domingo, 17 de marzo de 2019

Túnez cartaginés

Tofet de Cartago (1)

La arqueología ha permitido conocer cómo era el territorio administrado por Cartago a partir del siglo IV a. de C. En torno a la década de los setenta del siglo XX se descubrió en el foro romano de Maktar[i], en la cordillera “dorsal” tunecina, una dedicatoria al emperador Trajano que mencionaba las sesenta y cuatro civitates del pagus Thuscae et Gunzuzi[ii]. Este pagus Thuscae puede asociarse a la mención de su equivalente griego, la chôra Thusca[iii], que incluía cincuenta ciudades. Apiano[iv] dice en su “Historia Romana” que Masinisa conquistó esta circunscripción a los cartagineses en 152 a. de C. aprovechando su debilidad.

La circunscripción de Maktar limitaba al norte con el reino númida, y el pagus Gunzuzi tuvo que estar situado al noreste, en dirección a Cartago, según Serge Lancel. La epigrafía latina ha permitido recomponer la organización administrativa de Cartago que mencionan también los nombres de otras circunscripciones. La más importante de ellas fue la que los autores griegos llamaron Byzacena durante el Bajo Imperio Romano, cuya fachada marítima era la curva formada por las costas del Sahel tunecino, desde Ruspina (Monastir)[v] hasta el norte de Taparura (Sfax)[vi] al sur. Esta región tuvo que quedar sujeta a Cartago desde antiguo, antes incluso de la constitución, a mediados del siglo V a. de C., de un vasto glacis africano.

Según Polibio[vii], desde la época del primer tratado, los cartagineses no dejaron a los romanos navegar con “largas naves” hacia el sur más allá del “Cabo Bello” (cabo Bon), al noreste de Túnez, donde estaba la circunscripción más cercana a Cartago y la más rica por su agricultura. En el cabo Bon, desde sus casas superpuestas en las laderas de las colinas, la aristocracia agraria púnica controlaba el este, la otra orilla del golfo de Túnez, tierras que eran a la vez granero y centinela de Cartago.

Una de las poblaciones antiguas cartaginesas fue Tabarka, en el extremo noroeste del actual Túnez, donde se han encontrado inscripciones púnicas. Otra fue Kef el-Blida, muy cerca de Tabarka pero en el interior, y Bizerta, que los fenicios llamaron Hippo Dhiarrytus y que luego pasó a depender de Cartago. En el extremo norte de Túnez se encontraba Tindja, capital de los númidas en el siglo II a. de C., pero su población era de cultura cartaginesa. Al norte también Mateur, Ras Zbid, Theudalis, Uzalis y Útica. Esta fue fundada por los fenicios casi trescientos años antes que Cartago, aunque los datos que ofrecen los escritores antiguos sobre fechas de fundación deben de ser confirmados por la arqueología.

El cabo Bon estaba rodeado de poblaciones costeras: Carpi (Sidi Reis), Ras el-Fortas, El-Haouaria, Ras ed-Dreck, Kerkouane, Clypea (Kelibia), Corubis (Korba), Neapolis (Nabeul) y Thinissunt (Bir-bou-Rekba). La circunscripción de la costa este y su interior, alrededor de los lagos que se encuentran al sureste de la actual Kairuán, formaban Byzacio.



[i] Fue una población fundada por aquellos que deseaban defenderse de la expansión cartaginesa. Los restos arqueológicos se encuentran en el norte del actual Túnez, pero en el interior.
[ii] Serge Lancel, “Cartago”.
[iii] Serge Lancel dice que cabe relacionar esta expresión con las dos palabras púnicas de una inscripción descubierta en una cresta montañosa, a unos 25 km. al norte de Maktar.
[iv] Historiador griego nacido en Alejandría a finales del siglo I y fallecido en 165.
[v] Al nordeste del actual Túnez.
[vi] En la costa este del actual Túnez.
[vii] Siglo II a. de C. 
(1) Lugar donde se hacían sacrificios. La fotografía corresponde a nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/el-santuario-mas-sangriento-de-la-antigua-cartago_9794

sábado, 16 de marzo de 2019

La guerra de Judea según Tácito



Dice Tácido en sus Historias que el primer romano que conquistó Judea fue Gneo Pompeyo en el año 63 a. de C. y que más tarde “aquellas provincias quedaron bajo el control de Marco Antonio y de Judea se apoderó Pácoro”, rey de los partos, que sucumbió a manos de PublioVetidio. Luego los judíos fueron sometidos por Gayo Sosio, confiando Marco Antonio el reino a Herodes. Rebelados los seguidores de Simón, fueron sometidos por Quintilio Varo, gobernador de Siria y, en represalia, la población judía fue repartida en tres reinos asignados a los hijos de Herodes.

Con cualquier pretexto los judíos reanudaron la guerra contra Roma y, en época de Claudio, Antonio Félix ejerció de rey “con talante de esclavo”, dice Tácito. Con Gesio Floro como procurador de nuevo se recrudecieron las hostilidades, acudiendo a sofocarlas el legado de Siria, Cestio Galo, con diversa suerte. Nerón envió a Vespasiano y, en dos veranos, “su victorioso ejército fue adueñándose una tras otra de todas las alquerías y ciudades, a excepción de Jerusalén: resultaba exasperante –dice Tácito- que los judíos fueran los únicos que no se rendían.

A Vespasiano le sucedió Tito, que plantó el campamento ante los muros de Jerusalén, mientras que los judíos formaron al pié de las propias murallas. Los romanos se aprestaron al asalto, pero la ciudad estaba en un abrupto emplazamiento, rodeada de murallas “combadas hacia dentro, de modo que los flancos de los asaltantes quedasen expuestos a los proyectiles". “El templo –dice Tácito- hacía las veces de ciudadela” y en el interior de la ciudad había una fuente con abundante agua, cuevas en el subsuelo de los montes, aljibes y cisternas para almacenar las lluvias. Tres jefes tenían los judíos, pero según Tácito existían diferencias entre ellos[i]: Simón, Juan y Eleazar, siendo este el encargado de defender el templo.

“Se ha dicho que la cifra de asesinados, de cualquier edad, varones y mujeres, era de seiscientos mil” (evidentemente una exageración, pues de ser así ¿qué podríamos decir del número de combatientes?). Llevaban armas todos los que podían –sigue diciendo Tácito- y la tenacidad de hombres y mujeres era pareja, y “ante la tesitura de mudar de hogar, la vida les asustaba más que la muerte”.

En la guerra de Judea del año 70 tres legiones recibieron a Tito en Judea; a ellas se unió una de Siria y contingentes de dos procedentes de Alejandría. Les acompañaron veinte cohortes aliadas, además de los reyes Agripa y Sohemo, así como refuerzos del rey Antíoco, un grupo de árabes poderoso y hostil a los judíos.

Tácito da rienda suelta al mito cuando dice que los judíos se habían exiliado de la isla de Creta y se habían asentado en los confines de Libia. “Los sólimos –dice- fundaron la ciudad de Jerusalén”, haciéndose eco también de que una plaga que brotó en Egipto hizo que el rey Bócoris ordenase purgar su reino y expulsar a otras tierras “a esa raza porque era maldita para los dioses”. En el desierto, un rebaño de asnos salvajes que volvía de pacer se recogió tras una peña a la sombra de un bosquecillo. Moisés fue tras ellos (por lo tanto en el siglo XIII a. de C.) y descubrió abundantes veneros de agua que aliviaron a los expulsados. Estos se apoderaron de unas tierras de las que, a su vez, expulsaron a sus cultivadores y en las que consagraron ciudad y templo.

Moisés les impuso una religión nueva –sigue diciendo Tácito- y contrapuesta a las otras, pasando luego a verter toda clase de prejuicios contra los judíos: “sus prácticas aciagas y siniestras”, perversos, gente de mala calaña, lascivos, tenebrosos… y la proverbial riqueza de que gozaban.

Demuestra conocer el país cuando dice que el territorio de los judíos limita con Arabia, Fenicia, el mar y Siria, para añadir luego que “la constitución de sus habitantes es saludable". Dice que gran parte de Judea está diseminada en aldeas, pero que también hay ciudades amuralladas. En época de los asirios, medos y persas, los judíos constituían “la capa más despreciable de esclavos” y, para terminar, les juzga como “pueblo deplorable”.

Tácito debió nacer a mediados del siglo I y morir en 117 o 120, y a juzgar por una de las cartas que le dirige su amigo Plinio el Joven, eran de la misma ciudad, Como[ii], pero no hay otro testimonio que acredite esto.   



[i] La prueba es que sicarios de Juan mataron a Eleazar y su gente. Pero ante el enemigo exterior, los judíos y sus jefes volvían a combatir juntos.
[ii] Tácito debía de ser unos años mayor que Plinio el Joven, pero murió algo más tarde que él.

viernes, 15 de marzo de 2019

Científicos griegos

Los científicos griegos de la antigüedad tuvieron ante sí los avances de oriente y Egipto, anteriores a ellos, y fue en Jonia donde aparecieron los primeros pensadores que se llamaron a sí mismos físicos. El punto de partida residió en la convicción de que el universo obedecía a factores racionales, excluyendo por tanto a los dioses de la explicación de la naturaleza.

Tornillo de Arquímedes para bombear agua
En el siglo II un médico de Pérgamo, Galeno, heredó buena parte de los conocimientos de sus predecesores, dos de ellos Serapión de Alejandría y Glaucias de Tarento, que contrariamente a otros anteriores basaron la medicina en la observación de los enfermos y en las experiencias habidas, lo que permitió un avance de la cirugía. Dos descubrimientos importantes se debieron a Erasístrato de Quíos (s. III), que distinguió el cerebelo, sus funciones y el aparato cardiovascular. Por su parte, Herófilo de Calcedonia, en torno al año 300 a. de C., estudió la trayectoria de las venas y arterias, comprendiendo a su vez el sistema nervioso, parte de la estructura del cerebro y las formas del hígado y del intestino delgado; estableció un método para medir el pulso y poder diagnosticar patologías.

Si tenemos en cuenta que el diagnóstico, en medicina particularmente, es fundamental, pues errar en él lleva a aplicar remedios que no lo son, los avances que debemos a los anteriores son de un valor extraordinario. Hubo médicos en la antigüedad griega cuyos métodos nacieron esencialmente de la investigación de la fisiología humana, entendiendo los síntomas de cada enfermedad. Se basaron en lo que hoy llamamos historial clínico de cada individuo (prognosis), así como la comparación de enfermedades similares. Aunque ya vimos a algunos aventajados de la cirugía, fue en el siglo V a. de C. cuando más avanzó.

En el mundo griego había existido siempre una medicina, aunque no en todos los casos obedeciese a métodos racionales, sino más bien empíricos y contando con la “emoción religiosa” de los enfermos. Pero en el siglo VI a. de C. las primeras escuelas médicas se separaron de esos métodos, desarrollándose en Asia Menor lo que podríamos llamar medicina “moderna”. Los seguidores de Pitágoras formaron la escuela de Crotona, en la Magna Grecia, destacando en ella Alcmeón (finales del siglo VI a. de C.). Este explicó que “el hombre se caracteriza por el equilibrio de contrarios, y la enfermedad se debía a la ruptura de ese equilibrio en el interior del cuerpo humano que la medicina debía restablecer”. Defendió también el examen de los síntomas, apareciendo así la medicina como una manera racional de curar que se basa en el conocimiento de la physis. Alcmeón fue el primero en asignar al cerebro el papel central que posee y no al corazón y en intuir la función del sistema nervioso. Eurifonte, en la primera mitad del siglo V a. de C., estudió la anatomía del cuerpo humano y el problema de la fiebre. Heródico de Selimbria defendió una terapia basada en la dieta… El método de Alcmeón fue adoptado por Hipócrates (siglos V-IV), que creó una de las más famosas escuelas médicas de la Antigüedad, cuya sede principal se encontraba en Cos.

La época helenística fue muy brillante para la ciencia griega, produciéndose avances en Matemáticas, Astronomía, Mecánica, Química y Agricultura práctica. Euclides, en torno a 300 a. de C., estableció un sistema de deducciones axiomáticas; Arquímedes de Siracusa, en el siglo III, mejoró el conocimiento del valor del número pi, aportó ideas sobre lo que siglos más tarde se llamará cálculo infinitesimal, y en Física las condiciones bajo las que las fuerzas se equilibran. También hizo progresos en hidrostática, capaz de determinar la densidad de un cuerpo. Se avanzó en la mecánica con poleas compuestas y se descubrió por Arquímedes un tornillo para bombear agua.

Apolonio de Perge, a finales del III siglo a. de C., estudió las secciones cónicas como la elipse, la hipérbola y la parábola. Aristarco de Samos, a principios del mismo siglo, trató de medir los diámetros del sol y de la luna, así como sus distancias de la Tierra[i] y la revolución de esta alrededor del sol, quedando su teoría heliocéntrica en el olvido. Eratóstenes de Cirene, en el mismo siglo, midió el meridiano terrestre, lo que fue el origen de la geografía matemática. Hiparco de Nicea, en el siglo II, investigó los equinoccios y las anomalías en los movimientos de la Tierra[ii], llevó a cabo el primer catálogo estelar e inventó el astrolabio. En neumática, Ctesibio de Alejandría, en el siglo III, realizó estudios sobre el aire comprimido y el vapor.

Mucho antes, Empédocles de Agrigento (s. V a. de C.) demostró que el aire era una sustancia material, y Pitágoras de Samos, un siglo antes, descubrió los números irracionales[iii]. También avanzaron la Música, la Botánica y la Zoología. En el siglo V Leucipo de Mileto y luego Demócrito de Abdera formularon la teoría atomista, por la que el universo está formado por combinaciones de átomos[iv]. Hipócrates de Quíos, en el mismo siglo, especuló sobre la cuadratura del círculo, e Hiparco de Metapontio, ya antes, se preocupó de la armonía de los acordes musicales. Arquitas de Tarento, entre los siglos V y IV, estudió la esfera y el cilindro. Filolao de Crotona, en el siglo V, destacó en Astronomía, y Menéstor de Síbais en Botánica. Heráclides Póntico (s. IV) elaboró una teoría geocéntrica según la cual en torno a la Tierra giraban la luna y el sol y los demás planetas alrededor de éste. ¿Qué decir de Platón?: sucesores suyos fueron Espeusipo y Aristóteles, siendo este último el que se encargó de condensar toda la ciencia de la civilización griega hasta su momento; clasificó todos los seres agrupándolos por su afinidad y trabajó en Zoología y Botánica con la idea de que todo en la naturaleza tiende a su perfección, de forma que se podían distinguir en la naturaleza diversos reinos, mineral, vegetal, animal y el ser humano…



[i] Siguió la estela de Anaximandro en el siglo VI a. de C., que había pretendido medir las distancias de la Tierra a las estrellas, la luna y el sol.
[ii] Ya antes Eudoxo de Cnido elaboró la teoría de las esferas concéntricas para explicar el movimiento de los planetas.
[iii] Los que no pueden ser expresados como una fracción m/n donde m y n sean enteros y n diferente de cero.
[iv] Más adelante también se formuló en la India.
Fuente: "Atlas Histórico del Mundo Griego", Adolfo J. Domínguez y J. Pascual.

El mayor mercado consumidor del mundo


Fue en el siglo XVIII, según Céspedes del Castillo[i], el conjunto de Nueva España y el Caribe. Descontados los metales preciosos, el tabaco curado y envasado se repartía con el cacao el porcentaje más elevado dentro del valor total de mercancías indianas exportadas a la Península (sumaban ambos entre el 48 y el 70 por ciento a lo largo del siglo, pero dentro de ese porcentaje, el cacao tiende a subir y el tabaco a bajar correlativamente). El empleo del tabaco se había generalizado en toda América, incluidas las regiones no productoras y el estanco movilizó en Nueva España bastante capital privado al admitir depósitos monetarios al interés del 5%, garantizados por la solidez y altos beneficios del monopolio.

Con el nombre de “La Ciudadela”, todavía se halla en el casco urbano de México la inacabada fábrica de tabacos, que fue en su día una de las más grandes obras de arquitectura industrial de fines del siglo XVIII en el mundo, albergó a miles de operarios y presenció la primera huelga obrera acaecida en América.

En conjunto, las reformas que España llevó a cabo en la minería y en los monopolios estatales supusieron el esfuerzo más ambicioso y sostenido de los gobernantes ilustrados por fomentar la producción, esfuerzo apoyado por una verdadera política económica coherente y tenaz en la que se cosecharon no pocos fracasos, pero también algunos de los mayores éxitos. En las restantes ramas de la producción, el Estado se limitó a contemplar la actuación de las fuerzas del mercado y la iniciativa privada, sin ir más allá de medidas legislativas y fiscales de estímulo, o de disuasión y aun prohibición, estas aplicadas al sector doméstico en aquellas ramas de la producción que competían directamente con las exportaciones metropolitanas.

El objetivo de esa política fue un “pacto colonial” en el que los territorios ultramarinos se convirtieron en exportadores de materias primas hacia la metrópoli y en mercado consumidor de las manufacturas que producía la Península. Pero este programa fue, o puramente ilusorio y utópico (dice Céspedes), o de propósitos y alcance limitados. Un ejemplo fueron las inaplicables órdenes secretas dadas a los virreyes para que demolieran los obrajes, con idea de suprimir la industria textil de ultramar.

El tráfico negrero que habían ejercido en exclusiva franceses e ingleses durante la primera mitad del siglo XVIII, se trató de poner en manos españolas, especialmente a partir de la creación de la “Compañía gaditana de negros” (1765) y la adquisición de los primeros dominios españoles en Guinea (islas de Annobón y Fernando Poo, 1778)[ii], pero los resultados fueron modestos.

De todas formas, las mercancías indianas aumentaron tanto en el siglo XVIII su valor que representaron el 25 por ciento, frente a las exportaciones de metales preciosos (75%). Aquellas mercancías fueron el azúcar refinado, el tabaco en rama, el cacao, materias tintóreas, algodón, tardíamente café, cuero, pieles y cobre chileno. Se intentó que de unas regiones a otras de América se intercambiasen productos si no competían con los españoles: los vinos y aguardientes peruanos no pudieron salir del virreinato salvo mediante el contrabando, pero las exportaciones de pieles y cueros en Buenos Aires subieron de unas 150.000 piezas anuales a casi millón y medio; se empezó a comercializar el sebo, antes no exportado, para la fabricación de velas, y poco después la carne (la industria de salazón de carnes se exportaba desde Buenos Aires a Cuba y Brasil, originando la puesta en explotación de las salinas).

La monarquía española mejoró los puertos y caminos, puentes, fortificaciones, edificios públicos y construcciones navales. España exportó a América productos andaluces como el vino de calidad, aceitunas y aceite de oliva, vinagre, frutos secos y cera. A ellos se sumaron aguardientes valencianos y, sobre todo, catalanes. Los productos siderúrgicos vascos conservaron su mercado ultramarino pero la única región española que se abrió a mercados nuevos en América fue Cataluña, con sus tejidos de algodón liso y estampado (colonias e indianas) y sus exportaciones de papel, cuya demanda había crecido a partir de la invención mexicana del papelito o cigarrillo moderno. Los sombreros peninsulares, en parte fabricados con lana peruana de vicuñas, se vendieron en ultramar a partir de 1758 gracias a un fuerte proteccionismo.

Pero la producción industrial ultramarina fue mucho mayor y más diversificada, alcanzando en algunas regiones y épocas del siglo XVIII una autosuficiencia casi completa, aunque la industria sedera de Nueva España se arruinó por la competencia de sedas chinas llegadas desde Manila. Grandes talleres concentraban a cientos de operarios; los obrajes enteros, por ejemplo, producían en casos conocidos hasta cien mil varas de paño anuales; sin embargo, la aparición de licencias y composiciones para legalizar algunos de estos obrajes nos indican que un número considerable de ellos debieron operar sin control alguno, pese al esfuerzo de visitadores y protectores de indios para fiscalizar el trato que recibían, a veces durísimo…



[i] “América Hispánica”.
[ii] Ver aquí mismo “Del asiento al comercio de esclavos”.

jueves, 14 de marzo de 2019

La confederación nesiota

Mapa del mundo según Eratóstenes (s. III a. de C.)
http://epidauroweb.blogspot.com/2011/06/

Cuando Ptolomeo I Sóter (“el salvador”) se hizo con Egipto y otros territorios tras la muerte de Alejandro Magno, organizó un imperio que  comprendería, más tarde, el propio Egipto antiguo, Cirenaica, Celesiria[i], Chipre y las islas de la confederación nesiota (las Cícladas y otras del Egeo).

Itano (en el extremo este de Creta) fue una de las posesiones de los Ptolomeo junto con Tera, Metana-Arsínoe (al este del Peloponeso) y Ceos (isla al sur de Ática). También poseyeron Cartaya, Citno (isla al sur de Ática), Coresia (en la isla de Ceos), Sifnos (en el centro sur del Egeo), Ios (cerca de la anterior), Amorgos (al este de las dos últimas), Astipalea, Naxos, Míconos, Andros, Delos, Lesbos, Quíos, Samotracia (al norte del Egeo), Samos, Cos, Calimno y, probablemente, Paros y Tenos. La Liga de los nesiotas se pasó a los lágidas[ii] a principios del siglo III a. de C. y subsistió hasta mediados del mismo siglo.

En Jonia y Caria la presencia de los Ptolomeo debió comenzar con el segundo (Filadelfo = “el que ama a su hermana”) hacia 261. Así controlaba toda la costa desde Éfeso a Halicarnaso y Lébedos, Colofón, Magnesia, Priene, Mileto y, quitá, Teos. En Caria fueron posesiones lágidas Iaso, Milasa, Mindo, Labraunda y Estratonicea. En Licia, Lisa, Araxa, Telmeso, Janto, Patara, Andriaque y Limira, y en Panfilia, Tolemaida y Arsíonoe. Además de la Pisidia, los Ptolomeo poseyeron también en Cilicia una larga línea de fortalezas costeras. En Tracia y Helesponto dominaron algunas póleis y establecieron guarniciones en, al menos, Eno y Maronea. Toda una serie de territorios, continentales e insulares, en Europa, Asia y África, que tenían un nexo: el mar[iii].

Este imperio aportaba grandes ventajas a Egipto y a la dinastía lágida: prestigio y respeto. La política egea devolvía brillo e importancia en el seno de la opinión pública griega, formando parte de esa misma política de grandeza fiestas conocidas como los Tolemaida, pensados para igualarse a los Juegos Olímpicos, y fundaciones en el exterior como la construcción en Atenas del gimnasio de los Ptolomeo (obra del tercero de la dinastía), o el embellecimiento de la capital, Alejandría, con el museo, la biblioteca y el faro, entre otras obras.

Las rutas navales ponían en contacto a las islas de la Liga nesiota con el resto del imperio y aún con otros países. El comercio exterior estaba basado en la exportación de trigo (Egipto), lino, vidrio, papiro, fayenza (un tipo de cerámica vidriada), conservas de pescado, especias, piedras preciosas y marfil, éste procedente del interior de África y del Índico. Rodas y Tiro pudieron ser intermediarias en este comercio, pues las fuentes hablan de las buenas relaciones entre los Ptolomeo y los gobernantes de dichas islas, yendo buena parte de las ganancias a soportar los enormes gastos del Estado. Pero la mayor parte de la riqueza provenía del valle del Nilo, que importaba mercenarios, técnicos, barcos chipriotas y fenicios, maderas del Líbano y de las costas de Asia Menor, brea y metales.

El imperio de los Ptolomeo tuvo que librar múltiples guerras contra otros jefes militares: en 321 Pérdicas invadió Egipto pero como muchos de sus soldados se ahogaron al cruzar el río Nilo, otros le acusaron de temerario y le mataron; en 200 la pérdida de Celesiria dejó inerme a Egipto, de forma que durante la sexta guerra siria (170-168) Antíoco IV, de la dinastía seléucida, ocupó Pelusio (al este del delta) y conquistó casi todo Egipto excepto Alejandría, pero tuvo que retirarse en 169 ante el estallido de una revuelta judía. Al año siguiente invadió de nuevo Egipto, llegando hasta Menfis, y su flota ocupó Chipre, haciéndose titular rey de Egipto; estando a punto de hacerse con Alejandría, los romanos le obligaron a retirarse y abandonar también Chipre.

Los Ptolomeo hicieron de Egipto una potencia militar, aunque en un primer momento, inferior a la de otros imperios. Aunque Egipto no carecía de tradición naval y el faraón Necao (610-595) había construido una flota de guerra  para operar en el Mediterráneo y el mar Rojo, Apries (589-570) libró con ella una batalla contra los tirios, y Amasis (570-526) conquistó Chipre, habiendo seguido esa política naval Teos[iv] en el siglo IV, fueron griegos los constructores de los navíos.

Pero los barcos de Ptolomeo I eran trirremes[v], cuadrirremes y quinquerremos, demasiado pequeños en relación a los de otros imperios. Ptolomeo II Filadelfo hizo construir barcos cada vez más grandes, de forma que poco después de su muerte, en 246 a. de C., la armada egipcia poseía muchos barcos pesados, “hasta dos treintas”, pasando por barcos de seis bancos de remeros, siete, nueve, once, doce, trece y veinte.

Si la parte que podríamos llamar “interior” del imperio estaba formada por Cirenaica, Egipto, Celesiria y Chipre, la “exterior” eran las islas de la confederación nesiota, además de la costa sur y oeste de Anatolia. Se comprende la importancia de la armada de guerra que garantizase, al mismo tiempo, el comercio ultramarino; salvo en el caso del valle del Nilo, casi todo eran costas e islas. El impulsor de la confederación nesiota fue el macedonio Antígono I en el contexto de los conflictos entre los generales sucesores de Alejandro Magno a finales del siglo IV a. de C., siendo como fue, aquel, el principal adalid de mantener la unidad del imperio macedonio, lo que, como sabemos, no consiguió.


[i] Sur de Siria
[ii] De Lagos, nombre del presunto padre de Ptolomeo I.
[iii] El presente resumen está basado en la obra de J. Pascual González, “Egipto en época helenística: una potencia naval del Mediterráneo”.
[iv] De la XXX dinastía.
[v] Barcos de tres bancos de remeros situados cada uno de aquellos a distinto nivel.

lunes, 11 de marzo de 2019

El Mausolo de Briaxis

https://www.merveilles-du-monde.com/es/Siete/Mausolo.php

Caria es una región que se encuentra al suroeste de la península de Anatolia; a mediados del siglo VI a. de C. fue conquistada por los persas aqueménidas y, casi dos siglos más tarde, Mausolo está gobernando la región. Para el sepulcro de Mausolo, muerto en 352 a. de C., en Halicarnaso y obra de Pitio[i], fueron llamados los más importantes artistas de la época[ii], de forma que ha sido considerada una de las mayores realizaciones arquitectónicas de la época.

Sobre un basamento gigantesco se incorporaron formas propias de Asia Menor, siendo los principales escultores Escopas, Timoteo, Briaxis y Leocares de Atenas. La esposa de Mausolo, Artemis, ordenó que se terminase la construcción del mausoleo a la muerte del primero y las esculturas de  ambos son obra de Briaxis. Mausolo está representado con movimiento impetuoso[iii] y enérgico, desapareciendo casi por completo el cuerpo bajo el vestido, intuyéndose solo una rodilla de la pierna que se adelanta. Alrededor de la otra, sobre la que se hace cargar el peso del cuerpo, se agitan los ropajes muy plegados, pero el personaje está representado en una actitud pausada.

En el rostro de Mausolo se manifiestan rasgos extranjerizantes respecto del gusto griego hasta el momento, siendo uno de estos detalles el corte del cabello, largo y de tipo oriental. Esta estatua, que constituye probablemente la más fina de las que han sobrevivido a la destrucción del mausoleo, es de gran volumen y logra plasmar un movimiento agitado e impetuoso. Es el retrato de un “bárbaro” con el que Briaxis indica el camino hacia las formas helenísticas, que él mismo emprende en su imagen del culto de Serapis[iv] y en el mundo de ultratumba de los Ptolomeos, obras realizadas para Alejandría. La escultura que conservamos muestra solo la parte delantera de la cabeza, habiéndose perdido los brazos. La cara, con barba corta y en parte geométrica, el gesto serio y los cabellos echados hacia atrás formando profundos surcos.

Briaxis nació en Atenas pero trabajó, como vemos, para los persas y luego para los sucesores de Alejandro Magno, alcanzando la fama en varias de las ciudades importantes de la época, Antioquía entre las ya citadas aquí.


[i][i] Otros dicen Piteo y le atribuyen solo la cuadriga que corona el mausoleo.
[ii] “Historia de los estilos artísticos”, I, Úrsula Hatje.
[iii] Idem nota anterior.
[iv] Una copia romana se encuentra en los Museos Vaticanos.

jueves, 7 de marzo de 2019

De la República al Imperio

Obra romana de principios del
siglo I (1)
Durante el régimen republicano romano el Senado era la máxima autoridad, y estando allí la aristocracia representada, impulsó la expansión imperialista, pero dos cónsules, que eran elegidos anualmente, eran los encargados de ejecutar las decisiones del Senado. Se evitaba así lo que el régimen republicano quería: que el poder no estuviese en manos de una sola persona, lo que sí ocurrirá desde Augusto.

Pero sabemos que en el siglo I a. de C., el ultimo de la República, los generales romanos, en esa actividad imperialista, habían acumulado mucha influencia, prestigio y poder, por lo que se enzarzaron en guerras civiles que arruinaron –si no estaba ya escrita dicha ruina- al régimen republicano. Vino entonces la solución monárquica que inició la dictadura de César y continuó Augusto.

Según Juan Luis Conde[i] el régimen de Augusto puso fin a ese ciclo sangriento, de ahí que se hable de “pax romana”, y en la capital del imperio habían ido apareciendo nuevos grupos sociales que sustituyeron a la “oligarquía desmochada”, los acaudalados caballeros y los libertos, “en general profesionales e intelectuales griegos bien preparados para la administración y la gestión de las finanzas”. El Senado, a favor del emperador, perdió poder, siendo este la máxima autoridad del ejército, del que formaba parte la tropa pretoriana acuartelada en Roma.

Pero una vez terminó el largo reinado de Augusto siguieron los de varios emperadores, de su misma dinastía, que han sido considerados como infames, si bien este calificativo se lo atribuyen sus críticos. A comienzos del año 68 –dice Juan Luis Conde- el ejército y el Senado se concertaron para acabar con el gobierno de Nerón, mientras dos sublevaciones tenían lugar: en la Galia el propretor Julio Víndice se rebeló aunque fue vencido por el gobernador de la Germania Superior. En la Hispania Citerior, Sulpicio Galba fue proclamado emperador por sus tropas (poco duró la llamada “pax romana”), “por primera vez no en Roma, por primera vez no por las tropas de la guarnición de la Urbe”, y se dirigió a la capital. Se abrió entonces un período de lucha por el poder.

El emperador Vespasiano fue el que consiguió acabar con la guerra civil durante su reinado: aunque fue declarado emperador por el Senado en el 69, no llegó a Roma hasta el año siguiente desde Egipto, donde se produjo una rebelión, otra en Palestina de los judíos y la de los bátavos en la Germania Inferior[ii] que venía ya del año 69. Tito y Domiciano le sucedieron: el reinado de este fue decepcionante y atroz, en palabras de Juan Luis Conde, siendo asesinado en el año 96.

Cornelio Tácito, en su obra “Agrícola”[iii], dice de la época: Nuestras propias manos llevaron a Helvidio a prisión, la visión de Máurico y Rústico nos avergonzó. Seneción nos bañó con su sangre inocente. Nerón por lo menos apartó sus ojos y ordenó los crímenes, pero no los contempló: la peor de las desgracias bajo Domiciano era observar y ser observado. Seneción fue favorecido por Domiciano pero guardó fidelidad a Trajano.

Tácito, que escribe con tanto escándalo, no tuvo inconveniente en ser pretor en el año 88, fue senador y llegó a cónsul, procónsul en Asia en el año 112. “El más fiero detractor de los césares confiesa que les obedeció mansamente…”, dice Juan Luis Conde. Y Ronald Syme, a quien cita el anterior, añade que entre las razones que llevaron a Tácito a servir a esos emperadores está “la defensa culpable de un senador que debía posición y éxito a la Roma de los Césares: al obsequium[iv], no a la libertas”.




[i] “Cornelio Tácito. Historias”.
[ii] Entre el norte de Francia y el sur de Holanda actuales.
[iii] Es el suegro de Tácito, al que dedica una biografía.
[iv] Que debe traducirse por obediencia, pleitesía o servilismo, según Juan Luis Conde.

(1) Mármol blanco de 161 cm. de altura: https://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/agosto_02/27082002_02.htm)

martes, 5 de marzo de 2019

La justicia en el Ática antigua

Ostrakón para emitir el voto en un juicio (1)

En un primer momento de la historia griega antigua, nueve arcontes eran los jueces superiores en Atenas, dictando sentencias como en el caso del “praetor” romano. Con Solón[i], en la primera mitad del siglo VI a. de C., que estableció el recurso de apelación, dictar sentencias fue derivado en gran parte a jurados populares. No obstante, un caso de familia podía presentarse ante un arconte, una ofensa religiosa ante el rey, un asunto relativo a extranjeros ante el polemarco[ii] y una queja militar ante los generales…

Los jurados populares estaban formados por un cuerpo de 6.000 ciudadanos que, por lo menos, hubiesen cumplido treinta y dos años. Dicho cuerpo estaba dividido en diez secciones y, en todo proceso, hubo una gran preocupación por evitar el soborno y la intimidación. Según el asunto de que se tratase, podían formar parte de una sentencia judicial entre 201 y 401 jurados, 1.001 a 2.001 o más de 2.501, siendo el número siempre impar para evitar empates y estando representadas todas las tribus. En la práctica, seguramente las sentencias eran dictadas por menos jurados de los que la norma establecía.

Las cuestiones privadas solo podían ser promovidas por las personas afectadas, mientras que las que afectaban al Estado cualquier ciudadano podía promoverlas. En los asuntos de índole primado el demandante podía ser castigado pecuniariamente si se demostraba que su denuncia no tenía fundamento (un óbolo por cada dracma reclamada), pero el demandante podía pedir un castigo de otro tipo o simplemente una declaración que le diese la razón.

Un caso típico es el del demandante que, en compañía de dos testigos, cita al demandado para que comparezca ante el arconte o ante el jurado popular, según los casos. Las partes quedan comprometidas a pagar las costas del juicio y se fija un día para proceder a una investigación preliminar[iii]. Las partes en litigio juran decir la verdad y el magistrado pone sobre la mesa las pruebas encontradas, así como documentos, textos legales, etc. Las mujeres y los niños eran excluidos del testimonio y los esclavos podían ser admitidos bajo tortura y cuando las dos partes lo aceptaban.

Vienen luego las alegaciones de las partes, correspondiendo el primer turno al demandante, pudiendo pedir que los amigos de cada uno den testimonio según les parezca (los abogados estaban prohibidos) y los oradores tenían turnos que se repartían por tiempos medidos por una celpsidra (reloj de agua)[iv]. Acabados los discursos los jurados proceden al voto (en el caso de jurados populares), estando provistos cada uno de dos discos de bronce (al menos en el siglo IV a. de C.), uno de ellos con un cilindro en hueco para condenar y otro con un cilindro en relieve para absolver. En dos urnas se depositaban los discos, en una de ellas se depositaba el disco que pretendía absolver o condenar y en la otra el disco que no cumplía ninguna de las funciones antedichas. Si al comprobar el contenido de la urna útil, hay empate, el acusado es absuelto (lo que en teoría no ocurriría en el caso de jurados populares). Si el demandado resulta culpable los magistrados determinan la sanción teniendo en cuenta la exigencia del demandante y la que está dispuesta a aceptar el demandado, que siempre será menor. El juicio puede volver a repetirse si se demuestra que los testigos han incurrido en perjurio.

Lógicamente, la administración de justicia se fue acomodando a las necesidades de cada tiempo, pero seguramente con mucha lentitud, salvo en la época de Solón con sus reformas. Las formalidades serían respetadas en unos casos y no en otros, pero seguramente ello llevó a muchos juicios fallidos y que se tuvieron que repetir. Es evidente que una gran cantidad de ciudadanos atenienses estaban implicados en la administración de justicia, de lo que da idea de los 6.000 que formaban parte de los jurados populares, pero también debe considerarse que algunos se inhibirían. Siendo la esperanza de vida mucho más baja que en la actualidad, a los cuarenta o cincuenta años muchos magistrados fallecerían, por lo que nuevos ciudadanos eran llamados a formar parte de los tribunales. Con todos los defectos (como el de excluir de testimonio a mujeres y el trato dado a los esclavos), es evidente que en el Ática antigua se desarrolló una justicia muy diferente a otros estados de la misma época.  



[i] Además de legislador fue poeta. Su gobierno tuvo lugar en una época en la que en Ática se dio gran concentración de riqueza en manos de unos pocos (eupátridas). Su constitución de principios del siglo VI a. de C. pretendió favorecer al campesinado pobre.
[ii] En un primer momento dirigía el ejército, pero luego perdió esta función a favor de los estrategós.
[iii] El presente resumen está basado en la obra de A. Petrie, “Introducción al estudio de Grecia”.
[iv] Ver aquí mismo “¿Cómo medir el tiempo por la noche?”: https://poiopoio.blogspot.com/2012/01/como-medir-el-tiempo-por-la-noche-para.html

(1) https://www.historiaeweb.com/2019/01/15/justicia-en-la-antigua-atenas/ 

domingo, 3 de marzo de 2019

La obra de Gerrit Dou

"Leyendo la Biblia"

Dou nació posiblemente en Leiden, cuando esta ciudad holandesa estaba comenzando un momento de prosperidad por su industria textil, pero el pintor no se inspiró en los cambios urbanísticos de la ciudad en la que vivió, sino en las escenas cotidianas tan propias del barroco europeo, sobre todo en los países calvinistas. Mujeres y bodegones, barberos extrayendo muelas, ambientes domésticos y artesanos, objetos, personajes enmarcados bajo un arco, tiendas, soldados con sus tambores y armaduras, lectores, astrónomos, escuelas nocturnas, jugadores de cartas, mujeres hilando o regando flores, el físico en su estudio, el trompetero en un banquete, así como otros músicos de violín, jóvenes madres, etc. 

Alumno de Rembrandt aunque no mucho menor que él (Dou nació en 1613), de su maestro quizá tomó los ambientes tenebristas y los contornos poco definidos, que se ven en la mayor parte de sus obras; los objetos metálicos alcanzan una gran calidad, así como la minuciosidad y abundancia de las cosas que se representan en algunas de sus obras. De igual manera es un cultivador de la luz barroca, no natural, recurriendo a velas encendidas para alumbrar al maestro con sus alumnos o a los jugadores de cartas. Representa con gran realismo la vejez y se autorretrata, al menos, cinco veces, en una de ellas con una escultura clásica al fondo.

En una de sus obras representa a un matrimonio burgués (“Retrato de una pareja en un paisaje”)[i] pero el paisaje es sombrío y los personajes hieráticos, todo lo contrario de los personajes donde uno está extrayendo una muela a otro (1630-1635, óleo sobre tabla de 32 por 26 cm. que se encuentra en el Museo del Louvre). Aquí hay varios objetos en las estanterías del fondo, un violín, una calavera, varios yelmos, y contrastan las actitudes del paciente y el extractor, iluminados por una ventana que se abre a la izquierda. También se abren ventanas en otros cuadros suyos: “La oración del hilandero”[ii], o en el que dos ancianos están leyendo la Biblia[iii]; en el cuadro “Mujer vertiendo agua en un frasco”, “La mujer que hace un edema” y “La joven madre” de 1658, entre otros.

En ocasiones los personajes están asomados a una ventana: “Joven con un racimo de uvas” (óleo sobre madera que se encuentra en la Galería Sabauda de Turín). En varios autorretratos el autor se encuentra enmarcado, en dos ocasiones con la paleta de pintor, y en otra con pipa y libro. El tenebrismo se muestra en “La escuela nocturna” (pintado en 1660) o en “Los jugadores de cartas a la luz de las velas” (también de 1660, es un óleo sobre madera que se encuentra en la Residenzgalerie de Salzburgo).

Igualmente están a la luz de las velas sus astrónomos, pintados junto a un globo terráqueo, observando el firmamento de noche, y en uno de los casos con el cortinaje barroco que cubre la parte superior del cuadro. La calidad obtenida en la representación de objetos se muestra con todo su esplendor en su “Jarra de plata”, obra de 1663.



[i] Óleo sobre tabla de 76 por 63 cm. que se encuentra en el Rijksmuseum de Ámstedam.
[ii] Óleo sobre tabla de 27,7 por 28,3 que se encuentra en la Alte Pinakothek de Munich.
[iii] 1645, óleo sobre tabla de 60 por 46 cm. que se encuentra en el Museo del Lourve.