sábado, 13 de julio de 2019

Pájaro en medio del bosque...


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El bandolero Pascuale Tanteddu había nacido en Orgosolo[i] (1926), echándose al monte –dice Hobsbawm– en 1949, y fue sentenciado en rebeldía pocos años después en Cagliari. Se le acusó de las matanzas de Villagrande y “Sa Verula”, de la muerte de seis carabinieri, de nueve tentativas contra miembros de esta fuerza, de dos robos, de la creación de cuadrillas para delinquir, etc. Fue absuelto, también en rebeldía, del asesinato de dos informadores de la policía. En 1954 se puso su captura a precio de cinco millones de liras.

Pascuale escribió entonces una carta a un doctor de nombre Cagnetta, que ha llevado a cabo un profundo estudio sociológico en el pueblo de Orgosolo, diciendo de aquel que es “un bandido muy popular en el pueblo, porque se dice comúnmente que, frente a lo que por ejemplo hizo Salvatore Giuliano, nunca cometió delitos contra los pobres ni dejó nunca que los señores le pusiesen a su servicio”. Mario Scelba, mencionado en la carta, fue ministro del Interior en Italia, y luego presidente del Consejo de Ministros. La carta a Cagnetta dice lo siguiente[ii]:

Habiéndome enterado de que fue usted a Orgosolo con la intención de denunciar a la opinión pública por medio de la prensa nuestra situación trágica, y ya que no le era posible a usted hablar conmigo personalmente, porque debo evitar los espías y otros liones por el estilo, me hago escribir esta carta por otros, porque ni siquiera sé firmar mi nombre y le dirijo esta carta para hacer la luz sobre todas esas mentiras que se escriben y repiten en los periódicos… y las mentiras que circulan en las bocas de tantos holgazanes que tratan de valerse de mi desdichada situación de bandolero sin instrucción. Ante todo quiero que dé usted una bella forma literaria y exacta a los datos que ahora voy a destacar.

Quiero empezar por mi primera persecución… fui acusado por haberme peleado. Tenía 16 años y era un gañán. Cuando estábamos en el establo, uno de mis compañeros sin ton ni son abusó de su fuerza y me arrastró por las piernas hasta la mitad del cuarto: me encontré con un puñal en la mano y quise asustarle para que me soltara, y cuando hice un gesto con la mano cambió de posición en ese momento y la punta del cuchillo entró en la columna vertebral. Me detuvieron y el tribunal de menores de Cagliari me absolvió después de seis meses de cárcel. En 1945 se me acusó de haber robado caballos, y el que me denunció dio mi nombre y el de otro compañero obligado a ello por los carabinieri que le torturaron.

En 1947, mientras asistía a una sesión del Tribunal de Nuoro[iii], fui de pronto empujado por un carabiniere que dijo que estaba provocando desórdenes. Traté de justificarme, diciendo que no había hecho nada, pero cuando vio que contestaba, se abalanzó sobre mí. Cuando le rechacé, cayó por encima de la barandilla. Un grupo de policías me agarró entonces por el pellejo y me llevaron a las celdas. Se me acusó del delito de desacato y violencia y tras cuatro meses de cárcel me condenaron a catorce meses.

Cumplida mi pena, trabajé en mi casa con un rebaño de ovejas que no me pertenecía y me ocupé de una huerta que, junto con mi hermano Pietro, teníamos arrendada. Pietro había sido guerrillero y había comprendido la verdadera situación de la explotación y opresión de los ricos contra nosotros que somos pobres. Y el hecho de que era un hombre de esta clase hacía que propietarios y espías se enloqueciesen como bestias contra él. Y en 1947 solamente por eso, nos buscaban a mi hermano y a mí, para mandarnos al Confino.

Sigue diciendo Pascuale que trataron de escapar, pues se consideraban inocentes, “…pero cuando se convierte uno en pájaro en medio del bosque, los marescialli, apoyados por los ricos, tratan de acusarle a uno de todo lo que pasa por ahí”. Cuenta luego que el maresciallo Loddo tuvo durante dos o tres años plenos poderes en Orgosolo “para hacer de santo inquisidor, mandando al Confino a todos los que querían librarse de su yugo…”. Habla luego de las maquinaciones criminales de los marescialli Loddo, Ricciu y Serra, “los principales inquisidores de la región de Nuoro”.

Su hermano Pietro y él fueron acusados de una serie de homicidios, y por más que todos los demás cargos hechos contra Pascuale por Loddo, “que ascienden a diez” –dice el autor de la carta- fueron desechados por los tribunales, no así el último, a causa de Mereu Sebastiano, “un digno servidor de esos marescialli sedientos de injusticia y de desorden”. Sigue diciendo Pascuale que iba a ser condenado a trabajos forzados, así como sobre la suerte que corrió su hermano Pietro, que había sido víctima de espías.

No me cabe en la cabeza que los jueces puedan haber querido creer a semejante individuo, [se refiere a Mario Scelba] y espero que se me hará justicia en apelación. Esto vale tanto por lo que toca a “Sa Verula” como a Villagrande, porque soy inocente y no quiero pagar por cosas que la infamia ha puesto sobre mis hombros.

Continúa quejándose Pascuale de la forma de actuar de los carabinieri y de la policía, para continuar: ¿O acaso es que creen que me voy a convertir en oveja a fuerza de ver tanta injusticia, dejando de ser el criminal que no soy? Y termina su carta diciendo que si realmente fuese un criminal, “viendo lo que me han hecho”, tendría que matar por lo menos diez policías cada día, involucrando también a los curas entre los represores. Si no fuese su destino morir, –dice- nunca le cogerían… Odio la vida de bandolero, –termina- pero cien veces prefiero morir que ir a las galeras… Mi solo deseo consiste en ver suprimidos el Confino, las primas de captura de la policía, el paro y la explotación de los trabajadores y en ver a nuestro martirizado país vivir una vida de paz serena y de progreso civil. Sigue la firma: Pascuale Tanteddu.

Es evidente que nuestro personaje era un bandolero que vivió, al menos parte de su vida, fuera de la ley, seguramente también es cierto que fue tratado arbitrariamente y con brutalidad por las fuerzas del orden; sabiendo que el texto, aunque inspirado por él, no se debe a su pluma, pues no sabe leer ni escribir, es obra de alguien que está a su servicio, le quiere ayudar en la medida en que sus actos y los de los demás lo permitan, y también se pone de manifiesto que el que escribe es persona culta que, sin embargo, ha puesto sin más la versión del bandolero. Es muy probable que las apelaciones a la justicia social, sean de la cosecha del que escribe y no de Pascuale.



[i] Localidad del centro de Cerdeña. En la época en que Pascuale actuó contaba entre 3.000 y 4.500 habitantes.
[ii] He corregido lo que podría no entenderse y eliminado lo que carece de interés, pero el documento lo recoge Eric J. Hobsbawm en “Rebeldes primitivos”.
[iii] También en Cerdeña, muy cerca de Orgosolo.
(1) https://www.tripadvisor.es/Attraction_Review-g1065336-d10509157-Reviews-Murals_of_Orgosolo-Orgosolo_Province_of_Nuoro_Sardinia.html Orgosolo está decorado con murales, uno de los cuales, el que figura aquí. 

viernes, 12 de julio de 2019

Goya atormentado

No es seguro si Goya pintó esta obra entre 1793 y 1794 o entre 1810 y 1814, pero está relacionada en cuanto a su estilo con una serie de pinturas con escenas de guerra. “Los presos, no solo los prisioneros de guerra, se encuentran entre las víctimas de la injusticia y la crueldad que figuran en muchos de los dibujos y grabados de Goya”. Junto a escenas como esta hay otras donde un hombre es asaltado o diversas personas están siendo objeto de tortura y castigo. “Esta escena de la prisión, ejecutada con un mínimo de color, es notable por la atmósfera de tristeza y el efecto de sufrimiento anónimo creado por las figuras indistintamente pintadas… La comparación con “El patio de un manicomio”, obra también de Goya, ha llevado a fechar la primera en torno a 1793-1794.

“Escena en una prisión” es un grabado en zinc al óleo de 43 por 32 cm. y se encuentra en el Museo Bowes, en la ciudad inglesa de Barnard Castle[i]. Aquí Goya muestra un ejemplo de la amplia pintura que nos dejó donde se refleja su vida atormentada, tanto por los sucesos en su familia que le hicieron sufrir, como por la sordera que le hizo cada vez más desconfiado. Según Nigel Glendinning[ii], en la correspondencia con su amigo Martín Zapater trasciende la angustiosa conciencia del paso de los años. De los siete hijos que consta le nacieron vivos a Goya y Josefa Bayeu, solo uno sobrevivía. En 1792 se encontró mal y empeoró en pocos días; tras dos meses de “dolores cólicos”, pidió licencia al rey para ir a Andalucía a reponerse. El viaje desencadenó un segundo ataque, al parecer apoplético. En 1781 había fallecido su padre y la sordera no tardaría en atormentar al artista. Contribuyó al estado de ánimo decaído de Goya, en algunas etapas de su vida, la memoria de los hijos y familiares desaparecidos. En los retratados brota la sensibilidad de Goya al registrar no solo la realidad exterior sino la intimidad, adelantando diversas hipótesis sobre el estado climatérico de la vida del pintor.

En este sentido parece lógica la hipótesis de que “Escena en una prisión” puede corresponder a la última década del siglo XVIII, pero también de esta son varios retratos (el de Sebastián Martínez, la marquesa de Solana, la marquesa de Santa Cruz, doña Tadea Arias y la duquesa de Alba, por poner algunos ejemplos); más relación con la “Escena en una prisión” tiene “Fuego por la noche”, pero los frescos de San Antonio de la Florida son también de esta época y nada tienen que ver con esa temática (claro que se pintaron para decorar la cúpula de la ermita).

Durante la guerra contra los franceses pintó retratos como el de Juan Antonio Lorente, el del duque de Wellington o el de su hijo Mariano, pero también bodegones, escenas de la guerra y su autorretrato de 1815. Por lo tanto vemos que las escenas que podrían inspirarle sus momentos depresivos, pesimistas, de angustia, se pueden encontrar en diversas etapas de su vida, para terminar con las pinturas de la Quinta del Sordo, al óleo en las paredes de dos habitaciones, que luego se pasaron a lienzo en 1873. Goya debió de pintar estas escenas (terribles y misteriosas en algunos casos) entre 1820 y 1823, este el año de su muerte.

En la “Escena en una prisión” la única luz viene del exterior, detrás de un túnel, con los personajes solo abocetados, negruzcos, delgados, abatidos, uno de ellos recostado sobre su espalda, teniendo las piernas en un nivel superior al del cuerpo, posiblemente una postura de absoluta desesperación o decaimiento.




[i] Al norte de Inglaterra. John Bowes, nacido en 1811, fue un coleccionista que fundó el museo de su nombre.
[ii] “Goya, la década de los Caprichos”, Madrid, 1992.

jueves, 11 de julio de 2019

Castelo Branco


De las tres Beiras portuguesas, Castelo Branco es la capital de Beira Baixa, en el interior del país, haciendo frontera con España y muy cerca del curso del Tajo. La ciudad tenía hace un siglo unos 9.300 habitantes, pero ahora supera los 56.000, habiendo perdido habitantes desde los años sesenta pasados. A 319 metros sobre el nivel del mar, se encuentra en un altiplano y al noroeste de la ciudad hay una montaña donde aún se pueden ver los restos de un castillo templario.

Dice Sant’Anna Dionísio que el historiador Alexandre Herculano, al regresar en 1854 de un viaje por la Beira, apuntó lo siguiente: Cielo puro. Horizontes bien distintos. La Beira Baja, parece un plano donde se eleva en el centro el monte de Castelo Branco, en cuya pendiente oriental está la ciudad…

Castelo Branco tiene un museo fundado por el arqueólogo Francisco Tavares Proença en 1910, conteniendo la colección arqueológica del mismo y otras piezas que se han ido incorporando con el paso del tiempo. Una de sus particularidades es la colección de colchas confeccionadas con lino y seda, las colchas de “noivado” o de novios, hechas para el ajuar de los que se casaban. También la colección de pintura, en la que destaca un “San Antonio” de 0,66 por 1,52 m. que se atribuye al pintor Francisco Henriques, que vivió entre el siglo XV y el XVI, perteneciente a la escuela flamenca. Del palacio episcopal se llevaron al museo cuatro tapices de estilo flamenco  datados a finales del siglo XVI. Uno de ellos representa  la historia de Lot y mide 3,50 por 2,60 m.

Otro de los atractivos de la ciudad son los jardines del palacio episcopal, sede este de los obispos de Guarda en invierno. El palacio fue luego ocupado por un liceo, pero conserva su monumentalidad y decoraciones. Los jardines fueron trazados siguiendo el gusto italiano con estanques y juegos de agua, estatuas religiosas y profanas de granito. El obispo Joâo de Mendoça fue el que encargó el jardín, concluyéndose en 1725.

Un arco antiguo que llevó el nombre de “Porta do Pelame”, y hoy del obispo (medio punto) da acceso a la plaza de Luis de Camôes, centro de la ciudad antes de que este se desplazase a la plaza del Municipio y a la Alameda, que tuvo el nombre del dictador Salazar.

Subiendo a la explanada del castillo, a casi 500 m. de altura, muy cerca de donde hubo correrías de españoles y franceses en los años 1648 y 1807 respectivamente, se ve un buen panorama y, cuando el cielo está claro, se divisa el río Tajo.

Castelo Branco es el resultado, en origen, de la evolución de dos villas hispano-romanas en el cerro de Cardosa, donde se encuentra el castillo del que ya hemos hablado, y pertenecieron a los templarios por donación de Fernando Sanches en 1209, pero las dos villas se empeñaron en mantener su individualidad, rigiéndose por fueros distintos.

En la “Guía de Portugal”, editada por la Fundación Calouste Gulbenkian, se dice que “saliendo de la estación del ferrocarril, al sur de la ciudad, se entra en Castelo Branco por una amplia avenida de 30 metros de largo, y ya desde esta se ve el monte de Cardosa con las ruinas del castillo. Luego se desemboca en la Avenida de los Combatientes de la Gran Guerra", que casi nunca falta en las villas y ciudades portuguesas. El edifico de Ayuntamiento (Paços do Conselho) es un edificio del siglo XVII, antigua residencia de la familia de Bartolomé de Fonseca, habitada por sus descendientes, los Mesquitas y Alburquerques hasta 1935, año en que fue adquirida por el municipio. El edificio cuenta con azulejos que pueden verse también en Viseu, Porto y otras muchas villas y ciudades portuguesas.

Anticlericales e Iglesia en torno a 1900


Barcelona durante los hechos de la "semana trágica"
En torno a 1900, dice Domínguez Ortiz, la extinción de las congregaciones religiosas en Francia, fruto de las pasiones exacerbadas por el “caso Dreyfus”, provocó el éxodo a España de comunidades enteras, que se instalaron en antiguos cenobios abandonados, como el de Silos; fue una invasión pacífica que en número no superó algunos centenares y en calidad aportó a la Iglesia hispana un refuerzo nada desdeñable, muy acorde además con la tradición de un país que por haber recorrido muchas veces las vías amargas del exilio estaba moralmente obligado a otorgar una reciprocidad hospitalaria. Otros motivos igualmente fútiles servían de pretexto para actitudes anticlericales: congresos católicos, peregrinaciones a Roma e incluso episodios individuales sacados de la crónica de sucesos, como el que dio pie a que Pérez Galdós estrenara en 1901 el drama “Electra” (*), con repercusiones en toda España de increíble apasionamiento.

En ese vendaval había, sin embargo, más ruido que nueces; los grados de anticlericalismo eran muchos; en general, era más fuerte en el Sur y el Este que en el centro y Norte; más en las ciudades que en los campos; más en las clases bajas que en las altas y medias; pero las excepciones a estas reglas eran tan numerosas que le quitan mucho valor; había muchas familias de clase media en las que la mujer era asidua practicante, los hijos iban a un colegio de frailes y el padre de familia despotricaba contra la Iglesia en la tertulia vespertina. No había nada de común entre el agnosticismo de correctas maneras de muchos intelectuales como Ortega o Ramón y Cajal y el odio feroz del proletariado anarquizante; durante un siglo se había alimentado de una subliteratura (dice Domínguez Ortiz) en la que se pintaba a los curas como aliados de los capitalistas, enemigos del pueblo, y a los conventos como antros en los que se albergaban los vicios más repugnantes.

La Iglesia observaba estos hechos con indignación, clamaba contra los abusos de la libertad de prensa y algunas veces intentó acudir a los tribunales con nulo resultado. Se aferraba a los procedimientos tradicionales: obras de caridad y misiones. Las “Damas” catequistas reunían grupos de obreros a los que enseñaban artículos del catecismo a cambio de algunos donativos de ropa o alimentos (“¡Las tías zorras…!”, exclamaba un personaje de Baroja).

En principio, ni por su personal ni por su programa podía incluirse a los partidos de turno en el debate clerical, pero la estrategia política fue marcando distancias. Las disensiones llevaron a los integristas a desgajarse del carlismo, siendo así que muchos de los miembros de aquel movimiento se acercaron al partido conservador de la mano de la Unión Católica del marqués de Pidal. Las disensiones alcanzaron tal violencia que el papa Pío X intervino reprobando los excesos del integrismo, siendo él mismo un integrista según Domínguez Ortiz[i], intransigente en las negociaciones con la República Francesa y perseguidor del modernismo. Y que en la Iglesia española no hubiese modernistas indica el escaso nivel intelectual del clero español, mientras los jesuitas se expresaban mediante su revista Razón y Fe, muy conservadora.

En los seminarios se educaba a los alumnos en una atmósfera de aislamiento frente a las influencias exteriores y a los obispos parecía preocuparles más los mínimos grupitos protestantes que la apostasía de las masas con sus supersticiones. Mientras, las relaciones entre anticlericalismo y problemas sociolaborales fueron complejas; había un republicanismo popular anticlerical y agresivo, capitaneado en Valencia por Blasco Ibáñez y Rodrigo Soriano; en Cataluña estaba el demagogo Lerroux, y dentro del socialismo el anticlericalismo era de rigor, pero no prioritario; más bien interesaban a esta familia ideológica las reivindicaciones sobre el bienestar, el trabajo, el salario, la salud, etc. de los asalariados.

En este contexto se produjo la gran protesta contra la guerra en Marruecos, que tuvo en Barcelona su máxima expresión en 1909; como fue reprimida por el Gobierno con dureza, las víctimas fueron muchas y permanecía la injusticia de poder pagar para librarse de ir a la guerra, la repercusión internacional fue enorme, sobre todo cuando se llevó a cabo la pena de muerte contra Ferrer Guardia, pedagogo libertario que, según lo que se ha investigado, las pruebas contra él no fueron terminantes.

Pero el anticlericalismo no era exclusivo de anarquistas, obreros o intelectuales de izquierdas; había católicos anticlericales, como por ejemplo José Canalejas, e incluso hubo clérigos anticlericales por lo menos desde el siglo XVIII.



 [i] "España, tres milenios de historia".
(*) Fue un alegato contra los poderes de la Iglesia y contra las órdenes religiosas, que alimentó al anticlericalismo ya existente.

lunes, 8 de julio de 2019

"La velada en Benicarló"

Playa de Benicarló

Dice Manuel Azaña, el autor de la obra citada en el título, que la escribió “en Barcelona, dos semanas antes de la insurrección de mayo de 1937”, cuando España estaba en plena guerra civil. La insurrección consistió en los enfrentamientos en diversos pueblos y ciudades de Cataluña, siendo los protagonistas trotskistas y anarquistas, opositores al Gobierno republicano y a la Generalitat de Cataluña, pretendiendo aquellos aprovechar la guerra para “hacer la revolución social”.

“Los cuatro días de asedio deparados por el suceso, –sigue diciendo Azaña- me entretuve en dictar el texto definitivo…”. En “La velada en Benicarló” expone su autor “algunas opiniones muy pregonadas durante la guerra española, y otras, difícilmente audibles en el estruendo de la batalla, pero existentes, y con profunda raíz”. Los personajes de “La velada de Benicarló” son inventados: un diputado a Cortes, un médico de Barcelona, un comandante de infantería, un aviador, una actriz de teatro, un abogado, un escritor, un exministro, un capitán, un “prohombre” socialista y un propagandista.

El librito empieza con el relato del viaje que hacen en el automóvil del doctor Lluch, entre Barcelona y Benicarló, el citado con el diputado Rivera, un comandante, un aviador (“convaleciente de heridas atroces”) y una actriz de zarzuela. Describe el viaje de la siguiente manera: “un día de marzo, cortan la campiña del Penedés, la tierra fragosa, poblada de olivos y algarrobos, que vomita turbiones en el mar, las vegas de Tortosa, y desembocan en la Plana, llameantes los ocres de la costa sobre el agua azul, anegada en tintas de violeta la hosquedad confusa del Maestrazgo… A medio camino, un entierro. Cipreses verdinegros, sobredorados por el ocaso, cobijan el cementerio contiguo a la carretera”.

Pero si los personajes son inventados, el “estado de espíritu” revelado por ellos, son rigurosamente auténticos. Todos “concurren a mostrar una fase del drama español, mucho más duradero y profundo que la atroz peripecia de la guerra. En tiempos venideros, –sigue Azaña- variados los nombres de las cosas, esquilmados muchos conceptos, los españoles comprenderán mal por qué sus antepasados se han batido entre sí…; pero el drama subsistirá, si el carácter español conserva entonces su trágica capacidad de violencia apasionada. Percibirlo así, una vez más, en la plenitud de la furia fratricida, ha llevado el ánimo de algunas personas a tocar desesperadamente en el fondo de la nada”.

Isabelo Herreros y José Esteban prologan el libro en la edición que he leído, señalando que “La velada en Benicarló” es el testamento político de Azaña, editada la obra en 1939 en Francia y Argentina. En 2004 se publicó la correspondencia, inédita hasta entonces, –dicen los autores citados- mantenida entre 1935 y 1940 por Azaña, Rivas Cherif y Martínez Saura, con el escritor afincado en Buenos Aires Eduardo Blanco Amor, correspondencia que permite conocer los pormenores de la primera edición en castellano.

Benicarló está algo más cerca de Valencia que de Barcelona, al norte de Peñíscola, y fue elegida por Azaña porque allí había mantenido reuniones y conversaciones con otras personas. En una de las cartas Azaña se dirige a Blanco Amor diciéndole “ya habrá usted visto La velada en Benicarló. Supongo que los papanatas se alzarán contra ella…”; y en otra carta al mismo le decía: La situación de España no tiene remedio. Allí no queda nada: ni Estado, ni riqueza, ni comercio, ni industria, ni hábitos de trabajo, ni posibilidad de encontrarlo, ni respeto que no sea impuesto por el terror. Dos millones de españoles menos, entre muertos, emigrados y presos. Solamente en Madrid hay ciento cincuenta mil presos. En la cárcel de mujeres, capaz para seiscientas, hay siete mil. Mutilación gigantesca, como las de 1610 o 1492. 
  
“La velada en Benicarló” es una conversación entre varias personas, todas vinculadas de un modo u otro a la guerra civil, conocidas entre sí, y que se encuentran en un albergue de Benicarló. Azaña la escribió sitiado por los anarquistas y los militantes del POUM, que tenían tomada Barcelona en los primeros días de mayo de 1937. Dicen los autores a los que sigo que esta obra está escrita para exponer las ideas políticas del autor, y para tratar de que las futuras generaciones entiendan por qué han fracasado; es decir, la idea del Estado como motor civilizador de la sociedad, la racionalidad llevada a la política, la idea de libertad, la defendida por quienes, como Azaña, vienen de aquel riachuelo liberal creciente del que hablaban los institucionistas.

En un pasaje del texto uno de los personajes le pregunta a otro: ¿De donde sale usted? Y el segundo le contesta: De la sepultura. Un tercero dice: Es para creerlo. Todos le daban por muerto. El de “la sepultura” continuó: No miento. Al pie de la letra, vengo de la sepultura. Estaba de paso en Logroño, para visitar a mis hermanos, cuando empezó la rebelión. Si el pueblo hubiese tenido armas habría vencido. Con una sangría suelta, la resistencia cedió. ¡Que de suplicios! A mi hermano, el capitán de Artillería, le fusilaron; y al otro, ingeniero, le asesinaron en el camino de Zaragoza, porque eran republicanos. Antes de matarlo, le arrancaron unos dientes de oro. Pude esconderme. Pasé cuatro meses en la choza de un pastor, en plena sierra. Mientras, me juzgaron en rebeldía, me condenaron a muerte, confiscaron todos nuestros bienes, incluso los de mi madre, que a sus ochenta años vive de limosna. Una partida descubrió mi escondite. Creí llegada mi última hora. Eran amigos, obreros de Haro, fugitivos. Contaron las hecatombes de La Rioja. ¡Asombroso! En los pueblos más señalados fusilaron los censos enteros. Me di a conocer y unimos nuestra suerte. Me pusieron en relación con un conductor. Encerrado en el maletón de un coche me llevó a Pamplona. Al hombre no se le ocurrió otra cosa que esconderme en el cementerio. “Tengo aquí un buen amigo”, me dijo. Muchos tenía yo, pero muertos. En Navarra apenas había más que carlistas, nacionalistas y católicos. En las elecciones, la coalición republicana no pasó de treinta y seis mil votos. Pues han fusilado a unas quince mil personas. Si la proporción es igual en toda España, hagan ustedes la cuenta…El conductor tenía, en efecto, un amigo camposantero. Pasé veinticuatro horas metido en un nicho… Por las noches salía a estirar las piernas y a recoger un poco de pan y un jarro de agua. Mi protector me preparó la fuga. Llegué a la raya a pie, en hábito de fraile, y di con mis huesos en Arlegui[i]… Me socorrieron. Tardé unas semanas en recobrarme. Quise volver a España…

Hasta aquí el relato de Azaña. Luego sigue diciendo que el personaje huido fue detenido en La Junquera, alegó ser diputado y dice haber sido peor, pues ello era “casi tan malo como ser general, obispo o patrono. Aunque no tan malo como ser ministro.” (Se trataba de zona controlada por los anarquistas, claro).


[i] En el centro de Navarra.

sábado, 6 de julio de 2019

Médicos babilonios

cardenashistoriamedicina.
net/capitulos/es-cap2-2

Según Piedad Yuste aun no disponemos de textos teóricos mesopotámicos sobre medicina[i], pero sí de textos que revelan el saber práctico de aquellos sanadores. Los tratados médicos se han clasificado en tres categorías: terapéuticos, farmacológicos y series de diagnósticos y pronósticos.

El documento médico más antiguo se remonta a los siglos XXII-XXI a. de C. y es un repertorio farmacológico que ha estudiado S. Kramer. Recoge conocimientos de la tradición sumeria, que es la primera a la que podemos considerar culta en la zona. Quizá fuese un manual utilizado por un sanador o azu donde se incluyen remedios concretos para aliviar algunas dolencias, sin detallar las proporciones de los ingredientes, lo que posiblemente se hacía de una forma u otra según los casos.

Los elementos nombrados son de origen vegetal: semillas, raíces, tallos, cortezas y hojas. Las plantas son el mirto, el cedro, la palmera datilera, la higuera, el sauce y otras. También se mencionan elementos procedentes de animales: miel y leche; y minerales como salitre, sal común, arcilla del río y aceite del mar (¿?). Uno de los productos más utilizados como excipiente era la cerveza y en ocasiones se citan sustancias de origen animal: piel de serpiente, caparazón de tortuga, pero eran más bien para exorcismos.

En un texto procedente de Ebla (Siria) se detalla el instrumental médico: hojas de bronce con pesos entre 16 y 24 gramos, lancetas para las dolencias oculares, forceps para asistir a las parturientas, martillos pequeños para comprobar los reflejos, vidrios pulimentados para examinar la piel y los tejidos…

Durante el período paleobabilónico[ii] los sanadores actuaban de dos maneras distintas. Los exorcistas hacían exhaustivos exámenes de los pacientes observando cada detalle: el pulso, las secreciones, el color de la piel, el semblante, la lengua, los ojos y los olores. Recomendaban remedios y bebedizos solo si el enfermo tenía cura; de lo contrario se limitaban a recetar algún producto para aliviar el dolor y daban al enfermo por desahuciado. También recurrían a la ayuda de los dioses y, en ocasiones, el mal desaparecería si el enfermo se arrepentía de algún mal que había hecho. Para ello, el exorcista elevaba plegarias al dios mientras hacía rituales y hechizos.

Los terapeutas llevaban a cabo una práctica más empírica: recomendaban terapias de origen vegetal, animal o mineral; suministrando pócimas, aplicando bálsamos y emplastos, curando heridas y lesiones, restaurando huesos rotos, administrando antídotos contra las mordeduras de serpientes y las picaduras. A diferencia de lo que ocurría en el antiguo Egipto, en Mesopotamia no se practicaban momificaciones y tampoco se hacían autopsias ni disecciones. El adivino solo inspeccionaba el interior del cuerpo de los animales ofrecidos a los dioses, examinaba qué órganos estaban marcados por el mal y anotaba malformaciones y coloraciones inusuales. Según algunos investigadores (Scurlock y Andersen) los asirios hicieron incursiones en el interior de los fallecidos a causa de enfermedades, pero no existe constancia de ello.

Los médicos babilonios disponían de tratados terapéuticos según el remedio sea vegetal, mineral o animal. Un ejemplo es el siguiente: azafrán amarillo para la constricción de la vejiga, el cual debía machacarse y administrar como poción en cerveza fina; bellota que debía machacarse y mezclarse de la misma manera que en el caso anterior; ajo preparado de la misma manera; pistacho para los pulmones, que debía machacarse y administrar como poción. Algunos de los manuales terapéuticos estaban destinados al corazón, los pulmones, el vientre y los riñones, habiendo remedios contra la fiebre, la tos, los dolores de cabeza, las afecciones oculares, cólicos, entumecimiento de las extremidades, etc. Se dice en un texto antiguo: Si un hombre tose, haz cocer arnoglosa, (es una planta) cuando está todavía verde como las judías, mézclala con leche, ajo y aceite fino; que la beba en ayunas y sanará. Si un hombre tiene reuma…, mezcla palomina (excremento de las palomas), cantáridas (insecto parecido a la mosca), excrementos de gacela, en la cerveza extiende la mezcla en una tela y colócala en su pecho y en la base de sus pulmones; déjala así durante tres días y él sanará.

 Las enfermedades de la mujer y el cuidado de los recién nacidos contaban con especialistas y parteras que prescribían recetas contra la esterilidad o practicaban pruebas de embarazo. Otros describían los síntomas de las enfermedades, de lo que conservamos un manual escrito por Esagil-kin-apli, de Borsippa (muy cerca de Babilonia), un sipu que vivió en el siglo XI a. de C., el cual recogió una parte de la tradición médica acumulada hasta entontes. Se trata de 40 tablillas con más de 5000 líneas donde se habla de muchas enfermedades: malaria, tuberculosis, difteria, faringitis, neumonía, tétanos, cólera, rabia, varicela, hepatitis, herpes, lepra, etc. Otras eran causadas por transmisión sexual: gonorrea, sífilis, infecciones del tracto urinario… También patologías causadas por parásitos, falta de higiene, contagio, heridas y malformaciones. Se describen también enfermedades propias de la vejez, como el párkinson, la demencia, trastornos de la memoria… y dolencias nerviosas, problemas digestivos, afecciones mentales, insuficiencias respiratorias, arritmias, etc. 

El “Tratado de diagnósticos y pronósticos”, que es como se ha traducido el manual de Esagil, permitió a los médicos asirios, que heredaron la “ciencia” de los babilonios, distinguir cinco niveles de temperatura corporal: normal, tibia, caliente, muy caliente y ardiente. Hoy conservamos dos copias de este manual con juicios clínicos sobre el cráneo, como la fiebre, heridas y dolor; heridas y afecciones de los ojos, nariz, orejas, boca, dientes y lengua; temblores y rigidez en el cuello; afecciones en el pecho y la respiración; brazos, manos, dedos, muñecas y codos; abdomen, epigastrio, intestinos, cadera, ingles, nalgas, ano, pene, testículos, excrementos, orina, piernas, rodillas y pies. 

En otro apartado se aportan síntomas de personas que han cumplido setenta años; sobre enfermedades infecciosas; las que afectan al sistema nervioso; lesiones de la piel; dolencias y cuidados de la mujer y de los niños.

Se ha recuperado otro texto más antiguo del que se conservan dos fragmentos, uno procedente de Nippur y otro encontrado en las excavaciones de Sultantepe[iii], donde se puede ver que los sipu pasarían a ser los auténticos médicos diferenciados de los que se ocupaban de cuestiones farmacológicas o herbarias. En una vivienda de Assur se ha encontrado un texto neoasirio en el que se mencionan las actividades de Kisir-Assur, hijo y descendiente de “sipus” del templo dedicado al dios Assur.

Magia y curación iban muchas veces de la mano, pues las facultades curativas de los fármacos dependían de un ritual. Algún autor ha señalado que la medicina debía ser preparada bajo la influencia de las estrellas benefactoras y administrada en el momento propicio: deja reposar [el medicamento] por la noche bajo las estrellas, o por la noche, colócalo frente a la estrella Cabra (se trata de Vega, la estrella más brillante de la constelación Lira, en aquella época la diosa de la salud). El asu (farmacéutico) cubría su cabeza al recolectar la hierba, y lo hacía de noche, cuando la posición de los astros era favorable. Tapaba la planta con un paño y trazaba un círculo de harina a su alrededor, mientras que otros métodos curativos consistían en envolver figurillas de arcilla y colgarlas del cuello del enfermo.

Los babilonios creían que el lugar donde se genera la actividad mental es el corazón y distinguieron un grupo de dolencias a las que nosotros identificamos con la epilepsia. Denominaron con el término AN.TA.SUB.BA al ataque repentino “caído del cielo”, pero otras enfermedades las denominaban miqtu (algo que ha caído abajo). Si un bebé –se dice un en texto- tan pronto como nace pasados dos o tres días [su estómago] no acepta la leche y miqtu cae sobre él por la mano de un dios, la mano de Istar: el ladrón le ha tocado; él morirá. En una afección contemplada en el código de Hammurabi se dice: si un hombre compra un esclavo o esclava y antes de que haya transcurrido un mes bennu (una enfermedad de carácter crónico en lengua acadia) cae sobre él, el comprador devolverá el esclavo a su vendedor y el comprador obtendrá la plata que hubiera pagado.



[i] “El arte de la curación en la antigua Mesopotamia”
[ii] Siglos XIX-XVII en su máxima duración, pero hay diversas posiciones sobre este asunto.
[iii] En la actual Turquía, muy cerca de la frontera con Siria. La ciudad asiria se corresponde con los siglos VIII y VII a. de C., pero los fragmentos son muy anteriores (siglos XIV-XII a. de C.).

viernes, 5 de julio de 2019

Niños medievales

Besalú (1) 

En uno de sus libros Ramón Llull describe cómo Blanquerna, un niño imaginario, fue alimentado durante el primer año por su madre solamente con leche: el niño “tuvo una nodriza sana para que fuese criado con leche sana… Su nodriza era honesta y de buenas costumbres…”. Las madres con recursos económicos, en la Edad Media, entregaban sus hijos a nodrizas, pero según Llull los niños pobres crecían más fuertes que los ricos, por lo que Blanquerna fue sometido a ciertas costumbres para que aprendiese a padecer las dificultades de la mayoría de los niños, por ejemplo, pasar frío y calor. Cuando el niño tuvo edad para alimentarse con carne, pastel y queso, su madre tuvo mucho cuidado de que los productos fuesen naturales y variados, donde no podía haber vino ni salsas (según el mallorquín podrían perjudicar al cerebro).

En “Las Partidas” de Alfonso X, se dice que hacia los siete años los niños comienzan a tener entendimiento, por lo que los padres solían hacer fiestas donde se concertaban matrimonios de los pequeños, que eran mercancía para otros negocios, de forma que cuando llegaban a una edad en la que procedía que contrajesen matrimonio, si uno de los dos contrayentes potenciales se negaba, debía esgrimir argumentos de peso, por ejemplo, la entrada en un convento o la desaparición para escapar al compromiso adquirido por sus padres. Una enfermedad grave solía servir, como también el acuerdo de las dos partes para deshacer el compromiso, la infidelidad de alguno de los jóvenes (fornicio) o el casamiento de alguno de los dos, lo que impedía uno nuevo.

A los catorce años los varones podían contraer matrimonio, la misma que podían ser armados caballeros (si eran de familia escogida) o emanciparse de la patria potestad. En la edad media se hablaba de niño, mozo, mancebo y doncel. Los mozos, a partir de los tres o cuatro años, dependían de los ayos (siempre entre familias pudientes), hasta ser donceles, cuando eran armados caballeros. Pero en “Las Partidas” se distinguía también entre niños legítimos e ilegítimos, siendo estos últimos los habidos con otras mujeres distintas de la esposa mediante adulterio, incesto o fornicio, en cuyo caso no existía la obligación de criarlos si su padre no quería. Pero alguien, ya fuese el padre de la criatura o no, podía hacerse cargo de la misma. La madre en todo caso debía hacerse cargo del niño, lo que era una tradición del derecho romano, donde se contemplaba que la madre es siempre cierta, mientras que no así el padre.

Muchos niños ilegítimos eran abandonados en las puertas de iglesias y hospitales, y aún algunos legítimos, en cuyo caso los padres perdían la patria potestad. Jean Louis Flandrin señala en una obra suya que estos niños ilegítimos realizaron luego hazañas, como Guillermo, que llegó a ser rey de Inglaterra con el sobrenombre de “el conquistador”. Igualmente Dunois[i], bastardo de Orleáns, que llegó a ser compañero de Juana de Arco. En el reino de Valencia, Pedro III estableció un pare orfens que debía ocuparse de los niños abandonados, cuidarles y procurarles un trabajo; más tarde, Martín “el humano” estableció una institución encargada de juzgar y castigar a estos niños o jóvenes en el caso de que delinquieran, extendiéndose luego a Navarra, Aragón y Castilla.

En las Partidas queda explicado por qué a la unión de un hombre y una mujer se le llamó matrimonio y no patrimonio. Matrimonio viene de matris y munium, es decir, oficio de madre, pues ella era la que sufría los trabajos con los hijos y no el padre. Además de lo legislado por el derecho romano, que aceptaba la venta o empeño de los hijos en casos de necesidad, en el Fuero Real de España[ii] era lícito la venta o empeño de un hijo cuando el padre está rodeado defendiendo un castillo sin víveres, antes que rendir el castillo de su señor[iii].

En las Partidas se dice, no obstante, que si las bestias se cuidan de sus crías, mucho más lo han de hacer los hombres, “que tienen entendimiento”. Luego entra el legislador del siglo XIII en cómo educar a los hijos de los príncipes, a las infantas y princesas. El autor al que sigo aquí[iv] dice que los libros en los que los europeos aprendían a leer a partir del siglo XII, se refleja que cristianos, judíos y musulmanes creían en la fatalidad del sino. En una obra de Ibn ar-Rigal[v] mandada traducir del árabe por el rey Alfonso XIII se manda consultar a los astros antes de tomar una decisión de cierta importancia. El conocimiento del destino de un niño dependía de una buena lectura de los astros por parte de sus padres o de aquellos a quienes se encargaba esta misión.

El conocido como San Nicolás es un personaje legendario que ha sido tomado, en el mundo cristiano, como protector de los niños, de las jóvenes casaderas, de estudiantes, mercaderes, soldados, prestamistas, etc. Si el personaje fuese real se correspondería con unos restos de los siglos III-IV. Existe una leyenda según la cual unos estudiantes de Normandía, deseando estudiar en Atenas, pasaron por la isla Gemile Adasi, cercana a Rodas. Se hospedaron en una casa donde el posadero, por la noche, los mató troceándolos y dejando sus restos en sal. Cuando San Nicolás visitó dicha posada pidió la cena y vio que la carne que le ponían era de los estudiantes, obrando el milagro de devolverles la vida, y este es el origen, al parecer, de que el santo sea el patrón de los estudiantes.

En la Edad Media hubo una abundante magia y superstición para proteger a los niños varones de la muerte; había piedras maléficas y otras que constituían verdaderos talismanes; algunas tenían propiedades profilácticas; existía la piedra paridera, que ayudaba al parto; el azabache tenía propiedades para que los niños varones no sufrieran el mal de ojo. En el País Vasco los primeros dientes caídos a los niños se ofrecían a los murciélagos o a Mari, personaje mitológico, y en otras regiones españolas se colgaba sobre los niños pequeñas bolsas con dientes de erizo, gato montés o tejón. En “La Celestina” se habla de numerosos amuletos y talismanes para toda clase de necesidades.

Los escasos conocimientos pediátricos llevaba a las madres a acudir a todo tipo de medios para evitar la muerte de sus hijos en caso de peligro, de forma que cuando un niño pasaba, de la noche a la mañana, de la salud a la enfermedad, se achacaba a personas que solo con la mirada podían enfermar a los niños. Era el mal de ojo, al fascinio, del latín fascinum. Durante mucho tiempo se ha creído que la fascinación afectaba sobre todo a los niños, de forma que los familiares pretendían combatirla con una serie de gestos obscenos o poniendo en el niño un amuleto consistente en una mano cerrada, como si se quisiese atrapar el maleficio. Se pronunciaban fórmulas como la siguiente: Dios de tio/ Dios de engendró,/ y Dios te saque el mal de ojo/ si alguien te lo echó.

Otros amuletos “protectores” de los niños fueron el ébano, el coral, el ámbar y el acebo, todos ellos escasos o caros, por lo que se les atribuían esas propiedades. Pero de lo que no cabe duda es de que los niños –con excepción de los de familias ricas o principescas- tuvieron una infancia de pobreza, de trabajos, de sufrimiento y esfuerzos, sin protecciones especiales como no fueran las de la propia familia o de algún personaje piadoso.



[i] Vivió en el siglo XV siendo hijo ilegítimo de Luis de Valois, duque de Orleáns.
[ii] En 1255 Alfonso X dio a los vecinos de Aguilar de Campoo el texto de este título, extendiéndose luego a varias villas y ciudades.
[iii] Recuérdese el caso de Guzmán “el bueno”.
[iv] Buenaventura Delgado, “Historia de la infancia”. En esta obra se basa el presente resumen.
[v] Conocido por los cristianos como Abenragel, vivió entre los siglos X y XI.
(1) https://www.etapainfantil.com/pueblos-medievales

jueves, 4 de julio de 2019

Los científicos prehistóricos



Benjamín Farrington se pregunta si existió la ciencia antes de la escritura; él mismo se contesta que si la ciencia es un método por el cual el ser humano adquiere el dominio de cuanto le rodea, la respuesta es afirmativa. Los utensilios más antiguos que se conservan –dice- usados por el hombre para dominar el ambiente, son herramientas de piedra. De estas deducen los expertos la capacidad intelectual y el progreso embrionario del hombre, aún en la Edad de Piedra. El crecimiento de la habilidad manual –que es por sí misma una forma de inteligencia- se ve en el perfeccionamiento de los utensilios[i].

En una etapa de su evolución, el ser humano no hizo sino seleccionar piedras adecuadas a sus propósitos y adaptarlas. En la etapa subsiguiente, picó las piedras grandes para obtener trocitos del tamaño y forma deseados. Después hizo sus herramientas para fines cada vez más especializaos: tuvo raspadores, puntas y trituradoras. Hasta tuvo herramientas para hacer herramientas. Pero no fue la piedra el único material empleado, de forma que el conocimiento de los materiales es inherente a la ciencia: madera, huesos, cuernos, marfil, ámbar o conchas le proporcionaron nuevos instrumentos y nos permiten hoy apreciar su creciente sabiduría. Pero esta sabiduría se manifestó en la creciente apreciación de los principios mecánicos. Pronto comprendió el ser humano la utilidad de la cuna y de la palanca, el lanzador de dardos, el arco y la flecha, el taladro son otros tantos jalones de su progreso mecánico.

El fisiólogo J. Haldane[ii] escribió que necesitaba una superficie del cerebro tan amplia para controlar sus manos como para sus órganos bucales. Como operario científico observó que algunos de sus colegas pensaban principalmente con las manos y eran muy poco hábiles con las palabras. Hay muchas pruebas de que el hombre primitivo hizo muchas cosas bien en relación a la necesidad de pensar y actuar, por lo tanto es evidente una ciencia previa a la civilización, y también por parte de salvajes contemporáneos. Driberg, un excelente observador, dice que los salvajes son seres razonadores capaces de inferencias, pensamientos lógicos, argumentos y especulaciones, e insiste en el verdadero carácter científico de algunas de las actividades de los salvajes. El salvaje, dice, no solo se adapta a su ambiente natural, sino que adapta el ambiente a sus propias necesidades. Es la interminable batalla entre las fuerzas de la naturaleza y el ingenio humano la que conduce a alguna forma de civilización, y se pueden poner ejemplos: los salvajes cuentan con dispositivos elaborados para proporcionarse agua pura para beber, practican el riego, se ocupan de plantar árboles con diversas finalidades, como mejorar el suelo, ampararse del viento, por razones estratégicas o para tener material para sus armas, fibras para hilar… construyeron embalses en los ríos, etc.

De siglos o milenios de tales actividades surgen las artes y los oficios en que se basa la civilización, siendo el verdadero origen de esta el dominio simultáneo de cierto número de técnicas, unas nuevas y otras antiguas que, reunidas, son suficientes para hacer de un recolector de alimentos un productor de ellos, y un superávit permanente de alimentos es la base necesaria para que surja la sociedad civil. De aquí se llegó a las mayores concentraciones de población, comenzó la vida urbana y la aldea neolítica fue sustituida por la poderosa ciudad.

Las técnicas fundamentales fueron la domesticación de animales, la agricultura, la horticultura, la alfarería, la fabricación de ladrillos, la hilandería, los tejidos y la metalurgia. Todo esto constituyó una revolución en la manera de vivir de los grupos humanos. Cuando se enseñe la historia como es debido –dice Farrington- se comprenderá la verdadera historia de la sociedad humana. El cinematógrafo, el museo, el taller, la conferencia, la biblioteca, han de combinarse para que la humanidad adquiera conciencia histórica del significado de los vitales dos mil años que van desde el 6000 al 4000 antes de Cristo, aproximadamente[iii]. Esa revolución técnica constituye la base material de la civilización antigua, y no ha tenido lugar otra mudanza comparable en el destino del hombre hasta la revolución industrial en los siglos XVIII y XIX. Toda la cultura de los antiguos imperios del Cercano Oriente, de Grecia y Roma, así como los de la Europa medieval, se funda en el acervo técnico de la época neolítica. Lo que hoy nos diferencia de dichas civilizaciones solo puede comprenderse si reparamos en que nos separa la segunda gran revolución técnica, el advenimiento de la era mecánica.

En Egipto, las varias fases del progreso humano están registradas por el uso creciente de cosas. En el período predinástico, en torno al año 4000 a. de C., los egipcios usaban piedras, huesos, marfil, pedernal, cuarzo, cristal de roca, cornerina, ágata, hematita, ámbar y una larga serie de otras piedras semipreciosas. Conocían el oro, la plata, el cobre y el bronce, el estaño, el antimonio, el plomo, el platino, la galena y la malaquita. Un friso funerario del Imperio Antiguo (tercer milenio) muestra un taller de operarios de metales, ocupándose algunos de los hombres en soplar el fuego de un horno con algo que parecen ser casas de arcilla; otros cortan y golpean “metales”; otros están pesándolos en pesas de piedra dura con formas geométricas.

Hubo comunidades que pesaron objetos miles de años antes de que Arquímedes[iv] descubriera las leyes del equilibrio, por lo que debieron tener un conocimiento práctico e intuitivo de los principios de aquel. Lo que Arquímedes hizo no fue sino extraer las deducciones teóricas de ese conocimiento práctico y enunciar el conjunto resultante.


[i] “Ciencia griega”.
[ii] Nacido en Oxford en 1892, murió en India en 1964. Genetista y biólogo evolutivo británico.
[iii] En Mesopotamia, el Nilo y en Indo.
[iv] Griego de Siracusa del siglo III a. de C.

martes, 2 de julio de 2019

El maestro de Flémalle

Detalle en la tabla izquierda.
Tríptico de la Anunciadión.

Flémalle es una pequeña localidad al este de la actual Bélgica, al suroeste de Leja y no lejos del río Mosa. Allí debió de nacer o desarrollar parte de su actividad pictórica Robert Campin, si es que se trata del mismo que ha sido conocido como “Maestro de Flémalle”, pues tal cuestión no todos la aceptan. Vivió entre el último cuarto del siglo XIV  y 1444, siendo uno de los que se consideran fundadores de la pintura flamenca, junto a Jan van Eyck y Rogier van der Weyden.

Pintaron sobre tabla y fueron seguidos por otros durante el final de la Edad Media y la Edad Moderna. Los Países Bajos fueron, en la baja Edad Media, un foco artístico de primera importancia, no solo por la pintura producida sino por su comercialización. Su influencia en el arte europeo se puede comparar a la de Italia, pintando al óleo y llegando a una gran complejidad compositiva y simbólica.

La sociedad en la que desarrolla esta pintura es moderna y paralela al quattrocento italiano, no limitándose a Flandes, sino a un área mucho mayor, destacando lugares como Brujas y Tournai, así como otras ciudades con alta densidad de población para la época, con un dinamismo económico de los más altos de Europa. Esto influyó en el arte, donde el artista pasó a ser estimado y demandado para que produjese obras de calidad. Los talleres de los artistas se convirtieron en empresas comerciales donde se producían obras en serie, como las “vírgenes con niño”.

El detallismo, el realismo y el naturalismo se abren paso en esta pintura, así como el amor a la naturaleza y el paisaje, pero la religiosidad de la época también le imprimió un simbolismo evidente, habiendo muchos ejemplos de alegorías en los cuadros, alusiones simbólicas y metáforas visuales. Aparecieron nuevos géneros pictóricos, como el retrato, el bodegón y las escenas de interior, abundando las obras en pequeño formato.

Campin o “Maestro de Flémalle” desarrolló una importante escuela en Tournai, donde se formó Rogier van del Weyden. La mayoría de las tablas de Campin están sin firmar ni fechar, y algunas parecen ser obras de taller, es decir, hechas por varios pintores alumnos del principal. Los contornos en la pintura de Campin están bien perfilados, los rostros individualizados, como si se tratase de retratos y se nota un esfuerzo por dar calidad a las cosas: ropajes, objetos, etc. En “Los desposorios de la Virgen”, por ejemplo, un conjunto de personajes abigarrados, vestidos a la moda de la época del pintor, están en el pórtico de una iglesia gótica que se ha representado con detalles de las esculturas en las arquivoltas y en conjunto con un rico colorido.

Hacia 1427 pintó el tríptico de la “Anunciación “ o de Mérode, que se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, teniendo unas medidas de 64,1 y 117,8 cm. abierto. Es un óleo sobre tabla; en la central están las figuras de la Virgen y del arcángel Gabriel monumentalizadas y en primer plano. La escena religiosa está interpretada como un hecho cotidiano, en un interior con muchos objetos domésticos. La textura de los cabellos y los pliegues de las ropas hablan de un estilo muy diferente al de la Edad Media, introduciéndonos más bien en el Renacimiento. El rollo y el libro frente a María simbolizan el Antiguo y el Nuevo Testamentos y las azucenas del jarrón se han interpretado como una referencia a la virginidad de María.

En la tabla de la izquierda aparecen los donantes de la obra, arrodillados en actitud piadosa en un contexto urbano. En la tabla de la derecha se representa a José en su taller de carpintero, uno de los oficios de la época (también de todos los tiempos) pero aquí con un completo muestrario de las herramientas para el oficio.

Los retratos de Campin son de un realismo extraordinario: “El hombre robusto” o “De una dama”. La comparación entre ambos permite apreciar la delicadeza que imprime a esta en relación a la rudeza de aquel[i]. Véase la obra completa en https://www.wga.hu/index1.html 



[i] El arte en la baja Edad Media occidental”…”, obra de varios autores. Algunos datos aquí contenidos se han tomado de dicha obra.