martes, 13 de septiembre de 2016

Soldados en la colonia de Sacramento


La Colonia de Sacramento fue fundada en 1680 por los porgueses al norte del estuario del río de la Plata para servir a los intereses económicos de los comerciantes de Río y Lisboa. Esa Colonia fue el principal foco de tensión entre portugueses y españoles en la América meridional hasta el año 1777, cuando fue cedida definitivamente a la Corona española (1).

A partir del momento en que el ejército español implantó un campo de bloqueo la situación de la Colonia se volvió parecida a las posesiones portuguesas en la costa marroquí, donde "las guarniciones de las plazas solo controlaban el terreno alrededor de las murallas, hasta donde alcanzaba el cañón". El jesuita Florián Paucke, que visitó la Colonia de Sacramento en 1749, observó que el ganado era juntado en la plaza durante la noche, para evitar que fuese apresado por los españoles, lo que también ocurría en Mazagâo, ciudad portuguesa en el norte de África.

En mayo de 1761 llegó de las misiones el general Cevallos con su ejército, el cual repartió por la costa de las Vívoras y mandó el grueso de sus tropas a reforzar el campo de bloqueo. Cevallos tomo la Colonia al año siguiente, cuando Portugal y España entraron en campos opuestos en la guerra de los Siete Años. Después de esta guerra los españoles devolvieron la plaza a los portugueses pero el bloqueo continuó. 

Durante el Antiguo Régimen -dice el autor al que seguimos- el sistema de reclutamiento recaía sobre todo en las clases más débiles de la sociedad. En Portugal el sistema de reclutamiento fue establecido en 1570, afectando a toda la población masculina desde los 16 hasta los 60 años. La tropa pagada y permanente fue excepcional antes de 1640, debiendo formar parte del ejército la gente más noble y rica que puediera servir en las fronteras, las tropas auxiliares y las milicias, en las cuales se integraba todo aquel individuo del que se pretendía no molestase a la sociedad (delincuentes, pobres, etc.).

En cuanto a España, la guarnición de Buenos Aires fue mantenida por militares reclutados en el centro y norte de España durante el reinado de los Austrias. Con los Borbones cayó el número de soldados enviados a Buenos Aires debido a la guerra de Sucesión española y el sueldo de estos soldados venía de Potosí. Muchos de los soldados lo eran porque también sus padres eran militares pero muchos desertaban ante las dificultades de las campañas, los retrasos en los pagos y otras circunstancias. 

Tanto los oficiales portugueses como los españoles sentían un claro desprecio hacia los mestizos, pero el principal defecto de estos ejércitos era el reclutamiento obligatorio de gente indeseable y no su origen patrio. Así se multiplicaron los motines y deserciones: el primero es una respuesta colectiva ante el reclutamiento forzado y las malas condiciones de vida de los soldados. Los motines fueron comunes en el ejército español en los siglos XVI y XVII: el de Flandes se amotinó cuarenta y cinco veces entre 1572 y 1609, sobre todo porque se impedía a los soldados el libre saqueo de los vencidos. En las primeras décadas del siglo XVIII aumentaron las deserciones, particularmente durante el sitio a la Colonia de Sacramento entre 1735 y 1737. Un cronista de este sitio dejó escrito, con respecto a Portugal, que el 28 de junio de 1736 "sucedió haber un casi motín en la plaza ente los soldados de Bahía [porque] quería un negro de un capitán de infantería Joäo Caetano, dar con un cuchillo en un hombre blanco...".

Pero más que el motín, la deserción fue la respuesta del soldado ante las difíciles privaciones que debía soportar, cuando antes se había alistado en el ejército para huir de las deudas que había contraído y que no podía pagar. En muchos casos los fugitivos fueron capturados y eran castigados a la pena capital, pero la deserción era concebida con cierta naturalidad, pues aún no estaba asociada a los conceptos de traición a la patria y deshonor que surgieron en el siglo XIX.


(1) Paulo Cesar Possamai, "Los soldados ibéricos en una frontera muy especial: Colonia de Sacramento (siglo XVIII).


lunes, 12 de septiembre de 2016

La colonia portuguesa de Sevilla



Desde que la monarquía hispánica incorporó Portugal y sus colonias a sus dominios, aumentó el número de portugueses que se asentaron en plazas españolas, particularmente en Sevilla y Madrid. Pero cuando se produjo la separación portuguesa a partir de 1640, que coincidió con la revuelta catalana y con la conjura nobiliaria en Andalucía, la presencia de muchos portugueses en Sevilla se convirtió en un problema: ¿habría intención por parte de la monarquía portuguesa, con sus aliados, de invasión, particularmente de la ciudad andaluza?

Santiago de Luxán Meléndez[1] ha estudiado este asunto aportando datos reveladores sobre la importancia en número de portugueses en Sevilla, facilitado por el hecho de estar bajo la misma monarquía durante sesenta años. ¿Y si la hipotética invasión portuguesa se une a la conspiración de Gaspar Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, y Francisco Silvestre de Guzmán, marqués de Ayamonte en 1641? Algunas zonas de España –escribe Domínguez Ortiz- “fueron el punto de atracción de marinos vascos, casas castellanas, mercaderes genoveses y flamencos, franceses… desde aguadores y lacayos hasta el gran comercio, pilotos de Ragusa, portugueses, alemanes…”.

Durante toda la época moderna, pero centrándose sobre todo en Sevilla y en la coyuntura de 1640, el peso de la minoría lusitana llegó a ser el mayoritario entre la población extranjera. Muchos de esos portugueses eran conversos que vieron como la libertad para avecindarse en Sevilla y otras plazas, se tornaba en presiones, a partir de 1610, por las presiones del clero portugués. A partir de la llegada de Olivares al poder, pero sobre todo desde 1627, mejorarían de nuevo su condición y ello hace que la población portuguesa en Sevilla aumente aún más.

Por el contrario, una de las causas de la disminución de población en Portugal desde 1640 fue la emigración para la defensa de las factorías de Oriente y de África, el desarrollo de Brasil y la salida, por motivos religiosos y económicos, de muchos conversos en dirección a Francia, a los Países Bajos y a España. El aumento de población portuguesa en Castilla durante el reinado de Felipe IV no fue un hecho aislado –dice el autor citado. Fruto de la preocupación son los inventarios de portugueses realizados por la Inquisición de las Canarias en 1626. En el momento de la insurrección portuguesa de 1640 se puede calcular que en Sevilla había unos 2.000 negociantes portugueses y unos 4.000 en Madrid. Se adoptaron entonces medidas que afectaron a un vasto territorio, como la prohibición del comercio, especialmente la exportación de trigo y plata, que afectó mucho a la población portuguesa de Sevilla.

Un magistrado, Juan de Santalizes, juzgó a la altura de 1642 que la presencia de navíos franceses, portugueses y holandeses entre Cádiz y Sanlúcar no presagiaba nada bueno, relacionando esto con la conjura de una parte de la nobleza andaluza. Se temió una invasión portuguesa contando con la población lusa en Sevilla. Se ordenó entonces al clero que hiciese un censo donde se distinguiese entre naturales y extranjeros, considerando a estos últimos a los portugueses, franceses, vizcaínos, ingleses, flamencos, catalanes, genoveses y a los esclavos. Las provincias vascas tenían fronteras comerciales con el resto de España y Cataluña estaba levantada.

El objetivo de esta averiguación se confió a los párrocos y dio como resultado que la mayor parte de los portugueses sevillanos estaban casados y establecidos firmemente en la ciudad, lo que les hacía poco sospechosos de querer correr riesgos. Vivir en Sevilla y estar casado con una española no era lo mismo que ser soldado en presidios como los de Canarias, Madeira y Azores, pero incluso se llego a dudar de españoles casados con portuguesas: ¿no estarían muy vinculados a la familia de la mujer, que podría ser rica y por tanto con intereses contrarios a la monarquía española? El autor se fija en que, en la coyuntura de 1640, se restringe el concepto de natural a los de Castilla, contrariamente a lo ocurrido con anterioridad, que se extendió a los súbditos del imperio en Italia y Flandes.

El total de vecinos en Sevilla en 1642 era 31.214 y utilizando e coeficiente sugerido por Domínguez Ortiz de 4,7 se obtiene un total de habitantes de algo más de 146.000, pero aquí no está incluido el clero, que a buen seguro era numeroso. Los portugueses representaban el 12,19% de ese total y los esclavos el 2,5%, los cuales habían ido disminuyendo en relación a siglos anteriores. La población extranjera, y por lo tanto la portuguesa, se concentraba en las principales y más céntricas parroquias: de un total de 30, más del 5% se concentraba en seis. Lo importante aquí es constatar el papel que jugó Sevilla como centro de atracción de inmigrantes, sobre todo dedicados al comercio y la navegación, durante la Edad Moderna.








[1] “A Colónia Portuguesa de Sevilla. Uma Ameaça Entre a Restauraçâo Portuguesa e a Conjura de Medina Sidonia?”.

Juan de Mariana, precursor del liberalismo




Según un estudio realizado por Ángel M. Fernández Álvarez, los escolásticos españoles de los siglos XVI y XVII identificaron adecuadamente los principios del funcionamiento económico y las instituciones que caracterizan el orden del mercado, influyendo sus ideas en otros autores de Europa y América.

Las obras del jesuita Juan de Mariana fueron conocidas en el siglo XVII en Gran Bretaña y de hecho –dice el autor citado- fueron perseguidas por las autoridades debido a su defensa de la propiedad privada, la soberanía del pueblo y los derechos individuales de los ciudadanos en contra de la razón de Estado. Particularmente la obra de Mariana fue conocida, casi un siglo más tarde, por John Locke, encontrándose muchas semejanzas entre “De Rege et Regis Institutione” (1599) y “Dos tratados del Gobierno Civil” (1689) de Mariana y Locke respectivamente.

La revolución inglesa de 1688 fue el resultado de un largo proceso que llevó al fracaso del absolutismo y a la limitación del poder real, lo que permitió el impulso del comercio y la creación de riqueza. Pero antes ya se habían pronunciado sobre esto los escolásticos españoles que consideraron la propiedad privada como un derecho natural y el derecho de rebelión de la población ante la actitud tiránica de los reyes.

En Inglaterra ya se conoció en el siglo XVII la obra de Mariana “Historia General de España”, publicada en 1601 (aunque en latín la primera edición es de 1592). Fue traducida al inglés por John Stevens, que se dedicó a traducir una enorme cantidad de obras españolas al inglés de su época. Stevens conoció “De Rege et Regis Institutione” de Mariana y dice en el prefacio de la traducción:

Elbora, donde se dice que nació, es una ciudad que ahora se llama Talavera, sobre el río Tajo, en Castilla; Complutum, donde estudió, es la Universidad de Alcalá de Henares, entre Madrid y Toledo. Enseñó Divinidad algunos años en Roma y París, y luego, como parece por sus propias palabras, regresó a España, y se estableció en Toledo, donde compuso todas aquellas obras que menciona, que son, Sus Pesos y Medidas; es decir, los de los Hebreos, Griegos y Romanos, reducidos a los que entonces se utilizaban en España; un Tratado relativo al Espectáculo, otro Pías, sobre la Muerte y la Inmortalidad; una para probar la Venida del Apóstol Santiago a España; uno sobre los Días de la Muerte de Cristo, que él llama Pascua… uno Sobre el Cambio de Monedas…

En 1896 John Neville Figgis, disertando sobre la teoría de la soberanía observó que los argumentos de John Locke se encontraban en las obras escolásticas de autores jesuitas españoles como Francisco Suárez y Juan de Mariana, pero especialmente en la obra “De Rege” de este último. Figgis señaló cómo, junto con el autor protestante Buchanan, Juan de Mariana era una excepción entre los autores papistas al defender el derecho de resistencia de los individuos frente al poder absoluto de los tiranos.

Juan de Mariana explica el origen de la sociedad mediante un estado hostil inicial que los hombres pueden superar colaborando entre ellos y uniéndose en una sociedad civil. Bastante más tarde, Locke señala que “pese a todas las ventajas del estado de naturaleza, se encuentran [los hombres] en una pésima condición mientras se hallan en él, con lo cual, se ven rápidamente llevados a ingresar en sociedad”. Para Mariana la sociedad civil es previa al Estado, por eso hay derechos que el Estado no puede negar a los individuos, pues estos ya los han establecido antes de que aquel existiese. De modo muy similar Locke señala que “renunciando cada uno de ellos [los hombres] al poder ejecutivo que les otorga la ley natural, a favor de la comunidad…”.

Al igual que ocurre en Mariana que defiende los derechos humanos por los que somos seres humanos, Locke muestra los derechos y las obligaciones que tienen los hombres “por naturaleza”, es decir, con independencia de cualquier legislación positiva…”. En su obra “De Rege” Mariana ve la necesidad de impuestos bajos, bajo endeudamiento del Estado, intervención de este solo en caso de extrema necesidad y cuando las propiedades ilícitamente por el trabajo sino que se han obtenido por privilegios políticos.

Mariana escribe que “el poder supremo no puede arrebatar a ningún hombre parte alguna de su propiedad sin su propio consentimiento… una vez que los hombres entran en sociedad con sus propiedades, la comunidad les reconoce el derecho de posesión de sus bienes, tal que nadie puede arrebatárselos, ni en todo ni en parte…”.

Claro que Mariana –ni Locke- pudieron llegar a conocer lo que sería luego el capitalismo monopolístico, ni la gran concentración de riqueza en pocas manos… pero lo que sí es importante es que si el Estado pusiese en cuestión la licitud de cómo muchos han llegado a acumular sus riquezas, sus propiedades, otro mundo tendríamos.

sábado, 10 de septiembre de 2016

"Encerrar el sol en un corral"

Paisaje de Totonicapán, Guatemala
Como en otras partes de la América hispana, también en el mundo maya se dio una resistencia más o menos violenta de los indígenas. Un caso es el de Jacinto Canek en el siglo XVIII, que se levantó en Cisteil, en el extremo norte de la península de Yucatán, en 1761 contra los abusos cometidos por la administración española. Otro es el caso de la guerra de castas de Yucatán, que se desarrolló entre 1847 y 1901 al sureste de Yucatán contra los criollos. La rebelión tzeltal se dio en 1712 que se desarrolló en Chiapas. Por lo tanto vemos que tanto en época colonial como cuando ya los territorios citados formaban parte de nuevos estados americanos. 

Una de las causas de los levantamientos indígenas eran los tributos y diezmos que habían de pagar y que consideraban abusivos, pero ya con anterioridad, según Elías Zamora (1), partirularmente a partir de 1679, se producen con cierta frecuencia alteraciones del orden, motines o verdaderas sublevaciones en las tierras altas mayas.

Por lo que respecta al siglo XVI, en una carta que el dominico Bartolomé de las Casas envió al rey de España hacia 1545, decía lo siguiente: No asombren conque los indios harán levantamientos porque es falsedad y maldad grande,... ellos son [se refiere a los conquistadores] y no los indios los que hacen alborotos y hacen levantiscos los indios. Y si se levantan no es sino huir a los montes de sus crueldades desesperados, y ellos son causa de cuantos males ha habido y hoy hay, y de todas las perdiciones de las Indias".

Unos años después, en 1669, Diego Garcés, alcalde mayor de Zapotitlán y los Suchipepéquez (en el sudoeste de la actual Guatemala) describía la situación en las tierras de su gobierno diciendo que los indios no obedecían a los jueces, trataban mal a los sacerdotes, hasta el punto de que a uno le apedrearon hasta encerrarlo en su casa, a otro le hirieron y molieron el cuerpo a palos y pedradas, lo ataron y arrastraron, contra otro salió todo el pueblo con palos y piedras. A los españoles los prendían los indios y los llevaban arrastrando hasta hacerles pedazos las ropas... Al año siguiente, el mismo alcalde escribía que entre los indios había idolatrías, hechiceros, amancebados, casados dos veces, amancebados con hijas...
Solo en el ámbito mesoamericano, según el autor citado, escluyendo de momento a los mayas de las tierras altas, hubo levantamientos entre los zapotecos en 1547 y 1550, y entre los mixes en 1570. En 1660 hubo levantamientos en varios pueblos de la región de Tehuantepec (2): Tequisistlán, Tehuantepec, Ixtepeji y Villa Alta. En el siglo XVII hubo levantamientos en la frontera norte de Mesoamérica, en Nueva Vizcaya: los acaxees (3) en 1604, los tepehuanes, acaxees y xiximíes en 1616. 

Antes, en 1547, el licenciado Maldonado, presidente de la Audiencia de Guatemala, escribía al rey que en la villa de San Miguel, de la gobernación de Guatemala, ciertos indios se habían rebelado y hecho fuertes en un peñol. Todos los vecinos en edad de combatir tuvieron que abandonar la ciudad para ir a reprimir la sublevación... La cuestión acabó con la ejecución de dieciocho indígenas. 

El movimiento tuvo claras motivaciones nativistas y revivalistas: la acción de los hombres se pretende apoyada por fuerzas sobrenaturales capaces de destruir a los españoles. Maldonado dice esto de los cabecillas del movimiento: traían engañada a la otra gente... que habían de encerrar el sol en un corral y en una casilla que arriba tenían hecha, y habían de crecer los ríos tanto que habían de ahogar todos los españoles... Y para esto sacrificaban muchos niños. 

De entre las sublevaciones ocurridas en Guatemala durante el siglo XVI, es la única -dice Elías Zamora- en la que al movimiento de reacción se unen argumentaciones de tipo revivalista. En otros lugares de las tierras altas se produjeron también alborotos de distinto tipo, pero por causa semejante, a lo largo del siglo. En Quezaltenango, un pueblo que durante los siglos XVIII y XIX daría bastantes problemas a la administración colonial, se produjeron en 1569 dos altercados en los que tomaron parte activa indígenas vecinos del pueblo capitaneados por un indio principal. El primero sucedió cuando el corregidor español impuso una derrama de cinco reales de plata a todos los indicos avecindados allí. 
La segunda alteración fue un motín en toda regla y muestra en que medida los quichés, en el centro-oeste de Guatemala- no estaban dispuestos a permanecer impasibles ante la presencia y la dominación españolas. La chispa que levantó a los indios parece menor: las autoridades eclesiásticas sustituyeron a un fraile por un sacerdote al frente de la región. Esto no fue aceptado por los indígenas, que consideraban mejor al clero regular, pero en el fondo latía un descontento que encontró en aquel episodio el motivo para el lavantamiento. (Ver aquí mismo "Estas son las gallinas que has de comer").


(1) "Resistencia maya a la colonización: levantamientos indígenas en Guatemala...".
(2) En el extremo sur de México.
(3) En la Sierra Madre occidental.


Los clérigos huyen a Bélgica

Tournai, al suroeste de Bélgica


A principios del siglo XX el gobierno francés, de la mano de Émile Combes, aplica una política anticlerical que va a obligar a muchos clérigos a abandonar Francia en dirección, sobre todo, a Bélgica. Combes había nacido en 1835 en la villa sureña de Roquecourbe.

No había sido el primero en estas ideas, que heredó de Waldeck-Rousseau, impulsor de una ley de asociaciones en 1901. En los próximos años muchos colegios religiosos fueron cerrados considerando el Estado que la enseñanza era una función esencialmente pública. Desde ese momento Bélgica, España, Italia, Inglaterra y Suiza fueron los principales países a donde llegaron clérigos franceses.

La emigración a Bélgica, según Sofie Leplae fue una solución provisional e intermedia, mientras se esperaba la vuelta a Francia o la partida a un país más lejano. Algunas de las congregaciones religiosas abandonaron Europa y conocieron tiempos de gran prosperidad. Los primeros religiosos que abandonaron Francia fueron los asuncionistas, condenados durante el “proceso de los doce” en 1900, precedente de la ley de asociaciones. En los años siguientes iban siendo cerrados centros religiosos y confiscados por el Estado sus establecimientos. Jean Stengers ha subrayado la reputación de Bélgica en el siglo XIX como “tierra de acogida”.

En cuanto al reparto geográfico de los religiosos franceses emigrados a Bélgica, según Sofie Leplae, fue siguiendo criterios de proximidad: primero las regiones más próximas a Francia, las del sur de Bélgica (Mouscron, Tournai, Mons, Charleroi, Dinant, Cinei, Daverdisse…). También fueron importantes Namur y Hamois y, en el norte, Amberes, Gante y, en menor grado, Brujas.

Desde 1814 hasta la primera guerra mundial Bélgica estuvo gobernada por católicos, pero los exiliados franceses no fueron acogidos con los brazos abiertos. La oposición liberal y socialita salió reforzada por la introducción, en 1893, del sufragio masculino proporcional y el gobierno de Smet-de Naeyer, establecido en 1899, era conservador y poco inclinado a una política social o demasiado clerical. La victoria de los republicanos en Francia en 1902 y la llegada al poder de Combes, tuvieron bastante eco en Bélgica, donde los liberales y socialistas comenzaron a soñar con una victoria del anticlericalismo.

Ya en 1901 el senador liberal moderado Oswald de Kerchove de Denterghem pidió al Senado una intervención de la Santa Sede contra el establecimiento de conventos en Bélgica. De lo que se trataba era de evitar que no sufriesen, los conventos dedicados a la enseñanza en dicho país, la competencia de los franceses. Por otra parte consideraba que los municipios belgas no podrían echarse encima la responsabilidad de atender a las fábricas de más iglesias.

El episcopado belga, por su parte, había decidido no autorizar, sino bajo ciertas condiciones, más establecimientos de comunidades extranjeras. Las discusiones se concentraron sobre todo en torno a la cuestión financiera, concretamente sobre las manos muertas y el voto de pobreza. El gobierno belga, aunque defendía en público a los clérigos inmigrantes franceses, pidió al Vaticano y a los obispos que limitasen el número de los inmigrados.


viernes, 9 de septiembre de 2016

El lienzo de Quauhquecholan

Se trata de una parte del lienzo


Está pintado en una tela grande hecha de diferentes piezas de algodón cosidas entre sí. Mide 2,35 por 3,25 metros y en la actualidad se encuentra en el Museo de la Casa del Alfeñique de Puebla, México[1]. Se compuso en el siglo XVI y fue obra de los conquistadores indígenas que ayudaron a los españoles de Pedro de Alvarado a someter a otros indígenas en el área de Guatemala.

El Lienzo de Quauhquecholan es un mapa histórico donde se muestran algunos elementos prehispánicos, como por ejemplo los cerros en forma de campana y las convenciones para los caminos, los ríos y los manantiales. La presencia de españoles y caballos muestra que tuvo que ser realizado cuando ya aquellos habían pisado suelo americano: mientras que en las pictografías prehispánicas las direcciones de los caminos están indicadas por huellas de pies humanos, ahora se representan tanto por estas como por las de cascos de caballos. El lienzo no muestra ninguna iglesia, a no ser una capilla, lo cual sugiere una fecha bastante temprana de creación.

Según la autora citada hubo grupos mexicas del área central que colaboraron con los españoles en la conquista de Guatemala, particularmente los quauhquecholtecas. En la segunda parte del siglo XVI estos conquistadores o sus descendientes crearon el lienzo del que aquí hablamos, y se representaron a sí mismos con piel más blanca que los indígenas conquistados, quizá para asemejarse a los conquistadores españoles dominantes. En cuanto a la razón de la composición del lienzo quizá fue reclamar la exención del tributo, pues hay muchas reclamaciones similares hechas por grupos mexicas y guatemaltecos que ayudaron a la conquista e insistieron en sus privilegios. La mayoría de estas reclamaciones son del período entre 1540 y 1570, existiendo una pintura mexica con tema similar, el lienzo de Tlaxcala, el cual se cree hecho en dicha ciudad en torno a 1550. Presenta las conquistas de numerosos pueblos de Mesoamérica, en las cuales la elite tlaxcalteca afirmó haber ayudado a los españoles en calidad de aliados militares.

Los quauhquecholtecas se establecieron en Guatemala y crearon barrios mexicas en Totonicapán[2], Sonsonate[3], San Salvador y San Miguel (El Salvador), Ciudad Real (Chiapas, México) y Antequera (Oaxaca, México). En Guatemala se sabe que Almolonga[4] y más tarde los barrios de Santo Domingo y San Francisco, en la ciudad de Santiago de Guatemala, fueron los principales centros de población mexica en el siglo XVI y durante el resto del período colonial. Estos quauhquecholtecas sirvieron bajo el mando de Jorge de Alvarado, hermano de Pedro, quien fundó la ciudad de Santiago de Almolonga.

A partir de aquí hubo una inmigración desde México hasta Guatemala, pues los quauhquecholtecas hicieron venir a sus familias para poblar las nuevas tierras para ellos. La mayoría eran muy pobres y vivieron subordinados a los españoles. En situación similar se encontraron los tlaxcaltecas de Guatemala.

En el lienzo se usaron nombres nahualt para referirse a los pueblos, y la escena más prominente es el glifo o signo de Quauhquecholan y la llegada de los españoles. Por encima del glifo hay una corona, la cual indica que el pueblo estaba sometido al gobierno español, pero en la época prehispánica ya se conocía el águila de dos cabezas, lo que no hay que confundir con el águila bicéfala de los Austrias. A su llegada en 1520, Cortés había dado ya una impresión por escrito de Quauhquecholan:

… está asentada en un llano, arrimada por una parte a unos muy altos y ásperos cerros, y por la otra todo el llano la cercan dos ríos… Y toda la ciudad está cercada de muy fuerte muro de cal… En toda la cerca tienen mucha cantidad de piedras grandes y pequeñas… Será esta ciudad de hasta cinco o seis mil vecinos, y tendrá de aldeas a ella sujetas otros tantos más. Tiene un gran sitio, porque dentro de ella hay muchas huertas y frutas y flores a su costumbre[5].

En el lienzo se puede ver al río Huitzilac fluyendo por entre los muros, y debajo del glifo de Quauhquecholan se ve el encuentro entre los quauhquecholtecas y los españoles. En la década de 1530 esta comunidad fue otorgada en encomienda a Jorge de Alvarado, quien la conservó hasta su muerte y fue heredada por su hijo y más tarde por su nieto.

(Puede verse un mapa dinámico muy útil en http://webmaplienzo.ufm.edu/lienzo/)


[1] Florine Asselbergs, “La conquista de Guatemala: nuevas perspectivas…”.
[2] Al oeste de la actual Guatemala.
[3] Al oeste del actual El Salvador.
[4] Al oeste de la actual Guatemala.
[5] “Cartas de relación…”. Citada por la autora a quien sigo.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Judios palentinos

Cisneros (Palencia)


Según Pilar León Tello[1] a partir del siglo VIII se fu eron arruinando las ciudades y villas de Tierra de Campos, mientras que la dominación musulmana fue demasiado efímera para dejar huella suficiente. En un privilegio de finales de 1059 el rey Fernando I dice que la desolación de Palencia había durado más de trescientos años y al pasar estos dominios a su gobierno pasan también grandes zonas pobladas de antiguo por judíos.

El rey favoreció la inmigración de pobladores entre los que se encontraron judíos que, para el caso de Palencia, se asentaron junto a la iglesia de San Julián, de época visigótica. Restos arqueológicos de fines del siglo XI delatan la presencia de judíos en Monzón y en los principales lugares jacobeos (Frómista, Villasirga y Carrión) también vivieron judíos, que gozaron de la inmunidad real.

El resto de la población, entonces, empezó a recelar del incremento social y económico de los judíos y se llegó a luchas civiles en tiempos de la reina Urraca, adictos los judíos a su esposo Alfonso I “el batallador”. Más tarde el rey Alfonso VII otorgó perdón a los vecinos de Saldaña, Carrión y el valle de Cisneros por los desmanes que habían cometido en aquellas luchas, matando a los judíos y robándoles sus haciendas; también habían destruido palacios para apoderarse del pan, del vino y los metales preciosos que allí había.

Bajo el reinado de dicho rey el número de judíos aumentó en Castilla, muchos de los cuales fueron obligados a la conversión forzosa al cristianismo. En el fuero que el monarca concedió a los habitantes de Astudillo, se equiparaba a los judíos a los cristianos “en el precio de la sangre” (en caso de asesinatos). En Carrión, donde se había establecido una puebla numerosa de judíos, también disfrutaron de fuero especial. Ello no evitó que en esta villa tuviese lugar una violenta disputa religiosa entre los judíos tradicionales o rabbanitas y los caraitas, los primeros partidarios de seguir a los rabinos y los segundos seguidores de la tradición saducea, que tenían como norma atenerse a la letra del texto sagrado. Esta corriente había sido importada de oriente por Aben Altarás.

A pesar de haber sufrido expulsiones con anterioridad, los caraitas siguieron existiendo y el rey Alfonso VII tomó medidas represivas contra ellos. El episodio de Carrión está narrado en el “Mostrador de justicia”, del converso Alfonso de Valladolid, y en el “Fortalitium fidei”, del también converso Alfonso de Espina. Surgió la polémica para decidir sobre la pena que debía aplicarse a un judío rabbanita que había encendido fuego públicamente en sábado, contra los preceptos bíblicos; la comunidad de Carrión, compuesta en su mayor por caraitas, intentó condenarlo a muerte acudiendo para la aplicación de la sentencia al rabino de Burgos, pero el rey revocó el castigo y decidió la supresión total de los caraitas en sus reinos.

Otro núcleo importante de judíos estaba en Aguilar de Campoo; muy conocidos por su interés filológico. En cuanto a Palencia se extendieron más allá de su recinto primitivo. Al frente de la ciudad estaba el obispo Raimundo, tio del rey, a quien este recompensó dándole en 1175 cuarenta familias judías a cambio de la mitad de Amusco[2], que pasó a poder la Orden de Calatrava. En cuanto al resto, ningún vecino de Palencia podía tener vasallos judíos excepto el cabildo y más tarde obtiene el obispo los pechos de todos los moros y judíos que habitaban Palencia.

En 1192 un nuevo privilegio real dispuso que también moros y judíos contribuyesen a las obras de muros y fosos que construía el municipio para ensanchar los límites urbanos. De aquí nació un largo conflicto de jurisdicción entre las autoridades eclesiásticas y el concejo.

Como vasallos de monasterios, estaban los judíos del barrio de San Zoilo, en Carrión, y el rey Fernando II dio vasallos judíos de Dueñas a la abadesa de las Huelgas de Burgos. Más tarde se prohibió que los judíos del reino tuviesen alcaldes apartados, encargando la justicia a los hombres buenos que el rey designase. El número de aljamas que había entonces en tierras palentinas se deduce porque Palencia debía tributar, en 1290, 33.280 maravedíes, la mitad de los cuales los percibía el obispo; a la judería de Carrión con Saldaña y Monzón correspondía tributar 73.480 maravedíes; a la de Paredes de Nava y Cisneros 41.985; a la de Tariego[3] 2.030; a la de Dueñas 1.829 y a la de Aguilar 8.600 maravedíes.


[1] “Los judíos de Palencia”.
[2] Al norte de la ciudad de Palencia.
[3] A orillas del Pisuerga, en la comarca del Cerrato.

El marqués de Melgarejo en Vara del Rey

Casa de Ayuntamiento de Vara del Rey (Cuenca)

Según ha investigado Thomas Chistiansen[1] la paz social en el campo español –él ha estudiado el caso de la provincia de Cuenca- no ha sido tal a pesar de la dura represión que se padeció, en todos los ámbitos, durante el régimen franquista. Cierto que las protestas y reivindicaciones no tenían carácter político, sino que más bien expresaban la contradicción entre los problemas y necesidades de los campesinos en un país devastado tras la guerra y los burócratas del régimen acomodados en él.

Vara del Rey se encuentra al sur de la provincia de Cuenca y al sur del río Júcar. En medio de un páramo cultivado, al sur se levanta un pequeño bosque. En 1946 comenzó lo que iba a ser un largo intento para llevar a cabo la redistribución entre los campesinos de las tierras del marqués de Melgarejo.

En el año citado, el alcalde envió al Delegado Sindical provincial un informe sobre la propiedad de los “tres marqueses de Valdeguerrero”, que eran el marqués de Melgarejo y su familia, además de los campesinos que podrían verse beneficiados por una distribución de esa propiedad. Después de varios años sin noticias sobre el asunto, la Hermandad Sindical de Ganaderos y Labradores de Vara del Rey redactó, en 1953, un informe sobre la situación en el pueblo:

Allí vivían seiscientas familias en cuyo término municipal las tres cuartas partes son propiedad de los Sres. Marqueses cuyo nombre no procede al caso… Las tierras están abandonas de su necesario laboreo, muchos jóvenes deben abandonar por esta causa la patria chica… y presentan como solución que le Instituto Nacional de Colonización adquiera esas tierras y obligue a dar en arrendamiento esas fincas a la población que lo solicite.

En el mismo año se celebró una reunión de la Sección Social del pueblo donde se dijo lo siguiente: su término municipal viene a tener unas doce mil hectáreas, que en su casi totalidad pertenecen solo a tres propietarios y de las cuales más de la mitad corresponden al Marqués de Melgarejo. La propiedad de este señor comprende las tierras de mejor calidad, dándose sin embargo el caso de ser las que menos producen, debido ello a su inadecuada explotación, ya que tan solo se ocupa de simular su cultivo para evitar posibles intervenciones.

Más informes se produjeron en los próximos meses: un pueblo con unos 200 obreros eventuales de los cuales 120 permanecen parados la mayor parte del año, además de denunciar las rentas abusivas por la tierra cedida en arrendamiento por parte de Melgarejo, y una denuncia por incumplimiento de los salarios mínimos fijados por el Ministerio de Trabajo. Un informe termina proponiendo que se convierta en regadío una parte de las fincas mencionadas para después ser objeto de colonización.

Según C. Barciela[2], como resultado de la política de precios agrícolas del régimen franquista entre 1939 y 1953, hubo una caída de la producción, ya que los precios pagados por el Estado no eran suficientemente remuneradores. Al mismo tiempo apareció un amplio mercado negro, dada la baja elasticidad de la demanda de muchos productos básicos. Las posibilidades económicas de esta situación dependían principalmente de dos factores: la ocasión de vender trigo en el mercado negro y la estructura de la propiedad. En la provincia de Cuenca la producción de trigo fue bastante más grande que el consumo local, tanto antes como después de la guerra civil, y al mismo tiempo había relativamente pocos latifundios en la provincia, aunque la situación no era homogénea: en La Mancha, que ocupa la mitad sur de la provincia, había más campesinos empresarios que en la Alcarria y la Sierra, la mitad norte.

El Estado establecía un cupo forzoso de producción a cada propietario, pero estos difícilmente podían cumplir con él debido a varias causas: meteorológicas (Casasimarro y Arcas), la necesidad de semillas y la falta de piensos para los animales (Villanueva de la Jara), sequía y falta de fertilizantes (Belmonte), que una parte de la tierra pertenecía a personas que vivían en otros municipios (Quintanar del Rey), que no se producía lo suficiente para el consumo del pueblo (Cañete), que la cosecha no había dado beneficios (Iniesta)…

Las protestas de los campesinos y el incumplimiento con el cupo asignado llevaban a multas que, en ocasiones, las autoridades provinciales perdonaban, conscientes de las necesidades reales que en las altas esferas del Estado se ignoraban.

[1] “Conflictos políticos y administrativos en el sector agrario durante el primer franquismo: El caso de Cuenca”.
[2] Citado por Thomas Christiansen.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Los pensadores del conservadurismo español

Antonio Maura


Según Pedro Carlos González Cuevas[1], tras la derrota de España a manos de Estados Unidos en 1898, los grupos políticos del régimen español temieron una reacción violenta que hiciera peligrar la corona. Se llegó a pensar en una alternativa semejante a la de Boulanger en Francia o la de Pelloux en Italia. El primero fue un militar francés que, aparte medidas progresistas en el ejército, alentó el chovinismo tras la pérdida de Alsacia y Lorena a manos de Alemania. Gozó de gran popularidad entre parte de la población francesa hasta el extremo de temerse que encabezase un golpe de estado que no se produjo. El segundo gobernó Italia a finales del siglo XIX al margen del Parlamento

En España podría haber jugado ese papel el general Polavieja, un regeneracionista vinculado a los círculos católicos de extrema derecha. Publicó un manifiesto en el que pedía unidad por encima del régimen de partidos, pero con el propósito de extirpar el caciquismo, pero descartó cualquier intento de acaudillar una dictadura militar.

El partido conservador, ahora bajo la dirección de Francisco Silvela interpretó con acierto lo que significaba la derrota de 1898, pero fue partidario del sufragio corporativo en un país que ya tenía sufragio universal masculino desde 1890. Formó un gobierno en el que estuvo el regionalista catalán Durán y Bas, pero en contra estuvo el regeneracionista Joaquín Costa.

Pero fue Antonio Maura el mejor representante del conservadurismo español de principios del siglo XX. Para González Cuevas su paralelo europeo podría ser el italiano Francesco Crispi, el cual empezó su andadura política en la extrema izquierda, para luego aceptar la monarquía y luego gobernó con el apoyo de la derecha y dejó un legado de reformas en la administración, algo que también intentaría Maura en España. Regeneracionista este, fue partidario de una “revolución desde arriba”, concediéndole por lo tanto a la elite el papel protagonista de las reformas que el país necesitaba. Una de sus preocupaciones fue la lucha contra el caciquismo, para lo que estableció la obligatoriedad del voto entre otras medidas aunque también que el sufragio fuese corporativo y estuvo influido por el krausista Ahrens.

Maura tomó de Menéndez Pelayo la idea de España como identificada con el catolicismo y la monarquía, hasta el punto de que consideró que la opción republicana en España era propia “de arquitecto que se pusiera a proyectar sin contar la ley de la gravedad”. Fue sin embargo partidario del regionalismo para dar respuesta a los nacionalismos vasco y catalán.

El carlismo fue uno de los ejes de la vida política española durante los siglos XIX y parte del XX. Uno de los carlistas que inspiró ideas al conservadurismo español fue Enrique Gil Robles, que formó parte del Partido Integrista, cuyo medio de difusión fue el periódico reaccionario El Siglo Futuro. La decadencia de España, para él, era consecuencia de la revolución liberal burguesa llevada a cabo durante el siglo XIX, proponiendo una labor de “deseuropeización” que debía llevar a cabo la monarquía de Carlos VII.

A este le sucedió Vázquez de Mella, quien pretendió combatir al socialismo y a los nacionalismos periféricos. Sus ideas guardan similitud con las del francés Maurras, pero no llegaron a la sistematización y profundidad de este; en relación con los integralistas portugueses, les rindió homenaje. Se centró en conseguir la unidad católica, la federación ibérica y la organización de la sociedad corporativamente. Le siguó Víctor Pradera, el cual abandonó en parte el legitimismo dinástico y puso el énfasis en el corporativismo, defendiendo incluso el golpe de estado militar. También fue influido por Maurras y por Donoso Cortés y se mostró enemigo de los nacionalismos vasco y catalán, a quienes consideraba nacidos como reacción al centralismo liberal.

El “novecentismo” se caracterizó por la efervescencia de los nacionalismos periféricos. Particularmente el catalán recibió los planteamientos maurrasianos y nació de la critica conservadora y tradicionalista del estado liberal español. Un objetivo de los militantes del nacionalismo catalán de esta época fue el proteccionismo aduanero, el foralismo carlista y el tradicionalismo eclesiástico, cuyo máximo representante fue Torras i Bages, inspirador de la idea “Cataluña será cristiana o no será”.

Enrique Prat de la Riba estuvo influido por Maurras pero Prat no fue un separatista sino un federalista partidario del “imperialismo exterior, desde Lisboa hasta el Ródano. Fundó la Lliga Regionalista cuya fuerza hizo ver a Antonio Maura la oportunidad de mancomunar a las diputaciones provinciales catalanas, lo que solo se llevaría a cabo unos más tarde con Eduardo Dato en la presidencia del Gobierno. Prat estuvo inspirado por Eugenio D’Ors, colaborando en “La Veu de Catalunya y, de hecho, D’Ors fue el máximo exponente del “novecentismo” contrario al modernismo. El imperialismo dorsiano implicaba conseguir la hegemonía política y social de Cataluña en el resto de España, al tiempo que criticaba el liberalismo. Pero muerto Prat D’Ors comenzó a caer en desgracia.

Primero Azorín y luego Maeztu, también conformaron ideas para el conservadurismo español, a pesar del inicial anarquismo del primero. Suya es la frase, una vez que dio el giro hacia el conservadurismo de “no dé el político en la candidez de creer en la famosa distinción entre el derecho y la fuerza. No hay más que una cosa: fuerza. Lo que es fuerte, es lo que es de derecho… La fuerza es la vida y la vida es un hecho desconocido”.

Con respecto a Joaquín Costa se trata de una figura controvertida, pues mientras que unos lo consideran baluarte de la política social en España, sobre todo para la agricultura, otros ven en él un precursor del fascismo por su apelación a un “cirujano de hierro” que pusiese orden en el oligárquico sistema canovista. También fue partidario de una “revolución desde arriba” apelando a los grupos dirigentes para que fuesen ellos quienes se pusiesen al frente de la regeneración del país.

Unamuno, según González Cuevas, no fue ni liberal ni demócrata, pero sí un nacionalista extremo. Su imagen castellanista de España le llevó a criticar a los nacionalismos periféricos y defendió que la europeización de España tenía que contar con la tradición. Maeztu, por su parte, estuvo cambiando ideológicamente de contínuo. Su regeneracionismo es consecuencia de la brutal visión de decadencia en la que veía a España en 1898. Para él la solución a los problemas del país se encontraría en la unidad nacional a través de la modernización y la industrialización; en este sentido admiraba a las burguesías catalana y vasca, aunque los nacionalismos periféricos eran para él enemigos. Fue partidario de la transformación de la mentalidad de las elites burguesas y de la secularización de las conciencias.

Ernesto Giménez Caballero fue uno de los precursores de lo que luego sería la dictadura de Primo de Rivera y luego de la tecnocracia franquista, mientras que los planteamientos de la derecha maurista, cuyo máximo exponente es Antonio Goicoechea, veía a Maura como antítesis del canovismo. Estivo formado en el socialcatolicismo y en el organicismo krausista, fue uno de los que primero formuló la idea de la “democracia orgánica”, que luego tendría éxito en el franquismo y fue partidario de un estado corporativo. Impulsó la idea de que el Estado debía proteger las industrias nacionales (lo que harán los ministros falangistas en el primer franquismo) y defendió que España debía reconocerse dentro de sí misma, sin influencias exteriores.         

[1] “Las derechas españolas ante la crisis del 98”.

jueves, 1 de septiembre de 2016

El reaccionario Pessoa




Su personalidad poética es tan sobresaliente que oscurece otras facetas, por ejemplo la política. Su juventud transcurrió fuera del país, mientras este sufría una importante transformación política e ideológica como ha ocurrido en otros países: Italia, Francia y España particularmente.

No siendo Pessoa integralista, dio su apoyo a los sucesivos regímenes autoritarios de Portugal. El poeta simpatizó con la figura del dictador militar Sidonio Pais, “presidente de la Repúbica por voluntad del destino y por el derecho de la fuerza”. Pessoa llamaba al régimen liberal “oligarquía das bestas”, esperando de la dictadura de Pais el gobierno de las fuerzas sociales y, en especial, de la burguesía. Intentó formular una teoría del sidonismo o república presidencialista nacional “que, por ser república, no rompe la continuidad del régimen y que, por establecer el poder personal, comienza a introducir uno de los principios fundamentales del régimen futuro y de la tradición portuguesa”.

También apoyó Pessoa el golpe militar de 1926 y al general Carmona. Para él, la democracia liberal era “un error” que “solo aparece en momentos de decadencia”. Era un régimen “antisocial”, “antipopular” y “antinacional”; la democracia es, para él, “una orgía de traidores”.

Para Pedro Pablo González Cuevas, hubo “un 98 portugués” (comparándolo con el español de la pérdida de Cuba) que tuvo lugar en dos momentos distintos: en 1890, cuando Portugal tiene que renunciar al sueño colonial ante la rotundidad del ultimátum británico; y en 1898 cuando Alemania y Gran Bretaña preparan un acuerdo secreto para repartirse las colonias portuguesas al sur del Ecuador. Cuando esto ocurre Pessoa es un niño, pero la crisis que sufrió la nación (sobre todo por parte de sus grupos dirigentes e intelectuales) se prolongó hasta el establecimiento de la República en 1910, cuando el poeta ya estaba en condiciones de hacerse su composición ideológica.

(Fuente: "Las derechas españolas ante la crisis del 98", P. C. Gnzález Cuevas).

martes, 30 de agosto de 2016

Las rentas de la Inquisición en México



La Inquisición en Nueva España se estableció en 1571, empezando entonces una serie de confiscaciones que se repartían los denunciantes, la Corona y la propia Inquisición por tercios. Pero como los miembros de la Inquisición eran clérigos, gozaban de prebendas como cualquier otro (canonjías y pavordías[1]) pero de donde la Inquisición obtuvo buenas rentas fue del diezmo, aunque este dependiese de las fluctuaciones de la producción agraria.

Más tarde se decidió que algunas diócesis contribuyesen al mantenimiento de la Inquisición, las cuales fueron: México, Puebla, Valladolid, Guadalajara, Oaxaca, Ciudad Real de Chiapa, Guatemala, Mérida y Manila (en este último caso con una cantidad fija establecida en 400 pesos anuales. Con el paso del tiempo también fueron ingresos los réditos por los capitales otorgados a censo.

Desde el siglo XVI, sin embargo, la recaudación de los diezmos estuvo arrendada a particulares, dándose el caso de que estos se prestaban a engaños y corruptelas. La única modificación que sufrió este sistema[2] fue en 1815, cuando la monarquía española, restaurada la Inquisición que habían anulado las Cortes de Cádiz, le solicitó un empréstito forzoso de 200.000 pesos para atender a las necesidades de la misma Inquisición en España.

La Inquisición novohispana obtuvo ingresos también de conceder créditos, los cuales estaban generalizados en la época, aunque el interés a cobrar estaba limitado por el concepto de lo que se consideraba pecaminoso o no. Los instrumentos permitidos fueron los censos consignativos, el enfitéutico y el depósito irregular. El primero consistía en otorgar dinero por el que se dejaba como garantía una propiedad o un conjunto de ellas (lo que hoy llamamos crédito hipotecario). El censo enfitéutico consistía en otorgar el dominio útil de una propiedad a cambio de lo cual se pagaba una renta anual.

El Real Fisco aceptaba los censos consignativos cuando los bienes ofrecidos como garantía tuviesen un valor considerablemente mayor a la cantidad de dinero pedida. Si sobre las propiedades ofrecidas sobre garantía pesaban censos, el Real Fisco debía conocerlo, lo que no siempre fue así. Muchos de los que recibían préstamos por este procedimiento, ante la imposibilidad de devolverlos, perdían su patrimonio. Pero también se dieron casos en los que el Tribunal no acudió al concurso de acreedores para cobrar.

Otras rentas que percibía la Inquisición son las de alquiler de inmuebles, el cobro de gastos a los reos, por trámites… El autor al que sigo señala que, en el año 1736, que toma como síntesis de todo el período estudiado, los ingresos por canonjías representaron el 51,61% del total (22.001 pesos) y por réditos de censos el 44,43% (18.940 pesos). Queda claro que los demás conceptos (arrendamientos, etc.) representaban muy poco.


[1] Administración de bienes, generalmente de cenobios inferiores a prioratos.
[2] “Ingresos y egresos del Tribunal del Santo Oficio de la Nueva España en el siglo XVIII”, Alfredo Ruiz Islas, 2005.