jueves, 21 de marzo de 2019

"El sueño del imperio"

Mapa de Ptolomeo

La obra de John Darwin comienza diciendo que la desaparición del emperador Tamerlán, a principios del siglo XV, fue un punto de inflexión en la historia universal, pues el personaje citado fue el último de la serie de “conquistadores del mundo”. A partir de ese momento vino el ascenso de Occidente.

“El sueño del imperio” es un intento de historia global en la que no se estudie solo un país o un aspecto, sino los vínculos que en las diversas regiones de Eurasia se fueron formando para estudiarlos conjuntamente. El autor cita que “el estudio del pasado solo puede ser válido cuando se comprende plenamente en todos los pueblos tienen historia, que sus historias devienen de forma concurrente y en el mismo mundo y que el acto de compararlas es el principio del conocimiento”.  En este sentido, ya en el prólogo, el autor constata los esfuerzos que se han hecho en los últimos años para hacer una historia no occidental. Quizá ello se deba –dice- al impacto de la globalización, las diásporas y migraciones y la liberación parcial de muchos regímenes, siendo China el más señalado, donde la historia se había considerado como “propiedad privada del Estado”.

Cuando Europa llegó a al mundo moderno se ha visto que compartía muchos rasgos de otras partes de Eurasia. La muerte de Tamerlán coincidió con los primeros indicios de un cambio en el comercio a larga distancia: “la ruta este-oeste continental fue sustituida paulatinamente por el descubrimiento del mar “como recurso común a todos que permitía acceder a cualquier parte del mundo” y esto transformó la economía y geopolítica de los imperios. Después de Tarmerlán no surgió ningún nuevo conquistador dispuesto a dominar Eurasia. El autor se refiere al Pacífico desde China, al Índico hasta el este de África y a la parte más oriental de Atlántico hasta las grandes rutas abiertas por portugueses y castellanos en primer lugar.

En esta obra se cita al historiador holandés J. C. van Leur (1908-1942) que “había denunciado el modo en que la historia de Indonesia había sido escrita desde el punto de vista occidental, ‘desde la cubierta del barco, las murallas del fuerte, la galería superior de una firma comercial’, como si no pudiera ocurrir nada sin que un europeo estuviera presente o lo ordenara”. Leur acabó con la idea, cuando fue leído, de que durante el siglo XVI la llegada por mar de los europeos hubiera transformado la economía comercial asiática. Al contrario –dice Darwin-, los europeos fueron los últimos en integrarse en un inmenso comercio marítimo cuyos pioneros habían sido los asiáticos y que unía a China, Japón, Corea, el Sudeste asiático, la India, el golfo Pérsico, el mar Rojo y África oriental. La economía “global” ya existía y no hubo que esperar a que la formasen los europeos, por lo tanto la historia de los asiáticos no se puede pasar por alto. Hoy vemos que, a pesar de la superpotencia que representa Estados Unidos, hay estados que juegan un papel primordial en la “globalización”, como es el caso de China e India.

Hoy sabemos que desde el siglo XV hubo una cadena de “conexiones” que unieron a gran parte de la Eurasia de la primera Edad Moderna. “Como ya sugiriera van Leur, la conclusión simplista de que los europeos galvanizaron a una Asia somnolienta tras la llegada a India de Vasco de Gama en 1498 era una tergiversación de la realidad”. Una densa red comercial ya unía entre sí a todos los puertos y productores de la costa de África oriental y del sur del mar de China. Los comerciantes asiáticos no fueron las víctimas pasivas de una absorción europea; los gobiernos de Asia eran algo más que los depósitos depredadores que pinta la mitología europea y que aniquilaban el comercio y la agricultura imponiendo tasas punitivas y confiscaciones arbitrarias. “En distintas partes de Asia existían economías de mercado en las que la división del trabajo, el comercio especializado y el desarrollo urbano… eran muy semejantes a los europeos. Sobre todo en China, donde la magnitud de los intercambios comerciales, la sofisticación del crédito, la utilización de la tecnología y el volumen de producción (sobre todo en el ramo textil) indicaban la existencia de una economía preindustrial al menos tan dinámica como la europea de la época”.

En 1800 ya había regiones de Eurasia capaces, al menos en teoría, de dar el gran salto adelante e ingresar en la era industrial. Según Edward Said –a quien cita nuestro autor-, las descripciones europeas atribuían de forma simplista a las sociedades asiáticas cualidades estereotipadas, “casi siempre degradantes, y traslucían el intento constante de retratarlas como antítesis perezosas, corruptas o degeneradas de una Europa rebosante de energía, dominadora y progresista.

La “historia descolonizada” ha puesto a Europa en su sitio hasta el punto de que ahora hay historiadores que defienden que no llevaron los europeos a las colonias la modernidad: en la India los británicos llegaron a un acuerdo con los brahmanes para afianzar el sistema de castas y convertirlo en un sistema administrativo. En el África colonizada se pactó con los jefes tribales haciendo pasar esto como “un acto de respeto a la tradición local”. Es cierto que entre 1870 y 1940 Europa extendió al mundo el intercambio de productos manufacturados, materias primas y alimentos; el tráfico adquirió un volumen ingente y dio lugar a flujos de personas y dinero, pero durante las décadas de 1970 y y 180 la historia “subalterna” empezó a escudriñar la estructura de muchas antiguas sociedades coloniales. “Puso de manifiesto la existencia de complejas comunidades campesinas que se resistían ferozmente al control exterior”. La “historia descolonizada” animó a muchos grupos sociales, étnicos, religiosos y culturales a salir de entre las sombras…se documentaron y se descubrieron las ambiciones y los proyectos de los pueblos colonizados: maestros, escritores, comerciantes, campesinos emigrantes y minorías. Los ‘mundos estáticos’ que la ‘dinámica’ Europa había conquistado bullían de vitalidad”.

martes, 19 de marzo de 2019

Más reflexiones sobre Galicia y celtas

Yacimientos de Hallstatt y La Tène, el el alto Danubio y
alto Rin respectivamente*

Algunos investigadores siguen aportando datos sobre la existencia de celtas en Galicia durante la Edad del Hierro, refutando dicha posibilidad o matizando lo que los autores antiguos, la lingüística y la arqueología aportan. Un ejemplo de ello es el trabajo de Francisco Javier González García[i], que habla de dos tópicos sobre este asunto: la negación del carácter céltico de algunos de los pueblos antiguos del Noroeste y el rechazo a las noticias que ofrecen los autores clásicos.

Desde la década de los ochenta del pasado siglo –dice el autor citado- la investigación se ha venido caracterizando por el rechazo a cualquier tipo de celtismo y pone el acento en lo que aporte la arqueología. Pero dos nuevos fenómenos se dan: los jóvenes investigadores tienden a no dar valor a las fuentes clásicas y los más veteranos no parecen querer moverse de sus postulados. González García pretende criticar estas posturas excluyentes en sus trabajos.

Algunos autores aceptan la posible “celticidad” del Noroeste desde el punto de vista de la cultura material, mientras que otros ponen el acento en las muchas veces que los autores clásicos hablan de keltikoi o celtici, es decir, célticos, situados en la costa atlántica gallega. Un sector de la investigación gallega e hispana sobre la Edad del Hierro del Noroeste no rechaza la presencia de componentes célticos en la protohistoria gallega, lo que no es compartido por algunos investigadores portugueses, pero ambas corrientes rechazan la interpretación marcadamente celtista que defendieron los historiadores del siglo XIX y primera mitad del XX.

El argumento fundamental para rechazar, en la actualidad, la presencia de celtas en Galicia es básicamente arqueológico, teniendo en cuenta que la eclosión céltica coincide con la cultura de la Tène, pero habría que tener en cuenta los datos lingüísticos que han quedado, particularmente en la toponimia, y si la tenemos en cuenta parece fuera de duda la presencia de lenguas célticas en Galicia (dialectos distintos a los celtibéricos). Por poner un ejemplo –dice el autor citado- los análisis de García Alonso y Luján sitúan entre un 55% y un 30% los topónimos de origen céltico que, en su obra, recoge Ptolomeo[ii] cuando se refiere al Noroeste. Los defensores de la celtización del Noroeste insisten en la frecuencia de topónimos en –briga o –bris, -bri que se atestiguan en dicha área, además de la abundante toponimia actual en –bre que Moralejo Lasso ha demostrado deriva de las formas antiguas en –bris, -bri, emparentadas con la forma céltica en –briga. Esto es un hecho aceptado por la investigación en lingüística comparada indoeuropea.

También se han puesto sobre la mesa dos hipótesis para explicar esta toponimia: la entrada de elementos célticos llegados como tropas auxiliares en época de Augusto, o que se trató de una introducción paulatina de elementos de población y topónimos desde territorio celtibérico, lo que se habría intensificado con la conquista romana. El autor al que aquí seguimos no es partidario de aceptar estas hipótesis porque –dice- la ocupación militar romana durante la dinastía Julio-Claudia fue muy tímida, además de que parece exagerado atribuir a unos cuantos contingentes militares la celtización que parece demostrar la toponimia.

Estrabón habla en su “Geografía” de que al Noroeste llegaron poblaciones célticas procedentes del Suroeste de la península, por lo que los célticos de una y otra región estarían emparentados, pero para ello –dice González García- sería necesario hacer un estudio comparativo de las culturas materiales y los datos lingüísticos de ambas zonas. La revisión de los datos lingüísticos parece confirmar que el argumento de peso para rechazar la presencia de célticos en el Noroeste es fundamentalmente arqueológico, pero si aceptamos esto estaríamos olvidando el conjunto de epígrafes latinos sobre los célticos supertamaricos[iii], que confirman las noticias de Plinio sobre uno de los pueblos indígenas del litoral.

Este conjunto epigráfico está compuesto por cinco estelas funerarias pertenecientes a individuos que parecen haber estado poco romanizados. Aquí se recogen los epitafios de varios célticos, celtas, supertamaricos en los que, por haber fallecido lejos de su lugar de origen, se menciona su procedencia. Todo parece indicar que este etnónimo no habría sido establecido por el poder romano, sino que se trata de la designación étnica que se daba este grupo; luego vendría la helenización o latinización del etnónimo indígena (“keltikos”) derivado de la raíz kelt- y no una creación griega o romana.

Otros hablan de “celtoides", es decir, pueblos que se parecen a los celtas pero que no son celtas; sin serlo, habrían asumido rasgos étnicos, se habrían celtizado. En toda la literatura latina, no obstante, se constata la aparición del término “celticus” en un total de 31 ocasiones; de ellas 11 se refieren a pobladores del Noroeste. Entonces “celticus” no se podría interpretar como “celtoide”, y el autor al que sigo aquí señala que, en latín, la palabra celta solo existe en plural, “celtae”. (Ver aquí mismo “¿Celtas en Galicia?”).



[i] “Los Célticos de Gallaecia: apuntes sobre etnicidad y territorialidad en la Edad del Hierro del Noroeste de la Península Ibérica”.
[ii] Historiador y geógrafo griego, entre otras especialidades que cultivó. Vivió en el siglo II y escribió una obra titulada “Geographia”.
[iii] Populi célticos, según Plinio, entre los ríos Tambre y Xallas. De estos se conocen tres castella de nombre céltico: Lubris, Miobris y el gentilicio derivado de Blaniobris. “Los pueblos de la Galicia céltica”, obra coordinada por F. J. González García.
* http://www.canaldelmisterio.com/tag/la-tene/

domingo, 17 de marzo de 2019

Túnez cartaginés

Tofet de Cartago (1)

La arqueología ha permitido conocer cómo era el territorio administrado por Cartago a partir del siglo IV a. de C. En torno a la década de los setenta del siglo XX se descubrió en el foro romano de Maktar[i], en la cordillera “dorsal” tunecina, una dedicatoria al emperador Trajano que mencionaba las sesenta y cuatro civitates del pagus Thuscae et Gunzuzi[ii]. Este pagus Thuscae puede asociarse a la mención de su equivalente griego, la chôra Thusca[iii], que incluía cincuenta ciudades. Apiano[iv] dice en su “Historia Romana” que Masinisa conquistó esta circunscripción a los cartagineses en 152 a. de C. aprovechando su debilidad.

La circunscripción de Maktar limitaba al norte con el reino númida, y el pagus Gunzuzi tuvo que estar situado al noreste, en dirección a Cartago, según Serge Lancel. La epigrafía latina ha permitido recomponer la organización administrativa de Cartago que mencionan también los nombres de otras circunscripciones. La más importante de ellas fue la que los autores griegos llamaron Byzacena durante el Bajo Imperio Romano, cuya fachada marítima era la curva formada por las costas del Sahel tunecino, desde Ruspina (Monastir)[v] hasta el norte de Taparura (Sfax)[vi] al sur. Esta región tuvo que quedar sujeta a Cartago desde antiguo, antes incluso de la constitución, a mediados del siglo V a. de C., de un vasto glacis africano.

Según Polibio[vii], desde la época del primer tratado, los cartagineses no dejaron a los romanos navegar con “largas naves” hacia el sur más allá del “Cabo Bello” (cabo Bon), al noreste de Túnez, donde estaba la circunscripción más cercana a Cartago y la más rica por su agricultura. En el cabo Bon, desde sus casas superpuestas en las laderas de las colinas, la aristocracia agraria púnica controlaba el este, la otra orilla del golfo de Túnez, tierras que eran a la vez granero y centinela de Cartago.

Una de las poblaciones antiguas cartaginesas fue Tabarka, en el extremo noroeste del actual Túnez, donde se han encontrado inscripciones púnicas. Otra fue Kef el-Blida, muy cerca de Tabarka pero en el interior, y Bizerta, que los fenicios llamaron Hippo Dhiarrytus y que luego pasó a depender de Cartago. En el extremo norte de Túnez se encontraba Tindja, capital de los númidas en el siglo II a. de C., pero su población era de cultura cartaginesa. Al norte también Mateur, Ras Zbid, Theudalis, Uzalis y Útica. Esta fue fundada por los fenicios casi trescientos años antes que Cartago, aunque los datos que ofrecen los escritores antiguos sobre fechas de fundación deben de ser confirmados por la arqueología.

El cabo Bon estaba rodeado de poblaciones costeras: Carpi (Sidi Reis), Ras el-Fortas, El-Haouaria, Ras ed-Dreck, Kerkouane, Clypea (Kelibia), Corubis (Korba), Neapolis (Nabeul) y Thinissunt (Bir-bou-Rekba). La circunscripción de la costa este y su interior, alrededor de los lagos que se encuentran al sureste de la actual Kairuán, formaban Byzacio.



[i] Fue una población fundada por aquellos que deseaban defenderse de la expansión cartaginesa. Los restos arqueológicos se encuentran en el norte del actual Túnez, pero en el interior.
[ii] Serge Lancel, “Cartago”.
[iii] Serge Lancel dice que cabe relacionar esta expresión con las dos palabras púnicas de una inscripción descubierta en una cresta montañosa, a unos 25 km. al norte de Maktar.
[iv] Historiador griego nacido en Alejandría a finales del siglo I y fallecido en 165.
[v] Al nordeste del actual Túnez.
[vi] En la costa este del actual Túnez.
[vii] Siglo II a. de C. 
(1) Lugar donde se hacían sacrificios. La fotografía corresponde a nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/el-santuario-mas-sangriento-de-la-antigua-cartago_9794

sábado, 16 de marzo de 2019

La guerra de Judea según Tácito



Dice Tácido en sus Historias que el primer romano que conquistó Judea fue Gneo Pompeyo en el año 63 a. de C. y que más tarde “aquellas provincias quedaron bajo el control de Marco Antonio y de Judea se apoderó Pácoro”, rey de los partos, que sucumbió a manos de PublioVetidio. Luego los judíos fueron sometidos por Gayo Sosio, confiando Marco Antonio el reino a Herodes. Rebelados los seguidores de Simón, fueron sometidos por Quintilio Varo, gobernador de Siria y, en represalia, la población judía fue repartida en tres reinos asignados a los hijos de Herodes.

Con cualquier pretexto los judíos reanudaron la guerra contra Roma y, en época de Claudio, Antonio Félix ejerció de rey “con talante de esclavo”, dice Tácito. Con Gesio Floro como procurador de nuevo se recrudecieron las hostilidades, acudiendo a sofocarlas el legado de Siria, Cestio Galo, con diversa suerte. Nerón envió a Vespasiano y, en dos veranos, “su victorioso ejército fue adueñándose una tras otra de todas las alquerías y ciudades, a excepción de Jerusalén: resultaba exasperante –dice Tácito- que los judíos fueran los únicos que no se rendían.

A Vespasiano le sucedió Tito, que plantó el campamento ante los muros de Jerusalén, mientras que los judíos formaron al pié de las propias murallas. Los romanos se aprestaron al asalto, pero la ciudad estaba en un abrupto emplazamiento, rodeada de murallas “combadas hacia dentro, de modo que los flancos de los asaltantes quedasen expuestos a los proyectiles". “El templo –dice Tácito- hacía las veces de ciudadela” y en el interior de la ciudad había una fuente con abundante agua, cuevas en el subsuelo de los montes, aljibes y cisternas para almacenar las lluvias. Tres jefes tenían los judíos, pero según Tácito existían diferencias entre ellos[i]: Simón, Juan y Eleazar, siendo este el encargado de defender el templo.

“Se ha dicho que la cifra de asesinados, de cualquier edad, varones y mujeres, era de seiscientos mil” (evidentemente una exageración, pues de ser así ¿qué podríamos decir del número de combatientes?). Llevaban armas todos los que podían –sigue diciendo Tácito- y la tenacidad de hombres y mujeres era pareja, y “ante la tesitura de mudar de hogar, la vida les asustaba más que la muerte”.

En la guerra de Judea del año 70 tres legiones recibieron a Tito en Judea; a ellas se unió una de Siria y contingentes de dos procedentes de Alejandría. Les acompañaron veinte cohortes aliadas, además de los reyes Agripa y Sohemo, así como refuerzos del rey Antíoco, un grupo de árabes poderoso y hostil a los judíos.

Tácito da rienda suelta al mito cuando dice que los judíos se habían exiliado de la isla de Creta y se habían asentado en los confines de Libia. “Los sólimos –dice- fundaron la ciudad de Jerusalén”, haciéndose eco también de que una plaga que brotó en Egipto hizo que el rey Bócoris ordenase purgar su reino y expulsar a otras tierras “a esa raza porque era maldita para los dioses”. En el desierto, un rebaño de asnos salvajes que volvía de pacer se recogió tras una peña a la sombra de un bosquecillo. Moisés fue tras ellos (por lo tanto en el siglo XIII a. de C.) y descubrió abundantes veneros de agua que aliviaron a los expulsados. Estos se apoderaron de unas tierras de las que, a su vez, expulsaron a sus cultivadores y en las que consagraron ciudad y templo.

Moisés les impuso una religión nueva –sigue diciendo Tácito- y contrapuesta a las otras, pasando luego a verter toda clase de prejuicios contra los judíos: “sus prácticas aciagas y siniestras”, perversos, gente de mala calaña, lascivos, tenebrosos… y la proverbial riqueza de que gozaban.

Demuestra conocer el país cuando dice que el territorio de los judíos limita con Arabia, Fenicia, el mar y Siria, para añadir luego que “la constitución de sus habitantes es saludable". Dice que gran parte de Judea está diseminada en aldeas, pero que también hay ciudades amuralladas. En época de los asirios, medos y persas, los judíos constituían “la capa más despreciable de esclavos” y, para terminar, les juzga como “pueblo deplorable”.

Tácito debió nacer a mediados del siglo I y morir en 117 o 120, y a juzgar por una de las cartas que le dirige su amigo Plinio el Joven, eran de la misma ciudad, Como[ii], pero no hay otro testimonio que acredite esto.   



[i] La prueba es que sicarios de Juan mataron a Eleazar y su gente. Pero ante el enemigo exterior, los judíos y sus jefes volvían a combatir juntos.
[ii] Tácito debía de ser unos años mayor que Plinio el Joven, pero murió algo más tarde que él.

viernes, 15 de marzo de 2019

Científicos griegos

Los científicos griegos de la antigüedad tuvieron ante sí los avances de oriente y Egipto, anteriores a ellos, y fue en Jonia donde aparecieron los primeros pensadores que se llamaron a sí mismos físicos. El punto de partida residió en la convicción de que el universo obedecía a factores racionales, excluyendo por tanto a los dioses de la explicación de la naturaleza.

Tornillo de Arquímedes para bombear agua
En el siglo II un médico de Pérgamo, Galeno, heredó buena parte de los conocimientos de sus predecesores, dos de ellos Serapión de Alejandría y Glaucias de Tarento, que contrariamente a otros anteriores basaron la medicina en la observación de los enfermos y en las experiencias habidas, lo que permitió un avance de la cirugía. Dos descubrimientos importantes se debieron a Erasístrato de Quíos (s. III), que distinguió el cerebelo, sus funciones y el aparato cardiovascular. Por su parte, Herófilo de Calcedonia, en torno al año 300 a. de C., estudió la trayectoria de las venas y arterias, comprendiendo a su vez el sistema nervioso, parte de la estructura del cerebro y las formas del hígado y del intestino delgado; estableció un método para medir el pulso y poder diagnosticar patologías.

Si tenemos en cuenta que el diagnóstico, en medicina particularmente, es fundamental, pues errar en él lleva a aplicar remedios que no lo son, los avances que debemos a los anteriores son de un valor extraordinario. Hubo médicos en la antigüedad griega cuyos métodos nacieron esencialmente de la investigación de la fisiología humana, entendiendo los síntomas de cada enfermedad. Se basaron en lo que hoy llamamos historial clínico de cada individuo (prognosis), así como la comparación de enfermedades similares. Aunque ya vimos a algunos aventajados de la cirugía, fue en el siglo V a. de C. cuando más avanzó.

En el mundo griego había existido siempre una medicina, aunque no en todos los casos obedeciese a métodos racionales, sino más bien empíricos y contando con la “emoción religiosa” de los enfermos. Pero en el siglo VI a. de C. las primeras escuelas médicas se separaron de esos métodos, desarrollándose en Asia Menor lo que podríamos llamar medicina “moderna”. Los seguidores de Pitágoras formaron la escuela de Crotona, en la Magna Grecia, destacando en ella Alcmeón (finales del siglo VI a. de C.). Este explicó que “el hombre se caracteriza por el equilibrio de contrarios, y la enfermedad se debía a la ruptura de ese equilibrio en el interior del cuerpo humano que la medicina debía restablecer”. Defendió también el examen de los síntomas, apareciendo así la medicina como una manera racional de curar que se basa en el conocimiento de la physis. Alcmeón fue el primero en asignar al cerebro el papel central que posee y no al corazón y en intuir la función del sistema nervioso. Eurifonte, en la primera mitad del siglo V a. de C., estudió la anatomía del cuerpo humano y el problema de la fiebre. Heródico de Selimbria defendió una terapia basada en la dieta… El método de Alcmeón fue adoptado por Hipócrates (siglos V-IV), que creó una de las más famosas escuelas médicas de la Antigüedad, cuya sede principal se encontraba en Cos.

La época helenística fue muy brillante para la ciencia griega, produciéndose avances en Matemáticas, Astronomía, Mecánica, Química y Agricultura práctica. Euclides, en torno a 300 a. de C., estableció un sistema de deducciones axiomáticas; Arquímedes de Siracusa, en el siglo III, mejoró el conocimiento del valor del número pi, aportó ideas sobre lo que siglos más tarde se llamará cálculo infinitesimal, y en Física las condiciones bajo las que las fuerzas se equilibran. También hizo progresos en hidrostática, capaz de determinar la densidad de un cuerpo. Se avanzó en la mecánica con poleas compuestas y se descubrió por Arquímedes un tornillo para bombear agua.

Apolonio de Perge, a finales del III siglo a. de C., estudió las secciones cónicas como la elipse, la hipérbola y la parábola. Aristarco de Samos, a principios del mismo siglo, trató de medir los diámetros del sol y de la luna, así como sus distancias de la Tierra[i] y la revolución de esta alrededor del sol, quedando su teoría heliocéntrica en el olvido. Eratóstenes de Cirene, en el mismo siglo, midió el meridiano terrestre, lo que fue el origen de la geografía matemática. Hiparco de Nicea, en el siglo II, investigó los equinoccios y las anomalías en los movimientos de la Tierra[ii], llevó a cabo el primer catálogo estelar e inventó el astrolabio. En neumática, Ctesibio de Alejandría, en el siglo III, realizó estudios sobre el aire comprimido y el vapor.

Mucho antes, Empédocles de Agrigento (s. V a. de C.) demostró que el aire era una sustancia material, y Pitágoras de Samos, un siglo antes, descubrió los números irracionales[iii]. También avanzaron la Música, la Botánica y la Zoología. En el siglo V Leucipo de Mileto y luego Demócrito de Abdera formularon la teoría atomista, por la que el universo está formado por combinaciones de átomos[iv]. Hipócrates de Quíos, en el mismo siglo, especuló sobre la cuadratura del círculo, e Hiparco de Metapontio, ya antes, se preocupó de la armonía de los acordes musicales. Arquitas de Tarento, entre los siglos V y IV, estudió la esfera y el cilindro. Filolao de Crotona, en el siglo V, destacó en Astronomía, y Menéstor de Síbais en Botánica. Heráclides Póntico (s. IV) elaboró una teoría geocéntrica según la cual en torno a la Tierra giraban la luna y el sol y los demás planetas alrededor de éste. ¿Qué decir de Platón?: sucesores suyos fueron Espeusipo y Aristóteles, siendo este último el que se encargó de condensar toda la ciencia de la civilización griega hasta su momento; clasificó todos los seres agrupándolos por su afinidad y trabajó en Zoología y Botánica con la idea de que todo en la naturaleza tiende a su perfección, de forma que se podían distinguir en la naturaleza diversos reinos, mineral, vegetal, animal y el ser humano…



[i] Siguió la estela de Anaximandro en el siglo VI a. de C., que había pretendido medir las distancias de la Tierra a las estrellas, la luna y el sol.
[ii] Ya antes Eudoxo de Cnido elaboró la teoría de las esferas concéntricas para explicar el movimiento de los planetas.
[iii] Los que no pueden ser expresados como una fracción m/n donde m y n sean enteros y n diferente de cero.
[iv] Más adelante también se formuló en la India.
Fuente: "Atlas Histórico del Mundo Griego", Adolfo J. Domínguez y J. Pascual.

El mayor mercado consumidor del mundo


Fue en el siglo XVIII, según Céspedes del Castillo[i], el conjunto de Nueva España y el Caribe. Descontados los metales preciosos, el tabaco curado y envasado se repartía con el cacao el porcentaje más elevado dentro del valor total de mercancías indianas exportadas a la Península (sumaban ambos entre el 48 y el 70 por ciento a lo largo del siglo, pero dentro de ese porcentaje, el cacao tiende a subir y el tabaco a bajar correlativamente). El empleo del tabaco se había generalizado en toda América, incluidas las regiones no productoras y el estanco movilizó en Nueva España bastante capital privado al admitir depósitos monetarios al interés del 5%, garantizados por la solidez y altos beneficios del monopolio.

Con el nombre de “La Ciudadela”, todavía se halla en el casco urbano de México la inacabada fábrica de tabacos, que fue en su día una de las más grandes obras de arquitectura industrial de fines del siglo XVIII en el mundo, albergó a miles de operarios y presenció la primera huelga obrera acaecida en América.

En conjunto, las reformas que España llevó a cabo en la minería y en los monopolios estatales supusieron el esfuerzo más ambicioso y sostenido de los gobernantes ilustrados por fomentar la producción, esfuerzo apoyado por una verdadera política económica coherente y tenaz en la que se cosecharon no pocos fracasos, pero también algunos de los mayores éxitos. En las restantes ramas de la producción, el Estado se limitó a contemplar la actuación de las fuerzas del mercado y la iniciativa privada, sin ir más allá de medidas legislativas y fiscales de estímulo, o de disuasión y aun prohibición, estas aplicadas al sector doméstico en aquellas ramas de la producción que competían directamente con las exportaciones metropolitanas.

El objetivo de esa política fue un “pacto colonial” en el que los territorios ultramarinos se convirtieron en exportadores de materias primas hacia la metrópoli y en mercado consumidor de las manufacturas que producía la Península. Pero este programa fue, o puramente ilusorio y utópico (dice Céspedes), o de propósitos y alcance limitados. Un ejemplo fueron las inaplicables órdenes secretas dadas a los virreyes para que demolieran los obrajes, con idea de suprimir la industria textil de ultramar.

El tráfico negrero que habían ejercido en exclusiva franceses e ingleses durante la primera mitad del siglo XVIII, se trató de poner en manos españolas, especialmente a partir de la creación de la “Compañía gaditana de negros” (1765) y la adquisición de los primeros dominios españoles en Guinea (islas de Annobón y Fernando Poo, 1778)[ii], pero los resultados fueron modestos.

De todas formas, las mercancías indianas aumentaron tanto en el siglo XVIII su valor que representaron el 25 por ciento, frente a las exportaciones de metales preciosos (75%). Aquellas mercancías fueron el azúcar refinado, el tabaco en rama, el cacao, materias tintóreas, algodón, tardíamente café, cuero, pieles y cobre chileno. Se intentó que de unas regiones a otras de América se intercambiasen productos si no competían con los españoles: los vinos y aguardientes peruanos no pudieron salir del virreinato salvo mediante el contrabando, pero las exportaciones de pieles y cueros en Buenos Aires subieron de unas 150.000 piezas anuales a casi millón y medio; se empezó a comercializar el sebo, antes no exportado, para la fabricación de velas, y poco después la carne (la industria de salazón de carnes se exportaba desde Buenos Aires a Cuba y Brasil, originando la puesta en explotación de las salinas).

La monarquía española mejoró los puertos y caminos, puentes, fortificaciones, edificios públicos y construcciones navales. España exportó a América productos andaluces como el vino de calidad, aceitunas y aceite de oliva, vinagre, frutos secos y cera. A ellos se sumaron aguardientes valencianos y, sobre todo, catalanes. Los productos siderúrgicos vascos conservaron su mercado ultramarino pero la única región española que se abrió a mercados nuevos en América fue Cataluña, con sus tejidos de algodón liso y estampado (colonias e indianas) y sus exportaciones de papel, cuya demanda había crecido a partir de la invención mexicana del papelito o cigarrillo moderno. Los sombreros peninsulares, en parte fabricados con lana peruana de vicuñas, se vendieron en ultramar a partir de 1758 gracias a un fuerte proteccionismo.

Pero la producción industrial ultramarina fue mucho mayor y más diversificada, alcanzando en algunas regiones y épocas del siglo XVIII una autosuficiencia casi completa, aunque la industria sedera de Nueva España se arruinó por la competencia de sedas chinas llegadas desde Manila. Grandes talleres concentraban a cientos de operarios; los obrajes enteros, por ejemplo, producían en casos conocidos hasta cien mil varas de paño anuales; sin embargo, la aparición de licencias y composiciones para legalizar algunos de estos obrajes nos indican que un número considerable de ellos debieron operar sin control alguno, pese al esfuerzo de visitadores y protectores de indios para fiscalizar el trato que recibían, a veces durísimo…



[i] “América Hispánica”.
[ii] Ver aquí mismo “Del asiento al comercio de esclavos”.

jueves, 14 de marzo de 2019

La confederación nesiota

Mapa del mundo según Eratóstenes (s. III a. de C.)
http://epidauroweb.blogspot.com/2011/06/

Cuando Ptolomeo I Sóter (“el salvador”) se hizo con Egipto y otros territorios tras la muerte de Alejandro Magno, organizó un imperio que  comprendería, más tarde, el propio Egipto antiguo, Cirenaica, Celesiria[i], Chipre y las islas de la confederación nesiota (las Cícladas y otras del Egeo).

Itano (en el extremo este de Creta) fue una de las posesiones de los Ptolomeo junto con Tera, Metana-Arsínoe (al este del Peloponeso) y Ceos (isla al sur de Ática). También poseyeron Cartaya, Citno (isla al sur de Ática), Coresia (en la isla de Ceos), Sifnos (en el centro sur del Egeo), Ios (cerca de la anterior), Amorgos (al este de las dos últimas), Astipalea, Naxos, Míconos, Andros, Delos, Lesbos, Quíos, Samotracia (al norte del Egeo), Samos, Cos, Calimno y, probablemente, Paros y Tenos. La Liga de los nesiotas se pasó a los lágidas[ii] a principios del siglo III a. de C. y subsistió hasta mediados del mismo siglo.

En Jonia y Caria la presencia de los Ptolomeo debió comenzar con el segundo (Filadelfo = “el que ama a su hermana”) hacia 261. Así controlaba toda la costa desde Éfeso a Halicarnaso y Lébedos, Colofón, Magnesia, Priene, Mileto y, quitá, Teos. En Caria fueron posesiones lágidas Iaso, Milasa, Mindo, Labraunda y Estratonicea. En Licia, Lisa, Araxa, Telmeso, Janto, Patara, Andriaque y Limira, y en Panfilia, Tolemaida y Arsíonoe. Además de la Pisidia, los Ptolomeo poseyeron también en Cilicia una larga línea de fortalezas costeras. En Tracia y Helesponto dominaron algunas póleis y establecieron guarniciones en, al menos, Eno y Maronea. Toda una serie de territorios, continentales e insulares, en Europa, Asia y África, que tenían un nexo: el mar[iii].

Este imperio aportaba grandes ventajas a Egipto y a la dinastía lágida: prestigio y respeto. La política egea devolvía brillo e importancia en el seno de la opinión pública griega, formando parte de esa misma política de grandeza fiestas conocidas como los Tolemaida, pensados para igualarse a los Juegos Olímpicos, y fundaciones en el exterior como la construcción en Atenas del gimnasio de los Ptolomeo (obra del tercero de la dinastía), o el embellecimiento de la capital, Alejandría, con el museo, la biblioteca y el faro, entre otras obras.

Las rutas navales ponían en contacto a las islas de la Liga nesiota con el resto del imperio y aún con otros países. El comercio exterior estaba basado en la exportación de trigo (Egipto), lino, vidrio, papiro, fayenza (un tipo de cerámica vidriada), conservas de pescado, especias, piedras preciosas y marfil, éste procedente del interior de África y del Índico. Rodas y Tiro pudieron ser intermediarias en este comercio, pues las fuentes hablan de las buenas relaciones entre los Ptolomeo y los gobernantes de dichas islas, yendo buena parte de las ganancias a soportar los enormes gastos del Estado. Pero la mayor parte de la riqueza provenía del valle del Nilo, que importaba mercenarios, técnicos, barcos chipriotas y fenicios, maderas del Líbano y de las costas de Asia Menor, brea y metales.

El imperio de los Ptolomeo tuvo que librar múltiples guerras contra otros jefes militares: en 321 Pérdicas invadió Egipto pero como muchos de sus soldados se ahogaron al cruzar el río Nilo, otros le acusaron de temerario y le mataron; en 200 la pérdida de Celesiria dejó inerme a Egipto, de forma que durante la sexta guerra siria (170-168) Antíoco IV, de la dinastía seléucida, ocupó Pelusio (al este del delta) y conquistó casi todo Egipto excepto Alejandría, pero tuvo que retirarse en 169 ante el estallido de una revuelta judía. Al año siguiente invadió de nuevo Egipto, llegando hasta Menfis, y su flota ocupó Chipre, haciéndose titular rey de Egipto; estando a punto de hacerse con Alejandría, los romanos le obligaron a retirarse y abandonar también Chipre.

Los Ptolomeo hicieron de Egipto una potencia militar, aunque en un primer momento, inferior a la de otros imperios. Aunque Egipto no carecía de tradición naval y el faraón Necao (610-595) había construido una flota de guerra  para operar en el Mediterráneo y el mar Rojo, Apries (589-570) libró con ella una batalla contra los tirios, y Amasis (570-526) conquistó Chipre, habiendo seguido esa política naval Teos[iv] en el siglo IV, fueron griegos los constructores de los navíos.

Pero los barcos de Ptolomeo I eran trirremes[v], cuadrirremes y quinquerremos, demasiado pequeños en relación a los de otros imperios. Ptolomeo II Filadelfo hizo construir barcos cada vez más grandes, de forma que poco después de su muerte, en 246 a. de C., la armada egipcia poseía muchos barcos pesados, “hasta dos treintas”, pasando por barcos de seis bancos de remeros, siete, nueve, once, doce, trece y veinte.

Si la parte que podríamos llamar “interior” del imperio estaba formada por Cirenaica, Egipto, Celesiria y Chipre, la “exterior” eran las islas de la confederación nesiota, además de la costa sur y oeste de Anatolia. Se comprende la importancia de la armada de guerra que garantizase, al mismo tiempo, el comercio ultramarino; salvo en el caso del valle del Nilo, casi todo eran costas e islas. El impulsor de la confederación nesiota fue el macedonio Antígono I en el contexto de los conflictos entre los generales sucesores de Alejandro Magno a finales del siglo IV a. de C., siendo como fue, aquel, el principal adalid de mantener la unidad del imperio macedonio, lo que, como sabemos, no consiguió.


[i] Sur de Siria
[ii] De Lagos, nombre del presunto padre de Ptolomeo I.
[iii] El presente resumen está basado en la obra de J. Pascual González, “Egipto en época helenística: una potencia naval del Mediterráneo”.
[iv] De la XXX dinastía.
[v] Barcos de tres bancos de remeros situados cada uno de aquellos a distinto nivel.

lunes, 11 de marzo de 2019

El Mausolo de Briaxis

https://www.merveilles-du-monde.com/es/Siete/Mausolo.php

Caria es una región que se encuentra al suroeste de la península de Anatolia; a mediados del siglo VI a. de C. fue conquistada por los persas aqueménidas y, casi dos siglos más tarde, Mausolo está gobernando la región. Para el sepulcro de Mausolo, muerto en 352 a. de C., en Halicarnaso y obra de Pitio[i], fueron llamados los más importantes artistas de la época[ii], de forma que ha sido considerada una de las mayores realizaciones arquitectónicas de la época.

Sobre un basamento gigantesco se incorporaron formas propias de Asia Menor, siendo los principales escultores Escopas, Timoteo, Briaxis y Leocares de Atenas. La esposa de Mausolo, Artemis, ordenó que se terminase la construcción del mausoleo a la muerte del primero y las esculturas de  ambos son obra de Briaxis. Mausolo está representado con movimiento impetuoso[iii] y enérgico, desapareciendo casi por completo el cuerpo bajo el vestido, intuyéndose solo una rodilla de la pierna que se adelanta. Alrededor de la otra, sobre la que se hace cargar el peso del cuerpo, se agitan los ropajes muy plegados, pero el personaje está representado en una actitud pausada.

En el rostro de Mausolo se manifiestan rasgos extranjerizantes respecto del gusto griego hasta el momento, siendo uno de estos detalles el corte del cabello, largo y de tipo oriental. Esta estatua, que constituye probablemente la más fina de las que han sobrevivido a la destrucción del mausoleo, es de gran volumen y logra plasmar un movimiento agitado e impetuoso. Es el retrato de un “bárbaro” con el que Briaxis indica el camino hacia las formas helenísticas, que él mismo emprende en su imagen del culto de Serapis[iv] y en el mundo de ultratumba de los Ptolomeos, obras realizadas para Alejandría. La escultura que conservamos muestra solo la parte delantera de la cabeza, habiéndose perdido los brazos. La cara, con barba corta y en parte geométrica, el gesto serio y los cabellos echados hacia atrás formando profundos surcos.

Briaxis nació en Atenas pero trabajó, como vemos, para los persas y luego para los sucesores de Alejandro Magno, alcanzando la fama en varias de las ciudades importantes de la época, Antioquía entre las ya citadas aquí.


[i][i] Otros dicen Piteo y le atribuyen solo la cuadriga que corona el mausoleo.
[ii] “Historia de los estilos artísticos”, I, Úrsula Hatje.
[iii] Idem nota anterior.
[iv] Una copia romana se encuentra en los Museos Vaticanos.

jueves, 7 de marzo de 2019

De la República al Imperio

Obra romana de principios del
siglo I (1)
Durante el régimen republicano romano el Senado era la máxima autoridad, y estando allí la aristocracia representada, impulsó la expansión imperialista, pero dos cónsules, que eran elegidos anualmente, eran los encargados de ejecutar las decisiones del Senado. Se evitaba así lo que el régimen republicano quería: que el poder no estuviese en manos de una sola persona, lo que sí ocurrirá desde Augusto.

Pero sabemos que en el siglo I a. de C., el ultimo de la República, los generales romanos, en esa actividad imperialista, habían acumulado mucha influencia, prestigio y poder, por lo que se enzarzaron en guerras civiles que arruinaron –si no estaba ya escrita dicha ruina- al régimen republicano. Vino entonces la solución monárquica que inició la dictadura de César y continuó Augusto.

Según Juan Luis Conde[i] el régimen de Augusto puso fin a ese ciclo sangriento, de ahí que se hable de “pax romana”, y en la capital del imperio habían ido apareciendo nuevos grupos sociales que sustituyeron a la “oligarquía desmochada”, los acaudalados caballeros y los libertos, “en general profesionales e intelectuales griegos bien preparados para la administración y la gestión de las finanzas”. El Senado, a favor del emperador, perdió poder, siendo este la máxima autoridad del ejército, del que formaba parte la tropa pretoriana acuartelada en Roma.

Pero una vez terminó el largo reinado de Augusto siguieron los de varios emperadores, de su misma dinastía, que han sido considerados como infames, si bien este calificativo se lo atribuyen sus críticos. A comienzos del año 68 –dice Juan Luis Conde- el ejército y el Senado se concertaron para acabar con el gobierno de Nerón, mientras dos sublevaciones tenían lugar: en la Galia el propretor Julio Víndice se rebeló aunque fue vencido por el gobernador de la Germania Superior. En la Hispania Citerior, Sulpicio Galba fue proclamado emperador por sus tropas (poco duró la llamada “pax romana”), “por primera vez no en Roma, por primera vez no por las tropas de la guarnición de la Urbe”, y se dirigió a la capital. Se abrió entonces un período de lucha por el poder.

El emperador Vespasiano fue el que consiguió acabar con la guerra civil durante su reinado: aunque fue declarado emperador por el Senado en el 69, no llegó a Roma hasta el año siguiente desde Egipto, donde se produjo una rebelión, otra en Palestina de los judíos y la de los bátavos en la Germania Inferior[ii] que venía ya del año 69. Tito y Domiciano le sucedieron: el reinado de este fue decepcionante y atroz, en palabras de Juan Luis Conde, siendo asesinado en el año 96.

Cornelio Tácito, en su obra “Agrícola”[iii], dice de la época: Nuestras propias manos llevaron a Helvidio a prisión, la visión de Máurico y Rústico nos avergonzó. Seneción nos bañó con su sangre inocente. Nerón por lo menos apartó sus ojos y ordenó los crímenes, pero no los contempló: la peor de las desgracias bajo Domiciano era observar y ser observado. Seneción fue favorecido por Domiciano pero guardó fidelidad a Trajano.

Tácito, que escribe con tanto escándalo, no tuvo inconveniente en ser pretor en el año 88, fue senador y llegó a cónsul, procónsul en Asia en el año 112. “El más fiero detractor de los césares confiesa que les obedeció mansamente…”, dice Juan Luis Conde. Y Ronald Syme, a quien cita el anterior, añade que entre las razones que llevaron a Tácito a servir a esos emperadores está “la defensa culpable de un senador que debía posición y éxito a la Roma de los Césares: al obsequium[iv], no a la libertas”.




[i] “Cornelio Tácito. Historias”.
[ii] Entre el norte de Francia y el sur de Holanda actuales.
[iii] Es el suegro de Tácito, al que dedica una biografía.
[iv] Que debe traducirse por obediencia, pleitesía o servilismo, según Juan Luis Conde.

(1) Mármol blanco de 161 cm. de altura: https://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/agosto_02/27082002_02.htm)