jueves, 21 de mayo de 2020

Las Memorias de Alcalá-Galiano (6)

Mallos de Riglos (Huesca)

Nuestro autor tenía, allá por el año 1810, una opinión muy negativa del Gobierno supremo de España, que yacía, si no difunto, aletargado, justo en el momento en que se formó la Junta de Cádiz, cuya autoridad no quería fuese ofuscada o contradicha por otra superior, lo cual era inevitable, pues la Junta de Cádiz hubo de contentarse y respetar lo que establecía el Gobierno. Cádiz era entonces –dice- una España abreviada, conteniendo un crecido número de habitantes de otras provincias, muchos de ellos “personajes de primera nota”, y todos los empleados que siguen al Gobierno, incluso los de superior categoría. Este personal contrastaba en sus opiniones con la población originaria de Cádiz, que veía al Consejo de Regencia como contrario a las reformas. La Junta gaditana, deseosa de bullir y de adquirir importancia, propuso a la Regencia que se encargaría de hacer frente a los gastos del Estado, entendiéndose que para ello se le debían entregar todos los recursos de que dispusiese el Gobierno, incluso las remesas de caudales de América, que solían venir sin que nadie tuviese sospecha de que aquella corriente de plata (faltando el temor de que los ingleses la interceptasen el paso) pudiera verse interrumpida.

El Consejo de Regencia accedió a esta pretensión, pasando la Junta de Cádiz a ser depositaria y tesorera. Galiano juzga positiva la gestión de la Junta, aunque dice también “que con sus servicios creció su desafuero, aspirando a entremeterse en todo”. El duque de Alburquerque tenía sobre sí la responsabilidad del mando del Ejército, estando ufano de haber salvado a la isla gaditana, acudiendo a encerrarse en ella por una marcha hábil y atrevida. Era este duque don José María de la Cueva y de la Cerda, que había servido al rey Carlos IV, siendo enviado durante la guerra como embajador a Londres, donde murió en 1811.

Mientras tanto había un clamor reclamando Cortes, oponiéndose a ello “algunos que antes las invocaban, y señaladamente el Consejo Real”, y comenzaba a ser recia ya la pugna entre los partidarios de las innovaciones y sus contrarios, disputas ya empezadas en Sevilla, y aún en Madrid, pero cuyo ruido quedaba ahogado por la guerra. El cardenal de Borbón, por su parte, era pariente cercano del rey, aunque no en el goce de los privilegios de la familia real, por el desigual casamiento de su padre. Era hombre gordo, “con cara de bobo y aún con opinión de serlo”, si bien algo después pasó por persona de buen juicio, habiendo abrazado con calor la causa de las reformas.

Habla también Galiano del obispo de Orense, Pedro Benito Queveno y Quintano, jesuita que había fundado hacía unos pocos años el seminario de la ciudad gallega. Formaba parte del Consejo de Regencia y era persona de virtud austera, destacado por su caridad y por su desobediencia al gobierno antes, pues se negaba al regalismo imperante. Cuando ocurrieron los sucesos de Bayona, siendo llamado a la Junta que allí había de celebrarse, se negó a ir y justificó su resistencia en una carta donde, con mezcla de prudencia y de arrojo, censuraba moderadamente la conducta de Bonaparte, lo que le sirvió el aplauso de muchos, y así se comenzó mucho a citarle en España. Floridablanca, que presidía la Junta Central, le nombró inquisidor general, hecho recibido por las gentes ilustradas con disgusto, pues se daba con ello idea de mantener el tan odiado tribunal.

Galiano dice que el tal obispo de Orense, llegando a Cádiz, era de mala presencia, “muy desaseado como correspondía a su clase de virtud, temoso, hablador insufrible y nada apto para el manejo de los negocios, sirviendo a los de su parcialidad [los conservadores] más de estorbo que de ayuda. Se resistió a la convocatoria de Cortes, lo que no sirvió para nada, pues se convocaron, y a una de las primeras sesiones asistió Galiano. De ellas dice que presentaban un espectáculo que pintaba la confusión de ideas reinantes a la sazón en las cabezas españolas. Pero acaba de declararse solemnemente que la soberanía residía en la nación, declaración por algunos combatida, por otros aprobada y por muchos aceptada, sin comprender su verdadero significado. El “cuerpo soberano” se reunía en la Casa de Comedias, que era pobre y con escaso adorno. En una de sus sesiones habló Gutiérrez de la Huerta, “fácil, verboso declamador un tanto instruido, pero no de buena clase de estudios, a la sazón dueño del aura popular; no alistado todavía en la parcialidad antirreformadora a que después se allegó, sino, al revés, mostrando empeño en reducir las prerrogativas de la Corona.

También hablaron don Juan Nicasio Gallego, a quien el autor conocía desde que iban juntos a la casa de Quintana. Dijo también algunas palabras Capmany, “también conocido mío antiguo, a quien no era grato oír, por su mal acento catalán, sin que estuviesen en él bastante compensadas estas faltas en las formas por los méritos de la materia de sus discursos". Argüelles intervino, cuya fama aún no había llegado a lo más alto…

Por entonces se encontraba en España el duque de Orleáns, Luis Felipe, de quien se supuso que las Cortes hablarían secretamente sobre sus pretensiones. Galiano dice de él (cuando escribe está Luis Felipe en los últimos años de su reinado francés) que se había distinguido como guerrero y republicano, y en las desgracias de la emigración, a la que se vio compelido por haber hecho uso de su talento –dice- y conocimientos pero cuya fama antigua había estado por largos años en eclipse, estaba en España desde la primavera anterior. Su venida a la Península había sido misteriosa, dice Galiano, casi negando haberle llamado los que le convidaron a venir, y no explicándose claro cuál había sido el objeto del convite; habiendo él a su llegada encontrado mal recibimiento en Cataluña, adonde primero aportó, según parecía, con la mira de encargarse allí de un ejército, y causando recelos en algunos.

Sabían muchos que el ilustre duque había tenido desabridas contestaciones con el ministro Bardají, quejándose aquel, no sin motivo, de la singular situación en que estaba; que los ingleses eran muy contrarios a sus pretensiones, y que entre los diputados electos se había formado un partido de los que lo eran por las provincias americanas. Lo general “era mirar con desvío al de Orleáns, o porque era francés, o porque era Borbón, o porque había sido republicano, o porque había dejado de serlo, o porque tenía calidad de príncipe de la regia estirpe…”. Así que en la calle convenían todos en desear que al duque de Orleáns se respondiese con una negativa desabrida y dura si insistía en tener alguna clase de destino en España. Todos oíamos a Quintana con sumo placer –dice- siendo desahogo de nuestro antiguo reprimido odio a un Gobierno aborrecido poder calificarlo en voz alta de tirano.

Cuando iba a empezar una sesión de Cortes, estando congregada la multitud y con ella Galiano, oyeron las pisadas de unos caballos y vieron asomar, montado en uno y seguido de dos o tres personas, al mismo duque de Orleáns, que traía vestido el uniforme de capitán general español. Se apeó y entró en el edificio que estaba junto al Congreso, por la puerta destinada a entrar los diputados, la misma por donde, siendo aquella casa teatro, entraban los actores. Cuando por entre una puerta a medio abrir se pudo ver al duque dentro, se descubrió que estaba sentado en no menos decoroso lugar que en el banquillo o la pobre silla donde, a la hora de la representación, solía ponerse el humilde sujeto que cuidaba de no consentir el paso por allí a otros que a los comediantes y a sus familias, lo cual halagó el orgullo de nuestro autor y de no pocos que lo vieron.

Las Cortes decretaron la libertad de imprenta y se publicaron los primeros periódicos en Cádiz, al tiempo que fallecía Vicente Alcalá-Galiano, tío de de nuestro autor, de cuya persona hace un juicio en estas Memorias, así como de su hermano don Antonio.


martes, 19 de mayo de 2020

Las memorias de Alcalá-Galiano (5)

Foto antigua de Alcañiz
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En mayo de 1809 se había producido la batalla de Alcañiz, una de las más encarnizadas de la guerra, siendo la vitoria para los patriotas españoles, o para el conglomerado de los que se juntaban bajo esta denominación. Parece ser que fue tan humillante para el mariscal Suchet que no informó de la derrota ni de la existencia de la batalla.

Martínez de la Rosa se encontró con Galiano en Cádiz preguntándole si era él, pues habían mantenido correspondencia desde hacía tiempo sin conocerse personalmente: “me di el parabién –dice Galiano- de que siguió un trato frecuente y amistoso”, pero de la Rosa partiría poco después para Inglaterra. No tardaría en volver y verse ambos en “cierta pandilla políticoliteraria a que él, llevado por la fuerza de los sucesos, vino al cabo a asociarse.

Nació un hijo de Galiano a quien “miré yo a esta tierna criatura con el afecto natural de un padre, aunque el pequeño moriría a los pocos meses a causa de una de tantas enfermedades como en la época se llevaban por delante a los que menos defensas tenían. Mientras vivió, la familia de Galiano acudió a la Cuna (nombre de la casa de expósitos) para encontrar la nodriza adecuada, aunque la criatura mamó de varios pechos. El matrimonio de Galiano no fue feliz el tiempo que duró, hasta el tiempo de vivir separados los cónyuges algún tiempo, buscar arreglos y al final separándose de hecho.

En cuanto a la guerra contra los franceses, dice el autor que fue conmovedor ver, desde las alturas de un cerro llamado Buena Vista, en el camino de Jerez, a la caballería francesa, amenazando la ciudad de Cádiz (eran los primeros días de febrero de 1810). En contra estaban las fuerzas navales británicas y españolas, que eran numerosas. “Nada faltaba, pues, y nada se temía; y sin embargo, hacía efecto en el ánimo la presencia de tropas enemigas en el punto más apartado de la frontera del Pirineo”. Se alistó el autor en los voluntarios de Cádiz, que hasta entonces consideraba cuerpo de poca utilidad, al tiempo que comenzó su amistad con José García de León Pizarro, “cuya duración fue bastante larga, aunque hubo de acabar en apartamiento y en pique, y si no en enemistad, poco menos. Era Pizarro, en este momento, secretario del Consejo de Estado, y mayor que Galiano, habiendo comenzado aquel sus servicios muy joven. Después de pasar algunos años en Berlín y Viena, primero agregado a la legación y después como oficial de embajada, había venido a Madrid a la Secretaría de Estado, siendo ministro Urquijo.

A Galiano le pareció Pizarro agudo e instruido, hombre de vastas lecturas, pero también era “travieso y algo calavera”, siendo muy chistoso en sus ocurrencias, original, dado a galanteos y a relaciones de no buena clase con mujeres de mala nota (dice Galiano). Tenía afectada rareza en el vestir, “pecando por descuido, aunque no por desaseo”, lo que con el tiempo vino a convertirse en desaliño. A pesar de su afición a las mujeres “distaba bastante de ser bien parecido, siendo de estatura pequeña, de no buenas facciones y de vista torcida”. En su momento había jurado obediencia a Bonaparte y a la Constitución de Bayona, aunque no a título particular, sino como funcionario del Consejo de Estado. A pesar de este juramento, prestado pocos días antes de saberse en Madrid los sucesos de Bailén, cuando evacuaron los franceses la capital de España, no tuvo Pizarro por conveniente seguirlos, dice Galiano.

Pizarro explicaba su actitud de la siguiente manera: “si en la hora de salir yo de Madrid a pie, entre peligros y con fatigas a la vista, se hubiese atravesado alguno, y deteniéndome me hubiese hecho la pregunta de adónde iba y qué me parecía de las cosas, mi respuesta habría sido” que lo que se estaba viviendo era una locura, pues la nación española no debía haber emprendido la guerra. Galiano presentó a Pizarro en su casa, agradó a su madre y “no tardó mucho en ser mirado casi como de la familia”. Una vez a la semana comían juntos en casa del autor, es decir, parecían un Orestes y un Pílades, en alusión a los dos amigos que marchan juntos, cuando el primero fue perseguido acusado de haber asesinado a su madre.

Siguen los estudios y lecturas por parte de Alcalá-Galiano, al tiempo que se habla sobre la convocatoria de Cortes y narra la refutación que hace el autor a un escrito de lord Holland que, admirador de España cuando llegó en 1803, se manifestó como un liberal de la época. Formó una tertulia literaria y política en Londres, donde acudían personajes del arte y de la política. De Holland (Henry Richard Vassal Fox) dice Galiano ser “un extranjero muy entendido en las cosas de España y muy amante de nuestra nación”, publicó un folleto titulado “Insinuaciones respecto a las Cortes”. El texto fue traducido por Galiano y considerado por él como superficial, aunque juicioso, proponiendo para España una Constitución muy semejante a la británica, esto es, un Parlamento en el que estuviese presente la aristocracia. A pesar de ser protestante, el inglés daba entrada también en el Parlamento a los obispos, algunos abades y superiores de órdenes religiosas, lo que nuestro autor considera descabellado. De ahí que se atreviese a contestarle, a sabiendas de que Pizarro pensaba como él.

La Constitución que necesitaba España, según Galiano, debía tener un cuerpo popular que acometiese y llevase a cabo grandes reformas, para lo que la aristocracia era un estorbo. La respuesta fue muy aplaudida, pero no llegó a ver la luz pública, sino que solo la leyeron algunos. Coincidía el texto de Galiano con otro, que él no conocía entonces, dado a la Junta Central por la Universidad de Sevilla, redactado por el ya muy conocido José María Blanco (Blanco White), publicado en un periódico llamado El Español, en Londres, en 1810.

En cuanto al Consejo de Regencia dice Galiano que “harto motivo nos daba para la murmuración y la sátira” su conducta, establecido en la isla de León a principios de febrero de 1810, y trasladado a Cádiz en mayo del mismo año. Pizarro, el amigo de nuestro autor por aquel entonces, se prestaba también a burla contra el Ministerio en la época anterior a la convocatoria de las Cortes, siendo poco menos que ministro universal, teniendo a su cargo el despacho de varios ramos, el marqués de las Hormazas, “escaso en luces”. Sobre esta situación solía hacer Pizarro la siguiente observación: que si el mundo estuviese dominado por un Napoleón, tan grande en poder cuanto en capacidad, al frente del gobierno habría que poner a alguien como el marqués de las Hormazas para que hubiese simetría… con la ironía que se supone a esta frase, aunque Galiano echaba la culpa de esta situación a la Regencia, pues podría haber confiado el gobierno a personas de más capacidad. Así fue puesto al frente del Ministerio de Estado a don Eusebio de Bardají y Azara, empleado antiguo, de largos y buenos servicios, de bastante experiencia, “y si no de grande, de mediano talento”, dice Galiano, aunque Pizarro tampoco le tenía simpatía, pues había trabajado con él.

Cita a don Mariano Renovales, que en el segundo sitio de Zaragoza demostró arrojo, siendo hábil para hacer un papel superior al que le prometía la milicia. Habiendo sido hecho prisionero de los franceses y llevado a Francia, como otros muchos logró escapar, pasando a unos valles de los Pirineos y sublevando contra los franceses a sus naturales, y allí justificó Renovales la resistencia que hacía a los dominadores de su patria. No tardaron los franceses en atacar aquellos valles sometiéndolos, y Renovales se vio obligado a huir llegando a Cádiz, haciéndose maña con el Gobierno, especialmente con Bardají, encargado en aquellos días del Ministerio de la Guerra. A éste propuso Renovales ir con un ejército a combatir a los franceses a las costas del norte de España, lo que fue aprobado por los aliados ingleses, y así se dispusieron las fuerzas que mandaría el aventurero, poniéndose en la imprenta real proclamas y manifiestos, y en uno de estos se daba al rey intruso, suponiéndole aficionado a la bebida, el apodo de Pepe Botellas, lo que Galiano considera “excesos e indecencia”.

lunes, 18 de mayo de 2020

Las Memorias de Alcalá-Galiano (4)

Alcalá-Galiano, joven
https://www.islabahia.com/Biografias

Estando las cosas en Madrid como es propio de un país en guerra, su madre decidió, a finales de noviembre de 1808, emprender viaje a Andalucía, concretamente a su casa de Cádiz, pero como Galiano estaba casado y le daba pesar dejar a su mujer, dijo a su madre que él no iba, con la disculpa de que le parecía vergonzoso huir del enemigo, pero la madre, no creyendo que esa fuese la verdadera razón de su hijo, le propuso que hiciesen con ellos el viaje la muchacha y su madre. Así hicieron los preparativos y, al día siguiente, “ya mi familia por sangre y por alianza estábamos caminando en compañía, según uso de entonces, en coche de colleras, a jornadas cortas, con grande equipaje a la zaga, y escoltándonos algunos soldados”.

Después de una parada en Aranjuez, donde pasaron noche, siguieron hasta Manzanares, donde se produjo el episodio que Galiano relata: cuando estaban en su cuarto de la posada, “se entró en él un criado de la misma, mocetón alto y fornido, y no de la mejor traza”. El autor contaba diecinueve años, pero aparentaba menos, según él mismo dice, y la cara del que les había ido a visitar “nada bueno prometía”. Se presentó el mocetón diciendo que era el hombre que había matado a más franceses en la Mancha, y siguió relatando con jactancia “hechos de bárbara y repugnante atrocidad”, añadiendo el mocetón: “aquí tienen ustedes al que ha de matar a todos los traidores”, suponiéndolos a ellos como tales, pues venían de Madrid huyendo de la guerra. Se le ocurrió entonces a Galiano decirle que no quedaban franceses en Madrid, pues habían sido vencidos, por lo que el viaje que hacían no era huída, sino regreso a su casa de Cádiz sin más. Contentó esto al bravucón y pasó el apuro para la familia del autor.

Luego llegaron a Córdoba, donde visitaron a unos familiares y días más tarde a Cádiz, donde tuvieron noticias de que los franceses cobraban ventaja en cuanto a victorias en los diversos campos de batalla, pero el autor dice que había dificultad “para saberlas ciertas”. En estas se levantó un motín en Cádiz, mientras la Junta Central huía de Aranjuez y se instalaba en Sevilla. El motín fue motivado por la indignación de la población ante la invasión del país a manos de los franceses, pero con mayor ferocidad que en otras partes. Había sido asesinado, “con increíble número de heridas, el general marqués del Socorro, ilustre víctima”. Otros, en cambio, hacían donativos para los gastos de la guerra, muchos entraron en el ejército formando cuerpos parecidos a los de la Milicia Nacional: casados y viudos con hijos, solteros y personas de bastante edad, mozos, ricos y pobres. Se llamaban cuerpos de voluntarios de Cádiz, y tanto estos como la población reclamaban para la ciudad ciertos privilegios, mientras en febrero de 1809 había llegado a la ciudad el marqués de Villel, uno de los de la Junta Central, trayendo encargos sobre la prosecución de la guerra. Galiano dice que el tal Villel empezó a hacer ostentación de sí mismo, recibiendo a las gentes “con aire de superioridad y despego”. Como además era devoto y despótico, “se metió a reformador de costumbres, averiguando la vida de particulares” y empeñándose en unir por la fuerza a matrimonios separados.

La intención de Villel, además de otras, era que la población de Cádiz contribuyese al reemplazo del ejército activo, como en el resto de España, por medio de una quinta, y esto causó el disgusto que llevó al amotinamiento. Pero Cádiz no podía quedar exenta de una obligación que las demás ciudades y pueblos cumplían, por lo que se hizo correr la voz de que los cuerpos de voluntarios de Cádiz iban a ser sacados a los diversos campos de batalla, y que para defender Cádiz iba a entrar un batallón de polacos, “gente muy devota de Napoleón, aunque aparentase serle contraria”. Comenzó entonces un alboroto cuyos primeros instigadores, como suele suceder –dice Galiano- no dieron la cara, pero el motín ya estaba en marcha hasta que pudo se sofocado.

Entonces el autor ve llegado el momento de informar de su matrimonio a su madre, lo que le hizo prepararse para lo peor. Y efectivamente, el disgusto de esta fue mayúsculo, pues no podía comprender que su hijo la hubiese tenido engañada, y más se hubiese casado con alguien que, por su condición social, ella desaprobaría. La madre, a más de dolorida, dijo a Galiano que, puesto que era menor de edad, debía buscarse el sustento para su mujer y él mismo, cosa que a los pocos días no llevó a cabo, muy al contrario, dejó que tanto la esposa de nuestro autor como su suegra se quedasen en la casa y hacer así vida en común, lo que no fue fácil, pues se trataba de personas de condición distinta y la convivencia tuvo sus problemas.

Se extiende luego el autor en una serie de juicios sobre aquellos días y conoce personalmente a Martínez de la Rosa; nace su primer hijo, que morirá pronto de una enfermedad y, por si ello no fuese poco, los reveses de la guerra siguen. La población de Cádiz se empleó entonces en fortificar la ciudad, terminando justo antes de que los franceses se presentasen ante la plaza. Galiano ve la necesidad de alistarse en los voluntarios y así lo hace, al tiempo que entabla amistad con Pizarro, que llegaría a tener importantes cargos políticos.

El autor leía mucho por estos años y se dio a traducir la Historia de la decadencia del Imperio Romano, de Gibbon, obra de su singular predilección. También leía periódicos ingleses, lo que le llevó a buscar trato con los de esta nacionalidad que vivían en Cádiz, pues llegaban no pocos navíos británicos al puerto. Otros tratos de Galiano eran sus antiguos amigos de la Academia que habían fundado, pero que ahora ya no tenía la vitalidad de antes; celebró la guerra entre Austria y Francia –dice- y da cuenta de las disputas que se produjeron entre la Junta Central y sus contrarios. Al finalizar el año 1809 ya había finalizado la guerra entre franceses y austríacos, mientras que en España seguían las derrotas a manos de los primeros.

domingo, 17 de mayo de 2020

Las Memorias de Alcalá-Galiano (3)

Murat, duque de Berg


En los tiempos de los franceses en España, confiesa Galiano que se había vuelto “libre y hasta borrascoso”, pero sin dejar de atender a sus lecturas. No iba ya a la tertulia del poeta Quintana, formando en cambio parte de una pandilla de personajillos pretenciosos que, no por ello dejaban de tener pensamientos nobles, pero incurriendo también en calaveradas. Galiano y sus amigos iban a los bailes, incluso los llamados de candil, en que solía armarse camorra. Frecuentaban los cafés, de donde salían “a buscar riñas con la gente de los barrios bajos”. Otras veces –dice- turbaban e interrumpían “los bailecillos de medio pelo”, donde empleaban sus armas y recibían golpes en pago a los que ellos daban. Pero compaginaban esto con frecuentar la sociedad “fina y culta”.

Conoció entonces a la hija de una señora que le fue presentada y Galiano lo cuenta así: “estaba pisando los límites entre la niñez y la juventud, persona graciosa, aunque no de verdadera belleza. A su lado asistía una señorita de algunos más años, en clase como de protegida, por ser, aunque decente, pobre; de suerte que, viviendo aparte, pasaba la mayor parte de su vida con su amiga. Esta segunda señorita, que vino a tener tanto y al cabo tan fatal influjo en mi suerte, era bien parecida, aunque tampoco regularmente bella; de blanca y sonrosada tez, de cuerpo gallardo, aunque no bien formado; de pie pequeñísimo, de cabello rubio, con la falta de tener encorvada la nariz, algo saliente la barba y hundida la boca; de grandes ojos azules, bellos, aunque algo saltones, con no poca gracia andaluza, aunque también con señorío en los modales; viva, alegre y con mañas de lo que suele llamarse coquetilla entre los muchachos”. El autor se informó entonces de quién era, sabiendo que muchos le habían hecho obsequios y a todos había correspondido… aunque inocentemente, por lo que Galiano decidió enamorarla.

Ya los franceses en Madrid, los madrileños hicieron una recepción a Fernando VII, que se presentaba como el nuevo rey una vez la renuncia de su padre, pero no dejaron de mostrar su descontento por la osadía con la que se portaban los ejércitos que aún no se sabía eran invasores. El rey emprendió entonces un viaje que exacerbó los ánimos y llevó al levantamiento popular. Mientras, Galiano llevaba ya dos meses con sus amores, visitando a la chica en su propia casa, pero al tiempo atendía nuestro autor a los acontecimientos políticos “porque sentía empeño en el triunfo de ciertas doctrinas políticas, y porque esperaba adelantamientos personales”. Asistió a la entrada del ejército francés en Madrid el 23 de marzo de 1808, lo que representó un verdadero espectáculo; se admiraba por la población a aquellas tropas, trayendo la infantería cubiertas sus cabezas con los chacós, en vez de sombreros, pero en medio de todo no sonaba ni un viva ni un murmullo. “Todo denotaba mudanza”, dice. El día 1 de mayo tenía Madrid un aspecto tétrico y amenazador, y ya entonces cada francés que pasaba recibía insultos y amenazas. Incluso el duque de Berg, con su comitiva, se ganó gestos de amenaza, “dictados por un frenesí de cólera”, silbidos escandalosos, a los que el duque no respondió en absoluto. Se preparaba el alzamiento popular y los fusilamientos que Goya ha dejado inmortalizados.

Mientras el pueblo se enfrentaba en las calles “las gentes de clase superior estaban asomadas a los balcones en los puntos donde no había tiroteo”, dice Galiano. Se hablaba de balcón a balcón y así iban pasando las horas, sucediéndose una refriega en el Parque de Artillería, ocurrida bastante después de empezado el alboroto, que había sonado con gran estruendo en el barrio donde vivía Galiano.

A continuación se narran en las Memorias los proyectos de Bonaparte, inclinándose el autor por la causa de la independencia, y se reciben noticias de levantamientos generales en las provincias. El aspecto de la corte y del Real Palacio ocupados por los franceses se combina con las noticias de la guerra y los juicios sobre ella. Luego llegó José Bonaparte y Galiano escribe la conducta que tuvo, al tiempo que entran en Madrid rumores sobre una derrota que habría sufrido Dupont. Sea como fuere, los franceses evacuaron Madrid y se produce, a continuación, el asesinato de Vigury, amigo del Príncipe de la Paz. El relato estremece: fue objeto del furor de “una parte de la plebe atumultuada”… No tardamos en saber que había caído asesinado –dice- “ que sus matadores y otros aprobantes de hecho, poniendo una soga al cuello a su cadáver, le llevaron arrastrando por las calles”. Al parecer, el origen de esta desgracia “era que la pobre víctima tenía un negro esclavo, a quien castigó con razón o sin ella, y que resentido el tal sirviente por el castigo, empezó a gritar que le maltrataba su amo por haber dicho: ¡Viva Fernando VII! Lo cual oído, bastó para arrojarse la gente alborotada sobre aquel personaje, nada bienquisto por sus anteriores relaciones”. Mientras, nuestro protagonista se compromete a casarse con la muchacha de la que hemos hablado.

“Siendo yo buen patriota”, dice nuestro autor, “como entonces empezaba a decirse, poco tenía que temer de la furia de la plebe”, mientras que Quilliet se había quedado en España y aún “abrazar la causa de España contra Napoleón”. Pero como la gente, en cuanto reconocía a un francés, desataba sus iras, Quilliet fue señalado varias veces, por lo que tuvo que ocultarse buscándole Galiano dónde estar seguro, y fue este la casa de la señora donde vivía su amada, lo que aceptó aquella. Mientras tanto Galiano se dio a la traducción del Ambigú, un periódico francés publicado en Londres, lo que le animó a volver a la casa del poeta Quintana.

Relata en uno de sus capítulos lo que Galiano llama “causas, móviles y tendencias del alzamiento nacional de 1808” y las primeras aspiraciones sobre la reforma política que animó a no pocos personajes, así como los puntos en los que coincidían y diferían los españoles. Llegaron a Madrid las tropas valencianas del ejército español y promovieron varios desórdenes, y también entran en Madrid los vencedores de Bailén. Narra a continuación Galiano la proclamación como rey de Fernando VII y el estado de las operaciones militares. La Junta de Sevilla y la de Valencia se mostraron partidarias de introducir en España reformas que ya estaban estudiadas por los ilustrados del siglo XVIII. Salió a la luz el Semanario Patriótico en Madrid, “y empezó a expresarse como un periódico francés de 1790”. Quintana, que formaba parte de la redacción de éste periódico, publicó sus composiciones, a las que calificó de patrióticas, obras de su juventud, cuidadosamente guardadas por él en secreto “mientras estaba en pie el trono”.

Por su parte, Juan Pérez Villamil, en una carta que publicó, suponiendo dirigirla al ausente y cautivo rey, le decía que si quería, una vez rescatado, reinar en paz, que el pueblo, al recobrar su libertad, saldría a recibirle presentándole una Constitución limitadora de su poder, para que la jurase. El Consejo de Regencia se oponía a las Juntas, viendo con prevención la convocatoria de Cortes, aunque partidario de dicha convocatoria, por lo que tuvo la aprobación de Quintana, y salidos de Madrid los franceses se estableció la libertad de imprenta, “o a lo menos tal desahogo en dar a luz los escritos”. El autor dice de sí mismo que era “un adepto, aunque humilde, celoso de la filosofía francesa moderna” y de los autores le gustaba leer a Voltaire, Rousseau y Montesquieu. “Era yo en religión incrédulo, pero deísta, y deísta como lo es Voltaire”.

Informa Galiano que en agosto de 1808 entraron en Madrid las primeras tropas que habían triunfado en provincias, particularmente las valencianas al mando de don Pedro González Llamas, diciendo que, en general, “el aspecto de aquellas gentes era singular, con algo de ridículo y mucho de feroz, y no valían más que sus trazas sus hechos. Entrados en la capital, se mezclaron con la parte peor de la plebe, cambiando en alboroto e inquietud la paz, aunque mal segura, antes reinante”. Luego entraron las tropas de Castaños, haciéndoseles un recibimiento superior al que habían tenido las de Valencia: “fue grande el entusiasmo de los madrileños”, generando curiosidad los lanceros de Jerez, que tenían un vestido andaluz, un sombrero calañés… y las garrochas convertidas en lanzas terciadas, a uso de los picadores de toros”.

En lo personal, y sabiendo que a su madre no le gustaría el casamiento que pretendía con la muchacha pobre que había conocido, planea hacerlo en secreto. Se crea la Junta Central en Aranjuez y el autor viaja a El Escorial para ver pasar las tropas inglesas; luego sale para Andalucía con su madre, acompañado de su mujer, sin que aquella sepa que lo es, y su suegra…

Las Memorias de Alcalá-Galiano (2)

"Los indignados del 2 de mayo", Sorolla

La muerte de Dionisio Alcalá-Galiano lleva a su familia a solicitar las recompensas que le correspondiesen por sus servicios, pero estas nunca serán atendidas en la medida en que dicha familia deseaba. Comienza entonces Antonio Alcalá relaciones de amistad con el francés Quilliet, poeta y personaje peculiar que, cuando se produzca la invasión francesa en 1808, gozará de su condición de francés por un lado, pero será sospechoso a ojos de otros. Dice Alcalá que era comerciante de varios objetos de lujo, que era vivo y osado, de instrucción varia, pero superficial, que hacía versos, si no buenos, tampoco del todo malos, y que tenía muchas relaciones, dándose por enemigo de la Revolución Francesa y de Bonaparte, adicto por lo tanto a la monarquía antigua, blasonando no obstante de incrédulo. Nuestro autor viaja entonces a Gibraltar y a Madrid donde visita, en la capital, a su tío Vicente, así como a otras personas de su familia. Quizá lo más importante en estos momentos es que es presentado en casa del poeta Quintana, donde conoce a ciertas celebridades literarias de la época.

Tiene también ocasión de ser recibido por los reyes Carlos IV y su esposa, así como por Godoy, pero según nuestro autor, fríamente. Sobre este último relata su viaje a Aranjuez para felicitar a Godoy, que había sido nombrado almirante, narrando con un detalle que no deja de ser curioso: se trataba de no ser el primero en aparecer ante el Príncipe de la Paz, pero tampoco de los últimos, por lo que hace los preparativos para llegar en segundo lugar y no dar con ello la impresión, ni de un interés excesivo ni de desidia. Poco después regresó a Cádiz, pero ya se empieza a ver en nuestro autor un comportamiento que será constante durante parte de su vida: el empeño por relacionarse con los importantes o influyentes del momento para obtener puestos con los que ganarse la vida holgadamente, más allá del patrimonio familiar. Y expresa este comportamiento con toda naturalidad, como siendo lo normal en una persona de su condición, que no ha de pasar por las penalidades de otros para obtener los empleos que les correspondan.

Tiene mucha conciencia de su condición social, que se ve repetidamente y en esta frase: “vivíamos en Cádiz en una casa grande y donde no habitaban otros vecinos, según es costumbre entre la gente acomodada”. Quilliet cobró afecto a nuestro personaje, haciéndole aficionado a la pintura, con sus estilos y las diferentes escuelas, coincidiendo esto con la lectura por parte de Galiano del “pesadísimo Viaje a España” de Antonio Ponz. La mujer de Quilliet, de apellido Baslaimont, era “fina, graciosa, de gusto en el vestir, y aficionada a tener adoradores, aunque no, al parecer, de mala conducta”.

Una vez en Madrid fue a visitar a un tío suyo y a su abuelo paterno, siendo este último un personaje al que nuestro autor no tenía mucho aprecio. Era mariscal de campo y general empleado en la plaza de Madrid; habiéndose casado “por la vez primera cuando tenía poco más de catorce años, con su prima hermana, mi abuela” dice, muerta ésta pasó a “segundas nupcias con una hermana de la difunta”, perdida esta segunda mujer, pasando ya de los sesenta años, por tercera vez contrajo matrimonio, “para salir del trato ilícito en que vivía con una criada, no obstante su mucha edad y un asma rebelde, habiendo tomado por última mujer a una hermana del conde de Guadiana, cuarentona pelirroja, de muchas carnes, con trazas de buena pasta y cualidades de mal carácter”.

Quilliet, que le acompañaba en Madrid, había traído cartas de recomendación para don Manuel José Quintana, presentándole al notorio poeta. A su tertulia asistían muchas personas distinguidas como Blanco (luego Blanco White), el magistral de la capilla real de San Fernando en Sevilla, el penitenciario de Córdoba don Manuel María Arjona, don Juan Nicasio Gallego, entonces capellán de los reales pajes, don Antonio Capmany, que luego se convirtió en enemigo del propio Quintana; don Manuel Viudo, don Jerónimo de la Escosura y algunas veces don Juan Bautista Arriaza… Estos personajes, dice Galiano, estaban divididos en dos bandos, “que se profesaban y mostraban uno a otro enemistad ardorosa”. Uno estaba capitaneado por Moratín, Estala y Melón, a los cuales llamaban sus contrarios El Triunvirato, el cual contaba con el patrocinio del Príncipe de la Paz. En el otro estaban las preferencias de Galiano, “predominando las doctrinas reformadoras y filosóficas”.

Quintana comenzó a ver a Galiano con afecto, el cual duró mucho tiempo, aunque llegó un momento en el que se separó de él por las contiendas civiles. A mediados de marzo de 1807, cuando nuestro autor contaba dieciocho años, por lo tanto, o poco menos, regresó a Cádiz, reencontrándose con su madre, la cual trató de casarle en un próximo viaje a Sevilla.

Galiano obtuvo en esta época doble premio en un certamen de la Academia de Cádiz, que él había creado con otros, y entró en la Maestranza de Caballería de Sevilla, pasando con su familia a instalarse en Madrid, pues no iban bien sus negocios en Cuba, viendo que su familia no cobraría fácilmente los réditos ni el capital de las sumas que allí había dejado su padre. En Madrid conoció los proyectos políticos de Godoy, vivió la época en la que fue hecho preso el futuro rey Fernando, lo que produjo un profundo efecto en la opinión pública, mientras entraban los ejércitos franceses en la Península. Fueron absueltos los cómplices del príncipe de Asturias y Murat fue nombrado jefe de las tropas francesas de la Península. Con Quilliet visitó muchas iglesias de Madrid, contemplando las pinturas que contenían.

Los anuncios de la retirada de la corte alarmaron a la población y se produjo el motín en Aranjuez que provocó la caída del Príncipe de la Paz, con los subsiguientes desórdenes en Madrid, saqueos y quemas en las casas de los partidarios de Godoy, el descubrimiento del escondite de éste y su prisión. Poco después abdicaba el rey Carlos IV, mientras Galiano descuidó por algún tiempo sus inquietudes literarias y se entregó a una vida disipada con nuevos amigos cuyos caracteres narra en sus Memorias, al tiempo que se refiere a la sociedad de la época y a los orígenes de los amores del autor con su primera mujer.

sábado, 16 de mayo de 2020

Las Memorias de Alcalá-Galiano (1)

Cádiz a principios del s. XIX (https://www.diariodecadiz.es/cadiz)

En 1886 daba a la luz las “Memorias” de Antonio Alcalá-Galiano, su hijo, también de nombre Antonio, comprendiendo sesenta y ocho capítulos que fueron escritos a finales de la década de 1840, por lo tanto cuando el autor estaba cerca de los sesenta años, pues había nacido en 1789. Moriría en 1865.

Comienza exponiendo el propósito de su obra, así como hablando de su linaje, del que estuvo muy orgulloso, sobre todo por el papel desarrollado por su padre, Dionisio Alcalá-Galiano, como marino, que moriría en Trafalgar en 1805. También de su madre, a quien debió una esmerada formación en su infancia y primera juventud, dedicado a la lectura de los más variados autores y aprendiendo varios idiomas.

Ya niño viajó a la corte y fue presentado a los ministros de Hacienda y Marina, en lo que se demuestra que no solo su padre, sino otros miembros de su familia materna, estaban bien relacionados social y políticamente. Niño enfermizo, siguió siéndolo cuando joven, encontrándose muy mal en varias ocasiones, sobre todo cuando estuvo destinado en Suecia. Aún niño obtuvo el grado de cadete de guardias españolas, una especie de indicación a dedicarse a la milicia para los hijos de las familias afortunadas.

Regresa a la isla de León, entonces –como indica su nombre- separada de la Península Ibérica y comprendiendo San Fernando y Cádiz, ciudad esta última donde había nacido. Allí pudo ver la escuadra española armada para combatir a Inglaterra en el cabo de San Vicente, el bombardeo de Cádiz y el papel de Mazarredo como jefe de la escuadra. Es en estos momentos cuando Antonio Alcalá-Galiano es trasladado a Cádiz y empieza a ir a la escuela, donde conoce a una serie de maestros de los que habla muy mal, en algún caso porque le repugna el trato dado a algunos alumnos mediante golpes, mismo desnudándoles las posaderas a la vista de los demás.

Luego pasa a una academia que él llama de don Juan Sánchez y allí tiene maestros de francés y latín, experimentando el discípulo evidentes progresos. Su padre, entre tanto, viajó a México y luego volvió a España con un cargamento de plata, después de haber burlado la vigilancia de los cruceros ingleses, que hacía tiempo interceptaban a los buques españoles para hacerse con su carga. De nuevo viaja su padre a Veracruz y dos tíos maternos del autor, también marinos, salen para Brest.

Alcalá-Galiano visita, entre tanto, la biblioteca de un tío suyo de nombre Juan María, entregándose a la lectura de varias de las obras que allí encuentra. Pero no solo, sino que parece haberse puesto de moda en Cádiz, entre los muchachos, la afición a las ceremonias religiosas, componiendo nuestro autor, a su corta edad, sermones en muchos casos improvisados, lo que produce un curioso efecto en su auditorio, en ocasiones adulto.

Surge entonces una de tantas epidemias que sufrió la ciudad de Cádiz, como otras de la época. Incorporado al cuarto batallón de Guardias, Alcalá-Galiano se queda en casa, sin embargo, con licencia. Poco después regresó su padre y nuestro autor hace cuenta de la fortuna de su familia, que comprendía el salario de su padre, los regalos que recibía cada vez que traía metales preciosos de América, algunas propiedades en Cádiz y un capital en Cuba que –dice- era difícil de ir cobrando con el paso de los años, pues los deudores no eran de los buenos.

En esta época leyó “sólo la parte de las obras más divertida, como las tragedias y cuentos de Voltarie”, pero también “Nueva Eloísa” de Rousseau, y las “Cartas Persas” de Montesquieu, diciendo que no vio en estas obras “el veneno de la irreligión”, aunque añade “acaso porque no acerté a entenderlos”. Poco después embarcó con su padre en el navío Bahama con destino a Nápoles, relatando las peripecias de la navegación, los cambios de rumbo, el fondeo en Argel, ciudad que le parece extraordinaria, y después en Túnez, de la que no habla tan bien, para luego llegar a Cartagena. Aquí trató con algunos personajes que a él le parecieron notables (Solano y Císcar), incurriendo en algunos episodios propios de la precocidad de nuestro autor. Reemprendido el viaje a Nápoles, se inicia en el estudio de la lengua italiana que, dice, no le resultó difícil dados los conocimientos que tenía de latín.

Describe Nápoles y el estado político del país y relata el regreso a España, donde asiste a unas reales nupcias y festejos en Barcelona. En esta época su padre es ascendido a brigadier y al hijo se le ofrece entrar en la Armada, pero su padre se opuso.

Antes de seguir cabe decir que, literariamente, las Memorias de Alcalá-Galiano son de una calidad extraordinaria, con riquísima prosa y abundante y escogido léxico. La narración se hace amena aún con frases llenas de yuxtaposiciones y subordinadas. En ocasiones muestra esperanza, en otras optimismo, no pocas veces desazón, con el tiempo escepticismo, pasando por momentos tristes y otros que el “vitupera” por alocados.

Aún niño siguió sus estudios en casa, pero reunido con otros jóvenes, fundó una Academia en la que unos y otros hicieron sus ensayos literarios. Mientras tanto otra epidemia asoló Cádiz y de nuevo otro conflicto bélico con Inglaterra, sobre el que unos y otros, también los miembros de la familia de Alcalá-Galiano, se forman opiniones diversas. Por esta época entabló amistad con José Joaquín de Mora, algo mayor que él, nacido también en Cádiz pero en 1783. Este llegaría a ser un periodista y escritor con formación jurídica y activo político durante parte de su vida. Su liberalismo le llevó al exilio londinense en 1823 y algo más tarde fue llamado por Ribadavia a Buenos Aires para trabajar al servicio del Presidente argentino. También empezó Alcalá correspondencia con Martínez de la Rosa.

En cuanto a la figura de Bonaparte, y debido a los conflictos con Inglaterra, se dividió la opinión española en época de Alcalá, particularmente en Andalucía, entre mamelucos (simpatizantes con la cultura inglesa) y los que veían a Inglaterra como la “pérfida Albión”. Galiano se confiesa mameluco, diciendo que se había ido formando esta opinión por influencia de su padre, que seguramente admiraba la importancia de la Armada inglesa. “Todo, pues, continuaba para mí próspero”, dice, pero se acercaba la hora en que una desdicha iba a traer una cadena de desventuras, refiriéndose a la muerte de su padre en 1805.

Para la batalla de Trafalgar los buques franceses se unieron a la escuadra francesa de Villeneuve, combatiendo frente al cabo de Finisterre y, posteriormente, llegando a Cádiz la escuadra combinada. Nuestro autor viajó entonces con su madre, enferma, a Chiclana y se separa por última vez de su padre (sin saberlo). En estos días tuvo que salir la escuadra inesperadamente, presenciando desde una altura cercana a Cádiz, nuestro autor, el combate de Trafalgar, que tuvo lugar en medio de una borrasca imponente, siguiendo luego una falta de noticias preocupante. Preguntando por el navío que mandaba su padre, y siendo informado de que había sido destrozado, entiende que aquel ha muerto y Alcalá elogia la memoria del ilustre marino que también fue matemático y cartógrafo.


domingo, 5 de enero de 2020

El lenguaje de los vencedores

José María Pemán

Dice Santos Juliá[i] que cuando a finales de 1935, la CEDA y el Partido Radical gobernaban en España, la posibilidad de perder el poder en unas próximas elecciones llevó a los dirigentes de Renovación Española[ii] a incitar al general Franco a sublevarse, explicándole a este Saiz Rodríguez y Calvo Sotelo que mejor era actuar antes de las elecciones, porque de hacerlo después –como así fue- se daría la impresión de que el alzamiento era contra la soberanía popular.

Ledesma Ramos había visto al finalizar 1935 que en España no existía un fascismo capaz de crear “una patria fuerte y liberadora”, pero si no había fascistas, sobraban los fascistizados, esa “realidad española fuerte” que se personificaba en Calvo Sotelo y su Bloque Nacional[iii] de un lado, y en Gil Robles y sus fuerzas, especialmente las Juventudes de Acción Popular, del otro. Ninguna de ellas, ni juntas ni por separado, podían llegar a la conquista del poder; necesitaban una “acción militar convergente”.

La estrategia de Ledesma de cuanto peor mejor ya la había percibido Vidal y Barraquer cuando denunció las propuestas de Acción Española[iv], donde se encontraban “los más brillantes equipos intelectuales de la derecha española”, y luego, cuando la guerra ya estaba en marcha, fueron militares fuertemente conectados con Acción Española los que apoyaron la concentración de poderes en manos del general Franco. El mismo presidente de Acción Española, José María Pemán, se hizo cargo de la Comisión de Educación y Cultura de la Junta Técnica del Estado, a la que llevó como vicepresidente a Enrique Suñer[v], un catedrático de la Universidad Central obsesionado contra la Institución Libre de Enseñanza, igual que todos los miembros de la comisión a la que se confió la gestión de la Editorial Católica[vi]: Sainz Rodríguez, Pemán, Lequerica, García Valdecasas[vii], Juan José Pradera[viii] y Pérez de Urbel.

Entre estas personas y organizaciones se forjó la idea de que la España que ellos defendían era la que debía triunfar contra la Anti-España representada por el liberalismo, el socialismo y otras organizaciones democráticas, acusando a estas de haber importado del exterior ideologías que no se correspondían con el “ser” español. Los defensores de esa España tradicionalista y excluyente van a desarrollar un lenguaje, antes, durante y tras la guerra civil de 1936, que es el objeto de este resumen.

Una vez iniciada la guerra, consideraron que era una guerra de principios, por lo que no podía terminar sino con el exterminio del enemigo, de la Anti-España. La guerra civil, dice Santos Juliá, “redujo la complejidad y múltiple fragmentación de la sociedad española del primer tercio del siglo XX a dos bandos enfrentados a muerte, con el resultado de que el vencedor nunca accedió a ningún tipo de reconciliación que mitigara los efectos de la derrota de los perdedores y volviera a integrarlos en la vida nacional. Desde 1939, España quedó brutalmente amputada de una parte muy notable de sus gentes y de su historia”.

La idea de Anti-España, que se remonta al siglo XIX y fue puesta en valor por Menéndez Pelayo, se encuentra en la primera editorial de “Acción Española”, que identificaba la revolución con la “admiración por lo extranjero”, y en los carteles electorales de la CEDA, en 1936, se decía “Anti-España o España”, calificando a los periódicos no afectos a la derecha de “judío-masones soviéticos”.

El obispo de Salamanca, Pla y Deniel, defendía que si España quería subsistir no quedaba posibilidad alguna de pacificación, y el jesuita Teodoro Toni decía en 1937: “En la actual guerra española se trata de la lucha a muerte de dos… universalismos que buscan la hegemonía del mundo”. Volviendo atrás, cuando todavía no había transcurrido un mes desde la rebelión militar, el cardenal Gomá informaba al Vaticaco que aquella era un “levantamiento cívico militar”, para continuar más tarde que lo que había causado el levantamiento militar “ha sido la labor tenaz de inoculación de doctrinas extranjeras en el alma del pueblo… el alma tártara… ha suplantado el espíritu cristiano”.

En una carta enviada al Secretario de Estado del Vaticano, Eugenio Pacelli, el Cardenal Gomá le advertía de que un fin próximo de la guerra era impensable, “no se prevé ni tregua ni transacción”. El obispo de Palencia, Manuel González, puso de su parte que “arrancar, quemar muchas de las páginas de la historia de España… tal era la tarea pendiente”, y el jesuita Félix G. Olmedo en 1938, decía: “hacemos en la guerra lo que harán los ángeles en el juicio final…”. Herrera Oria, ya obispo, aportó lo suyo: “Dios castigó a España porque la amaba, y el merecido castigo fue una prueba más de su misericordia”, añadiendo años más tarde que “a torrentes corrió la sangre generosa de nuestra juventud, alegremente derramada en los campos de batalla”. El que escribía esto consideraba que los que lucharon lo hacían “alegremente”.

Giuseppe Pizzardo, Secretario de la Congregación para asuntos eclesiásticos, habiendo acogido tímidamente la iniciativa británica de sondear al Gobierno italiano para evaluar las posibilidades de una mediación internacional que Azaña había presentado al “Foreing Office” a través de Besteiro (1937), se encontró con la oposición de Gomá. Y la publicación “Atenas” esperaba del “nuevo estado” que pasara “por las armas a la señora Institución”, acusándola de masónica, de igual manera que había hecho Enrique Herrera, el hermano de Ángel, denunciando a los miembros de la ILE como “solapados agentes de la masonería”. Fernando Martín-Sánchez, en 1940, escribió: “para que España vuelva a ser es necesario que la Institución Libre de Enseñanza no sea”.

Enrique Suñer quiso ser el delator de los que consideraba culpables y el ejecutor de las penas: “busco señalarlos con el dedo, delatando con todo valor, sin eufemismos ni atenuaciones, sus turbias actividades”, señalando a José Castillejo*. “Busquemos el cerebro que movió el brazo”, propuso Joaquín Entrambasaguas, despachándose José Pemartín contra la “anti-Católica, anti-Española” ILE, de la que no debía de quedar piedra sobre piedra. Pemán señaló que la España oficial “no era la España auténtica, era un ejército invasor que había acampado en nuestros órganos de vida oficial”, por eso la guerra era una “nueva guerra de Independencia, nueva reconquista, nueva expulsión de moriscos”. Antes había escrito un poema en el que se hablaba de “El Ángel y la Bestia han trabado combate delante de nosotros”.

Serrano Suñer atribuía el alzamiento militar a la rotura de las cadenas de una dominación extranjera padecida por España durante cerca de un siglo, y Sainz Rodríguez, ya ministro de Educación, por dos órdenes de febrero de 1939 separó definitivamente del servicio y dio de baja en el escalafón a 25 catedráticos de la Universidad Central “por su pública y notoria desafección al nuevo régimen implantado en España” y “por su pertinaz política antinacional y antiespañola…”. Entre los expulsados estuvieron Luis Recasens, Honorato de Castro, Enrique Moles, Miguel Crespi, Jiménez de Asúa, José Giral, Gustavo Pittaluga, Fernando de los Ríos, Juan Negrín, Pablo de Azcárate, Demófilo de Buen, Julián Besteiro, Domingo Barnés, Blas Cabrera, Felipe Sánchez-Román y José Castillejo.

En una de sus más reveladoras pastorales de guerra, –dice Santos Juliá- “Los delitos del pensamiento y los ídolos intelectuales”, el obispo Pla y Deniel decía, avanzado el año 1938, que en algunas ocasiones la labor del intelectual era “criminal, subversiva del Estado, corruptora de la juventud y envenenadora de pueblo”. Por su parte, el ministerio de Educación expurgó las bibliotecas populares y escolares, e incluso Vicente Enrique y Tarancón, en 1946, hablaba de las dos plagas que habían desvirtuado el ser nacional español: el confusionismo (?) y la influencia del modernismo. Ángel Ayala celebró, al finalizar la guerra, la depuración del magisterio de la enseñanza en todos sus grados[ix].

El expurgo de libros se extendió a escritores que parecían inocuos para la “causa nacional”, como Larra, Antonio Machado o Pardo Bazán. No hace falta recurrir a las instrucciones de Mola para que se actuase con dureza extrema, para que se exterminase toda oposición ante el alzamiento de los militares y sus adláteres. Sobran los ejemplos.
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[i] “Historias de las dos Españas”. En un capítulo de esta obra está basado el presente resumen.
[ii] Partido monárquico durante la segunda República española liderado por Antonio Goicoechea  y por Calvo Sotelo a partir de 1934.
[iii] Coalición de monárquicos creada en 1934 por José Calvo Sotelo.
[iv] Publicación madrileña desde finales de 1931 hasta finales de 1932 de ideología católico-monárquica.
[v] Había sido colaborador de la dictadura de Primo de Rivera.
[vi] Había sido fundada en Madrid en 1912 y estuvo vinculada a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, organización que pretendió influir en la vida política a partir de la capación de minorías selectas católicas.
[vii] Fundador de Falange Española. Miembro inicialmente de la Asociación para la Defensa de la República, evolucionó hacia posiciones antidemocráticas siendo procurador en Cortes durante el franquismo durante muchos años.
[viii] Periodista y diplomático colaborador del franquismo.
[ix] “Formación de selectos”.
* Nació en Ciudad Real (1877) y murió en Londres (1945). Fue un jurista y pedagogo de la Institución Libre de Enseñanza.

viernes, 3 de enero de 2020

Viaje al monasterio de Veruela

Monasterio de Veruela (provincia de Zaragoza)

 Se reconoce a Gustavo Adolfo Bécquer la excelencia de su poesía, pero leyendo el relato de una de las cartas desde su celda del monasterio de Veruela, concretamente el viaje que realiza para llegar allí, nos muestra a un prosista también excelente.

Tuvo que tomar varios medios de transporte, según dice, llevando por todo equipaje un pequeño saco. En la estación del ferrocarril (se supone que de Madrid), saludó a las pocas personas que se encontraban ya en el coche que le correspondió. Se acomodó en un rincón –dice- esperando el momento de partir, “que no debía de tardar mucho, a juzgar por la precipitación de los rezagados, el ir y venir de los guardias de la vía y el incesante golpear de las portezuelas”. Luego relata su impresión sobre los ardientes y ruidosos resoplidos de la locomotora: “aquel confuso rechinar de ejes, aquel crujir de vidrios estremecidos, aquel fragor de ferretería ambulante…”.

Bécquer es también un buen creador de personajes cuando relata a los que tenía a su alrededor en el vagón del tren: frente a él, una joven “como de diez y seis a diez y siete años” que debía pertenecer a una clase elevada. La acompañaba un aya, “señora muy atildada y fruncida” que de vez en cuando le preguntaba, en francés, cómo se encontraba la joven. Había también un inglés alto y rubio “como casi todos los ingleses, pero más que ninguno grave, afeitado y limpio”. A Bécquer le llamó la atención su traje de turista y sus mil cachivaches de viaje: la manta escocesa, paraguas y bastón, bolsa de piel de Rusia… El inglés, dice, “paseaba una mirada olímpica sobre nosotros”.

Formando contraste con este gentleman que permanecía inmóvil como una esfinge, en el extremo opuesto del coche, “bullía sin cesar un señor de unos cuarenta años, saludable, mofletudo y rechoncho”, el cual, a lo que pudo colegir el escritor por sus palabras, vivía en un pueblo cercano a Zaragoza, de donde nunca había salido si no es a la capital, hasta que con ocasión de ciertos negocios propios del Ayuntamiento de que formaba parte, había estado un mes en la corte. Todo esto y mucho más dijo el señor rechoncho sin que se lo preguntase nadie; primero suplicó al inglés que le hiciese el favor de colocar un cestito con dos botellas en la bolsa del coche que tenía más próxima; “el inglés entreabrió los ojos, alargó una mano, y lo hizo sin contestar una sola palabra”. El rechoncho se dirigió entonces a la joven para preguntarse si la señora que la acompañaba era su mamá, a lo que aquella contestó que no desdeñosamente. “Después se encaró conmigo”, dice Bécquer, deseando saber si seguiría hasta Pamplona, diciendo él que se quedaba en Tudela.

El rechoncho habló de mil cosas hasta que, cansado de su desesperante monólogo, comenzó una serie de maniobras: primero cantó un rato a media voz, después paseó por el vagón, dando aquí al inglés con el codo y pisando allí el extremo del traje de las señoras para asomarse a las ventanillas de ambos lados. Luego bajó los cristales en cada una de las estaciones para leer en alta voz el nombre del pueblo… “Ya nos encontrábamos cerca de Medinaceli”, dice el escritor, y el inglés se envolvió en su magnífica manta escocesa; la joven se puso un abrigo, y el rechoncho prosiguió impertérrito practicando la misma “peligrosa operación tantas veces cuanto paraba el tren”, a pesar de haberse hecho de noche, pero a los pocos minutos roncaba como un bendito; mientras tanto el inglés se durmió también, pero lo hizo gravemente, el aya cabeceó un poco, acabando por bajar el velo de su capota oscura y dormirse “en estilo semiserio”.

Quedaron desvelados la joven y Bécquer, lo que permitió a este imaginar la forma en que podría entablar conversación con ella. “Entonces –dice- volví los ojos, que había tenido clavados en ella… y me entretuve en ver pasar a través de los cristales… ya las blancas nubes de humo… ya los palos del telégrafo”. Pero la presencia de la joven hermosa le inquietaba con “el roce de su falda de seda que tocaba a mis pies”. Además de otras circunstancias, hicieron fluir la imaginación del escritor mientras veía la línea del horizonte, que ya se alzaba, ya se deprimía, imitando el movimiento de las olas, pero allí seguía la joven delante de Bécquer, lo que le hacía “soñar imposibles”.

A la madrugada el tren llegó a Tudela y el regidor aragonés “torciose la capa al hombro, cogió en una mano su sombrerera monstruo, en la otra el cesto, y saltó al andén”. El escritor dirigió una última mirada a la joven, “que había sido la heroína de mi novela de una noche”, y después de saludar salió del vagón buscando a alguien que le indicase donde había una fonda. Describe brevemente a Tudela “con ínfulas de ciudad” y dice que almorzó en la fonda a donde había sido llevado: “aún no había tomado los postres, cuando el campanilleo de las colleras… me anunciaron que el coche de Tarazona iba a salir muy pronto.

Los equipajes se colocaban en la baca y, dentro del coche, la decoración había cambiado con otros personajes: el escritor se colocó al lado de dos mujeres, madre e hija que venían de Zaragoza, la muchacha con “ojos retozones”. Luego entró un estudiante del seminario, “a quien no hubo de parecer saco de paja la muchacha, pues viendo que no podía sentarse junto a ella, porque ya lo había hecho yo, se compuso de modo que en aquellas estrecheces se tocasen rodilla con rodilla”. Luego entraron dos individuos del “sexo feo”, pareciendo el primero militar en situación de reemplazo, y el segundo un empleado de poco sueldo. Entró entonces un clérigo entrado en edad pero “de buen color”, al que acompañaba un ama o dueña, “que en punto a cecina de mujer era de lo mejor conservado y apetitoso a la vista”.

El escolar, mientras tanto, había encontrado la forma de encajarse más estrechamente con su vecina de asiento; “ya nos disponíamos a partir –dice- cuando “se nos aparece mi famoso hombre gordo del ferrocarril”, con toda su carga: cuchufletas, risas, interjecciones y murmullos, al tiempo que cada cual hacía lo posible para que no se acomodase a su lado, pero el gordo, allí donde se reía, empujaba, y unos manoteando, otros impasibles, se encontraba el regidor como pez en el agua… estando a los pocos minutos en conversación con todos.

El gordo desenvainó entonces del cesto una botella y la merienda correspondiente para echar un trago, dando así ocasión a que otros hiciesen lo mismo excepto el escritor; incluso las mujeres que, “aunque se excusaban tenazmente, tuvieron que humedecerse la boca con el vino”. Con el zarandeo del carruaje, el aturdimiento del vinillo, el continuo vaivén, el tropezón de codos y rodillas, las risotadas de éstos, el gritar de aquéllos, las palabritas a media voz, así pasaron las tres horas de camino que había desde Tudela a Tarazona “entre gloria y purgatorio”.

En Tarazona se apearon y Bécquer paseó por sus calles laberínticas antes de llegar a una posada, la cual describe minuciosamente: “un medio punto de piedra carcomida y tostada en cuya clave luce un escudo con un casco que en vez de plumas tiene en la cimera una pomposa mata de jaramagos amarillos…”. Pidió al posadero que le pusiese en contacto con alguien que le cediese una caballería para trasladarse a Veruela, “punto al que no se puede llegar de otro modo”. Así lo hizo el posadero y el escritor ajustó el viaje con unos hombres que habían venido a vender carbón de Purujosa[i] y tornaban de vacío.

Así emprendió Bécquer el camino del Moncayo, “atalajado en una mula como en los buenos tiempos de la Inquisición”, pero llegó el momento en que el escritor dejó andar a la mula e hizo él lo mismo, describiéndonos el paisaje que sale a su paso: “en el fondo del melancólico y silencioso valle, al pie de las últimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas cumbres coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje oscuro de sus verdes alamedas y heridas por la última luz del sol poniente, vi las vetustas murallas y las puntiagudas torres del monasterio…”.

En una de las celdas pasó Bécquer algo menos de un año, aquejado de la enfermedad que, pocos años después, le llevaría a la muerte a la edad de 34 (como romántico, moría pronto), sin que se reconociese su obra sino con posterioridad a su vida. Atrás quedaba su Sevilla natal, sus amores cumplidos y frustrados, su matrimonio, sus hijos; en el mismo año 1870 murió su hermano, el pintor, que siempre le acompañó en todos los trances[ii].


[i] Al oeste de la provincia de Zaragoza.
[ii] Este resumen corresponde a la primera de las cartas que desde la celda del monasterio de Veruela envía a sus amigos del periódico “El Contemporáneo”, de Madrid, destinatario de las mismas.