios se organizaban en torno a varios patios y constaban de varias salas donde se celebraban banquetes, se ejercía la administración, etc. El de Senaquerib al que nos referimos aquí constaba de más de setenta habitaciones en las que debió haber más de 2.000 relieves, aunque solo una pequeña parte de ellos podemos ver hoy. No obstante, parte de esos relieves pertenecen a la época de Asurbanipal (668-627), cuando el Imperio estaba muy próximo a su final.



[i] Vivió entre 1817 y 1894. Además fue dibujante.
[ii] Reinó entre 705 y 681 antes de Cristo, gobernando durante algunos años también en Babilonia.
[iii] En el trabajo de este autor se basa el presente resumen: “Los relieves del Palacio sin Rival de Senaquerib”.
[iv] En el centro del actual Irak.
[v] No obstante, a pesar de las numerosas obras hidráulicas llevadas a cabo por Senaquerib, estas no aparecen representadas en los relieves del palacio.
[vi] Datado en 702, proporciona información sobre las dos primeras campaña de Senaquerib contra Babilonia, los casitas y otros pueblos de la frontera oriental de Asiria.
[vii] En la vertiente occidental de los montes Zagros.

martes, 8 de octubre de 2019

El "origen" de Europa

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Durante algún tiempo –dice E. Mitre- el territorio entre el Pirineo y el Loira se convirtió en un importante campo de batalla. En 721, los árabes sufrieron una importante derrota delante de Toulouse a manos de Eudes de Aquitania, siendo el primer fracaso militar de los musulmanes en el Occidente. A partir de 731 una nueva ofensiva más demoledora quebraría la resistencia aquitana. El continuador de la crónica de Fredegario[i] informa de cómo las iglesias en torno a Burdeos y la basílica de San Hilario de Poitiers fueron pasto de las llamas. Los invasores se aproximaron a Tours y en manos de los francos del norte quedó el papel de defender la Galia de los musulmanes.

De acuerdo a la idea más convencional, Europa daría sus primeros pasos como resultado de un movimiento defensivo frente al Islam[ii]. El texto capital que daría nacimiento a esta en un sentido histórico y político se encontraría en la “Crónica mozárabe”, escrita en territorio hispánico en 754, pero bajo dominio musulmán. El anónimo autor hablaría de la importante victoria obtenida por los europenses sobre los musulmanes en las cercanías de Poitiers (732). Por europenses  se entendía el heterogéneo conglomerado de fuerzas capitaneadas por el vencedor del encuentro: el mayordomo o intendente de palacio del reino franco de Austrasia, Carlos Martel.

El choque fue mucho más que una simple escaramuza; los actos heroicos no contaron más que el pillaje al que fue sometido el campamento abandonado por los árabes quienes, en los años siguientes, seguirían hostigando el sur de la Galia. Pirenne sostuvo que ese triunfo de Carlos Martel no fue registrado en los textos históricos francos, lo que demostraría la decadencia cultural bajo la que el territorio vivía. J. Flori[iii] ha destacado, por su parte, que los coetáneos del choque de Poitiers no tuvieron ninguna conciencia de la unidad religiosa y cultural de la Cristiandad frente a un peligro islámico. No hubo colaboración religiosa alguna en el hecho, si nos atenemos a las fuentes. Otros, en cambio, consideran que el cronista que siguió la obra de Fredegario habla de la “perfidia gens sarracenorum”, o de los estragos que las fuerzas de Carlos Martel causaron a los musulmanes “Christo auxiliante”.

Para la posteridad, no obstante, el vencedor de Poitiers aparece como el salvador de Occidente. Las victorias de Martel frente a los musulmanes y otros enemigos de los francos (la nobleza levantisca, los sajones de las fronteras orientales, los frisones del norte), constituyeron una buena baza a jugar por su hijo y sucesor en la mayordomía palatina, Pipino el Breve.

Con la complicidad del papa Zacarías (741-752, de origen griego), Pipino destronó al rey merovingio Childerico III[iv]. Da comienzo entonces la reunificación del reino franco, hasta entonces pasto de las disensiones civiles y de las incursiones musulmanas. También empezaron unas estrechas relaciones con el pontificado, algo inédito porque el emperador bizantino había sido considerado hasta ese momento el continuador del Imperio romano clásico. A través de Bonifacio[v], los carolingios tomaron contacto con Roma, operación clave para la futura política de Carlos (Carlomagno). Pipino vio legitimada su discutible titulación real merced a la unción, recibida primero de Bonifacio y luego del papa Esteban II para él y sus hijos Carlos y Carlomán. El pontífice, por su parte, se beneficiaba de la protección franca frente a las presiones militares de sus vecinos lombardos.

La cancillería franca se hizo receptora de la teología de la alianza entre realeza e Iglesia, y quizá en estos años se redactó en la cancillería pontificia el documento conocido como “Donación de Constantino” (falsa), base para la creación de los Estados Pontificios. El rey franco daba primacía a los papas de Roma sobre los patriarcas de Constantinopla, Jerusalén, Alejandría y Antioquía, y el papa recibió, además, el palacio de Letrán, la iglesia de San Pedro del Vaticano y fue nombrado soberano sobre Roma, Italia y el conjunto de Occidente. Estas maniobras permitían a los papas marcar distancias con Constantinopla y recuperar –con la ayuda de Pipino- algunos territorios ocupados hasta entonces por los lombardos. Al título real Pipino añadió el de Patricio de los Romanos, hasta entonces reservado a representantes del emperador bizantino en Italia, que implicaba su conversión en protector de los intereses de la Iglesia romana. Papas y carolingios dependían mutuamente entre sí.

Aunque ciertas fuentes presenten a Carlomagno como el no va más de los gobernantes (el sacerdote Catulfo, el poeta Angilberto, Alcuino de York y ciertos anales) hablando en algún caso[vi] de “Europa vel regnum Karoli”, refiriéndose a los territorios cubiertos por los títulos que Carlos ostentaba, los de rey (de francos y lombardos) y el de patricio de los romanos, la realidad es menos risueña.

No obstante, la coronación de Carlos como emperador en Roma, a finales del año 800 por el papa León III, que estaba en apuros, se ha considerado como el acontecimiento político más importante del Medievo. Mitre dice que estaríamos ante uno de los primeros injertos de lo romano y lo europeo, y P. Courcelle[vii] escribió que “el Imperio cristiano de Occidente caerá en manos de un bárbaro; pero este bárbaro será él mismo un cristiano que retomará el Imperio y al que todos en Occidente tienen por heredero legítimo de las tradiciones romanas”.

Es lo que se ha llamado “Renovatio Imperii” después de tres siglos de vacancia, pero de esta “renovatio” no hay constancia que tuviesen conciencia sus protagonistas. Aún conservándose vivo el recuerdo de Roma, no era un “Imperium” acorde a las pautas romano-mediterráneas al uso lo que renació en el año 800. P. Riché[viii] ha escrito que “es en la época carolingia cuando puede considerarse Europa como algo más que una expresión geográfica: es una entidad política frente a Bizancio y los países musulmanes”. El problema es que no se podría excluir al mundo griego dominado desde Bizancio de lo que llamamos Europa (digo por mi parte). El debate historiográfico parece reducirse al Occidente tal y como se entendió entonces y aún ahora se distingue (una Europa occidental y otra oriental).

Algunos especialistas –sigue diciendo E. Mitre- recuerdan que para sus coetáneos Carlomagno era emperador antes del año 800: la coronación no sería más que una sanción en la que un papa que tenía problemas con sus súbditos romanos, León III, deseó ostentar un protagonismo que no le correspondía. Como emperador, se podía considerar a un monarca que estuviera por encima de los otros reyes, y Carlos, ya en 781, había establecido en el interior de sus dominios dos reinos cuyo gobierno encargó a sus hijos: Pipino en Lombardía, anexionada en 774; y Luis en Aquitania. Solo quedaba extender la influencia del Imperio al otro lado de los Pirineos, dominar a los sajones, a los frisios, a los bohemos, a los ávaros, y al otro lado de los Estados Pontificios, el Ducado de Spoleto…

Así “resuelven” los historiadores el “origen” de Europa, pero se trata de una Europa occidental, germana y latina, quedando fuera los territorios dominados por Bizancio y la periferia nórdica.




[i] Redactada a mediados del siglo VII en Austrasia (entre Turingia, el canal de La Mancha y Frisia). En el centro se encuentra Aquisgrán.
[ii] E. Mitre, “Una primera Europa”. En un capítulo de esta obra se basa el presente resumen.
[iii] Vivió entre 1936 y 2018 y sus investigaciones abarcan la caballería y las cruzadas durante la Edad Media.
[iv] Había sido alzado al trono de Austrasia y Neustria por el mismo Pipino, mandándolo tras su deposición a un monasterio. Se ha conocido a los últimos merovingios como “reyes holgazanes” o ineptos para gobernar.
[v] Curiosamente de origen inglés y llamado “apóstol de los germanos”, bárbaros en origen.
[vi] Los Anales de Fulda abarcan buena parte del siglo IX.
[vii] Vivió entre 1912 y 1980
[viii] Vivió entre 1921 y 2019, siendo reconocido como un especialista en la Alta Edad Media.
(El mapa refleja la teórica máxima expansión del imperio carolingio).

El lujo de los antiguos

https://www.barcelonaturisme.com/wv3/es/page/39/agenda.html

“Los antiguos imperios asirio, babilónico, fenicio y persa”, junto con el de Alejandro Magno, tuvieron en común el gusto por el lujo entre los gobernantes y los grupos dirigentes de la sociedad, se lee en un folleto de la exposición que está ofreciendo CaixaForum (Madrid) sobre el lujo entre los antiguos.

Es cierto que estos imperios, aunque distintos entre sí (los fenicios, en realidad, tuvieron una especial preocupación comercial) establecieron corredores de comunicación entre el Mediterráneo y parte de Asia.

Solo entrar a la exposición nos encontramos con un pez de tamaño regular que resulta originalísimo en su naturalismo y trabajado en oro: las escamas, la boca y los ojos, la cola del pez, es o fue un frasco para aceite de entre el 500 y 400 a. de C. procedente de Tayikistán. Un relieve en yeso, de entre 645 y 635 a. de C., se nos ha conservado sin la pintura que, al menos en parte, tuvo en su momento, y también un obelisco de Asurnasirpal II en basalto (la pieza se encuentra seccionada).

También un relieve con cabeza de caballo ornamentada en yeso procedente de Jorsabad (710-705 a. de C.). De los asirios del último imperio sabemos que utilizaron los ladrillos, la madera de cedro y ciprés, según se lee en una inscripción en cilindro del rey Asarhanddón (672 a. de C.), particularmente para los palacios. De estos "cilindros" poligonales se exponen varios, así como otras inscripciones.

En una forma de melón hecho con arcilla se ha escrito la crónica de Sargón II (650 a. de C.), y otra de Asurbánipal procedente de Nínive (668-630 a. de C.), también en arcilla. En realidad las formas sugerentes, los materiales ricos, el lujo, estaban unidos al poder político y a la expansión imperial. Los antiguos, desde los asirios y babilonios hasta los griegos macedonios, gustaron de los placeres sensoriales, aprovechando para ello a los mercaderes de lo exótico, pues obras de unos han aparecido en territorios de otros.

Podemos ver en la exposición tres piezas del tesoro de Oxus, en Asia central (ríos Daria) y un frasco para aceite decorado sobre fondo negro (arcilla) encontrado en Basilicata de entre 410-400 a. de C. Aquí ya vemos el gusto griego en la decoración de los vasos. Se nos conserva un calcógrafo[i] de cobre y, de nuevo en Nínive, se encontró un músico en relieve, hecho con yeso, del siglo VII a. de C. Estilizadas estatuas votivas procedentes de Chipre (s. VI a. de C.) en piedra calcárea, un turbante chipriota del mismo siglo y material; diversas joyas de oro del siglo V a. de C.

Otra vez en Nínive, los asirios de los siglos VIII-VII a. de C. esculpieron un relieve donde hombres que llevan frutas están trabajados en piedra. Y otro relieve con los jardines de Nínive en un registro superior (s. VII a. C.) en yeso, donde se pueden ver, en registros inferiores, carros, caballos, jinetes y armas (entre ellas, arcos). Nínive ha sido un fondo de riqueza para los arqueólogos, pero también para los que se han apropiado de piezas que luego han vendido a museos o a los mejores postores: en este caso un relieve de mujer con flores, en yeso, del siglo VII a. C.

Yéndonos a la civilización griega puede verse una cabeza de sarcófago en mármol, del siglo IV a. C., donde se observan las influencias egipcias, y una copa con cabeza de toro, en arcilla, del siglo IV a. C. encontrada en Apulia.

Claro que todo este refinamiento y riqueza eran exclusivos de los grupos superiores de aquellas sociedades: la corte, los altos funcionarios, algunos generales de los ejércitos, ricos comerciantes…, pero hoy podemos ver que, al tiempo que las guerras y las rapiñas, existieron artífices que supieron dejarnos, en diversos materiales, imágenes votivas, figuras fantásticas, tallas en piedra calcárea, baldosas vidriadas, recipientes ricamente decorados y hechos en oro, pendientes delicadísimos y monedas con la imagen supuesta de Alejandro el macedonio, una de ellas, en plata, encontrada en Pérgamo.

Volviendo al folleto de la exposición, se nos dice que “habiendo conseguido una señalada victoria [Alejandro] con muerte de más de diez mil hombres, no acabó con Darío, que se le había adelantado en la fuga cuatro o cinco estadios… Cuando vio las cajas, los jarros, los enjuagadores y los alabastros, todo guarnecido de oro y trabajado con primor, percibió al mismo tiempo el olor fragante que de la mirra y los aromas despedía la casa…”, todo lo que los persas habían abandonado en la ciudad de Damasco. Arte y guerra, dos conceptos antitéticos que convivieron en otros tiempos como en la actualidad.



[i] Para estampar láminas metálicas grabadas.

lunes, 7 de octubre de 2019

Viaje a Toledo

El cardenal Borja

 No se trata aquí de reproducir lo que una guía turística diría, sino de plasmar las sensaciones vividas en este viaje a una ciudad singularísima, que ha desbordado los márgenes de la meseta sobre la que fue construida desde época romana, para continuar dando habitación a moros, cristianos y judíos durante la Edad Media, dejando estos las muestras más significativas de su particular cultura.

En una calleja sin salida se encuentran, formando parte del subsuelo de una edificación actual, unas termas romanas, o mejor dicho, la parte inferior de las mismas, que corresponden al siglo I hasta mediados del II de nuestra era. Destaca una estructura abovedada para la canalización del agua que, por su envergadura, da idea de la importancia de la obra en su momento de esplendor. En realidad, el yacimiento muestra los lugares donde trabajarían los que mantenían el funcionamiento de las termas, seguramente esclavos, de ahí que no tengamos muestras vistosas como en otros casos. Se conserva un arco de herradura con dovelas de ladrillo bien trabajadas, así como el arranque de los pilares que sostendrían el suelo de las termas. También se conservan muros de opus caementicium u hormigón romano, que atraviesa el hipocausto (sistema de calefacción).

Quizá estas termas estaban compuestas por tres edificios adosados, el central más alto, cubiertos a dos aguas. Otro gran arco de medio punto, construido con dovelas de piedra, deja ver un fragmento de muro, y en otro lugar se ha descubierto la pared curva de un aljibe medieval. Buena parte de la ciudad vieja está horadada por galerías con yacimientos arqueológicos de diversas épocas.

En medio de la ciudad vieja se encuentra una de las catedrales góticas más notables de España, quizá la que debe menos a la influencia francesa, aunque también encontramos aquí vidrieras que no llegan a la amplitud y magnificencia de las de León o Chartres. Pero sí podemos ver la enorme importancia de su decoración escultórica, como era común más en el gótico que en el románico y en los estilos posteriores, sobre todo por la monumentalidad de la misma.

En una de las portadas se abalanza un león contra un ave fantástica, sobre cuyas figuras, en registros a mayor altura, se representan edificios. Bajo doseles, figuras en bulto redondo con los pliegues que tanto gustaba representar a los escultores de aquellos siglos, con personajes que muestran un naturalismo desconocido para los del románico. Arcos apuntados y trilobulados, estatuas sobre peanas en las jambas de las portadas, la más notable de ellas desde la que se pueden ver la torre y la cúpula flanqueándola.

En el interior el transparente de Narciso Tomé, capricho barroco que solo puede concebirse si se quiere rizar el rizo en una obra inmensa, tanto en la girola de la iglesia, donde se encuentra aquel, como en toda la estatuaria de la catedral, con escenas complejas de arrebatos místicos, movimientos teatrales, abundancia de ropajes labrados en piedra o mármol, arquillos y nichos con figuras, angelotes que se suspenden casi en el aire. El coro es un trabajo formidable, con escenas guerreras donde se representan caballos, lanzas y otras armas, soldados y gentes de la más variada condición. Pequeños detalles, como el del perro que lame las heridas al mendigo, se suman a otros en los numerosos asientos.

En una de las dependencias de la catedral toledana se encuentran pinturas de El Greco (un San Pablo, obra de entre 1605 y 1610) en óleo sobre lienzo, y una muy conocida de Tiziano, el retrato de Pablo III[i], en óleo sobre tabla, donde el anciano y sedente personaje aparece pensativo, con la gran esclavina roja. Aquí tiene la cabeza descubierta, al contrario que el cuadro con el mismo personaje de 1543. También se encuentra aquí el retrato del cardenal Borja[ii] en óleo sobre lienzo, obra de los últimos años de Velázquez a mediados del siglo XVII. El personaje nos mira, tocado con el bonete y la esclavina roja, destacando la palidez de su rostro sobre el fondo negro.

En uno de los laterales de la catedral se encuentra, desde hace pocos años, la tumba del arzobispo Bartolomé Carranza (ver aquí mismo “Carranza, un reformador condenado”). Pero para ver el interior de la catedral con sus riquezas, tuvimos que pagar a un esbirro del arzobispo crecida cuota…

Obra grandiosa, pero poco acorde con el espíritu franciscano, es el monasterio de San Juan de los Reyes, construido con el dinero que aportaron los Reyes Católicos. Profusión de pináculos, iglesia de una sola nave pero de gran altura, con escudos a un lado y otro de la cabecera; lo más interesante, quizá, es el claustro, obra realmente profusa y de varios autores, especialistas unos en desnudos (niños), detalles pintorescos (jugando o trabajando en un ambiente campestre), monstruos de las más variadas formas con grandes orejas, fauces, alas y escorzos; aquí un mono come unos frutos, allí una bestia alada con patas de ave, granadas quizá alusivas al reino por conquistar, pues el monasterio se levantó con ocasión de la victoria de los reyes en Toro (1476).

Callejeando por Toledo aparecen arcos de herradura construidos con ladrillo, flores entre las rejas de las ventanas, calles con pintorescos nombres (Bajada del Pozo Amargo, Cuesta de los Pajaritos…), espadañas y portadas nobles, puertas defensivas, almohadillados, estrecheces que sugieren chismorreos y vecindad, portalones, torres mudéjares, jardines desde los que asomarse al Tajo (en las proximidades de la sinagoga del Tránsito hay un balcón que permite ver, muy cerca, un meandro del tranquilo río). En una de esas calles se encuentra la sede del archivo histórico, con un sobrio claustro de columnas en dos pisos.

El Toledo judío se ve mejor que en ninguna otra parte en la zona más próxima de la ciudad al Tajo, donde es más fácil el contacto con el río: allí está la judería, con el barrio del Alacava[iii], el degolladero, el puente de San Martín y las sinagogas, de Santa María la Blanca y del Tránsito. Nada menos que ocho puertas había para acceder al barrio de los judíos medievales.

En un museo sefardí adjunto a la sinagoga del Tránsito, que recoge objetos de muy diversas épocas y motivos, se encuentran las losas sepulcrales de unos y otros. El espacio ocupado por esta sinagoga contaba con un patio y varios aljibes, despensa, cocina y salas, correspondiendo la mayoría de la excavación a los siglos XII y XIII, y en el siguiente, bajo el patrocinio económico de Samuel ha Leví, se arrasaron aquellos edificios para construir la sinagoga, cuyo exterior es de planta rectangular, con muros de mampostería y ladrillo y arcos en la parte superior. El interior es fastuoso por la decoración de su pared principal, con ricas ornamentaciones, oraciones y frases poéticas en los frisos. La creencia en otra vida tras la muerte está muy arraigada en el pueblo judío, y de ahí los rituales religiosos.

En el museo se conserva un ídolo doméstico de basalto con un gran pico, que se remonta al 4º milenio. Se trata de un “altarcito” procedente de Golán. También hachas de bronce del segundo milenio, un vaso carenado (cerámica de la misma época), ropajes de sefardíes, objetos rituales, domésticos, fotografías de judíos de los dos últimos siglos…

Al otro lado de la ciudad, extramuros, encontramos el hospital mandado construir por el arzobispo Tavera: exageración para una época en la que ser hospitalizado era, en muchas ocasiones, antesala de la muerte. Imponente edificio, se encuentra algo alejado, pero casi enfrente, de la puerta de Bisagra, con las águilas bicéfalas imperiales. El hospital consta de tres cuerpos, el superior más bajo que los otros dos, el inferior almohadillado y el del centro con grandes sillares. La portada, que se extiende esbelta atravesando en su mitad los tres cuerpos, es de gusto clasicista, decorándose las ventanas, adinteladas las del cuerpo inferior, con arcos de medio punto las del central, con potentes almohadillados.

El edificio de Ayuntamiento, de estilo herreriano, Toledo de noche y de día, sus mazapanes, el regusto judío y mudéjar, pero ante todo, el verdadero poder de Toledo, antes y ahora, es la Iglesia, con sus riquezas inmensas y sin precio.

En contrapunto, la estación del ferrocarril, construida a principios del siglo XX siguiendo un estilo neomudéjar, conserva su antiguo buzón de correos, el artesonado de la época, las ventanillas donde se expedían los billetes. ¡Que gran acierto el de aquellas autoridades y arquitectos! Demostraron ser cultos y respetuosos con la historia de la ciudad. 



[i] Uno de los miembros de la familia Farnesio, que ejerció el mecenazgo en su favor encargándole a Antonio de Sangallo la construcción de un palacio en Roma.
[ii] De la familia Borgia, el retrato de la catedral es el original, habiendo una copia en el Museo de Arte de Ponce, al sur de Puerto Rico. Entre otros cargos, el cardenal Borja fue arzobispo de Toledo y embajador ante el papa.