miércoles, 24 de junio de 2020

El hallazgo de la campesina

Paisaje de Amarna (fotografía tomada del diario ABC)

Cuenta Cline[i] que el rey egipcio Amenofis III[ii] fue consciente de la necesidad de establecer relaciones con potencias extranjeras, sobre todo con los monarcas de tierras de importancia diplomática o comercial. Acordó tratados con muchos de estos reyes y consolidó los acuerdos celebrando bodas con varias de sus hijas. Así lo atestigua la correspondencia que mantuvo con esos reyes, conservada en un archivo de inscripciones sobre tablillas de arcilla, descubierto en 1887.

Generalmente se acepta que el descubrimiento de éste archivo fue hecho por una campesina mientras recogía yesca o tierra fértil en la moderna Tell el-Amarna, donde se encuentran las ruinas de la ciudad en otro tiempo llamada Ajenatón (que significa “horizonte del disco solar”). Amenofis IV, el hijo hereje de Amenofis III, más conocido como Ajenatón, había edificado a mediados del siglo XIV una nueva capital.

Ajenatón sucedió a Amenofis III pero probalemente –dice Cline- primero gobernó durante varios años con su padre, hasta que éste falleció. Al poco de asumir el poder en solitario, Ajenatón puso en marcha lo que hoy se conoce como la “revolución de Amarna”. Clausuró los templos que pertenecían a Re, Amón y otras deidades principales, se adueñó de sus tesoros ingentes y se reservó un poder inigualable como jefe religioso, militar y gubernamental. Condenó el culto a cualquier deidad egipcia, salvo la de Atón, el disco solar, que él – y solo él- estaba autorizado a adorar directamente.

En realidad el nuevo emperador restó el enorme poder que tenían los sacerdotes y se lo adjudicó a él mismo, pero no deshizo nada que sus antecesores hubieran puesto en marcha. En particular reconoció la importancia de cuidar las relaciones internacionales, sobre todo con los reyes de las tierras vecinas. Ajenatón conservó la costumbre de su padre con respecto a las negociaciones diplomáticas y las asociaciones comerciales con potencias extranjeras, incluido el imperio hitita de Suppiluliuma en ese momento, manteniendo en su capital un archivo con la correspondencia con estos reyes y gobernadores. Son las llamadas “cartas de Amarna”, inscritas en tablillas de arcilla, que la campesina descubrió de forma accidental en 1887.

El archivo se encontraba originalmente en la “oficina de documentación” de la ciudad, y recoge la correspondencia con los reyes y gobernadores con quienes tanto Amenofis como su hijo Ajenatón habían mantenido relaciones diplomáticas, incluidos los mandatarios chipriotas e hititas, así como los reyes babilonios y asirios. Disponemos también de cartas dirigidas a (y remitidas por) gobernantes cananeos locales, como Abdi-Hepa[iii] de Jerusalén y Biridiya[iv] de Megido. En las cartas de estos gobernantes locales, que solían ser vasallos de los egipcios, abundan las llamadas de socorro; en cambio, las que se cruzaron entre los gobernantes de las grandes potencias (egipcios, asirios, babilonios, mitanios e hititas) suelen testimoniar peticiones y regalos propios de un estadio diplomático muy superior. Este archivo de Amarna –sigue diciendo Cline- junto con el del siglo XVIII a. de C. que se descubrió en Mari[v], está entre los primeros de la historia universal que sirven para documentar las relaciones internacionales intensas y duraderas que se dieron en la Edad del Bronce en los territorios de Egipto y el Mediterráneo oriental.

Las cartas están escritas en acadio, la lengua internacional de la época, en cerca de cuatrocientas tablillas de arcilla que se encuentran repartidas por varios museos, casi dos tercios en el Museo Vorderasiatisches de Berlín. En estas tablillas se anuncian regalos de homenaje y se aportan noticias sobre relaciones familiares. En una, Ajenatón escribe a Burna-Buriash II, rey kasita de Babilonia, donde la lista de regalos ocupa más de trescientas líneas de escritura: oro, cobre, plata y bronce, recipientes de perfume y aceite dulce, anillos para los dedos y ajorcas[vi] para los pies, collares, tronos, espejos, telas de lino, boles de piedra y cajas de ébano.

En otras cartas, como la del rey Tushratta de Mitanni, se detallan listas de objetos comparables a la anterior, enviados en ocasiones como parte de la dote que acompaña a una hija, y otras veces simplemente como regalos. Las cartas se enviaban mediante “mensajeros” que solían ser ministros o embajadores, pero también por comerciantes. En estas cartas los reyes solían referirse unos a otros como parientes, llamándose “hermano” o “padre/hijo”, dependiendo de que la edad fuese parecida o distante entre sí. Un rey de Amurru escribió al de Ugarit (ambos reinos en la costa norte de Siria): “mi hermano… ¿Por qué no deberíamos mantener buena relación? Todo deseo que me escribas, yo lo satisfaré; y tú satisfarás mis deseos…”.

Los hititas no parece que empleasen estos tratamientos, según indica Cline, pues por las “Hazañas de Suppiluliuma”, escritas por su hijo Mursili II, en la corte hitita, se recibió una carta supuestamente remitida por la reina de Egipto, que había enviudado y no tenía hijos. En la misma pedía al rey hitita que le diese uno de sus hijos para contraer matrimonio con él y hacerle rey de Egipto. Esto hizo desconfiar a Suppiluliuma, porque los reyes egipcios nunca se casaban con extranjeros, por lo que hizo que se confirmase si la carta procedía, realmente, de la reina de Egipto, Anjesenamón.

El rey hitita envió entonces a su hijo Zannanza, pues tenía otros para sucederle que ya estaban cumpliendo funciones de gobierno, pero unos asaltantes impidieron que Zannanza y sus acompañantes terminasen su viaje, resultando muertos los miembros de la comitiva real. Entre tanto el trono de Egipto había pasado a Ay, que se había casado con la reina viuda, por lo que Suppiluliuma, al saberlo, desconfió de que la muerte de su hijo tuviese que ver con la ambición de Ay, jurando vengarse, y envió un ejército al sur de Siria, donde atacó numerosas ciudades e hizo millares de prisioneros (esto podría ser una exageración propagandística de las de la época), incluidos bastantes soldados egipcios.



[i] Eric H. Cline, “1177 A. C.”
[ii] Gobernó entre 1390 y 1352 a. de C.
[iii] Reinó en torno a 1330 a. de C., puede que un hurrita mezclado con los que en la Biblia se llamó después jebuseos.
[iv] Parece que cinco de las cartas en tablillas corresponden a éste. Megido se encuentra al norte del actual Israel.
[v] A orillas del Éufrates, en la actual Siria.
[vi] Aro metálico para el tobillo, la muñeca o el brazo.

domingo, 21 de junio de 2020

Autotitularse sabio


Los historiadores españoles del siglo XIX pusieron calificativos a los reyes según alguna característica que creían destacaba en ellos: craso, cruel o justiciero, santo, impotente, ceremonioso, conquistador, etc. Pero en el caso de Alfonso X de Castilla y León fue él mismo, en su obra Setenario, el que se autotituló sabio. Su inteligencia –dice Carlos de Ayala Martínez- la había recibido del mismo Dios, así como otros dones del Espíritu Santo; la autoridad de éste rey era vicaria de la de Dios, aunque otros también lo considerasen así aún no habiéndolo puesto por escrito en una obra como la citada. Esta inteligencia superior a la del resto aparece también en la General Estoria, según F. Rico[i].

Fue en 1247 cuando el papa Inocencio IV por primera vez autorizó la entrega de una porción de las tercias diezmales a favor de la monarquía, justificándolo por la disposición del rey a conquistar Sevilla y otras ciudades ocupadas por los sarracenos, en éste caso Fernando III. Con anterioridad había sido la disposición al intervencionismo de los reyes la que había provocado la incautación de estas rentas, inmediatamente contestada por la Iglesia.

Dice el autor al que sigo que el rey Alfonso X sometió forzosamente a la Iglesia a la autoridad real, lo que en principio fue aceptado por los obispos. Las vicisitudes del reinado, en dificultades crecientes, dio paso a la oposición episcopal.

El rey Alfonso X tuvo un programa de actuación completo y coherente al menos durante la primera parte de su reinado: el vicariato general estaba representado directamente en el rey, de forma que los clérigos debian al mismo la obediencia que el resto de sus súbditos, hasta el punto de que tal política –dice Ayala Martínez- podría ser envidiada por los futuros regalistas del siglo XVIII.

Antes del reinado de Alfonso X la Iglesia castellano-leonesa tenía una autonomía que perdió con el rey citado, pero la política de éste tenía sus precedentes en el reinado de Alfonso VIII de Castilla y luego con Fernando III de Castilla y León. Con Alfonso X la praxis sustentada en la idea legitimadora de la “reconquista” se convirtió en doctrina. Ya José Antonio Maravall señaló que “el origen y carácter divino del poder real se afirma en Castilla en la segunda mitad del siglo XIII, antes de que la idea aparezca en los publicistas franceses en torno a Felipe el Bello” (finales del s. XIII-principios del XIV). Adeline Rucquoi, por su parte, ha señalado la superioridad de Alfonso X si lo comparamos con el poder de otros reyes europeos de su tiempo (*).

Frente a esto la Iglesia castellano-leonesa guardó un respetuoso silencio en líneas generales. La mayoría de los obispos aceptaron la autoridad del rey, y esto forma parte de la política eclesiástica de Alfonso X, la cual tuvo sus costes no obstante. Las decisiones respecto a la Iglesia se adoptaron en Valladolid en 1255 (algunos dudan de la existencia de esta reunión): sería un foro de reclamaciones episcopales dirigidas al rey orquestadas por su hermano Sancho[ii]. En Valladolid el rey adoptó varias decisiones relativas a las iglesias episcopales, una de ellas la aplicación de una normativa sobre cumplimiento del pago de diezmos, estableciendo la relación entre la monarquía y la Iglesia y el derecho de aquella a participar en los beneficios provenientes de las rentas diezmales de ésta. En justa compensación el rey garantizaba los derechos de la Iglesia, y de modo especial el cobro de diezmos, considerándolos instituidos por Cristo.

Ayala Martínez hace alusión a los documentos que se conservan de la reunión del rey con los obispos en Valladolid, dirigidos a los concejos de los obispados de Santiago, León, Astorga, Zamora, Salamanca y Badajoz, entre los del reino de León, y a los de Sevilla, Burgos, Cuenca, Calahorra y Córdoba, entre los castellanos. Todos, cristianos o gentiles, debían pagar el diezmo destinado a la provisión de ornamentos y objetos litúrgicos para los templos, sostenimiento de obispos y clérigos, ayuda a los pobres en tiempo de hambre y servicio a la monarquía en caso de necesidad. La recolección del diezmo, de manera particular sobre pan, vino y ganados, debía realizarse en condiciones de máxima seguridad por parte de los recaudadores.

Otra de las decisiones tomada por el rey el Valladolid (1255) es la relativa al ius spolii, consistente en que cuando se produjese el fallecimiento de un obispo, todos sus bienes pasasen a la custodia del cabildo y de un funcionario real sin que nadie pudiese tomar posesión de ellos hasta su traspaso al nuevo obispo. Era una interesante forma de control sobre bienes y obispos.



[i] Citado por Carlos Ayala Martínez en “La política eclesiástica de Alfonso X. El rey y sus obispos”. En este trabajo está basado el presente resumen.
(*) "El Rey Sabio: cultura y poder en la monarquía medieval castellana".
[ii] Aún no era arzobispo de Toledo en 1255.

sábado, 20 de junio de 2020

Dinero para el papa y para el rey

Florín aragonés
el-reino-de-los-valencianos.webnode.es/news/comprar-en-castilla

Un estudio de Mercedes Vázquez Bertomeu pone de manifiesto que el conocimiento que tenemos sobre las sedes eclesiásticas de Galicia durante la Edad Media sigue siendo bastante impreciso[i]. Así –dice la autora citada- se suele tomar como referencia la geografía administrativa reciente, a la que hay que aplicar criterios correctores como las parroquias de nueva creación y otros. Una lectura sobre las visitas diocesanas procedentes del siglo XVI y de textos como las memorias del arzobispado de Santiago, de Jerónimo del Hoyo, ayudan algo porque aportan datos sobre advocaciones, circunscripciones parroquiales y oratorios hoy desaparecidos.

Vázquez Bertomeu ha estudiado la documentación relacionada con el cobro de la décima o subsidio del clero, que afectó a la casi totalidad de las personas e instituciones eclesiásticas. Las rentas procedentes de los bienes y derechos propiedad de distintas instituciones eclesiásticas –dice- estuvieron sujetas, sobre todo a partir del siglo XIV, a tributación fiscal en beneficio de la Cámara Apostólica (inicialmente) y más tarde de manera casi general y obligatoria también del tesoro real. En un proceso lento pero de creciente alcance se van ampliando el número de contribuyentes, las razones de la tributación y la complejidad de los procesos y personas implicadas.

Para la décima, el canon con más contribuyentes, los papas Gregorio VII y Bonifacio VIII establecieron de modo preciso el cauce de la tributación a la que estaban sujetos todos los que disfrutaban de algún patrimonio eclesiástico, aunque existían excepciones: los hospitales y casas para pobres y enfermos (incluyendo la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén), religiosos que vivían de la limosna y la predicación (órdenes mendicantes) y los clérigos seculares cuyos ingresos fueran inferiores a 7 florines anuales. En 1301 el papa Bonifacio otorgó un edicto sobre el tema en el que con precisión y detalle se desglosó el modo en que se realizaría el cálculo y el tipo de ingresos que se computaban (por ejemplo, cómo debían valorarse los procedentes de las pesquerías o los prados) y cuáles no habían de ser tenidos en cuenta (como lo gastado en el sustento de la comunidad monástica o en la reparación de las iglesias y otras edificaciones). Dispuso también que el pago debía realizarse en dinero de la moneda común de la tierra, las penas en las que incurrirían quienes se resistiesen o cometiesen fraude y cómo debía conducirse el colector.

Se establecieron, así mismo, dos vías para reducir la cantidad a pagar en cada beneficio: a priori sobre una estimación de los ingresos anuales; a posteriori sobre el valor real de lo percibido. La actividad de los colectores apostólicos en el reino castellano es conocida, sobre todo, a partir del período de Aviñón, cuando todo éste engranaje administrativo comenzó a tomar cuerpo y a ganar en eficacia, aunque según todos los indicios, su experiencia distó mucho de ser satisfactoria. Las diócesis gallegas quedaron incluidas en la colectoría del norte del reino, situada en Burgos.

En el caso castellano –dice Vázquez Bertomeu- los ingresos del clero aparecen desde muy pronto como objeto de apetencia de los oficiales de la Corona. Si bien existen datos anteriores, este proceso de fiscalización de los ingresos eclesiásticos por la Corona tuvo lugar entre 1252 y 1369, momento en el cual el modelo impositivo está plenamente configurado. Los impuestos más importantes son las tercias reales, las décimas y subsidios y, sobre todo a partir del siglo XV, la Cruzada. El primer precedente claro de esta desviación en beneficio de las arcas regias es la concesión por parte de Inocencio IV a Fernando III de la sexta parte de las rentas decimales percibidas en el reino, es decir, las tercias reales que acabarán siendo renovadas anualmente según un ingreso estable de la hacienda real.

La décima, tasa esporádica equivalente a la décima parte de los ingresos eclesiásticos destinada a sufragar los gastos pontificios generados por la guerra en Tierra Santa, acabará siendo un ingreso corriente y estable del tesoro real castellano (se justifica por la lucha contra el infiel).

Las expansivas necesidades financieras de la Hacienda real hacen inevitable el recurso a los ingresos beneficiales por la vía de los préstamos y pedidos especiales, pero esta creciente presión acabó generando malestar entre los eclesiásticos del reino que, como respuesta, se juntaron cada vez con mayor frecuencia en reuniones y asambleas donde la tributación es el punto importante. Estas asambleas en las que encontramos obispos y representantes de los cabildos castellanos, se erigirán como interlocutores y mediadores para la colecta de esta tasa. Son ellas las encargadas de negociar el monto final que debe aportar el clero a las arcas papales y reales.

Volviendo atrás, las primeras noticias sobre esto apuntan a que la décima es exigida de modo puntual a algunas diócesis a través de sus prelados, aunque puede ser también –dice nuestra autora- que el papado encomendase a uno o varios obispos de Castilla la recaudación de esta tasa en un distrito o en todo el reino. Y, aunque la parte que se llevaba el rey de lo recaudado es cada vez mayor, los agentes pontificios siguen ejerciendo, lo que india que la recaudación local permanece en manos de obispos y cabildos que pagan a los representantes reales y papales la parte que les corresponde. Los colectores designados suelen ser canónigos de los respectivos lugares, que abonan la cantidad correspondiente al colector general o a sus agentes a través de representantes.

Aunque son muy escasas las noticias sobre décimas y subsidios en Galicia, el arzobispo de Santiago, Berenguel de Landoira, aparece como ejecutor del cobro de la parte pontificia del espolio de los bienes de Simón[ii], obispo de Tui; la fiscalización de éste por parte del arzobispo bracarense o la intervención conjunta del compostelano y el orensano –en 1354 por orden de Inocencio IV- sobre los bienes de Don Álvaro de Biedma[iii], fallecido en 1351.

La primera noticia clara sobre el cobro de la décima es de 1278, cuando Nicolás III en carta dirigida al obispo de Oviedo y recaudador de la décima –concedida al rey- en el reino de Castilla, le conmina a no exigirla a los clérigos de los arciprestazgos de Xanrozo y Abegondo, de la archidiócesis de Santiago, pues no alcanzaban ese año sus ingresos las 7 libras mínimas requeridas. Consta la resistencia compostelana –dice la autora- a entregar las décimas promulgadas en las primeras décadas del siglo XIV y en 1312 Ramón Montrés, recaudador pontificio, hubo de personarse en Santiago para obligar al pago. En 1318 el sucesor de Montrés, Raimundo de Siena, se vio impelido a aceptar una recaudación sobre la base de documentos que se le presentan, y cuya veracidad puso en duda. La permanente dificultad de la recaudación se ve confirmada en 1336, cuando Benedicto XII manda al arzobispo que devuelva las cantidades tomadas a ciertos eclesiásticos en beneficio de Tierra Santa.

Son mejor conocidas las actuaciones de los colectores para el siglo XV, sobre todo en el caso de Leonoro de Leonori (a partir de 1465), nuncio y colector que acudió al reino castellano provisto de escritos que acreditan su condición, recibiendo también instrucciones sobre un tema espinoso: conseguir la liberación de los prelados de Santiago, Cuenca y Osma[iv].

Para el siglo XV la autora aporta datos entre los años 1415 y 1494 (“décima y subsidio del clero”[v]): en florines aragoneses aportados por las diócesis gallegas, la mayor parte corresponde a la de Santiago, seguida de Ourense, Mondoñedo, Lugo y Tui.



[i] “Una fuente para el estudio de la geografía eclesiástica de Galicia en la Baja Edad Media”. En este trabajo se basa el presente resumen.
[ii] Fue obispo de Tui entre 1324 y 1326. Antes lo había sido de Badajoz y, según Ávila y la Cueva parece de origen portugués. Fue capellán del rey don Dionís, predicador y confesor de la reina Isabel. Franciscano, nombró como obispo desde Aviñón a los vicarios generales del obispado: sus familiares Celestino de Verona  y Menendo García. Su genealogía en http://www.xenealoxiasdoortegal.net/ortegal/biedma.htm
[iii] Ver “Don Álvaro Pérez de Biedma, un obispo guerrero en tiempos de Alfonso XI de Castilla”, Ana Arranz Guzmán.
[iv] Alonso de Fonseca y Acevedo, arzobispo de Santiago, se vio complicado en disputas apoyando a su pariente Rodrigo Maldonado de Talavera, por lo que fue encarcelado en el castillo de Vimianzo. Lope de Barrientos fue obispo de Cuenca y colaborador de Juan II, pero se enemistó con Enrique IV. Pedro García de Montoya, obispo de Osma, se vio complicado en el partido nobiliario contra Enrique IV.
[v] Gravaba alquileres y tierras propiedad de la Iglesia.

viernes, 19 de junio de 2020

Episodios de un reino fragmentado


José Ángel Castillo Lozano ha estudiado las categorías de poder en el reino visigodo de Toledo, siendo uno de los capítulos el dedicado a Atanagildo, “el primer rey-tirano”. Éste fue un godo que se rebeló en Sevilla y llegó a ser rey, atribuyéndole las fuentes visigodas el calificativo de “tyrannus”, guerreando contra el rey Agila entre 551 y 554 y, venciéndolo, reinando hasta 567.  

Castillo Lozano considera que éste es un buen ejemplo para comprender el funcionamiento de los grupos de poder en el reino visigodo de Toledo. Se sabe poco de Atanagildo antes de su levantamiento, pero probablemente era el jefe de un poderoso grupo aristocrático ligado a su persona a través de la concesión de patrimonio.

Su casamiento con Gosvinta apuntaría al objetivo de agrandar sus bases sociopolíticas, pues hay una cierta coincidencia entre este hecho y el asesinato del rey Agila a manos de los nobles que hasta ese momento le apoyaban. Luis Agustín García Moreno[i] considera que Atanagildo podría pertenecer al grupo nobiliario de los Baltos, fundamento de la etnogénesis visigoda, y Gosvinta también era miembro de una influyente familia: ya tenemos las bases para el encumbramiento al poder regio. Del papel que ocupó Gosvinta en la rebelión –dice Castillo Lozano- poco sabemos, pero Orlandis[ii] y Jiménez Garnica[iii] consideran que la futura reina sirvió más como acicate que como freno a la ambición de su marido. Presedo Velo, por su parte, considera que el alzamiento de Atanagildo tiene que ver con un sentimiento antiarriano de la Bética, aunque esto cuadra poco con la facción de Gosvinta, arrianos de cuna, según el autor al que seguimos aquí.

La raíz del nombre Atanagildo es goda, por lo que es poco probable que el levantamiento de éste fuese antigermánico, orquestado por las elites hispanorromanas. Lo que sí parece comprobado es que la rebelión de Atanagildo contra Agila comienza cuando éste es derrotado por los habitantes de Córdoba, con controlada por el rey toledano (Agila habría profanado un templo local dedicado al mártir Acisclo[iv]). Agila perdió en esta ocasión a su ejército, a sus hijos y el tesoro real, lo que le dejó en una situación muy delicada. Así, Atanagildo comenzó la usurpación desde la Bética, lo que nos habla de una fuerte tensión entre el poder central y grupos periféricos, y no hay duda –dice Castillo Lozano- de que los reinados de Agila y Atanagildo se caracterizan por la máxima diversificación del poder en grupos autónomos, que no serían sometidos hasta el reinado de Leovigildo.

Algunos historiadores han pensado en un movimiento separatista en la Bética desde Agila hasta Hermenegildo, aunque otros no aceptar estos presupuestos, sino que más bien se trata de una simple lucha por el poder entre diversos grupos nobiliarios. La idea del “separatismo” se podría aplicar mejor al caso de Hermenegildo, puesto que éste, además de ser nombrado rex, también poseía el cogobierno de esa zona y en ningún momento parece que ejerciera algún movimiento para suplantar a su padre Leovigildo. En definitiva, el proceso de la Bética tiene que ver con la fragmentación del poder y la ruralización que sufrió  el occidente europeo tras la caída del Imperio romano[v], más aún siendo la Bética una de las provincias más romanizadas de Hispania, y esto explicaría por qué estallaron en esta antigua provincia romana distintas rebeliones protagonizadas por la aristocracia local.

Atanagildo no habría hecho sino aprovechar este caldo de cultivo para conseguir el apoyo necesario y alzarse con el poder, no sin una guerra de varios años, además de que pidió ayuda militar a Bizancio, en lo que hay unanimidad en las fuentes. Ejércitos bizantinos entraron en la península al mando del patricio Liberio, que consiguieron ciertas contrapartidas territoriales durante la guerra civil entre los dos godos (así mismo actuaron los bizantinos en África e Italia ostrogodas).

Margarita Vallejo, a quien cita nuestro autor, habla de los pactos firmados entre Atanagildo y Justiniano, siendo aquel el único que firmó uno de estos documentos, no de rendición sino de ayuda, con el emperador bizantino, lo que indica que el Imperio de oriente reconoce al reino toledano. Tras el asesinato de Agila, los godos se unieron a Atanagildo para expulsar a los soldados bizantinos de Hispania, objetivo que no consiguieron, aunque sí la conquista de algunas plazas. Comienza así lo que se ha denominado “frontières mouvantes” hasta el reinado de Suinthila[vi]. Atanagildo, pues, permitió la entrada de un poder exterior para consolidar su posición de privilegio entre los distintos grupos nobiliarios godos, lo que representó una fuente de inestabilidad interior, si es que esta no existiese ya. Una característica de de la nobleza visigoda, más preocupada de sus fines particulares que del reino.

Durante el reinado de Atanagildo la inestabilidad en la Bética no cesó e incluso se agravó, enfrentándose las fuerzas del rey a las de Córdoba, que constituía un poder autónomo, así como el rey también tuvo que recuperar la ciudad de Sevilla, cuna de su levantamiento. En conclusión, dice el autor al que seguimos, durante este reinado se pone de manifiesto el alto grado de descomposición territorial del reino toledano, así como la erosión y la fragilidad de la institución monárquica. El interregno tras la muerte de Atanagildo y el ascenso al poder de Liuva no harían sino agravar esta situación, generando una tupida red de pequeñas entidades políticas autónomas que tendría su fin con el hermano de Liuva, Leovigildo, tras el cual los problemas de fragmentación más o menos notables continuarán.



[ii] (1918-2010). Historiador y sacerdote especialista en las instituciones visigóticas.
[iii] Ana María Jiménez Garnica, “Gosuinta, el fracaso de una coniux real”.
[iv] Víctima de la persecución de Diocleciano.
[v] La división del Imperio romano en sus últimos siglos también fue notable, con deposiciones, usurpaciones, etc.
[vi] Rey entre 621 y 631.

jueves, 18 de junio de 2020

Las inscripciones de Medinet Habu

zonalibreradio1.wordpress.com/2016/02/17/medinet-habu/

Las inscripciones que se encuentran en Medinet Habu, en la orilla oeste del Nilo, muy cerca de Lúxor, han permitido a los investigadores dar alguna luz a los nombres y naturaleza de los “pueblos del mar”, como se ha llamado a grupos más o menos numerosos que, en torno a 1200 a. de C., asolaron Egipto, Siria, Anatolia, Mesopotamia y otras regiones anexas. Una de esas inscripciones es una batalla naval que se encuentra reproducida en una lámina conservada en el Instituto Oriental de la Universidad de Chicago. Otro dibujo muestra a unos hombres apretados y en fila, cubiertos con una pequeña falda y un gorro cada uno: serían prisioneros hechos por los egipcios de uno de esos grupos de los “pueblos del mar”.

En su obra “1177 a. C.: El año en que la civilización se derrumbó”, Eric H. Cline dice que algunos de estos grupos llegaron por tierra y otros por mar. “No llevaban uniformes ni equipos relucientes”, algunos tenían barbas y vestían faldas, otros más largas, algunos tenían descubierto el pecho o estaban cubiertos con una túnica; otros iban afeitados, etc. lo que hace pensar –dice el autor citado- que estos “pueblos del mar” estaban formados por gentes distintas en cuando a su origen y sus formas de vida. Armados con afiladas espadas de bronce, lanzas de madera con las puntas metálicas, arcos y flechas, aparecían en botes, carros de combate, carretas de bueyes u otras variantes de carros. Estos invasores fueron llegando en oleadas durante un tiempo bastante largo, llevando con ellos algunas veces a sus familias.

Según las inscripciones de Ramsés III[i] que ha estudiado Eric H. Cline, ningún estado fue capaz de escapar a esta multitud invasora, la resistencia fue en vano. Las grandes potencias de la época –hititas, micénicos, cananeos, chipriotas, etc.- fueron cayendo una tras otra. Algunos supervivientes escaparon de la matanza, otros se apiñaron en sus ciudades, ahora ya en ruinas; y los hubo que se unieron a los invasores, engrosando sus filas y sumándose a la aparente complejidad de la turba inmigrante. Todos los grupos de los “pueblos del mar” estaban en movimiento, quizá cada uno regido por sus propios intereses, en busca de botín o de esclavos; otros emigraron hacia el oeste desde donde se supone procedían (Sicilia, Cerdeña u otras islas).

En las paredes del templo funerario de Medinet Habu, cerca del Valle de los Reyes, Ramsés III hizo escribir que “los países extranjeros organizaron una conspiración en sus islas. Arremetieron de pronto contra todas las tierras y las dispersaron en el combate. Ninguna tierra fue capaz de resistir frente a sus armas, desde Jatte, Qode, Karkemish, Arzawa y Alashiya, todas aisladas…”. Los lugares citados supuestamente los conquistaron los invasores: Jatte o Hatti es el territorio hitita, cuyo núcleo se encontraba en la meseta interior de Anatolia; Qode probablemente estaba en el sureste de Turquía; Karkemish es un yacimiento arqueológico bien conocido, que empezó a ser excavado hace casi un siglo por un equipo de arqueólogos en el que se encontraban Leonard Wooley y T. E. Lawrence; Arzawa fuen un territorio conocido por los hititas en la Anatolia occidental; Alashiya podría haber sido lo que hoy conocemos como Chipre; Amurru estaba en la costa norte de Siria.

Los seis grupos independientes que conformaron los “pueblos del mar” durante esta oleada de invasiones, cinco de ellos nombrados por Ramsés III (peleset, tjekker, shekelesh, danuna y weshesd) y shardana, al que se menciona en otra inscripción de Medinet Habu, son más enigmáticos que las tierras que supuestamente conquistaron. No dejaron ninguna inscripción propia y lo que sabemos de ellos es por los egipcios. Arqueólogos y filólogos se han esforzado en estudiar la alfarería y otros restos arqueológicos: los danuna fueron identificados con los dánaos homéricos, y otros han supuesto que los shekelesh llegaron de la isla de Sicilia, mientras que los shardana eran de Cerdeña, basándose en parte en el hecho de que Ramsés III se refiere a estos “países extranjeros” como instigadores de una conspiración “en sus islas”; a los shardana, en particular, se los calificó en las inscripciones de Ramsés III como un pueblo “del mar”.

Pero otros consideran que los shekelesh y los shardana no llegaron desde el Mediterráneo occidental, sino que provenían de zonas del Mediterráneo oriental y tan solo huyeron a las regiones de Sicilia y Cerdeña, dando sus nombres a estas tierras tras haber sido derrotados por los egipcios. Se sabe que los shardana habían combatido tanto a favor como en contra de los egipcios mucho antes de la llegada de los “pueblos del mar”, de los cuales solo se ha llegado a la conclusión de que los peleset son los filisteos de la Biblia, donde se dice que provenían de Creta.

En Medinet Habu abundan las pinturas y las majestuosas hileras de textos jeroglíficos, las armaduras, las armas, la vestimenta, los botes y los carros de bueyes de los invasores, cargados de posesiones, que se ven en las representaciones. En una ilustración se ven algunos hombres que flotan boca arriba (tras una batalla) y están muertos, mientras otros continúan luchando en sus barcas.

Pues bien, estos “pueblos del mar”, en torno a 1200 a. C., habrían trastocado y hundido a todos los estados existentes hasta ese momento, desde Mesopotamia hasta la Grecia micénica, dejando a Egipto en un momento de oscuridad pasajera de la que no se recuperaría nunca.

Lo acontecido en oriente medio en torno a 1200 a. C. sería de igual importancia que la caída del Imperio romano de occidente, y en cierto modo el autor citado establece comparaciones con nuestro mundo actual globalizado, donde todos dependemos de todos, existiendo muy pocos grupos al margen. Aquel mundo de finales del Bronce en oriente próximo también estaba interconectado, de forma que invasiones de unos pueblos de los que conocemos muy poco, trastocaron el conjunto de manera definitiva.



[i] Gobernó Egipto entre 1184 y 1153 a. C.

martes, 16 de junio de 2020

Arte y reforma luterana

Detalle de "Los cuatro hombres santos" (*)
En 1520 Durero hizo un viaje a Aquisgrán para ser recibido por el emperador Carlos, pues pretendía que la pensión que le había reconocido el anterior emperador, Maximiliano, le fuera renovada. En este viaje el artista pasó por los Países Bajos, dejándonos un diario en el que, sobre Lutero, dice: Quienquiera que lea los libros de Martín Lutero podrá ver cuán clara y transparente es su doctrina… Por lo tanto, sus escritos deben ser tomados con el más grande honor y no quemarse; a menos que, claro, sus oponentes, quienes siempre luchan contra la verdad, fueran también quemados con sus opiniones, ellos que harían dioses de hombres…[i].

Durero fue un ávido lector de los escritos luteranos, por lo que cuando escribió lo anterior conocía bien el pensamiento del monje de Wittenberg, aunque la mayor parte de los encargos que recibía el pintor proviniesen de la Iglesia. Viene esto a cuento porque la doctrina de Lutero planteó una taxativa prohibición de las imágenes religiosas, lo que para Durero sería la más importante fuente de su trabajo.

Como Durero murió en 1528 no le dio tiempo a ver las más importantes consecuencias de la reforma religiosa luterana, sin embargo, a pesar de conocer las divergencias entre Lutero y el emperador Carlos, el pintor procuró el apoyo imperial para su oficio al tiempo que leía al teólogo. Y es que Durero y muchos otros jamás pensaron que de las ideas de Lutero nacería una nueva interpretación de la doctrina cristiana que terminase por dividir a sus fieles.

En el mencionado diario Durero da cuenta de haber estado en Amberes durante unas celebraciones religiosas en 1520. Describe la procesión de dos horas con gran detalle, mencionando desde el desfile de los gremios hasta la caminata de las distintas órdenes religiosas, cada una adornada con las imágenes correspondientes. También habla de las dramatizaciones que desfilaron (San Jorge, Santa María Magdalena, etc.), “todo conducente a una gran devoción”. Según la autora a la que sigo, en sus escritos, Durero llegó a decir: Destruyendo las imágenes religiosas pretendían honrar a Dios haciendo algo que creyeron le complacía; y, para usar el lenguaje de los hombres, Dios se molestó con todos los destructores de obras de gran maestría, las cuales fueron elaboradas con mucho trabajo duro, esfuerzo y tiempo que es brindado solo por Dios”.

Desde los tiempos del segundo Concilio de Nicea (789) y una vez que la crisis iconoclasta bizantina fue superada, la Cristiandad no había enfrentado un fenómeno contra las imágenes religiosas como la que fue desatada por las ideas protestantes y sus diversas interpretaciones, aún teniendo en cuenta que Lutero no se mostró incendiariamente contra el uso de las imágenes religiosas, pero sí otros.

El mismo Durero, antes de la aparición de Lutero, veía la destrucción de imágenes como una actividad fútil y esta visión no cambió sustancialmente después de 1517 hasta su muerte. Su obra, con algunas excepciones, no da muestras de notables cambios iconográficos en el ámbito religioso; no puede decirse que Durero fuese un artista afectado por el rechazo a las imágenes religiosas.

Otros artistas contemporáneos de Lutero, como Lucas Cranach, el viejo, también dejan la impronta luterana en sus obras, siendo amigos entre sí, lo que hace pensar a Ziegler que “cuesta mucho pensar que Cranach, tan cercano a Lutero, aceptara sin más una radical prohibición de las imágenes religiosas, también para él fuente de prosperidad en su oficio”. La autora citada dice que si se revisa la obra conocida de Cranach, se pueden notar algunas cosas interesantes, como en las imágenes de la Virgen con el Niño, tan comunes desde el siglo XIV, que continúan presentes en su obra por lo menos hasta 1540. Todas las imágenes son muy intimistas, en las cuales María y el Niño comparten solos.

Las imágenes de santos siguen estando en la obra de Cranach hasta finales de la década de 1530, sobre todo en retablos, pero la mayor parte de las imágenes bíblicas que se conservan proceden de la década anterior en adelante, predominando imágenes de David y Betsabé, Judith y Holofernes, Salomé, Adán y Eva. Buena parte de estas imágenes eran parte de los encargos que recibió como pintor oficial de la corte de Federico III el sabio, en Wittemberg, a donde llegó Cranach en 1504, permaneciendo hasta 1550. Poseyó un taller de impresión donde Lutero trabajó febrilmente, y de esas prensas salieron los grabados más polémicos en su crítica hacia la Iglesia católica, pero nunca dejó de trabajar para sus mecenas católicos, siendo muy hábil hombre de negocios en este sentido.

Hay una discusión muy viva sobre la interpretación de la obra de Durero, “Los cuatro hombres santos”, donde parecen estar, en primer plano, Juan y Pablo, y en segundo Pedro y Marcos. El autor hizo escribir en el lado izquierdo del panel un texto donde se advertía de los “falsos profetas”, y en el lado derecho otro texto que decía “guardaos de los escribas que andan con ropas largas, y aman los saludos en el mercado…”[ii], en lo que Ziegler interpreta que Durero, a pesar de la influencia de Lutero, reconocía a Pedro como vicario de Cristo. A Pablo le reconocía la mayor cercanía a Lutero, y al mismo tiempo el reformador considera al Evangelio de Juan como el más próximo a Lutero, por lo que el artista estaría contra los sectores más extremos de la reforma, pero claramente influido por Lutero.

Desde 1522 Andreas Karlstadt (3) propagó desde Wittenberg el rechazo a las imágenes religiosas incitando a su destrucción, y algo parecido se dio en Zurich y en algunas ciudades del Báltico, pero no así en Nuremberg, por citar los casos investigados. Aquí había ganado terreno la posición moderada de Lutero, de la mano de teólogos como Andreas Osiander (4), pero la amenaza iconoclasta fue una realidad en la zona germánica, y así el mercado de las imágenes religiosas se derrumbó, aunque hubo autores como Durero que dieron una nueva concepción de las mismas.

Hablando de la obra de Durero “Los cuatro hombres santos”, no fue por encargo, sino que el artista la quiso donar a Nuremberg, su ciudad natal: “He tenido la intención –dijo- durante mucho tiempo, de mostrar mi respeto por sus excelencias presentando una humilde imagen mía como recuerdo… Ahora, sin embargo… no consideré ninguno [panel] más digno de conservar”.

Dos años después de la donación murió Durero, pero Lucas Cranach, el viejo, por el contrario, sí tuvo oportunidad de desarrollar toda una iconografía protestante. En 1529 Cranach realizó la obra “Ley y Evangelio”, en estrecha colaboración y consulta con Lutero. El resultado es no solo una pintura sobre las claves luteranas de la salvación, sino que su simbolismo establecerá una diferencia sustancial del arte religioso como medio de enseñanza.


[i] María Magdalena Ziegler, “La reforma luterana y la transformación de la imagen religiosa en las artes”. En este trabajo se basa el presente resumen.
[ii] Las inscripciones son más extensas, poniendo aquí solo una parte.
(3) Teólogo luterano que llegó a tener diferencias con Lutero.
(4) Teólogo luterano y editor que comentó la obra de Copérnico.
(*) 1526, óleo sobre madera, 215 por 76 cm. cada uno de los dos paneles. Alte Pinakothek, Munich.

domingo, 14 de junio de 2020

Un ilustrado español en Roma

Iglesia de San Lorenzo (Barbuñales)
paisajesviajados.com/rincones-del-alto-aragon

Barbuñales es una pequeña población en el centro de la provincia de Huesca donde nació, en 1730, José Nicolás de Azara, y allí se encuentra la estatua sedente del ilustrado español que esculpió el catalán Eduard Alentorn. Según Jorge García Sánchez[i], Azara influyó mucho en los círculos intelectuales romanos durante la segunda mitad del siglo XVIII, donde ejerció como Agente de Preces y ministro plenipotenciario ante el Vaticano.

El papel de Azara, hombre cultísimo, además de la diplomacia, el coleccionismo, la investigación arqueológica, etc. consistió en recibir y acompañar en Roma a todo cuanto personaje importante la visitaba. Azara era, además, marqués de Nibbiano, localidad del norte de Italia, en la provincia de Piacenza (Emilia-Romaña).

A finales de 1783 el emperador de Austria, José II, visitó Roma (no era la primera vez) para informar al papa de las medidas que iba a tomar en detrimento de los derechos de la “Santa Sede”, preguntando por Azara, de quien sabía era el más indicado para ver lo más interesante de Roma. Así, fue guiado por la ciudad, como así hizo Azara con el rey sueco Gustavo III, que había viajado a Italia oculto bajo una identidad supuesta.

Los españoles de cierta importancia que visitaban Roma participaron, invitados por Azara, a las tertulias del Palacio de España, la sede de la embajada, donde había establecido unas clases de dibujo. En ellas estuvo el clérigo Juan Andrés Morell[ii] en 1785, 1788 y 1791. El propio Azara poseyó tres cuadros de Murillo, uno de ellos adquirido a Farinelli, además de bustos de dioses, filósofos, capitanes, príncipes y poetas griegos.

En la época de nuestro personaje “cualquier viajero de origen británico [dice García Sánchez] que en su itinerario por la Campania se hubiese paseado entre las ruinas de Pompeya y Herculano”, ascendido al Vesubio, o atravesado la ruta de Posillipo[iii], no habría dejado de presentarse ante William Hamilton, coetáneo de Azara, el cual fue embajador británico en Nápoles entre 1764 y 1800, y donde se destacó también como coleccionista: vasos griegos, mármoles, bronces, piezas numismáticas, gemas y lienzos que atesoró en sus villas de Posillipo y Portici[iv].

En 1768 Tomás Azpuru[v] invitó al conde de Aguilar[vi] a gozar de la filantropía de Azara, no sin que éste se quejara escribiendo a Manuel Roda, en esta ocasión porque no consideraba al conde apto para recibir sus atenciones, pues no destacaba en ningún conocimiento de forma especial. También el marqués de Grimaldi[vii] pidió a Azara que acompañase en Roma a los archiduques de Milán, pudiendo así estos visitantes conocer las colecciones pontificias, las bibliotecas señoriales, las sociedades académicas y las reuniones del patriciado romano. El propio Azara era dueño de una importante biblioteca, de una galería de antigüedades y de una pinacoteca, célebre en Roma por las pinturas de Mengs, Murillo o Velázquez, lo que sabemos por las “Cartas familiares” de Juan Andrés Morell.

Los jóvenes pensionados del rey y de la Academia de San Fernando visitaban las colecciones de Azara, encontrando en ellas modelos para copiar en sus creaciones. Ponz dejó escrito que en en la biblioteca del ilustrado se encontraban obras de autores clásicos, medallas y pinturas famosas. El eclesiástico y humanista canario, José Viera y Clavijo, que hizo un viaje en 1780 y 1781 por varias ciudades de Italia y Alemania, dejó testimonio de las colecciones de Azara. Autor de una “Historia de las Islas Canarias”, el viaje lo hizo acompañado del marqués de Santa Cruz[viii] y de un hermano de éste, el clérigo Pedro de Silva. Azara los introdujo en el círculo de visitantes de la embajada, como la princesa de Santacroce, el embajador de Malta, el cardenal de Bernis, el cardenal Zelada y algunos exjesuítas residentes en Roma: los abates Calderini y Huerta entre otros.

Azara llevaba a sus invitados (de gusto o forzado) a la campiña de los Colli Albani[ix], al sepulcro de los Horacios y los Curiacios[x], a los palacios del príncipe Chigi[xi] y de la princesa Barberini[xii], éste en Palestrina, al palacio Corsini[xiii], a las termas romanas, a los talleres de artistas locales y extranjeros, como Pompeo Batoni[xiv], que mostraba los lienzos en los que estaba trabajando...

Atrás quedaban los estudios de Azara en Huesca y Salamanca, comenzando su andadura romana durante el reinado de Carlos III (1765); se ganó la amistad de Manuel de Roda y no dejó de intrigar para que fuese elegido papa Antonio Braschi dei Bandi, Pío VI, que reinaría entre 1775 y 1799. Al final de su vida fue enviado a París, pero ante todo fue un ilustrado relacionado con los cortesanos, reyes y personal privilegiado de su época.



[i] “José Nicolás de Azara, un icono del Grand Tour”. En este trabajo se basa el presente resumen.
[ii] Jesuita que viajó a Italia en 1767, dedicándose a escribir una serie de obras en italiano y en latín, una de ellas “Cartas familiares”, en varios volúmenes, editadas en español por Nabu Press, 2011.
[iii] Hoy es un barrio en las colinas de Nápoles.
[iv] Municipio italiano cercano a Nápoles.
[v] En Zaragoza conoció a Manuel de Roda. Combinó su condición de clérigo con actividades diplomáticas, teniendo malísimas relaciones con Azara.
[vi] Debe de tratarse de Valerio de Zúñiga y Fernández de Córdoba Pimentel.
[vii] Pablo Jerónimo Grimaldi fue un genovés que estuvo como diplomático al servicio de los reyes españoles Fernando VI y Carlos III.
[viii] José Joaquín de Silva Bazán.
[ix] Los montes Albanos, teniendo en cuenta que los conocimientos y curiosidad de Azara comprendía muchas disciplinas.
[x] Tumba etrusca en Volterra, hecha de bloques de toba, con cuatro conos truncados en las esquinas.
[xi] Familia de banqueros sieneses que se hicieron con él en la segunda mitad del siglo XVII.
[xii] Hoy museo.
[xiii] Rodeado de jardines, está situado en el barrio de Trastévere, hoy galería nacional de arte antiguo junto con el palacio Barberini.
[xiv] Se especializó en retratos, pero también pintó temas mitológicos y alegóricos. Nacido en Lucca, Toscana, muy joven se traslada a Roma y allí realiza la mayor parte de su obra.